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viernes, 24 de julio de 2026

PORTAL DE NOTICIAS VATICANO NORMALIZA LA INMORAL FECUNDACIÓN IN VITRO

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
  

Vatican News, el costoso portal de noticias del Vaticano con una modesta audiencia en línea, publicó el artículo “Reproducción asistida: cuando la IA se usa contra los seres humanos” (titulado en español como “Procreación asistida: el papel de la IA divide a la bioética”) el 21 de Julio sobre las implicaciones éticas de la inteligencia artificial en la fecundación in vitro (FIV).
  
El artículo (publicado en ocasión de la inauguración del primer laboratorio de fertilidad totalmente automatizado en Estados Unidos) trata la FIV intrínsecamente mala como una forma establecida de “reproducción médicamente asistida” y se centra en los riesgos que plantea la automatización.
   
El autor del artículo es un tal Davide Dionisi, que trabajó durante más de 25 años en Radio Vaticana–Vatican News y ahora es el Enviado Especial de Italia para la Promoción de la Libertad de Religión y la Protección de las Minorías Religiosas.
  
Dionisio se apoya en los comentarios de la filósofa especialista en bioética Laura Palazzani, miembro de la Pontificia Academia para la Vida.
  
Palazzani argumenta que la tecnología debe “apoyar el proceso clínico” en lugar de reemplazar al médico. Ella insiste en que los médicos siguen siendo indispensables durante los procedimientos que incluyen «la recuperación y el procesamiento de gametos, la fertilización in vitro y el cultivo y la transferencia de embriones».
  
Una de las preocupaciones centrales del artículo es la posibilidad de que los algoritmos, en lugar de los embriólogos, puedan decidir qué embriones deben transferirse.
   
«Por lo tanto, existe un riesgo bioético específico cuando es un algoritmo, y no solo el embriólogo, el que evalúa y selecciona los embriones a transferir», dice Palazzani. Ella pide supervisión humana, transparencia y responsabilidad en la selección de embriones.

martes, 24 de marzo de 2026

DEL AVAL VATICANO AL USO DE ÓRGANOS DE ANIMALES EN LOS TRASPLANTES


La Pontificia Academia para la Vida presentó hoy 24 de Marzo la actualización del documento “Perspectivas sobre el xenotrasplante. Aspectos científicos y Consideraciones éticas”, avalando como “éticamente aceptable” el uso de órganos de origen animal (principalmente de cerdos) en trasplantes humanos, en respuesta a los avances científicos recientes en este campo.

El documento, presentado en conferencia por el presidente de la PAV Renzo Pegoraro, y los científicos Daniel J. Hurst (del Departmento de Educación e Investigación Médica de la Escuela Rowan-Virtua de Medicina Osteopática en la Universidad Rowan en Stratford, EE. UU.), Monica Consolandi (investigadora de la Fundación Bruno Kessler de Trento), y Emanuele Cozzi (responsable de la Unidad de Inmunología de Trasplantes del Hospital de la Universidad de Padua), afirma que «la teología católica no presenta impedimentos, de carácter religioso o ritual, para el uso de ningún animal como fuente de órganos, tejidos o células para trasplante en seres humanos», sosteniendo que el sacrificio de animales puede considerarse legítimo cuando existe un beneficio importante para el ser humano, incluso si implica experimentación o modificación genética.

Aun así, el instituto del Vaticano subraya la responsabilidad de la humanidad en el cuidado de la creación, exigiendo que la modificación del genoma animal evite el sufrimiento innecesario y respete la biodiversidad, en una forma “intencional, proporcionada y sostenible”.

En ese mismo orden, el dictamen evalúa la preocupación sobre posibles híbridos interespecies (“Quimeras”), asegurando que no afectarán la identidad genética y biológica del paciente órgano-receptor, y en esa perspectiva, el uso de órganos animales —incluidos los de cerdos modificados genéticamente— no supone una amenaza para la identidad personal o espiritual del paciente.

Asimismo, se reconoce también la “legitimidad” de la investigación científica llevada a cabo en personas con “muerte cerebral”, dado que según el Vaticano, «no existe objeción alguna a la realización de estudios en individuos fallecidos como paso previo a los ensayos clínicos», aunque pide seguir profundizando en su evaluación ética.

Finalmente, el documento enfatiza en la necesidad de un consentimiento informado riguroso, advirtiendo de riesgos como la posible transmisión de xenozoonosis (infecciones animales) y la necesidad de un seguimiento médico de por vida; y plantea que el desarrollo de estas técnicas no debe comprometer la equidad en el acceso a los recursos sanitarios.
   
***
   
Aun desde antes del primer procedimiento exitoso por el doctor Barnard en 1968, se ha estado hablando del trasplante de órganos, y las cuestiones morales al respecto, en especial de los transplantes alogénicos (el órgano procede de un donante externo), sobre lo cual ya se había pronunciado Pío XII.

En cuanto a los trasplantes entre vivos, la postura mayoritaria entre los moralistas católicos es que su moralidad depende de la preservación de la integridad funcional del donador (como plantearon el moralista jesuita Gerald Andrew Kelly y los dominicos Benedict Ashley y Kevin David O’Rourke), y que la acción del trasplante es permisible siempre y cuando
  1. No sea moralmente incorrecta por otras razones,
  2. No tenga un efecto negativo intencional,
  3. No busque un efecto positivo por medio del efecto negativo,
  4. Tenga una razón “suficientemente proporcional” para tolerar o aceptar el efecto negativo,
así que aquí no hay mayor cosa que decir.
 
Es en los trasplantes de órganos procedentes de muertos donde se presentan los mayores problemas:
  1. La determinación de la muerte es mayormente incierta, y el criterio de “muerte cerebral” (implementado desde su adopción por la Escuela de Medicina de Harvard en 1968) es engañoso.
  2. La utilidad de los órganos sólidos (corazón, pulmones, hígado y páncreas, riñones) de un donador muerto es dudosa, porque se requiere que aún funcionen para el trasplante.
  3. A consecuencia de todo lo anterior, se ha propagado la práctica de la extracción de los órganos sólidos a personas vivas, aun cuando estas no expresaron su voluntad de ser donantes (con los solos fines de disponer de órganos para los trasplantes y de respiradores en las unidades de cuidados intensivos), con lo que la verdadera causa de muerte es precisamente esa extracción de órganos (que atentan justificar con el argumento utilitarista y cínico de «de todos modos, se iba a morir»), configurándose lo que en derecho penal se llama HOMICIDIO AGRAVADO POR MOTIVO ABYECTO Y FÚTIL.
Resumido: Desde 1968, los órganos empleados en los trasplantes son de personas VIVAS biológicamente que han sido asesinadas por motivos utilitaristas. Hasta la literatura médica lo admite, como se ve en el artículo “The Dead Donor Rule and Organ Transplantation” (La regla del donante fallecido y el trasplante de órganos) del doctor Robert D. Truog y el profesor Franklin G. Miller, publicado en el New England Journal of Medicine, 14 de Agosto de 2008, vol. 359 (7), págs. 674-675, que dice:
«La incómoda conclusión que se desprende de esta bibliografía es que, si bien puede ser perfectamente ético extraer órganos vitales para trasplante de pacientes que cumplen los criterios diagnósticos de muerte cerebral, la razón por la que es ético no puede ser que estemos convencidos de que realmente están muertos.
  
[…] Si bien puede ser ético extraer órganos vitales de estos pacientes, creemos que la razón de su ética no puede ser, de manera convincente, que los donantes estén muertos».
Y su conclusión no es menos monstruosa:
«En los albores del trasplante de órganos, la regla del donante fallecido se aceptaba como una premisa ética que no requería reflexión ni justificación, presumiblemente porque parecía necesaria como salvaguarda contra la extracción poco ética de órganos vitales de pacientes vulnerables. Sin embargo, en retrospectiva, parece que la dependencia de esta regla tiene mayor potencial para socavar la confianza en el ámbito del trasplante que para preservarla. En el peor de los casos, esta dependencia continua sugiere que la profesión médica ha estado manipulando la definición de muerte para que se ajuste cuidadosamente a las condiciones más favorables para el trasplante. En el mejor de los casos, la norma ha proporcionado una justificación ética engañosa que no resiste un análisis riguroso».

Ahora, preguntamos al lector: ¿Ha habido confusión moral en la Iglesia Católica? DEPENDE de en qué postura esté el lector. Si se considera como Iglesia Católica a la institución gobernada desde el Vaticano (y en realidad NO LO ES), la respuesta es un SÍ rotundo. Resulta que ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI definieron nada, sino que manejaron posturas contradictorias, a diferencia de Pío XII citado anteriormente.

Wojtyła, en un discurso en Agosto del 2000, dijo: 
«Podemos afirmar que el criterio recientemente establecido para determinar la muerte con certeza, a saber, el cese completo e irreversible de toda actividad cerebral, si se aplica rigurosamente, no parece estar en conflicto con los elementos esenciales de una antropología seria… Esta certeza moral se considera la base necesaria y suficiente para actuar de manera éticamente correcta» (Discurso al XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, 29 de Agosto del 2000).
Pero cuatro años más tarde, aceptó el principio de que, en caso de duda, se presumía que una persona estaba viva y no muerta:
«Además, reconocemos el principio moral según el cual incluso la simple sospecha de estar en presencia de una persona viva conlleva la obligación de respetarla plenamente y de abstenerse de cualquier acción que tenga por objeto provocar su muerte» (Discurso a los participantes en el Congreso internacional sobre “Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo:  avances científicos y dilemas éticos”. 20 de Marzo de 2004).
Y en 2005, aprobó la decisión de la Academia Pontificia para la Vida de convocar una reunión de especialistas en febrero de 2005 “Sobre la determinación del momento preciso de la muerte” (lo cual no tendría sentido si hubiese aceptado plenamente el criterio neurológico).

El caso de Ratzinger fue más explícito y comentado en su momento. Si bien dijo en su discurso en el marco de la conferencia sobre trasplante de órganos organizada en parte por la PAV en 2008 que donar órganos es «un testimonio único de caridad» y él mismo se convirtió en donador de órganos en los años 70, en 2011 su secretario privado Georg Gäsnwein Gromann dijo que desde su “elección” en 2005 se entendía revocado tal consentimiento).
   
Ítem lo anterior, en el discurso citado advirtió que el principio de certeza moral al determinar la muerte debe ser la máxima prioridad de los médicos.
«En estos casos, desde luego, debe regir como criterio principal el respeto a la vida del donante de modo que la extracción de órganos sólo tenga lugar tras haber constatado su muerte real» (Discurso a los participantes en un Congreso internacional sobre la donación de órganos organizado por la Academia Pontificia para la Vida, 7 de Noviembre de 2008).
Valga señalar que en ese congreso no se abordó la cuestión moral que está en el centro de la controversia sobre los trasplantes de órganos. 

Y ¿Por qué esa confusión? Porque en la Iglesia Conciliar/Sinodal imperan la “Ética de la situación” y la “Nueva Moral” condenadas por Pío XII, que evalúan la moralidad los actos desde las circunstancias en que se presentan, no de si son intrínsecamente buenos o malos.

Finalmente, conviene recordar a los católicos que no deben autorizar de forma general el trasplante de órganos de su propio cuerpo, como se solicita con frecuencia (el trámite varía en cada país), ni permitir que dicha autorización figure en su documento de identidad o en su historia clínica. Esto equivaldría, en la práctica, a autorizar la extracción inmoral de sus órganos y su propio asesinato en caso de muerte cerebral, y privaría a sus familiares católicos del poder de impedir que la profesión médica tome estas medidas.

D. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
24 de Marzo de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Martes de la Semana de Pasión. Fiesta de San Gabriel Arcángel; y de San Simón de Trento, Mártir. Institución del Santo Sacrificio de la Misa.

PÍO XII Y LA MORALIDAD MÉDICA

A propósito del reciente aval de la Pontificia Academia para la Vida en el Vaticano sobre los trasplantes de órganos procedentes de animales, vale recordar la postura católica sobre el tema en general de los trasplantes. Para tal fin, presentamos dos discursos del Papa Pío XII: Uno a los miembros de la VIII Asamblea de la Asociación Médica Mundial el 30 de Septiembre de 1954, y el otro a los miembros de la Asociación de donantes de córnea y de la Unión italiana de ciegos el 14 de Mayo de 1956
  
1.º DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS PARTICIPANTES EN LA VIII ASAMBLEA DE LA ASOCIACIÓN MÉDICA MUNDIAL [30 de septiembre de 1954. En Acta Apostolicæ Sedis 46 (1954), págs. 587-598].
  
Nos sentimos felices al encontrarnos una vez más entre los médicos, como tan frecuentemente ha sucedido en estos últimos años, y dirigirles algunas palabras.

Nos habéis informado de las finalidades de la Asociación Médica Mundial y de los resultados obtenidos durante los siete años de su existencia. Con gran interés hemos conocido Nos estos informes y el gran número de tareas a las que habéis consagrado vuestra atención y vuestros esfuerzos: ponerse en contacto y agruparse las asociaciones médicas nacionales; cambio mutuo de las experiencias de cada uno; examen de los problemas actuales en los distintos países; convenciones formales con una serie de organizaciones emparentadas; creación de un Secretariado general en Nueva York, fundación de una revista propia, World Medical Journal. Junto a estas realizaciones de orden más administrativo, la fijación y valorización de algunos puntos importantes de la profesión y del estado médico; defensa de la reputación y del honor de la corporación de los médicos; elaboración de un Código internacional de ética médica, admitido ya por cuarenta y dos naciones; aceptación de una nueva redacción del juramento de Hipócrates (juramento de Ginebra); condenación oficial de la eutanasia. Entre muchas otras cuestiones, las relativas a la transformación y al desarrollo de la enseñanza universitaria para la formación de los jóvenes médicos y más todavía para la investigación médica. No hemos mencionado aquí sino tan sólo algunos puntos. En el programa del actual Congreso VIII, habéis añadido todavía, por ejemplo: los deberes del médico en tiempo de guerra, singularmente de guerra bacteriológica; posición del médico con relación a la guerra química y atómica y a la experimentación en el hombre.

El aspecto médico, tanto el técnico como el administrativo, de estas cuestiones es materia vuestra; mas en lo que se refiere al aspecto moral y jurídico, querríamos Nos llamar vuestra atención sobre algunos puntos. Una serie de problemas, que os ocupan, también Nos han ocupado a Nos y formaron el objeto de especiales alocuciones. Así, el 14 de septiembre de 1952, a los participantes en el Primer Congreso Internacional de Histopatología del sistema nervioso, Nos hemos hablado (a petición de ellos mismos) sobre los límites morales de los métodos modernos de investigación y de tratamiento. Nos hemos referido Nuestras explicaciones al examen de los tres principios de donde la Medicina deduce la justificación de estos métodos de investigación y de tratamiento: el interés científico de la medicina, el interés del paciente, el interés de la comunidad o, como se dice, el bien común, «bonum commune»[1]. En una alocución a los miembros del XVI Congreso Internacional de Medicina Militar, Nos hemos expuesto los principios esenciales de la moral y del derecho médico, su origen, su contenido y su aplicación[2]. El XXVI Congreso de la Asociación Italiana de Urología Nos había propuesto la discutida cuestión: «¿está permitido moralmente extirpar un órgano sano para impedir el progreso de un mal que amenaza a la vida?». Hemos respondido Nos a ella en una alocución del 8 de octubre del año pasado[3]. Finalmente, Nos hemos tocado las cuestiones que os ocupan durante el actual Congreso, las de la apreciación moral de la guerra moderna y de sus procedimientos, en una alocución del 3 de octubre de 1953 a los participantes en el VI Congreso Internacional de Derecho Penal[4].

Si ahora Nos no hacemos sino mencionar brevemente algunos de estos puntos, a pesar de su importancia y de su alcance, Nos esperamos que las explicaciones dadas anteriormente puedan servir de complemento; y por no alargar demasiado este discurso, las presentaremos cada vez íntegramente en nota.

LA GUERRA Y LA PAZ
Que el médico tiene durante la guerra un papel, y un papel privilegiado, es una evidencia. En ningún otro momento hay tantos que cuidar y curar, así entre soldados como entre civiles, entre amigos como entre enemigos. Necesario es conceder al médico, sin restricciones, el derecho natural de intervenir allí donde se requiera su ayuda, y garantizárselo también mediante convenciones internacionales. Aberración de juicio y de corazón sería querer negar al enemigo el socorro médico y dejarle perecer.

¿Tiene el médico un papel que jugar en la elaboración, perfeccionamiento, acrecentamiento de los medios de la guerra moderna, singularmente de los medios de la guerra A.B.C.*? Imposible responder a esta cuestión sin haber resuelto antes esta otra: “La guerra total” moderna, singularmente la guerra A.B.C., ¿está permitida en principio? No puede subsistir duda alguna, sobre todo a causa de los horrores y de los inmensos sufrimientos provocados por la guerra moderna, que desatar ésta sin justo motivo (es decir, sin que se halle impuesta por una injusticia evidente y extremadamente grave, inevitable de otro modo), constituye un “delito” digno de las sanciones nacionales e internacionales más severas. Ni siquiera en principio se puede proponer la cuestión de la licitud de la guerra atómica, química y bacteriológica, sino en el caso en que se la juzgue indispensable para defenderse en las condiciones indicadas. Y aun entonces es preciso empeñarse por todos los medios en evitarla mediante acuerdos internacionales o señalar a su empleo límites muy claros y precisos para que sus efectos queden circunscritos a las exigencias estrictas de la defensa. Cuando, sin embargo, el empleo de este medio lleva consigo una tal extensión del mal que se escapa totalmente al control del hombre, su utilización debe rechazarse como inmoral. Aquí ya no se trataría de la “defensa” contra la injusticia y de la necesaria “salvaguardia” de posesiones legítimas, sino de la aniquilación pura y simple de toda vida humana en el interior del radio de acción. Esto no se halla permitido por ninguna razón.

Volvamos al médico. Si alguna vez, en el cuadro de los límites indicados, una guerra moderna (A.B.C.) puede justificarse y se justifica de hecho, la cuestión de la colaboración moral lícita del médico puede entonces plantearse. Pero estaréis de acuerdo con Nos: preferible es no ver al médico ocupado en una tarea de este género; ella contradice demasiado a su deber primordial: llevar socorro y curar, pero no hacer daño ni matar.

Esto os hará comprensibles el sentido y la justificación de Nuestras anteriores explicaciones; lo que Nos hemos dicho sobre la condenación de la guerra en general y sobre la situación y el papel del médico en tiempo de guerra[5] y [6].

LA EXPERIMENTACIÓN EN EL HOMBRE
Según informaciones que Nos han llegado de parte vuestra, al programa primitivo de vuestro actual Congreso habéis añadido la cuestión de la experimentación en el hombre vivo.

Qué extensión pueda tener esta experimentación y a qué abusos puede conducir, lo han demostrado los procesos de los médicos de la posguerra.

Nos no permitimos el remitir, sobre esta materia, a un pasaje de uno de Nuestros discursos precedentes[7].

Fácilmente se comprende que la investigación y la práctica médica no pueden prescindir de toda experimentación en el hombre vivo. Pero se trata de saber cuáles son las condiciones necesarias de la experimentación, sus límites, sus obstáculos, sus decisivos principios básicos. En los casos desesperados, cuando el enfermo está perdido si no se interviene y cuando existe un medicamento, un medio, una operación que, sin excluir todo peligro, guardan todavía cierta posibilidad de éxito, un espíritu recto y reflexivo admite sin más que el médico puede con el consentimiento explícito o tácito del paciente, proceder a la aplicación de este tratamiento. Pero la investigación, la vida y la práctica, no se limitan a tales casos; los desbordan y van más lejos. Aun entre médicos serios y concienzudos, se oye formular la idea de que si no se corre el peligro con nuevas vías, si no se ensayan nuevos métodos, se detiene el progreso, si es que no se le paraliza por completo. Sobre todo, en el terreno de las intervenciones quirúrgicas, se hace resaltar cómo muchas operaciones, que hoy no llevan consigo ningún peligro especial, tienen tras de sí un largo pasado y una larga experiencia —el tiempo necesario al médico para aprender y ejercitarse— y que un número más o menos grande de casos mortales señalan los comienzos de estos procedimientos.

A vuestra competencia profesional pertenece responder a las cuestiones que se refieren a las condiciones médicas y a las indicaciones de la experimentación en el hombre vivo. Sin embargo, la dificultad de una precisión moral y jurídica hace aparecer como necesarias algunas indicaciones.

En Nuestra alocución a los médicos militares, brevemente hemos formulado Nos las directrices esenciales sobre esta materia[8].

Para tratar y resolver estos problemas, se recurre, como se puede ver en el texto citado, a una serie de principios morales de la más fundamental importancia; la cuestión de las relaciones entre el individuo y la comunidad, la del contenido y límites del derecho a utilizar la propiedad de otro, la cuestión de las condiciones y de la extensión del principio de totalidad, la de las relaciones entre la finalidad individual y social del hombre, y otras semejantes. Aunque estas cuestiones no pertenecen al dominio específico de la medicina, ésta, en todo caso, las debe tener en cuenta, como cualquier otra de las actividades humanas.

Lo que vale para el médico con relación al paciente, vale también para el médico con relación a sí mismo. Está sometido a los mismos grandes principios morales y jurídicos. Tampoco él puede tomarse a sí mismo como objeto de experiencias científicas o prácticas, que lleven consigo un daño serio o que amenacen a su salud; mucho menos aún está autorizado para intentar una intervención experimental que, según una opinión autorizada, pueda producir la mutilación o el suicidio. Además, preciso es decir otro tanto sobre los enfermeros y enfermeras y sobre todo el que esté dispuesto a prestarse para investigaciones terapéuticas. No pueden entregarse a tales experiencias. Esta negación, en principio, no se refiere al motivo personal de quien se obliga, se sacrifica y se entrega en beneficio de un enfermo, ni al deseo de colaborar al progreso de una ciencia seria, que quiere ayudar y servir. Si de esto se tratara, sería obligada la respuesta afirmativa. En ninguna profesión, y en particular en la de médico y enfermero, faltan personas dispuestas a consagrarse totalmente a los demás y al bien común. Pero no se trata de aquel motivo ni de esta decisión personal; en tal actuación se trata, en fin de cuentas, de disponer de un bien no personal, sin tener derecho a ello. El hombre no es sino el usufructuario, no el poseedor independiente y el propietario de su cuerpo, de su vida y de todo cuanto el Creador le ha dado para que lo use, y esto en conformidad con los fines de la naturaleza. El principio fundamental: "Sólo el que tiene derecho a disponer está habilitado para usarlo, pero aun ello, tan sólo en los límites que le han sido fijados", es una de las últimas y más universales normas de acción, a las cuales se atiene inquebrantablemente el juicio espontáneo y sano, y sin las cuales el orden jurídico y el de la vida común de los hombres en el conjunto de la sociedad es imposible.

En lo que se refiere a extraer partes del cuerpo de un difunto para fines terapéuticos, no se puede permitir al médico que trate el cadáver como le plazca. Establecer las reglas convenientes pertenece a la autoridad pública. Pero tampoco ésta puede proceder arbitrariamente. Hay textos de ley, contra los cuales pueden suscitarse serias objeciones. Una norma, como la que permite al médico, en un sanatorio, sacar partes del cuerpo para fines terapéuticos, aunque esté excluido todo afán de lucro, no es admisible, siquiera por la posibilidad de que se la interprete demasiado libremente. Preciso es también tomar en consideración los derechos y los deberes de aquellos a quienes incumbe el encargarse del cuerpo del difunto. Finalmente, es necesario respetar las exigencias de la moral natural que prohíbe considerar y tratar el cadáver de un hombre simplemente como una cosa o como el de un animal.

MORAL Y DERECHO DE LOS MÉDICOS
Comprenderéis que, ante la lista de los resultados ya obtenidos en el curso de los siete años de existencia, la elaboración de un código internacional de moral médica, ya aceptado por cuarenta y dos países, haya suscitado muy particularmente Nuestro interés.

Podría creerse que fuera fácil crear una moral médica y un derecho médico mundial uniformes. Sin duda que la naturaleza humana es la misma sobre toda la tierra, en sus leyes y en sus rasgos fundamentales; la finalidad de la ciencia médica y, por consiguiente, la del médico serio, son también doquier las mismas: ayudar, curar y prevenir, no hacer daño ni matar. Afirmado esto, hay ciertas cosas que ningún médico hace, que ningún médico sostiene ni justifica, antes las condena. Asimismo hay cosas que ningún médico omite, sino que, por lo contrario, las exige y las ejecuta. Es, si así lo queréis, el código de honor del médico y el de sus deberes.

Sin embargo, en realidad, la moral médica actual todavía se halla muy lejos de constituir una moral mundial uniforme y completa. Relativamente son pocos los principios aceptados en todas partes. Pero este número relativamente pequeño es a su vez digno de consideración y merece ser apreciado alta y positivamente como el punto de partida de un desarrollo ulterior.

A propósito de la moral médica, querríamos Nos proponer a vuestra consideración las tres ideas básicas siguientes:
  1. A
  2. A
3.- La moral médica debe estar arraigada en lo trascendente
Lo que, en última instancia, se halla establecido por un hombre, puede un hombre, en última instancia, suprimirlo y en consecuencia (si ello es necesario o así le place) puede no cumplirlo. Esto contradice a la constancia de la naturaleza humana, constancia de su destino y de su finalidad, y contradice también al carácter absoluto e imprescriptible de sus exigencias esenciales. Porque éstas no dicen: «Si, como médico, tú quieres juzgar bien y obrar bien, obra así», sino que se manifiestan ellas en lo más profundo de la conciencia personal, bajo una forma completamente distinta: «Tú debes obrar bien, cueste lo que cueste. Por lo tanto, tú debes obrar así y no de otro modo». Este carácter absoluto de las exigencias morales se mantiene, tanto si el hombre las escucha como si no. El deber moral no depende del capricho del hombre: la acción moral es su único deber. Este fenómeno, admitido en todos tiempos, del carácter absoluto del orden moral, obliga a reconocer que la moral médica posee, en último análisis, un fundamento y una regla trascendente. En Nuestra alocución al Congreso de medicina militar, Nos hemos desarrollado estas consideraciones y hemos hablado sobre el control de la moral médica[9]:
1.- La moral médica debe basarse en el ser y en la naturaleza
Y esto porque ella debe responder a la esencia de la naturaleza humana y a sus leyes y relaciones inmanentes. Todas las normas morales, también las de la medicina, proceden necesariamente de los correspondientes principios ontológicos. De ahí viene la máxima: "Serás lo que tú eres". He ahí por qué una moral médica puramente positivista se niega a sí misma.
   
2.- La moral médica debe ser conforme a la razón, a la finalidad, y orientarse según los valores
La moral médica no vive en las cosas, sino en los hombres, en las personas, entre los médicos, en su juicio, su personalidad, su concepción y su realización de los valores. La moral médica en el médico son las cuestiones de conciencia personales: «¿Qué es su justificación?» (es decir, ¿qué finalidad persigue y se propone ella?). «¿Qué valor expresa ella por sí misma, en sus relaciones personales, en su estructura social?». Dicho de otro modo: «¿De qué se trata?», «¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Qué es lo que esto vale?». Los hombres morales no pueden ser superficiales; y si lo son, no pueden permanecer tales.
   
3.- La moral médica debe estar arraigada en lo trascendente
Lo que, en última instancia, se halla establecido por un hombre, puede un hombre, en última instancia, suprimirlo y en consecuencia (si ello es necesario o así le place) puede no cumplirlo. Esto contradice a la constancia de la naturaleza humana, constancia de su destino y de su finalidad, y contradice también al carácter absoluto e imprescriptible de sus exigencias esenciales. Porque éstas no dicen: «Si, como médico, tú quieres juzgar bien y obrar bien, obra así», sino que se manifiestan ellas en lo más profundo de la conciencia personal, bajo una forma completamente distinta: «Tú debes obrar bien, cueste lo que cueste. Por lo tanto, tú debes obrar así y no de otro modo». Este carácter absoluto de las exigencias morales se mantiene, tanto si el hombre las escucha como si no. El deber moral no depende del capricho del hombre: la acción moral es su único deber. Este fenómeno, admitido en todos tiempos, del carácter absoluto del orden moral, obliga a reconocer que la moral médica posee, en último análisis, un fundamento y una regla trascendente. En Nuestra alocución al Congreso de medicina militar, Nos hemos desarrollado estas consideraciones y hemos hablado sobre el control de la moral médica[9].
   
Añadamos una palabra sobre el derecho médico, del que Nos hemos tratado otras veces con más detalle.

La vida de los hombres en comunidad exige normas determinadas y firmemente delimitadas, pero no más numerosas de lo que el bien común exige. Por lo contrario, las normas morales se extienden mucho más lejos, son mucho más numerosas y, en muchos aspectos, menos netamente delimitadas, a fin de permitir la adaptación necesaria a las exigencias justificadas de los casos particulares. El médico penetra profundamente en la vida del individuo y de la comunidad, a causa de la profesión que él ejerce. En la sociedad tiene él necesidad de un apoyo jurídico amplio; y también de una singular seguridad para su persona y su acción médica. Por otra parte, la sociedad quiere una garantía de la capacidad y de la competencia de los que se presentan y actúan como médicos. Todo esto demuestra la necesidad de un derecho médico, nacional y, hasta donde posible sea, internacional. No en el sentido de un detallado reglamento, fijado por leyes; al contrario, que el Estado abandone, en lo que sea posible, la elaboración de este reglamento a los colegios de médicos (nacionales e internacionales), otorgándoles los necesarios poderes y sanciones. Resérvese él la alta vigilancia, las últimas sanciones, la integración del orden y de los colegios de médicos en el conjunto de la vida nacional.

El derecho médico en su contenido debe ser expresión de la moral médica, por lo menos en cuanto que no contenga nada opuesto a la moral. Llegue él a proponer todo lo que debería, para satisfacer las exigencias de la ética natural; según las experiencias hechas hasta el presente, se trata de un deseo cuya realización todavía se halla muy alejada.

En resumen: la moral médica está, en su último fundamento, basada en el ser, en la razón y en Dios: el derecho médico depende, además, de los hombres.

Nos hemos puesto de relieve tres puntos en el amplio programa de vuestro Congreso y Nos hemos dicho una palabra sobre la guerra y sobre la paz, sobre la experimentación en el hombre, sobre los esfuerzos para constituir una moral médica mundial y un derecho médico mundial.

Así queríamos Nos estimular y orientar vuestro juicio personal y contribuir, por Nuestra parte, a los progresos fructuosos y a la profundización de vuestro trabajo.
  
NOTAS
* [Guerra A.B.C. = atómica, bacteriológica, química (chimica)].
[1] Disc. e Rad., vol. 14, págs.319-330.
[2] 19 oct. 1953, ibid., vol. 15, págs. 417-428.
[3] Ibid. 15, 373-375.
[4] Ibid. 15, 337-353.
[5] Figura en primer lugar el crimen de una guerra moderna, no exigida por la necesidad incondicionada de defenderse, y que lleva consigo —podemos decirlo Nos sin titubear— ruinas, sufrimientos y horrores inimaginables. La comunidad de los pueblos debe contar con los criminales sin conciencia que, para realizar sus ambiciosos planes, no temen desatar la guerra total. Por ello, si los otros pueblos desean proteger su existencia y sus bienes más preciosos, y, si no quieren dejar franco el paso a los malhechores internacionales, no les queda sino prepararse para el día en que deberán defenderse. Este derecho de mantenerse a la defensiva, no se puede negarlo, aun hoy, a Estado alguno. Por lo demás, esto no cambia absolutamente nada el hecho de que la guerra injusta debe colocarse en el primer rango de los delitos más graves, que el derecho penal internacional condena, que sanciona con las penas máximas, y cuyos autores quedan en todo caso como culpables y obligados al castigo previsto. (Discurso a los participantes del VI Congreso Internacional de derecho penal, 3 oct. 1953; Disc. e Rad., vol.6, págs. 340-341).
[6] Este punto es decisivo para la posición del médico frente a la guerra en general, y a la guerra moderna en particular. El médico es adversario de la guerra y promotor de la paz. Tanto como está dispuesto a curar las heridas de la guerra, cuando éstas existen ya, otro tanto debe emplearse él, en la medida de lo posible, en evitarlas. La buena voluntad recíproca permite siempre evitar la guerra como último medio de regular las diferencias entre los Estados. Hace pocos días, Nos hemos todavía expresado el deseo de que se castigue en el plano internacional toda guerra que no se halle exigida por la necesidad absoluta de defenderse contra una injusticia muy grave referente a la comunidad, cuando no se la puede impedir por otros medios y, sin embargo, es preciso hacerla, so pena de dejar libre el campo en las relaciones internacionales a la violencia brutal y a la falta de conciencia. No basta, pues, tener que defenderse contra no importa qué injusticia para utilizar el método violento de la guerra. Cuando los daños producidos por ésta no son comparables a los de la “injusticia tolerada”, se puede tener la obligación de “soportar la injusticia”. Lo que acabamos de desarrollar vale, en principio, para la guerra A.B.C., atómica, biológica y química. La cuestión de saber si ella puede llegar a ser simplemente necesaria para defenderse contra una guerra A.B.C., que Nos baste el haberla planteado aquí. La respuesta se deducirá de los mismos principios, que son decisivos hoy para permitir la guerra en general. En todo caso, otra cuestión se plantea desde el primer momento: ¿no es posible por acuerdos internacionales el proscribir y apartar eficazmente la guerra A.B.C.? Después de los horrores de los dos conflictos mundiales, no tenemos Nos necesidad de recordar que toda apoteosis de la guerra se debe condenar como una aberración del espíritu y del corazón. Ciertamente, la fuerza del alma y el heroísmo hasta la entrega de la vida, cuando el deber lo exige, son grandes virtudes; pero querer provocar la guerra porque ella sea la escuela de las grandes virtudes y una ocasión para practicarlas, debería calificarse como crimen y como locura. Lo que Nos hemos dicho muestra la dirección, en la cual se encontrará la respuesta a esta otra cuestión: ¿puede el médico poner su ciencia y su actividad al servicio de la guerra A.B.C.? La “injusticia”, jamás puede él sostenerla, ni siquiera en servicio de su propio país; y cuando este tipo de guerra constituye una injusticia, el médico no puede colaborar a ella. (Discurso a los participantes del XVI Congreso Internacional de medicina militar; Disc. e Rad., vol. 15, págs. 321-322).
[7] No obstante, por tercera vez vuelve la cuestión: «¿el “interés médico de la comunidad” no está, en su contenido y en su extensión, limitado por ninguna barrera moral? ¿Da él “plenos poderes” para cualquier experiencia médica seria en el hombre viviente? ¿Suprime él las barreras que todavía valen para el interés de la ciencia o del individuo?». O bajo otra fórmula: «¿la autoridad pública —a la que precisamente incumbe el cuidado del bien común— puede dar al médico el poder de intentar ensayos en el individuo por el interés mismo de la ciencia y de la comunidad a fin de inventar y experimentar métodos y procedimientos nuevos, cuando estos ensayos sobrepasan el derecho del individuo a disponer de sí mismo; puede realmente la autoridad pública, por interés de la comunidad, limitar o suprimir hasta el derecho del individuo sobre su cuerpo y su vida, su integridad corporal y psicológica?». Para prevenir una objeción: siempre se supone que se trata de investigaciones serias, de esfuerzos honestos para promover la medicina teórica y práctica; pero no de cualquier maniobra que sirva de pretexto científico para encubrir otros fines y realizarlos impunemente. En lo que se refiere a las cuestiones planteadas, muchos han estimado, y aun lo estiman hoy, que es preciso responderlas afirmativamente. Para defender su tesis invocan ellos el hecho de que el individuo está subordinado a la comunidad, y que el bien del individuo debe dejar paso al bien común y serle sacrificado. Añaden que el sacrificio de un individuo a los fines de la investigación y de la exploración científica aprovecha finalmente al individuo mismo. Los grandes procesos de la posguerra han descubierto una cantidad tremenda de documentos que comprueban el sacrificio del individuo “al interés médico de la comunidad”. En los documentos se encuentran testimonios e informes que muestran cómo, con el asentimiento y a veces hasta por una orden formal de la autoridad pública, ciertos centros de investigación exigían sistemáticamente que se les suministraran hombres de los campos de concentración para sus experiencias médicas, y cómo los entregaban a tales centros: tantos hombres, tantas mujeres, tantos para tal experiencia, tantos para tal otra. Hay informes sobre el desarrollo y el resultado de las experiencias, sobre los síntomas objetivos y subjetivos observados en los interesados durante las diferentes fases de la experimentación. No pueden leerse esas notas sin sentirse embargado por una profunda compasión hacia aquellas víctimas, muchas de las cuales fueron a la muerte, y sin asustarse ante semejante aberración del espíritu y del corazón humano. Pero Nos podemos también añadir: los responsables de estos hechos atroces no han hecho sino responder afirmativamente a las cuestiones que Nos hemos planteado, y sacar las consecuencias prácticas de esta afirmación. ¿El interés del individuo hállase, en este punto, subordinado al interés médico común, o se violan aquí, tal vez de buena fe, las exigencias más elementales del derecho natural, violación que ninguna investigación médica puede permitirse? Necesario sería cerrar los ojos a la realidad para creer que, en la hora actual, ya no se encuentra nadie en el mundo de la medicina para mantener y defender las ideas que están en el origen de los hechos que Nos hemos citado. Basta seguir durante algún tiempo los informes sobre los ensayos y las experiencias médicas, para convencerse de lo contrario. Involuntariamente se pregunta qué es lo que ha autorizado a tal médico para atreverse a tal intervención, y lo que podría alguna vez autorizarla. Con una objetividad tranquila, la experiencia está descrita en su desarrollo y en sus efectos; se anota lo que se verifica y lo que no se verifica. Sobre la cuestión de la licitud moral, ni una palabra. Y, sin embargo, existe esta cuestión; y no se la puede suprimir pasándola en silencio. En el caso de que, en los hechos mencionados, la justificación moral de la intervención se deduzca del mandato de la autoridad pública, y consiguientemente de la subordinación del individuo a la comunidad, del bien individual al bien social, descansa ella en una explicación errónea de este principio. Preciso es observar que el hombre en su ser personal no está ordenado, en fin de cuentas, para la utilidad de la sociedad; antes al contrario, la comunidad lo está para el hombre. La comunidad es el gran medio querido por la naturaleza y por Dios para regular los cambios en que se completan las necesidades recíprocas, para ayudar a cada uno a desarrollar por completo su personalidad según sus aptitudes individuales y sociales. La comunidad, considerada como un todo, no es una unidad física que subsiste en sí, y sus miembros individuales no son partes integrantes suyas. El organismo físico de los seres vivos, de las plantas, de los animales o del hombre posee, como tal todo, una unidad que subsiste en sí; cada uno de los miembros, por ejemplo, la mano, el pie, el corazón, el ojo es una parte integrante, destinada por todo su ser a insertarse en el conjunto del organismo. Fuera del organismo no tiene, por su propia naturaleza, ningún sentido, ninguna finalidad; está enteramente absorbido por el conjunto del organismo, al cual se halla unido. De otro modo sucede en la comunidad moral y en cada organismo de carácter puramente moral. Aquí el todo no tiene unidad que subsista en sí, sino una simple unidad de finalidad y de acción. En la comunidad, los individuos no son sino colaboradores e instrumentos para la realización de la finalidad comunitaria. ¿Qué se deduce para el organismo físico? El dueño y el usufructuario de este organismo, que posee una unidad subsistente, puede disponer directa e inmediatamente de las partes integrantes, de los miembros y órganos, en el cuadro de su finalidad natural; puede igualmente intervenir, con tanta frecuencia y en la medida en que lo exija el bien del conjunto, para paralizar, destruir, mutilar, separar sus miembros. Pero, por lo contrario, cuando el todo no posee sino una unidad de finalidad y de acción, su cabeza, es decir, en el caso presente, la autoridad pública, posee sin duda una autoridad directa y el derecho de plantear exigencias a la actividad de las partes, pero en ningún caso puede disponer directamente de su ser físico. Y así todo ataque directo a su esencia constituye un abuso de competencia por parte de la autoridad. (Discurso al I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema Nervioso, 14 sept. 1952; Disc. e Rad., vol.14, págs. 325-328).
[8] «…el médico justificaba sus decisiones por el interés de la ciencia, el del paciente y el del bien común. Del interés de la ciencia ya se ha hablado. En cuanto al del paciente, el médico no tiene otro derecho para intervenir sino el concedido por el enfermo. El paciente, por su parte, el individuo mismo, no tiene derecho a disponer de su existencia, de la integridad de su organismo, de los órganos particulares y de su capacidad de funcionamiento sino en la medida exigida por el bien de todo el organismo. Esto da la clave de la respuesta a la cuestión de que os habéis ocupado: ¿Puede el médico aplicar un remedio peligroso, emprender intervenciones probable o ciertamente mortales, tan sólo porque el paciente lo quiera o consienta en ello? Asimismo, a la cuestión en sí comprensible para el médico que trabaje precisamente detrás del frente o en el hospital militar: ¿en el caso de sufrimientos insoportables o incurables y de heridas horribles, puede administrar, por petición expresa del enfermo, inyecciones que equivalen a una eutanasia? En relación con el interés de la comunidad, la autoridad pública no tiene, en general, derecho alguno directo a disponer de la existencia y de la integridad de los órganos de sus súbditos inocentes. —La cuestión de las penas corporales y de la pena de muerte, Nos no la examinamos aquí, porque Nos hablamos del médico, no del verdugo—. Y como el Estado no posee este derecho directo de disposición, tampoco puede comunicarlo al médico por ninguna razón ni finalidad. La comunidad política no es un ser físico como el organismo corporal, sino un todo que no posee sino una unidad de finalidad y de acción; no existe el hombre para el Estado, sino el Estado para el hombre. Cuando se trata de seres sin razón, plantas o animales, el hombre es libre para disponer de su existencia y de su vida (lo cual no suprime la obligación que tiene, ante Dios y su propia dignidad, de evitar las brutalidades y las crueldades injustificadas), pero no de la de otros hombres o subordinados. El médico de guerra saca de ahí una orientación segura que, sin quitarle la responsabilidad de su decisión, es susceptible de defenderle contra errores de juicio, ofreciéndole una clara norma objetiva» (Discurso a los participantes del XVI Congreso Internacional de medicina militar; Disc. e Rad., vol.15, págs. 420-421).
[9] El control último y el más elevado es el Creador mismo: Dios. Nos no haríamos justicia a los principios fundamentales de vuestro programa y a las consecuencias de ahí derivadas, si Nos quisiéramos caracterizarlos tan sólo como exigencias de la humanidad, como finalidades humanitarias. También lo son; pero son esencialmente mucho más aún. La última fuente, de donde derivan su fuerza y su dignidad, es el Creador de la naturaleza humana. Si se tratase de principios elaborados tan sólo por la voluntad del hombre, entonces su obligación no tendría sino la fuerza de los hombres; podrían aplicarse hoy, y ser sobrepasados mañana un país podría aceptarlos, otro rechazarlos. Pero sucede muy de otro modo, si interviene la autoridad del Creador. Y los principios fundamentales de la moral médica son parte de la ley divina. He aquí el motivo que autoriza al médico a poner una confianza incondicionada en estos fundamentos de la moral médica (Ibid., Disc. e Rad., vol. 15, págs. 422-423).

2.º DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE CÓRNEA Y DE LA UNIÓN ITALIANA DE CIEGOS [14 de Mayo de 1956. En Acta Apostolicæ Sedis 48 (1956), págs. 459-467].

Nos habéis pedido, Señores, una palabra de orientación, de aprobación y de aliento para vuestra Asociación, que mediante los recursos técnicos y científicos de la cirugía moderna quiere ayudar a los ciegos y a los que padecen enfermedad visual. De buen grado Nos proponemos tratar en esta breve alocución del objetivo que os proponéis.

La abundante documentación que Nos habéis procurado sobrepasa con mucho el tema preciso que tenemos intención de desarrollar. Concierne al conjunto del problema, cada día más agudizado, del trasplante de tejidos de una persona a otra, según sus aspectos biológico y médico, técnico y quirúrgico, jurídico, moral y religioso. Nos limitamos a los aspectos religioso y moral del trasplante de la córnea, no entre hombres vivos (de esto no hablaremos hoy), sino del trasplante de córnea de un cuerpo muerto a otro viviente. Nos veremos, sin embargo, obligados a desbordar este tan reducido campo para hablar de algunas opiniones que con esta ocasión hemos conocido.

Hemos examinado las diversas “memorias” que Nos habéis comunicado; por su objetividad, su sobriedad, su precisión científica, por las explicaciones que ofrecen sobre las previas condiciones necesarias para un trasplante de la córnea, sobre su diagnóstico y su pronóstico, Nos han causado una profunda impresión.

Antes de abordar el tema propiamente dicho, séanos permitido hacer dos observaciones de carácter más general. La “terminología” que aparece en las “memorias” y en los textos impresos distingue “autoinnesto” o auto-injerto, trasplantes de tejidos de una parte a otra del cuerpo en un solo y mismo individuo; “homoinnesto” u homoinjerto, trasladados de tejidos de un individuo a otro de la misma especie (es decir, en este caso, de hombre a hombre); “heteroinnesto” o heteroinjerto, trasplantes de tejidos entre dos individuos de especies diferentes (es decir, aquí, entre un animal y un organismo humano). Este último caso exige algunas precisiones desde el punto de vista religioso y moral. No se puede decir que todo trasplante de tejidos (biológicamente posible) entre individuos de especies diferentes sea moralmente condenable; pero aún es menos cierto que ningún trasplante heterogéneo, biológicamente posible, esté prohibido o que no pueda ofrecer objeción alguna. Es necesario distinguir los casos concretos, y examinar qué tejidos o qué órgano se trata de trasplantar. El trasplante —al hombre— de glándulas sexuales animales, debe rechazarse como inmoral; por lo contrario, el trasplante de la córnea de un organismo no humano a un organismo humano no entrañaría ninguna dificultad moral, si biológicamente fuera posible e indicada. Si se quisiera fundar en la diversidad de especies la prohibición moral absoluta del trasplante, sería necesario, en buena lógica, declarar inmoral la terapia celular, practicada actualmente con una frecuencia cada día mayor; a menudo se toman células vivas de un organismo no humano para trasplantarlas a un organismo humano, donde aquéllas ejercen su acción.

Hemos hallado también en las explicaciones terminológicas de la obra más recientemente impresa una observación, que toca al tema mismo de Nuestra presente alocución. En aquélla se precisa que la expresión “innesto”, utilizada para designar el trasplante de partes de un cuerpo muerto a un hombre viviente, es inexacta y empleada impropiamente. El texto dice: «Impropiamente se viene llamando también “innesto” el empleo de tejidos “fijados” (muertos o conservados); sería, en cambio, más exacto hablar de “implantación” o “inclusión” de un tejido muerto en un tejido viviente». A vosotros os corresponde examinar esta opinión desde el punto de vista médico; desde el punto de vista filosófico y teológico, la crítica está justificada. El trasplante de un tejido o de un órgano de un muerto a un viviente no es trasplante de un hombre a otro hombre; el muerto era un hombre, pero no lo es ya.
   
Hemos notado también en la documentación impresa otra observación que se presta a confusión y que Nos estimamos tener que rectificar. Para demostrar que la extirpación de órganos necesarios para la trasplantación hecha de un viviente a otro es conforme a la naturaleza y lícita, se la sitúa en el mismo nivel que la de un organismo físico determinado, hecha en beneficio de un organismo físico total. Los miembros del individuo serían considerados aquí como partes y miembros del organismo total que constituye la “humanidad”, de la misma manera —o casi— que son parte del organismo individual del hombre. Se argumenta entonces diciendo que si está permitido, en caso de necesidad, sacrificar un miembro particular al organismo “humanidad” (en la persona de uno de sus miembros enfermo y doliente). El fin intentado por esta argumentación, poner remedio al mal de otro, o por lo menos aliviarlo, es comprensible y loable, pero así el método propuesto como la prueba en que se apoya son erróneas. Aquí no se tiene en cuenta la diferencia esencial entre un organismo físico y un organismo moral, así como la esencial diferencia cualitativa entre las relaciones de las partes con el todo en esos dos tipos de organismos. El organismo físico del “hombre” es un “todo” en cuanto al ser; los miembros son partes unidas y conexas entre sí en cuanto al ser físico mismo; de tal manera están absorbidas por el todo, que no poseen independencia alguna, no existen sino para el organismo total ni tienen otro fin que el suyo. Mas de muy diversa manera sucede con relación al organismo moral de la “humanidad”. Este no constituye un todo más que en la acción y en la finalidad; los individuos, en cuanto miembros de este organismo, no son sino partes funcionales; el “todo” no puede, por lo tanto, proponer a su consideración sino exigencias tocantes al orden de la acción. En cuanto a su ser físico, los individuos no son en modo alguno dependientes unos de otros ni de la humanidad; la evidencia inmediata y el buen sentido demuestran la falsedad de la aserción contraria. Por esta razón el organismo total, que es la humanidad, no tiene ningún derecho de imponer a los individuos exigencias en el campo del ser físico, en virtud del derecho natural que el “todo” tiene a disponer de las partes. La extirpación de un órgano particular sería un caso de intervención directa, no solamente en la esfera de la acción del individuo, sino también y principalmente en la de su ser, por parte de un “todo” puramente funcional —“humanidad”, “sociedad”, “Estado”—, al que el individuo humano está incorporado como miembro funcional, pero tan sólo en cuanto a su actuar.
   
En otra ocasión muy distinta, ya hemos subrayado el sentido y la importancia de esta consideración y recordado la distinción necesaria, que es preciso muy cuidadosamente tener en cuenta, entre el organismo físico y el organismo moral. Era en Nuestra encíclica, del 29 de junio de 1943, sobre el «Cuerpo Místico de Cristo». Compendiábamos entonces lo que acabamos de decir en algunas frases que los no teólogos no podrían tal vez captar inmediatamente, a causa de su forma concisa; pero allí encontrarán, tras atenta lectura, una mejor comprensión de la diferencia que entrañan las relaciones entre el todo y la parte en el organismo físico y moral. Era entonces necesario explicar cómo el simple creyente era parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y la diferencia entre esta relación y la que existe en un organismo físico. Nos decíamos entonces:
«Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de tal suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia, en el Cuerpo místico, por lo contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad. Añádase a esto que, si consideramos las mutuas relaciones entre el todo y los diversos miembros, en todo cuerpo físico vivo todos los miembros tienen como fin supremo solamente el provecho de todo el conjunto, mientras que todo organismo social de hombres, si se atiende a su fin último, está ordenado en definitiva al bien de todos y cada uno de los miembros, dada su cualidad de personas» [1].
   
Volvemos a Nuestro tema principal: la apreciación moral del trasplante de la córnea de un muerto a un vivo, con el fin de mejorar el estado de los ciegos o de los que llegan a ser tales; a su servicio se ponen hoy la caridad y la conmiseración de muchos hombres compasivos, así como los progresos de la técnica y de la cirugía científica, con todos sus recursos inventivos, con su audacia y su perseverancia. La psicología del ciego nos permite adivinar su necesidad de una ayuda compasiva y el agradecimiento con que la recibe.
   
El evangelio de San Lucas contiene una viva descripción de la psicología del ciego, que es una obra maestra. El ciego de Jericó, oyendo pasar a la gente, preguntó qué significaba aquello. Le respondieron que por allí pasaba Jesús Nazareno, y entonces exclamó: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí». La gente le gritaba que se callase, pero aquél clamaba cada vez más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús, entonces, mandó que le hicieran venir a su presencia: «¿Qué quieres que te haga?» —«Señor, que vea». —«Ve, tu fe te ha salvado». E inmediatamente recobró la vista y siguió a Jesús alabando a Dios (Lc. 18, 35-43). Este grito «Señor, haced que vea» resonó en los oídos y en el corazón de todos; también vosotros queréis responder a él y dar vuestra ayuda, en cuanto esté en vuestro poder. Vosotros Nos aseguráis que el trasplante de la córnea constituye para muchos enfermos un medio prometedor de curación o, a lo menos, de alivio y mejora. Pues bien, utilizadlo y ayudadles en la medida de lo posible y de lo lícito; naturalmente, escogiendo los casos con gran discernimiento y prudencia.
   
La documentación, que Nos habéis proporcionado, permite representarse de alguna forma la operación que lleváis a cabo. Se puede llevar a cabo el desprendimiento de la córnea en dos formas, según vosotros: ya por medio de las “queratoplastias lamelares”, ya por medio de las “queratoplastias perforantes”. Observando cuidadosamente la técnica requerida, el ojo “sacado” puede conservarse de cuarenta y ocho a sesenta horas. Si varias clínicas no distan mucho entre sí, pueden entonces constituir una cierta reserva de material pronto para el uso, y ayudarse recíprocamente según las exigencias de los casos particulares.
   
En vuestra documentación hallamos, además, detalles sobre las indicaciones del trasplante de la córnea en general, y sobre sus posibilidades de éxito. La mayor parte de los ciegos, o de los que han llegado a quedar ciegos, no está en condiciones de aprovecharse de este trasplante. Y así os ponéis en guardia contra las esperanzas utópicas, en lo que toca al pronóstico de los casos operables. Escribís: «Está bien que el público sepa que no son posibles trasplantes de otros tejidos oculares, y tanto menos del ojo entero en el hombre, sino que es únicamente posible sustituir, y sólo parcialmente, la porción más anterior del aparato dióptrico ocular». En cuanto al éxito de la intervención, Nos hacéis saber que de 4.360 casos publicados entre 1948 a 1954, el 45 al 65 por 100 ha logrado un resultado positivo y que un porcentaje similar se halla en los casos no publicados; y añadís: «Se ha conseguido un avance respecto a las precedentes condiciones»; en un 20 por 100 de los casos solamente se pudo obtener «una visión más o menos próxima a la normal». Señaláis, para concluir, que en numerosos países las leyes y las ordenanzas del Estado no permiten una utilización más amplia del trasplante de la córnea, y que, por consiguiente, no se puede ayudar a un mayor número de ciegos o de los que pierden la vista. Esto por lo que concierne al punto de vista médico y técnico de vuestra competencia.
   
Desde el punto de vista moral y religioso, nada se ha de objetar contra la ablación de la córnea en un cadáver, es decir, contra las queratoplastias, tanto lamelares como perforantes, consideradas en sí mismas. Para quien las recibe, o sea el paciente, representan una restauración y corrección de un defecto de nacimiento o accidental. En relación con el difunto, al que se le quita la córnea, no se le daña en ninguno de los bienes a que tiene derecho, ni en su derecho a tales bienes. El cadáver ya no es, en el sentido propio de la palabra, un sujeto de derecho, porque se halla privado de la personalidad, única que puede ser sujeto de derecho. Tampoco la extirpación es ya la privación de un bien; los órganos visuales, en efecto (su presencia, su integridad), no poseen ya en el cadáver el carácter de bienes, porque ya no le sirven y no hacen relación a ningún fin. Esto no significa, sin embargo, que en relación con el cadáver de un hombre no pudiera haber o no haya en realidad obligaciones morales, prescripciones o prohibiciones; tampoco significa que los terceros, que tienen el cuidado del cuerpo, de su integridad y del tratamiento de que será objeto, no puedan ceder y no cedan, en realidad, derechos y deberes propiamente dichos. Muy al contrario. Las queratoplastias, que en sí mismas no levantan ninguna objeción moral, pueden, sin embargo, por otra razón, no ser irreprochables e incluso ser directamente inmorales.
   
En primer lugar, es necesario denunciar un juicio moralmente erróneo que se forma en el espíritu del hombre y que influye habitualmente en su comportamiento exterior: consiste en situar al cadáver humano en el mismo plano que el del animal o el de una simple “cosa”. El cadáver animal es utilizable casi en todas sus partes; otro tanto se puede decir del cadáver humano considerado desde el punto de vista puramente material, o sea en los elementos que lo integran. Para algunos, este modo de visión constituye el último criterio del pensamiento y el último principio de la acción. Tal actitud supone un error de juicio y un desconocimiento de la psicología y del sentido religioso y moral. El cadáver humano, en efecto, merece que se le considere de otro modo muy distinto. El cuerpo era la morada de un alma espiritual e inmortal, parte constitutiva esencial de una persona humana, cuya dignidad compartía; en él todavía queda algo de aquella dignidad. También puede decirse de él, puesto que es un componente del hombre, que fue formado a imagen y semejanza de Dios; imagen ésta que va mucho más lejos de los rasgos genéricos de aquella semejanza divina que igualmente se encuentra en los animales privados de inteligencia, e incluso en las criaturas inanimadas puramente materiales. También al cadáver se aplican, en cierto modo, las palabras del Apóstol: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros?» (1. Cor. 6, 19). Por último, el cuerpo muerto se halla destinado a la resurrección y a la vida eterna. Todo esto no es aplicable al cuerpo animal; y prueba que no basta atender a “fines terapéuticos” para juzgar y tratar convenientemente el cadáver humano. De otra parte, es igualmente cierto que la ciencia médica y la formación de los futuros médicos exigen un detallado conocimiento del cuerpo humano, y que es preciso contar con un cadáver como objeto de estudio. Las reflexiones arriba hechas no se oponen a esto. Se puede perseguir este fin legítimo, aun aceptando plenamente todo cuanto Nos acabamos de decir. De donde se sigue también que un individuo quiera disponer de su cadáver y destinarlo a fines útiles, moralmente irreprensibles e incluso elevados (entre otros, para socorrer a hombres enfermos y que sufren). Puede tomarse semejante decisión, en relación al propio cuerpo, con plena conciencia del debido respeto y teniendo en cuenta las palabras dirigidas por el Apóstol a los de Corinto. No puede condenarse semejante disposición, pero tiene que estar justificada positivamente. Pensad, por ejemplo, en la actitud de don Carlo Gnocchi. Si las circunstancias no imponen una obligación, preciso es respetar la libertad y la espontánea decisión de los interesados; habitualmente el problema no se presentará como un “deber” o un acto obligado de caridad. En la propaganda conviene ciertamente observar una inteligente reserva, para evitar serios conflictos exteriores e interiores. ¿Es necesario, además, como sucede a menudo, rechazar en principio toda clase de compensación? Planteada queda la cuestión. Indudable es que puede darse lugar a grandes abusos, si se exige una retribución; pero sería ir demasiado lejos el juzgar inmoral cualquier aceptación o toda exigencia de indemnización. El caso es análogo al de la transfusión de sangre; mérito del donante es el rechazar una compensación, pero necesariamente no es una culpa el aceptarla.
   
La ablación de la córnea, aun siendo en sí perfectamente lícita, puede también convertirse en ilícita, si violase los derechos y los sentimientos de los “terceros” a quienes corresponde el cuidado del cadáver, los parientes próximos en primer lugar; mas podrían ser también otras personas en virtud de derechos públicos o privados. No sería humano, para servir a intereses de la medicina o los “fines terapéuticos”, ignorar sentimientos tan profundos. En general, no debería estar permitido a los médicos llevar a cabo ablaciones u otras intervenciones sobre un cadáver sin un acuerdo con los que son depositarios del mismo, y hasta tal vez contra las objeciones previamente formuladas por el interesado. Tampoco sería justo que los cuerpos de pobres pacientes, en las clínicas y en los hospitales, sean destinados de oficio al servicio de la medicina y de la cirugía, y que no lo fueran los de los pacientes más afortunados. El dinero y la posición social no debieran intervenir, cuando se trata de sentimientos humanos tan delicados. Por otra parte, es necesario educar al público y explicarle con inteligencia y respeto que consentir expresa o tácitamente en serias intervenciones contra la integridad del cadáver, en interés de los que sufren, no ofende a la piedad que se debe al difunto si para ello se tienen poderosas razones. Consentimiento éste que puede, a pesar de todo, significar para los parientes próximos un sufrimiento y un sacrificio, pero este sacrificio tiene la aureola de la caridad misericordiosa hacia hermanos que sufren.
   
Los Poderes públicos y las leyes tocantes a las intervenciones sobre cadáveres deben, en general, respetar las mismas consideraciones morales y humanas, puesto que se apoyan aun en la misma naturaleza humana que es ciertamente anterior a la sociedad en el orden de la causalidad y de la dignidad. En particular, los Poderes públicos tienen el deber de vigilar para que se pongan bien en práctica y, en principio, han de tomar medidas para que un “cadáver” no sea considerado y tratado como tal antes de que haya sido debidamente comprobada la muerte. Los Poderes públicos, por lo contrario, son competentes para mirar por los legítimos intereses de la medicina y de la formación médica; si se sospecha que la muerte es debida a una causa criminal o si hay peligro para la salud pública, es preciso que el cuerpo sea “entregado” a las autoridades. Todo esto puede y debe hacerse sin faltar al respeto debido al cadáver humano y a los derechos de los parientes próximos. Finalmente, los Poderes públicos pueden contribuir eficazmente para hacer que en la opinión pública penetre la convicción de la necesidad y de la licitud moral de ciertas disposiciones relativas a los cadáveres, y así prevenir o evitar la ocasión de conflictos interiores o exteriores en el individuo, en la familia y en la sociedad.
   
Hace casi dos años, el 30 de septiembre de 1954, Nos expresamos ya las mismas ideas en un discurso a la VIII Asamblea de la Asociación Médica Mundial, y quisiéramos ahora repetir y confirmar lo que decíamos entonces en un breve párrafo: 
«Por lo que concierne a la ablación de partes del cuerpo de un difunto con fines terapéuticos, no se puede permitir al médico tratar a su gusto el cadáver. Compete a la autoridad pública establecer las oportunas reglas. Pero tampoco ésta puede proceder arbitrariamente. Existen textos legales contra los que pueden promoverse serias objeciones. Una norma como la que permite al médico, en un sanatorio, amputar partes de cuerpo con fines terapéuticos, aun excluyendo cualquier intento de lucro, no es admisible por la sola razón de la posibilidad de interpretarla demasiado libremente. Se deben también tomar en consideración los derechos y los deberes de aquellos a quienes corresponde el cuidado del cuerpo del difunto. Por último, se deben respetar las exigencias de la moral natural que prohíben considerar y tratar el cadáver del hombre simplemente como una cosa o como el de un animal» [2].
Con la esperanza de haberos dado una orientación más precisa y de haber facilitado una comprensión más profunda de los aspectos religiosos y morales de este problema, os damos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.
  
NOTAS
[1] Acta Apostolicæ Sedis 35 (1943), págs. 221-222.
[2] . En Discours et Messages-radio de S.S. Pie XII, vol. XVI, pág. 176.

domingo, 8 de marzo de 2026

IRLANDA: EXIGEN INVESTIGACIONES POR ABORTOS FALLIDOS

Noticia tomada de EWTN NEWS. Traducción tomada de INFOCATÓLICA.

Hospital del Doctor Steevens, sede del Servicio Ejecutivo de Salud (Dublín, Irlanda).
  
Un grupo provida de Irlanda ha pedido una investigación sobre la muerte de 108 bebés que nacieron vivos después de intentos de aborto en el país. La exigencia se apoya en cifras difundidas por el Servicio Ejecutivo de Salud de Irlanda correspondientes al periodo comprendido entre 2019 y 2023.

La denuncia ha sido impulsada por Life Institute, que ha reclamado respuestas públicas sobre lo sucedido en esos casos. La gravedad del asunto no es menor: no se está hablando aquí de una mera disputa ideológica, sino de 108 niños que, habiendo nacido vivos, murieron después de procedimientos abortivos fallidos.

La portavoz de Life Institute, Sandra Parda, formuló una pregunta que resume el núcleo del escándalo: «¿Se dejó simplemente morir a estos bebés y se les negaron intervenciones que podrían haberles salvado la vida?». Con esa frase, la organización pone sobre la mesa una sospecha estremecedora acerca de la atención dispensada a esos recién nacidos.

Parda insistió además en la necesidad de romper el silencio que rodea estos hechos. «Necesitamos respuestas, necesitamos transparencia», afirmó. Y añadió: «Viendo las pruebas, está claro que a estos bebés simplemente se les deja morir, y sin embargo todo está envuelto en silencio y secretismo».

Las cifras fueron obtenidas por el diputado Mattie McGrath, quien las solicitó al propio Servicio Ejecutivo de Salud. También él expresó su inquietud por la opacidad con la que se maneja un asunto de semejante gravedad. En sus palabras, está «gravemente preocupado por cualquier enfoque que reduzca la transparencia en torno a los resultados perinatales».

La petición de una investigación busca precisamente esclarecer qué ocurrió en cada uno de esos casos, qué atención recibieron esos bebés tras nacer vivos y si existieron intervenciones que pudieron haberse aplicado. La exigencia de transparencia cobra un peso todavía mayor cuando lo que está en juego es la vida de niños que sobrevivieron inicialmente al aborto.

El caso vuelve a poner de manifiesto la brutalidad del aborto, incluso cuando se presenta bajo lenguajes burocráticos o fórmulas deshumanizadas. Los datos conocidos en Irlanda muestran una realidad imposible de suavizar: hubo bebés que nacieron vivos después de un intento de acabar con su vida, y ahora se reclama saber con claridad qué se hizo o qué se dejó de hacer en esas horas decisivas.
  
La presión pública se centra ahora en que se determine con rigor la actuación de las autoridades sanitarias y se despeje cualquier sombra de encubrimiento. Lo que Life Institute y otras voces provida están reclamando es, en esencia, algo elemental: verdad, responsabilidad y luz sobre la muerte de 108 niños cuya existencia no pudo ser borrada por el aborto, pero que tampoco habrían recibido, según las sospechas planteadas, la protección debida tras nacer.

sábado, 7 de marzo de 2026

ENFERMEDAD DE LYME, PRODUCTO DE EXPERIMENTOS MILITARES ESTADOUNIDENSES

Traducción del artículo publicado en MÉDIAS PRESSE.
  

El Dr. Robert Wallace Malone es un reconocido biólogo molecular estadounidense que ha trabajado con el ARN mensajero (m-RNA). Su investigación condujo al desarrollo de vacunas de ARN, a pesar de haber denunciado su uso, afirmando repetidamente que la proteína Spike utilizada en las vacunas de ARN contra la COVID-19 es peligrosa y citotóxica. Acaba de publicar un artículo basado en documentos desclasificados que vinculan el programa estadounidense de armas biológicas con una epidemia de la enfermedad de Lyme. A continuación, el descubrimiento del Dr. Malone:
El ejército liberó 282.800 garrapatas radiactivas
Una investigación exhaustiva, basada en documentos gubernamentales desclasificados e investigaciones científicas previamente suprimidas, ha descubierto evidencia convincente de que los programas de armas biológicas de Estados Unidos han contribuido al surgimiento de la enfermedad de Lyme, que ahora afecta a cientos de miles de estadounidenses cada año.
   
La investigación revela un encubrimiento que abarca seis décadas, incluida la supresión sistemática de investigaciones médicas cruciales y la liberación de casi 300.000 garrapatas radiactivas en todo Virginia para estudiar cómo se propagarían estos insectos portadores de enfermedades.
  
La CIA desplegó garrapatas infectadas contra Cuba
Documentos desclasificados y el testimonio de un agente de la CIA describen el despliegue en 1962 de garrapatas infectadas contra trabajadores cubanos de la caña de azúcar como parte de la “Operación Mangosta”, el esfuerzo de la administración Kennedy para desestabilizar el régimen de Fidel Castro.
   
El agente, que ahora tiene unos sesenta años, dijo a los investigadores que «lo más extraño que hizo fue dejar caer garrapatas infectadas sobre trabajadores cubanos de la caña de azúcar» usando aviones de transporte C-123 en misiones nocturnas «casi rozando la superficie del Caribe para evitar el radar cubano».
    
Al regresar de Cuba, el hijo de cuatro meses del operador presentó una fiebre potencialmente mortal que requirió cirugía de emergencia. Su comandante de la CIA le aconsejó que «quemara toda la ropa que llevó a Cuba. Quemara todo», indicando preocupación por la posibilidad de contaminación.
   
El despliegue se canceló cuando «los vientos cambiantes provenientes de Cuba hicieron difícil la entrega precisa de la carga útil», según el relato del operador.
    
Experimentos masivos con garrapatas domésticas
Entre 1966 y 1969, el Ejército de los Estados Unidos liberó 282.800 garrapatas solitarias de cobra negra marcadas con carbono 14 radiactivo en zonas de Virginia a lo largo de las rutas migratorias de las aves. El marcado radiactivo permitió a los investigadores rastrear la propagación de las garrapatas mediante contadores Geiger a lo largo de varios años.
  
Antes de estas liberaciones, no se habían encontrado garrapatas de una sola estrella al norte de la línea Mason-Dixon. Unos años después de las liberaciones en Virginia, se habían establecido poblaciones en Long Island por primera vez. Los expertos en garrapatas consultados sobre estas liberaciones se mostraron “horrorizados” y añadieron: «Hoy en día, jamás podríamos hacer eso».
    
El encubrimiento del “Agente suizo”
En 2014, investigadores descubrieron numerosos documentos inéditos en el garaje del difunto científico Willy Burgdorfer, quien identificó la bacteria responsable de la enfermedad de Lyme. Los documentos revelaron que Burgdorfer había encontrado un segundo patógeno llamado “Agente Suizo” [Rickéttsia helvética] en muestras de sangre de pacientes con enfermedad de Lyme en Connecticut y Long Island a finales de la década de 1970.
   
La sangre de pacientes con enfermedad de Lyme mostró reacciones muy fuertes a la prueba del agente suizo, pero este hallazgo se omitió por completo en el estudio fundamental de Burgdorfer de 1982 que identificó la bacteria de la enfermedad de Lyme. La supresión de esta investigación durante más de 40 años podría haber contribuido al fracaso del tratamiento en pacientes con enfermedad de Lyme crónica.
  
El Dr. Jorge Benach y el Dr. Allen Steere, coautores del estudio de 1982, ahora reconocen que «se debe realizar» investigación sobre agentes suizos porque «las preocupaciones de salud pública merecen un examen más profundo».
    
“Proyecto 112”: La expansión de las armas biológicas encubiertas
El secretario de Defensa, Robert McNamara, autorizó el “Proyecto 112” en 1962, creando lo que los investigadores describen como un programa de armas biológicas «casi tan vasto y secreto como el Proyecto Manhattan». El programa incluyó 134 pruebas programadas entre 1962 y 1974, con instalaciones de producción capaces de criar 100 millones de mosquitos infectados al mes y 50 millones de pulgas a la semana.
   
La existencia del programa fue negada categóricamente por los militares hasta el año 2000, cuando una investigación de CBS News obligó a los militares a reconocer los hechos. Los documentos muestran que el programa involucró a todas las ramas de las fuerzas armadas y agencias de inteligencia estadounidenses, con centros de prueba en varios países.
   
La Operación “Gran Picor” de 1954 desplegó con éxito 670.000 fragmentos de bombas de racimo, lo que demostró que los artrópodos podían sobrevivir a despliegues aéreos y «adherirse rápidamente a sus huéspedes». La prueba validó armas biológicas capaces de cubrir un área objetivo del tamaño de un batallón e interrumpir las operaciones hasta por un día.
   
La conexión con Isla Plum
El Centro de Enfermedades Animales de la isla Plum se encuentra a solo 21 kilómetros de Lyme (Connecticut), donde se identificó la enfermedad por primera vez. De 1952 a 1969, las instalaciones fueron operadas por el Cuerpo Químico del Ejército para la investigación de armas biológicas antes de ser transferidas al Departamento de Agricultura.
   
El centro «realizaba frecuentemente sus experimentos al aire libre», con fallos de contención reconocidos, donde «los animales de prueba se mezclaban con ciervos salvajes y las aves de prueba con aves salvajes». Richard Endris mantenía «más de 200.000 garrapatas blandas y duras de diversas especies en criaderos de garrapatas en la isla Plum, recolectadas personalmente en lugares tan lejanos como Camerún (África)».
   
La fauna silvestre se desplazaba regularmente entre la isla Plum y el continente. «Los ciervos de Lyme nadaban regularmente hasta la isla Plum, y las aves locales acudían allí para alimentarse de insectos», creando así vías directas para que los patógenos de laboratorio llegaran a las poblaciones silvestres.
   
Cronología de la aparición de la enfermedad
La región de Long Island Sound experimentó una epidemia sin precedentes de enfermedades transmitidas por garrapatas a partir de 1968:
  • 1968: Los primeros casos de babesiosis humana en el este de Estados Unidos aparecen en Nantucket.
  • 1968: La fiebre maculosa de las Montañas Rocosas aparece en la región de Cabo Cod.
  • 1970: Se documentaron cientos de casos de fiebre maculosa de las Montañas Rocosas en Long Island.
  • 1972: Los primeros 51 casos documentados de artritis de Lyme en Old Lyme (Connecticut).
  • En la década de 1990, el extremo oriental de Long Island tenía, con diferencia, la mayor concentración de la enfermedad de Lyme, según un análisis. Si se dibuja un círculo alrededor de la zona del mundo más afectada por la enfermedad de Lyme, el centro de ese círculo sería la isla Plum.

Las crípticas confesiones de Burgdorfer
Willy Burgdorfer, quien descubrió la bacteria de la enfermedad de Lyme en 1982, dedicó la mayor parte de su carrera al desarrollo de armas biológicas transmitidas por garrapatas antes de dedicarse a la investigación civil. En un testimonio en video de 2013, confirmó su participación en la investigación de armas biológicas e insinuó que se había producido una liberación accidental.
   
Después de que las cámaras dejaron de grabar, «Willy nos dijo con una sonrisa: “No les he contado todo”. Pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, no pudimos lograr que dijera más». Antes de su muerte en 2014, dejó una nota que decía: «Me preguntaba por qué nadie había hecho nada».
   
En 2007, cuando los realizadores de documentales intentaron entrevistar a Burgdorfer, un científico del gobierno “tocó a la puerta” exigiendo “asistir a esa entrevista”, lo que indica una persistente preocupación oficial sobre sus posibles revelaciones.
   
Esquema de ocultamiento institucional
La investigación identificó conductas de ocultamiento sistemático que abarcan varias décadas:
  • El “Proyecto 112” fue rechazado durante 50 años a pesar de la extensa documentación.
  • La investigación sobre agentes suizos fue suprimida a pesar de su relevancia para la salud pública.
  • Los documentos pertinentes permanecieron clasificados mucho después de que expiraran las justificaciones de seguridad.
  • Las demandas del Congreso para que se realizara una investigación encontraron resistencia.
  • Las preguntas sobre los orígenes del laboratorio se descartan como “teorías de conspiración”.
   
Comparación con casos recientes
El análisis también comparó las respuestas institucionales en tres investigaciones de fugas de laboratorio: el caso de la enfermedad de Lyme en Estados Unidos, el origen chino del SARS-CoV-2 y el reciente brote de peste porcina africana en España. Los tres casos presentaron patrones idénticos, independientemente del sistema político en el que ocurrieron:
  • Cooperación inicial seguida de un obstáculo sistemático
  • Supresión de pruebas o acceso restringido
  • Promoción de explicaciones alternativas mediante la reutilización de los laboratorios
  • Ataques contra la credibilidad de los investigadores en lugar de la consideración de las pruebas
  • Preferencia por la autoinvestigación en lugar de la supervisión independiente
El caso español afecta a una industria porcina valorada en 8.800 millones de euros y a una investigación realizada exclusivamente por instituciones españolas, pese a que el brote se produjo a 150 metros de un centro de investigación sobre la peste porcina africana.

Continúa la investigación del Congreso
En 2019, la Cámara de Representantes aprobó una enmienda que exige al Pentágono investigar si los militares «experimentaron con garrapatas y otros insectos para usarlos como arma biológica entre 1950 y 1975» y si alguno de ellos fue «liberado de algún laboratorio por accidente o por diseño experimental».

La enmienda se inspiró en «una serie de libros y artículos que sugieren que se han llevado a cabo investigaciones importantes en instalaciones del gobierno de Estados Unidos, incluidas Fuerte Detrick (Maryland) e Isla Plum (Nueva York), para convertir garrapatas y otros insectos en armas biológicas».

Evaluación científica
Aunque las bacterias de la enfermedad de Lyme han existido de forma natural durante miles de años, la investigación concluye que las actividades de laboratorio probablemente contribuyeron al brote actual. La presencia de patógenos antiguos no descarta la mejora en el laboratorio ni la aceleración de los procesos naturales.
   
La evidencia sugiere varios escenarios posibles:
  • Mejora de patógenos naturales en laboratorio (probabilidad del 45%)
  • Accidente de laboratorio que involucra instalaciones ambientales (probabilidad del 25%)
  • Origen natural puro (25% de probabilidad)
  • Pruebas operativas con exposición civil (5% de probabilidad)
Reacciones de los expertos
«Las estrategias de tratamiento para enfermedades causadas por organismos genéticamente modificados pueden diferir de aquellas para tratamientos de patógenos naturales», según el investigador de armas biológicas Kris Newby, cuyo libro “Bitten” reavivó el interés en la teoría del origen en laboratorio.
   
Al parecer, los Centros de Control de Enfermedades (CDC) utilizarían técnicas moleculares para analizar 30.000 muestras de sangre de personas sospechosas de tener enfermedades transmitidas por garrapatas, lo que podría validar los hallazgos de Burgdorfer sobre el agente suizo suprimido décadas después.

Implicaciones para la salud pública
Si los patógenos modificados en laboratorio contribuyeron al desarrollo de la enfermedad de Lyme, los protocolos de tratamiento actuales podrían ser inadecuados. La supresión sistemática de la investigación sobre la coinfección con agentes suizos podría haber contribuido directamente a los patrones de enfermedad crónica observados en pacientes con Lyme.
   
«El conocimiento de qué enfermedades se están propagando y dónde salvará vidas y fondos para la investigación», según los investigadores que luchan por la desclasificación de documentos militares de décadas de antigüedad.
   
Respuesta del gobierno
El Departamento de Guerra no respondió a las solicitudes de comentarios sobre las acusaciones específicas. Declaraciones anteriores han enfatizado que la investigación biológica ha sido de naturaleza puramente defensiva, centrándose en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de las infecciones por guerra biológica desde 1969.
   
El Departamento de Agricultura sostiene que "la enfermedad de Lyme nunca fue objeto de investigación en la isla Plum», aunque esta negación fue contradicha en 1993 cuando Newsday descubrió documentos clasificados que probaban que se habían llevado a cabo investigaciones de guerra biológica en las instalaciones.
   
El resultado final
La investigación revela que los enfoques voluntarios de transparencia fracasan sistemáticamente cuando las instituciones se enfrentan a posibles responsabilidades en incidentes de bioseguridad. Ya sea por liberaciones accidentales, pruebas ambientales o el aumento de la transmisión natural, la evidencia abrumadora sugiere que las actividades de laboratorio contribuyeron a la epidemia de la enfermedad de Lyme en Estados Unidos.
   
El caso demuestra que una bioseguridad efectiva requiere estructuras institucionales que prioricen la transparencia y la salud pública por sobre la autoprotección institucional, independientemente del sistema político.
  
Dr. Robert Malone
Esta teoría confirma las habituales declaraciones del profesor Christian Perronne sobre el tema, acusando a la CIA y al ejército estadounidense de ser responsables de la enfermedad de Lyme.

lunes, 23 de febrero de 2026

HACIA LA EUTANASIA NÚMERO 100.000 EN CANADÁ

Noticia tomada de INFOCATÓLICA.
  

Un artículo firmado por Kelsi Sheren sostiene que Canadá alcanzará esta primavera la cifra de 100.000 personas muertas por el sistema de «Medical Assistance in Dying (MAiD)». La autora afirma que lo que se presentó como una medida excepcional para enfermos terminales se ha convertido en un desenlace habitual para personas vulnerables.
  
Canadá se dispone a causar esta primavera la muerte de su ciudadano número 100.000 mediante el programa de «Medical Assistance in Dying (MAiD)». La denuncia que acompaña ese dato descarta cualquier equívoco sobre el origen de esas muertes: «No en una guerra. No en un campo de batalla. No en un accidente médico. Matados por una política, por un gobierno que te quiere muerto».

La situación refleja el resultado de un fracaso estructural encubierto bajo un lenguaje sentimental. Un fracaso sistémico disfrazado de compasión. En esa misma línea, MAiD fue ofrecido al público como un recurso estrecho, reservado a enfermos terminales, una supuesta excepción «misericordiosa». Pero esa narrativa se considera ya insostenible: la muerte asistida se habría convertido en un desenlace habitual para personas que arrastran discapacidad, aislamiento, pobreza y problemas de salud mental.

Al observar lo que ocurre, incluso la comunidad internacional no habría asentido, sino retrocedido. Un pronunciamiento del Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, exige a Canadá la derogación del llamado Track 2, definido como la vía legal que permite la muerte asistida a quienes no tienen una muerte razonablemente previsible. El comité calificó esa vía como «extremadamente preocupante».

La condena no se reduce a un juicio procedimental. El organismo sostiene que la ley se apoya en «percepciones negativas y capacitistas sobre la calidad y el valor de la vida de las personas con discapacidad», como si asumiera que el sufrimiento fuera inherente a la discapacidad, en lugar de reconocer el peso real de la desigualdad social y de la discriminación. Se insiste en que no se trata de una observación marginal: es el órgano de la ONU encargado de vigilar el cumplimiento por parte de Canadá de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, tratado ratificado por el país en 2010.

Ese comité no solo manifestó inquietud, sino que pidió una corrección amplia y concreta. La recomendación citada es explícita: «Para garantizar el derecho a la vida de las personas con discapacidad», Canadá debe «derogar el Track 2 de MAiD… incluida la ampliación de 2027 a las personas cuya única condición médica subyacente sea una enfermedad mental». Junto a ello, se recoge que la ONU instó también a no respaldar propuestas de acceso a MAiD para «menores maduros», a no permitir «solicitudes anticipadas» y a abordar fallos sistémicos que van desde la pobreza y la inseguridad habitacional hasta la falta de atención sanitaria accesible y de apoyos comunitarios.

El núcleo de la denuncia apunta a una paradoja moral: mientras se facilita el camino hacia la muerte, no se garantizarían las condiciones mínimas para vivir con dignidad. En ese contexto se subraya que el gobierno canadiense no recurrió la decisión judicial que abrió la puerta al Track 2. Se presenta esa decisión como un cambio de premisa, porque no solo amplió la elegibilidad, sino que desplazó el criterio hacia una lógica en la que la discapacidad podría operar como justificación suficiente, en lugar de limitarse a situaciones propias del final de la vida.

La ONU describió ese giro como una falsa dicotomía: se enmarca MAiD como «elección» mientras no se aseguran apoyos que hagan la vida verdaderamente vivible. En una sesión celebrada en Ginebra, Rosemary Kayess, vicepresidenta del comité de derechos de las personas con discapacidad, lanzó una pregunta directa a los representantes canadienses: «¿Cómo es que el Track 2 de MAiD no es eutanasia patrocinada por el Estado?». En esa misma intervención se cuestionó cómo Canadá puede no ver el Track 2 como una regresión y como un posible paso atrás hacia la eugenesia.

La acusación resume el conflicto en términos contundentes: cuando el Estado ofrece la muerte más rápidamente que la ayuda real; cuando normaliza la muerte asistida mientras infradota vivienda, atención sanitaria accesible, apoyos comunitarios y recursos de salud mental; cuando el sufrimiento generado por el abandono termina convertido en un billete hacia la morgue. Por eso la frase que se subraya es tajante: «Eso no es autonomía. Eso es abandono con formularios de consentimiento».

Naciones Unidas no hizo recomendaciones suaves: pidió derogación, freno de la expansión y un giro hacia apoyos efectivos, como vivienda, sanidad accesible, recursos comunitarios de salud mental, inclusión económica e igualdad real ante la ley. Sin embargo, la expansión continúa y la enfermedad mental sola está prevista como condición elegible en 2027, precisamente una ampliación señalada por la ONU como algo que debe revertirse.

La denuncia eleva entonces el tono y concluye que seguir adelante pese a una advertencia tan grave no es liderazgo, sino una obstinación moralmente culpable: «Eso no es liderazgo. Eso es negación. Eso es asesinato». A ello se añade una crítica final: no solo se estaría fallando a los vulnerables, sino que se estaría vendiendo su muerte como progreso, mientras el recuento crece hasta niveles que podrían convertir el sistema en una de las principales causas de muerte del país.

La razón por la que el pronunciamiento de la ONU importa, se insiste, es clara: si no se corrigen barreras estructurales —pobreza, atención inaccesible, ausencia de apoyos comunitarios— ofrecer muerte asistida no actúa como salvaguarda, sino como «una tirita sobre una herida de bala».