sábado, 20 de abril de 2013

¿ES NECESARIA LA JURISDICCIÓN PARA EL REMANENTE CATÓLICO?

Aún quedan obispos que, fieles al Magisterio Tradicional de la Iglesia Católica, dirigen al clero y los fieles para que conserven y propaguen el Dogma de la Fe. (en la foto, Mons. Martín Dávila Gándara, director de la Sociedad Sacerdotal Trento, ordenando a un sacerdote)

Cuando observamos las congregaciones Católicas (como la Sociedad Sacerdotal Trento, la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia, o la Fundación San Vicente Ferrer), vemos que están presididas por obispos. Pero la secta conciliar afirma “No es válida la ordenación de un obispo si el Papa no lo nombra”; y la casi totalidad de las diócesis del mundo están usurpadas por sus agentes. Ante esta situación, nos preguntamos ¿es NECESARIO que un obispo tenga jurisdicción territorial para decir que hay Iglesia o para que pueda administrar los sacramentos? La verdad es NO. La Iglesia es por la conservación del Dogma de la Fe, NO por el territorio gobernado y MUCHO MENOS por el número de fieles.
Desde VATICANO CATÓLICO

¿ES NECESARIO QUE EL REMANENTE DE LOS CATÓLICOS DEBA TENER OBISPOS GOBERNANTES O JURISDICCIONALES?
-Nota aclaratoria: donde dice Benedicto XVI leer Francisco I-

Cuando Jesús nombró a los Apóstoles, les otorgó Autoridad para predicar el Evangelio y administrar los Sacramentos, NO TERRITORIOS PARA GOBERNAR

La respuesta a esta pregunta es NO. Durante la herejía arriana del siglo IV, sólo el 1-3% de las cátedras episcopales (es decir, las sedes de los obispos) fueron ocupadas por los católicos, el resto fueron usurpadas por los arrianos, como lo señala el eminente erudito patrístico, P. Jurgens.
P. William Jurgens: “En un momento de la historia de la Iglesia, sólo unos pocos años antes de la predicación de Gregorio [Nacianceno] (380 d.C.), posiblemente el número de obispos verdaderamente católicos en posesión de sus sedes, en comparación a la posesión de los arrianos, no era mayor de entre 1% y 3% del total. Si la doctrina hubiera sido determinada por la popularidad, hoy todos seríamos negadores de Cristo y contrarios al Espíritu[1].

En el siglo IV, la herejía arriana se extendió tanto que los arrianos (que negaban la divinidad de Cristo) llegaron a ocupar casi todas las iglesias católicas y parecía ser la jerarquía legítima básicamente en todo lugar.
San Ambrosio (382 d.C.): “No hay para mí suficiente horas en el día como para recitar siquiera los nombres de todas las sectas de los herejes”[2]

Las cosas se pusieron tan mal que San Gregorio de Nisa se vio obligado a decir lo que bien podría decir el remanente o resto pequeño católico hoy en día.
San Gregorio de Nisa (380 d.C.), Contra los arrianos: “¿Dónde están los que nos insultan por nuestra pobreza y se enorgullecen de sus riquezas? ¿Esos que definen a la Iglesia por los números y desprecian al rebaño pequeño?[3].

Este periodo de la historia de la Iglesia, por lo tanto, prueba un punto clave para nuestro tiempo: Si la misión indefectible de la Iglesia de enseñar, gobernar y santificar requiere un obispo gobernante (es decir, jurisdiccional) para que la Iglesia de Cristo esté presente y operante en una sede o diócesis particular, entonces se tendría que decir que la Iglesia de Cristo defeccionó en todos aquellos territorios donde no había un obispo gobernante durante la herejía arriana. Sin embargo, es un hecho que en el siglo IV ―donde los fieles mantuvieron la verdadera fe católica, incluso en aquellas sedes donde el obispo desertó al arrianismo―, el remanente católico fiel constituyó la verdadera Iglesia de Cristo; y por tanto, en ese remanente, existió la Iglesia católica y perduró en su misión de enseñar, gobernar y santificar sin ningún obispo gobernante. Esto demuestra que la indefectibilidad de la Iglesia de Cristo y su misión de enseñar, gobernar y santificar no requiere la presencia de un obispo jurisdiccional.
San Atanasio: “Los católicos que se mantienen fieles a la Tradición, aún si ellos son reducidos a un puñado, ellos son la verdadera Iglesia de Jesucristo”.

Se podría argumentar que siempre debe haber al menos un obispo jurisdiccional en alguna parte del mundo; pero incluso, si eso se pudiera comprobar, todo lo que significaría es que en alguna parte del mundo, hoy en día, existe al menos un obispo católico con jurisdicción plena que rechaza las herejías del Vaticano II y defiende el resto de la enseñanza católica. Pero dudamos que esto sea siquiera necesario, ya que la Iglesia continúa gobernando, enseñando y santificando por el depósito de la fe, su ley y tradición, incluso en aquellos lugares donde no hay obispo jurisdiccional que sea el maestro y gobernante oficial, como lo demuestra el período arriano.

San Atanasio fue desterrado de su diócesis en cinco ocasiones durante el arrianismo, y con todo SIGUIÓ CONSERVANDO Y PROPAGANDO LA FE CATÓLICA

También es importante señalar que la jerarquía de la Iglesia se puede definir de dos maneras: jurisdiccionalmente y eclesiásticamente. La jerarquía jurisdiccional (compuesta de aquellos que poseen oficios o cargos con jurisdicción ordinaria) podría posiblemente desertar de la Iglesia al caer en la herejía, como lo han hecho los obispos de Benedicto XVI. Pero en cuanto haya un sacerdote u obispo católico válido que posea la totalidad del depósito de la fe (incluso si esa persona no posee jurisdicción ordinaria), la jerarquía eclesiástica está representada y permanece intacta. Y aquel pequeño remanente de sacerdotes u obispos, a pesar de que no gobiernan ningún territorio ni tengan jurisdicción ordinaria, tendrían la jurisdicción que la Iglesia les concede automáticamente para operar por la salvación de las almas. Las consagraciones episcopales sin el consentimiento de un Papa (ya que no hay Papa) por dichos obispos, serían, por supuesto, lícitas en tal estado de necesidad.

El supremo interés por la supervivencia de la Iglesia legitima la consagración de obispos sin consentimiento del Papa (Consagración de obispos en la Fraternidad San Pío X, 1988)

Por lo tanto, no hay nada contrario a la indefectibilidad de la Iglesia cuando nosotros señalamos que Benedicto XVI y su grupo de obispos apóstatas (que reclaman ser gobernantes en la Iglesia de Cristo) no ocupan las cátedras episcopales de la Iglesia de Cristo debido al hecho que ellos: repudian el dogma Fuera de la Iglesia no hay salvación; rechazan la necesidad de la conversión a la Iglesia católica de los judíos y cismáticos orientales; abrazan y respetan las religiones no católicas del demonio; enseñan las herejías de la libertad de religión y de consciencia; mantienen comunión con las sectas protestantes heréticas; aceptan los documentos heréticos del Vaticano II y la Nueva misa, entre muchas otras cosas.

Así como fue durante la herejía arriana en el siglo IV, la Iglesia de Jesucristo existe hoy en día con el remanente de fieles católicos que guardan la fe católica tradicional, no con los obispos apóstatas que parecen ocupar las posiciones de autoridad.
P. William Jurgens: “En tiempos del emperador Valente (siglo IV), San Basilio fue prácticamente el único obispo ortodoxo en todo Oriente que tuvo éxito en conservar el cargo de su diócesis. (…) Si ello no tuviere otra importancia para el hombre moderno, un conocimiento de la historia del arrianismo debería mostrarle, por lo menos, que la Iglesia católica no toma en cuenta la popularidad y el número para determinar y conservar la doctrina: de otro modo, ya hubiéramos abandonado a Basilio, Hilario, Atanasio, Liberio y Osio y nos llamaríamos arrianos”[4].
 
Si la herejía arriana fue tan mala que aproximadamente 1% de los obispos jurisdiccionales permaneció católico y el 99% se hizo arriano, y la Gran Apostasía que precede la Segunda Venida de Cristo se prevé que será aún peor –la peor apostasía de todos los tiempos–, entonces nadie debería sorprenderse por el hecho que hoy en día casi no haya ni sacerdotes auténticamente católicos en el mundo y ni haya obispos católicos con plena jurisdicción (es decir, que gobiernan).
 
NOTAS:
[1] Jurgens, The Faith of the Early Fathers [La Fe de los Padres Primitivos], ed. ing., Collegeville, MN: The Liturgical Press, 1970, vol. 2, p. 39.
[2] Jurgens, The Faith of the Early Fathers [La Fe de los Padres Primitivos], ed. ing., vol. 2, p. 158.
[3] Jurgens, The Faith of the Early Fathers [La Fe de los Padres Primitivos], ed. ing., vol. 2, p. 33.
[4] Jurgens, The Faith of the Early Fathers «La Fe de los Padres Primitivos», edición inglesa, vol. 2, p. 158.

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