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domingo, 24 de mayo de 2026

NATURALEZA, MISIÓN Y EFECTO DEL ESPÍRITU SANTO, SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  

Jesús dice: «El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os explicará todo lo que os he dicho» (Jn. 14, 24) [1]. Aquí destaca tres aspectos del Espíritu Santo: primero, lo describe; segundo, describe su misión; tercero, su efecto.

1. La descripción del Espíritu Santo
Lo describe de diversas maneras: como Paráclito, como Espíritu y como Santo.
  • Paráclito: Él es así porque nos consuela, tanto ante la tristeza causada por las tribulaciones de este mundo: «Afuera hay batallas, adentro temores» (2.ª Cor. 7, 5), «Él que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2.ª Cor. 1, 4). Y lo hace porque Él es Amor, haciéndonos amar a Dios y considerarlo el bien supremo: por esta razón soportamos con alegría los insultos, como se dice en Act. 8, 39: «Los apóstoles salieron de la presencia del Sanedrín gozosos, porque fueron considerados dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús»; y en Mt. 5, 12: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo». Además, nos consuela ante la tristeza de los pecados pasados, de lo cual se dice en Mt. 5, 5: «Bienaventurados los que lloran». Y Él hace esto porque nos da la esperanza del perdón: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis sus pecados, les serán perdonados» (Jn. 20, 23) y «Para consolar a los que lloran en Sion» (Isa. 61, 3).
  • Espíritu: Es porque mueve los corazones a la obediencia a Dios: «Cuando viene como un río caudaloso, impulsado por el Espíritu del Señor» (Isa. 59, 19); «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rom. 8, 14).
  • Santo: Es porque nos consagra a Dios; de hecho, todas las cosas consagradas se llaman santas: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?» (1.ª Cor. 6, 19); «El torrente del río alegra la ciudad de Dios» (Sal 45, 5).
  
2. La misión del Espíritu Santo
Luego, cuando dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre», habla de su misión. No debe entenderse que viene a nosotros a través de un movimiento local, sino que debe estar en ellos, donde antes no estaba, de una manera nueva: «Envía tu espíritu y serán creados» (Sal. 103, 30) se entiende en el sentido espiritual. Pero nótese que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo [2]: para demostrarlo, Jesús a veces dice que el Padre lo envía, como aquí; a veces que Él mismo lo envía, como más adelante en el capítulo 16, 7: «A quien yo os enviaré». Pero nunca dice que es enviado por el Padre sin recordarse a sí mismo; por eso dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre». Tampoco dice que el Hijo sea enviado por sí mismo, sin recordar al Padre; por eso dice: «A quien yo os enviaré del Padre». Pero ¿qué significa «en mi nombre»? ¿Acaso el Espíritu Santo será llamado el Hijo? Podría decirse que esto se expresa porque el Espíritu Santo fue dado a los fieles al invocar el nombre de Cristo. Pero es mejor decir que, así como el Hijo vino en el nombre del Padre —«Yo he venido en el nombre de mi Padre» (Jn. 5, 43)—, así también el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo. El Hijo vino en el nombre del Padre no porque fuera el Padre, sino porque era el Hijo del Padre; de ​​la misma manera, el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo, no porque se le llame Hijo, sino porque es el Espíritu del Hijo: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8, 9); «Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones» (Gál. 4, 6). Esto ocurre debido a la consustancialidad del Hijo con el Padre y del Espíritu Santo con el Hijo. Además, así como el Hijo, viniendo en el nombre del Padre, sometió a sus fieles al Padre —«Nos has hecho un reino por medio de nuestro Dios» (Apoc. 5, 10)—, así también el Espíritu Santo nos ha configurado al Hijo, al adoptarnos como hijos de Dios: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rom. 8, 15).

3. El efecto del Espíritu Santo
Finalmente, habla del efecto del Espíritu Santo, diciendo: «Él os enseñará todas las cosas». Porque así como el efecto de la misión del Hijo fue conducir al Padre, así también el efecto de la misión del Espíritu Santo es conducir a los fieles al Hijo. El Hijo, siendo la Sabiduría misma engendrada, es la Verdad misma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14, 6). Y por lo tanto, el efecto de esta misión es hacer a los hombres partícipes de la sabiduría divina y conocedores de la verdad [3]. El Hijo, por lo tanto, nos transmite la doctrina, siendo el Verbo; pero el Espíritu Santo nos hace capaces de su doctrina. Por lo tanto, dice: «Él os enseñará todas las cosas», porque todo lo que un hombre enseña externamente, si el Espíritu Santo no da entendimiento internamente, trabaja en vano: si el Espíritu no está presente en el corazón del que escucha, las palabras del maestro serán en vano: «La inspiración del Todopoderoso da entendimiento» (Job 32, 8). hasta el punto de que incluso el Hijo, hablando a través del instrumento de la Humanidad [4], no tiene efecto a menos que Él mismo obre interiormente por medio del Espíritu Santo. Pero nótese que arriba dice: «Todo el que ha oído del Padre y ha aprendido, viene a mí» (Jn 6, 45). Aquí explica la razón: porque uno no aprende a menos que el Espíritu Santo enseñe; es decir: quien recibe el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, conoce al Padre y al Hijo y viene a ellos. Él nos hace conocer todo interiormente inspirándonos, guiándonos y elevándonos a realidades espirituales. De hecho, así como quien tiene un gusto contaminado no tiene un verdadero conocimiento de los sabores, así también quien está contaminado por el amor al mundo no puede saborear las cosas divinas: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios» (1.ª Cor. 2, 14). Pero puesto que «sugerir» es propio de los inferiores (como los funcionarios en asuntos divinos), ¿es el Espíritu Santo, que nos sugiere, acaso inferior a nosotros? Según San Gregorio, debemos responder que se dice que el Espíritu Santo «sugiere» no porque nos infunda conocimiento desde abajo, sino porque secretamente nos da la fuerza para conocer. O bien enseña porque nos permite participar de la sabiduría del Hijo, y sugiere porque nos impulsa porque Él es Amor. O bien «os sugerirá todo» en el sentido de que osnrecordará: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se volverán al Señor» (Sal. 21, 28). Porque debéis saber que algunas de las cosas que Cristo dijo a sus discípulos no las entendieron, y otras las olvidaron por completo. Por eso el Señor dice: «Os enseñará todas las cosas» (que ahora no podéis comprender) «y os las sugerirá» (que no podéis memorizar). Pues, ¿cómo habría podido el evangelista Juan, después de cuarenta años, recordar todas las palabras de Cristo que escribió en el Evangelio, si el Espíritu Santo no se las hubiera sugerido? [5].
  
SANTO TOMÁS DE AQUINO. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, cap. XIV, 6.

NOTAS (Del editor)
[1] Verso del Evangelio de la Misa de Pentecostés (Jn. XIV, 23-31).
[2] El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Este es un dogma de fe, afirmado por los Padres griegos y latinos, defendido por Santo Tomás de Aquino, definido en los Concilios de Lyon y Florencia, y enseñado expresamente por Urbano VIII, Benedicto XIV, León XIII y San Pío X.
[3] Cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”, al final.
[4] San Pedro Crisólogo, El misterio de la humanidad de Cristo (Divino Oficio, Lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª del Oficio de Maitines del 18.º Domingo después de Pentecostés).
[5] Según la tradición, el Evangelio de Juan fue escrito alrededor del año 70 d. C., es decir, cuarenta años después del discurso de Jesús. Las palabras de Santo Tomás se refieren a la inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras y a la Tradición como fuente primaria de la Revelación.

domingo, 8 de junio de 2025

SEPTENARIO AL ESPÍRITU SANTO PIDIENDO SUS DONES Y FRUTOS

Devoción dispuesta por el Padre Doctor D. Carlos de Molina y Villa, párroco de San Nicolás de Rionegro (Antioquia) y publicada en Santa Fe de Bogotá por la Imprenta de la Compañía de Jesús en 1740, con licencia del P. Simón Vinans SJ, Maestro de Escritura y Examinador sinodal, comisionado por el Ilmo. Sr. Doctor Nicolás Barrasola y Larrazábal, Arcediano de la Catedral, Juez, Provisor y Vicario General del Arzobispado de Santa Fe, el 3 de Agosto de 1740.
   
SEPTENARIO AL ESPÍRITU SANTO, PIDIÉNDOLE SUS DIVINOS DONES Y FRUTOS SOBERANOS
   

Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa en el alma de haberos ofendido, y propongo firmemente de nunca más pecar, ayudado de vuestra divina gracia y de los méritos de vuestra santísima Pasión y Muerte, que sea bendita y alabada por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
DÍA PRIMERO
Oh Espíritu Divino, Señor y Dios Eterno, Padre de los pobres y Dador de todos los dones foberanos: postrados con humilde rendimiento os suplicamos que, pues es vuestra Majestad Santísima quien enriquece y adorna a las Almas con el don soberano de la sabiduría verdadera, os dignéis de adornar y enriquecer las nuestras con este don tan precioso, para que sabiendo discernir entre lo verdadero y falso, entre lo que es eterno y lo que es temporal, de tal suerte despreciemos lo caduco y todo lo terreno, y apreciemos lo que es eterno y Divino, que no seamos del numero infinito de los necios, que miserablemente amando lo que debían aborrecer se condenan por ignorantes, mas seamos del dichoso número de los que, sabios a lo Divino y discretos a lo Santo, solo aprecian conocerse a sí mismos para ser humildes y conocer a vuestra Majestad para ser vueftros fervorosos amantes. Haced, Señor, que sepamos quiénes somos nosotros y quién sois Vos, para que con las luces de esta Sabiduria sepamos sentir nuestros yerros y llorar nuestras ignorancias. Y pues unos de vuestros frutos son la Caridad divina y Gozo espiritual, concédenos, Señor, que os amemos sobre todas las cosas, os estimemos y apreciemos sobre cuanto hay apreciable y estimable en la tierra y en el Cielo, de modo qud primero queramos perder la salud, la honra, la vida y todo cuanto hay en la tierra, que perder vuestra gracia: y de tal suerte amemos en vuestra Majestad a todos nuestros prójimos, que jamás hagamos contra ellos ni juzguemos ni hablemos de ellos lo que no quisiéramos que a nosotros se hiciese o de nosotros se juzgase o dijese, dándonos también el gozo de la satisfacción de la buena conciencia, para que viviendo siempre gozosos, os sirvamos con alegría siempre y nunca hagamos las cosas que son de vuestro servicio con tristeza, para que así en todo os demos gusto, y nos hagamos dignos de vuestra gracia. Amén.

Rezar siete Padre nuestros y un Ave María; y se dice lo siguiente:
Antífona: Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que aleccionaste a los corazones de tus fieles con la ciencia del Espíritu Santo, haz que, guiados por este mismo Espíritu, saboreemos las dulzuras del bien, y gocemos siempre de sus divinos consuelos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del mismo Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Divino Espíritu, Consolador óptimo, y del alma Huésped dulcísimo, Vos, Señor, que favorecéis a los vuestros con el admirable don de Entendimiento: Dádnoslo a nosotros, e instruidnos alumbrándonos en este peligroso camino por donde caminamos, y haced que instruidos nuestros entendimientos con las noticias de la Fe, que en ellos nos infundísteis en el Bautismo, de tal suerte le propogan a nuestras voluntades la verdadera bondad de las virtudes y la espantosa malicia de los pecados, que amemos solo lo que vuestra Majestad quiere que queramos, y aborrezcamos todo lo que quereis, Señor, que abominemos. Dadnos entendimiento para meditar y escudriñar vuestra Santa Ley, y guardarla en todos nuestros corazones.Y dadnos juntamente, oh Santo Espíritu, de vuestros frutos los de la Paz y Paciencia, para que de tal suerte vivamos pacíficos en verdadera unión con nuestros Hermanos, que no haya entre nosotros más que una alma y un corazón, y jamás se vea entre nosotros discordias, disensiones, ni el horror de los litigios, pleitos, alteraciones, ni enemistades, y de tal manera nos ejercitemos en la paciencia, que en ella poseamos nuestras almas, y mediante ella convirtamos los trabajos y tribulaciones de esta vida en gozos y delicias de la Eterna. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA TERCERO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Dios Eterno, suavísimo, y dulce refrigerio, de cuyo don y gracia le vienen todos sus aciertos al hombre, con todo rendimiento os pedimos que, pues uno de vuestros dones es el de Consejo, nos concedáis este don; para que acertadamente gobernemos nuestras acciones todas, y sepamos dar siempre buenos consejos a nuestros prójimos. tomándolos primero nosotros para nosotros mismos. No permitáis, oh Caridad infinita, que por ningún mal consejo nuestro se cometa jamás contra vuestra Majestad algún pecado; y perdonadnos piadoso todas las culpas que hubiéremos cometido con los consejos malos que hubiéremos dado, moviendo o provocando a otras almas a cometer culpas. Y concédenos de vuestros soberanos frutos los de la Benignidad, para que nunca seamos ásperos ni rigurosos contra nuestros Hermanos ni los juzguemos ni demos qué sentir; antes bien nos deis gracia, para que en medio del pesado trato de las criaturas, de tal fuerte nos portemos con ellas que jamás faltemos a la Benignidad, ni por demasiadamente benignos, hagamos cosa que a vuestra santa Ley desdiga, con que os disgustemos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA CUARTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Altísimo Señor y Soberano Espúritu, descanso en nuestros trabajos y verdadero alivio en las tribulaciones, suplicamos a vuestra Majestad Santísima, humillados, nos concedáis el don admirable de la Forraleza, para con ella emprender lo árduo de la Virtud, atropellar las dificultades que se ofrecieren para alcanzarla, y no temer con cobardía los trabajos, asperezas ni persecuciones que pudieren sucedernos por agradaros, para que no nos hagamos indignos de el Reino de los Cielos, que lo arrebatan los fuertes, que saben hacerse violencia. Haced, Señor, que con este don vuestro de la Fortaleza, de tal suerte peleemos, y tan legítimamente hagamos guerra a nuestras pasiones, inclinaciones malas y apetitos, que no perdamos la corona que en el Cielo está aparejada para solos aquelos que legítimamente hubieren en esta vida peleado y vencido. Y de vuestros frutos soberanos, concedednos los de la Longanimidad y Mansedumbre, para que mediante esta primera virtud se afirmen nuestros ánimos contra la molestia que padecemos cuando no conseguimos lo que deseamos, y así vivamos siempre quietos y gustosos aunque se nos dilate el alcanzar lo que queremos, y nunca nos robe la paz interior nuestro amor propio; y mediante la virtud de la Mansedumbre, se apacigüen las desleales inquietudes y desazones que la ira mueve en nuestras almas descomponiendo y afeando hasta los cuerpos, y apartándonos de la semejanza imitación de Nuestro Padre y Maestro Jesucristo, que es todo Humildad y Mansedumbre, y que solo nos mostremos enojados cuando convenga, como convenga, con quien convenga y por la causa que convenga, para que hasta con nuestros enemigos Te agrademos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA QUINTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Espíritu Divino, fuente inefable de luces y lumbre de los corazones, sin esta ilustración todo es tinieblas e ignorancias, humildemente os suplicamos nos concedáis el don de la Ciencia, en aquel grado y de aquel modo que para nuestra salvación sabéis, Señor, que nos conviene, para que no sabiendo más de lo que nos importa saber, nos sepamos aprovechar de lo que supiéremos; no queremos, oh Señor, la ciencia de este mundo, que es ante vuestros ojos necedad, sino saberos y conoceros a Vos, y no blasonar de saber otra cosa que a Cristo y lo que en su Sacratísma Vida nos predicó, y lo que en la cátedra de la Cruz nos enseñó, para que obedeciendo sus palabras e imitando sus ejemplos seamos bienaventurados; y de vuestros preciosísimos frutos concedednos los de la Fe.y Modestia, para que obrando según lo que creemos, no sea nuestra Fe muerta sino viva. Libradnos, Dios Nuestro, no nos dejéis caer en las tentaciones contra esta virtud, en cuyo obsequio queremos tener siempre cautivos nuestros entendimientos, creyendo todo cuanto a vuestra Santa Iglesia habéis revelado con mucha más seguridad y certeza, que si lo viéramos. Concedednos también, por vuestra Misericordia, la hermosísima virtud de la Modestia, mediante la cual compongamos todos los movimientos de nuestros ánimos y acciones de nuestros cuerpos, y nos avergonzemos de todo lo que no fuere moderación, honestidad y virtud así en las palabras, como en las acciones, trajes y movimientos, para que en todo demos a nuestros prójimos aquellos ejemplos de virtud que Vos, Señor, queréis que les demos, para que ni ellos te disgusten, ni nosotros nos perdamos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA SEXTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Espíritu, de Caridad inmensa e infinita, Vos Señor, que adornáis las almas con el preciosísimo adorno de las virtudes, dignaos de hermosear nuestros espíritus, para que sean agradables ante vuestros ojos con la excelente virtud de la Piedad, que es uno de vuestros dones, para que con ella les demos la honra debida a aquellos por cuyo beneficio, después de vuestra Majestad, tenemos ser, y reverenciemos, amemos y obedezcamos a nuestros Padres, a nuestros Superiores y Maestros, y los sirvamos y socorremos en sus necesidades del modo que pudiéremos y somos obligados, mirado en ellos a vuestra Majestad Santísima; y de vuestros Divinos frutos concedednos el de la Continencia, para que mediante esta virtud tan necesaria tengamos una esforzada y firme voluntad para mantenernos en el bien de la razón contra las fuertes baterías de la concupiscencia, y nos abstengamos de todos los deleites que nos veda vuestra Ley Divina; no permitáis, Señor, que por torpeza alguna perdamos la honra de tener parentesco con vuestra Majestad y nos hagamos semejantes a las bestias siguiendo apetitos brutales; mas favorecednos misericordioso de tal modo que, por continentes, habitéis en nosotros como en Templo vuestro, ¡oh Espíritu Santo! Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Vuestra Majestad Divina, ¡oh Espíritu Soberano!, que por vuestra Caridad infinita y Misericordia incomprehensible no queréis otra cosa que el que los hombres eternamente seamos bienaventurados, y decís que es bienaventurada el alma del que teme al Señor, y es bienaventurado aquel que vive temeroso siempre, concédeme, Señor, de vuestros dones, para que mi alma no se pierda, mas goce de vuestra vista en la Gloria, el don del Temor Divino: dadme el que, atravesado con este temor Santo, tema como debo el quebrantar inobediente los preceptos de la Ley Divina y perder la gracia de mi Celestial Padre. Tema yo siempre, ¡oh Señor mío!, solo a Aquel que, habiéndome criado para el Cielo, puede por culpa mía arrojar mi cuerpo y alma en el Infierno. No permitáis que, por temer en lo que no debe tener lugar el temor, ni por respetos y temores del mundo, me vea desterrado para siempre del Cielo. Y concededme de los frutos muy preciosos vuestros, ¡oh Espíritu Purísimo!, el de la Castidad y Pureza de cuerpo y alma, para que amándoos y sirviéndoos con una vida casta, merezca después de la Resurrección Universal subir en alma y cuerpo a ser compañero de los Ángeles y seguir al Cordero Inmaculado, que acompañan los que no mancharon sus almas y cuerpos con el abominable y asqueroso vicio de la liviandad e impureza. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.

viernes, 18 de octubre de 2024

BERGOGLIO AFIRMA QUE LA IGLESIA DESCONOCÍA LA DIVINIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH.
   
FRANCISCO: «¡LA IGLESIA NO ESTABA SEGURA DE QUE EL ESPÍRITU SANTO FUERA DIOS HASTA QUE LA “EXPERIENCIA” LO CONFIRMÓ!
La última tontería teológica del “Papa”…
  
   
Es miércoles y, por tanto, hora de otra Audiencia General en la Ciudad del Vaticano.
   
En su papel de “Papa Francisco”, el apóstata argentino Jorge Mario Bergoglio no dejó de soltar más tonterías teológicas a sus devotos seguidores como parte de su “catequesis” en la audiencia. El tema de la reflexión de hoy fue el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, y el pseudopapa aprovechó la oportunidad para enseñar una idea blasfema a sus oyentes:
«En los tres primeros siglos, la Iglesia no sintió la necesidad de dar una formulación explícita de su fe en el Espíritu Santo. Por ejemplo, en el Credo más antiguo de la Iglesia, el llamado Credo de los Apóstoles, tras proclamar: “Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, que nació, murió, descendió a los infiernos, resucitó y subió a los cielos”, se añade: “[Creo] en el Espíritu Santo” y nada más, sin ninguna especificación.
    
Pero fue la herejía la que impulsó a la Iglesia a especificar esta fe. Cuando comenzó este proceso –con San Atanasio, en el siglo IV– fue la experiencia vivida por la Iglesia de la acción santificadora y divinizadora del Espíritu Santo la que la condujo a la certeza de su plena divinidad. Esto ocurrió en el Concilio Ecuménico de Constantinopla del año 381, que definió la divinidad del Espíritu Santo con estas conocidas palabras que aún hoy repetimos en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre [y del Hijo], que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”» (Antipapa Francisco, Audiencia general, Vatican.va, 16 de octubre de 2024; subrayado añadido).
En este segundo párrafo, especialmente en la parte subrayada, encontramos al menos los siguientes errores graves:
  • que la Iglesia Católica no estuvo segura de que el Espíritu Santo fuera verdaderamente Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, durante los primeros 300 años;
  • que la Iglesia recibió esta certeza sólo en el siglo IV;
  • que la Iglesia recibió esta certeza sólo por experiencia (a posterióri) y, por tanto, no del Depósito de la Fe transmitido por los Apóstoles
Respondamos a este último desastre bergogliano.
    
Decir que la Iglesia Católica no estaba segura durante los primeros cientos de años de si el Espíritu Santo es divino y la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, significaría que los Apóstoles no enseñaron y transmitieron explícitamente uno de los dogmas más importantes de la Iglesia, un dogma tan fundamental y esencial que uno no podría ni puede salvarse sin un conocimiento explícito de él: «…el misionero está obligado a explicar al adulto, aun al moribundo, que no sea totalmente incapaz, los misterios de la fe, que son necesarios con necesidad de medio, como son principalmente los misterios de la Trinidad y de la Encarnación» (Papa Clemente XI, Respuesta del Santo Oficio al Obispo de Quebec, 25 de enero de 1703; Denz. 1349a; subrayado añadido).

«La trinidad de personas en la unidad de la esencia divina está establecida por la tradición perpetua y genuina de la Iglesia antes del Concilio de Nicea», confirma el P. José María Dalmau y Puig de la Bellacasa SJ, en su libro Sobre Dios Uno y Trino, que es el vol. IIA de la colección Sacræ Theologíæ Summa de los jesuitas españoles publicada a mediados de los años 1950 (Tesis 27, p. 279; cursiva añadida).
   
La supuesta “incertidumbre” de 300 años de la Iglesia con respecto al Espíritu Santo queda refutada además por el claro testimonio de la misma Sagrada Escritura, como explica el P. Dalmau:
«1. Lo que se dice en Juan 14, 16 sobre el Espíritu Santo lo coloca en la comunidad de vida con el Padre y el Hijo. La plenitud y la perfección de la obra de Cristo se le atribuyen de un modo claramente divino. El Espíritu Santo procede del Padre (15, 26) y del Hijo recibe el conocimiento por una procesión eterna (16, 13); será enviado por el Padre a petición del Hijo, y por el Hijo mismo cuando ya haya sido glorificado, y permanecerá eternamente con los Apóstoles (14, 16); es el Espíritu de la verdad que os enseñará todas las cosas (14, 17.26), incluso aquellas que los Apóstoles no pueden soportar ahora (16, 12).
   
2. La acción del Espíritu Santo en la vida espiritual es completamente divina. La vida divina del hombre es fruto del Espíritu (Rom. 8, 11); por el Espíritu de Dios que habita en nosotros (Gál. 5, 19-23); estamos en Cristo e hijos de Dios por el Espíritu Santo (Rom. 8, 14; Ef. 1, 13); todo lo que sucede en Cristo, sucede también en el Espíritu: la justificación, la santificación, el sellamiento (1.ª Cor. 6, 11; Rom. 15, 16; Ef. 1, 13; 4, 30), y en otros lugares passim [es decir, en muchos lugares]; distribuye carismas (1.ª Cor. 12, 4-6): este texto es entendido por algunos intérpretes como acerca del Espíritu Santo, que también es llamado Dios y Señor; pero si, lo que parece más probable, el texto es trinitario, entonces claramente el Espíritu Santo es colocado en el mismo orden divino que el Padre y el Hijo. De aquí se sigue que somos templos del Espíritu Santo (1.ª Cor 6, 19-20). ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios?Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo; donde o bien el Espíritu Santo es llamado Dios, o (si el v. 20 se debe referir al Padre) al menos el Espíritu Santo tiene un templo, que es algo divino. Además, la acción del Espíritu Santo en el cuerpo de la Iglesia, como se describe en los Hechos de los Apóstoles, es completamente divina, libre e independiente» (P. José María Dalmau y Puig de la Bellacasa SJ, Sobre Dios Uno y Trino, vol. IIA de Sacræ Theologíæ Summa, trad. por el P. Kenneth Baker SJ [Saddle River, Nueva Jersey: Keep the Faith, 2016], n. 313, págs. 267-268; cursiva agregada).
El autor enumera evidencia bíblica adicional sobre la divinidad del Espíritu Santo, pero las porciones citadas serán suficientes para nuestros propósitos.

Además, el mismo San Atanasio (c. 296-373) al que alude Francisco refuta también esta absurda idea bergogliana de una Iglesia insegura de su Dios. En una de sus cartas al monje Serapión, el santo testifica que la doctrina de la Santísima Trinidad (y, por tanto, la divinidad del Espíritu Santo) fue predicada y creída por la Iglesia desde el mismo principio:
«Consideremos, pues, esta tradición desde el principio, la doctrina y la fe de la Iglesia católica, que el Señor transmitió, los Apóstoles predicaron y los Padres conservaron… Por tanto, la santa y perfecta Trinidad es lo que se reconoce en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (San Atanasio, Primera Epístola a Serapión, n. 28; traducción del P. Kenneth Baker SJ, tomada de Sacræ Theologíæ Summa, vol. IIA, n. 328, pág. 281.)
La atrevida tesis de Francisco recuerda al modernismo: «Historiadores del dogma de la escuela liberal, como [el luterano Adolf von] Harnack, sostienen que antes del Concilio de Nicea no había en la Iglesia una doctrina definida y fija sobre la Trinidad…», escribe el P. Dalmau (Sobre Dios uno y verdadero, n. 327, pág. 280).
   
Es cierto que Francisco no está diciendo que la divinidad del Espíritu Santo se inventó en el siglo IV; lo que afirma es que la Iglesia no estaba segura de si el Espíritu Santo era verdaderamente Dios hasta entonces. Pero esto implicaría precisamente lo que sostenía Harnack, es decir, que «no había una doctrina definida y fija en la Iglesia sobre la Trinidad…» en los primeros cientos de años.
   
Por último, decir que la Iglesia Católica no recibió certeza con respecto a la naturaleza del Espíritu Santo (y por lo tanto de la Trinidad) hasta el siglo IV, y decir que esta certeza vino de la “experiencia” de la acción del Espíritu Santo —como si la Iglesia primero tuviera que “esperar y ver qué sucede” durante unos pocos cientos de años antes de conocer la verdad sobre el Dios que la estableció— es implicar que no se basa en el Depósito de la Fe «una vez entregado a los santos» (Judas, cap. único, 3), sino que constituye más o menos una nueva revelación que la Iglesia recibió además de ese Depósito.
    
Sin embargo, el Primer Concilio Vaticano enseñó cuáles constituyen las únicas dos fuentes de la revelación divina, y la “experiencia de la Iglesia a lo largo del tiempo” no es una de ellas:
«Ahora bien, esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada por el santo Concilio de Trento, “se contiene en los libros escritos. y en las tradiciones no escritas, que recibidas por los Apóstoles de boca de Cristo mismo, o por los mismos Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros” [Concilio de Trento, Sesión IV (8 de Abril de 1546):  Aceptación de los Libros Sagrados y las tradiciones de los Apóstoles]» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Fílius sobre la Fe Católica, cap. II; Denz. 1787; subrayado añadido).
Así, el Papa San Pío X (reinó entre 1903-1914) dejó en claro que es modernismo decir que la revelación divina —la pública que constituye el Depósito de la Fe dado por Cristo a los Apóstoles— continuó después de la muerte del último Apóstol (San Juan): «La revelación, constituyendo el objeto de la fe católica, no se completó con los Apóstoles» (Error n.º 21, condenado en el Decreto Lamentábili sane éxitu del Papa San Pío X).
   
Además, en el Juramento Antimodernista impuesto por el mismo Papa a todo el clero, párrocos, confesores, etc., el católico jura:
«En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido y la misma interpretación. Por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio» (Juramento Antimodernista; en el Decreto Sacrórum Antístitum del Papa San Pío X; subrayado añadido).
Por lo tanto, es imposible que la Iglesia haya recibido revelación adicional después de que San Juan murió en la isla de Patmos alrededor del año 100 d.C.
   
Sin embargo, para el “Papa” Francisco, esta idea de que la Iglesia recibe revelación adicional a través de su “experiencia” de “caminar juntos” a través de la historia, es esencial para su actual revolución modernista.

jueves, 17 de octubre de 2024

BERGOGLIO RELATIVIZA LAS DIFERENCIAS CON LOS CISMÁTICOS Y LOS HEREJES


En la audiencia semanal de ayer miércoles 16 de Octubre, Francisco Bergoglio comentó en su catequesis sobre el Espíritu Santo y la vida de la Iglesia sobre la polémica sobre el “Filióque” («y el Hijo») en el Credo Nicenoconstantinopolitano («Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo»):
«¿Qué nos dice a nosotros, los creyentes de hoy, el artículo de fe que proclamamos cada domingo en la Misa: “Creo en el Espíritu Santo”? En el pasado, nos ocupaba principalmente la afirmación de que el Espíritu Santo “procede del Padre”. La Iglesia latina pronto completó esta afirmación añadiendo, en el Credo de la Misa, que el Espíritu Santo procede “también del Hijo”. Dado que en latín la expresión “y del Hijo” se dice “Filióque”, esto dio lugar a la disputa conocida con este nombre, que fue el motivo (o el pretexto) de muchas disputas y divisiones entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Ciertamente, no es el caso de tratar aquí esta cuestión, que, por otra parte, en el clima de diálogo establecido entre las dos Iglesias, ha perdido la dureza del pasado y permite hoy esperar una plena aceptación mutua, como una de las principales “diferencias reconciliadas”. Me gusta decir esto: “diferencias reconciliadas”. Entre los cristianos hay muchas diferencias: este es de esta escuela, este es de aquella otra; este es protestante, este otro… Lo importante es que estas diferencias sean reconciliadas, en el amor de caminar juntos».
A diferencia de Bergoglio, nosotros «SÍ vamos a tratar esta cuestión» (aunque sea brevemente y no sin cierto temor no solo porque la teología no es nuestro estudio principal –y si algo, nos sometemos al juicio de la Santa Iglesia Católica Romana–, sino porque estamos ante un Misterio de la Fe que se comprende y acepta con la luz de la Gracia), máxime porque recientemente en aras de facilitar el camino ecuménico con los griegos, los luteranos acordaron renunciar al Filióque:
  
La polémica del “Filióque” se trata de las relaciones trinitarias internas [distinción de las Personas en la consubstancialidad divina]. Basándose en la palabra griega έκπορεύεσθαι presente en San Juan 15, 26, los cismáticos ortodoxos desde Focio (aunque Teodoro de Mopsuestia –maestro de Nestorio– y Teodoreto de Ciro lo arguyeron contra los Doce anatemas a Nestorio de San Cirilo de Alejandría, y los monotelitas contra San Martín Papa) rechazan la frase del Credo según la cual el Espíritu Santo procede del Padre “y del Hijo” (Filióque/καί τού Υιού/ܘܒ݂ܺܪܳܐ) y la tachan como herejía latina, aun cuando San Atanasio en el Quicúmque, San Dámaso en su Profesión de Fe recogida por San Jerónimoel Concilio de Toledo del año 400 y la Iglesia caldea en el Concilio de Seleucia/Ctesifonte del 410 afirman esta doctrina y en las Sagradas Escrituras se colige claramente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque (para esto seguimos al padre José María Dalmau SJ en su Sacræ Theologíæ Summa):
  • Indistintamente se habla del Espíritu del Padre (o el Espíritu que procede de Dios): Mt. 3, 16; 10, 20, etc.: Rom. 8, 9; I Cor. 2, 12; y del Espíritu del Hijo (o del Señor, o de Jesús): Act. 5, 9; 16, 7; 2 Cor. 3, 17 ss;  Gál. 4, 6;  Filip. 1, 19; Rom. 8, 9‑11, indicando relación de cuasipertenencia en el origen [procedencia] respecto a Dios Padre (que no tiene origen) y el Hijo (nacido del Padre antes de todos los siglos).
  • En San Juan 16, 13-15 Nuestro Señor dice a los Apóstoles: «Él [el Espíritu Santo] me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío y os lo dará a conocer», lo que significa que el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo, ya que lo que es del Padre, también es del Hijo.
  • En el Apocalipsis (1, 4; 3, 1; 5, 6; 19, 10; 21, 6; 22, 1) se describe la relación entre el Hijo y el Espíritu Santo, del cual se dice en el capítulo 22, 1 que procede (έκπορευόμενον) del río que sale del trono de Dios y del Cordero.
Y sobre todo, el hecho que la Iglesia Romana lo ha sostenido durante siglos antes del cisma griego, confirma que la doble procedencia del Espíritu Santo es una verdad de fe definida desde antiguo, y ratificada por la bula Læténtur Cœli del Concilio de Florencia (6 de Julio de 1439):
«definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe y así todos profesen que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, y del Padre juntamente y el Hijo tiene su esencia y su ser subsistente, y de uno y otro procede eternamente como de un solo principio, y por única espiración; a par que declaramos que lo que los santos Doctores y Padres dicen que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, tiende a esta inteligencia, para significar por ello que también el Hijo es, según los griegos, causa y, según los latinos; principio de la subsistencia del Espíritu Santo, como también el Padre. Y puesto que todo lo que es del Padre, el Padre mismo se lo dio a su Hijo unigénito al engendrarle, fuera de ser Padre, el mismo preceder el Hijo al Espíritu Santo, lo tiene el mismo Hijo eternamente también del mismo Padre, de quien es también eternamente engendrado. Definimos además que la adición de las palabras Filióque [= y del Hijo], fue lícita y razonablemente puesta en el Símbolo, en gracia de declarar la verdad y por necesidad entonces urgente».
Un dato adicional: Constantinopla cayó bajo la espada otomana el 29 de Mayo de 1453, que era domingo de Pentecostés. Justo castigo por negar obstinadamente esta verdad.
   
Sobre las “diferencias reconciliadas” «en el amor de caminar juntos», pocón pocón. En la vida real, incluso los protestantes fieles rechazan los medios esenciales de salvación de Cristo, por ejemplo los sacramentos de la Confirmación, el Orden, la Confesión/Penitencia, la Santa Misa y la Extremaunción. En cuanto al Bautismo, también hay diferencia entre unos y otros, porque mientras unos bautizan «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» siguiendo el mandato de Cristo en San Mateo 28, 20, otros lo hacen «en el nombre del Señor Jesucristo», fórmula esta última inválida en la Iglesia Católica (valga anotar que los mormones, si bien usan la fórmula «Habiendo recibido el mandato de Cristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», su bautismo es inválido en tanto su noción de la Trinidad es distinta a la de la Iglesia Católica toda vez que para ellos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo –que son hermanos, al igual que satanás– son tres dioses distintos en una relación de propósito, por lo que se está frente a un triteísmo –hoy pomposamente llamado “trinitarismo social”–). Y ya que estamos, los testejehovistas rechazan que Jesucristo es Dios (de hecho, traducen San Juan 1, 1 diciendo «era la palabra un dios») y que el Espíritu Santo sea una Persona (lo escriben en minúscula y lo llaman fuerza activa de Dios), reviviendo así la herejía de los arrianos y los macedonianos o pneumatómacos [los que luchan contra el Espíritu Santo], condenada en el I Concilio de Constantinopla y el Concilio de Alejandría del 362. 
  
En conclusión, bien se puede citar a San Agustín: «EN EL CISMA NO ESTÁN CONMIGO, EN LA HEREJÍA TAMPOCO. EN MUCHAS COSAS SÍ ESTÁN CONMIGO, PERO SÓLO EN POCAS NO LO ESTÁN. Y POR ESTAS POCAS COSAS EN QUE NO ESTÁN CONMIGO, NO LES APROVECHAN LAS MUCHAS EN QUE SÍ ESTÁN» (SAN AGUSTÍN, Comentario sobre el Salmo LIV, 19).

JORGE RONDÓN SANTOS
17 de Octubre de 2024 (Año Santo del Sagrado Corazón de Jesús).
Día tercero de la octava de Santa Teresa de Jesús de Ávila. Fiesta de Santa Margarita María de Alacoque, Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús; de San Herón, Obispo de Antioquía; de Santa Mamelta de Persia, Mártir de la Fe; de San Florentino, Obispo de Orange; y de San Víctor, Obispo de Capúa. Nacimiento de San Ivo de Kermartin, Patrono de los abogados; del Beato Alonso de Orozco OSA, Sacerdote y confesor; y de fray Luis –en el siglo Melchor– Jaume y Vallespir, Protomártir de la Alta California. Martirio del venerable Marcelo Francisco Mastrilli SJ, misionero en Japón; y asesinato del general José María Córdova Muñoz “El León de Ayacucho”. Emisión de la Real Cédula de construcción de caminos en la Nueva España; y Día de la lealtad.

lunes, 5 de agosto de 2024

LUTERANOS ACUERDAN ABANDONAR EL FILIÓQUE


La Federación Luterana Mundial y el Patriarcado Fanariota tuvieron el pasado mes de Mayo la 18.ª Sesión Plenaria de la Comisión Conjunta Internacional sobre Diálogo Teológico en el Monasterio Patriarcal melquita greco-ortodoxo de San Jorge en El Cairo (Egipto).
   
Como resultado, las dos denominaciones han emitido una declaración conjunta sobre en la cual respecto del Credo nicenoconstantinopolitano
«sugieren que se utilice la traducción del original griego (sin el Filioque) con la esperanza de que esto contribuya a sanar las antiguas divisiones entre nuestras comunidades y nos permita confesar juntos la fe de los Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y Constantinopla (381)».
La Comisión, creada en 1981 en Espoo de Finlandia por Demetrio I Papadópulos, destacó que el Credo es una declaración litúrgica y doctrinal fundamental y expresó su esperanza de que se dé un renovado enfoque a la teología trinitaria en la vida de las iglesias. «Ambos afirmamos la plena divinidad y personalidad del Espíritu Santo, que se expresó de diferentes maneras en las tradiciones oriental y occidental». 

De izquierda a derecha, el diácono Nicolás Ecumenio Amanatidis (Subsecretario del Santo Sínodo Patriarcal fanariota), el metropólita Cirilo Kateñrelos de Krinis (exarca patriarcal fanariota en Malta), el obispo luterano de Magdeburgo Johann Schneider (Iglesia Evangélica de Alemania central) y el profesor Dirk Lange (Secretario General Adjunto de la FLM para las Relaciones Ecuménicas), copresidentes y cosecretarios de la Comisión Teológica Conjunta Luterana-Ortodoxa Internacional

El Prof. Dirk Lange dijo:
«Los luteranos y los ortodoxos han dado un paso importante en su acercamiento con esta declaración. La FLM se basa en una votación realizada en nuestra Asamblea de Curitiba de 1990 que decía que el ‘filióque’ podía dejarse de lado en los ámbitos ecuménicos. Pero ahora queremos alentar a las iglesias luteranas a considerar un uso más amplio de la forma original del Credo Niceno-Constantinopolitano para profundizar nuestra reflexión trinitaria.
   
Para los ortodoxos, también es un gran paso reconocer que el uso del término ‘filióque’, que significa ‘y el Hijo’, está atestiguado en la teología patrística y, por lo tanto, ya no debería ser un tema que divida a la Iglesia. La FLM ha dado este importante paso hacia la recuperación de la versión original de este Credo, basada en un consenso diferenciado. Esperamos que pueda proporcionar un importante incentivo ecuménico y abrir el camino para que otras iglesias occidentales avancen hacia la reconciliación».
   
En una reunión celebrada del 13 al 18 de junio en Ginebra, el Consejo de la FLM acogió favorablemente la declaración y recomendó que la Oficina de la Comunión elaborara materiales didácticos al respecto para su uso en parroquias e institutos educativos. Los miembros del Consejo también recomendaron que las congregaciones luteranas locales «busquen un compromiso intencional y relaciones más estrechas con los vecinos ortodoxos».
   
La cláusula Filióque («y el Hijo» en español) en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano indica que el Espíritu Santo procede conjuntamente del Padre y del Hijo. Los griegos tachan esa cláusula de herética invención de los latinos porque, según ellos, contradice San Juan XV, 26, donde dice que el Espíritu Santo procede «solo del Padre» (aunque los Padres Griegos como San Atanasio el Grande y San Epifanio de Salamina citan San Juan XX, 22 interpretando que el Espíritu Santo procede sustancialmente del Padre y el Hijo). Sin embargo, el Filióque ya existía antes de su adición en el III Concilio de Toledo, pues aparece en el Símbolo de San Atanasio, en la Profesión de San Dámaso recogida por San Jerónimo, en el Símbolo Toledano del año 400 y en la profesión de Fe de la Iglesia Caldea en el Concilio de Seleucia/Ctesifonte del 410; y la interpretación monopatrista fue la bandera del cisma bajo los patriarcas constantinopolitanos Pablo II y de Focio en adelante. Como castigo a su rechazo, el Imperio de Constantinopla cayó bajo la media luna otomana el domingo de Pentecostés 29 de Mayo de 1453.

domingo, 16 de junio de 2024

MES EN HONOR A SAN PEDRO APÓSTOL – DÍA DECIMOSEXTO

Dispuesto por el padre Charles Alphonse Ozanam, Misionero Apostólico y Canónigo honorario de Troyes y Évreux, publicado en francés en París por Victor Palmé en 1863, y en italiano en Nápoles por Ferrante y Cía. en 1864.
  
MES DE SAN PEDRO, O DEVOCIÓN A LA IGLESIA Y A LA SANTA SEDE
  
MEDITACIONES SOBRE LA IGLESIA

Antes de la Meditación, recita un Pater noster y un Ave María con la Jaculatoria: San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros.
  
MEDITACIÓN XVI: EN TORNO A LA DOCTRINA EVANGÉLICA, A SUS DOGMAS, A SUS MISTERIOS Y A SU MORAL
Jesucristo y el Espíritu Santo son la fuente de la vida de la Iglesia. Sin embargo, necesitaba medios para que la vida pudiera derivar de esta fuente santa en cada miembro y vivificarlo. El primer medio utilizado para este fin por el legislador divino fue la revelación, hecha por el Verbo encarnado a los hombres, de ciertas verdades sobrenaturales y fundamentales unidas en un solo cuerpo doctrinal en los santos Evangelios; porque «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (San Mateo IV, 4). Ahora bien, esta doctrina encierra dogmas, misterios y reglas de moralidad:

1.º Los dogmas son los principios que sirven de base a toda la religión cristiana; son verdades capitales que Dios nos ha revelado a través de Jesucristo, y que nos dan la clave de una infinidad de misterios, sobre los cuales los filósofos habían discutido en vano hasta el advenimiento del Salvador, como son, la Santísima Trinidad, la caída del hombre, su reparación por la encarnación del Hijo de Dios y por el sacrificio que ofrece, etc. Sin duda, Dios, al dejarse conocer aquí abajo por la humanidad, no ha rasgado en absoluto todos los velos con los que debe cubrir su augusto rostro; ha conservado algunas oscuridades, que son útiles para ejercer nuestra fe; ya que la fe consiste precisamente en creer lo que no se ve ni se entiende; pero todo lo que se dignó revelar es tan racional, tan lógicamente coordinado, que si alguien intenta romper un eslabón de la cadena de nuestros dogmas, no logrará más que sustituirlos por una cadena de errores de lo más absurdo. Estos dogmas, por lo tanto, no son sólo verdades especulativas diseñadas para probar nuestra fe; porque, por el contrario, nos permiten comprender parte de lo que no sabíamos antes de que nos hubieran sido revelados. ¡Qué errores cometió de hecho el intelecto de los filósofos y de los más grandes hombres respecto a la naturaleza de la divinidad, la unión del bien y del mal, que sin embargo se encuentra en el hombre! En nuestros dogmas no hay una sola verdad que no nos dé una idea incompleta pero al menos correcta de nuestro Dios; o que no contribuye a hacernos comprender la dignidad de nuestra naturaleza, el origen de nuestras inclinaciones perversas, la inmortalidad y valor de nuestra alma, la voluntad sincera que Dios tiene de salvarnos y lo que debemos hacer para responder a ella. Finalmente, lo que muestra, incluso mejor que todo razonamiento posible, la utilidad práctica de nuestros dogmas, es que la creencia en estas verdades ha hecho germinar tales virtudes, de las que la naturaleza humana no parecía capaz en absoluto, y tales costumbres, cuya ejemplaridad no se encuentra en ningún otro lugar excepto entre las naciones cristianas. ¿Qué valor podrían tener todas las oposiciones posibles frente a un hecho indiscutible? La revelación de estos dogmas es un hecho histórico, del cual da fe el libro más auténtico que existe en el mundo, el Evangelio; el hecho de su utilidad es público y está abierto a los ojos de todos. Después de esto, ¿no es absurdo seguir planteando dudas sobre este punto, o incluso atreverse a preguntar cuál es el beneficio de ello?
  
2.º El segundo elemento de la doctrina evangélica tiene por objeto los misterios de la vida de Jesucristo, que no son otra cosa que los dogmas y la moral cristiana puestos en acción de cierta manera en los hechos más notables de la vida de el Salvador. Se trataba de un medio de hacer perceptibles ciertas verdades en apariencia puramente especulativas, y de adaptarlas a la inteligencia de cada uno, relacionándolas con ciertos hechos históricos ocurridos ante un buen número de testigos, y a menudo en público. De esta manera el dogma de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación se manifiestan en el primer capítulo de San Lucas, en aquella solemne embajada enviada por Dios Padre a María, en la que el Arcángel Gabriel anuncia a la Santísima Virgen que concebirá del Santo Espíritu, y dará a luz un Hijo, al que llamará Jesús. También vemos la Santísima Trinidad revelada de manera sensible en el bautismo de Jesucristo y en su transfiguración en el monte Tabor. Todos los misterios de la vida de nuestro Señor, durante treinta y tres años, son una prueba continua de que el Verbo, el Hijo eterno de Dios, verdaderamente se hizo carne, y que Jesucristo es verdaderamente Dios y hombre juntos. Todos estos misterios son, además, fuente inagotable de iluminación para practicar las virtudes más eminentes, las virtudes de la moral cristiana, de las que el divino Maestro nos dio ejemplo durante todo el tiempo que caminó sobre la tierra. Con su nacimiento nos enseña el desapego de los bienes perecederos de este mundo; por su circuncisión enseña humildad, y por eso debemos despojarnos en nuestra conducta, para ser adoradores de su Padre en espíritu y en verdad; su presentación en el templo es para nosotros un modelo de la obediencia que debemos a la ley de Dios, y su huida a Egipto nos revela que, si somos sus discípulos, como Él seremos perseguidos. Su vida oculta, llevada en la oscuridad de la ciudad de Nazaret hasta los treinta años, es una lección consoladora para la mayoría de los cristianos, que están llamados a llevar una vida muy vulgar y todavía despreciable a los ojos del mundo. Finalmente, ¿no nos advierten su ayuno y su tentación en el desierto de la necesidad de mortificar nuestra carne, y del modo en que debemos combatir las tentaciones? Durante su vida pública Jesucristo obró un gran número de milagros de primer orden, ciertamente para demostrarnos que fue enviado por su Padre, para confirmarnos su doctrina y probarnos su divinidad: verdades fundamentales de la Religión, lo cual hizo absolutamente necesario para detenerse bien; pero también lo hizo para enseñarnos que todo lo que ha hecho en el cuerpo obrará, por tanto, en las almas todos los días: por eso durante toda su vida se complació en curar a los ciegos, a los sordos, a los cojos, a los paralíticos y a toda clase de enfermedades, e incluso devolverles la vida a los muertos. Finalmente llega al fin de su morada en la tierra y quiere, por exceso de amor hacia los hombres , lavar sus iniquidades en su Sangre, ofreciendo a su Padre el mayor de todos los sacrificios, el de su vida, para así proveer la redención de los pecadores. Desde aquí conecta el misterio de la Redención con un drama conmovedor y extraordinario, y en él resume los ejemplos más sublimes de virtud, que ya había incluido en toda su predicación.
     
3.º ¡Cómo todo se sustenta y conecta en esta admirable doctrina! Los dogmas, los misterios, las costumbres están unidos de manera inextricable: nadie puede intentar tocar un solo punto sin trastocarlo todo en conjunto. No hay hombre que lo entienda plenamente, y conviene que así sea, suponiendo que Dios mismo es autor y objeto; y, sin embargo, nada es más razonable ni más satisfactorio para el espíritu. Sin embargo, no se trata de un sistema de doctrinas que seca la mente con hipótesis estériles que trascienden la inteligencia vulgar: ni mucho menos, no sólo se puede ver y, como se dice, podrás tocar con tus manos las verdades más elevadas, que ciertamente están conectadas con los hechos; pero el corazón, y el corazón en particular, encuentra alimento inagotable para su sensibilidad. En efecto, en la moral cristiana, que es la expresión última de los dogmas y misterios, que naturalmente destila en su totalidad, todo se resume, como nos enseña el divino Maestro, en una sola palabra: amor. Amar a Dios sobre todas las cosas, porque él es más que cualquier otra cosa, y es el sumo bien en consecuencia, sacrificarle todo lo que es contrario a su voluntad que nos manifiesta la santa ley; sacrificándole todo lo que pueda llevarnos a serle infiel: haciendo así la guerra a nuestros sentidos mediante la mortificación; a nuestro orgullo por el ejercicio de la humildad; al apego desordenado a las riquezas debido al espíritu de pobreza. Amar al prójimo como a nosotros mismos, no sólo por sus cualidades personales, sino para agradar a Dios, nuestro fin último; y por eso amar, digamos así, para ayudar a nuestros semejantes según nuestras posibilidades, sean quienes sean, e incluso a nuestros enemigos; nos invitan a su servicio, porque son nuestros hermanos en Jesucristo, y porque Dios es nuestro Padre común. Y finalmente hacer todas estas cosas por motivos nobles y elevados, por sentimientos que la naturaleza ha grabado en nuestro corazón, la gratitud y la generosidad; porque Dios nos amó primero. ¿Podría alguien más que Dios haber encontrado una moral más sencilla, más bella, más digna de la humanidad y más capaz de regenerarla? Esta es, por tanto, la moraleja del Evangelio.

¡Estos dogmas, estos misterios, esta moral, que forman el conjunto de la doctrina evangélica, son el tesoro incomparable que Jesucristo dejó y confió a su Iglesia para renovar el mundo, para darle y comunicarle vida
   
ELEVACIÓN SOBRE LA SOLEMNE INSTITUCIÓN DE LA IGLESIA EN EL DÍA DE PENTECOSTÉS
I. ¿Qué acciones de gracias no debemos ofreceros, oh Dios mío, porque nos habéis revelado verdades que los hombres se han esforzado en vano por descubrir durante cuatro mil años? ¿Es maravilloso que el hombre, que tiene facultades tan limitadas, no haya podido elevarse hasta Vos y comprender los misterios de vuestra naturaleza divina? Sin duda, la antorcha celestial de la fe no se había extinguido por completo después de la caída original; vuestro pueblo había seguido siendo custodio de los dogmas sagrados, que siempre han sido la base de la verdadera Religión; pero él mismo sólo tenía una idea vaga y confusa, y todo el resto de la humanidad estaba sumergido en la más espesa oscuridad. Una idolatría absurda y tal, que provoca desdén; las costumbres más disolutas; una crueldad que no se detenía ante ninguna barbarie, eran herencia de las diversas religiones, bajo cuyo yugo los pueblos más cultos y refinados inclinaban vergonzosamente el cuello. Sois Vos, oh Señor, quien en vuestra misericordia habéis dirigido una mirada de compasión a este hombre, que habíais creado a imagen de vuestro adorable Hijo, a quien antes de su pecado habíais colmado de luces divinas, y que posterior haber caído tan bajo, víctima de las tinieblas de su inteligencia y de sus pasiones más brutales, Os habéis dignado hacer brillar de nuevo en sus ojos la divina claridad de la fe; avivando esta chispa que estaba a punto de apagarse; habéis reavivado el fuego sagrado, para la revelación de vuestros dogmas, enviando vuestro Verbo, que debía anunciarlos y expresarlos Él mismo ante todas las naciones, en una forma aún más precisa y luminosa, de la que no lo habíais hecho para vuestro pueblo de predilección.
  
II. Sí, vuestro amabilísimo Hijo tomó carne semejante a la nuestra, quiso dignarse unir su divinidad a nuestra humanidad, para mostrar que vuestros dogmas y vuestros misterios contienen, como su adorable persona, un lado divino, que la debilidad de nuestro espíritu no permitiría comprender plenamente, y un lado que bien podríamos llamar humano, ya que el hombre está tan conmovido por él que no puede dejar de afirmar su realidad. Fue el cumplimiento de aquella bendición que Vos, oh Señor, le habíais dado a Jacob en aquel sueño misterioso en el que se le apareció una escalera, un extremo de la cual tocaba el cielo y el otro descansaba en la tierra; el cielo y la tierra estaban a punto de reconciliarse, y Jesucristo debía ser el vínculo destinado a reafirmar las relaciones casi completamente rotas entre vuestra infinita majestad y vuestras criaturas rebeldes. Los ángeles descienden del cielo para venir a revelar los secretos de la vida sobrenatural a la humanidad moribunda, y para llevarles vuestra divina asistencia, y otros espíritus celestiales ascienden hacia la ciudad santa para animar con su ejemplo a los hombres a desprenderse de la tierra y levantarse. ¡Imagen viva de la augusta misión que Vos, mi Salvador, habéis venido a cumplir aquí abajo, descendiendo del seno de vuestro Padre para abrirnos las puertas de la bendita eternidad y ofrecernos los medios para llegar allí! ¿Cómo podemos responder, oh Señor, a designios tan misericordiosos, sino meditando atentamente vuestros adorables misterios y sometiendo nuestra orgullosa razón a lo que no puede comprender? Sí, creemos firmemente en todo esto que la doctrina evangélica nos enseña; y haremos bien en someter bajo el yugo de vuestra santa palabra todos los aborrecimientos y repugnancias, que no son más que fruto de nuestra imbecilidad y de nuestras tinieblas.
   
III. Pero sobre todo seremos dóciles a vuestra voz, oh divino Maestro, a la hora de demostraros nuestra fidelidad en el cumplimiento de vuestra santa ley. No por otra razón nos la habéis diseñado con tanto esmero y con tantas particularidades, para iluminar nuestros pasos a través de las nubes de nuestra ignorancia y del torrente de pasiones que nos arrastran a nuestra ruina. Nunca olvidaremos que nuestro amor por Vos debe ser el alma de todas nuestras obras; y si a veces nuestra naturaleza rebelde murmura contra el freno que le imponéis, si se nos hacen necesarios sacrificios y violencia, recordaremos todo lo que habéis hecho por nosotros, todo lo que os ha costado el alma, el sudor, el sufrimiento, la Sangre con que lo habéis redimido. Seremos dulces y caritativos con nuestro prójimo, porque él, como nosotros, ha sido objeto de vuestro amor y de todas vuestras preocupaciones; porque, cualesquiera que sean nuestros juicios, a menudo injustos, quizá sea más aceptable a vuestros ojos que nosotros mismos; finalmente porque habéis certificado que se habrá hecho a Vos mismo todo lo que nosotros le hagamos al más pequeño de los vuestros. No, nunca os amaremos sinceramente si no amamos a nuestros hermanos, si no nos apresuramos a dedicarnos a su servicio; y sin embargo, permitid, oh divino Salvador, que os digamos con Pedro, cabeza de tus Apóstoles: «tú que todo lo sabes, bien sabes, que te amamos; o que al menos queremos amarte»; y ya que habéis bajado del cielo para ayudarnos, ayúdanos a demostrártelo con nuestras obras. Que así sea.
  
Se repite la Jaculatoria: «San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros», añadiendo el Credo Apostólico:
   
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor: que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado: descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

JACULATORIAS
  • «Jesús mío, ¿cuándo os amaré de verdad?».
  • «Hablad, oh Señor, que vuestro siervo os escucha» (1.º de Reyes III, 9).
PRÁCTICAS
  • Instruirnos bien en la doctrina cristiana. ¡Oh, cuántos hay que, si no lo han olvidado, apenas conocen lo poco del catecismo que aprendieron de niños, y se creen maestros de la divinidad!
  • Añade a la meditación, que no querrás perderte ningún día, un poco de lectura espiritual en las horas de la tarde, leyendo aquellos libros que mejor se adapten a nuestro estado.
℣. Tú eres Pedro.
℟. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que acordaste a tu bienaventurado Apóstol San Pedro el poder de atar y desatar, concédenos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

sábado, 15 de junio de 2024

MES EN HONOR A SAN PEDRO APÓSTOL – DÍA DECIMOQUINTO

Dispuesto por el padre Charles Alphonse Ozanam, Misionero Apostólico y Canónigo honorario de Troyes y Évreux, publicado en francés en París por Victor Palmé en 1863, y en italiano en Nápoles por Ferrante y Cía. en 1864.
  
MES DE SAN PEDRO, O DEVOCIÓN A LA IGLESIA Y A LA SANTA SEDE
  
MEDITACIONES SOBRE LA IGLESIA

Antes de la Meditación, recita un Pater noster y un Ave María con la Jaculatoria: San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros.
  
MEDITACIÓN XV: SOBRE EL MODO CON QUE JESUCRISTO Y EL ESPÍRITU SANTO CONTINÚAN MANTENIENDO LA VIDA EN LA IGLESIA
1.º «Dios Padre, dice San Pablo, puso todas las cosas a los pies de Jesucristo: y le constituyó cabeza de toda la Iglesia» (Epístola a los Efesios I, 22-23). Jesucristo, aunque está sentado a la diestra de su Padre en gloria, nunca deja de ser la cabeza invisible pero no inactiva de su Iglesia. Él es y será hasta el fin de los tiempos la cabeza y el corazón de ese gran cuerpo del que todo cristiano es miembro. Así como la cabeza ocupa el primer lugar en el cuerpo humano, y desde ella el alma da vida a todo el cuerpo; así Jesucristo ocupa el primer lugar en su cuerpo místico que es la Iglesia; en él residen el espíritu y el alma, de modo que todo el cuerpo es vivificado; de él todos los miembros reciben vida y santidad. De la misma manera que la cabeza está muy unida al cuerpo, así Jesucristo está tan unido al cuerpo de su Iglesia que nunca podrá separarse de él ni dejar de gobernarlo mediante la acción de su Espíritu. Pero, ¿por qué Jesucristo es la cabeza, y en consecuencia la vida de su Iglesia? Nos vemos, pues, inducidos a estudiar el ordenamiento íntimo de este cuerpo y el mecanismo de sus diferentes fuerzas. La vida de la Iglesia está situada en la unión de ella con Cristo, y de sus miembros con su Cabeza: veamos, sin embargo, cómo se realiza y se mantiene esta unión.
   
Esta maravillosa unión se forma por el Espíritu Santo, que Jesucristo posee en toda plenitud, y lo comunica a todos sus miembros, según su propia medida; este Espíritu es como el alma de este gran cuerpo, que anima y vivifica. En este cuerpo no hay dos espíritus; porque en todo el cuerpo y en cada uno de sus miembros en particular hay el mismo espíritu que está en la cabeza: «No hay más que un Espíritu, dice el Apóstol, así como hay un solo cuerpo, y todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu, para que todos seamos un solo cuerpo, ya sean judíos o gentiles, ya sean siervos o libres» (Epístola I a los Corintios XII, 12-13). Además, así como el Espíritu Santo une al Padre y al Hijo, y está unido a ellos por su caridad sustancial, así este Espíritu Santo, con su cabeza extendida sobre los miembros, siendo el mismo, une a los fieles a Jesucristo, porque ¿No hace que formen más que un cuerpo, y como un solo hombre, y que todos juntos tengan un solo corazón y una sola alma, «para que sean uno como nosotros», conforme a la petición de Jesús a su Padre (San Juan XVII, 11)? Esta admirable unión se forma también a través de la oración, que, a través de la fe, la esperanza y la caridad, crea relaciones íntimas entre Dios y nosotros. Se forma también a través de la palabra divina, que penetra en nuestro corazón y nos hace escuchar la voz del Espíritu Santo. De esta manera el alma santísima de Jesucristo se va insinuando poco a poco, y de alguna manera, se identifica con la nuestra, y le hace vivir la misma vida. Pero es precisamente en los Sacramentos donde se realiza esta unión, tan fructífera para nuestras almas, entre nosotros y el Salvador; los sacramentos son como las arterias y canales que llevan la Sangre, el Espíritu y la vida de Jesucristo a cada miembro, para permitirle cumplir oficios particulares, como se puede ver individualmente en el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía, en el Matrimonio y en el Sacerdocio. Esta es también una doctrina de San Pablo: «Es por Cristo, dice, que todo el cuerpo está ensamblado y conectado por medio de todas las coyunturas de comunicación, en virtud de la operación proporcionada sobre cada miembro, el crecimiento se produce propiamente al cuerpo por su perfección a través de la caridad» (Epístola a los Efesios IV, 16). De hecho, todos los sacramentos son instituidos o para comenzar a unirnos a Jesucristo, o para perfeccionar la unión ya iniciada: el Bautismo y la Penitencia nos arrancan del cuerpo del diablo, para hacernos miembros del cuerpo de Jesucristo, en cuanto al alma y al cuerpo. Los demás sacramentos aumentan y perfeccionan esta unión, especialmente la Sagrada Eucaristía, por la cual, según el lenguaje de los Santos Padres, llegamos a ser un solo cuerpo y una sola alma con Jesucristo y con todos los demás fieles, y es digno de señalarse que el cuerpo místico se nutre de Jesucristo su cabeza, como Jesucristo se nutre de Dios mismo. El alimento de la cabeza y el de los miembros es el mismo. Nada es capaz de saciar este gran cuerpo, de fortalecerlo, de hacerlo crecer, de retener en una sola palabra vida en él, excepto el pan vivo que descendió del Cielo. El sacramento del Matrimonio injerta, por así decirlo, esta vida divina a las generaciones siguientes, y el Sacerdocio, que administra los sacramentos, que ora en nombre de todo el cuerpo y que lo nutre con la santa palabra, vela por el preservación de todas estas fuentes de vitalidad.
  
2.º Meditemos en el presente sobre las consecuencias luminosas y prácticas que naturalmente se derivan de estos principios:
I. Si estamos unidos a Cristo, como los miembros lo están a su cabeza, entonces somos un solo hombre con Él, y la vida de los miembros debe ser la misma que la de la cabeza; queremos decir que debemos vivir como vivió Jesucristo, e imitarlo tanto como nuestra debilidad lo permita.
II. Todos los miembros, formando un solo hombre con Jesucristo, participan en cierta medida de todas las prerrogativas de su cabeza: y por tanto con Él somos sacerdotes, víctimas, reyes, hijos de Dios, y con Él tenemos derecho a la herencia celestial.
III. Todos los miembros participan con la cabeza en todos los bienes y todas las ventajas que este posee; a sus méritos, a sus sufrimientos, a sus humillaciones y a su gloria: Yo os he dado, dijo Jesucristo , todo lo que mi Padre me ha dado; comparte con todos sus miembros lo que ha recibido de su Padre, es decir, su divinidad y su humanidad.
IV. De este principio capital se sigue también que todo el bien y el mal que se causa al más pequeño de sus miembros se le causa a Él mismo, como explican maravillosamente estas palabras del Salvador: «En verdad os digo: cuando hayáis hecho algo por uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis… Y cada vez que os negasteis a hacer algo por uno de mis hermanos más pequeños, a mí tampoco me lo habréis hecho» (San Mateo XXV, 40. 43). Y, sin embargo, bien se puede decir que Jesucristo sufre con los que sufren; y es humillado, maltratado, despreciado y perseguido junto con aquellos de sus miembros que son probados con estos males. De aquí, a Saulo que perseguía a su naciente Iglesia, Cristo clamó desde el cielo; «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». Jesucristo ama aún más su cuerpo místico que el natural, porque para salvar el primero permitió que el segundo fuera sacrificado.
V. De aquí igualmente podemos concluir que siendo Jesucristo, como cabeza, íntimamente unido a sus miembros, es Él quien obra en ellos y por ellos todo el bien que hacen: es Él quien ora, quien llora, quien obra. en ellos, lo que los hace capaces de ser merecedores y dignos de gloria.
VI. De la misma manera que todos los cristianos, que viven según el espíritu de Jesucristo como cabeza, son miembros unos de otros, se sigue que, aunque no todos tengan los mismos oficios, todos trabajan para el beneficio común de todo el cuerpo, y participan de todo lo que se les presenta; de modo que si un miembro sufre, los demás también sufren; si uno está celebrando, los demás siguen ahí, según la maravillosa comparación de San Pablo: «el ojo no ve sólo por sí mismo, sino por todo el cuerpo; la mano trabaja y lucha, los pies caminan, la lengua habla, el oído escucha, todos estos miembros realizan sus acciones tanto para sí mismos como para todo el cuerpo»: de esto se sigue que no nos está permitido despreciar a una persona, cualquiera que sea. su grado: porque, dice San Pablo, «ningún miembro puede decir al otro: No tengo necesidad de vuestro trabajo» (Epístola 1. a los Corintios XII, 21).
VII. La unidad, según la cual el Espíritu Santo gobierna este cuerpo, significa que todos los dones sobrenaturales y todos los demás bienes espirituales que le son conferidos son beneficiosos para todos los miembros, de modo que no sólo participen de los méritos de Jesucristo, de donde proviene, como de la cabeza, todo el bien y todo el mérito que reside en el cuerpo; pero además, hay comunidad de oraciones, buenas obras y méritos entre todos los miembros de la Iglesia universal, es decir, participamos primero de todo el bien que los justos hacen actualmente en la tierra, y luego de todo aquello que desde el el origen del tiempo lo han hecho los Santos, que componen la Iglesia triunfante, y los que forman parte de la Iglesia sufriente; porque, no lo olvidemos, estas tres Iglesias no forman más que un mismo cuerpo, están animadas por el mismo espíritu de caridad que las une y no tienen más que una y la misma cabeza, Jesucristo.
VIII. Sin embargo, los miembros de este cuerpo no participan de los méritos de su cabeza, ni de los de los demás miembros, sino por razón de su fe, su caridad y su unión con Jesucristo; así como en una sociedad en la que se obtienen grandes beneficios, quienes han aportado fondos más considerables obtienen frutos más abundantes. Ahora Jesucristo, que es la cabeza, el nodo y el dueño de esta sociedad espiritual, distribuye sus bienes y ventajas según los méritos de cada uno, y los méritos son proporcionales al grado de nuestra unión con nuestra cabeza.
IX. Finalmente, de los principios expuestos se desprende que todos aquellos que no están unidos a Jesucristo por la gracia no forman parte viva del cuerpo místico de la Iglesia ya que, según palabras del propio Salvador, toda rama separada del tronco no participa en la vida de la acción, sin embargo, no podría dar frutos. Así, quienes se han puesto en esta lamentable condición no participan en absoluto de los beneficios que reciben los miembros vivos de este maravilloso cuerpo. Así también, todos los cuerpos y todas las asociaciones que no reconocen a Jesucristo como su cabeza, y que no tienen ninguna relación con Él, son como cuerpos sin alma y sin vida sobrenatural y fuera del cuerpo de la Iglesia.

Estas son las fuentes inagotables de la vida que disfruta la Iglesia de Cristo, y las razones íntimas de su inmortalidad (Esta meditación fue tomada de una obra sobre el Conocimiento de Jesucristo, cuyo autor por humildad, ocultó su nombre).
   
ELEVACIÓN SOBRE EL MODO CON QUE JESUCRISTO Y EL ESPÍRITU SANTO CONTINÚAN MANTENIENDO LA VIDA EN LA IGLESIA
I. Os doy gracias, oh Dios mío, porque me habéis revelado la maravillosa economía y el sabio orden de vuestra Iglesia. ¡Cómo todo en ella es grande y elevado, y al mismo tiempo sencillo y adaptado a la inteligencia de cada uno! ¡Cómo todo es lógico, es razonable, está medido! Allí todo está previsto, todos los derechos son respetados, las comunidades civiles están ahí, así como los particulares encuentran la luz y la ayuda que necesitan para alcanzar su objetivo supremo. En él, oh Señor, apareces, como corresponde a tu soberana majestad, como Señor y cabeza del reino de las almas; como con aquel que, después de haberlos creado, les proporciona los medios para conservar la vida en sí mismos, ofreciéndote dispuesto a unirte a ellos y constituyendo en ti la fuente en la que pueden actuarlos elementos de esta vida divina. Devuelves al hombre caído, al hombre que se ha degradado convirtiéndose en materia, su dignidad primera: ha sido creado a tu imagen, y le haces miembro de un cuerpo, del que tú mismo eres el alma y el líder: así renovar y ennoblecer la sangre que corre por sus venas. A través de la oración creas relaciones tanto más honorables para él, cuanto que lo pone en comunicación directa con tu infinita majestad, y así recibe de ti favores inestimables. Incluso os dignáis hablarle por boca de vuestros ministros, para ilustrarle sobre sus deberes. Entonces, como sois la luz del mundo, no os contentáis en absoluto con hacerla brillar ante los ojos de los hombres en particular, sino que extendéis sus rayos incluso sobre las sociedades civiles, para enseñarles que dependen de vosotros y que la mejor garantía que pueden darse, en cuanto a su duración y su florecimiento, es el respeto que mostrarán a tu santa ley, quitándola de sus leyes. En este maravilloso orden de la Iglesia te complace demostrar también tu extraordinaria bondad para con las almas que humildemente se someten a ti. Es más, queréis incluso entrar en cierta familiaridad con ellos, queréis que os consideren un padre siempre dispuesto a perdonar cuando los demás se arrepienten sinceramente; y tu amor por ellos, tu ardiente deseo de verlos unidos a ti de la forma más íntima son suficientes para que decidas encarnarte, en cierto sentido, de nuevo, y darles tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y nuevamente tu Divinidad como alimento. Finalmente, para hacer conscientes a los hombres de que toda su vida os pertenece, y que deben conservarla continuamente consagrada allí, desde el día en que abren por primera vez los ojos a la luz, hasta el día en que finalmente los cierran; y para transmitirles el pleno interés de caridad que el líder tiene por todos sus miembros, les presentas tu Iglesia en la figura de una tierna madre, a la que has confiado la misión de velar por ellos, desde su primera entrada en el mundo hasta el agujero extremo suspiro. Desde aquí ella bautiza a los recién nacidos y se apresura a introducirlos en el cuerpo místico de Jesucristo; por eso en el Sacramento de la Penitencia une los lazos que unían al hombre a Aquel que es el único que puede dar la vida y que el pecado había roto; desde aquí alimenta a sus hijos con la leche de la santa palabra y la carne adorable del Salvador, para preservar y fortalecer esta unión y esta vida; desde aquí hace descender las bendiciones del cielo sobre los esposos, y preside así uno de los actos más solemnes de la vida humana; y desde aquí todavía se sienta al lado del lecho de los moribundos, para que en este punto decisivo de la eternidad tenga el consuelo de unirlos para siempre a Jesucristo. Y cuando todo parece consumado aquí abajo, cuando el hombre ya ha desaparecido del escenario de este mundo, la Iglesia, en su preocupación, después de haber bendecido su tumba, lo acompaña también con sus sufragios, para acelerar y asegurar mejor su descanso eterno.

II. ¿Por qué, oh Dios mío, el mundo es tan ciego e ingrato que no reconoce tu poder, tu sabiduría y, sobre todo, tu infinita bondad en el orden admirable y las disposiciones misericordiosas que presidieron el establecimiento de tu Iglesia? ¡Pobre de mí! es contundente confesarlo, velando la frente por vergüenza, viene, porque para ser miembro vivo del cuerpo, del cual Jesucristo es cabeza, uno quiere estar unido a este divino Salvador, como los miembros lo están al cabeza. Ahora bien, para añadir a esta íntima unión, sería conveniente, Señor, que nuestra vida tenga al menos algún parecido con la tuya; Sería apropiado que el Espíritu Santo fuera el alma de nuestras obras. Sin falta, por la gracia del santo Bautismo llegamos a ser miembros del cuerpo visible de tu Iglesia; pero ¿no tenemos razón al temer que seamos miembros muertos y, en consecuencia, excluidos de compartir las ventajas que cosechan los miembros vivos? ¿Qué esfuerzos hacemos para vivir de la vida de nuestro líder? ¿Meditamos en esta vida santa para luego conformar la nuestra a ella? ¿Es ésta nuestra gran preocupación, es este el pensamiento dominante de nuestra existencia? ¿Estamos en gracia de Dios y unidos a Él a través de la caridad? Sin embargo, es necesario que así sea, para que el humor del Espíritu divino circule por nuestras venas. ¿Cuál es nuestra humildad, nuestra mortificación, nuestro desapego de los bienes de la tierra, la fe que informa nuestras obras? Sin embargo, no requieres que, para estar unido a Ti, Divino Maestro, sea necesario haber alcanzado ya la perfección de estas virtudes; pero es necesario al menos que nos esforcemos en adquirirlas, y nuestra unión contigo será tanto más estrecha cuanto mayor sea el grado de nuestras virtudes. ¡Ay!, debemos confesar nuestro aborrecimiento por todo lo que nos incomoda, que nos viola; porque todo lo que frena nuestras pasiones, lo que contradice nuestros sentidos, nuestras inclinaciones y nuestros gustos, nos hace renunciar, oh Señor, a esta feliz unión, y a todas las ventajas que de ella se derivan; porque para unirse a ti es necesario saber negarse, sacrificarse, según tu divino oráculo: «Si alguno quiere ir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (San Lucas IX, 23). ¡Qué suerte para aquellos que tienen el valor de prestarse dóciles a esta santa y luminosa exhortación, y que así vienen a unirse a vosotros! ¡Qué tesoro de gracias y favores espirituales encuentran allí todos los miembros vivos de tu Iglesia! Los últimos como los primeros; ¡Los más viles y despreciables según el mundo, como aquellos a los que se les tiene el mayor honor, cada uno en proporción a su capacidad y a sus necesidades! Es el mismo espíritu, la misma vida que los anima a todos, aunque sus oficios sean diferentes. En este cuerpo místico, en este reino de las almas, es posible encontrar esa igualdad soñada en todas partes, y que es imposible de implementar aquí abajo en cualquier otro gobierno temporal de los Estados. Sin embargo, a los miembros de esta asociación espiritual les importa poco si ocupan tal o cual lugar; ya que, cualesquiera que sean sus funciones, participan de las mismas ventajas y tienen derecho a las mismas recompensas. ¡Qué consuelo para todos saber que, si están unidos en la caridad hacia Ti, mi amable Maestro, están unidos en un mismo espíritu a todos los miembros de tu cuerpo, por grande que sea el espacio que los separa unos de otros! Como consecuencia necesaria participan en los trabajos, las obras, las oraciones, en todo lo que hacen estos miembros, repartidos por toda la superficie de la tierra. De ti, oh cabeza divina, todas estas cosas toman su mérito. De la virtud de vuestra sangre, que circula por este gran cuerpo, toman su belleza y santidad. ¡Cuán importante es para nosotros, Señor Jesús, pertenecer a tu cuerpo como miembros vivos! Es vida o muerte. Por tanto, no permitas que jamás me separe de ti, dejándome unido a ti por la gracia; porque Vos lo dijisteis: «Nadie puede servir a dos señores: el que no está con Vos, está contra Vos, y pone al diablo por cabeza; está incorporado a él de cierta manera, es sumiso a su dominio y trabaja por su espíritu». Esto es miserablemente lo que es el mundo y lo que todas las personas del mundo son a los ojos de la fe. Arrebatar almas a la tiranía del príncipe de las tinieblas para unirlas a vuestro cuerpo es precisamente la misión de vuestra Iglesia, que no hace más que continuar aquí abajo, bajo tu dirección, la regeneración de la humanidad, que iniciaste en el tiempo de tu mortal vida, y que no puede lograrse sino mediante la unión de los miembros con su cabeza.

Se repite la Jaculatoria: «San Pedro y todos los Santos Sumos Pontífices, rogad por nosotros», añadiendo el Credo Apostólico:
   
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor: que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado: descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

JACULATORIAS
  • «Oh Jesús mío, sea vuestro Nombre santificado por mí y por todos» (San Mateo VI, 9).
  • «Oh Jesús mío, Vos sois todo mío, haced que yo sea todo vuestro» (De Cánticos II, 16).
PRÁCTICAS
  • Prescribe un reglamento de vida acorde a tu estado, para vivir como Jesucristo quiere. Asegúrate de seguirlo fielmente, y cuando la necesidad te obligue a alejarte de él por un corto tiempo, esfuérzate por retomarlo inmediatamente.
℣. Tú eres Pedro.
℟. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que acordaste a tu bienaventurado Apóstol San Pedro el poder de atar y desatar, concédenos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.