«La Misa es acción de gracias, “Eucaristía”. Celebrarla en esta tierra me ha hecho recordar la oración del padre jesuita Pierre Teilhard de Chardin, elevada a Dios hace exactamente cien años, en el desierto de Ordos, no muy lejos de aquí. Dice así: “Me prosterno, Dios mío, ante tu Presencia en el Universo, que se ha hecho ardiente, y en los rasgos de todo lo que encuentre, y de todo lo que me suceda, y de todo lo que realice en el día de hoy, te deseo y te espero”. El padre Teilhard trabajaba en investigaciones geológicas. Deseaba ardientemente celebrar la Santa Misa, pero no tenía consigo ni pan ni vino. Fue entonces cuando compuso su “Misa sobre el mundo”, expresando su ofrenda de este modo: “Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación, atraída por Ti, te presenta en esta nueva aurora”. Y una oración similar había nacido ya en él durante la Primera guerra mundial, mientras estaba en el frente, ejerciendo como camillero. Este sacerdote, a menudo incomprendido, había intuido que “la Eucaristía se celebra, en cierto sentido —en cierto sentido—, sobre el altar del mundo” y que es “el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable” (Carta enc. Laudato si’, 236), incluso en un tiempo de tensiones y de guerras como el nuestro. Recemos hoy, por tanto, con las palabras del padre Teilhard: “Verbo resplandeciente, Potencia ardiente, Tú que amasas lo múltiple para infundirle tu vida, abate sobre nosotros, te lo ruego, tus manos poderosas, tus manos previsoras, tus manos omnipresentes”».
Afirmación que para algunos se califica como la mayor rehabilitación que se ha hecho de este jesuita, mucho más que la cita en Laudato Si’. Pero un análisis acucioso halla que no es la primera vez que los conciliares citan de una manera u otra a Teilhard, y no precisamente para condenarlo:
Teilhard de Chardin es conocido por, entre otras, su participación en el fraude del Hombre de Piltdown, y que su obra (publicada póstumamente) fue objeto de advertencia por el Santo Oficio en 1962 a causa de su doctrina panteísta y evolucionista (aparte de la condena anticipada en Pascéndi e indirecta en Humáni géneris in rebus). Pero hay algo más y de lo que muy poco se conoce: era defensor de la eugenesia, el transhumanismo y el discrimen racial:
El primer ejemplo registrado de las opiniones de Teilhard sobre la superioridad racial aparece una década antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1929, mientras se encontraba en una de sus primeras expediciones científicas en China con su colega Émile Licent (quien se hacía llamar Sang Zhihua/桑志华), Teilhard (De Rì Jìn/德日进) escribe:
«¿Tienen los amarillos [los chinos] el mismo valor humano que los blancos? [El P. Émile] Licent y muchos misioneros dicen que su inferioridad actual se debe a su larga historia de paganismo. Me temo que esto es sólo una “declaración de pastores”. Más bien, la causa parece ser el fundamento racial natural… El amor cristiano supera todas las desigualdades, pero no las niega» [Günther Schiwy, Teilhard de Chardin: sein Leben und seine Zeit (Teilhard de Chardin: su vida y su tiempo), vol. 2. Múnich, Kösel 1981, pág. 105]
Fue hacia esa época cuando Teilhard estaba escribiendo sus obras teológicas más famosas, que él hizo tales declaraciones racistas.
Cuatro años después, cuando el partido nazi comenzaba su ascenso en Alemania, Teilhard reflexionó sobre el momento:
«Odio el nacionalismo y sus aparentes regresiones al pasado. Pero me interesa mucho la primacía que devuelve a lo colectivo. ¿Podría la pasión por “la raza” representar un primer borrador del Espíritu de la Tierra? Es a este último… a quien siempre he entregado mi fe» [Íbid., pág. 261].
En 1936, aclara que su Punto Omega —la unificación divina de todo el universo— descansa específicamente en la desigualdad de razas:
«La unidad filosófica o “sobrenatural” de la naturaleza humana no tiene nada que ver con la igualdad de las razas en lo que respecta a sus capacidades físicas para contribuir a la construcción del mundo… Como no todos los grupos étnicos tienen el mismo valor, deben ser dominados, lo cual no significa que deban ser despreciados. Todo lo contrario… En otras palabras, de una vez y al mismo tiempo debe haber reconocimiento oficial de: (1) la primacía/prioridad de la tierra sobre las naciones; (2) la desigualdad de pueblos y razas. Ahora bien, el segundo punto es actualmente vilipendiado por el comunismo… y la Iglesia, y el primer punto es igualmente vilipendiado por los sistemas fascistas (¡y, por supuesto, por los pueblos menos dotados!)» [Pierre Teilhard de Chardin, Cartas a Léontine Zanta. (Bernard Wall, traductor inglés). Londres, Collins 1969, pág. 117].
Un año más tarde, codificó estas reflexiones relacionadas en un ensayo titulado “Energía humana”, en el que persigue agresivamente un enfoque similar al de la película de ciencia ficción Gattaca en la selección intencional de futuros humanos biológicamente perfectos a través de todos los métodos disponibles:
«Por una serie de razones oscuras, nuestra generación todavía mira con desconfianza todos los esfuerzos propuestos por la ciencia para controlar la maquinaria de la herencia, de la determinación del sexo y del desarrollo del sistema nervioso. Es como si el hombre tuviera el derecho y el poder de interferir en todos los canales del mundo excepto aquellos que lo forman a él mismo. Y, sin embargo, es eminentemente sobre esta base que debemos intentarlo todo, hasta su conclusión» [Pierre Teilhard de Chardin, “Energía humana”, en Human Energy. Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich 1971, pág. 127].
Continúa con una reflexión que sugiere fuertemente, a falta de una palabra mejor, prácticas genocidas en aras de la eugenesia:
«¿Qué actitud fundamental… debería adoptar el ala avanzante de la humanidad hacia los grupos étnicos fijos o definitivamente no progresistas? La tierra es una superficie cerrada y limitada. ¿Hasta qué punto debería tolerar, racial o nacionalmente, áreas de menor actividad? De manera más general aún, ¿cómo deberíamos juzgar los esfuerzos que dedicamos en todo tipo de hospitales a salvar lo que muchas veces no es más que uno de los rechazados de la vida?… ¿Hasta qué punto no debería el desarrollo de los fuertes… tener prioridad sobre la preservación de los débiles?» [Íbid., págs. 132-133].
Además de su naturaleza obviamente objetable, las opiniones de Teilhard resisten dos pruebas inquietantes: primero, las defiende audazmente frente a sus colegas cristianos que no están de acuerdo; en segundo lugar, persiste en esas opiniones a pesar de las impactantes revelaciones después de hacerse conocidos los campos de concentración nazis. Uno de los primeros biógrafos de Teilhard relata un debate público de 1947 con Gabriel Marcel, el famoso existencialista católico francés, donde Teilhard persiste en defender las prácticas eugenésicas forzadas:
«Una vez, en un debate con Gabriel Marcel sobre el tema “Ciencia y racionalidad”, [Teilhard] sorprendió a su oponente al negarse a permitir que incluso la terrible evidencia de los experimentos de los médicos de Dachau modificara su fe en la inevitabilidad del progreso humano. “El hombre”, afirmó [Teilhard], “para llegar a ser un hombre pleno, debe haberlo intentado todo”… Añadió que dado que la especie humana era aún tan joven… la persistencia de tal mal era de esperarse. “¡Prometeo”, gritó Marcel… “No”, respondió Teilhard, “sólo el hombre tal como Dios lo ha creado”» [Mary Lukas y Ellen Lukas, Teilhard. Garden City, NY, Doubleday 1977, págs. 237-238].
La insistencia teilhardiana en una existencia sobrehumana también física continuó reflejándose en un ensayo de 1949 titulado “El sentido de la especie del hombre”, donde vincula estrechamente su concepción de la Noosfera [originalmente según su postulador Vladímir Vernadski, la vida intelectual. Según Teilhard, la noósfera es la evolución de la conciencia colectiva] que atraviesa la humanidad para con un deliberado “neo-sentido” de la especie que requiere un avance biológico forzado.
«De aquí se deriva, como primera prioridad, una preocupación fundamental por asegurar (mediante una nutrición correcta, una educación y una selección) una eugenesia cada vez más avanzada de tipo zoológico humano sobre la superficie de la tierra. Al mismo tiempo, sin embargo, y aún más marcadamente, debe haber un esfuerzo cada vez más intenso dirigido al descubrimiento y a la visión, animado por la esperanza de que gradualmente, como un solo hombre, vayamos poniendo nuestras manos sobre las fuerzas profundas (físico-químicos, biológicos y psíquicos) que dan el impulso a la evolución… No hay futuro para el hombre, repito, sin el neosentido de especie» [Pierre Teilhard de Chardin, “Activación de la energía”, en Activation of Energy. Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich 1971, págs. 202-203.
En 1951, apenas cuatro años antes de su muerte, continúa enfatizando la necesidad de prácticas eugenésicas tanto públicas como individuales, seleccionando según criterios raciales, así como muchos otros:
«Debemos reconocer… la importancia vital de una búsqueda colectiva de descubrimiento e invención que ya no esté inspirada únicamente por un vago deleite en el conocimiento y el poder, sino por el deber y la esperanza claramente definida de obtener el control (y así hacer uso) de los recursos fundamentales. fuerzas impulsoras de la evolución. Y con ello, la urgente necesidad de una eugenesia generalizada (tanto racial como individual) dirigida, más allá de toda preocupación por problemas económicos o nutricionales, hacia una maduración biológica del tipo humano y de la biosfera» [Pierre Teilhard de Chardin, “La convergencia del Universo”, en L’activation de l’énergie. París, Éditions du Seuil 1963, pág. 308].
Teilhard incluso escribió al director de la UNESCO, discrepando firmemente de la famosa proclama “La igualdad de las razas” y señalando a la UNESCO «la inutilidad científica así como el peligro práctico» de este documento. «Por supuesto, no es una cuestión de “igualdad”, sino de “complementariedad en la convergencia”… lo que no excluye la prominencia momentánea de algunas de sus ramas sobre otras» [Pierre Teilhard de Chardin, Letters from my Friend Teilhard de Chardin: 1948-1955 (Cartas de mi amigo Teilhard de Chardin: 1948-1955). Nueva York: Paulist Press 1980, pág. 59].
Finalmente, apenas dos años antes de su muerte, el jesuita escribe una carta mordaz a un amigo, desahogando sus frustraciones por el fracaso de la Iglesia en abrazar plenamente la eugenesia. «¿Por qué no existe una “Comisión Científica”… junto con una “Comisión Bíblica”?», escribió, añadiendo que una comisión científica tipo podría alentar al mundo a abrazar tres importantes ideas eugenésicas: «lo óptimo en lugar de lo máximo en la reproducción»; «una separación gradual de la sexualidad de la reproducción»; y, en horribles palabras finales, «el derecho absoluto… a intentarlo todo hasta el final, incluso en materia de biología humana» [Íbid., pág. 172].
En conclusión, los postulados de Teilhard, además de heréticos, naturalistas y panteístas, deben ser rechazados por la comunidad científica y la sociedad en general, por promover la discriminación racial y la eugenesia en cuanto ideas responsables de genocidio. Y por otra, se ve en los elogios que los jerarcas del Vaticano II hacen de él que esa NO ES LA IGLESIA CATÓLICA.
Referencias consultadas:
- https://www.laciviltacattolica.it/articolo/il-sacerdote-e-la-maturazione-universale-pierre-teilhard-de-chardin-su-eucaristia-e-cosmo/
- https://religiondispatches.org/pierre-teilhard-de-chardins-legacy-of-eugenics-and-racism-cant-be-ignored/
- https://www.traditioninaction.org/ProgressivistDoc/A_020_CasaroliTeilhard.htm