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miércoles, 15 de julio de 2026

HALLADOS DOS SERMONES PERDIDOS DE SAN AGUSTÍN EN MANUSCRITO MEDIEVAL

Traducción de la noticia publicada en MEDIEVALISTS.NET

ESCRITOS PERDIDOS DE SAN AGUSTÍN HALLADOS EN MANUSCRITO MEDIEVAL 
  
Comienzo del primer sermón de San Agustín sobre la bruja de Endor y el espíritu de Samuel [Biblioteca de la catedral de Pelplin, Polonia. Manuscrito 114 (195), fol. 14 recto)].
  
En un manuscrito del siglo XII conservado en Polonia, se han identificado dos sermones de San Agustín hasta ahora desconocidos, lo que añade nuevos textos al extenso corpus de escritos de uno de los pensadores más influyentes del cristianismo.

El descubrimiento fue realizado por el profesor Christian Tornau de la Universidad de Wurzburgo (Alemania). En 2024, la Asociación del Monasterio de Bad Doberan se puso en contacto con él para descifrar un manuscrito del siglo XII que originalmente perteneció a la Abadía de Bad Doberan, pero que ahora se conserva en su monasterio filial (actualmente catedral) en Pelplin (Polonia). El manuscrito 114 (195) contiene seis sermones atribuidos a San Agustín de Hipona, pero un examen más detenido reveló que dos de ellos eran completamente desconocidos hasta entonces.

«Dos de los seis sermones son escritos inéditos de Agustín», afirma el profesor Tornau, encantado con el inesperado hallazgo. Actualmente colabora con la profesora Dorothea Weber y el Dr. Clemens Weidmann del Corpus Scriptórum Ecclesiasticórum Latinórum (CSEL) para preparar la primera edición de los textos, cuya publicación está prevista para finales de 2026.
  
San Agustín de Hipona (354-430), obispo de Hipona Regia, en la actual Argelia, figura entre los pensadores más influyentes de la historia del cristianismo. Sus escritos moldearon la filosofía y la teología occidentales, en particular las ideas sobre la gracia, la fe y la Iglesia.

Una bruja bíblica y el problema del mal.
Los sermones recientemente descubiertos tratan sobre la historia de la bruja de Endor, del Antiguo Testamento, que aparece en capítulo 28 del Primer Libro de Samuel (o Primer Libro de Reyes). En el relato bíblico, el rey Saúl busca guía antes de una batalla contra los filisteos, después de que Dios dejara de responder a sus oraciones. Recurre a una mujer que invoca el espíritu del profeta Samuel.
  
Saúl consulta a la bruja de Endor (Miniatura en la Exposición sobre los Salmos de Pedro Lombardo, c. 1180. Biblioteca de la ciudad de Bamberg).

«Saúl se siente desesperado poco antes de una batalla contra los filisteos. Dios no escucha sus oraciones. Recurre a una hechicera», explica Tornau. Señala que este episodio planteó difíciles interrogantes teológicos a los pensadores cristianos: «¿Por qué una nigromante puede invocar el espíritu de un profeta? Esto, a su vez, plantea el problema de la teodicea: ¿cómo puede un Dios omnipotente permitir esto, o acaso no es realmente omnipotente?».

Los teólogos cristianos como Orígenes Adamancio, San Eustacio de Antioquía y San Gregorio de Nisa, ofrecieron dos posibles respuestas: o la bruja engañó a Saúl, o Dios permitió el suceso para advertir al rey de su inminente muerte. Incluso, San Agustín aborda este tema también en sus obras Distintas preguntas a Simpliciano de Milán y Respuestas a las ocho preguntas de Dulcicio tribuno.

Según Tornau, los sermones exploran ambas posibilidades. «El primero se predicó durante el servicio dominical y concluye con la cuestión de la teodicea y sus interpretaciones. No fue hasta el segundo sermón, el miércoles siguiente, que se sopesaron las opciones».
  
Este enfoque dio a la congregación tiempo para considerar el pasaje bíblico y sus implicaciones antes de escuchar un debate más profundo.

Confirmando la autoría agustiniana
Según Tornau, la costumbre de San Agustín de presentar diferentes interpretaciones sin ofrecer un juicio definitivo de inmediato es característica de su estilo de enseñanza. También señala otros rasgos de los textos como prueba de su autenticidad: «El estilo, el humor y el contenido indican claramente que los sermones de los manuscritos fueron escritos realmente por San Agustín».
   
Dado que algunos textos atribuidos a San Agustín resultaron ser falsificaciones, Tornau y el especialista en San Agustín, Clemens Weidmann, sometieron los manuscritos a un análisis detallado. En otoño de 2025, un curso de verano en Viena reunió a veinte latinistas para debatir los textos y evaluar su autenticidad. Su conclusión fue unánime: los sermones eran auténticos.

Un manuscrito con una larga historia
Reconstruir la historia del manuscrito resultó un desafío. «En primer lugar, la creación de un manuscrito así en el siglo XII es inusual», afirma Tornau. «Una copia de principios del siglo VIII o IX sería más típica».

Cree que el manuscrito podría derivar de un volumen anterior conservado en la abadía cisterciense de Santa María de Amelungsborn, en la Baja Sajonia. Un antiguo catálogo de ese monasterio recoge un texto con los mismos títulos y la misma secuencia de contenidos que el manuscrito que se encuentra actualmente en Pelplin. Lamentablemente, la biblioteca de la abadía de Amelungsborn fue destruida durante la Guerra de los Treinta Años, lo que imposibilita confirmar la conexión con certeza.

«No se trata de un hallazgo sensacional como los 30 escritos de San Agustín descubiertos en Maguncia en 1990. Pero estamos complementando la extensa obra de Agustín con dos textos más fascinantes en una edición crítica», afirma Tornau. Se espera que dicha edición crítica se publique a finales de este año.

sábado, 25 de abril de 2026

DESDE SAN AGUSTÍN, LA IGLESIA CATÓLICA REFUTA A PRÉVOST SOBRE LA PENA CAPITAL


León XIV Riggitano-Prévost envió ayer 24 de Abril un vídeomensaje a los participantes del evento conmemorativo de la abolición de la pena de muerte en el estado de Illinois en la Universidad DePaul de Chicago:
«Queridos amigos,
   
Me complace saludar a todos ustedes que se han reunido en la Universidad DePaul para conmemorar el decimoquinto aniversario de la decisión de abolir la pena de muerte en el estado de Illinois.
   
La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, es sagrada y merece ser protegida. De hecho, el derecho a la vida es el fundamento mismo de todos los demás derechos humanos. Por esta razón, solo cuando una sociedad salvaguarda la santidad de la vida humana podrá florecer y prosperar (cf. Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático Acreditados ante la Santa Sede, 9 de Enero de 2026).
   
En este sentido, afirmamos que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera tras la comisión de delitos muy graves. Además, se pueden desarrollar, y de hecho se han desarrollado, sistemas de detención eficaces que protegen a los ciudadanos sin privar por completo a los culpables de la posibilidad de redención (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2267). Por ello, el Papa Francisco y mis predecesores recientes insistieron reiteradamente en que el bien común puede salvaguardarse y las exigencias de la justicia pueden cumplirse sin recurrir a la pena capital. En consecuencia, la Iglesia enseña que “la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona” (ibíd.).
   
Por lo tanto, me uno a ustedes para celebrar la decisión tomada por el Gobernador de Illinois en 2011, y también ofrezco mi apoyo a quienes abogan por la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos de América y en todo el mundo. Ruego que sus esfuerzos conduzcan a un mayor reconocimiento de la dignidad de toda persona e inspiren a otros a trabajar por esta misma causa justa.
   
Con estos sentimientos, invoco cordialmente sobre todos ustedes las bendiciones divinas de sabiduría, alegría y paz.
  
Gracias».
El mensaje fue en respuesta a que el presidente estadounidense Donald Trump anunció ese mismo día anterior incluir el fusilamiento, la silla eléctrica y la cámara de gas a los métodos federales de aplicación de la pena capital ante la escasez de insumos para la inyección letal; y que le cuestionaran el día anterior durante el viaje de regreso a Roma desde África sobre las ejecuciones de asesinos, traidores y espías por parte de Irán en el marco de la guerra que le libran los regímenes de Washington y Tel Aviv (extrañamente, la periodista estadounidense Anneliese Taggart de Newsmax TV no le preguntó por la nueva ley israelí que estableció la pena de muerte para los reos de “asesinato terrorista” –ley que, en la práctica, solo aplicarán a los palestinos y no a los judíos–).
   
El año pasado, cuando Roberto Francisco Riggitano-Prévost Martínez se convirtió en León XIV, emergió un mensaje de correo electrónico enviado al exgobernador demócrata Patrick Joseph “Pat” II Quinn Prindiville (gobernó entre 2009 y 2015) luego que abolió la pena de muerte en el estado de Illinois el 9 de Marzo de 2011, conmutando las condenas de los quince reos a prisión perpetua sin libertad condicional.
   

TRADUCCIÓN
«Estimado Gobernador Quinn, GRACIAS por su valiente decisión de promulgar la ley que elimina la pena de muerte. Sé que fue una decisión difícil, pero aplaudo su visión y su comprensión de este asunto tan complejo. ¡Cuenta con todo mi apoyo! Atentamente, Robert F. Prevost».
Quinn declaró en su momento que su decisión (elogiada entre otros por el Dalái Lama, el ex arzobispón anglicano sudafricano Desmond Mpilo Tutu, la religiosa Helen Prejean Bourg CSJ y el actor retirado Ramón Gerard Antonio Estévez Phelan “Martin Sheen”) fue inspirada en el cardenal Joseph Louis Bernardin Simione († 1996) y su postura de la “ética de la vida coherente”, con quién coincidía en el particular. Tan “coherente” era Quinn con su “catolicismo devoto” “católico devoto” que durante su mandato legalizó las “uniones homosexuales”celebró el Ramadán e inauguró un Museo y Centro Educativo estadual del “Holocausto”.
  
Contrario a ello, la Iglesia Católica ha enseñado y sostenido coherentemente que la pena de muerte, al igual que la legítima defensa y la guerra justa, constituye una excepción a la prohibición «no matarás» del quinto mandamiento de la Ley de Dios:
  • El Papa San Inocencio I, consultado por Exuperio, obispo de Tolosa, escribió:
    «Es importante recordar que el poder fue otorgado por Dios, y que para vengar el crimen se permitió el uso de la espada; quien lleva a cabo esta venganza es ministro de Dios (Rom. XIII, 1-4). ¿Qué motivo tenemos para condenar una práctica que todos consideran permitida por Dios? Por lo tanto, mantenemos lo que se ha observado hasta ahora, para no alterar la disciplina y para no parecer que actuamos en contra de la autoridad divina» (En Migne, Patrología Latina 20, col. 495).
  • El Papa Inocencio III, en su Profesión de fe a Durán de Huesca y demás valdenses convertidos, dice:
    «Declaramos que el poder secular puede, sin pecado mortal, imponer una sentencia de sangre, siempre que el castigo se lleve a cabo no por odio, sino con buen juicio, no de manera irreflexiva, sino después de una madura deliberación» (Carta Ejus exémplo a Ramón de Rocabertí, arzobispo de Tarragona, 18 de Diciembre de 1208; y Carta Cum inæstimábile prǽtium, 14 de Junio de 1210. En Denzinger 425).
  • Santo Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, dice:
    «Los hombres que tienen autoridad sobre otros no hacen nada malo cuando recompensan el bien y castigan el mal.
       
    Para aquellos que se niegan a obedecer las leyes de Dios, es correcto que la sociedad los reprenda con sanciones civiles y penales. Nadie peca al trabajar por la justicia, dentro del marco de la ley. Para preservar la concordia entre los hombres es necesario que se castigue a los malvados. Por lo tanto, castigar a los malvados no es malo en sí mismo.
       
    Además, el bien común es superior al interés particular de una persona. Por lo tanto, el interés particular debe eliminarse para preservar el bien común. Sin embargo, la vida de ciertos individuos perjudiciales constituye un obstáculo para el bien común, que es la concordia de la sociedad humana. En consecuencia, ciertos individuos deben ser eliminados de la sociedad mediante la muerte.
       
    Además, así como un médico busca la salud como fin en su labor, y la salud consiste en la armonía de los humores, del mismo modo, el gobernante de un estado busca la paz en su labor, y la paz consiste en la armonía de los ciudadanos. Ahora bien, el médico, con toda razón y de forma beneficiosa, extirpa un órgano enfermo si este amenaza la salud del cuerpo. Por consiguiente, el gobernante de un estado ejecuta a los hombres que causan enfermedades, con justicia y sin culpa, para que la paz del estado no se vea perturbada.
       
    Se prohíbe la ejecución injusta de hombres… Se prohíbe matar por ira… Se prohíbe ejecutar a los malvados dondequiera que no pueda hacerse sin peligro para los buenos» (Suma contra los gentiles, libro tercero, cap. CXLVI, 2-5).
  • El Catecismo del Concilio de Trento, al explicar el quinto mandamiento de la Ley de Dios, enseña:
    «Hay otro tipo de asesinato que también está permitido, son los homicidios ordenados por los magistrados que tienen derecho a la vida y la muerte para castigar a los criminales que los tribunales condenan, y para proteger a los inocentes. Por lo tanto, cuando cumplen sus funciones con equidad, no solo no son culpables de asesinato, sino que, por el contrario, observan muy fielmente la Ley de Dios que lo prohíbe. El fin de esta ley es, en efecto, velar por la conservación de la vida de los hombres; por consiguiente, los castigos infligidos por los magistrados, que son los vengadores legítimos del crimen, no tienden más que a poner nuestra vida en seguridad, reprimiendo la audacia y la injusticia con los suplicios. Esto es lo que hizo que David dijera: “De madrugada traté de exterminar a todos los pecadores, de extirpar de la ciudad de Dios a los obradores de iniquidad” (Salmo 100, 8)» (Catecismo del Concilio de Trento, 3204).
  • San Pío X resume lo anterior de esta manera:
    «Es lícito matar cuando se lucha en una guerra justa; cuando se ejecuta, por orden de la Autoridad Suprema, una sentencia de muerte como castigo por un delito; y, finalmente, en casos de defensa necesaria y lícita de la propia vida contra un agresor injusto» (Catecismo de San Pío X).
  • Y más recientemente, Pío XII, en su discurso a los participantes del I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema nervioso (14 de Septiembre de 1952), expuso claramente que
    «Aun en el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Entonces está reservado al poder público privar al condenado del “bien” de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su “derecho” a la vida» (Acta Apostólicæ Sedis XLIV, pág. 787).
Ítem lo anterior, San Agustín (cuyo bautismo tuvo lugar un día como hoy de quien Riggitano-Prévost dice ser hijo espiritual y seguidor de su regla), si bien objetaba que en su aplicación muriera una persona inocente o que al condenado se le negase la posibilidad de arrepentirse de sus pecados (es de advertir para cualquier conocedor de la historia y del derecho que la administración de justicia en el Imperio romano contemplaba la tortura como un método de rutina para obtener pruebas –y eso hasta que el interrogador estuviese satisfecho con lo obtenido–, y se empleaban métodos de ejecución sumamente brutales y aterradores –aparte que no se ofrecía asistencia espiritual a los condenados–, por lo que no es de asombro que los primeros cristianos se opusieran a la pena de muerte EN LA FORMA APLICADA EN SU ÉPOCA) y de hecho llegó a pedir clemencia incluso para los circunceliones, aquel brazo armado de los herejes donatistas, sin embargo aceptaba la pena de muerte como una excepción legítima a la prohibición de no matar.
  • «Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes» (La ciudad de Dios, libro primero, cap. XXI).
  • «Algunos hombres grandes y santos, que sabían muy bien que esta muerte que separa el alma del cuerpo no se debe temer; sin embargo, según el parecer de aquellos que la temen, castigaron con la pena de muerte algunos pecados, bien para infundir saludable temor a los vivientes, o porque no dañaría la muerte a los que con ella eran castigados, sino el pecado que podría agravarse si viviesen. No juzgaban desconsideradamente aquellos a quienes el mismo Dios había concedido un tal juicio. De esto depende que Elías mató a muchos, bien con la propia mano, o bien con el fuego, fruto de la impetración divina; lo cual hicieron también otros muchos excelentes y santos varones no inconsideradamente, sino con el mejor espíritu, para atender a las cosas humanas» (Sobre el Sermón de la Montaña, libro primero, cap. XX, 64).
Baste lo expuesto para refutar a Bergoglio, Riggitano-Prévost, Prejean y tantos otros.

Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
25 de Abril de 2025 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta de San Marcos Evangelista; de San Aniano de Alejandría, Obispo y Mártir de la Fe; de los Santos Filón y Agatópodes, Diáconos y Mártires de la Fe; y de San Rústico, Arzobispo de Lyon. Rogativas Mayores. Bautismo de San Agustín de Hipona por San Ambrosio de Milán. Nacimiento de San Luis Rey de Francia. Tránsito del Venerable Pedro de San José de Betancur TOSF, fundador de la Orden Betlemita. Apertura del XVI Concilio de Toledo; inauguración de la catedral de Monreale (Sicilia); otorgamiento del título de ciudad a Antequera de Oaxaca (Méjico); fundación de las villas de Santa Fe de Jauja (Perú) y San Marcos de Arica (Chile).

sábado, 28 de febrero de 2026

PELEA DE INVÁLIDOS: GRILLO ESTRIDULANDO CONTRA PRÉVOST

En ocasión de la Asamblea presbiteral de forzosa aceptación “Convivium” convocada por el cardenal José Cobo Cano de Madrid, León XIV envió la siguiente carta:
CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV AL PRESBITERIO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MADRID CON MOTIVO DE LA ASAMBLEA PRESBITERAL “CONVÍVIUM”
   
Queridos hijos:
   
Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra Asamblea Presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro Arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.

Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.
     
El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.
    
Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
   
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.
    
Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido —y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio— de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.
    
En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo. Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.
   
Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.
   
Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra Catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales —como cualquier lugar sagrado— existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.

Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.

Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.

La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!

Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).

Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal. Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.

Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.

Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.

Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.

Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia [en realidad, Traslación de las reliquias de Santo Tomás de Aquino; su fiesta es el 7 de Marzo, N. del E.].

LEÓN PP. XIV

Misiva que suscitó la airada respuesta del profesor Andrea Grillo, otro producto defectuoso del antilitúrgico Pontificio Ateneo de San Anselmo y arquitecto que ya sido del motu propio bergogliano “Traditiónis Custódes”, en un artículo presentado en su blog personal:
EL PAPA LEÓN Y EL OBISPO AGUSTÍN: ¿UN “ALTER CHRISTUS” DE MÁS?
  
No cabe duda de que muchos de los discursos del Papa León se inspiraron con frecuencia en el pensamiento de Agustín. Desde el principio, ese lema, tan representativo de la comprensión que Agustín tenía del papel del ministro, se manifestó con toda su autoridad: «Contigo, cristiano, para ti, obispo».
  
No es casualidad que Agustín provenga de la Iglesia africana, donde Tertuliano y Cipriano identificaron ampliamente al cristiano como un «alter Christus», aunque la expresión no parezca usarse literalmente en sus obras. Sin embargo, el «título de salvación» no es la ordenación, sino el bautismo. El bautismo es el lugar donde todo hombre (y toda mujer) se convierte en un «alter Christus».
   
Solo mucho más tarde, en la época moderna, o incluso contemporánea, vimos el surgimiento de un uso limitado y parcial de la expresión «alter Christus», cuya fuente más antigua parece ser una definición referida a san Francisco de Asís. La asociación, no con un fraile, sino con un sacerdote, se generalizó en el siglo XIX, se convirtió en algo común en el siglo XX (con Pío X, Pío XI, Benedicto XV y Pío XII), y reapareció a finales del siglo XX, con Juan Pablo II y Benedicto XVI, en el Año Sacerdotal 2009-2010. Sin embargo, la expresión carece de tradición antigua; parece ser una invención tardo-moderna, en la que una terminología para cristianos y santos se aplica exclusivamente a los «sacerdotes».
  
Este es el contexto de la carta que el Papa León envió a los sacerdotes de Madrid. Es sorprendente que el contenido esté dividido en dos partes, y que a partir de premisas razonables se llegue a consecuencias que no tienen relación con ellas. Quisiera destacar la tensión que recorre el texto. He aquí la primera parte, según la cual es necesario discernir el mundo actual:
«Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
   
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.
   
[…] Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia. obrando y nos precede con su gracia».
Con un salto lógico bastante brusco, que un lector atento no puede dejar de notar, la carta continúa en una línea totalmente diferente, en la que no hay nada que aprender o revisar, sino que todo puede continuar pacíficamente en el estilo decimonónico:
«Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas».
Que la esencia del sacerdocio sea «ser un alter Christus» es una hipótesis bastante audaz, sin una larga tradición, con un fuerte componente apologético, propio de un estilo teológico de principios del siglo XX, superado por el Concilio Vaticano II y la nueva visión del ministerio, que encuentra su fundamento en la teología antigua. Cuando Agustín escuchó que se definía al obispo como un “esposo”, se opuso. En todo caso, dijo, es amigo del Esposo. Que el “sacerdote” sea un “alter Christus” es fruto de una teoría sagrada del ministerio, que Agustín habría rechazado. El pastor no está sacralizado principalmente en una diferencia con el cristiano, sino que está unificado en su Cuerpo. 

Este discurso unilateral es seguido en la Carta por una descripción del «sacerdote» similar a la de la «catedral». Se trata de un texto extraño, que parece forzado y reductivo tanto respecto a la figura del sacerdote como a la función de la catedral. Una interpretación «autorreferencial» de la catedral es una forma de ignorar tanto la catedral como al ministro ordenado (quien es ordenado no para sí mismo, sino para el pueblo de Dios). Sin embargo, el hecho de que la catedral sea un lugar «abierto a todos» se interpreta como dirigido únicamente a los «sacerdotes»: aquí también se malinterpreta gravemente el significado de la iglesia catedral, que no es «para los sacerdotes» ni para el obispo, sino para los cristianos.

¿Cómo interpretar esta brecha entre la primera parte del texto y esta segunda, tan profundamente marcada por otra mano y otra perspectiva? ¿Quizás algún “antiagustiniano” escribió la segunda parte de la carta, que no parece corresponder al estilo y la forma típicos de un agustino como el papa León? Por esta razón, resulta contradictoria e incoherente con lo que el papa León ha expresado hasta ahora, ni similar a lo que lo inspira tan profundamente en su relación viva con el pensamiento de Agustín, quien nunca habló de un “alter Christus” y solo escribió, en De civitate Dei (XX, 10), estas claras palabras:
«Después de haber dicho (San Juan) “Sobre ellos la segunda muerte no tiene poder', añade lo siguiente: “Serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él los mil años” (Apoc. 20, 6) Esto último no se refiere únicamente a los obispos y presbíteros, que son los propiamente llamados sacerdotes en la Iglesia, sino que de igual modo que llamamos cristianos a todos los ungidos por el místico crisma, así a todos podemos llamar sacerdotes por ser miembros del único sacerdote. De ellos dice el apóstol San Pedro: “Linaje elegido, sacerdocio real” (1.ª Pe. 2, 9). El Apocalipsis, aunque brevemente, y como de paso, insinúa que Cristo es Dios en el inciso Sacerdotes de Dios y de Cristo, es decir, del Padre y del Hijo. No obstante su apariencia de esclavo, como un hombre más, Cristo ha sido constituido sacerdote según el rito de Melquisedec (Sal. 109, 4) De ello ya hemos hablado más de una vez a través de la presente obra». 
Una iglesia en la que “alter Christus” no se refiere a los bautizados ni a los santos, sino a los ministros ordenados, es una Iglesia concebida como una “socíetas inæquális” y una “socíetas perfécta”, según la tentación del catolicismo entre 1870 y 1950. Ni siquiera para los sacerdotes de Madrid sería un gran logro volver a los tonos y estilos de aquellos tiempos.

La estridulación de Grillo presenta una falla crítica: San Agustín también habló de la eficacia de los sacramentos como ex ópere operáto (por la acción realizada) independientemente del estado moral del ministro (Contra Crescencio, IV; Tratado 80 sobre el Evangelio de San Juan, 3; Del Bautismo de los niños), de la distinción entre el carácter y la gracia de estado (Contra la Epístola de Parmeniano donatista, II, 13,28) y que en el Sacramento del Orden (igual que en el Bautismo y la Confirmación), el carácter permanece aún si defecciona de la fe (Del Bautismo de los niños, III, 16). Y en el texto citado de la Ciudad de Dios, lib. XX, cap. X, San Agustín habla del sacerdocio universal, lo hace en el sentido de la participación que tienen los bienaventurados en el Sacerdocio eterno de Cristo ya consumado el Reino. Hasta entonces, la división entre el clero y los seglares permanece. Hasta entonces, a los sacerdotes y obispos les concierne ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, administrar los sacramentos y predicar.

Aunque al final del día, como dijo Eric Cartman, todo esto protagonizado por esos dos personajes no es más que «¡PELEA DE INVÁLIDOS!».

lunes, 23 de febrero de 2026

SAN AGUSTÍN REFUTA LA “SOLA FE” PROTESTANTE

«Si se puede conseguir la vida eterna sin la observancia de los mandamientos, o sea con la sola fe, “la cual sin las obras es muerta” (cf. Jac. 2, 26), ¿cómo podremos admitir lo que Cristo dirá a los que estarán a su izquierda: “Id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25, 32), reprendiéndoles no ya de su falta de fe, sino por no haber practicado buenas obras? Y en efecto, a fin de que nadie crea poder conseguir la vida eterna con la sola fe, la cual es muerta si no va acompañada de buenas obras, dice que hará la selección de todos los pueblos que se hallan mezclados en unos mismos pastos. Por lo cual es evidente, que aquellos que le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos sufrir tales y tales cosas, y no vinimos en tu auxilio?” (cf. Ibid., 33), serán aquellos que habrán creído en Él, pero que no se habrán preocupado de hacer obras buenas, como si fuese posible llegar a la vida eterna con el solo mérito de una fe muerta.
  
¿Por ventura irán al fuego eterno los que no hicieron obras de misericordia, y no irán los que se apoderaron de lo ajeno, o, también, los que hayan corrompido en sí mismos el templo de Dios, siendo de esta suerte crueles contra sí propios; como si las obras de misericordia fuesen de algún provecho sin la caridad? Dice el Apóstol: “Aunque distribuya todo lo mío a los pobres, si no tengo caridad, de nada me aprovecha” (1.ª Cor. 13, 3). ¿Por ventura hay quien ame a su prójimo como a sí mismo, si no se ama a sí mismo? Pues “el que ama la iniquidad, aborrece a su alma” (Salmo 10, 6).
   
Y no se incurra en la equivocación de varios, según los cuales el Evangelista habla de un fuego eterno, pero no de arder en él eternamente. Creen que el fuego eterno sólo lo atravesarán aquellos que tienen la fe muerta, pero a los cuales prometen la salvación mediante el fuego. De suerte que el mismo fuego sea eterno, mas la combustión, esto es, la operación del fuego, no sea en ellos eterna. Previendo el Señor este error, termina su sentencia con las palabras siguientes: “Así irán ellos a la combustión eterna, mas los justos a la vida eterna” (Mt. 25, 41). De consiguiente la combustión será eterna como el fuego. Y la Verdad nos asegura que a ella irán los que carecieren, no de fe, sino de buenas obras».

SAN AGUSTÍN, Tratado sobre la Fe y las Obras, cap. XV, 4, cerca al medio. Divino Oficio, lecciones 4.ª, 5.ª y 6.ª del Oficio de Maitines del Lunes de la I Semana de Cuaresma. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. I, págs. 495-496. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

viernes, 29 de agosto de 2025

SIGNIFICADOS ALEGÓRICOS DE LA DECAPITACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA

Cabeza de San Juan Bautista en una bandeja (Albretch Bouts, óleo sobre álamo, c. 1500. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York).
  
«Juan fue decapitado no el día de su decapitación, sino en torno a los días de los Panes sin Levadura de la Pascua judía, el año anterior a la Pasión del Señor, tras haber estado ya un año en prisión. Convenía que, debido a los misterios de la Pasión y Resurrección de Cristo el Señor, el menor (es decir, Juan) diera paso al mayor (es decir, Cristo), y por ello se decidió celebrar la decapitación en otro momento, concretamente el día en que se encontró su cabeza. Por ello, San Agustín dice: “Lo que el propio Juan había predicho sucedió. Pues hablando del Señor Jesucristo, había dicho: ‘Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe’. Juan menguó en la decapitación; Jesús creció en la cruz”. Según San Gregorio Magno, “la decapitación de Juan significa la disminución de esa falsa creencia por la cual el pueblo creía que él era Cristo, así como la exaltación del Salvador en la cruz significó el progreso de la fe. En efecto, aquel que era considerado por las multitudes solo un profeta fue reconocido por los fieles como el Señor de los profetas y el Hijo de Dios. Así, Juan, que necesitaba disminuir, nació cuando la luz del día comienza a menguar, mientras que el Señor nació cuando los días comienzan a crecer”. Al respecto, San Jerónimo dice: “Reconocemos en la cabeza cercenada del profeta Juan a los judíos que han perdido a Cristo, quien es el Jefe de los Profetas. Y, de nuevo, la Cabeza de la Ley, que es Cristo, es separada de su propio cuerpo, es decir, del pueblo judío, y es entregada a la joven gentil, es decir, a la Iglesia Romana; y la joven luego lo entrega a su madre adúltera, es decir, a la Sinagoga, que finalmente creerá en Cristo. Y, de nuevo, el cuerpo de Juan es enterrado, mientras que su cuerpo es colocado en una bandeja: la carta enterrada es ocultada, el espíritu es honrado en el altar y es asumido”».
   
LUDOLFO DE SAJONIA O. Cart. Vita Jesu Christi e Quatuor Evangeliis et Scriptoribus Ortodoxia concinnata. París y Roma, Víctor Palmé & Imprenta de la Congregación de Propaganda Fide 1865, pág. 290.

lunes, 25 de agosto de 2025

SAN AGUSTÍN CONTRA PRÉVOST (QUE HOMENAJEÓ A ENEMIGO DEL PAPADO)


El 22 de Agosto de 2025, León XIV Riggitano-Prévost envió por medio del secretario del Dicasterio para la promoción de la Unidad de los Cristianos, el arzobispón Flavio Pace, el siguiente mensaje a los participantes de la Semana Ecuménica en Estocolmo, que en esta oportunidad conmemoraba los cien años de la Conferencia Mundial Ecuménica Vida y Acción realizada en esa ciudad del 19 al 30 de Agosto de 1925, evento el cual fue (junto con la Conferencia de Fe y Orden del arzobispo anglicano Charles H. Brent en Lausana del 3 al 21 de Agosto de 1927) el antecedente inmediato para la encíclica “Mortálium Ánimos” que condenó iniciativas como esa (Traducción no oficial por Infovaticana; negrillas y tachado fuera del texto):
MENSAJE DEL SANTO PADRE XIV A LOS PARTICIPANTES EN LA SEMANA ECUMÉNICA DE ESTOCOLMO EN EL CENTENARIO DEL ENCUENTRO ECUMÉNICO DE 1925
22 de agosto de 2025
   
Queridos hermanos y hermanas:
   
Extiendo un cordial saludo a todos los reunidos en Estocolmo para la Semana Ecuménica de 2025, que marca el centenario de la Conferencia cristiana universal sobre la vida y el trabajo de 1925, así como el 1700.º aniversario del primer Concilio ecuménico de Nicea, un acontecimiento de gran importancia en la historia del cristianismo.
    
En el año 325, obispos de todo el mundo conocido se reunieron en Nicea. Al afirmar la divinidad de Jesucristo, formularon las profesiones de fe que proclaman que él es “Dios verdadero de Dios verdadero” y “consustancial (homoousios) con el Padre”. Así articularon la fe que continúa uniendo a los cristianos. Aquel Concilio fue un signo valiente de unidad en la diferencia, un temprano testimonio de la convicción de que nuestra confesión común puede superar la división y fomentar la comunión.
   
Un deseo semejante animó la Conferencia de 1925 en Estocolmo, convocada por el pionero del primer movimiento ecuménico, el arzobispo Nathan Söderblom, entonces arzobispo luterano de Upsala. El encuentro reunió a unos 600 líderes ortodoxos, anglicanos y protestantes. Söderblom estaba convencido de que “el servicio une”. Por ello exhortó a sus hermanos y hermanas cristianos a no esperar el acuerdo en cada punto teológico, sino a unirse en un “cristianismo práctico”, para servir juntos al mundo en la búsqueda de la paz, la justicia y la dignidad humana.
   
Aunque la Iglesia Católica no estuvo representada en aquella primera reunión, puedo afirmar hoy, con humildad y alegría, que estamos a vuestro lado como discípulos de Cristo, reconociendo que lo que nos une es mucho mayor que lo que nos divide.
    
Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha abrazado plenamente el camino ecuménico. De hecho, Unitátis redintegrátio, el decreto conciliar sobre el ecumenismo, nos llamó al diálogo en una fraternidad humilde y amorosa, fundada en nuestro bautismo común y en nuestra misión compartida en el mundo. Creemos que la unidad que Cristo quiere para su Iglesia debe ser visible, y que dicha unidad crece mediante el diálogo teológico, el culto común donde sea posible y el testimonio compartido ante el sufrimiento de la humanidad.
   
Esta llamada al testimonio común encuentra una expresión poderosa en el lema elegido para esta Semana Ecuménica: “Time for God’s peace” (“Tiempo para la paz de Dios”). Este mensaje no podría ser más oportuno. Nuestro mundo lleva profundas cicatrices de conflicto, desigualdad, degradación ambiental y un creciente sentido de desconexión espiritual. Sin embargo, en medio de estos desafíos, recordamos que la paz no es simplemente un logro humano, sino un signo de la presencia del Señor entre nosotros. Es al mismo tiempo una promesa y una tarea, pues los seguidores de Cristo están llamados a ser artesanos de la reconciliación: a enfrentar la división con valentía, la indiferencia con compasión y a llevar sanación allí donde ha habido heridas.
   
Esta misión se ha fortalecido gracias a hitos recientes en el camino ecuménico. En 1989, san Juan Pablo II se convirtió en el primer Romano Pontífice en visitar Suecia y fue calurosamente recibido en la catedral de Upsala por el arzobispo Bertil Werkström, primado de la Iglesia de Suecia. Aquel momento señaló un nuevo capítulo en las relaciones entre católicos y luteranos. Fue seguido por la conmemoración conjunta de la Reforma en Lund, en 2016, cuando el Papa Francisco se unió a líderes luteranos en oración y arrepentimiento comunes. Allí confirmamos nuestro camino compartido “del conflicto a la comunión”. Esta semana, mientras dialogáis y celebráis juntos, me alegra que mi Delegación pueda estar presente como signo del compromiso de la Iglesia católica para continuar el camino de oración y trabajo conjunto, dondequiera que sea posible, por la paz, la justicia y el bien de todos.
    
Que el Espíritu Santo, que inspiró el Concilio de Nicea y que continúa guiándonos a todos, profundice vuestra amistad esta semana y despierte una renovada esperanza en la unidad que el Señor desea con tanto ardor entre sus seguidores.
   
Con estos sentimientos, oro para que la paz de Cristo esté con todos vosotros.
   
LEÓN PP. XIV
A ver, dejando de lado el puenteo a Ratzinger (que en su viaje a Alemania visitó la tumba del monje maldito Martín Lutero/Ludero Lindemann y lo elogió diciendo que su teología era completamente cristocéntrica), empecemos por el final: El Espírtu Santo no da vida a los herejes; y San Agustín, siguiendo a Aristóteles, enseña que la paz es la tranquilidad dentro del orden:
«La paz del cuerpo es el orden armonioso de sus partes. La paz del alma irracional es la ordenada quietud de sus apetencias. La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre pensamiento y acción. La paz entre el alma y el cuerpo es el orden de la vida y la salud en el ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz entre los hombres es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada en el mandar y en el obedecer de los que conviven juntos. La paz de una ciudad es la concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de sus ciudadanos. La paz de la ciudad celeste es la sociedad perfectamente ordenada y perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en el mutuo gozo en Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la distribución de los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar» (La Ciudad de Dios, lib. XIX, cap. XIII, 1. En Migne, Patrología Latina 41, col. 640).
Y lejos de homenajear al Concilio de Nicea, “Call me Bob” lo injuria al decir: «Aquel Concilio fue un signo valiente de unidad en la diferencia, un temprano testimonio de la convicción de que nuestra confesión común puede superar la división y fomentar la comunión». No, allí no hubo “diálogo ecuménico” con Arrio y sus secuaces:
  • Por un lado, no todos los obispos convocados asistieron: de los 1.800 que habían en todo el Imperio Romano (1.000 en la parte grecohablante, y 800 en la parte latinohablante), solo asistieron 318 (un 17,66%), y la casi totalidad eran de la región oriental. Las provincias occidentales enviaron al menos cinco obispos representantes: Marcos de Calabria por Italia, Ceciliano de Cartago (recién ratificado por San Melquíades y San Silvestre en los concilios de Roma y Arlés respectivamente, frente a las calumnias del obispo heresiarca Donato) por África, Osio de Córdoba (presidente del Concilio) por Hispania, San Nicasio de Dijón por la Galia, y Domno de Sirmio por la provincia de Panonia Segunda (hoy Sremska Mitrovica, Serbia). El Papa San Silvestre, que cinco años antes recibió las actas del Concilio de Alejandría excomulgando a Arrio, no asistió por enfermedad, sino que envió a sus legados Vincencio y Vito (cuyas firmas están después de la de Osio); y de la Britania no fue ninguno. Y de las vecinas Armenia y Persia, ¿para qué vamos a hablar?
  • Por el otro, las discusiones habían sido bastante tensas, como lo evidenciara por ejemplo el hecho que los arrianos ridiculizaran a San Espiridión por su aspecto humilde e ignorancia de los filósofos y la retórica, o que expulsaran de la sesión a San Nicolás por abofetear a Arrio (quien finalmente fue condenado como hereje por el concilio, y desterrado del Imperio por Constantino).
Y contra el abuso de la noción de fe subjetiva (fides qua, el acto de fe) y fe objetiva (fides quæ, los contenidos de fe) expuesta en San Agustín (La Trinidad, lib. XIII, cap. II, 5), abuso consistente en pretender que, a pesar de no creer todos en las mismas verdades, el acto de fe es común en los cristianos: católicos, ortodoxos, protestantes, «oves et boves univérsas: ínsuper et pécora campi» (Salmo VIII, 8), basta citar a los Papas Pío XI y Pío XII:
  • PÍO XI, Encíclica “Mortálium Ámimos”, 6 de Enero de 1928: «Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes, e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión. Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.
      
    Ahora bien: cuando el Hijo Unigénito de Dios mandó sus legados que enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la obligación de dar fe a cuanto les fuese enseñado por los testigos predestinados por Dios (Act. 10, 41); obligación que sancionó de este modo: “el que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere será condenado” (Mc. 16, 16). Pero ambos preceptos de Cristo, uno de enseñar y otro de creer, que no pueden dejar de cumplirse para alcanzar la salvación eterna, no pueden siquiera entenderse si la Iglesia no propone, íntegra y clara la doctrina evangélica y si al proponerla no está ella exenta de todo peligro de equivocarse. Acerca de lo cual van extraviados también los que creen que sin duda existe en la tierra el depósito de la verdad, pero que para buscarlo hay que emplear tan fatigosos trabajos, tan continuos estudios y discusiones, que apenas basta la vida de un hombre para hallarlo y disfrutarlo: como si el benignísimo Dios hubiese hablado por medio de los Profetas y de su Hijo Unigénito para que lo revelado por éstos sólo pudiesen conocerlo unos pocos, y ésos ya ancianos; y como si esa revelación no tuviese por fin enseñar la doctrina moral y dogmática, por la cual se ha de regir el hombre durante el curso de su vida moral.  

    Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto “Amaos unos a los otros”, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis” (2.ª Jn. 1, 18), Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe.
      
    Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿Y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la sagrada Tradición es fuente genuina de la divina Revelación; los que consideran de institución divina la jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y servidores del altar, y los que afirman que esa Jerarquía se ha introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada “transubstanciación”, y los que afirman que el Cuerpo de Cristo está allí presente sólo por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio, y los que sostienen que sólo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante invocación de los Santos que reinan con Cristo, sobre todo de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo (cf. 1.ª Tim. 2, 5)?
      
    Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos. En cambio, sabemos, ciertamente que de esa diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o “indiferentismo”, y al llamado “modernismo”, con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable a la vida de los hombres.

    Además, en lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquélla diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pues la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad; creerán con la misma firmeza en el Magisterio infalible del Romano Pontífice, en el mismo sentido con que lo definiera el Concilio Ecuménico del Vaticano, como en la Encarnación del Señor. No porque la Iglesia sancionó con solemne decreto y definió las mismas verdades de un modo distinto en diferentes edades o en edades poco anteriores han de tenerse por no igualmente ciertas ni creerse del mismo modo. ¿No las reveló todas Dios?».
  • PÍO XII, Encíclica “Orientális Ecclésiæ”, 9 de Abril de 1944: «Nuestra gran alegría por la profunda veneración que todos los pueblos cristianos de Oriente sienten por San Cirilo se combina con un pesar igual por no haber logrado la anhelada unidad de la que él fue ferviente defensor y promotor. Y deploramos especialmente que esto sea así en el momento actual, cuando es fundamental que todos los fieles de Cristo trabajen juntos de corazón y se esfuercen por la unión en la única Iglesia de Jesucristo, para que puedan presentar un frente común, firme, unido e inquebrantable ante los ataques cada día más intensos de los enemigos de la religión.
       
    Para que esto se logre, es absolutamente necesario que todos tomen como modelo a San Cirilo en su lucha por una verdadera armonía de almas, una armonía establecida por ese triple vínculo que Cristo Jesús, Fundador de la Iglesia, quiso que fuera el vínculo sobrenatural e inquebrantable que Él mismo proporcionó para unir y mantener unidos: el vínculo de una sola fe, de una sola caridad hacia Dios y hacia todos los hombres, y de una sola obediencia y legítima sumisión a la jerarquía establecida por el mismo Divino Redentor. Como bien sabéis, Venerables Hermanos, estos tres vínculos son tan necesarios que, si alguno de ellos faltara, la verdadera unidad y armonía en la Iglesia de Cristo sería impensable.
        
    A lo largo de los tiempos turbulentos de su vida en la tierra, el Patriarca de Alejandría enseñó a todos los hombres, tanto con su palabra como con su ejemplo conspicuo, cómo se debe lograr esta verdadera armonía y mantenerla firmemente; y queremos que lo haga también hoy.

    Y primero, en cuanto a la unidad de la fe cristiana, son bien conocidas la incansable energía y la tenacidad inquebrantable de San Cirilo en su defensa: “Nosotros (escribe), para quienes la verdad y las doctrinas de la verdad son muy preciadas, nos negamos a seguir a estos herejes; nosotros, tomando como guía la fe de los Santos Padres, protegeremos de todo error la revelación divina que nos ha sido confiada” (Cfr. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, lib. X: Migne, Patrología Græca, 74, col. 419).
        
    Por esta causa estaba dispuesto a luchar hasta la muerte y a costa de los mayores sufrimientos: “Por la fe que es en Cristo (dice), mi mayor deseo es trabajar, vivir y morir (Epístola 10: Migne, Patrología Græca 77, col. 78). Que la fe se mantenga segura e inmaculada… y ningún insulto, ninguna injuria, ningún reproche pueda conmoverme” (Epístola 9: ibid., col. 62).
       
    Y expresó su valiente y noble deseo de la palma del martirio con estas generosas palabras: “He decidido que por la fe de Cristo soportaré cualquier trabajo, sufriré cualquier tormento, incluso las torturas más dolorosas, hasta que se me conceda la alegría de morir por esta causa (Epístola 10: ibid., col. 70)… Porque si nos disuade el temor de sufrir alguna desgracia al predicar la verdad de Dios para su gloria, ¿con qué ánimo podemos predicar al pueblo en alabanza de los sufrimientos y triunfos de los santos mártires?” (Epístola 9: ibid., col. 63).

    En los monasterios de Egipto se desarrollaban animadas discusiones sobre la nueva herejía nestoriana, y el vigilante obispo escribe para advertir a los monjes de las falacias y peligros de esta doctrina, no para fomentar disensiones y controversias, sino (dice) “para que, si alguien os atacase, podáis oponer la verdad a sus vanidades, y así no solo os salvaréis del desastre del error, sino también podréis convencer fraternalmente a otros con argumentos adecuados, y así ayudarles a conservar para siempre en sus corazones la perla de esa fe que fue entregada por los santos Apóstoles a las Iglesias” (Epístola 1: ibid., col. 14).  Además, vio claramente —como se desprende fácilmente de la lectura de sus cartas sobre los obispos de Antioquía— que “esta fe cristiana, que debemos preservar y proteger a toda costa, nos ha sido transmitida por las Sagradas Escrituras y la enseñanza de los Santos Padres” (Epístola 55: ibid., cols. 202-203), y está clara y auténticamente expuesta por el magisterio vivo e infalible de la Iglesia.
       
    Así, cuando los obispos de la provincia de Antioquía afirmaron que para restablecer y mantener la paz bastaba con mantener la fe del Concilio de Nicea, San Cirilo, aunque firmemente adherido al Credo Niceno, también exigió a sus hermanos en el episcopado, como condición para la reunificación, que rechazaran y condenaran la herejía nestoriana. Porque comprendió muy bien que no basta con aceptar con docilidad los antiguos documentos del magisterio eclesiástico, sino que también es necesario acoger con fiel sumisión de corazón todas aquellas definiciones que la Iglesia, en virtud de su suprema autoridad, nos propone de vez en cuando para nuestra fe.
       
    De hecho, no se permite, ni siquiera con el pretexto de facilitar la concordia, ocultar ni un solo dogma; pues, como advierte el Patriarca de Alejandría: “El deseo de paz es sin duda el mayor y el primero de todos los bienes, pero por ello no se debe permitir que se comprometa la virtud de la piedad en Cristo” (Epístola 61: ibid., col. 325). Por tanto, no conduce al tan deseado retorno de los hijos descarriados a la sincera y justa unidad en Cristo aquella teoría que pone como base del consentimiento unánime de los fieles sólo aquellos puntos de doctrina en los que todas, o al menos la mayoría de las comunidades que se glorían en nombre del cristianismo, están de acuerdo, sino más bien aquella otra teoría que, sin excluir ni disminuir ninguna, acepta íntegramente toda verdad revelada por Dios».  
Ítem, miremos al elogiado: la Conferencia Mundial de Vida y Acción de Estocolmo de 1925 (que dicho sea de paso, tampoco tuvo presencia de representantes del movimiento pentecostal –que sin embargo recurrió a él para obtener el permiso para predicar en el antiguo Congo Belga–) fue convocada por Lars Olof Jonathan “Nathan” Söderblom/Olsson Blûme (1886-1931). Teólogo aficionado a las religiones iranias (su tesis doctoral ante la Sorbona de París fue “La vida futura después del mazdeísmo”), fue nombrado arzobispo de Uppsala y vicerrector de la universidad ídem en 1914 por el deseo de las autoridades estatales de contar con un vicerrector que no creara conflictos con la universidad. Él creía que la Iglesia luterana de Suecia era elegida para una importante tarea y se involucró activamente en el diálogo internacional, inspirado por su juventud en la Asociación de Jóvenes Cristianos en los Estados Unidos.
  
Riggtano-Prévost calla en 2025 (igual que Wojtyła en 1989 y Bergoglio en 2016) que Söderblom/Ollson publicó el 12 de Febrero de 1928 en el número 7 de la revista Das Evangelische Deutschland el artículo “Der päpstliche Stuhl und die Einheit der Kirche” (La Sede papal y la Unidad de la Iglesia), una «especie de contra-encíclica [para] refutar las afirmaciones del documento pontificio» “Mortálium Ámimos”, al que despectivamente llamó “El documento del día duodécimo” en su discurso de aceptación del Nobel de Paz en 1930. Para lo estudiado que era su autor (que hablaba también inglés, alemán, francés, italiano, latín, hebreo, griego, árabe y persa; fue miembro de las Reales Academias Suecas de Ciencias, Literatura y Música), la columna no era más que la repetición de las típicas acusaciones protestantes que ve en un panfleto de Chick: decía que los “dogmas romanos” definidos por la “acatólica” Sede Apostólica eran antibíblicos igual que hablaba de «el culto romano… la magia de los cultos romanos… el paganismo del culto [de la Iglesia Romana]… la adoración a María como Madre de Dios y a las imágenes» (cosas que no diría si hubiese conocido el luteranizante servicio Novus Ordo creado cuarenta años después), de las «falsas doctrinas de la Iglesia Romana» y el «sistema moral romano [que] sepulta precisamente el principal fundamento de la vida social, quita la confianza».
   
Jonathan “Nathan” Söderblom/Olsson (cuesta creer que sea un obispo ¡AUNQUE NUNCA LO FUE!)

Asimismo, también callan que por cuenta de su libro “Kristi pinas historia” (Historia de la Pasión de Cristo) publicado en 1928 en el que parecía negar la resurrección corporal de Cristo, a Söderblom se le pidió no asistir el año siguiente al séptimo centenario de la catedral de Santa María y San Enrique en Åbo/Turku en la vecina Finlandia. Aunque se pretenda señalar esa negación como una crisis de juventud producto de su encuentro con la crítica histórica (Alta Crítica), si él ni siquiera compartía una creencia en la Resurrección, ¿cómo pretendía él obtener la unidad de los cristianos?
  
Empezamos nuestro análisis con una cita de San Agustín, y queremos concluirlo con otra citar a este Padre y Doctor: «EN EL CISMA NO ESTÁN CONMIGO, EN LA HEREJÍA TAMPOCO. EN MUCHAS COSAS SÍ ESTÁN CONMIGO, PERO SÓLO EN POCAS NO LO ESTÁN. Y POR ESTAS POCAS COSAS EN QUE NO ESTÁN CONMIGO, NO LES APROVECHAN LAS MUCHAS EN QUE SÍ ESTÁN» (SAN AGUSTÍN, Comentario sobre el Salmo LIV, 19).
  
D. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
25 de Agosto de 2025 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta de San Luis Rey de Francia, Confesor y patrono de la Tercera Orden Franciscana; de San Ginés de Roma, Mártir de la Fe; y de San Aredio, Abad de Limoges. Nacimiento del padre Francisco de la Chaise SJ, confesor del rey Luis XIV de Francia; del general Juan Agustín Agualongo Cisneros, “El León de Pasto”; y de la Sierva de Dios María Eugenia de Jesús (en el siglo Ana Eugenia) Milleret de Brou, fundadora de las Religiosas de la Asunción. Tránsito de Santo Tomás de Cantilupe, Obispo de Hereford (Inglaterra); de San José de Calasanz, Sacerdote, Confesor y fundador de la Orden de los Clérigos Regulares pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías; y de Sor María del Tránsito de Jesús Sacramentado (en el siglo Eugenia de los Dolores) Cabanillas Luján, religiosa fundadora de las Hermanas Misioneras Terciarias Franciscanas. Martirio de San Magín Ermitaño, copatrono de Tarragona; y de los Beatos Pedro de Santa Catalina Vásquez OP, Miguel de Carvalho SJ, Luis Cabrera Sotelo, Luis Sasada y Luis Baba OFM en Ōmura (Japón); y de los laicos Andrés Kim Gwang-ok y Pedro Kim Jeong-deuk en Corea. Llegada de Antonio de Mota y Francisco Zeimoto en Japón; victoria de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III duque de Alba de Tormes, en la batalla de Alcántara (Portugal); fundación de San Luis de Loyola Nueva Medina de Rioseco (Argentina); independencia de la Provincia Oriental (hoy Uruguay) de Brasil; comienzo de la Revolución Belga; incendio de la biblioteca de la Universidad Católica de Lovaina por el Ejército imperial alemán.

jueves, 29 de mayo de 2025

LA ASCENSIÓN, CULMEN DE LA GLORIFICACIÓN DE CRISTO


La glorificación de nuestro Señor Jesucristo llegó a su término con su resurrección y ascensión. Su resurrección la celebramos el domingo de Pascua, su ascensión la celebramos hoy. Uno y otro son días de fiesta para nosotros, pues resucitó para dejarnos una prueba de la resurrección, y ascendió para protegernos desde lo alto. Tenemos, pues, como Señor y Salvador nuestro a Jesucristo que, primero, pendió del madero de la cruz y, ahora, está sentado en el cielo. Pendiendo de la cruz, pagó nuestro precio; sentado en el cielo, reúne lo que compró. Una vez que haya reunido a todos, obra que realiza en el curso del tiempo, vendrá al final de los tiempos, según está escrito: Dios vendrá manifiestamente (Ps. 48, 3). No vendrá encubierto, como la primera vez, sino al descubierto, según acaba de afirmarse. En efecto, convenía que viniese encubierto para ser juzgado, pero vendrá al descubierto para juzgar. Si hubiese venido al descubierto la primera vez, ¿quién hubiese osado juzgarle, mostrando a las claras quién era? Ya el mismo apóstol Pablo dice: Pues, si lo hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria (1.ª Cor. 2, 8). Y si a él no le hubiesen entregado a la muerte, no hubiese muerto la muerte. El diablo fue vencido en lo que era su trofeo. Él saltó de gozo cuando, sirviéndose de la seducción, arrojó al primer hombre a la muerte. Seduciéndolo, dio muerte al primer hombre; dando muerte al último, libró al primero de sus propios lazos.

La victoria de nuestro Señor Jesucristo se convirtió en plena con su resurrección y ascensión al cielo. Entonces se cumplió lo que habéis oído en la lectura del Apocalipsis: Venció el león de la tribu de Judá (Apoc. 5, 5). A él se le llama, a la vez, león y cordero: león por su fortaleza, cordero por su inocencia; león en cuanto invicto, cordero en cuanto manso. Este cordero degollado venció con su muerte al león que busca a quien devorar. También al diablo se le llama león por su fiereza, no por su valor. Dice el Apóstol Pedro: Conviene que estemos vigilantes contra las tentaciones, porque vuestro adversario el diablo ronda, buscando a quien devorar (1.ª Petr. 5, 8). Indicó también cómo hace la ronda: Cual león rugiente ronda buscando a quien devorar. ¿Quién no iría a parar a los dientes de este león si no hubiera vencido el león de la tribu de Judá? Un león frente a otro león y un cordero frente al lobo. El diablo saltó de gozo cuando murió Cristo, y en la misma muerte de Cristo fue vencido el diablo. Como en una ratonera, se comió el cebo. Gozaba con la muerte cual si fuera el jefe de la muerte. Se le tendió como trampa lo que constituía su gozo. La trampa del diablo fue la muerte del Señor; el cebo para capturarle, la muerte del Señor. Ved que resucitó nuestro Señor Jesucristo. ¿Dónde queda la muerte que pendió de la cruz? ¿Dónde quedan los insultos de los judíos? ¿Dónde la hinchazón y soberbia de los que ante la cruz agitaban su cabeza y decían: Si es el Hijo de Dios, que baje de la cruz? (Cf. Mt. 27, 40). Ved que hizo más de lo que le exigían ellos en chanza; en efecto, más es resucitar del sepulcro que descender de la cruz.

Y ahora, ¡qué gloria la suya al haber ascendido al cielo y estar sentado a la derecha del Padre! Por eso no lo vemos, como tampoco lo vimos colgar del madero, ni fuimos testigos de su resurrección del sepulcro. Todo esto lo creemos, lo vemos con los ojos del corazón. Se nos alabó por haber creído sin haber visto. A Cristo lo vieron también los judíos. Nada tiene de grande ver a Cristo con los ojos físicos; lo grandioso es creer en Cristo con los ojos del corazón. Si se nos presentase ahora Cristo, se parase ante nosotros, callado, ¿cómo sabríamos quién era? Y además, en caso de permanecer callado, ¿de qué nos aprovecharía? ¿No es mejor que, ausente, hable en el evangelio antes que, presente, esté callado? Y, sin embargo, no está ausente si se le aferra con el corazón. Cree en él y lo verás. No está ausente a tus ojos y posee tu corazón. Si estuviese ausente de nosotros, sería mentira lo que acabamos de oír: He aquí que yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos (Matth. 28, 20).

SAN AGUSTÍN, Sermón 263 (21 en la edición de 1917 por Dom Germain –nacido Léopold Frédéric– Morin Baudry OSB del Códice de Wolfenbüttel, del siglo IX).

domingo, 25 de mayo de 2025

PEDIR EN NOMBRE DE CRISTO LO QUE CONVIENE A LA SALVACIÓN


«Ahora hemos de tratar de estas palabras del Señor: “En verdad en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Ya hemos dicho en las anteriores explicaciones, al tratar de las palabras del Señor (cf. Tratado 73), respecto de aquellos que piden algunas cosas al Padre en nombre de Cristo, y no las reciben, que no se pide en nombre del Salvador cuando se pide algo contra la salvación (San Juan XVI, 24), ya que no hemos de fijarnos tan sólo en el sonido de las letras y sílabas, sino en el significado del sonido. Y esto debemos tenerlo presente especialmente cuando dice: “En mi nombre”. Por lo mismo, el que piense de Cristo lo que no debe pensarse del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque pronuncie el nombre de Cristo, ya que pide en el nombre de aquel de quien piensa cuando pide. Mas aquel que siente de Cristo lo que se debe sentir, este tal pide en su nombre, y recibe lo que pide, si no es contra su eterna salud. Pero recibe cuando debe recibir. Algunas gracias no son rehusadas, mas se difieren para ser concedidas en su tiempo oportuno. Así debe entenderse lo que dice: “Os daré”; para designar con estas palabras aquellos beneficios que afectan particularmente a los que los piden. Ya que todos los Santos son oídos cuando piden en favor suyo, pero no lo son siempre cuando piden por los demás, tanto si son amigos como enemigos, u otros cualesquiera, ya que no se dijo de cualquier modo: “Dará”; sino: “Os dará”.
   
“Hasta ahora”, dice, “nada habéis pedido en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo”. Esto que llama “gozo completo”, a la verdad no consiste en un gozo carnal sino espiritual, y cuando sea tan grande que al mismo nada se deba añadir, entonces verdaderamente será completo. Todo cuanto se pida relacionado con la consecución de este gozo, se ha de pedir en nombre de Cristo, y esto así lo pediremos si comprendemos bien la naturaleza de la gracia, si el objeto de nuestras peticiones lo constituye la vida verdaderamente bienaventurada. Pedir cualquier otra cosa es no pedir nada. No que sea nada absolutamente, sino que en comparación de bien tan grande como es la bienaventuranza, se reputa como nada».
     
SAN AGUSTÍN, Tratado 102 sobre el Evangelio de San Juan (cap. XVI, 23-28), 1-2. Divino Oficio, lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª de las Maitines de la Domínica V después de la Octava de Pascua. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. I, págs. 668-669. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

miércoles, 5 de febrero de 2025

NOVENA EN HONOR AL SANTO CRISTO DE SAN AGUSTÍN DE GRANADA

Novena dispuesta por la Hermandad del Santo Cristo de San Agustín en la ciudad de Granada, y reimpresa en Granada por la Imprenta de los Herederos de Manuel Gómez Moreno en 1834.
  
INDULGENCIAS
El Illmo. y Rmo. Sr. D. Felipe de los Tueros y Huerta, Arzobispo de Granada, del Consejo de S. M., concedió ochenta días de indulgencia a.todas las personas que hicieren esta Novena.
   
El Excmo. e Ilmo. Sr. D. Blas Joaquín Álvarez de Palma, Gran Cruz de la distinguida Orden española de Carlos III y Arzobispo de Granada, concede ochenta días de indulgencia a todos los fieles que hicieren esta Novena, otros ochenta a los que rezaren la Oracion Christus vincit que está al fin de ella, y otros ochenta por cada acto religioso que se haga delante de la Santa Imagen. 

INTRODUCCIÓN
«Petíte, et dábitur vobis, omnis enim qui petit áccipit» (S. Matth. VII,. 7-8).
  
El piadoso uso de las Novenas que la devoción ha introducido, es para alcanzar de Dios, por la intercesión de los Santos a quienes se dedican, aquellas gracias espirituales y corporales que para el bien de sus almas y cuerpos necesitan los fieles.
  
Si es una verdad que los Santos como amigos de Dios son para con nosotros poderosísimos intercesores, también lo es que entre todos los intercesores, el más poderoso a la presencia del Eterno Padre es su amado Hijo Jesucristo nuestro Redentor, como nos lo enseñan los Suntos Apóstoles San Juan y San Pablo que nos dicen: que si pide es por su propio respeto y que es oído por su propia excelencia; y como en el Árbol de la Cruz dando su vida por los hombres, manifestó la grandeza de su amor, obedeciendo hasta morir a su Eterno Padre, sus ruegos por nosotros desde el madero Santo de la Cruz son tan agradables. A la vista de su Padre que nos hacen fundar las más sólidas esperanzas de conseguir todo cuanto pidamos en esta Santa Novena si nuestras súplicas son dirigidas por un corazón contrito y humillado.
   
El Santisimo Cristo de San Agustín protector decidido de esta ciudad de Granada ha manifestado en todos tiempos el amor que profesa a los hijos de este su querido pueblo. En sus mayores tribulaciones, siempre que la Ciudad le ha buscado, ha enjugado sus lágrimas, levantado el azote de su justicia y la ha llenado de consuelo. Desde los tiempos más remotos lo ha manifestado así. En el Siglo XVI, por los años de 1587, cuando las fuentes se secan y no corren los ríos Dauro y Genil, que son los que forman la amenidad del terreno y la fertilidad de su hermosa Vega, en esta grande tribulación ocurren a su protector el Santísimo Cristo de San Agustín y fueron consolados. Lo mismo acontece en la Peste desoladora de los años de 1679, en el que apenas lo sacaron en procesión de rogativa, los enfermos sanan y la peste se concluye.
  
Estos prodigios motivaron a formar esta novena tomada literalmente de los tiernos afectos que a Jesucristo Crucificado manifiesta en sus obras el Gran Doctor de la Iglesia el Sr. San Agustín, y el que motiva hoy día su segunda reimpresión.
  
MODO DE HACER LA NOVENA
Cualquier persona que hubiere de hacer esta Novena, para que sea con fruto, ha de limpiar su conciencia confesando y comulgando a lo menos una vez, dentro de los nueve días, y en cada uno de ellos puesto de rodillas delante del Santísimo Cristo de San Agustín, o de un Retrato o Estampa suya (y quien no la tuviere, ni pudiere ir donde esta dicha Sagrada Imagen, delante de cualquier Crucifijo o Cruz) se persignara diciendo: Por la señal &c., y hará el Acto de Contrición, que hay para empezar todos los días: Señor mío Jesucristo &c. y dirá las oraciones que hay para cada día, una al Eterno Padre y otra a Cristo Crucificado: después dirá todos los días las cinco Jaculatorias, que hay para acabar, y al fin de cada una un Pater noster y un Ave María con un Gloria Patri en honra de las cinco Llagas del Señor, y concluirá cada día con la Antífona y Oración que se les sigue.
  
En cualquier tiempo del año se puede hacer esta Novena, especialmente en la Cuaresma, y con más especialidad en el mes de Agosto, empezando el día cinco, y acabando el día trece, tiempo en que se celebran los milagrosos favores de dicha Santa Imagen hechos a esta Ciudad. Tambien se puede hacer en nueve viernes, y en este caso se ha de confesar y comulgar en todos ellos.
  
NOVENA A JESUCRISTO CRUCIFICADO, MEDIANERO ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES, REPRESENTADO EN LA MILAGROSA IMAGEN DEL SANTÍSIMO CRISTO DE SAN AGUSTÍN, SAGRADO PROTECTOR DE LA CIUDAD DE GRANADA

  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mio, por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa, Señor, de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmisimamente la enmienda con vuestra Divina gracia: y espero en vuestra infinita misericordia, me habéis de perdonar y salvar, por los méritos de vuestra Santísima Vida, de vuestra preciosísima Sangre, de vuestra dolorosísima Pasión, y afrentosísima Muerte. Pequé, Señor, habed misericordia de mí.
  
DÍA PRIMERO
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 1 y cap. 5).
Señor Dios mío, Eterno y amoroso Padre de mi Señor Jesucristo, dadme gracia, para que en esta Novena, y en todos los días de mi vida, Os desee mi corazón, deseándoos Os busque,buscándoos, Os halle, hallándoos Os ame y amándoos logre el perdón de mis pecados, y que nunca más vuelva a ofenderos. Dios mío y misericordia mía, desatad las prisiones de mis yerros, y borrar la sentencia de muerte que por mis culpas merezco, por la caridad y amor de vuestro Hijo querido. Yo no hallo, Señor, otro Intercesor más poderoso para con vuestra Majestad sino al que es propiciación y rescate de todos nuestros pecados, y continuamente intercede por nosotros, Este es, ¡oh Eterno Padre!, Nuestro Abogado delante de vuestra Majestad: este es el Sumo Pontifice que no tiene necesidad de ser purificado con ajena sangre, porque en la Cruz resplandece bañado con la suya propia: este es, Señor, la Hostia santa y perfecta a vuestra Majestad agradable: este es el Cordero sin mancha, que en poder de sus enemigos enmudeció, y siendo abofeteado, escupido y afrentado, no abrió su boca; y no habiendo cometido pecado alguno, llevó sobre Sí nuestros pecados, y con sus Dolores sanó nuestras dolencias, Por su medio os pido, Señor, me concedáis lo que en esta Novena pretendo, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 49 y cap. 35).
Señor mío Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Soberano Protector mío, que extendidas y clavadas las manos en la Cruz, bebiste el amargo Cáliz de tu Pasión por mi redención y la de todos los pecadores, yo Te suplico, que me des la mano, y me socorras hoy y en estos días, concediéndome lo que en esta Novena, siendo de Tu agrado, pretendo. Aquí me tienes, Señor, que como pobre vengo a Ti, que eres rico, y como miserable me valgo de Ti, que eres Misericordioso: no me aparte de aquí vacío y despreciado de Ti. Yo confieso, Dulcísimo Jesús mío, yo confieso contra mi mi maldad delante de tu magoificencia y bondad: ten misericordia de mí, pues tantos dolores Te costé. Y óyeme, Dios mío, óyeme, Lumbre de mis ojos, oye lo que Te pido, y para que me oigas dame la petición, y el modo de pedirte. Piadosísimo y Misericordiosísimo Señor, no Te hagas inexorable para mí mirando mis pecados, sino atendiendo a tu bondad recibe benigno los ruegos de este siervo tuyo, y concédeme el efecto de mi petición y deseo, por la intercesión y ruegos de la Gloriosa Virgen María tu dulcísima Madre, y de tu amado Doctor San Agustín mi Padre. Amén.
  
JACULATORIAS Y ORACIONES EN HONRA DE LAS CINCO LLAGAS DEL SEÑOR
  • JACULATORIA 1.ª (N. P. San Agustín, Soliloquios, cap. 74. y cap. 18): ¡Oh amabilísimo Jesús Crucificado, digno de ser servido siempre y amado! Tarde Te amé, hermosura antigua y nueva, tarde Te amé. ¿Quieres, Señor que te quiera? ¿Me mandas que yo Te ame? Dame lo que me mandas y mándame lo que quieres. Pater noster, Ave María y Gloria Pátri.
  • JACULATORIA 2.ª (N. P. San Agustín, Manual. cap. 10): ¡Oh dulcísimo Jesús Crucificado, amor grande, que siempre ardes y nunca te apagas, Dios mío y Caridad mía! Enciéndeme y abrássme todo con tu Divino fuego, con tu caridad y dulzura, para que con todo mi corazon Te ame. Pater noster, Ave María y Gloria Pátri.
  • JACULATORIA 3.ª (N. P. San Agustín, Soliloquos, cap. 7): ¡Oh suavísimo Jesús Crucificado, Luz de mis ojos, por la cual veo, y sin la cual estoy ciego, gozo de mi corazón, y alegría de mi espíritu! Ámete yo, Señor, con todo mi corazón, con toda mi alma y con todis mis entrañas, porque me amaste primero. Pater noster, Ave María y Gloria Pátri.
  • JACULATORIA 4.ª (N. P. San Agustín, Soliloquios, cap. 1): ¡Oh Clementísimo Jesús Crucificado, Hijo de Dios vivo, vida que me das vida y que eres toda mi vida: vida por la cual vivo, y vida sin la cual muero: vida con la cual resucito, y sin la cual perezco: vida vivificante, dulce y amable! Vivifícame con tu gracia, para que Te ame. Pater noster, Ave María y Gloria Pátri.
  • JACULATORIA 5.ª (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 57): ¡Oh amantísimo Jesús Cracificado, Saeta escogida y aguda Espada, que puedes con tu Divina potencia penetrar el duro estado del corazón humano! Traspasa mi corazón con la saeta de tu dulce amor, para que pueda decirte mi alma que está herida con tu caridad. Pater noster, Ave María y Gloria Pátri.
   
Pues yo soy quien te ofendí,
Mi dulcísimo Jesús,
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
  
Tu Prisión
La causó mi libertad,
Pues con pasión
Me arrojé tras la maldad,
Y tu bondad
Se ofreció al Padre por mí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
    
Las espinas
Traspasaron tu Cabeza,
Y en esas minas
Hallo mi mayor riqueza,
Pues con largueza
Diste la vida por mí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
     
Los azotes,
Heridas y bofetadas
Fueron dadas
Por mis manos atrevidas,
Y sufridas,
Manso Cordero, por mí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
     
Los baldones,
Las heridas sin cuento,
Son blasones
De mi alma y mi contento,
Solo siento
Que yo Te las merecí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
     
Esa Cruz
Donde estás, mi Bien, clavado,
Es mi luz,
Aunque el sol esté eclipsado,
¡Ay, dulce Amado,
Si yo muriera por Ti!
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
    
La amargura
De tu boca aheleada
Es dulzura
De mi alma regalada,
Y pagada
La fruta que yo comí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
     
Son tus manos,
Tus pies y costado abierto
Dulce puerto,
Donde nuestro bien hallamos,
E inhumanos,
No nos mueve verte asi.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
    
Con tu Muerte,
Quedó todo consumado,
De esta suerte
A tu Padre le has pagado
Lo que el pecado
Me dejó de deuda a mí.
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
     
Los Dolores
De vuestra Madre afligida
Son amores
Ofrecidos por mi vida,
Madre la más dolorida,
¡Oh!, ¿quién muriera por Ti?
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
    
Pues yo soy quien te ofendí,
Mi dulcísimo Jesús,
Por tu Pasión y tu Cruz,
Rogad al Padre por mí.
  
En lugar de la Antifona se dice:
Blnnco y rubio eres, amado Jesús Crucificado, y por todos modos digno de ser amado y querido; porque toda tu figura amor respira, y tu cabeza iuclinada, tus extendidos manos y tupecho abierto, provocan a ser con amor correspondido.
   
℣. A Ti, Cristo Jesús, te adoramos y a Ti te bendecimos. 
℟. Porque por medio de tu Cruz redimiste al mundo.
   
ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, que estando en el seno de tu Eterno Padre, bajaste de los Cielos a la Tierra, y derramaste tu preciosa Sangre en remisión de nuestros pecados: humildemente Te rogamos, que en el día del Juicio, a tu mano diestra colocados, merezcamos oír: «Benditos de mi Padre, venid». Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
  
Oración que se dirá todos los días al acabar la novena en tiempo de peste u otra cualquier necesidad.
   
LATÍN
Christus vincit, Christus regnat, Christus ímperat, Christus ab omni malo nos deféndat.
Christus Rex venit in pace.
Et Verbum caro factum est.
Deus homo factum est.
    
Per signum sanctæ Crucis líbera nos, Dómine Deus noster.
De inimícis nostris líbera nos, Deus noster.
Christus nobíscum stat.
  
Sanctus Deus, Sanctus Fortis.
Sanctus Immortális, miserére nobis.
  
Orémus:

ORATIO
Deus misericórdiæ, Deus pietátis et caritátis, Deus indulgéntiæ ac véniam, qui misértus es super afflictiónem pópuli tui, et dixísti Ángelo percuténti pópulum tuum: «Contíne manum tuam», ob amórem illíus Stellæ gloriósæ, cujus úbera pretiósa contra venénum nostrórum delictórum quam dulcit suxísti; præsta auxílium grátiæ tuæ, ut ab omni peste, fame, bellum, terræmótus, fúlgure, tempestáte, et improvísa morte secúre liberémur, et a tótius perditiónis incúrsu misericórditer salvémur. Per te, Jesu Christe Rex glóriæ, Salvátor mundi, qui cum Patre et Spíritu Sancto vivis et regnas, Deus, in sǽcula sæculorum. Amen.
  
TRADUCCIÓN
Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera, Cristo nos defienda de todo mal.
 
Cristo Rey vino en paz,
Y el Verbo se hizo carne,
Dios se hizo hombre.
   
Por la señal de la Santa Cruz líbranos, Señor Dios nuestro.
De nuestros enemigos líbranos, Señor.
Cristo está con nosotros.
Santo es Dios, Santo fuerte.
Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
  
Oremos:
  
ORACIÓN
Dios de misericordia, Dios de piedad y amor, Dios de indulgencia y perdón, que compadeciéndoos de la aflicción de vuestro pueblo, dijisteis al Ángel castigador que lo hería: «suspende tu mano». Por amor de aquella Estrella Gloriosa, vuestra Madre purísima, de cuyos pechos os alimentasteis tan dulcemente del licor milagroso contra el veneno de nuestros delitos, concedednos el auxilio de vuestra gracia para que seguramente seamos libres y misericordiosamente salvos de toda peste, hambre, guerra, terremoto, rayo, tempestad, muerte repentina y de todo peligro de condenación eterna. Por Vos, Jesucristo, Rey de la Gloria, y Salvador del mundo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
  
DÍA SEGUNDO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 6).
Piadoso, Eterno y Amoroso Padre y Señor mío, aquí tiene vuestra Majestad presente a mi Sagrado Protector: mirad, Dios mío, a vuestro piadosísimo Hijo con tanta impiedad atormentado y muerto en la Cruz por mí: mirad, Rey Clementísimo, al que padece, y benigno acordaos de mí, por quien padece. Este es, Señor, aquel inocentísimo Hijo, que vuestra Majestad entregó a la muerte para rescatar al desagradecido esclavo: este es aquel Autor de la vida, que como manso Cordero fue llevado al sacrificio, y siéndoos obediente hasta la Cruz, no rehusó padecer la más cruel y afrentosa muerte, por dar vida al hombre muerto en la culpa y preso en la carcel de la muerte. Acordaos, ¡oh Divino Dispensador de nuestra salvación y salud!, que con ser este mismo Señor el que engendrasteis de vuestra Divina y Eterna Substancia, quisisteis que se vistiese de la fliqueza de mi carne, para que en el Madero Santo pagase, mediante la carne que había tomado, el triste castigo que yo merecía. Poned, Señor, los ojos de vuestra misericordia sobre esta obra de inefable piedad; y por su medio concededme el perdón de  mis pecados, y la merced que en esta Novena solicito, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Soliloquios, cap. 13 y Manual, cap. 11).
Señor mío Jesucristo, Soberano Protector mío Crucificado por mí: yo Te pido, Señor, por quien eres, que no me desampares ni dejes: así lo espero, mi Dios, pues me criaste cuando yo era nada, y me redimiste cuando más perdido estaba. Muerto estaba yo, y siendo Tú inmortal, para venir a darme vida, tomaste carne mortal. Al esclavo, Soberano Rey, bajaste y para rescatarlo, a Ti mismo Te entregaste. Para que viviese yo, padeciste muerte, y con ella venciste a la misma muerte, Tanto me amaste, Señor, que dando tu preciosa Sargre en precio por mí, me da fundamento tu amor a que piense que más me amaste a mí que te amaste a Ti, porque quisiste morir en la Cruz por mí. ¡Ah, Señor!, que estas tan grandes finezas sean un memorial de tu excesivo amor, y que de mi corazón nunca yo Te aparte, pues por mí de esa Cruz no te apartaste. Hermosísimo Jesús, humildemente te ruego, por aquel sacratísimo derramamiento de tu preciosa Sangre, con que en la Cruz nos redimiste, que le des a mi corazón una verdadera contrición, y una fuente de lágrimas con que llore mis pecados, principalmente en esta  ocasiín en que Te ofrezco estas oraciones y ruegos; y concédeme, Señor, lo que en esta Novena te pido, por los méritos de tu Madre Santísima y de San Agustín tu amante Siervo. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
   
DÍA TERCERO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 6).
Soberano Señor, Eterno Padre y Dios mío, aquí pongo delante de vuestra Divina presencia a vuestro dulcísimo Hijo extendido y descoyuntado por mí en el madero sagrado de la Cruz. Mirad, Señor, aquellas inocentes manos destilando preciosa Sangre, y por ellas perdonando las maldades que con atrevida osadía han cometido las mías. Reparad, Dios mío, en aquel amoroso pecho con la lanza cruel atravesado, y renovarme a mí con la sagrada fuente que creo haber salido de su piadoso Costado. Por aquellos sacratísimos pies que anduvieron por los caminos de vuestra santa Ley, que veis allí con duros clavos traspasados, pido a vuestra Majestad, piadoso Padre, que gobernéis los míos, para que ande siempre por las sendas de la verdad, aborreciendo yo los caminls torcidos y errados. Rey de los Santos, yo os suplico por este Santo de los Santos, mi Redentor Crucificado, que me hagáis correr por el camino de vuestros Mandamientos, para que logre unirme en el Espíritu con vuestro Hijo Santisimo, pues Él no tuvo horror ni asco de vestirse de mi carne. Concededme, Señor, por Su preciosa Sangre la gracia que en esta Novena pretendo, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 7).
Señor mío Jesucristo, Sagrado protector y Redentor mío: ¿qué culpa fue la mía, amantísimo Mancebo, para ser tan mal tratado, y condenado a muerte de Cruz? ¿Cuál fue el pecado que cometiste para morir afrentado y ser con desprecio sentenciado? Bien veo, Señor, que no hubo culpa de tu parte, porque eres por naturaleza Santo e impecable. Yo, Crucificado Bien mío, yo soy la llaga de tu dolor: yo tengo la culpa de tu muerte: yo soy el que solo merece los tormentos, porque, yo soy la única causa de tus cardenales y llagas. ¡Oh disposición admirable de tan inefable misterio! Peca el injusto, y es castigado el justo: obra mal el delincuente, y es azotado el inocente: ofende a Dios el malvado, y el piadoso es condenado: el bueno padece lo que el malo merece: la deuda del esclavo la paga el Señor, y por la culpa del hombre puro muere un Hombre Dios. ¡Oh Hijo de Dios vivo! ¡Hasta dónde llegó tu humildad, tu amor, tu caridad,  tu compasión y piedad! Usa, Señor, conmigo, de todos estos atributos soberanos, y preséntalos a tu Eterno Padre, para que me perdone mis pecados, y concédeme piadoso lo que en esta Novena solicito, por los méritos de tu dulcísima Madre, e intercesión del Glorioso San Agustín. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
      
DÍA CUARTO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 6).
¡Oh Padre Piadosísimo y Dios Eterno! Mirad, Señor, a vuestro Dulcúsimo Hijo por mí Crucificado: mirad su Sacrosanta Cabeza herida, inclinada y descaecida: su cerviz más blanca que la nieve, ensangrentada toda, y con la muerte doblada y caída: Mirad, Benignísimo Criador mío, la sagrada Humanidad de vuestro amado Hijo, y tened misericordia de mi flaqueza, que soy pobre y debil criatura vuestra. Reparad, Dios mío, cómo resplandece en la Cruz su desnudo Pecho y su Costado manando Sangre bermeja: cómo está eclipsada la hermosura de sus ojos, y pálido el color de su Divino Rostro: cómo están sus Brazos yertos, extendidos y descoyuntados, y los arroyos de su Sangre riegan sus Pies traspasados con duros y crueles clavos. Contemplad, ¡oh Glorioso Padre!, los miembros quebrantados y descuadernados de vuestro amado Hijo, y acordaos misericordioso que soy de barro quebradizo. Considerad, mi Dios, las penas de este Dios Hombre, y tened piedad de la miseria del hombre que criasteis: mirad la Pasión del Redentor, y perdonad, Señor, el pecado del redimido, y por su medio concededme la merced que Os pido, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 7).
Señor mío Jesucristo, Soberano Protector mío, por mi amor Crucificado, gracias te doy por el beneficio grande de haberte puesto en esa Cruz para mi libertad y salud; pues siendo yo el malo, Tú eres el castigado: la culpa yo la cometi y Tú, Dios mío, pagas la pena por mí: yo soy el delincuente y Tú padeces el tormento: yo soy el soberbio envanecido y Tú, Gran Señor, el humillado y abatido: yo soy el inobediente y Tú por obediencia pagas con la muerte la culpa de mi inobediencia. De la gula me dejo yo llevar, y Tú padeces hambre, sed y necesidad: Al ilícito deleite me arrastró el árbol vedado, y la caridad perfecta te puso a Ti Crucificado: yo me deleito comiendo, y Tú te angustias padeciendo: yo gozo de los regalos, y a Ti te despedazan y atormentan duros clavos: yo gusto de la manzana la dulzura, y Tú gustas de la hiel y del vinagre la amagura: a mí Eva con risa me acaricia, y de Ti llorando se compadece María. Suplícote, Dulce Jesús mío, que compadecido de mi miseria y movido de tu misericordia seas mi Medianero con tu Eterno Padre, para que logre lo que pretendo en esta Novena, por la intercesión de tu dolorosa Madre, y del Glorioso Doctor San Agustín. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
      
DÍA QUINTO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 8).
Dios todopoderoso, Eterno y amoroso Padre de mi señor Jesucristo, miradme ya con ojos de misericordia, pues os ofrezco a vuestro amado Hijo por mí Crucificado: en Él presento a vuestra Majestad lo más precioso y estimable que he podido hallar: ninguna cosa para mí reservo, porque os ofrezco Señor, todo cuanto tengo: nada me queda que añadir a la dádiva, porque toda mi esperanza y todo mi caudal ofrezco en vuestro Hijo a vuestra Majestad, ahí tenéis, Dios mío, el medianero entre vuestra Majestad y los pecadores: ahí tenéis a mi intercesor y abogado, por cuyo medio espero conseguir el perdón de mis pecados. Yo creo, Eterno y piadoso Padre, que enviasteis al mundo a vuestro unigénito Hijo, para que vestido de mi humanidad se dignase padecer y sufrir prisiones, bofetadas, escarnios, salivas, Cruz, clavos y lanzas. Esta Humanidad, Señor, así herida, es la que amansa vuestra ira, y la que nos reparte vuestras misericordias. Por ella os pido que no apartéis de mí, indigno pecador, los ojos de vuestra Paternal misericordia y amor, y me concedáis por medio de tan grande intercesor lo que en esta Novena pretendo, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 7).
Señor mío Jesucristo, Rey de la Gloria, Dios mío Crucificado y sagrado Protector mío: ¿con qué podré yo pagarte los beneficios que he recibido de Ti puesto en esa Cruz? Bien veo, Señor, que en el corazón humano no hay cosa digna y correspondiente a tales mercedes, y que la criatura no puede elevarse tanto que llegue a recompensar lo que de su Criador recibe. Mas también considero, dulcísimo Jesús, mío, que atendiendo a tu admirable dispensación, puede mi flaqueza satisfacer en algo tanta dignación, si mi alma ilustrada con tu visitación y compungida con tu memoria, crucifica su carne con todos sus apetitos; porque cuanto recibe esta merced de Ti, empieza a compadecerse de Ti y a entender que por mis culpas quisiste morir. Concédeme, piadosísimo Señor, por tus antiguas misericordias, esta gracia, para que desechando yo el mortal veneno de la Serpiente infernal, me sea restituida aquella antigua salud que me ganaste con tu preciosa Sangre. Y hacer que sin Ti ninguna cosa sea dulce para mí, ninguna cosa me agrade, ni me sea hermosa o preciosa fuera de Ti: el gozo sea mi pena sin Ti, y la pena suma alegría por Ti: tu Nombre sea mi refrigerio y tu memoria consuelo. Yo te suplico, Esperanza mía, que por tu piedad infinita, perdones mis culpas y malas correspondencias, y me concedas lo que pido en esta Novena, por los méritos de tu Madre Santísima y del Glorioso Doctor San Agustín. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
      
DÍA SEXTO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 1 y cap. 8).
¡Oh Dios inmenso, Eterno y Soberano Padre! Aquí nos tenéis en vuestra presencia, a vuestro Hijo mi Señor Crucificado, y a mí su rebelde esclavo: mirad, piadoso Padre, al Hijo que engendrasteis, y al esclavo que redimisteis: mirad al Hacedor, y no despreciéis la hechura; abrazad tierno y amoroso al Pastor, y mirad misericordioso la oveja que trajo sobre sus hombros. Aquí tenéis, Soberano Rey, Dios Omnipotente y Señor mío, al Buen Pastor que a costa de su Sangre, de su Muerte y su Pasión, os trae en mí lo que vuestra Majestad le encomendó: Él tomó por vuestra obediencia a su cargo salvar al hombre y os le ofrece en la Cruz, salvo y limpio de toda mancha con su preciosa Sangre. Bien puedo yo, Padre amoroso, por  mí mismo ofenderos, mas no puedo yo por mí mismo desenojaros; pero vuestro amado Hijo y mi Dios, ha querido ser mi fiador y vestirse de mi humanidad para curar mi enfermedad, y para que de donde había nacido la culpa allí se hallase el remedio. De es te Divino Protector me valgo para con vuestra Majestad si Vos mi Dios me despreciáis por mi maldad, miradme con misericordia y piedad por la caridad de vuestro amado Hijo  Crucificado, y con el perdón de mis pecados concededme lo que solicito en esta Novena, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 59).
Señor mío Jesucristo, Dulcísimo Dueño y Sagrado protector mío: ¿dónde están tus antiguas misericordias? ¿Ha de durar para siempre tu enojo? Apláquese ya tu ira, Dios mío, y ten misericordia de mí; no apartes de mí tu aprecisble Rostro, pues por redimirme a mí no lo desviaste de los que en la Cruz te escupieron, blafemaron y escarnecieron. Yo confieso, Señor, que he pecado y que merezco la eterna condenación: mi penitencia y dolor no basta para darte condigna satisfacción, pero es cierto, mi Dios, que tu misericordia sobrepuja todos mis pecadis y culpas, que son ofensas de tu grandeza: por tanto te suplico, piadosísimo Señor llagado, crucificado y muerto  por mi amor, que no quieras escribir contra mí las amarguras de mis maldades, ni entrar en juicio contra este tu siervo, sino que según la multitud de tus misericordias, borres mis culpas con tu purisima Sangre. Ten, Señor, misericordia de mí, para que no desespere y para que esperando respire: que si yo he cometido tantas maldades que por ellas me puedes condenar, Tú, mi Dios, no has perdido la bondad con que acostumbras salvar. Concédeme, Soberano Protector y Dueño mío, el perdón que aquí solicito, intercediendo con tu Eterno Padre tu sacratísima Pasión y lo que en esta Novena pretendo, por los méritos de tu santísima Madre y de San Agustín tu escogido Doctor y enamorado Siervo. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 8).
Eterno Padre y Soberano Dios, patente os hago la humanidad sagrada de vuestro querido Hijo Jesús, puesta en la Cruz y muerta por mi amor, derramando sangre y hecha una llaga; y os suplico, Señor, que mirando vuestra Majestad aquellas llagas abiertas en aquel Sagrado cadáver, cubráis con ellas mis culpas y maldades y con la Sangre que mana del Costado, borréis las fealdades de mi corrupción y lavéis las manchas de todos mis pecados. Y supuesto que en mí la carne a ira os provoca, muévaos aquella carne llagada a misericordia, para que así como la carae me enlazó en la culpa y me engañó, así aquella preciosa carne me libre del engaño y me alcance el perdón. Mucho es, Dios mío, lo que desmerezco como pecador: pero es mucho más lo que merece la misericordia de mi Redentor. ¿Qué culpas tan graves pudo jamás cometer el hombre, que no las sobrepuje la Redención de vuestro amado Hijo hecho hombre? ¿Qué imperio y señorío pudo tener la Muerte, que no sea destruido con el suplicio de su Cruz y de su Muerte? A esta Cruz, ¡oh Eterno Padre!, y a esta muerte, a esta humanidad, a estas llagas, y a esta Sangre apelo, para que admitiéndome benigno a vuestra gracia, me concedáis piadoso lo que en esta Novena os ruego, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 59).
Señor mío Jesucristo, Sagrado Protector mío, Crucificado Dios, que no quieres la muerte de los pecadores, ni te alegras de la perdición de los que mueren en la culpa, antes sí quisiste morir en esa Cruz, para que viviesen los muertos; pues tu muerte mató su muerte, y muriendo Tú, vivieron ellos: yo te pido, Señor, que viviendo Tú no muera yo. Dame, Dios mío, desde esa Cruz la mano, y líbrame de la de mis enemigos, para que no se gocen de mi mal y burlándose digan alegres: «ya nos lo hemos tragado». ¿Quién podrá, Jesús mío, desconfiar de tu misericordia y amor, viendo que aun siendo tus enemigos nosotros, nos redimiste con Tu preciosa Sangre, y con tu Muerte nos reconciliasre con tu Eterno Padre? Amparado, pues, debajo de la sombra de tu misericordia, recurro al Trono de tu Piedad y Gloria, pidiendo, clamando y llorando estoy hasta que alcance perdón, porque si para Él nos llamaste, cuando no lo buscamos, ahora que lo pedimos, ¿ya se ve que lo alcanzaremos? Agéncialo, Señor, con tu Eterno Padre, como Abogado nuestro, y concédeme piadoso lo que en esta Novena pretendo, por la intercesión de tu Gloriosísima Madre, y de San Agustín tu fidelísimo Doctor y Siervo. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
  
DÍA OCTAVO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 8).
Clementísimo Señor y Dios mío, Eterno y Soberano Padre, criador del Cielo y de la tierra: yo la más vil de las criaturas, postrado delante de vuestra Majestad y grandeza os suplico, que por los inmensos trabajos y los merecimientos grandes de este amantísimo Hijo vuestro, que Crucificado y muerto por mi amor os hago presente, me perdonéis mis culpas y pecados, por su piedad mi impiedad, por su inocencia mi malicia, y por su modestia mi pervesidad. La humildad de este Sagrado Cordero venza mi soberbia, su paciencia mi impaciencia, su benignidad mi dureza, su mansedumre mi ferocidad, su obediencia mi desobediencia, su suavidad mi aspereza, su quietud mi inquietud, su dulzura mi amargura y su caridad mi crueldad, para que libre de estos vicios cometidos por mi miseria y renovado con aquellas virtudes comunicadas por su misericordia, logre vivir en vuestra gracia y amistad, y lo que  por su medio pretendo en esta Novena, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 59).
Señor mío Jesucristo, Dulcísimo Protector mio Crucificado: no te acuerdes contra mí, pecador, de tu justicia, sino de tu benignidad para conmigo, que soy tu hechura: asi te lo pido por tu preciosa Sangre. No te acuerdes, Señor, de tu ira contra mí, reo desatento: sino de tu misericordia para con este miserable siervo: así te lo suplico por tus sacratísimas Llagas. Olvídate, Dios mío, de mí que como soberbio te provoco a enojo, y mírame con ojos apacibles, pues ya humillado y arrepentido tu piedad invoco: así te lo ruego por tu Cruz, Muerte y Pasión. ¿No es lo mismo, Dios de mi alma, ser Jesús, que Salvador? Pues, Jesús mío, por lo mismo que eres Tú, levántate en.mi ayuda, y dile a mi alma: «Yo soy tu salud y salvación». Mucho presumo, Señor, de tu bondad, porque Tú mismo me enseñas a pedir, buscar y llamar: y así animado con tu amonestación, pido, busco y llamo; y pues me enseñas a llamar, ábreme, Señor, las puertas de tu misericordia: pues me aconsejas que busque, concédeme que te halle; y supuesto que me mandas que pida, dame lo que te pido, y es que tu Eterno Padre, mediando tu protección, me dé gracia para vivir y morir en su amor, y lo que pretendo en esta Novena, por la intercesión de tu Santísima Madre y del Glorioso San Agustín tu esclarecido Doctor. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.
  
DÍA NOVENO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
ORACIÓN AL ETERNO PADRE (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 11).
Eterno y piadoso Señor, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación: bien pudiera yo desesperar al ver mis inumerables pecados y mis infinitas faltas, si vuestro Divino Verbo, vuestro Hijo querido y Dios Eterno no hubiera por mí encarnado y habitado con los hombres, mas no me atrevo ya, Señor, a desesperar en atención a que siendo yo y los demás hombres enemigos de vuestra Majestad, por la  muerte de vuestro amado Hijo nos reconciliasteis a todos, volviéndonos a vuestra gracia y  amistad, antes sí debo con más razón confiar que después de haberme perdonado, por el  mismo Hijo me habéis de salvar; porque toda mi esperanza y seguridad está fundada en aquella preciosa Sangre, que por mi salvación y remedio derramó en la Cruz. En este Señor Crucificado respiro, y confiado en Él deseo llegarme a vuestra Majestad, no, mi Dios, por la justicia que yo tengo, sino por la de vuestro bendito Hijo Jesucristo nuestro Señor: Y por tanto, Clementķsimo Padre y Benignisimo Amante de los hombres, yo os doy infinitas gracias por tanto amor como me habeis mostrado, por la Cruz, Muerte y Pasión de vuestro Hijo Sagrado, y por aquel sacratísimo derramamiento de su preciosa Sangre, con la cual fui redimido; y por ella os pido la salvación eterna y la especial gracia que en esta Novena solicito, siendo para honra y gloria de vuestra Majestad. Amén.
   
ORACIÓN A CRISTO CRUCIFICADO (N. P. San Agustín, Meditaciones, cap. 41).
Señor mío Jesucristo, Redención mía, Misericordia y Salud mía, Crucificado Dios, Soberano Protector y Criador mío, que me sufres y me mantienes: hambriento y sediento de Ti, Dulcísimo Jesús mío, deseándote y apeteciéndote, suspiro solamente por Ti: y así como un niño huerfano, que ha perdido al benignísimo Padre, llora por él, y sin cesar gime y solloza, y acordándose de él lo abraza allá dentro de su memoria con todo su corazón, de la misma forma deseo yo, Señor, no cuanto debo, sino cuanto puedo acordarme de tu sagrada Pasión, de aquellos crueles azotes y bofetadas, de aquellas heridas y llagas, y de aquella Caridad inmensa con que quisiste morir Crucificado por mí, para que abrazado contigo y con tu Cruz todo mi interior, quede mi alma traspasada con el cuchillo del más agudo dolor, y con la memoria de la Lanza que abrió tu amoroso Pecho, quede herido mi corazón; y con esos duros Clavos con que fuerón presos tus Pies y Manos, quede yo contigo crucificado. Lávame, Dulce Jesús, con tu preciosa Sangre, para que apareciendo limpio ante la Majestad de tu Eterno Padre, logre por tu medio la gracia de hijo suyo, y la merced que en esta Novena pido. Asi, Señor, lo espero conseguir de tu piedad, por los méritos de tu dichosa Madre e intercesión del Glorioso Doctor San Agustín. Amén.
   
Las Jaculatorias y demás oraciones se dirán todos los días.