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lunes, 25 de mayo de 2026

CONTRA LOS ARREBATOS DEL CARISMATISMO


«El alma que da consentimiento a semejante consolación [fundada en la vanagloria], viene a dar de ojos en muchos errores pestilenciales. Y permitiéndolo así el Señor, por su justo juicio, que da poder al demonio para aumentar la sobredicha consolación y apresurarla para imprimir en la tal alma falsísimos y peligrosísimos sentimientos y otras ilusiones que piensa que son consolaciones verdaderas. ¡Ay, ay, Dios mío, y cuántas personas se han dejado engañar de esta suerte! Y ten por cierto que la mayor parte de los raptos y éxtasis (o, para llamarlos por su propio nombre, rabias) de estos mensajeros del Anticristo, vienen por ese camino» (SAN VICENTE FERRER OP, Tratado de la Vida Espiritual, capítulo XXIV).

jueves, 9 de abril de 2026

AUN RESUCITADO, NUESTRO SEÑOR HONRÓ A SU MADRE APARECIÉNDOSE ANTES QUE A LOS DEMÁS


«Si alguno estuviese en el extranjero, y su madre supiera que había fallecido; y aun así retornara sano y salvo, visitando primero a otros amigos y solo por último a su madre, este no sería un buen hijo, ni parecería que honró a su madre» (SAN VICENTE FERRER).

sábado, 13 de septiembre de 2025

DE RABINO A OBISPO POR SANTO TOMÁS: HISTORIA DE PABLO DE SANTA MARÍA

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
«Este fraile Tomás entiende la ley de Moisés mejor que yo y que nuestros doctores, y sin embargo no la ha abrazado, sino que ha profesado la ley evangélica» [1].
  

Entonces [a mediados del siglo XIV] floreció Pablo, obispo de Burgos. Era judío de origen y se llamaba Salomón ben Isaac ha-Leví. Después de leer los escritos de Santo Tomás, en particular las preguntas 93 y 106 de la primera parte de la segunda [2], decidió en el año 1390 abrazar el cristianismo junto con sus tres hijos, todos ellos encomiables por su mérito. El primero, Alfonso, se convirtió en obispo de Burgos, después de su padre: es autor de un compendio de la historia de España, que forma parte de la colección Hispania illustrata. El segundo, Gonzalo, fue obispo de Plascencia. El tercero, Álvaro, permaneció laico y publicó una erudita y hermosa historia de Juan II, rey de Castilla.
  
En comparación con su padre, Salomón ha-Leví, quien en el bautismo tomó el nombre de Pablo García de Santa María, abrazó el estado eclesiástico después de la muerte de su esposa. Su genio y gran erudición, así como su celo por la propagación de la verdadera religión, lo llevaron a ser promovido a importantes cargos. Fue tutor de Juan II, rey de Castilla, luego arcediano de Treviño, obispo de Cartagena y, finalmente, obispo de Burgos, tras haber sido archicanciller del rey y regente del reino. Convirtió a miles de judíos y musulmanes al cristianismo y murió en 1435 [30 de agosto] a la edad de ochenta y dos años, tras haber publicado numerosos escritos a favor de la religión.

En 1429 escribió a su hijo Alfonso, entonces decano de la catedral de Compostela:
«¿Qué quieres que te dé, querido hijo, mientras viva, o que te deje como herencia, sino lo que sea útil para el conocimiento de las Sagradas Escrituras y que confirme tus pasos en el más sólido fervor de la verdad católica? Porque esto es lo que llevo en mi corazón y profeso con mi boca, y de lo cual creo que está escrito con precisión: Y el padre dirá la verdad a sus hijos. Esta verdad no la recibí en mi infancia: nacido bajo la perfidia de la ceguera judía, no aprendí las santas letras de los santos doctores; pero, recibiendo significados erróneos de maestros del error, me apliqué, como los demás guías de esta perfidia, a oscurecer temerariamente la letra que se rige por sutilezas que no eran tales. Pero cuando a Él, cuya misericordia no tiene límites, le plació llamarme de vuelta de la oscuridad a la luz, la venda cayó de los ojos de mi alma y comencé a releer las Sagradas Escrituras con mayor dedicación y a buscar la verdad, ya no con pérfida, sino con humildad; y, desconfiando la fuerza de mi espíritu para pedirle al Señor con todo mi corazón que se dignara imprimir en él lo más saludable para mi alma; y día y noche esperé su ayuda. De esta manera, el deseo por la fe católica se fortaleció cada vez más en mi espíritu, hasta que profesé públicamente la fe que llevaba en mi corazón; y recibí el sacramento del Bautismo, con el nombre de Pablo, en las sagradas pilas de esta Iglesia, a la edad que ahora tienes».
P. RENÉ FRANÇOIS ROHRBACHER, Storia universale della chiesa cattolica dal principio del mondo sino ai di’nostri (Historia universal de la Iglesia Católica desde el principio del mundo hasta nuestros días), vol. XX, Milán, 1854, págs. 228-230.
   
NOTAS
[1] La declaración de Pablo, cuando aún era el rabino Salomón, se recoge en la Historia de la Vida y el Culto de San Vicente Ferrer de la Orden de Predicadores, compuesta por el Padre Antonio Teoli, dominico, y reeditada por Giovanni Battista Marini y dedicada a la misma Venerable Orden de Predicadores, Roma, 1826, pág. 402. De hecho, fue uno de los conversos de San Vicente Ferrer.
[2] En la pregunta 93 de la I-IIæ de la Suma Teológica, el Doctor Angélico analiza la superstición en el culto al Dios verdadero y, entre otras cosas, afirma que «en el tiempo de la Nueva Ley, cuando los misterios de Cristo ya se han cumplido, el uso de las ceremonias de la Antigua Ley, en las que los misterios de Cristo se significan como futuros, es condenable: así como sería condenable que alguien declarara con palabras que la Pasión de Cristo está aún por venir». En la pregunta 106, el santo Doctor analiza la gratitud hacia Dios y el prójimo.

sábado, 28 de octubre de 2023

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

La solemnidad del oficio de hoy es de los santos apóstoles Simón y Judas. Este Judas no es el traidor, pues del traidor no celebran fiesta los cristianos, sino los demonios del infierno. Este Judas es Tadeo, santo, bueno, apóstol de Jesucristo. Si Dios quiere, tendremos buenas instrucciones, derivadas de su Vida y santidad. Saludemos antes a la Virgen María: Ave María.
      
2. La frase del tema, tomada de la epístola de hoy, dice que estos dos apóstoles fueron conformes con la imagen del Hijo de Dios. Para entender la expresión hay que decir qué es la imagen del Hijo de Dios. La imagen propia del Hijo de Dios es la vida santa, perfecta y bendita de Jesucristo. Quien conozca la vida santísima de Jesucristo: su encarnación, natividad, vida pública, pasión, resurrección, ascensión, verá que es la imagen propia del Hijo de Dios y no sólo del hijo de María. La imagen de un santo o de una santa nos representa al que quiere significar; la vida de Cristo, devotamente contemplada, nos declara que es el Hijo de Dios eterno. En primer lugar, en su encarnación: por qué fue concebido por una madre virgen, sin obra de varón. Nació de una virgen, que no sufrió dolor, en una noche radiante, pues de su cuerpo salía una claridad mayor que la del sol; grande fué la alegría de los ángeles, que cantaban el Gloria a Dios en las alturas; y puesto en el pesebre, calentado por dos animales, fué adorado por los pastores. La estrella de Oriente y los tres reyes. Los milagros de su vida, su bautismo, en cuya ocasión se abrió el cielo viéndose al Espíritu Santo en forma de paloma, y resonó la voz del Padre: Este es mi Hijo muy amado... La resurrección, la ascensión... Todo ello manifiesta que Jesucristo es el Hijo de Dios eterno. Está claro que la vida de Cristo es la imagen propia del Hijo de Dios.
      
3. Por ello dice el Apóstol, en nombre de los cristianos de buena vida: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). Nos transformamos. Pues así como los pintores que quieren copiar alguna imagen la ponen delante de sí y la contemplan para pintarla, del mismo modo los santos ponían ante sí la imagen del Hijo de Dios, la vida de Cristo, y la copiaban, acomodando a ella su propia vida. Primeramente, contemplaban la encarnación, por la que Dios mostró infinita humildad, descendiendo del palacio del cielo a la cárcel de este mundo. Y movidos por esta contemplación, exclamaban: ¡Oh!, ¡cuánto debo humillarme, yo que soy un gusano podrido! Siendo el Señor de todas las cosas, quiso ser pobre; con esta consideración evitaban la avaricia. Pudo elegir otra madre, pero quiso elegir una virgen; al pensar esto evitaban la lujuria. No teniendo pecado alguno, quiso hacer tanta abstinencia que estuvo sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches, y toda su vida fue una cuaresma continuada, pues no comía sino una vez al día. Considerando tal cosa y tomando de ello ejemplo, se prevenían contra la gula. Tuvo paciencia extrema; y los santos, llenos de esta consideración, no tenían mala voluntad ni pedían venganza de las injurias. Era varón de gran diligencia, ya que oraba durante casi toda la noche. Oraba de rodillas y con lágrimas en los ojos; iba continuamente de camino, fatigado por la predicación, y todo por nosotros, pues Él nada de esto necesitaba. 
     
De esta imagen de la vida de Cristo deben tomar los cristianos el modelo, copiando su vida con buenas obras. Dice el Apóstol: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). La imagen del Hijo de Dios es la vida de Cristo.
      
4. Ahora aparece claro el tema que afirma de estos dos santos: Conformes con la imagen de su Hijo, con la vida de Cristo. Yí encuentro que fueron semejantes en seis cosas: en el cuerpo material, en el alma racional, en las obras virtuosas, en la conducta espiritual, ea la predicación evangélica, en el martirio.
      
Por ser semejantes a Cristo en estas seis cosas dice el tema: Conformes con la imagen de su Hijo.
     
5. En primer lugar, fueron semejantes a la vida de Cristo en el cuerpo material. ¿Por qué fueron más semejantes estos dos que otros? Porque estos eran hijos de María Cleofás, hermana menor de la Virgen María. Santa Ana, madre de la Virgen, tuvo tres hijas. La primera fué la Virgen María, madre de Dios; la segunda, María Cleofás, madre de estos dos apóstoles Simón y Judas; la tercera, María Salomé, madre de Juan Evangelista y de Santiago el Mayor. Ahora bien, los dos más cercanos a Cristo eran Simón y Judas, porque eran hijos de la hermana más próxima a la Virgen. ¡Gran honor! Si un rey se hiciera un vestido de una pieza de tela preciosa, y ordenara a dos soldados que se vistieran de la misma pieza, y a otros dos del fin de la misma, haría más honor a los que concediera vestirse del medio, que a los que concedió vestirse del fin. Esta preciosa escarlata fue Santa Ana, madre de la Virgen. La cabeza de esta pieza fue la Virgen María, de la que tomó Cristo la vestidura de su humanidad. La parte media de la misma fue María Cleofás, de la que se revistieron estos dos apóstoles. Y el final de la pieza fue María Salomé, de la que se vistieron Juan y Santiago. Esta fue la semejanza en el cuerpo material. Por esta semejanza la Escritura les llama no sólo consanguíneos, sino hermanos de Cristo, por su proximidad: Su Madre, ¿no se llama María, y sus hermanos Santiago y Jacobo, Simón y Judas? (Mt. XIII, 55). Conformes a la imagen del Hijo de Dios en el cuerpo material.
     
6. Nosotros podemos tener esta semejanza con Cristo por las virtudes de nuestro cuerpo, y será más excelente que la que tuvieron los dos apóstoles. Esta fué carnal; la nuestra será virtuosa, que es mejor. Nos referimos a la penitencia, de la cual estaba Cristo revestido, pues cuando tenía treinta años aparentaba cuarenta o cincuenta (cf. lo. VIII, 57). Dice la Glosa que, debido a los ayunos, trabajos y aflicciones, parecía de cincuenta años. Si queremos ser semejantes a Él, no nos aflijamos porque no somos hijos de María Cleofás; seamos hijos de otra hermana de la Virgen, que existía antes que María Cleofás; seamos hijos de la penitencia. Cuando la Virgen tenia tres años comenzó a hacer penitencia en el templo. Seamos hijos de esta hermana.
   
7. Aunque Simón y Judas fueran hijos de María Cleofás, hermanos y consanguíneos de Cristo, hubieran sido condenados si no hubieran sido hijos de la penitencia. Se salvaron y santificaron por ser hijos de la penitencia, más bien que por ser hijos de María Cleofás. Lo mismo nos acontecerá a nosotros si hacemos penitencia. De éstos dice el Apóstol: No se avergüenza de llamarlos hermanos a los que hacen penitencia (Hebr, II, 11).
     
8. En segundo lugar, fueron semejantes en el alma racional. Esto es más noble, según veremos a continuación. Cristo tenía cuerpo, alma y divinidad. El alma de Cristo al principio de su creación tuvo tanta ciencia que conocía todo lo pretérito, presente y futuro. Por eso dice David, hablando de Cristo: Señor, tú conoces todas las cosas, las antiguas y las novísimas (Ps. 138, 5).
     
9. También en este aspecto los dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo, pues tuvieron mucha claridad, a través de la cual conocían no solamente las cosas pretéritas, sino también muchas cosas futuras. Después de Pentecostés marcharon a Persia a predicar. El rey de Persia estaba en guerra con el de la India. El de Persia mandaba un capitán a luchar contra los indios, sin haber obtenido respuesta de sus ídolos sobre el suceso de la guerra. Los apóstoles le anunciaron el fin de la guerra y la paz futura.
     
10. En tercer lugar, afirmo que fueron semejantes a la vida de Cristo en sus obras virtuosas. La obra de Cristo está clara: Para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1 lo. III, 8). Las obras del diablo son los pecados, las tentaciones, las guerras, las divisiones, etc. Esto fue lo que destruyó Cristo. Y en este aspecto nuestros dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo.
     
Hallaron en Persia dos encantadores, Zaroes y Arfaxar, a los que acudía toda la gente para implorar la salud o para encontrar las cosas perdidas, para pedir auxilio por los hijos, etcétera. Y cuando invocaban a los demonios para que hicieran cuanto pedían, a veces, por permisión divina, se cumplía la petición. Digo por permisión divina, porque los demonios a nadie pueden curar si no es retirando su acción maléfica. Por ejemplo, del mismo modo que si yo fuera invisible y con una aguja os causara dolor en las narices o en las encías; así hacen los demonios, que pueden causar dolor al pecador, permitiéndolo Dios, para que acuda a ellos implorando la salud, para que les preste oídos y se condene al fin. Los apóstoles tuvieron una polémica muy grande contra estos magos, en presencia del rey infiel. Por sus milagros convirtieron al rey. Luego fueron conformes a la imagen del Hijo de Dios.
     
11. Hoy se hacen en el mundo muchas obras diabólicas, y hay algunos que no quieren creerlo. Es cierto que el Señor nos ha creado, y no nosotros. Es obra diabólica el querer deformar lo que Dios ha hecho, como hacen las mujeres cuando se pintan. ¿Sabéis qué injuria se hace a Dios con esto? La misma que harías tú, que no sabes pintar, si quisieras copiar la imagen que el mejor pintor del mundo pintara. Piensa que Dios sabe pintar; y tú, que no sabes, ¿por qué quieres ser de otro modo? A vosotras, mujeres, os ha dado Dios unos pechos grandes, ¿por qué os los apretáis? Os dió ojos pequeños, ¿por qué queréis hacerlos grandes? Si os dió cabellos negros, queréis tenerlos rubios, como la cola de un toro, etc. Por eso cuando rezáis Cristo esconde su cara, porque tenéis la cara del diablo y no la de Cristo. Y si le decís: ¡Señor, soy creatura vuestra!, Él os responderá: ¡Mientes!
     
La mujer casada ha de lavarse y adornarse para no desagradar a su marido. Los maridos no deben permitir a sus esposas que se pinten. Han de decirles: ¿Os pintáis por mí o por otro? Si os pintáis por mí, no lo hacéis cuando estáis en casa, sino cuando salís, etc. La sagrada Escritura amonesta a los esposos y a los padres: No comulguéis con las obras vanas de las tinieblas; antes bien, estigmatizadlas (Eph. V, 11).
     
12. Digo, en cuarto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la conducta espiritual. Cristo quiso vivir pobremente en este mundo por amor a los hombres. Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor. VIII, 9).
     
También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después de convertir al rey de Persia y al de Babilonia y a muchos miles de infieles, iban pobremente vestidos. El rey pensó que tales hombres no debían ir vestidos de esa manera, y les ofreció grandes dones y tesoros. Los apóstoles, despreciándolos como estiércol, dijeron: No queremos nada terreno o carnal, sino sólo el amor de Dios y la salvación de las almas. Y con aquel dinero edificaron iglesias y hospitales. Luego fueron semejantes a Cristo en su conducta.
     
13. Esta conducta atañe a los religiosos y a los clérigos y también a los seglares. Los religiosos deben tomar sólo lo estrictamente necesario para vivir, y no recibir nada más, aunque quieran darles. Esta ambición destruyó las Órdenes religiosas, que en un principio comenzaron con tanta pobreza que San Bernardo no comía sino hierbas. Pero después los reyes y príncipes se enamoraron de ellos y les edificaron grandes monasterios, dándoles posesiones y castillos, hasta tal punto que se perdió el espíritu de la religión y llegaron a ser como puercos bien cebados. Para contrarrestar esta decadencia, San Francisco y Santo Domingo fundaron sus Ordenes sin réditos, para que fueran Ordenes mendicantes, y comenzó la devoción de las gentes, edificándoles grandes monasterios. Y ahora también todo se ha perdido. Otro tanto ocurrió con los ermitaños, quienes comenzaron con estrechez, pero luego empezaron a edificar y lo perdieron todo. La pobreza apostólica hay que conservarla como una doncella guarda su virginidad. Los enamorados envían muchos presentes a las doncellas; si alguna los acepta, se convertirá en meretriz. La mujer que quiere vivir castamente no recibe dones, a no ser en calidad de limosna y en caso de necesidad. Sirvamos, pues, a Dios, que nada necesario nos ha de faltar.
     
Los clérigos guárdense de la simonía y recen devotamente su oficio; Dios les proveerá.
     
14. Digo, en quinto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la predicación evangélica. Cristo predicaba la penitencia a las gentes. Después de explicar algunos misterios del otro mundo, descendía a la práctica: Vino Jesús... predicando el evangelio de Dios y diciendo: Arrepentios y creed en el Evangelio (Mc. 1, 14-15).
     
También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después que habían convertido muchos infieles, una muchacha joven se enamoró de un hombre, y poco a poco pasaron de las palabras a las obras. La muchacha quedó encinta de aquel joven, y quiso encubrir su pecado. Pero, al llegar la hora de dar a luz, fue descubierta por los gritos de dolor. Queriendo salvar la reputación del joven que con ella había pecado, difamó a un diácono, discípulo de los dos apóstoles, que era santo, casto y devoto. Pero fue librado de la calumnia, porque el niño recién nacido acusó al verdadero padre. Entonces quisieron matar al culpable, pero lo impidieron los apóstoles.
     
15. De aquí podemos sacar dos enseñanzas: una para las doncellas, para que se guarden del amor carnal. Hay muchas que no van a misa, y en este espacio de tiempo se entregan a sus malos amores. La otra enseñanza es que no se debe difamar a nadie, Es presumible que la muchacha de la leyenda se condenara, porque no dió muestras de arrepentimiento. Así como es necesario restituir lo robado, es más necesario aún restituir la fama, porque es un hurto mayor. Mejor es el buen nombre que las muchas riquezas (Prov. XXII, 1). Y San Agustín nos aconseja: "No sea perezosa la lengua en poner el remedio, pues ella fue la que causó las llagas" (Regula).
     
16. Por último, digo que fueron semejantes en la pasión y en el martirio. Cristo quiso morir para atraer los hombres a sí: Cristo murió una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Petr. III, 18). Estos dos apóstoles murieron en la ciudad de Samir, porque por su predicación ganaban a muchos. En esta ciudad se adoraba el sol, en la figura de un ídolo, y decían todos que nada había en el mundo más hermoso ni más provechoso, pues ilumina, calienta y hace fructificar. Los dos apóstoles predicaban contra tal error, demostrando que ni el sol ni la luna ni las estrellas pueden ser adorados; porque aunque la luz y el calor nos vienen del sol o de los astros, no hemos de dar gracias a ellos, sino al Señor. No hay que dar gracias al cirio que arde, sino al que lo encendió. Si el rey os diera una moneda en una bandeja de plata, no hay que darle las gracias a la bandeja, sino al rey. Por tanto, es un error muy craso adorar el sol, la luna o los astros".

jueves, 18 de abril de 2019

LAS OBRAS DE NUESTRO SEÑOR EN EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

   
Todo cristiano está obligado a creer que el Señor Jesús, el Jueves Santo, ordenó e instituyó el Santo Sacramento de la Misa, a los santos Apóstoles presentes, y Él les mandó que hicieran lo mismo con gran reverencia y perpetua memoria, según lo que dice San Lucas (Lucas 22, 19), y San Pablo a los corintios: “Haced esto en memoria mía” (1ª Corintios 11, 24). Concretamente: tú deberías traer y recordar devotamente, al oir Misa, la entera vida bendita de Jesucristo. Por esta razón el sacerdote, cuando eleva el cáliz dice: “Hæc quotiescúmque fecéritis, in mei memóriam faciétis”. Él no dice: “En memoria de mi Pasión”, si no “en mi memoria”, significando que la Misa comprende no solo la sacratísima muerte de Jesucristo, si no también, calladamente [tácite] su bienaventurada vida, comenzando desde su Encarnación hasta la santa Ascensión.
   
Alguno puede decir: “Este mandamiento fue dado e impuesto solamente a los sacerdotes y no a los laicos”. Replico que este mandamiento fue dado también a los laicos. A los sacerdotes les fue ordenado que recuerden la santa vida de Jesucristo celebrando devotamente la Misa, a los laicos, sin embargo, mediante la escucha devota, con atento oído y contemplación.

Y encuentro que el Hijo de Dios, desde su descendimiento del Cielo y asunción de la carne humana en el seno virginal de la Bienaventurada Virgen María, hasta el día en el cual Él ascendió a los Cielos, hizo treinta obras principales que son comprendidas y representadas en la Misa. Y son las siguientes:
 
1. La primera obra que nuestro Señor y Salvador Jesucristo hizo por nosotros en este mundo fue su sublime y admirable Encarnación, cuando descendió del Cielo y se estableció en el seno de la Virgen María, poniéndose nuestra vestidura, esto es, nuestra humanidad; porque la divinidad estaba oculta bajo la humanidad. Y esta maravillosa obra es simbolizada y representada en la Misa Solemne, cuando el sacerdote entra a la sacristía, significando la entrada del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María, donde fue vestido con nuestra humanidad.

Aquí el devoto cristiano debe contemplar tres cosas: primero, que como en la sacristía hay reliquias, joyas y otros ornamentos eclesiásticos, así en esta gloriosa sacristía, que es el seno virginal, había reliquias, específicamente el poder de Dios Padre operante, la sabiduría y la persona de Dios Hijo encarnándose y la gracia del Espíritu Santo informando. Hubo joyas, concretamente de gracia y virtudes, porque en la Virgen María mora la plenitud de la gracia y las virtudes; y ornamentos con los cuales nuestro sumo Sacerdote se dispuso a celebrar Misa, el Viernes Santo, en el altar de la Cruz verdadera, en el sagrado y santificado cuerpo de Jesucristo, formado y encarnado de la purísima y castísima sangre de la Virgen María.

Segundo, cuando el sacerdote es revestido en la sacristía, ninguna persona laica lo ve; pero ellos creen que está vestido y esperan que saldrá en breve. Porque debe advertirse que cuando [dum] nuestro sumo sacerdote Jesucristo se revistió en el seno virginal de la Virgen María, nadie del pueblo judío lo vió ni conoció; en esa misma forma en que su Encarnación fue oculta y mantenida en secreto, los creyentes sin embargo creyeron y esperaron que debería revestirse él mismo, esto es, que se ha encarnado y nacido de la Virgen, justo como ha sido profetizado por muchos profetas.
 
Tercero, que el sacerdote en la sacristía se pone siete vestiduras, a saber: la sobrepelliz, si es un simple sacerdote –un roquete si es obispo, un escapulario si es monje–; amito, alba, cíngulo, manípulo, estola y casulla. Así, nuestro sumo sacerdote se revistió en el seno de la Virgen María, que es llamada sacristía, con siete vestidos, esto es, los siete dones del Espíritu Santo, que son los vestidos que el santísimo cuerpo de Jesucristo fue vestido y revestido (cf. Isaías 11, 2-3). Esta es la primera obra en el simbolismo de la Misa.

2. La segunda obra que nuestro Salvador Jesús hizo fue cuando en la noche de su Natividad, el Hombre-Dios salió del vientre virginal y se reveló al universo mundo, y la noche, que había sido oscura, cual día es iluminada. Y Él deseó nacer ante José y María, y ser puesto en medio de dos animales, el asno y el buey. Y una multitud de Ángeles estuvo cantando: “Glória in excélsis Deo!” (Lucas 2, 14). Y los pastores le adoraron.

Secretamente permaneciendo en la gloriosa sacristía, esto es, en la Virgen María, después de su nacimiento, abierta y públicamente se manifestó a Sí mismo. Esto se manifiesta cuando el sacerdote sale de la sacristía. El Diácono representa a la Virgen María, el Subdiácono a San José, y dos acólitos al buey y el asno. La luz que ellos llevan significa el resplandor que se mostró al nacer Jesucristo nuestro Salvador. Los sacerdotes que con velas y en alta voz cantan “Glória Patri…” cuando el sacerdote sale de la sacristía representan a la multitud angélica cantando: “Glória in excélsis Deo, etc.”. Los címbalos suenan y se tañen las campanas, que representan el gran gozo de los pastores cuando celebraron al son de flautas [tibiárum] el nacimiento de nuestro Salvador y Sumo Sacerdote. Cuando el sacerdote sale de la sacristía, vestido con ornamentos brillantes, el sacerdote simboliza la pureza de Jesucristo, que puro y resplandeciente permaneció sin mancha de pecado.

3. La tercera obra admirable que Jesucristo realizó fue cuando al octavo día de su natividad quiso ser circuncidado. Por causa del pecado original la circuncisión sucedió, y de ello no hubo manera en que Jesucristo fuera obligado porque Él no vino por aquella generación corrompida de Adán, si no que vino sin mancha de pecado, pero la aceptó para enseñarnos un gran ejemplo de humildad, deseando aparecer como un pecador y en semejanza de pecado.

Y esto es simbolizado por el sacerdote cuando haciendo una profunda inclinación confiesa que es un pecador, diciendo: “Confíteor Deo omnipoténti,...”. Aunque el sacerdote está sacramentalmente absuelto, con todo está obligado a declararse pecador, incluso si fuera más santo que San Juan el Bautista; para demostrar y significar que Jesucristo, que es el comienzo y plenitud de toda santidad y perfección, deseó parecer pecador, sujetándose a la ley de la circuncisión, para poder finalizarla y darle su cumplimiento; o significar el cuerpo místico de la Iglesia y toda la humanidad.

4. La cuarta obra que Él hizo fue cuando los tres Reyes Magos, guiados por una estrella desde oriente, fueron conducidos al establo del buey y el asno, en medio de los cuales Le adoraron y confesaron ser Dios y Señor del universo, ofreciéndole oro, franquincienso y mirra (Mateo 2, 11).
 
Esto es simbolizado cuando el sacerdote, después de la confesión, asciende al altar y lo besa, inclinando profundamente su cabeza diciendo: “Aufer a nobis, quǽsumus, Dómine, iniquitátes nostras: ut ad Sancta sanctórum puris mereámur méntibus introíre”, y justo como los tres reyes le presentaron tres regalos, el sacerdote ofrece, inclinándose, el incienso de la oración devota, el oro de la adoración reverente, y la amarga mirra signándose con el signo de la Santa Cruz en memoria de la dolorosa y amarga Pasión de Jesucristo, como diciendo con el profeta Jeremías en las Lamentaciones, según el tercer lamento (Trenos 3, 20-21): “Lo recuerdo, lo recuerdo y se hunde mi alma en mí. Esto revelaré en mi corazón, por ello esperaré”.

5. La quinta obra que Jesucristo hizo en este mundo, fue cuando deseó presentarse en el templo. Su Madre gloriosa Le llevó y presentó allí, y estuvieron presentes Simeón y la santa viuda Ana, alabando a Dios.

Esto es simbolizado cuando el sacerdote llega al cuerno del altar, recibe el misal y lee la antífona de entrada [Introito] de la Misa. El Diácono y el Subdiácono y su asistente simbolizan al glorioso Simeón y a la profetisa Ana. Los acólitos y demás, que no deberían acercarse al altar, simbolizan a la Virgen María y a San José, y los demás ancianos y padres, que estaban de pie a la distancia escuchando y prestando atención con devoción. Verdaderamente la Virgen María era enteramente digna de acercarse al altar, mas escogió no hacerlo, para darle un ejemplo a los laicos que, aunque sean tan santos y justificados, no deberían ascender al altar a menos que haya una urgente necesidad, de otra manera, no sin pecado [non sine damno]. Cuando el santo varón Simeón recibió al glorioso Hijo de Dios, cantó el Nunc dimmítis, que tiene cuatro versos (Lucas 2, 29-32), significando las cuatro acciones que el sacerdote hace: la lección del Introito, el Kýrie eléison, que es lo mismo que implorar la misericordia de Dios por sí y por los demás, el Glória in excélsis, y la Oración.
 
6. La sexta obra que Nuestro Señor Jesucristo hizo en este mundo fue cuando huyó de la tierra prometida a la tierra de Egipto, escapando de la ira de Herodes. Y allí permaneció con su gloriosa Madre y San José por siete años exiliado y escondido.

Y esto se representa en la Misa solemne cuando el Subdiácono con un acólito va a leer la Epístola, el sacerdote permanece en el altar con el otro y el Diácono, y entonces se apartan del altar y se sientan; y sentados, hacen siete cosas, que representan los siete años que Jesucristo pasó en Egipto: Primero, la epístola es leída, segundo, el Responsorio, tercero el Aleluya (una palabra hebrea que significa “Alabamos a Dios” y el verso, cuarto, una secuencia [prosa]; quinto: se prepara un servicio para sí mismo, el agua y el vino [1]; sexta: bendice el incienso; séptima: da la bendición al Diácono. Estas siete cosas las hace permaneciendo en el mismo sitio para demostrar que el Salvador permaneció siete años en Egipto, y la última la realiza de pie, significando así que al séptimo año Jesucristo regresó a su tierra.

7. La séptima obra que Él hizo en este mundo, fue cuando, habiendo retornado de Egipto hacia la tierra de Promisión, habiendo muerto el rey Herodes, su Madre y José le condujeron al Templo de Jerusalén para sacrificar y allí se perdió y después de tres días fue hallado entre los doctores de la ley; y era preguntado de cualquier cuestión y como dice San Jerónimo en el prólogo de la Biblia: “Enseña mucho más que prudentemente pregunta”.
 
Y esto representa el Sacerdote, cuando levantándose de su sede, va al altar y con devota atención escucha el canto del Evangelio, y enseña mucho más, cuando medita escucha, con lo que puede decirse que así Jesucristo en el Templo escuchaba a los judíos y los interrogaba. Y así mismo san Lucas en su Evangelio (Lc. 2, 46) dice: escuchándoles atentamente y preguntándoles. De la misma manera la contemplación que hace el Sacerdote oyendo el Evangelio no es sino una interrogación, significando que en el templo Jesucristo escuchó a los judíos y Él, habiendo interrogado prudentemente, estuvo instruyéndoles en la fe del Mesías. Y así, acabado el Evangelio, el Sacerdote entona el Credo: “Credo in unum Deum...”, donde se contienen los principios de la fe.
 
8. La octava obra que Jesucristo nuestro Salvador hizo en este mundo, fue que cuando Él fue encontrado por su Madre y San José en el templo, tanta fue su alegría que no fueron capaces de evitar las lágrimas y bendecir al Señor. A continuación mirad qué hizo el glorioso Señor y cuánta fue su abundantísima y gran humildad, que inmediatamente que vio a su madre bendita, dejó a los doctores y se acercó a ella y a José y confortaba su sacratísima Madre, secándole las lágrimas, y vino con ellos a Nazaret donde, a fin de poder consolarles por la tristeza que tuvieron en su pérdida, no obstante ser él mismo el Rey de Reyes y Señor de todo el mundo, sin embargo quería ser súbdito de su Madre y José, según el evangélico pasaje que dice: “Estuvo sujeto a ellos” (Lucas 2, 51).

Y este humilde servicio y consolaciones que hacía Jesús a su Madre lo simboliza el Sacerdote cuando, habiendo dicho el Credo, se vuelve al pueblo diciendo: Dóminus vobíscum, y entonces él dispone la hostia y el cáliz, y las otras cosas pertinentes al Santo Sacrificio, simbolizando la deferencia y servicio de Jescristo hacia la Virgen María y San José; como fue dicho por San Pablo y San Mateo: “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino a servir” (Mateo 20, 28).
 
9. La novena obra que Él hizo en este mundo fue cuando a los treinta años, dejó Nazaret donde había servido a su Madre y a San José, y en muchas maneras: porque junto con los otros chicos él acostumbraba ir a la fuente, que estaba a largo camino de Nazaret justo como el monasterio de la Zaidía está respecto de la ciudad de Valencia. De este servicio el Maestro de Historia de la Iglesia (Pedro Coméstor, 1178) hace explícita mención. También pudo ayudar a San José en su trabajo de carpintero, tal como San Mateo lo dice en el capítulo 13, 55 y San Marcos en el capítulo 6, 3, y según la Glosa que hiciera Nicolás de Lira en estos Evangelios, puesto que él en su ancianidad no podía manejar la sierra y por lo tanto le ayudaba a manejarla. Por esta razón decían los judíos: ¿No es este el hijo del carpintero? Porque nuestro Señor Jesucristo ayudaba a José para que pudieran vivir, por eso creían los judíos que era su hijo. ¡Qué estúpidos! Y luego que hubo cumplido los treinta años, les dejó y se fue al río Jordán, y recibió el bautismo, el cual de hecho no era necesario para Él, pero lo aceptó para que por el contacto con su sagrado Cuerpo pudiera ser comunicado al agua el poder regenerativo para salvar a quienes creyeran en Él y Le obedecieran.
 
Y esto lo representa el Sacerdote cuando se lava los dedos, no por necesidad, puesto que está puro en su conciencia por la confesión sacramental y también lavó sus manos antes de la Misa, pues sin esas cosas diría la Misa para la condenación de su alma. Por tanto, buena gente, el Sacerdote lava sus manos no porque necesite la limpieza, sino para representar al Salvador y a nuestro Señor Jesucristo, que tiene la plenitud de toda santidad y que no necesitaba el bautismo, pero por humildad y por nuestra utilidad Él mismo quiso bautizarse y darnos la virtud del agua para lavarnos. Y por eso el Sacerdote, no obstante que está confesado sacramentalmente, aunque sea santo y sin ninguna mancha de pecado, debe lavarse las manos. Por eso dice el Sacerdote: Lavábo inter innocéntes manus meas: et circúmdabo altáre tuum, Dómine... (Salmo 25, 6-12) súplica de un justo perseguido. Porque quiero decir: “consistía en que yo sea puro y limpio de toda mancha de pecado, por lo cual sea contado entre los inocentes; y en que Señor, para representar aquel baño de nuestro bautismo, vos que sois plenitud de santidad, sin embargo quisisteis ser lavado y por eso yo me lavaré ahora”
  
10. La décima obra que nuestro Salvador hizo en este mundo fue, según San Lucas, San Marcos y San Mateo, que luego del bautismo se fue al desierto y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, sino que estuvo siempre en oración, no para Sí mismo (que no la necesitaba), sino por nosotros los pecadores.

Y esto es simbolizado cuando el Sacerdote en medio del altar se inclina profundamente y dice: “In spíritu humilitátis et in ánimo contríto”, orando para que en el Santo Sacrificio podamos ofrecer una hostia agradable al Señor nuestro Dios. Esta oración conmemora las humillaciones y postraciones que hacía nuestro Salvador en el desierto cuando oraba. El Sacerdote, sin embargo, se vuelve al pueblo diciendo “Oráte, fratres: ut meum ac vestrum sacrifícium acceptábile fiat apud Deum Patrem omnipoténtem”, para mostrar que Jesucristo oraba por nosotros. Y los ministros asistentes deben decir: “Et cum spíritum tuum”. Advertid que la oración de Jesucristo en el desierto era secreta; y así como las oraciones no las escuchaba ningún otro hombre, así esta oración Secreta el Sacerdote debe decirla de tal manera que ni el Diácono ni el Subdiácono la puedan oir.

11. La undécima obra que Jesús el Salvador hizo fue que después de ayunar comenzó a predicar, exclamando: “¡Haced penitencia, porque el reino de Dios está cerca!” (Mateo 4, 17). Antes del ayuno no se manifestó, sino que escondido y oculto quiso hacer penitencia en el desierto. Saliendo del desierto, instruía a las gentes diciendo: “Haced penitencia” y qué vida debían hacer y les instruía cómo podían evitar los pecados. Y esto lo hacía recorriendo villas, ciudades y castillos. Y así como con las mismas palabras enseñaba su santa doctrina, así también con sus obras la demostraba. Por eso dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el primer verso del capítulo 1: Lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio. Buena gente, sería grande la benignidad del rey de Aragón, si él mismo fuera por todo el Reino y en las plazas él mismo publicara y encomiara su ley o sus ordenaciones. Pues así hizo Jesús, Rey de Reyes y Señor de los señores, iba encomiando su ley y no le detenía el que no hubiera púlpito, ni catafalco, sino que subía sobre cualquier podio o escalera de las plazas y allí exponía su ley; pero al principio no tenía tanta reputación entre los judíos y los fariseos para que se detuvieran a escuchar sus predicaciones, pero después, como iba en aumento, querían quitarlo de en medio.
 
Y el Sacerdote simboliza esto al decir en alta voz: “Sursum corda”, para enseñarnos que Jesucristo enseñaba tanto con la palabra como con el ejemplo. Y así cuando canta el Prefacio, él mantiene sus manos alzadas, y no bajas [elevátas et non demíssas], para mostrar que él, que predica la palabra de Dios debe demostrar con el ejemplo y las obras aquellas palabras que predica y que habla. Por eso decía San Pablo atribuyendo a Jesucristo todo esto: Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios (Romanos 15, 17). Así todo aquel que predica, etc.
 
12. La duodécima obra que realizó nuestro Salvador y Señor Jesucristo fue que no solamente mostraba con sus obras lo que predicaba, sino también confirmaba su doctrina con los milagros, que nadie, a no ser Dios, podía hacer. Y esto lo realizaba principalmente como Señor. A los ciegos les daba la luz; a los paralíticos que no tenían carnes se llenaban de carnes y salían como jóvenes tiernos; a los sordos les devolvía el oído; los mudos hablaban y los muertos resucitaban (cf. Mateo 11, 5).
 
Y esto el Sacerdote lo conmemora cuando en la Misa dice “Sanctus, Sanctus, Sanctus Dóminus Deus Sábaoth...”. Tres veces dice “Sanctus”, denotando que los milagros que Jesucristo hacía no los realizaba por virtud humana sino en virtud de las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un único y poderoso Dios. Finalmente dice el “Hosánna” -que es como decir “sálvanos”- para mostrar que Jesucristo hacía los milagros, y esto para nuestra salvación.
 
13. La decimotercia obra que nuestro Salvador Jesucristo hizo en este mundo fue cuando después de predicar y hacer muchos milagros, a los treinta y tres años de edad, viendo que se la acercaba el tiempo de su pasión, vino a Jerusalén para poder cenar con sus discípulos. Y secretamente muchas cosas fueron necesarias para la redención de la humanidad, especialmente dos: la institución del Santísimo Sacramento del Altar y el gran sermón que aparece en los capítulos del 13 al 17 del Evangelio según San Juan.
  
Y esto es simbolizado cuando el Sacerdote dice el Canon secreto y lo dice tan en secreto que nadie lo oye, a no ser los que están con él, esto es el diácono y el subdiácono. Porque aquel sermón que hizo Jesús en el altar de la Cena, también fue secreto, pues nadie lo oyó, a no ser aquellos que estaban sentados a la mesa junto con él, es decir, los Apóstoles.
  
14. La decimocuarta obra que hizo nuestro Salvador y Señor Jesucristo es que después de la predicación de aquel gran sermón a los Apóstoles, salió hacia el huerto para hacer oración y oró tres veces a Dios Padre diciendo: Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz… El espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mateo 26, 39 y 41). Y él mismo en cuanto Dios no temía a la muerte, pero sí en cuanto hombre. Y por lo tanto siendo consciente de las pasiones que él iba a padecer, decía: Padre mío, si es posible que pase, etc. Esta amargura de la pasión se basa en la sensualidad que está enferma, pero el espíritu está pronto. En la tercera vez que oró, y le sobrevino un temblor y el sudor de sangre, es cuando vino el Ángel a confortarlo (cf. Lucas 22, 43-44). No como si él mismo necesitara el ánimo, sino como el escudero que conforta a su señor, diciendo por si acaso: “Señor esforzaros, porque ahora alcanzaréis la victoria sobre vuestros enemigos”; así el Ángel le decía a nuestro Salvador: “Señor mirad a las almas santas, que os esperan en el Limbo del infierno y ya ansían la gloria, y así confortaréis vuestra humanidad”. Y el clementísimo Señor oró por él mismo y por nosotros. Por él mismo rogando al Padre Dios por su resurrección; no es que estuviera dudoso de su resurrección, o impotente para resucitar, sino que así convenía que lo hiciera. Y esto lo hacía como hombre. También oró por nosotros, para que constante y voluntario recibiera la muerte por nosotros, para que nosotros estemos ardientes y firmes para sostener la muerte por él mismo y resucitemos gloriosos.
 
El Sacerdote simboliza estas tres oraciones haciendo tres cruces sobre la oblación diciendo: “Benedíctam, ascríptam, ratam…” y finalmente otras dos cruces, una de ellas sobre el caliz diciendo “et Sánguis”, para que conozcamos que Jesús en su Pasión rogaba por sí mismo en cuanto hombre, y por nosotros los pecadores.

15. La décima quinta obra que nuestro Salvador y Señor Jesucristo hizo en este mundo fue que después de la oración del huerto, vino una gran multitud de gentes con gran clamor, con espadas y palos, para prender a Jesús. Y Él calmadamente [benevolénter] deseaba ser preso y atado, y conducido ante Pilato, quien lo sentenció a muerte de cruz: sentencia que el benigno Señor no quiso apelar, sino que antes bien cogiendo la Santa Cruz, la cargó sobre sus hombros y la llevó hasta el lugar donde iba de ser crucificado.
 
Y esto es representado en la Misa cuando el Sacerdote toma la hostia para consagrarla, sosteniéndola en sus manos, diciendo: “Et elevátis óculis in cœlum ad te, Deum…”. Y justo aquí hay un grande ruido de campanas y de la rueda de campanas [rotæ] significando el tumulto y voces de los judíos cuando arrestaron a Jesús. Entonces el Sacerdote signa con la cruz la hostia diciendo: “Benedíxit, fregit,”, significando la sentencia de muerte aprobada por Pilato.
 
16. La decimosexta obra fue cuando, sentenciado a muerte, Jesucristo fue conducido a morir en el Calvario y allí fue crucificado en medio de dos ladrones: uno a su derecha llamado Dimas, y el otro a la izquierda llamado Gestas. Y fue elevado a lo alto hasta suspender todo su cuerpo fijado por los clavos de sus dos manos.
 
Y esto es significado cuando el Sacerdote eleva la hostia en la cual está Cristo, Dios y hombre, sosteniéndola con ambas manos. La derecha significa el buen ladrón, y la izquierda el malo. Y la blancura de la hostia significa que Jesús en la cruz palideció y perdió el color y la Sangre. Después el Sacerdote eleva el cáliz que representa cuando Jesucristo en la cruz ofreció su Sangre, diciendo: “Padre mío, acepta mi Sangre, que te ofrezco para la remisión de los pecados de todo el género humano”. Por esta razón el Sacerdote, elevando la preciosa Sangre, pareciera decirle: “Te ofrecemos, Señor, el inestimable precio de nuestra redención”.
 
17. La decimoséptima obra que Jesucristo hizo consistió en que, cuando fue crucificado, no cesó de orar. Y primero dijo en alta voz “Eli! Eli! Lamma sabachtáni?”, esto es, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Salmo 21, 1; en Mateo 27, 6). Dice San Jerónimo que desde allí comenzó a rezar todo el salmo, y continuó su oración diciendo los siguientes salmos hasta el verso: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Salmo 30, 6; en Lucas 23, 46) Y en total fueron 150 versos los que Cristo recitó en la Cruz, tantos cuantos Salmos hay en el davídico Salterio, esto es, 150.

Y mientras Él estuvo en la Cruz, los malditos judíos no cesaron de lanzarle injurias y maldiciones, diciéndole: “¡Oh tú, malvado, que has engañado al mundo! ¡Embaucador!, que a otros salvó y no puede ahora salvarse a sí mismo”. Otro decía: “¡Falso profeta!, que dijiste que destruirías el Templo de Dios y en tres días lo reedificarías”. Otro decía: “Si es el Hijo de Dios, que descienda inmediatamente de la cruz” (cf. Mateo 27, 40-42). Y otras injurias le decían. Y el benigno Señor, calmado, no les respondió, sino que continuó con gran paciencia en oración.
  
El Sacerdote simboliza esto cuando manteniendo los brazos en cruz, ora diciendo “Unde et mémores, Dómine, nos servi tuis,”. Así mismo el Sacerdote, no cesa de decir estas palabras para mostrarnos que Jesús en la cruz continuaba la oración y no cesaba

18. La decimoctava obra que Jesucristo hizo en este mundo fue cuando, aunque ya había sido herido con cuatro Llagas, específicamente en sus manos y pies, sin embargo, deseó que su sagrado Costado fuese traspasado con una lanza después de su Muerte, brotando de ella sangre y agua (cf. Juan 19, 34). Cosa que sucedió milagrosamente, contrario al orden natural, porque su Sangre fue derramada en el sudor y la flagelación, y en la colocación de la corona de espinas, y también en la perforación de las manos y los pies.

Y estas cinco llagas son significadas cuando el Sacerdote signa cinco veces con la Hostia diciendo: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”.
 
19. La decimonovena obra fue cuando Cristo crucificado dijo siete palabras en voz alta. La primera palabra fue cuando rogó por todos los que le crucificaban, diciendo: Padre, perdónales, porque no saben la que hacen (Lucas 23, 34), pues creían que estaban colgando de la Cruz a un embaucador u hombre pecador, y crucificaban al mismo Hijo de Dios Redentor. La segunda palabra cuando dijo al ladrón: Hoy, estarás conmigo en el Paraíso (Lucas 23, 43). La tercera palabra es, o fue, cuando mirando a su Madre, quien se estaba muriendo de un admirable dolor -¡qué maravilla era aquella que no se rompía el corazón!, y decía: “¡Oh Señor e hijo mío carísimo! ¿al ladrón le hablas y a mí no quieres? ¿no quieres hablar? Que le plazca a vuestra clemencia decir alguna palabra a vuestra madre tan desolada”. Y entonces el Señor dijo: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Juan 19, 26). Y después de esto, vuelto a San Juan dijo: Ahí tienes a tu madre (Juan 19, 27). La cuarta palabra fue cuando dijo: “Eli! Eli! Lamma sabachtáni?”, esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mateo 27, 6). No que lo abandone en su divinidad, sino que lo era abandonado por los parientes, amigos y Apóstoles. La quinta palabra fue cuando dijo: Tengo sed (Juan 19, 28). La Virgen María cuando oyó que su hijo tenía sed, desearía que en aquel instante sus entrañas se convirtieran en agua para que pudiera él beber. Y entonces, díjole ella: “Hijo mío carísimo, y Señor, no tengo agua, pero si quieres las lágrimas, recibe este velo que está lleno de lágrimas”. La sexta palabra fue cuando dijo: Todo está consumado (Juan 19, 30), es decir, toda la redención humana. La séptima palabra fue cuando dijo: Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu (Lucas 23, 46). E inclinó la cabeza, como si dijera: “Madre mía, consuélate con el discípulo y vigilad bien y os encomiendo a Dios porque ya me muero y me voy al otro mundo”.
 
Se conmemora en la Misa cuando el Sacerdote dice el “Padre nuestro”, en el cual hay siete peticiones significando las siete palabras que Jesús pronunció en la Cruz. Así mismo, él no lo dice secretamente, sino cantando, porque Cristo en la Cruz hablaba en alta voz.
 
20. La vigésima obra fue que Cristo, no contento con la muerte y las llagas que soportaba en la Cruz, quiso que su sacratísima humanidad fuera dividida en tres partes, a saber: el cuerpo en la Cruz, la Sangre derramada en las torturas y al pie de la Cruz, y el alma que descendió al limbo de los Patriarcas. Y de este modo fue dividida la humanidad de Jesucristo.
 
Y esto es representado en la Misa cuando el Sacerdote divide la hostia en tres partes. Debe advertirse, sin embargo, que él las sostiene juntas, porque, aun cuando la sacratísima humanidad de Jesucristo ha sido dividida, la Divinidad nunca se separó de ella; además que estuvo unida a cada parte, como dice San Pablo: “Lo que él asumió una vez, no lo dividió”. Es similar a cuando un fragmento de cristal es expuesto al sol, y luego es dividido en muchos más fragmentos, el sol ilumina cada parte en la misma manera que ilumina el cristal entero; pues todas las partes están llenas de la claridad del sol, tanto en una como en otra. Así, cada parte de la humanidad de Cristo estaba llena personal y sustancialmente de la Divinidad, justo como el fragmento de cristal es llenado con el sol.
 
21. La vigésima primera obra que Cristo realizó fue cuando convirtió a los muchos tipos de personas, deseando mostrarles los frutos de su Pasión. Y primero, convirtió al ladrón, que era un hombre de mala vida y obras malvadas; segundo, a un centurión, un lider de soldados que dijo: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mateo 27, 54; Marcos 15, 39); y tercero, a gente ordinaria, según dijo San Lucas: “Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba”, específicamente los milagros que sucedieron, “se volvieron golpeándose el pecho” (Lucas 23, 48). Nótese que dice “todas las gentes”, no las turbas maliciosas como los escribas o fariseos, sino las gentes sencillas e ignorantes que viendo el milagro que ocurría, se golpeaban el pecho diciendo: “¡Miserables! que crucificamos al Salvador”.
  
Estas varias personas son simbolizadas en la Misa cuando el Sacerdote dice tres veces el “Agnus Dei”, primero por cada pecador, significando que Dios nuestro Señor desea perdonarle justo como perdonó al ladrón, igualmente a mí que soy pecador. Segundo, significando que así como Jesucristo iluminó y abrió los ojos al centurión, así también desea que los gobernadores de las gentes, sea espirituales o temporales sean iluminados y perdonados, para que las almas alcancen la salvación. Y así como las almas movidas por la Pasión de Cristo vienen a salvación, así el Sacerdote, diciendo el tercer Agnus Dei, pide en favor de todo el pueblo Cristiano, para que el Señor se digne guardarlo en paz y salud, para que perdone sus pecados, y les haga dignos partícipes de su santa Gracia.
  
22. La vigésimo segunda obra que Cristo hizo en este mundo fue que, después de su sagrada Pasión no quiso ascender inmediatamente al Cielo, sino que su más profunda humildad deseó primero descender secretamente a los Infiernos, para dar la gloria a los santos padres, quienes al verlo recibieron la gloria. Y los santos padres decían: “¡Glorioso Señor!, son tantos los años que esperábamos”, pues hasta cinco mil años le esperaban con grandes suspiros y gemidos. En ese mismo momento en que Lo vieron, se llenaron de grande exultación, disfrutando de gloria esencial, libres de cualquier dolor ahora y para siempre.
 
Y esto lo representa el Sacerdote cuando deja caer una partícula de la Hostia en el cáliz para denotar cómo el Alma sacratísima de Cristo descendió al Limbo, regocijando y confirmando a los santos Patriarcas, que difícilmente sabían qué les pasó al experimentar tal plenitud de gozo. Y de esa dulcedumbre y amor alababan a Dios diciendo: “Bendito el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y traído la redención a su pueblo” (Lucas 1, 68).
 
23. La vigésimotercera obra que hizo Jesucristo en este mundo fue cuando, después de su dolorosa Muerte, deseó y ordenó que su cuerpo fuera bajado de la Cruz por sus amigos, José de Arimatea, Nicodemo y Gamaliel, habiendo recibido permiso de Pilato, y le pusieron en la losa del sepulcro, que aún podemos ver hoy en la iglesia del Santo Sepulcro. Y la bienaventurada Virgen María con otras santas mujeres, parientes y amigos, estaba alrededor del cuerpo. Y la Virgen María besando los ojos, decía: “¡Oh ojos gloriosos, que escudriñaban los corazones de los hombres y los pensamientos de sus corazones!”. Y besaba los oídos, diciendo: “¡Oh oídos que escuchaban los cantos que hacen en el cielo los ángeles!”. Después besaba la nariz, diciendo: “¡Oh nariz que percibiste la fragancia del olor de la gloria del paraíso!”. Después besaba su rostro, diciendo: “¡Oh rostro que das la gloria a los ángeles!”. Después besaba la herida del costado, diciendo: “¡Oh puerta gloriosa por la cual tenemos la entrada al Paraíso! ¡Fieles cristianos que anheláis entrar al Paraíso, venid, aquí está la puerta abierta, pues mi hijo os la ha abierto para vosotros!”. Después besaba las manos, diciendo: “¡Oh manos que crearon cielo y tierra y todo lo que contienen!”. Después besaba sus pies, diciendo: “¡Oh pies benditos midieron la gloria del Paraíso!”. Y San Lázaro, Santa María Magdalena, Santa Marta, San José de Arimatea y todos los otros fieles se acercaban a aquel cuerpo sacratísimo y pensaban el momento propicio para poderlo adorar y brindarle toda reverencia.
 
Y esto es representado en la Misa cuando el Sacerdote, habiendo dado el signo de la paz, por un corto período de tiempo en el cual sostiene el Cuerpo de Cristo en sus manos antes de comulgar, y entonces, si es devoto, debe pensar en el dolor de la Virgen Maríaa, de la Magdalena y de la otra María y de los buenos cristianos que hacían aquel circulo en torno al cuerpo de Cristo, viendo las llagas y las heridas que Cristo por la redención del género humano soportó, y debe derramar muchas lágrimas y concebir un especial dolor pos sus pecados.
 
24.La vigésima cuarta obra que nuestro Salvador realizó en este mundo fue que quiso ser ungido con bálsamo y mirra y envuelto en una sábana blanca y limpia, y ser puesto y encerrado en un monumento de piedra nuevo y sin ninguna corrupción y fractura.
 
Y esto es representado en la Misa cuando el Sacerdote recibe el Cuerpo de Cristo, porque el corazón del Sacerdote debe ser un monumento nuevo. Y hago notar que digo nuevo, sin corrupción, porque en el cuerpo del Sacerdote no debe existir ninguna mancha, o inmundicia de pecado como en el monumento de Jesucristo en el que nadie todavía había sido depositado (Juan 19, 41), Pues debe ser nuevo por la pureza y la castidad. Y así como el monumento era de piedra firme, así el Sacerdote debe ser fuerte y firme en la fe y la virtud. Y así como el Cuerpo de Cristo fue envuelto en una sábana blanca y limpia, así el cuerpo del Sacerdote debe ser blanco y limpio por la castidad, porque dentro reposa el Cuerpo de Cristo. Y así como el Cuerpo de Cristo fue todo embalsamado, así el cuerpo del Sacerdote debe estar lleno de virtudes, de justicia y de perseverancia en la penitencia. Y así como Cristo reposa envuelto en aquella tela blanca, así reposa en la conciencia del Sacerdote. Y no solamente el Sacerdote, sino también todo Cristiano que escucha la Misa, con estos pensamientos está preparado para alimentar su devoción.

Así mismo podemos creer de una manera racional, aunque no se encuentra en los textos de la Biblia, que la bienaventurada Virgen y los otros fieles cristianos, creyendo que Cristo resucitaría el tercer día, recogieron la sangre que había sido derramada a los pies de la Cruz y fue puesta en algún vaso limpio y fue depositado en el sepulcro con el cuerpo, pues la Virgen María sabía que la sangre junto con el cuerpo resucitaría al tercer día. Y por eso el Sacerdote como sepulcro de Jesucristo que es santo y precioso como el sepulcro de Jerusalén, pues aquel es de piedra y tú eres a imagen y semejanza de Dios, y el cuerpo del Sacerdote ha sido consagrado todo, y ungido y más santo. También, en aquel sepulcro fue puesto el cuerpo de Cristo muerto y en el cuerpo del Sacerdote se pone vivo. También, fue puesto una vez, y el Sacerdote lo recibe muchísimas veces y algunos diariamente lo reciben. También, el cuerpo de Cristo no se ensució en aquel sepulcro porque estaba envuelto en la sábana y por eso aquel sepulcro se dice santo: mucho más santo se dice el cuerpo del Sacerdote, donde el cuerpo de Cristo no se pone envuelto, sino que todas las carnes, huesos y muslos le tocan. ¡Oh Sacerdote!, diligentemente medita en esto.
 
25. La vigésimo quinta obra que Cristo hizo que resucitó al tercer día de la muerte a la vida inmortal, y su sepulcro fue encontrado abierto.
 
Y el Sacerdote lo representa transitando del medio a la esquina del altar, significando que Cristo pasó de este mundo mortal a la vida inmortal. Y mostrando el cáliz vacío, representando el sepulcro abierto y vacío, y que Cristo ha resucitado por su infinito poder. Y el Diácono pliega el corporal, en rememoración de cómo la Sábana Santa en la que el sagrado cuerpo de Jesús fue cubierto, fue encontrada en la tumba (cf. Juan 20, 5-7).

26. La vigésimo sexta obra que realizó Jesucristo en este mundo fue que después de su gloriosa resurrección se apareció a santa María Magdalena y a los Apóstoles, pero primero se apareció a la Virgen María. No sólo se apareció él solo, como ocurrió con Santa María Magdalena, sino con todos los santos Patriarcas y Profetas y otros santos Padres. Y ahora meditad, buena gente, qué consolación debía tener la Virgen María cuando veía a su glorioso Hijo con aquella multitud de santos. Aunque esto no es mencionado en el Evangelio, los santos Doctores lo afirman expresamente, especialmente San Ambrosio en su libro Sobre las vírgenes; y de hecho era adecuado que Cristo, antes que a cualquier otro, visitara y consolara a su Madre, que sufrió por su muerte más que cualquiera otra persona.
 
Y esto es representado por el Sacerdote cuando dice, de cara a los fieles: “Dóminus vobíscum”. Y a continuación recita la Postcomunión, que es una oración de gran consolación, representando las palabras consoladoras que Cristo dijo a su Madre, y cómo los santos Padres alababan a nuestro Salvador y suyo. Y a continuación hacían reverencias a su Madre diciendo: “Regína cœli, lætáre...”.
 
27. La vigésima séptima obra que realizó Jesucristo fue cuando en este mundo se apareció a los Apóstoles en el aposento alto y mostrándose en medio de ellos dijo: “Paz a vosotros” (Juan 20, 19).
 
Y esto es representado en la Misa cuando el Sacerdote, volviéndose nuevamente hacia el pueblo, dice “Dóminus vobíscum”, que casi quiere decir “Paz a vosotros”.
 
28. La vigésima octava obra que Jesucristo hizo en este mundo fue que cuando debía subir al Cielo, llamando a los Apóstoles, les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda creatura; diciendo también: El que crea y sea bautizado se salvará (Marcos 16, 15-16 y Mateo 28, 19-20).
   
Y esto es simbolizado en la Misa cuando el Sacerdote dice: “Ite, Missa est”, dando permiso al pueblo para que regresen a las casas para cumplir sus deberes, porque se ha completado el oficio y el sacrificio, como Cristo dio a los Apóstoles el permiso de ir por el mundo habiendo sido cumplido el sacrificio.
 
29. La vigésimo novena obra que hizo Jesucristo en este mundo fue cuando cumplió la promesa hecha a Pedro y a los Apóstoles, específicamente poniendo a San Pedro en posesión real del Papado por estas palabras: “Apacienta mis corderos”. Entonces, según todos los Doctores, verdaderamente le constituyó cabeza visible de la Iglesia Católica. Y a los otros Apóstoles les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados...” (Juan 20, 22-23), dándoles el poder de perdonar los pecados, que es una potestad divina.
 
Y esto es representado al final de la Misa cuando el Sacerdote, humillándose profundamente, inclina su cabeza tanto como puede ante el altar y dice: “Pláceat tibi, sancta Trínitas…”, pidiéndole a la Trinidad que el Santo Sacrificio sea agradable a Dios y beneficioso para todo el pueblo. Y entonces da gracias por la inclinación que hace besando el altar para denotar la infinita misericordia de nuestro Dios, que no consideró indigno humillar su divino poder, pasando a hombres pecadores el poder de perdonar los pecados, porque “¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?” (Marcos 2, 7). Y por eso se inclina, para mostrar que delante de Dios se inclinaría [Jesucristo] en cuanto hombre, pues los hombres no tenían este poder. Consecuentemente besa el altar reconociendo esta gracia y finalmente haciendo la señal de la Cruz sobre el pueblo significa que sus pecados son perdonados por la Sagrada Pasión de Cristo.
 
30. La trigésima y última obra de Cristo en este mundo fue cuando, en presencia de su Madre y de los santos Apóstoles, y casi cincuenta personas, según San Pablo, estando de pie en el monte de los Olivos, ascendió al Cielo. Y por eso dice el bienaventurado Lucas: Alzando sus manos, los bendijo… y fue llevado al cielo (Lucas 24, 50). Entonces decía la Virgen María, llorando: “¡Oh, hijo mío! ¿no voy contigo? ¿Me dejas aquí entre los judíos?”. De la misma manera los Apóstoles lloraban, diciendo: “¡Señor! ¿cuándo te volveremos a ver, y cuando regresarás?”. Y entonces, he aquí que Cristo dio la bendición y subió al cielo, de donde había salido.
 
Y esto es significado en la Misa cuando el Sacerdote, habiendo dado la bendición, retorna a la sacristía de la cual había salido.
 
Y así es abarcada en el sacrosanto Sacrificio de la Misa la vida entera de nuestro Redentor. El cual nos pueda conducir a la gloria, donde vive y reina por siempre jamás. Amén.
  
SAN VICENTE FERRER. Sermón de la Domínica II post-Epifanía: “De la vida de Cristo representada en la Misa Solemne”.

NOTA
[1] A diferencia del Rito Romano Tradicional, en el que el Cáliz es preparado durante el Ofertorio, en el Rito Dominico (el cual era una variación del Rito Romano de comienzos del siglo XIII, y en el cual celebraba San Vicente Ferrer) la preparación del Cáliz tiene lugar antes de comenzar la Misa privada -si es Misa solemne, durante la lección de la Epístola-.

domingo, 7 de abril de 2019

ORACIÓN DE SAN VICENTE FERRER PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE

Tránsito de San Vicente Ferrer (Miguel de Prado, Maestro de Grifò. Valencia, Museo de Bellas Artes).
    LATÍN
Miserére mei, Deus, et exáudi oratiónem meam. (Ps. 4, 2)
Miserére mei Dómine, quóniam infírmus sum: sana me Dómine, quóniam conturbáta sunt ossa mea. (Ps. 6, 3)
Miserére mei Dómine, vide humilitátem meam de inimícis meis. (Ps. 9, 14)
Miserére mei Dómine, quóniam tríbulor, conturbátus est in ira óculus meus, ánima mea, et venter meus. (Ps. 30, 10)
Miserére mei Deus, secúndum magnam misericórdiam tuam. (Ps. 50, 1)
Miserére mei Deus, quóniam conculcávit me homo: tota die impugnámus tribulávit me. (Ps. 55, 2)
Miserére mei Deus, miserére mei: quóniam in te confídit ánima mea. (Ps. 56, 2)
Miserére mei Dómine, quóniam ad te clamávi tota die: lætífica ánimam servi tui, quóniam ad te Dómine ánimam meam levávi. (Ps. 85, 3)
Miserére nostri Dómine, miserére nostri: quia multum repléti sumus despectióne. (Ps. 122, 3)
  
ORATIO
Dómine Jesu Christe, qui néminem vis períre, et cui numquam sine spe misericórdiæ supplicátur, nam Tu dixísti ore sancto tuo et benedícto: «Ómnia quæcúmque petiéritis in nómine meo, fient vobis» (Jo. 14, 13); peto a te, Dómine, propter nomen sanctum tuum, ut in artículo mortis meæ des mihi integritátem sensus cum loquéla, veheméntem contritiónem de peccátis meis, veram fidem, spem ordinátam, caritátem perféctam ut tibi puro corde dícere váleam: «In manus tuas, Dómine, comméndo spíritum meum: redemísti me, Deus veritátis, qui es benedíctus in sǽcula sæculórum». Amen.
  
TRADUCCIÓN
Misericordia, Señor, y atended piadoso a mi corazón. (Salmo 4, 2)
Misericordia, Dios mío, que mi alma se halla enferma, y las virtudes que (como los huesos al cuerpo) debieran sustentarla, están en ella muy desmayadas y perdidas. (Salmo 6, 3)
Misericordia, Señor, y atended a lo humillado y abatido que me veo de mis enemigos. (Salmo 9, 14)
Misericordia, Señor, que me veo angustiado, y con vista de haber provocado contra mí vuestra justicia, me hallo confuso, y se estremece mi cuerpo. (Salmo 30, 10)
Misericordia, Dios mío, y sea según vuestra gran clemencia. (Salmo 50, 1)
Misericordia, Señor, que me atropella el enemigo; todo el día me impugna y molesta. (Salmo 55, 2)
Misericordia, Señor, pues en Vos confía mi alma, y se alegra mi corazón en Vos. (Salmo 56, 2)
Misericordia, Señor, pues cada día clamo a Vos: Alegra el alma de tu siervo, cuando levanto mi corazón y lo dirijo hacia tu piedad. (Salmo 85, 3)
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos afrentados y corridos. (Salmo 122, 3)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora y siempre, y en los siglos de los siglos. Amén.
  
ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, que cuanto es de ti a todos salvas, y no quieres que nadie se pierda, y a quien nunca se pide sin una segura esperanza de tu misericordia, bues por tu misma boca santa y bendita dijiste: «Cuanto en mi nombre pidiéreis al Padre Celestial, se os concederá» (Juan 14, 13). Suplícote, Señor, por tu Santo Nombre, que en el artículo de mi muerte me des el conocimiento entero, me conserves el habla, y me concedas una gran contrición de mis pecados, una fe viva y constante, una bien ordenada esperanza, y una caridad perfecta, para que con puro corazón te pueda decir: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; me redimiste, Dios de la verdad, que eres bendito y glorioso en los siglos de los siglos». Amén.
  
Fray FRANCISCO VIDAL Y MICÓ OP. Historia de la portentosa vida y milagros del valenciano Apóstol de Europa San Vicente Ferrer. Valencia, Oficina de José Esteban Dolz, 1785.

viernes, 5 de abril de 2019

BENDICIÓN DEL AGUA DE SAN VICENTE FERRER PARA LOS ENFERMOS

  
San Vicente Ferrer fue esclarecido en vida y en muerte por muchos milagros (sanidad, liberación, conversión de musulmanes, judíos, herejes y pecadores empedernidos, resurrección de muertos...), tantos que en su proceso de canonización, se dejaron de registrar cuando llegaron al 800º. En vista de esta fama, los padres dominicos bendecían el día de su fiesta un agua que se daba a los enfermos.
  
LATÍN (Fuente: Breviarium Juxta Ritum S. Ordinis Prædicatorum, bajo la autoridad de Fr. Manuel Suárez, Maestro General de la Orden Dominica, Roma, Convento de Santa Sabina, 1952).
  
BENEDÍCTIO ÁQUÆ IN HONÓREM SANCTI VINCÉNTII FERRÉRII PRO INFÍRMIS
  
Sacerdos stolam deferens dicat:
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
℟. Qui fecit cœlum et terram.
℣. Sit nomen Dómini benedíctum.
℟. Ex hoc nunc, et usque in sǽculum.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.
Orémus.
 
ORATIO. Majestátem tuam, Dómine, súpplices exorámus ut qui in desérto erémi petram benedixísti, ut bis a virga Móysi percússa, aquæ ex ea largíssime egrederéntur, et géminam illam percussiónem sacraméntum Passiónis et duo ligna Crucis significáre voluísti, tua quoque benignitáte et cleméntia per ejúsdem sanctæ Crucis mystérium, aquam istam larga bene dictióne sanctífices, ut omnis infírmus, qui de ea bíberit, vel ex ea aspérsus fúerit, séntiat statim salutárem tuæ benedictiónis efféctum. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
  
Benedíco hanc aquam in nómine Dei Pa tris omnipoténtis, qui hoc ad usum humánum gratum creávit eleméntum, ut sit sórdium lavácrum córporis et ánimæ, mira omnipoténtia elevátum; potum sitiéntibus tríbuat, refrigérium sit æstuántibus, via et sémita navigántibus; et qui in aqua et per aquam in mundi univérsi submersióne sacraméntum novæ legis præsignávit, cum octo ánimas salvávit in arca super eam ambulánte, apértis cataráctis cœli plúere fecit eam quadragínta diébus et quadragínta nóctibus super terram, hanc aquam bene dícat, et sanctí ficet, ut ad sui sancti nóminis et sancti Vincéntii invocatiónem ægrótum sanet, consólidet infírmum, dejéctum érigat, immúndum puríficet, ac peténti ab eo salútem poténter restítuat. In nómine Pa tris, et Fí lii, et Spíritus Sancti. ℟. Amen.
  
Targens Sacredos vas aquæ Reliquia vel Imagine sancti Vincentii dicat:
Orémus.
   
ORATIO. Adésto, Dómine, supplicatiónibus nostris, et eleménto huic aquæ méritis sancti Vincéntii, cujus Relíquia (vel Imágine) tángitur, virtútem tuæ iterátæ bene dictiónis infúnde, ut bibénti fiat potus ad salútem. In nómine Pa tris, et Fí lii, et Spíritus Sancti. ℟. Amen. Quatuor Cruces in hac Oratione præsignatæ fieri debent cum Reliqua vel Imagine.
  
Sacerdos dicat:
Antiphona: Adsit nobis propítius in hujus vitæ véspere, ad Christum nos Vincéntius tuto ferens itínere.
℣. Ora pro nobis, beáte Vincénti.
℟. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
Orémus.
   
ORATIO. Deus, qui géntium multitúdinem, mira beáti Vincéntii Confessóris tui prædicatióne, ad agnitiónem tui nóminis veníre tribuísti: præsta, quǽsumus; ut, quem ventúrum Júdicem nuntiávit in terris, præmiatórem habére mereámur in cœlis. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
  
TRADUCCIÓN
   
BENDICIÓN DEL AGUA PARA LOS ENFERMOS EN HONOR A SAN VICENTE FERRER
  
El Sacerdote, revestido con la estola, dice:
℣. Nuestro auxilio es el nombre del Señor.
℟. Que hizo el Cielo y la tierra.
℣. Bendito sea el nombre del Señor.
℟. Desde ahora y para siempre.
℣. Señor, escucha mi oración.
℟. Y mi clamor llegue hacia Ti.
℣. El Señor sea con vosotros.
℟. Y con tu espíritu.
  
Oremos:
  
ORACIÓN. Humildemente suplicamos a tu Majestad, oh Señor, pidiéndote que así como una vez bendijiste la roca en el desierto, saliendo de ella una copiosa fuente de agua cuando Moisés la golpeó dos veces con su báculo, significando por este doble golpe el misterio de tu Pasión y de los dos leños de la Cruz; así también nuevamente santificar con tu inagotable bendición esta agua por el misterio de la misma Santa Cruz, y que toda persona enferma que beba de ella o que sea asperjado con la misma experimente el efecto salutífero de tu bendición; por Jesucristo Nuestro Señor. ℟. Amén.
  
Bendigo esta agua en nombre de Dios Padre todopoderoso, que creó este grato elemento para uso del hombre y lo ennobleció por su admirable poder para lavar las manchas de alma y cuerpo, para ser bebida al sediento; refrigerio para los que sufren de estío; vía y camino para los navegantes; y que en el agua y por el agua en el diluvio universal, cuando las cataratas del cielo llovieron por cuarenta días y cuarnenta noches, aunque perdonando la vida de las ocho personas en el Arca, prefigurando el Sacramento de la Nueva Alianza. Que Él ahora ben diga y santi fique esta agua, para que por la invocación de su Santo Nombre y el de San Vicente, pueda sanar a los enfermos, fortalecer a los débiles, animar al decaído, purificar al impuro, y dar pleno bienestar a los que lo buscan, en el nombre del Padre , y del Hijo , y del Espíritu Santo. ℟. Amén.
   
El Sacerdote, tocando el agua con una reliquia o imagen de San Vicente, dice:
Oremos.
   
ORACIÓN. Escucha, Señor, nuestras súplicas, y por los méritos de San Vicente, cuya reliquia (o imagen) aplicamos a ella, derrama tu constante ben dición sobre este elemento, agua, y sea una bebida salutífera para aquellos que usen de ella. En el nombre del Padre , y del Hijo , y del Espíritu Santo. ℟. Amén. Esta señal de la Cruz debería trazarse con la reliquia o imagen.
  
El Sacerdote dice:
Antífona: Que San Vicente sea con nosotros en el ocaso de la vida, para conducirnos por seguro camino a Cristo.
℣. Ruega por nosotros, San Vicente.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN Oh Dios, que hiciste que la multitud de las naciones viniese al conocimiento de tu Nombre por la admirable predicación de tu confesor el bienaventurado San Vicente, concédenos te suplicamos, que merezcamos tener como Premiador en el cielo a Aquél que anunció en la tierra como Juez venidero. Por Jesucristo nuestro Señor. ℟. Amen.

miércoles, 27 de marzo de 2019

NOVENA EN HONOR A SAN VICENTE FERRER

Novena según se celebraba en el Convento de la Pasión que tenía la misma Orden en Madrid (siguiendo las consideraciones expuestas en la “Historia de la portentosa vida y milagros de San Vicente Ferrer” escrita por el padre Francisco Vidal y Micò OP en 1735), donde fue impresa por Eusebio Aguado en 1832, con las debidas licencias. Puede rezarse en cualquier momento del año, pero especialmente en preparación a su fiesta, que es el 5 de Abril.
  
COMPENDIO DE LA PRODIGIOSA VIDA DEL GLORIOSO SAN VICENTE FERRER
El día 23 de enero del año 1340 nació San Vicente Ferrer en Valencia, ciudad que da nombre a su reino. Su nacimiento verdaderamente fue un rasgo de la gran bondad, misericordia y providencia de Dios para con su Iglesia. Se hallaba ésta entonces sumamente agitada de la corrupción de costumbres e ignorancia en los deberes para con Dios y su santa ley, que reinaban en la mayor parte de las naciones de Europa, y resfriada la caridad y la piedad de muchos de sus hijos. Dios ofendido castigó a casi toda la Europa con la peste horrorosa que la envió el año 1338, y que duró cerca de dos años; al fin de los cuales envió al glorioso San Vicente Ferrer, como un signo de su misericordia, para que como su Apóstol con las señales de un verdadero apostolado reparase la piedad, purificase el santuario, y atrajese a Dios y a su felicidad a los que ni aun aquel castigo horroroso del Señor (la peste dicha) había abierto los ojos de sus almas, cerrados con el sueño de los vicios.
  
Fue prevenido San Vicente con las dulzuras de la gracia, y educado por sus piadosos padres en el santo temor de Dios y virtudes cristianas, cual convenía a las sublimes ideas que el Señor tenía sobre él. Fue un Ángel desde niño, y de un Ángel fueron sus acciones y sus estudios. De diez y siete años era ya filósofo y teólogo, y tenía sublimes conocimientos de la ciencia de los Santos, que no es otra que la de las virtudes fundadas en la humildad y perfeccionadas con la caridad.
   
Para llenar por su parte los designios de Dios, que ya conocía, y de que le había dado exactas ideas y signos nada equívocos, tomó el hábito de Santo Domingo en el convento de Predicadores de Valencia, su patria. Aqui, al paso que se perfeccionó en todas las virtudes, y heroicamente cumplió y llenó sus solemnes votos y leyes de su Orden, hizo otro tanto con las ciencias y con la oratoria sagrada propias de su instituto, que sus Prelados, aun siendo muy joven, le mandaron enseñar públicamente, graduándole de Doctor y Maestro.
   
Dios, como va dicho, le destinaba para su Apóstol en la mayor parte de Europa, y le separó, como en otro tiempo a Pablo y Bernabé, de la enseñanza en las Universidades para la grande obra a que le destinó; a saber, la de llevar su santo nombre a las gentes, a los reinos y a los hijos de Israel, como hizo con aquéllos.
   
Comenzó pues su Apostolado y predicación con tal celo, con tanta erudición, con tales signos prodigiosos, que muy en breve se vieron unos efectos tan admirables, que dieron bien a entender que su misión era de Dios. Judíos, herejes, mahometanos, malos cristianos a millares se convertían al Señor. España, Francia, Inglaterra, parte de Alemania, la Italia, fueron reinos que experimentaron las mayores y mejores reformas con la predicación y vida santa de este nuevo Apóstol.
   
Como a tal, Dios le dio la autoridad y poder de hacer milagros, ilustrándole con los dones de su santo espíritu, señales, dice San Pablo, de un verdadero Apóstol. Con estos, si su doctrina fue alguna vez despreciada de los enemigos de la fe, quedaban todos enmudecidos, confundidos, y convertidos. Predicaba siempre en su nativo idioma, y todas las gentes le entendían en los suyos propios. La naturaleza y sus leyes parece están a su disposición: él mandaba en los elementos, y tenía, digámoslo así, dominio sobre la vida y la muerte.
   
Resucitó muchos muertos, sanó paralíticos, curó toda clase de enfermos, dio vista a los ciegos, oído a los sordos, hizo andar a los cojos y tullidos, lanzó el maligno espíritu de los obsesos, dio partos felices, y aun sacó en ellos de los umbrales de la muerte a muchas mujeres que peligraban. Por último, fueron tantos los milagros que en vida y muerte obró, que averiguados sobre ochocientos por los jueces de su canonización, dejaron ya de comprobar otros muchos por no hacer interminable el proceso. Para conocer si serian muchos los que obró, basta saber que todos los días después del sermón mandaba al compañero que llevaba tocar una campanilla a hacerlos. “Toca á fer milacres”, decía en su idioma nativo.
  
Sobre estos divinos dones el Espíritu Santo le enriqueció con el de profecía, de consejo, de discreción de espíritus, de sabiduría, últimamente de cuantos estuvieron adornados los que el Señor destinó para sus Apóstoles.
   
Mas no por solo este destino sublime y angelical que el Señor dio a su siervo San Vicente le hizo tan poderoso en obras y palabras, sino por el modo con que correspondió a su divina gracia y a sus dones, siendo heroico en todas las virtudes morales y cristianas. Fue humilde hasta el extremo de no firmarse sino con el nombre de pecador, persuadiéndose era el mayor de todos los pecadores. Así es que fue cruelísimo consigo mismo, usando siempre del cilicio, de la disciplina, abstinencias, ayunos y toda obra de mortificación y de penitencia, con que procuraba aplacar al Señor por sus culpas enormes en sola su imaginación. Fue purísimo en alma y cuerpo; paciente, lleno de mansedumbre, de piedad, de celo, de caridad, sosteniendo estas virtudes con una oración continua; en una palabra, era en un todo conforme a Jesucristo.
   
Desde su misma niñez así lo fue, y en él no hubo más alteración que los mayores grados de perfección con que cada día adelantaba en esta conformidad y en sus heroicas virtudes. En medio pues de tanta heroicidad, amado de Dios y de los hombres, entre los dulcísimos nombres de Jesús y de María rindió su espíritu en manos del Señor a 5 de abril de 1419 en Vannes, ciudad de la Bretaña menor en el reino de Francia, y le colocó el Omnipotente en su paraíso celestial, premiando así sus virtudes, su celo apostólico, su heroica santidad, y haciendo que su memoria permanezca por medio de signos prodigiosos y de milagros estupendos en el corazón de sus devotos entre bendiciones, alabanzas y eterna gratitud.
   
Luego que el Santo fue beatificado y canonizado, creciendo cada día más y más la fama de los milagros y beneficios que por su poderosa intercesión Dios hacia a sus devotos, comenzaron éstos a reclamarla por medio de cultos piadosos y religiosos, y de novenarios que hacían en su honor. Nuestra España especialmente ha adoptado éstos, y por su medio ha interesado frecuentemente al Santo.
   
Con los calamitosos tiempos que han transcurrido no ha dejado de resfriarse la piedad y devoción en algunos, que con frecuencia omiten estas y otras prácticas piadosas: y en otros una piedad mal entendida ha hecho emplear las novenas de los Santos en meras estériles alabanzas, sin tratar de edificarse con sus virtudes. Para ocurrir al primer escollo y avivar la piedad de aquellos, ha parecido conveniente ofrecerles esta Novena de San Vicente Ferrer, bastante abreviada, extractada de otra que por dilatada, aunque muy devota, algunos se cansaban de ella: y para evitar el segundo, se ha puesto esta misma por orden de virtudes, para que la consideración de una de ellas cada día nos excite a imitarla en el ejemplar que nos ofrece el mismo Santo: y así al paso que le alabemos y procuremos su favor en la secuela de sus virtudes, nos proporcionemos iguales objetos de alabanza en la Gloria de los bienaventurados.
    
ADVERTENCIAS
  1. Para hacer con fruto esta Novena se debe confesar y comulgar el día que se empiece, con el objeto de que sea con toda pureza de alma y cuerpo, y merecer que el Señor oiga nuestras oraciones. Y será muy bueno repetir esta diligencia el último día.
  2. En el tiempo que se destina para la meditación, procuraremos recoger nuestro interior y dejándonos de rezos y otras devociones, meditaremos precisamente en la virtud que se propone para cada día, procurando fijarla en nuestro corazón.
  3. Cuando pidamos a Dios el socorro en nuestras necesidades corporales, hágase con fe viva, pero resignados en la divina voluntad; porque si no nos conviene, es gran piedad de Dios el que no nos lo conceda.
  4. Será muy bueno que los Predicadores dirijan sus sermones a engrandecer la virtud que toque meditar aquel día, declamando contra el vicio opuesto, y procurando excitar a los fieles a abrazarla con los ejemplos que de ella dio el glorioso San Vicente.
  
NOVENA DEVOTA DEL GLORIOSO APÓSTOL DE VALENCIA SAN VICENTE FERRER, HONOR Y LUSTRE DEL ORDEN DE PREDICADORES.
 
   
Puesto de rodillas delante del Altar o Imagen de San Vicente, y hecha la Señal de la Cruz, dirá el Acto de Contrición siguiente:
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío, en cuyos misterios y Fe creo, en cuya misericordia y méritos infinitos de vuestra Pasión y muerte espero ser eternamente feliz, y a quien amo sobre todas las cosas y aun sobre mi propia vida, me pesa, Dios mío, haberos ofendido, por ser Vos quien sois y por vuestra infinita bondad; y propongo perder mil vidas que tuviese, antes que volveros a ofender, y satisfaceros, ayudado de vuestra divina gracia, por mis ofensas. Os doy palabra firme de confesarme y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos: espero en vuestra misericordia infinita me perdonareis todos mis pecados, y me daréis gracia para perseverar en estos mis propósitos firmes, y emplearme en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
   
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Glorioso Padre San Vicente, dignísimo hijo de Santo Domingo, que destinado por Dios para Predicador de las gentes, mereciste que tu alma fuese adornada con todas las virtudes y dones del Espíritu Santo, para que con tu doctrina y ejemplo convirtieses los pecadores a verdadera penitencia, y atrajeses a los infieles a la Fe de Jesucristo: humildemente te pido interpongas tus poderosos méritos ante nuestro Dios y Señor, para que apartando de mí cuanto le sea desagradable, me conceda la gracia de imitar tus virtudes, y con ellas emplearme en su santo servicio hasta el último momento de mi vida. Amén.
   
DÍA PRIMERO – 27 DE MARZO
TEMOR DE DIOS

  
ORACIÓN PARA EL DÍA PRIMERO
Dulcísimo Jesús, que deseando que todos los hombres, ayudados por vuestra divina gracia, obrasen en temor y temblor su eterna felicidad, les manifestasteis siempre con vuestras palabras y ejemplos el fundamento de la verdadera sabiduría en este mismo temor, y que en vuestro siervo San Vicente Ferrer les ofrecisteis un modelo práctico de este precioso don del Espíritu Santo, mandándole anunciase a todas las gentes la proximidad de vuestro Juicio, para que los pecadores se retrajesen de vuestras ofensas, y emprendiesen una saludable penitencia: concededme, Dios mío, por la intercesión del mismo Santo, que penetrada mi alma de este santo temor, y teniendo a la vista vuestros altos juicios, huya de todas las ocasiones de pecar, y me haga digno de vuestras misericordias. Amén.
  
Aquí meditará cada uno el día del Juicio, y procurará imprimir en su alma el santo temor de Dios.
  
Concluida la meditación dirá los versos y oración siguientes, que dispusiera San Vicente Ferrer para implorar una buena muerte:
Misericordia, Señor, y atended piadoso a mi corazón. (Salmo 4, 2)
Misericordia, Dios mío, que mi alma se halla enferma, y las virtudes que (como los huesos al cuerpo) debieran sustentarla, están en ella muy desmayadas y perdidas. (Salmo 6, 3)
Misericordia, Señor, y atended a lo humillado y abatido que me veo de mis enemigos. (Salmo 9, 14)
Misericordia, Señor, que me veo angustiado, y con vista de haber provocado contra mí vuestra justicia, me hallo confuso, y se estremece mi cuerpo. (Salmo 30, 10)
Misericordia, Dios mío, y sea según vuestra gran clemencia. (Salmo 50, 1)
Misericordia, Señor, que me atropella el enemigo; todo el día me impugna y molesta. (Salmo 55, 2)
Misericordia, Señor, pues en Vos confía mi alma, y se alegra mi corazón en Vos. (Salmo 56, 2)
Misericordia, Señor, pues cada día clamo a Vos: Alegra el alma de tu siervo, cuando levanto mi corazón y lo dirijo hacia tu piedad. (Salmo 85, 3)
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos afrentados y corridos. (Salmo 122, 3)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora y siempre, y en los siglos de los siglos. Amén.
  
Señor mío Jesucristo, que cuanto es de ti a todos salvas, y no quieres que nadie se pierda, y a quien nunca se pide sin una segura esperanza de tu misericordia, pues por tu misma boca santa y bendita dijiste: Cuanto en mi nombre pidiereis al Padre Celestial, se os concederá. Suplícote, Señor, por tu Santo Nombre, que en el artículo de mi muerte me des el conocimiento entero, me conserves el habla, y me concedas una grande contrición de mis pecados, una fe viva y constante, una bien ordenada esperanza y una caridad perfecta, para que con puro corazón te pueda decir: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; me redimiste, Dios de la verdad, que eres bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA PRIMERO.
Amado Padre San Vicente, que poseído del santo temor de Dios, diste abundantísimos frutos de verdadera sabiduría, y predicándole a los pecadores e infieles, los ilustraste en los verdaderos caminos de su eterna felicidad: alcánzame, que temiendo yo a Dios siga el camino de las virtudes, de que tantos y tan repetidos ejemplos nos diste, que guía al objeto de mi felicidad, que consiste en la posesión del mismo Dios. Amén.
  
Para alcanzar esta gracia se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y se concluirá con la siguiente oración:
Glorioso Apóstol de Valencia San Vicente, te consta, Santo mío, la necesidad de mi alma, y el consuelo que necesita; por tanto te suplico humildemente interpongas delante de Dios tus poderosos méritos, para que consiga de su divina piedad las virtudes y la gracia que pido en esta Novena; y que en el artículo de mi muerte me dé conocimiento entero, me conserve el habla para la confesión de mis culpas, me conceda una perfecta contrición de ellas, una Fe viva, una esperanza firme, y una caridad ardiente, para que con toda seguridad y puro corazón pueda decir: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, que eres bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén.
 
GOZOS AL GLORIOSO SAN VICENTE FERRER
    
Pues gozas supremo honor
Por tu virtud eminente:
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
El Cielo antes de nacer
Tu santidad pronostica,
Y con milagros publica
Los prodigios que has de hacer:
De tu virtud superior
Fue el indicio más patente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Valencia en tu nacimiento
Se explicó con alborozo,
Adelantándose el gozo
Para aplaudirte portento.
Hizo inmortal su esplendor
Con las luces del Oriente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Predicador soberano
Quiso constituirte el Cielo,
Siendo esfera tu desvelo
El cielo Dominicano:
Con esto Predicador
Te instituyó propiamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Su mano el Verbo encarnado
En tu mejilla imprimió,
Con que al mundo te dejó
Predicador señalado.
Predicando tu fervor
Lo mostrabas claramente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Que erais Ángel persuasivo
Predicaste con acierto,
Haciendo tu voz que un muerto
Diese testimonio vivo.
Fue tu crédito mayor
Con el milagro presente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Lo que en un idioma hablabas
Entendían las naciones,
Oyéndose tus sermones,
Aunque ausente predicabas;
Sin ser para oír el clamor,
La distancia inconveniente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Por tres días sin cesar,
Desde un lienzo retratada,
Se oyó tu Imagen sagrada
Con gran fruto predicar.
A todos causó temor
Oír tu voz elocuente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Con portentos singulares
De infieles y hombres perdidos,
Fueron por ti convertidos
Para Dios muchos millares,
Confesando con dolor
Sus culpas públicamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Por suplir la carestía
Los panes multiplicaste,
Y con quince alimentaste
Dos mil de tu compañía:
Imitando al Redentor
En obra tan excelente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Si alguna vez fatigado,
De hacer milagros cesabas,
Para hacerlos le prestabas
La facultad al Prelado.
Este admirable primor
En ti se vio solamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
A tu piedad peregrina
Concurrían los mortales,
Porque hallaban de sus males
Universal medicina.
Con tu presencia el rigor
Cesaba en todo accidente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
De tu virtud cada día
Ve milagros la experiencia,
Siendo especial tu asistencia
En el mal de alferecía,
Dándote por tal favor
Las gracias continuamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.
   
Antífona: Que San Vicente Ferrer sea con nosotros en el ocaso de la vida, para conducirnos por seguro camino a Cristo.
℣. Ruega por nosotros, San Vicente.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que hiciste que la multitud de las naciones viniese al conocimiento de tu Nombre por la admirable predicación de tu confesor el bienaventurado San Vicente, concédenos te suplicamos, que merezcamos tener como Premiador en el cielo a Aquél que anunció en la tierra como Juez venidero, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 28 DE MARZO
HUMILDAD.

Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SEGUNDO
Dulcísimo Jesús, que deseoso de plantar en el corazón de los hombres la verdadera humildad, no dudasteis tomar forma de siervo, humillándoos hasta la muerte de Cruz; y que en vuestro siervo San Vicente renovasteis frecuentemente ejemplos de humildad, con los que yo abatiese mi amor propio: ilustrad, Dios mío, mi alma, para que conociendo mi miseria huya del orgullo y vanidad, enemigos capitales de ella, y únicamente apetezca el desprecio y abatimiento, para que así algún día sea por Vos, según vuestra promesa, ensalzado y glorificado entre los verdaderos humildes en la gloria. Amén.
  
Aquí considerará cada uno su propia nada, y pedirá a Dios la verdadera humildad. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SEGUNDO.
Amado Padre San Vicente, espejo clarísimo de humildad, que alabado y aclamado de Pontífices, de Reyes, de Príncipes, y de los pueblos, quienes a porfía te llenaban de honores, supiste conservarte humilde, desechando todo orgullo y vanidad: alcánzame, Santo mío, esta virtud, con la cual a su ejemplo desprecie el vicio de la soberbia, y viendo mi nada y mi miseria, conozca que solo Dios es el grande, a quien únicamente es debido el honor y la gloria; y de él espere la que tiene preparada a los humildes y mansos de corazón. Amen.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO – 29 DE MARZO
CARIDAD. 
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA TERCERO
Dulcísimo Jesús, que llevado del amor al hombre bajasteis del Cielo a la tierra, os vestisteis de nuestra humana naturaleza, y padecisteis muerte atroz en una cruz, para de este modo llamar su atención a fuerza de beneficios a vuestro amor y servicio, dándole además un ejemplar de heroica caridad en vuestro siervo San Vicente, con cuya virtud supo él tanto agradaros y serviros: os suplico inflaméis mi voluntad con el fuego de esta caridad, para que a Vos solo ame, a Vos solo sirva, y desprecie por Vos aun mi propia vida, ganándola así para mi propia felicidad. Amén.
   
Aquí se considerará el amor que nos tiene nuestro Dios, y la obligación que tenemos de corresponder a este amor. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA TERCERO.
Amado Padre San Vicente, que cual Serafín abrasado en amor de Dios, día y noche meditabas su santa ley con el objeto de agradarle en todo; indagabas su divina voluntad para cumplirla, y en continuas alabanzas al Señor explicabas tu caridad: abrasa, Santo mío, mi alma con el fuego de esta heroica virtud, para que a imitación tuya yo sirva a mi Dios, y le ame con todo mi corazón, a fin de que despreciando todas las cosas por su amor, merezca alcanzar su gracia y su gloria. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO – 30 DE MARZO
CASTIDAD.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA CUARTO
Dulcísimo Jesús, que agradándoos en tanto grado la virtud de la pureza, nacisteis de una Madre Virgen y distinguisteis con particular amor a vuestro virgen discípulo San Juan; y sobre estos ejemplares nos habéis dado en vuestro siervo San Vicente un Ángel en esta santa virtud, para que a su ejemplo nosotros seamos puros y castos en obras, palabras y pensamientos: concededme, Jesús mío, por su intercesión poderosa, que aparte yo de mi corazón todo impuro deseo, y sea casto en obras y palabras, para que así sea digno de entonar aquel dulce cántico que cantan los puros y castos en el Cielo. Amén.
   
Aquí se meditará sobre la hermosura de la Pureza, pidiendo al Señor que nos la dé en alma y cuerpo. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA CUARTO.
Amado Padre San Vicente, espejo cristalísimo de pureza y castidad, que conservaste con los auxilios de la gracia todo el discurso de tu vida, apartándote de aquellas ocasiones peligrosas que los enemigos de nuestras almas escogen para empañarlas y perderlas, viviendo siempre mortificado en tus sentidos, y conteniendo tus pasiones con el ayuno y la penitencia: alcánzame, Santo mío, que mortificando yo mis pasiones y apetitos, y manteniéndome siempre puro y casto en obras, palabras y pensamientos, sea templo vivo del Espíritu Santo. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO – 31 DE MARZO
MORTIFICACIÓN.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA QUINTO
Dulcísimo Jesús, que venido al mundo a redimir al hombre, y a enseñarle los caminos de su salvación con vuestros ejemplos y doctrina, le guiasteis por el de la mortificación, ayunando, velando, padeciendo hambre, desnudez y cansancio; y le disteis para ejemplar de esta virtud a vuestro siervo San Vicente, para que como él mortificásemos nuestra carne con nuestros apetitos: infundid, Salvador mío, en mi alma vivísimos deseos de imitaros, para que mortificados mis apetitos y pasiones, y macerada mi carne con la penitencia, satisfaga en algún modo a vuestra justicia por mis culpas, y merezca ser escrito en el libro de la vida. Amén.
   
Aquí se meditará cuánta necesidad tenemos de mortificar nuestra carne, para que no se rebele contra el espíritu. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA QUINTO.
Amado Padre San Vicente, que para tener siempre sujetos tus apetitos y pasiones, los tuviste toda tu vida clavados en la cruz de Jesucristo, mortificándolos con ayunos, abstinencias, cilicios, disciplinas y demás géneros de penitencias con que pudiste vencer los enemigos de nuestra salud: alcánzame, Santo mío, aquel espíritu de mortificación que vino a enseñarnos Jesucristo, para que crucificado yo con él en la tierra, merezca resucitar con él en su gloria. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO – 1 DE ABRIL
PACIENCIA.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SEXTO
Dulcísimo Jesús, que anunciado como varón de dolores y enfermedades tolerasteis con la más heroica paciencia los que cargaron sobre Vos por los pecados de los hombres; y lejos de abrir la boca para quejaros de los golpes, injurias, oprobios y contusiones, con que indignamente fuisteis tratado, orasteis por los mismos enemigos, que así os mortificaron y crucificaron; y a mayor abundamiento quisisteis poneros por admirable ejemplar de paciencia a vuestro siervo San Vicente en los trabajos que padeció, para que nos avergonzásemos de nuestro poco sufrimiento: dadme, Dios mío, esta paciencia, para que á imitación vuestra yo sufra, resignado en vuestra divina voluntad, los agravios e injurias de mis prójimos, y los trabajos que de cualquier modo me vengan, y así se cumpla en mí el dicho de vuestro Apóstol: «Si con Cristo padecemos, con Cristo seremos glorificados». Amén.
  
Aquí se meditará la resignación que tuvo Jesucristo en medio de sus tormentos y su muerte, y el poco sufrimiento que tenemos en nuestros trabajos. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SEXTO.
Amado Padre San Vicente, que perfecto imitador de Jesucristo crucificado sufriste con la mayor paciencia y mansedumbre, así los grandes trabajos y enfermedades con que Dios provocaba tu virtud, como los malos pensamientos, falsos testimonios, calumnias y burlas pesadas de hombres perdidos, de mujeres escandalosas, y aun de algunos de tus discípulos, perdonándolos a imitación del mismo Jesucristo, y dispensándoles favores y beneficios: alcánzame, Padre mío, que imite yo esta misma mansedumbre y paciencia, para que con verdad diga a mi Dios: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Amén.
 
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO – 2 DE ABRIL
ORACIÓN.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SÉPTIMO
Dulcísimo Jesús, que después de haber persuadido a los hombres la necesidad de orar, y enseñándoles el modo de hacerlo, les disteis continuos ejemplos de oración, y quisisteis que dedicado siempre a esta virtud vuestro siervo San Vicente se verificase en él lo que decía San Pablo; que nuestra conversación es en los cielos, para que nosotros, siguiendo sus pasos, nos acostumbrásemos a este santo ejercicio: moved, Jesús mío, mi alma para que se dedique en un todo a la oración, y merezca conseguir por ella vencer los enemigos de mi eterna salud, y tolerar las tribulaciones por donde debo pasar para ser feliz. Amén.
  
Aquí se meditará cuánta necesidad tenemos de los auxilios de Dios, los cuales se consiguen por medio de la oración. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SÉPTIMO.
Amado Padre San Vicente, que penetrado de la bondad y misericordia del Señor para con los hombres, y que solo de sus benéficas manos les han de venir los auxilios y la gracia para amarle, servirle y vencer los enemigos de su salvación, te elevabas en la más alta contemplación para darle gracias por tan incomparables beneficios: alcánzame, Santo mío, que penetrado yo de estos mismos sentimientos, tenga una oración fervorosa, por la que consiga todo cuanto necesito para la salud de mi alma. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO – 3 DE ABRIL
AMOR AL PRÓJIMO.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA OCTAVO
Dulcísimo Jesús, que llevado del amor a los hombres quisisteis nacer verdadero hombre sin dejar de ser Dios, vivir y conversar con ellos, enseñarles los caminos de la verdadera felicidad, y morir últimamente por ellos; cuyo ejemplar unido con el de vuestro siervo San Vicente, que se desvivía por el bien de sus prójimos, nos dice el mutuo amor que debe reinar entre los hombres: comunicadme, Dios mío, eficaces deseos de amar a mis prójimos, aun a mis enemigos mismos, y de hacerles todo el bien posible en lo temporal y espiritual, para que así merezca oír algún día de vuestra boca lo que oirán vuestros escogidos: «Venid, benditos de mi Padre, al reino que os tengo preparado». Amén.
  
Aquí se meditará la obligación que tenemos de amar a nuestros prójimos, pues todos somos hijos de un mismo Padre, que es Dios. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA OCTAVO.
Amado Padre San Vicente, que abrasado en el amor de tus prójimos les procurabas todos los bienes posibles con tu predicación, oraciones y penitencias por su salud eterna, y con tus estupendos milagros por su bien temporal: te suplico, Santo mío, me alcances del Señor iguales deseos de emplearme en la salud de mis hermanos, aunque fuesen mis mayores enemigos, amándolos de todo corazón, y procurando su verdadera felicidad para que yo reciba el premio condigno en el reino de los cielos. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
     
DÍA NOVENO – 4 DE ABRIL
PENITENCIA.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA NOVENO
Dulcísimo Jesús, que lleno de bondad no queréis la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, proporcionándole el remedio de su conversión en la penitencia y aborrecimiento de sus culpas, y dándole un vivo ejemplar en vuestro siervo San Vicente, que a pesar de su inocencia castigaba continuamente su cuerpo, y le reducía a servidumbre para que yo aprendiese a castigar el mío, que tantas veces ha pecado: concededme, Señor mío, fortaleza para satisfaceros con obras de penitencias las muchas ofensas que os tengo hechas, y así justificado como el Publicano merezca vuestro perdón, vuestra gracia y vuestra gloria. Amén.
  
Aquí se meditará cuánto necesitamos ejercitar la penitencia para satisfacer por nuestros pecados. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA NOVENO.
Amado Padre San Vicente, clarísimo espejo de inocencia, que no teniendo culpa de grave de que llorar, derramabas lágrimas copiosas de dolor, y castigabas tu inocente cuerpo con el ayuno, el cilicio y las disciplinas, las más veces de sangre, por los defectos leves y precaverlos: alcánzame, Santo mío, un verdadero conocimiento de mis pecados, un dolor intensísimo de haber ofendido a Dios, y un ánimo resuelto de satisfacer al Señor con obras de penitencia, con que pague en esta vida las penas que merezco por ellos, y así purificado y santificado, pueda entrar en el reino de la gloria. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.