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miércoles, 9 de abril de 2025

LA INMODESTIA ASEMEJA CON LOS VERDUGOS DE JESÚS


«Repara ahora, hermana mía, cómo las mujeres que lujosamente visten, están en oposición directa con los vestidos y adornos de Jesus. O si no, dime: ¿qué conexión hay entre el calzado fino de esas mujeres, con los duros clavos de los pies de Jesús? ¿Qué conformidad entre los anillos de sus manos, y los clavos que taladraron las de Jesús? ¿Cuál entre los bucles y peinados, con la corona de espinas? ¿Cuál entre el rostro pintado, con la bofetada; entre los brazaletes y escotaduras del vestido, con los ramales de los azotes de Jesús y sus sangrientas espaldas? ¡Ah!, una semejanza se ve en ellas, y es con los judíos, sí, con los judíos, con aquellos verdugos que Le azotaron; y esta es en lo arremangado de los brazos, cuando instigados del demonio arremetieron al Señor. En la hora de la muerte, paréceme oír a Jesús, que pregunta al presentarse en su divino tribunal una de estas mujeres: “¿Cujus est imágo hæc et circumscríptio? ¿De quién es imagen esta mujer?”. Y se le responde: “Dæmónii: Del demonio”. Entonces Jesus dira: “Réddite, ergo, quæ sunt dæmónii dæmónio, et quæ sunt Dei Deo. que sean entregadas al demonio las mujeres que han traído las modas del demonio, y a Dios las que han imitado la modestia de Jesús y de la Virgen María”.

Procura, pues, hermana, imitar a la Santísima Virgen. Ella era de prosapia real, heredera de los bienes que la dejaron sus padres, y no falta quien diga que fue enriquecida también con los dones de los Magos, y sin embargo era tan parca y modesta en el vestido, que dicen Simeón Metafraste y Nicéforo, que en toda su vida no tuvo más que dos túnicas del color natural de la lana, que la cubrían desde el cuello hasta los pies, y un manto decente que le llegaba de la cabeza a las rodillas. El venerable Jerónimo López, declamando contra los trajes de muchas mujeres, “¿qué entendimiento es éste?”, les decía, “¿querer ir así vestidas, imitando más bien a una comedianta que a la Virgen Santísima? Mirad cómo va ella y cómo andáis vosotras… ¿y no os avergonzáis?”».
   
SAN ANTONIO MARÍA CLARET, “Avisos saludables para ser buena casada”. En Colección de varios opúsculos del Rvdo. Antonio María Claret, Misionero Apostólico, primera parte, tomo I. Barcelona, Herederos de la vda. Pla, 1849, págs. 105-107.

martes, 12 de noviembre de 2024

LA MARCA DE LA BESTIA COMO MODO DE OBRAR Y DE PENSAR DE LOS APÓSTATAS

Los últimos tiempos, como se echa de ver y lo asegura San Pablo, serán muy peligrosos; y Jesucristo dice que será entonces la mayor de las persecuciones. Antes, en efecto, tenían que luchar los fieles con una sola bestia, y contaban con el consuelo y ayuda de muchos que los animaban y esforzaban al martirio. Mas entonces tendrán que luchar con dos bestias, peor la segunda que la primera, y en lugar de hallar quien los consuele y anime, no hallarán más que seductores que los arrastrarán al mal. ¡Dichoso el que no se deje seducir con palabras, ni vencer con amenazas, que si persevera hasta el fin, este se salvará! (Matth. XXIV, 13).
   
Dice San Juan que esta segunda bestia 
«hará que todos los hombres pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos tengan una marca o sello en su mano derecha o en sus frentes, y que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la marca, o nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí está el saber. Quien tiene, pues, inteligencia, calcule el número de la bestia, porque su número es el que forman las letras del nombre de un hombre: y el número de la bestia es seiscientos sesenta y seis (666)» (Apocal. XIII, 16, 17 et 18).
Mucho han trabajado los expositores para explicar este nombre, y hé aquí cómo discurren: Los números de que usan los griegos (en cuyo idioma escribió San Juan el Apocalipsis) no son otros que sus mismas letras. Estas letras numerales, juntas y combinadas entre sí, deben formar alguna palabra, pues son letras. Luego la palabra que, compuesta de letras griegas, da el número 666, debe a su vez expresar un nombre, y ese será precisamente el nombre, o el carácter, o el distintivo propio de la bestia, o sea, del Anticristo. Una de estas combinaciones da puntualmente la palabra griega Arnoume o Arnouma (Αρνούμαι), que corresponde y equivale a la latina Abrenúntio, y a la española Reniego.
   
Así pues, del propio modo que para pasar del poder de Satanás al de Jesucristo y ser su hijo, dice el cristiano en el Bautismo: Abrenúntio Sátanæ; así para apostatar, para pasarse al partido de la emancipacion, de la independencia, del Anticristo, proferirá en sentido contrario ese mismo Abrenúntio, diciendo esas horribles palabras: Reniego del Criador del cielo y de la tierra, y de su ley; reniego de Jesucristo, de su doctrina y de sus Sacramentos... En esta apostasía formal de la religión católica que antes se profesaba, consiste precisamente el solvére Jesum de que en otra parte habla San Juan. Dice el sagrado Texto que los apóstatas llevarán en su frente o en sus manos el nombre o carácter de la bestia, para denotar la publicidad y descaro con que profesarán el Anticristianismo. Las manos y la frente son lo que hay de más visible y público en el hombre, y al propio tiempo son dos símbolos los más expresivos del modo de obrar el primero, y del modo de pensar el segundo. Rotos, pues, los lazos de la fe, de la esperanza y de la caridad; desatadas de Jesús, de la verdad y sabiduría eterna, las manos y la frente, no hay duda que los pensamientos y las operaciones quedarán en una suma y escandalosa libertad, impropia e indigna de hijos de Dios y aun de racionales, y únicamente digna y propia de brutos insensatos y bestias feroces: Homo cum in honóre esset non intelléxit; comparátus est juméntis insipiéntibus, et símilis factus est illis (Psalm. XLVIII, 13).

lunes, 19 de febrero de 2024

TRES VERDADES OLVIDADAS Y NO PREDICADAS…

El árbol de la vida (Ignacio de Ríes, Catedral de Segovia).

San Antonio María Claret escribe (cf. Colección de opúsculos del Ilmo. D. Antonio María Claret, segunda parte, tomo III, opúsculo 12: “El rico Epulón en el Infierno”. Barcelona, Librería Religiosa, 1850, pág. 62):
1.ª Has de morir en la hora que menos pienses. Tanto si lo piensas como si no lo piensas, tanto si lo crees como si no lo crees, morirás y serás juzgado, y te salvarás o te condenarás, según el bien o el mal que hayas obrado; y de eso no te escaparás, por más que digas o hagas.
2.ª ¿Y qué te aprovechará el adquirir todas las riquezas, y alcanzar todos los honores y dar al cuerpo todos los gustos, si pierdes tu alma?
3.ª Las riquezas y los honores se quedarán en el mundo, el cuerpo en la sepultura, para ser comido de gusanos, y el alma en pecado como la de aquel Epulón, en el infierno, donde nos dice el Evangelio que fue sepultada.

sábado, 23 de octubre de 2021

DISCURSO DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET EN EL CONCILIO VATICANO


En el Concilio Vaticano I hizo presencia San Antonio María Claret y Clarà, fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, quien dio este discurso durante la congregación general XLII, que tuvo lugar el 31 de Mayo de 1870, tres meses y tres semanas antes de la toma de Roma por las tropas del masón Giuseppe Garibaldi, y cuatro meses y tres semanas antes de morir nuestro santo el 24 de Octubre de ese año.
   
San Antonio María Claret dio este discurso sumamente enfermo, fruto de tantas correrías apostólicas en Cuba y de las persecuciones de sus enemigos en la isla, en Madrid (donde había sido confesor de la usurpadora Isabel “II”) y aún en el mismo exilio, pero con vehemencia de confesor de la Fe y defendiendo la infalibilidad pontificia ex cáthedra propuesto en el schema “De Ecclésia” frente a los ataques de los obispos liberales y galicanistas (la casi totalidad de los obispos alemanes, austrohúngaros y parte de los de Francia, 55 de los cuales abandonaron las sesiones antes de la votación el 18 de Julio, en un intento vano de conciliar la obediencia con su propia opinión, por lo que la constitución “Pastor Ætérnus” fue aprobada con 433 votos a favor y solo dos votos en contra –el hibernoestadounidense Edward Mary Fitzgerald Pratt y el italiano Luigi Riccio, que después de proclamado el dogma se sometieron a él–).
  
LATÍN
Eminentíssimi prǽsides, eminentíssimi et reverendíssimi patres.
    
Ómnia tempus habent, tempus est tacéndi et tempus loquéndi. Úsque modo, eminentíssimi ac reverendíssimi patres, tácui in hoc sacro concílio; sed cum audívi quǽdam verba mihi valde displicéntia, cogitávi in corde meo quod in consciéntia téneor lóqui, timens illud Isaíæ prophétæ: «Væ mihi quia tácui» (cap. VI, 5), et sic lóquar de summi Románi pontíficis infallibilitáte, sicut légitur in schémate. Et lectis sacris Scriptúris per expositóres cathólicos explicátis, consideráta traditióne númquam interrúpta, post profúndam meditatiónem verbórum sanctum patrum, sacrórum conciliórum ratiónumque theologórum, quas brevitátis grátia non réferam, quia per álios oratóres narrátæ sunt, dico súmmaque convictióne ductus asséro, summum pontíficem esse infallíbilem in eo sensu et modo quo tenétur in Ecclésia cathólica apostólica Romána, juxta explicatiónem datam in hac sacra áula. Hæc est fides mea, hæc veheménter desídero, ut sit fides ómnium.
   
Non timéntur hómines prudéntia hujus mundi suffúlti, prudéntia revéra inimíca Dei. Hæc est prudéntia, qua sátanas transfigurátur in ángelum lucis: hæc prudéntia nocíva est auctoritáti sanctæ Románæ ecclésiæ; hæc prudéntia tandem est auxiliátrix supérbiæ eórum, quae, ut sit prophéta, semper ascéndit.
     
Non dúbito, eminentíssimi ac reverendíssimi patres, quod hæc declarátio de infallibilitáte summi Románi pontíficis erit ventilábrum, quo Dóminus noster Jesus Christus purgábit áream suam, et congregábit tríticum in hórreum, páleas autem combúret ingi inextinguíbili. Hæc declarátio divídet lucem a tenébris. Útinam in confessióne hujus veritátis meum sánguinem effúndere possem et sustínere mortem! útinam consummáre váleam sacrifícium, anno 1856 inchoátum, descendéndo ex ambóne post praedicatiónem de fide et mori! Ego stígmata Jesu in córpore meo porto, in maxílla, et bráchio dextro. Útinam consummáre possem cursum meum confiténdo ex abundántia cordis hanc veritátem: Credo Románum pontíficem esse infallíbilem. Hæc est fides mea. Veheménter cúpio, eminentíssimi et reverendíssimi patres, ut omnes cognoscámus et confiteámur hanc veritátem.
   
In vitæ sanctæ Therésiæ légitur quod Dóminus Jesus appáruit ei, et dixit: «Omne malum hujus mundi provénit, quia hómines non intélligunt sacras Scriptúras». Re quídem vera si hómines intelligérent sacras Scriptúras. clare et apérte vidérent hanc veritátem de summi pontíficis infallibilitáte: quæ quídem véritas in Evangélio continétur. Sed quáre non intélligunt sacras Scriptúras? Tres sunt causæ: 1.ª quia hómines non habent amórem Dei, ut dixit idem Jesus sanctæ Therésiæ; 2.ª quia non habent humilitátem, ut légitur in Evangélio: «Confíteor tibi, Pater, Dómine cœli et terræ, quia abscondísti hæc a sapiéntibus et prudéntibus, et revelásti ea párvulis» (Matth. XI, 25); 3.ª tandem quia sunt nonnúli, qui nolunt intellígere, ut bene agant. Dicámus ígitur cum prophéta David: «Deus misereátur nostri, et benedícat nobis; illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri» (Ps. LXVI, 1). Dixi.
       
TRADUCCIÓN
Eminentísimo presidente, eminentísimos y reverendísimos padres.
   
Todo tiene su tiempo, hay tiempo para callar y tiempo para hablar. Hasta ahora, eminentísimos y reverendísimos padres, he guardado silencio en este concilio pero, en cuanto escuché unas palabras que han causado mucho disgusto en mi conciencia, pensé en conciencia que estaba obligado a hablar, temiendo ese dicho del profeta Isaías: «Ay de mí porque estuve en silencio» (cap. VI, 5), y así hablaré de la infalibilidad del Sumo Pontífice, como leemos en el esquema. De las Sagradas Escrituras interpretadas por los expositores católicos, teniendo en cuenta la tradición ininterrumpida, después de una profunda meditación sobre las palabras de los Santos Padres, los Santos Concilios y las razones de los teólogos (que por gracia de la brevedad no referiré, porque otros oradores los nombraron), digo, y guiado por la total convicción, afirmo que el Sumo Pontífice es infalible, en el sentido y en la forma en que lo sostiene la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, según las explicaciones dadas en esta sagrada aula. Esta es mi fe, y deseo vehementemente que sea la fe de todos.
    
Los hombres dominados por una prudencia enteramente humana no son de temer: esta prudencia es enemiga de Dios. Esta es la prudencia, mediante la cual satanás se transfigura en ángel de luz, esta prudencia es perjudicial para la autoridad de la Santa Sede, esta prudencia ayuda al orgullo de estos hombres, un orgullo que, como dice el profeta, siempre se eleva.
    
No dudo, eminentísimos y reverendísimos Padres, que esta declaración sobre la infalibilidad del Romano Pontífice será el ventilabro con el que Nuestro Señor Jesucristo purificará su era, poniendo el trigo en el granero, y la paja la quemará con un fuego inextinguible. Esta declaración dividirá la luz de las tinieblas. ¡Oh, si pudiera derramar mi sangre como testigo de esta verdad y sufrir la muerte por ello! ¡Si pudiera completar mi sacrificio, que comenzó en 1856, descendiendo del ambón después de predicar la fe, y morir. Llevo las señales de Jesús impresas en mi cuerpo, en la mandíbula y brazo derecho [1]. Podría terminar mi carrera proclamando esta verdad con mucho corazón: creo que el Romano Pontífice es infalible. Esta es mi fe, y deseo vehementemente, eminentísimos y reverendísimos Padres, que todos conozcamos y confesemos esta verdad.
    
En la vida de Santa Teresa de Ávila leemos que el Señor se le apareció y le dijo: «Todo mal en el mundo proviene del hecho de que los hombres no comprenden las Sagradas Escrituras». Si los hombres entendieran las Sagradas Escrituras, verían clara y abiertamente la verdad de la infalibilidad pontificia, tal como esta Verdad está contenida en el Evangelio. ¿Pero por qué no entienden las Escrituras? Hay tres causas: 1.º Porque los hombres no tienen el amor de Dios, como dijo Jesús a Santa Teresa; 2.º porque no tienen humildad, como se lee en el Evangelio: «Te alabo, Padre, Creador del Cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños» (San Mateo XI, 25). 3.º Porque algunos no quieren entender, para evitar hacer el bien. Digamos con el profeta David: «Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer sobre nosotros la luz de su rostro, y nos mire compasivo» (Salmo XLVI, 1). He concluido.
   
Giovanni Domenico Mansi, Sacrórum Conciliórum Nova Amplíssima Colléctio (Louis Petit AA & Jean-Baptist Martin, eds.), tomo LII, parte 2.ª. Arnhem y Leipzig 1927, cols. 364-365. Traducción nuestra.
   
NOTA ÚNICA
[1] Se refiere al atentado que sufrió a manos del zapatero Antonio Abad Torres en Holguín (Cuba) el 1 de Febrero de 1856 saliendo de Misa durante la Misión. Abad, nacido en Santa Cruz de Tenerife, acuchilló a San Antonio María porque este se oponía al concubinato tan común en Cuba y propiciado por las autoridades seglares de la época.

domingo, 31 de mayo de 2020

CONSAGRACIÓN FAMILIAR A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Santísima María, Madre de Dios, Virgen purísima e inmaculada, Reina de los ángeles y de los hombres, refugio seguro de los pobrecitos pecadores, aquí me teneis postrado ante vuestro acatamiento con toda mi familia; os venero y elijo en el día de hoy por mi soberana Señora, por mi Madre y abogada para con Dios. Aunque sabemos que sois Reina del universo, y que todas las criaturas del Cielo y de la tierra están sujetas a vuestro imperio, sin embargo queriendo, cuanto es de nuestra parte, extender vuestra dominación, y aumentar el número de vuestros súbditos y devotos, os hacemos aquí una ofrenda voluntaria de nosotros mismos consagrándonos a vuestro servicio; y si no fuésemos vuestros súbditos, como en efecto lo somos por tantos títulos, protestamos que lo seríamos ahora, en el tiempo y eternidad, en fuerza de la consagración que al presente os hacemos, de todo lo que somos, tenemos y podemos: por lo mismo gustosos nos ofrecemos todos por individuos de vuestra noble Sociedad contra la blasfemia, y procuraremos arrancar de la tierra este monstruoso pecado vomitado por el Infierno; a este fin cumpliremos con toda exactitud las condiciones que prescribe dicha sociedad, valiéndonos de todos los medios que nos sugerirá el celo que tenemos de la mayor honra y gloria de Dios y de Vos, y provecho del prójimo.
   
Os hablo, Virgen santísima, en nombre de todas las personas que componen esta mi familia; dignaos, Madre de misericordia, admitirnos a todos en el número de vuestros hijos y devotos; fijad vuestros ojos misericordiosos sobre mi familia, que desde hoy en adelante será la vuestra; dignaos tomarla a vuestro cuidado y protegedla. Dadnos a todos, Virgen santísima, vuestra bendición, y no permitáis que ninguno de los que están aquí postrados a vuestros pies, se haga jamás indigno de vuestra protección y de vuestros favores. Asistidnos en todas nuestras necesidades; consoladnos en nuestras aflicciones; socorrednos en todos los peligros, y haced que nuestra devoción y confianza sea cada día más viva y más afectuosa; protegednos en vida, y particularmente en la hora de la muerte, para que de este modo aumentemos el número de vuestros fieles servidores en la patria feliz de la eterna gloria, por la misericordia de vuestro Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Amén.
   
Día DD. del mes MM. del año AA.
   
SAN ANTONIO MARÍA CLARET CMF. La Escala de Jacob y Puerta del Cielo, o sea, Súplicas a María Santísima. Barcelona, Imprenta de la viuda Pla, 1852, págs. 34-36.

sábado, 16 de mayo de 2020

CONSAGRACIÓN PERSONAL A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Santísima Virgen María, Madre de Dios, vida nuestra, consuelo nuestro, y después de Dios toda nuestra esperanza. Yo N. N., aunque indigno de ser vuestro siervo, confiado en vuestra misericordia y movido de un gran deseo de serviros, os elijo y tomo en el día de hoy en presencia de toda la corte celestial por mi soberana Señora, por mi amada Madre y por mi abogada, y hago firme propósito de honraros, amaros y serviros fielmente en todo lo restante de mi vida, y de no decir ni hacer jamás cosa alguna que sea contra el respeto y honra que se os debe, y de no permitir tampoco jamás que ninguno de mis dependientes diga o haga cosa alguna que pueda disgustaros: y como individuo que soy de vuestra noble sociedad contra la blasfemia, me esmeraré en cumplir fielmente todas las condiciones de dicha sociedad; y no solo procuraré arrancar de la tierra ese monstruo de la blasfemia; sino que tambien me esforzaré en apartar, corregir y enmendar este modo vil y grosero de hablar y cantar deshonestamente; pues que siendo Vos Virgen y Madre purísima, no puede menos de seros muy odioso este lenguaje tan sucio, vil y brutal enseñado por el demonio. Os ruego, Madre de misericordia, y os suplico por la preciosísima Sangre que vuestro amado Hijo derramó por mí, que me recibáis en el número de vuestros hijos y de vuestros más humildes devotos; asistidme en todas mis necesidades; alcanzadme todas las gracias y auxilios necesarios, y sobre todo no me desamparéis en la hora de la muerte; antes bien socorredme entonces, Madre mía, de un modo particular, como acostumbrais hacerlo con vuestros devotos; libradme de las tentaciones; alejad de mí a satanás, enviad a mi socorro los santos Ángeles, inspiradme las virtudes teologales y concededme auxilios para hacer muchos y fervorosos actos de fe, esperanza y caridad; concededme una paciencia humilde y una santa resignación a la voluutad de vuestro Hijo. Acepto desde ahora todos los dolores y trabajos de mi última enfermedad, hasta la misma muerte en pena de los pecados que he cometido. Entrego mi cuerpo a la tierra para ser corrompido y comido de los gusanos, en castigo de haber ofendido a vuestro amado Hijo y a Vos: muera este cuerpo de pecado; sea consumido y convertido en polvo; viva eternamente mi alma; por esto la entrego en vuestras manos y en las de vuestro dignísimo Esposo el glorioso patriarca San José, a quien invoco desde ahora para entonces, y digo con todo el afecto de mi corazón:
 
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, amparad el alma mia en mi última agonía.
Jesús, José y María, haced que descanse en paz el alma mía. Amén.
 
Día DD. del mes MM. del año AA.
 
N. N.
      
SAN ANTONIO MARÍA CLARET CMF. La Escala de Jacob y Puerta del Cielo, o sea, Súplicas a María Santísima. Barcelona, Imprenta de la viuda Pla, 1852, págs. 37-39.

sábado, 2 de mayo de 2020

REPARACIÓN SABATINA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Publicada por el Padre Gregorio Martínez de Antoñana CMF en 1947 junto a la Novena a Nuestra Señora de Fátima.
 
REPARACIÓN SABATINA EN HONOR AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
 
   
Para fomentar más la devoción al Corazón de María, se agrega este piadoso Ejercicio, muy propio para los Primeros Sábados de mes, enriquecido con indulgencia plenaria.
   
Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ORACIÓN
¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro santísimo Nombre y vuestras excelsas prerrogativas! Aquí tenéis postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro, que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar con este acto de amor y rendimiento, que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia. Aceptad, oh Corazón Inmaculado esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, oh Corazón amabilísimo, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Pídanse las gracias que se desean conseguir por intercesión del Inmaculado Corazón de María.

Para obtener las gracias que hemos pedido, haremos las siguientes
  
DEPRECACIONES
  
I.- Os venero, amabilísimo Corazón de María, que ardéis continuamente en vivas llamas de amor divino; por él suplico, Madre mía amorosísima, abraséis mi tibio corazón en ese divino fuego en que estáis toda inflamada. Rezar Avemaría y Gloria.

II.- Os venero, purísimo Corazón de María, de quien brota la hermosa azucena de virginal pureza. Por ella os pido, Madre mía inmaculada, purifiquéis mi impuro corazón, infundiendo en él la pureza y castidad. Rezar Avemaría y Gloria.
   
III.- Os venero, afligidísimo Corazón de María, traspasado con la espada de dolor por la pasión y muerte de vuestro querido Hijo Jesús, y por las ofensas que de continuo se hacen a su divina Majestad; dignaos, Madre mía dolorida, penetrar mi duro corazón con un vivo dolor de mis pecados y con el más amargo sentimiento de los ultrajes e injurias, que está recibiendo de los pecadores el divino Corazón de mi adorable Redentor. Rezar Avemaría y Gloria.

JACULATORIAS
¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!
¡Refugio de pecadores, rogad por nosotros!
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
   
Un Padrenuestro a intención del Sumo Pontífice.

Para meditar cada primer sábado de mes los 15 minutos en los misterios del Rosario –como nos pide la Virgen–, podemos hacerlo con las siguientes reflexiones del P. Claret:

MISTERIOS DE GOZO
  1. Encarnación. Mira, alma cristiana, qué humildad tan grande te enseña el Señor: siendo Dios se hace hombre, carga con todas las miserias humanas, se sujeta a todas las penalidades. Vistió con humildad, nunca con lujo; comió humildemente; huyó los honores; nunca se alabó; todas las alabanzas las dirigía a su Padre celestial. Aprende de Jesús a ser manso y humilde de corazón… Haz como la Santísima Virgen, que no obstante de ser sublimada a la dignidad casi infinita de Madre de Dios, se llama y se tiene por esclava, y es la que mejor ha imitado la humildad y mansedumbre de Jesús.
  2. Visitación. Alma cristiana, imita a María en las visitas que hagas, no murmures ni pierdas en ellas el tiempo; edifica con el buen ejemplo, y ejercer la caridad con los padres e hijos de la casa. Si los que visitas son pobres, socórrelos con lo que puedas; y en lo que no alcances, súplelo con las buenas palabras, consejos y oraciones, pues que no sólo de pan vive el hombre… Y debes saber que todo el bien que hagas a tus prójimos, el Señor en el día del juicio te lo elogiará y te lo premiará como si lo hubieras hecho a Él mismo.
  3. Nacimiento. Contempla, alma cristiana, al pobreza de Jesús; siendo riquísimo, y dueño del cielo y de la tierra, se priva de todo, y para que aun le falten las pequeñas comodidades que podría haber tenido en la casa de Nazaret, quiere nacer en Belén… Es preciso que nazca en una cueva desabrigada y falta de todo alivio, en una noche de invierno, sin lumbre ni abrigo alguno. Aprende de la Sagrada Familia a no quejarte cuando te veas despreciado; no te desconsueles cuando te veas sin recurso de ninguna especie… Piensa que así se halló Jesús; dale gracias porque te hace participante de sus penas, esperando que un día serás compañera de sus glorias. Si posees riquezas, no tengas pegado a ellas tu corazón: socorre con ellas a los pobrecitos, ya que por esto el Señor te las ha confiado.
  4. Presentación. Para enseñarnos la obediencia a las santas leyes de la Religión se sujetan a ellas el Hijo y la Madre Virgen. Alma cristiana, aprende de Jesús y de María a obedecer las santas disposiciones y leyes de la Iglesia; guarda sus mandamientos, oye misa, confiesa, comulga… Jesucristo y María, pudiéndose excusar de aquellas leyes antiguas, no se excusan, las cumplen puntualmente, y tú buscas excusas en donde no las hay, dejándote engañar por la pereza, por la soberbia, por los respetos humanos y por la irreligión.
  5. El Niño Perdido. Sin culpa la Virgen y San José perdieron a Jesús; al instante le buscaron, y no reposaron hasta que le hallaron. Alma cristiana, aprende de María y de José la diligencia que has de tener en buscar a Jesús cuando le hayas perdido por el pecado… ¡Oh, si supieras que el perder la gracia de Jesús es mayor pérdida que si perdieras todas las riquezas del mundo! ¡Ah, si reflexionaras que además has perdido las riquezas del cielo, y te has hecho merecedor del infierno! ¡Ah, cómo llorarías, cómo buscarías a Jesús con la solicitud de José y de María!… Tú también lo hallarás en el templo; sí, en el templo lo hallarás, recibiendo bien los santos sacramentos de penitencia y comunión.
   
MISTERIOS DE DOLOR
  1. Oración del Huerto. Mira, alma cristiana, a Jesús, puesto en la mayor tristeza, congoja y agonía; compadécete de Él, pregúntale cuál es la causa de tan grande pena, y te responderá que son tus pecados, y las penas que por ellos tienes merecidas; y queriendo Él pagar por ti, se ve agobiado por lo mucho que ve ha de sufrir; además, le aumenta la pena el saber tu poca gratitud y mala correspondencia. Detente, alma cristiana; compadécete de Jesús, arrepiéntete de tus pecados, al ver que con ellos has ofendido a un Dios tan bueno; trabaja para tu salvación y haz que en ti no se malogren las penas de tu divino Redentor.
  2. Flagelación. Jesús es inocente, y no obstante, le están azotando; es inocente, no tiene delitos propios, pero ha cargado con los tuyos; por ellos es tan cruelmente azotado… Yo soy el criminal, yo soy el que merezco esos azotes; haré penitencia todos los días de mi vida en remisión de mis pecados.
  3. Coronación de espinas. Admira, alma cristiana, la paciencia de Jesús en sufrir una corona tan dolorosa… Compadécete de Jesús, adórale por tu verdadero rey, guarda sus santas leyes, imita sus virtudes de paciencia, sufrimiento, y por lo tanto, cuando te veas perseguido, burlado, despreciado y calumniado, súfrelo con paciencia como Jesús, y de esta manera conseguirás la corona de la gloria.
  4. Cruz a cuestas. Alma cristiana, en la persona del enfermo, o del afligido con la cruz de los trabajos y penas, has de mirar la persona de Jesús, y con la reflexión imita a las hijas de Jerusalén; compadécete de Él; imita a la Verónica, enjúgale al pobre paciente, enjúgale sus lágrimas y sudores con las tocas de la caridad. Imita, además, a Simón de Cirene; ayúdale a llevar la cruz. Acompáñale como María Santísima, y no le desampares jamás hasta la muerte. ¡Oh, qué mérito tan grande contraerás para la gloria del Cielo!
  5. Crucifixión. Sabe, oh alma cristiana, que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el amado: pues Jesús la ha dado por ti; mira si te ama; amor con amor debe pagarse: ámale de veras. Le amarás si guardas sus mandamientos, y si recibes bien y con frecuencia los santos sacramentos… Imita a Nicodemo y a José de Arimatea, que desclavaron de la cruz a Jesús; esto harás tú cuando recibas el sacramento de la penitencia. Dice San Pablo que el que peca, vuelve a crucificar a Jesús; luego el que se confiesa, lo desclava. Mas José de Arimatea le dio su sepulcro para sepultarlo; tú le darás tu corazón, en el que le colocarás y tendrás por medio de la comunión, con los aromas de las virtudes de la fe, esperanza, caridad y humildad.

MISTERIOS DE GLORIA
  1. Resurrección. Mira, alma cristiana, cuán desfigurado estaba Jesús en el sepulcro, muerto y amortajado; pero tan pronto como resucita, deja mortaja y sudario en el sepulcro y sale triunfante y glorioso, sin jamás volver a morir. ¡Qué felicidad! ¡qué hermosura! Los cristianos que reciben los santos sacramentos de penitencia y comunión con buena disposición, resucitan a la vida espiritual, cambiando la fealdad del pecado con la hermosura de la gracia. Así, alma cristiana, resucita de veras como Jesús, y deja todas las ocasiones de pecar… y te salvarás.
  2. Ascensión. Alma cristiana, piensa que no eres creada para la tierra, sino para el cielo; el cielo es tu patria; allí tienes a tu Padre, que es Dios; a tu Madre, que es María santísima; a tus hermanos, amigos y compañeros, que son los ángeles y santos. Tú eres sobre la tierra un peregrino, un viajero que siempre debes suspirar por terminar pronto y felizmente tu viaje y llegar a tu patria… Es este mundo un verdadero destierro y un triste valle de lágrimas. Ama a Dios de veras, desea con vivas ansias ir al cielo, prepárate con acopio de buenas obras, y está siempre dispuesto para partir, y el Señor, a no tardar, te llevará a la gloria, en donde serás feliz por toda la eternidad.
  3. El Espíritu Santo. A la venida del Espíritu Santo los apóstoles quedaron llenos de la gracia que les dio… He aquí lo que debes hacer tú, alma cristiana: a todos se comunica la gracia, a unos de un modo, a otros de otro; lo que importa es ser siervo bueno y fiel, no tener escondido el talento, negociar con él hasta que venga el Señor y pedirnos cuenta y a darnos el premio; y tanto mayor será la paga que se nos dará, cuanto haya sido más profunda nuestra humildad, más constante nuestro trabajo y más heroica nuestra paciencia.
  4. Asunción. Alma cristiana, imita a María santísima, sé fiel a la gracia, camina siempre a la perfección, nunca digas basta, ni vuelvas atrás por el pecado; siempre has de perseverar y seguir adelante en el camino de la virtud; no te espantes por tropiezos, no te arredres por enemigos, no te detengas por respetos humanos. Todos los días oye misa, si puedes; reza el rosario, lee algún libro bueno, anda siempre en la presencia de Dios, y ofrécele todas tus obras o sufrimientos… y si en este bien obrar eres perseverante hasta el fin, tendrás una buena y feliz muerte, y después la corona de la gloria, que tanto debes desear.
  5. Coronación de María. Alma cristiana, levanta la vista de la consideración; fíjala en aquel trono de majestad y grandeza colocado a la derecha del Rey: allí está sentada María, y coronada por Reina y emperatriz de cielos y tierra, y abogada de pecadores… No se dispensa gracia alguna que no pase por sus manos: a Ella se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esa Señora tan poderosa es tu Madre la más tierna y cariñosa; confía en Ella, acude a Ella en todas tus necesidades, ámala con fervor, sírvela con fidelidad, obséquiala con devoción. Te doy palabra que si eres devoto verdadero de María, y eres perseverante en su devoción, alcanzarás en este mundo todas las gracias que necesitas, y en el otro la eterna gloria, que tanto te deseo. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 5 de junio de 2019

LOS MALOS SACERDOTES SON EL PEOR CASTIGO A UN PUEBLO PECADOR

«Cuando la ira del Señor aún no ha llegado a su colmo, permite que las naciones se armen unas contra otras, que queden estériles los campos, que el hambre, la desolación y la muerte ejerzan su dominio sobre la tierra; pero cuando su justa indignación llega al exceso, envía el último y más atroz de sus castigos, permitiendo que ministros infieles, sacerdotes manchados, pastores escandalosos se coloquen entre los hombres. Entonces se verifica que las abominaciones del pueblo son causa de los malos sacerdotes, y los malos sacerdotes son el mayor castigo con que Dios aflige a un pueblo».
 
SAN ANTONIO MARÍA CLARET Y CLARÁ. Catecismo de la doctrina cristiana: explicado y adaptado a la capacidad de los niños. Librería Religiosa, Barcelona 1862, pág. 403. Lección décima: “Del Sacramento del Orden”.

domingo, 14 de octubre de 2018

NOVENA A SAN ANTONIO MARÍA CLARET

Novena compuesta por el Padre Gregorio Martínez de Antoñana CMF y publicada en Madrid en 1953, con aprobación eclesiástica.
  
NOVENA A SAN ANTONIO MARÍA CLARET
 
   
Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mio, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, y de restituir y satisfacer si algo debiere: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
  
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Señor Dios nuestro, que en los designios de vuestra bondad adorable predestinasteis a San Antonio María Claret para el ministerio apostólico de la salvación de las almas y le previnisteis con especiales dones de gracia, a fin de que fuera dechado de santidad en los distintos estados de la vida cristiana. Yo os alabo y doy gracias por los tesoros de virtud que depositasteis en su alma, sobre todo aquel espíritu de caridad con que acogía a cuantos recurrían a él en sus necesidades espirituales y temporales. Concededme la gracia de saber seguir sus ejemplos e imitar sus virtudes, y especialmente la que vengo a pediros en esta Novena mediante su poderosa intercesión ante Vos. Os la pido también por el Corazón Inmaculado de María, de cuyas glorias y misericordia le hicisteis apóstol predilecto. Amén.
   
DÍA PRIMERO - 14 DE OCTUBRE
MEDITACIÓN: INOCENCIA ANGELICAL DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
Considera los admirables ejemplos de virtud que desde su más tierna infancia da San Antonio María Claret. Nace en Sallent de unos padres cristianos, modestos tejedores, que se distinguían más por sus virtudes cristianas que por su fortuna. De ellos aprende el santo temor de Dios, la piedad y un espíritu de fe viva que le hace pensar con frecuencia en la eternidad y en la desgracia de los condenados. Distínguese por su modestia, por su obediencia y sobre todo por su inocencia, que él cultiva con una tierna devoción a la Santísima Virgen y a la divina Eucaristía. En medio de sus juegos infantiles sentía interiormente una voz que le llamaba; y obediente a ella, acudía al templo a los pies de la imagen de María o del sagrario. Así santificó su infancia y conservó intacta la inocencia bautismal.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso Antonio María, que, prevenido con bendiciones de dulzura, consagraste al Señor tu inocencia, que después guardaste incólume por toda la vida! Infúndenos amor ferviente a la gracia de Dios, para que la guardemos celosamente como el más grande de los tesoros, y la recobremos inmediatamente si alguna vez tuviéramos la desgracia de perderla. Amén.
  
Pídase ahora las gracias que deseen obtenerse mediante la Novena.
 
INVOCACIONES PARA TODOS LOS DÍAS
  1. Glorioso San Antonio María, Confesor y Pontífice de la Iglesia: alcánzanos tu amor a la Iglesia santa, y una fidelidad inquebrantable a todas sus enseñanzas y preceptos. Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 
  2. Glorioso San Antonio María, Apóstol de la Santísima Virgen: alcánzanos tu devoción a su Inmaculado Corazón, y mediante ella la salvación de nuestras almas. Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 
  3. Glorioso San Antonio María, ilustre Fundador de Congregaciones religiosas: alcánzanos un ardiente amor a Jesús, para seguir sus pasos hasta la cumbre de la perfección cristiana. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
℣. Ruega por nosotros, San Antonio María.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
  
ORACIÓN
Señor Dios, que adornasteis con virtudes apostólicas a vuestro bienaventurado Confesor y Pontífice Antonio María, y por su medio reunisteis en la Iglesia nuevas familias de clérigos y de vírgenes: os suplicamos nos concedáis que, instruidos con sus saludables enseñanzas y confortados con sus ejemplos, podamos felizmente llegar a Vos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO - 15 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA DE TRABAJO DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
San Antonio María fue en toda su vida modelo perfectísimo del trabajo cristianamente aceptado y cumplido. Ya de niño, sus padres le pusieron en el telar, para ayudar a las necesidades de la casa. Antonio se entregó a las labores textiles con todo empeño, mostrando en ellas extraordinarias habilidades y acompañando el trabajo con la práctica de la piedad y el rezo del santo Rosario. Joven, fue a los grandes centros fabriles de Barcelona, donde con su constante laboriosidad ganó la confianza de todos y los primeros puestos en el arte. Seminarista, alternaba la oración y el estudio. Sacerdote, fue infatigable misionero, recorriendo a pie los pueblos, predicando innumerables sermones, dando largas horas al confesionario, robando al sueño la mayor parte de la noche, que dedicaba a la oración, al estudio, a la composición de innumerables libros y opúsculos. Sólo por su trabajo extraordinario y asiduo pueden explicarse las portentosas obras y empresas que realizó en su vida. Para él, el trabajo, acompañado siempre de la oración, fue alimento de su vida espiritual, medio de apostolado, contribución a la obra redentora de Cristo. Así debe serlo para el cristiano.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que joven artesano, supiste huir los peligros del mundo, y en la práctica de la piedad y en la aplicación al trabajo cotidiano encontraste el medio de santificar el alma y conservar puro y fuerte el cuerpo! Enséñanos a comprender la virtud santificadora del trabajo cristianamente cumplido, y alcánzanos la gracia de que a tu imitación sepamos santificar nuestra vida en la práctica de las obligaciones de nuestro estado. Amén.
    
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA TERCERO - 16 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: FIDELIDAD A LA VOCACIÓN DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
Era Antonio todavía muy niño cuando sintió vivos deseos de ser sacerdote y emprendió el estudio para prepararse a serlo. Por obedecer a su padre lo suspendió por algunos años, hasta que, experimentando más fuerte el divino llamamiento, comenzó en el seminario de Vich la carrera eclesiástica. ¡Qué fidelidad la suya a la vocación divina, en superar toda clase de dificultades, ya cuando seminarista, ya cuando sacerdote! ¡Qué docilidad la suya a las inspiraciones de la gracia, al consejo de sus directores, a la voluntad de su Superior eclesiástico! Por corresponder a ella, va a Roma, regresa a la Península, emprende las misiones, va a los pueblos que se le señalan, acepta el arzobispado y después el cargo de confesor real. Su espíritu estaba siempre presto a escuchar la voz de Dios en cualquiera de sus manifestaciones; su voluntad, resuelta a seguir la divina voluntad hasta el heroísmo y la muerte. Así realizó los designios de Dios, designios providenciales para España y para la Iglesia. Así fue un hombre según el corazón de Dios.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que apenas sentiste la vocación de Dios a un ministerio más alto y heroico, renunciaste al lisonjero porvenir que el mundo te ofrecía, abrazando el estado eclesiástico! Alcánzanos la gracia de ser siempre dóciles a las celestes inspiraciones, para que, aun a costa de dolorosos sacrificios, sepamos seguir el divino llamamiento y servir al Señor en el puesto en que él quiere le glorifiquemos. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO - 17 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA DE CELO DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
San Antonio María Claret es llamado el apóstol del siglo XIX. Y eso fue toda su vida: de celo y apostolado. Desde niño le infundió el Señor ardiente deseo de salvar las almas, y ese celo fue creciendo toda su vida. Se hizo misionero apostólico y se entregó totalmente a la obra de las misiones, recorriendo toda Cataluña, Canarias, la archidiócesis de Cuba y después la mayor parte de España, anunciando apostólicamente la palabra de Dios en misiones, ejercicios y toda clase de predicación: a toda clase de personas, en todos los lugares, en las ciudades más populosas como en las más pequeñas aldeas. Acompañó este apostolado de la palabra con el de la prensa, publicando innumerables libros y opúsculos, difundiendo toda clase de buenas lecturas, fundando asociaciones para la propaganda religiosa. Y lo completó con el apostolado del buen ejemplo, en la palabra, en todo su porte, en toda su vida santísima, que trascendía a Dios y que sólo buscaba las almas para llevarlas a Dios.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que ungido sacerdote del Señor, no pensaste en otra cosa, ni ambicionaste sino evangelizar a los pobres y humildes y retornar a Dios a los pecadores arrepentidos, renovando en tu vida y persona las maravillas y hechos de los Apóstoles! Alcánzanos que, encendidos en el celo de las almas, nos empleemos en llevar a Dios a nuestros hermanos extraviados, con la palabra, con el ejemplo y con la oración, siendo así verdaderos testigos y apóstoles de Cristo. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO - 18 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA DE ORACIÓN DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
El celo apostólico de San Antonio María era fruto de su amor a Dios y se alimentaba en su vida interior, en su vida de oración. Cultivó siempre la oración, la mental como la vocal, dedicándose a una y a otra todos los días. Rezaba diariamente las tres partes del Rosario, el Viacrucis, el santo Trisagio y muchas otras devociones. Visitaba diariamente el Santísimo Sacramento. Por los caminos rezaba distintas devociones, y al llegar a los pueblos invocaba a los Santos y Ángeles tutelares de los mismos. Dedicaba algunas horas diarias a la oración mental, robándolas al sueño de la noche, diciendo que se creería perdido el día que hubiera abandonado la oración. Fomentaba este espíritu con el recogimiento y la presencia de Dios; y para ello se había fabricado un oratorio espiritual en su corazón, donde día y noche adoraba a Dios, suplicándole continuamente por sí y por los demás. Por eso el Señor le favoreció con gracias extraordinarias y con comunicaciones sobrenaturales y dio fruto copiosísimo a todos sus trabajos y empresas.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que en el trato continuo con Dios por la oración transformaste toda tu vida hasta no vivir sino en Cristo y para Cristo, en los pensamientos, en los afectos y en las obras! Alcánzanos el espíritu de oración, danos a conocer su excelencia y necesidad, enséñanos la práctica de la piedad cristiana, para que mediante la oración aprendamos a vivir cristianamente, a santificar nuestras obras y con el cumplimiento de nuestros deberes conseguir la vida eterna. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO - 19 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA DE PENITENCIA DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
No es posible la vida cristiana sin el espíritu de penitencia, ni menos la santidad sin la práctica de la mortificación. ¡Qué ejemplo nos da de ello San Antonio María Claret! La comenzó ya de joven, y le acompañó toda la vida. Tres días a la semana se ponía el cilicio; otros tres se disciplinaba; ayunaba los viernes y sábados. De estudiante, se levantaba muchas veces de la cama, exclamando: «¡Señor! ¿Vos en un pesebre, y yo en una cama? ¡Jesús mío! ¿Vos en la cruz, y yo en un blando lecho?», y se entregaba así a la penitencia. En su vida de misionero, comía frugalísimamente; no probaba la carne ni el vino; dormía muy poco, y las más de las veces, recostado en una silla; hacía siempre los viajes a pie, privándose de todo refrigerio. Más extraordinarias fueron sus penitencias cuando arzobispo y cuando confesor real, por las especiales circunstancias en que se mantenía fiel a su plan de austeridad y de privaciones. Y a estas mortificaciones voluntariamente tomadas, ¿cómo no sumar las que le venían de los mismos ministerios, de los elementos, de la persecución de los malos? Bien pudo exclamar, al fin de su vida, que llevaba en su carne los estigmas de Jesucristo.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que por el ejercicio constante de la penitencia y por la paciencia admirable en sufrir toda clase de persecuciones llevaste impresa en tu cuerpo la mortificación de Cristo, viviendo crucificado al mundo y a la carne! Alcánzanos el espíritu de penitencia con que sepamos dominar las pasiones, huir de los falsos halagos del mundo y seguir a Jesús por el camino de la cruz, hasta merecer los premios de la. gloria. Amén.
    
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA SÉPTIMO - 20 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: ESPÍRITU DE HUMILDAD DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
Enseñan los Santos que la humildad es el fundamento de la perfección, la primera virtud del cristiano. Sobre este fundamento trató San Antonio María de levantar el templo de su santidad. Por ello se entregó tan completamente a su ejercicio. Con la consideración de su nada, con la meditación de las divinas excelencias, con el examen diario sobre esta virtud; sobre todo, con el ejercicio constante de actos de humildad. Por más de veinte años llevó el examen particular sobre el ejercicio de esta virtud. Hacer actos públicos de humildad, como besar los pies de los otros, servirles en la mesa, hacer los oficios más abyectos, fue práctica frecuente de toda su vida, aun cuando arzobispo y confesor real. Sobre todo, su humildad brilló heroica en el silencio y paz con que sufrió las más horribles calumnias en su fama y en su vida, sin salir nunca en propia defensa ni permitir que otros lo hicieran. Ni las aclamaciones le ensalzaban, ni la persecución le abatía; con igual modestia y sencillez en las dignidades que en la oscuridad de sus ministerios apostólicos; llano con los pobres y menesterosos, fuerte y desinteresado con los grandes. Buscaba siempre a Dios; quería imitar a Jesús, manso y humilde de corazón.
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que, para seguir más perfectamente a Jesús, te abrazaste con las humillaciones y los desprecios, no buscando más que la gloria de Dios en todo! Alcánzanos la humildad de corazón, con la que sepamos combatir la soberbia de la vida, someternos en todo a la divina voluntad y glorificar a Dios en esta vida para poseerlo felizmente en la eterna. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
 
DÍA OCTAVO - 21 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA MARIANA DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
San Antonio María tuvo una verdadera piedad filial para con la Santísima Virgen; la amó y honró siempre como a Madre ternísima. De niño, se complacía en visitar sus imágenes; de tejedor, le rezaba todos los días las tres partes del Rosario; de estudiante, se alistó en sus asociaciones, para venerarla más fielmente; sacerdote, se consagró como esclavo suyo de amor; misionero, predicó incansable sus glorias y propagó las prácticas de devoción y sus asociaciones, especialmente el santo Rosario y la devoción a su Inmaculado Corazón, cuya archicofradía estableció en todas las parroquias de la archidiócesis de Santiago. ¡Con qué ternura filial amaba al Corazón Inmaculado de María! Y ¡cuán maternalmente pagó la Santísima Virgen esta piedad de su Siervo! ¡Cuántas veces le libró de la muerte, le dió victoria en las tentaciones y peligros, e hizo fructuosísimos todos sus ministerios!
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, que ya desde los tiernos años escogiste a la Santísima Virgen por madre y maestra de vuestra vida espiritual, logrando así llegar a las más altas cumbres de la santidad! Alcánzanos para con ella verdadera piedad de hijos; que conozcamos sus grandezas y excelencias, que sintamos el atractivo de su Corazón maternal, para mejor conocer, amar y servir a su Santísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA NOVENO - 22 DE OCTUBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial.
  
MEDITACIÓN: VIDA EUCARÍSTICA DE SAN ANTONIO MARÍA CLARET
El sagrario fue el hogar donde se formó la vida espiritual de San Antonio María y donde continuamente se encendían su amor a Dios y su celo por las almas. Para eso visitaba frecuentísimamente a Jesús Sacramentado, pasaba largo tiempo meditando su amor, celebraba fervorosamente la santa Misa y de mil modos practicaba su devoción para con la Eucaristía. ¡Cómo deseaba unirse con Jesús! «Yo me abrazo espiritualmente con Jesús -decía-, y en este abrazo pasaría toda la eternidad». Y añadía: «¡Oh Jesús! Cuando en la santa Misa pronuncio las palabras de la consagración, la sustancia del pan y del vino desaparecen... Pronunciad sobre mí las palabras de la consagración: consagradme, Jesús mío, para que yo desaparezca, y bajo mis apariencias viváis únicamente Vos». ¡Cómo correspondió el Señor a este amor de su Siervo, uniéndole a sí, concediéndole el favor de conservarse milagrosamente en su interior las especies sacramentales de una comunión a otra, convertido de este modo como en un sagrario viviente!
  
INVOCACIÓN
¡Oh glorioso San Antonio María, amantísimo de Jesús Hostia, sagrario viviente de la Eucaristía! Alcánzanos aquella tu ardentísima devoción a este santo misterio; que lo veneremos con fe, que lo recibamos con amor, que sea siempre nuestro alimento espiritual acá en la tierra, para que podamos verlo, adorarlo y gozarlo en el cielo. Amén.
  
Pídanse las gracias que se desan recibir. Las invocaciones y la Oración se rezarán todos los días.

martes, 17 de abril de 2018

EXAMEN DE CONCIENCIA DE LOS PECADOS VENIALES, SEGÚN SAN ANTONIO MARÍA CLARET

El alma debe evitar los pecados veniales, especialmente aquellos que conducen al pecado mortal. No es suficiente, alma mía, tener una resolución firme de sufrir la muerte antes que consentir cualquier pecado grave. Es necesario tener la misma resolución frente a los pecados veniales. Aquél que no tiene este deseo dentro de sí mismo, no puede tener seguridad.
  
No hay nada que pueda darnos una seguridad cierta, como un cuidado sin interrupción para evitar aún el pecado venial más insignificante y un celo extensivo a todas las practicas de la vida espiritual -fervor en la oración y en las relaciones con Dios; fervor en la mortificación y en la abnegación, en ser humillado y aceptar desprecios, obedeciendo y renunciando a nuestros deseos; fervor en el amor a Dios y al prójimo-. Quien desee ganar este fervor y guardarlo, debe necesariamente estar resuelto siempre a evitar especialmente los siguientes pecados veniales:
  1. El pecado de dar entrada en su corazón cualquier sospecha irracional, todo juicio injusto contra el prójimo.
  2. El pecado de introducir en la conversación los defectos de otros y ofensas contra la caridad de cualquier clase, aún ligeramente.
  3. El pecado de omitir, por pereza, nuestras prácticas espirituales o cumplirlas con negligencia voluntaria.
  4. El pecado de tener un afecto desordenado por alguien.
  5. El pecado de tener una vana estimación de sí mismo, o el hablar con vana satisfacción de cosas que nos conciernen.
  6. El pecado de recibir el Santísimo Sacramento sin cuidado, con distracciones y otras irreverencias y sin una preparación seria.
  7. Impaciencia, resentimiento, cualquier objeción para aceptar las desilusiones como venidas de la mano de Dios; porque esto pone obstáculos a los decretos y disposiciones de la Divina Providencia respecto a nosotros.
  8. El pecado de darnos a nosotros mismos una ocasión, que aún remotamente, manche la santa pureza.
  9. La falta de ocultar voluntariamente a quien debe conocer (es decir, el confesor o director espiritual) las malas inclinaciones, debilidades y mortificaciones, buscando seguir el camino de la virtud no bajo la dirección de la obediencia, sino dejándose guiar por los propios caprichos [1].
NOTA
[1] Se habla aquí de situaciones ante las que podríamos tener una dirección cierta, si la buscamos, pero preferimos seguir nuestra propia luz borrosa.

lunes, 23 de octubre de 2017

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, OBISPO, CONFESOR Y FUNDADOR

San Antonio María Claret
 
No sería difícil encontrar quien, ignorando la vida portentosa del Santo que conmemora hoy la Iglesia, se sintiera asaltado por la duda de si Antonio Claret, a quien se oye llamar de mil modos, suficiente cada uno para encarnar y cincelar toda una personalidad maciza y exuberante, existió en realidad o fue una fantasía. El modelo de obreros, el misionero apostólico, el taumaturgo, el escritor inagotable, el gran director de almas, el fundador, el organizador genial, el intuitivo «precursor de la Acción Católica, tal como es hoy» (Pío XI), el catequista célebre, el prudente confesor real, el abanderado de la infalibilidad pontificia y primer santo del concilio Vaticano, el sagrario viviente, el apóstol cordimariano de los tiempos modernos, el gran apóstol del siglo XIX, y también el gran calumniado, existió y fue San Antonio María Claret.
  
Nació en Sallent (Barcelona) el día 23 de diciembre de 1807, de padres auténticamente cristianos, que, al día siguiente, le llevaron al bautismo. «Me pusieron por nombre –nos dirá en su autobiografía– Antonio Adjutorio Juan: pero yo, después, añadí el dulcísimo nombre de María, porque María Santísima es mi Madre, mi Madrina, mi Maestra y mi todo, después de Jesús».
  
A los cinco años de edad aparecieron ya en la precoz inteligencia y en el corazón naturalmente compasivo del niño Antonio las primeras señales y gérmenes de su vocación al apostolado:
«Las primeras ideas de mi niñez de que yo tengo memoria son que, cuando tenía unos cinco años de edad, estando en la cama, en vez de dormir, pues siempre he sido poco dormilón, pensaba en los bienes del cielo y en las penas eternas del infierno, es decir, pensaba en aquel “siempre” que no tiene fin: me figuraba distancias enormes: a éstas añadía otras y otras, y, no alcanzando el fin de ellas, me estremecía por la desgracia de aquellos que tendrán que padecer penas eternas...: esta idea quedó tan grabada en mí que, sea por lo temprano que empezó, sea por las muchas veces que en ella he pensado, lo cierto es que nada tengo más presente».
Son éstos los primeros aleteos del misionero en ciernes: «Esta idea de la eternidad desgraciada es la que me ha hecho, hace y hará trabajar, mientras viva, en la conversión de los pobres pecadores, procurándola en el púlpito, en el confesionario, por medio de libros, estampas, hojas volantes, conversaciones, etc.». Ha brotado la semilla del apóstol, del misionero que, en un siglo calamitoso para la Patria, luchará con su espíritu magníficamente universal, abierto, eminentemente apostólico y práctico. Su programa de vida y actuación quedó escrito de su puño y letra: «Trabajando constantemente y aprovechando todas las circunstancias para dar gloria a Dios y atender a la salvación de las almas, valiéndome de todos los medios». El programa, en su ambiciosa sencillez, debía ser una obra perenne, por, que, casi con las mismas palabras, se lo dejó en las constituciones a la codicia apostólica de sus misioneros.
  
La infancia de Antonio transcurre apacible entre la escuela, su casa, los juegos y la iglesia. Los tiempos eran malos y revueltos, y las circunstancias de la familia no consentían los gastos de pensión en el Seminario. El muchacho hubo de incorporarse de lleno a los trabajos del telar paterno, en espera de tiempos mejores. Golpe duro y definitivo, al parecer, para las ilusiones de Claret. Acató resueltamente y con todo amor la orden de su padre, pasando por todas las ocupaciones y labores de la fábrica de tejidos, propiedad de su familia, y trabajando como el que más en cantidad y calidad. Así, hasta que llega un momento en que el trabajo de la fábrica paterna no tiene ya dificultades ni secretos para él. Por eso,
«deseoso de adelantar, dije a mi padre que me llevase a Barcelona. Se extendió por aquélla ciudad la fama de la habilidad que el Señor me había dado para la fabricación. De aquí que algunos señores quisieran formar compañía con mi padre. Me excusé... Y, a la verdad, fue esto providencial. Yo nunca me había opuesto a los designios de mi padre. fue ésta la primera vez, y fue porque la voluntad de Dios quería de mí otra cosa. Me quería eclesiástico. El continuo pensar en máquinas y talleres me tenía absorto. Era un delirio lo que tenía por la fabricación. En medio de esto me acordé de aquellas palabras del Evangelio que leí de muy niño: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si finalmente pierde su alma?” Esta sentencia me causó profunda impresión. Fue una saeta que me hirió en el corazón. Pensaba y discurría qué haría». 
Hay en su alma una inquietud que no le deja sosegar y que va aumentando su tensión con varios episodios sucedidos en pocos meses, a propósito para desengañarle del mundo y avivar el interés por los negocios del alma. Fueron los siguientes: «Un día que fui a la Mar Vieja, que llaman, hallándome en la orilla, se alborotó de repente el mar y una grande ola se me llevó y, de improviso, me vi mar adentro. Después de haber invocado a María Santísima me hallé en la orilla, sin saber nadar y sin haber entrado en mi boca ni una sola gota de agua».
 
Un amigo le llenó de amarguras el alma. Había condescendido a tener con él compañía de intereses; pero, cediendo este desventurado a los atractivos del juego, le estafó muchos miles de pesetas y se complicó después en otras acciones delictivas, hasta parar en un presidio. Antonio, aunque libre de toda complicidad, sintió hondamente el percance.
  
«Iba alguna vez a visitar a un compatricio mío. Un día la dueña de la casa, que era una señora joven, me dijo que le esperase, que estaba para llegar. Luego conocí la pasión de aquélla señora, que se manifestó con palabras y acciones. Habiendo invocado a María Santísima, y forcejeando con todas mis fuerzas, me escapé de entre sus brazos».
   
Tenía veintidós años. Llevaba cuatro en Barcelona. Durante ellos había llenado el ideal que pudiera proponerse, aun en nuestros días, cualquier trabajador especializado: aptitud para la fabricación, perito en dibujo, en el que consiguió repetidos premios; conocedor del francés y del inglés, que hablaba con soltura; diestro en el manejo de las matemáticas; hábil en la técnica textil, que no tenía secretos para él; propuesto con insistencia para director de fábricas, y, en medio de todo, piadoso, honrado, de bello porte y de un carácter tan amable y alegre que era las delicias de sus compañeros, de sus superiores y de sus subalternos. La vida le sonríe cuando abandona la esperanzas de un porvenir brillante y decide ingresar en la Cartuja. Pero, cuando se encamina al cenobio de Montealegre, una deshecha tempestad puso a prueba la poca robustez de sus pulmones, fatigados por la marcha y heridos por el trabajo, hasta expeler sangre. Por lo visto, Dios no lo quería así. Una vez restablecidas sus fuerzas marcha a sentarse entre los niños en el banco de un Seminario. Es lo que hoy se llama -con frase no tan inexacta- una vocación tardía.
  
Y pasan los años. Estudia filosofía y teología en el viejo pero glorioso caserón del Seminario de Vich, con Balmes de compañero, y, por fin, el día 13 de junio de 1835 se ordena sacerdote, después de un mes de ejercicios.
    
Ahora ya es mosén Claret. Tiene veintisiete años cumplidos. Se conserva su retrato de esta época. Bajo de estatura; un tinte amarillento colorea su rostro; ojos grandes y tiernos, que tienden a cerrarse bajo unos párpados carnosos, que naturalmente le inclinan a la modestia; pero cuando miran la lejanía y las multitudes desde la altura del púlpito se abren claros, animados por el alma fogosa de un apóstol, y le brillan como dos brasas.
   
La parroquia de Sallent fue testigo de los primeros ardores de su celo sacerdotal, de la ejemplaridad intachable de su vida, de sus virtudes y de sus milagros. Pero este campo era demasiado reducido para el corazón grande de mosén Antón. Buscando horizontes más amplios para su celo se encamina a Roma, con el fin de ingresar en el Colegio de Propaganda Fide. Los oficiales encargados no pueden decretar la admisión sin la aprobación del cardenal prefecto, que, por aquellos días, disfrutaba las clásicas vacaciones romanas de la Ottobrata. Frente a este conjunto de dificultades decide Claret hacer los ejercicios espirituales en una casa profesa de la Compañía de Jesús, en espera de que las Congregaciones pontificias reanudaran sus trabajos. El mismo religioso que le dirigió los ejercicios, viendo en él cualidades no comunes, le propuso e insistió que ingresase en la Compañía. Tanto le animaron y tan fácilmente se solucionaron todas las dificultades, que, como él mismo nos dice, «de la noche a la mañana me hallé jesuita. Cuando me contemplaba vestido de la santa sotana de la Compañía casi no acertaba a creer lo que veía, me parecía un sueño».
  
Pero los designios de Dios son muy distintos: «Me hallaba muy contento en el noviciado cuando he aquí que un día me vino un dolor tan grande en la pierna derecha que no podía caminar. Se temieron que quedaría tullido. El padre rector me dijo: “Esto no es natural. Me hace pensar que Dios quiere otra cosa de usted; consultaremos al padre general”. Este, después de haberme oído, me dijo sin titubear, con toda resolución: “Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto a España. No tenga miedo. Ánimo”». El padre Roothan tenía razón.
   
Regresa a España y, al desembarcar en Barcelona, Claret deja de ser el mosén Antón que partió a Roma para convertirse en el misionero padre Claret. Exonerado de todo cargo parroquial, sus superiores le envían «como nube ligera que, empujada por el soplo del Espíritu Santo, llevase la lluvia bienhechora de la palabra divina a regiones secas y estériles».
   
El ambiente político no es nada propicio. Hace poco que ha concluido la primera guerra carlista, guerra civil tenacísima y dura, que se ha prolongado siete años, y precisamente Cataluña ha sido uno de los principales teatros de la contienda. Esto no arredra al padre Claret. Más de cien páginas de su autobiografía nos narran sus correrías apostólicas y los estímulos que le movían a predicar incansablemente: «Siempre a pie de una población a otra, por muy apartadas que estuviesen, a través de nieves o de calores abrasadores, sin un céntimo siempre, pues nunca cobraba nada», predicando seis y ocho horas diarias y, el restante tiempo, confesando a miles de personas y, por las noches, en lugar de descansar, la oración, las disciplinas, el escribir libros y hojas volanderas, y sin comer apenas, lo que tenía maravilladas a las gentes. Era un milagro del Señor el que sostenía aquélla naturaleza. Las muchedumbres se agolpaban para oírle y el fruto era enorme. El demonio, por su parte, le hacía una guerra sin cuartel: en esta iglesia era una piedra que se desprendía del techo; en aquel pueblo, un violento fuego que se declaraba mientras predicaba el misionero. Pero éste descubría todas las astucias del enemigo. «Si era grande la persecución que me hacía el infierno, era muchísimo mayor la protección del cielo. Conocía visiblemente -dice él mismo- la protección de la Santísima Virgen. Ella y sus ángeles me guiaron por caminos desconocidos, me libraron de ladrones y asesinos y me llevaron a puerto seguro sin saber cómo. Muchas veces corría la voz de que me habían asesinado. Yo, en medio de estas alternativas, pasaba de todo: tenía ratos muy buenos, otros muy amargos. Habitualmente no rehusaba las penas, al contrario, las amaba y deseaba morir por Cristo; yo no me ponía, temerariamente en los peligros, pero sí me gustaba que el superior me enviase a lugares peligrosos, para poder tener la dicha de morir asesinado, por Jesucristo».
  
Puede decirse que recorre todas las capitales y pueblos del nordeste de España. Su fama es grande; su predicación produce auténticas manifestaciones de entusiasmo. El fruto es cierto y copioso. Son muchas las conversiones sinceras. Menudean los milagros. El padre Claret, incansable, tiene constantemente a flor de labios esta oración: «¡Oh Corazón de María, fragua e instrumento del amor, enciéndeme en el amor de Dios y del prójimo!».
   
De este modo pasaron siete años, hasta que, en 1848, fue enviado a Canarias para misionar en aquellas islas. Allí todavía más que en la Península, las multitudes se desbordan, las iglesias son insuficientes para contener a los que quieren escuchar la palabra del Padrito Santo, como cariñosamente le llaman, y el misionero se ve obligado a predicar bajo la bóveda azul del firmamento, en las plazas públicas o a las orillas del mar.
   
El padre Claret acarició toda su vida, como un bello ideal, la fundación de una Congregación de sacerdotes que se dedicasen a la evangelización, según él la comprendía y practicaba. Mas, por oposición de la política y de las guerras, parecía todo un sueño que nunca habría de tener realidad. A mediados de 1849 regresó a España. El ambiente nacional había evolucionado mucho; los cielos de la política se serenaban; la persecución ahogaba en la lejanía sus últimos rugidos. A favor de todo esto las ilusiones claretianas volvieron a reverdecer. El santo misionero adivinó llegada la hora y, después de vencer no pocas dificultades, el día 16 de julio de este mismo año reúne a seis jóvenes sacerdotes en el Seminario de Vich y queda echada la semilla de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón de María.
  
Poco tiempo, sin embargo, pudo vivir con aquélla incipiente comunidad. «El día 4 de agosto -nos dice-, al bajar del púlpito, me mandan ir a Palacio. Y, al llegar allí, el señor obispo me da el nombramiento para arzobispo de Santiago de Cuba. Quedé muerto con tal noticia. Dije que de ninguna manera aceptaba. Espantado del nombramiento, no quise aceptar, por considerarme indigno y por no abandonar la Congregación que acababa de nacer. Entonces el nuncio de Su Santidad y el ministro de Gracia y Justicia se valieron de mi prelado, a quien tenía la más ciega obediencia. Este me mandó formalmente que aceptara».
   
Mientras que se tramitaba su consagración y preparaba el viaje a América el celo del padre Claret continúa incansable y devorador; sigue sus correrías apostólicas; escribe libros; funda la Librería Religiosa, interviniendo personalmente en el montaje de las máquinas. Recibida la consagración episcopal, nada cambió de su método de vida: el mismo trato sencillo y humilde, el mismo vestido, la misma comida pobre y escasa, y, sobre todo, el mismo celo apostólico. Es su pasión. El gran fuego que le arde en las entrañas. Ninguna frase mejor que la escogida por él para su sello episcopal: Cáritas Christi urget nos. Como otras muchas páginas de la autobiografía que nos dejó escrita, esta que transcribirnos puede darnos una idea de su actividad misionera y apostólica:
«Arreglados mis negocios en Madrid, me volví a Cataluña. Al llegar a Igualada prediqué. Al día siguiente fui a Montserrat, en que también prediqué. Luego pasé a Manresa, en que se hacía el novenario de ánimas: por la noche les prediqué y, al día siguiente, di la sagrada comunión. Por la tarde pasé a Sallent, mi patria, y todos me salieron a recibir; por la noche les prediqué desde un balcón de la plaza, porque en la iglesia no hubieran cabido; al día siguiente celebramos una misa solemne y, por la tarde, salí para Sanmartí, donde prediqué. Al día siguiente por la mañana pasé a la ermita de Fusimaña, a la que había tenido tanta devoción desde pequeño, y en aquel santuario celebré y prediqué de la devoción a la Virgen Santísima. De allí pasé a Artés, en que también prediqué; luego a Calders, y también prediqué, y fui a comer a Moyá, y por la noche prediqué. Al día siguiente pasé por Collsuspina, y también prediqué, y después fuí a Vich, y también prediqué. Pasé a Barcelona, y prediqué todos los días en diferentes iglesias y conventos, hasta el día en que nos embarcamos».
   
Armas arzobispales de San Antonio María Claret
   
En Cuba se mantiene el mismo ritmo misionero: persecuciones, puñales, incendios, calumnias, que las fuerzas del mal desencadenaron contra el arzobispo; pero éste siguió manteniéndose intrépido en la misma línea. Con celo infatigable recorrió a caballo cuatro veces, en visita pastoral, toda su diócesis, que era aproximadamente de 60.000 kilómetros cuadrados. Las conversiones fueron innumerables. Los terremotos, la peste y el cólera que azotaron la isla sirvieron al arzobispo para arrancar infinitas almas al diablo, arreglar innumerables matrimonios de amancebados, más de 10.000, y hasta para calmar las revueltas populares. Durante su pontificado los americanos del Norte sirviéndose de elementos revolucionarios, hicieron tres tentativas contra la isla y las tres las desbarató el arzobispo con sólo predicar el amor y el perdón. Los enemigos de España llegaron a pensar muy en serio quitar la vida al que les hacía más daño que todo el ejército. Muchos intentos fallaron. Por fin, uno acertó. El día 1 de febrero de 1856 el arzobispo era herido gravemente en Holguín. «Cuando salimos de la iglesia—es el propio padre Claret quien nos lo cuenta—se me acercó un hombre, como si quisiera besarme el anillo; pero, al instante, alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con todas sus fuerzas...». Lo que menos importó al herido fue la gravedad de aquellos momentos; a pesar de su presencia de ánimo, estaba muy lejos de su cuerpo: «No puedo explicar el placer, el gozo que sentía mi alma, al ver que había logrado lo que tanto deseaba: derramar mi sangre por Jesús y María».
     
Restablecido milagrosamente, consiguió el indulto para su desgraciado verdugo y todavía le pagó el viaje para que pudiese regresar a su patria.
   
También para el Santo había llegado la hora de retornar a España, y con ella el periodo que constituye la plenitud de su vida. El día 13 de marzo de 1857, estando predicando en una misión, recibió un comunicado de la reina de España, Isabel II, que le llamaba a Madrid, sin expresarle el motivo. El arzobispo termina apresuradamente las obras de mayor envergadura que tenía iniciadas, como la Granja Agrícola de Puerto Príncipe y el recién fundado Instituto Apostólico de María Inmaculada para la Enseñanza. Llega a Madrid y se entera en la primera entrevista con Isabel de que ésta le había llamado para hacerle su confesor. El padre Claret, siempre reacio a aceptar dignidades y grandezas humanas, no otorgó su consentimiento sino después de haber consultado a varios prelados y, aun entonces, con la expresa condición de no vivir en Palacio y de quedar libre para dedicarse al ministerio. Ahora iba a ser apóstol de España entera. Efectivamente, no tiene explicación humana lo que hizo en los diez años que fue confesor real: misionó por todas las capitales y provincias de España, aprovechando los viajes de los reyes: las tandas de ejercicios al clero, religiosos y seglares fueron ininterrumpidas; predica incansable: en una sola jornada llega hasta doce sermones; en el confesionario emplea diariamente unas cinco horas; recibe por término medio una correspondencia diaria de cien cartas, a las cuales responde personalmente: publica libros y opúsculos; es presidente de El Escorial, que restaura y donde funda un Seminario modelo: da vida fecunda a la Academia de San Miguel, anticipo de la Acción Católica de hoy. Todo esto sin contar su asistencia obligatoria a los actos oficiales de Palacio y el trabajo que tenía como protector del hospital e iglesia de Montserrat. Una labor, como se ve, capaz de abrumar las fuerzas de muchos hombres.
  
Además, estaba al corriente del movimiento teológico, filosófico y cultural de Europa. Es ridícula la afirmación de los que presentan al padre Claret como “un hombre que sólo sabía rezar y hablar sin grandes pretensiones; hasta su aire era popular, por no decir pueblerino...”. La historia demuestra lo contrario y Pío XII ha podido afirmar del padre Claret que era “un hombre singular, nacido para ensamblar contrastes”. Ya desde los primeros años, en la escuela y en la Lonja de Barcelona, y posteriormente en el Seminario, sus calificaciones fueron siempre máximas. A pesar de su vida de actlvidad sorprendente y extensisima, es un lector empedernido. Quedan datos y muestras en su biblioteca particular, que constaba de más de 5.000 volúmenes de última hora, y que es una de las mejores y más completas de su tiempo. Voz corriente en los sectores eclesiásticos contemporáneos era que la ciencia del padre Claret parecía infusa. Tal vez, pero él mismo nos levanta un poco el velo cuando escribe: «A mí me consta que lo poco que sabe ese sujeto (Claret) lo debe a muchos años y muchas noches pasadas en el estudio». Lo que pasaba es que su vocación al ministerio activo no le pedía ni el escribir como científico ni el dedicar horas y horas a investigaciones eruditas, aunque se haya encontrado entre sus papeles alguna lucubración sobre la posibilidad de los vuelos dirigidos. Su misión providencial era de más importancia y trascendencia.
  
Tiene Claret casi cincuenta años. Durante los diez que estuvo en la corte la actualidad religiosa de España quedó centrada en la persona del santo arzobispo. Su equilibrio humano se manifiesta ante las delicadas circunstancias personales de su regia penitente. La prudencia sobrenatural le mantiene alejado de todos los manejos políticos. Claret tiene una influencia decisiva para el catolicismo español de toda una época. Se ha dicho que su residencia en Madrid fue “una verdadera catástrofe para el movimiento revolucionario español”, influencia tan decisiva precisamente porque Claret no hizo nunca política. Ante los frutos que reportaba la obra del confesor real no podía Satanás dejar de ensañarse contra él, tratando de inutilizar su ministerio por todos los medios. La persecución se desencadena de manera metódica y perfectamente calculada: periódicos, libros, teatros; hasta en tarjetas y cajas de fósforos se le calumnió de la manera más baja y soez; se escribieron biografías que no eran sino noveluchos indecentes, se falsificaron escandalosamente algunos de sus libros más importantes, publicándolos con su nombre. Todo se ensayó, con el fin de inutilizar su celo. Pero también todo resultó inútil, pues el Señor tomó por su cuenta defender a su enviado e hizo redundasen en bien de las almas los mismos medios que los sicarios ponían en juego para impedirlo. Hasta doce veces intentaron asesinarle y, en no pocas de estas ocasiones, los mismos iniciadores del crimen eran los primeros en experimentar, por una sincera conversión, la benéfica influencia de las virtudes y santidad del calumniado arzobispo.
   
La conducta del santo padre Claret no puede juzgarse como la de un estoico presuntuoso, sino como venida del don divino de la fortaleza. Se irguió sereno, imperturbable ante la calumnia. No quiso defenderse. Tuvo escrita una defensa sobria, verídica; pero se arrodilló ante el crucifijo y prefirió callar, recordando las palabras del Evangelio: Jesus autem tacébat: “Jesús, empero, se mantenía callado” (Mt. 26,63). Es que desaparece el hombre para dejar paso al santo, a quien se exigió el sacrificio de su reputación y de su buen nombre, no sólo durante su vida, sino por largos años posteriores, tantos que, todavía en 1934, cuando Pío XI le beatifica, hay una pluma famosa en las letras patrias que, en son de arrepentimiento, escribe: «Existen dos Claret: uno el forjado por la calumnia, otro el real y efectivo. Aquél es totalmente inexistente. Este, Antonio María Claret, es, sencillamente, un santo de la traza y pergeño de los activos, infatigables, emprendedores».
   
En esta época de su estancia en Madrid, cuando el trabajo ministerial acapara todas sus horas, es precisamente cuando el padre Claret llega a la cumbre de su vida espiritual, a la unión mayor que se puede dar: la transformación total. Humildemente nos lo refiere el Santo: «El día 26 de agosto, hallándome en oración en la iglesia del Rosario, de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia de la conservación de las especies sacramentales y así tener siempre día y noche al Santísimo Sacramento en el pecho».
  
¡Admirable consumación de amor, expresión manifiesta de la unión íntima, transformante de un alma con el Divino Verbo! La revolución de septiembre, que él había profetizado muchas veces, destronó a la reina y arrojó a ella y a su confesor a un país extraño. Desterrado de la madre patria, por la que tanto había trabajado, anciano, cansado, consumido y enfermo, pero indomable, marcha a Francia y, poco después, a Roma, para asistir al concilio Vaticano. Cuando se discute la candente cuestión de la infalibilidad pontificia habla con palabras que conmueven a toda la asamblea. Insinúa proféticamente algunas escisiones en la Iglesia, por causa de esta cuestión, que tuvieron exacto cumplimiento, y, después, señalando las cicatrices que el atentado de Holguín dejó en su rostro y repitiendo la frase del Apóstol: «Traigo en mi ,cuerpo los estigmas de mi Señor Jesucristo» (Gál. 6,7), declara que está dispuesto a morir en confirmación de esta gran verdad: «Creo que el Suma Pontífice romano es infalible».
  
Es la última llamarada de una lámpara que se extingue. Vuelve a Francia y, camino de París, se detiene, casi moribundo, en Fontfroide, una recoleta y tranquila abadía cisterciense, cerca de Carcasona.
   
Ni en su agonía le dejan tranquilo las fuerzas del mal. Sólo la muerte le libró de nuevas persecuciones y pesquisas policíacas. Su cuerpo se desmoronaba: pero él, con el pie en las playas de la patria eterna, escribía con pulso a un tiempo inseguro y vigoroso, esta definitiva y para él obsesionante afirmación: «Quiero verme libre de estas ataduras y estar con Cristo (Fil. 1,23), como María Santísima, mi dulce Madre».
  
Así fue, el día 24 de octubre de 1870. Después, sus funerales, entre el rumor del canto de los monjes y el revoloteo de un misterioso pajarillo sobre el féretro arzobispal, colocado en la severa iglesia cisterciense. Sobre su tumba escribieron las palabras de San Gregorio Magno: “Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso muero en el destierro”. Bajo aquella losa descansaron los restos del padre Claret durante veintisiete años, hasta que los Misioneros los trasladaron, con afecto filial, a su iglesia de Vich (Barcelona). El cerebro y el corazón habían resistido la acción devoradora de la humedad y de la cal.
    
El 25 de febrero del año 1934 el papa Pío XI le declaraba Beato y el 7 de mayo de 1950 Pío XII le elevaba al supremo honor de los altares. Su mejor semblanza, la que de él hizo Su Santidad Pío XII en unas palabras pronunciadas horas después de la canonización:
«Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes; pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capaz de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior: calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Divina Madre».
  
ARTURO TABERA ARAOZ CMF.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que glorificaste a tu confesor y pontífice el bienaventurado San Antonio María por su virtud apostólica, y por medio de él estableciste en tu Iglesia nuevas familias de clérigos y vírgenes: concédenos, te suplicamos, que, siendo dirigidos por sus consejos y sus sufragios, podamos aplicarnos celosamente a la salvación de nuestras almas. Por J. C. N. S. Amén.