miércoles, 2 de agosto de 2017

EL ATAQUE DE LA PRENSA MUNDIAL CONTRA LA IGLESIA CATÓLICA EN EL CONCILIO VATICANO I

Gracias al Cardenal Henry Manning es posible trazar una comparación de lo que puede sólo describirse como el impío paralelo entre el papel que desempeñó la prensa durante el Primero y el Segundo Concilio Vaticano. El paralelo resulta tan estrecho que sólo podemos concluir que la fuerza que animó ambas campañas fue la misma.

Cardenal Henry Edward Manning, Arzobispo Católico de Westminster (Inglaterra)
  
Según el Cardenal Manning,
también se había difundido la creencia de que el Concilio aclararía las doctrinas de Trento o les daría algún significado nuevo o más laxo, o reabriría algunos temas que se consideraban ya cerrados, o llegaría a un acuerdo o transacción con las otras religiones; o, por lo menos, que adaptaría la rigidez dogmática de sus tradiciones al pensamiento y la teología modernos. Resulta extraño que se haya olvidado que todos los Concilios generales, desde Nicea hasta Trento, que trataron sobre la fe, han hecho nuevas definiciones y que cada nueva definición es un nuevo dogma, y cierra lo que antes estaba abierto y ajusta con mayor estrictez las doctrinas de la fe. No obstante, aquella creencia despertó una excitación mezclada con esperanzas de que Roma, al tornarse comprensiva, fuera más asequible, o que volviéndose contradictoria perdiera poder sobre la razón y la voluntad de los hombres” [618].
   
¡No es necesario comentar hasta qué punto esas aspiraciones se cumplieron como resultado del Vaticano II! El objetivo principal de la campaña periodística era impedir la definición de la infalibilidad papal [619]. También era ése, por supuesto, el objetivo de todas las poderosas fuerzas anticatólicas del mundo, fuerzas que controlaban ampliamente la prensa, aun en países nominalmente católicos. La influencia masónica ha sido particularmente notable en lo que a prensa se refiere, y no debe sorprendernos, si se tienen en cuenta los objetivos de la masonería. Una vez que se supo que ciertos obispos se oponían a las definiciones propuestas, se desató una campaña periodística en su apoyo. La situación era entonces inversa a la del Vaticano II; durante el Vaticano I los de la minoría eran los “buenos” y los de la mayoría los “malos”. Cuando se supo la existencia de esa “oposición internacional” (cuyo alcance se exageró notablemente) entonces:
“En un momento, todo el mundo los respaldó. Gobiernos, políticos, periódicos, cismáticos, herejes, infieles, judíos, revolucionarios, como con un instinto infalible, se unieron para exaltar y proclamar la virtud, la erudición, la ciencia, la elocuencia, la nobleza y el heroísmo de esta “oposición internacional”. Con una reiteración verdaderamente homérica, ciertos epítetos eran siempre ligados a ciertos nombres. Todos los que estaban contra Roma eran ensalzados; todos los que estaban a favor de Roma eran vilipendiados” [620].
   
El Cardenal Manning explica que:
“Por una maravillosa disposición de las cosas, sin duda para bien de la raza humana, y por sobre todo de la Iglesia misma, el Concilio fue dividido en una mayoría y una minoría: y por una providencia aun más benéfica y admirable resultó que la teología, la filosofía, la ciencia, la cultura, el poder intelectual, la inteligencia lógica, la elocuencia, la sinceridad, la nobleza de pensamiento, la independencia de espíritu, el valor y la elevación de carácter del Concilio se encontraron todos en la minoría. La mayoría era naturalmente un Mar Muerto de superstición, estrechez, frivolidad, ignorancia y prejuicio; carente de teología, filosofía, ciencia o elocuencia; proveniente de “viejos países católicos”; fanáticos, tiránicos, sordos a la razón; con un rebaño de “clérigos italianos y curiales” y meros “Vicarios Apostólicos”.
  
Los cardenales presidentes eran hombres de carácter tiránico y autoritario que mediante violentos campanillazos e interrupciones intemperantes ahogaban la serena e inexorable lógica de la minoría.

Pero la conducta de la mayoría era todavía más despótica. Por medio de griteríos violentos, gestos amenazadores. y clamorosas manifestaciones en torno de la tribuna, ahogaban la emocionante elocuencia de la minoría, y obligaban a los incontrovertibles oradores a descender [621].
   
El Cardenal Manning se esforzó muchísimo por desmitificar la falsa imagen del Concilio inventada por la prensa. Todas sus afirmaciones, fueren generales o particulares, son analizadas minuciosamente y refutadas por completo pero, al igual que con el Vaticano II, el mito quedó como realidad en la imaginación popular. El Vaticano I hasta tuvo su equivalente de Xavier Rynne, el “hombre misterioso” del Vaticano II, cuyo seudónimo tal vez ocultara una identidad colectiva [622].
   
El Vaticano I tenía su “Janus”, cuyo esfuerzo por destruir la autoridad del Papa y del Concilio fue “un elaborado intento de muchas manos” [623]. Los artículos de “Janus” se recopilaron en un tomo que se tradujo a varios idiomas.
   
El Cardenal Manning consideró su deber particular durante los ocho meses en que fue “testigo cercano y constante de los actos y procedimientos del Concilio, el estar al día de todas las historias e invenciones urdidas por la prensa de Italia, Francia, Alemania, e Inglaterra”. Cuando desde Inglaterra se le preguntó qué había que creer con respecto al Concilio, contestó: “Leed cuidadosamente la correspondencia desde Roma que se publica en Inglaterra, creed lo contrario y no estaréis lejos de la verdad” [624], Manning señaló la forma en que la campaña periodística destinada a socavar al Concilio había sido abiertamente prefabricada y coordinada cuidadosamente [625]. “Una liga de periódicos, alimentados desde un centro común, difundían por todos los países la esperanza y la confianza de que la ciencia y la ilustración de la minoría salvarían a la Iglesia Católica de las desmesuradas pretensiones de Roma y de la ignorancia supersticiosa del episcopado universal” [626].
  
La distribución de circulares a los obispos durante el Vaticano II también tuvo su equivalente en el Vaticano I. “Los obispos recibieron un documento anónimo, que apareció simultáneamente en francés, inglés, alemán, italiano y castellano, con minuciosos argumentos en contra de la oportunidad de definir la infalibilidad del Romano Pontífice” [627].
   
El Cardenal Manning también subraya lo difícil que le resultaba al Concilio, ante esa campaña periodística, poder prestar su máxima atención al análisis de los importantes temas de su agenda, problema que también se les presentó, varias veces amplificado, a los Padres del Vaticano II.
Es obvio que se necesitaba total independencia y tranquilidad mental para tratar tantos temas como los que encaraba el Concilio; ello resultó imposible bajo los incesantes ataques de los gobiernos hostiles y de la omnipresente prensa, el perpetuo hostigamiento de amigos semi-informados y las incesantes tergiversaciones de los enemigos” [628].
  
El secreto del Concilio también fue violado, al igual que lo fue durante el Vaticano II. Los enemigos de la Iglesia
“estaban en íntima y constante comunicación con los miembros de la oposición dentro del Concilio. Muchos de ellos conseguían los esquemas apenas se les distribuían a los obispos. Debe recordarse que este hecho prueba la violación del secreto impuesto a todos los que estaban dentro del Concilio, y en el caso de los que habían jurado observarlo, constituía perjurio” [629].
  
Por cierto que la campaña en contra del Concilio fracasó. Fracasó porque el papa no desfalleció, enfrentó el error con la condenación y contestó las exigencias de modificar o adaptar la verdad católica al espíritu de la época, reafirmándola con la fuerza y la claridad de Trento, y a pesar de las profecías de sus enemigos de que la declaración de la infalibilidad papal sería el golpe mortal para la Iglesia, ella surgió más fuerte y más vigorosa que nunca. Esto, por cierto, provocó toda la furia de la Ciudad del Hombre. Se manifestó el odio del mundo a la Iglesia y al mismo tiempo se manifestó la naturaleza divina de la Iglesia Católica; porque el odio del mundo fue señalado por el mismo Cristo como uno de los signos de Su Cuerpo Místico, que no sólo debe predicar a Cristo crucificado, sino revivir también el misterio de su crucifixión y Su resurrección hasta que Él vuelva glorioso. Si Cristo se hubiera allanado a dialogar con Sus enemigos, si se hubiera prestado a adaptarse, a hacer concesiones, entonces hubiera podido evitar la Crucifixión, pero ¿qué valor habría tenido entonces la Encarnación? El Papa Pío IX siguió el ejemplo de Cristo, cuyo Vicario era, y
Así como la cumbre atrae a la tormenta, así la mayor violencia cayó sobre la cabeza del Vicario de Jesucristo. Sobre esto no diré nada. La posteridad conocerá a Pío IX; el mundo lo conoce ya demasiado para recordar, salvo con asco y disgusto, el idioma de sus enemigos. “Si han llamado Belcebú al dueño de casa, ¿qué no dirán de sus ocupantes?” Nadie tiene ese privilegio más que el Vicario del Maestro; y es un gran gozo y una clara fuente de vigor y confianza que todos los ocupantes de la casa compartan esa señal, que siempre distingue a los que están de Su lado contra el mundo [630].
  
MICHAEL TRENDHAL DAVIES, El Concilio del Papa Juan [Traducción de Ana María Zuleta]. Ed. ICTIÓN, Buenos Aires, 1981. Apéndice III: LA PRENSA Y EL CONCILIO VATICANO PRIMERO (Págs. 151-153).
  
NOTAS (en el original)
[618] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 15.
[619] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 16.
[620] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Íbid.
[621] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Págs. 10-11.
[622] Revista Newsweek, 12 de Agosto de 1963, Pág. 77.
[623] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council [La Verdadera Historia del Concilio Vaticano]. Londres, 1877, Pág. 67.
[624] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 2.
[625] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 15. Y The True Story of the Vatican Council. Págs. 68 y 151.
[626] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 17.
[627] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 70.
[628] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 81.
[629] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 145.
[630] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 10.

1 comentario:

  1. Xavier Rynne, el “hombre misterioso” que revelaba los borradores del Vaticano II, era en realidad el redentorista estadounidense Francis Xavier Murphy Rynne (1914-2002), que colaboraba para el semanario The New Yorker.

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