viernes, 5 de enero de 2018

EXPLICACIÓN DEL “Et ne nos indúcas in tentatiónem” EN LA ORACIÓN DOMINICAL

Jesús tentado en el desierto (Mosaico en la Basílica de San Marcos, Venecia)
  
Pregunta. ¿Qué pedís diciendo: No nos dejes caer en tentación?
Respuesta. Que no nos permita dar consentimiento a las tentaciones del demonio.
  
EXPLICACIÓN: No basta que Dios por su gran misericordia nos perdone nuestros pecados, como se lo suplicamos en la petición anterior, sino que es necesario, además, que su divina mano nos sostenga para no volver a cometerlos; por eso le pedimos en ésta, que no nos deje caer en la tentación. ¿Y qué cosa mas necesaria? La vida del hombre es una tentación sobre la tierra, es una guerra, dice el Santo Job. Tenemos que pelear continuamente con el mundo, el demonio, y la carne, cuyas armas son las tentaciones. El mundo nos tienta con sus riquezas, honras y placeres, con sus malos ejemplos y peores discursos, con sus modas indecentes y lenguaje escandaloso. El demonio nos tienta representándonos con viveza las glorias del mundo, y diciéndonos como a Jesucristo en el desierto: Todo esto to daré, si de rodillas me adorares; provocando nuestra concupiscencia con inclinaciones obscenas, y sugiriéndonos pensamientos malignos de todas clases. Finalmente, la carne nos tienta rebelándose continuamente contra el espíritu; resistiéndole porfiadamente, y trabajando incesantemente en hacer que consienta con sus desordenados deseos.
   
¿Cómo, pues, podremos sostenernos contra enemigos tan peligrosos, tan sagaces y tan porfiados, ni salir con la victoria en una pelea tan desigual, tan empeñada y tan duradera, que no cesa sino cuando cesa la vida? Nuestra ruina será inevitable, si la mano poderosa de Dios no nos sostiene; lo que debemos pedirle con gran fervor e íntimo deseo de ser socorridos. Pero se debe advertir que no se nos ha dicho que pidamos a Dios que nos libre de ser asaltados de la tentación, sino que no nos deje caer en ella; pues el pecado no consiste en padecer la tentación, sino en el consentimiento que desgraciadamente le presta nuestra voluntad. La tentación es una prueba a que somos puestos, permitiéndolo Dios para que le probemos nuestra fidelidad y nuestro amor: si resistimos a ella y la vencemos, somos buenos soldados, buenos siervos, buenos hijos, y crecemos en gracia, en virtud y en merecimiento; pero si cedemos a ella por nuestra debilidad, o le abrimos la puerta por nuestra malicia, caemos en el pecado y nos hacemos enemigos de Dios. Esto es de lo que pedimos a Dios que nos libre, diciéndole: no nos dejes caer en la tentación. También le pedimos que nos libre de ser asaltados de algunas tentaciones que son para nosotros de mucho mayor peligro que otras en que corramos menos riesgo.
  
Canónigo Magistral SANTIAGO JOSÉ GARCÍA MAZO. Catecismo explicado de la Doctrina Cristiana, Parte Segunda. Ciudad de México, imprenta de La Voz de la Religión, año 1852.

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