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domingo, 23 de noviembre de 2025

ORACIÓN A SAN ATANASIO POR LA IGLESIA Y LA CONSERVACIÓN DE LA FE


¡Oh Atanasio!, te sentaste en la sede de San Marcos en Alejandría. Él salió de Roma para ir a fundar la segunda sede patriarcal: y tres siglos más tarde tú llegabas a Roma, sucesor de San Marcos, para obtener del sucesor de San Pedro que la injusticia y la herejía no prevalecieran contra esa silla augusta. Nuestro Occidente te admiró héroe sublime de la fe; te recibió en su seno; veneró en ti al noble desterrado, al confesor valeroso; y tu estancia en nuestras regiones quedó entre sus más caros y gloriosos recuerdos. 
  
Sé el abogado de las regiones en que otro tiempo se extendió tu jurisdicción de Patriarca y acuérdate también del apoyo y hospitalidad que te ofreció Occidente. Roma te protegió, tomó a pecho tu causa, promulgó la sentencia en que te declaraba inocente y te restituía tus derechos; desde las alturas de los cielos devuélvela cuanto hizo por ti; sostén y alienta a su Pontífice, sucesor del Papa Julio I, que te ayudó hace ya diez y seis siglos. Una terrible tempestad se ha desencadenado contra la roca que sostiene a todas las iglesias y el iris de paz no brilla aún en las nubes. Ruega, oh Atanasio, para que estos tristes días sean abreviados y que la silla de Pedro deje de ser el blanco de los ataques de mentira y de la violencia que a la vez son objeto de escándalo pará los pueblos.
   
Tus trabajos, oh gran doctor, ahogaron el arrianismo; pero esta odiosa herejía ha levantado la cabeza en estos días. Extiende sus estragos a favor de esa caricatura de ciencia que se une al orgullo y que ha llegado a ser el gran peligro de los tiempos presentes. El Hijo eterno de Dios, consubstancial al Padre, es blasfemado por los adeptos de una filosofía perniciosa que no tiene inconveniente en ver en Él al primero de todos los hermanos, con tal de afirmar que sólo fue hombre. En vano la razón y la experiencia demuestran que todo es sobrenatural en Jesús; ellos se obstinan en cerrar los ojos, y llenos de mala fe, a un lenguaje de admiración hipócrita mezclan el desprecio por la fe cristiana que reconoce en el Hijo de María al Verbo eterno, encarnado para la salvación de los hombres. Confunde a los nuevos arríanos, pón al descubierto su soberbia debilidad y sus artificios; disipa ilusión de sus desgraciados adeptos; que al fin sea reconocido que esos pretendidos sabios que se atreven a blasfemar de la divinidad de Cristo, van a perderse en los vergonzosos abismos del panteísmo, o en el caos del escepticismo, en cuyo seno desaparece toda moral y toda inteligencia se apaga.
  
Conserva en nosotros, por tus méritos y oraciones, el don precioso de la fe que el Señor se dignó confiarnos; alcánzanos que confesemos y adoremos siempre a Jesucristo como a nuestro Dios eterno e infinito, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, que se dignó tomar carne de María por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Revélanos sus grandezas hasta el día en que podamos contemplarlas contigo en la gloria. Entretanto conversaremos con Él por la fe sobre esta tierra testigo de los esplendores de su resurrección.
 
Amaste a este Hijo de Dios, Creador y Salvador nuestro. Su amor fué el alma de tu vida, el móvil de tu consagración heroica a su servicio. Ese amor te sostuvo en las luchas en que el mundo entero parecía conspirado contra ti; te hizo más fuerte que todas las tribulaciones; alcanza para nosotros ese amor que nada teme porque es fiel, ese amor que debemos a Jesús, que siendo el esplendor eterno del Padre, su sabiduría infinita, se dignó humillarse hasta tomar la forma de esclavo, y hacerse por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Filip. II, 8). ¡Cómo pagaríamos su entrega por nosotros sino dándole todo nuestro amor a ejemplo tuyo, y celebrando tanto más sus grandezas, cuanto más Él se humilló por nosotros!

DOM PROSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico, tomo III (Traducción Española). Editorial Aldecoa, Burgos 1956, págs. 764-766.

martes, 2 de mayo de 2023

SAN ATANASIO EL GRANDE

   
VIDA
Por conjeturas más que por certezas históricas el nacimiento y la infancia de Atanasio se sitúa verosímilmente en Alejandría hacia fines del siglo III y principios del IV. Epoca de persecución, de la que él mismo no parece haber guardado un recuerdo preciso, sin duda porque era entonces muy niño.

Es alrededor del año 320 cuando el Obispo Alejandro, habiendo descubierto al joven Atanasio, lo unió a su persona en calidad de secretario y le confirió el diaconado. Con este carácter lo llevó consigo al Concilio de Nicea. El joven diácono no trabaja evidentemente sino entre bastidores, pero revela ya su personalidad: a ciertos prelados les parece temible desde ese momento. En 328, según las mejores fuentes, Atanasio fue llevado a suceder a su Obispo difunto. Debe notarse, a este propósito, que más tarde algunos reprocharon a Atanasio el haber sido nombrado Obispo antes de la edad canónica de los treinta años. Como parece que la fecha de su elección al Episcopado es la mejor establecida, ¿habrá entonces que acercar algunos años la fecha de su nacimiento y colocarla entre 298 y 300, en lugar de 295?
   
Sea lo que sea, ya era un joven Obispo, y tenía que asumir una tarea extremadamente ardua. Pero Atanasio era un jefe nato. Una madurez precoz y una gran cultura suplían su inexperiencia, mientras que la juventud le daba a la acción un indomable vigor.

La aclamación popular que según la costumbre lo había llevado al Episcopado era de las más elogiosas: «He aquí a un hombre auténtico, con energía, un verdadero cristiano, un asceta, digno de ser Obispo».

Sus primeras “Cartas pascuales” lo muestran preocupado en fortificar la Fe de sus ovejas. Con este objeto visita su diócesis, sucesivamente la Pentápolis, la Ammonia y la Tebaida. Así como antes de su Episcopado se había encontrado más de una vez con San Antonio, el Patriarca de los anacoretas, así también ahora trababa amistad con San Pacomio, el gran legislador de la vida cenobítica. Este veneraba ya en el Patriarca de Alejandría “el hombre Cristóforo”, al “Padre de la fe ortodoxa en Cristo”.

Dos sectas heréticas, los arrianos y los melecianos, turbaban entonces a la cristiandad y especialmente a la diócesis de Alejandría. Denunciado por sus adversarios el Emperador Constantino, el cual se mostraba entonces favorable a Arrio, Atanasio fue llamado a Nicomedia, y logró disculparse de las necias acusaciones lanzadas contra él. Además, no temió hacer frente al Emperador, quien lo le pedía sin embargo sino la rehabilitación de Arrio (332).
  
Durante las medidas de represión contra los melecianos, el Obispo hereje de Hipselis, Arsenio, desapareció repentinamente. No se dejó de acusar a Atanasio de haberlo hecho asesinar. Juzgado por Delmacio, hermano de Constantino, el asunto fue archivado muy pronto, porque se acababa de encontrar a Arsenio con buena salud: simplemente se había escondido.

Sin embargo, decidido a terminar con la querella arriana que desde hacía 10 años desgarraba a la Iglesia de Oriente, Constantino acusó a los Obispos ortodoxos, a los que se atenían a las definiciones del Concilio de Nicea, que él juzgaba demasiado intransigentes: muchos fueron depuestos y desterrados.

Por otra parte, el Emperador, constituyéndose maestro de la doctrina, hizo que Arrio firmara una profesión de fe sobradamente anodina y equívoca para ser interpretada en el sentido de la ortodoxia. Pero satisfaciéndole a él al menos, exigió entonces que el heresiarca fuese reintegrado en el clero de Alejandría. ¡Nuevo rechazo categórico de Atanasio!
    
En 335, trigésimo aniversario de la Coronación de Constantino, décimo aniversario del Concilio de Nicea, Atanasio debió comparecer ante el Concilio de Tiro. Decimos bien “comparecer”, porque Atanasio no fue invitado como miembro del Concilio, sino que se le llamó como acusado. La asamblea no estaba compuesta sino casi de sus adversarios. «Los herejes se portaron como fieras», escribe un testigo. Los más o menos 50 obispos que Atanasio llevaba consigo fueron desposeídos. Apenas abordaba la cuestión de la reconciliación de Arrio, no hubo sino los viejos cuentos de asuntos ya juzgados; pues la sentencia estaba dictada de antemano: el Obispo de Alejandría quedaba depuesto, mientras que Arrio era amnistiado. Atanasio apeló al Emperador. Pero éste, después de aparentar escucharlo con benevolencia y de darle la razón, ratificó el juicio del seudoconcilio de Tiro, y aun lo agravó con la condenación al destierro, asignándole como residencia Tréveris, en el norte de las Galias.
   
¡Triunfo insolente de los arrianos y de los melecianos! Vehementes protestas de cristianos ortodoxos. Dos años de perturbaciones. Y la Sede de Alejandría vacante.
   
Pero la correspondencia de Atanasio de esta época es el testimonio tanto de la fe heroica con la que él soportaba su prueba como del paternal celo con el que sostenía el ánimo de sus fieles. Estos le correspondían con adhesión filial: en vano los eusebianos trataron de aprovecharse de la confusión para reintegrar a Arrio.

Muerto el heresiarca en 336, no por eso dejó de negarse Constantino a abrogar su decisión, y opuso un final de absoluto rechazo obstinado a las instancias que pedían el retorno de Atanasio. Sin embargo, el Emperador murió a su vez en 337.
    
Muerto Constantino, Atanasio fue repatriado y tomó de nuevo posesión de su cargo, no sin que los arrianos, sin embargo, intentasen oponerle un rival, Pisto, y de hacerlo reconocer por el Papa Julio. Atanasio reunió un centenar de Obispos egipcios para obtener de ellos la firma de una protesta que contrarrestaría ante el Soberano Pontífice la demanda de los arrianos. Pero un verdadero motín, provocado por la llegada de Gregorio de Capadocia, nuevo candidato arriano al Episcopado, por la complicidad del Prefecto de Egipto, Filagrio, les permitió a los herejes apoderarse de las Iglesias. Atanasio fue expulsado, reducido a escribir una indignada protesta, su famosa “Carta Encíclica”.
   
Atanasio se presentó espontáneamente en Roma para defender su causa y la de su diócesis. Habiendo sido rechazado por los Orientales un proyecto de Concilio en Antioquía, una asamblea de cincuenta obispos, en la propia Roma, bajo la presidencia del Papa Julio, rehabilitó solemnemente al Obispo de Alejandría. Luego, por la intervención del Emperador, se decidió reunir un Concilio Ecuménico en Sárdica, frontera de Oriente y el Occidente (343), el cual fue un fiasco. Los Orientales, en bloque, declararon atenerse a la sentencia del Concilio de Tiro sobre Atanasio. Y a pesar de las pláticas proseguidas el año siguiente entre los obispos y el emperador, la cuestión no avanzó. La persona de Atanasio y la legitimidad del Obispo de Alejandría seguían siendo el gran motivo de división.

Únicamente la Providencia podía poner remedio. Lo puso retirando de este mundo al intruso, Gregorio de Capadocia, en julio de 345. El emperador Constancio, que no había osado descartarlo, al menos prohibió que se le diera un sucesor, y llamó a Atanasio. Desconfiado, y con razón, el santo obispo no respondió inmediatamente. No entró en confianza sino después de haber vuelo a ver en Roma al emperador Constante y al Papa Julio. Pasó entonces por Antioquía, provisto de cartas del emperador Constancio para obispos, clérigos, funcionarios y el pueblo de Alejandría, cartas que concedían al antiguo exiliado una amnistía total. Atanasio entró trinfalmente en su ciudad episcopal el 21 de octubre de 346.

Transcurren entonces 10 años de apaciguamiento, si no de paz total y definitiva, que el Pastor de dedicó a aprovechar al máximo. En Alejandría misma, luego en todo el Egipto, su celo reaviva la fe católica; luego organiza su propagación hasta en Etiopía y en Arabia. Sus relaciones con los monjes ascetas del desierto le proporcionan ejemplos para estimular el fervor de los fieles. Este período es también el de una gran fecundidad literaria.
    
Pero, si su pueblo lo veneraba, sus enemigos no se habían desarmado. A la muerte del emperador Constante, Constancio, cuya duplicidad temía con razón Atanasio, se hizo de nuevo el cómplice de aquellos Orientales que no cesaban de reclamar la aplicación de las sentencias de expulsión pronunciadas contra Atanasio en Tiro y en Sárdica. Dos concilios sucesivos, en Arlés y luego en Milán, recibieron la orden del emperador de consentir en la condenación de Atanasio: en cuanto a los oponente, fueron castigados con el exilio. En vano el obispo de Alejandría intentó presentar su defensa. En el curso del estío de 355 llegó un cierto Diogenes, emisario del emperador, con el solo objeto de fomentar conflictos; inmediatamente le siguió la banda armada del famoso Siriano, que invadió las iglesias. Atanasio no escapó de ser muerto sino en el momento preciso.
    
Tercer destierro del santo Obispo. Tercer usurpador arriano en la sede episcopal de Alejandría, Jorge de Capadocia. El pueblo se hizo el vacío al nuevo intruso: las iglesias se vaciaron. El proscrito, por su parte, no salió de Egipto esta vez: despistando hábilmente las indagaciones de la policía, gracias a la adhesión muchas veces heroica de los monjes y de los solitarios, aprovechó sus largas jornadas de soledad para meditar y escribir, a menudo en forma de cartas, verdaderos tratados doctrinales.
   
«Desde allí Atanasio animaba a algunos obispos de Egipto partidarios de su causa; desde allí dirigía cartas apostólicas a su Iglesia de Alejandría; desde allí respondía sabiamente a los herejes; desde allí lanzaba anatemas contra los perseguidores… Desde elfondo de su celda era el Patriarca invisible de Egipto» (Villemain).
   
Sin embargo, el arrianismo se divide en dos ramas: los ultras y los moderados. Y la política de péndulo de Constancio del disgusta a unos y a otros al tratar de conciliarlos. El emperador muere en diciembre de 361, muy a tiempo de escapar a los golpes de su rival Juliano el Apóstata que ya marchaba contra él. Con el gesto de apaciguamiento el nuevo monarca llama al desterrado: habiendo sido muerto el Obispo arriano Jorge por los ortodoxos al día siguiente de la muerte el emperador, sin ningún obstáculo puede recuperar Atanasio la posesión de su sede, y tener allí el famoso sínodo que debería ser decisivo en la querella arriana.
   
Más, apenas a los ocho meses, Juliano siente celos de la influencia de Atanasio, «¡este enemigo de los dioses!», y escribe: «Habíamos permitido, hace poco, que los galileos expulsados por Constancio (de feliz memoria) volvieran no a sus iglesias, sino a su patria. Sin embargo, sé que Atanasio, el muy audaz, llevado por su acostumbrada impetuosidad se presentó a tomar de nuevo lo que ellos llaman el trono episcopal, con gran disgusto del pueblo religioso de Alejandría. Por lo cual le damos a conocer la orden de que salga de la ciudad, a partir del día mismo en que haya recibido estas cartas de nuestra clemencia, inmediatamente. Si permanece en el interior de la ciudad, pronunciaremos contra él penas más rigurosas». Y ante una súplica de los alejandrinos, el emperador vierte toda su cólera. «¡Pluguiera al cielo que la dañosa influencia de la escuela impía de Atanasio se limitara a él solo! Pero se ejerce sobre un gran número de hombres distinguidos entre vosotros. Cosa fácil de explicar, porque de todos aquellos que podíais haber escogido para interpretar las Escrituras, ninguno es peor que aquel por el que intercedéis. Si es por sus talentos por lo que apreciáis a Atanasio –porque sé que es un hombre superior– y por lo que me hacéis tales instancias, sabed que es por esto mismo por lo que ha sido expulsado de vuestra ciudad». Siendo de tal adversario, el homenaje no tiene sino más valor. Pero subraya el furor del Apóstata al solo nombre de Atanasio. El edicto de proscripción era irrevocable (octubre de 362).
   
Sin embargo, el santo Patriarca conservaba su serenidad y reanimaba la esperanza de los suyos: «Ligera nube que pasará muy pronto», decía. Perseguido sobre las aguas del Nilo por los emisarios del emperador, tuvo la astucia de dar la media vuelta y de salirles al encuentro. Ellos se cruzaron con él sin sospechar de ninguna manera que aquél era el fugitivo.
   
¡Exilio fecundo, una vez más! Huésped en la isla de Tabernna y en su célebre monasterio, Atanasio se documenta sobre la vida monástica, su espíritu y sus exigencias.
   
Al año siguiente fue muerto Juliano en el curso de su campaña contra los persas (junio de 363). Su sucesor, Joviano, se apresuró a hacer volver a Atanasio, el cual, tras de una corta aparición en Alejandría, se presentó en Antioquía a fin de entrevistarse allí con el emperador e intentar, en vano por lo demás, poner fin al cisma que dividía a esta cristiandad.
    
Los acontecimientos se precipitan. En febrero de 364, Joviano muere accidentalmente. Su sucesor, Valente, arriano fanático, expulsa una vez más a Atanasio. Pero cediendo a la presión popular que reclama su obispo, el príncipe no tarda en anular su decisión, y Atanasio vuelve finalmente a Alejandría para no volver a salir de ella (febrero de 366).
    
Período de calma, eminentemente favorable para estudiar y escribir. Sin descuidar la enseñanza mediante la predicación y las cartas a su pueblo y a la cristiandad contemporánea, Atanasio escribe para la posteridad.
   
Durante 46 años ha sido el Jefe de la Iglesia de Alejandría. Y si más de 17 de esos años han pasado en el exilio, no deben deducirse de su gobierno real. Porque este perpetuo proscrito no estaba verdaderamente separado de sus fieles: su ejemplo, su oración, su sufrimientos, son otras tantas pruebas de su apego al rebaño que la Providencia le había confiado; y su larga inmolación, como la de Cristo, es más bien el punto culminante de su acción redentora.
   
Al cabo de carrera de alrededor de 75 años, la hora del descanso eterno sonó para Atanasio en la noche del 2 al 3 de mayo de 373.
   
El primero de los obispos no mártires que la Iglesia ha colocado en los altares. ¿No fue San Atanasio mártir a su manera, si se toman en cuenta las persecuciones que sufrió toda su vida? Aunque sin efusión de sangre, ¡cuándo sufrió por la Fe! En todo caso trabajó prodigiosamente en defenderla y extenderla. Por esta razón él es cronológicamente el primero de los Doctores y Padres de la Iglesia.
    
OBRAS
Obrero infatigable cuanto luchador invencible, San Atanasio pudo dedicarse al mismo tiempo a un trabajo intelectual intenso y a un combate sin tregua. Jamás lo rozó el desaliento; y si después de cada exilio volvía a su sede episcopal como al puesto que la Providencia le había asignado, los largos períodos de proscripción le sevían de descansos no menos providenciales que utilizaba al máximo para acrecentar su cultura intelectual y su vida sobrenatural.
    
La primera en tiempo de las obras de San Atanasio parece ser su Contra los Paganos y Sobre la Encarnación del Verbo. Obra de juventud, puede decirse, a juzgar por la composición todavía torpe. Por otra parte no hace en ella ninguna ilusión al arrianismo: señal de que la herejía aún no se propagaba y de que Atanasio no era todavía obispo. La primera parte del libro es una apología del cristianismo frente a errores del paganismo; la segunda, una exposición de motivos teológicos de la Encarnación. Más su obra literaria, tanto como su acción pastoral, se centra en el arrianismo.
   
Por haber falseado la herejía el sentido de una frase de Jesús citada en el Evangelio: «Todo me ha sido entregado por mi Padre» (Mat. XI, 27), queriendo ver en ella no solamente una subordinación sino una inferioridad del Hijo de Dios respecto del Padre, Atanasio reivindica la igualdad de las personas divinas concordando con el texto de San Mateo este otro de San Juan: «Todo lo que tiene el Padre es igualmente Mío» (Jn XVI, 15). La Carta Encíclica de los Obispos, escrita en el momento de su partida para el segundo destierro (339) es una vigorosa protesta contra la intrusión del obispo arriano Gregorio de Capadocia en la sede de Alejandría. Al mismo tiempo que un cuadro de las violencias a las que ha dado lugar la usurpación, se ve allí una descripción del estado de la diócesis y de la Iglesia en esa época.
    
Los diez años de tranquilidad relativa (346-356) se distinguen sin embargo por la aparición de sus obras más importantes: la Apología contra los Arrianos, la Epístola sobre los decretos del Concilio de Nicea, la Epístola sobre la doctrina de Dionisio.
   
La Apología, también llamada Sýllogus o colección, es un conjunto de documentos. Apología personal, puesto que el autor refuta una a una las acusaciones con que los arrianos han querido anonadarlo en Tiro y en Filipopolis; pero sobre todo Apología de la Fe cristiana contra los absurdos y contra los errores acumulados por los herejes.
    
La Epístola sobre los decretos de Nicea, en su título completo resume todo su objeto: «De cómo el concilio de Nicea, por la razón de la malicia de los eusebianos, formuló como debía ser, y conforme a la religión, lo que definió contra el arrianismo». Sigue la historia del famoso término “consubstancial” que los Padres del Concilio habían inventado para expresar de manera indiscutible la igualdad y la unidad de naturaleza entre el Padre y el Hijo.
   
También contra los arrianos es el opúsculo sobre la doctrina de Dionisio. Este Dionisio era uno de los predecesores de Atanasio, de un siglo atrás, en la sede episcopal de Alejandría. Los herejes habían espigado en una de sus cartas fórmulas que presentaban como favorables a sus ideas: «¡Nada de eso!, replica Atanasio. El parecer de Dionisio concuerda, al contrario, con la enseñanza del Concilio de Nicea; y los arrianos lo calumnian cuando lo toman por uno de sus precursores. Si habló de cierta inferioridad de Cristo respecto de Dios, no se trataba allí sino de su naturaleza humana y no de la Persona del Verbo».
    
Cuidadoso de prevenir a sus colegas y sufragáneos contra las maniobras insidiosas de los arrianos, y en particular contra un nuevo símbolo que se disponían a propagar, Atanasio escribió en 356 la Carta a los Obispos de Egipto y de Libia que los exhorta a adherirse firmemente y exclusivamente al Símbolo de Nicea.
    
Por el deseo expresado por los monjes de la Tebaide, Atanasio escribe también para ellos una Historia de los Arrianos, menos ciertamente una génesis y una exposición de la doctrina que un relato de los excesos de todas clases a los que se entregaron los herejes y de los que él mismo, en medio de su pueblo, ha sido testigo y víctima; y esto en un tono de confidencias que dejan lugar a veces a protestas indignadas.
   
A uno de sus amigos, Serapión, Obispo de Timuis, que le pedía lo ilustrara sobre el arrianismo y la muerte de Arrio, Atanasio le dedica primeramente su Historia de los arrianos destinada a los monjes; luego, completa el envío con un relato de la muerte del heresiarca que le había transmitido uno de sus sacerdotes, Macario, presente en Constantinopla durante aquel acontecimiento. Habiéndose presentado en la capital, donde Eusebio de Nicomedia queria proceder a su rehabilitacion solemne, Arrio comparecio ante Constantino. A requerimiento del emperador, afirmó con juramento que él mantenia la Fe católica: «Si tu fe es verdaderamente católica, concluyó el imperial árbitro, con razón prestaste juramento, pero si es impía, que Dios te juzgue por tu juramento». Sin embargo, el viejo obispo de Constantinopla, Alejandro, impotente ya para conjurar el escándalo, suplicó al Señor, o bien que ocurriera todo de suerte que su iglesia no fuera profanada. Y he aquí que esa tarde misma, mientras que un cortejo triunfal conducía a Arrio a su trono, el heresiarca fue presa de un malestar súbito: obligado a buscar un lugar apartado, se le halló tendido, y pocos instantes más tarde herido por una muerte tan ignominiosa que para describirla los historiadores han tenido que recurrir a las palabras de la Escritura relativas a la muerte de Judas: «Sus entrañas se esparcieron» (seguramente que los ortodoxos y aun muchos de los arrianos vieron en esto un castigo de Dios)
    
Los cuatro discursos (o libros) contra los arrianos, la obra más importante de San Atanasio, constituyen un tratado apologético y dogmático a la vez. Después de una exposición de la doctrina arriana, la refuta a fuerza de textos escriturarios, corroborados por argumentos de razón; y luego reafirma claramente la distinción de las Personas y la unidad de naturaleza en el Misterio de la Santísima Trinidad.
    
Nueva consulta del Obispo de Timuis, Serapión, a propósito de un error del que él ha sido eco, error según el cual la tercera Persona de la Santísima Trinidad sería creada, algo así como espíritu superior para servir de instrumento al Verbo en la obra de la santificación de las almas. Recibe de Atanasio “cuatro cartas” que enseñan una vez más la divinidad del Espíritu Santo, su igualdad y su unidad de naturaleza con el Padre y el Hijo.
   
“El opúsculo sobre Sínodos” subraya las incertidumbres y las variaciones, en suma la anarquía doctrinal de los seudo-concilios de Rímini y de Seleucia, que contrastan con la intangibilidad del Símbolo de Nicea.
    
En la época del Concilio de Antioquía fue Atanasio quien tomó la iniciativa de reunir en Alejandría el célebre “Concilio de Confesores” que reunió a 21 obispos de Italia, de Libia y de Egipto. Y fue él quien redactó entonces la Carta a los Antioqueños, en la cual esos pocos delegados afirmaban su fe en todo conforme con los decretos de Nicea.
     
Otra carta sinodal, la Epístola a los Africanos, escrita durante una reunión de 90 obispos de Egipto y de Libia para poner en guardia a sus colegas de Africa occidental contra el símbolo de Rímini que los herejes trataban de establecer en lugar del de Nicea.
   
¿Le pregunta el emperador Joviano cuál es la regla de la ortodoxia? Atanasio no le propone ninguna otra sino el Símbolo de Nicea, adoptado desde entonces en todo el mundo cristiano.
    
Al margen del arrianismo, Epicteto, obispo de Corinto, señala dos nuevos errores. El uno pretende que en la Encarnación al Verbo divino se trocó en un ser corporal, sufriendo con este hecho una verdadera pérdida. Y ese cuerpo no había sido formado de la substancia de la Virgen María, sino llevado del cielo; en fin, ese cuerpo sería divino. Y por lo tanto, durante la pasión de Cristo ¿la divinidad misma sufrió?
   
La otra herejía sostenía que el Verbo no estaba en Cristo sino de la manera como habita en el alma de los profetas o de los santos; que consiguientemente Cristo no sería en verdad Hijo de Dios y Dios Él mismo. La Carta a Epicteto les ajusta las cuentas a esas dos innovaciones y resume todo el dogma católico concerniente al Misterio de la Encarnación. Este texto no cesará de cobrar autoridad, citado por San Epifanio, invocado por San Cirilo de Alejandría.
   
Adolfo, obispo de Onufis, se encuentra ante una tercera herejía: dualidad de personas en Cristo; y, como consecuencia, aunque se debe adorar al Verbo, se debe negar la adoración a la humanidad de Cristo. La carta de Atanasio, recordando el dogma de la unidad de persona en Cristo, demuestra que en lo sucesivo no puede uno contentarse con adorar al Verbo eterno, pues se debe adorar al Verbo que se dignó revertirse de la “forma de esclavo” para la salvación de la humanidad.
  
Al Filósofo Máximo, que relata a su vez los errores precedentes, Atanasio le responde con las mismas refutaciones, y termina siempre rindiendo homenaje al «Cristo de Gloria en el cual están simultáneamente el poder divino y la flaqueza humana».
   
Se discute ahora, aunque no se rechaza categóricamente, la autenticidad de obras atribuidas por mucho tiempo a la pluma de San Atanasio: por ejemplo: “La Exposición de la fe”, “El Gran discurso sobre la fe”, “El libro sobre la Encarnación del Verbo y contra los arrianos”, dos libros contra Apolinar intitulados “De la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo” y “Del saludable advenimiento de Jesucristo”.
    
La identidad del tema y la concordancia de la doctrina explican que la tradición haya creído adivinar en esas obras el sello de San Atanasio; mientras que ciertas diferencias de forma autorizan a ver en ellas la señal de otra mano.
    
Al defensor intrépido del dogma católico se unía, en Atanasio, el pastor cuidadoso de alimentar a su rebaño y el santo que se deleitaba en la meditación de las cosas divinas. Esto lo prueban sus Cartas Pascuales o festales, que durante mucho tiempo se creyeron perdidas, pero de las que felizmente se ha hallado, a mediados del siglo pasado, una versión siriaca, si no completa, al menos muy importante para conocer el pensamiento del autor. Un poco como los edictos cuaresmales de los obispos contemporáneos, esas cartas son algo así como circulares que recuerdan a los fieles los deberes esenciales de la vida cristiana. Una de ellas contiene el catálogo de los Libros Sagrados establecido en esa época. Luego, un índice permite situar en fechas precisas, con los episodios de la vida de San Atanasio mismo, los grandes acontecimientos de la época.
    
La interpretación de los Salmos, bajo la forma de instrucciones familiares dadas por un viejo a un solitario llamado Marcelino, es menos un estudio exegético que una disertación sobre su sentido profético y la aplicación que los cristianos pueden hacer de ellos en la vida corriente.
    
Cartas, cuya mayor parte se han perdido, cartas de dirección espiritual dirigidas a monjes inquietos, o aclaraciones dogmáticas o morales, en respuesta a las cuestiones planteadas por los corresponsales, obispos sobre todo, acaban de poner de relieve la universalidad del genio de San Atanasio y el incomparable prestigio de que gozaba entre sus contemporáneos.

En fin, coronando esta obra literaria inmensa, la Vida de San Antonio, de la que San Gregorio de Nacianzo pudo decir que «Bajo la forma de historia, promulga la regla de la vida monástica». Y en efecto, fue en atención a los monjes occidentales por lo que Atanasio escribió esa vida, en que el ejemplo concreto del gran patriarca de los solitarios hace las veces de los principios abstractos. Traducida al latín, esta obra ejerció una influencia considerable en el desenvolvimiento de la ascesis y del monaquismo en Italia y en las Galias, tanto como en el Oriente.
    
Es relativamente fácil hacer la síntesis de la teología de San Atanasio, aun cuando no la hallemos establecida en un cuerpo de doctrina sistemática, porque toda entera gravita alrededor de la Persona del Verbo: el Verbo en su existencia eterna en el seno del Padre, divina Sabiduría en la obra de la Creación; luego, el Verbo encarnado, Dios hecho hombre para cumplir la obra de la Redención.
     
El símbolo que la liturgia hace recitar el domingo en el oficio de Prima y que le es atribuido, es ciertamente en efecto una condensación de las grandes verdades reafirmadas entonces: la Unidad de Dios en la Trinidad de Personas Divinas iguales y consubstanciales: generación del Hijo por el Padre, procesión del Espíritu Santo a la vez del Padre y del Hijo; Encarnación del Verbo, con dualidad de naturalezas y unidad de Personas, humanidad verdadera de Cristo al mismo tiempo que divinidad real. Redención del mundo operada por la Pasión y la muerte de Cristo, su resurrección y su ascensión; en fin, su retorno futuro para juzgar a la humanidad eterna.
 
Menos especulativo que práctico, este Doctor no se complace en elaborar sabios sistemas: quiere inculcar en el pueblo las grandes verdades relativas, y para conseguirlo no teme repetirlas minuciosamente. Su razonamiento parece simplista: puesto el principio de la fe de que Cristo vino para salvarnos, esto es, para hacer de nosotros hijos de Dios, es forzoso claramente que Él mismo sea Dios. ¿Cómo podía Él divinizar a los hombres si Él mismo no fuese Dios? Nadie puede dar lo que no tiene. «El Verbo se hizo hombre para hacernos divinos», repite sin cesar. Esta idea fundamental dominaba para él todas las polémicas; lo mantenía fuerte a pesar de sus propios sufrimientos al mismo tiempo que inspiraba toda su enseñanza. Es ella el centro de su doctrina: y si su duelo con Arrio hizo de él el gran héroe de su siglo, es la intuición genial, más que esto, la gran Luz de la Fe sobre la realidad y el objeto de la Encarnación los que hace de San Atanasio un Doctor de la Iglesia universal.
    
Su fidelidad a la enseñanza tradicional de la Iglesia, en particular su asenso a las definiciones del Concilio de Nicea, le han valido, entre los Padres de la Iglesia, el título excepcional de “Padre de la ortodoxia”. De una inteligencia extraordinariamente penetrante y de una cultura extremadamente extensa, San Atanasio era, además, tanto como sus principales adversarios, un oriental, experto como ellos en todas las sutilezas de la mentalidad oriental, capaz de desbaratar las argucias y los lazos que ellos le tendían. Inflexible en materia de principios, y de una indomable energía, muchas veces se le consideró como intransigente y fanático. San Epifanio lo pinta con una palabra: «Persuadía, exhortaba, pero si se le resistía destrozaba». Sin embargo, no llegaba a este extremo sino respecto a la mala fe obstinada. El mismo describe su método: «Lo propio de la religión no es constreñir, sino convencer».
    
Su sumisión a la autoridad de la Iglesia era a la vez una garantía y una nueva expresión de su celo en defensa de la Fe. La Iglesia católica y apostólica no es, para él, sino la Iglesia Romana: es el Obispo de Roma el que ocupa la “Sede Apostólica”. Por esta adhesión con hechos más que con palabras el Santo Obispo de Alejandra figura todavía como modelo y precursor. Porque si hubo de hacer frente a lo que los historiadores han llamado «el gran asalto de la inteligencia» contra la Fe, debió resistir también a la intrusión del poder civil en el dogma y la disciplina de la Iglesia. A las persecuciones anteriormente dirigidas por los paganos contra el Cristianismo, ha sucedido la lucha entre cristianos, la primera guerra de religión, herejes contra ortodoxos; y los emperadores, por autoritarismo, lo más a menudo estuvieron en el campo herético: «En materia de Fe, mi voluntad es ley», declaraba un Constancio.
    
Elevado al episcopado al día siguiente del edicto de Milán, San Atanasio fue uno de los primeros jefes de la Iglesia en aprovechar la protección del poder civil; pero también uno de los primeros en constatar cuán indiscreto e invasor podía volverse el dicho favor, a cuánta confusión de los dos poderes podía conducir, a cuántas usurpaciones dio lugar de hecho. Consciente de su autoridad sobrenatural, y a riesgo de exponerse a la venganza de los todopoderosos monarcas, no temió poner al César en un lugar: «No le está permitido al poder del Estado mezclarse en el gobierno de la Iglesia» proclamó en el Concilio de Milán. Y sin retroceder ante el vigor de la expresión, agradaba: «De obispos no se hará eunucos». Defensor de la autoridad y de la disciplina tanto como de la doctrina, San Atanasio es por consiguiente el tipo acabado del obispo, «el vigilante jefe y pastor que alimenta a su rebaño».

Bossuet, en la “Défense de la tradition et des saints Péres”, escribe: «El carácter de San Atanasio consiste en ser grande en todas las ocasiones». ¿Hay un panegírico más elocuente? Este juicio no hace sino condensar en una expresión lapidaria los elogios otorgados por los siglos al Patriarca de Alejandría.

Escritor de una fecundidad prodigiosa, de pensamiento profundo, de poderosa argumentación, de estilo claro y nervioso, Atanasio, consagrando sin reserva alguna el excepcional genio de que la Providencia lo había dotado a la causa de Dios se hizo uno de los más ilustres Doctores y Maestros en la Iglesia de Cristo, cuya misión es defender y propagar la verdad divina.
    
Pero el temple de su voluntad no era menor que la lucidez de su inteligencia. Aunque no lo hubiese querido, las circunstancias, luchas, contradicciones, persecuciones lo obligaron a desplegar todos los recursos de su energía, de su tenacidad: «Fue él de la categoría de los espíritus vigorosos tales como los exigen las horas decisivas. Constantemente, durante su vida tan llena de vicisitudes, se mostró presto a soportar los últimos sufrimientos por su Fe. En la cual permanecía inquebrantable; la defendió contra todos los ataques; tras de sí arrastró a los espíritus oscilantes… La grandeza de su carácter está fuera de duda».

Pero el motor que animaba tan maravilloso conjunto era el apasionado amor a Jesucristo. Es allí donde se debe buscar la explicación de sus trabajos, de sus gozos, y de sus sufrimientos, de su arrojo y de sus indignaciones, de sus amistades y de sus anatemas. Atanasio fue un héroe sólo porque era Santo, y un Santo en el que sus contemporáneos mismos veían un acabado modelo de vida cristiana: «Ensalzar a Atanasio es ensalzar la virtud misma» exclamaba San Gregorio de Nacianzo. En efecto, ¿no es celebrar las glorias de la virtud el hacer conocer una vida que realizó todas las virtudes a la vez? (Discurso XXI).
   
MEDITACIÓN SOBRE LAS PERSECUCIONES 
I. Dios permite que sus más fieles servidores sean probados por la persecución, sea para castigarlos por alguna falta leve o para volverlos más vigilantes, sea para acrecentar su corona o impedir que la prosperidad los pierda. En las pruebas, Dios siempre busca su gloria y el bien de nuestras almas; no te quejes, pues, sino agradécele. Dios te envía males porque has despreciado bienes. «Reconoce en sus golpes al que no reconociste en sus regalos» (San Cipriano).
   
II. En todas las acusaciones que se dirijan contra ti, mira si cometiste las faltas que se te reprochan. Si eres culpable, pide perdón a Dios; entristécete, no de haber sido acusado, sino de haber, con tus faltas, dado motivo a la acusación. Agradece a Dios de que se sirva de la mano de tu adversario para punzarte el absceso que tú hubieras ahogado.
   
III. Si eres inocente de la falta que se te imputa, si hasta eres perseguido por una acción buena, agradece a Dios, regocíjate de que te haga sufrir por la justicia. No te afanes en justificarte, tarde o temprano lo hará Dios. «A menudo un padre hace castigar a sus hijos por intermedio de malos servidores, sin embargo prepara una prisión para éstos y reserva la herencia para aquellos» (San Agustín).   

La paciencia. Orad por los perseguidos a causa de su justicia.

ORACIÓN
Os suplicamos, Señor, escuchéis las oraciones que os dirigimos en la solemnidad de vuestro confesor pontífice San Atanasio, a fin de que los méritos y la intercesión de quien dignamente os ha servido nos obtengan el perdón de nuestros pecados. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 9 de octubre de 2021

CARTA DE SAN ATANASIO A SU GREY

  
Como Obispo de Alejandría, San Atanasio el Grande había pasado 17 años de su mandato en el exilio, durante el cual los sacerdotes de su diócesis en su gran mayoría apostataron a la herejía arriana (que vencidos en el Concilio de Nicea, sus adherentes se refugiaron en la Corte imperial) y se apoderaron de los templos, dejando a los católicos fuera de ellos. Estas noticias le habían llegado a nuestro santo, que en su Carta pascual del año 356 les escribe para infundirles esperanza y recordarles que el templo, aunque importante, sin la Fe no es más que un edificio común y corriente.
   
Esta carta (cuya versión griega no ha llegado hasta nosotros, y la versión latina es fragmentada), ha circulado por décadas en la Tradición (la FSSPX y los primeros sedevacantistas), a veces con distintas versiones que incluían paráfrasis o adiciones que le restaban autenticidad. Por primera vez os traemos el texto en latín (tomada de la edición de los Benedictinos de San Mauro de las obras completas de San Atanasio, tomo I parte 2.ª, París, imprenta de Juan Anisson, 1698, pág. 968) y una traducción al español, conservando la fidelidad al texto.
  
La carta de San Atanasio cobra vigencia en nuestros tiempos tan desgraciados: los modernistas, congraciados con la Jerarquía Apóstata del Vaticano II y en connivencia con los poderes seglares, esparcieron el error en tal medida que los mundanos creen que es la verdadera Iglesia Católica (sin serlo realmente), y se apoderaron de los templos católicos, dándole los usos más diversos y abyectos (caso reciente, lo que sucedió en Toledo), cuando no vendiéndolos para convertirse en restaurantes, edificios residenciales, ¡salones de eventos!, o demoliéndolos de plano cuando ni siquiera los ceden a las religiones falsas. Y si se trata de sus nuevos templos, construidos las más veces en forma extravagante o pauperista y decorados con el informe y diabólico “arte moderno”, son todo menos lugares sagrados.
    
LATÍN
Deus quídem vos consolétur, novi áutem quia non hoc solum vos contrístat, sed contrístat et illud, quia ecclésias quídem álii per violéntiam tenúerunt, vos áutem ínterim foris estis a locis; illi enim loca, vos vero habétis apostólicam fidem. Illi in locis exsisténtes, a vera fide sunt foris: vos vero a locis quídem foris estis, fides vero intus. Discutiámus quid sit majus, locus an fides: claret útique quia vera fides. Quis ergo ámplius perdídit, vel quis ámplius habet, qui locum tenet, an qui fidem? Bonus quídem locus est, quándo illic apostólica fides prædicátur: sanctus est, si ibi habítat sanctus.
   
Vos áutem beáti, qui fide in Ecclésia estis, in fídei fundaméntis habitátis, et sufficiéntem satisfactiónem habétis, fídei summitátem: quæ in vobis permánet inconcússa; ex apostólica enim traditióne pervénit ad vos, et frequénter eam exsecránda invídia vóluit commovére, nec váluit: magis áutem per ea quæ commovérunt sunt abscíssi. Hoc est enim quod scriptum est: “Tu es Fílius Dei vivi”, Petro per revelatiónem Patris confésso et audiénte: “Beátus es, Simon Barjóna, quía caro et sánguis non revelávit tibi, sed Pater meus qui in cœlis est” (Matth. XVI, 17), et cœ́tera. Nemo ígitur únquam vestræ fídei prævalébit, dilectíssimi fratres: si enim aliquándo ecclésias reddíderit Deus, crédimus enim hoc; verúmtamen ne tanta ecclesiárum redditiónem súfficit nobis fides. Et ne forte sine scriptúris lóquens, violéntia dicam, bonum est vos ad Scripturárum testimónia trahére. Commemorámini enim quia templum quídem erat Jerúsalem: templum non erat in éremo, alienígenæ invasérant. Ex quo et templum vero Jerúsalem; illi ejécti Babylónia descendérunt, judício probántis, sive étiam corrigéntis Dei; manifestántis vero inimicórum sánguinem vorántium pœnas ígnaris. Et locum quídem habébant alienígenæ; loci vero Dóminum nesciébant. In tantum vero, quía nec respónsa dabat, nec loquébatur, sed a veritate desoláti fúerunt. Quid ígitur eos juvat locus? Ecce enim locum habéntes accusántur a diligéntibus Deum, quía eum fecérunt spelúncam latrónum, et domum negotiatiónis, et domum veli* locum sanctum fecérunt améntes sibi, quos illic non licébat intráre. Audívimus enim, dilectíssimi, discéntes ab his qui inde venérunt hæc et detériora his. Quándo ígitur labóre vidéntur Ecclésiam tenére, tanto magis ejécti sunt. Et putántur esse infra veritátem, expúlsi sunt áutem et capti, et nullum lucrum sola Ecclésia quía rerum véritas judicátur.
   
TRADUCCIÓN
Que Dios os consuele. He sabido que no sólo esto os entristece [mi exilio], sino sobre todo el hecho de que los otros [los arrianos] se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, tienen los templos. Vosotros, en verdad, tenéis la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos templos, están fuera de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis fuera de los lugares, permanecéis dentro de la Fe. Discutamos qué sea más importante, el templo o la Fe, y está claro que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno cuando  allí se predique la Fe Apostólica: es santo, si allí habita el Santo.
   
Bienaventurados en cambio vosotros, que estáis en la fe de la Iglesia, habitáis en los fundamentos de la fe, y tenéis suficiente satisfacción en la totalidad de la fe, que en vosotros permanece inconmovible. Por tradición apostólica ha venido hasta vosotros, y frecuentemente la execrable envidia ha querido conmoverla pero no ha podido: antes contrario, por ella los que la conmovieron son cortados. Esto es lo que está escrito: que Pedro por revelación del Padre confesó: “Tú eres el hijo del Dios vivo”, y escuchó “Bienaventurado eres Simón hijo de Joná, porque esto no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el Cielo”, etc. (San Mateo XVI, 17), y lo demás. Por eso nadie prevalecerá nunca contra vuestra fe, queridísimos hermanos: si en algún momento Dios os devolviere las iglesias, creemos esto no obstante: la Fe nos basta más que la restitución de las iglesias. Y no os hablo sin apoyo de la escritura, os digo con violencia, es bueno traeros el testimonio de las Escrituras. Recordemos pues el templo que estaba en Jerusalén: el templo no estaba en despoblado, y los extranjeros lo invadieron. Del templo de Jerusalén, ellos [los judíos] bajaron expulsados a Babilonia, probando el juicio, o también corregidos por Dios, manifestando a los ignorantes las penas por los enemigos sedientos de sangre. Y en el lugar pues que habitaban los extranjeros, desconocieron al Dios verdadero. En verdad, ni respuesta les podía dar, ni hablar, sino que fueron desolados de la verdad. ¿Qué pues, gozaron ellos del templo? He aquí que al tener los templos, los que aman a Dios los acusan, porque del lugar santo hicieron cueva de ladrones y casa de negocios y tribunal judicial, perteneciéndoles a quienes no les era permitido entrar allí. Hemos oído decir esto y cosas peores, dilectísimos, de los han venido hasta aquí. Pues cuando se ven en la labor de tener la Iglesia, tanto más son echados de ella. Y diciendo estar bajo la verdad, en cambio son expulsados de ella y cautivos, y sin ningún lucro de la verdad, única cosa que juzga la Iglesia.
   
NOTA ÚNICA  
*Literalmente “umbral de la casa” (en griego οἶκος βηλός). En sentido figurado, Tribunal de justicia.

viernes, 8 de octubre de 2021

GRABAN VÍDEO INMODESTO EN LA CATEDRAL DE TOLEDO

Si bien la Catedral Primada de Toledo está profanada hace rato con el Novus Ordo Missæ (tanto en el Rito Romano como en el Hispánico) y los rituales paganos o ecuménicos de ocasión, esta vez hubo un hecho que le pone la guinda.
    
   
A inicios de Septiembre, el cantante madrileño Antón Álvarez Alfaro (C. Tangana) grabó con la cantante argentina Nathalia Beatriz Dora Peluso (Nathy Peluso) el vídeo de su reciente canción “Ateo” en las instalaciones de la Catedral. Una canción con una letra y coreografía obscenas, que la modestia no autoriza presentar.
    
Ante el hecho, el Arzobispado de Toledo declaró mediante comunicado en nombre del arzobispón Francisco Cerro Chávez que este «desconocía absolutamente la existencia de este proyecto, el contenido del mismo y el resultado final», «lamenta profundamente estos hechos y desaprueba las imágenes grabadas», y pide «humilde y sinceramente perdón a todos los fieles laicos, consagrados y sacerdotes, que se han sentido justamente heridos por este uso indebido de un lugar sagrado», al tiempo que se comprometió a «revisar el procedimiento seguido para evitar que vuelva a suceder algo semejante. Para ello, se comienza a elaborar inmediatamente un protocolo para la grabación de imágenes de difusión pública en cualquier templo de la archidiócesis».
    
    
Por su parte, Juan Miguel Ferrer Grenesche, deán del Cabildo Catedralicio, defendió la canción en un comunicado, diciendo que esta es la «historia de una conversión mediante el amor humano», y que «a ciertas actitudes de intolerancia contrapone la comprensión y acogida de la Iglesia [del Novus Ordo], tal y como se manifiesta en las secuencias finales del video». Para el deán «es cierto que el video utiliza un lenguaje visual provocador, pero no afecta a la fe. Es un lenguaje propio de la cultura de nuestro tiempo y se ha atendido al bien que pueda producir en los alejados».
   
   
Católicos tradicionales, ante esta situación, además de reprochar esta afrenta acolitada por unos perros mudos, debemos recordar las palabras de San Atanasio el Grande a sus fieles escritas hacia el año 356, cuando él fue desterrado de su diócesis por los arrianos (que se apoderaron de los templos):
«He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo lo que tanto os entristece es que los enemigos han ocupado por violencia vuestros templos, en tanto que vosotros, en todo este tiempo, os encontráis afuera. Es un hecho, que ellos tienen los templos; pero, en cambio, vosotros tenéis la fe apostólica. Ellos han podido quedarse con nuestros templos, pero están fuera de la verdadera fe. Vosotros tenéis que permanecer fuera de los lugares del culto, pero permanecéis, en cambio, dentro de la fe» [Colléctio selécta SS. Ecclésiæ Patrum. Armand Benjamin Caillau y Marie-Nicolas-Silvestre Guillou, compiladores. Tomo XXXII, París 1832, págs. 411-412. Traducción de la Revista “Trento”, N.º 44, 1 de Enero de 1975, pág. 1].

sábado, 11 de febrero de 2017

SAN ATANASIO CONTRA LOS TIBIOS Y QUIENES LES RESULTA INDIFERENTE LA APOSTASÍA


“Queréis ser hijos de la luz, pero no queréis abandonar la filiación del mundo. Deberíais creer en la penitencia, pero creéis en la felicidad de los nuevos tiempos. Deberíais hablar de misericordia y gracia, pero preferís hablar de progreso humano. Deberíais anunciar a Dios, pero preferís predicar el hombre y la humanidad. Os llamáis según Cristo, pero mejor deberíais llamaros de Pilatos. Sois la gran perdición, pues os halláis en el medio, en donde queréis estar entre la luz y el mundo. Sois maestros en el compromiso y seguís al mundo. Yo os digo: vale más que os marchéis al mundo, abandonando al Maestro cuyo reino no es de este mundo”.
  
COSME FLAM (seudónimo de Josef Pietsch), Atanasio viene a la metrópolis, o al foso de las bestias, Breslavia, 1930, p. 84. Citado en Mons. RUDOLF GRABER, Atanasio y la Iglesia de nuestro tiempo.

lunes, 2 de mayo de 2016

EL PROVECHO DE PROFUNDIZAR EN LA FE CATÓLICA TRADICIONAL

San Atanasio el Grande
 
"Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal".
  
San Atanasio, Epístola a Serapión.

domingo, 31 de mayo de 2015

SÍMBOLO DE SAN ATANASIO, CONFESIÓN DE FE TRINITARIA

"Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo: alabémoslo y exaltémoslo en todos los siglos"

El Símbolo Quicúmque (o Símbolo Atanasiano) es una profesión de fe (como el Credo de Nicea, el Credo de los Apóstoles y la Profesión del Concilio de Trento), que fue redactado por San Atanasio el Grande, Arzobispo de Alejandría. A pesar de no haber sido redactado por ningún concilio ecuménico, «de hecho, este símbolo alcanzó tanta autoridad en la Iglesia, tanto occidental como oriental, que entró en el uso litúrgico y ha de tenerse por verdadera definición de fe». Recibe el nombre de Quicúmque por la palabra con la que comienza.
   
San Atanasio el Grande, autor del Símbolo Quicúmque
  
Escrito en Latín, el Quicúmque es un resumen didáctico de la doctrina cristiana y se centra especialmente en el dogma de la Santísima Trinidad. Gozó de gran autoridad en la Iglesia Católica Romana (que llegó a ser citado en el Concilio de Florencia) y su uso se extendió rápidamente a todos los ritos de Occidente. Está preceptuado rezarlo (para cuantos tienen por devoción o están obligados a recitar el Divino Oficio) en la Hora prima del Oficio de los Domingos posteriores a Epifanía y Pentecostés, en especial en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, como signo de adoración y alabanza a la Trinidad Beatísima, y como protesta perpetua contra los herejes que niegan o mutilan el Dogma de la Trinidad.
 
Santa Teresa de Ávila nos cuenta en su autobiografía cómo meditando este símbolo recibió gracias especiales para penetrar en este inefable misterio:
“Estando una vez rezando el Quicúmque vult -escribe la santa-, se me dio a entender la manera de cómo era un solo Dios y tres personas tan claramente, que yo me espanté y me consolé mucho. Hízome tan grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas…”
   
SÍMBOLO DE SAN ATANASIO (Quicúmque vult)
   
LATÍN
   
 In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti. Amen.
  
Antíphona: Glória tibi, Trínitas æquális, una Déitas, et ante ómnia sǽcula, et nunc, et in perpétuum. (T. P. Allelúja).
  1. Quicúmque vult salvus esse, ante ómnia opus est, ut téneat Cathólicam fidem:
  2. Quam nisi quisque íntegram inviolátamque serváverit, absque dúbio in ætérnum períbit. 
  3. Fides autem Cathólica hæc est: ut unum Deum in Trinitáte, et Trinitátem in unitáte venerémur. 
  4. Neque confundéntes persónas, neque substántiam separántes. 
  5. Alia est enim persóna Patris, ália Fílii, ália Spíritus Sancti. 
  6. Sed Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti una est divínitas, æquális glória, coætérna majéstas. 
  7. Qualis Pater, talis Fílius, talis Spíritus Sanctus. 
  8. Increátus Pater, increátus Fílius, increátus Spíritus Sanctus. 
  9. Imménsus Pater, imménsus Fílius, imménsus Spíritus Sanctus. 
  10. Ætérnus Pater, ætérnus Fílius, ætérnus Spíritus Sanctus. 
  11. Et tamen non tres ætérni, sed unus Ætérnus. 
  12. Sicut non tres increáti, nec tres imménsi, sed unus Increátus et unus Imménsus. 
  13. Simíliter omnípotens Pater, omnípotens Fílius, omnípotens Spíritus Sanctus. 
  14. Et tamen non tres omnipoténtes, sed unus Omnípotens. 
  15. Ita Deus Pater, Deus Fílius, Deus Spíritus Sanctus. 
  16. Et tamen non tres Dii, sed unus est Deus. 
  17. Ita Dóminus Pater, Dóminus Fílius, Dóminus Spíritus Sanctus. 
  18. Et tamen non tres Dómini: sed unus est Dóminus. 
  19. Quia, sicut singillátim unamquámque persónam Deum ac Dóminum confitéri Christiána veritáte compéllimur: ita tres Déos aut Dóminos dícere Cathólica religióne prohibémur. 
  20. Pater a nullo est factus: nec creátus, nec génitus. 
  21. Fílius a Patre solo est: non factus, nec creátus, sed génitus. 
  22. Spíritus Sanctus a Patre et Fílio: non factus, nec creátus, nec génitus, sed procédens. 
  23. Unus ergo Pater, non tres Patres: unus Fílius, non tres Fílii: unus Spíritus Sanctus, non tres Spíritus Sancti. 
  24. Et in hac Trinitáte nihil prius aut postérius, nihil majus aut minus: sed totæ tres persónæ coætérnæ sibi sunt et coæquáles. 
  25. Ita ut per ómnia, sicut jam supra díctum est, et únitas in Trinitáte, et Trínitas in unitáte veneránda sit. 
  26. Qui vult ergo salvus esse, ita de Trinitáte séntiat. 
  27. Sed necessárium est ad ætérnam salútem, ut Incarnatiónem quoque Dómini nostri Jesu Christi fidéliter credat. 
  28. Est ergo fides recta ut credámus et confiteámur quia Dóminus noster Jesus Christus, Dei Fílius, Deus et homo est. 
  29. Deus est ex substántia Patris ante sǽcula génitus: et homo est ex substántia matris in sǽculo natus. 
  30. Perféctus Deus, perféctus homo: ex ánima rationáli et humána carne subsístens. 
  31. Equális Patri secúndum divinitátem: minor Patre secúndum humanitátem. 
  32. Qui, licet Deus sit et homo, non duo tamen, sed unus est Christus. 
  33. Unus autem non conversióne divinitátis in carnem: sed assumptióne humanitátis in Deum. 
  34. Unus omníno, non confusióne substántiæ: sed unitáte persónæ. 
  35. Nam sicut ánima rationális et caro unus est homo: ita Deus et homo unus est Christus. 
  36. Qui passus est pro salúte nostra: descéndit ad Ínferos: tértia die resurréxit a mórtuis. 
  37. Ascéndit ad Cælos, sedet ad déxteram Dei Patris omnipoténtis: inde ventúrus est judicáre vivos et mórtuos. 
  38. Ad cujus advéntum omnes hómines resúrgere habént cum corpóribus suis: et redditúri sunt de factis própriis ratiónem. 
  39. Et qui bona egérunt, ibunt in vitam ætérnam: qui vero mala, in ígnem ætérnum. 
  40. Hæc est fides Cathólica, quam nisi quisque fidéliter firmitérque credíderit, salvus esse non póterit.
   
Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Antíphona: Glória tibi, Trínitas æquális, una Déitas, et ante ómnia sǽcula, et nunc, et in perpétuum. (T. P. Allelúja).
  
V. Dómine, exáudi orationem meam.
R. Et clámor meus ad te véniat.
  
(Sacerdótes áddint:
V. Dóminus vobíscum.  
R. Et cum spíritu tuo.)
  
Orémus:
Omnípotens sempitérne Deus, qui dedísti fámulis tuis, in confessióne véræ fídei, ætérnæ Trinitátis glóriam agnóscere, et in poténtia majestátis adoráre unitátem: quǽsumus; ut, ejúsdem fídei firmitáte, ab ómnibus semper muniámur advérsis. Per Dóminum nóstrum Jesum Chrístum Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
  
 In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti. Amen.

TRADUCCIÓN
   
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
  
Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya).
  1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la Fe Católica:
  2. Pues quien no la observe integra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. 
  3. Y ésta es la Fe Católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad santísima y a la Trinidad en la unidad. 
  4. Sin confundir las personas, ni separar la sustancia. 
  5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. 
  6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. 
  7. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. 
  8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. 
  9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. 
  10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. 
  11. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo Eterno. 
  12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un Increado y un Inmenso. 
  13. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. 
  14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un Omnipotente. 
  15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. 
  16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. 
  17. Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. 
  18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. 
  19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada Persona es Dios y Señor, la religión Católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores. 
  20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. 
  21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. 
  22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. 
  23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. 
  24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. 
  25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad. 
  26. Por tanto, quien quiera salvarse, es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad. 
  27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. 
  28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. 
  29. Es Dios, engendrado de la misma sustancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre santísima en el tiempo. 
  30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. 
  31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. 
  32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. 
  33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. 
  34. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona. 
  35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre. 
  36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los Infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. 
  37. Subió a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. 
  38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos. 
  39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno. 
  40. Esta es la Fe Católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.
   
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
  
Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya).
  
V. Señor, escucha mi oración. 
R. Y llegue a ti mi clamor.
  
(Los sacerdotes añaden:
V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.)
   
ORACIÓN
Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad: haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo. Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.