miércoles, 27 de junio de 2018

CARTA DE MONS. LEFEBVRE AL CARDENAL OTTAVIANI, SOBRE LA CRISIS ECLESIAL GENERADA POR EL VATICANO II

Traemos otro documento histórico que apenas recientemente ve la luz pública: La carta que Mons. Marcel Lefebvre enviara al Santo Oficio liderado por el cardenal Alfredo Ottaviani en 1966, exponiéndole las consecuencias que trajo el Vaticano II a un año de su clausura, y apelando al reclamante al Papado en ese tiempo que haga el retorno a la Fe y la Doctrina Católica (aunque sabemos ahora que no sucedió NADA, toda vez que el mismo Montini apoyaba la deriva teológica y disciplinaria).
   
Esta carta, que no pierde actualidad -sobre todo ahora que salió el Anuario Pontificio del 2018 y el Anuario Estadístico Eclesial del año 2016 señalando la persistente disminución en las vocaciones sacerdotales y religiosas neo-eclesiales desde el año 2015-, tiene cierto viso profético, porque describe el “magisterio mediático” de Bergoglio, que prefiere sentar cátedra con sus improvisadas entrevistas, audiencias y homilías (alentando el error y la impiedad, por descontado). - Original en Italiano publicado en RADIO SPADA, traducción y negrillas nuestras.

Mons. Marcel Lefebvre
  
CARTA DE Mons. MARCEL LEFEBVRE AL Card. OTTAVIANI, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE (EX SANTO OFICIO), EN RESPUESTA A UNA PETICIÓN AVANZADA POR EL MISMO CARDENAL
 
Eminencia,
 
Su carta del 24 de Julio, concerniente a la puesta en discusión de algunas verdades de Fe, ha sido comunicada, a través de los buenos oficios de nuestra secretaría, a todos nuestros Superiores mayores.
  
Nos hay llegado pocas respuestas. En aquellas que nos han llegado del África no se niega que en este momento hay una gran confusión en las mentes. Incluso si estas verdades no parecen haber sido puestas en discusión, en la práctica se asiste a una disminución del fervor y de la regularidad en la recepción de los sacramentos, sobre todo del Sacramento de la Penitencia.
  
Se constata una notable disminución del respeto debido a la Santa Eucaristía, sobre todo de parte de los sacerdotes, y una escasez de vocaciones sacerdotales en las misiones francófonas: las vocaciones en las misiones de habla inglesa y portuguesa están menos influenciadas del nuevo espíritu, pero ya las revistas y los diarios están difundiendo las teorías más avanzadas.
  
Parecería que el motivo para el limitado número de respuestas recibidas, sea debido a la dificultad de cogliere estos errores, que se han difundido por todas partes. La causa del mal está principalmente en una literatura que siembra la confusión en las mentes a través de las presentaciones que son ambiguas y equívocas, pero detrás de las cuales se descubre una nueva religión. Creo que es mi deber plantearle plenamente y claramente lo que se evidencia de mis conversaciones con numerosos obispos, sacerdotes y laicos en Europa y en África, y que emerge también de lo que he leído en los territorios de lengua inglesa y francesa.
  
Hubiera gustoso seguido el orden de las verdades señaladas en Su carta, pero me permito decirle que el mal presente parece mucho más grave que la negación o la puesta en discusión de algunas verdades de nuestra fe. Hoy eso se manifiesta en una extrema confusión de ideas, en una ruptura de las instituciones de la Iglesia, de las fundaciones religiosas, de los seminarios, de las escuelas católicas –en breve, de lo que era el apoyo permanente de la Iglesia. Y no es más que la continuación lógica de las herejías y los errores que han minado la Iglesia en los últimos siglos, sobre todo del liberalismo del siglo pasado, que ha buscado a toda costa reconciliar la Iglesia con las ideas que han conducido a la Revolución francesa.
 
En la medida en que la Iglesia se ha opuesto a estas ideas, que van contra la sana filosofía y teología, ella ha hecho progresos. Mientras, en cambio, cada compromiso con estas ideas subversivas ha provocado un alinamiento de la Iglesia con el derecho civil, con el consiguiente peligro de esclavizarla a la sociedad civil.
   
Además, cada vez que grupos de católicos se han dejado atraer por estos mitos, los Papas valientemente los han llamado al orden, iluminando y, si es necesario, condenando. El liberalismo católico fue condenado por el Papa Pío IX, el modernismo por el Papa León XIII, el movimiento del Sillon por el Papa San Pío X, el comunismo por el Papa Pío XI y el neomodernismo por el Papa Pío XII.
 
Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia ha crecido y se ha difundido; las conversiones de los paganos y de los protestantes han sido muy numerosa; la herejía era completamente alejada; los Estados han aceptado una legislación más católica.
  
Todavía, grupos de religiosos empapados de estas falsas ideas han llegado a infiltrarse en la Acción Católica y en los seminarios, gracias a una cierta indulgencia de parte de los obispos y de la tolerancia de algunas autoridades romanas. Prestamente fueron escogidos para obispos de entre estos religiosos. Esta era la situación existente en el momento en el cual el Concilio, con las comisiones preliminares, se preparaba a proclamar la verdad contra tales errores, a fin de desterrarlos de la Iglesia por largo tiempo. Hubiera sido el final del protestantismo y el inicio de una era nueva y fecunda para la Iglesia.
  
Ahora, esta preparación fue odiosamente rechazada para hacer puesto a la más grave tragedia que la Iglesia haya sufrido jamás. Habíamos asistido al matrimonio de la Iglesia Católica con las ideas liberales. Significaría negar la evidencia, ser voluntariamente ciegos, no afirmar con coraje que el Concilio ha permitido a aquellos que profesan los errores y siguen las tendencias condenadas por los Papas citados antes, el creer legítimamente que las sus doctrinas han sido sancionadas y aprobadas.
  
Considerando que el Concilio se estaba preparando a ser una luz esplendente en el mundo de hoy (si hubiesen sido aceptados los documentos pre-conciliares en los cuales se encontraba una solemne profesión de doctrina cierta, frente a los problemas hodiernos), ahora sin embargo se puede y debe constatar que:
  • En modo más o menos general, cuando el Concilio ha introducido las innovaciones, ha perturbado la certeza de las verdades enseñadas por el Magisterio auténtico de la Iglesia, en cuanto pertenecientes auténticamente al tesoro de la Tradición.
  • Sobre la transmisión de la jurisdicción de los obispos, las dos fuentes de la Revelación, la inspiración de la Escritura, la necesidad de la gracia para la justificación, la necesidad del bautismo católico, la vida de la gracia entre los herejes, los cismáticos y los paganos, los fines del matrimonio, la libertad religiosa, los Novísimos, etc. … sobre todos estos puntos fundamentales la doctrina tradicional era clara y era unánimemente enseñada en las universidades católicas. De ahora en adelante, numerosos textos del Concilio sobre estas verdades, permitirán dudar de ellas.
 
Las consecuencias de todo esto han sido rápidamente elaboradas y aplicadas en la vida de la Iglesia:
  • Dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos, han llevado a la desaparición de las vocaciones sacerdotales;
  • Dudas sobre la necesidad y la naturaleza de la “conversión” de las almas, han llevado a la desaparición de las vocaciones relgiosas, a la destrucción de la espiritualidad tradicional en los noviciados y a la inutilidad de las misiones;
  • Dudas sobre la legitimidad de la autoridad y sobre la necesidad de la obediencia, han causado la exaltación de la dignidad humana, la autonomía de la conciencia y de la libertad, que están trastornando todos los ámbitos basados sobre la Iglesia (congregaciones religiosas, diócesis, sociedad secular, familia).
El orgullo tiene como consecuencia normal la concupiscencia de los ojos y de la carne. Y tal vez uno de los más terroríficos signos de nuestro tiempo es el ver hasta qué punto ha llegado la decadencia moral de la mayor parte de las publicaciones católicas. Ellas hablan sin ningún reparo de sexualidad, de control de los nacimientos con todo medio, de la legitimidad del divorcio, de educación mixta, de flirteos, de bailes, como medios necesarios a la edificación cristiana, al celibato del clero, etc.
 
Las dudas sobre la necesidad de la gracia para ser salvos, hacen sí que el bautismo caiga en la más baja consideración, así que en el futuro esto será pospuesto a más tarde, ocasionando la negligencia del Sacramento de la Penitencia, tanto más que si se trata de una postura del clero y no de los fieles. Lo mismo dígase para la Presencia Real: está el clero que se comporta como si no lo creyera más, escondiendo el Santísimo Sacramento, suprimiendo todas las señales de respeto hacia las Sacras Especies y todas las ceremonias en su honor.
  
Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia como única fuente de salvación, sobre la Iglesia Católica como la única verdadera religión, que derivan de las declaraciones sobre el ecumenismo y sobre la libertad religiosa, están destruyendo la autoridad del Magisterio de la Iglesia. De hecho, Roma no es más la única y necesaria Magístra Veritátis.
 
Yendo pues a los hechos, estoy obligado a concluir que el Concilio ha alentado de manera inconcebible la difusión de los errores liberales. Fe, moral y disciplina eclesiástica son sacudidas de sus fundamentos, realizando las previsiones de todos los Papas.
  
La destrucción de la Iglesia está avanzando a un ritmo acelerado. Dando una autoridad exagerada a las Conferencias Episcopales, el Sumo Pontífice se ha quedado impotente. ¡Cuántas dolorosas lecciones en un solo año! Pero es el Sucesor de Pedro, y sólo él, quien puede salvar la Iglesia.
  
Rodéese el Santo Padre de fuertes defensores de la fe: los nombres de las diócesis importantes. Proclame la verdad con docuemtos de importancia extraordinaria descartando el error sin el temor de contradicciones, sin el temor de poner en discusión las disposiciones pastorales pastorali del Concilio.
    
Que el Santo Padre se digne:
  • Alentar a los obispos a corregir la fe y la moral, cada uno en la respectiva diócesis, como conviene a todo buen pastor;
  • Sostener a los obispos valientes, exhortándoles a reformar sus seminarios y a recuperar el estudio de Santo Tomás de Aquino;
  • Alentar a los Superiores Generales a mantener en los noviciados y en las comunidades los principios fundamentales del ascetismo cristiano y, sobre todo, la obediencia;
  • Alentar el desarrollo de las escuelas católicas, de una prensa informada de la sana doctrina, de asociaciones de familias cristianas;
  • Y, en fin, redargüir a los instigadores de errores y reducirlos al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden sustituir las encíclicas, los decretos y las cartas a los obispos.
 
¡Sin duda es temerario que yo me exprese en este modo! Mas es con amor ardiente que redacto estas líneas, el amor a la gloria de Dios, el amor a Jesús, el amor a María, a la Iglesia, al Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo.
 
Pueda el Espíritu Santo, al cual está dedicada nuestra Congregación, dignarse venir en ayuda al Pastor de la Iglesia universal.
 
Que Vuestra Eminencia se digne aceptar la garantía de mi más respetuosa devoción en Nuestro Señor.
 
Marcel Lefebvre,
Arzobispo titular de Sinada en Frigia,
Superior General de la Congregación del Espíritu Santo.
20 de Diciembre de 1966.

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