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sábado, 26 de septiembre de 2026

PRÉVOST LAMENTA HOY LAS VÍCTIMAS DE LA REVOLUCIÓN QUE ELOGIÓ AYER


Hoy 26 de Septiembre, León XIV Riggitano-Prévost, acompañado de su cardenal Jean-Marc Aveline y el arzobispón de París Laurent-Bernard-Marie Ulrich George, hizo una pausa de reflexión en silencio ante la “Escalera de los Mártires”, en el Instituto Católico de París (antiguo convento carmelita descalzo).
   

Aquí, el 2 de Septiembre de 1792, 116 de los 172 sacerdotes y religiosos encarcelados desde el 10 de Agosto por negarse a prestar el juramento revolucionario (entre ellos los obispos Juan María du Lau d’Allemans, Francisco José y su hermano Pedro Luis de La Rochefoucauld-Bayers) fueron conducidos al patio después de dos juicios farsa en la sacristía presididos por el juez de paz Joachim Ceyra y el comisario Jean-Denis Violette, y asesinados a disparos, golpes de picas y sables. Tal fue el procedimiento durante las Masacres de Septiembre que transcurrieron por los siguientes cinco días. Ellos fueron beatificados por el Papa Pío XI Ratti el 17 de Octubre de 1926.
  
Menos de 24 horas antes, en su discurso ante las autoridades laicas francesas y el cuerpo diplomático en el Palacio del Elíseo después de reunirse con el presidente Emmanuel Macron Noguès, Riggitano-Prévost elogió los avances de la Ilustración masónica y calificó el famoso lema de la Revolución Francesa, «libertad, igualdad y fraternidad», como «exigencias éticas universales» que encuentran también en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración y realización».
  

Lo que el Gato Bob y otros (como el recién “beatificado” Fulton Sheen del cual tanto se ufanan los neoconservadores y lo refriegan en la cara a todo mundo como niño malcriado con juguete nuevo) desconocen y/o pasan por alto es que ese lema mentiroso venía con la disyuntiva «O la muerte» para los enemigos (reales o supuestos, daba igual) del sistema que la Revolución pretendía imponer, por lo que ese lema no tiene origen alguno en el Evangelio, sino en las mismas cábilas del Infierno que atizaba a los revolucionarios.
  

Lema que aún resuena hoy como entonces, y tallado, verbigracia, en el ayuntamiento de Troyes.
  

Por algo está escrito: «¿Acaso una fuente echa por el mismo caño agua dulce y agua amarga? O ¿puede, hermanos míos, una higuera producir uvas, o la vid higos? Así tampoco la fuente salada puede dar el agua dulce» (Santiago III, 11-12 / Versión de Mons. Félix Torres Amat).

jueves, 24 de septiembre de 2026

TOMÁS CRANMER, UN OPORTUNISTA VÍCTIMA DE SU PROPIO INVENTO ANGLICANO

Traducción de la reseña de Luca Fumagalli para RADIO SPADA.
  
“Cranmer” DE BELLOC: LAS FECHORÍAS DEL HOMBRE QUE INVENTÓ EL ANGLICANISMO
  

Publicado originalmente en 1931 y reeditado recientemente por Mysterium Press, Cranmer es uno de los mejores ensayos históricos de Hilaire Belloc sobre el período de la Reforma. Aunque fue poeta, escritor, periodista y miembro del Parlamento, hoy se le recuerda principalmente como historiador y apologista católico. También fue amigo íntimo de G. K. Chesterton, con quien compartió numerosas batallas en defensa de la Iglesia y en ayuda de los pobres.

Como el propio Belloc escribe en las primeras páginas de su libro, Cranmer no es una simple biografía; más bien, es un análisis de la psicología del famoso arzobispo de Canterbury, cuya carrera fue impulsada por Enrique VIII, y de las razones que lo llevaron a actuar como lo hizo. También se destaca su genio literario y el papel fundamental que desempeñó al sentar las bases para el nacimiento de la Iglesia de Inglaterra como una institución distinta de Roma, una transformación que incluyó cambios doctrinales.

Tomás Cranmer nació en 1489. Inglaterra era entonces completamente católica. La corrupción eclesiástica, que avanzaba rápidamente, era menos pronunciada allí. Sin embargo, la población se mostraba bastante apática en materia religiosa; de naturaleza conservadora, no toleraba cambios rápidos ni drásticos, pero sí aceptaba sin mucha dificultad nuevas políticas a medio y largo plazo, siempre que, al menos, no entraran en conflicto con sus costumbres arraigadas. Del mismo modo, el clero en su conjunto era de carácter oficial, pero en las universidades estaba abierto a nuevas experiencias espirituales.

Se sabe poco sobre la educación temprana de Cranmer, pero lo cierto es que atribuía la timidez y la indecisión que lo caracterizaron a lo largo de su vida a los métodos severos de su maestro. A los catorce años, su familia lo encaminó hacia el sacerdocio, no por vocación, sino simplemente para ganarse la vida. Estudió en Cambridge, en el Jesus College, y fue influenciado por Erasmo de Róterdam, quien se encontraba en Inglaterra en busca de la estabilidad económica que no encontraba en el continente. Cranmer no destacaba por su carisma ni por su agudeza intelectual, pero era un verdadero prodigio de la escritura: «no era más que un poeta», escribe Belloc, «pero el impacto de un poeta es perdurable». También se casó con una tal Juana, la sobrina de la dueña de una taberna que solía frecuentar, aunque ella falleció al cabo de un año al intentar dar a luz a un niño que también murió.

Con el estallido de la Reforma luterana, nuevas ideas procedentes de Alemania comenzaron a llegar gradualmente a Inglaterra, hasta el punto de que se formó un pequeño grupo de rebeldes antirromanos en Cambridge. Cranmer, tan reticente como siempre, no deseaba tomar una postura pública, pero en el fondo, a punto de ser ordenado sacerdote, un creciente resentimiento hacia la Iglesia empezaba a arraigarse. Parece ser que fue él quien, en aquel momento, sugirió indirectamente a Enrique VIII que consultara a las universidades europeas sobre su matrimonio con Catalina de Aragón, que el rey ansiaba anular para casarse con su amante, Ana Bolena. Cranmer entró al servicio de la familia de Ana Bolena, convirtiéndose en su capellán [fue él quien bautizó a su hija Isabel, N. del T.], y, naturalmente, apoyó el derecho de Enrique al divorcio, haciendo todo lo posible por contrarrestar los argumentos del cardenal Reinaldo Pole, que se oponía a él.
  
Mientras tanto, Cranmer se había vuelto a casar en secreto [con la sobrina de Catalina Preu, esposa del predicador luterano de Núremberg Andrés Osiander, N. del T.] y, una vez nombrado arzobispo de Canterbury por el soberano en 1533, declaró nulo el matrimonio de este último. Esto provocó una ruptura entre la Iglesia de Inglaterra —ahora sometida a la autoridad de Enrique VIII— y la Iglesia de Roma, aunque el rey siguió siendo católico en teoría. Aquellos que, como Cranmer, albergaban convicciones protestantes, debían actuar con cautela y guardar silencio sobre sus creencias. El nuevo arzobispo llegó incluso a condenar a la hoguera a los predicadores que compartían sus ideas [como Juan Frith, que fue quemado en 1533 por negar la Presencia Real y el Purgatorio (en los cuales Cranmer tampoco creía), N. del T.], sin embargo, habría sido imprudente oponerse a la voluntad de Enrique VIII.

Su hipocresía incluso le salvó de la posterior caída en desgracia ante los Bolena y el poderoso primer ministro Tomás Cromwell [fingió amistad y compasión con Ana Bolena para extraerle más información (método que usó en 1533 con Isabel Barton, “La monja de Kent”); y le escribió a Enrique VIII protestándole que le era leal solo a él, N. del T.], para quien había sido una herramienta dócil en sus políticas anticatólicas [inter alia, Cranmer conspiró junto a Cromwell para introducir en Inglaterra la traducción del Nuevo Testamento de Guillermo Tyndale (no llegó a traducir completamente la Biblia), aun contra las objeciones de Enrique, N. del T.].

Con la ascensión al trono del joven Eduardo VI, manipulado por un grupo de nobles protestantes, Cranmer pudo dar rienda suelta a su odio hacia la Misa. Siendo la institución central de la vida inglesa y arraigada en siglos de costumbre, no se podía eliminar de golpe; era necesario insinuar el cambio, proceder paso a paso y sustituir gradualmente lo antiguo por lo completamente nuevo. A esta tarea se dedicó especialmente el Arzobispo, y así surgió el Libro de Oración Común, en el que la Misa fue sustituida por un Servicio de Comunión que no tenía nada que ver con ella. De hecho, se omitió todo aquello que enfatizaba la Presencia Real y el carácter sacrificial de la Misa. También redactó los Cuarenta y dos Artículos, la primera declaración doctrinal oficial de la Iglesia de Inglaterra, que se convirtió en ley en 1553.

Sin embargo, el reinado de Eduardo fue efímero, y cuando la católica María Tudor ascendió al trono, la situación cambió por completo y los protestantes fueron perseguidos. Cranmer intentó una vez más salvarse ofreciendo sus servicios a la reina, pero sus súplicas cayeron en saco roto. De hecho, fue condenado a muerte en 1556 [La condena no fue por herejía (Cranmer se retractó públicamente y por escrito de sus errores luego que los obispos Nicolás Ridley y Hugo Latimer fueron condenados a muerte el 16 de Octubre de 1555 –lo que lo habría salvado según las leyes de la época–), sino por alta traición (apoyó a Juana Grey como sucesora de su primo el rey Eduardo VI), por lo que luego se desdijo de las retractaciones), N. del T.].
  
Al final, Belloc no nos deja con un villano estereotipado, sino con un trágico artífice de la historia atrapado en las llamas de su propia creación. Cranmer es un testimonio del don singular del autor: la capacidad de transformar la polémica histórica en literatura apasionante. Es una obra maestra imperfecta que exige ser leída, debatida y, en última instancia, admirada por su pura fuerza narrativa.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

ENCÍCLICA “Pacem, Dei munus pulchérrimum”, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ

Cuando el cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido el 3 de septiembre de 1914 como el papa Benedicto XV, la Gran Guerra tenía poco más de dos meses de iniciada. Y desde entonces, realizó muchos intentos para conseguir el cese de las hostilidades como enunció en su primera encíclica, Ad beatissimi apostolorum, fechada en la fiesta de Todos los Santos de 1914, y a ellas siguieron continuas gestiones realizadas a través de diplomáticos vaticanos, apoyándose en los políticos más favorables hacia la paz.

Desde el primer momento el papa declaró la neutralidad que seguiría la Iglesia, sin que eso le impidiera la defensa de los oprimidos y su condena de las deportaciones de civiles. Intentó siempre eludir la extensión del conflicto, y por ello trató de evitar la entrada de Italia en la guerra; pero a estos deseos del papa, el gobierno italiano respondió haciendo incluir a Italia en el tratado de Londres (26 de abril de 1915), por el que se unían a Francia y Gran Bretaña, con la obligación de rechazar cualquier intervención pacificadora del papa.[1]

Con la entrada de Estados Unidos en la guerra (5 de abril de 1917) y la deposición de los zares por la revolución rusa el conflicto bélico parecía haber entrado en un impasse, y el papa aprovechó ese momento para formular una propuesta de paz, expuesta en una Nota fechada el 1 de agosto de 1917, en ella se contemplaba:
  1. Desarme y arbitraje obligatorio para resolver las disputas entre las naciones; sanciones para quienes no lo aceptase.
  2. Libertad garantizada de los mares.
  3. Condonación recíproca de los daños y gastos de la guerra.
  4. Restitución de los territorios ocupados
  5. Regulación de las cuestiones territoriales en armonía con las aspiraciones de los pueblos..
  6. Examen particular de las cuestiones territoriales de Polonia, los Balcanes y Armenia.
Gonzalo Redondo 1979, p. 158.
El plan fue rechazado por los aliados, que incluso acusaron al papa de tratar de salvar a los Imperios Centrales; en enero de 1918, el presidente de los Estados Unidos, W. Wilson, hacía público su plan de paz, que con sus 14 puntos, era en realidad una imposición de los vencedores, como se verificó mediante el tratado de Versalles firmado el 28 de junio de 1919 e impuesto en la Alemania de Weimar; y al cual siguieron otros acuerdos con las restantes naciones derrotadas: Austria (19 de septiembre de 1919), Bulgaria (27 de noviembre de 1919), Hungría (2 de junio de 1920) y Turquía (10 de agosto de 1920).

Es en este contexto en el que Benedicto XV publica la encíclica Pacem, Dei munus pulchérrimum, donde instó a que la paz no se basara únicamente en pactos políticos o la fuerza, sino en los principios cristianos del amor al prójimo, el perdón mutuo y la caridad evangélica, y abogó por la reintegración de todas las naciones a una familia humana unida, pidiendo el fin de las enemistades de la guerra.

Los acontecimientos posteriores, y la situación actual han hecho recordar cuánta razón tenía el Papa Della Chiesa al señalar que una paz basada solamente en intereses económicos o de geopolítica estará condenada a fracasar, en castigo justo por hacer planes sin contar con el consejo de Dios y los preceptos de la Iglesia.

CARTA ENCÍCLICA Pacem, Dei munus pulchérrimum, DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y Ordinarios en paz y comunión con la Santa Sede.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

1. La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos» [1], esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad. De este asunto, que es de extraordinaria importancia para el bien común, queremos hablaros, venerables hermanos, advirtiendo al mismo tiempo a los pueblos que están confiados a vuestros cuidados.

2. Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

EVANGELIO DE PAZ - CARIDAD
3. No hacen falta muchos argumentos para demostrar los gravísimos daños que sobrevendrían a la humanidad si, firmada la paz, persistiesen latentes el odio y la enemistad en las relaciones internacionales. Prescindimos de los daños que se seguirían en todos los campos del progreso y de la civilización, como, por ejemplo, el comercio, la industria, el arte y las letras, cuyo florecimiento exige como condición previa la libre y tranquila convivencia de todas las naciones. Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica hecho de que la predicación de la ley cristiana recibe el nombre de «Evangelio de la paz» (Ef 6 15).

EL MANDAMIENTO NUEVO
4. Porque, como bien sabéis y Nos os hemos recordado muchas veces, la enseñanza más repetida y más insistente de Jesucristo a sus discípulos fue la del precepto de la caridad fraterna, porque esta caridad es el resumen de todos los demás preceptos; el mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas personas en el seno de la Trinidad: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno..., para que también ellos sean consumados en la unidad» (Jn 17 21-23).

5. Por esta razón, los apóstoles, siguiendo las huellas de su divino Maestro y formados personalmente en su escuela, fueron extraordinariamente fieles en urgir la exhortación de este precepto a los fieles: «Ante todo, tened los unos para !os otros ferviente caridad» (1.ª Pe 4,8). «Por encima de todas estas cosas, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección (Col 3,14). Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios» (1.ª Jn 4,7). Nuestros hermanos de los primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los apóstoles, pues, a pesar de las diversas y aun contrarias nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en el seno de sociedad humana de aquella época.

6. Ahora bien: todo lo que hemos dicho para urgir el precepto del amor mutuo vale también para urgir el perdón de las injurias, perdón que ha urgido personalmente el Señor. «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,44-45). De aquí procede el grave aviso del apóstol San Juan: «Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna» (1.ª Jn 3,15). Finalmente, ha sido el mismo Jesucristo quien nos ha enseñado a orar, de tal manera que la medida del perdón de nuestros pecados quede dada por el perdón que concedamos al prójimo. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Y si a veces resulta muy trabajoso y muy difícil el cumplimiento de esta ley, tenemos como remedio para vencer esta dificultad no sólo el eficaz auxilio de la gracia ganada por el Señor, sino también el ejemplo del mismo Salvador, quien, estando pendiente en la cruz, excusaba a los mismos que injusta e indignamente le atormentaban, diciendo así a su Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,24). Nos, por tanto, que debemos ser los primeros en imitar la misericordia y la benignidad de Jesucristo, cuya representación, sin mérito alguno, tenemos, perdonamos de todo corazón, siguiendo el ejemplo del Redentor, a todos y a cada uno de nuestros enemigos que, de una manera consciente o inconsciente, han ofendido u ofenden nuestra persona o nuestra acción con toda clase de injurias: a todos ellos los abrazamos con suma benevolencia y amor, sin dejar ocasión alguna para hacerles el bien que esté a nuestro alcance. Es necesario que los cristianos dignos de este nombre observen la misma norma de conducta con todos aquellos que durante la guerra les ofendieron de cualquier manera.

7. Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles positivamente el bien, siguiendo las huellas de nuestro Redentor, el cual «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el demonio» (Hech. 10, 38) y coronó el curso de su vida mortal, gastada toda ella en proporcionar los mayores beneficios a los hombres, derramando por ellos su sangre. Por lo cual dice San Juan: «En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que El dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (1.ª Jn 3, 16-18). No ha habido época de la historia en que sea más necesario «dilatar los senos de la caridad» como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación. Porque, si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas, desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra.

8. El que contempla las ingentes miserias que pesan hoy día sobre la humanidad, recuerda espontáneamente a aquel viajero evangélico (Cf. Lc 10, 30ss) que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los ladrones y, robado y malherido por éstos, quedó tendido medio muerto en el camino. La semejanza entre ambos cuadros es muy notable, y así como el samaritano, movido a compasión, se acercó al herido, curó y vendó sus heridas, lo llevó a la posada y pagó los gastos de su curación, así también es necesario ahora que Jesucristo, de quien era figura e imagen el piadoso samaritano, sane las heridas de la humanidad.

LA CARIDAD DE LA IGLESIA
9. La Iglesia reivindica para sí, como misión propia, esta labor de curar las heridas de la humanidad, porque es la heredera del espíritu de Jesucristo; la Iglesia, decimos, cuya vida toda está entretejida con una admirable variedad de obras de beneficencia, porque «como verdadera madre de los cristianos, alberga una ternura tan amorosa por el prójimo, que para las más diversas enfermedades espirituales de las almas tiene presta en todo momento la eficaz medicina»; y así «educa y enseña a la infancia con dulzura, a la juventud con fortaleza, a la ancianidad con placentera calma, ajustando el remedio a las necesidades corporales y espirituales de cada uno» [2]. Estas obras de la beneficencia cristiana suavizan los espíritus y poseen por esto mismo una extraordinaria eficacia para devolver a los pueblos la tranquilidad pública.

10. Por lo cual, venerables hermanos, os suplicamos y os conjuramos en las entrañas de caridad de Jesucristo a que consagréis vuestros más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están confiados, para que no sólo olviden los odios y perdonen las injurias, sino además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los que han sufrido las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado y lo más variado que sea posible. Es deseo nuestro muy principal que exhortéis a vuestros sacerdotes, como ministros que son de la paz cristiana, para que prediquen con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos enemigos, y para que, «haciéndose todo a todos» (1.ª Cor 9,22), precedan a los demás con su ejemplo y declaren por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al odio. Al obrar así, los sacerdotes agradarán al corazón amantísimo de Jesús y a aquel que, aunque indigno, hace las veces de Cristo en la tierra. En esta materia debéis también advertir y exhortar con insistencia a los escritores, publicistas y periodistas católicos, «para que, como escogidos de Dios, santos y amados, procuren revestirse de entrañas de misericordia y benignidad» (Col 3,12) y procuren reflejar esta benignidad en sus escritos. Por lo cual deben abstenerse no sólo de toda falsa acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras, porque esta intemperancia no sólo es contraria a la ley de Cristo, sino que además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus, exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las más leves injurias.

LA CARIDAD ENTRE LAS NACIONES
11. Las advertencias que en esta carta hemos hecho a los particulares sobre el deber de practicar la caridad, queremos dirigirlas también a los pueblos que han sufrido la prueba de esta guerra prolongada, para que, suprimidas, dentro de lo posible, las causas de la discordia —y salvos, por supuesto, los principios de la justicia—, reanuden entre sí los lazos de unas amistosas relaciones. Porque el Evangelio no presenta una ley de la caridad para las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones, que en definitiva están compuestas por hombres particulares. Terminada ya la guerra, no sólo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso incremento de las comunicaciones.

12. Este olvido de las ofensas y esta fraterna reconciliación de los pueblos, prescritos por la ley de Jesucristo y exigidos por la misma convivencia social, han sido recordados sin descanso, como hemos dicho, por esta Santa Sede Apostólica durante todo el curso de la guerra. Esta Santa Sede no ha permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor insistencia este doble deber, como lo prueban las cartas dirigidas hace poco tiempo al episcopado de Alemania [3] y al cardenal arzobispo de París [4]. Y como hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia, hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los jefes de Estado católicos a Roma. Pero declaramos abiertamente que esta indulgencia nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a ellos. Por el contrario, aprovechando esta ocasión, «Nos renovamos las protestas que nuestros predecesores formularon repetidas veces, movidos no por humanos intereses, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica», y de nuevo pedimos con la mayor insistencia que, pues ha sido firmada la paz entre las naciones, «cese para la cabeza de la Iglesia esta situación anormal, que daña gravemente, por más de una razón, a la misma tranquilidad de los pueblos» [5].

13. Restablecida así la situación, reconocido de nuevo el orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad humana. Son motivos para crear esta sociedad de pueblos, entre otros muchos que omitimos, la misma necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir al menos los enormes presupuestos militares, que resultan ya insoportables para los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la independencia y la integridad de sus propios territorios.

14. Unidas de este modo las naciones según los principios de la ley cristiana, todas las empresas que acometan en pro de la justicia y de la caridad tendrán la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia, la cual es ejemplar perfectísimo de sociedad universal y posee, por su misma naturaleza y sus instituciones, una eficacia extraordinaria para unir a los hombres, no sólo en lo concerniente a la eterna salvación de éstos, sino también en todo lo relativo a su felicidad temporal, pues la Iglesia sabe llevar a los hombres a través de los bienes temporales de tal manera que no pierdan los bienes eternos. La historia demuestra que los pueblos bárbaros de la antigua Europa, desde que empezaron a recibir el penetrante influjo del espíritu de la Iglesia, fueron apagando poco a poco las múltiples y profundas diferencias y discordias que los dividían, y, constituyendo, finalmente, una única sociedad; dieron origen a la Europa cristiana, la cual, bajo la guía segura de la Iglesia, respetó y conservó las características propias de cada nación y logró establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad. Con toda razón dice San Agustín: «Esta ciudad celestial, mientras camina por este mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena, con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor» [6]. El mismo santo Doctor apostrofa a la Iglesia con estas palabra: «Tú unes a los ciudadanos, a los pueblos y a los hombres con el recuerdo de unos primeros padres comunes, no sólo con el vínculo de la unión social, sino también con el lazo del parentesco fraterno» [7].

EXHORTACIÓN FINAL Y BENDICIÓN APOSTÓLICA
15. Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de Padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano; de esta manera, con toda verdad podremos dirigirles las palabras de San Pablo a los Efesios: «Ahora, por Cristo Jesús, los que en un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues El es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación... dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca» (Ef 2,13ss). Igualmente oportunas son las palabras que el mismo Apóstol dirige a los Colosenses: «No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3,9-11).

16. Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, y en el de los tres nuevos santos [8] que hemos canonizado recientemente, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» [9] y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Como auspicio de este don celestial, y como prenda de nuestra paterna benevolencia, con todo el corazón damos a vosotros, venerables hermanos, al clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de Pentecostés de 1920, año sexto de nuestro pontificado. BENEDICTO  PP. XV.
  
NOTAS
[1] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 11.
[2] San Agustín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[3] Carta apostólica Diúturni Luctuosíssimique, 15 de julio de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 305-306).
[4] Epístola Amor ille singuláris, 7 de octubre de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 412-414).
[5] Encíclica Ad beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram, 1 de noviembre de 1914 (AAS 6 [1914], pág. 580).
[6] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 17.
[7] San Agusín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[8] San Gabriel de la Dolorosa, Santa Margarita María Alacoque y Santa Juana de Arco. 
[9] Secreta de la misa de la fiesta del Corpus Christi.

martes, 22 de septiembre de 2026

BEATO PABLO CHONG HA-SANG, MÁRTIR EN COREA


Pablo Chong Ha-Sang (escritura hangul 정하상 바오로; escritura hanja 丁夏祥 保羅) nació en 1795. Su padre Agustín Chong Yak-Chong (escritura hangul 정약종 아우구스티노; escritura hanja 丁若鍾 希波的奧古斯丁), autor del “Jugyo Yoji” (escritura hangul 쥬교요지; escritura hanja 主敎要旨, literalmente “Lo esencial de las enseñanzas del Señor”), el primer catecismo coreano, fue martirizado el 8 de abril de 1801, y su madre Cecilia Yu So-Sa (escritura hangul 유소사 체칠리아; escritura hanja 柳召史 聖則濟利亞) el 23 de noviembre de 1839. Su hermana Isabel Chong Chong-Hye (escritura hangul 정하상 바오로; escritura hanja 丁夏祥 保羅) fue también martirizada el mismo año. Su hermano Carlos Chong Chol-Sang (escritura hangul 정철상 가롤로; escritura hanja 丁哲祥 查爾斯) fue también martirizado en 1801 junto con su padre.
    
Después del martirio del padre, la familia sufrió mucho. Todas sus propiedades fueron confiscadas, y la familia vivió de un lado para otro en extrema pobreza. A los 20 años dejó a su madre y su hermana y se fue a Seúl. Intentó reconstruir la Iglesia Católica que luchaba sin sacerdotes. Decidió intentar traer misioneros al país para revitalizar la Iglesia.
   
En 1816 fue a Pekín y pidió al obispo enviar misioneros a Corea. Allí fue solemnemente confirmado. En su visita a Pekín obtuvo el permiso del obispo Joaquim da Souza Saraiva (蘇薩・薩萊瓦) CM para el envío de un sacerdote a Corea. Pero éste murió antes de entrar. Más tarde Pablo y otros enviaron una carta al Papa pidiéndole el envío de misioneros. Al mismo tiempo siguieron insistiendo ante el obispo de Pekín. Finalmente sus voces fueron escuchadas en Roma. En 1831 fue establecido el Vicariato Apostólico de Corea y la misión fue encomendada a las Misiones Extranjeras de París.
   
El obispo Lorenzo Imbert (범세형;范世亨, Beomsehyung) decidió hacerlo sacerdote. Le enseñó latín y teología. Sin embargo surgió una nueva persecución y el obispo debió escapar.
   
Previendo un inminente arresto, escribió con 3400 caracteres chinos “Una carta al Primer Ministro” (Sangjaesangseo, escritura hangul 상재상서; escritura hanja 上宰相書), primer libro de apologética en Corea, dirigido al primer ministro Yi Ji-Yeon (이지연; 李止淵), principal instigador de la persecución de en el año quinto del rey Heonjong (1839). Publicado en 1890 por el obispo Giovanni Timoleone Raimondi dell’Acqua (高雷門/Gāo Léimén) de Hong Kong, incluso los enemigos de la Iglesia quedaron impresionados de su contenido, que reflejaba una amplia erudición y citas de la literatura oficial:
Me inclino y digo: La razón por la que Mencio (孟子) rechazó a Yangzi (楊子) y Mozi (墨子)[1] como herejes fue el temor de que sus ideas perjudicaran la erudición confuciana, y la razón por la que Han Yu derrotó a [Buda] Shakyamuni y Laozi fue el temor de que sus ideas confundieran al público en general. Cuando los antiguos señores establecían leyes y prohibiciones, siempre investigaban su significado y razón, y si eran perjudiciales. Si algo es conforme a la rectitud, incluso si son las palabras de un leñador, es algo que un sabio no debe aceptar ni rechazar. Entonces, ¿qué significa prohibir la Iglesia Católica en nuestro país?

Arriba, sin siquiera preguntar sobre su significado y principios, la tildaron de herejía con palabras extremadamente crueles y establecieron una gran ley, y mientras asesinaban a muchas personas alrededor del año de Sin-Yu [año 1801], nadie intentó averiguar sus orígenes y tradiciones. ¡Oh! Si aprendemos este Camino, ¿dañará al confucianismo? ¿Confundirá a la gente común? Este Camino es el que todos, desde el Emperador hasta la gente común, deben usar y practicar a diario, por lo que no puede considerarse dañino ni confuso. Ahora bien, me atrevo a afirmar brevemente que este Camino no es erróneo.

Generalmente, existe un gobernante en el cielo y la tierra desde el principio, y aquí hay tres pruebas: primero, todas las cosas; y segundo, el buen conocimiento [2]. En tercer lugar, está la Biblia.

¿Por qué digo que todas las cosas son evidencia?

Usemos una casa como analogía.

Una casa tiene pilares, cimientos, vigas y cabrios, una puerta principal, un biombo, paredes y cercas, y hay huecos y la longitud son exactamente los mismos, y las partes redondas y cuadradas encajan en la estructura.

Pero si dices: «Los pilares y las piedras de cimiento, las vigas y los cabrios, la puerta, el biombo, las paredes y las cercas, todo surgió por sí solo, todo en perfecta armonía», entonces esto es claramente palabrería de un loco.

Ahora bien, los cielos y la tierra de este mundo son como una gran casa.

Entonces, ¿cómo pudieron las aves, bestias, animales y plantas de formas extrañas surgir por sí solos?

Si realmente fuera creado espontáneamente, ¿cómo podrían el sol, la luna y las estrellas no desviarse de sus órbitas? ¿Cómo podrían las cuatro estaciones, primavera, verano, otoño e invierno, no romper sus ciclos? Entonces, ¿quién gobierna el ascenso y la caída, la prosperidad y la decadencia, y quién otorga la desgracia y la buena fortuna? Si lo que el cielo ha creado es silencioso e inodoro, y si las personas no pueden verlo y adivinarlo aproximadamente y decir que ocurrió naturalmente, ¿cómo es esto diferente de un hijo póstumo que no cree en su padre porque no lo ha visto? Las personas no escatiman admiración y elogios cuando ven una pieza de escritura sobresaliente o una pintura maravillosa, y ciertamente preguntan de quién es la obra y nunca la pasan por alto a la ligera. Pero ¿por qué nadie, desde los tiempos antiguos hasta el presente, ha cuestionado jamás al autor de todas estas cosas densas, exuberantes e innumerables en el universo, que también son excelentes escritos y maravillosas pinturas? No hay nada en el mundo que no esté compuesto de estos cuatro elementos: calidad (質), apariencia (貌), creación (作) y propósito (爲). La calidad es material, la apariencia es figura, el trabajo es creación y el propósito es uso [3]. Si nos examinamos detenidamente a nosotros mismos y profundizamos en los objetos, descubrimos que nada es diferente. ¿Cómo pudo este vasto mundo, cielo y tierra, ser creado por alguien? Así es como sabemos que hay un gobernante sobre todas las cosas. ¿Y por qué usamos el sol como evidencia? Si la luz del día se oscurece repentinamente y caen relámpagos y truenos, hasta un niño abrirá los ojos de miedo, temblará y se sentirá impotente. Esto demuestra que Aquel que gobierna la recompensa y el castigo, el bien y el mal, está grabado en los corazones y las mentes de los seres humanos. Incluso los hombres y mujeres que viven entre la gente común, cuando se encuentran en apuros o en momentos de gran angustia o injusticia, inevitablemente exclamarán: «¡Oh, Cielo!» y expresarán su dolor. Esto se debe a que no pueden ocultar su corazón original y su naturaleza innata. Por lo tanto, saben incluso sin que se les enseñe, y saben incluso sin aprender. Lo único que desconocen es cómo servir y temer. Así es como podemos conocer la existencia de Dios a través de la conciencia. ¿Por qué usamos la Biblia como evidencia? Las historias de sabios como el emperador Yao, el emperador Shun, el rey Yu, el rey Tang, el rey Wu, el rey Wen, el duque de Zhou y Confucio en la antigua China se han transmitido a través de escrituras y libros históricos. Si no fuera por ellos, ¿quién sabría qué tipo de preceptos (心法) transmitieron el emperador Yao, el emperador Shun, el rey Yu, el rey Tang, el rey Wen, el rey Wu, el duque de Zhou y Confucio, y qué leyes establecieron?

La ley y los preceptos fueron escritos en bambú y seda y registrados en libros, por lo que los leemos, los imitamos y creemos en ellos con la misma firmeza que el oro y la piedra.
   
En nuestra Iglesia Católica, también se han transmitido las Escrituras.

Desde la creación del cielo y la tierra, los registros históricos no se han interrumpido, por lo que podemos examinar el Antiguo y el Nuevo Testamento en detalle, e incluso ahora, todos los hogares los memorizan. Incluso si llenáramos nuestras casas con ellos hasta el punto de hacer sudar un buey, no habría ningún daño. Sin embargo, nuestra gente desconfía porque no ha visto tal contenido en absoluto en las escrituras y libros de historia chinos, pero ¿no se dice esto también en las escrituras y libros de historia chinos?
   
El Libro de los Cambios (周易) dice: «Lo ofrezco al Cielo», el Libro de las odas (詩經) dice: «Lo dirijo al Emperador Supremo», y el Libro de los Documentos (書經) dice: «Lo ofrezco al Emperador Supremo». ¿Acaso no dijo Confucio: «Si pecas contra el Cielo, no habrá a quién rezar»? Las frases «respetar al Cielo», «temer al Cielo», «seguir al Cielo» y «sostener al Cielo» se mezclan en los escritos de las Cien Escuelas de Pensamiento (諸子百家), así que ¿de qué hay que preocuparse si la historia occidental no se está transmitiendo?

Incluso si la historia occidental se hubiera transmitido en el pasado lejano, se habría perdido por completo debido a las inundaciones durante el reinado del Emperador Yao y la Quema de Libros y Entierro de Eruditos Confucianos (焚書坑儒) de Qin Shi Huang y no se habría transmitido. En el período de los Tres Reinos de China, en el estado Wu de Sun Quan en el Año del Cuervo Rojo (赤烏年間) se descubrió la Cruz de Hierro [4]. En el noveno año de la era Zhenguan (貞觀) de la dinastía Tang [año 635], el nestorianismo era tan popular que todos, desde los funcionarios del gobierno hasta la gente común del campo, lo aceptaban y lo servían, realizando ritos a gran escala y erigiendo monumentos nestorianos [6].

Incluso personas virtuosas como Wei Zheng y Fang Xuanling creían en él sin dudarlo.

Asimismo, durante el período Wanli de la dinastía Ming [año 1573], los misioneros occidentales llegaron y dejaron tras de sí numerosos escritos que se han transmitido en China hasta nuestros días. Han pasado más de 50 años desde que Dios ayudó silenciosamente a Oriente, y milagrosamente, nuestro país ha tenido la fortuna de disfrutar de las mismas bendiciones. Por eso, podemos saber a través de la Biblia que existe un Gobernante. Mediante las tres evidencias anteriores, podemos ver claramente que existe un Gobernante, y también podemos saber que Dios creó el cielo y la tierra para difundir sus bendiciones y manifestar su virtud. Creó los cielos para cubrir mi cabeza, la tierra para sostener mis pies, el sol, la luna y las estrellas para iluminarme, y me dio plantas, aves, animales, oro, plata, cobre y hierro para mi uso. Hemos recibido tanta gracia desde el vientre de nuestra madre hasta que crecimos, y es infinita. ¿Cuál debería ser nuestro deber como seres humanos? Sin embargo, si solo soportamos los cielos, pisamos la tierra y vivimos de ella, ¿cuán doloroso es abandonar la gran gracia que nos dio origen? Para usar una analogía, si un padre construye una casa y mantiene a su hijo, pero este vive en ella y usa los bienes, creyéndose arrogantemente grande, sin darse cuenta de que sirve a sus padres y corresponde a su gracia, ¿se le consideraría filial? ¿O infiel? Hasta lo más pequeño que nos mantiene vivos en este mundo se debe al poder de Dios. Incluso sin considerar las recompensas después de la muerte, la gracia que recibimos ahora ya es inmensa e incomparable. Entonces, ¿cómo podemos corresponder siquiera a una diezmilésima parte de esa gracia sirviendo y sirviendo hasta la muerte? Respetar y servir no es en absoluto una tarea absurdamente difícil, ni se trata de buscar cosas extrañas ni hacerlas extrañas. Se trata simplemente de corregir errores pasados, renovarse y seguir los mandamientos de Dios.

Los Mandamientos son los diez mandamientos que Dios nos enseñó a través de la revelación.
  
Primero, adorar al único Dios sobre todas las cosas. Segundo, no jurar en falso invocando el santo nombre de Dios. Tercero, observar el día del bautismo. Cuarto, honrar a tus padres con piedad filial. Quinto, no asesinar. Sexto, no cometas adulterio. Séptimo, no robes. Octavo, no des falso testimonio. Noveno, no codicies la esposa de otro. Finalmente, no codicies la propiedad ajena.

Estos diez mandamientos, resumidos, se reducen a dos cosas: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo.

Los tres mandamientos anteriores son los procedimientos para adorar y servir a Dios, y los siete siguientes son los estudios para el autocultivo y la reflexión.

Las Cuatro Cosas Nobles de la familia Yan [7], y los Nueve pensamientos de Daiji [8] no se pueden comparar a esto. La lealtad, el perdón, la piedad filial, el amor fraternal, la benevolencia, la rectitud, la corrección y la sabiduría están contenidas en él, y no falta ni una sola pizca. Si se practica este camino en un hogar, el hogar estará en orden; si se practica en una nación, la nación será gobernada; si se practica en todo el mundo, el mundo entero estará en paz. Ni uno solo de los Diez Mandamientos puede ser transgredido, y está prohibido no solo con el cuerpo, sino aún más con la mente. Todos los errores humanos surgen de la mente y conducen a malas acciones. Las faltas de la mayoría de las personas surgen de sus propias mentes y perjudican sus acciones. Las leyes mundanas pueden gobernar las acciones, pero no la mente. Solo los mandamientos de Dios pueden gobernar las acciones y también la mente.

Sin embargo, la mente humana es frágil y los principios son vagos, por lo que puede cometer pecado en un instante, y los deseos personales y las emociones erróneas lo tientan en todas partes. Nos tientan con el orgullo, nos tientan con la ira, nos tientan con la avaricia, nos tientan con la codicia, nos tientan con los celos, nos tientan con la tacañería y nos tientan con la pereza, todo lo cual nos lleva a un lugar donde pereceremos y pereceremos. Si no nos protegemos constantemente contra estas tentaciones y las rechazamos, nunca escaparemos del pozo del pecado. Por lo tanto, debemos luchar contra las tentaciones hasta que muramos, sin cejar ni un momento en nuestra lucha. Si ganamos la lucha, alcanzaremos el mérito; si fallamos, cometeremos pecado.

El juicio del mérito y el pecado se pasará el día de la muerte del cuerpo. Dios es muy justo y no recompensa sino a quienes han hecho el bien, y Dios es muy recto y no castiga sino a quienes han hecho el mal.

Si el alma desapareciera después de la muerte del cuerpo, ¿quién sería recompensado y castigado? Esto también muestra que el alma no desaparece.

Generalmente, hay tres tipos de almas: primero, el alma viviente (生魂), segundo, el alma despierta (覺魂), y tercero, el alma espiritual (靈魂) [9]. El alma viviente es el alma de las plantas y los árboles que nace y crece pero no sabe ni se da cuenta. El alma despierta es el alma de los animales que puede saber y darse cuenta pero no conoce los principios rectos o el bien y el mal. Sin embargo, el alma espiritual es el alma de los humanos que da nacimiento y crecimiento, nos permite saber y darnos cuenta, y nos permite discernir el bien y el mal y seguir los principios. Entre todas las cosas, los humanos son los más preciados, y la razón por la que los humanos son considerados preciosos es debido a su alma divina. Esta es la naturaleza otorgada por el cielo, dada a nosotros en el vientre materno. ¿Cómo podría decaer y desaparecer como las plantas y los animales? Incluso los antiguos eruditos confucianos sabían que hay tres tipos de almas y que el alma no desaparece. Por lo tanto, se dice que «las tres almas se dispersan repetidamente» y también que «el alma asciende al cielo y el espíritu desciende a la tierra» [10]. Por lo tanto, es evidente que hay tres almas y que el alma no muere. Entonces, si no muere ni desaparece, ¿adónde va finalmente? Las almas de las personas buenas ascienden para ser recompensadas, y las almas de las personas malvadas van a ser castigadas en la tierra. La recompensa es la dicha eterna del cielo, y el castigo es el tormento eterno del infierno.
   
Si no crees en la existencia del cielo y el infierno porque no los has visto, ¿en qué se diferencia esto de una persona ciega que no cree en la existencia del sol en el cielo porque no lo ha visto? Si un hecho es razonable, lo creerás incluso sin verlo, pero si no lo es, no lo creerás incluso si lo has visto. Por lo tanto, creer o no en un hecho no depende de si lo hemos visto o no, sino únicamente de si se ajusta a la razón. Si realmente seguimos la razón, podremos sentarnos y contar el solsticio de invierno dentro de mil años. ¿Por qué debemos verlo con nuestros propios ojos?
   
En la mayoría de los países, hay recompensas y castigos. Quienes han alcanzado méritos son promovidos y reciben puestos oficiales y recompensas, mientras que quienes han cometido delitos son encarcelados y castigados. Si el rey de un país tiene el poder de recompensar y castigar, ¿cuánto más lo tendrá el gran gobernante del cielo y la tierra? Sus recompensas son una dicha eterna e ilimitada, incomparable con las posiciones y recompensas mundanas, y sus castigos son un sufrimiento eterno e ilimitado, incomparable con las prisiones y castigos mundanos. Una vez que se toma la decisión de ascender al cielo o descender a la tierra, ya no se puede cambiar. Es triste. ¿Cómo no llorar, sabiendo claramente que el alma es inmortal, pero sin saber dónde debe morar? Ahora podemos ver que hay recompensa eterna y castigo eterno, que todos los asuntos mundanos carecen de sentido.

La vida humana dura solo cien años como máximo, pero si nos dejamos llevar por el egoísmo y la codicia, nos angustiamos por lo que aún no hemos obtenido, y si ya lo hemos obtenido, nos preocupa perderlo, sin darnos cuenta de la proximidad de la vejez. Una vez que este cuerpo muera, toda la riqueza, el honor y la fama serán en vano. Además, ¿cuán vanos son estos bienes, honores y fama, que no podemos alcanzar ni siquiera buscándolos toda la vida? ¿Cómo puede nuestra visión estar tan oscurecida, ser tan difícil de percibir? ¡Ah! Las bendiciones terrenales son imperfectas, pero las celestiales son perfectas y completas. Las bendiciones terrenales son fugaces, pero las celestiales son eternas. ¿Cómo puede ser lo mismo buscar las imperfectas y fugaces bendiciones terrenales que buscar las perfectas y eternas bendiciones celestiales?

Aunque no podamos alcanzar la dicha eterna del cielo, si tan solo no sufriéramos las consecuencias de caer en el infierno, valdría la pena disfrutar de la breve gloria de esta vida. Pero ¿qué podemos hacer, si el castigo eterno del infierno es inevitable?

¿De qué sirve no darnos cuenta de esto en nuestra necedad mientras vivimos, solo para lamentarlo después de la muerte? Es por eso que, incluso cuando nos enfrentamos a hachas por delante y ollas hirviendo por detrás, siempre ha habido mártires que se negaron firmemente a apostatar. Esta es una prueba de que el catolicismo es la religión verdadera. En una palabra, es la más santa, universal, universalmente justa, universalmente verdadera, universalmente perfecta y la única y única religión.

Entonces, ¿por qué se le llama la más santa Iglesia? Porque es una Iglesia establecida por Dios mismo, y desde los tiempos antiguos, muchos santos han proclamado continuamente sus principios justos, establecido sus leyes y dado testimonio de ella con sus vidas, puede decirse que es la más santa.

¿Por qué se le llama la más universal? Porque es el deber que todos, nobles o comunes, sabios o necios, jóvenes o viejos, este u oeste, sur o norte, deben seguir, puede decirse que es la más universal.

¿Y por qué se le llama la más justa? Es tan clara e imparcial que no hay la más mínima irregularidad o desviación, por lo que puede decirse que es extremadamente justa.

¿Por qué se dice que es extremadamente verdadera? Aunque no hay país en el mundo sin religión, hay muchos que enseñan cosas que no son ciertas.

Laozi y Zhuangzi enseñaron la vacuidad y se equivocaron, los inmortales y Buda se equivocaron porque eran absurdos, y los trucos de las Cien Escuelas de Pensamiento ni siquiera vale la pena mencionarlos. Sin embargo, la doctrina del catolicismo es verdadera y sin falsedad, y no se desvía en absoluto, por lo que puede decirse que es extremadamente verdadera.

¿Por qué se dice que es extremadamente perfecta? Para usar una analogía, otras religiones pueden tener ramas pero no ramitas, hojas pero no flores, flores pero no frutos, cabeza y cola no están conectados, y principio y fin no están conectados. Solo el catolicismo tiene ramas, ramitas, hojas, flores y frutos, y toda la historia del cielo y la tierra, los fantasmas y los asuntos humanos, así como el pasado, el presente y el futuro, todo ello plenamente presente y completo. Es verdaderamente perfecto.
   
Sin embargo, es triste que llames al oro y al jade “fragmentos de tejas” y a la comida deliciosa “residuos”. ¿Qué significa esto? También los calumnian, diciendo que no tienen padre ni gobernante. Esto demuestra una falta de comprensión del verdadero significado del catolicismo.
   
El cuarto de los Diez Mandamientos dice: «Honra a tus padres con piedad filial». Los dos caracteres, “lealtad y piedad filial” (忠孝), son principios inmutables durante diez mil generaciones. Cumplir la voluntad y el cuerpo de los padres es un deber de un hijo, y como creyente en la religión, uno debe esforzarse aún más.
   
Por lo tanto, servir a los padres con cortesía y devoción, servirlos con todas las fuerzas, se convierte en lealtad al gobernante, y uno no se atreve a arriesgar la vida ni siquiera a saltar al fuego. Si no lo hacemos, estamos quebrantando los mandamientos. ¿Podemos decir realmente que no tenemos padre ni gobernante? ¿Acaso simplemente porque el pueblo hizo lo que el gobernante prohibió, y los hijos hicieron lo que el padre prohibió, decimos tal cosa? Esto también requiere aclaración.

Hay puestos altos y bajos, y tareas ligeras y pesadas. En una familia, el padre es el más importante, pero quien está por encima de él es el gobernante. En un país, el gobernante es el más importante, pero quien está por encima de él es el Gran Rey del Cielo y la Tierra. Si seguimos las órdenes del padre pero desobedecemos las del rey, el pecado será grave. Si seguimos las órdenes del rey pero desobedecemos al gran rey del Cielo y la Tierra, el pecado será incomparablemente mayor. Por lo tanto, debemos servir a Dios, no desobedecer deliberadamente las órdenes del rey, sino porque era inevitable. ¿Es correcto decir que no tenemos padre ni gobernante por esta única razón?
   
También se dice que los bienes circulan y las relaciones sexuales se comparten, y que la circulación de bienes es algo que ha formado parte del país desde la antigüedad, incluso por un solo día.

Las personas solo pueden vivir ayudándose mutuamente cuando circulan bienes y servicios entre ellas. Si no hubiera circulación de bienes, ¿cuántas personas vivirían en todo el país?

Esta es una ley desagradable para el futuro, así que ¿no debería prohibirse?

Además, ni siquiera los animales tienen relaciones sexuales, así que ¿cómo pueden criticarnos así, a nosotros, que creemos en la Iglesia Católica? El sexto de los Diez Mandamientos dice: «No cometerás fornicación», y el noveno: «No desearás la mujer de otro». El sexto mandamiento advierte contra la inmoralidad sexual, y el noveno contra ella con la mente.

La Iglesia Católica prohíbe estrictamente la fornicación, pero difunde rumores de relaciones sexuales. ¿Dónde ha habido jamás una enseñanza que corrompa tanto la ética y altere la ley?

Sea el Camino verdadero o falso, sea la doctrina torcida o recta, se arrincona, y la gente lo empuja y lo bloquea con palabras absurdas. ¿Acaso no es porque es un Camino extraño que lo hacen? Así como el oro se convierte en un tesoro independientemente de su origen, siempre que su pureza sea buena, el Camino es verdadero mientras sea sagrado, independientemente de la región.

Entonces, ¿cómo puede haber fronteras entre países al difundir el Camino?

China ha permitido la entrada y salida de personas de muchos países, y nunca ha prohibido la entrada de extranjeros que han llegado y se han establecido en muchos lugares.

Sin embargo, en nuestro país, los males del budismo han persistido durante mucho tiempo, y los templos y santuarios de todo el país son extremadamente extravagantes, desperdiciando sus recursos en la fabricación de estatuas de Buda de oro y de bronce. Incluso entre las religiones de las regiones occidentales, el budismo es una herejía. Plagiaron las letras de la Iglesia Católica e imitaron sus leyes, pero el significado y la razón fueron distorsionados, y la ética y la disciplina fueron trastocadas. Esto es realmente la púrpura que oscurece el rojo, la cizaña que arruina el arroz. Pretenden ser buenos o malos y amenazan a la gente, y ahora se ha convertido en un extraño mal. ¿Por qué, mientras chamanes, geománticos, adivinos y fisonomistas seducen a las mujeres y les roban su dinero y posesiones, lo tratan como nada, mientras que la Iglesia Católica por sí sola no es tolerante ni generosa? ¿Será porque perjudica a la familia? ¿Será porque perjudica al país? Examinando sus acciones y hechos, se puede saber qué clase de persona son y qué principios defienden. Entonces, ¿hemos tramado traición? ¿Hemos cometido obscenidad? ¿Hemos robado? ¿Hemos cometido asesinato? ¿Por qué nos castigan con tanta dureza, exigiendo que traicionemos a Dios? Dios es el gran padre y gobernante de todas las cosas. Los sabios de la antigüedad también le sirvieron con fervor y le ofrecieron sacrificios, entonces ¿por qué solo estas personas sufren hoy tal humillación? Cuando la nación estaba en peligro debido a la hambruna y la sequía, nuestro rey trabajó día y noche, estableciendo gobiernos benévolos, y su amor por la vida impregnó incluso los corazones del pueblo. ¿Acaso quienes creen en esta religión no son hijos de nuestro rey? Tristemente, incluso cuando han llegado a esto, ¿no sientes la más mínima compasión? Mueren en prisión y son ejecutados sin cesar a las puertas de la ciudad, lágrimas de sangre forman zanjas y el lamento resuena en los cielos. Padres lloran por sus hijos, y hermanos mayores lloran por sus hermanos menores, como personas en pobreza sin un lugar adonde ir. ¿Qué clase de escena es esta en este mundo puro y bueno? Es nuestro deber sacrificar nuestras vidas para dar testimonio de las verdaderas enseñanzas del Señor y revelar Su gloria. Este cuerpo también morirá, pero si morimos en silencio sin siquiera levantar la cabeza y proclamar extensamente en este momento, cuando podemos hablar, por muy presuntuosamente que lo hagamos, no tendremos forma de arrojar luz sobre estos pensamientos inmensos durante cien años. Me postro y te imploro que leas esto atentamente con una luz y disciernas si es verdadero y recto o falso y malvado. Luego, repórtalo al tribunal y difundelo entre el pueblo. Además, te ruego mil veces, diez mil veces, que utilices los mejores medios posibles para suspender la prohibición, levantar las órdenes de arresto y liberar a los presos, para que todo el pueblo disfrute de paz, alegría y gozo. También te ruego que la Iglesia Católica prohíba ofrecer comida y bebida a los pies de los muertos. Si no podemos servir el alma de una persona viva con comida y bebida, ¿cuánto más serviremos el alma después de la muerte? La comida es el alimento del cuerpo y la boca, y la moral es el alimento del alma. Por muy filial que sea un niño, no puede ofrecer comida deliciosa a sus padres dormidos, porque no puede comer ni beber mientras duerme. Si esto es así incluso mientras duerme, ¿cuánto más cuando está completamente dormido? Por lo tanto, el arroz, el mijo y las frutas abundantes no son vanos ni falsos, así que ¿cómo puede un hijo servir a sus padres fallecidos con una etiqueta vana y falsa?

Las tablas ancestrales de los supuestos eruditos y funcionarios también están prohibidas por la Iglesia Católica.
    
Las tablas ancestrales no tienen nada que ver con la energía ni el cuerpo de los padres, ni con la gracia de haberlos engendrado y criado.
  
¿Cuán importante es el nombre de los padres? ¿Podemos decir que son nuestros verdaderos padres cuando están tallados por un artesano y pintados con pintura y tinta? Es irrazonable y mi conciencia no me lo permite, así que prefiero pecar contra los eruditos que contra la Iglesia Católica.
   
El 1 de junio de 1839 fue arrestado. Como era considerado uno de los que habían introducido misioneros extranjeros en Corea, las torturas que recibió fueron mucho más severas. Fue finalmente decapitado en Seúl el 22 de septiembre de 1839, a la edad de 45 años.
   
REFLEXIÓN
De modo admirable, Dios nuestro Señor y Creador llamó y condujo a esta familia por el camino de la fe católica. Son un gran ejemplo para todos los cristianos. Se entregaron al Amor Divino de Dios y enfrentaron con fortaleza todas las pruebas que se le presentaron, inclusive la muerte. Dieron su vida por amor a nuestro Señor y lograron perseverar hasta la muerte en el cumplimiento de los mandatos de Dios.
  
NOTAS
[1] Mozi fue el fundador del moísmo, una de las Cien Escuelas de Pensamiento en la China pre-unificación. Estudió las ideas de Confucio en su juventud, pero criticó el confucianismo y creó una escuela aparte. Este mohismo no era solo una escuela de pensamiento, sino también una secta religiosa que sostenía doctrinas que sustentaban las diez mil creencias de la dinastía Zhou. Incluso durante el Período de Primaveras y Otoños y el Período de los Reinos Combatientes, gozó de la misma popularidad que el confucianismo, pero sufrió graves daños durante la Quema de Libros y el Entierro de los Eruditos Confucianos de la dinastía Qin, y fue completamente destruido con la llegada de la dinastía Han Occidental. Mencio rechazaba a Yang Zhu como un individualista extremo que despreciaba al rey, y Mozi era para él un comunalista extremo que no distinguía entre relaciones cercanas y lejanas, despreciando así al padre, y por lo tanto los consideraba herejes. Pablo Chong Ha-Sang menciona esto porque su padre fue perseguido por esos mismos cargos.
[2] Se refiere al conocimiento moral innato, propuesto por Mencio desde la perspectiva de la teoría de la bondad innata, afirmando que existe un conocimiento moral innato que se adquiere sin pensa. Aquí, se hace referencia a él en el Yangmingismo (en chino 陽明學/yángmíng xué, también conocido como “Escuela de la mente”), y se refiere a la esencia de la mente.
[3] Alusión a las cuatro causas planteadas por Aristóteles y que continuó hasta Santo Tomás de Aquino: causa material (ὓλη/hyle), causa formal (εἶδος, eîdos), causa eficiente o motriz (κινοῦν, kinoun)[, y causa final (τέλος, télos).
[4] Año 238. Sin embargo, este relato recogido por el académico Yi Kyugyeong en su obra Oju yeonmun changjeon sango (오주연문장전산고; 五洲 衍文 長箋 散稿, “Manuscritos dispersos y notas de Oju”) no está registrado en libros históricos contemporáneos como los Registros de los Tres Reinos y el Libro de los Han Posteriores.
[5] Año 635, durante el emperador Taizong.
[6] La “Estela a la propagación en China de la luminosa religión de los Daqin” (大秦 景教 流行 中國 碑 / Dàqín jǐngjiào liúxíng Zhōngguó bēi), más conocida como Estela nestoriana de Xian.
[7] No veas, ni oigas, ni hables, ni hagas nada que no sea ejemplo.
[8] Las nueve cosas en las que un caballero debe pensar son: ver con claridad, escuchar con sabiduría, mirar con calidez, ser respetuoso, hablar con lealtad, actuar con respeto, preguntar ante la duda, pensar en las dificultades cuando se está enojado, y pensar en la rectitud cuando se ven las ganancias.
[9] Esto describe la división tripartita del alma desde Aristóteles. Es decir, el alma vegetativa con capacidad de crecimiento, el alma animal con capacidad de sensación y el alma humana con capacidad de razón.
[10] En Xúnzǐ (c. 310 - c. 230 a. de C.; nacido Xún Kuàng) se encuentra una idea similar: «El agua y el fuego tienen energía pero no vida; la hierba y los árboles tienen vida pero no percepción; y las aves y los animales salvajes tienen percepción pero no rectitud. Sin embargo, los humanos tienen energía, vida, percepción y rectitud. Por lo tanto, son los más nobles del mundo» (Libro de Xúnzǐ, vol. V, capítulo IX, “El sistema real”). No obstante, se centra en la moralidad en sí misma, más que en la capacidad racional, y dado que Xunzi ya era considerado un hereje en Joseon por sintetizar el taoísmo y el moísmo con el pensamiento confuciano temprano (comparándose en cierta forma con Aristóteles), resulta difícil considerar esta lógica como una propuesta bajo su influencia.

viernes, 18 de septiembre de 2026

EL INVIERNO ECLESIAL EN FRANCIA

Noticias tomadas de distintas fuentes.
  
1.º LA ARCHIDIÓCESIS DE LILA SE RECORTA EN UN 67%
  

El arzobispón Laurent Jean Marie Le Boulc’h anunció a finales de Agosto que la archidiócesis de Lila (Francia) pasará de contar con 106 parroquias a solo 30, y de 14 decanatos a 5, informó Tribune Chretiénne.
   
Las consultas se prolongarán hasta 2026, y está previsto que los nuevos límites se establezcan en 2027 y se pongan en práctica en el verano de 2028.
   
Esta reestructuración de gran envergadura se presenta como parte de la «renovación misionera» de la archidiócesis lanzada en 2025.
  
  

Las Hermanas de la Visitación se preparan para abandonar Nevers (Francia) después de más de cuatro siglos, informó Tribune Chretiénne.
  
Las hermanas restantes están vaciando su monasterio. Muebles, vajilla, mesas, armarios y otras pertenencias se venden en dos ventas “vide-couvent”, el 12 y 19 de Septiembre.
  
La partida sigue a una fuerte disminución en los números de vocaciones. A principios de 2025 solo quedaban cuatro monjas. El 15 de Marzo de 2025 se fueron dos hermanas ancianas, una a Thonon-les-Bains y la otra a Paray-le-Monial En ese momento, Sor Marie-Odile Blanchard, una de las dos monjas que quedaban, subrayó que esto no significaba aún el cierre, bromeando que los ornamentos morados de los sacerdotes «no eran los de un funeral» (recuérdese que en el Novus Ordo ya no usan ornamentos negros para el Réquiem).
  
Dieciocho meses después, la disposición del contenido del convento señala la partida inminente de la comunidad.
  
La fecha exacta en la que las últimas hermanas se irán no ha sido anunciada, ni tampoco el futuro del edificio.
  
La Orden de la Visitación de Nuestra Señora fue fundada en Annecy en 1610 por San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal. Las Visitandinas establecieron un monasterio en Nevers en 1620, convirtiéndolo en una de las primeras fundaciones de la orden.
  
La Revolución, la represión, el exilio y los traslados interrumpieron la presencia visitandina en Nevers.
  
La comunidad actual regresó a Nevers en 1935, y se trasladó al edificio actual sito en el número 49 de la Ruta de los Saucedales en 1993.
  
Un monumento superviviente de las primeras Visitandinas permanece en el centro de Nevers: la capilla de Santa María, construida entre 1639 y 1643, y hoy la única parte superviviente del antiguo convento de la Visitación.

LA HEREJÍA DEL “ESTADO LAICO”

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
  

Nunnca deja de asombrarme cómo los apologistas del Concilio Vaticano II, incluso los inteligentes y cultos, tienen que esforzarse por encajar las enseñanzas del Vaticano II en la doctrina tradicional de la Iglesia. No ven (¿o se niegan a ver?) la flagrante contradicción y deben escribir largos panfletos para intentar tergiversar lo blanco y lo negro. Un artículo que leí recientemente me dejó perplejo.
  
El Dr. William Harry Marshner Philippi escribió en defensa de la Declaración sobre la Libertad Religiosa del Concilio Vaticano II, Dignitátis Humánæ (DH). Es un miembro “conservador” de la secta que, en sus propias palabras, intentará demostrar con rigor que no existe conflicto doctrinal entre la enseñanza inmutable de los Papas del siglo XIX y la del Vaticano II. En segundo lugar, intentaré demostrar que la doctrina de DH constituye una adición inocua, incluso una ligera mejora, a la enseñanza anterior, ya que no menoscaba el legítimo poder de un Estado católico para proteger a sus ciudadanos de la «corrupción de la moral y la propagación de la plaga del indiferentismo», que Gregorio XVI y Pío IX temían que resultara de un exceso de libertad religiosa.

Marshner afirma:
«Comencemos por repasar los puntos de conflicto más importantes.

En Mirári vos (13 de agosto de 1832), Gregorio XVI denunció como “delirio” la idea de que la libertad de conciencia, especialmente la libertad de culto, es un derecho propio (o inalienable) de todo hombre, que debe ser proclamado por ley, y que los ciudadanos tienen tal derecho a la libre difusión de sus ideas, por falsas que sean, que ninguna ley, ya sea eclesiástica o civil, puede impedírselo. En términos de la postura fundamental del Concilio Vaticano II, esta denuncia simplemente excluye la siguiente opinión:
“Tal libertad de acción, como debería tener una religión objetivamente falsa [por muy amplia o restringida que sea; llegaremos a ese punto a su debido tiempo], de hecho la tiene por un derecho natural de conciencia, mediante el cual la libertad de expresión y acción religiosa de la persona trasciende el alcance de lo que la ley positiva, civil o eclesiástica, pueda restringir legítimamente”.
El Concilio Vaticano II también excluye esta postura, y lo hace de tres maneras. Primero, el Concilio no modifica las facultades restrictivas de la autoridad eclesiástica (DH 14, con la nota al pie 58 proporcionada por el comentarista John Courtney Murray, SJ, en la edición de Abbott); segundo, el Concilio reconoce el derecho de la autoridad civil a restringir la libertad religiosa según las “justas exigencias del orden público” (DH 2 y 4); por último, el Concilio se niega a conceder inmunidad alguna a las actividades de proselitismo agresivas (DH 4). De ello se deduce que la libertad religiosa irrestricta y con fundamento trascendental, defendida por los liberales revolucionarios y denunciada como locura por Gregorio XVI, no es la misma libertad que la que respalda el Vaticano II» (Véase catholicculture.org/culture/library/view.cfm?id=8778; el artículo completo puede leerse allí). 
Por el contrario, expondré la enseñanza de la Iglesia sobre las relaciones Iglesia-Estado, desenmascararé al hereje que escribió casi todo el DH (el padre John Courtney Murray), quien deseaba un “estado laico” aconfesional, y demostraré que de ninguna manera la enseñanza del DH puede reconciliarse con todo lo que se enseñaba anteriormente. 

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA
  
La Iglesia enseña que las personas solo son libres de elegir lo que es bueno y de creer en lo que es objetivamente verdadero. Sin embargo, muchas personas toman decisiones erróneas y adoptan religiones falsas. La sociedad jamás puede alabar, alentar ni apoyar tales decisiones. No obstante, puede tolerar estos abusos individuales de la libertad para mantener la paz temporal, al tiempo que anima a los seguidores de religiones falsas a comprender sus errores y convertirse a la Única Iglesia Verdadera. 

Las declaraciones de los papas son claras:
  • Papa Gregorio XVI: «Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. […] De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166)» (Cf. Mirári vos, párrs. 13 y 14; énfasis mío).

  • Papa Pío IX: PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 15: «Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera» (Cf. Sýllabus Errórum. Condenada en las Letras Apostólicas Multíplices inter, 10 de Junio de 1851; y en la Alocución Máxima quidem, 9 de Junio de 1862).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 77: «En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos» (Ibid. Condenada en la Alocución Nemo vestrum, 26 de Julio de 1855).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 78: «De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno» (Ibid. Condenada en la Alocución Acerbíssimum, 27 de Septiembre de 1852).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 79: «Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo» (Ibid. Condenada en la Alocución Núnquam fore, 15 de Diciembre de 1856).

  • Papa León XIII: «Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada» (Cf.  Immortále Dei, párr. #25; el énfasis es mío).

  • Papa San Pío X: «Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el princípio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible» (Cf. Veheménter Nos, párr. 3; el énfasis es mío).
Todo lo anterior queda bien resumido por el teólogo Edward Cahill SJ:
«La Iglesia y el Estado reconocen las prerrogativas mutuas. El Estado, al permitir la libertad de conciencia y, por lo tanto, tolerar las religiones no católicas que puedan existir dentro de su territorio, profesa públicamente la fe católica. Reconoce también la mayor importancia de las funciones de la Iglesia y se compromete a cumplir su parte en la unión [entre él y la Iglesia] según los principios cristianos… Este sistema existió en toda Europa antes del siglo XVI. Es… el sistema que existe actualmente en Italia, España… Bélgica, Polonia, así como en la República Argentina, Bolivia, Costa Rica, Paraguay, Perú, Ecuador y prácticamente en Colombia. [La unión de Iglesia y Estado es] el sistema más acorde con la Ley Divina; y cuanto más se acerquen las disposiciones actuales a ella, mejor para los intereses espirituales del pueblo y para su paz y bienestar, incluso en asuntos temporales» (Cf. The Framework of a Christian State: An Introduction to Social Science/El marco de un Estado cristiano: Introducción a la ciencia social. Dublín [1932], págs. 610-611; énfasis mío). 
De este modo:
  1. Existe una sola Iglesia verdadera de Cristo, que es para la salvación eterna de la humanidad.
  2. Todo Estado debería ser católico, pues el error no tiene derechos. Solo lo verdadero y lo bueno tienen derecho a existir. Únicamente en la Iglesia Católica se encuentra la salvación, por lo que el bien común exige que solo ella sea reconocida y promovida.
  3. Nadie debería ser obligado a aceptar la Verdadera Fe. Cristo quiere que nos acerquemos a Él libremente.
  4. En privado, se puede confesar un error, pero no en público. El Estado debe profesar la fe católica, y solo su verdadero culto a Dios (y su enseñanza moral) debe permitirse en público. Actuar de otro modo es equiparar la falsedad con la verdad y conducir las almas al infierno cuando se exponen a religiones falsas. Así como quienes son altamente contagiosos con una enfermedad mortal son puestos en cuarentena para proteger a la población, de igual modo se aplica la falsa doctrina y la moral falsa, que pueden infectar y destruir el alma, infinitamente más valiosa que el cuerpo.
  5. En los países donde no existe una mayoría católica, los miembros de la Iglesia tienen el deber de intentar convertir a la fe al mayor número posible de personas, con el fin de lograr algún día un Estado católico. 
   
ENTRA EL PADRE JOHN COURTNEY MURRAY
   
El padre John Courtney Murray nació en 1904 en la ciudad de Nueva York. Ingresó en la Compañía de Jesús (jesuitas) en 1920 y fue ordenado sacerdote en 1933. Obtuvo un doctorado en Teología Sagrada en la Universidad Gregoriana de Roma en 1937. Regresó a Estados Unidos, donde enseñó teología, y en 1941 fue nombrado editor de la revista jesuita Theological Studies. Inicialmente, Murray era ortodoxo, pero pronto se convirtió en un ferviente modernista.

Con el tiempo, comenzó a defender  la libertad religiosa  tal como la define y protege la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, y llegó a argumentar que la doctrina católica sobre las relaciones Iglesia-Estado ya no era pertinente para la sociedad contemporánea. Murray comenzó a difundir sus ideas en revistas teológicas, donde recibió fuertes críticas de algunos obispos y muchos colegas teólogos, en particular del eminente monseñor Joseph Clifford Fenton, quien era un firme antimodernista. El teólogo Fenton fue profesor de Teología Dogmática en la Universidad Católica de América y editor de la influyente American Ecclesiastical Review. Fenton criticó las enseñanzas de Murray por considerarlas irreconciliables con la doctrina de la Iglesia (en particular, la del Papa León XIII) sobre las relaciones Iglesia-Estado.

Murray enseñaba que Occidente había alcanzado la «plenitud de la verdad» (¿os suena familiar?) sobre la «dignidad humana». Esta supuesta «verdad» exigía que las personas tuvieran «control moral» sobre sus propias creencias en materia  de libertad religiosa . En 1954, la Suprema Congregación del Santo Oficio censuró sus enseñanzas, exigiéndole que cesara toda actividad escrita y docente sobre el tema de la libertad religiosa. Aun censurado, Murray continuó escribiendo en privado sobre libertad religiosa y presentó sus obras a Roma, las cuales fueron condenadas.

En 1963, fue rehabilitado por Roncalli y llevado al Concilio Vaticano II como perito (experto teológico) para que sus doctrinas condenadas pudieran ser aceptadas. Durante su estancia en el Concilio Vaticano II, entabló amistad con el arzobispo Karol Wojtyła, el futuro papa Juan Pablo II. Murray redactó el documento herético Dignitátis Humánæ del Concilio Vaticano II, que adoptó oficialmente la herética libertad religiosa como doctrina de la recién fundada secta del Vaticano II. Tras el Concilio, enseñó que los católicos que “llegaran a nuevas verdades” sobre Dios tendrían que hacerlo en un diálogo “en igualdad de condiciones” con los acatólicos y los ateos. Propuso reformas más profundas, incluyendo una reestructuración de la Iglesia, para que fuera “menos autoritaria” y más “democrática” (Véase https://www.library.georgetown.edu/woodstock/Murray/bio).

Según se ha informado, durante la década de 1960, Murray consumía LSD:
«La experimentación de Murray con LSD al comienzo de la “década de Woodstock” fue tan solo una muestra de la contradicción con ese legado de separatismo militante, mucho más vinculado al desastre de los abusos sexuales y su encubrimiento que la supuesta contaminación de las vocaciones sacerdotales por el amor libre y el movimiento hippie (y no puedo enfatizar lo suficiente cómo este breve episodio en la vida de Murray palidece ante la grandeza y la perspicacia de sus escritos sobre las relaciones Iglesia-Estado)» (Véase irishwaterfront.wordpress.com/2011/05/26/goodstock/).
Murray falleció de un ataque al corazón en 1967, menos de dos años después de la finalización del Concilio Vaticano II.

EL CARDENAL OTTAVIANI Y JOHN COURTNEY MURRAY
  
Recientemente ha salido a la luz información sobre el enfrentamiento entre el teólogo ortodoxo y Pro-Prefecto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, el Cardenal Alfredo Ottaviani, y el teólogo heterodoxo y censurado John Courtney Murray. 

El cardenal Ottaviani pronunció un discurso en la Universidad Lateranense el 2 de marzo de 1953, en el que reiteró magistralmente la enseñanza de la Iglesia y denunció a aquellos como Murray, que buscaban acabar con los países católicos. El gigante eclesiástico afirmó:
«He dicho, en primer lugar, que el Estado tiene el deber de profesar su religión socialmente. Los hombres unidos socialmente no están menos sujetos a Dios que cuando se les considera individualmente, y la sociedad civil, al igual que los individuos, está en deuda con Dios, “bajo quien, como Autor, se congrega, por cuyo poder se preserva, por cuya bondad ha recibido el gran tesoro de bienes de los que disfruta”.

Así pues, como no es lícito que ningún individuo falte a su deber para con Dios y con la religión por la cual Dios quiere ser honrado, del mismo modo, “los estados no pueden, sin una grave ofensa moral (citra scelus), comportarse como si Dios no existiera o desechar el cuidado de la religión como algo ajeno a ellos o de poca importancia”.
  
Pío XII refuerza esta enseñanza condenando “el error contenido en concepciones tales como las que no dudan en absolver a la autoridad civil de toda dependencia del Ser Supremo, la Primera Causa y el Maestro Absoluto tanto de los hombres como de la sociedad, y de todo vínculo de ley trascendente que procede de Dios como de su Fuente primaria, y que conceden a la autoridad civil un poder de acción ilimitado, un poder dejado a la ola siempre cambiante o a las únicas limitaciones de las exigencias históricas contingentes y de los intereses relativos”» (Énfasis en el original). 
Discutió sobre la validez perenne de los principios tradicionales con respecto a la Iglesia y el Estado:
«Estos principios son firmes e inamovibles. Eran válidos en tiempos de Inocencio III y Bonifacio VIII. Son válidos en tiempos de León XIII y Pío XII, quien los reafirmó en más de uno de sus documentos. Así, con estricta firmeza, también llamó a los gobernantes a cumplir con sus deberes, apelando a la advertencia del Espíritu Santo, una advertencia que no conoce límites de tiempo. Pío XII habla así en la encíclica Mýstici Córporis Christi:
“Insistentemente se ha de suplicar a Dios que todos cuantos están al frente de los pueblos amen la sabiduría (cf. Sab. 6, 23), de tal suerte que jamás caiga sobre ellos aquella gravísima sentencia del Espíritu Santo: ‘El Altísimo examinará vuestras obras y escudriñará los pensamientos porque, siendo ministros de su reino, no habéis juzgado rectamente ni observado la ley de la justicia, ni habéis procedido según la voluntad de Dios. De manera espantosa y repentina se os presentará, porque se hará un riguroso juicio de aquellos que ejercen potestad sobre otros. Porque con los pequeños se usará misericordia, mas los poderosos sufrirán grandes tormentos. Porque Dios no exceptuará persona alguna ni respetará la grandeza de nadie; ya que Él ha hecho al pequeño y al grande y cuida por igual de todos; si bien a los más grandes amenaza un tormento mayor. A vosotros, por lo tanto, reyes, se dirigen estas mis palabras, para que aprendáis la sabiduría y no perezcáis’” (Ibíd., 6, 4-10)».
Casi al final de su discurso, ofreció el siguiente resumen:
«En conclusión, la síntesis de las doctrinas de la Iglesia sobre este tema se expone con mayor claridad en nuestros días en la carta de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades enviada a los obispos de Brasil el 7 de marzo de 1950. Esta carta, que remite continuamente a las enseñanzas de Pío XII, advierte, entre otras cosas, contra los errores de un liberalismo católico renacido, que “admite y fomenta la separación de los dos poderes. Niega a la Iglesia cualquier tipo de poder directo sobre asuntos mixtos. Afirma que el Estado debe mostrarse indiferente en materia de religión… y reconocer la misma libertad para la verdad y para el error. A la Iglesia no le corresponden privilegios, favores ni derechos superiores a los reconocidos como pertenecientes a otras confesiones religiosas en países católicos”, etc.» (Para leer el texto completo del discurso del Cardenal Ottaviani, consultar American Ecclesiastical Review, mayo de 1953, páginas 321-334). 
Lo que sucedió a continuación es lo más interesante:
«El 6 de diciembre de 1953, Pío XII pronunció un discurso en el que afirmó que la cuestión de la libertad religiosa y la tolerancia debía situarse en el contexto de una comunidad internacional emergente, y que allí recaía sobre él su autoridad exclusiva y definitiva. Murray, junto con sus amigos y asesores, interpretaron estas declaraciones como una sutil refutación de la postura intransigente de Ottaviani.

El 25 de marzo de 1954, creyendo que el Papa Pío XII estaba de su lado, Murray pronunció un discurso en la Universidad Católica de América. Informó a su audiencia que el discurso del cardenal había provocado protestas diplomáticas y que un asesor papal cercano le había asegurado que representaba las opiniones meramente personales de Ottaviani. El Papa reaccionó diplomáticamente, por supuesto, para preservar la buena imagen del cardenal . De ello se derivaron dos conclusiones, argumentó Murray: «(1) apelar a Ottaviani de ahora en adelante [debe ser] cauteloso y selectivo; (2) cualquiera cuya teoría sea la de [Ottaviani] tiene la obligación de revisar sus puntos de vista». El resto del discurso de Murray fue una exposición detallada del discurso papal, haciendo hincapié en el avance doctrinal que representaba más allá de la teoría clásica de la tolerancia. 

El cardenal Ottaviani no perdió tiempo y, tras enterarse del discurso de Murray, actuó de inmediato. Acudió al Santo Padre con cuatro proposiciones para que fueran condenadas, según lo votado por el Santo Oficio. El papa Pío XII las firmó y se las envió a Murray. El 28 de octubre de 1954, estas cuatro proposiciones fueron solemnemente condenadas:
a) El Estado católico confesional, que se profesa como tal, no es un ideal al que la sociedad política organizada esté universalmente obligada.
b) La plena libertad religiosa puede considerarse un ideal político válido en un Estado verdaderamente democrático.
c) El Estado organizado sobre una base genuinamente democrática debe considerarse que ha cumplido con su deber cuando ha garantizado la libertad de la Iglesia mediante una garantía general de libertad de religión.
d) Es cierto que León XIII ha dicho: “ii....civitátes...debent eum in coléndo númine morem usurpáre modúmque quo coli se Deus ipse demonstrávit velle“ (Enc. Immortále Dei). 
Palabras como estas pueden entenderse como referidas al Estado considerado como organizado sobre una base distinta a la del Estado perfectamente democrático, pero a este último, estrictamente hablando, no le son aplicables» [Es decir,  la enseñanza del Papa León XIII sobre las obligaciones de los Estados para con Dios no es aplicable al Estado democrático — Introibo]
(Véase jstor.org/stable/25154656?origin=JSTOR-pdf; por el sacerdote de la secta deuterovaticana, el padre Joseph Andrew Komonchack Meehan [ordenado en 1963]). 

El artículo de Komonchak termina con esta sorprendente confesión:
«Tan solo diez años después de que Murray fuera silenciado, el Concilio Vaticano II reivindicaría las ideas por las que había sido censurado. El Decreto sobre la Libertad Religiosa (Dignitátis Humánæ) del Concilio adaptó la doctrina católica sobre la relación Iglesia-Estado y la libertad religiosa que Murray había defendido en su memorando de 1950, y dejó claro que los católicos estadounidenses podían ser fieles a la vez a los principios católicos y al experimento político estadounidense» (Énfasis mío). 
La idea de un cambio de doctrina por parte del Papa Pío XII era totalmente falsa, y la enseñanza tradicional se mantuvo hasta Roncalli y el Concilio Vaticano II.

¿LA ENSEÑANZA DE Dignitátis Humánæ GUARDA CONTINUIDAD CON LAS ENSEÑANZAS ANTERIORES?
  
Debería ser bastante obvio que la respuesta es “No”. Sin embargo, Marshner afirma que sí lo es, e incluso que constituye una “ligera mejora” (!) respecto a la enseñanza tradicional. Marshner cita el párrafo 14 de DH, que supuestamente  deja intactos los poderes restrictivos de la autoridad eclesiástica.
DH #14: «La Iglesia católica, para cumplir el mandato divino: “enseñad a todas las gentes” (Mt. 18, 19-20), debe emplearse denodadamente “para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2.ª Tes. 3, 1).

Ruega, pues, encarecidamente a todos sus hijos que ante todo eleven “peticiones, súplicas, plegarias y acciones de gracias por todos los hombres… Porque esto es bueno y grato a Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1.ª Tim. 2, 1-4).

Por su parte, los fieles, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Procuren además los fieles cristianos, comportándose con sabiduría con los que no creen, difundir “en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad” (2.ª Cor. 6, 6-7) la luz de la vida, con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre.

Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de El ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le acucia para que trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe. Deben, pues, tenerse en cuenta tanto los deberes para con Cristo, el Verbo vivificante que hay que predicar, como los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios por Cristo ha concedido al hombre, que es invitado a recibir y profesar voluntariamente la fe».
¿Qué es exactamente lo que la Iglesia sigue restringiendo? En el mejor de los casos, se trata de una versión superficial y diluida de la Gran Comisión, donde los derechos de la persona humana se mezclan con la realidad. En el fondo del problema reside una noción peligrosa, falsa y herética de “dignidad humana”, de la cual supuestamente surgen estos “derechos” fabricados (libertad religiosa). Murray y sus compañeros modernistas creen que las “verdades” pueden descubrirse “de forma más completa”. Esto implica que si la tolerancia religiosa fue mala o insuficiente debido a la “dignidad humana”, siempre fue errónea y no podía “volverse errónea”. Las personas no han “desarrollado mayor dignidad humana”. Los seres humanos fueron creados, desde el principio, a imagen y semejanza de Dios. Esto no se vuelve “más verdadero” ni “menos verdadero” con el paso del tiempo. Es una negación implícita de la indefectibilidad de la Iglesia, porque se afirma que la Iglesia fue de alguna manera “deficiente” por no enseñar la “verdad completa” o por ofrecer algo malo. Sin embargo, esto es imposible. 

A continuación, Marshner sostiene que  el Concilio reconoce el derecho de la autoridad civil a restringir la libertad religiosa de acuerdo con los “justos requisitos del orden público” y cita (DH 2 y 4). 

DH afirma en el párrafo #2: 
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil» (Énfasis mío). 
Esto contradice claramente todo lo que se enseñaba antes del Concilio, y solo alguien falto de razón podría afirmar lo contrario. DH enseña que el derecho a la libertad religiosa, fundado en la «dignidad de la persona humana», persiste incluso si la persona abusa de su derecho a la libertad religiosa y niega la Única Iglesia Verdadera. La dignidad humana reemplaza a Dios como medida de lo que es bueno. Los humanos se convierten en “dioses”. No existen límites para el falso culto público. Debería prohibirse por completo.

Finalmente, Marshner declara  que el Concilio se niega a otorgar inmunidad alguna a las actividades de proselitismo de la variedad de “venta agresiva” (DH 4).

DH #4 establece que:
«A estas comunidades, con tal que no se violen las justas exigencias del orden público, se les debe por derecho la inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sustentarlos con la doctrina, y para promover instituciones en las que colaboren los miembros con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos.
   
[…]
   
Las comunidades religiosas tienen también el derecho de que no se les impida la enseñanza y la profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe. Pero en la divulgación de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que puedan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesitadas. Tal comportamiento debe considerarse como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno».
Por lo tanto, los mormones pueden practicar el politeísmo públicamente y hacer proselitismo siempre y cuando no obliguen a nadie a convertirse, porque eso sería “una violación de los derechos de los demás”. El error no tiene derechos, ¿y qué hay del derecho de Dios a que solo se propague su verdad? 

Aquí hay más de DH:
DH párr. #6: «La protección y promoción de los derechos inviolables del hombre es un deber esencial de toda autoridad civil . Debe, pues, la potestad civil tomar eficazmente a su cargo la tutela de la libertad religiosa de todos los ciudadanos con leyes justas y otros medios aptos, y facilitar las condiciones propicias que favorezcan la vida religiosa».
El Concilio Vaticano II enseña aquí que todas las religiones deben gozar del derecho a la libertad religiosa. Implícitamente, el valor primordial que debe defenderse en la sociedad humana ya no es la Verdad, sino la libertad.

DH párr. #7:  «…se debe observar en la sociedad la norma de la libertad íntegra, según la cual, la libertad debe reconocerse al hombre lo más ampliamente posible y no debe restringirse sino cuando es necesario y en la medida en que lo sea».
Esto es una negación implícita del Pecado Original. Si se otorga libertad religiosa a las personas, sus mentes y morales se corromperán, como enseñó el Papa Pío IX. El Concilio Vaticano II asume lo contrario: todo irá bien con la libertad religiosa. La propagación del error ya no se considera un pecado contra el bien común. Esto es la subversión del bien común y la subversión de la verdadera moralidad.

DH párr. #11:  «Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que Él mismo ha creado, que debe regirse por su propia determinación y gozar de libertad».
¿En serio? ¿Debe “gozarse” de la inmoralidad y la herejía como si fueran una “libertad”? Cuando las personas son condenadas por el mal uso de la libertad, el disfrute desaparecerá para siempre en el Infierno.
  
El argumento de Marshner se desmorona. Sin embargo, veamos qué decía el esquema original, elaborado por teólogos ortodoxos aprobados, sobre la relación entre Iglesia y Estado.

EL BORRADOR ORIGINAL REFLEJA LA ENSEÑANZA TRADICIONAL DE LA IGLESIA
  
Este esquema (borrador), denominado Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Schema Constitutiónis dogmáticæ de Ecclésia), fue elaborado por los mejores teólogos, los más antimodernistas, aprobados por el Papa Pío XII. Nunca se sometió a votación, ya que los modernistas, liderados por el “buen Papa Juan”, desecharon todos los esquemas originales y ortodoxos preparados para el Concilio, incluido este. En él se exponía la doctrina sobre las relaciones Iglesia-Estado.

Del esquema de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (CC), párrafo 42: 
  
LATÍN
«Ipsum bonum Civitátis éxigit ut Potéstas civílis sese erga religiónem indifferénter non hábeat. A Deo cum institúta sit, ut hómines juvet ad perfectiónem vere humanam acquiréndam, non solum sóciis facultátem sibi procurándi bona temporália, sive materiália, sive humanióra præbére debet, sed eos étiam adjuváre ut bona spirituália ad vitam humánam religióse peragéndam facílius afflúere quéant. Inter ea bona áutem, nihil pluris æstimándum est quam cognóscere et agnóscere Deum, et adímplere offícia Deo debíta: fundaméntum enim sunt omnis virtútis privátæ, immo et públicæ.
  
Quæ offícia Deo debíta divínæ Majestáti præstánda sunt non tantum a síngulis cívibus, sed étiam a Potestáte civíli quæ in actis públicis Societátis civílis persónam gerit. Deus enim est áuctor Societátis civílis et fons ómnium bonórum quæ per ipsam in ómnia membra prófluunt. Licet áutem, in hoc órdine a Christo volíto, cultus litúrgicus únice spectet veram Dei Ecclésiam, tamen étiam commúnitas civílis modo quódam sociáli Deum cólere debet. Quod áutem, spectáta ejus índole, tunc máxime præstábit, si in procurándo bono commúni fidéliter servábit leges Dei, pro hac œconomía salútis a divina Majestáte cónditas. Quod ante ómnia póstulat, ut plena libertáte Ecclésiæ concéssa, excludántur a legislatióne, regímine et actióne pública ómnia ea, quæ assecutiónem finis ætérni impedíre Ecclésia júdicet; immo id intendátur, ut facílior fiat vita, princípiis christiánis inníxa et ad vitam ætérnam condúcens».
TRADUCCIÓN 
«El bien del Estado exige que el poder civil no sea indiferente a la religión. Dado que fue instituido por Dios para ayudar a los hombres a alcanzar la verdadera perfección humana, no solo debe proporcionar a sus miembros la capacidad de obtener bienes temporales, tanto materiales como humanos, sino también facilitarles el acceso a los bienes espirituales para la conducta religiosa de la vida humana. Entre estos bienes, sin embargo, nada debe valorarse más que conocer y reconocer a Dios, y cumplir con los deberes que se le deben: pues son el fundamento de toda virtud, tanto privada como pública.
  
Estos deberes para con Dios y la divina Majestad deben ser cumplidos no solo por los ciudadanos, sino también por el Poder civil, que en los actos públicos representa a la sociedad civil. Porque Dios es el autor de la sociedad civil y la fuente de todo bien que fluye a través de ella hacia todos sus miembros. Si bien, en este orden querido por Cristo, el culto litúrgico debe concierne únicamente a la verdadera Iglesia de Dios, la comunidad civil también debe rendir culto a Dios de una manera social. Sin embargo, dada su naturaleza, esto se cumplirá mejor si, en la búsqueda del bien común, observa fielmente las leyes de Dios, establecidas por la divina Majestad para esta economía de la salvación. Esto exige, sobre todo, que, al conceder a la Iglesia plena libertad, todo aquello que la Iglesia considere que obstaculiza la consecución del fin eterno quede excluido de la legislación, el gobierno y la acción pública; más bien, debe orientarse a facilitar la vida, basándose en principios cristianos y conduciendo a la vida eterna».
Las enseñanzas del hereje Murray y de otros teólogos censurados fueron claramente condenadas. Desafortunadamente, el falso papa Roncalli las desechó e hizo que Murray redactara la Encíclica de las Artes de la Humanidad.

Finalmente, ¿cómo entienden los “papas” conciliares la libertad religiosa? 

LA SECTA DEL CONCILIO VATICANO II, LOS “PAPAS” Y LA LIBERTAD RELIGIOSA
  • Roncalli (Juan XXIII): «Entre los derechos del hombre débese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público» (Cf. Pacem in Terris, párr. #14; el énfasis es mío).
  • Bergoglio (Francisco): 
    • «Un État doit être laïque. Les États confessionnels finissent mal. Cela va contre l’Histoire [Un Estado debe ser laico. Los Estados confesionales terminan mal. Eso va en contra de la historia]» (Véase la entrevista con Guillaume Goubert y Sébastien Maillard en la revista La Croix, año 2016; referenciada aquí: tif.ssrc.org/2022/01/28/jc-murray-the-vatican-and-the-lay-state-challenge)
    • «Francisco y el jeque Ahmed el-Tayeb, Gran Imán de al-Azhar, una autoridad destacada para muchos musulmanes sunitas, firmaron un documento sobre la “fraternidad humana” y la mejora de las relaciones cristiano-musulmanas» (Véase https://www.ncronline.org/news/theology/does-god-want-religious-diversity-abu-dhabi-text-raises-questions).
«El pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, raza e idioma son voluntad de Dios en su sabiduría, mediante la cual creó a los seres humanos», afirma el documento. Algunos han intentado defender esta postura, incluido el Vaticano modernista, argumentando que Dios permite las religiones falsas (como otros males) y no las promueve de manera positiva. 

No os dejéis engañar. Leed el contexto. La diversidad religiosa se menciona junto con el color, el sexo, el idioma y la raza. Dios desea positivamente hombres y mujeres, así como diferentes colores, razas e idiomas. ¿Y se supone que debemos creer que la religión debe entenderse de manera diferente a los demás conceptos mencionados en la misma frase? Que Dios desee positivamente sectas falsas con su moralidad engañosa es la conclusión lógica de la libertad religiosa. La secta del Concilio Vaticano II ha dado poder a las sectas falsas del mundo, especialmente al islam. 

CONCLUSIÓN
  
El final de cada documento del Concilio Vaticano II concluye así:
«Cada asunto declarado en esta Constitución Dogmática ha sido aprobado por los Padres de este Sagrado Concilio. Y Nos, por la Autoridad Apostólica que nos ha sido transmitida por Cristo, junto con todos los Venerables Padres, en el Espíritu Santo, aprobamos, decretamos y establecemos estas cosas; y todo lo que así establecido sinodalmente, ordenamos que sea promulgado para la gloria de Dios… Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia Católica. A continuación, las firmas de los demás Padres» (AAS 57 [1965], 71).
Para los miembros de la secta del Vaticano II, el Concilio forma parte del Magisterio Universal y Ordinario, al que todos los católicos deben someterse. Sin embargo, el Dr. Marshner cree que existe cierto margen de maniobra para conciliar las enseñanzas del pasado con el Vaticano II. No obstante, es evidente que esto se ha demostrado falso. 

Por lo tanto, ¿a qué Magisterio obedecerá? Sobre la libertad religiosa, ¿obedecerá la enseñanza del Papa Gregorio XVI en Mirári vos del 15 de agosto de 1832 (párr. 14):
«De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166). Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto “aquel abismo” (Apocalipsis IX, 3) del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra».
¿U obedecerá el Concilio Vaticano II y su declaración Dignitátis Humánæ, del 7 de diciembre de 1965?: 
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil».
Todos nos enfrentamos a la misma disyuntiva entre dos enseñanzas opuestas. Ambas no pueden ser ciertas. Sin embargo, los apologistas de las sectas del Concilio Vaticano II pretenden «demostrar» que las flagrantes contradicciones son, en realidad, armoniosas. No es de extrañar que el Papa Gregorio XVI calificara la libertad religiosa de «locura».