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domingo, 30 de noviembre de 2025

EVITAR LA GULA Y LA PREOCUPACIÓN MUNDANA, PARA NO SER SORPRENDIDOS EN EL DÍA DEL SEÑOR


«Cuando el Salvador instruía a sus discípulos sobre el adviento del reino de Dios y el fin del mundo y de los tiempos, y enseñaba en aquellos Apóstoles a toda su Iglesia, dijo: “Velad, pues, sobre vosotros mismos, no suceda que se ofusquen vuestros corazones con la glotonería y embriaguez, y los cuidados de esta vida” (Luc. XXI, 34). Este precepto, carísimos, reconocemos que se refiere en modo especial a nosotros, a los cuales el día anunciado, si bien escondido, no hay duda que esté cercano. Es oportuno que todo hombre se prepare a su advenimiento: a fin que no encuentre a ninguno dedicado al vientre o atrapado en las preocupaciones mundanas. Porque, carísimos, la experiencia cotidiana demuestra que la agudeza de la mente es ofuscada por la saciedad de la bebida, y el vigor del corazón es debilitado por el exceso de comidas; así que el placer de comer es contrario incluso a la salud del cuerpo, a menos que la razón de la templanza se oponga a la atracción y sustraiga al placer lo que será una carga. Porque aunque la carne no desea nada sin el alma, y de ella recibe los sentidos de los cuales toma también el movimiento, es tarea del alma negar algunas cosas a esta sustancia que le está sometida, y con un juicio interior frenar los excesos exteriores; a fin que, más a menudo libre de los corpóreos deseos, pueda atender a la divina sabiduría en el aula de la mente: donde, acallando todo estrépito de las preocupaciones terrenas, se deleite en las meditaciones santas y en las delicias eternas».
   
SAN LEÓN MAGNOSermón 8.º sobre el ayuno del mes décimo. En Migne, Patrología Latína LIV, cols. 185-186. Traducción propia.

martes, 22 de julio de 2025

LEÓN PRÉVOST CONTRA SAN LEÓN MAGNO


El pasado 17 de Julio, León XIV Riggitano-Prévost recibió a la peregrinación ecuménica ortodoxo-católica estadounidense encabezada por los polémicos Elpidóforo Lambriniadis (arzobispo fanariota de Estados Unidos) y Joseph William Tobin Kerwin C.Ss.R. (cardenal y arzobispón de Newark) en Castelgandolfo, y les dijo lo siguente:
«La unidad entre los creyentes en Cristo es uno de los signos del don divino de la consolación; la Escritura promete que “en Jerusalén serán consolados” (Is. 66, 13). Roma, Constantinopla y todas las demás Sedes no están llamadas a disputarse la primacía, para no correr el riesgo de encontrarnos como los discípulos que, en el camino, precisamente mientras Jesús anunciaba su pasión inminente, discutían sobre quién de ellos era el más grande (cf. Mc. 9, 33-37)».
Sin embargo, es notorio y de fe que la Sede primera y primaria está en Roma:
  • CONCILIO DE SÁRDICA (actual Sofía, Bulgaria): «Hoc enim óptimum, et valde congruentíssimum esse vidébitur, si ad caput, id est, ad Petri Apóstoli sedem, de síngulis quíbusque provínciis Dómini réferant sacerdótes [Porque parecerá excelente y muy conveniente que de cualesquiera provincias acudan los sacerdotes del Señor a su cabeza, es decir, a la sede de Pedro Apóstol]» (Carta “Quod semper credídimus”, año 344, en la que se remiten al Papa San Julio I las Actas del concilio, cuyos cánones 4.º y 7.º –propuestos por el obispo Osio de Córdoba– establecían que la Sede Romana era la segunda instancia en los juicios a los obispos).
  • SAN SIRICIO: «Consultatióni tuæ respónsum cómpetens non negámus, quía offícii Nostri consideratióne non est Nobis dissimuláre, non est tacére libértas, quíbus major cunctis Christiánæ religiónis zelus incúmbit. Portámus ónera ómnium qui gravántur; quin immo hæc portat in Nobis beátus Apóstolus Petrus, qui Nos in ómnibus, ut confídimus, administratiónis suæ protégit et tuétur herédes [No negamos la conveniente respuesta a tu consulta, pues en consideración de nuestro deber no tenemos posibilidad de desatender ni callar, nosotros a quienes incumbe celo mayor que a todos por la religión cristiana. Llevamos los pesos de todos los que están cargados; o, más bien, en nosotros los lleva el bienaventurado Pedro Apóstol que, como confiamos, nos protege y defiende en todo como herederos de su administración]» (Carta “Dirécta ad decessórem”, a Himerio, obispo de Tarragona, 10 de Febrero del año 385).
  • SAN INOCENCIO I: «In requiréndis Dei rebus… antíquæ traditiónis exémpla servántes… nostræ religiónis vigórem non minus nunc in consuléndo quam ántea, cum pronuntiáretis, vera ratióne firmástis, qui ad Nostrum referéndum adprobástis esse judítium, sciémtes, quid Apostólicæ Sedi, cum omnes hoc loco pósiti ipsum séqui desiderémus Apóstolum, debeátur, a quo ipse episcopátus et tota auctóritas nóminis hujus emérsit. Quem sequéntes tam mala jam damnáre nóvimus quam probáre laudánda, velut id vero, quod Patrum institúta sacerdotáli custodiéntes offício non censétis esse calcánda quod illi non humána sed divína decrevére senténtia, ut quícquid quámvis de disjúnctis remótisque provínciis agerétur, non prius ducérent finiéndum, nisi ad hujus Sedis notítiam perveníret, ut tota hujus auctoritáte, justa quæ fúerit pronuntiátio, firmarétur, índeque sumérent cœ́teræ Ecclésiæ, velut de natáli suo fonte áquæ cunctæ procedérent et per divérsas tótius mundi regiónes látices cápitis incorrúptæ manárent, quid præcípere, quos ablúere, quos velut in cœno inemundábili sordidátos mundis digna corpóribus unda vitáret [Al buscar las cosas de Dios… guardando los ejemplos de la antigua tradición… habéis fortalecido de modo verdadero… el vigor de vuestra religión, pues aprobasteis que debía el asunto remitirse a nuestro juicio, sabiendo qué es lo que se debe a la Sede Apostólica, como quiera que cuantos en este lugar estamos puestos, deseamos seguir al Apóstol de quien procede el episcopado mismo y toda la autoridad de este nombre. Siguiéndole a él, sabemos lo mismo condenar lo malo que aprobar lo laudable. Y, por lo menos, guardando por sacerdotal deber las instituciones de los Padres, no creéis deben ser conculcadas, pues ellos, no por humana, sino por divina sentencia decretaron que cualquier asunto que se tratara, aunque viniera de provincias separadas y remotas, no habían de considerarlo terminado hasta tanto llegara a noticia de esta Sede, a fin de que la decisión que fuere justa quedara confirmada con toda su autoridad y de aquí tomaran todas las Iglesias (como si las aguas todas vinieran de su fuente primera, y por las diversas regiones del mundo entero manaran los puros arroyos de una fuente incorrupta) qué deben mandar, a quiénes deben lavar, y a quiénes, como manchados de cieno no limpiable, ha de evitar el agua digna de cuerpos puros]» (Carta 29.ª “In requiréndis”, a los obispos en el Concilio de Cartago, 27 de Enero del 417).
  • SAN ZÓSIMO: «Quámvis Patrum tradítio Apostólicæ Sedi auctoritárem tantam tríbuerit, ut de ejus judício disceptáre nullus audéret, ídque per cánones semper régulasque serváverit et currens adhuc suis légibus ecclesiástica disciplína Petri nómini, a quo ipsa quóque descéndit, reveréntiam quam debet exsólvat: […] cum ergo tantæ auctoritátis et Petrus caput sit et sequéntia ómnium majórum statúta firmáverint, ut jam humánis divínisque légibus disciplínisque ómnibus firmétur Romána Ecclésia, cujus locum Nos regére, ipsíus quóque potestátem nóminis obtínere…: tamen, cum Nobis tantum esset auctoritátis, ut nullus de Nostra possit retractáre senténtia, nihil égimus, quod non ad vestram notítiam Nostris ultro lítteris referrémus, dantes hoc fraternitáti et in commúne consuléntes, non quía quid debéret fíeri nescirémus aut facerémus áliquid, quod contra utilitátem Ecclésiæ véniens displíceret, sed pátiter vobíscum volúimus habére tractátum de illo (Cœléstio accusáto) [Aun cuando la tradición de los Padres ha concedido tanta autoridad a la Sede Apostólica que nadie se atrevió a discutir su juicio y sí lo observó siempre por medio de los cánones y reglas, y la disciplina eclesiástica que aun vige ha tributado en sus leyes al nombre de Pedro, del que ella misma también desciende, la reverencia que le debe;… así pues, siendo Pedro cabeza de tan grande autoridad y habiéndole confirmado la adhesión de todos los mayores que la han seguido, de modo que la Iglesia romana está confirmada tanto por leyes humanas como divinas —y no se os oculta que nosotros regimos su puesto y tenemos también la potestad de su nombre, sino que lo sabéis muy bien, hermanos carísimos, y como sacerdotes lo debéis saber—; no obstante, teniendo nosotros tanta autoridad que nadie puede apelar de nuestra sentencia, nada hemos hecho que no lo hayamos hecho espontáneamente llegar por nuestras cartas a vuestra noticia… no porque ignoráramos qué debía hacerse, o porque hiciéramos algo que yendo contra el bien de la Iglesia había de desagradar, sino más bien que queríamos tratar este asunto (el acusado Celestio) junto con vosotros]» (Carta 12.ª “Quámvis Patrum tradítio”, a los obispos en el Concilio de Cartago, 21 de Marzo del 418).
  • SAN LEÓN MAGNO: «Hábeat, sicut optámus, Constantinopolitána cívitas glóriam suam, ac protegénte déxtera Dei, diutúrno cleméntiæ vestræ fruátur império. Ália tamen rátio est rerum sæculárium, ália divinárum; nec præter illam petram quam Dóminus in fundaménto pósuit (Matth. XVI, 18), stábilis erit ulla constrúctio. Própria perdit, qui indebíta concúpiscit. Satis sit prædícto quod vestræ pietátis auxílio, et mei favóris assénsu, (Anatólio) episcopátum tantæ urbis obtínuit. Non dedignétur régiam civitátem, quam apostólicam non potest fácere sedem; nec ullo speret modo quod per aliórum possit offensiónes augéri. Privilégia enim Ecclesiárum, sanctórum Patrum canónibus institúta, et venerábilis Nicǽnæ sýnodi fixa decrétis, nulla possunt improbitáte convélli, nulla novitáte mutári [Que la ciudad de Constantinopla tenga, como deseamos, su gloria y, con la diestra protectora de Dios, disfrute del perdurable reinado de tu clemencia. Sin embargo, el orden de las cosas seculares es diferente al de las divinas; y separado de la roca que el Señor puso como fundamento (Mt. 16, 18), ninguna construcción será estable. Quien codicia lo ajeno, destruye lo suyo. Baste decir que, con la ayuda de tu piedad y el asentimiento de mi favor, obtuvo (Anatolio) el episcopado de tan gran ciudad. Que no desprecie la ciudad real, a la que no puede convertir en sede apostólica; ni espere en modo alguno que pueda ser aumentada por las ofensas ajenas. Pues los privilegios de las Iglesias, establecidos por los cánones de los santos Padres y fijados por los decretos del venerable Sínodo de Nicea, no pueden ser quebrantados por ninguna impiedad ni alterados por ninguna novedad]» (Carta 104, al emperador Marciano Augusto, 22 de Mayo del 452. Anatolio, obispo de Constantinopla, había hecho aprobar por el Concilio de Calcedonia que Constantinopla tuviese un rango honorífico después de Roma con el canon 28, canon que San León Magno reprobó).
  • SAN GELASIO: «Post has omnes prophéticas et evangélicas átque apostólicas (quas supérius deprómpsimus) Scriptúras, quíbus Ecclésia Cathólica per grátiam Dei fundáta est, étiam illud intimándum putávimus, quod, quámvis univérsæ per orbem Cathólicæ diffúsæ Ecclésiæ unus thálamus Christi sit, sancta tamen Romána Ecclésia nullis synódicis constitútis cœ́teris Ecclésiis præláta sit, sed evangélica voce Dómini et Salvatóris primátum obténuit: Tu es Petrus, ínquiens, et super hanc petram ædificábo Ecclésiam meam, et portæ Ínferi non prævalébunt advérsus eam, et tibi dabo claves regni cœlórum, et quæcúmque ligaveris super terram, erunt ligata et in cœlo, et quæcúmque sólveris super terram, erunt solúta et in cœlo (Matth. 16, 18s). Áddita est etiam societas beatíssimi Páuli Apóstoli, vasis electiónis, qui non divérso, sicut hærétici gárriunt, sed uno témpore, uno eódemque die gloriósa morte cum Petro in urbe Roma sub Cǽsare Neróne agónizans coronátus est; et páriter supradíctam sanctam Románam Ecclésiam Christo Dómino consecrárunt áliisque ómnibus úrbibus in univérso mundo sua præséntia átque venerándo triúmpho prætulérunt. Est ergo prima Petri Apóstoli sedes Románæ Ecclésiæ, non habens máculam néque rugam nec áliquid ejúsmodi (Eph. 5, 27). Secúnda áutem sedes apud Alexandríam beáti Petri nómine a Marco ejus discípulo átque evangelísta consecráta est… Tértia vero sedes apud Antiochíam beatíssimi Apóstoli Petri habétur honorábilis, eo quod illic prímitus quam Romæ venísset habitávit et illic primum nomen Christianórum novéllæ gentis exórtum est (cf. Act. 11, 26) [Después de todas estas Escrituras que arriba hemos citado, proféticas, evangélicas y apostólicas; sobre las que, por la gracia de Dios, está fundada la Iglesia Católica, otra cosa hemos creído deber indicar y es que, aun cuando no haya más que un solo tálamo de Cristo, la Iglesia Católica difundida por todo el orbe; sin embargo, la santa Iglesia Romana no ha sido antepuesta a las otras Iglesias por constitución alguna conciliar, sino que obtuvo el primado por la evangélica voz del Señor y Salvador, cuando dijo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desatares sobre la tierra, será desatado también en el cielo (Mt. 16, 18s). Añadióse también la compañía del beatísimo Pablo Apóstol, vaso de elección, que no en diverso tiempo, como gárrulamente dicen los herejes, sino en un mismo tiempo y en un mismo día, luchando juntamente con Pedro en la ciudad de Roma, con gloriosa muerte fué coronado bajo el César Nerón; y juntamente consagraron a Cristo Señor la sobredicha santa Iglesia Romana y la pusieron por delante de todas las ciudades del universo mundo con su presencia y venerable triunfo. Consiguientemente, la primera es la Sede del Apóstol Pedro, la de la Iglesia Romana, que no tiene mancha ni arruga ni cosa semejante (Efe. 5, 27). La segunda sede fué consagrada en Alejandría en nombre del bienaventurado Pedro por Marco, discípulo suyo y evangelista... La tercera sede, digna de honor, del beatísimo Apóstol Pedro, está en Antioquía, porque allí habitó primero antes de venir a Roma, y allí surgió por primera vez el nombre Cristiano para esta nueva nación (cf. Hech. 11, 26)]» (Carta 42.ª o Decretal “De recipiéndis et non recipiéndis libris”, año 495).
  • EUGENIO IV (en el Concilio de Florencia): «Item diffinímus, sanctam Apostólicam Sedem, et Románum Pontíficem, in univérsum orbem tenére primátum, et ipsum Pontíficem Románum successórem esse beáti Petri príncipis Apostolórum et verum Christi vicárium, totiusque Ecclésiæ caput et ómnium Christianórum patrem ac doctórem exsístere; et ipsi in beáto Petro pascéndi, regéndi ac gubernándi universálem Ecclésiam a Dómino nostro Jesu Christo plenam potestátem tráditam esse; quemadmódum étiam in gestis œcumenicórum Conciliórum et in sacris canónibus continétur. Renovántes ínsuper órdinem tráditum in canónibus cœterórum venerabílium patriarchárum, ut patriárcha Constantinopolitánus secúndus sit post sanctíssimum Románum Pontíficem, tértius vero Alexandrínus, quártus áutem Antiochénus, et quíntus Hierosolymitánus, salvis vidélicet privilégiis ómnibus et júribus eórum [Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fué entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones Renovando además el orden transmitido en los cánones de los demás venerables patriarcas, de modo que el Patriarca de Constantinopla sea el segundo después del Santísimo Romano Pontífice, el tercero de Alejandría, el cuarto de Antioquía y el quinto de Jerusalén, conservándose todos sus privilegios y derechos]» (Bula “Læténtur Cœli” de unión de los griegos, 6 de Julio de 1439).
  • PÍO IX (en el Concilio Vaticano): «Si quis ítaque dixérit, Románum Pontíficem habére tantúmmodo offícium inspectiónis vel directiónis, non áutem plenam et suprémam potestátem jurisdictiónis in univérsam Ecclésiam, non solum in rebus, quæ ad fidem et mores, sed étiam in iis, quæ ad disciplínam et régimen Ecclésiæ per totum orbem diffúsæ pertínent; aut eum habére tantum potióres partes, non vero totam plenitúdinem hujus suprémæ potestátis; aut hanc ejus potestátem non esse ordináriam et immediátam sive in omnes ac síngulas ecclésias sive in omnes et síngulos pastóres et fidéles: anathéma sit [Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema]» (Constitución “Pastor Ætérnus”, sobre la Iglesia de Cristo, canon del cap. III, 18 de Julio de 1870).

miércoles, 18 de diciembre de 2024

LAS TÉMPORAS DE ADVIENTO, ANTÍDOTO CONTRA LA FALSA NAVIDAD MUNDANA

Traducción del artículo publicado en WM REVIEW.
   
El mundo anticipa despiadamente su falsa Navidad a lo largo de Diciembre, insistiendo que participemos en ella, y el ayuno de las Témporas de Adviento ofrece un antídoto.
    
Las Témporas de Adviento nos ofrecen el antídoto a la despiadada anticipación de la Navidad en el mundo moderno.

Se supone que el Adviento sea un peíodo grave de oración, penitencia y preparación. Pero entre el ajetreo de las compras navideñas y las reuniones familiares, y la insistencia de todos en que comencemos a celebrar la Navidad temprano, puede ser una verdadera lucha pasar el Adviento con algún tipo de recogimiento.

En Adviento, estos tres días caen en el miércoles, viernes y sábado después de la fiesta de Santa Lucía (13 de Diciembre), y nos ofrece la oportunidad para restablecer nuestro enfoque hacia la temporada de preparación, que puede haberse relajado en medio de tanto caos.

También pueden servir como testimonio católico contra la invasión de la Navidad secular en la santa temporada de Adviento. Como suelen caer alrededor del 17 de Diciembre (y el comienzo de las Antífonas de la Oh), podemos usar las Témporas como un momento para centrarnos nuevamente en la verdadera cuenta regresiva hacia la Navidad y la venida de Cristo.

Pero ¿de dónde surgen los Días de las Témporas y qué significan?
  
Historia y analogías de los días de las Témporas
La liturgia romana conmemora las Témporas con ayuno y penitencia cuatro veces al año, en cada estación o trimestre.
  
Los judíos también observaban algo similar: ayunaban en el cuarto, quinto, séptimo y décimo mes (Tamuz, Av, Tishri y Tevet; en julio, agosto, octubre y enero respectivamente). Estos ayunos marcaban los siguientes acontecimientos:
  • Shivá Asar BeTamuz (שִבְעָה עָשָׂר בְּתַמּוּז, el 17 de Tamuz): la ruptura de las tablas de la Ley por parte de Moisés y la ruptura de los muros de Jerusalén por parte de Roma y Babilonia (aparentemente en la misma fecha del calendario).
  • Tisha b’Av (תִּשְׁעָה בְּאָב, el 9 de Av): Destrucción del Templo por Nabucodonosor (Nabucodonosor) y por Tito, así como el decreto de Dios de que la generación de israelitas en el desierto no entraría en la Tierra Prometida (porque se resistieron al relato de los espías de Josué). Al parecer fue también la fecha de la derrota del pseudomesías Simón bar Kojba, y de varias otras dificultades para el pueblo judío (como su expulsión de Inglaterra en 1290 y de España en 1492).
  • Tsom Guedaliá (צוֹם גְּדָלִיָּה, el 3 ó 4 de Tishrei, el día después de Rosh Hashaná): La muerte del gobernador Gedalías y la dispersión de los judíos restantes en la Tierra Santa mientras la mayoría estaban en el exilio en Babilonia.
  • Asará b’Tevet (עֲשָׂרָה בְּטֵבֵת, el 10 de Tevet): Los cautivos con Ezequiel al enterarse de la destrucción del Templo [1], así como la traducción de la Septuaginta (lamentada por algunos rabinos) y la muerte de Esdras el escriba.
Sin embargo, por más interesantes que sean estos paralelismos, la Iglesia —y particularmente la Iglesia romana— celebra las Témporas en diferentes momentos del año y por diferentes razones.

Las estaciones y la agricultura
Esto se puede deducir de su nombre. El inglés “Ember” es una corrupción del latín témpora (tiempos) y los ayunos se denominan “Quáttuor Témpora” en latín, que significa “los cuatro tiempos”. Están vinculados a las cuatro estaciones:
  • Adviento (Invierno, para sembrar)
  • Cuaresma (primavera)
  • Pentecostés (Verano, para la cosecha)
  • Septiembre (Otoño, para la cosecha del vino)
Más precisamente, caen los miércoles, viernes y sábados…
  • Tras la fiesta de Santa Lucía (13 de diciembre)
  • En la primera semana de Cuaresma [2]
  • En la Octava de Pentecostés
  • Después de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) [3].
Estas fechas se resumen en dos pintorescas rimas folclóricas:
«Lent, Penty, Crucy, Lucie».
O más dramáticamente:
«Días de ayuno y de reposo durante
la Cuaresma, Pentecostés, Santa Cruz y Santa Lucía».
(Junto con estas rimas, he incluido algo más de folclore sobre los Días de Témporas al final de esta pieza).

El propósito inmediato e histórico de las Témporas puede haber sido implorar la bendición de Dios sobre el ciclo agrícola, mediante la observancia del ayuno y la penitencia. La Enciclopedia Católica ofrece la siguiente posible explicación:
«El fin de su introducción, además del general que toda oración y ayuno pretende, fue agradecer a Dios por los dones de la naturaleza, enseñar a los hombres a utilizarlos con moderación y ayudar a los necesitados.

La causa inmediata fue la práctica de los paganos de Roma. Los romanos se dedicaron originalmente a la agricultura y sus dioses nativos pertenecían a la misma clase.

Al principio de la época de la siembra y la cosecha se celebraban ceremonias religiosas para implorar la ayuda de sus deidades: en junio para una cosecha abundante, en septiembre para una vendimia rica y en diciembre para la siembra; de ahí sus fériæ sementívæ, fériæ messis y fériæ vindimiáles.
  
La Iglesia, al convertir a las naciones paganas, siempre ha tratado de santificar cualquier práctica que pudiera utilizarse para un buen propósito» [4].
Como sugiere esta sección, la celebración de estos ayunos es una práctica muy particularmente romana.

Románitas de los Días de Témpora
Antes de Gelasio (492-496) las témporas sólo se conocían en Roma, pero después de su época su observancia se extendió.
   
Fueron traídas a Inglaterra por San Agustín; a la Galia y Alemania por los carolingios. España las adoptó con la liturgia romana en el siglo XI. Fueron introducidas en Milán por San Carlos Borromeo. La Iglesia Oriental no las conoce [5] (esta mención de San Agustín de Canterbury debería recordar a los ingleses que las Témporas fueron parte de la vida de nuestra nación desde sus inicios).

El Liber Pontificális (siglo IX) los atribuye al Papa Calixto (217-222), pero Merhsman afirma que probablemente sean anteriores [6].

Sin embargo, aunque su observancia es esencialmente romana, varias autoridades importantes sostienen que en realidad son de origen apostólico. Dom Próspero Guéranger OSB escribe:
«Su introducción en la Iglesia cristiana parece haber tenido lugar en los tiempos apostólicos; tal es, al menos, la opinión de San León, de San Isidoro de Sevilla, de Rábano Mauro y de varios otros escritores cristianos antiguos» [7].
Dada su naturaleza romana, presumiblemente se refiere a San Pedro en particular. Pero, ya sea que hayan sido instituidas por los Apóstoles, sean antiguas costumbres del pueblo romano que han sido santificadas por la Iglesia, o ambas cosas, la observancia de las Témporas es un privilegio particular de los católicos romanos, del rito latino.

Es una gran vergüenza que la observancia de estos antiguos días de ayuno haya llegado a ser vista como una debilidad o irrelevancia hoy en día, incluso por algunos tradicionalistas.

Lo mismo podría aplicarse al tiempo de Cuaresma y a las vigilias de las fiestas principales, que (junto con las Témporas) Santo Tomás señala como los tres períodos de ayuno para la Iglesia romana.

El ayuno de las Témporas como ayuda para revisar nuestras vidas
Un punto central del Adviento es la venida de Cristo en gloria para juzgar a todos los hombres al final del mundo. Un corolario de esto es que Cristo juzgará a cada uno de nosotros individualmente en el momento de nuestra muerte. El ayuno es una preparación crucial para ese momento, tanto en términos de expiación y reparación por nuestros pecados, como en términos de una creciente conciencia de nuestro estado.

Por eso el ayuno es un mandamiento de la ley natural y la Iglesia lo codifica a través de la ley eclesiástica positiva. Josef Pieper escribe:
«Leemos en Santo Tomás de Aquino, “maestro universal” de la Iglesia, que el ayuno es un mandamiento de la ley natural, destinado específicamente al cristiano medio.

En este punto es importante recordar que para Santo Tomás la “ley natural” es la fuente fundamental de la obligación. La ley moral natural es el “deber” último, dado y establecido directamente en la naturaleza de la realidad creada, y como tal dotada de supremo poder vinculante.
    
Por tanto, las normas del ayuno se remontan a esta obligación fundamental y constituyen sólo una forma más precisa definida, modificada según las circunstancias temporales y las costumbres predominantes» [8].
El ayuno es bueno para nosotros en muchos sentidos. Pieper añade que sin el ayuno, nadie que no sea ya perfecto es incapaz de preservar «ese orden interior en virtud del cual se mantiene bajo control la turbulencia de la sensualidad y se libera el espíritu para que pueda elevarse hacia la zona de su adecuada realización y satisfacción» [9].
  
Un objetivo fundamental de este ayuno es poder ver con claridad; en concreto, poder ver la realidad, el orden de la razón y las cosas como realmente son. Es un lugar común que todas las formas de intemperancia nos impiden ver con claridad y nos ciegan a la realidad y a la razón. El ayuno es parte del intento de deshacer este efecto nocivo.
  
Pero además de santificar las estaciones y el año agrícola, las Témporas nos dan la oportunidad de reflexionar sobre el pasado, es decir, sobre los últimos tres meses.

Son nuestra oportunidad de hacer alguna penitencia por los pecados que hemos cometido durante la temporada anterior, y también de hacer alguna penitencia en acción de gracias por las diversas bendiciones de estos meses.

Los Días de Témporas son también una oportunidad para pensar en el presente y dónde estamos ahora.

También nos dan la oportunidad de pensar en el futuro y en los próximos tres meses. ¿Qué queremos lograr en este tiempo y dónde queremos estar? ¿Qué pecados no queremos expiar la próxima vez que lleguen los ayunos?

Estos tres días son quizás un buen momento para hacer el primer y segundo ejercicio de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, y colocarnos al pie de la cruz con las siguientes preguntas:
  • ¿Qué he hecho por Cristo?
  • ¿Qué estoy haciendo por Cristo?
  • ¿Qué debo hacer por Cristo?
El Papa San León Magno en las Témporas
La propia Liturgia Romana nos ofrece los siguientes textos del Papa San León Magno, particularmente para las Témporas de Adviento, aunque sus palabras se aplican a cada una de las cuatro estaciones:
«Queridos hermanos, con el cuidado que nos corresponde como pastores de vuestras almas, os exhortamos a la estricta observancia de este ayuno de diciembre. El mes de diciembre ha llegado de nuevo, y con él esta devota costumbre de la Iglesia.

Ya hemos recogido todos los frutos del año que está por terminar, y es muy oportuno ofrecer a Dios nuestra abstinencia como sacrificio de acción de gracias. ¿Y qué puede ser más útil que el ayuno, ese ejercicio mediante el cual nos acercamos a Dios, nos oponemos al diablo y vencemos las tentaciones más suaves del pecado?

El ayuno ha sido siempre el pan de la fortaleza. De la abstinencia proceden los pensamientos puros, los deseos razonables y los consejos sanos. Por las mortificaciones voluntarias la carne muere a la concupiscencia y el alma se renueva en fuerza. Pero como el ayuno no es el único medio por el que obtenemos salud para nuestras almas, añadamos a nuestro ayuno obras de misericordia. Gastemos en buenas obras lo que tomamos de las indulgencias. Que nuestro ayuno sea el banquete de los pobres.

Defendamos a la viuda y sirvamos al huérfano; confortemos al afligido y reconciliemos al alejado; acojamos al errante y socorramos al oprimido; vistamos al desnudo y acariciemos al enfermo. ¡Y que cada uno de nosotros que ofrezca al Dios de toda bondad este sacrificio de Adviento de ayuno y limosna sea por Él apto para recibir una recompensa eterna en su reino celestial!

Ayunamos el miércoles y el viernes, y el sábado tenemos vigilia en la iglesia de San Pedro, para que, por sus buenas oraciones, obtengamos más eficazmente lo que pedimos, por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por los siglos de los siglos. Amén» [10].
Al predicar en las Témporas de Otoño, el mismo santo Pontífice subrayó la importancia de la penitencia corporativa y comunitaria:
«Aunque sea lícito a cada uno de nosotros castigar su cuerpo con castigos autoimpuestos y reprimir con mayor o menor severidad las concupiscencias de la carne que batallan contra el espíritu, es necesario, sin embargo, que en ciertos días se celebre un ayuno general por todos.

La devoción es tanto más eficaz y santa cuanto toda la Iglesia se dedica a las obras de piedad con un solo espíritu y una sola alma. En efecto, todo lo que es de carácter público es preferible a lo privado, y es evidente que tanto mayor es el interés en juego cuanto más se comprometen todos.

En cuanto a los esfuerzos individuales, que cada uno mantenga su fervor en ellos; que cada uno, implorando la ayuda de la protección divina, tome para sí la armadura celestial, con la que resistir las trampas puestas por los espíritus de maldad; pero, el soldado de la Iglesia, (el soldado que tiene el espíritu de la Iglesia, ecclesiásticus miles), aunque pueda actuar valientemente en sus propios combates privados (speciálibus prœ́liis), sin embargo luchará, con mayor seguridad y con mayor éxito, cuando se enfrente al enemigo en un combate público; porque en ese combate público, no solo tiene su propio valor en el que confiar, sino que, bajo el liderazgo de un Rey que nunca puede ser conquistado, está en la batalla peleada por todos sus compañeros soldados, y, al estar en su compañía y filas, tiene una comunidad de ayuda mutua» [11].
Otro año, predicó en la misma ocasión:
«El pueblo de Dios nunca es tan poderoso como cuando los corazones de todos los fieles se unen en la unidad de la santa obediencia, y cuando, en el campamento cristiano, hay una misma preparación hecha por todos y un mismo baluarte que nos cubre a todos. […]

Elevemos nuestros corazones, retirémonos de las ocupaciones mundanas y robemos algún tiempo para fomentar nuestros bienes eternos. […]

La remisión más plena del pecado se obtiene cuando toda la Iglesia está en la misma oración y en la misma confesión; porque si el Señor promete que cuando dos o tres, con una santa y piadosa unanimidad, se pongan de acuerdo para pedirle cualquier cosa, les será concedida (Mt. 18, 19-20), ¿qué hay que se le pueda negar a un pueblo de muchos miles, que están todos igualmente comprometidos en observar una misma práctica de religión, y están, con un común acuerdo, orando con un mismo espíritu?

A los ojos de Dios, mis amados, es un espectáculo grande y precioso cuando todo el pueblo de Cristo se dedica seriamente a los mismos oficios y, sin distinción alguna, hombres y mujeres de todo grado y orden trabajan todos juntos con un solo corazón. 

Apartarse del mal y hacer el bien (Sal. 33, 15), esa es la única y misma determinación de todos. Todos dan gloria a Dios por las obras que realiza en sus siervos. Todos se unen para dar gracias de corazón al Dador amoroso de todas las bendiciones. Los hambrientos son alimentados; los desnudos son vestidos; los enfermos son visitados; y nadie busca su propio beneficio, sino el de los demás. […]

Abracemos, pues, esta bendita solidez de la santa unidad, y con un solo acuerdo de la misma buena voluntad, entremos en este solemne ayuno» [12].

Este aspecto de la penitencia comunitaria como medio para obtener el bien común nos señala un elemento final de las Témporas más allá de la consagración de las estaciones y los ciclos agrícolas.

Ese elemento, tan relevante en nuestro tiempo, es la concesión del Orden Sagrado.
  
Conclusión: Las Témporas, el Orden Sagrado, las Vocaciones y los Sacramentos Válidos
Toda la conversación sobre agricultura debería dirigir nuestra mente a la cosecha espiritual, por la cual Cristo nos dice que oremos para que Dios envíe obreros.

Santo Tomás de Aquino escribe:
«Además, es costumbre en la Iglesia que las órdenes sagradas se confieran cada trimestre del año […] y entonces tanto el ordenante como los candidatos a la ordenación, e incluso todo el pueblo, para cuyo bien son ordenados, necesitan ayunar para prepararse para la ordenación.

Por eso se refiere (Luc. 6, 12) que antes de escoger a sus discípulos, nuestro Señor “se fue al monte a orar"; y Ambrosio, comentando estas palabras, dice: “¿Qué debes hacer cuando deseas emprender alguna obra piadosa, ya que Cristo oró antes de enviar a sus apóstoles?"» [13].

Se pueden ver vestigios de este vínculo con las ordenaciones en las liturgias del Sábado de Témpora, en las que se confería un orden determinado entre las lecturas. Guéranger sugiere que durante mucho tiempo, diciembre fue el único momento en que se impartían las Órdenes Sagradas en Roma, el Sábado de Témpora de Adviento, el único sábado de Témpora que tiene siete lecturas en lugar de seis.

Como hemos visto más arriba, el Papa San León decía que la oración y la penitencia que ofrece toda la Iglesia en las Témporas y otros días semejantes son especialmente eficaces ante Dios.

En este tiempo que vivimos, no hay duda de que necesitamos orar para que el Señor envíe obreros a la mies y pastores a las ovejas.

Debemos orar para que nos envíe sacerdotes, muchos sacerdotes y muchos sacerdotes santos. Como dice la oración:
Oh Señor, concédenos sacerdotes
Oh Señor, concédenos sacerdotes santos
Oh Señor, concédenos muchos sacerdotes santos
Oh Señor, concédenos muchas y santas vocaciones religiosas.
San Pío X, ruega por nosotros.

Desgraciadamente, en esta fase de crisis de la Iglesia, parece necesario también que le pidamos que nos envíe sacerdotes válidamente ordenados, cuyas órdenes no dependan en absoluto de los nuevos ritos (en el mejor de los casos) dudosamente válidos de Pablo VI.

También debemos orar y hacer penitencia por los sacerdotes que tenemos y que ofrecen sus vidas por nuestra enseñanza y santificación.

Por último, algunas palabras para los jóvenes católicos de mente sana y de buena salud física y moral.

Dejemos de lado la introspección propia del discernimiento vocacional moderno y la espera de que aparezca una voz interior. Es perder el tiempo.

Muchos de nosotros hemos conocido a personas que pasan años en la “cultura del discernimiento público” y se han convertido en protagonistas de su propia telenovela dramática. A veces, incluso tienen un interés romántico a cuestas. Nada de esto conduce a nada en absoluto.

En todo caso, la vocación se discierne fundamentalmente en el seminario (o en el monasterio) y no fuera de él. Sin duda, incluso encontrar una institución adecuada puede resultar difícil en nuestra situación actual; pero si perseveramos en la oración, entonces estoy seguro de que Dios proveerá.

Procura obtener una copia del libro La vocación religiosa: un misterio innecesario del padre Richard Butler (o algo similar) y, si las condiciones lo permiten, toma medidas concretas para ingresar en el seminario. Lo mismo se aplica a los hombres y a las mujeres en lo que respecta a la vida religiosa.

Contrariamente a lo que te hayan podido decir, no hay vergüenza en dejar el seminario o el monasterio si se decide que no tienes vocación.

También, contrariamente a lo que quizás le hayan dicho, el matrimonio no es en modo alguno una vida de ocio ni una forma de evitar el sacrificio. No hay forma de evitar el sacrificio en esta vida.

Así que, si podéis probar una vocación, entonces —por amor a Dios y a su santa Iglesia— ¡hacedlo!

Y mientras tanto, escuchemos nuevamente las palabras de Pieper sobre el ayuno, y apliquémoslas a la observancia de las Témporas de este Adviento:
«Hiláritas mentis – alegría de corazón».
El dogma cristiano relaciona esta noción más estrechamente con la forma primitiva de ascetismo, el ayuno. Esta conexión se basa en el Nuevo Testamento, en la advertencia del Señor, proclamada por la Iglesia todos los años al comienzo de la Cuaresma: «Cuando ayunéis, no os mostréis con semblante triste» (Mt 6, 16) […].

Sin embargo, la alegría de corazón es la marca del altruismo. Con esta señal y sello uno puede reconocer con seguridad que se ha acabado con la hipocresía y con todo tipo de egocentrismo tenso [14].

***

Folklore divertido sobre los días de las Témporas
Con un agradecimiento a Tim Goodwin de Almanac.com, las siguientes máximas y supersticiones se encuentran en Beliefs and Superstitions of the Pennsylvania Germans de Edwin Miller Fogel:
11 – Las personas nacidas en días de las Témporas pueden ver fantasmas.
571 – Si te lavas el miércoles más cercano a un día de las Témporas y te enfermas, nunca te pondrás bien.
950 – El grano tendrá un precio alto si los días de las Témporas llegan tarde en el mes.
1195 – La lluvia en un día de las Témporas es seguida por tres semanas de lluvia.
1196 – El clima tres días antes del día de las Témporas predice el clima para el siguiente trimestre.
1305 – No debes descuartizar carne en un día de las Témporas, pero puedes cortarla.
1306 – Lavar en un día de las Témporas es de mala suerte.
1307 – Nunca cures carne en un día de las Témporas.
1308 – Nunca sacrifiques ganado en un día de las Témporas.
1309 – Te enfermarás si lavas en un día de las Témporas.
1310 – Si te lavas en un día de las Témporas, una cabeza de ganado morirá.
1311 – Si lavas un día de Témporas, ninguno de tus ganados morirá hasta el siguiente día de Témporas.
1312 – Morirán durante el año tantas reses como las que se sacrifiquen en cualquier día de Témporas.

NOTAS
[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 147, art. 5.
[2] En un principio, parece que sólo había tres grupos de Témporas, en verano, otoño e invierno, y que la cuarta ya estaba en vigor a más tardar en el siglo V. En cualquier caso, las Témporas de primavera se encuentran ya en el período de ayuno de la Cuaresma, como explica Dom Prosper Guéranger:
«Debemos recordar que en primavera, estas Jornadas caen siempre en la primera semana de Cuaresma, período ya consagrado al más riguroso ayuno y abstinencia, y que, por consiguiente, nada podrían añadir a los ejercicios penitenciales de esa parte del año» [Dom Prosper Guéranger, El Año Litúrgico, para el Miércoles de Témporas, Adviento.
[3] Ahora, tras una reforma del calendario llevada a cabo por Juan XXIII, existe cierta confusión sobre cómo se debe calcular este dato. A veces, los cambios de Juan XXIII colocan las Témporas de otoño una semana después de lo que hubieran sido antes. Es interesante que incluso el Vaticano moderno, al instituir el calendario para los Ordinariatos Anglicanos, haya vuelto al antiguo método de calcular la fecha de las Témporas de otoño.
[4] Mershman, F. (1909). Voz “Ember Days”. En The Catholic Encyclopedia. Nueva York: Robert Appleton Company.  http://www.newadvent.org/cathen/05399b.htm
[5] Ibídem.
[6] Ibídem.
[7] Guéranger, Témporas, Adviento.
[8] Pieper, Las cuatro virtudes cardinales, págs. 180-181.
[9] Ibíd., 181.
[10] Lecciones IV-VI, Tercer Domingo de Adviento
[11] Guéranger, Témporas de septiembre.
[12] San León Magno, Sermón III, Del ayuno del mes séptimo. Ibíd.
[13] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 147, art. 5.
[14] Op. Cit., págs. 184-185.

sábado, 14 de septiembre de 2024

LA CRUZ, FUENTE DE TODA BENDICIÓN


«Conviene, amados míos, que al contemplar a Jesús levantado en la cruz, no os limitéis a ver en Él lo único que veían los impíos, aquellos a quienes se dirige Moisés cuando dice: “Tu vida estará como suspendida ante tus ojos, y tú temerás día y noche, y no creerás en tu vida” (Deuteronomio XXVIII, 66). La presencia de Jesús crucificado no podía suscitar en ellos más que el pensamiento de su propio crimen; por esto, al verle, temblaron despavoridos (San Mateo XXVII, 54), mas no con aquel temor que justifica a los verdaderos creyentes, sino con el que atormenta a las conciencias cul­pables. Nosotros, empero, cuya inteligencia está iluminada por el espíritu de verdad, debemos abrazarnos con libertad y pureza de corazón a la Cruz, aquella Cruz cuya gloria resplandece en el cielo y en la tierra, y aplicar toda nuestra atención a penetrar el misterio que el Señor, refiriéndose a la proximidad de su Pasión, anunciaba diciendo: “Ahora va a ser juzgado todo el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y yo, cuando habré sido levantado Sobre la tierra, atraeré a mí todas las cosas” (San Juan XII, 31-32).

¡Oh admirable virtud de la santa Cruz! ¡Oh inefable gloria de la Pasión! En ella podemos considerar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado. Oh, sí, Señor; atrajisteis a Vos todas las cosas cuando “teniendo extendidas todo el día vuestras manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde” (Isaías LXV, 2), el universo enteró comprendió que debía rendir homenaje a vuestra Majestad. Atrajisteis a Vos todas las cosas cuando todos los elementos se juntaron en una sola voz para condenar la injusticia de los judíos; cuando habiéndose obscurecido los astros y trocádose en tinieblas la claridad del día, la tierra fue conmovida por extraordinarias sacudidas y toda la creación se negó a servir a aquellos impíos. Atrajisteis a Vos todas las cosas porque habiéndose rasgado el velo del templo, el Santo de los santos rechazó a sus indignos pontífices, como indicando que la figura se convertía en realidad, la profecía en revelaciones manifiestas y la ley en Evangelio.

Atrajisteis a Vos, Señor, todas las cosas para que la piedad de todas las naciones que pueblan el orbe celebrase, como un misterio lleno de realidad y libre de todo velo, lo que Vos teníais oculto en un templo de Judea, a la sombra de las figuras. Ahora, en efecto, el orden de los Levitas brilla con mayor resplandor, y la dignidad sacerdotal tiene una mayor grandeza, y la unción que consagra a los Pontífices una mayor santidad. Y esto porque la fuente de toda bendición y el principio de todas las gracias se encuentran en vuestra Cruz, la cual hace pasar a los creyentes de la debilidad a la fuerza, del oprobio a la gloria, de la muerte a la vida. Ahora es también cuando, abolidos ya los sacrificios de animales carnales, la sola oblación de vuestro Cuerpo y Sangre ocupa el lugar de todas las victimas que la representaban. Porque Vos sois “el Cordero de Dios, que quitáis los pecados del mundo” (San Juan I, 29), y todos los misterios se cumplen en Vos de tal suerte que, así como todas las Hostias que se os ofrecen no forman más que un solo sacrificio, así todas las naciones de la tierra no forman más que un solo reino».
  
SAN LEÓN MAGNO, Homilía 8.ª de la Pasión del Señor, después de la mitad. Divino Oficio, lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª de las Maitines de la Exaltación de la Santa Cruz. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. II, págs. 980-982. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

martes, 5 de marzo de 2024

EL QUE COMULGA INDIGNAMENTE, CON JUDAS SE CONDENA

«… Aquellos que reciben indignamente la Eucaristía no reciben vida sino juicio en sí mismos, y son reos del Cuerpo y de la Sangre del Señor, como testifica el Apóstol: y serán gravemente condenados con Judas y los judíos, enemigos encarnizados de Cristo nuestro Salvador» (SAN PEDRO CANISIO SJ, Summa Doctrínæ Christiánæ).
  
«Porque todas las cosas que han sido divinamente ordenadas por Moisés sobre el sacrificio del cordero han sido profetizadas de Cristo y verdaderamente anunciaron la inmolación de Cristo» (SAN LEÓN MAGNO, Sermón 58).

sábado, 13 de mayo de 2023

CARTA DE SAN LEÓN MAGNO A SAN FLAVIANO DE CONSTANTINOPLA

León, obispo, a su carísimo hermano Flaviano.
   
Leída la carta de tu caridad (y nos maravilla que haya sido escrita tan tarde), y según muestra el orden de las actas de los obispos, finalmente hemos podido darnos cuenta del escándalo surgido entre vosotros contra la integridad de la fe. Lo que al principio nos parecía oscuro, se nos aparece en toda su claridad. Eutiques, que parecía digno de honor por su dignidad de sacerdote, ahora se nos resalta como muy imprudente e incapaz. También a él se le podría aplicar la palabra del profeta No quiere comprender para no tener que actuar rectamente. Ha meditado la iniquidad en su corazón.
    
¿Qué puede ser peor en realidad que ser impío y no querer someterse a los más sabios y doctos? Caen en esta necedad aquellos que al encontrar alguna oscura dificultad en el conocimiento de la verdad, no recurren a los testimonios de los profetas, a las cartas de los apóstoles o a las afirmaciones del Evangelio, sino a sí mismos, y se hacen en consecuencia maestros del error propio porque no han querido ser discípulos de la verdad. ¿Qué conocimiento puede tener de las sagradas páginas del Antiguo y Nuevo Testamento quien no sabe comprender siquiera los primeros elementos el símbolo? Lo que viene expresado en todo el mundo por la voz de todos los bautizandos no es todavía entendido por el corazón de este anciano.
   
No sabiendo lo que debería pensar sobre la encarnación del Verbo de Dios, y no queriendo aplicarse al campo de las Sagradas Escrituras para obtener luces para la inteligencia, habría tenido, por lo menos, que escuchar con atención la común y unánime confesión con que el conjunto de los fieles profesa creer en Dios padre omnipotente, en Jesucristo su único hijo, nuestro señor, nacido del Espíritu Santo y de María virgen: tres afirmaciones con las cuales vienen destruidas las construcciones de casi todos los herejes. Si de hecho cree que Dios es omnipotente y padre, se demuestra con ello que el Hijo le es coeterno, en nada distinto del Padre, porque es Dios nacido de Dios, omnipotente que viene de omnipotente, coeterno que procede de eterno, y no es posterior a él en el tiempo, inferior en poder, distinto en gloria, diverso por esencia. Este eterno unigénito del eterno Padre, por lo demás, nació por obra del Espíritu santo y de María virgen; y este nacimiento en el tiempo no ha quitado nada, como tampoco nada ha agregado, a aquel nacimiento divino y eterno, consagrado enteramente a la redención del hombre, que había sido engañado, y para, con su poder, vencer la muerte, y destruir al diablo, que poseía el dominio de la muerte. Nosotros no podríamos haber vencido al autor del pecado y de la muerte, si no hubiera asumido y hecha suya nuestra naturaleza aquel al cual el pecado no habría podido contaminar ni la muerte tener en su dominio. Él en realidad fue concebido por el Espíritu santo en el seno de la virgen María, que lo dio a luz en su integridad virginal, del mismo modo que sin disminución de la virginidad lo había concebido.
    
Si Eutiques no era entonces capaz de obtener de esta purísima fuente de la fe cristiana el genuino significado, porque había oscurecido el resplandor de una verdad tan evidente con la propia ceguera, habría debido someterse a la doctrina del Evangelio. Mateo dice: Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Él debió consultar también la enseñanza de la predicación apostólica, y leer en la carta a los Romanos: Pablo, siervo de Jesucristo, llamado apóstol, elegido para la predicación del evangelio de Dios, que ya había prometido a través de los profetas en las sagradas escrituras con relación a su Hijo, que le nació de la estirpe de David, según la carne, habría debido dirigir su atención a las páginas de los profetas, compenetrándose de la promesa de Dios a Abrahán, cuando dice: en tu descendencia serán benditas todas las naciones, para no tener que dudar de la identidad de esta descendencia, habría tenido que seguir al apóstol que dice: Las promesas fueran hechas a Abraham y a su descendencia. No dice a sus descendientes, como si fueran muchos; sino, como si fuera una: a su descendencia, que es Cristo. Habría también comprendido con el oído interior la profecía de Isaías cuando dice: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará Emanuel, que significa Dios con nosotros. Y habría leído con fe la palabra del mismo profeta: Nos ha nacido un niño, nos fue dado un hijo, su poder estará sobre sus espaldas. Y lo llamarán ángel de suma prudencia, Dios fuerte, príncipe de la paz, Padre del tiempo futuro, y no diría con engaño que el Verbo se hizo carne de un modo tal, que Cristo nacido de la Virgen aunque tuviese la forma de un hombre, no tendría la realidad del cuerpo de la madre. Tal vez él pudo haber pensado que nuestro Señor Jesucristo no tenía nuestra naturaleza por el hecho de que el ángel mandado a la beata virgen María dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la fuerza del altísimo lo cubrirá con su sombra. Y por eso el ser santo que nacerá de ti será llamado hijo de Dios, casi, dado que la concepción de la Virgen fue efecto de una operación divina, el cuerpo por ella concebido no proviniese de la naturaleza de quien lo concebía. Pero no debe ser entendida así esta generación, singularmente admirable y admirablemente singular, como si por la novedad de la creación hubiese anulado aquello que es propio del género humano. Ahora bien, el Espíritu Santo hizo fecunda a la Virgen, pero la realidad el cuerpo proviene del cuerpo. Y mientras la sabiduría se edificaba una casa, el verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros, con aquella carne que había tomado del hombre y que el espíritu racional animaba.
   
Salvada entonces las propiedades de cada una de las dos naturalezas, que concurrieron a formar una sola persona, la majestad se reviste de humildad; la fuerza, de debilidad; la eternidad, de lo que es mortal; y para poder anular la deuda de nuestra condición, una naturaleza inviolable se une a una naturaleza capaz de sufrir; y para que, al como lo exigía nuestra condición, un idéntico mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo pudiese morir según una naturaleza, y no pudiese morir según la otra. En la completa y perfecta naturaleza de hombre verdadero, entonces, nació el Dios verdadero, completo en sus facultades, completo en las nuestras. Cuando decimos “nuestras” entendemos aquellas facultades que el creador puso en nosotros desde el principio, y que ha asumido para restaurarlas. Pero, de hecho, aquellos elementos que el engañador introdujo, y que el hombre engañado aceptó, no dejan huella alguna en el salvador. Ni porque quiso participar en todo en las humanas miserias, fue por ello partícipe de nuestros pecados. Tomó la forma de un siervo sin la mancha del pecado, elevando lo que era humano sin rebajar lo que era divino, porque por ese rebajamiento por el cual de invisible se hace visible, y aun siendo señor y creador de todas las cosas, quiso ser de los mortales, fue condescendencia de la misericordia, no debilidad del poder.
    
Porque conservando la forma de Dios hizo de hombre, se hizo hombre en la forma de siervo. Cada naturaleza conserva, de hecho, sin defecto aquello que le es propio. Y como la naturaleza divina no suprime la de siervo, así la naturaleza de siervo no trae ningún daño a la divina. Pero el diablo, se gloriaba de que el hombre, engañado por su astucia, había perdido los dones divinos, había sido despojado de la dote de la inmortalidad, había de enfrentar una dura sentencia de muerte, y, en consecuencia, el diablo en sus males había encontrado un cierto consuelo en la común suerte de los prevaricadores, y de que también Dios, según la exigencia de la justicia para con el hombre, (con aquel hombre que tanto había honrado al crear), había tenido que modificar su designio. Fue necesario entonces, que en la economía de su secreto consejo, Dios, que es inmutable, y cuya voluntad no puede ser privada de su innata bondad, completara, por así decirlo, el primitivo designio de su benevolencia hacia nosotros con un más profundo y misterioso plan divino, y así el hombre, arrastrado a la culpa por el engaño de la maldad diabólica, no pereciera contraviniendo con ello el designio de Dios.

El Hijo de Dios, descendiendo de la sede de los cielos, sin cesar de ser partícipe de la gloria del Padre, hace ingreso en este mundo bajo, generado según un orden y un nacimiento totalmente nuevos, porque, siendo invisible por su naturaleza divina, se hizo visible en la nuestra, porque siendo incomprensible, quiso ser comprendido; siendo atemporal, comenzó a existir en el tiempo; siendo Señor de todas las cosas, asumió la naturaleza de siervo, escondiendo la inmensidad de su majestad; siendo, en cuanto Dios, incapaz de sufrir, no desdeñó hacerse hombre sujeto al sufrimiento, finalmente, porque siendo inmortal, quiso someterse a las leyes de la muerte. Generado según un nuevo nacimiento, porque la virginidad inviolada no conoció la pasión, y suministró la materia de la carne. De la madre el Señor asumió la naturaleza, no la culpa. Y en nuestro señor Jesucristo, generado en el seno de la virgen, el nacimiento admirable no le da a la naturaleza una condición distinta de la nuestra. Este, en verdad es verdadero Dios, aquél es verdadero hombre. En esta unión nada hay de incongruente, encontrándose contemporáneamente juntos la bajeza del hombre y la alteza de la divinidad.

Así como, de hecho, Dios no muda por su misericordia, así el hombre no es anulado por la dignidad divina. De hecho, cada una de las dos naturalezas, opera conjuntamente con la otra en aquello que le es propio: y así el Verbo, aquello que es del Verbo; la carne, a su vez, aquello que es de la carne. La una brilla por sus milagros, la otra, sometida a las injurias. Y como al verbo no le conviene nada menos que la igualdad con la gloria paterna, así la carne no abandona la naturaleza humana. La misma e idéntica persona, de hecho, - algo que debemos repetir frecuentemente – es verdadero hijo de Dios y verdadero hijo del hombre: Dios, porque en principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios; hombre porque: El Verbo se hizo carne y estableció su morada entre nosotros, Dios, porque todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada se hizo de cuanto fue hecho, hombre, porque nació de una mujer sometida a la ley. El nacimiento de la carne manifiesta la naturaleza humana; el parto de una Virgen es el signo del poder de Dios. La infancia el niño está testimoniada por la humilde cuna, la grandeza del Altísimo es proclamada por las voces de los ángeles. En su nacimiento es similar a los otros hombres, aquellos que Herodes intenta matar; pero es señor de todas las cosas aquel que los magos tuvieron la dicha de poder postrados adorar Ya cuando se dirigió a Juan su precursor para el bautismo, para que no quedara oculto que bajo el velo de la carne se escondía la divinidad, la voz del Padre, tronando desde el cielo, dijo: Este es mi hijo predilecto, en el cual me he complacido. Aquel que la astucia del demonio tentó como hombre, como a un Dios sirven los ángeles. Tener hambre, tener sed, cansarse y dormir, evidentemente que es propio de hombres, pero saciar cinco mil hombres con cinco panes, dar agua viva a la samaritana, la que producía el efecto de que quien la bebía no tenía nunca más sed, caminar sobre la superficie del mar sin que se hundan sus pies, y poner dóciles los vientos furiosos después de haber amonestado a la tormenta, todo esto, sin duda, es cosa divina. Como, por ejemplo, para evocar muchas cosas, no es de la misma naturaleza llorar con piadoso afecto a un amigo muerto y reclamarlo a la vida, resucitado, con el solo mandato de la voz, sacando de en medio la piedra de una tumba sellada ya hacía cuatro días; colgar de una cruz y conmover los elementos de la naturaleza, transformando la luz en tinieblas; o ser traspasado por clavos y abrir las puertas del paraíso, a la fe del ladrón; lo mismo que no es de la misma naturaleza decir: El Padre y yo somos una sola cosa y decir: El Padre es mayor que yo. Aun cuando en realidad, en el señor Jesucristo haya una sola persona para Dios y el hombre, otro es el elemento del cual surja para uno y otro la ofensa, como es otro el elemento del cual emana para uno y otro la gloria. Por nuestra naturaleza posee una humanidad inferior al Padre, del Padre le deriva una divinidad igual a la del Padre.

Precisamente por esta unidad de persona, que ha de entenderse como propia de cada una de las dos naturalezas, se lee que el Hijo del hombre descendió de los cielos, mientras que el Hijo de Dios asumió la carne de la Virgen María, de la cual nació, y, por otra parte, se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, aun cuando no haya sufrido esto en la misma divinidad, por la cual el unigénito es coeterno y consubstancial al Padre, sino en la limitación de la naturaleza humana. Precisamente por esto, confesamos todos, incluso en el Símbolo que el Hijo unigénito de Dios fue crucificado y sepultado, según las palabras del apóstol: Si lo hubieran conocido, no habrían jamás crucificado al Señor de la gloria. Y nuestro mismo Señor y Salvador, queriendo instruir en la fe con sus preguntas a los discípulos; ¿Quién, dijo, dicen los hombres que sea el Hijo del hombre? Ellos refieren las varias opciones de los otros. Y ustedes, continuó, ¿quien dicen que soy yo? Yo, que soy el Hijo del hombre y que ustedes ven bajo el aspecto de un siervo y en la verdad de la carne, ¿quién dicen ustedes que soy? Fue entonces cuando San Pedro, divinamente inspirado y destinado a confortar a todas las naciones con su confesión, Tú eres el Cristo, dijo, el Hijo del Dios vivo. Y bien, con razón fue llamado feliz por el Señor y de la piedra principal obtuvo la solidez y el nombre, aquel que por revelación del Padre reconoció en él al Hijo de Dios y Cristo, porque aceptar una cosa sin la otra no habría llevado a la salvación. Y había igual peligro en creer que el Señor Jesús fuese solo Dios, sin ser hombre, o sólo hombre sin ser Dios.

Después de la resurrección del Señor, que ciertamente ocurrió en el verdadero cuerpo, pues no resucitó sino aquel que había sido crucificado y muerto, ¿qué otra cosa hizo sino purificar íntegramente nuestra fe de todos los errores? Para esto, Él hablaba con sus discípulos, y viviendo y comiendo con ellos, les permitía, sobrecogidos como estaban de las dudas, acercársele y tener frecuente contacto con Él; estando las puertas cerradas entró donde estaban los discípulos, y son su soplo les dio el Espíritu santo, y daba luces a la inteligencia y develaba el sentido misterioso y profundo de las Sagradas Escrituras, mostraba repetidamente la herida de su costado, y las llagas de los clavos, y todos los signos de la recientísima pasión, diciendo: Miren mis manos y mis pies, soy yo, toquen, un espíritu no tiene ni carne ni huesos, como, en cambio, ustedes ven que los tengo yo, para que pudiesen constatar que las propiedades de las naturalezas divina y humana permanecían en él, y así supiéramos que el Verbo no es la misma cosa que la carne y confesásemos que el Verbo y la carne constituyen un solo Hijo de Dios.

Frente a este sacramento de la fe, Eutiques se demuestra bien desprovisto, él que en el Unigénito de Dios, ni a través de la humildad de un estado sujeto a la muerte, ni a través de la gloria de la resurrección ha reconocido nuestra naturaleza, ni se ha conmovido con las palabras del bienaventurado Juan, apóstol y evangelista, cuando dice: Cualquiera que confiese que Jesucristo apareció en la carne, es de Dios, y cualquiera que divide a Jesús, no es de Dios, más aún, es el anticristo. Y ¿qué dividiríamos en Jesús, sino separar en él la naturaleza humana y con vanísima decisión negar el único misterio por el cual fuimos salvados? Por lo demás, el que se debate en las tinieblas sobre lo que se refiere a la naturaleza del cuerpo de Cristo, debe por fuerza anular con la misma ceguera todo lo que se refiere a su pasión. Si, entonces, no sostiene que es falsa la cruz del Señor, y no duda que la muerte haya sido verdadera, aceptada para la salvación del mundo, deberá necesariamente admitir la carne de aquel que cree que murió. No podrá refutar que fue hombre con un cuerpo similar al nuestro aquel que reconoce que sufrió. Porque negar la verdad de la carne es negar la realidad de la pasión corpórea.

Si entonces él acepta la fe cristiana y no descuida escuchar la palabra del Evangelio, considere cuál naturaleza – traspasada de clavos haya estado suspendida del madero de la cruz, y considere el costado del crucificado, atravesado por la lanza, de donde saliera sangre y agua, para que la iglesia de Dios fuera regada de una ablución y una fuente. Escuche albienaventurado Pedro predicar que la santificación viene con la aspersión de la sangre de Cristo. Lea y reflexione, la expresión del mismo apóstol, cuando dice: Sepan que, según la tradición de los padres, no fueron redimidos de su vano modo de vivir con oro ni plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Jesucristo, cordero puro e inmaculado.

Y tampoco resista el testimonio del bienaventurado apóstol Juan, que dice; : La sangre de Jesús, hijo de Dios, nos purifica de todo pecado. Y también: esta es la victoria que derrota al mundo, nuestra fe. ¿ Quién es aquel que vence al mundo, sino ese que cree que Jesús es el hijo de Dios? Al que ha venido a través del agua y la sangre, Jesucristo, no sólo en el agua, sino en el agua y la sangre. Y es el Espíritu el que da testimonio. Porque el Espíritu es la verdad. Porque son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre. Y estos tres son una sola cosa. Naturalmente, debe entenderse el espíritu de santificación, la sangre de la redención, el agua del bautismo: tres cosas que son una misma, aun cuando conservan su individualidad, y ninguna de ellas está separada de las otras. Porque la iglesia católica vive y progresa en esta fe: que en Cristo Jesús no hay humanidad sin divinidad, ni divinidad sin verdadera humanidad.

Examinado e interrogado Eutiques por ti, respondió: “Confieso que nuestro Señor Jesucristo tuvo dos naturalezas antes de su unión, pero que tuvo una sola después de la unión”, me admira como una profesión de fe tan absurda y perversa no haya encontrado en los jueces una severa reprensión y que un discurso tan tonto haya podido pasar como si no tuviera nada de ofensivo. Es igualmente impía la afirmación: que el hijo unigénito de Dios antes de la encarnación haya tenido dos naturalezas, y la otra afirmación que después que el Verbo se hizo carne, haya habido en él una sola naturaleza.

Para que Eutiques no deba creer haber hecho esta afirmación o conforme a verdad o al menos tolerablemente (por el hecho de no haber sido refutado por ninguna sentencia contraria)nosotros exhortamos tu caridad siempre solícita, amadísimo hermano, para que, si por la gracia de la misericordia de Dios la causa se va resolviendo de modo satisfactorio, la imprudencia de un hombre tan ignorante sea purificada también de esta peste de pensamiento. Él, tal como documenta la relación de las actas, había rectamente comenzado a renunciar a sus ideas cuando, constreñido por vuestra sentencia, afirmaba admitir cuanto antes no admitía, y adherir a la misma fe de la cual antes se había mostrado distante. Pero el hecho de que no quisiera dar su consentimiento cuando se trató de condenar la impía doctrina, tu fraternidad bien comprendió que él permanecía en su pérfida opinión, y se hacía digno de recibir un juicio condenatorio. Si más tarde el se arrepiente sincera y útilmente, y reconoce, aunque sea tardíamente, con cuanta razón se puso en actividad la autoridad de los obispos, si a plena satisfacción él condenare a viva voz y firmando de su mano todos sus errores, ninguna misericordia, por grande que sea, será digna de ello. Nuestro Señor, de hecho, verdadero y buen pastor, que da su vida por las ovejas, que viene a salvar a las almas de los hombres y no a perderlas, desea que seamos imitadores de su piedad. Y si la justicia ha de reprimir al que comete falta, la misericordia no puede rechazar al que se convierte. Y es entonces, que la fe verdadera resulta defendida con abundantísimo fruto cuando el error es condenado aun por aquellos que lo sostienen.

Para conducir a término, piadosa y fielmente esta materia, hemos mandado como nuestros representantes a nuestros hermanos Julio, obispo y Renato, presbítero del título de San Clemente, junto a mi hijo Hilario, diácono. Les hemos agregado a Dolcicio, nuestro notario, cuya fidelidad a toda prueba nos es evidente. Y confiamos que les asista el auxilio divino, para que aquel que ha errado, una vez condenado su malvado modo de sentir, sea salvado. Dios te custodie en salud, hermano amadísimo.

Dado en los Idus de Junio, en el consulado de los preclaros Asterio y Protógenes (13 de Junio del 449).

jueves, 10 de agosto de 2017

CONTRA LOS DISPUTADORES DE LA VERDAD SO PRETEXTO DE LIBERTAD

«Si se deja a la humana persuasión entera libertad de disputar, nunca faltará quien se oponga a la verdad, y ponga su confianza en la locuacidad de la humana sabiduría, debiendo por el contrario conocer por la misma doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, cuán obligada está a evitar esta dañosísima vanidad la fe y la sabiduría cristiana». (San León Magno, Epístola 164, cap. 2)

viernes, 26 de diciembre de 2014

HUID DE LOS HEREJES Y EVITAD DIALOGAR CON ELLOS

Desde LA PUERTA ANGOSTA
 
San León Magno

"Huid de los razonamientos y coloquios de los herejes, como de la ponzoña de la víbora, y no tengáis que ver con aquellos que con el nombre de cristianos hacen guerra a la Fe de Cristo".
 
San León Magno, De passióne Dómini.