viernes, 19 de julio de 2019

EL INFAME CONCILIO DEL DIABLO

Por Jorge Doré.

Hartos de sacrificio y obediencia, los hijos de las sombras, congregados, dijeron:
“Hagamos a Dios a imagen y semejanza nuestra”.
Y desde las trincheras de sus insidiosas sectas emprendieron una oculta lucha contra los hijos de la luz –para evitar mártires–, conscientes de que la sangre de éstos siempre fortalecía a la Iglesia Católica, entidad que ellos odiaban conjuntamente con las víctimas que habían entregado sus vidas por ella.
  
Los planes de estos grupos bastardos de la cábala hebraica, comprometidos con el establecimiento de una fraternidad universal, requerían de una paciencia secular y de una persistencia más larga que la propia vida. Los caídos en sus filas debían ceder sus antorchas a la siguiente generación, aguardando el día del gran asalto final: la usurpación del Cuerpo Místico de Cristo mediante la transfiguración de Su Iglesia bajo la misma cúpula de San Pedro. Transfiguración en la cual las gloriosas presencias de Moisés y Elías serían reemplazadas por la comparecencia de repulsivos ángeles caídos.
   
Los adversarios del Señor penetraban todos los espacios del cristianismo como humo, y sus perversas doctrinas granjeaban adeptos entre desinformados católicos que, poco a poco, se suscribían a la herejía floreciente contribuyendo, de este modo, a propagarla.
   
Tras las almenas del catolicismo –ahora fortaleza asediada–, una venenosa levadura crecía, amasada por las obstinadas manos de quienes infestaban seminarios y escalaban posiciones claves en el clero sin que su olor de lobos fuera detectado por el corto olfato de las indolentes ovejas, destinadas al futuro matadero espiritual.
   
Por más que las altas voces de algunos papas inquietos por su grey habían alertado a pastores y al rebaño del peligro, muchos creyentes sucumbían a la seducción del enemigo y abrazaban su inicua causa, consintiendo sus desmanes con una tibieza digna del vómito de Dios.
    
Finalmente, tras años de una implacable subversión propagada por elementos consolidados en la jerarquía de la Iglesia, advino la figura indicada para convocar el hecho histórico que propiciaría el asalto final contra la misma. Fue así que el antipapa Juan XXIII convocaba el Concilio Vaticano II, hito que coronaba el triunfo de la paciente obra de los zapadores del diablo.
   
Concluido el concilio, el fuerte había sido tomado sin que la sangre salpicara sus paredes. La destrucción, las heridas y la muerte, iban por dentro. La amenaza de algunos profetas del mal, como el apóstata Canon Roca, cristalizaba ante la ceguera general. La conspiración daba ahora paso a la revolución.
    
A instancias de Juan XXIII, la Iglesia había abierto sus ventanas al mundo, provocando que los martillos y los cinceles de los jurados enemigos de Cristo se cebaran sobre la Revelación divina, redefiniéndola de acuerdo a sus sacrílegos conceptos y declarando obsoleta la Iglesia fundada por El. Por lo cual, repintaban sobre antiguos retablos y reescribían sobre sagrados textos. Y a todo lo que dejaban en pie, le concedían un significado distinto al original –pero parecido–, de modo que las viejas estructuras permanecían, pero imbuidas de corrupción y perversidad, sin levantar sospechas entre los damnificados.
   
La ignorante grey, incapaz de descifrar la ambigüedad modernista, se suscribía a las promesas revolucionarias de igualdad, libertad y fraternidad, ahora aplicadas a su fe. El menosprecio a la crucial advertencia de Nuestro Señor: “Velad”, había permitido que la revolución religiosa franqueara las puertas de los centenarios templos y esparcido abundantes semillas de traición a Jesús en los fluctuantes ánimos de los fieles.
   
En un esjatológico éxodo histórico, los custodios de la tradición abandonaban los templos desacralizados y profanados por la pujante anarquía modernista y tal como un día prometieran ante sagrados altares, preservaban el sacro depósito de la fe. Quizá en los celosos corazones de este puñado de fieles se hallara la respuesta de Cristo a su pregunta: “cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8)
   
Aquella farsa religiosa ahora establecida en Roma que se justificaba como un natural y necesario desarrollo orgánico, era tan distinta de su predecesora, que el remanente fiel a Cristo se veía obligado a abandonar los antiguos predios donde por siglos había adorado y venerado, para refugiarse en humildes catacumbas. Era el único modo de poder continuar sirviendo al Rey de Reyes.
    
En nombre de la adecuación a los tiempos presentes, la profusión de incesantes novedades por parte de la secta usurpadora agobiaba a su grey con una falta de reposo típica de la infestación diabólica, situación que había dado lugar a una cínica disculpa por parte de las altas jerarquías para apaciguar a sus atormentados seguidores que sufrían continuos bandazos con cada nuevo giro del timón del arca de la muerte.
   
La constante del cambio era el rotor de la filosofía de la revolución anticristiana y la perpetua evolución, la herramienta que arrancaba capa tras capa de metales nobles que recubrían el antiguo orden establecido. Estos se sustituían por láminas de inservibles materiales que daban apariencia de humildad a todo, pero recubriéndolo de muerte. Mas los hombres celebraban la falsa humildad sin considerar la muerte que su obra acumulaba.
   
Los nuevos amos del patrimonio arquitectónico conquistado a los católicos, también habían heredado sus fieles que, en lo sucesivo, servirían a caprichos abisales bajo la sombra de una cruz partida, cuyo simbolismo eran incapaces de relacionar con su amargo destino. Ahora, siervos del engaño –pero obedientes al mismo–, los fieles defendían la usurpación del Cuerpo Místico y a sus autores con dientes y uñas, ignorando que mordían y arañaban a Jesús.
    
La diabólica entidad a quien la propia Madre de Dios calificaba de eclipse, acogía –en nombre del catolicismo al que ya no representaba– a herejes e infieles con fraternal devoción y abogaba por la comunión de un haz de creencias disímiles en virtud de la tolerancia universal, obviando distinciones entre Cristo y Belial, mentira y verdad, la voluntad de Dios y la del hombre.
   
Los nuevos verdugos de Jesús solicitaban la cooperación global para el establecimiento de un utópico paraíso en la tierra donde pudiera cuajar la paz sin Cristo, ya que el mundo contaba con sus propias organizaciones para ese fin –ninguna de las cuales pudo jamás hacer realidad ese sueño–. No obstante, la mundana fe de tres antipapas de la falsa iglesia, confiaba a la ONU tal absurda misión. Y así lo declararon.

Negada a reconocer la naturaleza caída del hombre y su miseria ante Dios, la iglesia eclipsada magnificaba la dignidad humana hasta niveles casi divinos y le atribuía al pecador una grandeza discorde a su congénita pequeñez. La primigenia tentación del paraíso: “Seréis como dioses”, palpitaba en las sienes de seres henchidos de vana autosuficiencia que pretendían desmantelar el cielo para gobernar desde suntuosos podios. Sin embargo, eran incapaces de eludir su destino final: ser banquete de gusanos en la sombra.
   
Hostil a la Tradición, la nueva secta buscaba descartar ésta como a un vehículo obsoleto e inadecuado para realizar un viaje más. Porque la Tradición no podía llevar a los rebeldes al destino ambicionado por ellos. En los mapas de Cristo, no existen paraísos en la tierra.

Con el rechazo y el desacato a la Revelación divina, el relativismo se extendía como hiedra. De un catolicismo de sólidas prohibiciones, limitados confines y precisas definiciones, se pasaba a un sucedáneo capaz de acomodar cualquier error en los vagones de la gran fraternidad universal, donde todos los credos viajaban juntos hacia el país de un sincretismo religioso destinado, a su vez, a confluir en una tiranía global al mando del Anticristo.
   
Sin embargo, la jerarquía apóstata guardaba un utilitario respeto al pasado para no despertar a los creyentes letárgicos que se rinden frente a un símbolo sin cuestionarlo, que siguen a una autoridad malévola sin discernir, que obedecen por pereza de pensar. Creyentes incapaces de reaccionar a la gravísima estafa espiritual que se cometía contra ellos: el robo de la vida eterna. Pero se negaban a creerlo. Por eso eran miembros de aquel contrahecho cuerpo místico cuyas múltiples cabezas y cuernos permanecían invisibles a sus ojos, pues cualquier cosa puede justificarse o negarse lejos de la luz divina.
   
Los que ignoraban, involuntaria o voluntariamente, que el concilio había sido una conspiración para destruir la Iglesia católica y la civilización cristiana y la identidad de su promotor –Lucifer–, se dedicaban a debatir puntos teológicos para justificar el mal perpetrado. No importa cuánta ofensa vieran contra Cristo, cuánto repudio contra la Tradición, cuánto abandono de los templos, cuánta desacralización general, cuánto relajamiento de los católicos en el mundo, ni cuántas atrocidades dijeran sus falsos vicarios de Cristo en la tierra, persistían, sacrílegamente, justificando el mal creciente como obra del Espíritu Santo. Pero para quienes aún mantenían sus lámparas encendidas, el Concilio Vaticano II, era, definitivamente, un gigantesco cepo satánico.
   
Todas las señales ominosas eran justificadas por los heredados del diablo. Ni las contradicciones dogmáticas, ni los menosprecios a Dios y a su Madre, ni el desmantelamiento de los altares, ni las abominaciones litúrgicas, ni los cambios en la disciplina, en los sacramentos, en el catecismo, en el derecho canónico –en resumen–, ni la realidad de que servían a una nueva religión, los dejaba escapar de la más grande seducción sufrida por el mundo cristiano, súbitamente hollado por las pisadas de la apostasía.
   
Los templos seguían allí, pero el espíritu que lo llenaba era inmundo.
   
Los hasta entonces perpetuos enemigos y rivales de la Iglesia Católica, ahora tenían voz y voto en ella y continuamente elogiaban la infidelidad de ésta. Todos ellos eran, bajo su techo, invitados de honor. Y mientras más se desvirtuaba la imagen de Cristo en este satánico cuerpo místico, más encomios y aplausos del mundo recibían los jerarcas del falso catolicismo.
   
Tal como la posesión diabólica opera dentro de un cuerpo, así operaba la corrupta secta cuya fachada –intencionalmente– se mantenía incólume pero cuyo interior era un habitáculo de demonios y de sus carnales heraldos. La iglesia revolucionaria era una entidad posesa y sus seguidores, legión. Si algún católico tradicional buscaba ser aceptado por aquella farsa, debía rendirse a la usurpación de la espuria iglesia y reconocer su infame liturgia a cambio de un mortal espaldarazo que garantizaba la admisión al pozo sin fondo.
   
Con el rechazo a la Revelación divina, la capacidad de ver con claridad había desaparecido. No quedaba columna sólida. No había punto de referencia. No existía absoluto al que recurrir. En este  universo relativo, las olas y el espumaraje del mundo bañaban la falsa iglesia y de ahí retornaban a éste en un intercambio de tóxicos fluidos que esfumaba las líneas divisorias entre ambos, hasta entrelazarlos en un abrazo donde toda diferencia se desvanecía.
   
De este híbrido, La religión del hombre surgía llena de conciencia social y de preocupaciones temporales, como una fe absolutamente lineal. La trascendencia se extinguía y la vulgaridad se investía de consejera y maestra. Y el paganismo, como un virus latente y al fin liberado, florecía en el corazón de quienes creían descubrir en arcanos misterios su verdadero destino.
   
Una furia desatada por lo profano y lo carnal, incitaba al hombre a exhumar fantasmas del pasado. La construcción de una nueva torre de Babel erigida con la argamasa del ecumenismo religioso y la cooperación de manos infieles y apóstatas, progresaba entre mandiles y paletas provistos por las sectas hostiles a Dios, mientras Sodoma y Gomorra sacudían sus cenizas y se incorporaban activamente a un mundo cuyas reglas de juego las dictaba el Manifiesto Humanista y otros documentos ofensivos al Creador, abundantemente sazonados con la mordaza del lenguaje políticamente correcto. Los espiritus de la vulgaridad, de la impureza y de la irreverencia lo tiznaban todo.
   
Poco a poco, la secta de Roma fue mutando su rostro original hasta convertirse en una absoluta monstruosidad, mas sus letárgicos fieles vivían prendados de la hermosura de una bestia que no era sino el despiadado rival de Dios sobre la tierra, una impostura del Cuerpo Místico de Cristo que se decía Una, Santa, Católica y Apostólica, a pesar de no ostentar ninguna de estas marcas. Hecho que los letárgicos ni reconocían ni aceptaban.
   
El jerarca mayor de la infame iglesia, burda réplica de un genuino papa, trabajaba con ahínco para desacralizar todo lo que aún conservara un vestigio de su antigua dignidad y deferencia al Señor. Hasta su propia imagen trataba de conformarse a la más absoluta vulgaridad. Su primordial labor consistía en convencer a sus fieles de la insignificancia de su alto cargo, por lo cual, metódicamente, desdibujaba en sí mismo todo rasgo sobresaliente que pudiera delatar una dignidad extraordinaria. Su falsa humildad era un frente tras el cual se desbastaba el concepto de autoridad suprema. Mucho se había adelantado. El fin del papado quedaba a la vuelta de la esquina.
   
De acuerdo a la nueva fe, era el mundo quien debía definir su propia iglesia. Una iglesia antopocéntrica, democrática, confeccionada por el hombre y para el hombre, en la que Cristo debía perdurar sólo hasta el advenimiento de aquel que habría de autocoronarse Dios sobre la tierra. Cualquier seudo-papa de turno que la regentara, era sólo su humilde precursor.
   
Tras la ruina de los diques religiosos y morales tan devotamente erigidos por los santos, las aguas negras anegaron todo el orbe transformándolo en una marisma de vicio, pecado y apostasía. Pero sólo parecían importar la sostenibilidad humana sobre el planeta, el balance ecológico y el calentamiento global; situación comparable a la de un moribundo que, en su lecho de muerte se inquietara por el nudo de su corbata, las arrugas de su ropa y el brillo de sus zapatos.
   
A medida que el estorbo que impedía la entrada triunfal del inicuo pastor –el hombre de pecado– se resquebrajaba, el mal creciente denotaba cada vez más su origen demoníaco. Este había conquistado el corazón de grandes multitudes que lo celebraban y lo aceptaban como un nuevo y excitante estilo de vida que permitía liberarse de lo que se consideraba como el corsé del dogma y el sentimentalismo de la tradición. El concepto de antiguo valle de lágrimas se desvanecía como un frágil espejismo en el ocaso y la gloria mundana brillaba en su lugar con el falso resplandor del oropel.
   
Con la usurpación de la Iglesia Católica, el mundo –ahora amigo del alma– penetraba como sangre venosa en el corazón de los fieles. Poco quedaba ya que defendiera los antiguos valores cristianos. La vana iglesia convergía cada vez más con el mundo, confirmando la veracidad de aquella impresionante profecía de San Antonio Abad:
“Los hombres se rendirán al espíritu de los tiempos. Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido sencilla y fácil. Mas en su día dirán que las cosas son complejas; que la Iglesia debe actualizarse y hacerse relevante a los problemas de la época. Cuando la Iglesia y el mundo estén en unión, aquellos días habrán llegado”.
   
Ante la falta de condenación de todos los enemigos del alma y de Cristo por parte de la secta de Roma que había preferido usar la medicina de la misericordia en vez de la severidad –como había declarado hipócritamente el mascarón de proa y también primer timonel del infame arca–, apocalípticas nubes de langostas se multiplicaban sobre la faz de la Tierra en proporción geométrica, devorando con su insaciable apetito todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo de buen nombre, toda virtud, toda alabanza, dejando al descubierto sólo muerte y pecado.
   
La traidora mano de los enemigos de Cristo había drenado los frenos del mundo y la humanidad, ensimismada y prisionera de la tecnología dominante, avanzaba como una imparable locomotora llena de ilusionados pasajeros ajenos a la pestilencia que infectaba sus vagones y a la tragedia de la inminente colisión. Viajaban hacia el fin del tiempo, sin percatarse de ello.
   
Sólo contados grupos de hombres despiertos, negados a abordar el fatídico tren, permanecían en humildes refugios caseros repitiendo devociones centenarias que habían nutrido el espíritu de tantos santos y sólo ellos tenían conciencia del futuro desenlace. Estos custodios de la fe de Cristo, atentos a las hojas de la higuera, velaban conscientes de la proximidad de un fin tan largamente aguardado por la esperanza de los poquísimos cristianos que quedaban sobre la Tierra: el glorioso retorno de Nuestro Señor Jesucristo. La Parusía.

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