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sábado, 15 de agosto de 2026

ORACIONES ANTES Y DESPUÉS DE OÍR CONFESIONES


LATÍN
Ante
Da mihi, Dómine, sédium tuárum assistrícem sapiéntiam, ut sciam judicáre pópulum tuum in justítia et páuperos tuos in judício. Fac me ita tractáre claves regni cœlórum, ut nulli apériam cui claudéndum sit, nulli cláudam cui aperiéndum sit. Sit inténtio mea pura, zelus meus sincérus, cháritas mea pátiens, labor meus fructuósus. Sit in me lénitas non remíssa, aspéritas non sévera; páuperem ne despíciam, díviti ne adúlor. Fac me ad alliciéndos peccatóres suávem, ad interrogándos prudéntem, ad instruéndos perítum. Tríbue, quǽso, ad retrahéndos a malo sollértiam, ad confirmándos in bono sedulitátem, ad promovéndos ad melióra indústriam: in respónsis maturitátem, in consíliis rectitúdinem, in obscúris lumen, in impléxis sagacitátem, in árduis victóriam; inutílibus collóquiis ne detínear, pravis ne contáminer; álios salvem, meúpsum non perdam. Amen.

Dómine Deus! propítius esto mihi peccatóri, et qui me indígnum propter tuam misericórdiam minístrum fecísti offícii sacerdotális, quíque omnes hómines vis salvos fíeri, non morten volens peccatórum, sed ut convertántur et vivant: súscipe oratiónem meam, quam fundo ante conspéctum cleméntiæ tuæ pro peccátis meis, et pro fámulis et famulábus tuis ad pœniténtiam veniéntibus, ut des illis spíritum compunctiónis, ut resipíscant a láqueis diáboli et ad te toto corde per veram contritiónem, sincéram confessiónem et dignos pœniténtiæ fructus revertántur. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.

Dómine Jesu Christe, hoc Sacrum Pœniténtiæ Sacraméntum administráre volo in amóre illo superexcellénti, quo illud sanctificásti, cum præ vehementíssimo salútis desidério illud instituísti, et ab Apóstolis, eorúmque successóribus administrári voluísti, ad láudem Dei Patris, et salútem tótius géneris humáni: rogans, ut in unióne amóris tui tam mihi, quam ómnibus, et síngulis, quibus illud administrábo, cedat in augméntum salútis, et beatitúdinis ætérnæ. Spíritus Sancti grátia ita illúminet, accéndat, et consérvet sensus meos, et cor meum; ut juxta tuum summum beneplácitum injúnctum ministérium perfícere, et ab omni tentatiónum incúrsu præmuníri, et præservári mérear. In Nomine ✠ Patris, et ✠ Fílii, et ✠ Spíritus Sancti. Amen.

Post 
Dómine Jesu Christe, Fili Dei vivi, súscipe hoc obséquii mei ministérium in amóre illo superdigníssimo, quo beátam Maríam Magdalénam omnésque ad Te confugiéntes peccatóres absolvísti; et quídquid in Sacraménti hujus administratióne neglegénter minúsque digne perféci, Tu per mérita tua supplére et satisfácere dignéris, oro. Omnes et síngulos, qui mihi modo conféssi sunt, comméndo dulcíssimi Cordi tuo rogans, ut eósdem custódias, et a malígna recidíva præsérves, in tua grátia confírmes, atque post hujus vitæ misériam Tecum ad gáudia perdúcas ætérna. Amen.

TRADUCCIÓN
Antes
Dame, ¡oh Señor!, la sabiduría asistente a tu trono, para que sepa juzgar a tu pueblo en justicia y a tus pobres en rectitud. Hazme tratar de tal manera las llaves del reino de los cielos, que no abra a quienes deba cerrar la puerta, ni la cierre a quienes se deba abrir. Sea pura mi intención, mi celo sincero, paciente mi caridad, y mi trabajo fructuoso. Que mi mansedumbre no sea débil, y mi seriedad no sea severa; que no desprecie a los pobres ni adule a los ricos. Hazme amable para confortar a los pecadores, prudente al interrogarlos y experto para instruirlos. Suplícote me concedas el ser capaz de alejarlos del mal, diligente al confirmarlos en el bien, y habilidoso para promoverlos a mejorar; tener madurez en las respuestas, rectitud en los consejos, luz en la oscuridad, sagacidad en las cosas complejas y victoria en las dificultades; que no me detenga en conversaciones inútiles ni me contamine con las malas, para que, salvando a otros, no me pierda a mí mismo. Amén.

¡Oh Señor Dios!, ten piedad de mí, pecador indigno, que por tu misericordia me hiciste ministro del oficio sacerdotal, y que quieres que todos los hombres sean salvos, y no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva: recibe mi oración, que presento a la vista de tu Presencia por mis pecados, y por tus siervos y siervas que vienen a la penitencia, para que les des el espíritu de compunción, para que eviten los lazos del diablo y se vuelvan a Ti de todo corazón por la verdadera contrición, sincera confesión y frutos dignos de penitencia. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Señor Jesucristo, quiero administrar este Sagrado Sacramento de la Penitencia en aquel amor excelentísimo con el que lo santificaste, cuando lo instituiste con un vehementísimo deseo de salvación, y que quisiste que los Apóstoles y sus sucesores lo administrasen para alabanza de Dios Padre y salud de todo el género humano. Te ruego que, en unión de tu amor redunde en aumento de la salvación y la bienaventuranza eterna, para mí como para todos y cada uno a quienes lo voy a administrar. Que la gracia del Espíritu Santo ilumine, inflame y conserve mis sentidos y mi corazón, para que pueda ejercer este ministerio en tu sumo beneplácito, prevenirme de caer en toda tentación, y merezca perseverar. En el nombre del ✠ Padre, y del ✠ Hijo, y del Espíritu ✠ Santo. Amén.

Después 
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, recibe este obsequio de mi ministerio en aquel superdignísimo amor con el que absolviste a Santa María Magdalena y todos los pecadores que acudían a Ti; y suplícote que te dignes suplir y satisfacer con tus méritos cuanto hice negligentemente y de menos digno en la administración de este sacramento. Encomiendo a tu dulcísimo Corazón a todos y cada uno de los que acabaron de confesarse conmigo, suplicándote que los custodies y preserves de toda recaída maligna, los confirmes en tu gracia, y después de las miserias de esta vida, los conduzcas contigo a la eterna bienaventuranza. Amén.

miércoles, 26 de junio de 2024

MES EN HONOR A SAN PEDRO APÓSTOL - DÍA VIGESIMOSEXTO

Dispuesto por el padre Charles Alphonse Ozanam, Misionero Apostólico y Canónigo honorario de Troyes y Évreux, publicado en italiano en Nápoles por Ferrante y Cía. en 1864.
  
MES DE SAN PEDRO, O DEVOCIÓN A LA IGLESIA Y A LA SANTA SEDE
  
MEDITACIONES SOBRE LA IGLESIA

Antes de la Meditación, recita un Pater noster y un Ave María con la Jaculatoria: San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros.
  
MEDITACIÓN XXVI: EN TORNO A LA ACCIÓN DEL SACERDOCIO A TRAVÉS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Los estrechos límites que nos hemos impuesto no nos permiten centrarnos en todos los medios que el divino fundador de la Iglesia ha puesto en manos del sacerdocio para fertilizar su acción en la sociedad a la que le fue encomendado gobernar y regenerar. Sin duda, hubiera sido algo útil y consolador mostrar el poder irresistible de la palabra divina en boca del sacerdocio; tanto más porque precisamente por ello esconde en los corazones la primera semilla de la fe. Pero en parte ya hemos hablado de ello en varias meditaciones , especialmente en la 6.ª. En el resto, es fácil comprender la eficacia de la palabra divina, procedente de San Pedro, que convirtió a tres mil personas la primera vez que la hizo oír. Hasta los predicadores de hoy, que recogen frutos tan prodigiosos y abundantes, la palabra de Dios siempre ha iluminado nuestros corazones, mucho menos por la más o menos eminente habilidad oratoria de quienes la anunciaron, que por la gracia especial que trae consigo, y que penetra en el santuario más íntimo del alma. En cuanto a la oración, es un medio tan poderoso en manos del sacerdocio que la Iglesia le impone una obligación rigurosa, imponiéndole el deber diario de recitar el Oficio divino y permitiéndole ascender todos los días a los santos altares. Con la ayuda de la oración, el sacerdocio obtiene del Cielo las bendiciones divinas que fertilizan los esfuerzos de su celo y preparan los corazones para abrirse a la dulce y saludable acción de la gracia. Lo que es especialmente importante meditar es el poder que el sacerdocio ejerce sobre los hombres y sobre la sociedad civil, con el objetivo de regenerarlo mediante el poder maravilloso que ha recibido de Jesucristo para perdonar los pecados, es decir, mediante el sacramento de la Penitencia.
   
1.º Si Dios mismo no hubiera investido al hombre de este augusto y misericordioso oficio de reconciliación, a nadie se le habría ocurrido nunca pronunciar en su nombre la absolución de los culpables; finalmente, sólo existía la sabiduría divina, que podía encontrar las condiciones más adecuadas para salvar el honor del Altísimo que perdona, y cuidar de los intereses espirituales del pecador que es absuelto. Por tanto, nada es más importante en el Evangelio que aquellas palabras del fundador de la Iglesia: «Recibe el Espíritu Santo, serán perdonados los pecados de quienes perdonéis; y serán retenidos los que retuviéreis» (San Juan XX, 22-23); palabras solemnes, mediante las cuales el Salvador confirió a los Apóstoles y a sus sucesores el derecho y el poder de romper las cadenas del pecador y restaurarlo a la amistad de Dios. En toda comunidad civil bien ordenada hay magistrados y jueces nombrados por el Soberano para asegurar la ejecución de las leyes; hay tribunales ante los cuales se llama a los criminales; las sentencias se pronuncian en nombre del jefe de Estado, quien las ratifica. ¿Por qué la asociación de almas, en la que reina el orden más maravilloso, no debería tener en su poder medios adecuados para hacer cumplir las leyes imprescriptibles de Dios y gobernarse a sí misma? Sin falta el tribunal de la misericordia, en el que se sienta el sacerdocio por orden de Jesucristo, es sólo un tribunal espiritual y para fuero interno; pero es proporcional a la naturaleza de la sociedad que está llamada a gobernar. Es cierto que en él nunca se emite otra sentencia que la del perdón; nunca nadie arrastrado a él por la fuerza brutal o de mala gana; en él no hay otro testigo, ni otro acusador, que el propio culpable, que se presenta libremente; las audiencias, lejos de ser públicas, se desarrollan a puerta cerrada y en el más profundo secreto; pero ¿qué pasa si la sociedad está contenta con este sistema judicial y si los pecadores lo aceptan de buen grado? Después de dieciocho siglos nada ha cambiado, ni en la forma de los juicios emitidos por el sacerdocio, y nunca una reunión civil se ha desarrollado con mayor regularidad que la cristiana.
  
2.º  ¿Qué poder puede entonces ejercer el sacerdocio sobre los hombres y la sociedad en un tribunal tan indulgente? Consuela desde el principio y da valor al pecador, acoge con la bondad de un padre, más que con la severidad de un juez. Examina cuidadosamente la extensión y profundidad de las heridas del alma enferma que quieres sanar; ilumina sus tinieblas, descubre sus engaños; hacer que las verdades solemnes e importantes que ha olvidado, o sobre las que nunca ha meditado lo suficiente seriamente, brillen con nueva luz en sus ojos; indica los remedios a utilizar, las precauciones a tomar; exhortarla con ternura y benevolencia; le devuelve el sentimiento perdido de su dignidad, arrebatándola de la degradación de sus pasiones; y reconciliarla con Dios, le da paz y felicidad. Una gracia muy especial, esencialmente combinada con el sacramento de la Penitencia, añade la eficacia infalible de su virtud a la acción del ministro de Jesucristo, y cuando el penitente sale del tribunal de misericordia se siente completamente diferente de cómo había entrado: estaba cubierto de confusión, y ahora puede alzar la mirada hacia el Cielo con confianza, y llamar a Dios su Padre; estaba débil, desanimado, el pecado parecía tenerlo atado en tristes ataduras, que lo arrastraban casi a su pesar de abismo en abismo, veía como remedios imposibles los sacrificios que tuvo que hacer para salir de tan deplorable estado: actualmente todo ha cambiado. Espera, no en sus propias fuerzas, sino en la ayuda divina; el hechizo que lo ataba al pecado se rompe, su inclinación al mal se vuelve impotente y el sabio consejo que le fue sugerido ya no le parece impracticable; decide ponerse manos a la obra, reducirse a los caminos de los mandamientos divinos y al camino de la virtud. Había muerto a la vida sobrenatural y resucitó; era una rama seca arrancada del tronco, que es Jesucristo, y la gracia del sacramento la acercó a Él y restableció la circulación del humor vivificante; vive, y desde ahora dará frutos de vida eterna. Después de esto, es fácil comprender el inmenso poder que el sacerdocio ejerce sobre las pasiones humanas, a las que impone un freno saludable, y sobre los hombres a quienes, después de las caídas más deplorables, rehabilita y consuela contra nuevas debilidades. ¿Quizás la experiencia no confirma cada día estos descubrimientos de la razón? Un joven es dócil, sumiso a sus padres, modesto en sus palabras y acciones, paciente en las fatigas, casto y de vida recta: estad seguros de que frecuenta el tribunal de penitencia. Al contrario, cuando veáis a jóvenes tan presuntuosos, afectados, sin respeto a sus familiares, sin pudor en sus discursos, intolerantes al cansancio, sin normas en su conducta y sobre todo en sus costumbres, podéis estar seguros de que no se confiesam. ¿Dónde es posible encontrar hombres concienzudos, leales, de moral reglada, que se esfuercen seriamente en combatir las inclinaciones perversas; hombres desinteresados ​​y dedicados al servicio de los demás? En las filas de quienes se someten a la dirección habitual del sacerdocio. Sólo este tribunal sagrado puede regenerar las almas en todas las condiciones, incluso en las más humildes, hasta el punto de elevarlas a las alturas de las más grandes y nobles cualidades, y a veces hasta el heroísmo. Mostrémonos, si podemos, un San Vicente de Paúl, o incluso simplemente una Hermana de la Caridad, fuera de estos. Sin embargo, no lo convertimos en un crimen contra la humanidad; es demasiado débil, sin esta ayuda divina es que no puede luchar con éxito contra su propia corrupción: por eso Jesucristo ha hecho precepto para los hombres presentarse ante los tribunales de la Iglesia y someter el estado de su conciencia a la jurisdicción del sacerdocio. Sin duda, el hombre dócil que obedece esta ley no estará exento de defectos ni será impecable, porque la perfección no es de este mundo; pero será mejor, o al menos no tan perverso, que aquel que se niega a recurrir nuevamente a la ayuda sobrenatural, a regularse con sus propias luces, y con las únicas fuerzas de su naturaleza caída.
   
3.º Se podría decir que el poder que ejerce el sacerdocio en el tribunal de penitencia es indudable, pero que son muy pocos los hombres que recogen sus frutos preciosos, porque son muy pocos los que se acercan a ellos; y que, en consecuencia, tal poder debe ser muy limitado y casi imperceptible. En primer lugar, suponiendo que el número de los que frecuentan el sacramento de la Penitencia sea tan poco importante como se pretende, respondemos que si se hubieran encontrado so siete justos en Sodoma y Gomorra, estas ciudades habrían encontrado el favor de Dios y no sido destruidas. ¿Acaso se habría considerado sin importancia la acción que estos siete justos hubieran podido tomar, salvando así estas dos desdichadas ciudades y evitando que quedaran reducidas a la nada? Ahora bien, no dudamos en afirmarlo, la salvación de nuestra sociedad civil moderna se debe a quienes buscan la santidad en los sagrados tribunales de la Penitencia; suponer que a otros les va mal, el fervor de sus oraciones, sus virtudes heroicas frenan los castigos, mediante los cuales la justicia divina ciertamente castigaría, sin estos, al mundo por su impiedad y corrupción. Por tanto, la sociedad moderna no debe menos al sacerdocio la misericordia con que el Señor soberano le muestra; sin embargo, estamos lejos de admitir que el número de los que se presentan al santo tribunal sea tan pequeño como otros imaginan. De hecho, quizá no haya familia que no incluya al menos a uno de sus miembros entre esos fieles piadosos que consuelan a la Iglesia con su asiduidad en el cumplimiento de los deberes impuestos por la religión; y tal vez no haya menos familias en otras ciudades, incluso en aquellos países donde domina la herejía, que no incluyen a católicos tan fervientes. Ahora bien, ¿quién puede dudar de la acción que un buen cristiano o una buena cristiana ejerce en una familia en cuyo seno está? Él conoce bien su impiedad, pues se esfuerza con todos los medios a su alcance en desterrar toda práctica religiosa del hogar doméstico. ¿Qué no se ha dicho, incluso recientemente, en ciertos libros sobre la autoridad absoluta y tiránica que el marido debe ejercer sobre su esposa para impedirle sobre todo acercarse al sagrado tribunal de la penitencia? ¡Como si el marido tuviese autoridad sobre la conciencia de aquella que está destinada a compartir su destino! ¿Y a dónde iría entonces esa libertad de religión, esa libertad de conciencia, que tanto revuelo hoy está dando? Se teme el poder del sacerdote; por tanto, este poder existe. Sin embargo, no se ejerce sólo sobre quienes se relacionan directamente con el sacerdocio en el santo tribunal, sino también sobre sus familiares, e incluso sobre sus vecinos. En consecuencia, es mucho más extenso de lo que comúnmente se piensa; y es una gran felicidad para la sociedad civil moderna, que de otro modo no tardaría en disolverse, como ocurrió en Alemania en tiempos de Carlos V, cuando el protestantismo abolió la confesión. Es, pues, oportuno concluir que el santo tribunal de la Penitencia es uno de los medios más poderosos puestos por el divino fundador de la Iglesia en manos del sacerdocio para ayudarle a cumplir la celestial misión de regeneración, que le confió, diciendo: «Vosotros sois la sal de la tierra» (San Mateo V, 13).
   
ELEVACIÓN EN TORNO A LA ACCIÓN DEL SACERDOCIO A TRAVÉS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
I. ¡Vuestras misericordias son infinitas, oh Dios mío! Conocéis bien el alcance de la fragilidad humana; sabéis que por ligero que sea vuestro yugo, habrá sin embargo en él almas muy viles, que tratarán de escapar de él y quebrantar las leyes, que les disteis sin otro fin que el de conducirlos a la verdadera felicidad; y por eso, en vuestra inefable bondad, os habéis dignado preparar un estanque saludable para estas almas culpables, en el cual lavarse de sus inmundicias; un tribunal de misericordia, en el que la justicia y la paz pudieran intercambiar el beso de la reconciliación. En el colmo de vuestro amor por los hombres, no quisisteis que sus pecados fueran irreparables y sin remedio, que la pérdida de la vida espiritual fuese irreparable. Habéis esparcido ampliamente por la tierra los remedios y medicinas necesarios para la curación de los cuerpos; ¿y podríais haber sido menos queridas las almas, de modo que no les hubiérais preparado remedios iguales para devolverles la salud y la vida? Vos habéis dado a la humanidad hombres eruditos, que estudian con atención los sufrimientos de sus semejantes, y que se proponen con una abnegación incomparable aliviarlos y triunfar sobre ellos: ¿cómo es que no habrías establecido también para las almas enfermas y heridas por el pecado, hombres dotados de una ciencia completamente divina y lo suficientemente poderosos como para levantarlos y curar sus heridas? En efecto, los augustos oficios que el Sacerdocio desempeña en el sagrado tribunal de la Penitencia son precisamente aquellos en los que os dignais aplicar los preciosos frutos de la redención para su sublime ministerio. En ellos fluye cada día esa Sangre adorable que Vos derramasteis en la Cruz, y que quita los pecados del mundo. ¡Qué prodigioso poder habéis confiado a vuestro Sacerdocio! ¡Tiene las llaves del cielo en sus manos! ¡Perdonar en nombre del Altísimo, purificar las almas, devolverles el esplendor de la inocencia, restaurarles la vida… ¿Y a través de qué manos hacéis todas estas maravillas? Ciertamente por las de vuestros sagrados ministros, que han recibido la santa unción y están dotados de un carácter divino. Sin embargo, estos ministros, por sublimes que sean sus cargos y su dignidad, son hombres frágiles y sujetos a las mismas miserias que el resto de los hombres; y en este mismo hecho, Señor, se hacen cada vez más evidentes vuestra sabiduría y vuestra infinita bondad. Sí, son hombres débiles como nosotros, para que puedan creer en nuestra debilidad y compadecerse de las enfermedades de nuestra alma; los Ángeles en lugar de éstos, no habrían podido comprender nuestros fracasos, ni nuestra ingratitud. Pero, oh Salvador mío, ¿podrán estos hombres ser alguna vez dignos de la autoridad divina que les confiáis y nunca podrá encontrarse, ¡ay!, que entre estos pecadores se instalen en vuestro lugar, para absolver a otros pecadores en vuestro nombre? Vuestro amor por las almas no se ha dejado frenar por consideraciones similares. No, después de haber sacrificado por ellos vuestra majestad y vuestra gloria con tanta generosidad en vuestra Pasión, poco os costó perpetuar este sacrificio, puesto que podía conferirles la salvación eterna.

II. Tanto celo nuestro, oh divino Maestro, ¿quedará sin provecho? ¿El dogma de la remisión de los pecados seguirá siendo una letra muerta o estéril en el Evangelio? ¿Sería posible alguna vez que una institución de tu Omnipotencia no lograra el propósito que te habías propuesto? Esto es precisamente lo que afirman, ¡ay!, aquellos que, repugnantes de las humillaciones de la confesión, y más aún de los sacrificios que impone el sacramento de la Penitencia, se alejan del sagrado tribunal. Nosotros, Señor, basta consultar nuestra propia experiencia para convencernos de la eficacia de tal medio de salud puesto en manos del Sacerdocio. Cuando, en la amargura de nuestro corazón, pensamos en los años de nuestra vida que ya han quedado atrás, descubrimos que aquellos en los que tenemos menos errores que deplorar, aquellos en los que hemos disfrutado más de los la felicidad y la paz de una buena conciencia, son precisamente aquellas en las que fuimos más exactos al abordar la confesión. ¿Qué valor, qué fuerza, qué consuelo no hemos sacado de ello? Hay momentos difíciles en la vida de los hombres, en los que el hechizo de la extraña virtud y los horrores del vicio se transforman en atracciones seductoras, todo, dentro y fuera, parece conspirar para pervertir nuestro corazón: los sentidos han languidecido, el alma está sin fuerzas y apenas puede resistir; la mente de acuerdo con el corazón no se atreve a condenar, se cierra en silencio; ¿qué digo? Él parece aprobarlo. En estos encuentros, tan difíciles y tan terribles, las almas que aún viven en la luz de la fe, sólo a los pies del sacerdote encuentran la energía necesaria que estuvo a punto de abandonarlas; y nunca se han ido sin sentirse más tranquilos, más fuertes en la lucha y más seguros de la victoria. De hecho, si tenemos que llorar por nuestros fracasos, rara vez los volvemos a encontrar en los días que siguieron inmediatamente a aquellos en que fuimos a equiparnos con armas para la lucha en el tribunal sagrado; porque en él, oh Dios mío, no sólo concedéis la reconciliación y la paz, sino que os constituís en un misterioso arsenal, donde se depositan los más valiosos auxilios espirituales contra los enemigos de nuestra salud. En nuestras dudas sobre la fe, en las inquietudes y perplejidades de nuestra conciencia, en nuestros escrúpulos, basta una palabra, una bendición de nuestro Padre espiritual para que se disipen instantáneamente. Pero, Señor, ¿por qué no les es dado a los pecadores empedernidos, que finalmente han probado la dulzura de esta misericordiosa institución, protestar en voz alta contra aquellos que afirman que el Sacerdocio, en el tribunal de la Penitencia, sólo ejerce una acción estéril y carente de importantes resultados? Cuántos remordimientos lacerantes han sido calmados; cuántas desesperaciones, cuántas cargas importantes para un alma pecadora se disipan para dar paso a la paz más profunda y a los consuelos más inefables, tan pronto como el sacerdote pronuncia aquellas palabras sacramentales: «Yo te absuelvo…». «Bendice, ¡oh alma mía!, al Señor (exclaman estos pecadores reconciliados, siguiendo el ejemplo del santo Rey David), y bendigan todas mis entrañas su santo Nombre. Bendice al Señor, alma mía, y guárdate de olvidar ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus maldades; quien sana todas tus dolencias; quien rescata de la muerte tu vida; el que te corona de misericordia y gracias; el que sacia con sus bienes tus deseos, para que se renueve tu juventud como la del águila. El Señor hace mercedes, y hace justicia a todos los que sufren agravios. Hizo conocer a Moisés sus caminos, y a los hijos de Israel su voluntad. Compasivo es el Señor y benigno, tardo en airarse y de gran clemencia. No durará para siempre su enojo, ni estará amenazado perpetuamente. No nos ha tratado según merecían nuestros pecados, ni dado el castigo debido a nuestras iniquidades. Antes bien cuanta es la elevación del cielo sobre la tierra, tanto ha engrandecido Él su misericordia para con aquellos que Le temen. Cuanto dista el oriente del occidente, tan lejos ha echado de nosotros nuestras maldades. Como un padre se compadece de sus hijos, así se ha compadecido el Señor de los que le temen. Porque Él conoce bien la fragilidad de nuestro ser. Tiene muy presente que somos polvo, y que los días del hombre son como el heno: cual flor del campo, así florece, y se seca» (Salmo CII). Estos todavía son, ¡oh Dios mío!, nuestros sentimientos y dulces emociones que sentimos cuando recién regresamos de reconciliarnos con Vos. Finalmente, tal vez no veamos todos los días a quienes quieren convertirse y ser mejores, iniciar la obra de su retorno al bien acercándose al sagrado tribunal de la Penitencia; mientras que se extienden aquellos que quieren dar rienda suelta a sus inclinaciones rebeldes.

III. ¡Qué suerte tendrían las familias! ¡Qué maravillosa armonía reinaría entre todos los miembros que los componen, si todos se sometieran regularmente a este juicio de misericordia que Tú, Señor, has establecido en la efusión de tu infinita bondad para con los hombres, no sólo para proporcionarles ¡Un medio fácil para evitar los terribles juicios de vuestra justicia, pero también para extinguir todas las causas de discordia y controversia hasta lo más íntimo! Un asesor o amigo común y corriente no podría agregarle nada; sería igual a nosotros y no tendría autoridad para silenciar nuestras pasiones. En el tribunal de la Penitencia es un consejero seguro y caritativo, un amigo devoto y también un padre, pero ya no es sólo un hombre como nosotros, ya no es nuestro igual. Está revestida de un carácter sagrado, nos habla en tu nombre, oh Señor, tiene derecho a imponer silencio a nuestras rebeliones internas; Es más, ha recibido de Vos el poder de conferirnos una gracia divina que fortalece y fecunda nuestros buenos deseos y nos inspira el valor de ponerlos en práctica. Al hacer el bien de las familias, a través del tribunal de la misericordia, el Sacerdocio hace también el bien de los pueblos; porque en él todos los vicios encuentran su tumba, y todas las virtudes se nutren del estado de ánimo celestial de la gracia, que las sostiene y desarrolla. Allí la injusticia encuentra un juez imparcial, que la obliga inexorablemente a convertir los males adquiridos en bienes; el vengativo no puede obtener el perdón de sus ofensas a Dios, a menos que él mismo perdone a sus hermanos en lo más profundo de su corazón; el hombre enojado aprende a controlar su ira; el orgulloso se ve obligado a humillarse confesando sus pecados; el avaro se desprende poco a poco de los bienes de la tierra, redimiendo sus pecados por la limosna que le fue prescrita; el intemperante se ejercita en la mortificación; el libertino en particular encuentra en esta sana institución el medio más poderoso para domar su carne, y esa gracia que sólo Dios puede dar, y que es la única capaz de engendrar la victoria; el ambicioso finalmente recibe esa lección útil que es, los primeros en la tierra serán los últimos en el reino de los cielos, y los últimos serán los primeros (San Mateo XX, 16). ¿Quién se atrevería a sostener que el ministerio de quien así modera y encadena todas estas pasiones, todos estos excesos, es inútil para la sociedad? ¿De dónde vienen esas revoluciones que hoy trastocan todo el orden social y hacen correr tanta sangre? ¿No será que todas las inclinaciones perversas del hombre han enarbolado la bandera de la independencia, sacudiéndose el yugo de este tribunal benéfico desde temprana edad, en la que se aprende a combatirlas y a triunfar sobre ellas? Quizás sea más honorable para la libertad humana no ser arrestada por sus efectos nocivos sobre la sociedad civil, que por los sargentos y gendarmes de policía, por el Tribunal de lo Penal, por las galeras o por las prisiones; ¿Más que mediante la confesión voluntaria de las propias debilidades, mediante los consejos caritativos de los ministros de Jesucristo y mediante la asistencia divina enviada por el Cielo? ¡Ah! ¡Señor! ¡Qué maravillosa escuela es, pues, la del tribunal de vuestras misericordias! En ella, desde su más tierna juventud, el hombre aprende a conquistarse a sí mismo; en ella está la formación más perfecta de ese espíritu de dependencia, sumisión y respeto a la autoridad, que forma buenos ciudadanos, y es la garantía más segura del orden público. El hombre es demasiado grande, la libertad le es demasiado querida, de modo que fácilmente puede verse reducido a doblegar su voluntad rebelde ante las leyes y bajo un poder puramente humano, es decir, para poder obedecer a sus semejantes; cualesquiera que sean los títulos autorizados de los que se valen, nunca se verá en ellos a nadie más que a sus iguales. Dios tiene ante todo el derecho de poner un freno a la voluntad y a la libertad que ha creado; le conviene dirigirlos por los caminos de sus mandamientos hacia ese fin,
por lo cual nos los dio. Así, en el tribunal sagrado, ya no es un hombre quien habla y manda, es ahora el mismo Cristo, quien dijo: «Quien a vosotros oye, a mí me escucha, y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia» (San Lucas X, 16); ; y cuando otros se someten a él, sólo Dios obedece. De esta manera el sacerdocio ha formado y forma aún a aquellos cristianos heroicos de todas las clases, de todas las condiciones, de todas las edades, de todos los sexos, entre los que se encuentran casi exclusivamente los de corazón casto y desinteresado, y sobre todo los que se consagran al servicio de todas las miserias humanas, y que gastan su persona y sus bienes para hacerse útiles a la comunidad de los hombres. ¿Renuncian tal vez a su libertad por este motivo? ¡Oh! no, Señor, ellos aprecian este don incomparable de vuestra liberalidad; sólo que aprenden a no abusar de ella, y a regular según las luces divinas que os dignáis comunicarles por el ministerio sacerdotal, el uso que quieran hacer de ella. ¡Qué ingratitud, Dios mío, y qué ceguera por parte de los hombres, rechazar y abandonar la práctica de una institución tan sabia y tan específica para procurar el bien de los hombres y de la sociedad civil en este mundo y asegurar su felicidad eterna en el otro! Permitid que, para expiar todas las blasfemias que la impiedad vomita continuamente contra este sagrado tribunal, en el que os mostráis tan misericordioso con los hombres, os bendiga y os dé gracias por siempre; ya que sólo en él puedo encontrar la paz de la conciencia, la vida de mi alma, la prenda más segura de mi reconciliación con Vos, y de la recompensa que tenéis reservada a mi fidelidad.
  
Se repite la Jaculatoria: «San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros», añadiendo el Credo Apostólico:
   
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor: que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado: descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

JACULATORIAS
  • «Restitúyeme la alegría de tu salvador; y fortaléceme con un espíritu de príncipe» (Salmo L, 14).
  • «Lávame aun más de mi iniquidad, y límpiame de mi pecado» (Salmo L, 4).
PRÁCTICAS
  • Escoge un Confesor piadoso y docto, y a falta de un buen director espiritual, consulta con él, tanto para los ejercicios devocionales como para los asuntos de conciencia, y no lo dejes sin causa grave.
  • Confesar con frecuencia, y sería un excelente consejo confesarte al menos una vez por semana. Cuando hayas cometido algún pecado, arrepiéntete inmediatamente, y proponte enmendarlo, y si es falta grave, confiésalo inmediatamente.
  • Mantente alejado de aquellos que niegan perversamente la necesidad del sacramento de la confesión o desaprueban su frecuencia.
℣. Tú eres Pedro.
℟. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que acordaste a tu bienaventurado Apóstol San Pedro el poder de atar y desatar, concédenos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

sábado, 25 de noviembre de 2023

PROYECTO DE LEY EN COSTA RICA BUSCA ATACAR EL SIGILO DE LA CONFESIÓN

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   

El diputado Antonio José Ortega Gutiérrez, del partido izquierdista Frente Amplio de Costa Rica, propuso el 11 de Septiembre el proyecto de ley 23928 que, al reformar una serie de artículos del Código Penal (adición de un inciso 6.º al art. 106), Código Procesal Penal (art. 206; adición de un inciso “d” al art. 281 y de un párrafo final al art. 282) y del Código Civil (adición de un inciso 8.º al art. 880), obligaría a los presbíteros a violar el sigilo de la confesión (y en general atacaría el secreto profesional) frente a casos de abuso sexual de menores.
   
Finalmente, un obispo se tomó la molestia de hablar en contra. El obispo auxiliar de San José, Daniel Francisco Blanco Méndez, dijo en una conferencia en línea titulada “Sigilo sacramental: Una aproximación canónica, jurídica y preventiva” organizada por la Universidad Católica de Costa Rica el 31 de Octubre que tal proyecto de ley era «un delito inaceptable contra las libértas Ecclésiæ (libertades de la Iglesia), que no reciben la legitimidad de los Estados individuales, sino de Dios», recogió el Costarican Times el 20 de Noviembre.
   
Explicó que el proyecto viola la libertad religiosa, que es la base de todas las demás libertades, «incluida la libertad de conciencia de los ciudadanos individuales, ya sean penitentes o confesores».

miércoles, 19 de abril de 2023

MÁS ABERRACIÓN NOVUSORDITA: “CONFESIÓN SILENCIOSA” EN ALEMANIA

La iglesia prebostal de los Santos Pedro y Pablo en Bochum (Alemania) está engañando a los feligreses con (aun más) pseudo-confesiones.
  

El boletín, comprendiendo la Cuaresma y la Pascua, presenta este aviso en su segunda página:
    

TRADUCCIÓN
Oportunidad para Confesión
En los dos años de Corona tuvimos el mandamiento de la confesión silenciosa después de la Santa Misa de la iglesia prebostal. Lo estamos haciendo ahora en todas las iglesias después de la Misa en el domingo de Cuaresma.
  
Todos pueden examinarse por adelantado en casa o en la iglesia. Preparado así, después de la misa te acercas al sacerdote presente, comienzas la confesión con la señal de la cruz y presentas en silencio, sin palabras, tus pecados ante Dios. Luego pides la absolución, que el sacerdote la da nombre de Dios. No hay necesidad de ir al confesionario, y puedes todavía tener tus pecados perdonados. Pero también es posible que agendes una confesión personal regular.
    
En Semana Santa existe la posibilidad de confesión personal en la iglesia prebostal:
  • Lunes-Miércoles Santo: 17:30h.
  • Sábado Santo: 10:00 a 12:00h.

Desconcierta y es absurdo el que, si la “confesión” es silenciosa, y (siguiendo esa lógica), pudiendo entonces Dios simplemente dar una “absolución silenciosa”, sea necesario que esté un presbítero presente para dar la “absolución” por pecados que no conoce, sea por dicho propio del penitente o por escrito (como en el caso de los sordomudos). Pero no es de extrañar, es la Secta Deuterovaticana, que no tiene sacerdotes válidos para absolver los pecados y tampoco tiene el sacramento de la Confesión, al haberlo cambiado por una “Reconciliación” protestantizada con el Decreto “Reconciliatiónem inter Deum et hómines” del 2 de Febrero de 1973, que introdujo también las “Celebraciones penitenciales” con “absolución colectiva” (que casualmente tuvieron auge con el Corona por un decreto de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano).

miércoles, 21 de septiembre de 2022

DE LA SATISFACCIÓN SACRAMENTAL EN LA CONFESIÓN

Leonor de Cobham, Duquesa de Gloucester, haciendo penitencia pública (Gravado de Edmund Evans para A Chronicle of England: B.C. 55 – A.D. 1485/Una Crónica de Inglaterra: 55 a.C. – 1485 d.C. Londres, Longman, Roberts & Green, 1864, pág. 392).
  
P. ¿Que es satisfaccion sacramental? R. Que puede considerarse in re, o in voto. In voto es: Recompensátio sacramentális Deo faciénda propter peccáta conféssa. In re es: Recompensátio sacramentális Deo facta propter peccata confessa. La primera es esencial al sacramento, y la segunda es solamente parte integral de él. Se diferencia de la satisfacción que es parte de la justicia conmutativa, en que esta es ad æqualitátem rei ad rem; mas la sacramental no puede satisfacer con igualdad, y así es parte potencial de la justicia.
    
P. ¿De cuántas maneras puede ser la satisfacción sacramental? R. Que de las siete siguientes: Satisfactoria, medicinal, real, personal, mixta de real y personal, formada e informe. La satisfactoria es la que se ordena a satisfacer por los pecados pasados. La medicinal es la que mira per se primo a precaver los futuros. Se diferencia esta de la primera, en que el que quebranta la penitencia satisfactoria, por lo común solo comete dos pecados; mas el que quebranta la medicinal; v. gr. que no se vea a solas con la manceba, comete tres; uno contra religión, otro contra obediencia, y otro contra castidad, por el peligro a que se expone. La satisfacción real es la que se impone en dinero u otra cosa precio estimable. La personal es la que recae sobre la misma persona, como el ayuno, la oración, la disciplina, u otra cualquiera penalidad. La mixta es la que abraza uno y otro, como si se impone juntamente ayuno y limosna. La formada es la que se cumple en estado de gracia; y la informe la que estando en pecado mortal. Estas dos satisfacciones últimas se distinguen en que la formada satisface verdaderamente por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, en orden a la pena temporal debida por ellos, y esta verdadera satisfacción se llama gracia integral del Sacramento; mas la satisfacción informe queda privada de este efecto; pues sin gracia ni puede haber mérito, ni satisfacción; y aun según la opinion mas probable, no revive, ni produce su efecto esta satisfacción, aun despues de conseguida la gracia; porque si, según la sentencia de Santo Tomás, los sacramentos que no imprimen carácter, no causan el suyo, removida la ficción; esto mismo se deberá decir con más razón de la parte integral de un sacramento que no lo imprime, como es el de la Penitencia. Santo Tomás, in 4. dist. 15. art. 3. q. 1. y q. 3. ad 3.
Las obras que pueden imponerse por penitencia se reducen a estos tres géneros. a saber: Oración, ayuno y limosna. Por oración se entiende, así la mental, como la vocal. En el ayuno están incluidas todas las obras penales, y en la limosna la temporal y espiritual, como son la limosna para celebrar misas por los difuntos, y la aplicación de otros sufragios. El confesor debe guardarse de pedir para sí el estipendio de las misas, ni otras limosnas, cuando las impone en penitencia; y aun es muy conveniente no las reciba, cuando voluntariamente se las ofiecen los penitentes.
Que el confesor esté obligado a imponer penitencia por los pecados confesados es de fe, definido contra los herejes en el concilio de Trento, sess. 14., Can. 12 , 13, 14 y 15. Y aunque esta penitencia se pueda imponer después de la absolución, regularmente debe imponerse antes de ella, pidiéndolo así el orden judicial, que se ejerce en el tribunal de la confesión.
   
P. ¿Tiene el confesor obligación grave a imponer penitencia? R. Que sí; porque de le contrario dejaría al sacramento sin su debida integridad; y así sola la inadvertencia puede excusarle de culpa grave. Esto se entiende, ya sea la confesión de culpas graves nunca confesadas, en lo que todos convienen, ya lo sea de culpas veniales, o de mortales antes confesadas, pues la razón siempre es la misma. Mas no carece de su probabilidad la opinión que dice no ser culpa grave no imponer la penitencia leve, y lo mismo sienten algunos de no cumplirla. Pero para ir nosotros consiguientes en nuestra doctrina, decimos ser culpa grave no cumplir la penitencia leve si fuere total, por la razón dicha de privar al sacramento de su debida integridad. Dejar parte de la penitencia, ya sea interpuesta, ya sea impuesta por pecados mortales, ya por veniales, es culpa leve si lo fuere la materia, según la opinión común.
   
P. ¿Puede el confesor imponer la penitencia a su arbitrio? R. Que podrá, siendo su arbitrio prudente y discreto. Mas debe atender al imponerla a la gravedad o levedad de las culpas, al índole, fuerzas y facultades del penitente, de suerte que por pecados graves imponga penitencia grave, y por los leves, leve regularmente. A los moribundos deberá imponer por entonces alguna breve oración, juntamente con los dolores de la enfermedad; y si sus culpas fueren graves, otra penitencia grave para después, si convalecieren. A los ricos conviene se les impinga, y aun deberá imponérseles limosnas, ayunos y oraciones. A los pobres no se les ha de imponer la limosna, sino aquello que dictare la prudencia, según la condición de la persona y de las culpas. La frecuencia de sacramentos es una obra muy satisfactoria y medicinal: queda a la prudencia de los confesores el prescribirla cuándo y a quienes convenga. Aunque regularmente se deben imponer obras de supererogación, pueden con estas imponerse algunas de las álias mandadas. Ha de leer el confesor los antiguos Cánones penitenciales, no para imponer las penas por ellos prescritas, sino para que sepa instruir a sus penitentes en la severidad con que antiguamente se castigaban los delitos, para que conciban mayor dolor de los suyos, y admitan y cumplan con más gusto las más leves que se les impongan. Debe igualmente cuidar el confesor de no aglomerar muchas penitencias en una misma confesión, con peligro de que se le olviden al confesado; de no imponer penitencias perpetuas, a no ser por el homicidio de algún adulto, en cuyo caso deberá imponer al homicida algunas preces perpetuas por el alma del difunto. También ha de cuidar de no imponer penitencia en la que pueda peligrar el sigilo de la confesión. Puede sí imponerse penitencia si el pecador fuere público, si bien en ello es necesaria mucha madurez y circunspección. Finalmente, debe tener presente el confesor al imponer las penitencias, el que estas sean tales, que no solamente sirvan para castigar los delitos pasados, sino también para precaverlos en lo futuro, como lo advierte el Tridentino, sess. 14., cap. 8.
   
P. ¿Está obligado el penitente a aceptar la penitencia conveniente, y a cumplirla a su tiempo? R. Que sí; porque así lo pide la naturaleza del sacramento, en el que el confesor es juez con facultades dadas por Cristo para castigar los pecados; y porque de lo contrario quedaría sin la debida integridad, como queda dicho. El penitente está obligado a cumplir la penitencia al tiempo señalado por el confesor; y si este no lo señaló, deberá cumplirla quanto antes cómodamente pueda. Ni deben ser oídos los que conceden pueda diferirse su cumplimiento por espacio de un año, pues tanta dilación hace que la penitencia no sea parte moralmente unida con el sacramento, y así quedaría éste en este caso sin su integridad. El que no cumple con la penitencia al tiempo o día señalado por el confesor, debe compensarla en otro, porque el tiempo designado no es ad diem finiéndam, sino ad diem non differéndam. Cumplirla en pecado mortal no es más que culpa venial y no queda obligación, aunque se cumpla en este estado, a cumplirla otra vez; porque ya se cumplió en cuanto a la substancia. Si el penitente se olvidó de la penitencia que se le impuso, deberá preguntarla al confesor; mas si no pudiere, o el confesor no se acuerda de ella, confiese otra vez, a lo menos en común, sus pecados, acusándose al mismo tiempo de su olvido, si fue culpable, para que le imponga otra penitencia conveniente.
    
P. ¿Puede el penitente substituir con autoridad propia a otro que cumpla por él la penitencia? R. Que el decirlo está condenado por el Papa Alejandro VII en la proposición 15, que decía: Pœ́nitens própria auctoritáte substítuere sibi álium potest, qui loco ipsíus pœniténtiam adímpleat. Esta satisfacción sacramental no es como otras que pueden hacerse por tercera persona, por ser personal; y así, no solo cuando es personal debe cumplirla el penitente por sí, sino aun cuando fuere real no podrá encargar a otro su cumplimiento, no habiendo causa para hacerlo. Si la hubiere podrá cumplirla por otro, si fuere real sin mezcla de personal; como si el confesor le impuso en penitencia limosnas, podrá, no pudiendo por sí, darlas por medio de otro, con tal que no le mandase darlas por su propia persona. Puede el penitente aplicar la penitencia en sufragio de las almas del Purgatorio; porque aunque ex ópere operáto sea propia solamente del que recibe el sacramento, ex opere operántis no es tan privativa de él, que no pueda aplicarse por otros: quídquid álii dicant.
    
P. ¿Puede el confesor dejar al arbitrio del penitente la penitencia para que elija la que quisiere? R. Que el confesor siempre debe poner alguna parte de ella bajo de precepto, aunque después pueda dejar alguna otra parte al arbitrio del penitente; porque debe mirar preceptivamente por la integridad del sacramento; y supuesta ésta, puede imponer condicionalmente la penitencia, como diciendo al penitente que haga tal cosa si pudiere: v. gr., que ayune un día; y no pudiendo, que dé tal limosna.
    
P. ¿El confesor puede obligar al penitente a que cumpla la penitencia antes de la absolución? R. Que algunas veces puede y debe obligarle a ello: como si el penitente fue negligente en la restitución del dinero, honor o fama; o en cumplir la anterior penitencia, debe enviarlo a restituir, y cumplirla antes de darle la absolución. Mas en este particular se han de tener presentes tres proposiciones condenadas por Alejandro VIII, de las cuales la primera, que es la 16, decía: Órdinem præmitténdi satisfactiónem absolutióni indúxit non polítia aut institútio Ecclésiæ, sed ipsa Christi lex et præscríptio, natúra rei id ipsum quodámmodo dictánte. La segunda, que es la 17, decía: Per illam praxim mox absolvéndi ordo pœniténtiæ est invérsus. La tercera, que es la 18, decía: Consuetúdo modérna quóad administratiónem sacraménti Pœnitentiæ, étiamsi eam plurimórum hóminum susténtet auctóritas et multi témporis diutúrnitas confírmet, nihilóminus ab Ecclésia non habétur pro usu, sed abúsu.
   
FRAY MARCOS DE SANTA TERESA OCD. Compendio Moral Salmaticense, tomo II, tratado vigesimoséptimo (Del Sacramento de la Penitencia), cap. I. “De la naturaleza, distinción, actos y necesidad de la Penitencia”, punto 10.º “De la satisfacción sacramental”. Madrid, Imprenta de la calle de la Greda, 1808, págs. 113-117.

sábado, 15 de enero de 2022

MES DE ENERO DEDICADO AL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS (DÍA DECIMOQUINTO)

Ejercicio dispuesto a partir de los Pensamientos o Reflexiones Cristianas para todos los días del año, por el Padre Francisco Nepveu SJ, tomo I, Barcelona, imprenta de doña Teresa Pou vda. de Piferrer, año 1755. Las oraciones provienen del Manual Dominico publicado en Dublín por Browne & Nolan Publishers en 1913.
   
MES DEDICADO AL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
«Dios le ensalzó sobre todas las cosas, y le dio nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno». (Filipenses II, 10-11).
   
¡Oh Dulce Jesús!, concededme una viva devoción a vuestro Sagrado Nombre; enseñadme Vos a entender su significado y a realizar su eficacia; a gustar de su dulzura y a confiar en su poder; enseñadme a invocarlo dignamente en todas mis dificultades y aflicciones. Que este sea el último sonido de mis labios moribundos mientras voy a encontrarme con Vos en el Juicio. ¡Oh amadísimo Señor, sed para mí entonces un misericordioso Salvador y no un Juez furioso!
   
DÍA DECIMOQUINTO
MEDITACIÓN: DE LA CONFESIÓN.
PRIMER PUNTO.
¿En dónde luce más la misericordia de Dios y su piedad, que en la penitencia? Confesar sus delitos con un corazon contrito y humilado basta para conseguir el perdón. Múdase en inocente el que se reconoce culpado, y merece ser absuelto por Dios el que se acusa a sí mismo. ¿Qué delincuente de lesa Majestad habría que no quedase libre si para obtener la gracia, le bastase confesar su delito? ¿Sí tendría dificultad en decir su enfermedad a un Médico, si no fuera menester más que decírsela para su curación? ¿Pues por qué nos ha de costar trabajo el descubrir las llagas de nuestro corazón al Confesor, estando seguros que mostrándoselas como se debe, hallamos pronto y perfecto remedio? Verdaderamente merece perecer quien se deja de curar, por omitir un remedio tan fácil y tan seguro.
   
SEGUNDO PUNTO. Tener vergüenza de confesar los pecados es trastornar enteramente el orden; la vergüenza debe estar naturalmente unida al pecado, la gloria a la confesión humilde del pecado. No obstante, cuando se ofrece la ocasión de pecar, lo ejecutamos con osadía y atrevimiento; y, cuando es menester confesarse, estamos con vergüenza y temor. Esta vergüenza y este temor los debíamos aceptar para expiación de la facilidad y atrevimiento con que pecamos. Estas serán en parte remedio de la culpa, algo de la penitencia, y un suplemento a lo que un Confesor prudente calla, por acomodarse a su flaqueza. La soberbia es el origen de esta confesión, puede ser que lo haya sido del pecado; y así será su medicina unida con la humilde y sincera confesión: porque atacar al mal por su origen es una pena respectiva por lo pasado, y preservativa por lo venidero.
   
TERCER PUNTO. ¿Por qué tienes vergüenza de declarar tus pecados a un Sacerdote, que tiene el lugar de Jesucristo y que, o no te conoce, o aunque te conozca, está obligado a guardar un secreto inviolable, y que no le oye sino para absolverte, y en lugar de estimarte menos, concibe más celo, admiración y compasión por una persona que ve prevenida de la gracia, penetrada de un vivo dolor, y en quien reconoce los efectos visibles del valor de la Sangre de Jesucristo y la fuerza de sus auxilios? ¿Además que este hombre, o es pecador, o es Santo? Si es pecador como tú, la experiencia de sus flaquezas le harà compadecer de las tuyas: si es un Santo, tiene el Espíritu de Jesucristo: el Espíritu de Jesucristo es todo compasión y misericordia para los pecadores, jamás desechó a ninguno; y en fin, ello es menester, o descubrir sus pecados a un Sacerdote en secreto para recibir el perdón, o que un día sean publicados a la vista de todo el universo, para recibir la sentencia de condenación: ¿cuál de los dos partidos te parece más ventajoso?
  
FRUTO. Si no pecaras, no fuera menester confesarte; pero pues pecas, no dejes tampoco de confesarte, y toma la resolución de emendar la facilidad y atrevimiento con que pecas, con el valor de vencer la vergüenza de la confesión.
 
«Dixi: confitébor advérsum me injustítiam meam Dómino, et tu remisísti impietátem peccáti mei» [Inmediatamente, Señor, que tomé la resolución de confesarme de mis culpas, habéis tenido la bondad de perdonármelas] (Salmo XXXI, 5).
  
«Male proni in vúlnera, pejus ad remédia verecúndi» [Malo es caer con facilidad en las enfermedades, pero peor es no aplicar los remedios por verguenza] (San Bernardo).
  
ORACIÓN A JESÚS PARA TODOS LOS DÍAS
Oh compasivísimo Jesús, lleno de piedad y misericordia, que no despreciáis los suspiros del malvado; ¡ay!, toda mi vida ha perecido y pasado sin fruto, ni he hecho nada bueno ante vuestra presencia. A Vos, pues, me dirijo, implorando vuestra clemencia. Hablad por mí, satifaced por mí. Lavad toda la inmundicia de mis pecaminosos ojos con las puras lágrimas de vuestros gloriosísimos ojos. Por la dulce compasión de vuestros benditos ojos, removed la iniquidad de mis pecaminosos oídos. Por la pura intención de vuestros santísimos pensamientos, y por el ferviente amor de vuestro traspasado Corazón, lavad toda la culpa de mis malos pensamientos y de mi malvado corazón. Por el conmovedor poder de las palabras de vuestra benditísima boca, borrad todas las ofensas de mi boca corrompida. Por la perfección de vuestras acciones y la crucifixión de vuestras manos, lavad todas las ofensas de mis manos impías. Por el doloroso cansancio de vuestros benditos pies, y por la cruel perforación con los clavos, lavad todas las inmundicias de mis pies pecaminosos. Por la majestuosa inocencia de vuestra vida, y por vuestra incontaminada santidad, lavad todas la asquerosidad de mi vida corrupta. Finalmente, lavad, borrad y extinguid todos los pecados de mi corazón y de mi alma en las abundantes corrientes de vuestra preciosísima Sangre, para que así, por vuestros santísimos méritos, pueda ser debidamente limpio, y en adelante guarde sin mancha todos vuestros mandamientos. Amén.
  
Di en reparación por las blasfemias proferidas contra los Santos Nombres de JESÚS y MARÍA:
¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea su Santísimo Nombre!
¡Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre!
¡Bendito sea el Nombre de Jesús!
¡Bendito sea su sacratísimo Corazón!
¡Bendita sea su preciosísima Sangre!
¡Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito!
¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima!
¡Bendita sea su santa e inmaculada Concepción!
¡Bendita sea su gloriosa Asunción!
¡Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre!
¡Bendito sea su Inmaculado Corazón!
¡Bendito sea San José, su castísimo Esposo!
¡Bendito sea Dios en sus Ángeles y Santos! Amén.
   
JACULATORIAS:
  • ¡JESÚS mío, misericordia! (100 días de Indulgencia cada vez).
  • JESÚS, DIOS mío, Te amo sobre todas las cosas (50 días de Indulgencia).
  • JESÚS, Hijo de David, ten misericordia de mí (100 días de Indulgencia, una vez al día).
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

DE LA FORMA DE ABSOLUCIÓN, Y SI SE PUEDE DECIR EN VOZ BAJA

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO, ampliado en algunos lugares.
   
En el Ritual Romano tradicional (el manual latino para los ritos de los Sacramentos) instruye al confesor que diga en voz audible la absolución junto con las oraciones acompañantes, mientras el confesor debe escucharlas en silencio.
Cualquier Acto de contrición debe ser dicho por el penitente antes de acercarse al Sacramento de la Penitencia.
  
«Queridos Padres de TRADITIO: He estado preguntándome por qué los sacerdotes Católicos tradicionales con los que me he estado confesando durante más de veinte años no me dicen audiblemente las palabras de la absolución. Incluso le hablé a nuestro sacerdote sobre ello, y no me respondió, sino que continuó dándome el “tratamiento silencioso”. En todos estos años, solo dos sacerdotes católicos tradicionales muy ancianos dijeron las palabras de la absolución en forma tal que pudiera oírlas claramente. Eso me hace pensar que la práctica de impartir la absolución en voz alta es la verdadera práctica tradicional. ¿Los sacerdotes tradicionales más jóvenes son tímidos, avergonzados, inseguros o qué?» (María).
   
RESPUESTA DE LOS PADRES DE TRADITIO
En el Ritual Romano tradicional (el manual latino para los ritos de los Sacramentos y otras ceremonias), título tercero, capítulo II: “Forma común de la Absolución”, consta la forma canonizada por el Concilio de Trento [Traducción solo para fines instructivos, no para uso oficial; en negrilla las palabras esenciales para la validez del Sacramento]:
Cuando se quiera absolver al penitente, impuesta previamente y aceptada por él una penitencia saludable, decir primero:
Misereátur tui omnípotens Deus, et dimíssis peccátis tuis, perdúcat te ad vitam ætérnam (Dios todopoderoso tenga misericordia de ti, y perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna). Amen.
    
Luego, elevada la mano derecha hacia el penitente, decir:
Indulgéntiam, absolutiónem ✠, et remissiónem peccatórum tuórum tríbuat tibi omnípotens et miséricors Dóminus (El Señor todopoderoso y misericordioso te conceda la indulgencia, la absolucióny el perdón de tus pecados). Amen.
   
Dóminus noster Jesus Christus te absólvat: et ego auctoritáte ipsíus te absólvo ab omni vínculo excommunicatiónis, suspensiónis, et interdícti, in quántum possum, et tu índiges. Deínde ego te absólvo a peccátis tuis in nómine Patris, et Fílii , et Spíritus Sancti (Absuélvate Nuestro Señor Jesucristo: y por su autoridad te absuelvo de toda cadena de excomunión, suspensión y entredicho, en cuanto puedo y necesitas. Por tanto, yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo). Amen.
  
Si el penitente es laico, omitir la palabra suspensiónis. El Obispo, al absolver, puede hacer tres cruces.
   
Pássio Dómini nostri Jesu Christi, mérita beátæ Maríæ vírginis, et ómnium Sanctórum, quídquid boni féceris, et mali sustínueris, sint tibi in remissiónem peccatorum, augméntum grátiæ, et prǽmium vitæ ætérnæ (La pasión de Nuestro Señor Jesucristo, los méritos de la Bienaventurada Virgen Santa María y todos los Santos, todo el bien que hicieres y el mal que sufrieres, te sean para el perdón de los pecados, aumento de la gracia y premio de la vida eterna) Amen.
  
En las confesiones más numerosas o breves, puede omitirse el Misereátur, &c., bastando decir: Dóminus noster Jesus Christus, &c. anterior, hasta el Pássio Dómini, &c.
    
En caso de alguna grave necesidad por hallarse en peligro de muerte, se puede decir más brevemente:
Ego te absólvo ab ómnibus censúris, et peccátis; in nómine Patris, et Fílii ✠, et Spíritus Sancti (Yo te absuelvo de todas censuras y pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo). Amen. 

En el contexto ordinario, la palabra latina “dicit” indicaría una pronunciación audible. Normalmente, el sacerdote diría la absolución del modo descrito arriba (aunque San Antonio María Claret en su obra “El Colegial o Seminarista teórica y prácticamente instruido” aconseja que el sacerdote se acostumbre a decirla en voz baja, previendo que en algunos casos no se puede absolver al penitente), mientras el penitente escucha en silencio.
     
Si bien el Ritual Romano no tiene ninguna provisión sobre el decir el penitente un Acto de contrición durante la confesión, en algunos lugares se acostumbra que el penitente diga en voz baja el acto de contrición mientras el sacerdote lo exhorta antes de la absolución, la teología sacramental católica tradicional enseña que el acto de presentarse uno mismo a la confesión ya indica la contrición por el pecado. Tal Acto de contrición debería tener lugar antes de acercarse a la Confesión como parte de su elicitación para la contrición y un firme propósito de enmienda.

sábado, 3 de octubre de 2020

EL PELIGRO DE CALLAR LOS PECADOS MORTALES EN LA CONFESIÓN

En la provincia de Güeldres hubo una mujer que por espacio de once años calló en la confesión un pecado de deshonestidad que había cometido. Pasando por el pueblo en que vivía esta mujer, dos religiosos de la Orden de nuestro Padre Santo Domingo, uno Sacerdote y otro lego, se acercó al primero, creyendo ocasión oportuna de confesar a aquel desconocido el pecado que tantas veces había callado, y le pidió que la oyese de confesión. Accedió gustoso el religioso y mientras la confesaba, el compañero permaneció en oración en la misma iglesia, y luego observó que mientras aquella mujer se confesaba salían de ella muchas y asquerosas culebras, y que una más disforme y asquerosa que las demás, asomaba de cuando en cuando la cabeza para salir, más luego volvía a recogerse, y que cuando se hubo recogido del todo al terminar la confesión, todas las demás que habían salido volvieron a entrar en aquella mujer. Acabada la confesión, los dos religiosos siguieron su camino, y andadas algunas millas, el religioso lego refirió al otro la visión que había tenido en la iglesia. Este sospechó al momento lo que aquella visión significaba, y determinó volver atrás con el objeto de decir a aquella mujer que volviese al confesonario, más al llegar al pueblo luego les dieron la infausta noticia de que aquella mujer muriera de repente al entrar en su habitación. Consternados los religiosos al oírlo, determinaron pasar tres días en ayuno y oración, pidiendo a Dios que se dignase manifestarles el estado de aquella alma en el otro mundo. En la noche del tercer día se les apareció aquella infeliz mujer rodeada de abrasadoras llamas, y arrastrada por un demonio en figura de horrible dragón; alrededor del cuello tenía enroscadas dos serpientes que la oprimían la garganta y le mordían cruelmente los pechos; en la cabeza una víbora horrible que la punzaba sin cesar; en los ojos dos sabandijas asquerosísimas que la roían sin descanso; en los oídos saetas encendidas que la penetraban hasta el cerebro; de su boca salían llamas de fuego, y dos monstruosos perros la atenazaban y mordían continuamente las manos y los pies, atados con cadenas de fierro candente; y dando un espantoso grito, dijo: «¡Ay de mí! ¡Yo soy la misma desventurada mujer que habéis confesado hace tres días! Aquellas asquerosas culebras que salían de mí, eran los pecados que iba confesando, y aquella otra más disforme era figura de un pecado deshonesto que siempre he callado por vergüenza en las confesiones. Al ver en vos un confesor desconocido intenté confesarlo, pero el demonio me sugirió tal vergüenza que volví a callarlo como siempre. Por eso ha visto vuestro compañero que al terminar la confesión se recogió definitivamente, y con él volvieron a mi todos los demás que había confesado. ¡Ay! ¡Y cuánto me atormentan ahora, y cuán fácilmente pude confesarlos todos y salvarme! Pero cansado Dios de sufrirme tantos pecados y sacrilegios, me mandó una muerte repentina, y me arrojó a los infiernos, en donde soy atormentada horrorosamente por los demonios en figura de horribles animales.
    
Esta víbora que traigo en la cabeza es un demonio que me atormenta espantosamente por mi orgullo y soberbia, y por la vanidad y esmerado cuidado en adornarme para servir de lazo a las almas de los jóvenes incautos y lascivos; las sabandijas que me roen los ojos son otros dos demonios que me atormentan sin cesar por mis miradas impuras y libidinosas; estas saetas encendidas me traspasan los oídos, por haber puesto atención y escuchado con gusto murmuraciones, palabras torpes y canciones deshonestas; estas serpientes que traigo enroscadas al cuello son también otros dos demonios que me ahogan la garganta y me muerden los pechos, por haberlos llevado siempre con poco recato, y a veces de un modo provocativo, por los abrazos deshonestos que he admitido, y por las alhajas y preseas con que excesivamente me he adornado; estos perros rabiosos me atenazan las manos y los pies por mis malas acciones y tocamientos impuros, por mis bailes y paseos a los sitios en que se ofendía a Dios; pero lo que más me atormenta sobre todo esto, es este formidable dragón que me arrastra. Éste me roe y despedaza las entrañas, me punza el corazón, me aprieta y atormenta en todos los miembros que han servido a la iniquidad, me recuerda todos mis pecados, y por cada especie de ellos me da un tormento particular insufrible.
   
¡Desgraciada de mí! ¡Ya no tengo remedio! ¡Para mí se acabó ya el tiempo de la misericordia! ¡Ay! ¡Y cuán fácilmente pude salvarme! ¡Oh maldita vergüenza que me has abandonado para pecar, y me has atado para confesarme!». Dicho esto dió un grito espantoso, abrióse la tierra, y el horrible dragón la arrastró consigo a los infiernos, en donde sus tormentos jamás tendrán fin.
   
¿Y qué ha de ser de ti, oh cristiano que esto lees, si por tu desgracia has callado algunos pecados en la confesión, y no té resuelves a confesarlos cuanto antes? ¿Qué ha de ser de ti si al momento no reparas por medio de una confesión general, tantos pecados, tantos sacrilegios como has cometido? ¿No temes que te suceda lo que a aquella desventurada mujer? Ella había callado un solo pecado mortal, y por más que confesó los demás, ninguno le fue perdonado, y por todos es y será eternamente atormentada en los infiernos. Otro tanto te sucederá a ti seguramente si la muerte te sorprende en ese mal estado. ¡No lo permita Dios!
   
P. Fray ANDRÉS MARÍA SOLLA GARCÍA OP, S. Th. D., Misionero Apostólico. “El gran lazo del Infierno preparado para las confesiones sacrílegas, y aviso a los cristianos para que se precaven de caer en él”. Santiago de Compostela, Estab. Tip. de Souto e Hijo, 1865.

jueves, 6 de agosto de 2020

LAS TRES VISITAS, O MÉTODO PARA HACER UN ACTO DE CONTRICIÓN PERFECTA

«¿Deseáis conocer un camino fácil para excitaros el verdadero dolor de vuestros pecados? Haced estas tres cortas visitas: la primera arriba, la segunda abajo, y la tercera en medio.
   
Vuestra visita arriba os mostrará el Paraíso, al cual habéis renunciado por algún placer vacío, por algún pensamiento, palabra o acto pecaminoso. El disgusto que surgirá en vuestro corazón al pensamiento de esta pérdida será la buena atrición, o contrición imperfecta, y en la Confesión bastará para lavar vuestros pecados.
   
Vuestra visita abajo os mostrará ese horrible lugar al cual iríais ahora si Dios hubiera ejercido Su justicia, ese lugar donde para siempre sufriríais el tormento del fuego, lejos de vuestro verdadero hogar que es el Cielo. El dolor que surge de esta consideración también es excelente, y suficiente en la Confesión.
  
Vuestra tercera visita os mostrará a Cristo crucificado y muriendo por vosotros en el Calvario en medio de dolores e insultos de toda clase. El conocimiento que el Crucificado es la Infinita Bondad misma, vuestro mayor Bienhechor, al cual en vez de amar lo habéis insultado y crucificado, despertará en vuestro corazón sentimientos de amor y de dolor que apartarán vuestros pecados incluso antes que entréis al confesionario».
  
SAN CARLOS BORROMEO

lunes, 23 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA VIGÉSIMO TERCERO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA VIGÉSIMOTERCERO — 23 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
28- ¿Porque se refugió José en Egipto?
Herodes engañado por los magos y temiendo que el Niño que iban a adorar fuese un día el que le echara de su trono, dio orden de asesinar a todos los niños de menos de dos años que se hallaran en Belén y sus alrededores, creyendo que por estas medidas, el niño que había nacido y que le habían dicho que era el Mesías, seria incluido en el asesinato, y no escaparía a su venganza.

Pero el Cielo velaba por su conservación y mientras que Herodes meditaba su cruel designio, un Ángel se apareció a José en sueños, y le dijo: “Levantaos, tomad el niño y a su madre, huid a Egipto y permaneced allí hasta que se os ordene volver: porque Herodes se dispone a buscar al niño, para hacerle morir”. Y José, añade la escritura santa, se levantó al punto, huyó con el niño y su madre, y se retiró a Egipto. Luego si José huye de su querida patria, y conduce a Jesús y a María a Egipto, es por obedecer las órdenes del Cielo: es para evitar que el niño que le ha sido confiado caiga bajo los golpes del furor de Herodes.

El lugar del destierro está muy distante; hay cerca de ciento cuarenta leguas del país natal; el viaje será, por consecuencia, pesado, durará cerca de quince días; no importa, el Cielo habla, el niño está en peligro y José obedece. ¡Que fe! ¡Que obediencia!

29- ¿Qué partida de ladrones era la que José, María y Jesús encontraron en su huida a Egipto?
Los santos viajeros estaban próximos a entrar en la vasta llanura de la Siria, donde esperaban estar libres de los lazos de su cruel perseguidor, cuando contra sus costumbres, continuaron su camino entrada ya la noche, para estar más pronto en seguridad y apresurar su llegada; pero de repente se presentaron unos hombres armados para estorbarlos el paso: era una banda de malvados que desolaban el país, cuya temible fama se había esparcido por todas partes. José y María se pararon y rogaron al Señor en silencio, porque la resistencia era imposible: lo más podían confiar que los bandidos les dejasen la vida. El jefe se separó de sus compañeros y se adelantó hacia José, para ver qué debía hacer; pero a la vista de aquel hombre desarmado, de aquel niño que dormía tranquilamente sobre el seno de su Madre, se ablandó el corazón sanguinario del bandido. Lejos de querer hacerles mal, bajó la punta de su lanza y alargó la mano a José, ofreciéndole hospitalidad para él y su familia: este jefe se llamaba Dimas. La tradición cuenta que pasado el tiempo fue cogido por los soldados y condenado a ser crucificado, colocándole en el Calvario al lado de Jesús, y le conocemos con el nombre del Buen Ladrón.

30- ¿Qué milagro obró el Cielo en esta huida en favor de la Santa Familia?
Según la Ciudad Mística de María de Ágreda, al término de la segunda jornada, José y María se hallaron con que las provisiones que habían preparado para su manutención se les habían agotado, de tal manera que continuaron su camino todo el día siguiente, sin tomar ningún alimento. Por la tarde, cuando se pararon para descansar, estaban extenuados de hambre y cansancio. María, viendo que les faltaba todo humano recurso, y que su conservación parecía imposible, se decidió a pedir al Cielo un milagro; pero el Cielo no se hizo esperar, porque para María el suplicar es obtener. Y en efecto, apenas la augusta Señora había concluido su súplica, cuando ya estada preparada una comida servida por mano de los Ángeles. Esta comida consistía en pan y frutas, alimentos convenientes a su frugalidad. Esta milagrosa comida, debió recordarles sin duda, un beneficio semejante concedido en el mismo sitio a uno de los antiguos profetas; pues ocurrió en el desierto de Bersabé, lo mismo cuando un Ángel sirvió al profeta Elías un pan cocido en la ceniza, que le dio la fuerza suficiente para llegar hasta la montaña de Horeb. Desde este día los Ángeles tuvieron el cuidado de alimentar a los santos esposos, y el milagro no cesó hasta su entrada en Egipto.
  
SAN JOSÉ, MODELO DE PRUDENCIA.

No puede ponerse en duda que Dios, al querer confiar en San José el cuidado de Jesús y María y destinarle a ser la guarda de estos tesoros inestimables, le habrá comunicado en toda su plenitud el espíritu de prudencia, como lo hizo en otro tiempo con José hijo de Jacob, aunque destinado a una misión de mucho menos importancia.

Entre todos los justos, era preciso que San José manifestase con la mayor exactitud en su conducta la de la misma Providencia; pero Dios obra siempre con número, peso y medida; todo lo coordina teniendo en cuenta el objeto que se propone, o en otros términos, únicamente obra según las reglas de la prudencia. José ha sido el digno ecónomo del Divino Padre de familias; por consiguiente, debió tener esta virtud en un grado exacto y discernir perfectamente lo que era saludable o nocivo a los intereses de su dueño para hacer uso de ello o para no ponerlo en ejecución.

Considerémosle hoy en el ejercicio de esta virtud y deduzcamos de su conducta lo que debemos hacer para merecer que se pueda también decir de nosotros que somos servidores verdaderamente fieles y prudentes.

José, por espíritu de prudencia, toma como los grandes principios de la fe, persuadido de que ha sido criado para Dios sólo; no aprecia, ni busca, ni emplea otros medios que aquellos que son más a propósito para conducirle a su divino objeto.

El espíritu de prudencia hace que José emplee el tiempo sabiamente; todos los instantes de su preciosa vida son para él ocasiones de adelantar en el camino de la santidad y de adquirir méritos para el Cielo: es enteramente fiel a la gracia, porque sabe que esta fidelidad determina la medida de gloria eterna con que Dios recompensa a sus elegidos. Su profundo recogimiento le hace prestar atención a lo que le dice en el fondo de su alma el Espíritu Santo cuya voz oye tanto más cuanta es mayor la docilidad con que la escucha.

Por este espíritu de prudencia, prefiere José en todas las cosas aquello que puede conducirle con más seguridad a Dios; y he aquí por qué escoge la pobreza de los bienes de la tierra, el ejercer una profesión oscura a los ojos de los hombres, el permanecer oculto e ignorado, el vivir olvidado de todos; porque comprende que de este modo tiene el alma mayor facilidad para unirse a Dios: por ese motivo sigue la inspiración celestial que le conduce a hacer voto de virginidad y se consagra en cuerpo y alma al servicio de Dios.

Por este espíritu de prudencia, se esfuerza José en adquirir la perfección, aspira a una santidad consumada, y va siempre más allá del deber, comprendiendo que el ser generoso para con Dios es el medio más seguro de atraer sobre nosotros sus gracias y tener una parte en sus liberalidades. Pero no solamente emplea José con la mayor discreción los medios más propios para conducirle a Dios, sino que además se precave contra todo aquello que podría serle un peligro o un obstáculo relativamente al fin que se ha propuesto. Obrando siempre por espíritu de prudencia, se entrega al retiro en cuanto le es posible, huye de un mundo tan peligroso para la inocencia, separando de él su espíritu y su corazón, y permanece indiferente a sus pompas y extraño a sus alegrías, manifestando con esta conducta la verdad de aquella máxima de la Sagrada Escritura: «El que ama el peligro, perecerá en él».

Por lo tanto, José ha sobresalido en la virtud de la prudencia aún antes de ser el esposo de María, cuanto más desde que se ha unido a aquella a quien la Iglesia invoca bajo el nombre de «Virgen prudentísima»; entonces principalmente fue cuando comprendió con toda perfección por los ejemplos y las palabras de su Santísima Esposa, qué medios se emplean para unirse a Dios los que quieren sinceramente vivir solo para Él y de qué precauciones se rodean para conservar en su corazón con toda su pureza el fuego de su santo amor.

Pero veámosle ejerciendo su cargo de padre nutricio del niño Jesús. ¿Cuánto no resplandeció aquí su prudencia? No parece sino que dirigió a Dios Padre estas palabras del patriarca Judá: «Yo me encargo de este Niño: a mí es a quien deberéis pedir cuenta de él»: ¡Con qué atención vela sobre Jesús! Cuántas precauciones toma para que no le suceda desgracia alguna! En cuánto se lo permiten las obligaciones de su estado no aparta de él sus pensamientos, y solo emplea su inteligencia en considerar lo que debe hacer para la conservación del divino Niño. Recordemos las dificultades que experimentó a causa de su pobreza y de la persecución de Herodes, y de las cuales triunfó por completo. Traigamos sobre todo a la memoria la huida a Egipto, que tantos peligros ofrecía, y su vuelta a Israel donde se estableció en Nazaret que estaba fuera de la jurisdicción de Arquelao, y comprendamos que en la persona de nuestro glorioso patrono nos ofrece Dios un perfecto modelo de prudencia.

Así cuando el Evangelio pregunta «quién es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha confiado el cuidado de su casa», se puede responder con entera seguridad, que este siervo es José; porque él es principalmente quien ha conocido y ejecutado la voluntad del divino Maestro, preparando a todos los de su familia lo que les era necesario, y guardando fielmente el depósito confiado a su solicitud.

A nosotros ha confiado también Dios un depósito precioso: este depósito es ciertamente nuestra alma, con todas las gracias que nos son necesarias para hacerla digna de sus eternos destinos, y en segundo lugar las almas de los que están a nuestro cuidado, ¡y qué otra cosa podrá haber en la tierra de inmenso valor y que tanto nos interese!

Debemos, pues, procurar sobresalir en la prudencia, porque, ¿cuántos peligros corremos respecto de nuestra alma? ¡Qué precauciones no necesitamos para conservarnos puros, y para mantenernos en el fervor!

Es necesario por lo tanto, después de haber pedido a Dios la gracia por la intercesión de San José, aplicarlas incesantemente a la adquisición de esta virtud tan necesaria para nuestra propia salvación.       
COLOQUIO
EL ALMA: Padre mío, ayer me habéis hablado del pecado y del horror que debe inspirar a todo el mundo; ¿seríais tan bueno que quisierais hablarme hoy de la necesidad de la confesión?

SAN JOSÉ: El que ha ofendido a Dios mortalmente, no puede sustraerse a la condenación sino confesando sus pecados.

EL ALMA: Yo me arrepiento de mis pecados pasados, Padre mío; estoy firmemente resuelta a corregirme de ellos y hacer una severa penitencia; pero siento una repugnancia invencible a confesarme.

SAN JOSÉ: La confesión es el único medio de recobrar la gracia de Dios y la participación en la herencia eterna. Todo lo que hagas con este objeto será útil para tu salvación. Por otra parte, si te arrepientes sinceramente de tus pecados como dices, ¿rehusarías echar mano de un recurso tan fácil que el mismo Jesucristo ha instituido para borrarlos? ¿Quién puede impedírtelo?

EL ALMA: La vergüenza, Padre mío, porque al fin mi confesor es un hombre como yo, y me repugna confesar mis faltas a uno de mis semejantes.

SAN JOSÉ: Es cierto que la confesión humilla, y por esto el divino Salvador la ha establecido, con el fin de avasallar el orgullo que es el primer mal y el origen de todos los pecados. Por eso, todos los hombres están sujetos a esta ley: nadie puede evitarla, y los que están revestidos del poder sacerdotal, lo mismo que los demás, están obligados a someterse a ella. Domina esta mala vergüenza, hija mía, la confusión se halla en el pecado; la confesión voluntaria devuelven la paz y la felicidad.

EL ALMA: ¡Oh gran Santo! Mis confesiones precedentes no han sido sinceras; he engañado a mi confesor; es una cosa que no puedo resolverme a confesarla.

SAN JOSÉ: ¡Desgraciada! ¿Querrás mejor entonces sufrir la vergüenza delante del universo entero el día del Juicio final y arder eternamente en el Infierno? El demonio ha conseguido cambiar el remedio en mal; ¿y quieres por tu endurecimiento asegurarle la victoria y pertenecer un día al número de sus infortunadas víctimas? Recurre a María, y ella obtendrá para ti la gracia de vencer tu vergüenza; procura hacerlo sin demora, y ten presente que el tiempo de una enfermedad es el menos oportuno para emprender un negocio de tanta importancia; y por otra parte, ¿estás segura de estar enferma antes de morir? ¿Te han sido revelados la hora y el género de tu muerte? El Infierno está lleno de buenas resoluciones, y aquel que confía al porvenir la obra de su conversión, corre peligro inminente de condenarse.

EL ALMA: Pero, ¿qué juzgará mi confesor de mi disimulo? Temo mucho sus reprensiones y su desprecio.

SAN JOSÉ: ¿Y por qué había de reñirte en el momento en que le dabas una prueba tan grande de confianza? ¿Por qué te había de reprender cuando dabas un paso tan penoso para volver a la gracia de Dios? A no dudarlo, te hará ver lo horrible de tu falta, procurará que renazcan en tu corazón los sentimientos de contrición que te harán obtener el perdón; pero aborrecerte o despreciarte, no lo creas. Además, si este paso te parece penoso, dirígete por esta vez a otro confesor, con el cual puedes hacer una confesión general, al menos desde la época que tus confesiones hayan carecido de sinceridad y contrición; este es el medio más seguro, no sólo de volver a la gracia de Dios, sino de ayudarte poderosamente para romper con tus costumbres viciosas y reanimar tu piedad. El espíritu del hombre es tan ligero, que le son necesarios algunos estimulantes para perseverar en el servicio de Dios, y ninguno es mejor para este objeto que una confesión general bien hecha. Si te cuesta mucho trabajo declarar ciertos pecados, puedes decir a tu confesor: «Padre mío, me hace falta vuestro socorro; he cometido pecados que no me atrevo a confesar». Entonces te preguntará, y tú podrás explicar con facilidad lo que más te haga padecer. Te lo repito otra vez, no lo demores más; créeme, una muerte súbita puede sorprenderte, como a muchos que habrás visto pasar instantáneamente de la más completa salud a los brazos de la muerte, y que han comparecido ante el tribunal de Dios sin haber podido arreglar de antemano su conciencia Evita esta desgracia, hija mía, y considera que no hay comparación posible entre una confusión de un momento y los sufrimientos eternos.  
RESOLUCIÓN: Hacer cada mes nuestra confesión como si fuera la última. Nunca confesarse sin la preparación suficiente.
  
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).