«Os habéis hecho partícipes de los que sufrían afrenta y tribulación; os compadecisteis de los que estaban entre cadenas» (Hebreos X, 33-34).
En la provincia de Lérida, en una casita de campo, cerca del pueblo del Portell, y descendientes de las nobles familias de los Fox y Cardona, vino al mundo este niño de modo milagroso ya que fue extraído del vientre de su madre cuando ella ya estaba muerta, de aquí el sobrenombre con que es conocido, NO-Nato, no nacido.
Los planes de Dios no son nuestros planes. Tampoco los planes de los padres, a veces son los mejores para sus hijos. En muchas ocasiones ellos buscan su propio egoísmo en lugar del bien de sus hijos. El padre de Ramón le envío a Barcelona para que hiciera amistad con gente rica, hiciera carrera, y el día de mañana fuera su orgullo y su sostén.
Al poco tiempo de llegar a la ciudad Condal Ramón se entregó a una vida de profundo estudio pero no menos se dedicó a la vida de piedad. Para ello en lugar de hacer amistad con ricos, se preocupaba de los libros y de los necesitados. Al enterarse su padre le mandó volver a Portell y allí le encargó el cuidado de unas ovejillas. Hizo amistad con otros pastores pero como el demonio no duerme, pronto algún envidiosillo le acusó al amo de las ovejas de que abandonaba el ganado. El amo le creyó y cierto día le siguió de lejos para ver si era verdad. Y ciertamente así era: El jovencillo Ramón se retiraba a un lugar solitario, y, puesto de rodillas, se entregaba a la oración. Pero la maravilla del amo subió de emoción al ver que un joven bien apuesto, con alas de ángel, cuidaba de su rebaño y alimentaba en los mejores pastos a sus ovejas. De hecho eran las que más lana y leche producían. La envidia se trocó en admiración y respeto.
Por este tiempo es cuando se puso al servicio total de la Virgen María y bajo su amparo. Un día, mientras cuidaba de sus ovejillas, le habló así: «Madre mía, tú sabes que yo no he tenido la dicha de conocer a mi madre en la tierra, pero te conozco a Ti y te amo ¿no querrás suplir a mi madre de la tierra?». Y la Virgen María le contestó: «Sí, sí, hijo mío, acepto con gusto ser tu madre…».
Hasta los oídos de Ramón llegaron los prodigios que obraba en Barcelona un joven sacerdote llamado Pedro Nolasco que trataba de fundar una Orden para redención de los pobres cautivos, que, caídos en manos de los sarracenos, eran llevados a las mazmorras de África. Marchó a Barcelona y se encontró con él y se puso a su servicio y bajo su dirección espiritual.
En Barcelona se entregó a hacer obras de caridad por las calles y en los domicilios particulares. Sobre todo dejó huellas de su gran caridad para con toda clase de enfermos en el Hospital de Santa Eulalia. Una antigua biografía nos lo pinta así: «Era de caridad incandescente, que amaba las letras y aprovechaba mucho en ellas. De pueblo en pueblo iba llevando la Buena Nueva del Evangelio; todos los caballeros y nobles le respetaban; todos los pobres le amaban y todos seguían sus huellas…».
Por fin iba a llegar al heroísmo su caridad: Se entregó a cambio de un cautivo y estuvo en las cárceles de Argel. Grandes sufrimientos padeció allí por amor a Jesucristo y a sus hermanos los hombres. Era por el 1237. Predicaba tanto y con tanto enardecimiento de Cristo que, para evitarlo, los moros le pusieron un candado en su boca. Como premio el Papa Gregorio IX le hizo cardenal de la Iglesia pero no se enorgulleció por ello. Enamorado de Jesús Eucaristía y de María, partía a la eternidad por el año 1240 en el castillo de Cardona, en tierras catalanas, yendo a Roma, donde el Papa lo llamara para utilizarlo en el gobierno de la Iglesia.
Su sepulcro se convirtió rápidamente en meta de peregrinaciones. Fue profanado y destruido durante la Guerra Civil española (1936-1939).
MEDITACIÓN SOBRE LA OBLIGACIÓN DE SOCORRER A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
I. Todos podemos trabajar en la liberación de las almas del Purgatorio, que están en una cautividad más cruel que la de los cristianos llevados como esclavos. Puedes tú socorrerlas orando a Dios por ellas, encargando se celebren misas, dando limosnas, practicando alguna mortificación, o sufriendo pacientemente las penas y aflicciones de esta vida con miras a satisfacer por ellas a la justicia de Dios. Puedes prestarles este servicio; ellas no pueden ha cer ya nada por su liberación. Considera los suplicios que padecen.
II. La justicia te obliga a socorrer a tus padres, que te dejaron tantos bienes; la amistad exige que alivies a tus amigos en su abandono cruel; el agradecimiento te impone la obligación de orar por tus bienhechores; y la caridad que exige que ames a tu prójimo como a ti mismo, te impone el deber de aliviar a esas almas, como quisieras que se te aliviasen si estuvieras en su lugar. Escucha las quejas que te dirigen.
III. Si ayudas con tus buenas obras a estas santas almas, Dios hará de modo que contigo se haga otro tanto después de tu muerte. Con todo, no te fíes en este auxilio; haz provisión de buenas obras antes de partir de este mundo; lleva tu rescate contigo y pronto estarás libre; haz penitencia en esta vida. ¡Ah!, mucho más dulce es lavar los pecados con las lágrimas de la penitencia, que expiarlos en las llamas del Purgatorio.
La caridad. Orad por los prisioneros.
ORACIÓN
Señor, que habéis dado al bienaventurado Ramón, vuestro confesor, un celo admirable por la redención de los fieles cautivos de los bárbaros, concedednos por su intercesión que, libres de las cadenas de nuestros pecados, cumplamos con perfecta libertad de espíritu todo lo que os sea más agradable. Por J. C. N. S. Amén.

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