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sábado, 7 de junio de 2025

BEATA ANA DE SAN BARTOLOMÉ, CONTINUADORA DE SANTA TERESA Y PROPAGADORA DEL CARMELO DESCALZO EN FRANCIA Y BÉLGICA


La Beata Ana de San Bartolomé (en el siglo Ana García Manzanas) es un satélite que se mueve por completo en la órbita de Santa Teresa de Jesús. Tiene con ella un punto de contacto excepcional: la vida de ambas está dominada por los fenómenos místicos, constituyendo un válido testimonio de la existencia de lo sobrenatural, prueba patente de la presencia de Dios en el mundo de las almas. Ambas nos han descrito su experiencias. Teresa como maestra, con la exactitud y riqueza de sus minuciosas descripciones; Ana con la sencillez de su mente inculta y campesina, pero con una sinceridad y una transparencia que encantan. 
   
La Autobiografía de la Beata está tan llena de hechos extraordinarios, que resulta poco atrayente para los espíritus críticos y desconfiados de nuestro siglo, pero está escrita con un estilo tan directo y con una tal convicción, que no pueden menos de ser aceptados, por lo menos, como experiencia vivida, por quienes se acerquen a ella con un criterio adicto a lo divino.
   
Nació Ana en Almendral, pueblo de la provincia de Toledo, el 1 de octubre de 1549, en una familia cristiana y campesina, de costumbres austeras y acendrada piedad, siendo la sexta entre siete hermanos. Un vulgar episodio de su infancia parece señalar el destino de su vida. Ella misma lo cuenta en su Autobiografía: Cuando todavía era muy niña y apenas podía tenerse en pie la dejaron un día solita sus hermanas para que se entrenara en andar. Pasando por allí su madre, les dijo:
– Mirad que la niña no caiga, que se matará.
 Una de las hermanas replicó:
– Dios la haría merced, si se muriera: que ahora iría al cielo.
 Y la otra repuso:
– Déjala, no se muera, que si vive podrá ser santa.
Mas la primera objetó:
– Esto está en duda, y ahora no tiene peligro, mas en llegando a los siete años pecan los niños.
   
Nos asegura la Beata que este diálogo, sólo vagamente comprendido, causó un impacto terrible en su alma. Cobró horror al pecado, y, levantando los ojos al cielo, le pareció que se le mostraba claramente la majestad divina.
   
Es posible que una elaboración posterior fuese llenando de contenido la primitiva impresión, pero lo cierto es que su vida queda marcada desde sus albores con el signo de lo sobrenatural. Y cuando cumplió siete años la encontraban con frecuencia llorando y, preguntada por el motivo, respondía: «Porque tengo miedo de pecar y condenarme».
   
Cuando contaba apenas diez años perdió a sus padres Hernán García y María Manzanas, y sus hermanos la obligaron a guardar el rebaño que poseía la familia. Ana aprendió con el contacto del campo a relacionarse con Dios, a quien veía presente en la creación. Gustaba de pasar las horas muertas con el pensamiento en el Cielo, absorta en contemplación, y ya desde entonces se entrenó en continuos coloquios con Cristo, que, nos asegura, se le aparecía continuamente en figura de niño que conversaba con ella. Lo sentía junto a sí y le hacía partícipe de sus pensamientos y preocupaciones. La Beata interpreta estas experiencias como si se tratara de una presencia real y corporal de Cristo, mas acaso no pasasen de visiones imaginarias producto de su fantasía infantil excitada por el pensamiento de Cristo, hacia el cual encauzaba toda la capacidad sensitiva de su alma. Lo cierto es que vivía en continua presencia de Dios, nota que fue la característica de su vida toda bajo diversos aspectos conforme al desarrollo de la gracia en su alma y al diverso grado de madurez espiritual. 
   
Al llegar a los veintiún años, sus hermanos quisieron casarla y le buscaron para marido un mozo gallardo y de buena posición. La joven estaba decidida a consagrarse al Señor y, con hábil estratagema, logró burlar las pretensiones familiares, presentándose ante su presunto esposo tan desastradamente ataviada, que no fue aceptada. Durante mucho tiempo continuó la insistencia de sus familiares y fue tanta la guerra que le hicieron, que faltó muy poco para que se rindiera. «Si yo hallara un hombre muy rico, muy agradable, muy santo y que me ayudara al servicio de Dios, que me holgara con tal compañía».
   
Mas Cristo, que en su infancia se le hacía sentir como niño, se le mostró entonces con rasgos juveniles y le susurró al oído: «Yo soy el que tú quieres, y conmigo te has de desposar», y desapareció.
   
Desde entonces todos sus pensamientos y deseos se encaminaron al claustro, y por consejo de su confesor, el párroco del pueblo, se dirigió al convento de San José de Ávila pidiendo ingresar entre las hijas de Santa Teresa. Sus hermanos se opusieron en un principio y su hermano mayor, cuando cierto día le reclamaba el dinero para el viaje, tuvo un acceso tan terrible que poco faltó para que la atravesase con su espada. Mas finalmente, amansado, él mismo la acompañó a Ávila, donde ingresó el 1 de noviembre de 1570.
   
La Beata carecía por completo de instrucción y no sabía leer ni escribir, lo cual suponía un grave inconveniente para su admisión por su incapacidad para el rezo del coro. Mas la santa Madre, que nunca había querido admitir legas en sus conventos, hizo una excepción con ella para no perder una vocación tan privilegiada, y la recibió para “freila”, siendo la primera lega de la descalcez. Hay que notar, sin embargo, que no se tuvo en cuenta para nada la cuestión económica, ya que aportó su dote correspondiente. 
   
En el convento la probó el Señor con duras pruebas espirituales, retirándola el suave sentimiento de su presencia y presentándosele como Cristo doliente que la invitaba a caminar por el sendero de la cruz. En una visión se le mostró afligidísimo y descargó en su corazón la pena que tenía: 
«Se me mostró Nuestro Señor como cuando andaba por el mundo, mas con grandísima hermosura y Majestad, pero por otra parte afligido, dándome a entender la mucha pena que tenía y tocándome en el hombro, me dijo: “¡Hija mía, mira las almas que se me pierden en Francia! ¡Ayúdame!”. Y fuéme mostrando todo el reino y estas tierras de por acá cómo se están abrasando en herejías y grandes pecados. Y de aquel tocarme en el hombro me parece descargó su pena y me la dio a mí tan grande y sentí tan gran dolor que me parece me moría. Los efectos con que quedé de este arrobamiento y visión fue un amor tan abrasado con aquellas almas y las de todos mis prójimos que me parece me iba secando».
   
Dios la probó con graves enfermedades, efecto de su vida de oración, en la que incluso pasaba las horas de la noche, con lo que gastaba su cuerpo no muy robusto. Pero un día la madre Teresa, encontrándose enferma nuestra Beata, le ordenó por obediencia que se convirtiera en enfermera de las demás y, superando su debilidad, se dio tal maña en el oficio, que se convirtió en “Priora de las enfermas”, como donosamente la llamaba Santa Teresa.
   
Fue la Santa la que moldeó su espíritu con sus enseñanzas y con su familiaridad, ya que la convirtió en su confidente, su enfermera, su ayuda de cámara y hasta en su secretaria. Ella misma confiesa que la Santa «estaba ya tan acomodada a mis pobres y groseros servicios, que no se hallaba sin mí».
   
Como la Beata Ana no sabía escribir, se lamentaba Teresa de ello, porque hubiera querido que la ayudase a llevar su copiosa correspondencia. Por dar gusto a la Madre, se empeñó con tal entusiasmo en conseguir aprender a escribir, que lo consiguió con sólo copiar la letra de la Santa y con tal rapidez que se tuvo por todos como verdadero milagro.
   
Cuando en 1579 se autorizó de nuevo a Santa Teresa para que reanudase la visita de sus conventos y su actividad de fundadora, tras el obligado reposo de dos años en Ávila, quiso llevar como compañera a la Beata Ana de San Bartolomé, que la acompañó en sus últimas peregrinaciones, las más duras y trabajosas, a lo largo de todos los caminos de Castilla. A la pluma de la Beata debemos las vívidas descripciones de estos trabajos, que completan las trazadas por Teresa en el Libro de las Fundaciones.
   
Ana la acompañó a las de Malagón, Villanueva de la Jara y Burgos, y se hizo su presencia tan necesaria a la Santa, que no sabía ponerse en camino sin su compañía.
   
En la última enfermedad de Santa Teresa, la Beata no se apartó de su lado, olvidándose de comer y de dormir, y tal era el consuelo que le daba el verse por ella atendida que, cuando se alejaba, reclamaba insistentemente su presencia. Ella la asistió en su agonía y tuvo reclinada entre sus manos durante varias horas la cabeza de la santa Madre hasta que en ellas expiró.
   
Muerta la Santa, se convirtió Ana de San Bartolomé en oráculo para las descalzas, que a ella acudieron en su ilusión de conocer los detalles de la vida y enseñanzas de su Madre, que ella mejor que nadie conocía.
   
Cuando el cardenal Pedro de Bérulle vino a España para llevarse a Francia un grupo de carmelitas, se recordó Ana de la revelación que respecto de Francia le había hecho el Señor en otro tiempo y de los deseos de Santa Teresa, y acogió la idea con entusiasmo, formando parte de la primera expedición.
   
En Francia la obligaron los superiores a tomar el velo negro de corista y la nombraron priora primero de Pontoise y luego de París. La madre Ana tuvo que hacerse al trato de las damas y personajes de la corte, que dieron en la moda de visitar las descalzas y someterse a su dirección. Las primeras vocaciones francesas al Carmelo pertenecían a la nobleza francesa, y fue Ana encargada de su formación, trasvasando en ellas el espíritu teresiano de que el suyo rebosaba. A ella se debe también la fundación del convento de Tours.
   
Una grave dificultad presentaba la permanencia en Francia de las descalzas. El cardenal Bérulle, una de las más grandes figuras de la espiritualidad francesa, quiso moldear a las carmelitas conforme a su propio espíritu, aunque siguiendo la línea de Santa Teresa. Las españolas estaban acostumbradas a la dirección de los padres y no podían hacerse a vivir sin consultar su espíritu con ellos. La Beata Ana aguantó cuanto pudo; mas, no bien comprendió que el Carmelo en Francia podía continuar por sus propios medios, aceptó la invitación de trasladarse a Bélgica, donde podría dirigirse con los descalzos, que estaban ya establecidos allí.
   
Llegó a Bélgica a los sesenta y tres años de su edad y fueron los años que allí vivió hasta su muerte los más fecundos de su vida. Su recuerdo está unido en Bélgica a la fundación de Amberes por ella realizada y que se convirtió pronto en un potente foco de irradiación espiritual. Desde la reja de su locutorio y a través de su correspondencia ejerció poderosa influencia sobre la sociedad belga, colaborando al desarrollo de la espiritualidad y vida de oración entre aquellas gentes que se han distinguido siempre entre las más dispuestas para la vida sobrenatural.
   
Cuando Mauricio de Nassau intentó por tres veces tomar por sorpresa la fortaleza de Amberes, la población atribuyó a las oraciones de la Beata y de sus monjas la liberación, y la infanta y los generales acudieron al locutorio para agradecerle su intervención.
   
Murió la Beata Ana de San Bartolomé el 7 de junio de 1626, precisamente el día de la Santísima Trinidad, cuya presencia sintió de manera especial en su alma durante los últimos años de su vida.
   
Su memoria perdura viva en el Carmelo y en la ciudad de Amberes, que en los días terribles de la guerra mundial volvió a encomendarse a ella, atribuyendo a su mediación protectora el haberse visto libre de la destrucción.

GREGORIO DE JESÚS CRUCIFICADO (en el siglo Jesús Ruilope López de Muniaín) OCD. Año Cristiano, Tomo II. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que hiciste de tu bienaventurada virgen Ana un eximio ejemplo de humildad, concédenos a nosotros tus siervos que, siguiendo sus huellas, merezcamos conseguir los premios prometidos a los humildes. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 15 de mayo de 2025

OSTENSIÓN DE LAS RELIQUIAS DE SANTA TERESA


La basílica de la Anunciación en Alba de Tormes (España) realizó la ostensión para la veneración pública del cadáver de Santa Teresa de Jesús de Ávila, fundadora de la Orden carmelita descalza (reformada).
    
La ostensión se inició el domingo 11 de Mayo luego del servicio Novus Ordo de las 12:30h, y continuará hasta el domingo 25. Es la tercera que se realiza, siendo las dos primeras en los años 1760 (para la inauguración de su sepulcro donado por el rey Fernando VI “El Justo” el 13 de Octubre) y 1914 (en conmemoración del IV centenario de su nacimiento, y en dos ocasiones: una privada del 16 al 23 de Agosto en el camarín alto, y el 28 del mismo mes al público).
  
En Agosto de 2024, el sepulcro fue abierto para una restauración y examen de las reliquias de la santa, hallándose en buena condición.
   

El miércoles 14 de Mayo el servicio fue presidido por el arzobispón de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española Luis Argüello y el hoy nuncio en la Unión Europea Bernardito Aúza y Cleopas. El domingo 18, el servicio contará con la presidencia del cardenal emérito de Valencia Antonio María Rouco Varela y será amenizado por Hakuna; el sábado 24 habrá procesión con las reliquias y el domingo 25 será el servicio de clausura presidido por Miguel de María Márquez Calle, superior general del Carmelo Descalzo.
  
Santa Teresa murió el 4 de Octubre de 1582 (al día siguiente, al adoptarse en España el calendario gregoriano, pasó a 15, cuando fue sepultada aprisa). Nueve meses después, cuando fue exhumado a pedido de las religiosas, su cadáver fue hallado incorrupto, y del cual se extrajeron varias reliquias, como el corazón transverberado, la mano derecha (conservada en el Convento de la Encarnación en Ávila, cuna de la reforma teresiana) o el brazo izquierdo (que había conservado consigo el Generalísimo Franco desde 1937 hasta su muerte).

sábado, 5 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA QUINTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA QUINTO – AMOR DE LOS ÁNGELES
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que los Ángeles, siendo espíritus, están por esto mismo dotados de voluntad, o sea la facultad de querer el bien, la cual tiene una relación tan estrecha con el entendimiento, que a medida que crece el conocimiento del bien, aumenta también en proporción la inclinación o adhesión de la voluntad hasta aquel grado que se llama amor, el cual no es otra cosa que la misma adhesión de la voluntad a un bien determinado, en cuanto que produce la unión del amante con el objeto amado, llenándolo de dulce arrobamiento. Así, pues, mientras más se conoce la bondad de un objeto; más se ama, y como los Ángeles, según vimos ayer, tienen un conocimiento elevadísimo no sólo de la bondad de Dios y de sí mismos, sino también de la de todos los demás seres de la creación, considera cuál será el amor que profesan a Dios, el que se tienen entre sí mismos y a nosotros por Dios. Si el entendimiento tiende a atraer y a unir los objetos de fuera a sí mismo, ya que no en la realidad, al menos en sus semejanzas intelectuales que los representan; la voluntad, por el contrario, o el amor tiende a unirse con el objeto amado, a ser una y misma cosa con él casi olvidándose de sí mismo. Los ángeles aman, pues, a Dios con un amor vehementísimo; aquel cúmulo de perfecciones atrae como un poderoso imán al hierro a sus corazones, que se sumergen en un piélago de éxtasis o arrobamientos tan dulces y deleitosos, que esto mismo constituye toda su felicidad o bienaventuranza.
    
PUNTO 2º. Pero los Ángeles, al amar a Dios con un afecto tan crecido e inefable, no dejan de amar los demás bienes que no sean Dios y especialmente las criaturas racionales: en primer lugar, porque no pierden el conocimiento de su bondad, pues que ésta es el objeto del amor y los seres criados son todos buenos, según la expresión del Sagrado Texto: vio Dios todas las cosas que había criado y eran muy buenas, «Vidit Deus cuncta quæ fécerat, et erant valde bona» y como conocen todos estos bienes, no pueden menos que amarlos; en segundo lugar, porque al hacerse una misma cosa con Dios participan de su misma naturaleza, puesto que Dios es amor, es caridad, «Deus cháritas est». Por consiguiente, cuanto Dios ama, ellos también lo aman necesariamente; y como las criaturas racionales y su perfección moral son el objeto predilecto del amor de Dios, he aquí porque también los Ángeles nos aman sobremanera a nosotros, criaturas racionales. Aún hay más razones que nos demuestran cuán grande, cuán sumo es el amor de los Ángeles para con nosotros los hombres. El bien es de sí mismo difusivo, «bonum est diffusívum sui»; pues bien, Dios para reparar todos los males que el género humano ha contraído por culpa del primer hombre, y para darnos una prueba la más patente de su infinito amor, no vacilo en dar al mundo a su Unigénito Hijo; «Sic Deus diléxit mundum, ut Filium suum unigénitum daret» y tomó nuestra naturaleza, se Hizo Dios y hombre, padeciendo v muriendo por la humanidad entera; desde entonces quedamos todos los hombres hijos de Dios, hermanos suyos, miembros del cuerpo místico de Jesucristo que es Dios. Los espíritus angélicos contemplan asombrados nuestro ser así enaltecido, sublimado elevado y convertido en cierto modo en la misma Divinidad y superior al ser de ellos bajo este aspecto, y entonces prorrumpen en alabanzas a su Criador; nos rinden sus respetos, y sus corazones saltando de amor en sus pechos, no anhelan ni quieren para nosotros más que lo que Dios anhela y quiere, es decir, nuestra salvación y nuestra felicidad y esto no es más que amarnos.
   
JACULATORIA
Ángeles que os consumís de amor en el fuego de la caridad divina, abrasad nuestros corazones.
    
PRÁCTICA
Sed muy devotos de los Serafines a quienes se atribuye un amor más ardiente que a los demás Ángeles, y exclamad frecuentemente con ellos: «Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria y majestad». Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Espíritus dichosos, Ángeles amantes, y en particular vosotros, enamorados Serafines, que os estáis abrasando eternamente en aquel fuego inextinguible de la Divinidad, desprended de ese incendio de amor algunas chispas que, cayendo en nuestros helados corazones, los inflamen de tal modo que se conviertan en llamas vivientes del amor divino, y se hagan un solo corazón aquí en la tierra con el corazón amorosísimo de Jesús Sacramentado. Amén.
   
EJEMPLOS
La gran Doctora, el Serafín humanado, Santa Teresa de Jesús, en su vida escrita por ella misma, refiere lo siguiente: «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un Ángel cerca de mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan Ángeles sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los Ángeles muy subidos que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman Serafines, que los nombres no me lo dicen, más bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos Ángeles a otros, y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacia dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay que desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios» [Vida de Santa Teresa, cap. XXIX, n. 11].
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

jueves, 29 de agosto de 2024

ABREN SEPULCRO DE SANTA TERESA

Elementos tomados de distintas fuentes.
   

Por primera vez desde el 16 de Agosto de 1914, la tumba de Santa Teresa de Jesús de Ávila (1515-1582) fue abierta el 28 de Agosto. La Diócesis de Ávila anunció que el cuerpo permanece “incorrupto”.
   
Un tribunal se conformó para esta ocasión por el obispón de Salamanca y Ciudad Rodrigo José Luis Retana Gozalointegrado por Francisco del Buen Pastor Sánchez Oreja OCD (provincial descalzo de la Provincia Española “Santa Teresa de Jesús”) como delegado episcopal, Miguel Ángel de Santa Teresa Díez González OCD (prior de Alba de Tormes y Salamanca) como promotor de justicia, y sor Remigia Blázquez Martín (superiora de las Hijas de la Caridad de Alba de Tormes) quien funge de notaria.
   
«La fe y la ciencia se ayudan mutuamente y son reconciliables. Por medio de esta última se descubren muchas cosas y con los medios actuales pretendemos tener un mayor conocimiento de Santa Teresa de Jesús, así como una mayor profundización en distintos aspectos de su vida», comentó el prior a Televisión Española.
   
La tumba se encuentra en el convento de la Anunciación de Alba de Tormes, la localidad donde murió Santa Teresa. Para abrir el ataúd (trasladado del monasterio de San Pablo de los Montes y donado por el rey Fernando VI “El Justo”) que contiene las reliquias se necesitan 10 llaves diferentes: tres del convento del Corazón Eucarístico de Jesús de Alba de Tormes, otras tantas del Duque de Alba, tres más del Padre general de los carmelitas en Roma, y una (la del arca interior, de plata) del Rey de España (aunque esta solo es ceremonial, sin uso especial en el proceso).

El prior describió la apertura y traslación de las reliquias en los siguientes términos:
«A primera hora de la mañana la comunidad de Madres Carmelitas Descalzas junto con el Postulador General de la Orden, los miembros del tribunal eclesiástico y un reducido grupo de religiosos hemos trasladado con austeridad y solemnidad los relicarios al lugar habilitado para el estudio. Lo hemos hecho cantando el Te Deum con el corazón lleno de emoción».
Al estudio de las reliquias en Alba de Tormes (el cuerpo y el corazón) se suman el del brazo (conservado en Ávila) y el de la mano izquierda de Santa Teresa (conservada en el convento de Ronda, y que fue particularmente venerada y custodiada por el Generalísimo Franco después de recuperarla del espolio republicano en 1937). Esta última reliquia llegó al convento de Alba de Tormes el día 27, fiesta de la Transverberación de Santa Teresa.
   
   
El equipo de investigación pasará los próximos cuatro días estudiando las reliquias, esperando saber más sobre la vida de la santa, incluidos los tipos de enfermedades que padeció.
   
«Sabemos que los últimos años fueron difíciles para ella en caminar, en los dolores que ella misma describe. A veces, mirando un cuerpo, se descubre más de lo que la persona tenía. Analizando el pie en Roma, vimos la presencia de espinas calcáreas que hacen casi imposible caminar. Pero ella caminaba. Llegó a Alba de Tormes y, luego, la muerte, pero su deseo era seguir y seguir adelante, a pesar de los defectos físicos», dijo el postulador general Marco del Sagrado Corazón de Jesús Chiesa OCD.
   
Posterior a la apertura, se realizarán los trabajos de reconocimiento visual, toma de fotografías y radiografías por parte de un equipo especializado y de última generación de Madrid, que estará dirigido por el doctor José Antonio Ruiz de Alegría y Felones, de la empresa Subcontratación y Servicios Madrid, S.L. Al mismo tiempo, se realizará la limpieza de los relicarios con apoyo de los orfebres salmantinos Ignacio Manzano Martín y Constantino Martín Jaén. Concluida esta fase inicial, se cerrarán los relicarios y se llevará nuevamente al Carmelo de Ronda la reliquia de la mano de la Santa, por el año jubilar que se celebra allá por el centenario de su fundación bajo el bienaventurado Manuel González García († 1940), “El obispo de los Sagrarios abandonados”.
   
El equipo médico y científico encargado de estudiar las reliquias, dirigido por el profesor Luigi Capasso (que analizó la reliquia del pie de Santa Teresa en el convento romano de Santa María de la Escala) encontró el cuerpo en el mismo estado en que se encontraba hace 110 años, según las fotografías tomadas entonces por fray Eliseo de San José.
  

Según la crónica del padre Daniel de Pablo Maroto OCD, la ostensión de 1914 se dio bajo autorización de San Pío X porque el padre general de los Carmelitas Descalzos, Clemente de los Santos Faustino y Jovita (en el siglo Faustino Mazzola), quiso aprovechar su visita a España para ver el cuerpo de los santos fundadores: San Juan de la Cruz, en Segovia, y de Santa Teresa, en Alba. Se halló que el cuerpo estaba seguía “con entera incorrupción”, la misma condición que tenía en un reconocimiento habido en 1750.
   
En la segunda fase, se estudiarán todos los elementos tomados en los laboratorios de Italia por parte del equipo de médicos y científicos participantes, lo cual tomará varios meses y, a su finalización, se publicarán los resultados del estudio y las conclusiones científicas.
   
Por último, en Alba de Tormes se presentarán algunas intervenciones para la mejor conservación del cuerpo y de las reliquias, trasladándose de nuevo la reliquia de la mano de Santa Teresa a Alba de Tormes (es de advertir que el convento de Ronda, donde se conserva esta reliquia desde 1976 tras su restitución por la viuda del Generalísimo doña Carmen Polo y su hija la doña María del Carmen Franco Polo, I Duquesa de Franco, estaría próximo a cerrarse por la endémica falta de vocaciones en la Secta del Vaticano II y hay pleito sobre el lugar donde se conservará la reliquia). Se cerrarán y se sellarán el sepulcro y los relicarios con la ayuda de los orfebres, asegurando la conservación de las reliquias.
  
Un estudio similar se hizo en Segovia a las reliquias de San Juan de la Cruz en 1991, con ocasión del IV centenario de su muerte.

viernes, 15 de octubre de 2021

DÍA QUINCE EN HONOR A SANTA TERESA DE JESÚS

Ejercicio dispuesto por un devoto de Santa Teresa de Jesús, reimpreso para las religiosas Carmelitas Descalzas de La Habana a costa del Dr. Don José Joaquín de España en la oficina del Real Seminario Palafoxiano de la Puebla de los Ángeles en 1796.
   
DÍA QUINCE: EJERCICIO EN HONOR DE LA ADMIRABLE VIRGEN, SERÁFICA DOCTORA Y MADRE SANTA TERESA DE JESÚS
   


Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN 
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, te conozco y adoro por el inestimable beneficio de la Fe, te debo amar sobre todas las cosas; pero he hecho lo contrario, ofendiéndote enormísimamente con mis ingratitudes. Si yo pudiera deshacerlas con mi dolor, aunque fuese a costa de mi vida, moriría gustoso en este instante. Bórralas tú según la multitud de tus misericordias. Yo las siento sólo por ser ofensas de tu inefable bondad. Tú mismo me mandas que espere de ella el perdón de mis yerros. Sería toda mi desdicha y el mayor de mis pecados no cumplir este suave y amoroso precepto. Confío pues, Dios mío, confío que me has de perdonar. Perdóname por ti mismo, y por la intercesión de MARÍA Santísima, Madre tuya y Madre de pecadores, por la de tu Padre Putativo el Señor San JOSÉ, por la de tu amada Esposa SANTA TERESA DE JESÚS, y por la de todos tus Santos. Amén.
   
ELOGIOS DE SANTA TERESA
Trono de las glorias de Dios.
Esposa verdadera de Cristo.
Recreo de sus amores.
Erario de sus arcanos.
Sabia Doctora de su Iglesia.
Amabilísima Madre Santa Teresa de Jesús, asístenos en las congojas de la vida y ampáranos en las batallas de la muerte.
   
Se rezarán seis Ave Marías en honra de las seis letras del Nombre de la Seráfica Santa Madre.
   
ORACIÓN
Amantísima Madre mía Santa TERESA DE JESÚS, yo te entrego mi pobre alma, mi cuerpo, y todo cuanto soy, para que hagas que en el día de hoy, y en todos los de mi vida, ame verdaderamente a mi Señor Jesucristo, y le vea benigno en mi muerte. Amén.
  
ORACIÓN
Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, te ruego por la intercesión y méritos de mi amada Madre Santa TERESA DE JESÚS, me des tu amor y gracia para servirte con fidelidad en la vida, y triunfar de mis enemigos en la muerte. Por nuestro Señor Jesucristo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

lunes, 23 de marzo de 2020

APRENDER A SUFRIR

«Este cuerpo tiene una falta, que cuando más se le engorda más se conocen sus necesidades.
 
¡Oh tú, que estas libre de las grandes molestias del mundo, aprende a sufrir un poco por el amor de Dios, sin que nadie lo sepa!
     
Y recuerda a nuestros santos padres de otros tiempos y a los santos ermitaños cuya vida tratamos de imitar; ¡cuántos dolores sufrieron, cuánta soledad, cuánto frío, cuánta hambre, cuántos soles ardientes sin que tuvieran a nadie con quien quejarse, excepto Dios! ¿Crees que eran de hierro?
  
Dios nos libre de cualquiera que desee servirle y piense en su propia dignidad y tema caer en desgracia… No hay veneno en el mundo que mate a la perfección como lo hacen tales cosas…
  
Algunas veces el diablo nos propone grandes deseos, de modo que no pongamos la mano sobre aquello que debemos hacer y sirvamos al Señor en las cosas posibles, sino que quedemos contentos habiendo deseado las imposibles. Concediendo que podéis hallar gran ayuda en la oración, no tratéis de que todo el mundo se beneficie, sino aquellas que están en vuestra compañía, y así el trabajo será mejor, pues estaréis mucho más allegados a Él».
 
SANTA TERESA DE ÁVILA, “Las Moradas o Castillo Interior” (Extractos).

martes, 3 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA TERCERO

PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA TERCERO — 3 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
4. ¿Qué significa el nombre de José?
Este augusto nombre, según san Anselmo y san Juan Damasceno, quiere decir en hebreo abundancia, fecundidad, y ambos significados convienen de tal modo a san José y se han cumplido en él de una manera tan admirable, que muchos padres de la Iglesia juzgan que fue el mismo Dios quien le dio este nombre bendito, y que inspirándole a sus padres, José quiere decir abundancia, y en efecto, bajo los auspicios de este santo Patriarca debía creer el Dios niño que debía venir a visitar la tierra estéril, herida con anatemas y a esparcir en ella la abundancia de sus gracias y liberalidades. José quiere también decir fecundidad, aumento, porque fue por el niño Dios relevado de la humillación y del olvido, y por consecuencia ante de los ángeles y los hombres apareció con un aumento de gloria y, de merecimientos.
   
El nombre de José encierra, pues, un compendio histórico de este santo Patriarca. Tenemos por consecuencia un poderoso motivo para que le supliquemos nos otorgue lo que su santo nombre significa. ¡Roguémosle, pues, que vea con lástima a nuestra alma pobre y estéril, y que para ella solicite el rocío celeste para que se enriquezca y se fecunde! ¡Supliquémosle que por sus cuidados el padre de familia logre una abundante cosecha y que no falten obreros para recogerla! ¡Pidámosle también que por su poderosa intercesión vea la santa Iglesia el aumento de su imperio y su dominación maternal, y que cuanto antes, por su abundancia de misericordia y por el rápido progreso de la sociedad cristiana, no haya más que un rebaño y un sólo pastor!
   
SAN JOSÉ, HONRADO POR LOS SANTOS
San José, por sus relaciones con Jesús y la parte que tuvo en el misterio de la Encarnación, es superior a los Ángeles y a los demás bienaventurados que se complacen en reverenciar al padre adoptivo de Jesús, al casto esposo de la Reina del cielo y de la tierra. Su incomparable grandeza fue representada por las once estrellas con el sol y la luna a sus pies, que vio el primer José en un sueño misterioso. Según los comentadores de la Sagrada Escritura, aquellas estrellas representaban los santos que brillan en el Cielo como astros y cuya claridad, dice el Apóstol, es proporcionada al mérito. Estas once estrellas figuraban los Apóstoles del acompañamiento de Jesucristo, a bien los nueve coros de los Ángeles con los santos del antiguo y nuevo Testamento, o todos los santos, cuyo número puede sólo conocer Dios, que llama las estrellas por su nombre. Todos los bienaventurados están sometidos a José desde que Jesús el divino Sol de justicia, y María, bella como la Luna le sirvieron y honraron durante treinta años.
   
Los más célebres doctores honraron y celebraron a porfía las sublimes prerogativas de este gran Patriarca: –San Agustin ha manifestado la excelencia de su unión con María; –San Juan Crisóstomo ensalzó las virtudes admirables que le hicieron ser escogido entre los hombres para padre adoptivo del Hijo único de Dios; –San Jerónimo ha defendido contra los heréticos su perpetua virginidad; –San Bernardo le ha asociado a los elogios tan patéticos y tan llenos de celestial suavidad que hace de María; –San Bernardino de Sienna ha exaltado en magníficas frases su ascensión gloriosa al Cielo en cuerpo y alma; –Santo Tomás de Aquino ha dicho las cosas más admirables sobre la eminencia de los títulos y gracias privilegiadas que le han sido concedidas; –Santa Brígida, cuyas revelaciones han sido aprobadas por la lglesia, nos ha dejado como procedente de María misma, un compendio magnífico de la vida de este santo Patriarca:
«José, le dice la santísima Vírgen, me consideraba como su soberana, y yo por mi parte llenaba respecto a él todos los deberes de la más humilde sierva.
  
En medio de estos servicios y cuidados mutuos nunca vi salir de sus labios una palabra ligera de murmuración de impaciencia. Sufría la pobreza con admirable resignación; en la necesidad, se entregaba sin descanso a los más rudos trabajos; se manifestaba lleno de dulzura y mansedumbre con los que le ofendían. Me servía con tanta fidelidad como cariño; era el fiel guardián de mi virginidad y el irrecusable testigo de las maravillas que Dios habia obrado en mí; estaba enteramente muerto para las afecciones de la carne y del mundo, y sólo suspiraba por el Cielo. Tenía una confianza tan firme en las promesas divinas, que muchas veces le oí exclamar: ¡Ah! si deseo vivir, sólo es por ver cumplida la voluntad divina. En efecto, todos sus designios, todos sus esfuerzos se reducían a hacer esta admirable voluntad, y por esto es tan grande la gloria de que está rodeado en el Cielo».
Pero ¿qué diremos de Santa Teresa, que tan poderosamente ha contribuido a extender la devoción a San José por todo el mundo, y que tan bellas páginas le consagró en sus inmortales escritos? Sus sentimientos por San José eran superiores a todo lo que se puede decir, así que, en lugar de describirlos, dejemos que los revele ella misma:
«Al verme paralítica de todos mis miembros tan joven aún, nos dice esta gran santa, y viendo que los médicos de la tierra me hacían más mal que bien, recurrí a los médicos del Cielo para obtener mi curación. Tomé por intercesor y abogado al glorioso San José cuyo poder adivinaba; me encomendé mucho a su caridad y no fue en vano. En esta ocasión y en otras muchas en que se trataba nada menos que de mi honor y mi salvación, su bondad sobrepujó a mis deseos y a mis esperanzas. Además, no recuerdo haberle pedido nunca nada sin haberlo obtenido; y cuando me pongo a reflexionar en todos los favores que Dios me ha hecho, de todos los riesgos de que me ha libertado por su intercesión, no puedo menos de admirar su poder. Si los demás Santos pueden también socorrernos en algunas de nuestras necesidades, sé por experiencia que José nos socorre en todas. Consiste esto en que Nuestro Señor que siempre le estuvo tan sumiso en este mundo, nada puede negar a sus súplicas. Todas las personas a quienes he aconsejado que se encomienden a él, han experimentado como yo su poderosa intercesión, así que le han consagrado una devoción tierna y confiada. Yo misma reconozco todos los días lo bueno que es acudir a él. Desde los primeros beneficios que se dignó concederme, nada he omitido de cuanto dependía de mí para procurar que se celebrara su fiesta de una manera solemne, que era lo menos que podía hacer para manifestar mi gratitud a sus beneficios. He aprovechado todas las ocasiones para hacer a los demás que participasen de mi devoción, tanto por honrar a este gran santo, cuanto por su bien. Mis esperanzas no han sido ilusorias, porque de todos los que me han creído, no he visto uno siquiera a quien no haya valido grandes progresos en la perfección».
Todo el mundo sabe el celo con que San Francisco de Sales se aplicaba a hacer que amasen y reverenciasen a San José todas las almas que dirigía. No tenía en su breviario más que una imagen, la de San José, y hablando cierto día a sus religiosas de la Visitación del padre adoptivo del Salvador, exclamaba:
«¡Oh! ¡cuán santo es el glorioso esposo de la santísima Vírgen; no es solo Patriarca, sino el corifeo de los Patriarcas; es más que confesor y aún más que mártir, por que la fidelidad de los unos y la generosidad de los otros, se encuentran en él en grado eminente! ¡qué santo puede comparársele en virginidad, en humildad y en constancia! ¿Quién puede dudar despues de esto de la influencia que goza en el reino de los cielos? Tengamos, pues, confianza en él, y recurramos a su poderosa intercesión».
Pero véase cómo este gran santo no se descuidaba en hacer lo que recomendaba a los demás, y cómo fue uno de los discípulos más adictos a este Santo Patriarca. Todo el mundo sabe en efecto, que dedicó su bello Tratado del amor de Dios, no solo a María sino a José su fiel esposo; que los dio por patronos a la iglesia del monasterio de Annecy; que ordenó que en todas las casas de la orden se celebrará solemnemente su fiesta; y por últímo, que prescribió atodos que le tuvieran una tierna devoción.
   
¿Pero qué diremos de los sentimientos del fundador de la compañía de Jesús respecto de este santo Patriarca? El precioso libro de sus Ejercicios es una especie de monumento para atestiguar su devoción y su confianza en este gran Santo. Sólo añadiremos un hecho referido en los anales de la Compañía de Jesús. San Ignacio tenía en su oratorio una imagen de San José; en presencia de este gran maestro de la vida interior le gustaba hacer oración y celebrar el santo sacrificio de la Misa; a los pies de este director por excelencia de las almas piadosas, depositaba por escrito sus dificultades más graves para obtener la solucion. Dirigido por él es como llegó a ser tan hábil en el discernimiento de los espíritus y en la direccion de las almas.
   
San Vicente de Paúl puede ser citado también como un perfecto servidor de San José. Tenía un gran placer en proponerle a sus sacerdotes como un modelo perfecto del sacerdocio. Dio por patrón a sus seminarios a este glorioso Patriarca, que después de haber tenido la dicha de educar él mismo al Hijo de Dios, ha obtenido una gracia particular para proteger a los que se preparan en la soledad al ejercicio del santo ministerio: Vicente felicitó al superior de su comunidad de Génova, que había recurrido a la intercesión del casto esposo de la Madre de Dios, para proporcionarse obreros llenos de un santo celo y capaces de cultivar y fecundar la viña del Señor, que estaba entonces cubierta de espinas y maleza. Le aconsejó dijera o hiciera durante seis meses la misa en honor de san José en la capilla que le estaba dedicada.

A estos ejemplos tan edificantes podríamos añadir un gran número de otros; podríamos hablar de la dicha y de la piedad con que San Alfonso Ligorio celebraba las alabanzas de San José; compuso una novena en honor suyo y le declaró patron de su instituto; solemnizaba todos los años su fiesta en sus diversas casas; le invocaba frecuentemente él mismo, y nunca comenzaba ningun escrito, carta, ni aun una simple nota sin poner a la cabeza las iniciales de Jesús, María y José. Unamos, pues, almas cristianas, nuestros respetos y nuestras alabanzas a los que la Iglesia militante y triunfante ha tributado al Santo Patriarca que Dios mismo ha elevado por encima de todos los Santos, y le ha hecho en el Cielo su primer ministro y distribuidor de sus gracias. 
  
COLOQUIO
EL ALMA: Prosternada al pie de vuestro altar, permitidme, ¡oh mi glorioso padre!, expresaros toda la satisfacción que acabo de experimentar al ver cuánto os han amado todos los justos, y en qué términos han hablado de vos. ¡Oh!, yo quisiera también hablar tan admirablemente de vos, de vuestras grandezas y méritos, pero ya que no puedo, quiero al manos amaros y haceros amar cuanto me sea posible.

SAN JOSÉ: Recibo con placer, hija mía, las promesas que me haces de amarme y de extender mi culto cuanto puedas. Estoy seguro de tu buena voluntad, ¿pero cumplirás tu promesa? ¡Oh!, quiero creer que sí; así que me apresuro a decirte que si la cumples, con fidelidad serás recompensada superabundantemente por las gracias y favores que obtendré para ti. Mucho deseo, hija mía, que mi culto se extienda cuanto sea posible, y esto por grandes razones; pero antes de exponértelas, déjame te diga algunas palabras sobre el culto que se debe a los Santos, y sobre las ventajas que los hombres pueden sacar en recompensa.
 
La Iglesia al colocar los Santos sobre los altares y proponerlos a la veneración de los fieles, ha obrado muy prudentemente y de un modo enteramente conforme con las intenciones de Dios y los más caros intereses de los hombres. ¿Cuál es, en efecto, hija mía, el fin de todos los cristianos en la tierra? Tú sabes que es el de dirigirse hacia su patria, hacia el Cielo; pero el camino del Cielo ya sabes que es penoso y difícil, puesto que está sembrado de espinas y abrojos; y es preciso ganarle, merecerle, y sólo los que reprimen le obtienen. Ahora bien, en medio de los riesgos y tropiezos que los hombres encuentran en el camino de la vida, ¿qué mejor estímulo que el ejemplo de los Santos? Puesto que los Santos han pasado en la tierra por las penas, aflicciones, sufrimientos y pruebas de todas clases, ¿cuál es el cristiano que se desaliente o que en algunos momentos de debilidad no tome nuevo ardor al ver que otros, más débiles tal vez que él, pasaron por el mismo camino y alcanzaron el fin? –¿Si lo han hecho los santos, por qué no lo haré yo mismo? –Puesto que ellos sufrieron sin quejarse, ¿por qué no he de sufrir yo con la misma resignacion? –Puesto que han vencido los mismos obstáculos que se oponen en mi camino, ¿por qué no he de superarlos yo tambien? –Puesto que ellos han llegado al Cielo, ¿por qué no he de llegar como ellos, seguro de que nunca me faltará la gracia de Dios? He aquí, hija mía, y con mucha razón, lo que el ejemplo de los Santos debe hacer pensar a cada cristiano en la tierra.
   
Una de las principales razones por las que los hombres deben honrar a los Santos, es porque estos son los amigos de Dios. En efecto, si los Santos están en el Cielo, es porque Dios los ha llamado a Él; si poseen una dicha incomparable y sin fin, es porque Dios se la ha dado; si gozan de una gloria sin igual, aunque diferente para cada uno de ellos, es porque Dios ha querido dársela para recompensarlos de la gloria que le han procurado sobre la tierra. Los Santos, son, pues, evidentemente amigos de Dios, y como son amigos de Dios, son muy influyentes con él. Pero si Dios los recompensa con tanta grandeza de lo que han hecho sobre la tierra, es porque sus vidas fueron conforme a su divina ley. Ya ves, hija mía, que el honor que los hombres tributan a los Santos es muy natural, porque esta veneración sólo consiste en imitarlos e invocarlos, y la vida de los Santos ha sido conforme a la ley de Dios, por cuya razón los ha recompensado: que los hombres obren como ellos, los imiten y obtendrán la misma recompensa.
   
He dicho antes que mucho deseaba que mi culto se extendiese cuanto fuere posible, y voy ahora a darte la razón. Cuando yo vivía en la tierra con Jesús y María, estuve dedicado enteramente a ellos; alimenté a ambos con el sudor de mi frente; los protegí contra sus enemigos; fuí el fiel custodio de los dos; y finalmente, los amé con el cariño más entrañable que pude. Ahora bien, Jesús y María, queriendo recompensarme por todos estos cuidados, me colmaron de gracias de inestimable valor, proporcionándome al mismo tiempo todas las ocasiones posibles para crecer en gracia y en méritos. Pero el reconocimiento de Jesús y María no se limitó al tiempo en que vivía en la tierra, continúa aún, y en grado más eminente, ahora que estoy en el Cielo, y lo que es más misericordioso todavía, que Dios Padre participa también de esta gratitud en recuerdo del puesto que ocupé en representación suya respecto a Jesús como su padre adoptivo, y también el Espíritu Santo por haber sido su representante sobre la tierra como esposo de María. Para que comprendas toda la extensión de este reconocimiento, me bastará decirte, que siempre que se ha pedido una merced al Cielo por mi intercesión, ha sido inmediatamente concedida con placer. Dios la concede como autor de la gracia, y en reconocimiento de las funciones que he desempeñado en representacion suya respecto a Jesús y María. María la concede como canal de la gracia y en recuerdo de mi amor y bondades para con ella, y también porque su mayor deseo es que yo sea amado y reverenciado en la tierra. Jesús por haber merecido la gracia por su pasión y muerte, concede también la merced que se le pide, con bondad, y en recompensa de mi abnegación por él sobre la tierra, así como por agradar a María.
  
Santa Teresa ha escrito, hija mía, que yo la había concedido grandes mercedes, y es muy cierto; la misma ha dicho también que siempre que ha pedido a Dios alguna cosa por mi intercesión ha sido oída favorablemente, y también es verdad. Aconseja fervorosamente a los que lean sus escritos a que me tengan una tierna devoción, asegurándoles que serán favorablemente oídos en todo lo que me pidan, y Santa Teresa tiene razón.

Ya lo ves, hija mía, si deseo que mi culto se extienda cuanto sea posible por la tierra, no es seguramente por la gloria que pueda yo reportar, puesto que este honor y esta gloria se la cedo a Dios, á quien se deben. Si tengo este deseo vehemente es solo por el interés que me inspiran los hombres, y de mi grande amor hacia ellos. ¿Quieres agradarme, hija mía, y complacerme singularmente? Sé muy devota mía, ten en mí una confianza ilimitada, y pide a Dios cuanto necesites por mi intercesión. Me has dicho que quieres servirme: pues bien, trabaja porque me conozca el mayor número posible de gentes: díles como Santa Teresa, cuán grande es mi influencia para con Dios en premio de las sublimes funciones que he desempeñado en representación suya y del Espíritu Santo respecto de Jesús, y extiende mi culto lo lejos que puedas y por todos los medios que estén a tu alcance. ¡Oh, hija mía, cuán agradable serás, obrando así, a las tres Divinas Personas, a la santa humanidad de Jesucristo y a María la Reina de los Ángeles! ¡Oh!, cuán agradable me serás también, y cómo te recompensaré de todos tus esfuerzos por mí. Tú sabes que soy el abogado de la buena muerte, ¡pues bien!, te prometo en recompensa protegerte durante tu vida como he protegido la vida de Jesús; te prometo también, cuando se acerque el momento de tu muerte, ir a visitarte, consolarte, ayudarte a soportar tu enfermedad con resignación, ofrecer tus sufrimientos a Dios, y echar los demonios que acudan a perderte; y te prometo además, cuando dés el último suspiro, tomar tu alma, y presentarla acompañado de María a nuestro divino Hijo Jesús, quien pronunciará en tu favor una sentencia absolutoria, y te colocará para siempre en la morada de la gloria.
  
RESOLUCIÓN: Hacer que amen a San José el mayor número posible de personas, y en particular nuestros padres, amigos, conocidos y parientes. Extender también por todos los medios posibles el culto de este gran Santo, y principalmente por la novena que precede a su fiesta, por los piadosos ejercicios del mes de Marzo y también por la devoción de los siete domingos.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

lunes, 25 de febrero de 2019

BUENA COMPAÑÍA EN LA CRUZ ES LA VIRGEN MARÍA

 
«Es larga la vida, y hay en ella muchos trabajos, y hemos menester mirar a nuestro dechado, Cristo, cómo los pasó, y aun a sus apóstoles y Santos, para llevarlos con perfección. Es muy buena compañía el buen Jesús para no apartarnos de ella, su sacratísima Madre, y Él gusta mucho de que nos dolamos de sus penas, aunque dejemos nuestro contento y gusto algunas veces» (SANTA TERESA DE ÁVILA, Las Moradas del Castillo interior, Moradas Sextas, cap. VII, 13).

miércoles, 14 de noviembre de 2018

POEMA «NADA TE TURBE»


  
Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.
    
Eleva tu pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.
 
A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.
 
Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
 
Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia.
   
Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.
 
Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro
nada le falta.
 
Id, pues, bienes del mundo;
id dichas vanas;
aunque todo lo pierda,
sólo Dios basta.

SANTA TERESA DE JESÚS

viernes, 9 de noviembre de 2018

ORACIÓN FERVIENTE DE SANTA TERESA FRENTE LAS ACTUALES NECESIDADES DE LA IGLESIA

  
Padre Santo, que estáis en los cielos, no sois Vos desagradecido, para que piense yo dejaréis de hacer lo que os suplicamos, para honra de vuestro Hijo. No por nosotros, Señor, que no lo merecemos, sino por la Sangre de vuestro Hijo y sus merecimientos, y de su Madre gloriosa, y de tantos mártires y santos como han muerto por Vos.
  
¡Oh Padre Eterno! Mirad que no son de olvidar tantos azotes e injurias y tan gravísimos tormentos. Pues, Creador mío, ¿cómo pueden sufrir unas entrañas tan amorosas como las vuestras que lo que se hizo con tan ardiente amor de vuestro Hijo, y por más contentaros a Vos, que mandaste nos amase, sea tenido en tan poco, como hoy día tienen esos herejes al Santísimo Sacramento, que le quitan sus posadas, deshaciendo las iglesias?
 
Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios: quieren poner su Iglesia por el suelo: desechos los templos, perdidas tantas almas, los Sacramentos quitados.
 
Pues, ¿qué es esto, mi Señor y mi Dios? O dad fin al mundo, o poned remedio en tan gravísimos males, que no hay corazón que los sufra, aún de los que somos ruines.
 
Os suplico, pues, Padre Eterno que no lo sufráis ya Vos, atajad este fuego, Señor, que si queréis, podéis; algún medio ha de haber, Señor mío: póngalo Vuestra Majestad.
  
Mirad, Dios mío, mis deseos, y las lágrimas con que esto os suplico: y olvidad mis obras, por quien Vos sois, y habed lástima de tantas almas como se pierden y favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la Cristiandad, Señor; dad ya luz a estas tinieblas. Ya Señor, ya Señor, haced que sosiegue este mar. No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos. Amén.

Oración entresacada del Camino de Perfección, de Santa Teresa de Jesús.

viernes, 19 de octubre de 2018

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, CONFESOR, PENITENTE, REFORMADOR DE LOS FRANCISCANOS Y APOYO DE SANTA TERESA

«Traemos siempre y por todas partes en nuestro cuerpo la mortificación de Jesucristo, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestro cuerpo». (2 Corintios 4, 10).
  
San Pedro de Alcántara
 
Pedro Garavito nació en el pueblecito de Alcántara, en Extremadura, en 1499. Su padre, que era abogado, ejercía el cargo de gobernador de la localidad, su madre era de muy buena familia y ambos se distinguían por su piedad y cualidades personales. Pedro empezó los estudios en la escuela del lugar, pero su padre murió antes de que hubiese terminado la filosofía. Su padrastro le envió más tarde a la Universidad de Salamanca, donde Pedro determinó hacerse franciscano y tomó el hábito en el convento de Manjaretes, situado en las montañas que separan a España de Portugal. Escogió precisamente ese convento por su ardiente espíritu de penitencia, ya que en él se hallaban reunidos los observantes que ansiaban una vida más rigurosa. Durante el noviciado, se le confiaron sucesivamente los oficios de sacristán, refitolero y portero, que desempeñó con gran asiduidad, aunque no siempre con eficacia, pues era un tanto distraído. Por ejemplo, su superior tuvo que reprenderle porque, al cabo de seis meses como refitolero, no había servido ni una sola vez fruta a la comunidad. El joven se excusó diciendo que nunca había encontrado fruta, cuando le hubiese bastado levantar los ojos para ver que del techo del refectorio colgaban enormes racimos de fruta. Con el tiempo, la mortificación le hizo perder absolutamente el sentido del gusto; en cierta ocasión, encontró en su plato vinagre salado y lo tomó como si fuese la sopa ordinaria. Su lecho consistía en una piel sobre el suelo; solía emplearlo para arrodillarse a orar una buena parte de la noche y dormía sentado, con la cabeza contra la pared. Sus vigilias constituían el aspecto más notable de sus mortificaciones, de suerte que el pueblo cristiano ha hecho de él el patrono de los guardias y veladores nocturnos. El santo fue reduciendo gradualmente el tiempo de su vigilia para no dañar su salud.
  
Algunos años después de su profesión, se le envió a fundar un pequeño convento en Badajoz, aunque no tenía más que veintidós años y no era aún sacerdote. Ejerció el superiorato durante tres años, al cabo de los cuales fue ordenado sacerdote, en 1524. Sus superiores le dedicaron inmediatamente a la predicación y, más tarde, le nombraron sucesivamente guardián de los convenlos de Robredillo y de Plasencia. San Pedro precedía a sus subditos con el ejemplo, observando a la letra los consejos evangélicos; por ejemplo, sólo tenía un hábito, de suerte que cuando lo daba a lavar o a remendar, se retiraba a esperar, desnudo, en un rincón del huerto. Por aquella época, predicó en toda Extremadura, con gran fruto de las almas. Además de su talento natural y de sus conocimientos, Dios le había favorecido con la ciencia infusa y el sentido de las cosas espirituales; estos últimos son dones sobrenaturales que Dios no suele conceder sino a quienes se han ejercitado largamente en la oración y la práctica de las virtudes. La sola presencia del santo era ya una especie de sermón y se dice que le bastaba con presentarse en un sitio para empezar a convertir a los pecadores. Gustaba particularmente de predicar a los pobres, basándose en los textos de los libros de la sabiduría y de los profetas del Antiguo Testamento. San Pedro se sintió toda su vida atraído por la soledad. Como hubiese rogado a sus superiores que le enviasen a algún monasterio remoto en el que pudiese entregarse a la contemplación, éstos le enviaron al convento de Lapa, que era un sitio muy poco poblado, con el cargo de superior. Ahí compuso San Pedro su libro sobre la oración, tan estimado por Santa Teresa, fray Luis de Granada, San Francisco de Sales y otros. Es una verdadera obra maestra que ha sido traducida a la mayoría de las lenguas occidentales. San Pedro aprovechó para escribirlo su propia experiencia del amor divino, ya que vivía en continua unión con Dios. Con frecuencia, era arrebatado en éxtasis que duraban largo tiempo y estaban acompañados de otros fenómenos extraordinarios. La fama de San Pedro de Alcántara llegó a oídos del rey Juan III de Portugal, quien le llamó a Lisboa y trató en vano de retenerle ahí.
  
En 1538, el santo fue elegido ministro provincial de los frailes de la estricta observancia de la provincia de San Gabriel, en Extremadura. En el ejercicio de su cargo redactó una regla aún más severa que la ya existente y la propuso, en 1540, en el capítulo general de Plasencia. Como la propuesta encontrase una fuerte oposición, el santo renunció a su cargo y fue a reunirse con fray Martín de Santa María. Dicho fraile, interpretando la regla de San Francisco como un llamamiento a la vida eremítica, construía una ermita en una desolada colina, llamada la Arábida, a orillas del Tajo, en la ribera opuesta a la de Lisboa. San Pedro alentó a fray Martín y sus compañeros y le sugirió varias disposiciones que fueron adoptadas. Los ermitaños iban descalzos, dormían en esteras o al ras del suelo, jamás tomaban carne ni vino y no tenían biblioteca. Poco a poco, varios frailes de España y Portugal se adhirieron a la reforma, y los conventos empezaron a multiplicarse. En la ermita de Palhaes se fundó el noviciado, y San Pedro fue nombrado guardián y maestro de novicios.
  
El santo estaba muy angustiado a causa de las pruebas por las que la Iglesia atravesaba entonces. Para oponer el dique de la penitencia a la relajación de las costumbres y a las falsas doctrinas, concibió, en 1554, el proyecto de eslablecer una congregación de frailes de observancia aún más estricta. El provincial de Extremadura no aceptó el proyecto; en cambio, el obispo de Soria acogió la idea con entusiasmo, y San Pedro se retiró con un compañero a dicha diócesis a hacer un ensayo de la nueva vida eremítica. Poco después fue a Roma, viajando descalzo, con el objeto de obtener el apoyo de Julio III. Aunque el ministro general de los observantes veía con malos ojos el proyecto del santo, éste consiguió que el Papa le pusiese bajo la obediencia del ministro general de los conventuales y obtuvo permiso para fundar un convento tal como él lo concebía. A su vuelta a España, un amigo suyo construyó en Pedrosa un convento a su gusto. Tales fueron los comienzos de la rama franciscana conocida con el nombre de la Observancia de San Pedro de Alcántara. Las celdas eran muy pequeñas; la mitad de cada una de ellas estaba ocupada por el lecho, que consistía en tres tablas desnudas. La iglesia hacía juego con el resto. Los frailes no podían olvidar que estaban llamados a hacer penitencia, dado que sus celdas parecían más bien sepulcros que habitaciones. Un amigo de San Pedro, que le había ayudado a llevar a cabo la «reforma», se quejó un día de la malicia del mundo. El santo replicó: «El remedio es muy sencillo. El primer paso sería que vos y yo fuésemos lo que deberíamos ser; entonces estaremos en paz con nosotros mismos. Si todos hicieran eso, el mundo sería perfecto. Lo malo es que pensamos en reformar a otros antes de reformarnos a nosotros».
  
Poco a poco, otros conventos adoptaron la reforma. San Pedro escribió en sus reglas que las celdas no debían tener más de dos metros de largo; que el número de frailes de cada convento no debía pasar de ocho; que los frailes debían andar descalzos, consagrar a la oración mental tres horas diarias y no recibir estipendios por las misas. Igualmente les impuso otras prácticas rigurosas que se acostumbraban en la Arábida.
  
En 1561, la nueva custodia fue elevada a la categoría de provincia con el nombre de San José y el Papa Pío IV la retiró de la jurisdicción de los conventuales y la pasó a la de los observantes. (Los «alcantarinos" dejaron de ser un cuerpo diferente en 1897, cuando León XIII reunió las distintas ramas de los observantes). Como suele acontecer en tales casos, la provincia de San Gabriel, a la que San Pedro había pertenecido, no vio con buenos ojos su empresa, y el santo fue tratado de hipócrita, traidor, turbulento y ambicioso por sus antiguos superiores. A esas acusaciones replicó sencillamente: «Padres míos, os ruego que toméis en cuenta la buena intención que me guía en esta empresa; pero, si estáis plenamente convencidos de que no es para la gloria de Dios, haced cuanto podáis por echarla a pique». Efectivamente, los frailes de San Gabriel hicieron cuanto pudieron por echarla a pique, pero la «reforma» siguió ganando terreno a pesar de todo. En 1560, en el curso de una visita a su provincia, San Pedro de Alcántara pasó por Ávila, movido por una orden recibida del cielo. Por entonces, Santa Teresa se hallaba todavía en el convento de la Encarnación y atravesaba por un período de ansiedad y escrúpulos, pues muchas personas le habían dicho que era víctima de los engaños del demonio. Una amiga de la santa consiguió permiso para que ésta fuese a pasar una semana en su casa, y ahí la visitó San Pedro de Alcántara. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, San Pedro entendió perfectamente el caso de Teresa, disipó sus dudas, le aseguró que sus visiones procedían de Dios y habló en favor de la santa con el confesor de ésta. La autobiografía de Santa Teresa nos proporciona muchos datos sobre la vida y milagros de San Pedro de Alcántara, ya que éste le contó muchos detalles de sus cuarenta y siete años de vida religiosa. Santa Teresa escribió:
«Me dijo, si mal no recuerdo, que en los últimos cuarenta años no había dormido más de una hora y media por día. Al principio, su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que estar siempre de rodillas o de pie... En todo ese tiempo, jamás se caló el capuchón, por ardiente que fuese el sol o tupida la lluvia. Siempre iba descalzo y su único vestido era un hábito de tejido muy burdo, tan corto y estrecho como era posible, y un manto de la misma tela; debajo del hábito no llevaba camisa. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, acostumbraba quitarse el manto y abrir la puerta y la ventana de su celda para sentir un poco de calor al volverlas a cerrar y al ponerse el manto. Estaba acostumbrado a comer una vez cada tres días y se extrañó de que ello me maravillase, pues decía que era una cuestión de costumbre. Uno de sus compañeros me contó que algunas veces no comía en toda la semana; probablemente eso sucedía cuando estaba en oración, porque solía tener grandes arrebatos y transportes de amor divino, de uno de los cuales yo misma fui testigo. Desde su juventud, había practicado la pobreza con el mismo rigor que la mortificación... Cuando yo le conocí era ya muy viejo y su cuerpo estaba tan débil y vacilante, que parecía más bien hecho de raíces y corteza de árbol que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo; respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlas, pues poseía un juicio excelente».
  
San Pedro de Alcántara confesando a Santa Teresa (José García Hidalgo, Museo del Prado).
 
Cuando Teresa volvió de Toledo a Ávila, en 1562, encontró nuevamente ahí a San Pedro de Alcántara, quien consagró la mejor parte de sus últimos meses de vida y las fuerzas que le quedaban, a ayudar a la santa en la fundación de la primera casa de carmelitas reformadas. El éxito de Teresa se debió, en gran parte, a los consejos y al apoyo de San Pedro, quien empleó toda su influencia con el obispo de Ávila y otros personajes. El santo asistió el 24 de agosto a la primera misa que se celebró en el nuevo convento de San José. En la época turbulenta de las fundaciones, Santa Teresa fue fortalecida y consolada más de una vez por las apariciones de San Pedro de Alcántara, quien ya había muerto para entonces. Según el testimonio de Teresa, citado en el decreto de canonización, San Pedro fue quien más hizo por ayudarla en la empresa de la reforma del Carmelo. La carta que el santo escribió a Teresa acerca de la pobreza absoluta de la nueva fundación, muestra que las dos almas se comprendían perfectamente:
«Confieso que me sorprendo de que hayáis pedido el parecer de los hombres de ciencia para una cuestión en la que carecen de competencia. Los litigios y los casos de conciencia son el campo de los canonistas y teólogos; los problemas de la vida de perfección tienen que resolverlos quienes la practican. Nadie puede hablar de lo que no conoce y no toca a los hombres de ciencia determinar si vos o yo hemos de practicar los consejos evangélicos... Aquél que da el consejo, da también los medios... Los abusos que se observan en los monasterios que no tienen rentas, proceden no de la pobreza, sino de la falta de deseo de pobreza».
  
Dos meses después de la inauguración del convento de San José, San Pedro de Alcántara cayó enfermo y fue trasladado al convento de Arenas para que muriese entre sus hermanos. En sus últimos momentos, repitió las palabras del salmista: «Mi alma se regocija porque me han dicho: Iremos a la casa del Señor». En seguida se arrodilló y murió en esa actitud. Santa Teresa escribió: «Después que murió, el Señor ha tenido a bien que rne aproveche más que cuando vivía, ya que me ha ayudado y aconsejado en muchos asuntos y le he visto frecuentemente en la gloria... Nuestro Señor me dijo una vez que escucharía cuantas peticiones se le hiciesen en honor de San Pedro de Alcántara. Yo le he encomendado que me obtenga muchas cosas de Nuestra Señor y todas mis peticiones han sido oídas». San Pedro de Alcántara fue canonizado en 1660.
 
Si se compara la vida de San Pedro de Alcántara con la de otros místicos, como Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, puede decirse que no ha suscitado ni con mucho el mismo interés. La primera biografía del santo fue impresa en 1615, es decir, cincuenta y tres años después de su muerte. El autor es fray Juan de Santa María. En Acta Sanctorum, oct., vol. VIII, hay una traducción latina, junto con otra biografía más larga publicada en 1669 por fray Lorenzo de San Pablo. En 1667, fray Francisco Marchese publicó en italiano una biografía basada en las deposiciones de los testigos del proceso de canonización; ha sido traducida a muchas lenguas, entre otras al inglés (Oratorian Series, 1856). Véase también Léon de Clary, Aureole Séraphique (trad. ingl.), vol. IV; y Stéphane-Joseph Piat, Profils Franciscains (1942).
Padre Hebert Hurston SJ
  
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA
I. Este gran santo tenía tanto amor por los sufrimientos que a las austeridades prescritas por la regla de su Orden, añadió también otras más rigurosas. Comienza tú por practicar las mortificaciones que te impone tu estado de vida; haz después algunas penitencias supererogatorias. Es la manera de evitar el pecado. «¡Al que renuncia a las cosas permitidas, qué fácil le resulta evitar las prohibidas!» (Tertuliano).
 
II. Su espíritu siempre estaba ocupado por el pensamiento de Dios. ¿Qué te impide a ti elevar de vez en cuando tu corazón a Dios? Lo puedes hacer en medio de tus más importantes ocupaciones. Ofrece al Señor, en cada hora del día, lo que haces y lo que sufres. Un acto de amor o de contrición se hace muy pronto.
  
III. Este santo tenía tanta caridad para con el prójimo que trabajaba sin descanso en su conversión. Comenzó reformando su Orden en España, después en Portugal, y en seguida mediante sus predicaciones se ocupó de la conversión de los pecadores. Comienza tú, asimismo, trabajando por la conversión de aquellos con quienes vives; para esto, tu buen ejemplo será más poderoso que tus palabras. Es preciso que pueda decirse del cristiano lo que Tertuliano decía del filósofo, que «su exterior es un lenguaje y su conducta una enseñanza».
 
El amor de la cruz. Orad por los Padres Franciscanos.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que os dignasteis hacer ilustre al bienaventurado Pedro, vuestro confesor, mediante los dones de una admirable penitencia y sublime contemplación, conceded a nuestros ruegos que, mortificando nuestra carne siguiendo su ejemplo y ayudados por sus méritos, comprendamos más fácilmente las cosas celestiales. Por J. C. N. S. Amén.