miércoles, 9 de agosto de 2017

ORACIÓN A SAN JUAN MARÍA VIANNEY

«Sencillo, extremadamente pobre y desprendido de las cosas mundanas, cuanto intelectualmente parecía sin grandes riquezas, otro tanto Juan María Vianney era sin embargo rico en fe y celo, tanto que devino en el ideal y el modelo de los buenos párrocos: en una sola palabra el Santo Cura de Ars». (Card. Alfredo Ildefonso Schuster OSB, Liber Sacramentorum, Turín, Marietti eds., 1932, tomo. VIII, pág. 156)

Pasaron ya, ¡oh San Juan María Vianney! los primeros años de tu ministerio de los que decías: “Esperaba de un momento a otro ser suspendido y condenado a terminar mis días en las prisiones. En aquel tiempo se olvidaban de comentar el Evangelio en los púlpitos y se predicaba sobre el pobre cura de Ars. ¡Oh, cuánta cruz debía yo sobrellevar!... ¡Me abrumaba tanto que casi no lo podía soportar! Comencé a pedir el amor de las cruces; entonces fui feliz”.
  
Para ti ha terminado ya el trabajo; mas desde el seno de tu reposo escucha a los obreros de la salvación implorar tu patrocinio; sosténles en tu misión cada día más ingrata, más llena de amarguras. A aquellos a quienes la paciencia amenaza doblegarse ante la persecución y las calumnias, repíteles las palabras que tu decías a uno de tus predecesores: “Amigo mío, haz como yo. Me enfadaría si Dios fuese ofendido; más por otra parte, me alegro en el Señor de todo aquello que él permite se diga contra mí, porque las condenaciones del mundo son bendiciones de Dios. Las contradiciones nos colocan al pie de las cruces y las cruces a la puerta del cielo. ¿Acaso el que huye de la cruz, no huye de Aquel que quiso ser clavado en ella y morir por nosotros? ¡Qué la cruz haga perder la paz! Es ella la que ha dado la paz al mundo, y la que debe llevarla a nuestros corazones”.

Elevado a la Silla apóstolica en el día aniversario de tu entrada en la gloria, San Pío X que te insertó en el código de los Bienaventurados, escogió precisamente ese mismo día 4 de Agosto para dirigir al clero católico la exhortación solemne que inspiraban a su corazón de Pontífice nuestros tiempos malvados y repletos de peligros. Ayuda con tus súplicas ante el pie del trono del Señor las recomendaciones que el sucesor de Pedro sacaba de vuestro ejemplo, cuando decía a los sacerdotes: “Sola la santidad puede hacer de nosotros lo que exige nuestra divina vocación, a saber, hombres crucificados al mundo y en los cuales esté crucificado el mismo mundo (Gálatas 6, 14), que no miran hacia el cielo más que en lo que les concierne, y no perdonan esfuerzos para llevar a los demás”. Hombres de Dios (I Timoteo 6, 2) ¿es necesario que se muestren únicamente aquellos que son la luz del mundo (San Mateo 5, 14) la sal de la tierra (San Mateo 5, 13) los embajadores (II Corintios 5, 20) de Aquel que se digna llamarles sus amigos (San Juan 15, 15) que les hace dispensadores de sus dones (I Corintios 4, 1)? No serán ellos fuente de santidad como tienen que serlo para los demás, si en primer lugar no son ellos mismos santos en el secreto de la faz del Señor; en la medida en que ellos se den a Dios, Dios se dará por su medio al pueblo.

¡Oh Juan María! Ojalá puedan decirse a sí mismos y decir a los demás contigo: “Fuera de Dios, no hay nada que sea sólido. La vida pasa; la fortuna se derrumba; la salud se destruye, la reputación es atacada. Nosotros caminamos como el viento. El paraíso, el infierno y el purgatorio tienen un gusto anticipado desde esta vida. El paraíso reside en el corazón de los perfectos que están muy unidos con nuestro Señor; el infierno está en el de los impíos; y el purgatorio en las almas que no están muertas a ellas mismas. El hombre ha sido creado para el amor: por eso está tan dispuesto para amar; por otra parte es tan grande que nada puede contenerle sobre la tierra. No está contento más que cuando se dirige hacia el cielo”.
  
DOM PROSPER GUERANGER OSB. El Año Litúrgico, tomo IV (Traducción Española). Editorial Aldecoa, Burgos 1956, Págs. 759-761

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