viernes, 20 de enero de 2017

EL AMERICANISMO, ANTESALA AL MODERNISMO DEUTEROVATICANO

Desde principios de los años 50 del siglo XX (incluso antes), la Iglesia estaba siendo “modernizada” (aggiornada), supuestamente para traer de vuelta a los alejados y rebeldes al seno de la Iglesia. Pero todo era extraño para muchísimos católicos, a quienes estos cambios tomó por sorpresa, cambios que ocurrieron tan gradualmente que casi nadie se dio cuenta:
  • Publicación del Novum Psaltérium o Salterio de Agustín Bea por parte del Pontificio Instituto Bíblico, consistente en una nueva traducción de los Salmos a partir del Texto Masorético hebreo (1945).
  • Decreto De Solémni Vigília Pascháli instauránda, que en pos del arqueologismo litúrgico introdujo el extraño ritual de la denominada “Vigilia Pascual” en la liturgia de la Semana Santa (1951).
  • Introducción de las lenguas vernáculas en los Sacramentos (1954).
  • Decreto Máxima Redentions nostræ mystéria, que reformó las ceremonias de la Semana Santa.(1955). Ese mismo año se realizó una reducción de las rúbricas del Misal y el Divino Oficio.
  • Segunda reforma de las rúbricas del Misal y del Divino Oficio (1960).
  • Introducción del nombre de San José en el Canon Romano, y publicación del Misal Roncalliano (1962).
 
Pero durante el Vaticano II y posteriormente a él, los cambios se hicieron más agresivos:
  • Introducción de las lenguas vernáculas en el Santo Sacrificio de la Misa (1964).
  • Nuevo Padre Nuestro (1966)
  • Introducción de la concelebración bajo forma noín de la Misa, en estilo protestante (1967).
  • Constitución Apostólica Pontificále Románum, que promulga el Rito Montiniano de ordenación/instalación de obispos, presbíteros y diáconos (1968).
  • Constitución Apostólica Missále Románum, que estableció la Misa Novus Ordo (1969). Ese mismo año se introdujo un nuevo Calendario litúrgico, eliminando a muchos santos por alegada “falta de historicidad”.
  • Constitución Apostólica Laudis Cánticum, que estableció la Liturgia de las Horas, en remplazo del bimilenario Divino Oficio (1970).
  • Constitución Apostólica Divínæ Consórtium Natú, que promulgó el nuevo ritual de Confirmación (1971)
  • Constitución Sacram Unctiónem Infirmórum, que estableció el Ordo de la Unción de los Enfermos (1972).
  • Cambio en el ritual del Sacramento de la Confesión, que pasó a llamarse “Sacramento de la Reconciliación” (1973).
  • Revisión de la Vulgata de San Jerónimo a partir de ediciones críticas de los textos hebreos y griegos, que conllevó a la publicación en 1979 de la Constitución Apostólica Scripturárum Thesáurus, oficializando la Nova Vulgata como edición bíblica oficial de la deuterovaticanidad.
  • Presentación del “Viacrucis bíblico” (1991), donde se eliminaron seis de las catorce estaciones tradicionales y se añadió una más (la Resurrección).
  • Nuevo Catecismo (1992).
  • Carta Rosárium Vírginis Maríæ, que creó los “Misterios luminosos” (2002), alterando el Rosario que la Virgen Santa María reveló.
  • Los sínodos de 2014 y 2015 sobre la Familia, que conllevaron a la exhortación Amóris Lætítia.
A la par de la destrucción de la Ley de Oración, se introdujeron novedades escandalosas, como por ejemplo, la perversa educación sexual, condenada por Pío XI en Casti Connúbii, era enseñada bajo el pomposo título de vida en familia en las escuelas parroquiales. Sumado a ello, los ministros acatólicos comenzaron a ser bienvenidos en las iglesias, y Martín Lutero es vendido actualmente como un hombre de “gran religiosidad”, mientras que millones de infantes que mueren cada año sin las salvadoras aguas del Bautismo. Y los obispos condenaron desde entonces la defensa nacional como un “peligro a la paz mundial”, mientras que el comunismo engulle a un país tras otro. La salvación de las almas ha pasado a un segundo plano ante la justicia social, la paz mundial y el falso ecumenismo.
  
Lo que hoy en día es considerado Catolicismo es, en realidad, una cristiandad hecha aguas y liberalizada. Se ha convertido en una mera cáscara de su verdadero ser, y esta metamorfosis tomó lugar mientras la vasta mayoría de católicos dormita placenteramemte.
  
Semejantemente triste escenario mueve a preguntarnos “¿Cuándo comenzó todo? ¿Cómo tuvo lugar todo esto? ¿A dónde conducirá?” La respuesta a estos interrogantes se puede rastrear desde el principio de los tiempos: Satanás el maldito, en su rebeldía contra Dios Uno y Trino, quiso dar muerte a Jesucristo nuestro Salvador, pero sus intentos resultaron en un miserable fracaso, porque Él es Dios. Así, movió sus ataques contra la Iglesia, incitando al Sanedrín y a los Césares a perseguirla, causando el martirio de los Apóstoles y de miles de fieles. Pero la Iglesia sobrevivió y creció, hasta el punto que la fe cristiana llegó a ser reconocida y protegida por San Constantino el Grande (bien decía San Gregorio “La sangre de los Mártires es semilla de nuevos cristianos”).
  
Así las cosas, el diablo tuvo que cambiar de estrategia: no podía destruir a la Iglesia desde fuera, de ahí que la batería debía ser desde adentro. Comenzó a sembrar herejías y cismas a todo lo que da. “Divide y vencerás”, fue la consigna que siguió en adelante. Nicolás el diácono, Cerinto y Ebión, Basílides, Valentín Gnóstico y Marción ya sembraron sus errores en tiempos de los Apóstoles y los Padres Apostólicos. A ellos les seguirán otros nombres como los de Arrio, Pelagio, Joviniano, Nestorio, Eutiques, Berengario de Tours, Juan Wiclef y Juan Hus, Martín Lutero y Juan Calvino, y otros muchos, de los cuales se sirvió el demonio para enviar a muchas almas al Infierno. Pero ellos no pudieron mucho, porque no logró su intención, pues quiéralo o no aceptar su incontrolable soberbia, la promesa de Cristo sobre su inmaculada Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, ha permanecido verdadera: “portæ Ínferi non præválebunt advérsus eam”.
  
Además, era claro que los herejes, cismáticos y apóstatas se separan ellos mismos de la Iglesia, que no solo contaba con grandes teólogos y santos, sino con reyes celosos de la Fe, que no escatimaron en empuñar la espada para combatir la herejía de dentro, y los enemigos de fuera. Gloriosos así son los nombres de San Constantino el Grande y Teodosio, Carlomagno, San Luis IX de Francia y San Fernando III de Castilla, Carlos I y Felipe II de España, Juan Sobieski de Polonia y tantos otros. Por ello el demonio resolvió acabar con la monarquía, y el momento propicio llegó en el siglo XVIII, mediante la Ilustración y la francmasonería. Los intelectuales masones persuadieron a las personas de que ellos eran soberanos, y por ende, los reyes no tenían derecho para gobernarles. Uno a uno los amigos del Vaticano cayeron (el Sacro Imperio Romano, Francia, España, Portugal, Austria y las Dos Sicilias), y Roma quedó aislada políticamente. Perdido el poder temporal, la Iglesia ahora sí era vulnerable al contragolpe final: la infiltración masónica en el clero.

 El ideal supremo del liberalismo
  
En ese mismo orden de ideas, nace el Liberalismo moral, secundando al Liberalismo político: Si los reyes no tenían derecho de gobernar en la esfera temporal, la Iglesia tampoco lo tenía en la esfera moral. Y entonces, ese Liberalismo conlleva al indiferentismo religioso. Pero ¿dónde se haría carne esta idea satánica? ¡Sorpresa! En los Estados Unidos de América, entonces una joven nación predominantemente protestante, que en 1776 se independizó de la Gran Bretaña. Su sociedad multidenominacional ya estaba acostumbrada a tolerar las diferencias religiosas y filosóficas, y la minoría católica estaba pronta a probar que ellos también podían ser buenos ciudadanos bajo un orden liberal y democrático. Por eso, a mediados y finales del siglo XIX, muchos católicos estadounidenses estaban esperanzados en que el principio democrático pudiera ser empleado para “modifcar el tradicional autoritarismo católico”.
  
Si pudiéramos definir el indiferentismo religioso, sería con esta imagen. (Fotograma de “El vídeo del Papa”, Enero de 2016)
  
Como todo, la infiltración liberal empezó en el clero: en 1878, el sacerdote James Gibbons fue nombrado arzobispo de Baltimore (y por ende, primado de los Estados Unidos) por el Delegado Apostólico para el Canadá, el arzobispo George Conroy. Conroy también hizo una gira por los Estados Unidos en el mismo año por orden papal, y envió un reporte crítico sobre lo que vio en esa nación. El Papa de ese entonces, León XIII, se preocupó y pidió más información sobre lo que llamaba “la joven y entusiasta nación al otro lado del mar.
 
James Gibbons, cardenal-arzobispo de Baltimore
   
La precupación sobre la Iglesia estadounidense no era en vano, porque había desarrollado una actitud más inclinada a ofrecer amistad a sus compatriotas acatólicos, que a preocuparse por la salvación de las almas de éstos, pues los temas religiosos pasaron a un segundo plano ante la armonía civil. Gibbons fue uno de los propagadores efectivos de esta actitud que empezó creciendo como un parásito, comiéndose la sustancia de la Iglesia hasta que solo quedó la cáscara que vemos hoy.
    
Todo esto motivó peticiones para un tercer Concilio Plenario en Baltimore, y una vez el Papa dio su aprobación, los obispos de Estados Unidos tuvieron éxito en tener al arzobispo Gibbons nombrado como Delegado Apostólico para presidir el Concilio, pues eran enemigos de tener un italiano en ese cargo por miedo a que no simpatizara con el espíritu estadounidense. Completas las preparaciones, el Concilio se reunió en Noviembre de 1884, con la presidencia del Arzobispo Gibbons. León XIII dejó, ingenuamente, que la agenda y la dirección del concilio fuera llevada principalmente a los cardenales, y muchos clérigos estadounidenses (especialmente los miembros más jóvenes de la jerarquía), interpretaron su solicitud hacia el concilio como una simpatía a la nueva nación, creyendo que el Sumo Pontífice tenía un deseo de ver “el Catolicismo Romano reconciliado con el espíritu estadounidense”, pero en cambio se condujo a un conflicto liberal-conservador entre el clero.
   
La situación alcanzó el punto crítico cuando, en resultas del concilio, en 1887 un grupo de obispos progresistas, encabezados por el [nuevo] Cardenal Gibbons, tuvo éxito en fundar la Universidad Católica de América (CUA) en Washington DC. El establecimiento de la CUA causó agitación entre la jerarquía donde los progresistas como Gibbons y el Obispo James Ireland estaban en desacuerdo con los conservadores, incluyendo a los Obispos Michael Corrigan, Bernard John McQuaid y Frederick Katzer. El primer rector de la CUA, el obispo John Keane, era progresista, y su administración (1887-96) estuvo marcada por la controversia ideológica dentro de la facultad. La polémica era tal que el Abbé Georges Peries escribió artículos afirmando que Keane había sido removido en 1896 porque la CUA se había convertido en la “fortaleza del liberalismo estadounidense”.
 
Gibbons, recién creado cardenal, tenía una visión progresista y deseaba acomodar el católicismo al espíritu nacional. Por ello fue acusado de mostrar “un contraste singular a la ortodoxia del Vaticano” en el Edinburgh Review de Abril de 1890. Posterior a ese suceso, él, entre otros prelados de la nación, tomó parte en el Parlamento de Religiones (un encuentro interfe entre el 11 y el 27 de Septiembre) en el marco de la Feria Mundial de Chicago de 1893. Mientras se dirigía a su audiencia multidenominacional, remarcó que “aunque diferimos en la fe… estamos unidos en la plataforma de la caridad y la benevolencia, un pronunciamiento que parecía ser inofensivo a primera vista, pero que pone la importancia de la fe en una posición secundaria ante las virtudes más activas de la caridad y la benevolencia. La Review of Reviews estuvo presta a acusar a Gibbons de haber hecho exactamente eso. Aunque esta afirmación era considerada como suave para algunos (teniendo en cuenta las tendencias liberales del cardenal), no es difícil entender por qué la Review llegó a la conclusión que llegó.
  
Pero en honor a la verdad, Gibbons no actuó de motu próprio. León XIII le dio permiso para discurrir ante el Parlamento, y, para muchos en Estados Unidos esto fue considerado como una “muestra de la cooperación entre católicos y acatólicos”. Los prelados europeos, sin embargo, criticaron el discurso porque ellos consideraban que los obispos estadounidenses estaban dispuestos a minimizar algunos artículos de fe que no eran del agrado de los protestantes. Fue tan intensa la discusión sobre el asunto que León XIII reconsideró su decisión, pues en 1895, le envió una carta al Arzobispo Francesco Satolli prohibiendo participaciones futuras en congresos interdenominacionales. Gibbons, impávido a la crítica, firmemente defendió la ortodoxia de la Iglesia estadounidense cuando los conservadores en París y Roma lo acusaron, entre 1897 y 1899, de promover una cristiandad liberalizada, denominada Americanismo.
   
Pudiera no importar lo que Gibbons dijera o hiciese, su inclinación a virar la enseñanza católica al gusto de sus prójimos acatólicos casi siempre lo manifestaba. Mas no es el único personaje que tuvo un rol preponderante en esta polémica: También se encuentra quien fuera su perito teólogo en el Concilio Vaticano I, el sacerdote Isaac Thomas Hecker, cuya historia es sumamente interesante para comprender el americanismo.
 
Isaac Thomas Hecker era un converso al catolicismo cuyos métodos liberales lo hicieron un blanco del criticismo conservador. Este hombre controversial, nacido de un hogar de inmigrantes alemanes en la ciudad de Nueva York, fue un hijo del indiferentismo religioso de su tiempo (su padre, John Hecker, era ateo; su madre, Caroline Freund, nació luterana pero se convirtió al metodismo). Hacia los 20 años se vinculó a la granja Brook, un experimento socialista que se ganó una reputación de “la comunidad utópica más famosa de Estados Unidos”. Hecker, seguidor del idealismo alemán de Immanuel Kant, Johann Fitche y Friedrich Hegel, tuvo amigos trascendentalistas notables como George Ripley (el fundador de la granja Brook), Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y el filósofo Orestes Augustus Brownson (quien influyó en Hecker para convertirse al catolicismo).

Isaac Thomas Hecker, fundador de la Sociedad Misionera de San Pablo Apóstol.
  
Conviene ahora hacer un paréntesis para hablar de Orestes Brownson, quien introdujo a los filósofos franceses contemporáneos (Fourier y Saint Simon) en Nueva Inglaterra: educado en un ambiente congregacionalista de Vermont, se hizo bautizar en la iglesia presbiteriana en 1822, iglesia que abandonó dos años después al encontrar que eran “auto-referenciales” y que la creencia calvinista de la predestinación y el pecado eterno eran incompatibles con su pensamiento. Luego adhirió al unitarismo universalista, que era el último grito en cuanto el liberalismo religioso protestante, debido a que ellos no se someten a profesión de fe alguna. El 19 de Septiembre de 1836, Brownson se reunió en el Club Trascendentalista, conformado también por Frederic Henry Hedge, Ralph Waldo Emerson, George Ripley, George Putnam, Bronson Alcott, Theodore Parker, Henry David Thoreau, William Henry Channing, James Freeman Clarke, Christopher Pearse Cranch, Convers Francis, Sylvester Judd, Jones Very, Sophia Ripley, Margaret Fuller, Elizabeth Peabody y Ellen Sturgis Hooper (casi todos unitarios y anarquistas). Ese mismo año, Brownson fundó su propia iglesia: "Sociedad para la Unión y el Progreso Cristiano"; y cuatro años después publico su semi-autobiografía Charles Elwood, o el infiel convertido, donde criticaba la religión organizada y la veracidad de la Biblia. Pero en 1843 comenzó a conversar con el obispo católico de Boston, y al año siguiente se convirtió al catolicismo, adjurando del trascendentalismo y el liberalismo, con tal celo y vigor que aún su obispo tuvo que llamarle la atención. Políticamente, Brownson era demócrata douglasista, esto es, apoyaba la abolición de la esclavitud, y durante la Guerra de Secesion polemizó con los católicos simpatizantes de la Confederación. Poco después de esas críticas, adoptó un nuevo liberalismo y propugnaba que la Iglesia debía ser más amigable con los intelectuales, manteniendo esa posición hasta su muerte en 1876.
 
Orestes Brownson, filósofo que influyó en la conversión de Hecker
 
Retornando a Hecker, visitó en 1843 al ministro episcopaliano Samuel Seabury, pero en 1844 se convirtió al catolicismo, recibiendo el bautismo de manos del obispo de Nueva York, y en 1845 ingresó al noviciado redentorista en Bélgica, recibiendo las sagradas órdenes por Nicholas Wiseman, obispo de Westminster, en 1849, permaneciendo como redentorista hasta Marzo de 1858, cuando fue liberado de sus obligaciones redentoristas por el Papa Pío IX luego de que el Superior General de los Redentoristas lo expulsara porque viajó a Roma sin las autorizaciones suficientes. Ese mismo año, fundó junto con sus amigos George Deshon, Augustine Hewit, Francis Baker y Clarence Walworth (también provenientes del protestantismo) la Sociedad de Misioneros Paulistas en la ciudad de Nueva York, con el propósito de la conversión de los Estados Unidos al Catolicismo, tanto por la predicación como por la prensa. El impacto de dicha fundación fue doble, porque dirigió la atención de los estadounidenses a la Iglesia Católica Romana, y estimuló el interés católico en los acatólicos de Estados Unidos. Pero el entero trasfondo del heckerianismo parecía lleno con la filosofía transcendentalista (el trascendentalismo es una corriente que, para decirlo de una manera, reencaucha la teoría rousseauniana de la bondad natural y la valoración de la intuición sobre lo empírico, rechazando los milagros, la necesidad de la jerarquía religiosa ni la mediación de Jesucristo), y el propio Hecker estaba dispuesto a aceptar una actitud liberal respecto a la religión, y, sin duda, hubo otros que reconocieron su tendencia también. Durante el Concilio Vaticano I, fue perito teólogo para el cardenal Gibbons. Hecker regresó a Estados Unidos, donde murió en 1888 a causa de una leucemia.
  
En 1890, el P. Walter Elliott, editor del períodico paulista Catholic World, que fue acusado de “tendencias liberalizantes” por el arzobispo Corrigan, publicó una biografía del P. Hecker. Esta obra abiertamente defendía una tesis activista en oposición a las viertudes más pasivas, como vemos en la Iglesia actual, y tenía la introducción de nadie más que el cardenal Gibbons y del arzobispo Ireland, ambos considerados progresistas. Para 1897, las teorías heckerianas eran tan cautivadoras que aparecieron en Europa gracias a una traducción al francés de la biografía escrita por Elliot, traducción hecha por la condesa Louise de Ravilliax. La introducción para esta obra fue suplida por el Abbé Félix Klein, quien enfatizó las innovaciones del padre Hecker aún más que en el inglés original. Los católicos franceses fueron alentados a tener al padre Hecker como un ejemplo para los católicos vanguardistas, casi tomándolo como su santo patrono. Pero los conservadores europeos estuvieron alerta y, en Marzo de 1898, comenzaron a aparecer artículos denunciando esta nueva doctrina que dieron en llamar Americanismo, escritos por el Abbé Charles Magnien, de los Hermanos de San Vicente de Paúl, donde acusaba a los católicos estadounidenses de “abogar por el falso liberalismo: la separación absoluta de la Iglesia y el Estado, limitación de la sumisión a las autoridades legítimas, criticismo contra las antiguas órdenes religiosas, y la exaltación de las virtudes activas y naturales sobre las pasivas y sobrenaturales” (justo como enfatizaban Gibbons y Hecker).
   
Gibbons, posiblemente concluyendo que las cosas se estaban saliendo de su mano, protestó que no existía tal cosa como el Americanismo. Pero para entonces ya era demasiado tarde, y el 22 de Enero de 1899, el Papa León XIII envió una Carta Apostólica al cardenal Gibbons conocida como Testem Benevoléntiæ. Aunque la carta no estaba principalmente dirigida sobre el Americanismo y era casi cordial en su naturaleza, el Papa resalta el error encarnado en dicha corriente:
1) La concepción de que hay una necesidad de adaptar a la Iglesia a las demandas de la civilización moderna e inclinarse a un método más democrático, 2) que debería haber más atención a la libertad individual de pensamiento y acción, puesto que el Espíritu Santo opera en la consciencia del individuo más directamente que en la jerarquía. Los errores del americanismo le quitan importancia a las virtudes pasivas como la mortificación, la obediencia y la contemplación, y la concentran en las virtudes activas, como el apostolado activo y la organización. Después de un examen detenido, el Papa concluye con estas palabras: ‘no podemos aprobar el denominado «americanismo»’ Aunque actuando con los más elevados motivos, los ‘americanistas’ se encontrarían a sí mismos, respecto a la doctrina, en una posición que es difícil reconciliar con la doctrina y el espíritu tradicional de la Iglesia. (The Bible: Catholic Action Edition - La Biblia, Edición de la Acción Católica. Good Will Publishers Inc., Gastonia, NC. 1953)

De acuerdo al hermano William Kiefer SM, en su libro León XIII: Una luz del cielo, la referencia de arriba a Testem Benevoléntiæ trata de “los pensamientos que él [León XIII] tuvo sobre el prefacio francés de la Vida del padre Hecker”. Pero se apresura a decir:
El arzobispo Ireland, que estuvo en Roma en ese tiempo, le escribió al Santo Padre, repudiando y condenando todas las opiniones que la carta apostólica repudiaba y condenaba. Luego Gibbons le escribe al Papa sobre el mismo asunto. La carta declara que ningún católico estadounidense educado adhería al americanismo. Corrigan y los obispos alemanes aún insistían que el americanismo existía en los Estados Unidos. Algunos han afirmado que el Papa estaba mal informado, pero si fuera así, no duró mucho tiempo dicha afirmación”.
  
En una nota al pie, dice:
“El cardenal Gibbons escribió a León XIII el 17 de Marzo de 1899, en parte: ‘Esta doctrina, que yo deliberadamente llamo extravagante y absurda, este Americanismo, como se le ha dado en llamar, no tiene nada en común con las miras, aspiraciones, doctrinas y conducta de los estadounidenses’”. En John Tracy Ellis, The Life of James Cardinal Gibbons, Archbishop of Baltimore (1834-1921), Vol. II. Bruce Publishing Co., Milwaukee, 1952.  Pág. 71.
  
El hermano Kiefer entonces continúa:
“Una carta interesante del arzobispo Ireland ha probado ese punto (que el Papa estaba ‘mal informado’). El arzobispo, escribiéndole a la señora Bellamy Storer en 1900 declaró: ‘El Papa me dijo que olvidara la carta sobre el americanismo, que no tiene aplicación excepto en pocas diócesis de Francia’. Poco después, el Abbé Klein repudió el americanismo e indicó que no seguiría lo que él comenzó”.
  
El liberalismo nacido en ese “joven y entusiasta país al otro lado del mar”, como llamaba León XIII a los Estados Unidos, escapó a la condenación que justamente merecía. ¿Será que León XIII era extremadamente ingenuo? ¿Era víctima de una conspiración modernista para aislarlo de la verdad de la situación? La última de las dos posibilidades parece la más adecuada, si analizamos bien el contexto histórico:

El 20 de Abril de 1884, el Papa León XIII presentó su encíclica Humánum Genus, condenando a la francmasonería, siguiendo el ejemplo de sus antecesores Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI y Pío IX. En esta encíclica, el Papa declaró que los masones
consiguen persuadir de hecho el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás […]
Puede, en efecto, parecer a algunos que nada piden los Masones abiertamente contrario a la religión y buenas costumbres; pero como toda la razón de ser y causa de la secta estriba en el vicio y en la maldad, claro es que no es lícito unirse a ellos ni ayudarles en modo alguno”.
  
El Papa León XIII conocía perfectamente el peligro que amenazaba a la Iglesia por los masones, que habían comenzado en Europa su labor de demolición, mediante la Revolución burguesa, y era consciente del objetivo final que tenían, expresado en 1782 por Adam Weishaupt, fundador de la Orden de los Iluminados:
Infiltraremos ese lugar [el Vaticano] y una vez adentro no saldremos de allí. Lo carcomeremos desde adentro hasta que no quede más que una cáscara vacía”.
  
Satanás vio que el último cuarto del siglo XIX era la oportunidad que necesitaba para desviar los esfuerzos de León XIII para detener la malvada unión de los iluministas europeos y los liberales estadounidenses, haciéndole dirigir su fuego en cambio a “unas pocas diócesis en Francia”, según expresara el arzobispo Ireland en su carta. ¿Cómo? ¡Merced al cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro, Secretario de Estado del mismo Papa! Tan cercana era la relación entre ellos que alguno decía que Rampolla era el “alter ego” de León XIII. De ahí que puede decirse que el consejo y la influencia de Rampolla tuvo un profundo efecto en la toma de decisiones del Papa respecto al americanismo (como veremos, Rampolla se anticipó a los espías Alger Hiss y Alighiero Tondi). Era tal el poder de Rampolla que cuando los cardenales entraron en cónclave el día 31 de Julio de 1903 para elegir el sucesor de León XIII, se creía que sería el ganador, máxime si se tenía en cuenta que era el artífice de la conciliación entre la Iglesia y el republicanismo francés.

Mariano Rampolla

Sin embargo, Monseñor Ernest Jouin, un estudioso francés, estuvo alerta del complot masónico y estuvo convencido de que Rampolla pertenecía a una logia masónica. Él le pidió al emperador Francisco José de Austria que usara su derecho al veto secular para bloquear la elección de Rampolla, quien había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. Fue en la votación de la mañana del 2 de Agosto cuando el Cardenal Jan Puzyna de Kosielsko presentó el veto del emperador austrohúngaro. Rampolla protestó agriamente, pero el cónclave eligió como nuevo Papa al cardenal Giuseppe Melchior Sarto (luego San Pío X). El nuevo Papa inmediatamente apartó al cardenal Rampolla de la Secretaría de Estado, y al morir Rampolla, se descubrió que efectivamente pertenecía a la sociedad secreta Ordo Templi Oriéntis. Pero, como había declarado Adam Weishaupt, “Una vez entremos, no saldremos de allí”. La masonería eclesiástica regresó en su accionar hacia 1945, y se entronizó en la Cátedra petrina al ser electo Ángelo Giuseppe Roncalli Marzolla, quien tomó el nombre de Juan XXIII (ya hubo un antipapa con ese nombre, así que en adelante le agregaremos la palabra “bis”). De Juan XXIII bis se dice que se inició en la logia de Estambul, pero lo cierto es que nombró cardenal al masón Giovanni Battista Montini Alghisi, que luego será Pablo VI. Roncalli y Montini son los creadores de la Iglesia Deuterovaticana, que aparenta ser la Iglesia Católica pero no lo es.
  
Décadas después, en la edición de Septiembre de 1976 de la revista Lectures Françaises [Lecturas francesas] y de la revista italiana Panorama fue publicada una lista de nombres de altos oficiales de la Iglesia, junto con los cargos que tenían y las fechas en que fueron aceptados en la masonería. Esta lista fue conocida como “Lista Pecorelli”, por ser el periodista Carmine Pecorelli quien la develó. Entre otros oficiales eclesiales de alto rango, fueron incluidos Pasquale Macchi, secretario privado de Pablo VI (fecha de iniciación: 23 de Abril de 1958, Matrícula 5463/2 y nombre código MAPA), y su capellán Ítalo Macini (fecha de iniciación: 18 de Marzo de 1968, matrícula 1551/142 y nombre código MANI). Su Secretario de Estado Jean Villot (fecha de iniciación: 6 de Agosto de 1966, matrícula 041/3 y nombre código JEANNI), el secretario de la Congregación para las Iglesias Orientales Mario Rizzi (fecha de iniciación: 16 de Septiembre de 1969, matrícula 43/179 y nombre código MARI), e incluso el prefecto de la Congregación para los Obispos, Sebastiano Baggio  (fecha de iniciación: 27 de Noviembre de 1967, matrícula 63/143 y nombre código SEBA) fueron también incluidos en la lista. En total, hubo dieciocho nombres cercanos a Pablo VI en la lista, muchos de los cuales desempeñaron roles importantes durante y después del Vaticano II, concilio en el cual se acogió la doctrina masónica y americanista de la libertad religiosa y la separación Iglesia-Estado, por la influencia de otro norteamericano: John Courtney Murray.

John Courtney Murray, segundo padre del Americanismo

El padre John Courtney Murray SJ introdujo una enseñanza nueva y extraña sobre las relaciones Iglesia-Estado hacia la década de 1940, en abierta oposición a la doctrina católica oficial, claramente definida por Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y Pius XII. La sana doctrina sobre las relaciones entre la Iglesia y los Estados, enseñada hasta 1964 en los manuales y tratados de teología dogmática en los seminarios, es la del Estado confesional Católico, sometido indirectamente a la Iglesia. Murray sostenía lo contrario, esto es, que lo primordial era que en un mismo país todas las religiones tuviesen igual libertad, y que la Iglesia Católica había abandonado los lazos de caridad en pos de la autoridad monárquica. Sus mayores antagonistas en Estados Unidos fueron el padre Francis J. Connell CSSR, Mons. George W. Shea y Mons. Joseph Clifford Fenton (todos profesores en la CUA en ese entonces). Aunado a ello, Mons. Fenton fue editor de la American Ecclesiastical Review, una revsta para clérigos y laicos enfocada en la defensa de la Ortodoxia Católica en obediencia a la Santa Sede.

Mons. Joseph Clifford Fenton, uno de los últimos defensores de la Ortodoxia Católica en los años previos a la hecatombe conciliar.
  
En la década de los 50’s, la revista publicó ampliamente sobre el debate con Murray. El cardenal Alfredo Ottaviani, Pro-Secretario del Santo Oficio, defendió a Mons. Fenton en una conferencia en la Universidad Lateranense el 2 de Marzo de 1953; y en 1954, el cardenal Giuseppe Pizzardo (Secretario del Santo Oficio) ordenó a Murray retractarse de sus errores sobre el tema; y si no hubiese sido por la muerte de Pío XII, hubiese sido publicada la condena oficial contra Murray y Jacques Maritain.
  
El 18 de Febrero de 1984, el Secretario de Estado del Vaticano, Agostino Casaroli, y el Primer ministro italiano, Bettino Craxi (miembro del Partido Socialista Italiano), firmaron un tratado sobre las relaciones entre la Santa Sede y la República Italiana que tomó dieciséis años negociar. Bajo ese Concordato, que remplazaba el Tratado de Letrán, el catolicismo no sería más la religión del Estado italiano, toda vez que reconoce los derechos de los miembros de las otras religiones para practicar su creencia en un plano de igualdad con los católicos.
  
Firma del Acuerdo de Villa Madama (Concordato de 1984) por Bettino Craxi (Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana) y Agostino Casaroli (Cardenal Secretario de Estado del Vaticano). Craxi era miembro del Partido Socialista Italiano, y Casaroli
     
Otra provisión trágica del nuevo concordato es la remoción del estatus oficial que tenía Roma como ‘Ciudad Sagrada’. Entre los privilegios que tenía esa designación estaba el veto a los libros y espectáculos ofensivos y pornográficos dentro de los límites de la ciudad. Los diques de la inmundicia están ahora abiertos. El poder de la Iglesia ha sido grandemente disminuido, y el concordato incluso “hace que las nulidades matrimoniales canónicas sean sujetas a confirmación por el Estado”. Posterior a la firma del concordato, el cardenal secretario de Estado
“declaró que el pacto estaba conforme a las conclusiones del Concilio Vaticano II, particularmente en lo concerniente a la libertad religiosa”.

El Rev. Romeo Panciroli, a la sazón vocero de la Santa Sede, dijo que la negociación duró mucho tiempo por la inestabilidad de los gobiernos italianos. Pero un consejero de Craxi llamado Gennavo Aquaviva afirmó que el gobierno socialista “le dio mayor prioridad al asunto que los gobiernos democristianos anteriores que tenían vínculos tradicionales con la Iglesia. Y sí, el señor Aquaviva estaba en lo cierto, si se tiene en cuenta que el socialismo es uno de los catorce errores modernos que se deben combatir. Mas la duda salta: ¿por qué hubo que esperar hasta tanto por un acuerdo el cual permite la exhibición de material pornográfico hasta las goteras del Vaticano, y que pone en “plano de igualdad” a las otras religiones? ¡PORQUE HABÍAN OBISPOS Y CARDENALES AFILIADOS EN LA MASONERÍA! Y no son solamente los tradicionalistas quienes lo aseguran:
  • En una carta a Giordano Gambini (Gran Maestro del Gran Oriente de Italia entre 1961 y 1970), el sacerdote paulino Rosario Francesco Esposito (filomasónico), afirmó que “existían decisiones de Pablo VI que son una apertura incondicional a la masonería”.
  • Al ser preguntado sobre la existencia de testimonios concernientes a la pertenencia de eclesiásticos en la masonería, el abogado y profesor de Historia de las religiones en la Pontificia Facultad de Teología Mariánum Mario Bacchiega respondió: “He visto muchos religiosos en la Logia, y no del bajo clero: Eran personas revestidas de responsabilidad”. Y cita que durante la primera sesión del Vaticano II, el “obispo rojo de Cuernavaca” Sergio Méndez Arceo, pidió en dos oportunidades que el decreto de excomunión contra la masonería fuese derogado porque “habían muchos obispos afiliados a la masonería”.
  • El Gran Maestro del Gran Oriente de Italia Giuliano Di Bernardo afirmó el 23 de Marzo de 1991 al diario Corriere della Sera que reaccionarían a los ataques contra el Papa, porque “entre nosotros hay altos prelados”.
  
Entre esos “altos prelados” destacaba el ya referido Casaroli (fecha de iniciación: 28 de Septiembre de 1957, matrícula 41/076 y nombre código CASA). Mas tampoco es de sorprenderse que el Código wojtyliano de Derecho Canónico dé la impresión de que la pertenencia a las sociedades masónicas no fuese contra la Iglesia (como si el naturalismo masónico no fuese enemigo mortal del Evangelio de Cristo), porque el Canon 1374 del mismo define:
“Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho”.
  
Ese canon wojtyliano es tan ambiguo y se presta a doble interpretación que Juan Pablo II y Benedicto XVI, bien por sí o por medio de la Congregación de la Doctrina de la Fe, se veía precisado a hacer aclaraciones. Por su parte, el Código Pío-Benedictino era más específico en el Canon 2335 a la hora de la adecuación típica:
“Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ‘ipso facto’ en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica”.
Y el canon 2336 estatuye que además de la excomunión ipso facto, los clérigos y religiosos que incurran en el delito anterior serán suspendidos o privados del beneficio, oficio, dignidad, pensión o cargo que puedan tener en la Iglesia, y denunciados ante la Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio.
  
Y fue así que el indiferentismo religioso concebido en el seno de la Luz masónica y cuyo parto fue oficiado por el Americanismo en el pabellón de maternidad llamado Concilio Vaticano II, y sus obras son patentes: una iglesia modernista con liturgia marcadamente protestante, que vive esclavizada por el miedo a herir la sensibilidad de los acatólicos, y que sacrifica lo poco de católico que les queda para ser populares con un discurso de justicia social, dignidad humana, paz mundial y ecumenismo. En una palabra, EL MAYOR ERROR DE LA MASONERÍA TANTAS VECES CONDENADO POR LA IGLESIA CATÓLICA DE SIEMPRE (“El tema religioso debe ser indiferente a la sociedad”) ES DOGMA DE LA APÓSTATA SECTA DEL VATICANO II. Fue por eso que el cardenal masón Achile Liénart exclamó en su lecho de muerte: “¡Humanamente hablando, la Iglesia está perdida!”.
  
Pero esa victoria en el plano espiritual es aparente y no durará, porque como Nuestro Señor Jesucristo prometió que “las puertas del Infierno NO PREVALECERÁN contra la Iglesia”, y como Dios no faltará a su Palabra, el Remanente Católico permanece vivo y en pie de lucha para defender la Ley de Oración y Creencia tradicional, espera la Gran Parusía Apocalíptica, contando con el auxilio de la Bienaventurada Virgen María, de San José, todos los Ángeles y Santos y las Benditas Ánimas del Purgatorio.
   
FUENTES CONSULTADAS
NEWMAN C. EBERHARDT CM. A Survey of American Church History (Un estudio sobre la historia de la Iglesia estadounidense), Newman C. Eberhardt, C.M.
WILLIAM J. KIEPER SM. Leo XIII: A light from Heaven (León XIII: Una luz del Cielo). Bruce Publishing Co., Milwaukee, 1961.
P. LUIGI VILLA. Paolo VI beato? (¿Pablo VI beato?). Edizioni Civiltà, Brescia. 2011.
Encyclopedia Americana, 1979.
HENRY KAMM. Italy abolishes State religion in Vatican pact (Italia abole la religión de Estado con pacto vaticano). The New York Times, 19 de Febrero de 1984.
TFP News Letter (Noticias de la TFP), Vol. IV – No. 3 – 1984.

1 comentario:

  1. Dios mío!! Nuestras generaciones no son más que herederas de ese Americanismo que prendió como fuego en las consciencias incautas y veleidosas.

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