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sábado, 9 de diciembre de 2023

“Celebrando la diversidad” (EXCEPTO EN LA LITURGIA)

En una conferencia en la Universidad Católica de América realizada el 6 de Diciembre, uno de los asistentes le preguntó al cardenal Wilton Daniel Gregory Duncan, arzobispón de Washington DC y canciller de la mencionada institución de educación superior:
«Primero que todo, solo quiero decirle gracias por estar presente aquí esta noche. Significa mucho para mí, como una persona de la Archidiócesis de Washington, y puedo hablar de ello. Así que estoy cerca de la archidiócesis de Washington, de todos los estudiantes de la archidiócesis de Washington aquí en la [Universidad] Católica, cuán activo es aquí si asiste a los eventos del campus que realmente significan mucho para nosotros. Voy a hacer una pregunta un poco más difícil, porque es un tema candente de actualidad. Tiene mucho que ver con la diversidad en la liturgia, las diferentes formas de la liturgia. Vd. puede ver lo que viene. También sirvo como senador del primer grado, así que soy como el representante de la clase del primer grado. Con diferencia, la pregunta más común que me hacen es: “Jack, ¿por qué no tenemos la Misa Latina Tradicional en la universidad?”. Y como alguien que personalmente prefiere el Novus Ordo, y me enamoré de la iglesia por el Novus Ordo, puedo también reconocer y entender que aquellos de otras diócesis a través de Estados Unidos encontraron su fe en la Misa tradicional. Así que mi pregunta a Vd. es ¿cómo puedo responder de una manera amable y abierta sobre por qué no pueden practicar la Misa Latina Tradicional aquí en la universidad?».
A lo que él respondió:
«Tú sabes que cuando el Papa Pablo VI instituyó la nueva tradición ritual, hizo una excepción con los sacerdotes mayores, y no olvides que fue uno de los primeros en Roma en celebrar la nueva Misa, el propio Papa, que hizo una excepción. Dijo (y no recuerdo exactamente la edad) que algunos de los sacerdotes mayores –ya sabes, hubiera sido demasiado para ellos– habían celebrado la Misa, la Misa Tridentina, durante sesenta años, así que hizo una excepción para ellos. Pero era su deseo, su intención, decir que cuando esa generación se fuera, entonces todos estarán en la nueva Misa
    
La tradición sufre una muerte lenta, a veces sangrienta. Hay un libro, un libro de historia litúrgica del autor [Theodor] Klauser, y dijo que doscientos años después de Trento, todavía había lugares que celebraban la Misa pre-Tridentina. Así que tomó todo ese tiempo. 
    
Creo que lo que el Papa Francisco está tratando de hacer con Custódes Traditiónis [sic] es decir: mira, la celebración puede realizarse en lugares limitados. Entonces aquí en la Archidiócesis [de Washington] lo tenemos en tres lugares, y esa era una de las regulaciones. No puede ser en una misa parroquial, en una iglesia parroquial, tiene que ser en una capilla. Entonces lo tenemos a ambos, lo tenemos en el sur, en una de las parroquias que tiene una capilla, lo tenemos en el Monasterio de Tierra Santa, y está en una parroquia con una capilla en [el condado] Montgomery. Dijo que cualquier sacerdote que desee celebrar tiene que escribir al obispo y decirle: “Acepto las reformas litúrgicas, no estoy luchando contra las reformas litúrgicas, pero me gustaría poder estar disponible para celebrar bajo estas condiciones.' Eso es para los sacerdotes que ya son sacerdotesCualquiera que aún no esté ordenado, pero quiera aprender a celebrar, debe escribir a Roma. Entonces, el Santo Padre está tratando de completar lo que comenzó Pablo VI, es decir, poner un ritual –el nuevo rito– como rito dominante, pero con excepciones, modestas excepciones. 
    
Ahora, yo tengo un doctorado en liturgia. Cuando llegué a la diócesis de Belleville, mi primera diócesis, al otro lado del río desde San Luis, heredé esta tradición debido a la Ecclésia Dei [parece decir Ecclésia Diéi, (Iglesia de los días), N. del T.], que Juan Pablo II había instituido como una forma de responder al cisma del arzobispo Lefebvre. Dijo que se puede celebrar bajo ciertas circunstancias, por lo que Belleville tenía un domingo al mes en una parroquia en el centro de Belleville [donde] se podía celebrar la Misa Tridentina. Cuando llegué, había una parroquia en Cahokia (Ilinois), justo en el Misisipi, la Sagrada Familia. Tiene una gran iglesia moderna, pero mantuvo su iglesia antigua. La establecí allí todos los domingos, y cuando fui a Atlanta había una parroquia, San Francisco de Sales, en Mableton, un suburbio: estaba entregada a un grupo de sacerdotes, allí se celebraban todos los Sacramentos, nunca me molesté. Cuando vine aquí, se celebró, el Cardenal [James Aloysius Hickey] lo instituyó aquí en 1988 en tres lugares, y de repente fue creciendo y estaba en ocho lugares. Así que volví al número de Hickey: uno en el norte, uno en la ciudad, uno en el sur. ¿Por qué? ¡Porque esa es [la del Novus Ordo] la liturgia de la Iglesia! Nosotros no… Si quieres pertenecer a una familia ritual diferente, puedes ser ruteno, puedes ser maronita, puedes ser melquita, pero el rito romano tiene un rito dominante, y Francisco está tratando de convertir esa en la respuesta oficial a Sacrosánctum Concílium del Concilio Vaticano II. No está prohibido, pero sí limitado».
   
   
Irónicamente, la conferencia se tituló “Celebrando la diversidad”, y míster Wilton había dicho antes:
«Incluso nuestra zona de confort católica estadounidense puede verse sacudida por la inmensidad de la familia de culturas, idiomas y expresiones del culto católico de Dios; tanta diversidad puede desequilibrar a algunas personas y, francamente, hacerlas sentir incómodas» (minuto 16:30).
y se mostró lírico acerca de cómo el “proceso sinodal” tiene sus raíces en la «capacidad de darse gracia y espacio unos a otros mientras caminan juntos, con la libertad de expresarse libremente sin juzgar» (29:44). Pero la pregunta de Jack, un novusordita confeso, «LO DESEQUILIBRÓ Y FRANCAMENTE LO HIZO SENTIR INCÓMODO».

Pero yendo a las palabras de este individuo de la camarilla del satánico Bernardin y sucesor del malhadado McCarrick, la que muestra que «sufre una muerte (no tan) lenta y muy sangrienta» es el Novus Ordo: Mientras la Tradición crece a pesar (y a causa también) de la persecución, la asistencia al Novus Ordo disminuye hasta contarse en menos de cien (y al servicio dominical), hay diócesis que han cerrado hasta la mitad de sus templos y los han vendido para pagar las indemnizaciones a las víctimas de abuso sexual clerical. Si no dinos, Wilton, «how much people received you in St. Mary Mother of God parish at Chinatown the Nov. 12, 2023 AD (N. B., That day was Sunday); and WHY WERE BARELY THIRTY PEOPLE?» [¿Cuántas personas te recibieron en la parroquia Santa María Madre de Dios en Chinatown el 12 de Noviembre del 2023 (nota bene, ese día era domingo); y POR QUÉ APENAS TREINTA PERSONAS?]. Y antes, dicha iglesia recibía hasta 400 personas.

Procesión de entrada de Wilton Gregory a la iglesia de Santa María Madre de Dios en Chinatown (Washington DC) para el Novus Ordo Missæ (domingo 12 de Noviembre de 2023).
  
Misa dominical de Santa María Madre de Dios en Chinatown (Washington DC) con el Rito tradicional (antes de Septiembre de 2022).
   
Pero claro, ese odio a la Misa Tradicional se puede entender como una consecuencia de la sodomía institucionalizada en el Vaticano II:
«Esta pestilentísima reina de Sodoma vuelve infame ante los hombres y odioso ante Dios al que obedece a las leyes de su tiranía. Ella lo moviliza en la milicia del espíritu maligno y lo obliga a luchar guerras indecibles contra Dios. Ella separa al alma infeliz de la compañía de los ángeles y, privándola de su excelencia, la toma cautiva bajo su yugo dominante. Ella despoja a sus caballeros de la armadura de la virtud, exponiéndolos a ser traspasados por las lanzas de todos los vicios. Ella humilla a su esclavo en la Iglesia y lo condena en el tribunal; lo mancilla en privado y lo deshonra en público; ella carcome su conciencia como un gusano y consume su carne como y jadea de deseo de placer. Pero, por el contrario, teme quedar expuesto, salir en público y ser conocido por los demás. ¿A quién no debe temer el que también teme al partícipe de la ruina común con terrible sospecha, no sea que el mismo que peca con él llegue a ser juez del crimen mediante la confesión, cuando no dudaría no sólo en confesar su pecado sino también en nombrarlo? ¿Aquel con quien pecó? Así como uno no puede morir por el pecado sin que el otro muera, así cada uno ofrece al otro la ocasión de resucitar, cuando él resucita.

Su carne arde con la furia de la lujuria, su mente gélida tiembla con el rencor de la sospecha, y el caos ahora ruge infernalmente en el corazón del infeliz mientras lo atormentan tantas preocupaciones como lo tortura, por así decirlo, el tormento del castigo. En efecto, una vez que esta serpiente venenosa ha hundido sus colmillos en este hombre desafortunado, está privado de todo sentido moral, su memoria falla, y la visión de la mente se oscurece. Olvidando a Dios, también olvida su propia identidad. Esta plaga quita el fundamento de la fe, debilita la fuerza de la esperanza, rompe el vínculo de la caridad, destruye la justicia, mina la fortaleza, destierra la templanza y embota la agudeza de la prudencia» (SAN PEDRO DAMIÁN, Libro Gomorriano, cap. XVI “La digna condena de la indecencia nefanda”).

sábado, 21 de noviembre de 2020

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO ‐ DÍA VIGESIMOPRIMERO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 21 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: GLORIA QUE SE ACRECIENTA A DIOS CON LOS SUFRAGIOS POR EL PURGATORIO.
     
PUNTO PRIMERO
Si, como dice san Lucas, grandemente se festeja en el cielo la conversión de un alma pecadora, la cual puede de nuevo extraviarse en el camino de la salud eterna, ¿cuál será el júbilo de los comprensores al introducirse en aquella patria celestial, sin peligro ya de perderse, almas atribuladas que no podían penetrar en aquella mansion sino por medio de una expiación rigurosísima? Esto, responde David, acrecienta inmensamente la alegría y la gloria del cielo: y aquella Iglesia feliz de Santos no hará otra cosa más que exaltar las limosnas de la tierra, que aumentando el número de los bienaventurados, aumenta de paso su felicidad y su gozo. Una mirada, pues, ¡oh cristianos! al cielo, que se regocija con nuestros sufragios, y luego, si es que podemos, dejemos de hacerlos en abundancia.
   
PUNTO SEGUNDO
A cada hombre de cuantos vienen al mundo fue destinado en su nacimiento un ángel que le guardase y guiase. Durante esta vida, todo fiel piadoso se elige algunos Santos para sus especiales protectores y abogados, y entre estos y aquellos se entabla una confianza tan íntima y un amor tan decidido, que cuanto más devocion y obsequio profesa el hombre en vida hacia los ángeles y los Santos, tanto más se emplean estos en procurar su salvación eterna. Imaginemos, pues, cuál será el gozo especial y el inefable trasporte de los ángeles de la guarda y de los Santos protectores y abogados al ver cómo van llegando del báratro profundo del Purgatorio, para ser felices eternamente en su compañía, los devotos clientes tan deseados y aguardados por ellos. Bendecirán para siempre las misericordias del Señor, que se dignó secundar sus intenciones, y harán resonar las bóvedas de aquella mansión feliz con las alabanzas de los fieles que por medio de sus sufragios pusieron el colmo a la felicidad de sus protegidos. ¿Quién, pues, no querrá ser tan glorificado en el cielo?
     
PUNTO TERCERO
Pero quien rebosará de placer sobre otro cualquiera por la glorificación de las almas del Purgatorio, será aquella en quien están fijas las miradas del universo, es decir, María Santísima, la cual, como Reina escogida, como Madre de todos los hombres, y en particular como Madre de las almas que están penando en el Purgatorio, convidará a su Hijo, convidará a su Esposo, convidará a los coros de los ángeles y de los Santos a que se congratulen y regocijen con ella, viendo, finalmente, arribar a su felicísimo reino, a su seno materno, sus fieles vasallos y las amadas prendas de su tierno cariño. ¡Dichosos nosotros si podemos proporcionar a María un placer tan sublime! Hagamos la prueba, y esforcémonos lo posible para conseguir felizmente tan noble empeño.
   
ORACIÓN
Al ver, ¡oh Señor!, cómo toda la corte celestial se regocija por el rescate de las almas del Purgatorio, nuestra devoción hacia ellas se despierta y enardece deseosa de aumentar la gloria del cielo. Pero ¿cuánto mas se alegrarian los ángeles, los Santos, María Santísima y las almas mismas sacadas de la dura prisión, si pudieran vernos en su compañía para alabaros y bendeciros para siempre? Sea, pues, así para placer suyo y nuestro; sea esta la merced de la piedad que usamos; sea esta la corona con que os digneis remunerar nuestra devoción, ¡oh soberano Hacedor y glorificador de los ángeles y de los hombres!, porque obtenida esta merced y esta corona, habremos obtenido lo más grande que pueda desearse sobre la tierra, lo más bello que puede obtenerse en el cielo.
   
EJEMPLO: Un sacerdote romano muy devoto de las almas del Purgatorio fue trasportado en espíritu al templo de Santa Cecilia en Transtíber, donde en medio de un crecido número de ángeles y de Santos se le apareció María Santísima sentada en trono resplandeciente, y mientras que en derredor reinaba un profundo silencio, vio que en medio de aquel sublime congreso se postraba hacia la augusta Virgen, en ademán humilde, una mendiga cubierta de un vestido andrajoso, pero que llevaba sobre los hombros una piel de rarísimo precio, la cual con copiosas lágrimas imploraba piedad para el alma de un ciudadano romano muerto pocos momentos antes. Era este Juan Patricio, señor de gran caridad, pero condenado por algunos defectos al Purgatorio. «Esta preciosa piel que yo llevo encima, exclamaba la piadosa mujer, me la dio el difunto, ¡oh María!, por amor vuestro en el umbral de vuestra Basílica en ocasion que yo me moría de frio. Un don tan sublime no puede quedar sin premio, un acto tan generoso no puede menos de mover vuestro Corazón a socorrerle. Socorredle, pues, Madre de las misericordias, en esta hora en que se encuentra en la mayor necesidad; dadle la vestidura de la gloria, pues él me dió a mí estotra tan rica por vuestro amor». Tres veces repitió esta fervorosa plegaria la piadosa mujer, y haciendo eco á sus súplicas el coro de ángeles y de Santos allí presente, ordenó María que le fuese presentado Juan al momento, el cual llegó cargado de pesadas cadenas; y mientras esperaba el éxito de la llamada, le hizo señal de gracia la Reina del cielo, y se vio en un momento libre de sus ataduras, y recibido y acogido por Ella cual hijo querido, y como hermano y compañero por aquella dichosa corte de habitantes de la gloria, que entre aplausos y voces de regocijo le condujeron a tomar posesión de su reinado en el cielo. En esto desapareció la visión, quedando para nosotros el fruto; y si le queremos copioso, aprendamos de la piadosa mendiga a rogar a María y a interponer la mediación de los ángeles y de los Santos para impetrar la libertad de las almas del Purgatorio. (San Pedro Damián, Opúsculo 34, cap. 4º).
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Dabit cápiti tuo augménta gratiárum, et coróna ínclyta protéget te. (Prov. 4, 9.) El rezo del Santo Rosario es uno de los medios más eficaces para alcanzar la salud eterna a los difuntos, derramando sobre el Purgatorio un tesoro inmenso de gracias.
    
Habiendo caído en el Purgatorio una cierta Alejandra Arazonas, que era hermana de la cofradía del Rosario, el Patriarca Santo Domingo y los hermanos de la referida cofradía se dieron tan de veras a sufragarla, que presto consiguieron su libertad. Por lo cual, agradecida sumamente aquella alma a tan gran beneficio, se apareció al Santo fundador para dar gracias en su persona a toda la religiosa hermandad de sus piadosos socorros, y para animarle a predicar y a extender por todo el mundo la devoción del Santo Rosario, en cuya virtud muchas almas son libradas del Purgatorio por la Santísima Vírgen. Si pues es el Rosario de tanto provecho al Purgatorio, tomemos o mantengamos la piadosa costumbre de rezarle cada día; pero en este particularmente apliquemos una tercera parte más en sufragio de aquellas almas, para que se digne María Santísima llamarles consigo al cielo a acrecentar el júbilo y la gloria de la corte celestial. (Beato Alano de Rupe, Tratado del Salterio o Rosario, parte 5ª, capítulo 52).
   
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

RETABLO HOMOSEXUAL EN CATEDRAL SUECA

Traducción de la noticia publicada en GLORIA NEWS.

   
La catedral luterana de San Pablo en Malmö (Suecia) instaló el domingo el primer retablo homosexual del país.
 
“Paradiset” es una guasa del “Adán y Eva” de Lucas Cranach (1528), pero presenta en vez de Adán y Eva a homosexuales blancos y negros en poses lascivas.

La pieza, pintada por la profesa lesbiana Elisabeth Ohlson Wallin, de 59 años, fue considerada “demasiado política” para la catedral de Santa María en Skara (Suecia) en 2012.

En 2014, la pastora Helene Myrstener lo quiso para San Pablo de Malmö, pero la administración de la iglesia lo rechazó. Sin embargo, cinco años después fue puesto en el coro de San Pablo.
  
Sofia Tunebro, otra pastora de San Pablo, recibió la pieza “con orgullo y alegría”.

   
COMENTARIO: No hay que olvidar que en el año 2007 (en tiempos del “Emérito”), el arzobispo conciliar Vincenzo Paglia Cinelli (presidente de la Pontificia Academia para la Vida y gran canciller del Pontificio Instituto “Juan Pablo II” para el Estudio del Matrimonio y la Familia, presidente de la Conferencia Bíblica Católica Italiana, obispo emérito de Terni-Narni-Amelia y arzobispo ad persónam –nombrado por el “Emérito”, como cosa rara, cuando le nombró presidente del Pontificio Consejo para la Familia–, fundador –con el historiador Andrea Riccardi López– de la Asociación Internacional de Fieles “Comunidad San Egidio” y postulador de las causas de canonización de Óscar Arnulfo Romero y Gáldamez y de Félix Varela y Morales) encargó al artista homosexual argentino Ricardo Cinalli el mural “La pesca mística” en la contrafachada de la catedral Santa María Asunta de Terni (y por ende, a la vista del presbítero que celebre el inválido y sacrílego servicio novusordiano), donde él y su representante para los bienes culturales, el presbítero Fabio Leonardis aparecen representados junto a homosexuales, transexuales, prostitutas y traficantes de droga desnudos y semidesnudos en actitudes claramente eróticas (Cinalli quería representarlos teniendo relaciones sexuales, pero Paglia no aceptó), siendo llevados en sendas redes por un “Salvador” cuya cara se basó en la de un conocido peluquero homosexual de la ciudad llamado Emiliano, hacia una Jerusalén rodeada de hombres y mujeres en actitudes nada seráficas y donde hay más minaretes de mezquitas que torres de iglesias.
   

Recordar que hace mil años, la sodomía era un mal tan extendido en el clero que San Pedro Damián exigía que a los culpables de ese crimen no se les confiriera las Órdenes Sagradas ni se les admitiera en estado monástico (y si lo habían recibido, se les expulsara) y en su Libro Gomorriano dice sin medias tintas:
«Este vicio no puede compararse en absoluto con ningún otro, pues a todos los supera enormemente. Este vicio es la muerte del cuerpo, perdición del alma; infecta la carne, apaga las luces de la mente, expulsa al Espíritu Santo del templo del corazón, hace que entre el diablo fomentador de la lujuria; induce al error, hurta la verdad de la mente, engañándola; prepara trampas al que camina, cierra la boca del pozo a quien en él cae; abre el infierno, cierra las puertas del Paraíso, transforma al ciudadano de la Jerusalén celeste en habitante de la Babilonia infernal: secciona un miembro de la Iglesia y lo arroja a las codiciosas llamas de encendida Gehenna.
 
Este vicio busca abatir los muros de la patria celeste y busca reedificar lo que fueron incendiados en Sodoma. Es algo que atropella la sobriedad, que asesina el pudor, que degüella la castidad, que destroza la virginidad con la hoja de una repugnante infección. Todo lo ensucia, todo lo ofende, todo lo mancha y como no tiene en sí nada de puro, nada exento de indecencia, no soporta que nada sea puro. Como dice el apóstol, “todo es puro para los puros, pero para los infieles y contaminados nada es puro” (Tito 1, 15). Este vicio expulsa del coro de la familia eclesiástica y obliga a rezar con los endemoniados y con aquellos que sufren a causa del demonio; separa el alma de Dios para unirla al Diablo».

jueves, 1 de agosto de 2019

EXCUSAR LOS DEFECTOS PROPIOS ES FRUTO DE LA SOBERBIA

«Compara un santo [San Pedro Damiano] a los que se excusan al erizo, que cuando siente que le quieren tomar o tocar, encoge con grandísima velocidad la cabeza y los pies, y queda por todas partes rodeado de espinas, hecho una bola, que no le podréis tomar ni tocar, sin punzaros primero. De esta manera, dice este santo, son los que se excusan, que si los queréis tocar, y les decís la falta que hicieron, luego se defienden como el erizo. Y unas veces os punzarán a vos, dándoos a entender que también vos habéis menester aquello; otras diciéndoos que también hay regla que no reprenda uno a otro; otras diciendo que otros hacen mayores faltas y se disimulan. Llegaos a tocar al erizo y veréis si punza. 
   
Todo esto nace de la mucha soberbia que tenemos, que no querríamos que se supiesen nuestras faltas, ni ser tenidos por defectuosos, y más nos pesa de que se sepan y de la estima que por ello perdemos, que de haberlas hecho, y así las procuramos encubrir y excusar cuanto podemos.
   
Y hay algunos tan inmortificados en esto, que aun antes que les digan nada, ellos previenen y se excusan, y quieren dar razón de lo que  les pueden oponer; “si hice aquello fue por esto, y si hice lo otro, fue por esotro”. ¿Quién os pica ahora que así saltáis? El estímulo y aguijón de la soberbia que tienen allá dentro en las entrañas, eso les pica y les hace saltar con eso, aun antes de tiempo».
 
SAN ALONSO RODRÍGUEZ SJ, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, tomo II, tratado III, capítulo XXVIII, página 320.

sábado, 23 de febrero de 2019

SAN PEDRO DAMIÁN, CARDENAL, CONFESOR Y DOCTOR DE LA IGLESIA

«Asegúrote de cierto que de allí no saldrás hasta que pagues el último maravedí». (San Mateo 5, 26).
 
   
San Pedro Damiani es una de esas figuras severas que, como san Juan Bautista, surgen en las épocas de relajamiento para apartar a los hombres del error y traerles de nuevo al estrecho sendero de la virtud. Pedro Damiani nació en Ravena. Habiendo perdido a sus padres cuando era muy niño, quedó al cuidado de un hermano suyo, quien le trató como si fuera un esclavo. Para empezar, le mandó a cuidar los puercos en cuanto pudo andar. Otro de sus hermanos, que era arcipreste de Ravena, se compadeció de él y decidió encargarse de su educación. Viéndose tratado como un hijo, Pedro tomó de su hermano el nombre de Damiani (es decir «de Damián»). Éste le mandó a la escuela, primero a Faenza y después a Parma. Pedro fue un buen discípulo y, más tarde, un magnífico maestro. Desde joven se había acostumbrado a la oración, la vigilia y el ayuno. Llevaba debajo de la ropa una camisa de cerdas (cilicio) para defenderse de los atractivos del placer y de los ataques del demonio. Hacía grandes limosnas, invitaba frecuentemente a los pobres a su mesa y les servía con sus propias manos.
 
Algún tiempo después, Pedro decidió abandonar enteramente el mundo y abrazar la vida monacal en otra región. Un día en que se hallaba reflexionando sobre su proyecto, se presentaron en su casa dos benedictinos de la reforma de san Romualdo, que pertenecían al convento de Fonte Avellana. Pedro les hizo muchas preguntas sobre su regla y modo de vida. Sus respuestas le dejaron satisfecho, e ingresó en esa comunidad de ermitaños, que gozaba entonces de gran reputación. Los ermitaños habitaban en celdas separadas, consagraban la mayor parte del tiempo a la oración y lectura espiritual, y vivían con gran austeridad. Las vigilas excesivas hicieron que Pedro enfermase de insomnio; la curación fue larga, pero esto le enseñó a ser más prudente. Aleccionado por esa experiencia, se dedicó con mayor ahínco a los estudios sagrados, y llegó a ser tan versado en la Sagrada Escritura, como antes lo había sido en las ciencias profanas. Los ermitaños le eligieron unánimemente para suceder al abad cuando éste muriese; como Pedro se resistiera a aceptar, el propio abad se lo impuso por obediencia. Así pues, a la muerte del abad, hacia el año 1043, Pedro tomó la dirección de la comunidad, a la que gobernó con gran prudencia y piedad. Igualmente fundó otras cinco comunidades de ermitaños, al frente de las cuales puso a otros tantos priores bajo su propia dirección. Su principal cuidado era fomentar entre los monjes el espíritu de retiro, caridad y humildad. Muchos de los ermitaños llegaron a ser lumbreras de la Iglesia; entre otros, santo Domingo Loricato y san Juan de Lodi, quien sucedió a san Pedro en la dirección del convento de la Santa Cruz, escribió su biografía y fue más tarde obispo de Gubio. Varios papas emplearon a san Pedro Damiani en el servicio de la Iglesia: Esteban IX le nombró, en 1057, cardenal y obispo de Ostia, a pesar del rechazo del santo. Pedro rogó muchas veces al papa Nicolás II que le permitiese renunciar al gobierno de la diócesis y volver a su vida de ermitaño, pero el Sumo Pontífice se negó a ello. Alejandro II, que amaba mucho al santo, accedió finalmente a sus súplicas, pero se reservó el poder de emplearle en el servicio de la Iglesia, en caso de necesidad. San Pedro Damiani se consideró desde ese momento libre, no sólo del gobierno de su diócesis, sino también de la supervisión de las diversas comunidades, y volvió al convento como simple monje.
  
En ese retiro edificó a la Iglesia con su humildad, penitencia y compunción; con sus escritos ayudó a mantener la observancia de la moral y de la disciplina. Su estilo es vehemente, y todas sus obras llevan la huella de su espíritu estricto, particularmente cuando se trata de los deberes de los clérigos y monjes. El santo reprendió severamente al obispo de Florencia por haber jugado una partida de ajedrez; el prelado reconoció humildemente que san Pedro Damiani tenía razón, recibió la reprimenda con gran humildad, y aceptó como penitencia recitar tres veces el salterio, lavar los pies a doce pobres y darles una moneda de limosna. El santo escribió un tratado al obispo de Besanzón, en el que atacaba la costumbre que tenían los canónigos de esa diócesis de cantar sentados el oficio divino. San Pedro Damiani recomendaba el uso de la disciplina más que los ayunos prolongados. Escribió cosas muy severas sobre las obligaciones de los monjes y protestó contra la costumbre de las peregrinaciones, pues consideraba que el retiro era la condición esencial del estado monacal. Como decía, con razón: «Es imposible restaurar la disciplina una vez que ésta decae; si nosotros, por negligencia, dejamos caer en desuso las reglas, las generaciones futuras no podrán volver a la primitiva observancia. Guardémonos de incurrir en semejante culpa y transmitamos fielmente a nuestros sucesores el legado de nuestros predecesores». El santo combatió con gran vigor la simonía y predicó el celibato eclesiástico. Como quería que los monjes llevaran una severa vida ascética y semi-eremítica, así pedía que el clero diocesano viviese en comunidad. Su carácter vehemente se manifestaba en todos sus actos y palabras. Se ha dicho de él que «su genio consistía en exhortar y mover al heroísmo, en predicar acciones extraordinarias y recordar ejemplos conmovedores...; en sus escritos arde el fuego de una extraordinaria fuerza moral».
  
Es autor del Libro Gomorriano (por Gomorra), con el que quiso contrarrestar el poderoso influjo de las costumbres licenciosas de su tiempo. «Este mundo —escribió en esta obra— se hunde cada día de tal suerte en la corrupción, que todas las clases sociales están podridas. No hay pudor, ni decencia, ni religión; el brillante tropel de las santas virtudes ha huido de nosotros. Todos buscan su interés; están devorados por el apetito insaciable de los bienes de la tierra. El fin del mundo se acerca, y ellos no cesan de pecar. Hierven las olas furiosas del orgullo, y la lujuria levanta una tempestad general. El orden del matrimonio está confundido, y los cristianos viven como judíos. Todos, grandes y pequeños, están enredados en la concupiscencia, nadie tiene vergüenza del sacrilegio, del perjurio, de la lujuria, y el mundo es un abismo de envidia y de hediondez».
     
A pesar de su severidad, san Pedro Damiani sabía tratar a los pecadores con bondad e indulgencia, cuando la caridad y la prudencia lo pedían. Enrique IV de Alemania se había casado con Berta, la hija de Otón, marqués de las Marcas de Italia; pero dos años más tarde, había pedido el divorcio, alegando que el matrimonio no había sido consumado. Con promesas y amenazas logró ganar para su causa al arzobispo de Maguncia, quien convocó un concilio para anular el matrimonio; pero el papa Alejandro II le prohibió cometer semejante injusticia y envió a san Pedro Damiani a presidir el sínodo. El anciano legado se reunió en Fránfort con el rey y los obispos, les leyó las órdenes e instrucciones de la Santa Sede y exhortó al rey a guardar la ley de Dios, los cánones de la Iglesia y su propia reputación y también, a reflexionar sobre el escándalo y el mal ejemplo que daría, si no se sometiera. Los nobles se unieron al santo para rogar al joven monarca que no manchase su honor. Ante tal oposición, Enrique tuvo que renunciar a su proyecto de divorcio, aunque interiormente no cambió de actitud y concibió un odio todavía más profundo por su esposa.
  
Pedro retornó, en cuanto pudo, a su retiro de Fonte Avellana. Practicó todas las austeridades que predicaba a otros hasta el fin de su vida. En los ratos en que no se hallaba absorto en la oración o el trabajo, acostumbraba hacer cucharas de madera y otros utensilios, para no estar ocioso. El papa Alejandro II envió a san Pedro Damiani a arreglar el asunto del arzobispo de Ravena, que había sido excomulgado por las atrocidades que había cometido. Cuando san Pedro llegó, el arzobispo ya había muerto; pero el santo pudo convertir a sus cómplices, a los que impuso justa penitencia. Éste fue el último servicio público que el santo prestó a la Iglesia. A su vuelta a Roma, se vio atacado por una aguda fiebre en un monasterio de las afueras de Faenza, donde murió al octavo día, el 22 de febrero de 1072, mientras los monjes recitaban los maitines alrededor de su lecho.
  
San Pedro Damiani fue uno de los predecesores del monje Hildebrando, es decir Gregorio VII. Fue un elocuente predicador y un escritor fecundo. Aunque nunca hubo una canonización formal, la declaración en 1828, por SS. León XII, como doctor de la Iglesia, confirma el culto que se le venía tributando desde antiguo.
  
Aunque la biografía escrita por su discípulo Juan (casi seguramente Juan de Lodi, que fue más tarde arzobispo de Gubio), constituye un relato coherente de la vida del santo, su historia puede reconstruirse a base de las crónicas de la época y de los sermones y cartas de san Pedro Damiani. La biografía escrita por Juan se halla en Acta Sanctórum, febrero, vol. III, y también en Mabillon. Ver el excelente estudio de R. Biron, St. Pierre Damiani, en la colección Les Saints, y Capecelatro, Storia di San Pietro Damiano. En Lives of the Popes de Mons. Mann (vols. V y VI) se encontrarán muchos datos complementarios. Cf. O. J. Blum, St. Peter Damiani (1947), que estudia las enseñanzas del santo; y D. Knowles, The Monastic Order in England (1949), págs. 193-197, donde hay muchas referencias.
    
MEDITACIÓN SOBRE COMO ALIVIAR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
I. Debes socorrer a las almas del Purgatorio con tus oraciones y tus buenas obras. La caridad te obliga a ello con relación a todos los cristianos, que son hermanos tuyos. Lo exige la justicia con relación a tus amigos ya tus parientes: te dejaron sus bienes con la condición que socorrieras a su alma. Acaso esté ella en el Purgatorio por amarte demasiado; en cambio no tienes compasión por ellos, te diviertes mientras ellos arden en las llamas. Ten piedad de mí, ten piedad de mí, tú por lo menos, que eres mi amigo, pues me ha tocado la mano de Dios. (Job).
  
II. Tú puedes aliviar a estas almas santas haciendo celebrar misas, comulgando, ganando indulgencias, ayunando, orando a Dios por ellas. Ellas no pueden sacarse a sí mismas de ese lugar de dolor; pero pueden obtenerte gracias del Cielo aun estando todavía en el Purgatorio. Socórrelas e invócalas en tus necesidades, y experimentarás los efectos de su poder y de su agradecimiento.
  
III. Si haces esta caridad a los demás, Dios permitirá que los demás rueguen por ti después de tu muerte. No te fíes, sin embargo, en esto; haz tú mismo, durante esta vida, todo el bien que puedas hacer para expiar las penas que debes por tus pecados. Las limosnas, las penitencias, las buenas obras que hagas, mucho abreviarán tu ¨Purgatorio. No cuentes con tus herederos, acaso se olvidarán de ti una vez que ya gocen de tus bienes. Evita, cuanto puedas, los pecados veniales, puesto que son castigados tan rigurosamente en la otra vida. ¡Ay! ¡cuántos cometes cada día!
  
La devoción a las Almas del Purgatorio. Orad por vuestros parientes difuntos.
  
ORACIÓN
Oh Dios todopoderoso, dignaos concedernos la gracia de seguir los consejos y ejemplos del bienaventurado Pedro, tu confesor pontífice, a fin de que por el desprecio de las cosas terrenales obtengamos los gozos eternos. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 30 de octubre de 2014

ORACIONES TRADICIONALES DE LA IGLESIA CATÓLICA POR LOS MORIBUNDOS

Tomado del "Misal Diario" (Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B.) - Traducción castellana del Rvdo. P. Germán Prado, Monje Benedictino de Silos (España). Ed. Desclée de Brouwer y Cia. (Brujas-Bélgica)

  
SEÑALES DE MUERTE PRÓXIMA
Conviene tener algún conocimiento de las señales de muerte inminente, para que así puedan los que asisten al enfermo auxiliarle con oportunidad en tan apurado trance. Las principales señales son: cuando falta el pulso o está intermitente o intercadente; cuando tiene la respiración anhelosa; cuando sus ojos están hundidos y vidriosos, o más abiertos de lo acostumbrado; cuando se pone la nariz afilada y blanquecina en la extremidad; cuando la respiración se parece al soplo de un fuelle; cuando se pone el rostro pajizo, cárdeno y amoratado; cuando se baña la frente de un sudor frío; cuando el enfermo coge las hilachas y pelusillas de las sábanas; cuando se enfrían todas las extremidades, etc.
  
Las señales más próximas de que el enfermo va a expirar son: la respiración intermitente y lánguida; la falta de pulso; la contracción o rechinamiento de dientes; la destilación a la garganta; un débil suspiro o gemido; una lágrima que sale por sí misma y el torcer la boca, los ojos y todo el cuerpo. Cuando el enfermo se halle en alguna de estas últimas señales, entonces el que le asiste sugerirá con fervor y frecuencia, y dirigiendo la voz algo más recia a la frente, las jaculatorias siguientes:
  • En vuestras manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
  • Jesús mío, os encomiendo esta mi alma, que redimisteis con vuestra preciosísima Sangre.
  • Jesús mío, quiero morir profesando vuestra fe; creo cuanto habéis revelado.
  • Jesús mío, mi amor, yo os amo, me pesa de haberos ofendido.
  • ¡Oh mi Dios, se acerca el momento de veros y poseeros para siempre!
  • ¡Oh, quién siempre os hubiera amado, quién nunca os hubiera ofendido!
  • ¡Oh María, Madre de Dios y Madre mía! Rogad por mí ahora que me hallo en la hora de mi muerte.
  • Jesús mío, salvadme.
  • María, Madre mía, amparadme.
  • San José glorioso, asistidme.
  • Arcángel San Miguel, socorredme; libradme de los enemigos.
  • Ángel santo, custodio mío, acompañadme a la presencia de Dios.
  • Ángeles todos, venid a mi socorro, que me hallo en necesidad de vosotros.
  • Santos y Santas, auxiliadme y alcanzadme una buena muerte. Amén.
   
ADVERTENCIA: Mientras el que asiste vaya sugiriendo al enfermo estas jaculatorias, los demás parientes y amigos se hincarán de rodillas delante de alguna imagen de María Santísima en el mismo aposento del enfermo o en otro, y rezarán el santo Rosario y las Letanías de Nuestra Señora. Así podrán ayudar mejor al enfermo que no estando alrededor de la cama llorando, gimiendo y aumentando la pena al pobre moribundo. Bastará que estén con él uno o dos para lo que pueda ofrecerse, y los demás que se recojan a orar hasta que haya expirado.
      
ACTO DE ACEPTACIÓN DE LA MUERTE
Todo cristiano, a lo menos una vez cada mes, debería leer y acompañar con el corazón el siguiente texto del padre Arsenio de Janson (conde de Rosemberg), de la Trapa:
Adoro, Dios mío, vuestro Ser eterno: pongo en vuestras manos el que me habéis dado, y que ha de cesar por la muerte en el instante en que Vos lo hayáis dispuesto. Acepto esta muerte con sumisión y espíritu de humildad en unión de la que sufrió mi Señor Jesucristo, y espero que con esta aceptación mereceré vuestra misericordia para salir felizmente de un paso tan terrible.
  
Deseo, oh Dios mío, haceros por mi muerte un sacrificio de mí mismo, rindiendo el debido homenaje a la grandeza de vuestro Ser por la destrucción del mío. Deseo que mi muerte sea un sacrificio de expiación que aceptéis Vos, oh Dios mío, para satisfacer a vuestra justicia por tantas ofensas, y con esta esperanza acepto gustoso todo lo que tiene la muerte de más horrible para los sentidos, y la naturaleza.
  
Consiento, oh Dios mío, en la separación del alma de mi cuerpo en castigo de lo que por mis pecados me ha separado de Vos. Acepto la privación del uso de mis sentidos en satisfacción de las ofensas que por ellos he cometido.
  
Acepto, Señor, que mi cuerpo sea escondido en la tierra y pisado, para castigar el orgullo con que he procurado hacerme ver de las criaturas: acepto que ellas no se acuerden más de mí, en castigo del gusto que he tenido en que me amasen: acepto la soledad y horror del sepulcro para reparar mis disipaciones y entretenimientos peligrosos: acepto, en fin, la reducción de mi cuerpo a polvo y ceniza, y que sea pasto de los gusanos, en castigo del amor desordenado que le he tenido.
  
¡Oh polvo! ¡Oh gusanos!, yo os recibo, yo os estimo, y os miro como los instrumentos de la justicia de mi Dios para castigar la soberbia y orgullo, que me han hecho rebelde a sus preceptos: vengad sus intereses, reparad las injurias que le he hecho, destruid este cuerpo de pecado, este enemigo de Dios, estos miembros de iniquidad; y haced triunfar el poder del Criador sobre la flaqueza de su indigna criatura. A todo me sujeto, oh Dios mío, como también a la sentencia que vuestra divina justicia quiera dar a mi alma en el momento de mi muerte. Amén.
       
ORACIÓN PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE (del Camino recto y seguro para llegar al Cielo, de San Antonio María Claret)
¡Jesús, Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia! Yo me presento ante Vos con un corazón contrito, humillado y confuso, y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.
   
Cuando mis pies, perdiendo su movimiento, me adviertan que mi carrera en este mundo está próxima a su fin,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis manos, trémulas y torpes, ya no puedan sostener el Crucifijo, y a pesar mío lo deje caer sobre el lecho de mi dolor,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis ojos, vidriados y contorcidos por el horror de la inminente muerte, fijaren en Vos sus miradas lánguidas y moribundas,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis labios, fríos y convulsos, pronunciaren por última vez vuestro adorable Nombre,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi cara, pálida y amoratada, cause lástima y terror a los circunstantes, y mis cabellos bañados del sudor de la muerte, erizándose en mi cabeza, anunciaren que está cercano mi fin,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abrieren para oír la sentencia irrevocable que fijará mi suerte por toda la eternidad,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi imaginación, agitada por horrendos fantasmas, quede sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado con el temor de vuestra justicia al acordarse de mis iniquidades, luchare contra el infernal enemigo, que quisiera quitarme la esperanza en vuestras misericordias y precipitarme en los horrores de la desesperación,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi corazón, débil y oprimido por el dolor de la enfermedad, estuviere sobrecogido por el temor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que habrá hecho contra los enemigos de mi salvación,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando derramare mis últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como un sacrificio de expiación; a fin de que yo muera como víctima de penitencia, y en aquel momento terrible,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor de mí, se estremezcan al ver mi situación y os invoquen por mí,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando, perdido el uso de los sentidos, el mundo todo desapareciere de mi vista, y yo gima entre las angustias de la última agonía y los afanes de la muerte,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando los últimos suspiros del corazón empujen mi alma a que salga del cuerpo, aceptadlos, Señor, como hijos de una santa impaciencia de ir hacia Vos, y entonces,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi alma salga para siempre de este mundo y deje mi cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un homenaje que rendiré a vuestra Divina Majestad, y en aquella hora,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por primera vez el esplendor de vuestra Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia; dignaos recibirme en el seno de vuestra misericordia, para que cante eternamente vuestras alabanzas,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
ORACIÓN
¡Oh Dios, que, habiéndonos condenado a muerte, nos habéis ocultado el momento y la hora de la misma!; haced que viviendo yo justa y santamente, pueda merecer salir de este mundo en vuestra gracia y santo amor. Por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, que junto con el Espíritu Santo vive y reina con Vos. Así sea.
  
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, expire en paz con Vos el alma mía.
 
INDULGENCIA PLENARIA PARA LA HORA DE LA MUERTE
Como a muchos sorprende la muerte sin darles tiempo para ganar indulgencias, el Papa San Pío X (Decreto del 9 de Marzo de 1904, Acta Sanctæ Sedis XXXVI, pág. 637) ha concedido una plenaria para el artículo de la muerte a todos aquellos que una vez en su vida, en un día a elección, después de confesar y comulgar, hubiesen hecho con verdadero espíritu de caridad el siguiente acto de aceptación, o con otra fórmula semejante.

LATÍN
Dómine Deus meus, jam nunc quodcúmque mortis genus prout Tibi placúerit, cum ómnibus suis angóribus, pœnis ac dolóribus de manu tua ǽquo ac libénti ánimo suscípio.
TRADUCCIÓN:
¡Señor, Dios mío! Desde este momento, con ánimo sereno y resignado, acepto de vuestras manos cualquier género de muerte que os plazca mandarme, con todos los dolores, penas y angustias que la acompañen.
   
RECOMENDACIÓN DEL ALMA (Según el Ritual Romano TRADICIONAL, título V, cap. 7)
  
LATÍN
   
LITANÍÆ AGONIZÁNTIUM
 
Kýrie, eléison.
Christe, eléison.
Kýrie, eléison.
   
Sancta María, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Angeli et Archángeli, oráte pro eo (ea).
Sancte Abel, ora pro eo (ea).
Omnis chorus Justórum, oráte pro eo (ea).
Sancte Abraham, ora pro eo (ea).
Sancte Joánnes Baptísta, ora pro eo (ea).
Sancte Joseph, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Patriárchæ et Prophétæ, oráte pro eo (ea).
Sancte Petre, ora pro eo (ea).
Sancte Paule, ora pro eo (ea).
Sancte Andréa, ora pro eo (ea).
Sancte Joánnes, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Apóstoli et Evangelístæ, oráte pro eo (ea).
Omnes sancti Discípuli Dómini, oráte pro eo (ea).
Omnes sancti Innocéntes, oráte pro eo (ea).
Sancte Stéphane, ora pro eo (ea).
Sancte Laurénti, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Mártyres, oráte pro eo (ea).
Sancte Silvéster, ora pro eo (ea).
Sancte Gregóri, ora pro eo (ea).
Sancte Augustíne, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Pontífices et Confessóres, oráte pro eo (ea).
Sancte Benedícte, ora pro eo (ea).
Sancte Francísce, ora pro eo (ea).
Sancte Camílle, ora pro eo (ea).
Sancte Joánnes de Deo, ora pro eo (ea).
Omnes sancti Mónachi et Eremítæ, oráte pro eo (ea).
Sancta Maria Magdaléna, ora pro eo (ea).
Sancta Lúcia, ora pro eo (ea).
Omnes sanctæ Vírgines et Víduæ, oráte pro eo (ea).
Omnes Sancti et Sanctæ Dei, intercédite pro eo (ea).

Propítius esto, parce ei Dómine.
Propítius esto, líbera eum (eam) Dómine.
Propítius esto, líbera eum (eam) Dómine.
Ab ira tua, líbera eum (eam) Dómine.
A perículo mortis, líbera eum (eam) Dómine.
A mala morte, líbera eum (eam) Dómine.
A pœnis inférni, líbera eum (eam) Dómine.
Ab omni malo, líbera eum (eam) Dómine.
A potestáte diáboli, líbera eum (eam) Dómine.
Per Nativátem tuam, líbera eum (eam) Dómine.
Per Crucem et passiónem tuam, líbera eum (eam) Dómine.
Per Mortem et Sepultúram tuam, líbera eum (eam) Dómine.
Per gloriósam Resurrectiónem tuam, líbera eum (eam) Dómine.
Per admirábilem Ascensiónem tuam, líbera eum (eam) Dómine.
Per grátiam Spíritus Sancti Parácliti, líbera eum (eam) Dómine.
In die judícii, líbera eum (eam) Dómine.

Peccatóres, te rogámus, áudi nos.
Ut ei parcas, te rogámus, áudi nos.
  
Kýrie, eléison.
Christe, eléison.
Kýrie, eléison.

Deinde cum in agone sui exitus anima anxiatur, dicuntur sequentes Orationes.
  
ORATIO
Proficíscere, ánima christiána, de hoc mundo, in nómine Dei Patris omnipoténtis, qui te creávit: in nómine Jesu Christi Fílii Dei vivi, qui pro te passus est: in nómine Spíritus Sancti, qui in te effúsus est: in nómine gloriósæ et sanctæ Dei Genetrícis Vírginis Maríæ in nómine beáti Joseph, íncliti ejúsdem Vírginis Sponsi; in nómine Angelórum et Archangelórum: in nómine Thronórum et Dominatiónum: in nómine Principátuum et Potestátum: in nómine Virtútum, Chérubim et Séraphim: in nómine Patriarchárum et Prophetárum: in nómine sanctórum Apostolórum et Evangelistárum: in nómine sanctórum Mártyrum et Confessórum: in nómine sanctórum Monachórum et Eremitárum: in nómine sanctárum Vírginum, et ómnium Sanctórum et Sanctárum Dei. Hódie sit in pace locus tuus, et habitátio tua in sancta Sion. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. Amen.
 
ORATIO
Deus miséricors, Deus clemens, Deus, qui secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum peccáta pœniténtium deles, et præteritórum críminum culpas vénia remissiónis evácuas: réspice propítius super hunc fámulum tuum N. (hanc fámulam tuam N.), et remissiónem ómnium peccatórum suórum, tota cordis confessióne poscéntem, deprecátus exáudi. Rénova in eo (ea), piíssime Pater, quidquid terréna fragilitáte corrúptum, vel quidquid diabólica fraude violátum est; et unitáti córporis Ecclésiæ membrum redemptiónis annécte. Miserére, Dómine, gemítuum, miserére lacrimárum ejus: et non habéntem fidúciam, nisi in tua misericórdia, ad tuæ Sacraméntum reconciliatiónis admítte. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
 
ORATIO (de Sancto Petro Damiano)
Comméndo te omnipoténti Deo, caríssime frater (vel caríssima soror), et ei, cujus es creatúra, commítto: ut, cum humanitátis débitum morte interveniénte persólveris, ad auctórem tuum, qui te de limo terræ formáverat, revertáris. Egrediénti ítaque ánimæ tuæ de córpore spléndidus Angelórum cœtus occúrrat: judex Apostolórum tibi senátus advéniat: candidatórum tibi Mártyrum triumphátor exércitus óbviet: liliáta rutilántium te Confessórum turma circúmdet: jubilántium te Vírginum chorus excípiat: et beátæ quiétis in sinu Patriarchárum te compléxus astríngat: sanctus Joseph, moriéntium Patrónus dulcíssimus, in magnam spem te érigat: sancta Dei Génetrix Virgo María suos benígna óculos ad te convértat: mitis, atque festívus Christi Jesu tibi aspéctus appáreat, qui te inter assisténtes sibi júgiter interésse decérnat. Ignóres omne, quod horret in ténebris, quod stridet in flammis, quod crúciat in torméntis. Cedat tibi tetérrimus sátanas cum satellítibus suis: in advéntu tuo, te comitántibus Angelis, contremíscat, atque in ætérnæ noctis chaos immáne diffúgiat. Exsúrgat Deus, et dissipéntur inimíci ejus: et fúgiant qui odérunt eum, a fácie ejus. Sicut déficit fumus, defíciant: sicut fluit cera a fácie ignis, sic péreant peccatóres a fácie Dei: et justi epuléntur, et exsúltent in conspéctu Dei. Confundántur ígitur et erubéscant omnes tartáreæ legiónes, et minístri sátanæ iter tuum impedíre non áudeant. Líberet te a cruciátu Christus, qui pro te crucifíxus est. Líberet te ab ætérna morte Christus, qui pro te mori dignátus est. Constítuat te Christus, Fílius Dei vivi, intra paradísi sui semper amoéna viréntia, et inter oves suas te verus ille Pastor agnóscat. Ille ab ómnibus peccátis tuis te absólvat, atque ad déxteram suam in electórum suórum te sorte constítuat. Redemptórem tuum fácie ad fáciem vídeas, et præsens semper assístens, manifestíssimam beátis óculis aspícias veritátem. Constitútus (constitúta) ígitur inter ágmina Beatórum, contemplatiónis divínæ dulcédine potiáris in sǽcula sæculórum. Amen.
 
Súscipe, Dómine, servum tuum (ancíllam tuam) in locum sperándæ sibi salvatiónis a misericórdia tua. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ) ex ómnibus perículis inférni, et de láqueis pœnárum, et ex ómnibus tribulatiónibus. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Henoch et Elíam de commúni morte mundi. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Noë de dilúvio. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Ábraham de Ur Chaldæórum. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Job de passiónibus suis. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Ísaac de hóstia, et de manu patris sui Ábrahæ. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Lot de Sódomis, et de flamma ignis. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Móysen de manu Pharaónis regis Ægyptiórum. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Daniélem de lacu leónum. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti tres púeros de camíno ignis ardéntis, et de manu regis iníqui. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Susánnam de falso crímine. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti David de manu regis Saul, et de manu Golíæ. R. Amen.
Líbera, Dómine, ánimam servi tui (ancíllæ tuæ), sicut liberásti Petrum et Paulum de carcéribus. R. Amen.
Et sicut beatíssimam Theclam Vírginem et Mártyrem tuam de tribus atrocíssimis torméntis liberásti, sic liberáre dignéris ánimam hujus servi tui (ancíllæ tuæ), et tecum fácias in bonis congaudére cœléstibus. R. Amen.
   
ORATIO
Commendámus tibi, Dómine, ánimam fámuli tui N. (fámulæ tuæ N.), precamúrque te, Dómine Jesu Christe, Salvátor mundi, ut, propter quam ad terram misericórditer descendísti, Patriarchárum tuórum sínibus insinuáre non rénuas. Agnósce, Dómine, creatúram tuam, non a diis aliénis creátam, sed a te solo Deo vivo et vero: quia non est álius Deus præter te, et non est secúndum ópera tua. Lætífica, Dómine, ánimam ejus in conspéctu tuo, et ne memíneris iniquitátum ejus antiquárum, et ebrietátum, quas suscitávit furor, sive fervor mali desidérii. Licet enim peccáverit, tamen Patrem, et Fílium, et Spíritum Sanctum non negávit, sed crédidit; et zelum Dei in se hábuit, et Deum, qui fecit ómnia, fidéliter adorávit.
   
Delícta juventútis, et ignorántias ejus, quǽsumus, ne memíneris, Dómine; sed secúndum magnam misericórdiam tuam memor esto illíus in glória claritátis tuæ. Aperiántur ei cœli, collæténtur illi Angeli. In regnum tuum, Dómine, servum tuum (ancíllam tuam) súscipe. Suscípiat eum (eam) sanctus Michaël Archángelus Dei, qui milítiæ cœléstis méruit principátum. Véniant illi óbviam sancti Ángeli Dei, et perdúcant eum (eam) in civitátem cœléstem Jerúsalem. Suscípiat eum (eam) beátus Petrus Apóstolus, cui a Deo claves regni cœléstis tráditæ sunt. Adjuvet eum (eam) sanctus Paulus Apóstolus, qui dignus fuit esse vas electiónis. Intercédat pro eo (ea) sanctus Joánnes, eléctus Dei Apóstolus, cui reveláta sunt secréta cœléstia. Orent pro eo (eam) omnes sancti Apóstoli, quibus a Dómino data est potéstas ligándi atque solvéndi. Intercédant pro eo (ea) omnes Sancti et Elécti Dei, qui pro Christe nómine torménta in hoc sǽculo sustinuérunt: ut, vínculis carnis exútus (exúta), perveníre mereátur ad glóriam regni cœléstis, præstánte Dómino nostro Jesu Christo: Qui cum Patre et Spíritu Sancto vivit et regnat in sǽcula sæculórum. R. Amen.
  
ORATIO AD BEATÆ MARIÆ VIRGINIS
Clementíssima Virgo Dei Génetrix María, mœréntium piíssima consolátrix, fámuli N. (fámulæ N.) spíritum Fílio suo comméndet, ut, hoc matérno intervéntu, terróres mortis non tímeat; sed desiderátam cœléstis pátriæ mansiónem, ea cómite, lætus (læta) ádeat. R. Amen.
   
ORATIO AD SANCTE JOSEPH
Ad te confúgio, sancte Joseph, Patróne moriéntium, tibíque, in cujus beáto tránsitu vígiles adstitérunt Jesus et María, per hoc utrúmque caríssimum pignus, ánimam hujus fámuli N. (fámulæ N.), in extrémo agóne laborántem, eníxe comméndo, ut ab insídiis diáboli, et a morte perpétua, te protegénte, liberétur, et ad gáudia ætérna perveníre mereátur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. R. Amen.
 
TRADUCCIÓN     
LETANÍA DE LOS AGONIZANTES
   
Señor, ten piedad de él. (1)
Jesucristo, ten piedad de él.
Señor, ten piedad de él.
  
Santa María, ruega por él.
Todos los Santos Ángeles y Arcángeles, rogad por él.
San Abel, ruega por él.
Coro de los justos, rogad por él.
San Abrahán, ruega por él.
San Juan Bautista, ruega por él.
San José, ruega por él.
Santos Patriarcas y Profetas, rogad por él.
San Pedro, ruega por él.
San Pablo, ruega por él.
San Andrés, ruega por él.
San Juan, ruega por él.
Santos Apóstoles y Evangelistas, rogad por él.
Santos Discípulos del Señor, rogad por él.
Santos Inocentes, rogad por él.
San Esteban, ruega por él.
San Lorenzo, ruega por él.
Santos Mártires, ruega por él.
San Silvestre, ruega por él.
San Gregorio, ruega por él.
San Agustín, ruega por él.
Santos Pontífices y Confesores, rogad por él.
San Benito, ruega por él.
San Francisco, ruega por él.
San Camilo, ruega por él.
San Juan de Dios, ruega por él.
Santos Monjes y Ermitaños, rogad por él.
Santa María Magdalena, ruega por él.
Santa Lucía, ruega por él.
Santas Vírgenes y Viudas, rogad por él.
Santos y Santas de Dios, rogad por él.
   
Séle propicio, perdónale, Señor.
Séle propicio, líbrale, Señor.
Séle propicio, líbrale, Señor.
  
De tu cólera, líbrale, Señor.
Del peligro de la muerte, líbrale, Señor.
De la mala muerte, líbrale, Señor.
De las penas del infierno, líbrale, Señor.
De todo mal, líbrale, Señor.
Del poder del demonio, líbrale, Señor.
Por tu Natividad, líbrale, Señor.
Por tu Cruz y Pasión, líbrale, Señor.
Por tu muerte y sepultura, líbrale, Señor.
Por tu gloriosa Resurrección, líbrale, Señor.
Por tu admirable Ascensión, líbrale, Señor.
Por la gracia del Espíritu Consolador, líbrale, Señor.
En el día del juicio, líbrale, Señor.
  
Así te lo pedimos, aunque pecadores, óyenos, Señor.
Te rogamos que le perdones, óyenos, Señor.
 
Señor, ten piedad, óyenos, Señor.
Jesucristo, ten piedad, óyenos, Señor.
Señor, ten piedad, óyenos, Señor.
   
(1) Si se rezan por una moribunda, se reemplazan con las palabras “ella, sierva, hermana”, la de “él, siervo, hermano”.
  
Hallándose el enfermo en la agonía, se dirá la siguiente oración:
 
ORACIÓN
Sal de este mundo, alma cristiana, en nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo, que padeció por ti; en nombre del Espíritu Santo, que en ti se infundió; en nombre de la gloriosa y santa Virgen María, Madre de Dios; en nombre del bienaventurado José, ínclito Esposo de la misma Virgen; en nombre de los Ángeles y Arcángeles; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Querubines y Serafines; en el de los Patriarcas y Profetas; en el de los santos Apóstoles y Evangelistas; en el de los santos Mártires y Confesores; en el de los santos Monjes y Ermitaños; en nombre de las santas Vírgenes y de todos los Santos y Santas de Dios: hoy tu lugar sea en la paz, y tu morada en la Santa Sión. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.
 
ORACIÓN
¡Oh Dios de bondad, Dios clemente, Dios que, según la multitud de tus misericordias, perdonas a los arrepentidos, y por la gracia de una entera remisión borras las huellas de nuestros crímenes pasados! Dirige una mirada compasiva a tu siervo N. (sierva N.); recibe la humilde confesión que te hace de sus culpas, y concédele el perdón de todos sus pecados. Padre de misericordia infinita, repara en él (ella) todo lo que corrompió la fragilidad humana y manchó la malicia del demonio; júntale para siempre con el cuerpo de la Iglesia, como miembro que fue redimido por Jesucristo. Ten, Señor, piedad de sus gemidos, compadécete de sus lágrimas, y puesto que no espera sino en tu misericordia, dígnate dispensarle la gracia de la perfecta reconciliación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
      
ORACIÓN (compuesta por San Pedro Damián)
Te recomiendo a Dios Todopoderoso, mi querido hermano (o hermana), y te pongo en las manos de aquel de quien eres criatura, para que después de haber sufrido la sentencia de muerte, dictada contra todos los hombres, vuelvas a tu Creador que te formó de la tierra. Ahora, pues, que tu alma va a salir de este mundo, salgan a recibirte los gloriosos coros de los Ángeles y los Apóstoles, que deben juzgarte; venga a tu encuentro el ejército triunfador de los generosos Mártires; rodéete la multitud brillante de Confesores; acójate con alegría el coro radiante de las Vírgenes, y sé para siempre admitido con los santos Patriarcas en la mansión de la venturosa paz. Anímete con grande esperanza San José, dulcísimo Patrón de los moribundos; vuelva hacia ti benigna sus ojos la santa Madre de Dios; preséntese a ti Jesucristo con rostro lleno de dulzura, y colóquete en el seno de los que rodean el trono de su divinidad. No experimentes el horror de las tinieblas, ni los tormentos del suplicio eterno. Huya de ti Satanás con todos sus satélites, y, al verte llegar rodeado de Ángeles, tiemble y vuélvase a la triste morada donde reina la noche eterna. Levántese Dios, y disípense sus enemigos, y desvanézcanse como el humo. A la presencia de Dios desaparezcan los pecadores, como la cera se derrite al calor del fuego, y regocíjense los justos, como en una fiesta perpetua ante la presencia del Señor. Confundidas sean todas las legiones infernales; ningún ministro de Satanás se atreva a estorbar tu paso. Líbrete de los tormentos Jesucristo, que fue crucificado por ti; colóquete Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en el jardín siempre ameno de su paraíso, y verdadero Pastor como es, reconózcate por una de sus ovejas. Perdónete misericordioso todos tus pecados; póngate a su derecha entre sus elegidos, para que veas a tu Redentor cara a cara, y morando siempre feliz a su lado, logres contemplar la soberana Majestad y gozar de la dulce vista de Dios, admitido (admitida) en el número de los Bienaventurados, por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
PRECES
Señor: Recibe a tu siervo en el lugar de la salvación que espera de tu misericordia.
R. Amén.
  
Señor: Libra el alma de tu siervo de todos los peligros del infierno, de sus castigos y males.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como preservaste a Enoc y Elías de la muerte común a todos los hombres.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Noé del diluvio.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Abraham de la tierra de los Caldeos.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Job de sus padecimientos.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Isaac de su padre Abraham cuando iba a inmolarle.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Lot de Sodoma y de la lluvia de fuego.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Moisés de las manos de Faraón, rey de Egipto.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Daniel del lago de los leones.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a los tres jóvenes del horno encendido y de las manos del rey impío.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Susana del falso testimonio.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a David de las manos de Saúl y Goliat.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a San Pedro y San Pablo de las prisiones.
R. Amén.
  
Y como libraste a la bienaventurada Tecla, virgen y mártir, de los más crueles tormentos, dígnate librar el alma de tu siervo, y permítele gozar a tu lado de los bienes eternos.
R. Amén.
  
ORACIÓN
Te recomendamos el alma de tu siervo (o sierva) N., y te pedimos Señor Jesucristo, Salvador del mundo, por la misericordia con que bajaste por ella del cielo, que no le niegues un lugar en la morada de los Santos Patriarcas.
   
Reconoce Señor, tu criatura, obra, no de dioses extraños, sino tuya, Dios único, vivo y verdadero, porque no hay otro Dios más que Tú, y nadie te iguala en tus obras. Haz, Señor, que tu dulce presencia llene su alma de alegría; olvida sus iniquidades pasadas y los extravíos a que fue arrastrada por sus pasiones; porque, aun cuando pecó, no ha renunciado a la fe del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que ha conservado el celo del Señor y, ha adorado fielmente a Dios, creador de todas las cosas.
  
Te pedimos, Señor, que olvides todos los pecados y faltas que en su juventud cometió por ignorancia, y, según la grandeza de tu misericordia, acuérdate de él en el esplendor de tu gloria. Ábransele los cielos y regocíjense los Ángeles con su llegada. Recibe, Señor, a tu siervo (o sierva) N. en tu reino. Recíbale San Miguel Arcángel, caudillo de la milicia celestial; salgan a su encuentro los santos Ángeles y condúzcanle a la celeste Jerusalén. Recíbale el Apóstol San Pedro, a quien entregaste las llaves del reino celestial. Socórrale el Apóstol San Pablo que mereció ser vaso de elección, e interceda por él San Juan, el apóstol querido, a quien fueron revelados los secretos del cielo. Rueguen por él todos los santos Apóstoles, a quienes Dios concedió el poder de absolver y de retener los pecados; intercedan por él todos los Santos elegidos de Dios, que sufrieron en este mundo por el nombre de Jesucristo, a fin de que, libre de los lazos de la carne, merezca entrar en la gloria celestial por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
  
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
Que la clementísima Virgen María, Madre de Dios, piadosísima consoladora de los afligidos, encomiende a su Hijo el alma de su siervo (o sierva) N., para que por su intercesión maternal no tema los horrores de la muerte, sino que entre gozoso en su compañía en la deseada mansión de la Patria celestial. Amén.
   
ORACIÓN A SAN JOSÉ
A Vos recurro, San José, Patrón de los moribundos, y a Vos, en cuyo tránsito asistieron solícitos Jesús y María, os encomiendo encarecidamente por ambas prendas carísimas el alma de vuestro siervo (o sierva) N., que se halla en su última agonía, para que bajo vuestra protección se vea libre de las asechanzas del diablo y de la muerte perpetua, y merezca llegar a los gozos eternos de la Gloria. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 
***

Luego que haya muerto el enfermo, el sacerdote o alguno de los asistentes dirá a los demás señores y hermanos que han presenciado la enfermedad y muerte de aquel:
«Señores y hermanos míos, el señor N. acaba de expirar, acaba de sufrir una pena en que incurrió en el momento mismo que empezó a existir en la tierra: ha satisfecho una deuda que todos hemos de pagar. El Espíritu Santo dice que es bueno asistir a la casa del luto, porque así se piensa en qué se ha de venir a parar. En efecto, todos hemos de venir a parar a este trance, todos hemos de morir; pero no sabemos si moriremos en casa y en la cama como este, o si en algún lugar desierto falto de todo y por ninguno asistidos. Ignoramos si nuestra muerte será repentina, o pausada como la de este nuestro hermano que ha tenido tiempo para recibir los santos Sacramentos. Tal vez nosotros no tendremos tiempo; por esto debemos estar siempre preparados y dispuestos a fin de que seamos salvos, pues que de nada nos aprovecharía ganar el mundo entero si perdiésemos el alma. Procuremos, pues, vivir bien y santamente, ejercitándonos en obras buenas, que son el único tesoro que nos llevamos al otro mundo; lo demás ya lo veis: todo se ha de dejar, como lo presenciáis en este señor.
  
Encomendemos a Dios el alma del difunto. Es cosa muy buena lo que algunos hacen, que cuando se les muere alguno que aman mucho van luego a confesar y comulgar, y le ofrecen el mérito de los Sacramentos recibidos; a este mismo fin les ofrecen las misas que pueden oír, hacen algunas limosnas a los pobrecitos, y les suplican que rueguen por el alma del difunto.
  
Dichosos los que así usan misericordia con los difuntos, que ellos por cierto alcanzarán misericordia. Esto es lo que deben hacer, y no otras vanas tradiciones que algunos observan, los que en lugar de practicar estas obras de caridad y piedad cristiana, aun omiten las de obligación.
  
No olviden los albaceas de cumplir luego las disposiciones testamentarias. Cumplamos todos bien nuestras obligaciones, que Dios en paga nos dará en este mundo la gracia y en el otro la gloria. Amén». 
  
Nota: se recomienda sacar copia de este documento y dar a las personas que oran por los enfermos y moribundos. Estas oraciones son de un libro muy antiguo de oraciones de la Iglesia Católica, que contiene la Fe tradicional de la Iglesia Católica, y es importante para orarle a los moribundos y para beneficio también de los que están en salud, para ir preparándonos cristianamente para la muerte.