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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL VATICANO II (Refutación montiniana al “Reconocer y resistir”)

Presentamos un documento que ha pasado “de agache” en el radar del debate sobre el Vaticano II (en parte porque su única versión conocida es el original latino en Acta Apostólicæ Sedis vol. 57 (1965), n.º 13, págs. 867-871), y que por primera vez presentamos íntegramente en español:
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “Postréma Séssio”, DONDE SE HACEN PROVISIONES PARA EL RESULTADO INMEDIATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

A todos los Obispos que están en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.

La sesión final del Concilio Ecuménico Vaticano II está llegando a su fin. Pronto se disolverá la asamblea más extensa de su tipo, que se reunió hace cuatro años en la tumba del apóstol Pedro para atender las expectativas, los deseos y las necesidades más graves y urgentes del pueblo cristiano. Y vosotros, Venerables Hermanos, regresaréis finalmente a vuestras sedes, después de una larga y fructífera labor, con justa alegría porque, gracias a vuestro trabajo, se han preparado instrumentos beneficiosos para la verdadera renovación de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos, y para el establecimiento de la paz y el orden de los asuntos humanos de una manera más digna.

Mientras el Concilio Ecuménico, casi concluido, parece traer un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos sino exhortar con espíritu paternal a los fieles cristianos a que eleven súplicas más frecuentes y urgentes a Dios. Deseamos, Venerables Hermanos, que esa ferviente devoción a la oración, a la que hemos exhortado repetidamente a los hijos de la Iglesia a lo largo del Concilio, no solo no cese, sino que arda con mayor intensidad en este tiempo, cuando la obra del Concilio está llegando a su fin; para que en estos días toda la Iglesia, reunida en todo el mundo, como lo estuvieron en su día los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús, y nosotros en el Cenáculo (Hch. 1, 14), se una en fervientes oraciones con los sucesores de Pedro y los Apóstoles, para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo.

Y, ante todo, debemos agradecer a Dios Todopoderoso, quien, a lo largo de la celebración del Concilio, nunca dejó de estar presente en el Concilio Ecuménico con su divino auxilio y la abundancia de luces celestiales. En efecto, al considerar la inmensa labor que el Concilio ha realizado hasta ahora, Nos sentimos verdaderamente impresionados por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas, las cuales, fielmente conservadas en la tradición eclesiástica, abren nuevos caminos para la acción de la Iglesia y sin duda contribuirán enormemente al bien de las almas.

Sin embargo, si nos fijamos en la opinión general con la que los profanos han seguido la celebración del Concilio, no nos alegra menos observar que el Concilio Ecuménico ha atraído tanto los intereses y pensamientos de los hombres hacia sí mismo, que en nuestros tiempos las cuestiones y preceptos de la Iglesia parecen ser de suma importancia para todos los hombres de noble voluntad que buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por contribuir a la verdadera prosperidad de la humanidad; lo cual, en efecto, ofrece a la Iglesia la oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo, es decir, con los pueblos y hombres de todas las religiones y civilizaciones, para que pueda aportar sus esfuerzos conjuntos a salvaguardar los verdaderos bienes de los hombres y a resolver las cuestiones humanas de manera más apropiada según la doctrina del Evangelio.

En efecto, la Iglesia Católica ha brillado con luz propia ante todas las naciones, como una ciudad sobre una colina (Cf. Mt. 5, 14), guardiana invencible de las verdades divinas y la dignidad humana. Tampoco es difícil prever el futuro desarrollo de la vida religiosa que se derivará de ello, cuando el pueblo de Dios se vea cada vez más imbuido de ese aliento sagrado de renovación espiritual que el Concilio ha despertado en la Iglesia.

Todas estas cosas, si bien reconfortan dulcísimo a todos aquellos por cuya obra la «diversa gracia de Dios» (1.ª Pe. 4, 10) ha fluido abundantemente en las almas de los fieles cristianos, al mismo tiempo nos exhortan a esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que ningún obstáculo retrase ese río desbordante de gracias celestiales que hoy «alegra la ciudad de Dios» (Sal. 45, 5), ni disminuya en modo alguno el fervor con el que la Iglesia está hoy tan animada. Esto podría suceder si, tras el tiempo de debates y la aprobación de las leyes, el celo apostólico de los santos Pastores disminuyera progresivamente y no prestaran la debida atención a los deberes propios de ese tiempo, que seguirán a la celebración del Concilio. Pues el éxito del Concilio y sus frutos más beneficiosos para la vida de la Iglesia dependerán, más que de la multiplicidad de leyes, de la diligencia y el empeño con que estas se pongan en práctica en el futuro. Por supuesto, será necesario, sobre todo para los fieles cristianos, preparar prudentemente sus mentes para recibir las nuevas normas; despertar la inercia de aquellos que se niegan a adaptarse al nuevo rumbo de las cosas; frenar la intemperancia de otros que se entregan a innovaciones privadas más de lo debido, y que de este modo pueden perjudicar considerablemente la obra de renovación iniciada; contener el cambio de disciplina dentro de los límites prescritos por la autoridad legítima; y, finalmente, infundir en la mente de todos confianza en los sagrados Pastores e instar a la plena obediencia, que es testimonio del verdadero amor a la Iglesia y, al mismo tiempo, la garantía más segura de unidad y de un resultado feliz.

Basta con mencionar brevemente estos puntos, Venerables Hermanos, para que comprendáis la gravedad e importancia de las responsabilidades que os esperan. Se emprenderá una obra de inmensa envergadura que exige prudencia, perseverancia y sabiduría en vuestros consejos; pero también exige, con igual ahínco, el esfuerzo conjunto, entusiasta y magnánimo, de toda la comunidad que ha sido confiada a cada uno de vosotros. Pues el Concilio Ecuménico, al conferir a la vida espiritual y ritual de todos los hijos de la Iglesia, no puede prescindir del esfuerzo común de todos.

En este esfuerzo conjunto, no cabe duda de que los dilectísimos sacerdotes serán de mayor ayuda para sus pastores que otros, especialmente aquellos consagrados al cuidado de las almas. El Concilio Ecuménico, al haber emitido normas providenciales al respecto, les ha proporcionado un instrumento incomparable para ejercer las funciones del sacerdocio con mayor dignidad y eficacia; por lo tanto, que quienes deseen recibirlo y usarlo, se comprometan con resoluciones más firmes y animadas a alcanzar la santidad y a desempeñar el sagrado ministerio con espíritu hábil y generoso. Por nuestra experiencia pastoral, sabemos bien cuántos obreros de Cristo, verdaderamente dignos, han trabajado diligentemente en el cultivo de la tierra del Señor; tampoco ignoramos las dificultades y los sufrimientos a los que están sometidas las vidas de muchos, a menudo transcurridas en soledad, pobreza y entre las mentes hostiles de los hombres. Que estos amados hijos nuestros sepan que el Vicario de Cristo dirige sus pensamientos a ellos y ora constantemente a Dios por ellos. Sus penas, que a menudo están ocultas, pueden estarlo para los hombres, pero no para Dios, quien les prepara una digna recompensa por sus labores en el cielo.

También confiamos especialmente en la valiosa labor que todas las familias religiosas aportarán a este propósito. Pues de la floreciente vida religiosa la Iglesia recupera gran parte de su vigor, de su celo apostólico, de su ardor por la santidad. Como siempre, ahora más que nunca, la Iglesia necesita el testimonio público y social que imparte la vida religiosa, así como la ayuda que se debe brindar al clero diocesano en su apostolado. Que los ejemplos de quienes verdaderamente han renunciado al mundo brillen cada vez más, y demuestren con claridad que el reino de Dios no es de este mundo (Cf. Jn. 18, 30); ni que el celo apostólico que los inflama se limite a los confines de su propia comunidad, sino que se abra a todas las necesidades espirituales que aquejan a nuestra época.

Finalmente, depositamos nuestra gran esperanza en los fieles laicos consagrados al apostolado, a quienes acogemos con afecto paternal. El hecho de que el Concilio Ecuménico haya querido contar con ellos en la labor que les ha sido encomendada, y haya descrito extensamente su lugar y funciones en la Iglesia, demuestra claramente la importancia de los roles que ahora deben asignarse a los laicos. En verdad, la actividad pastoral de los ministros sagrados no puede alcanzar sus objetivos si no va acompañada por la actividad de los laicos, cuya tarea es ayudar a la Iglesia a llevar a cabo su ministerio sagrado, proveer sacerdotes según sus capacidades en aquellos lugares que sufren escasez de clero, y también encontrar nuevas vías y métodos para que la Iglesia pueda transmitir con mayor eficacia el mensaje de salvación a la gente de nuestro tiempo. Por lo tanto, exhortamos a estos hijos nuestros con espíritu paternal a que estén a la altura de esta gran hora del Concilio Ecuménico y a que cumplan con entusiasmo la esperanza y la expectativa que la Iglesia ha depositado en sí misma.

Venerables Hermanos, tenemos la firme esperanza de que vuestros hijos en Cristo, así como han compartido vuestras inquietudes sobre el resultado del Concilio hasta ahora, orando, temblando, esperando y alegrándose, así también, cuando regreséis a vuestros hogares, querrán colmaros de alegría con la generosidad de su valiosa ayuda. En efecto, esperamos fervientemente que a vuestro regreso a vuestra patria no falten testimonios públicos de honor y expresiones de gratitud, como sin duda lo exige la gran obra que habéis realizado junto a Nos con la mayor prudencia, sabiduría y habilidad, y como corresponde a quienes han abierto nuevas metas para la Iglesia y, al mismo tiempo, han mostrado a los hombres con tanta autoridad el camino correcto de la dignidad humana, el amor fraterno, la unidad y la paz. Por vosotros se ha suscitado una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; bienaventurados los que os presten ayuda para nutrirla, fortalecerla y perfeccionarla.

Pero en la ardua y sumamente seria tarea que les corresponde después del Concilio, sabéis, Venerables Hermanos, cuán desiguales son las facultades del hombre. Por lo tanto, la ejecución de las leyes del Concilio solo traerá los frutos deseados de la Iglesia de esta manera, es decir, si la ayuda del Divino Redentor viene en su auxilio, quien dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn. 15, 5), y si la acción del Espíritu Santo continúa influyendo profundamente, iluminando y fortaleciendo las almas de los sagrados Pastores también en el futuro. Por consiguiente, las oraciones, en las que consiste la comunión vital de la Iglesia, de manera especial, las oraciones dirigidas al Espíritu Santo, cuyo deber es dirigir los pasos de los seguidores de Cristo, declaran el deber que se les impone ante todo en este último tiempo del Concilio. De ahí que los fieles cristianos reciban fortaleza de lo alto para que puedan recorrer el camino que ahora se les presenta, llenos de esperanza; para que obedezcan con toda obediencia las exhortaciones de la Iglesia, que ahora desea especialmente que sus hijos sean dóciles en la obediencia, prontitud en la acción y magnánimos al soportar las dificultades que puedan surgir; para que finalmente obtengan de Dios una numerosa escuadra de santos, que, como Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del Pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera renovación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio Ecuménico.

Por esta razón, Venerables Hermanos, hemos decretado que antes de la finalización del Concilio Ecuménico se proclamen solemnes súplicas durante tres días en todas las diócesis, parroquias y comunidades religiosas del mundo católico. Estas súplicas, que se celebrarán durante la próxima novena en honor de la Santísima Virgen María Inmaculada, no solo deberán tener como objetivo dar gracias a Dios y pedir nuevos dones celestiales, sino que también brindarán una oportunidad propicia para recordar a los fieles cristianos sus nuevos deberes y exhortarlos, uniendo sus esfuerzos a vuestras iniciativas, a poner en práctica con entusiasmo los salvíficos preceptos del Concilio Ecuménico en la vida cristiana, tanto privada como pública.

Finalmente, Venerables Hermanos, permitidnos también expresaros nuestro deseo de que vosotros, desde la Ciudad, transmitais a vuestros rebaños las advertencias y exhortaciones apropiadas sobre la celebración de tales súplicas; y, de hecho, para que cuando se celebre la solemne conclusión del Concilio Ecuménico en la Basílica del Vaticano, el mismo día y a la misma hora, toda la familia de católicos en todo el mundo se vea unida con una sola voz y una sola mente en ferviente oración con el Vicario de Cristo y con sus sagrados Pastores.

Sostenidos por esta esperanza, como testimonio de los dones divinos y de Nuestra benevolencia, os impartimos con el mayor amor en el Señor nuestra Bendición Apostólica a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, en el año 1965, tercero de Nuestro Pontificado. PABLO PP. VI.
   
Este documento adquiere gran importancia e interés porque, 33 días antes antes de concluir el Concilio Ladrón, Montini afirma que está grandemente admirado «por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas», en claro contraste con lo que dirá en los 36 días posteriores a la clausura del mismo:
  • «[El Concilio] No pretendió resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos se han reservado para un estudio posterior que la Iglesia tiene previsto realizar, muchos se presentaron en términos muy limitados y generales, y por ello están abiertos a una mayor investigación y a diversas aplicaciones.
       
    Pero hay que tener en cuenta un punto: la autoridad magisterial de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer su enseñanza autorizada sobre diversas cuestiones que hoy pesan sobre la conciencia y la actividad del hombre, entablando, por así decirlo, un diálogo con él, pero conservando siempre su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz conciliadora y amigable de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha centrado únicamente en la comprensión intelectual, sino que también ha procurado expresarse con un estilo sencillo, actual y coloquial, derivado de la experiencia real y con un trato cordial que lo hace más vital, atractivo y persuasivo; ha hablado al hombre moderno tal como es» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de Diciembre de 1965)
  • «Algunos se preguntan qué autoridad, qué cualificación teológica, quiso atribuir el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó dar definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es conocida por quienes recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, reiterada el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar de manera extraordinaria dogmas investidos de infalibilidad; pero, no obstante, dotó a sus enseñanzas de la autoridad del magisterio ordinario supremo. Este magisterio ordinario, y por tanto manifiestamente auténtico, debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles, de acuerdo con la intención del Concilio respecto a la naturaleza y los fines de cada documento» (Audiencia general, 12 de Enero de 1966).
Ahora, ¿qué es ese “Magisterio extraordinario” (u otras expresiones semejantes) del que hace referencia? El ejercicio solemne del oficio docente de la Iglesia, bien sea por declaraciones ex cáthedra por el Papa o las definiciones dogmáticas del Concilio general en comunión con él, que goza siempre de la infalibilidad en sí mismo (el Magisterio ordinario, en contraste, no siempre lo es, PERO no por eso deja de ser vinculante a los fieles).

Dejando a un lado la aparente contradicción de las declaraciones, debemos centrar nuestro análisis en que “Postréma Séssio” fue publicado en las Acta Apostólicæ Sedis, por lo que es un documento oficial con fuerza vinculante. Todo el que reconozca al Vaticano II y sus papas como legítimos, debe prestar su asentimiento a todo lo que digan que es verdadero, condenar lo que digan que es falso, permitir lo que este permita y abstenerse de lo que prohíbe.

Muchos de los “tradicionalistas”, en cambio, frente a las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la liturgia sagrada, los efectos del bautismo, la legitimidad del ecumenismo y el cambio doctrinal que este implica, la relación de la Iglesia con otras religiones, la libertad religiosa y la dignidad humana, et álibi aliórum plurimórum, las consideran opcionales porque no han sido declaradas infaliblemente, tranquilizando así su conciencia. Tal proceder es falso no solamente porque los diez y seis documentos del Vaticano II fueron promulgados observando los tres requisitos para la infalibilidad establecidos en Pastor Ætérnus, sino también porque aun si no fuera el caso, no habría tampoco problema en aceptarlo, ni habrá posibilidad de decir que hay ruptura con la doctrina anterior o peligro al seguirlo.

En tal sentido, la pregunta debe reformularse: No es tanto «¿Se debe aceptar el Vaticano II?», sino «¿Es seguro aceptar el Vaticano II?», porque de la respuesta a esta viene la justificación para responder aquella. Si la respuesta es afirmativa, «apaga y vámonos». Pero si la respuesta es negativa (y en efecto, lo es), entonces EL VATICANO II NO ES LEGÍTIMO NI VIENE DE UN PAPA LEGÍTIMO:
  • «…Les recomiendo que se mantengan firmes en su determinación de ser hijos leales de la Iglesia de Jesucristo, en un tiempo en que tantos, quizás sin saberlo, se han mostrado desleales. Porque el primer y mayor criterio de la fe, la prueba definitiva e inexpugnable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio de la Iglesia, que es viva e infalible, ya que fue establecida por Cristo como columna et firmamentum veritatis, «columna y fundamento de la verdad» (1.ª Tim. 3, 15)» (San Pío X. Discurso Con vera soddisfazione a la 2.ª Convención de Universidades Católica, 10 de Mayo de 1909
  • «La cátedra es un asiento, algo elevado y solemne, desde el cual un maestro imparte enseñanza. Consideremos, pues, la cátedra desde la cual el primer Papa habló a los primeros cristianos, tal como Nos os hablamos ahora, exhortándoos a estar alerta contra el diablo, que anda como león rugiente buscando a quien devorar (1.ª Pe. 5, 8), y a ser firmes en la fe y no dejaros engañar por los falsos profetas (2.ª Pe. 2, 1). Esta enseñanza de Pedro perdura en sus sucesores y perdurará, inmutable, por siempre, pues esta es la misión que Cristo mismo encomendó a la cabeza de la Iglesia» (Pío XII, Audiencia general, 17 de Enero de 1940).
La realidad muestra que Montini dijo que el asentimiento al Vaticano II NO ERA OPCIONAL: Además de los documentos citados ut supra, también cuentan dos discursos dél:
  • «Continuamos meditando sobre las enseñanzas del Concilio porque estamos convencidos de que este evento constituye una “summa” para nuestro tiempo, un rico y autorizado compendio de doctrinas y normas para las necesidades de nuestro tiempo, y marca un momento característico y decisivo en el curso de la tradición católica por los tesoros de verdad que nos conserva del pasado y por aquellos que nos abre en el camino hacia el futuro (Audiencia general, 4 de Febrero de 1970).
  • «Por un lado, están quienes, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, como lo quiso Cristo. La autoridad de la Iglesia se desacredita en nombre de una Tradición cuyo respeto solo se atestigua material y verbalmente; los fieles se alejan de los lazos de obediencia a la Sede de Pedro y a sus obispos legítimos; la autoridad de hoy se rechaza en nombre de la de ayer. Y el hecho es aún más grave, puesto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino que está liderada por un obispo, sin embargo siempre venerado por Nosotros, el arzobispo Marcel Lefebvre.
      
    Resulta muy doloroso constatarlo, pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— que se colocan fuera de la obediencia y la comunión con el Sucesor de Pedro y, por lo tanto, con la Iglesia?
      
    Porque, lamentablemente, esta es la consecuencia lógica de afirmar que es preferible desobedecer con el pretexto de mantener intacta la fe, de trabajar a su manera para preservar la Iglesia Católica, negando al mismo tiempo su obediencia efectiva. ¡Y lo dicen abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe también está en peligro debido a las reformas y orientaciones posconciliares; que existe el deber de desobedecer para preservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que establece cuál de las innumerables tradiciones debe considerarse la norma de fe! Como veis, venerables hermanos, esta actitud se erige como prueba de la voluntad divina que puso a Pedro y a sus legítimos sucesores a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc. 22, 32; Jn. 21, 15 ss.), lo que lo estableció como garante y custodio del depósito de la fe.
      
    Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división, precisamente donde el amor de Cristo nos unió en uno, en la Liturgia y el Sacrificio Eucarístico, al negarse a cumplir con las normas definidas en el ámbito litúrgico. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren la Liturgia renovada con dignidad y fervor. La adopción del nuevo “Ordo Missæ” ciertamente no queda a discreción de los sacerdotes ni de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 preveía la celebración de la Misa en la forma antigua, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecieran el Sacrificio Divino sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa deliberación, siguiendo las peticiones del Concilio Vaticano II. De la misma manera, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo el Concilio de Trento.
      
    Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos proviene de Cristo Jesús, para aceptar todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales que se han desarrollado en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares. Cualquier iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede considerarse un servicio a la Iglesia; de hecho, le causa un grave daño.
       
    En varias ocasiones, directamente, a través de nuestros colaboradores y otros amigos, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y a menudo la falsedad de las posiciones doctrinales en las que se basa, y el daño que estas causan a la Iglesia en su conjunto.
       
    Con profunda amargura, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a este Hermano nuestro, a sus colaboradores y a quienes se han dejado influenciar por ellos. Ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos inicialmente, actuaron de buena fe; también comprendemos su apego sentimental a las formas habituales de culto o disciplina que durante mucho tiempo les habían servido de apoyo espiritual y en las que habían encontrado alimento espiritual. Pero confiamos en que podrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y estarán dispuestos a admitir que hoy encontrarán el apoyo y el alimento que buscan en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nos mismos hemos decretado como necesarias para el bien de la Iglesia, su progreso en el mundo contemporáneo y su unidad. Por lo tanto, exhortamos una vez más a todos estos hermanos e hijos nuestros, les imploramos que tomen conciencia de las profundas heridas que de otro modo causan a la Iglesia, los invitamos nuevamente a reflexionar…
      
    Con profunda tristeza, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las serias advertencias de Cristo respecto a la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos a acogerlos: ¡que sepan redescubrir, con humildad y edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!» (Alocución consistorial Ex quo die, 24 de Mayo de 1976).
Claro, no pretendemos (¡líbrenos Dios si quiera de pensarlo!) lograr que nadie siga a Pablo VI y acepte el concilio ni participe en la abominable liturgia del Novus Ordo. Simplemente pretendemos señalar la flagrante incongruencia en la postura de los lefebvristas y otros tradicionalistas (y neoconservadores) que defienden el reconocimiento y la resistencia. Intentan defender la fe tradicional, pero, al negarse a reconocer que los papas del Vaticano II debieron ser falsos papas, se ven obligados a negar esa fe distorsionando, o mejor dicho, denigrando, la verdadera doctrina sobre el papado. La única salida a este dilema es la conclusión teológica y canónica de la Sede Vacante.

Pasemos a otra parte de “Postréma Séssio”: La finalidad del documento es convocar a un triduo de oración «para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo».

Montini repite la idea de un «nuevo Pentecostés», acuñada por su antecesor inmediato Juan XXIII bis Roncalli en su homilía de Pentecostés el 17 de Mayo de 1959. ¡Blasfemia! Pedir un «nuevo Pentecostés» es insinuar que no fue suficiente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia desde el 15 de Mayo del año 33 (el Pentecostés original) y prolongada en los católicos individualmente considerados por medio de la Confirmación.

Sea esta, sin embargo, la oportunidad de reiterar una verdad: León XIII Pecci dijo en su encíclica “Divínum illud munus” que el Pentecostés no es el día en que nace la Iglesia Católica (nació cincuenta días antes en el Monte Calvario, el Viernes Santo 25 de Marzo del año 33, cuando el Costado de Nuestro Señor Jesucristo es traspasado con la lanza), sino el día en que esta se manifiesta por primera vez a todos los hombres de todas las naciones del mundo.

Entonces, si para la verdadera Iglesia Católica el día de Pentecostés es cuando se muestra por primera vez al mundo, la Pseudoiglesia nacida del Vaticano II tuvo su «nuevo Pentecostés» el día 21 de Noviembre de 1964, cuando en el número 8 del primer capítulo de la recién ratificada constitución dogmática “Lumen Géntium” sobre la Iglesia dice lo siguiente:
«Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsístit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

El “subsístit in” expresado en Lumen Géntium (que, si bien el padre Sebastiaan Peter Cornelis Tromp Lörper SJ, secretario general de la Comisión Doctrinal, lo hizo introducir en la sesión plenaria del 26 de Noviembre de 1963 a las 18:35h, procede en realidad del pastor luterano alemán Wilhelm Schmidt, quien la transmitió por escrito al cardenal Josef Frings por medio de su perito teológico Joseph Ratzinger) era una novedad extraña y contrapuesta a la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica sobre la cual Pío XII insistió en su encíclica “Humáni géneris in rebus” catorce años atrás. CA-TOR-CE AÑOS. Y esa novedad justifica un ecumenismo que no conduce a ABSOLUTAMENTE NADA, porque nunca se definió en qué consiste la unidad que ellos buscan, ni las partes implicadas están de acuerdo en el objeto y alcances de esa unidad.

Poco después de la clausura del Concilio Vaticano II, el propio Pablo VI habló de la “iglesia conciliar”, a cuya imagen los líderes católicos debían ahora “transformarse”. Y luego está la sorprendentemente sincera confesión de un cardenal polaco Karol Wojtyła que no se imaginaba que iba a ser el futuro Juan Pablo II (aunque algo debía barruntar), quien predicó en su sermón cuaresmal de 1976:
«La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz, ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza» [Signo de contradicción: Meditaciones (Trad. española de Vicente Manuel Fernández Hernández), 3.a edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos 1979, pág. 24].
Y el reinante León XIV Riggitano-Prévost en su encíclica Magnífica Humánitas, también:
«El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gáudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas» (Magnífica Humánitas, n. 34).
En otra parte de la exhortación de “Postréma Séssio”, Montini expresa su esperanza de que su falso concilio «traiga un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo». Ahora, más de 60 años después, los resultados son innegables: la «Iglesia conciliar» de Montini ha causado una ruina doctrinal, moral, espiritual y litúrgica absoluta en millones de almas; sacramentos inválidos, inmoralidad en los ministros y la alineación con el sistema tan corrupto hasta el punto de la intrascendencia.

«Por sus frutos, los conoceréis».


Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
12 de Septiembre de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María; de San Guido de Anderlecht, peregrino; y de San Sacerdote, obispo de Lyon. Nacimiento del Ilmo. Sr. Don José de Cuero y Cayzedo, obispo de San Francisco de Quito y presidente del Estado de Quito. Tránsito de Miguel Juan Pellicer Blasco, beneficiario del Milagro de Calanda. Martirio del Beato Tomás de Zumárraga y Lazcano OP. Conquista de Mallorca por el rey Jaime I de Aragón; victoria de Castilla en el I Sitio de Gibraltar; coronación de Felipe II de España como rey de Portugal; victoria naval española sobre los corsarios neerlandeses en Pernambuco (Brasil); victoria de Juan III Sobieski de Polonia sobre los turcos otomanos en la batalla de Kahlenberg, y levantamiento del 2.º Sitio de Viena; victoria armenia y rescate por la Armada francesa en el asedio de la Colina de Moisés (Turquía). Fundación de la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina en Lima (Perú).

martes, 1 de abril de 2025

¿RONCALLI Y MONTINI COLABORADORES DE LA CIA?

Un documento de la CIA desclasificado el pasado 19 de Marzo por el presidente estadounidense Donald Trump al levantar el secreto de los archivos sobre el asesinato de John F. Kennedy presenta, entre otros elementos, que John Alexander McCone, director central de Inteligencia durante el gobierno Kennedy, mantenía reuniones en el Vaticano con Juan XXIII bis Roncalli y Pablo VI Montini, que pudieron ser agentes o informantes habituales de la CIA.
  
El informe de siete páginas con el título “Joyas de la famila”, redactado por Walter Elder, asistente de la Oficina del Director de la Agencia Central de Inteligencia el 1 de Junio de 1973 a su superior William Egan Colby y con sellos de “SECRETO/SENSIBLE” y “SOLO PARA LOS OJOS” [= Solo para personal autorizado], menciona que, al recordar una conversación reciente con McCone, buscó en sus memorias y los archivos de este sobre “operaciones especiales” que «podían interpretarse como ejemplos de actividades que exceden las instrucciones de la CIA», como una interceptación en el consulado francés en Washington DC en 1962 o inocular un agente contaminante a un cargamento de azúcar cubano que iba rumbo a la Unión Soviética.

Interesantemente, en la página seis, Elder escribe:
«16. Finalmente, y esto reflejará mi educación protestante en el Medio Oeste, las relaciones de McCone con el Vaticano, incluidos el Papa Juan XXIII y el Papa Pablo VI, podrían causar sorpresa en ciertos círculos».

McCone, empresario y político republicano hijo del industrial Alexander John McCone y de Margaret J. Enright Duncan, había sido designado director de la CIA por John F. Kennedy a instancias de su hermano el Fiscal general Robert el 29 de Noviembre de 1961 luego de exigirle la renuncia a Allen Dulles tras el fracaso de la “Operación Mangosta”, la invasión por mercenarios cubanos exiliados a Bahía de Cochinos (McCone, director de la Comsión de Energía Atómica durante el gobierno del general Eisenhower, no era la primera opción para el cargo: Kennedy inicialmente propuso a su abogado personal Clark Clifford –quien declinó la oferta– y luego al abogado de Wall Street Fowler Hamilton –que después sería nombrado director de la USAID–).
   
John Alexander McCone durante una sesión del Subcomité Especial del Comité de Relaciones Exteriores del Senado en el marco de la investigación ITT-Chile (27 de Marzo de 1973)

El día anterior a su nombramiento (y tres días después del suicidio de su primera esposa Rosemary Cooper), John Alexander McCone había ido al Vaticano como representante oficial de los Estados Unidos para la misa solemne en ocasión de los 80 años de edad de Roncalli. Dos años después, a petición de Kennedy, regresó al Vaticano para solicitar una audiencia con él. Así relató el historiador alemán Hans-Jakob Stehle en su libro Eastern Politics of the Vatican, 1917–1979 (Política Oriental del Vaticano, 1917–1979) esa audiencia:
«Estamos, pues, después de Abril de 1963. Los estadounidenses están preocupados por la reciente gira de un enviado de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, el arzobispo [Agostino] Casaroli, a Hungría y Checoslovaquia, la primera desde 1945. McCone también transmitió al Papa las reservas de la administración Kennedy respecto a su encíclica Pacem in Terris, que podría, se creía al otro lado del Atlántico, alentar a los sacerdotes sudamericanos a unirse a los movimientos comunistas.
  
Durante esta reunión, Juan XXIII le preguntó a McCone: “¿Tiene el gobierno de Estados Unidos simpatías comunistas?”.
  
“Por supuesto que no”, respondió este último.
  
“Sin embargo, Estados Unidos mantiene relaciones diplomáticas con la URSS” [repuso Juan XXIII].
  
“Eso es diferente. Hay razones prácticas, como el comercio” [dijo McCone].
  
“Bueno, el Papa también tiene su propio negocio. El comercio de almas”, respondió el Papa. “Debe pensar en el bienestar de los católicos de Europa del Este. Debe trabajar por la paz. Estas son sus razones para mantener una línea de comunicación abierta con el mundo comunista”».
Con todo, hay que abonarle a McCone que, durante su dirección de la CIA, él le sugirió a Kennedy imponerle sanciones económicas a Israel por su programa nuclear secreto (lo que fue ignorado por su sucesor Lyndon B. Johnson), y desaconsejó apoyar el golpe de Estado contra el primer presidente de Vietnam del Sur Jean Baptiste Ngô Đình Diệm (que al final Kennedy apoyó por consejo del Departamento de Estado, con las consecuencias que son de público conocimiento).
   
Juzgue el lector los alcances e implicaciones de este hallazgo, sabiendo que en los años de la Guerra Fría, por una parte, Estados Unidos pudo ejercer alguna influencia en el cónclave de 1958; y por otra, la Ostpolitik casaroliana tan elogiada e imitada por el actual Secretario de Estado vaticano Pietro Parolin Miotti (que tuvo su origen en la Pacem in terris que cambió la perspectiva eclesiástica sobre el comunismo, haciendo que el Vaticano II no lo condenase) fue una capitulación que solo sirvió para reforzar la política anticatólica de los países tras el Telón de Acero como Hungría, Checoslovaquia, Polonia y la Unión Soviética (la Albania de Hoxha fue más allá, al constituirse el primer país oficialmente ateo al prohibir toda religión), en lo que representó, citando a Roncalli, un «comercio de almas» a cambio de relaciones diplomáticas. Ítem, que algún conocimiento debían tener los servicios de inteligencia sobre Roncalli y Montini para tal fin.
  
Para la redacción de este artículo, se empleó material de LA CROIX, y otras fuentes.
   
JORGE RONDÓN SANTOS
1 de Abril de 2025 (Año Santo de Cristo Rey).
Martes de la 4.ª Semana de Cuaresma. Fiesta de Santa María Egipcíaca, Penitente; de San Melitón de Sardis, Obispo y Padre de la Iglesia; de Santa Teodora de Roma, Mártir de la Fe; de San Hugo de Châteauneuf, Obispo de Grenoble; y de San Celso, Arzobispo de Armagh. Nacimiento de José de Maistre; de la sierva de Dios Margarita Occhiena Bossone, madre de San Juan Bosco; del bienaventurado Luis Pavoni, Sacerdote y confesor; del bienaventurado Luis Ceferino Moreau, Obispo de San Jacinto (Canadá) y fundador de las Hermanas de San José y las Hermanas de Santa Marta; y del bienaventurado Dom Columba Marmion OSB, abad de Maredsous. Tránsito del Beato Nuño de Santa María Álvares Pereira O. Carm.; y del bienaventurado Carlos I de Habsburgo-Lorena-Este, Emperador-Rey de Austria-Hungría. Martirio de los bienaventurados José Anacleto González Flores, Luis Padilla Gómez y los hermanos Jorge y Ramón Vargas González. Masacre de la calle Arnon en Belfast (Irlanda del Norte); aniversario de la victoria del Generalísimo Francisco Franco y fin de la Guerra Civil Española; inauguración del Monumento a los Caídos en el Valle de Cuelgamuros (San Lorenzo del Escorial, España); bombardeo estadounidense de la ciudad de Schaffhausen (Suiza); comienzo de la Guerra de los Cuatro días en Artsaj/Nagorno Karabaj. Hallazgo del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén. Primera Misa en Puerto San Julián (prov. Santa Cruz, Argentina).

miércoles, 6 de noviembre de 2024

OBISPÓN EMÉRITO DE SAN MARINO BLASFEMA CONTRA SAN LUIS GONZAGA


Un prelado italiano ha confirmado una vez más que es difícil superar la irreverencia y la inmadurez intelectual de un obispón novusordita.

Andrea Turazzi, obispón emérito de San Marino-Montefeltro y hermano del fallecido sacerdote-presbítero javeriano Roberto Silvio Turazzi († 2022; ordenado sacerdote el 30 de Mayo de 1964 con el Rito Romano tradicional a diferencia de su hermano –“instalado” presbítero el 27 de Mayo de 1972 con el rito montini-bugniniano–) proporcionó más pruebas.

Invitado por el párroco de San Apolinar Obispo y Mártir de Tresigallo, el “monseñor” Luca Piccoli, Turazzi celebró una conferencia en la iglesia del pueblo que se publicó en Internet.
  
A la hora y 10 minutos de la conferencia, Turazzi aseguró que
«Dios ama a todos sus hijos. Entonces ¿cuál es el criterio que da el Señor? No son nuestros criterios. Incluso en nuestras familias tenemos algún hijo o nieto que se ha separado o en la parroquia he tenido varios niños y niñas homosexuales. Y son amados por Dios. Pero ¿sabéis que San Luis Gonzaga, dicen los estudiosos, era homosexual? ¡Y él era el santo de la pureza! Por eso ante Dios no hay nadie que no sea amado con ternura y cada uno tiene su propio camino».

En declaraciones a La Nuova Bussola Quotidiana ayer 5 de Noviembre, el príncipe Mauricio Gonzaga, descendiente de la familia de San Luis Gonzaga, calificó la afirmación de Turazzi como una “inferencia”:
«Ya escuché este rumor en el pasado, pero no hay pruebas ni de documentos ni de cartas. Pero no se desprende nada de esto, sabemos que siendo niño hizo una promesa de castidad a la Virgen de la Anunciación en Florencia. Una promesa que reiteró en forma de voto de castidad cuando era adolescente y que mantuvo durante toda su vida. A pesar de su carácter bastante ardiente, típico de todos los Gonzaga».

La Nuova Bussola Quotidiana se puso en contacto con Turazzi, quien con renuencia les dijo que «me lo mencionó un padre jesuita, que es grafólogo. Según él era homosexual, pero obviamente no practicaba». Gracias a Dios.

Y cuestionado sobre si ese jesuita grafólogo había escrito alguna publicación sobre esa supuesta, Turazzi respondió (con una cuña de sátira contra los periodistas):
«No, no, es sólo su opinión, pero no quiero que nadie tenga un can-can sobre esto, vosotros los periodistas sois muy hábiles para crear casos sobre cosas que se dicen al paso y que no se pueden demostrar científicamente. Yo estaba en esa iglesia y estábamos entre ‘cuatro amigos’».
No, Turazzi, los que salieron con «cosas que se dicen al paso y que no se pueden demostrar científicamente» fueron esos ‘cuatro amigos’, entre esos el jesuita y tú, que propalaste esa “inferencia” en la iglesia de Tresigallo. Y Don Piccolo también, que no manifestó rechazo alguno a tus palabras. ¿Y no quieres «que nadie tenga un can-can sobre esto»? Al menos sé varón y aguanta presión.

Al final, Turazzi, viéndose sin opciones, intentó una suerte de amende honorable:
«Si me dices que los descendientes lo niegan, pues bueno… lo rectificaré todo».
   
San Luis Gonzaga fue tan preclaro en la caridad y la castidad que la Rota Romana declaró para su canonización en 1617 (30 años después de su muerte) que «nunca tuvo estímulo alguno a la carne ni pensamiento lascivo. Se puede decir de Luis, que tuvo una pureza angelical, que tuvo mérito angélico» («Númquam stímulum carnis in córpore passus est, nec cogitatiónem ullam in mente impúram hábuit. Mérito ígitur Alóysim Angélicus dici potest, qui angélicam puritátem hábuit»), y la Liturgia lo testifica también, tanto en la Misa Latina Tradicional:
«Cœléstium donórum distribútor, Deus, qui in angélico júvene Aloísio miram vitæ innocéntiam pari cum pœniténtia sociásti: ejus méritis et précibus concéde; ut, innocéntem non secúti, pœniténtem imitémur. Per Dóminum nostrum Jesum Christum [Oh Dios, dispensador de los dones celestiales, que habéis unido en el angélico Luis, una admirable inocencia de vida con un gran espíritu de mortificación, haced, por sus méritos y oraciones, que, si no hemos imitado su pureza, por lo menos imitemos su penitencia. Por Jesucristo Nuestro Señor]». Amén.
Y hasta el mismo Novus Ordo que simula Turazzi:
«Deus, cæléstium auctor donórum, qui in beáto Aloísio miram vitæ innocéntiam cum pæniténtia sociásti, ejus méritis et intercessióne concéde, ut, innocéntem non secúti, pæniténtem imitémur. Per Dóminum nostrum Jesum Christum [Dios, autor de los dones del cielo, que en San Luis Gonzaga has unido penitencia con admirable pureza de vida, concédenos, por sus méritos e intercesión, que, si no le hemos seguido en la castidad, lo imitemos como penitente. Por nuestro Señor Jesucristo]». Amén.
En cuanto al conflicto de San Luis Gonzaga con su padre Ferrante, marqués de Castellón, he aquí cómo lo explican los historiadores:
«El padre no quería que la casa cayera en manos de su hermano [Rodolfo], porque respetaba a Luis, que demostró grandes dotes diplomáticas y políticas y que se dedicó durante más de diez meses, incluso después de su intención de dejarlo todo, al negocio de su padre».
Y si quería Turazzi (que salió con un tibio y pro forma «Sea cual sea el resultado, nos comprometeremos con coherencia a ser testigos del Evangelio de la vida por una cultura y una política favorable a la familia» después del referendo que legalizó el aborto en San Marino). proponer un “santo homosexual”, el ejemplo lo tenía más cerca a su tiempo: Pablo VI Montini. Y no es una “inferencia”, sino un hecho sabido tanto en Milán (donde fue detenido una noche vestido de seglar y frecuentando un establecimiento de acompañantes masculinos) como en Roma (el presidente Giuseppe Saragat tenía informes del Servicio Secreto italiano sobre la homosexualidad de Montini, información presente en los papeles póstumos del antiguo general de carabineros Giorgio Manes), y el mismo Vaticano (el ex Guardia Noble Franco Bellegrandi relata que en muchas ocasiones los favoritos de Montini –a quienes nombró en disrintos puestos en el Vaticano– protagonizaban incidentes en el Palacio, y que este era amante del actor Paolo Carlini; y según contara el padre Luigi Villa, el mismo prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Pietro Palazzini Conti, se lo hizo saber al postulador de la causa), y hasta por los servicios de inteligencia estadounidense, británico y soviético (que lo usaron para obligarlo a ser espía de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial –y en el caso del Departamento Central de Inteligencia soviético, para revelar, por medio de su secretario jesuita Alighiero Tondi, los nombres de los sacerdotes y obispos clandestinos–), y la masonería (que le arrancó su primer decreto pontificio –casualmente el de la cremación– a cambio de no revelar sus reuniones secretas con Carlini en un hotel de Suiza).

viernes, 4 de octubre de 2024

PABLO VI Y LAS NACIONES UNIDAS

  
LA OBSECUENCIA SERVIL A LOS PODERES MUNDANOS
«Los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI miraban con confianza hacia esta importante Institución, como un signo elocuente y prometedor de nuestros tiempos. Y también el que ahora os habla, desde los primeros meses de pontificado ha manifestado varias veces la misma confianza y convicción que nutrían sus predecesores».

ANTIPAPA JUAN PABLO II, Discurso a la XXXIV Asamblea General de las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979.

jueves, 23 de mayo de 2024

EL FUNERAL DE PABLO VI

Traducción del artículo publicado en PRO ROMA MARIANA.


SI SI NO NO (ano IV, número 9) sob o título: «Um papa sem alma?»

Ao microfone estava um sacerdote para animar a pompa funérea: seu comentário era dirigido a todo o mundo pela TV! Mas o mundo não ouviu uma só prece a Deus pela alma do defunto. O que o mundo viu foi o carro fúnebre percorrendo a Via Appia, das Catacumbas, por onde passaram os apóstolos e mártires que vieram a Roma para ensinar sobre Deus e a alma, e para rezar a Deus, o que significa entregar-lhe a alma. Mas acaso não teria esse “sumo pontífice”, uma alma a salvar?

miércoles, 6 de marzo de 2024

PABLO VI REO CONFESO, Y LOS ENEMIGOS DE LA IGLESIA CELEBRANDO EL VATICANO II

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
    


[…] Pablo VI reo confeso: el discurso de clausura del Vaticano II
Aunque no se trata de un documento conciliar en sentido estricto, es interesante informar algunos apartes verdaderamente significativos de la homilía tenida por Pablo VI en la clausura de su Concilio, el día 7 de diciembre de 1965.
    
Exultante por los resultados logrados, el Papa Montini se dejó de hecho llevar a las admisiones gravísimas que, resaltando entre otras cosas el espíritu no católico con el cual se llevaron adelante los trabajos conciliares, habrían hecho asombrar a muchos:
«El humanismo laico profano –exclamó Pablo VI– al fin ha aparecido en su terrible estatura y ha, en cierto sentido, derrotado al Concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios.
    
¿Qué ha sucedido? ¿Un conflicto, una lucha, un anatema? Podía ser; pero no sucedió. […] Dadle mérito en esto al menos, vosotros los humanistas modernos, renunciatarios a la trascendencia de las cosas supremas, y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros, nosotros más que todos, somos cultores del hombre»[1].
Un discurso completamente a las antípodas del grito del Apóstol de los Gentiles, que había exclamado: «Si alguno no ama al Señor, ¡sea anatema!»[2], no dudando en poner en guardia a los fieles ante el “hijo de perdición”, el Anticristo, el cual entre la apostasía general se habría opuesto y levantado «sobre todo lo que es llamado Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios»[3].
   
Pero he aquí salir a Pablo VI con su Vaticano II que, en vez de lanzar el anatema contra el humanismo moderno (o sea contra la «religión del hombre que se hace Dios» como el Anticristo), lo abraza fraternamente.
   
No más excomuniones, no más Sílabos –triste legado de los oscuros tiempos preconciliares– sino unión híbrida y sacrílega entre el Catolicismo y mundo anticristiano, entre la Iglesia y las ideas de la Revolución.
    
No era difícil en este punto prever lo que habría sucedido una vez abatidas las barreras entre la Iglesia y el Mundo, o sea las barreras entre la Verdad y el error, y por consecuencia también aquellas entre el bien y el mal, la grey se habría dispersado.
   
Al mismo tiempo, los Papas conciliares, ilusos de una falsa teología y engañados por las tramas de los enemigos jurados de la Iglesia, se habían gradualmente cambiado de Vicarios de Cristo en capellanes del masónico Nuevo Orden Mundial, nuevos Pontífices de una novísima súperiglesia ecuménica y liberal reducida a simple “pancarta”, lugar de encuentro de todas las religiones.
    
La paz sobrenatural prometida de Jesucristo a sus fieles se habría cambiado en una paz toda humana que habría, sí, unido a todas las gentes, pero en la única apostasía, de la cual el encuentro interreligioso de oración de Asís en 1986 sería solo una primera señal.
    
La “prueba del nueve”
No se puede pues honestamente negar, a menos que se quiera negar la evidencia, que el Concilio Vaticano II había recibido en sus principales documentos, más o menos mimetizada, gran parte de las instancias tanto de los primeros modernistas, como de sus epígonos de la nouvelle théologie.
    
Para reforzar este juicio, también, consideramos interesante reportar también algunas declaraciones significativas de mérito emitidas por parte tanto de los exponentes calificados de la nouvelle théologie hoy triunfante, como de las personalidades y fuentes del área masónica y comunista.
    
a) En el verano del 1976, por ejemplo, el Osservatore Romano (diario oficioso de la Santa Sede) dedicaba en su famosa “página tres” un artículo celebrativo al famoso modernista Tommaso Gallarati-Scotti, donde entre otras cosas reconocía:
«En los últimos años, le viene una gran consolación (a Gallarati-Scotti, N. del R.) por el Concilio Vaticano II, porque sintió que las amarguras probadas de joven (a causa de la condena del modernismo, N. de R.) no fueron sufridas en vano: la Iglesia avanzaba por un camino áspero y difícil, en el cual tantas cosas, entonces esperadas, devenían realidad viva»[4].
Pero, si el Vaticano II fue una consolación para el modernista impenitente Tommaso Gallarati-Scotti y si el Osservatore Romano podía hacer tranquilamente el elogio de este último en época postconciliar, debería ser claro como el sol –al menos para quien no quiera cegarse voluntariamente– qué juicio se deba dar a un Concilio que ha hecho devenir realidad viva las instancias modernistas: y debería ser evidente quién manda hoy en la Iglesia.
    
b) Por su parte, el dominico subversivo Yves Congar (luego, como hemos visto, creado cardenal, evidentemente por “méritos” adquiridos) exultaba afirmando que, con el Vaticano II, «la Iglesia hizo su pacífica revolución de octubre»[5].
   
Lo que –como solía decir irónicamente Guareschi– es bello e instructivo. O, mejor, más instructivo que bello.
    
c) Edward Schillebeeckx OP, finalmente, era, como de costumbre, aún más explícito:
«El Vaticano II fue una especie de confirmación de cuanto habían hecho los teólogos (neomodernistas, N. de R.) antes del Concilio: Rahner, Chenu, Congar y otros; […] no fue precisamente el punto de partida de una nueva teología, sino solo el sello de cuánto algunos teólogos habían hecho antes del Concilio; de teólogos que fueron condenados, alejados de la enseñanza y enviados al exilio, cuya teología truinfó en el Concilio.
    
[…] El Concilio fue un compromiso. Por una parte fue un Concilio liberal, que ha consagrado los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia y de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución estadounidense y francesa, combatidas por generaciones de Papas, todos los valores democráticos fueron adoptados por el Concilio. Por otra, el Concilio no ha podido dar una respuesta a los fermentos de revuelta, que ya se preanunciaban. […] Ha aceptado un poco nuestra teología, confirmándonos en nuestra investigación teológica. Nos hemos sentido libres como teólogos y liberados de sospechas, del espíritu de inquisición y condena.
   
Pesaba sobre nosotros el espíritu de la Humáni Géneris (1950), la encíclica de Pío XII que condenó Le Saulchoir y Fourvière: las escuelas de los dominicos y los jesuitas (de Congar, Chenu, de Lubac y compañía, N. de R.). Todos nosotros estábamos bajo sospecha antes del Concilio y el Concilio nos ha liberado»[6].
Cuando se habla claro…
    
d) Así escribía el número especial de “Propaganda” del Partido Comunista Italiano en ocasión de su Congreso de 1964:
«La extraordinaria apertura del Concilio, justamente comparada a los Estados Generales de 1789, ha mostrado a todo el mundo que la vieja Bastilla político-religiosa fue sacudida en sus cimientos. (…) Surgió una posibilidad hasta ahora imprevista, de acercarse, con maniobras adaptadas, a nuestra victoria final»[7].
   
e) También Yves Marsaudon, alto dignatario masónico de la Gran Logia de Francia, levantaba su peana por el triunfo de los “valores” masónicos ahora acogidos por el Vaticano II:
«Si existiesen aún algunos islotes no muy lejanos, en el pensamiento, de la época de la Inquisición, ellos serían con fuerza anegados en la marea alta del ecumenismo y del liberalismo, del cual una de las consecuencias más tangibles será el derribo de las barreras espirituales que todavía dividen el mundo. Con todo el corazón esperamoa el resultado de la Revolución de Juan XXIII»[8].
Y, para quien aún no estuviese satisfecho, he aquí el gran final:
«Los cristianos no deberán olvidar que todo camino (toda religión, N. de R.) conduce a Dios […] y mantenerse en esta valiente noción de la libertad de pensamiento, que –a este propósito se puede hablar verdaderamente de revolución, parida por nuestras logias masónicas– está extendida magníficamente sobre la cúpula de San Pedro»;
con el Vaticano II naturalmente, razón por la cual podía concluir exultante Marsaudon:
«todo masón digno de tal nombre […] no podrá hacer menos que alegrarse sin restricción alguna de los resultados irreversibles del Concilio»[9].
«Sin restricción alguna». ¿Queda claro?
    
Los sostenedores a ultranza del Vaticano II, de la nueva “Iglesia conciliar” y del “camino ecuménico irreversible”, están bien acompañados.
ANDREA MANCINELLA (Ermitaño de Albano), 1962, Rivoluzione nella Chiesa: cronaca dell’occupazione neomodernista della Chiesa Cattolica/1962, Revolución en la Iglesia: crónica de la ocupación neomodernista de la Iglesia Católica. Brescia, Ed. Civiltá 2010, págs. 125-130. En Golpe nella Chiesa. Documenti e cronache sulla sovversione: dalle prime macchinazioni al Papato di transizione, dal Gruppo del Reno fino al presente/Golpe en la Iglesia. Documentos y crónicas sobre la subversión: desde las primeras maquinaciones al Papado de transición, del Grupo del Rin hasta el presente (Prólogo del padre Curzio Nittoglia, epílogo de Aldo María Valli), Edizioni Radio Spada.
  
NOTAS
[1] Última sesión pública del Concilio Ecuménico Vaticano II, Discurso de Pablo VI, 7 de diciembre de 1965.
[2] 1 Cor. 16, 22.
[3] 2 Tes. 2, 3-4.
[4] L’Osservatore Romano, 7 de julio de 1976.
[5] Yves Congar, “Le Concile au jour le jour. Deuxième session”, París, 1964, pág. 215.
[6] Entrevista en la revista “Jesus”, mayo de 1993.
[7] Cit. en Mons. Rudolf Graber, “San Atanasio y la Iglesia de nuestro tiempo”, ed. Civiltà, Brescia, 1974, pág. 73.
[8] Yves Marsaudon, “L’œcumenisme vu par un franc-maçon de tradition”, ed. Vitiano, París, primer trimestre de 1964, pág. 42.
[9] Ibid, pág. 121.

jueves, 25 de enero de 2024

LOS CUATRO GOLPES LETALES MONTINIANOS A LA COMUNIÓN, SOBRE LA CREMACIÓN Y LA MORAL FAMILIAR

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
    

[…]
– 30 de abril de 1969: Pablo VI aprueba la Instrucción “Fídei Custos” [1] de la Sagrada Congregación para los Sacramentos. En la dicha instrucción, el Papa Montini, contra la precedente y constante prohibición de la Iglesia casi desde los tiempos apostólicos, autoriza a los laicos para distribuir la Sagrada Comunión, con el sólito pretexto engañoso de «especiales circunstancias o necesidades nuevas» intervinientes [2]. Casi que las mismas circunstancias y necesidades no las hubiesen también en el pasado, sin que por ello los Papas osaran autorizar semejantes providencias. En resumen, otro gesto ecuménico (en vista esto es de un futuro nivelamiento entre sacerdocio y laicado, como propugnara Lutero) y democonciliar: los laicos, hombres y mujeres, entran en el Santo de los Santos y desarrollan, en esto, la misma tarea reservada por Cristo a los Apóstoles y al Clero. Acto seguido, los dos sacerdocios (el jerárquico derivante del Sacramento del Orden y el común de los simples bautizados), teóricamente aún declarados distintos en su esencia, son gradualmente equiparados y asimilados en la práctica, o sea, en la liturgia y en la pastoral, campo de acción predilecto desde siempre, por obvias razones, por los modernistas de todos los tiempos.
    
– 29 de mayo de 1969: Pablo VI aprueba la Instrucción “Memoriále Dómini” [3] de la Sagrada Congregación para el Culto divino, en la cual, con patente incoherencia e ilogicidad, después de haber confirmado la oposición de la Iglesia a la distribución de la Sagrada Eucaristía en la mano, motivada especialmente por el «peligro de profanar las especies eucarísticas» así sea involuntariamente, aparte de la necesidad de conservar «la reverencia de los fieles hacia la Eucaristía», se sale más adelante, pocas líneas después, con una autorización (para las Conferencias episcopales de las naciones donde la Comunión en la mano ya fue abusiva e ilegalmente introducida) a deliberar con voto secreto sobre su admisibilidad. A quien todavía alimenta dudas no le queda sino mirar a su alrededor, para constatar cómo actualmente aquello que era llamado explícitamente un gravísimo abuso y un gesto potencialmente sacrílego ha devenido, obviamente por obra de los inefables Obispos conciliares, usanza general en todo el mundo católico.
     
– 15 de agosto de 1969: Pablo VI aprueba el nuevo Rito de las Exequias [4] con el cual, rompiendo también aquí con la Tradición apostólica, concede el rito de las exequias también «a aquellos que hubiesen elegido la cremación del cadáver» con la sola condición que «su elección no sea resultado de la motivación contraria a la doctrina cristiana». La materia era regulada, en el Código antiguo, por el can. 1203 § 1 y 2, que privaba de las exequias y de la sepultura eclesiástica –como pecadores públicos– a los que hubiesen elegido deliberadamente que su cuerpo fuese cremado [5] y condenaba con pena de excomunión y entredicho a los cooperadores en esto [6] (excepto que fuese en casos de necesidad como epidemia, guerra, etc.). De hecho, casi desde los tiempos apostólicos, la Iglesia había ordenado a los fieles la práctica de la inhumación o sepultura como manifestación de la fe católica en la resurrección de los cuerpos. Y precisamente por este motivo la propaganda por la práctica crematoria fue uno de los caballos de batalla usados por las logias entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, en la esperanza de corroer gradualmente la fe del pueblo cristiano. Hoy, esta propaganda retorna, siempre más insidiosa y cargada de argumentos engañosos (exigencias de espacio, de higiene, etc.): pero esta vez –y he aquí la triste novedad– con el apoyo, así sea indirecto, de la Jerarquía conciliar. La explicación de esto enésimo cambio la revista de los religiosos paulinos “Vita Pastorale”, uno de los tantos periódicos “católicos” (como también, para un público más vasto, “Famiglia Cristiana”, “Jesus” y otros muchos) destinados al reciclaje conciliar de los clérigos y los religiosos: «La Iglesia continúa prefiriendo la inhumación, pero cancela las sanciones canónicas adversas. En tal modo es facilitado el camino de la reconciliación con la masonería» [7].
    
– 31 de marzo de 1970: Pablo VI, con el Motu Próprio “Matrimónia Mixta” [8] no requiere más al cónyuge acatólico la solemne promesa de dejar bautizar y educar la prole en la Iglesia Católica (como en cambio siempre fue previsto: cfr. Codex Juris Canónici de 1917, can. 1061). Ahora el cónyuge acatólico deberá ser simplemente informado de los compromisos asumidos por la parte católica, sin compromiso alguno de su parte. Esta normativa absurda y letal aparecerá después en el nuevo Código de 1983 (can. 1125). Y así, hoy, gracias a la «longánima caridad ecuménica y pastoral» de Pablo VI y del clero conciliar, queda solo sacar la cuenta de cuántas almas no han podido recibir el Bautismo, la Fe verdadera y la salvación.
ANDREA MANCINELLA (Ermitaño de Albano), Golpe nella Chiesa. Documenti e cronache sulla sovversione: dalle prime macchinazioni al Papato di transizione, dal Gruppo del Reno fino al presente/Golpe en la Iglesia. Documentos y crónicas sobre la subversión: desde las primeras maquinaciones al Papado de transición, del Grupo del Rin hasta el presente (Prólogo del padre Curzio Nittoglia, epílogo de Aldo María Valli), Edizioni Radio Spada.
  
NOTAS
[1] Enchíridion Vaticánum, vol. 3, nn. 1055-1065.
[2] Ibid., n. 1055.
[3] EV, vol. 3, nn. 1273-1291.
[4] EV, vol. 3, nn. 1421-1447.
[5] Canon 1240, § 1, n. 5.
[6] Canon 2339.
[7] Revista Vita Pastorale, n. 3, año 1999, pág. 90 ss.
[8] EV, vol. 3, nn. 2415-2447.

viernes, 12 de enero de 2024

BERGOGLIO Y TUCHO, ENSALZADORES DE IMPUREZA

Traducción del artículo publicado por el Dr. Thomas A. Droleskey en CHRIST OR CHAOS.
   
BERGOGLIO Y FERNÁNDEZ: HOMBRES QUE ENSALZAN Y HABILITAN A LOS IMPUROS
    

Entre los muchos puntos que he señalado consistentemente en los casi veinte años que este sitio web ha existido como continuación de la publicación homónima de la misma época es que, a pesar de la mitología que Karol Josef Wojtyła/Juan Pablo II y Joseph Alois Ratzinger/Benedicto XVI eran “defensores del matrimonio”, la falsa enseñanza de la revolución conciliar sobre el Santo Matrimonio se basa en una inversión de los fines propios de este sacramento. Esta inversión, contraria a la vez a las Leyes Divinas y Naturales, debía conducir, dada la teleología del error, a la separación total entre el uso del don propio sólo del hombre y de la mujer unidos en Santo Matrimonio y el uso de este don. fin primario, la procreación y educación de los hijos, y el bien mutuo de los cónyuges. El hedonismo absoluto puede ser el único resultado a largo plazo de anteponer el bien de los cónyuges al de la procreación y educación de los hijos.

Como siempre soy consciente del hecho de que muchas personas tienen períodos de atención breves y no retienen mucho, si es que retienen algo, de sustancia de los numerosos artículos o noticias que pueden leer en una semana determinada, creo que, por redundante que sea, sea, para señalar la enseñanza inmutable de la Iglesia Católica sobre los fines propios del Santo Matrimonio y luego demostrar cómo los revolucionarios conciliares desafiaron esa enseñanza, resultando en una contaminación de la santidad propia del estado matrimonial.

La falsa iglesia del conciliarismo ha invertido los fines propios del Sacramento del Matrimonio y ha respaldado lo que es, en esencia, una forma católica de anticoncepción “natural”, y ha consagrado esta inversión en su corrupto Código de Derecho Canónico de 1983. Esta inversión es clara y absolutamente innegable:
«Canon 856. El objeto primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole; el propósito secundario es la asistencia mutua y el remedio de la concupiscencia» (Esto se puede encontrar en la página 205 del siguiente enlace, que es el Código de Derecho Canónico de 1917 en inglés: 1917 Pio-Benedictine Code of Canon Law.)
«Canon 1055 §1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (Canon 1055.1, Código Conciliar de Derecho Canónico de 1983. Por cierto, Padre Viganò, su amado Karol Josef Wojtyła/Juan Pablo II propagó el llamado Código de Derecho Canónico de 1983. Ni siquiera un verdadero Papa puede cambiar algo que existe en el mismo naturaleza de las cosas. ¿Por qué ninguna crítica a “San Juan Pablo II”?)
Todo el tejido de la falsa enseñanza de la iglesia del conciliarismo sobre el Sacramento del Santo Matrimonio, incluido su respaldo a la falsedad de la “planificación familiar natural”, está construido sobre el tejido de la inversión de los fines del matrimonio que fue condenado personalmente por el Papa. Pío XII el 29 de Marzo de 1944, condena que citó y reiteró en los términos más enérgicos posibles en su ya citado Discurso a las obstétricas italianas sobre la naturaleza de su profesión:
«Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.
    
En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.
    
En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.
   
Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Eminentísimos y Reverendísimos Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de Marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda “Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes”, decretaron debía responderse: Negativamente» (Cf. Enrique Denzinger, Enchírdion Symbolórum, 13.ª Edición, traducida al inglés por Roy Deferrari y publicada en 1955 como The Sources of Catholic Dogma–referred to as “Denzinger”, por B. Herder Book Company de San Luis, Misuri y Londres, Inglaterra, No. 2295, págs. 624-625).
Los revolucionarios conciliares han antepuesto la seguridad del cuerpo a la santificación y salvación de las almas, mientras deificaban el entorno natural y se aliaban muy formalmente con un nogoodnik [del ruso него́дник, que significa “sinvergüenza, granuja, inútil, réprobo, bueno para nada”, N. del T.] antipoblacional, proabortista y proanticonceptivo y sus organizaciones dedicadas a la propagación del comunismo. propaganda globalista y estatista que empodera al Estado civil, priva a los hombres de sus libertades legítimas, destruye industrias, impone fuertes impuestos a los ciudadanos y hace de la soberanía nacional una reliquia que pertenece a la misma categoría que la Misa Inmemorial de la Tradición y el inmutable Depósito Sagrado de la Fe. El naturalismo y el panteísmo, no el catolicismo, guían a los ideólogos conciliares que están rígidamente comprometidos con la propagación de la ciencia basura mientras ofenden a Dios por medio de sus horribles liturgias, falsas doctrinas, falsas enseñanzas sobre teología moral y falsa teología pastoral que guían a los hombres por el camino de la ruina eterna. (Ver La banda de mafiosos teológicos de Jorge legitima a Paul Ehrlich).

De la defensa del santo matrimonio por parte del Papa Pío XI a la perversión del santo matrimonio por parte de Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI
    
La Santa Madre Iglesia, ansiosa por advertir a sus hijos sobre los peligros morales que enfrentaban en un mundo de naturalismo y materialismo, respondió a la propaganda a favor de la anticoncepción con gran tenacidad en la década de 1920, a medida que los esfuerzos de la Liga de Control de la Natalidad de Margaret Sanger y organizaciones relacionadas en todo el mundo comenzó a ganar influencia. El Papa Pío XI estaba específicamente alarmado por el hecho de que los “obispos” de la secta anglicana herética y cismática votaron en su Conferencia de Lambeth de 1930 para respaldar el uso “limitado” de anticonceptivos para las parejas casadas que se encontraban con una «obligación moral claramente sentida de limitar o evitar la paternidad». Aquí está el texto completo de la Resolución Quince de aquella Conferencia de Lambeth de 1930:
Resolución 15 - La vida y el testimonio de la comunidad cristiana: matrimonio y sexo
Cuando se siente claramente la obligación moral de limitar o evitar la paternidad, el método debe decidirse sobre la base de principios cristianos. El método principal y obvio es la abstinencia total de las relaciones sexuales (en la medida que sea necesario) en una vida de disciplina y autocontrol vivida en el poder del Espíritu Santo. Sin embargo, en aquellos casos en los que existe una obligación moral claramente sentida de limitar o evitar la paternidad, y en los que existe una razón moralmente sólida para evitar la abstinencia total, la Conferencia acuerda que se pueden utilizar otros métodos, siempre que se haga a la luz de de los mismos principios cristianos. La Conferencia deja constancia de su enérgica condena del uso de cualquier método de control de la concepción por motivos de egoísmo, lujo o mera conveniencia (Resolución 15 - La vida y el testimonio de la comunidad cristiana - El matrimonio).
El respaldo de la secta anglicana a la anticoncepción no fue, por supuesto, más que un resultado lógico de lo que les sucede a los herejes cuando se arrojan fuera del seno de la Santa Madre Iglesia. Meras criaturas que no son más que seres contingentes con cuerpos que están destinados un día a la corrupción de la tumba hasta la Resurrección General en el Último Día se convierten en sus propios papas y papisas individuales, creyendo que pueden “determinar” por sí mismos las cosas que son parte del Orden de la Naturaleza (Criatura) y han sido enseñados por la Santa Madre Iglesia, única maestra de lo contenido en el Orden de la Redención (Gracia) y intérprete autorizada de todo lo contenido en la Ley Natural.
    
La creencia enunciada por el Consejo Federal de Iglesias de América en 1931 de que el uso de anticonceptivos fue objeto de burla en un editorial aparecido en The Washington Post el 22 de Marzo de 1931, que he citado varias veces en este sitio. Vale la pena volver a hacerlo:
«El Consejo Federal de Iglesias de América nombró hace algún tiempo un comité sobre “el matrimonio y el hogar”, que ahora ha presentado un informe a favor de un uso “cuidadoso y restrictivo” de los dispositivos anticonceptivos para regular el tamaño de las familias. El comité parece tener una seria lucha consigo mismo para adherirse a la doctrina cristiana y, al mismo tiempo, permitirse excursiones de aficionados en el campo de la economía, la legislación, la medicina y la sociología. El informe resultante es una mezcla de oscurantismo religioso y materialismo modernista que se aparta de los antiguos estándares de la religión y, sin embargo, no logra abrir un camino hacia algo mejor.
    
El daño que resultaría de un intento de poner el sello de la aprobación de la Iglesia en cualquier plan para “regular el tamaño de las familias” está evidentemente más allá de la comprensión de este comité pseudocientífico. Es imposible conciliar la doctrina de la institución divina del matrimonio con cualquier plan modernista para la regulación mecánica del nacimiento humano. La iglesia debe rechazar las sencillas enseñanzas de la Biblia o rechazar los planes para la producción “científica” de almas humanas. Llevado a su conclusión lógica, el informe del comité, si se lleva a cabo, conduciría a la muerte del matrimonio como institución sagrada, al establecer prácticas degradantes que alentarían la inmoralidad indiscriminada. La sugerencia de que el uso de anticonceptivos legalizados sería “cuidadoso y restringido” es absurda. Si las iglesias han de convertirse en organizaciones de propaganda política y “científica”, deberían ser honestas y rechazar la Biblia, burlarse de Cristo como un maestro obsoleto y acientífico, y atacar con valentía como campeones de la política y la ciencia como sustitutos de la añeja religión» (“Olvidando la religión”, Editorial, The Washington Post, 22 de Marzo de 1931).
Esta es una declaración muy importante a la que volveré en breve, ya que podemos ver claramente ahora que la perversión de los fines propios del Santo Matrimonio por parte de la secta conciliar ha llevado a personas como Jorge Mario Bergoglio, Víctor Manuel Fernández, James Martin, Timothy Radcliffe, Blase Cupich, John Stowe, Joseph Tobin y la mayoría de los “obispos” alemanes a creer que los pecados de impureza no son materia grave y que, por el contrario, cualquier expresión del don conyugal, ya sea dentro o fuera del matrimonio, natural o antinatural, es “agradable” a Dios, quien, sostienen blasfemamente, sólo se preocupa por el puro placer carnal, sin importar el contexto de cómo se realiza este placer.
  
Ahora bien, los católicos no viven en el vacío. Han sido objeto de un ataque tras otro contra su sensus Catholicus desde los albores de la Revolución Protestante, tal vez nunca más que en el siglo pasado debido a los rápidos avances en los medios de comunicación de masas modernos. Para frenar el avance de la propaganda a favor de la “familia pequeña” y, por tanto, la inversión de los fines del matrimonio, el Papa Pío XI emitió  Casti Connubii , el 31 de diciembre de 1930, para reafirmar la prohibición de la Iglesia Católica contra cualquier interferencia directa en el concepción de un hijo y para recordar a todos en el mundo que el fin primario del matrimonio sigue siendo el que será hasta el fin de los tiempos: la propagación y educación de los hijos:
«Todo lo cual, porque ya en otra ocasión tratamos copiosamente de la cristiana educación [Encíclica “Divíni illíus Magístri”, 31 de Diciembre de 1929] de la juventud, encerraremos en las citadas palabras de San Agustín: “En orden a la prole se requiere que se la reciba con amor y se la eduque religiosamente” [Comentario literal al Génesis, libro IX, cap. VII, 12], y lo mismo dice con frase enérgica el Código de derecho canónico: “El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole” (Canon 1013, § 1).
   
Por último, no se debe omitir que, por ser de tanta dignidad y de tan capital importancia esta doble función encomendada a los padres para el bien de los hijos, todo honesto ejercicio de la facultad dada por Dios en orden a la procreación de nuevas vidas, por prescripción del mismo Creador y de la ley natural, es derecho y prerrogativa exclusivos del matrimonio y debe absolutamente encerrarse en el santuario de la vida conyugal» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
El Papa Pío XI dejó claro que el fin secundario del matrimonio, el bien mutuo de los cónyuges, estaba subordinado al fin primario, reiterando la verdad de que los privilegios del estado matrimonial pertenecen por derecho a cada cónyuge, ninguno de los cuales puede negar el matrimonio. derecho al otro arbitrariamente y ambos pueden ejercer este derecho, o abstenerse de su ejercicio, sin interferir con su fin natural, la concepción de un niño:
«El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad, que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio. […]

Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge. Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios —verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia—, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Esto no fue un respaldo a lo que hoy se llama “planificación familiar natural”, sino sólo una reiteración de la pura verdad de que el derecho matrimonial, subordinado a su fin primario, no puede ser negado arbitrariamente por un cónyuge al otro y que es permisible para todos. las parejas casadas utilicen ese derecho cuando no pueda nacer una nueva vida. Aquí no se habló en absoluto de “planificación familiar”, y tampoco existía ninguna en la mente del Papa Pío XI.
     
De hecho, el Papa Pío XI explicó que los confesores tuvieron que hacer todo lo posible para aconsejar a los penitentes que no se rindieran a la propaganda a favor de la anticoncepción y a la mentalidad anticonceptiva a la que estaban expuestos casi constantemente:
«Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.
  
Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestigüen con cuánto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces con la pena de muerte, como recuerda San Agustín: “Porque ilícita e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judá, por lo cual Dios le quitó la vida” [San Agustín, De las uniones adúlteras, 2, 12; cf. Gén. 38, 8-10; Sagrada Penitenciaría, decretos del 3 de Abril y 3 de Junio de 1916].
     
Habiéndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, enseñada desde el principio y transmitida en todo tiempo sin interrupción, y habiendo pretendido públicamente proclamar otra doctrina, la Iglesia Católica, a quien el mismo Dios ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y honestidad de costumbres, colocada, en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan ignominiosa mancha la castidad de la unión nupcial, en señal de su divina legación, eleva solemne su voz por Nuestros labios y una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.
   
Por consiguiente, según pide Nuestra suprema autoridad y el cuidado de la salvación de todas las almas, encargamos a los confesores y a todos los que tienen cura de las mismas que no consientan en los fieles encomendados a su cuidado error alguno acerca de esta gravísima ley de Dios, y mucho más que se conserven —ellos mismos— inmunes de estas falsas opiniones y que no contemporicen en modo alguno con ellas. Y si algún confesor o pastor de almas, lo que Dios no permita, indujera a los fieles, que le han sido confiados, a estos errores, o al menos les confirmara en los mismos con su aprobación o doloso silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez supremo por haber faltado a su deber, y aplíquese aquellas palabras de Cristo: “Ellos son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la hoya” [San Mateo 15, 14; Decreto del Santo Oficio, 22 de Noviembre de 1922]» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
¿Alguien querría argumentar que la propaganda a favor de algún tipo de “planificación familiar” ha disminuido en los últimos ochenta y un años? Por supuesto que no. Sabemos que incluso los jóvenes católicos de mentalidad tradicional se ven influidos por esta propaganda, creyendo que les es “imposible” tener una familia numerosa, y a veces se les aconseja que crean que se les debe “informar” sobre los medios naturales con los que podrían evitar concebir un hijo para que no tenga la tentación de utilizar anticonceptivos artificiales.

Sin embargo, es una interpretación totalmente errónea del Discurso a las parteras sobre la naturaleza de su profesión del Papa Pío XII del 29 de Octubre de 1951 afirmar que respaldaba lo que hoy se llama “planificación natural familiar”.

No lo hizo.

Nuestro último verdadero Santo Padre enumeró una serie de condiciones específicas en las que era permisible, aunque nunca obligatorio, que las parejas casadas limitaran el uso del don propio del estado matrimonial a los períodos mensuales de infertilidad de la mujer. No apoyó el uso indiscriminado del método rítmico y mucho menos “ordenó” su enseñanza. Él mismo se refirió a esas condiciones en un discurso posterior, pronunciado pocas semanas antes de su muerte el 9 de Octubre de 1958, como “excepcionales”. Algo que es excepcional nunca puede considerarse la norma.
    
Lamentablemente, hubo teólogos jesuitas en la década de 1950, especialmente los padres John C. Ford y Gerald Kelly, que comenzaron a ir más allá a favor de la “limitación familiar”, un eufemismo no tan sutil para la frase “paternidad planificada”. Este impulso llegó a los procedimientos del Concilio Vaticano “Segundo”, lo que llevó al Cardenal Alfredo Ottaviani a responder de la siguiente manera:
«No me agrada la afirmación del texto de que los matrimonios pueden determinar el número de hijos que van a tener. Nunca se ha oído hablar de esto en la Iglesia. Mi padre era trabajador, y el temor de tener muchos hijos nunca entró en mis padres, porque confiaban en la Providencia. [Estoy asombrado] de que ayer en el Concilio se hubiera dicho que había dudas sobre si hasta ahora se había adoptado una posición correcta sobre los principios que rigen el matrimonio. ¿No significa esto que se pondrá en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿O no fue el Espíritu Santo con Su Iglesia en los siglos pasados ​​para iluminar las mentes sobre este punto de doctrina?» (Como se encuentra en Peter W. Miller, Substituting the Exception for the Rule; The Rhine Flows into the Tiber, del padre Ralph Wiltgen, The Rhine Flows Into the Tiber, Tan Books and Publishers, 1967, se cita como fuente de esta cita.)
En otras palabras, el cardenal Ottaviani, que había defendido la inmutabilidad de la condena de la Iglesia católica al concepto moderno de libertad religiosa y de separación de la Iglesia y el Estado en una serie de comentarios no tan indirectos sobre la promoción de estas falsedades por el padre John Courtney Murray SJ, en la década de 1950, reconoció la inerrancia misma de la Santa Madre Iglesia que estaba en juego mediante la promoción del control de la natalidad bajo una forma u otra en el Concilio Vaticano “Segundo”.

Sin embargo, sin inmutarse, el supuesto oponente de la anticoncepción, Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, socavó los fines propios del matrimonio y abrió el camino a lo que se conoció como “planificación familiar natural” y, en última instancia, a una avalancha de solicitudes de la nulidad matrimonial ya que, habiendo antepuesto lo que se llamaba el “fin unitivo” a la procreación y educación de los hijos, el enfermo sodomita modernista abre el camino para que el placer conyugal prevalezca sobre todo lo demás. Los seres humanos caídos son propensos al egoísmo, no al altruismo, y las personas casadas que no quieren entregarse desinteresadamente los unos a los otros y a los hijos en obediencia a Dios y para Su mayor honor y gloria, llegarán a pensar que su matrimonio es “infeliz”. porque buscan el placer personal y la realización personal por encima de todo.
   
Humánæ Vitæ no es, sin embargo, una declaración ortodoxa de la fe católica. Es, como todo lo demás en el falso “pontificado” de Pablo VI (al que un antiguo amigo de larga data en las estructuras conciliares se refiere como “Pablo el Enfermo” –gran frase, Padre, una de tantas suyas–), un revolucionario documento que invirtió los fines propios del matrimonio, ya que la fenomenología del filósofo Dietrich von Hildebrand y la teología del padre Herbert Doms sirvieron para afirmar que el fin “unitivo” del matrimonio era primario.
    
La Humánæ Vitæ fue también un documento revolucionario en el sentido de que continuaba la aceptación de Pablo VI de una “crisis demográfica” inexistente como base para ampliar las condiciones para utilizar métodos “naturales” para evitar concebir hijos. El horrible falso “pontífice”, que nombró y promovió a todo tipo de sujetos lavanda como “obispos” en todas las estructuras conciliares, escribió lo siguiente en Populórum Progressio (26 de Marzo de 1967), que sentó las bases para una mayor inversión de los fines del matrimonio. que se encuentra en Humánæ Vitæ mediante una visión más amplia de las razones por las que las parejas casadas podían evitar tener hijos que la proporcionada en el Discurso del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión en ese maravilloso año de 1951:
«37. Es cierto que muchas veces un crecimiento demográfico acelerado añade sus dificultades a los problemas del desarrollo; el volumen de la población crece con más rapidez que los recursos disponibles y nos encontramos, aparentemente, encerrados en un callejón sin salida. Es, pues, grande la tentación de frenar el crecimiento demográfico con medidas radicales. Es cierto que los poderes públicos, dentro de los límites de su competencia, pueden intervenir, llevando a cabo una información apropiada y adoptando las medidas convenientes, con tal de que estén de acuerdo con las exigencias de la ley moral y respeten la justa libertad de los esposos. Sin derecho inalienable al matrimonio y a la procreación, no hay dignidad humana. Al fin y al cabo, es a los padres a los que les toca decidir, con pleno conocimiento de causa, el número de sus hijos, aceptando sus responsabilidades ante Dios, ante los hijos que ya han traído al mundo y ante la comunidad a la que pertenecen, siguiendo las exigencias de su conciencia, instruida por la ley de Dios auténticamente interpretada y sostenida por la confianza en Él [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 50-51 (y nota 14), Documentation catholique, tomo 62 (París, 1965) col. 1070-1073; y n.º 87, loc. cit. 1110]» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Populórum progréssio”, 26 de Marzo de 1967).
Giovanni Battista Enrico Antonio MariaMontini/Pablo VI era un simpatizante marxista, si no un marxista él mismo. De hecho, el padre Michael Roach, que enseñaba Historia de la Iglesia en el Seminario Mount Saint Mary en Emmitsburg (Maryland), dijo en una conferencia en el otoño de 1981 que había estado con el entonces rector del seminario, monseñor Harry Flynn, quien más tarde denunciaría al padre Paul Marx OSB como “antisemita” (ver Desconexiones), en su calidad de “arzobispo” conciliar de San Pablo y Mineápolis (Minesota), en el momento de la muerte de Montini/Pablo VI el 6 de Agosto de 1978. Según el padre Roach, el entonces monseñor Flynn, sacerdote de la diócesis de Albany (Nueva York), dijo: «Ah, sí, Pablo VI. Un hombre maravilloso. Un marxista, pero un hombre maravilloso al fin y al cabo».

El punto es este: Giovanni Battista Enrico Antonio MariaMontini/Pablo VI, quien traicionó la identidad de los sacerdotes católicos detrás de la Cortina de Hierro cuando sirvió en la Secretaría de Estado del Vaticano bajo el Papa Pío XII, aceptó el mito maltusiano de la “superpoblación” y los “recursos agotados” para afirmar que son los padres quienes deciden cuántos niños van a recibir en el mundo. Equivocado. Dios decide esto, no los padres. Dios puede velar por que los niños sean concebidos a pesar de las “precauciones” más cuidadosas que se toman contra su concepción, algo que se aplica tanto al uso de lo que hoy se llama “planificación familiar natural” como a la anticoncepción artificial. Dios decide este asunto. Nadie más. Sólo Dios es el Soberano de la santidad y la fecundidad del matrimonio. Nadie más.
  
Como se señaló al comienzo de este ensayo, el Papa Pío XI, escribiendo en  Casti Connubii , el 31 de diciembre de 1930, afirmó esto de manera muy explícita:
«Comenzando ahora a exponer, Venerables Hermanos, cuáles y cuán grandes sean los bienes concedidos por Dios al verdadero matrimonio, se Nos ocurren las palabras de aquel preclarísimo Doctor de la Iglesia a quien recientemente ensalzamos en Nuestra encíclica Ad salútem [20 de Abril de 1930], dada con ocasión del XV centenario de su muerte. Estos, dice San Agustín, son los bienes por los cuales son buenas las nupcias: prole, fidelidad, sacramento [La bondad del matrimonio, cap. XXIV, 32]. De qué modo estos tres capítulos contengan con razón un síntesis fecunda de toda la doctrina del matrimonio cristiano, lo declara expresamente el mismo santo Doctor, cuando dice: “En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se unan con otro o con otra; en la prole, a que ésta se reciba con amor, se críe con benignidad y se eduque religiosamente; en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva, y a que el repudiado o repudiada no se una a otro ni aun por razón de la prole. Esta es la ley del matrimonio: no sólo ennoblece la fecundidad de la naturaleza, sino que reprime la perversidad de la incontinencia” [San Agustín, Comentario literal al Génesis, libro IX, cap. VII, 12].
     
La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio. Y por cierto que el mismo Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra” [Gén. 1, 28].
  
Lo cual también bellamente deduce San Agustín de las palabras del apóstol San Pablo a Timoteo [1. Tim. 5, 14], cuando dice: “Que se celebre el matrimonio con el fin de engendrar, lo testifica así el Apóstol: ‘Quiero —dice— que los jóvenes se casen’. Y como se le preguntara: ‘¿Con qué fin?’, añade en seguida: ‘Para que procreen hijos, para que sean madres de familia’” [San Agustín, De la bondad del matrimonio, cap. XXIV, 32].
  
Cuán grande sea este beneficio de Dios y bien del matrimonio se deduce de la dignidad y altísimo fin del hombre. Porque el hombre, en virtud de la preeminencia de su naturaleza racional, supera a todas las restantes criaturas visibles. Dios, además, quiere que sean engendrados los hombres no solamente para que vivan y llenen la tierra, sino muy principalmente para que sean adoradores suyos, le conozcan y le amen, y finalmente le gocen para siempre en el Cielo; fin que, por la admirable elevación del hombre, hecha por Dios al orden sobrenatural, supera a cuanto el ojo vio y el oído oyó y pudo entrar en el corazón del hombre [cf. 1. Cor. 2, 9]. De donde fácilmente aparece cuán grande don de la divina bondad y cuán egregio fruto del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la cooperación de los esposos.
  
Tengan, por lo tanto, en cuenta los padres cristianos que no están destinados únicamente a propagar y conservar el género humano en la tierra, más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del Dios verdadero, sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear ciudadanos de los Santos y familiares de Dios [cf. Eph. 2, 19], a fin de que cada día crezca más el pueblo dedicado al culto de nuestro Dios y Salvador. Y con ser cierto que los cónyuges cristianos, aun cuando ellos estén justificados, no pueden transmitir la justificación a sus hijos, sino que, por lo contrario, la natural generación de la vida es camino de muerte, por el que se comunica a la prole el pecado original; con todo, en alguna manera, participan de aquel primitivo matrimonio del paraíso terrenal, pues a ellos toca ofrecer a la Iglesia sus propios hijos, a fin de que esta fecundísima madre de los hijos de Dios los regenere a la justicia sobrenatural por el agua del Bautismo, y se hagan miembros vivos de Cristo, partícipes de la vida inmortal y herederos, en fin, de la gloria eterna, que todos de corazón anhelamos.
  
Considerando estas cosas la madre cristiana entenderá, sin duda, que de ella, en un sentido más profundo y consolador, dijo nuestro Redentor: “La mujer…, una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda de su angustia, por su gozo de haber dado un hombre al mundo” [Joann. 16, 21], y superando todas las angustias, cuidados y cargas maternales, mucho más justa y santamente que aquella matrona romana, la madre de los Gracos, se gloriará en el Señor de la floridísima corona de sus hijos. Y ambos esposos, recibiendo de la mano de Dios estos hijos con buen ánimo y gratitud, los considerarán como un tesoro que Dios les ha encomendado, no para que lo empleen exclusivamente en utilidad propia o de la sociedad humana, sino para que lo restituyan al Señor, con provecho, en el día de la cuenta final» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Dios decide cuántos o cuántos hijos tendrá un matrimonio católico. Nadie más. Los hombres pueden intentar frustrar el fin natural del matrimonio. Es posible que puedan tener “éxito”, tal como consideran el “éxito”, tal vez incluso en la mayoría de los casos. Ningún medio humano para frustrar deliberadamente el fin natural del matrimonio es infalible, y ningún uso cuidadosamente planeado del regalo propio del estado matrimonial en esos momentos durante un mes en que una mujer tiene más probabilidades de ser infértil que otras evitará la concepción de un nuevo niño en todos los casos. Dios es el Soberano de la fecundidad del matrimonio.
    
Como modernista y socialista que, como se señaló anteriormente, simpatizaba al menos con el marxismo, Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, sin embargo, pensaba y hablaba en términos naturalistas teñidos de secuelas vestigiales de la Santa Fe. Aceptó los mitos de “progreso” y “paz mundial” representados por la Organización de Naciones Masónicas Unidas (acerca de la cual el Papa Pío XII, aunque al principio apoyó a la organización, comenzó a amargarse en la década de 1950) y aceptó los mitos de la “sobrepoblación”. Fue por ello que continuó los trabajos de la mencionada “Comisión Pontificia para el estudio sobre la Población, los Matrimonios y los Nacimientos” para que sus miembros estudiaran el funcionamiento biológico de la “píldora anticonceptiva” para determinar si podía usarse moralmente para impedir la concepción de niños, especialmente en zonas de pobreza endémica. Se dice que un miembro de esa comisión, el arzobispo Albino Luciani de Venecia (Italia), el futuro “Juan Pablo I”, votó a favor de respaldar “la píldora” (que, aparte de negar la Soberanía de Dios sobre la santidad y fecundidad del matrimonio, es un abortivo químico), por su preocupación por “los pobres”.
   
Montini/Pablo VI se mostró abierto a “la píldora” para hacer frente al inexistente problema de la superpoblación. Sin embargo, incapaz de respaldar su uso, utilizó Humánæ Vitæ para ampliar las condiciones descritas por el Papa Pío XII en su Alocución a las parteras sobre la naturaleza de su profesión en 1951 para invertir los fines del matrimonio, una inversión que sería institucionalizada más tarde por el “fenomenologista personalista” llamado Karol Wojtyła/Juan Pablo II y la espantosamente repugnante “teología del cuerpo” que explicó a lo largo de años en sus charlas para “audiencias generales” a principios de los años 1980 (charlas que estaba dando en el momento en que fue disparado por Mehmet Ali Ağca el miércoles 13 de Mayo de 1981, por cierto), allanando así el camino para la propagación y aceptación de la industria artesanal que llegó a ser conocida como “planificación familiar natural” como la norma esperada para las parejas casadas, que deben ser “educadas” en asuntos que violan la modestia de expresión y restan valor a la santidad del Sacramento del Santo Matrimonio: 
    
Montini/Pablo VI antepuso  las condiciones ampliadas de Humánæ Vitæ para el uso de los períodos infértiles de la mujer como base para evitar la concepción de niños con otra referencia más al mito de la superpoblación:
«1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias. 
    
En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres. 
     
2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.
     
Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación con este amor.

Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida. 
     
3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armonía entre los esposos y a su mutua fidelidad, ¿no sería indicado revisar las normas éticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos? 
    
Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado “principio de totalidad”, ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos? Es decir, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad
   
4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Humánæ Vitæ”, 25 de Julio de 1968).
Sobre estas premisas falsas, el odioso amigo del colectivo lavanda, del que muy bien pudo haber sido miembro fundador, entregó al diablo a tantas parejas católicas para que se sumergieran en consideraciones físicas que nunca antes habían tenido. lugar en la enseñanza católica. Aunque Montini/Pablo VI reafirmó la enseñanza inmutable de la Iglesia sobre la engendración de los hijos, esto fue parte del juego de “engaña pichanga”, ya que utilizó su propio texto para colocar lo que llamó el fin “unitivo” antes que el de procreación:
«Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres” [Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n. 50].
    
10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de “paternidad responsable” sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí. 

En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana [Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I-IIæ, cuestión 94, art. 2].

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad. 
    
En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido
    
La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores. 
   
En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 50-51].
    
11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos” [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 49, párrafo 2.º], y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quílibet matrimónii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida [Cfr. Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, AAS 22 (1930), pág. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), pág. 843].
   
12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
    
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Humánæ Vitæ”, 25 de Julio de 1968).
¿Quién había estado pidiendo una “paternidad responsable” durante cinco décadas antes de su muerte el 6 de septiembre de 1966?
   
La ninfómana, racista y eugenista llamada Margaret Sanger, la fundadora de la Liga de Control de la Natalidad que llegó a ser conocida como Planned Parenthood, esa es quién. Sus seguidores continúan defendiendo este eslogan gastado que llegó al texto de una supuesta encíclica “papal”. La aceptación por parte de Montini/Pablo VI del lema de “paternidad responsable” de Margaret Sanger y sus diabólicos secuaces, junto con la inversión de los fines del matrimonio propagada por Dietrich von Hildebrand, constituye una revolución contra los fines del matrimonio que han “bautizado”, si se quiere, una forma supuestamente “natural” de anticoncepción que debe usarse como una cuestión de rutina, no en casos verdaderamente extraordinarios, donde sólo es legal, es decir, permisible y nunca obligatoria.
   
La inclusión de razones “psicológicas” para abstenerse de concebir hijos mediante el uso de “conocer” la fisicalidad del cuerpo de una mujer se ha interpretado de manera bastante amplia, digamos. En términos sencillos: el uso de razones “psicológicas” para abstenerse de concebir hijos se ha utilizado para reafirmar las “conciencias” de quienes “no están preparados” para tener hijos. Esto no es diferente de aquellos que han elegido el uso de medios artificiales para impedir la concepción de niños porque “no están preparados” para tenerlos. Tienen carreras. Tienen malas finanzas. Tienen padres ancianos a quienes cuidar. Tienen “planes”. Tienen que terminar la escuela. Y así sucesivamente. Todo el mundo tiene una “razón seria”. Estas no son más que excusas y racionalizaciones que consideran el matrimonio en términos puramente naturalistas y materialistas, si no utilitarios, sin ningún verdadero amor de Dios y, por lo tanto, sin confianza en que Él enviará a las parejas casadas toda la ayuda sobrenatural y temporal que necesitan brindar. para los hijos que Dios considere oportuno enviarles.

La “enseñanza” que condujo a lo que hoy se llama “planificación familiar natural” no se encuentra en el Discurso a las parteras sobre la naturaleza de su profesión del 29 de Octubre de 1951 del Papa Pío XII. Se encuentra en la Humánæ Vitæ de Pablo VI, dedicada al eslogan de “paternidad responsable” de Planned Parenthood, las Naciones Unidas y los grupos ecologistas.

La paternidad católica verdaderamente responsable se basa en el amor por la Santa Voluntad de Dios y en la formación de muchos o pocos niños en las verdades de la fe católica, que exige que los padres eviten la mundanalidad y los armen con los medios sobrenaturales y naturales para vivir en una “cultura popular” dedicada a la glorificación de aquello mismo que hizo sufrir a Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo en Su Sagrada Humanidad durante Su Pasión y Muerte y que causó que aquellas Siete Espadas Dolorosas fueran traspasadas a través del Doloroso e Inmaculado Corazón de María, es decir, el pecado. Ésa es una paternidad católica verdaderamente responsable. No la representada por “Pablo el Enfermo” y  la Humánæ Vitæ.
   
Cómo el adversario utilizó la Humánæ Vitæ para promover aún más la anticoncepción con la ayuda de los católicos creyentes
    
Como ha sucedido en el ámbito de la política civil, el diablo utilizó “falsos opositores” para dividir y conquistar a los católicos creyentes como resultado de la emisión de la Humánæ Vitæ hace casi cuarenta y tres años, de varias maneras. Permitidme unas breves palabras de explicación.

Había una serie de revolucionarios ultraprogresistas que estaban dispuestos a oponerse a Humánæ Vitæ incluso antes de su publicación el 25 de julio de 1968. Liderados por el padre Charles Curran, un sacerdote de la Diócesis de Rochester (Nueva York), que entonces estaba bajo la autoridad de su obispo diocesano, un hombre llamado Fulton J. Sheen, y estaba enseñando en la Universidad Católica de América en Washington (Distrito de Columbia), varios católicos “disidentes”, financiados por Planned Parenthood y organizaciones relacionadas, pudieron tomar una decisión importante anuncio en The New York Times para expresar su “leal oposición” a  la reafirmación de Humánæ Vitæ sobre la naturaleza prohibida de los métodos anticonceptivos artificiales. El cardenal Patrick O’Boyle, arzobispo de Washington, intentó despedir a Curran. Fue anulado por los otros cardenales que constituían la junta directiva de la Universidad Católica de América. Montini/Pablo VI no disciplinó a Curran. Tampoco el obispo Sheen, quien podría haber llamado a Curran su hogar en Rochester en ese mismo momento.
    
El ascenso de la “leal oposición” planteada por el padre Charles Curran y sus compañeros firmantes “disidentes” hizo que la aceptación de la Humánæ Vitæ fuera una piedra de toque de lo que se consideraba la “ortodoxia” católica en los círculos católicos “conservadores”. Estos católicos “conservadores” “se unieron en torno al ‘papa’”, abrazando la Humánæ Vitæ sin siquiera considerarla como un documento verdaderamente revolucionario que ayudó a lanzar e institucionalizar una forma “natural” de anticoncepción que se ha convertido en la norma esperada en los círculos conciliares (e incluso en algunos recintos sedevacantistas). El síndrome del “papa pobre y sufriente” que aflige a los católicos “conservadores” y de mentalidad tradicional en las estructuras conciliares hasta el día de hoy comenzó con la publicación de la Humánæ Vitæ y la oposición que engendró por parte de los “ultraprogresistas”.
    
Fue para proteger al “papa” pobre y sufriente que muchos católicos “conservadores”, aunque incómodos con el servicio protestante y masónico del Novus Ordo cuando fue promulgado el 3 de Abril de 1969 e implementado el domingo 30 de Noviembre de 1969, aceptaron la “reforma litúrgica” y se convirtieron en firmes defensores de la misma, ya que de lo contrario sería situarse en el mismo campo que los “ultraprogresistas”. Este fue un punto que me había señalado primero el presbítero conciliar que se había referido a Montini de manera bastante consistente como “Pablo el Enfermo”. Fue un buen punto, correcto, ya que estaba unos diez años por delante de mí en cuanto al daño del  Novus Ordo.

Convertida así en piedra de toque de la “ortodoxia doctrinal” y de la “lealtad al papa”, la Humánæ Vitæ lanzó la industria artesanal de la “planificación familiar natural” (existe algo llamado “Instituto Papa Pablo VI para el estudio de la reproducción humana” en Omaha, Nebraska) que fue defendida por católicos creyentes como el padre Paul Marx OSB, que había desacreditado el mito de la superpoblación y que era odiado por sus superiores benedictinos por su crítica a la negativa de los “obispos” conciliares a oponerse a la anticoncepción “artificial”, y el Padre John A. Hardon SJ, quien fue igualmente odiado por sus propios superiores en la Compañía de Jesús por su defensa de la Fe lo mejor que pudo en circunstancias difíciles (no me sorprendería que monseñor George Kelly también se convirtiera en un entusiasta de la “planificación familiar natural” por lealtad al “Papa”). Y luego estaba la sincretista Madre Teresa de Calcuta, que ayudó a defender la causa del “Papa” a este respecto. Desafortunadamente, la causa fue la de un falso “papa”, un verdadero revolucionario que fue más allá de todo lo que alguna vez se pretendió en Casti Connúbii del Papa Pío XI  y en la Alocución del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión.

Montini/Pablo VI ayudó a allanar el camino como un perverso “Juan el Bautista” para las interminables tonterías “personalistas” de Karol Wojtyła/Juan Pablo II que hacían discutir temas que nunca saldrían de los labios de los católicos en ninguna época anterior a esta parte muy informal de la industria artesanal relacionada llamada “la teología del cuerpo”. Esta industria artesanal ha enriquecido a personas como Christopher West y otros que están obsesionados con lo físico y, por lo tanto, con la inmodestia y la indecencia en el discurso, ya que lo que se opone a la enseñanza católica se presenta como parte del Sagrado Depósito de la Fe en “lealtad” al “beato” Juan Pablo II. (Para un breve esbozo del camino desde Dietrich von Hildebrand, quien, irónicamente, se oponía al  servicio del Novus Ordo y se lo dijo a Pablo VI en su cara, hasta Christopher West, véase La fenomenología de Dietrich von Hildebrand y su nueva enseñanza sobre el matrimonio, de la señora Randy Engel).

El Papa Pío XII condenó la visión personalista del matrimonio que dio origen a la Humánæ Vitæ y la planificación familiar natural

El discurso del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión, que algunos en los círculos sedevacantistas están tratando como un mandato positivo para enseñar y practicar la “planificación familiar natural”, contenía un rechazo total de la visión “personalista” del matrimonio defendida por Dietrich von Hildebrand, Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini/Pablo VI, Albino Luciani/Juan Pablo I, Karol Wojtyła/Juan Pablo II y Joseph Ratzinger/Benedicto XVI:
«Los “valores de la persona” y la necesidad de respetarlos es un tema que desde hace dos decenios ocupa cada vez más a los escritores. En muchas de sus lucubraciones, hasta el acto específicamente sexual tiene su puesto asignado para hacerlo servir a la persona de los cónyuges. El sentido propio y más profundo del ejercicio del derecho conyugal debería consistir en que la unión de los cuerpos es la expresión y la actuación de la unión personal y afectiva.
    
Artículos, capítulos, libros enteros, conferencias, especialmente sobre la “técnica del amor”, están dedicados a difundir estas ideas, a ilustrarlas con advertencias a los recién casados como guía del matrimonio para que no dejen pasar por tontería o por mal entendido pudor o por infundado escrúpulo lo que Dios, que ha creado también las inclinaciones naturales, les ofrece. Si de este completo don recíproco de los cónyuges surge una vida nueva, ésta es un resultado que queda fuera, o cuando más como en la periferia de los “valores de la persona”; resultado que no se niega, pero que no se quiere que esté en el centro de las relaciones conyugales.
     
Según estas teorías, vuestra consagración para el bien de la vida todavía oculta en el seno materno, o para favorecer su nacimiento feliz, no tendría sino una influencia menor y pasaría a segunda línea.
    
Ahora bien, si esta apreciación relativa no hiciese sino poner el acento sobre el valor de la persona de los esposos más que sobre el de la prole, se podría en rigor dejar de examinar tal problema; pero se trata, en cambio, de una grave inversión del orden de los valores y de los fines puestos por el mismo Creador. Nos encontramos frente a la propagación de un complejo de ideas y de afectos, directamente opuesto a la claridad, a la profundidad y a la seriedad del pensamiento cristiano. Y he aquí que de nuevo tiene que intervenir vuestro apostolado. Podrá, en efecto, ocurriros que seáis las confidentes de la madre y esposa y os interroguen sobre los más secretos deseos y sobre las intimidades de la vida conyugal. ¿Pero cómo podréis entonces, conscientes de vuestra misión, hacer valer la verdad y el recto orden en las apreciaciones y en la acción de los cónyuges si no tuvieseis vosotras mismas un exacto conocimiento y estuvieseis dotadas de la firmeza de carácter necesario para sostener lo que sabéis que es verdadero y justo?
   
El fin primario del matrimonio
La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida. Los otros fines, aunque también los haga la Naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados. Esto vale para todo matrimonio, aunque sea infecundo; como de todo ojo se puede decir que está destinado y formado para ver, aunque en casos anormales, por especiales condiciones internas y externas, no llegue nunca a estar en situación de conducir a la percepción visual.
    
Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de Marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1). Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (Sagrada Congregación del Santo Oficio, 1 de Abril de 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103).
    
¿Se quiere acaso con esto negar o disminuir cuanto hay de bueno y de justo en los valores personales resultantes del matrimonio y de su práctica? No, ciertamente, porque a la procreación de la nueva vida ha destinado el Creador en el matrimonio seres humanos, hechos de carne y de sangre, dotados de espíritu y de corazón, y éstos están llamados en cuanto hombres, y no como animales irracionales, a ser los autores de su descendencia. A este fin, el Señor quiere la unión de los esposos. Efectivamente, de Dios dice la Sagrada Escritura que creó al hombre a su imagen y le creó varón y hembra (Gn 1,27), y ha querido —como repetidamente afirma en los libros sagrados— que “el hombre abandone a su padre y a su madre y se una a su mujer y formen una carne sola” (Gn 2, 24; Mt 19,5; Ef 5, 31).
    
Todo esto es, pues verdadero y querido por Dios, pero no debe separarse de la función primaria del matrimonio; esto es del servicio a una vida nueva. No sólo actividad común de la vida externa, sino también todo el enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto por la voluntad de la naturaleza y del Creador al servicio de la descendencia. Por su naturaleza, la vida conyugal perfecta significa también la entrega total de los padres en beneficio de los hijos, y el amor conyugal, con su fuerza y con su ternura, es el mismo un postulado del más sincero cuidado de la prole y la garantía de su actuación (cf. Suma teológica, 3 p., cuestión 29, art. 2., corpus; Suplemento, cuestión 49, art. 2, respuesta a la objeción 1).
     
Reducir la cohabitación de los cónyuges y el acto conyugal a una pura función orgánica para la transmisión de los gametos, sería sólo convertir el hogar doméstico, santuario de la familia, en un simple laboratorio biológico. Por eso, en nuestra Alocución del 29 de septiembre de 1949 al Congreso Internacional de los Médicos Católicos, excluimos formalmente del matrimonio la fecundación artificial. El acto conyugal, en su estructura natural, es una acción personal, una cooperación simultánea e inmediata de los cónyuges que, por la naturaleza misma de los agentes y la propiedad del acto, es la expresión del don recíproco que, según la palabra de la Escritura, efectúa la unión “en una carne sola”.
    
Esto es mucho más que la unión de dos gametos, que puede efectuarse también artificialmente, es decir, sin la acción natural de los cónyuges. El acto conyugal, ordenado y querido por la Naturaleza, es una cooperación personal a la que los esposos, al contraer matrimonio, se otorgan mutuamente el derecho.
     
Por eso, cuando esta prestación en su forma natural y desde el comienzo es permanentemente imposible, el objeto de contrato matrimonial se encuentra afectado por un vicio esencial. Es lo que entonces dijimos: “No se olvide: sólo la procreación de una nueva vida según la voluntad y el designio del Creador lleva consigo, en un grado estupendo de perfección, la realización de los fines intentados. Esta es, al mismo tiempo, conforme a la naturaleza corporal y espiritual y a la dignidad de los esposos, y al desarrollo normal y feliz del niño” (AAS, vol. 41, 1949, página 560).
    
Decid, pues, a la novia o la recién casada que viniere a hablaros de los valores personales, que tanto en la esfera del cuerpo o de los sentidos, como en la espiritual, son realmente genuinos, pero que el Creador los ha puesto en la escala de los valores, no en el primero, sino en el segundo grado» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
Esta es una condena contundente de los fundamentos filosóficos y teológicos de la enseñanza y práctica indiscriminada e institucionalizada de la “planificación familiar natural” en las vidas de las parejas casadas católicas. También es otra condena papal a la visión del matrimonio del conciliarismo.
    
No se puede dejar de enfatizar la importancia de la condena por parte del Papa Pío XII de la ideología muy personalista que está en la raíz de lo que hoy se llama “planificación familiar natural”, apenas poco más de siete años y medio después de que el Santo Oficio condenara la obra, idéntica a la de Dietrich von Hildebrand, del padre Herbert Doms, que había invertido el fin del matrimonio. La condena de la obra del Padre Doms fue aludida en un pasaje del discurso del 29 de octubre de 1951, recién citado anteriormente. Aquí está una vez más para enfatizar:
«Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de Marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1). Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (Sagrada Congregación del Santo Oficio, 1 de Abril de 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103)» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
Los católicos que buscan comentar sobre los fundamentos de la ideología de la “planificación familiar natural” deben comprender la conexión entre el trabajo de personas como Dietrich von Hildebrand y el padre Hebert Doms y otros que sirvieron como base revolucionaria para la Humánæ Vitæ y, por tanto, de “planificación familiar natural” y la “teología del cuerpo”. También es muy importante que uno se familiarice y se familiarice con la condena del Papa Pío XII de estas presuposiciones falsas que son el corazón mismo de la “PFN” tal como se enseña y practica sobre una base institucionalizada, especialmente en lugares como el “Instituto Pablo VI para el estudio de la reproducción humana”.
    
El fundamento del verdadero amor conyugal: el amor de Dios por encima de todo
    
Más alto que cualquier amor humano es el amor que cada uno de nosotros debe tener por el Dios que nos creó, el Dios que nos redimió, el Dios que nos santifica. El amor a Dios y a su Santa Fe viene antes que el amor que ofrecemos a cualquier simple criatura, incluidos nuestros cónyuges y nuestros hijos. El amor mutuo de un esposo y una esposa no es auténtico y, por lo tanto, es perjudicial para su salvación eterna si cualquiera de ellos ama al cónyuge (o, peor aún, a sí mismo y a su propio deseo desordenado de ser el centro del universo del otro) más que el verdadero Dios de la Divina Revelación como Él nos ha revelado exclusivamente a Su verdadera Iglesia. No se puede decir que ningún cónyuge sea un buen esposo o una buena esposa si se queja de que aquel con quien está casado en Cristo Rey ama a Dios más que a sí mismo. Así es el narcisismo. Es egoísmo. Estamos llamados a amar a Dios sobre todas las criaturas y así amar a todas las criaturas por amor a Él, es decir, que deseamos su bien, cuya máxima expresión es la salvación de sus almas inmortales como miembros de la Iglesia Católica, fuera de la cual no hay salvación y sin la cual no puede haber verdadero orden social.
   
Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo nos ha enseñado cuán sincero debe ser nuestro amor por Él:
  • «[36] Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa. [37] Quien ama al padre o a la madre más que a Mí, no merece ser Mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a Mí, tampoco merece ser Mío. [38] Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. [39] Quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; quien perdiere su vida por amor Mío, la volverá a hallar. [40] Quien a vosotros recibe, a Mí me recibe; y quien a Mí me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado a Mí» (San Mateo 10, 36-40).
  • «[26] Si alguno de los que me siguen, no aborrece, o no ama menos que a Mí, a su padre y madre, y a la mujer, y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. [27] Y el que no carga con su cruz, y no me sigue, tampoco puede ser mí discípulo» (San Lucas 14, 26-27).
El comentario del obispo Richard Challoner sobre la Biblia de Douay-Rheims explica el significado de Lucas 14:26:
«[26] “No odiéis”… La ley de Cristo no nos permite odiar ni siquiera a nuestros enemigos, mucho menos a nuestros padres: pero el significado del texto es, que debemos estar en esa disposición de alma, como para ser dispuestos a renunciar y separarnos de todo, por cercano o querido que sea para nosotros, que nos impida seguir a Cristo».
Los maridos y las esposas deben amarse tanto por amor a la Santísima Trinidad que estén dispuestos a renunciar incluso a los privilegios del estado matrimonial si existen circunstancias que les obliguen a considerar hacerlo. Muchos santos lo han hecho, entre ellos San Enrique Emperador y su esposa, Santa Cunegunda, por motivos puramente sobrenaturales. Con Dios nada es imposible. Nada.
   
Teniendo esto en cuenta, debemos considerar estas palabras del Papa Pío XI cuando se habla del acuerdo mutuo entre marido y mujer de abstenerse de los privilegios del estado matrimonial en circunstancias excepcionales:
«Viniendo ahora a tratar, Venerables Hermanos, de cada uno de los aspectos que se oponen a los bienes del matrimonio, hemos de hablar, en primer lugar, de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, y ello, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal. Criminal licencia ésta, que algunos se arrogan tan sólo porque, aborreciendo la prole, no pretenden sino satisfacer su voluptuosidad, pero sin ninguna carga; otros, en cambio, alegan como excusa propia el que no pueden, en modo alguno, admitir más hijos a causa de sus propias necesidades, de las de la madre o de las económicas de la familia.
     
Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta. […]
   
También nos llenan de amarga pena los gemidos de aquellos esposos que, oprimidos por dura pobreza, encuentran gravísima dificultad para procurar el alimento de sus hijos.
   
Pero se ha de evitar en absoluto que las deplorables condiciones de orden económico den ocasión a un error mucho más funesto todavía. Ninguna dificultad puede presentarse que valga para derogar la obligación impuesta por los mandamientos de Dios, los cuales prohíben todas las acciones que son malas por su íntima naturaleza; cualesquiera que sean las circunstancias, pueden siempre los esposos, robustecidos por la gracia divina, desempeñar sus deberes con fidelidad y conservar la castidad limpia de mancha tan vergonzosa, pues está firme la verdad de la doctrina cristiana, expresada por el magisterio del Concilio Tridentino: “Nadie debe emplear aquella frase temeraria y por los Padres anatematizada de que los preceptos de Dios son imposibles de cumplir al hombre redimido. Dios no manda imposibles, sino que con sus preceptos te amonesta a que hagas cuanto puedas y pidas lo que no puedas, y Él te dará su ayuda para que puedas” [Concilio de Trento, sesión 6, cap. XI]. La misma doctrina ha sido solemnemente reiterada y confirmada por la Iglesia al condenar la herejía jansenista, que contra la bondad de Dios osó blasfemar de esta manera: “Hay algunos preceptos de Dios que los hombres justos, aun queriendo y poniendo empeño, no los pueden cumplir, atendidas las fuerzas de que actualmente disponen: fáltales asimismo la gracia con cuyo medio lo puedan hacer” [Constitución apostólica “Cum occasióne”, 31 de Mayo de 1653, proposición 1]» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Hay cierto mérito en profundizar en estos puntos, aunque sea por un breve momento o dos.
    
Aunque algunos de “Los Nueve” que fueron expulsados ​​de la Fraternidad San Pío X en 1983 han demostrado una desafortunada tendencia a “golpear las ovejas” cuando se atreven a presentarles sus legítimas preocupaciones pastorales y a obligarlas a aceptar posturas y prácticas pastorales que no han sido enunciadas por la Santa Madre Iglesia, tenían razón en muchas cosas, incluida su declaración firme e inequívoca contra la alegre aceptación por parte del Arzobispo Lefebvre de los decretos de nulidad emitidos por los “tribunales matrimoniales” conciliares. “Los Nueve” se alzaron en defensa de la integridad del Sacramento del Santo Matrimonio, exhibiendo el coraje de San Juan Bautista al hacerlo.
    
Esto significa, por supuesto, que “Los Nueve” —y aquellos a quienes han formado— sostienen la correcta opinión de quienes, a veces bajo la dirección de las propias autoridades conciliares y no pocas veces con “casos” reales y legítimos (como ratum et non consummátum, algo reservado a un propio papa para decidir), recibieron un decreto de “nulidad” de las autoridades conciliares debían vivir en matrimonios josefitas hasta la muerte de aquel con quien habían desposado en la iglesia conciliar.

Esto no es duro.

Esto no es “difícil”.

Esto no es imposible.
    
Quienes aman a Dios por encima de todo reconocen que Él envía todas las gracias a través de las manos amorosas de Nuestra Señora, quien es la Mediadora de Todas las Gracias, la necesaria para llevar cualquier cruz que se nos pida que carguemos en cada momento de nuestras vidas. Y esto no es diferente de lo que las parejas casadas que se encuentran en casos realmente extraordinarios de amenazas físicas muy raras a la vida de una mujer o de graves dificultades económicas pueden ciertamente considerarse llamados a hacer: llevar la cruz con amor y gratitud mientras abandonan de común acuerdo, sin que sea ocasión de pecado para ninguno de los cónyuges, por el tiempo que sea necesario y mediante mutuo consentimiento y consulta con un director espiritual, dentro o fuera del confesionario, lo que es propio del estado matrimonial.
    
El Papa Pío XI lo había señalado en Casti Connúbii. Lo mismo hizo el Papa Pío XII en su Discurso a las obstétricas sobre la naturaleza de su profesión el 29 de Octubre de 1951:
«Ahora bien, acaso insistáis, observando que en el ejercicio de vuestra profesión os encontráis a veces ante casos muy delicados en que no es posible exigir que se corra el riesgo de la maternidad, lo cual tiene que ser absolutamente evitado, y en los que, por otra parte, la observancia de los períodos agenésicos o no da suficiente seguridad o debe ser descartada por otros motivos. Y entonces preguntáis cómo se puede todavía hablar de un apostolado al servicio de la maternidad. Si, según vuestro seguro y experimentado juicio, las condiciones requieren absolutamente un “no”; es decir, la exclusión de la maternidad, sería un error y una injusticia imponer o aconsejar un “sí”. Se trata aquí verdaderamente de hechos concretos y, por lo tanto, de una cuestión no teológica, sino médica; ésa es, por lo tanto, competencia vuestra. Pero en tales casos los cónyuges no piden de vosotras una respuesta médica necesariamente negativa, sin la aprobación de una “técnica” de la actividad conyugal, asegurada contra el riesgo de la maternidad. Y he aquí que con esto sois llamadas de nuevo a ejercitar vuestro apostolado en cuanto que no tenéis que dejar ninguna duda sobre que, hasta en estos casos extremos, toda maniobra preventiva y todo atentado directo a la vida y al desarrollo del germen está prohibido y excluido en conciencia y que sólo un camino permanece abierto: es decir, el de la abstinencia de toda actuación completa de la facultad natural. Aquí vuestro apostolado os obliga a tener un juicio claro y seguro y una tranquila firmeza.
   
Pero se objetará que tal abstinencia es imposible, que tal heroísmo es impracticable. Esta objeción la oiréis vosotras, la leeréis con frecuencia hasta por parte de quienes, por deber y por competencia, deberían estar en situación de juzgar de modo muy distinto. Y como prueba se aduce el siguiente argumento: “Nadie está obligado a lo imposible, y ningún legislador razonable se presume que quiera obligar con su ley también a lo imposible. Pero para los cónyuges la abstinencia durante un largo periodo es imposible. Luego no están obligados a la abstinencia. La ley divina no puede tener este sentido”.
    
De este modo, de premisas parciales verdaderas se deduce una consecuencia falsa. Para convencerse de ello basta invertir los términos del argumento: “Dios no obliga a lo imposible. Pero Dios obliga a los cónyuges a la abstinencia si su unión no puede ser llevada a cabo según las normas de la Naturaleza. Luego en estos casos la abstinencia es posible”. Como confirmación de tal argumento, tenemos la doctrina del Concilio de Trento, que en el capítulo sobre la observancia necesaria y posible de los mandamientos, enseña, refiriéndose a un pasaje de San Agustín: “Dios no manda cosas imposibles, pero cuando manda advierte que hagas lo que puedes y que pidas lo que no puedes, y Él ayuda para que puedas” (Concilio de Trento, sesión 6, cap. II; en Denzinger, n.º 804; San Agustín, De la naturaleza y de la gracia, cap. 43, n.º 50; en Migne, Patrología Latína 44, col. 271).
     
Por eso no os dejéis confundir en la práctica de vuestra profesión y en vuestro apostolado por tanto hablar de imposibilidad, ni en lo que toca a vuestro juicio interno, ni en lo que se refiere a vuestra conducta externa. No os prestéis jamás a nada que sea contrario a la ley de Dios y a vuestra conciencia cristiana! Es hacer una injuria a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo estimarles incapaces de un continuado heroísmo. Hoy, por muchísimos motivos —acaso bajo la presión de la dura necesidad y a veces hasta al servicio de la injusticia—, se ejercita el heroísmo en un grado y con una extensión que en los tiempos pasados se habría creído imposible. ¿Por qué, pues, este heroísmo, si verdaderamente lo exigen las circunstancias, tendría que detenerse en los confines señalados por las pasiones y por las inclinaciones de la Naturaleza? Es claro, el que no quiere dominarse a sí mismo, tampoco lo podrá; y quien crea dominarse contando solamente con sus propias fuerzas, sin buscar sinceramente y con perseverancia la ayuda divina, se engañará miserablemente.
    
He aquí lo que concierne a vuestro apostolado para ganar a los cónyuges al servicio de la maternidad, no en el sentido de una ciega esclavitud bajo los impulsos de la Naturaleza, sino de un ejercicio de los derechos y de los deberes conyugales regulados por los principios de la razón y de la fe» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
   
Bergoglio y Fernández: hombres que ensalzan y habilitan a los impuros

Sin embargo, en lo que respecta a Jorge Mario Bergoglio y Víctor Manuel Fernández, Dios sí ordena lo imposible, ya que no creen que las gracias inefables para nosotros de Su Divino Hijo Coigual y Coeterno, Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo. , durante Su Pasión y Muerte en el madero de la Santa Cruz el Viernes Santo y que fluyen hacia nuestros corazones y almas a través del Corazón Doloroso e Inmaculado de María son suficientes para guardar perfectamente cualquiera de los Diez Mandamientos, y, en particular, creen que la castidad es imposible de mantener y que, por el contrario, es virtuoso expresar “amor” de cualquier manera, dentro o fuera del Santo Matrimonio, natural o antinatural, como quiera que el “amor” es de Dios.
    
Aunque no descenderé a las escabrosas y blasfemamente heréticas afirmaciones formuladas por Víctor Manuel Fernández contenidas en un libro que publicó en 1998 y que ha salido a la luz por cortesía de LifeSite News (no proporcionaré un enlace al artículo porque es repugnante más allá de toda imaginación, pero, debo agregar, los horribles argumentos de Fernández, que no son otra cosa que la racionalización y glorificación de los pecados de impureza, guardan un gran parecido con los escritos del deshonrado, venal y financieramente corrupto padre Marcel Maciel Degollado, el fundador de los Legionarios de Cristo que leí a instancias de Alphonse J. Matt, Jr, el editor de The Wanderer, quien murió en 2019, después de que alguien asociado con los Legionarios le entregara una copia), basta decir que los recientes esfuerzos del Apóstata argentino y su protegido, Víctor Manuel Fernández, para ordenar la “bendición” de las “parejas” homosexuales no se basan en ningún tipo de respeto por la doctrina de la Iglesia Católica sobre el Santo Matrimonio, sino en una aceptación completa y acogedora del pecado de Sodoma y sus vicios afines como expresiones de “amor” que, pese a todas sus protestas gratuitas en sentido contrario, sólo pueden ser suprimidas y condenadas en detrimento de la “felicidad” de quienes están en el camino llano y recto que conduce directamente a los portales del infierno.

Es un camino recto desde la aceptación de la anticoncepción hace un siglo hasta el aumento del divorcio, las familias rotas, la feminización de la pobreza, generaciones de niños que nunca han conocido el amor estable y abnegado de un padre y una madre y, por tanto, que han estado perdidos, confundidos y enojados a lo largo de sus vidas, el asesinato quirúrgico de los inocentes no nacidos y, en última instancia, la aceptación del autoabuso, la fornicación, la sodomía en todas sus formas malignas, así como la mutilación química y quirúrgica de los cuerpos en un esfuerzo por lograr el objetivo biológica y ontológicamente imposible de cambiar el género con el que nacieron, y Jorge Mario Bergoglio, quien una vez elogió a una verdadera asesina de bebés, Emma Bonino, miembro del Grupo Bilderberg y asociada de George Soros, conocida como la “Margaret Sanger de Italia”, y Víctor Manuel Fernández han brindado su apoyo y comprensión a estos males de una forma u otra.

Fidúcia Súpplicans es resultado directo del derrocamiento por parte de la secta conciliar de los fines propios del Santo Matrimonio y su aval de lo que se ha dado en llamar “planificación familiar natural”, por lo que es bueno repasar una vez más las palabras de aquel editorial del Washington Post de hace noventa y un años:
«El Consejo Federal de Iglesias de América nombró hace algún tiempo un comité sobre “el matrimonio y el hogar”, que ahora ha presentado un informe a favor de un uso “cuidadoso y restrictivo” de los dispositivos anticonceptivos para regular el tamaño de las familias. El comité parece tener una seria lucha consigo mismo para adherirse a la doctrina cristiana y, al mismo tiempo, permitirse excursiones de aficionados en el campo de la economía, la legislación, la medicina y la sociología. El informe resultante es una mezcla de oscurantismo religioso y materialismo modernista que se aparta de los antiguos estándares de la religión y, sin embargo, no logra abrir un camino hacia algo mejor.
    
El daño que resultaría de un intento de poner el sello de la aprobación de la Iglesia en cualquier plan para “regular el tamaño de las familias” está evidentemente más allá de la comprensión de este comité pseudocientífico. Es imposible conciliar la doctrina de la institución divina del matrimonio con cualquier plan modernista para la regulación mecánica del nacimiento humano. La iglesia debe rechazar las sencillas enseñanzas de la Biblia o rechazar los planes para la producción “científica” de almas humanas. Llevado a su conclusión lógica, el informe del comité, si se lleva a cabo, conduciría a la muerte del matrimonio como institución sagrada, al establecer prácticas degradantes que alentarían la inmoralidad indiscriminada. La sugerencia de que el uso de anticonceptivos legalizados sería “cuidadoso y restringido” es absurda. Si las iglesias han de convertirse en organizaciones de propaganda política y “científica”, deberían ser honestas y rechazar la Biblia, burlarse de Cristo como un maestro obsoleto y acientífico, y atacar con valentía como campeones de la política y la ciencia como sustitutos de la añeja religión» (“Olvidando la religión”, Editorial, The Washington Post, 22 de Marzo de 1931).
La predicción hecha hace noventa años en The Washington Post se está cumpliendo nuevamente con las “innovaciones” teológicas de personas como Jorge Mario Bergoglio y Víctor Manuel Fernández, quienes demostraron su lealtad al adversario al condenar a quienes se mantienen firmes en nombre de la enseñanza católica. y al dar todas las señales a las fuerzas del infierno de que están de su lado, que están cumpliendo sus órdenes, es decir, los activistas homosexuales reconocen a Fiducia Supplicans por lo que es y debe ser: un respaldo del Vaticano y un sello de aprobación a sus perversidades:
«(LifeSiteNews) — Grupos e individuos “católicos” LGBT están elogiando Fidúcia Súpplicans como un respaldo no tan tácito a las relaciones homosexuales, si no un paso hacia los “matrimonios” homosexuales sacramentales, por parte de la Santa Sede, mientras reprenden a los prelados y sacerdotes que reconocen la declaración como un ataque directo a la verdad, socavando la autoridad de las Escrituras y el magisterio de la Iglesia.
     
“Esta declaración del Vaticano es una reversión dramática de un documento emitido hace aproximadamente dos años y medio que declaraba que no se podían ofrecer bendiciones a las parejas del mismo sexo”, dijo Marianne Duddy-Burke, directora ejecutiva de DignityUSA, una organización para católicos que se identifican como LGBTQ.
    
Un comunicado de prensa reciente de la organización señaló que “DignityUSA ha bendecido las relaciones entre personas del mismo sexo desde la década de 1970 y ha pedido igualdad de acceso al matrimonio para las personas LGBTQIA+ durante más de 25 años”.
    
“Este es un reconocimiento importante de que la negación de bendiciones causó un gran daño pastoral a muchos y demuestra la voluntad de repensar la teología discriminatoria y deshumanizante”, dijo Duddy-Burke. “También se siente como una reivindicación del trabajo que tantos católicos LGBTQIA+ y aliados han estado haciendo durante décadas para transmitir nuestra profunda convicción de que nuestra sexualidad e identidades de género son bendiciones de Dios y totalmente consistentes con ser católicos fieles”.
    
Al decir lo que los partidarios del Papa Francisco se niegan a reconocer, Duddy-Burke dijo que Fidúcia Súpplicans es un paso hacia la plena igualdad y la afirmación de las relaciones entre personas del mismo sexo.
   
“De esta declaración se desprende claramente que el reconocimiento sacramental de las relaciones entre personas del mismo sexo aún no está sobre la mesa”, dijo. “Sin embargo, el Papa ha expresado su apoyo a las uniones civiles y a la protección legal de las parejas del mismo sexo y de nuestras familias. Quizás aún más importante es el hecho de que mayorías significativas de católicos en muchos países ya creen que las relaciones de parejas del mismo sexo son santas, benditas y equivalentes al matrimonio. Puede que lleve tiempo, pero esperamos que la iglesia oficial también logre este reconocimiento”.
   
“Alentamos a los párrocos de todo el país y de todo el mundo a aprovechar este nuevo permiso para otorgar bendiciones a las parejas del mismo sexo que soliciten este signo de afirmación”, añadió.
   
Escribiendo para Outreach, un recurso en línea dirigido por jesuitas para católicos LGBTQ, el p. James Martin escribió que Fidúcia Súpplicans es un “gran paso adelante para los católicos LGBTQ”, en parte porque “continúa el acercamiento continuo del Papa Francisco a las personas LGBTQ”.
   
Martín explicó:
“[D]urante el mes de Octubre, el Papa Francisco se reunió con representantes LGBTQ tres veces. Unos días antes del inicio del Sínodo, se reunió conmigo en una audiencia privada en la Casa Santa Marta; a mitad del Sínodo, se reunió con Jeannine Gramick SL, junto con su equipo del Ministerio New Ways; y finalmente, durante una audiencia general a finales de mes, se reunió con Marianne Duddy-Burke y otros representantes de la Red Global de Católicos Arcoíris (GNRC), un grupo que agrupa a los grupos católicos LGBTQ en todo el mundo”.
“Hablando de paraguas, el día de esa reunión final con la GNRC, apareció un inmenso arco iris sobre la Basílica de San Pedro”, añadió Martin.
   
“[Fidúcia Súpplicans] se refiere a las bendiciones de las parejas. No dice individuos separados”, dijo Paul Riofski, un homosexual de 66 años, según un informe del Bay Area Reporter.
    
Riofski, quien durante décadas ha sido miembro del grupo LGBTQ “Dignity” de San Francisco, una organización para católicos que se identifican como LGBTQ, estaba comentando una directiva sobre Fidúcia Súpplicans dada por el Arzobispo de San Francisco Salvatore Cordileone a los sacerdotes de su diócesis sobre la bendición de parejas homosexuales.
    
El memorando privado de Cordileone decía que “cualquier sacerdote tiene derecho a negar tales bendiciones si, a su juicio, hacerlo sería fuente de escándalo de alguna manera”.
     
“Creemos que nuestras relaciones y nuestro amor están bendecidos por Dios y están en consonancia con el amor de Dios”, continuó Riofski. “Lo mejor que él [Cordileone] dijo públicamente fue decirle a la gente que leyera el documento completo. Y si lees los documentos de la iglesia, lo lees en su totalidad y observas lo que se promueve y pide”.
    
“Está muy claro que el propósito de este documento es abrir las cosas y ser más inclusivo y señalar una manera de alentar a las personas en sus vidas a crecer en el amor y la adhesión al evangelio”, dijo Riofski. “A veces tenemos diferentes interpretaciones de lo que exige el evangelio”.
    
“Las instrucciones del Vaticano para bendecir a parejas del mismo sexo ofrecieron un conjunto claro de parámetros sobre cómo, cuándo y qué se supone que deben hacer los sacerdotes cuando la gente solicita tales bendiciones”, dijo Francis DeBernardo, director ejecutivo del Ministerio New Ways, un grupo que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) declaró en 2010 “no tiene aprobación ni reconocimiento por parte de la Iglesia Católica para hablar sobre la cuestión LGBT.
    
“Las instrucciones fueron muy claras y detalladas, por lo que parece que los comentarios adicionales del arzobispo Cordileone, incluida una advertencia sobre el escándalo, fueron innecesarios”, dijo DeBernardo. “La advertencia del arzobispo puede hacer que los sacerdotes se muestren reacios a dar tales bendiciones cuando se las pidan y también puede hacer que algunas parejas sean cautelosas a la hora de pedirlas”.
    
El memorando del arzobispo Cordileone proporcionó “una excusa fácil para negarse a proporcionar catequesis”, dijo Stan Jr. Zerkowski, director ejecutivo de otro grupo “católico” de afinidad LGBTQ, Fortunate Families.
    
“La resistencia a invocar una bendición sobre una pareja del mismo sexo y achacarla al ‘escándalo’ parece ser una excusa fácil para negarse a impartir catequesis, lo que puede ser un desafío en este sentido para algunos, y parece falta de misericordia, bienvenida, así como sensibilidad pastoral”, dijo Zerkowski» (Los grupos ‘católicos’ LGBT celebran Fiducia Supplicans como un respaldo a las relaciones homosexuales ).
Son, por supuesto, personas como Jorge Mario Bergoglio, Víctor Manuel Fernández, James Martin, etc., quienes carecen de misericordia al negarse a exhortar a los pecadores empedernidos a reformar sus vidas. Por otra parte, aquellos que no creen que la sodomía es inherentemente mala y que quienes cometen pecados de Sodoma están en el camino de la perdición eterna, no menos que los que afirman que es imposible guardar los mandamientos y que expresar “amor” de manera contraria a las leyes de Dios y de la naturaleza es loable, no condenable.
    
Mientras continuamos adorando a Cristo Rey durante la octava de la Epifanía
     
Que todo esto es tan contrario a la Luz del Mundo, Cristo Rey, Quien se manifestó a los tres Reyes Gentiles, que es trágico que tan pocas personas quieran reconocer el hecho de que nada de esto puede provenir de Su inmaculada y virginal esposa mística, la Santa Iglesia Católica, ella que jamás podrá dar a sus hijos nada venenoso, erróneo o impuro. Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo vino para redimirnos del pecado y así hacer posible escalar las alturas de la santidad, no sumergirnos en una cloaca de impureza e iniquidad. Ningún verdadero Papa, a pesar de sus propias impurezas e iniquidades, ha tocado jamás la pureza de la Santa Fe, y ningún verdadero Papa lo hará jamás.
    
Como sabemos, por supuesto, todo esto ocurre dentro de la Providencia de Dios para Su mayor honor y gloria y para nuestra propia santificación y salvación, y es para promover esa santificación y salvación que apartamos nuestra atención de los males del mundo de la Modernidad que ha hecho de la fecha de la Epifanía de Nuestro Señor una causa de división política y de los males del mundo del Modernismo a las alegrías de la manifestación de Nuestro Señor de Sí mismo como la Luz de los Gentiles, la Luz del Mundo, el Rey de Reyes.
   
Dom Prosper Gueranger lo recordó en su reflexión del 9 de enero, cuarto día de la octava de la Epifanía:
«Habiendo surgido en Oriente la Estrella predicha por Balaam, los tres Magos, cuyos corazones estaban llenos de la espera del Redentor prometido, se inflaman inmediatamente con el deseo de ir en su busca. El anuncio de la alegre venida del Rey de los judíos se hace a estos santos Reyes de manera misteriosa y silenciosa; y en esto difiere del hecho a los Pastores de Belén, quienes fueron invitados al pesebre de Jesús por la voz de un ángel. Pero el lenguaje mudo de la Estrella les fue explicado por Dios mismo, porque les reveló a Su Hijo; y esto hacía que su Vocación fuera superior en dignidad a la de los Pastores judíos, quienes, según la dispensación de la Ley Antigua, nada podían conocer sino por el ministerio de los Ángeles.

La gracia divina, que hablaba, directa y por sí misma, a las almas de los Magos, encontró una correspondencia fiel y sin vacilaciones. San Lucas dice de los Pastores que vinieron apresuradamente a Belén (San Lucas II, 16); y los Magos muestran su afán sencillo y ferviente con las palabras que dirigieron a Herodes: Hemos visto su estrella en Oriente, dicen, y hemos venido a adorarlo (San Mateo II, 2).

Cuando Abraham recibió el mandato de Dios de salir de la tierra de Caldea, que era la tierra de sus padres y parientes, e ir a un país extraño, obedeció con tal prontitud fiel, que mereció ser hecho Padre de todos. los que creen (Rom. IV, 11): así, igualmente, los Magos, por su fe igualmente dócil y admirable, han sido juzgados dignos de ser llamados Padres de la Iglesia gentil.

Ellos también, o al menos uno o más de ellos, salieron de Caldea, si hemos de creer a San Justino y Tertuliano. Varios de los Padres, entre los cuales se encuentran los dos recién mencionados, afirman que uno, si no dos, de estos santos Reyes era de Arabia. Una tradición popular, admitida desde hace siglos en el arte cristiano, nos dice que uno de los tres era de Etiopía; y ciertamente, con respecto a esta última opinión, tenemos a David y otros profetas diciéndonos que los habitantes de color de las orillas del Nilo serían objeto de la misericordia especial de Dios.

El término Magos implica que se entregaron al estudio de los cuerpos celestes, y también con la especial intención de encontrar esa estrella gloriosa, cuya salida había sido profetizada. Eran del grupo de aquellos gentiles que, como el centurión Cornelio, temían a Dios, no se habían contaminado con el culto a los ídolos y mantenían, a pesar de toda la ignorancia que los rodeaba, las sagradas tradiciones de la religión que practicaban. por Abraham y los Patriarcas.

El Evangelio no dice que fueran Reyes; pero la Iglesia les aplica aquellos versículos del Salmo, donde David habla de los reyes de Arabia y Saba, que en adelante vendrían al Mesías trayendo sus ofrendas de oro. La tradición de que sean Reyes se basa en el testimonio de San Hilario de Poitiers, de San Jerónimo, del Poeta Juvencio, de San León y de varios otros; y sería imposible rebatirlo con argumentos bien fundamentados. Por supuesto, no debemos suponer que fueran monarcas cuyos reinos fueran tan grandes como los del Imperio Romano; pero sabemos que la Escritura aplica con frecuencia este nombre de Rey a los pequeños príncipes, e incluso a los simples gobernadores de provincias. Los Magos, por tanto, serían llamados Reyes, si ejercieran autoridad sobre un número considerable de personas; y de que eran personas de gran importancia, tenemos una prueba contundente en la consideración y atención que les mostró Herodes, en cuyo palacio entran, diciéndole que han venido a rendir homenaje al recién nacido Rey de los judíos. . La ciudad de Jerusalén se ve sumida en un estado de excitación por su llegada, lo que difícilmente habría ocurrido si los tres extranjeros, que vinieron con un propósito que pocos prestaron atención, no hubieran estado acompañados por un numeroso séquito o no hubieran llamado la atención con sus imponentes apariencia.

Estos Reyes, entonces, dóciles a la inspiración divina, dejan de repente su patria, sus riquezas, su tranquilidad, para seguir una Estrella: el poder de aquel Dios que los había llamado, los une en el mismo camino, como estaban. , ya, uno en la fe. La Estrella avanza delante de ellos, señalándoles el camino que debían seguir: los peligros de tal viaje, las fatigas de una peregrinación que podría durar semanas o meses, el miedo a despertar sospechas en el Imperio Romano hacia el que evidentemente se dirigían. cuidar – todo esto no era nada para ellos; les dijeron que se fueran y fueron.

Su primera estancia es en Jerusalén, porque allí se detiene la Estrella. Ellos, los gentiles, vienen a esta Ciudad Santa (que pronto tendrá la maldición de Dios sobre ella) y vienen a anunciar que Jesucristo ha venido. Con toda la valentía sencilla y toda la convicción tranquila de los Apóstoles y Mártires, declaran su firme resolución de acudir a Él y adorarlo. Sus serias investigaciones obligan a Israel, que era el guardián de las profecías divinas, a confesar una de las principales marcas del Mesías: su nacimiento en Belén. El sacerdocio judío cumple, aunque con pecaminosa ignorancia, su sagrado ministerio, y Herodes se sienta inquieto en su trono, planeando un asesinato. Los Reyes Magos abandonan la Ciudad infiel, que ha convertido la presencia de los Reyes Magos en una señal de su propia reprobación. La Estrella reaparece en el cielo y los invita a retomar su viaje. Dentro de unas horas estarán en Belén, a los pies del Rey que buscan.

¡Oh querido Jesús! nosotros también te seguimos; caminamos en Tu luz, porque Tú has dicho, en la Profecía de Tu amado Discípulo: Yo soy la Estrella brillante de la mañana (Apoc. XXII, 16). ¡El meteoro que guía a los Magos no es más que Tu símbolo, oh Estrella divina! Tú eres la estrella de la mañana; porque Tu Nacimiento proclama que la oscuridad del error y el pecado ha llegado a su fin. Tú eres la estrella de la mañana; porque, después de someterte a la muerte y al sepulcro, repentinamente te levantarás de aquella noche de humillación a la luminosa mañana de tu gloriosa Resurrección. Tú eres la estrella de la mañana; porque, por Tu Nacimiento y los Misterios que seguirán, Tú nos anuncias el día sin nubes de la eternidad. ¡Que tu luz brille siempre sobre nosotros! ¡Que nosotros, como los Magos, seamos obedientes a su guía y estemos dispuestos a dejarlo todo para seguirla! Estábamos sentados en la oscuridad cuando nos llamaste a tu gracia, haciendo que tu luz brillara sobre nosotros. ¡Nos gustaba nuestra oscuridad y Tú nos diste amor por la Luz! ¡Querido Jesús!, mantén este amor dentro de nosotros. No dejes que el pecado, que es oscuridad, se nos acerque jamás. Presérvanos del engaño de una conciencia falsa. Apartad de nosotros esa ceguera en que cayeron la ciudad de Jerusalén y su rey, y que les impidió ver la Estrella. ¡Que Tu Estrella nos guíe por la vida y nos lleve a Ti, nuestro Rey, nuestra Paz, nuestro Amor!

¡Te saludamos también, oh María, Estrella del Mar, que brillas sobre las aguas de esta vida, dando calma y protección a tus hijos sacudidos por la tempestad que te invocan! Oraste por los Magos mientras atravesaban el desierto; guía también nuestros pasos, y llévanos a Aquel que es Tu Hijo y Tu Luz eterna. Amén» (Dom Prosper Gueranger OSB, El Año Litúrgico, Cuarto Día de la Octava de la Epifanía).
Siempre debemos acudir a la Virgen, Ella que es nuestra Vida, nuestra Dulzura y nuestra Esperanza, para implorar a través de su Santísimo Rosario la gracia de la perseverancia final en este valle pasajero y mortal de lágrimas, y la restauración de la verdadera papa en el Trono de San Pedro mientras nos esforzamos por las gracias que ella nos envía a permanecer puros frente a quienes ensalzan el vicio en el mundo y dentro de la falsa iglesia del conciliarismo y a adorar a su Divino Hijo con la humildad con la que los reyes de Oriente le adoraban.
    
Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
San José, rogad por nosotros.
Sanos Pedro y Pablo, rogad por nosotros.
San Juan Bautista, rogad por nosotros.
San Juan Evangelista, rogad por nosotros.
San Miguel Arcángel, rogad por nosotros.
San Gabriel Arcángel, rogad por nosotros.
San Rafael Arcángel, rogad por nosotros.
Santos Joaquín y Ana, rogad por nosotros.
Santos Gaspar, Melchor y Baltasar, rogad por nosotros.