lunes, 30 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA: DÍA VIGÉSIMOCUARTO

*MES DE MARÍA - Día veinticuatro*
*DESTINADO A HONRAR LA CORONACIÓN DE MARIA EN EL CIELO*

*Oración para todos los días del Mes*

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

Después del triunfo de Jesús, jamás presenciaron los ángeles triunfo más espléndido que el de María al hacer su entrada en el Paraíso. Los príncipes de la corte celestial le salen al encuentro batiendo palmas triunfales y entonando dulcísimos cantares al compás de sus citaras de oro. Un trono hermosísimo aparejado a la diestra de Jesús, es el lugar destinado para aquella a quién los ángeles proclaman reina y soberana, yen medio del júbilo universal ocupa ese trono que habían visto hasta ese momento vacío. Los más encumbrados serafines ciñen la frente de María con una corona más rica y gloriosa que la de todos los reyes de la tierra. Forman esa corona doce relucientes estrellas, como habla el Apocalipsis, que representan a los apóstoles, de los cuales es proclamada reina, como fue en la tierra su madre, su apoyo y su consuelo. Además de esas estrellas de primera magnitud que hermosean la corona de María, brillan muchas otras que representan a los nueve coros de los ángeles, quienes ven en ella ala mujer bendita que quebrantó la cabeza de la serpiente. Esas estrellas representan a los patriarcas y profetas de la antigua ley, que prepararon la descendencia de esa mujer incomparable y anunciaron su venida; a los doctores de la Iglesia, que se reconocen deudores a María de la luz que por su medio les fue comunicada, y en la cual bebieron la doctrina con que resplandecieron; a los mártires, que aprendie­ron de María la invencible fortaleza con que desafiaron las iras de los tiranos y dieron contentos su vida por la fe de Jesucristo; a las vírgenes, a quienes enseñó María a abrazarse con la bellísima flor de la virginidad, que era hasta entonces desconocida en el mundo y que hoy perfuma con sus aromas el cielo. Todos los bienaventurados la miran con el más profundo acatamiento, por cuanto fue la madre del Redentor, y a impulsos de su gratitud y de su admiración, le rinden sus coronas, confesando que ella es verdaderamente su reina y la de todo el universo.
La Iglesia militante no cede en entusiasmo a la triunfante en reconocer a María por soberana. Los peregrinos de la tierra la invocan en medio de los contratiempos de la vida con la confianza que inspira su poder, porque nada le podrá ser rehusado después del triunfo que alcanzó en su entrada al Paraíso. ¡Qué gloria y qué dicha para nosotros tener una Reina tan poderosa y tan clemente! ¡Qué inestimable felicidad la nuestra al saber que ella se honra con ejercer su amoroso imperio en los desvalidos para socorrerlos, en los menesterosos para enriquecerlos, en los atribulados para consolarlos, en los pecadores para llamarlos a penitencia, en los justos para sostenerlos en sus combates y en los desgraciados para comunicarles la resignación y el aliento en sus trabajos. ¡Ah! nosotros debiéramos tener a mayor honra ser el último de sus vasallos que empuñar el primer cetro del mundo. En su protección tendremos cuanto podemos necesitar en nuestro destierro; luz, fuerzas, consuelos, esperanza, una prenda segura de salvación. Sirvámosla como fieles y rendidos vasallos; hagamos nuestros los intereses de su gloria; alegrémonos de verla tan colmada de grandezas y extasíense nuestros apasionados corazones en la gloria de que Dios la colma en el cielo. ¡Felices los que la honran y la sirven!

*EJEMPLO*

Magnificencia de María en el cielo

Monasterio de la Visitación de Santa María, Turín.

Había en el monasterio de la Visitación de Turín una religiosa doméstica, que por su santidad era la edificación de sus hermanos en religión. Distinguíase especialmente por una devoción ternísima a la Santísima Virgen. En 1647 Nuestro Señor favoreció a su sierva con una enfermedad que al parecer debía terminar con la muerte. Los médicos declararon que no la entendían, y los remedios que le propinaban, en vez de aliviarla, redoblaban sus padecimientos.
Un día en que sus dolencias llegaron a un extremo de rigor insoportable, se sintió de improviso poseída del espíritu de Dios y en un estado de completa enajenación de sus facultadles y sentidos. Dios quiso premiaría haciéndola gozar por un momento de la visión del cielo y en especial de la gloria de que allí disfruta la Santísima Virgen.
«¿Quién podrá referir, decía la venerable religiosa, los portentos de la hermosura y grandeza incomparables de esta Reina del empíreo? Para dar una idea de tanta grandeza necesitaría la lengua de los ángeles y hablar un idioma que no fuese humano. Esa hermosura y grandeza son tales que jamás se ha dicho en el mundo nada que se aproxime ni de lejos a la realidad. Después de haber visto lo que me ha sido dado ver, no experimento ya la satisfacción que antes sentía al oír publicar las alabanzas de María, pues la expresión humana me parece baja y grosera. Incapaz de declarar convenientemente lo que he visto, sólo diré respecto de la grandeza de María, lo que decía del cielo el Apóstol San Pablo, esto es, que el entendimiento del hombre no puede comprender lo que Dios nos prepara de placer y felicidad con sólo ver a la Santísima Virgen en la plenitud de su gloria. Yo la vi sentada en un trono brillante como el sol, sostenida por millares y millones de ángeles. En rededor de este trono vi un infinito número de santos que le rendían y tributaban mil alabanzas. Esto me hizo pensar que aquellas almas bienaventuradas eran como otras tantas reinas de Saba alabando en la celestial Jerusalén a la Madre del inmortal Salomón.»
«Tan dulces eran sus miradas, tan suaves y deliciosas sus sonrisas, tan llenos de gracia y majestad sus movimientos que habría estado toda una eternidad contemplándola sin cansarme. Su rostro, de hermosura incomparable, despedía una luz tan viva que llegaba hasta mi envolviéndome en sus resplandores. Una corona de relucientes estrellas formaba un cer­co en torno de su frente. Me parecía ver que con una respetuosa y amorosa Majestad ella adoraba un objeto que se escondía a mis mira das: era, sin duda, la Divinidad que se ocultaba en medio de una luminosa oscuridad adonde mis ojos no podían llegar. Yo vi que la soberana Reina del cielo, revestida de una gracia arrobadora, pidió a Dios, no sólo, mi salud sino también la prolongación de mi vida, y una dulcísima sonrisa que se dibujó en sus labios purísimos me dio a entender que la Divinidad accedía a su súplica. En efecto, el día de la gloriosa Asunción me encontré completamente curada, y en disposición de dejar la cama y ejercer mis oficios.»
«Esta visión me inspiró un desprecio tan grande por todo lo creado, que desde entonces no he visto ni hallado nada que me cause ni el mas ligero placer: me hallo enteramente insensible para todo lo de este mundo. Esta visión me ha inspirado además, una confianza sin límites en el poder y bondad de esta Madre de amor, pues be podido comprender cuan grande es la eficacia de su intercesión por la pron presentar, de manera que habría podido decirse que en vez de suplicar habla ordenado.»
«Fáltame aún decir, que he comprendido que la incomprensible grandeza de María es debida al abismo de su humildad. Si, la humildad la ha hecho Madre Dios, la humildad la ha elevado sobre todos los ángeles y santos...»
He aquí un pálido reflejo de la gloria de María en el cielo revelada a la tierra por un alma que mereció el insigne favor de contemplarla por un instante. Acreciente esta revelación el amor y la confianza hacia ella en nuestros corazones, para que invocándola en nuestras necesidades, logremos un día la di cha inefable de gozar de su compañía.

*JACULATORIA*

Salud ¡oh Reina del cielo!
Salud ¡oh Madre querida!
Fuente de paz y consuelo,
Sé nuestro amparo en la vida.

*ORACIÓN*

¡Oh poderosa Reina del cielo y de la tierra, postrados a vuestros pies, venimos en este día, consagrado a recordar las coronas que ciñeron vuestra frente, a unir nuestras voces de júbilo a los himnos que entonaron los ángeles y los bienaventurados el día de vuestra gloriosa coronación!
¡Cuan dulce es para nosotros, que nos complacemos en llamaros nuestra madre, veros levantada a tan excelsa gloria y revestida de tan alto poder! Sabemos, dulce madre, que todo lo podéis en el cielo y que jamás será desgraciado el que me­rezca vuestra decidida protección; sabemos también que a Vos, como madre, Dada os será tan grato que alargar a vuestros hijos una mano compasiva para auxiliar los y protegerlos. Por eso nos es permitido depositar en Vos nuestra mas dulce confianza; por eso acudimos a Vos con la seguridad de no ser jamás desoídos; por eso experimentamos tan dulce complacencia al invocar vuestro nombre; al llamaros en nuestro socorro. Tierna madre nuestra, nosotros necesitamos en toda horade vuestra maternal solicitud; no nos abandonéis en medio de las borrascas del camino. Vasallos rendidos, os imploramos como a Reina que dispone de un omnímodo poder para emplearlo en provecho de sus fieles súbditos; no permitáis, Señora, que abandonemos alguna vez nuestra gloriosa cualidad de vasallos humildes y rendidos para hacernos esclavos de las pasiones, del mundo y del demonio. Alcanzadnos la gracia de vivir y morir a la sombra de vuestro manto de madre y vuestro cetro de Reina, a fin de haceros un día eterna compañía en el cielo. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Rezar una tercera parte del Rosario en homenaje a la gloria de María en su coronación en el cielo.
2. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, pidiendo a María el espíritu de sacrificio.
3. Repetir nueve veces el Gloria Patri en honra de la Santísima Trinidad en agradecimiento de los favores otorgados a María.

*Oración final para todos los días*
  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO - DÍA ÚLTIMO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 30 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: EMPEÑO DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO POR ALCANZAR LA SALVACIÓN ETERNA A SUS BIENHECHORES.
     
PUNTO PRIMERO
Si en medio de sus tormentos ruegan por nosotros y nos alcanzan gracias las almas del Purgatorio, ¿cuánto más eficaz será su intercesión cuando lleguen a ser gloriosas reinas en el Cielo? No se portarán, no, como aquel ingrato copero de Faraón, que vuelto de la cárcel a la corte olvidó en su prosperidad al afligido intérprete de su sueño. La gratitud de aquellas almas se aumenta y perfecciona con su traslación al Cielo, donde con una caridad más perfecta no cesan de rogar por sus bienhechores hasta alcanzarles todos los bienes temporales que les convienen, y especialmente la felicidad eterna. ¿Quién no querrá enviar al Cielo el mayor número posible de semejantes intercesores?
  
PUNTO SEGUNDO
La primera gracia que cual embajadoras nuestras pedirán aquellas almas luego que lleguen al Cielo, será la eterna salvación de sus bienhechores. «Gran Dios, dirán postradas ante el trono del Altísimo; tened piedad de los que la tuvieron con nosotras. Ellos nos libraron de las cadenas del Purgatorio; Vos las habéis de librar de las de sus pecados. Ellos nos abrieron las puertas de los cielos; abridles, Señor, las de vuestra misericordia. ¿No se salvarán los que nos salvaron? Dad, Señor, a vuestras hijas y vuestras esposas, ya que tanto os complacéis en nosotras, dadnos aquellas almas por cuyas oraciones nos habéis trasladado a vuestra gloria a poseeros y gozaros». Por lo cual es común sentir de los Padres y Doctores que quien pone toda su solicitud en socorrer a las almas del Purgatorio, no perecerá. Por lograr tanta dicha no debía perdonarse medio alguno.
     
PUNTO TERCERO
Nuestro Señor Jesucristo nos aconsejaba que con nuestros bienes procurásemos granjearnos amigos que a nuestro fallecimiento nos recibieran en los tabernáculos de la Gloria. Estos amigos son los pobres; pero no todos los pobres de la tierra llegan a ser moradores del Cielo, pues muchos de ellos no van por el buen camino. No así las almas del Purgatorio. Estas son en la actualidad verdaderamente pobres y muy menesterosas de nuestro socorro; pero hay completa seguridad de que en las mansiones de la eterna bienaventuranza llegarán a ser sobrado ricas; y nada avaras de sus bienes y de su valimiento con el Rey de los siglos, ansiarán que las acompañemos en su dicha, y harán los mayores esfuerzos por llevarnos a su lado a gozar del premio sempiterno de nuestra generosidad para con ellas. Sí, la Gloria es el galardon de la piedad con los difuntos. Constancia, pues, en socorrerlos, que no pasará largo tiempo sin que veamos el fruto de nuestras fatigas y bendigamos una devoción que obtiene una corona de gloria eterna a quien la practica fielmente.
   
ORACIÓN
Señor, un interés universal empeña nuestros corazones en la devoción de las almas del Purgatorio. Deseamos, pues, buscando nuestro propio bien, corresponder a las altas miras de vuestra Providencia en favor de aquellas benditas almas. Proponemos llenar unos deberes que la amistad, el parentesco y la religión nos imponen. Os prometemos no ser en adelante ingratos con nuestros bienhechores difuntos, ni tibios con los que tanto nos amaron. Pero nada valen nuestros propósitos sin el auxilio de vuestra divina gracia. Os pedimos, pues, encarecidamente que nos la concedáis para ser constantes toda la vida en esta santa práctica de socorrer a las almas del Purgatorio, por las cuales os rogamos de todo corazón para que, como Padre de las misericordias, las lleveis a gozar de vuestra divina esencia en el reino de la gloria.
  
EJEMPLO: Un personaje que había empleado toda su vida en la práctica de las virtudes, y particularmente en socorrer a las almas del Purgatorio, se vio en su agonía horrorosamente asaltado por el príncipe de las tinieblas. Pero con sus muchos sufragios había enviado del Purgatorio al Cielo un crecido número de almas, que viendo a su bienhechor en tal peligro, no sólo pidieron al Altísimo que le concediese mayor abundancia de gracias para hacerle triunfar, sino que también alcanzaron el poder socorrerle y asistirle personalmente en aquel decisivo conflicto. Bajando luego del Cielo cual valerosos guerreros, unas se arrojaron contra el infernal enemigo para ahuyentarle, otras rodearon el lecho del moribundo para defenderle, y otras, por último, pusiéronse a consolarle y animarle. Él trasportado de admiracion y de gozo, «¿quién sois?» les dijo; y ellas le contestaron que eran las almas que había sacado del Purgatorio con sus sufragios, y que habían venido a pagarle tamaño beneficio y a acompañarle al Cielo. Inmensa fue la alegría del moribundo a tan feliz anuncio, y respirando su semblante suavísima placidez, voló su alma a la patria celestial entre las aclamaciones de las otras que por su piedad ya estaban vestidas de gloria y resplandores. Este ejemplo nos anime para que jamás decaiga en nosotros la devoción a las benditas almas del Purgatorio. (Esteban Binet SJ, Del estado feliz y desdichado de las ánimas del Purgatorio, capitulo 1.)
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Societátem habémus ad ínvicem, et sánguis Jesu Christi Fílii ejus emúndat nos ab omni peccáto. (1 Joan. 1, 7). Para que más pronto queden las almas del Purgatorio limpias de sus defectos en virtud de la sangre de Jesucristo, reunámonos con el piadoso intento de juntar y multiplicar sufragios en su favor.
    
La venerable madre Francisca del Santísimo Sacramento, carmelita descalza, tuvo tanto empeño por el bien de las almas del Purgatorio, que llegó a establecer una sociedad de devociones y ejercicios piadosos con sus hermanas de religión y otras personas que la visitaban, a fin de libertar el mayor número posible de aquellas afligidísimas almas. Damos fin a este santo ejercicio, pero no lo tenga jamás el espíritu de caridad que nos ha impulsado a hacerlo, antes bien, a imitación de aquella sierva de Dios, hagamos en nuestras familias acopios de sufragios durante todo el año en beneficio de nuestros difuntos. Empléense en su bien nuestro tiempo, nuestro caudal y nuestro corazón.
  
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
OFRECIMIENTO PARA EL ÚLTIMO DÍA
Dulcísimo Jesus, Redentor amoroso de las almas; en este dÍa, último de los treinta que hemos consagrado al socorro de vuestras queridas esposas detenidas en la terrible cárcel del Purgatorio, os ofrecemos por mano de María Santísima, vuestra amorosa Madre, este pequeño ramillete, formado de todos los rosarios, meditaciones, limosnas, sacrificios, comuniones, mortificaciones y demás obras buenas que con vuestra divina gracia hemos hecho en este mes para socorro de aquellas almas. Poco es, ¡oh Señor!, para lo que Vos hubiérais deseado; poco para lo que vuestras esposas merecían; pero compadeceos de nuestra fragilidad y de nuestra pobreza, y aumentadlo Vos con el valor de vuestra Sangre preciosísima. No miréis a los muchos defectos de que somos reos para con vuestra divina justicia, sino mirad más bien a vuestra infinita misericordia, de cuyos benignos efectos tanto os complacéis. Y llevado, Jesus mío, de esta misma misericordia, dignaos escuchar nuestras pobres oraciones, y dadnos el consuelo de que antes que salgamos de este templo salgan libres de la voracidad de aquellas llamas un gran número de almas, que vayan a aumentar el número de los ciudadanos del cielo. No os olvidéis, por último, ¡oh Señor!, de los que procuramos en este mes acarrearles tanto bien, y en el amarguísimo trance de nuestra muerte confortadnos con la abundancia de vuestra gracia; y cuando nos encontráremos en la terrible cárcel del Purgatorio, no tardéis, ¡oh Señor!, en aceptar las súplicas que os hicieren por nosotros esas almas a cuya libertad hubiéremos concurrido en algún modo, para que, unidos a ellas cuanto antes, podamos gozar de Vos en las mansiones eternas de la gloria. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

domingo, 29 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA: DÍA VIGÉSIMOTERCERO

*MES DE MARÍA - Dia veintitres*
*CONSAGRADO A HONRAR LA ASUNCIÓN DE MARÍA*

*Oración para todos los días del Mes*

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

Los apóstoles, tristes y abatidos, preparaban el entierro de la Madre de Dios. Los bálsamos más preciosos y las telas más finas fueron traídos con inmensa profusión para honrar los restos queridos, que, depositados en un lecho portátil, condujeron los apóstoles en sus propios hombros. En el fondo del Getsemaní las piadosas mujeres habían preparado una cuna de flores, que tal parecía la fosa cineraria. Una piedra empapada en lágrimas de los fieles cubrió el santo cuerpo. Allí velaron durante tres días alternando con los Ángeles cantares dulcísimos que parecían arrullar el sueño de María.
Tomas, el que había puesto su mano en las llagas de Jesús resucitado, no habiendo estado presente a los últimos instantes de la divina Madre, no pudo resignarse a no ver sus restos helados para tener la satisfacción de dejar en ellos el tributo de sus lágrimas. Fue preciso ceder a sus instancias; todos los apóstoles y discípulos se congregaron para levantar la losa del sepulcro y cual no fue su sorpresa al ver que el sagrado cuerpo había desaparecido del sarcófago, no quedando en su lugar sino las flores, frescas y lozanas todavía, que le habían servido de lecho, mas el sudario de finísimo lino que despedía perfume celestial.
Los ángeles lo habían arrebatado al sepulcro y lo habían conducido en sus alas a la mansión del gozo eterno. Porque el cuerpo en cuya formación había intervenido el cielo y había sido el tabernáculo de la divinidad no podía ser pasto de gusanos.
Era necesario escribir sobre su tumba las mismas palabras que los ángeles pronunciaron sobre el sepulcro de Jesús: «Ha resucitado, no esta aquí.» Ved el lecho en que lo habéis colocado, vedlo vacío, porque su cuerpo no esta ya en la tierra, sino en el cielo, en un trono de inmensa gloria.
Sí; María, exenta de las miserias de la naturaleza decaída, no podía pagar a la muerte sino un corto tributo. Por eso, alzándose majestuosa en cuerpo y alma sobre las plumas de los vientos, fue a tocar a las puertas del empíreo, donde su santísimo Hijo le tenía aparejado un trono de gloria sólo inferior al suyo y donde debía ser coronada por el Eterno Padre como Reina de los ángeles y de los hombres.
Los ángeles al verla llegar con tan brillante cortejo, exclamarían asombrados: «¿Quién es ésta que avanza como la aurora, que es más bella que la luna, elegida entre millares como el sol y fuerte como un ejército ordenado en Vd. talla?»-Y los serafines responderían: «Es la Virgen María que sube al tálamo celeste7 en el cual el Rey de los reyes se sienta en solio de estrellas.» Y la humilde doncella de Nazaret exclamaría: «Mi alma glorifica al Señor, por que se ha dignado mirar la humildad de su sierva, y he aquí que todas las generaciones me llamaran bienaventurada.»
El triunfo de María en su gloriosa Asunción abre nuestro corazón a la más dulce esperanza. Ese triunfo nos enseña que las dolorosas pruebas de la vida son breves y que los sacrificios que hacemos por Dios o que soportamos con santa resignación, serán resarcidos en el cielo por una gloria que la lengua humana no puede explicar. «Las lágrimas, esa sangre del alma, triste privilegio del hombre, tributo fatal de una maldición hereditaria, expresión común de todos los sufrimientos y que forman el principal lo te de la virtud,» serán enjugadas en el cielo por la mano de Dios mismo para tornarías en otros tantos motivos de felicidad y de consuelo. Esa mano que sostiene el mundo y que pesa con terrible pesadumbre sobre el infierno, se cambiara entonces en mano llena de misericordia y de bondad. No habrá una sola lágrima, por oculta y silenciosa que haya sido, que no sea recogida por Dios y recompensada en el cielo.
He aquí lo que esta reservado a las almas que siguen las huellas de María estampadas en el camino real de la cruz. ¿Quién no querrá derramarlas en abundancia si tan grandes son los premios que le están reservados? -«Por largo que sea el camino, marchad, viajeros de la vida, porque, en verdad os digo, las visiones de la patria valen de sobra las penas que os impone la trabajosa jornada del tiempo.»

*EJEMPLO*

María, Reina del Santísimo Rosario

No hay tal vez devoción más grata a los maternales ojos de María que la del Santísimo Rosario, práctica que ella misma se dignó inspirar a Santo Domingo de Guzmán, y con la cual convirtió innumerables herejes y obstinados pecadores. El que practica esta santa devoción puede tener la seguridad de merecer una protección especial de la Madre de Dios. Entre mil casos que pudiéramos citar, prueba esta consoladora verdad el hecho siguiente.
El célebre artista Gluk, tan fervoroso cristiano como hábil músico, dio los primeros pasos en la senda del arte cantando, cuando niño, bajo las suntuosas bóvedas de una basílica católica. Dios lo había dotado de una voz tan maravillosa que era inmenso el numero de fieles que concurría al templo, cuando se anunciaba que él cantaría algún cántico sagrado.
Nada hay que contribuya más poderosamente a desenvolver el sentimiento religioso en las almas bien dispuestas que la practica del arte musical en el santuario. Por eso el joven artista sentía que su fe y piedad se acrecentaban a medida que, haciendo el oficio de los ángeles en el cielo, cantaba las alabanzas del Señor en el templo católico.
Salía un día del coro, después de haber cantado admirablemente una plegaria a María, cuando se acercó un religioso con los ojos húmedos en lágrimas para felicitarlo por su talento artístico. --«Quisiera tener, le dijo, algo digno de tu mérito para expresarte la complacencia que siento al ver que empleas tus admirables talentos en honrar al soberano Señor que te los ha dado. Pero soy pobre, lo único que puedo ofrecerte es este rosario, que pongo en tus manos con la súplica de que lo reces todas las tardes en honra y gloria de la Madre de Dios: si así lo hicieres, te pronostico que el cielo bendecirá tus esfuerzos y llegaras a ser grande entre los hombres.»
Sorprendido y a la vez complacido de lo que acababa de oír, Gluk tomó respetuosamente el rosario que le ofrecía aquella mano escuálida por las austeridades, prometiendo rezar el rosario todos los días de su vida.
No tardó la Santísima Virgen en premiar el obsequio del joven artista. Sus padres, comprendiendo las felices disposiciones de su hijo, resolvieron enviarlo a Roma para que se perfeccionase en el arte. Pero eran pobres, carecían de los recursos necesarios para educar al niño y costear su permanencia en país extranjero. Una tarde en que Gluk acababa de terminar su rosario, llamaron reciamente a la puerta de su humilde morada. Era el Maestro de Capilla de la Catedral de Viena que en cargado de ir a Italia para formar la colección de las obras de Palestrina, llegaba por encargo del Arzobispo a proponer a los padres de Gluk el cargo de secretario para su hijo.
Sus deseos estaban cumplidos: Gluk iría a Roma sin sacrificio alguno y bajo el patrocinio de un sabio profesor. Gluk dejaba a los quince años la casa paterna para ocupar un puesto que envidiarían muchos hombres después de una larga carrera. Su fama llegó hasta los palacios de los reyes, quienes lo colmaron de honores. Fue el favorito de dos reinas, Maria Teresa y Maria Antonieta de Austria, y el preferido de la corte de Versalles.
Pero, en medio de los honores, de la gloria y de las riquezas, no olvidó ni un solo día la promesa que había hecho al monje al salir del templo de su pueblo. Interrumpía los banquetes y los saraos de las cortes para rezar el rosario con el fervor de los primeros días. Durante los años de su larga y brillante carrera resistió con admirable entereza a las seducciones del mundo y a la voz insidiosa de las pasiones. Cruzó por entre las perversiones de la sociedad de su época sin contaminarse, como la paloma vuela por encima de los pantanos sin manchar sus blancas alas.

*JACULATORIA*

Ruega por mí, ¡oh Madre mía!
para que sufra contigo
y contigo goce un día.

*ORACIÓN*

¡Qué grato es para nosotros! ¡Oh Madre bienaventurada! ¡verte en el cielo al lado de tu divino Hijo en un océano de inefables delicias después de la furiosa tormenta que se descargó sobre Ti! Hijos de vuestros dolores, queremos manifestarte hoy con nuestros himnos de júbilo que compartimos también contigo la alegría de que disfrutas en la mansión del perenne gozo. Jamás un hijo puede ser indiferente así a las lágrimas como a la felicidad de su adorada madre; por eso nosotros, que hemos llorado contigo al pie de la cruz, nos gozamos también contigo de la gloria de que gozas al pie del árbol de la vida. Peregrinos en este valle de lágrimas, tenemos también mucho que padecer. Permítenos, dulce Madre, descansar en tu regazo en las horas de la tribulación para no desfallecer en la prueba y perder el mérito del padecimiento. ¡Oh María, ten piedad de los que llevamos a cuestas la cruz del sacrificio; pero que no se haga, no, nuestra voluntad, sino la de Dios! Queremos seguir en tu compañía a Jesús hasta la muerte, para poder decir con él y como él: «Todo esta consumado, ya no hay más que sufrir, vengan ahora las eternas coronas y las palmas inmarcesibles.» Hasta que ese momento llegue, dígnate sostenernos en nuestra debilidad; permítenos tomar algún reposo en tus brazos, y en me dio de la tribulación, habla a nuestro corazón palabras de aliento y esperanza, a fin de que, cesando un día para siempre nuestras lágrimas, den lugar a los eternos gozos del cielo. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Hacer una visita a la Santísima Virgen en alguno de sus Santuarios para felicitarla por la gloria de que disfruta en el cielo.
2. Rezar devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.
3. Dar una limosna para contribuir a los gastos que demanda la celebración del Mes de María en los templos en que se practican estos santos ejercicios.

*Oración final para todos los días*

  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO - DÍA VIGESIMONOVENO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 29 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: SURAGIOS QUE PUEDEN ESPERAR EN EL PURGATORIO LOS BIENHECHORES DE AQUELLAS BENDITAS ALMAS.
     
PUNTO PRIMERO
Del mismo modo que hubiéremos tratado a nuestros prójimos, seremos nosotros tratados. En la otra vida halla piedad quien en esta la ha ejercitado con el menesteroso. Es la piedad una dichosa semilla que nos produce misericordia, y en el siglo futuro se recoge lo que en este se ha sembrado. Por lo cual si sembráremos sufragios para el Purgatorio, allá los recogeremos abundantes si llegáremos a entrar en aquella región de tormentos. Pero si en nuestro corazón no hay más que dureza y olvido, tristísimo será el fruto que nos produzcan. Experimentaremos la misma dureza y olvido con que ahora nos portamos con los difuntos, lo cual nos será tanto más sensible cuanto que no cabrá duda alguna en que lo tenemos muy merecido con nuestra cruel conducta. Evitemos semejante desgracia, esforzándonos en ser piadosamente generosos con las almas del Purgatorio.
     
PUNTO SEGUNDO
A su divino gobierno, que nosotros llamamos Providencia, ha prefijado el Señor ciertas leyes, de las cuales no se aparta, regularmente hablando. Brilla su sol para malos y buenos, pero para estos tiene un no sé qué de más risueño y benéfico, mientras para los impíos parece que como ministro de la divina justicia se muestra menos sereno y apacible. Lo mismo sucede con las almas del Purgatorio, que según el porte que hubieren tenido en esta vida con las que ya padecían antes que ellas bajaran a aquella cárcel de expiación, así será la parte que les quepa en los sufragios que se hacen por ellas. El que fue misericordioso alcanzará más pronto misericordia, y el que hubiere tenido duras las entrañas verá que el Señor le trata de un modo más severo, haciendo que le toque menos en la distribución de los socorros de la tierra. Tengamos esto muy presente para obrar como en el Purgatorio quisiéramos haber obrado.
     
PUNTO TERCERO
En todas las edades ha sido el ejemplo un resorte muy poderoso, y su influjo se extiende a larga distancia de unos hombres en otros. Si al pasar por este valle de lágrimas dejamos en él ejemplos de generosa piedad para con los difuntos, no faltarán corazones que los imiten cuando nosotros hayamos bajado a aquella mazmorra de dolor. Pero si, por el contrario, los que formamos la generación presente no volvemos los ojos a nuestros amigos y parientes del Purgatorio, es muy probable que nuestros hijos y allegados tengan para con nosotros la perniciosa indiferencia de que les dimos ejemplo. Está, pues, en nuestra mano el prepararnos frutos de piedad para el otro mundo, el granjearnos el favor divino, y el disponer a los que nos sobrevivan a compasivos sentimientos de caridad para con nuestras propias almas.
   
ORACIÓN
No queremos, Señor, privarnos de los auxilios de la piedad de nuestros hermanos ni de los de vuestra inmensa misericordia, por tanto desde ahora nos encomendamos a vuestra infinita clemencia, pidiéndoos tener cuando estemos en el Purgatorio una gran parte en las oraciones y sufragios de los vivos. Pero para lograr tan preciosos bienes, el orden de vuestra sabia providencia requiere que nosotros seamos en la tierra tan generosos con los muertos como nosotros cuando hayamos pasado a la eternidad querremos que los vivos lo sean con nuestras almas. Con este fin ponemos en vuestras manos nuestros corazones, para que los hagáis sinceramente piadosos y activos en socorrer a las benditas almas del Purgatorio.
  
EJEMPLO: Una virgen llamada Gertrudis se acostumbró desde niña a ofrecer todas sus acciones en sufragio de las almas del Purgatorio. Llegó la hora de su muerte, y el infernal enemigo le presentó que se hallaba desnuda de todo el mérito de sus buenas obras por haberse enajenado de ellas en favor de los difuntos. Esta maligna tentación atribuló sobremanera el ánimo de la piadosa virgen, pero su celestial esposo Jesús no la había de dejar sin consuelo. Acudió, pues, a socorrerla en el peligro, y le aseguró que lejos de haber perdido sus buenas obras cediéndolas a las almas del Purgatorio, había adelantado tanto con semejante cesion, que iba a entrar en la gloria en el momento que exhalase el último suspiro. Sírvanos de lección lo acaecido con Santa Gertrudis, y no temamos que se disminuya el caudal de nuestros merecimientos porque con ellos contribuyamos al alivio de las benditas almas del Purgatorio.
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Non desis ploróntibus in consolatióne et ne te pígeat visitáre infírmum. (Eccli. 6, 39). La piadosa visita de los encarcelados y enfermos es muy consolatoria para las almas del Purgatorio.
    
No hay en el mundo imagen más expresiva de aquellas benditas ánimas que los enfermos y encarcelados, por sus padecimientos y la privación de su libertad. Por eso muchos devotos de las benditas ánimas han ejercitado su caridad visitando a enfermos y encarcelados. Imitémosles en tan santa obra de piedad, con el fin de aliviar en sus tormentos a nuestros hermanos del Purgatorio. Prodiguemos toda clase de consuelos a los que gimen en las cárceles y en el lecho del dolor; estemos seguros de que no será escasa nuestra recompensa ni infructuoso para nosotros mismos el bien que hagamos a nuestros queridos difuntos.
  
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

sábado, 28 de noviembre de 2020

LA MISA “RORATE” DE ADVIENTO

    
Originalmente, la “Misa Roráte” es el nombre para una Misa votiva de la Santísima Virgen en el Adviento, llamada así por la Antífona de Introito Roráte cœli. Como tal, su color litúrgico es el blanco. Es una tradición celebrar las Misas Roráte en la madrugada (antes del amanecer), acompañado por la luz de las velas en una iglesia que de otra forma esté oscura.
   
La Misa Roráte se originó en la Edad Media como una de las distintas devociones populares a la Santísima Virgen María durante el Adviento que se habían desarrollado en ese entonces [Policarpo Radó, Enchíridion Litúrgicum: Compléctens Theologíæ Sacramentális Et Dógmata Et Leges (Roma: Herder, 1961), págs. 1109-1110]. Como uno de los temas del Adviento es la Encarnación de Jesucristo, era natural que emergieran estas devociones a la Santísima Virgen. Particularmente, la Misa Roráte era la favorita del pueblo. La antífona de Introito, la Epístola, el Gradual, el Evangelio y la antífona de Comunión de la Misa Roráte eran tomadas de la Misa del miércoles de las Témporas de Adviento, el Ofertorio de la Domínica IV de Adviento, y las oraciones (Colecta, Secreta y Postcomunión) de la Fiesta de la Anunciación.
   
En la Edad Media, la Misa Roráte era conocida también como Missa aurea, por las distintas promesas agregadas a ella (várias enim promissiónes adjungébant his Missis), y como Missa Angélica porque la perícopa del Evangelio que relata la Anunciación, comienza con las palabras “Missus est Ángelus Gábriel” (Fue enviado el Ángel Gabriel; Luc. I, 26-38).
   
La Misa Roráte era celebrada de las siguientes maneras:
  • Según el Ordo Romanus XV (siglo VIII), la Misa Roráte se decía en los siete días antes de la Navidad.
  • Otra  tradición es celebrar esta Misa en los nueve días previos a la Navidad (Celebrátio novendiális Missárum ((aureárum)) / Una Novena de Misas Doradas). Esta práctica estaba permitida por la Sagrada Congregación de Ritos, especialmente para las diócesis de Italia (1658, 1713 y 1718). Es una práctica común entre los Católicos prepararse para grandes eventos por medio de una novena. Esta novena tiene el simbolismo agregado que cada día representa uno de los nueve meses que duró el embarazo de la Virgen María.
  • En algunos lugares, la Misa Roráte es dicha el miércoles de la tercera semana de Adviento en lugar de la Misa del miércoles de las Témporas de Adviento [Joseph Wuest, Materias Litúrgicas, –Thomas W. Mullaney, trad.– (Nueva York: Frederick Pustet Company Inc., 1956), §272 b.]
  • En Alemania, Austria, Polonia, Bohemia y Hungría, la Misa Roráte era celebrada diariamente a lo largo del Adviento. Por supuesto, estaba prohibido en las fiestas más solemnes si el decir esta Misa causaba que se omitiera una Misa conventual o una Misa de precepto. Antiguamente, debido a la prohibición de celebrar cualquier fiesta en Cuaresma, la Anunciación era conmemorada en tiempo de Adviento (práctica que se mantiene en el Rito Ambrosiano y en el Rito Hispánico), y contaba con un Prefacio propio, presente en varios sacramentarios antiguos como el Sacramentario del Abad Grimaldo de San Galo, el Sacramentario Boldvense (escrito en Hungría entre 1192 y 1195, descubierto por el jesuita György Pray –de ahí que se le conozca como Codex Prayanus– y actualmente en la Biblioteca Nacional de Hungría, OSzK, MNy 1), el Misal Leofric; y el mencionado Misal Ambrosiano:
    Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere, Dómine, Sancte Pater, omnípotens ætérne Deus. Qui Beátæ Maríæ Vírginis partum Ecclésiæ tuæ tribuísti celebráre mirábile mystérium, et inenarrábile sacraméntum. In qua manet intácta cástitas, pudor ínteger, firma constántia. Quæ lætátur, quod Virgo concépit, quod Cœli Dóminum castis portávit viscéribus; quod édidit partum, admirándam Divínæ dispensatiónis operatiónem. Quæ virum non cognóvit, et mater est, et post Fílium est virgo. Duóbus enim gavísa munéribus, mirátur quod virgo péperit, lætátur quod Redemptórem mundi édidit Jesum Christum Dóminum nostrum. Per quem Majestátem tuam laudant Ángeli, adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes. Cœli cœlorúmque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admítti júbeas deprecámur, súpplici confessióne dicéntes: Sanctus,... (Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Santo, Padre omnipotente y eterno Dios: que por el parto de la Bienaventurada Virgen María concediste a tu Iglesia celebrar un admirable misterio y un sacramento inenarrable, en el cual permanece intacta la castidad, íntegro el pudor y firme la constancia; que se alegra porque Ella, por admirable dispensación divina, como Virgen concibió, en su seno casto llevó al Señor de los Cielos, y como Virgen dio a luz. La que no conoció varón es también madre, y por su Hijo, virgen. Porque en dos dones ella se regocija, admirada que como Virgen dio a luz, y se regocija porque dio al mundo al Redentor, Jesucristo Nuestro Señor. Por cuya majestad te alaban los Ángeles, te adoran las Dominaciones, se estremecen las Potestades; y las Virtudes celestiales, con los bienaventurados Serafines te celebran. Te suplicamos nos permitas asociarnos a sus voces, cantando humildemente tu alabanza, diciendo: Santo,...).
    Entre 1774 y 1960, la Sagrada Congregación de Ritos concedió varios permisos respecto a esta práctica. 
  • También se acostumbra en “Austria, Suiza y Alemania” que “las familias caminaran en la oscuridad de la madrugada (cargando lámparas, velas, o más tarde, linternas) a la igledia, mientras se celebraba la Misa, y se cantaban mos himnos favoritos del Adviento” [Ann Ball, Encyclopedia of Catholic Devotions and Practices, (Huntington: Our Sunday Visitor, 2003), voz “Misa Roráte”]. Aún en la Polonia moderna se conserva esta tradición, aunque dependiendo de la costumbre local, es celebrada o en la madrugada o al ocaso de las ferias del Adviento.
     
“Por regla general, el Santísimo Sacramento era expuesto al mismo tiempo” [Gerhard Podhradsky, New Dictionary of the Liturgy, traducción por Geoffrey Chapman Ltd., (Nueva York: Alba House, 1966), voz “Roráte”] mientras se decía la Misa Roráte. Tan tarde como en la década de 1960, esta era la costumbre “en muchos lugares”.
   
Hay también la costumbre de cantar tres veces la antífona “Ecce, Dóminus véniet” al concluir la Misa Roráte. Después del Último Evangelio, el Sacerdote (y los ministros, si es una Misa Mayor) va al centro del altar. Entonces él entona la antífona tres veces, siendo continuada por los presentes. Cada entonación comienza con un tono más alto  que la anterior. Esto refleja la práctica del triple “Ecce Lignum Crucis” del Viernes Santo y el triple Allelúja en la Vigilia Pascual. La Antífona dice: “Ecce  Dóminus véniet, et omnes sancti ejus cum eo: et erit in die illa lux magna, allelúja. (He aquí, el Señor vendrá, y todos sus Santos con Él; y en ese día habrá una gran luz, aleluya)” [Texto y traducción: dom Prosper Guéranger OSB, El Año litúrgico, vol. 1 (Adviento), Laurence Shepherd, trad. (Loreto Publications, 2000), pág. 55]. El “Ecce, Dóminus véniet” es la tercera antífona para el Oficio de la Domínica I de Adviento. La referencia  a la gran luz es apropiada para una Misa que se oficiaba justamente a la luz de las velas y durante la cual salía el sol.

MES DE MARÍA: DÍA VIGÉSIMOSEGUNDO

*MES DE MARÍA - Día veintidos*
*CONSAGRADO A HONRAR LA FELICISIMA MUERTE DE MARÍA*

*Oración para todos los días del Mes*

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

El Sol de justicia no derramaba ya sobre el mundo la luz de sus enseñanzas y de sus ejemplos; pero la Estrella de los mares alumbraba aún con sus suaves resplandores el campo inculto y dilatado en que los obreros del Evangelio sembraban semillas divinas. Jesús había subido al cielo y María vegetaba aún en la tierra como una enredadera separada del olmo que la sostiene. Lejos estaba su tesoro y allí estaba su corazón. La tierra era para ella un doloroso destierro, y en medio de los rigores de su ostracismo, se consolaba tan sólo tornando al cielo sus miradas y respirando de lejos los aires puros de la patria. Peregrina aun sobre la tierra, daba aliento a los sembradores de la palabra divina, que a sus pies iban a deponer las primeras espigas cosechadas en la heredad que había hecho fecunda la sangre de su Hijo.
Cuando la Iglesia, fortalecida por la persecución, había afianzado sus cimientos, su presencia era menos necesaria, y “como una segadora fatigada que busca el descanso en medio del día, quiere reposar a la sombra del árbol de la vida que crece cerca del trono del Señor.” Un ángel desprendido de la celestial milicia, vino a anunciarle que sus deseos serian bien pronto realizados.
Retiróse María al lugar santificado por la venida del Espíritu Santo para aguardar allí su última hora. Los apóstoles y discípulos congregados en gran número, fueron a rendir a la Madre de Dios los postreros homenajes de su amor filial. Reclinada sobre su humilde lecho, los recibió a todos con la afabilidad encantadora que le era característica.
Era la noche: la luz pálida de una bujía alumbraba aquella multitud silenciosa y conmovida que, deshaciéndose en torrentes de lágrimas, rodeaba el lecho de la mujer bendita. Ella entre tanto, con rostro sereno, pero en el cual se dibujaba un tinte melancólico que realzaba admirablemente su belleza más que humana, fijó en todos sus hijos adoptivos mirada cariñosa. Su voz dulcísima, resonando en el recinto fúnebre, los consolaba prometiéndoles que no los olvidarla jamás; que en medio de las celestiales delicias, siempre abrigaría por ellos y por todos los redimidos con la sangre de su Hijo un amor verdaderamente maternal. Clavó después sus ojos en el cielo; una sonrisa suave como el último rayo de la tarde se dibujó en sus labios; un color más encendido que el de la rosa de Jericó se pintó en su rostro embellecido con celestial belleza. Acababa de ver que el cielo se abría en su presencia y que su Hijo bajaba sentado en nube resplandeciente para recibirla entre las purísimas efusiones del amor filial. Veía a legiones innumerables de espíritus angélicos que venían a su encuentro agitando palmas triunfales y trayendo coronas inmarcesibles para coronarla como Reina del empíreo. Arrebatada en inefable arrobamiento, su alma desprendióse dulcemente de su cuerpo a la manera que el lirio de los valles des pide al marchitarse un último perfume. El ángel de la muerte, a quien ningún poder huma no detiene en su carrera, revoloteaba en torno de esa humilde hija de David sin atreverse a herirla; pero si el Hijo pagó tributo voluntario a la muerte, la madre hubo de someterse también a su imperio.
Al punto, luz misteriosa bañó con resplandores celestiales la estancia de María y cánticos que no ha escuchado jamás oído humano, turbaron el silencio de la callada noche, cuyos ecos repitieron los sepulcros de los reyes y las ruinas de sus palacios. María había dejado de existir; pero la muerte se había despojado en su presencia de todos sus horrores: ella no fue más que un dulce y apacible sueño. Las brisas de la noche, robando sus aromas a las flores del valle, soplaban perfumadas en la fúnebre estancia, y el brillo melancólico de las estrellas penetraba por entre sus rejas silenciosas.
La muerte es ordinariamente el reflejo de la vida. María, cuya existencia fue enteramente consagrada a Dios, no podía dejar de tener un fin adecuado a lo que fue su vida. María murió a impulso del deseo de unirse al amado de su corazón. Su vida fue un largo y prolongado suspiro de amor; su muerte fue el instante en que ese suspiro se escapé de su pecho para ir a clavarse como una saeta en el corazón de Jesús y no separarse jamás de ahí.
Por mucho que amase María a su castísimo cuerpo, su separación le era grata, porque mediante esa separación iba a unirse con Dios. Si tanto anhelaba ese momento el apóstol San Pablo, ¿cuánto lo anhelaría aquella que no hizo otra cosa que amar? No hay un deseo más vehemente en el corazón del que verdaderamente ama, que el de unirse con el objeto amado; por eso María, sí vivía en la tierra se parada de Jesús, era solamente porque cumplía la voluntad de Dios, pero para ella la vida era un tormento y uno de los muchos sacrificios que le fueron impuestos. Jamás recibió María noticia mas fausta que la de su muerte, y jamás un alma humana se desprendió mas fácilmente de un cuerpo humano. El fruto bien maduro se desprende del árbol con la más leve sacudida. Así como la paloma, libre de los lazos que la tenían cautiva, emprende sin violencia el vuelo a las alturas, así María, libre de Su cuerpo, voló a las regiones del gozo eterno.
¡Qué muerte tan envidiable! De todas las ventajas del amor divino es ésta la más preciosa y la más apetecible. ¡Qué dulce es la muerte para las almas que aman!

*EJEMPLO*

María, Auxilio de los cristianos

*Visión de San Pío V.*

La bondadosísima Madre de Dios, no solamente se complace en acudir en auxilio de las necesidades particulares de sus devotos, sino que ostenta su misericordia y poder en las calamidades públicas que afligen a los pueblos. Testimonio fehaciente de esta verdad es la célebre victoria obtenida en las aguas de Lepanto por las armas cristianas contra los musulmanes, que amenazaban con una formidable flota a Italia y a la Europa entera.
Para conjurar este peligro, el gran Pontífice San Pío V convocó a los príncipes cristianos para resistir unidos al poderoso enemigo de la Cristiandad y de los pueblos. Respondieron a su llamamiento Italia, España y Venecia, y con su auxilio se reunió una flota de doscientas galeras tripuladas con más de veinte mil combatientes, bajo las órdenes del denodado guerrero español Don Juan de Austria.
Aunque la armada cristiana era una de las más poderosas que había surcado los mares de Europa, era inferior a la flota otomana en número y calidad. Pero los cristianos, mas que del poder de sus armas, esperaban la victoria de la protección divina alcanzada por la intercesión de María, que por disposición del Papa, era invocada en toda la Cristiandad por medio del Santísimo Rosario. Animosos marcharon al combate los cristianos bajo tan poderoso patrocinio, mientras que el turco ensoberbecido con su poder se regocijaba de antemano de su triunfo.
Avistáronse las dos formidables flotas en las aguas del mar jónico, y entraron en lucha el 7 de octubre de 1571. Al tiempo de entrar en batalla, don Juan de Austria izó en el palo mayor de la nave capitana una bandera con la imagen de Jesús crucificado que inflamó el valor de los guerreros cristianos, y el estandarte de María se desplegó al viento en cada una de las principales naves. A la sombra de estas gloriosas enseñas se peleó con un arrojo invencible, hasta que tomada por don Juan de Austria la nave capitana de los turcos y muerto su jefe, entró la confusión en la flota otomana, y un grito de victoria salió ardiente y sonoro de los labios de los soldados cristianos.
Entre tanto, el Papa, como un nuevo Moisés, oraba fervorosamente en el fondo de su palacio, y una visión celestial le dio a saber el triunfo de los cristianos en el momento en que la batalla se decidía en su favor. La conmemoración de este fausto acontecimiento es el objeto de la fiesta del Rosario, que celebra la Iglesia el primer domingo de Octubre.
Un siglo después, el poder de la Media Luna se presentó de nuevo amenazante bajo los muros de Viena con un ejército de doscientos mil hombres. Una cruzada de los príncipes cristianos, inspirada por el Papa Inocencio XI y mandada por Juan Sobieski, rey de Polonia, reprodujo el drama libertador de Lepanto. El día en que debía librarse la gran batalla asistió Sobieski a la misa con todos sus generales y se mantuvo durante toda ella con los brazos extendidos en cruz. Terminado el sacrificio se levantó exclamando: «Vamos al encuentro del enemigo bajo la protección del cielo y la asistencia de María.»-Pocos días después volvía al mismo templo a depositar a los pies de su celestial protectora las banderas tomadas al enemigo.

*JACULATORIA*

Salud ¡oh Madre admirable!
lirio hermoso de los valles
y pura flor de los campos.

*ORACIÓN DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO*
*PARA PEDIR UNA BUENA MUERTE*

¡Oh María! ¿Cuál será mi muerte? Cuán do yo considero mis pecados y pienso en ese momento decisivo de mi salvación o condenación eterna, me siento sobrecogido de espanto y de temor. ¡Oh Madre llena de bondad! el único sostén de mis esperanzas es la sangre de Jesucristo y vuestra poderosa intercesión. ¡Oh consoladora de los afligidos! no me abandonéis en esa hora y no rehuséis consolarme en esa extrema aflicción. Si hoy me siento atormentado por el remordimiento de mis pecados, por la incertidumbre del perdón, por el peligro de volver a caer en él, por el rigor de la Divina Justicia. ¿Qué será entonces? Si Vos no venís en mi auxilio, yo seré perdido para siempre. ¡Oh María! antes del momento de mi muerte, obtenedme un vivo dolor de mis pecados, un verdadero arrepentimiento y una entera fidelidad a Dios por todo el tiempo que me queda de vida. Esperanza mía, ayudadme en esas terribles angustias de la postrera agonía; alentadme para que no desespere a la vista de mis faltas que el demonio procurará poner delante de mis ojos; obtenedme la gracia de poder invocaros fervorosamente en esa hora a fin de que espire pronunciando vuestro santo nombre y el de vuestro Divino Hijo. Vos, que habéis otorgado esta gracia a tantos de vuestros siervos, no me la rehuséis a mí. ¡Oh María! yo espero aún el que me consoléis con vuestra amable presencia y con vuestra maternal asistencia; mas si yo fuera indigno de tan inestimable favor, asistidme, al menos, desde el cielo, a fin de que salga de esta vida amando a Dios para continuar amándolo eternamente. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la muerte de María, a fin de estimularnos a vivir santamente para obtener una muerte dichosa.
2. Examinar atentamente la conciencia para descubrir nuestra pasión dominante y aplicarnos a corregirla.
3. Rezar las Letanías de la buena muerte para alcanzar de Jesús, por mediación de María, la gracia de tenerla feliz.

 *Oración final para todos los días*

  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO - DÍA VIGESIMOCTAVO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 28 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: GRATITUD DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO PARA CON SUS BIENHECHORES.
     
PUNTO PRIMERO
La Sagrada Escritura nos refiere que el sumo sacerdote Onías y el gran profeta Jeremías no olvidaron después de muertos a sus compatricios. Vióse al primero hacer al Dios de Israel ardientes súplicas por su pueblo, y del segundo cuenta el sagrado texto que oraba por su patria. El interés que manifestaron estos dos insignes campeones de la antigua Alianza estando en el seno de Abrahán, no es más que una imagen de la solicitud de la Iglesia purgante en favor de la militante. Las almas del Purgatorio están continuamente enviando al trono del Eterno abrasados suspiros y ardorosas súplicas para que nos mire con ojos propicios. Puede decirse que esta es la ocupación de aquellas almas; rogar incesantemente por nosotros. Hagamos, pues, otro tanto por ellas.
     
PUNTO SEGUNDO
No sólo el vínculo de la religión y de la caridad en que consiste la comunión de los Santos, sino muy especialmente la gratitud, impele a aquellas almas a pagar los sufragios de los hombres con variada multiplicidad de auxilios. En el Purgatorio no hay tanta diversidad de afectos ni tanta distracción de pensamientos como en el mundo. Allí el único pensamiento es Dios; allí todos los afectos van a parar a Dios; y aquellas almas fervorosísimas no tienen más blanco para todos sus deseos y afecciones que su divino Esposo, y cuanto puede concurrir a satisfacerles tan santa y viva ansia; por lo cual, si los sufragios de los hombres les aceleran la dicha de poseer a su Dios, es tan vehemente la ternura con que corresponden a sus bienhechores, que hasta se olvidan de sí mismas, no atendiendo más que a conseguirles las más dulces bendiciones del Padre de las misericordias. Dichoso quien llegue a merecer la gratitud de las almas del Purgatorio.
     
PUNTO TERCERO
Librarnos de desgracias, aumentarnos los bienes, prolongarnos los días de la vida, tales son las principales bendiciones que nos alcanzan las almas del Purgatorio. Viviendo en un destierro, jamás creamos vernos libres de todo género de males; pero de muchos nos preservamos por la piedad divina y merced a la intercesión de aquellas almas benditas. Dámosles como uno, y ellas nos retribuyen como ciento; unas veces visiblemente, y otras sin que lo percibamos; ora haciendo prosperar nuestros intereses, ora obteniéndonos el inapreciable beneficio de la concordia doméstica y del buen nombre en el público. De modo que el hombre piadoso para con las almas del Purgatorio nadarán en la abundancia y en la paz, y gozará, dice David, de larga vida, y le conservará el Señor la salud, y le vivificará en medio de la mortandad de los pueblos, y le hará dichoso, no solo durante los días de su peregrinación sobre la tierra, sino hasta en su descendencia. Ved, pues, un medio de hallar la felicidad que cabe en este valle de lágrimas; ved lo que se consigue con la piedad para con las almas del Purgatorio, las cuales, sumamente agradecidas, no dejarán de alcanzarnos las gracias que nos sean más necesarias.
   
ORACIÓN
¡Oh cuántas son, Señor, las gracias de que necesitamos! Con toda verdad puede asegurarse que nuestra necesidad es universal, pues por nosotros mismos nada podemos, nada tenemos, y, una de nuestras grandes miserias, es no conocer nuestra pobreza, y el pediros poco y el no acertar a pediros con los requisitos de una verdadera oración. Ahora, Señor, buscamos para con vuestra divina Majestad intercesores que amáis sobremanera; las almas del Purgatorio, tan empeñadas en nuestro favor como gratas á vuestros ojos. De lo profundo de su cárcel os representan nuestra indigencia pidiéndoos las gracias necesarias para remediarla. Miradnos, pues, con vuestra antigua misericordia por lo mucho que os agradan esas vuestras afligidas esposas, mientras nosotros hacemos cuanto está a nuestro alcance por socorrerlas con todo género de sufragios.
  
EJEMPLO: Entre los muchos rasgos de la generosa beneficencia de Eusebio, duque de Cerdeña, se cuenta el de haber destinado para socorro de las almas del Purgatorio todas las rentas de una de sus más ricas ciudades. Cayó esta en poder de Ostorgio, poderoso Rey de Sicilia, que codiciando gloria y riquezas marchó contra ella con respetable ejército y logró sojuzgarla. Tan infausta conquista sintió Eusebio mas vivamente que si hubiese perdido la mejor parte de su ducado; y alentado más que por su valor militar por un santo entusiasmo, hijo de su ardiente piedad, voló a recuperarla con la gente de guerra que le fue posible reunir. Muy inferior, al contrario, era el ejército del duque; sin embargo, marchaba valeroso con la confianza de que la desigualdad de las fuerzas quedaría compensada con la santidad de la causa que iba a defender. Llegó el día de la batalla, y mientras ambos ejércitos se disponían para el combate, se dio parte a Eusebio de que además del de Ostorgio había aparecido un nuevo ejército vestido de blanco y con banderas del mismo color. Tan inesperado suceso desconcertó al principio al piadoso duque, que haciendo alto envió cuatro de a caballo a saber si venía como amigo o como enemigo. Pero al mismo tiempo partieron de las filas de aquel otros cuatro de a caballo, los cuales declararon que era milicia del Cielo que acudía al socorro del duque para recuperar la ciudad de los sufragios; y poniéndose de acuerdo los dos ejércitos aliados, marcharon contra el usurpador. Pasmóse Ostorgio al ver el doble ejército, y habiendo llegado a sus oídos que el que vestía de blanco era milicia celestial, al momento pidió la paz, ofreciendo la restitución de la ciudad y el resarcimiento duplicado de todos los daños que hubiere hecho. Concluyóse la paz con tan ventajosas condiciones; y mientras el duque daba gracias al prodigioso ejército por su oportunísimo socorro, su jefe le manifestó que todos aquellos soldados eran almas que él había sacado del Purgatorio, las cuales velaban incesantemente por su felicidad. Este prodigio no podía menos de encender el corazón del buen duque en más viva caridad para con las almas del Purgatorio, por cuyo medio alcanzó siempre señaladas mercedes, las cuales no nos faltarán, por cierto, si en socorrerlas ponemos toda nuestra solicitud. (P. Alejo Segala OFM Cap., Triunfo de las Ánimas del Purgatorio, parte 1, sufragio 4º, cap. 11).
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Pósui ori meo custódiam... obmútui, et humiliátus sum, et sílui a bonis. (Psalm. 38, 2). El silencio puede ser muy buen sufragio para las almas del Purgatorio.
    
Duranno fue lanzado al Purgatorio por algunos dichos burlescos y para que alcanzaran cuanto antes su libertad se le permitió pedir los sufragios de sus monjes, cuyo abad creyó que el más oportuno sería un riguroso silencio, que impuso por dos semanas a todos sus monjes. En efecto, trascurrido el tiempo del silencio prescrito se vio Duranno libre de sus tormentos, y vestido de gloria se apareció al abad y a los monjes dándoles gracias por haberle socorrido tan eficazmente. ¡Ah! Muchas veces hemos pecado por la lengua, y el Purgatorio está lleno de almas que padecen por haber hablado más de lo que era menester y salvando la valla puesta por la ley de Dios. Para socorrerlas, pues, y sacarlas de aquel terrible calabozo, nosotros tambión guardemos hoy un riguroso silencio, y estemos seguros de que cuanto más mortifiquemos nuestra lengua, tanto más rogarán aquellas benditas ánimas por nuestra felicidad, y nos alcanzarán toda clase de bendiciones y gracias. (San Pedro Damián, Epístola 14 a Desiderio Abad, cap. 7)
  
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.