viernes, 6 de mayo de 2016

MARTIRIO DE SAN JUAN EVANGELISTA EN LA PUERTA LATINA

"Mi cáliz sí que lo beberéis; pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederlo a vosotros, sino que será para aquellos a quienes ha destinado mi Padre". (Mateo 20, 23)
    
Martirio de San Juan Evangelista
  
Estas palabras de Jesucristo anunciando al discípulo muy amado que bebería, también él, el cáliz de dolor, cumpliéronse cuando, a pesar de su mucha edad, Domiciano lo hizo venir de Éfeso, desde donde gobernaba las iglesias de Asia, a Roma. Por no querer obedecer a Domiciano ni adorar los falsos dioses, le azotaron, lo desnudaron y fue llevado fuera de la ciudad, frente a la puerta llamada Latina, y se lo sumergió en una caldera llena de aceite hirviendo ante la presencia del Senado y de la ciudad entera. Entró con gran alegría y seguridad el glorioso evangelista, acordándose las palabras de Cristo nuestro Señor, pero ¡oh milagro!, aunque se abrasaron algunos de los ministros impíos que atizaban el fuego, salió el santo de la caldera como de un baño refrescante, más fuerte y vigoroso de lo que entrara, lo cual causó gran alegría a los cristianos que allí se hallaban, algunos de los cuales confesaron su fe. Domiciano desterró al santo Apóstol a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis y convirtió a muchos a la fe de Jesucristo.

REFLEXIÓN
San Juan evangelista es el único apóstol que no murió mártir; pero mira con qué generoso corazón se ofrecía a la muerte, entrando en la caldera con aceite hirviendo. ¿Quién no recibirá pues con toda confianza el divino Evangelio que escribió? ¿Quién rehusará darle fe después de habernos él dado su ilustre testimonio por estas palabras: "Os anunciamos lo que hemos visto por nuestros ojos, lo que hemos oído por nuestros oídos, lo que hemos palpado con nuestras manos acerca del Verbo de eterna vida, a fin de que creyendo en él alcancéis la vida eterna"?. Quien menosprecie este testimonio, merece ser despreciado; quien lo repruebe, merece ser eternamente reprobado.
    
MEDITACIÓN SOBRE LA LEGÍTIMA Y SANTA AMBICIÓN
I. No busques los honores y las dignidades de este mundo; son pesadas cargas que abrumarán tu flaqueza. Huye de esos honores; no viniste a este mundo para mandar a los hombres, sino para obedecer a Dios. La cuenta que deberás rendir por ti mismo es ya bastante pesada, no te recargues sin necesidad con el alma de tu prójimo. Con todo, si Dios te llama a esas dignidades, obedece; Él te dará las gracias necesarias para llevar la carga que te haya puesto sobre los hombros.
   
II. Tu ambición debe limitarse a desear los primeros lugares en el cielo e imitar, en la medida de tus fuerzas, a los santos más grandes del paraíso. No digas con algunos cristianos cobardes: “Bastante es para mí si Dios quiere colocarme en el pórtico del paraíso”; aspira a la más alta perfección que puedas. No podrás amar a Dios y al prójimo con exceso; nunca se harán demasiados esfuerzos para llegar al cielo. Alma cristiana, eleva tus pensamientos, la tierra no es digna de ti. "El mundo no está hecho para ti; no ames, pues, al mundo; no es digno de ti, vales mucho más" (San Bernardo).
   
III. Ardientemente desea sufrir por Jesucristo, beber su cáliz, ser humillado como Él: es un honor que puedes perseguir ardorosamente con toda intrepidez. Si conocieses las recompensas que están preparadas para las humillaciones y los sufrimientos, los buscarías con más ahínco que el que ponen los ambiciosos para conseguir las posiciones más brillantes. Fue un honor el que hizo Jesús a su discípulo predilecto, haciéndole beber del cáliz en que había bebido Él mismo.
 
El amor a los sufrimientos. Orad por la conversión de los infieles.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que veis cuán turbados estamos por los males que nos rodean por todas partes, haced que seamos protegidos por la gloriosa intercesión de vuestro Apóstol y Evangelista San Juan. Por J. C. N. S. Amén.

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