lunes, 8 de mayo de 2017

EL ESPÍRITU DE JEZABEL Y EL DE ACAB


Hay un problema gravísimo en la sociedad moderna y que amenaza a la familia, la Iglesia y a las naciones. Este problema es de naturaleza espiritual, porque son demonios que ejercen imperio en el plano físico, sembrando disensión y ambición por el poder, mientras que por otra parte inducen a debilidad y laxismo. Se trata respectivamente del espíritu de Jezabel y el de Acab.

La Biblia relata que Acab era hijo de Omrí, un general de ejército que derrotó a otros dos reclamantes del trono del Reino del Norte. Omrí es recordado por sus habilidades políticas y militares: acabó con cincuenta años de guerra civil en Israel, lo que permitió la conquista de Moab y fundó la ciudad de Samaria en lo alto de una colina -posición estratégica frente a eventuales asedios-, donde estableció su corte. En el plano religioso, condujo aún más al pueblo de Israel en la idolatría (es de saber que Omrí era extranjero -quizás ismaelita-, y durante su reinado, las relaciones exteriores de Israel fueron pacíficas, lo que conllevó a la prosperidad del reino y a tener cierto renombre internacional, tanto que los asirios se referían a los reyes de Israel con el nombre de “Casa de Omrí”, así no fueran descendientes suyos).
  
Acab hizo honor a su nombre (en hebreo, אַחְאָב siginfica “hermano de padre”), pues siguió la política de entendimiento de su padre con las naciones vecinas. Prueba de ello es que, a raíz de la alianza entre Omrí y Etbaal (אֶתְבַּ֫עַל, “cercano a Baal”), rey de Tiro, Acab se casó con la hija de éste, Jezabel. A instancias de ella, Acab fue y rindió culto a Baal, y lo adoró (cf. III Reyes 16, 29-31). Y como “a tal rey, tal religión”, el pueblo de Israel (que ya adoraba los becerros que erigió Jeroboam) se fue en pos de Baal y Astarté (Jezabel -en hebreo אּיזָ֫בֶל- significa “¿Dónde está el príncipe [Baal]?”, y era sacerdotisa de Astarté), a la par que dio muerte a muchos profetas de Yahveh.
  
Es en ese momento cuando entra en acción San Elías Profeta, que en nombre de Yahveh Dios impidió que lloviera durante tres años y medio, y en el monte Carmelo venció y dio muerte a los falsos profetas. Acab dio cuenta a Jezabel de la hazaña de San Elías, y la reina amenazó de muerte al profeta. Tiempo después, Acab quiso comprar la viña de Nabot en Jezrael porque quedaba cerca del palacio que tenía en esa ciudad, pero él se negó. Contrariado, Acab le cuenta todo a Jezabel, quien le dice: “¿Y tú eres el rey de Israel? ¡Levántate, come y alégrate, que yo te daré la viña de Nabot!”. Entonces ella escribió una carta en nombre de Acab a los nobles de la ciudad de Jezrael, para que, proclamando ayuno y haciendo sentar a Nabot en un sitio destacado, fuese acusado por dos falsos testigos de blasfemia contra Dios y contra el rey; y hecho esto, lo sacaran de la ciudad y lo apedrearan hasta la muerte. Luego de serle informado a Jezabel del cumplimiento de ese mandato, Acab se levantó para descender a la viña de Nabot jezreelita a tomar posesión de ella. Por eso San Elías, en nombre de Dios, sentencia contra la casa de Acab:
“He aquí que yo traeré el mal contra ti. Desarraigaré a tu posteridad, y exterminaré de Acab a todo varón, tanto al esclavo como al libre en Israel. Yo trataré a tu casa como a la casa de Jeroboam, hijo de Nabat, y como a la casa de Baasa, hijo de Ajías, por la provocación con la cual me provocaste a ira e hiciste pecar a Israel. También, en cuanto a Jezabel, Yahveh ha dicho: “Los perros se comerán a Jezabel en la heredad de Jezrael”.

Y así sucedió: Acab murió en batalla contra Benadad rey de Siria; y San Eliseo, sucesor de San Elías, consagró a Jehú como rey de Israel. Jehú exterminó a la familia de Acab (incluyendo a Joram, rey de Judá). A Jezabel le deparó Dios un final horrible: Jehú y sus soldados entraron a Jezrael, y al enterarse, Jezabel se maquilla e increpa al nuevo monarca, por lo que Jehú ordena a los eunucos de palacio que la defenestraran. Cuando Jehú ordena darle sepultura, encuentra que sólo le quedaban al cadáver la cabeza y las manos, y citando la profecía de San Elías, dijo
“Y el cadáver de Jezabel será como estiércol sobre la superficie del suelo en la heredad de Jezrael, porque no habrá qué sepultar, de manera que no puedan decir: ‘¡Ésta es Jezabel!’”.

Muerte de Jezabel
  
Desde la caída de Adán y Eva en el Jardín del Edén, el espíritu de Jezabel ronda por el mundo buscando convencer a las mujeres para usurpar la autoridad en la familia (tomar el cetro del hombre), mientras que su homólogo el espíritu de Acab infecta a innumerables hombres causándoles evitar la responsabilidad que tienen de ejercer la autoridad que Dios les dio. Si bien es cierto que hombres y mujeres son iguales en su dignidad humana, Dios ha puesto un orden a esa igualdad. Recordad que Adán fue creado primero y Eva después. Primero fue creado de tierra el que es cabeza y jefe de la familia y luego, del costado de éste, su ayuda idónea y el corazón de la misma. Pero entonces entró el pecado, que infectó la institución divina y natural del matrimonio. La clave para restaurar el matrimonio, esto es, para derrotar el espíritu jezabélico de usurpación y el espíritu acabita de debilidad está en Efesios 5, 21-24:
Sed dóciles los unos a los otros por consideración a Cristo: las mujeres a su marido, como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. Así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres deben ser dóciles en todo a su marido.

El espíritu de Jezabel, que siempre va acompañado por otros demonios asociados a ella, opera buscando un Acab que le conceda seguir ejerciendo influencia como en tiempos pasados. En el ámbito familiar destruye a la pareja y ata a los hijos mediante miedo y desaliento; mientras que en el ámbito social y político sostiene el matriarcado en oposición al patriarcado, aún a costa de la división familiar. Por su parte, el espíritu de Acab impulsa a ceder la autoridad propia a Jezabel, atendiendo a sus exigencias y reclamos (por algo se dice que Jezabel fue la primera feminista de la historia).
 
ALGUNOS SÍNTOMAS, CARACTERÍSTICAS Y MANERAS DE OPERAR DEL ESPÍRITU JEZABÉLICO
Jezabel es un espíritu muy particular, puesto que a diferencia de los demás demonios no posee a las personas, sino que opera a través de ellas. Estos son los elementos que permiten distinguir su presencia operante:
  • Odio hacia la autoridad masculina.
  • Sensualidad obsesiva.
  • Tendencia excesiva por la comida.
  • Fuerte inclinación a la lascivia.
  • Tendencia a la rebelión o idolatría.
  • Manipulación.
  • Excesiva independencia y ambición de controlar el medio ambiente.
  • Sujeción apartente a la autoridad definida.
  • Egoísmo.
  • Aislamiento y sectarismo.
  • Rechazo a la corrección.
Cuando este espíritu opera, hay de alguna manera una medida de trastorno familiar o ambiental. Si opera a través de la mujer, ésta será más fuerte que el hombre espiritualmente. El esposo es forzado en cierta medida a ser Acab: o ella hace lo que quiere (por ello Jezabel se hace acompañar por un espíritu de seducción), o él tiene una constante batalla con ella, y se siente dominado por el miedo de ser herido, de ahí que tienda a ocultarle situaciones de su vida privada y pública, y a ser dominador con las demás personas.
 
Los hijos que tienen una madre jezabélica, son atacados esencialmente con pensamientos de agresión al sexo opuesto (por lo que terminan convirtiéndose en maltratadores) y terminan muchas veces deviniendo en homosexuales.
  
Cuando opera en un súbdito, lo empuja a criticar a la autoridad y siempre está juzgando cualquier nimiedad, lo que conlleva a que la persona criticada piense que su autoridad está mal. En los superiores, las estrategias son diferentes, en especial en el ámbito religioso:
  • El feligrés parecerá sumiso exteriormente, pero recurrirá a la adulación a fin de ascender en el liderazgo espiritual.
  • Utiliza toda forma de manipulación e intimidación para obtener el “control” o mantenerse en el poder, apelando a las experiencias místicas (si es una mujer, utilizará la seducción).
  • Si este espíritu es reconocido y echado fuera, comienza a desacreditar a aquellos que lo hacen sembrando celos, división y desconfianza entre líderes. Puede llegar a enderezar sus fuerzas contra algún cristiano específico con el fin de desacreditarlo.
 
Jezabel odia la humildad y el arrepentimiento, pero más la oración y la obediencia a la autoridad. Se aprovecha de la debilidad de las personas que han sido maltratadas por los superiores:
  • Rebelión, que viene de un daño causado por una autoridad, o que han sido tratados con injusticia (padres, padrastros, hermanos, parientes, condiscípulos, amigos, jefes).
  • Amargura por haber sido dominado, y como reacción por haber sido maltratado. Esto podrá producir inmoralidad, resentimiento y miedo a la autoridad; tendencia a varios matrimonios.
  • Orgullo derivado del sentimiento profundo de tener poco valor, de poca autoestima. Provoca algo adentro que dice: “Levántate y hazte valer”; y surge el orgullo.
  • Miedo. Este es un factor “primario”. Hace pareja con dolor, angustia, lastimadura que viene de la autoridad y permite a este espíritu venir y abrir otras puertas. Afecta la manera de pensar y la conducta y las maneras de conducir una relación.

¿Cómo liberarse del espíritu de Jezabel, y mantenerse a salvo de su influencia? Mediante la oración, la persona que perciba los síntomas debe pedirle al Espíritu Santo que le permita identificar esa presencia maligna. Luego, debe resolverse a vivir en forma contraria al espíritu de Jezabel:
  • Obediencia, que es lo opuesto a rebelión.
  • Humildad en vez de orgullo.
  • Cortesía, suavidad, y docilidad de ánimo, en vez de control y manipulación.
  • Pureza en vez de inmoralidad.
  • Fe y esperanza, en lugar de temor y desánimo.

Nuestro Señor hizo esta promesa a los fieles que vencieren la influencia jezabélica y perseveren en la fidelidad a la Sana Doctrina:
Al vencedor, al que permanezca fiel hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones: las regirá con cetro de hierro y las destrozará como a un vaso de arcilla, con el mismo poder que yo recibí del Padre; y también le daré la Estrella de la mañana. (Apocalipsis 2, 26-28)

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