Mostrando entradas con la etiqueta Mons. Marcel Lefebvre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mons. Marcel Lefebvre. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de junio de 2026

LOS PRO-SÝLLABUS Y LOS ANTI-SÝLLABUS

Traducción a partir de la versión inglesa de la conferencia dada por el arzobispo Marcel Lefebvre a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en el Seminario Internacional San Pío X en Écône (Suiza) el 6 de Septiembre de 1990, y publicada en la revista Fidéliter n.º 87, mayo-junio de 1992. Se presenta en respuesta a las declaraciones de Gerhard Ludwig Müller Straub, Robert Sarah Nemelo, el obispón de Lincoln (Nebraska) James Douglas Conley Smith, y la Universidad Franciscana de Steubenville (Estados Unidos) sobre las consagraciones del próximo 1 de Julio.

LOS PRO-SÝLLABUS Y LOS ANTI-SÝLLABUS
   
EL PROBLEMA
Respecto al futuro, quisiera decir unas palabras sobre las preguntas que la gente común podría haceros, preguntas que a menudo recibo de personas que no saben mucho sobre lo que sucede en la Fraternidad, como por ejemplo: «¿Se han roto las relaciones con Roma? ¿Se acabó todo?».

UNA SOLUCIÓN LIGERA
Hace unas semanas, quizás tres, recibí otra llamada del Cardenal Silvio Oddi: «Bueno, Su Excelencia, ¿de verdad no hay manera de arreglar las cosas? ¿ninguna?». Le respondí: «Vosotros debéis cambiar, volver a la Tradición. No es una cuestión de liturgia, es una cuestión de fe».

El cardenal protestó:
«No, no, no es una cuestión de fe, no, no. El Papa está dispuesto a recibiros. Solo un pequeño gesto de vuestra parte, una pequeña petición de perdón, y todo estará bien».
Este es el cardenal Oddi, sin duda. Pero no lleva a ninguna parte. A ninguna parte. No entiende nada, o no quiere entender nada. Nada. Desafortunadamente, lo mismo ocurre con nuestros cuatro cardenales más o menos tradicionales: Pietro Palazzini, Alfons Maria Stickler SDB, Édouard Gagnon PSS, y Oddi. No tienen peso ni influencia en Roma; han perdido toda influencia. Ahora solo sirven para celebrar ordenaciones en la Fraternidad de San Pedro, etc. No llevan a ninguna parte. A ninguna parte.
 
EL PROBLEMA PESADO
El problema se mantiene muy grave, no hay que minimizarlo. Esto es lo que hay que responder a todos los laicos que preguntan si la crisis terminará, si no habría otro medio de tener una autorización para nuestra liturgia, para nuestros sacramentos…

Ciertamente la cuestión de la liturgia y de los sacramentos es muy importante, pero es más importante todavía la cuestión de la fe. Para nosotros esta cuestión está resuelta porque nosotros tenemos la fe de siempre, la del concilio de Trento, la del catecismo de San Pio X, de todos los concilios y de todos los papas anteriores al Vaticano II; en una palabra, la fe de la Iglesia.

¿Y en Roma? La perseverancia y la pertinacia de las ideas falsas y de los graves errores del Vaticano II continúan. Esto está claro.

El Padre Giulio María Tam nos ha enviado recortes del Osservatore Romano: discursos del Santo Padre, del cardenal Casaroli y el cardenal Ratzinger. Son documentos oficiales de la Iglesia de los cuales no se puede dudar de su autenticidad, y estamos estupefactos.
  
LA NUESTRA ES UNA ANTIGUA BATALLA
¡Estos textos son asombrosos, absolutamente asombrosos! Citaré algunos en breve. Es increíble. En las últimas semanas (¡ya que estoy en descanso!) he dedicado tiempo a releer el libro de Emmanuel Barbier, que bien conocéis, sobre el catolicismo liberal. Y es impresionante ver cómo nuestra lucha actual es exactamente la misma que libraron los grandes católicos del siglo XIX, tras la Revolución Francesa, y los papas Pío VI, Pío VII, Pío VIII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, y así sucesivamente, desde San Pío X hasta Pío XII.
   
Su lucha se resume en la encíclica Quánta Cura con el Sýllabus de Pío IX y en la Pascéndi Domínici gregis de San Pío X. Estos son los dos grandes documentos, sensacionales e impactantes para su época, que exponen la enseñanza de la Iglesia frente a los errores modernos, errores que surgieron durante la Revolución, especialmente en la Declaración de los Derechos del Hombre. Esta es la lucha en la que nos encontramos hoy. Exactamente la misma lucha.
   
Hay quienes favorecen el Sýllabus, Quánta Cura y Pascéndi, y quienes se oponen a ellos. Es sencillo. Es claro. Quienes se oponen a ellos adoptan los principios de la Revolución Francesa, los errores modernos. Quienes favorecen el Sýllabus, Quánta Cura y Pascéndi permanecen dentro de la verdadera fe, dentro de la doctrina católica.
   
Como bien saben, el cardenal Ratzinger afirmó que, en su opinión, el Concilio Vaticano II es «un anti-Sýllabus». Con esto, el cardenal se posicionó claramente entre quienes se oponen al Sýllabus. Si, por lo tanto, se opone al Sýllabus, está adoptando los principios de la Revolución. Además, continúa diciendo con claridad: «En verdad, la Iglesia se ha abierto a principios que no son propios, sino que provienen de la sociedad moderna, etc.», es decir, como todos entienden, los principios de 1789, los Derechos del Hombre.
   
Nos encontramos precisamente en la misma situación en la que el cardenal Luis Eduardo Pie, el obispo Carlos Emilio Freppel, Luis Veuillot y el diputado Emilio Keller en Alsacia, el obispo Guillermo Manuel de Ketler en Alemania y el cardenal Gaspar Mermillod en Suiza, lucharon con ahínco junto a la gran mayoría de los obispos de la época. En aquel entonces, tuvieron la fortuna de contar con el apoyo de la gran mayoría de los obispos. Algunos, como el obispo Félix Dupanloup y los pocos obispos franceses que lo siguieron, fueron una excepción. Los pocos obispos de Alemania e Italia que se opusieron abiertamente al Sýllabus, e incluso a Pío IX, fueron la excepción, no la regla.
   
Pero, por supuesto, estaban las fuerzas de la Revolución, los herederos de la Revolución, y estaba la mano tendida por Dupanloup, Carlos de Montalembert, Hugo Felicidad de Lamennais y otros, que ofrecieron su mano a la Revolución y que nunca quisieron invocar los derechos de Dios contra los derechos del hombre: «Solo pedimos los derechos de cada hombre», esto es, «los derechos compartidos por todos, compartidos por todos los hombres, compartidos por todas las religiones, no los derechos de Dios…», decían estos liberales.
  
NO DEBEMOS VACILAR
Pues bien, nos encontramos en la misma situación. No debemos hacernos ilusiones. Por consiguiente, estamos en medio de una gran lucha, una lucha titánica. Estamos librando una lucha garantizada por toda una línea de Papas. Por lo tanto, no debemos tener dudas ni temores, dudas como: «¿Por qué deberíamos ir solos? Después de todo, ¿por qué no unirnos a Roma? ¿Por qué no unirnos al Papa?». Sí, si Roma y el Papa estuvieran en consonancia con la Tradición, si continuaran la labor de todos los Papas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sin duda.
   
Pero ellos mismos admiten que han emprendido un nuevo camino. Admiten que con el Concilio Vaticano II comenzó una nueva era. Admiten que esta es una nueva etapa en la vida de la Iglesia, completamente nueva, basada en nuevos principios. No hace falta discutir este punto. Ellos mismos lo dicen. Es evidente. Creo que debemos insistir en este punto con nuestra gente, para que comprendan su unidad con toda la historia de la Iglesia, que va mucho más allá de la Revolución. Por supuesto. Es la lucha de la Ciudad de satanás contra la Ciudad de Dios. Claramente. Así que no debemos preocuparnos. Debemos, después de todo, confiar en la gracia de Dios.
   
¿Qué sucederá? ¿Cómo terminará? Este es el secreto de Dios. Un misterio. Pero es claro, clarísimo, que debemos combatir las ideas actualmente en boga en Roma, que provienen del propio Papa, de la boca del Cardenal Ratzinger, de la boca del Cardenal Casaroli, del Cardenal Johannes Willebrands y otros como ellos, pues simplemente repiten lo contrario de lo que los Papas han dicho y declarado solemnemente durante 150 años. Debemos elegir, como le dije al Papa Pablo VI: «Debemos elegir entre usted y el Concilio, por un lado, y sus predecesores, por el otro; o con sus predecesores que enunciaron la enseñanza de la Iglesia, o con las innovaciones del Vaticano II». Su respuesta fue: «Ah, este no es el momento de entrar en teología, no entremos en teología ahora». Es claro. Por lo tanto, no debemos vacilar ni un instante.

UNA FALSA CARIDAD
Y no debemos vacilar ni un instante en no apoyar a quienes nos traicionan. Algunos admiran siempre el césped del jardín del vecino. En lugar de mirar a sus amigos, a los defensores de la Iglesia, a quienes luchan en el campo de batalla, miran a nuestros enemigos del otro lado. «Después de todo, debemos ser caritativos, debemos ser amables, no debemos dividir, después de todo, celebran la Misa Tridentina, no son tan malos como dicen…». Pero nos traicionan, ¡nos traicionan! Se alían con los destructores de la Iglesia. Se alían con quienes apoyan ideas modernistas y liberales condenadas por la Iglesia. Así, hacen la obra del diablo.
 
Así, quienes estuvieron con nosotros y trabajaron con nosotros por los derechos de Nuestro Señor, por la salvación de las almas, ahora dicen: «Mientras nos permitan la antigua Misa, podemos estrechar la mano de Roma, sin problema». Pero ya vemos cómo termina. Se encuentran en una situación imposible. Imposible. No se puede estrechar la mano de los modernistas y seguir la Tradición al mismo tiempo. No es posible. No es posible.
   
Ahora bien, mantener el contacto con ellos para traerlos de vuelta, para convertirlos a la Tradición… sí, si se quiere, ¡ese es el ecumenismo correcto! ¿Pero dar la impresión de que, después de todo, casi lamentamos la ruptura, que disfrutamos hablando con ellos? ¡De ninguna manera! ¡Son personas que nos llaman “tradicionalistas cadavéricos” dicen que “somos rígidos como cadáveres”, que la nuestra no es una Tradición viva, que tenemos caras tristes, que la nuestra es una Tradición triste! ¡Se creería que ellos jamás han formado parte de la Tradición! Es inverosímil. ¿Cómo quieren que se pueda tener relaciones con ellos?
   
Esto es lo que nos crea problemas con ciertos laicos, gente muy amable, muy buena, todos a favor de la Fraternidad, que han aceptado las Consagraciones, pero que sienten una profunda nostalgia por no estar ya con la gente con la que estaban antes, gente que no aceptó las Consagraciones y ahora está en contra nuestra. «Es una pena que estemos divididos», dicen, «¿por qué no nos reunimos con ellos? Tomemos algo juntos, acerquémonos a ellos». ¡Eso es una traición! Quienes dicen esto dan la impresión de que, a la menor señal, se pasarían a los que nos han abandonado. Deben decidirse.
    
NO PODEMOS TRANSIGIR
Esto fue lo que mató al cristianismo en toda Europa, no solo a la Iglesia en Francia, sino también en Alemania y Suiza; esto fue lo que permitió que la Revolución se afianzara. Fueron los liberales, aquellos que se acercaron a personas que no compartían sus principios católicos. Debemos decidir si también nosotros queremos colaborar en la destrucción de la Iglesia y la ruina del Reinado Social de Cristo Rey, o si estamos decididos a seguir trabajando por el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
  
A todos los que deseen unirse a nosotros y trabajar con nosotros, Deo grátias, les damos la bienvenida, vengan de donde vengan, eso no es problema; pero que vengan con nosotros, que no digan que van por un camino diferente para seguir a los liberales que nos han abandonado y trabajar con ellos. No es posible.
   
A lo largo del siglo XIX, los católicos se destrozaban, literalmente, sobre el Sýllabus: a favor, en contra, a favor, en contra.
  
Recordemos, en particular, lo que le sucedió al Conde de Chambord [Enrique de Artois, nieto del rey Carlos X de Francia y pretendiente legitimista bajo el nombre de Enrique V, N. del T.]. Fue criticado por negarse a ser nombrado rey de Francia tras la Revolución de 1870, debido al cambio de la bandera francesa. Pero no se trataba tanto de la bandera, sino de su negativa a someterse a los principios de la Revolución. Declaró: «Jamás consentiré en ser el rey legítimo de la Revolución». ¡Tenía razón! Porque sería elegido por el país, por el Parlamento francés, pero con la condición de que aceptara ser un rey parlamentario y, por lo tanto, aceptar los principios de la Revolución. Él afirmó: «No. Si debo ser rey, seré rey como lo fueron mis antepasados, antes de la Revolución».
  
Tenía razón. Hay que elegir. Él optó por permanecer con el Papa y con los principios prerrevolucionarios. Nosotros también hemos elegido ser contrarrevolucionarios, permanecer fieles al Sýllabus, oponernos a los errores modernos, permanecer fieles a la Verdad católica, defender la Verdad católica. ¡Tenemos razón!
  
EL VATICANO II ESTÁ PROFUNDAMENTE ERRADO
Esta lucha entre la Iglesia, los liberales y el modernismo es la lucha en torno al Concilio Vaticano II. Así de simple. Y las consecuencias son de gran alcance.
   
Cuanto más se analizan los documentos del Concilio Vaticano II y su interpretación por parte de las autoridades de la Iglesia, más se comprende que lo que está en juego no son simples errores superficiales, algunas equivocaciones, ecumenismo, libertad religiosa, colegialidad, cierto liberalismo, sino una perversión total de la mente, una filosofía completamente nueva basada en la filosofía moderna, en el subjetivismo.
   
Un libro publicado recientemente por un teólogo alemán (y que espero sea traducido al francés, para que lo tengáis en la mano) es sumamente instructivo. Muestra cómo el pensamiento del Papa, especialmente en un retiro que como obispo predicó en el Vaticano [el retiro cuaresmal de 1967, N. del T.], es subjetivista de principio a fin, y al leer sus discursos, uno se da cuenta de que, en efecto, este es su pensamiento. Puede parecer católico, pero no lo es. No. La noción de Dios del Papa, la noción de Nuestro Señor del Papa, surge «de las profundidades de su conciencia», y no de una Revelación objetiva a la que se adhiere con la mente. No. Él construye la noción de Dios. Recientemente afirmó en un documento —increíble— que la idea de la Trinidad solo pudo haber surgido muy tarde, porque la psicología interna del hombre tenía que ser capaz de definir la Trinidad.
   
Así pues, la idea de la Trinidad no surgió de una revelación externa, sino de la conciencia humana, brotó del interior del hombre, ¡de las profundidades de la conciencia humana! ¡Increíble! ¡Una versión totalmente distinta de la Revelación, de la Fe, de la filosofía! ¡Muy serio! ¡Una perversión total! No tengo ni idea de cómo saldremos de todo esto, pero en cualquier caso es un hecho, y como demuestra este teólogo alemán (que, creo, tiene dos capítulos más de su libro sobre el pensamiento del Santo Padre), es verdaderamente aterrador.
   
Así pues, no se trata de errores menores. No estamos hablando de trivialidades. Nos referimos a una línea de pensamiento filosófico que se remonta a Kant, Descartes y toda la generación de filósofos modernos que allanaron el camino a la Revolución.
    
EL ECUMENISMO DEL PAPA JUAN PABLO II
Permitidme citaros algunas frases relativamente recientes, por ejemplo, sobre el ecumenismo, del Osservatore Romano del 2 de junio de 1989, cuando el Papa estuvo en Noruega:
«Mi visita a los países escandinavos confirma el interés de la Iglesia Católica por el ecumenismo, cuyo objetivo es promover la unidad entre los cristianos, entre todos los cristianos. Hace veinticinco años, el Concilio Vaticano II subrayó claramente la urgencia de este reto para la Iglesia.
   
Mis predecesores persiguieron este objetivo con perseverante dedicación, con la gracia del Espíritu Santo, fuente divina y garantía del movimiento ecuménico. Desde el inicio de mi pontificado, he hecho del ecumenismo la prioridad de mi labor pastoral».
Está claro.
  
Ahora bien, cuando leéis multitud de documentos sobre ecumenismo, veis que él se pronuncia discurso tras discurso sobre el tema porque recibe delegaciones tras delegaciones de los ortodoxos, de todas las religiones, de todas las sectas, así que el tema siempre es ecumenismo, ecumenismo, ecumenismo.
 
Pero no consigue nada; el resultado final ha sido nada, absolutamente nada, excepto, por el contrario, tranquilizar a los no católicos en sus errores sin intentar convertirlos, confirmándolos en su error. La Iglesia no ha avanzado en absoluto con este ecumenismo. Todo lo que dice es un auténtico galimatías: “comunión”, “acercamiento”, “deseo de una comunión perfecta e inminente”, “esperanza de recibir pronto la comunión en el sacramento”, “unidad”, etc. Un verdadero embrollo. No hay progreso real. Es imposible avanzar así.
  
EL HUMANISMO DEL CARDENAL CASAROLI
Tomemos como ejemplo al Cardenal Casaroli, citado en el Osservatore Romano de febrero de 1989, mientras se dirige a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. ¡Vaya discurso!
«Al responder con gran placer a la invitación que se me ha extendido para comparecer ante vosotros, y al brindaros el aliento de la Santa Sede, deseo detenerme por unos instantes, como todos comprenderéis en un aspecto específico de la libertad fundamental de pensamiento y acción según la propia conciencia: la libertad religiosa».
¡Tales cosas saliendo de la boca de un arzobispo! ¡Libertad de pensamiento y acción según la propia conciencia; por lo tanto, libertad religiosa!
«Juan Pablo II no dudó en declarar el año pasado, en un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que la libertad religiosa constituye una piedra angular en el edificio de los derechos humanos. La Iglesia Católica y su Pastor Supremo, quien ha hecho de los derechos humanos un tema central de su predicación, no han dejado de recordar que en un mundo hecho por el hombre y para el hombre (Casaróli dixit), toda la organización de la sociedad solo tiene sentido en la medida en que convierte la dimensión humana en una preocupación central».
¿Dios? ¿Dios? ¡No hay dimensión divina en el hombre! ¡Es espantoso! ¡Paganismo! ¡Espantoso! Luego continúa:
«Esto preocupa a la Santa Sede, a todos los hombres; y sin duda, también a vosotros».
¿Qué se puede hacer con gente así? ¿Qué tenemos en común con ellos? ¡Nada! Imposible.
  
LA DERIVA DEL CARDENAL RATZINGER
Pasemos ahora a nuestro conocido cardenal Ratzinger, quien observó que el documento Gáudium et Spes del Concilio Vaticano II era un contrasýllabus. Sin embargo, le resulta vergonzoso haber hecho tal comentario, porque la gente lo cita constantemente en su contra como una crítica: «¡Vd. dijo que el Vaticano II es un contrasýllabus! ¡Momento, esto es grave!». Así que buscó una explicación. La ofreció recientemente, el 27 de junio de 1990.
  
Como sabéis, Roma publicó recientemente un documento importante que explica la relación entre el Magisterio y los teólogos [la Instrucción “Donum veritátis”, N. del T.]. Ante los constantes problemas que les generan los teólogos, Roma ya no sabe qué hacer, así que intenta mantenerlos a raya sin ser demasiado duros con ellos. Por eso, dedican páginas y páginas a este documento. Ahora bien, en la presentación del documento, el cardenal Ratzinger expone su opinión sobre la posibilidad de contradecir lo que los Papas decidieron hace aproximadamente cien años.

La Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, dice el Cardenal, «afirma por primera vez con tanta claridad…», ¡y de hecho creo que es cierto!:
«…que existen decisiones del Magisterio que no pueden ser, ni pretenden ser, la última palabra sobre la cuestión en sí, sino que constituyen un ancla sustancial para el problema…».
—¡Ah, el cardenal es muy astuto! Así que hay decisiones del Magisterio (¡y no cualquier decisión!) que no pueden ser la última palabra sobre el tema en sí, sino que son simplemente un ancla sustancial para el problema. El cardenal continúa:
«…y son ante todo una expresión de prudencia pastoral, una especie de provisión provisional…»
—¡Oído! ¡Las decisiones finales de la Santa Sede se están transformando en disposiciones provisionales! El cardenal continúa:
«…Su esencia sigue siendo válida, pero algunos detalles, influenciados por las circunstancias contemporáneas, podrían requerir una rectificación adicional. En este sentido, cabe remitirse a las declaraciones papales del siglo pasado sobre la libertad religiosa, así como a las decisiones antimodernistas de principios del siglo XX, especialmente las de la Comisión Bíblica de aquella época…».
  
EL MAGISTERIO DISUELTO
¡Esas son las decisiones que el cardenal no pudo soportar! ¡Así que tres declaraciones definitivas del Magisterio pueden descartarse por ser solo «provisionales»! Escuchemos al cardenal, quien continúa diciendo que estas decisiones antimodernistas de la Iglesia prestaron un gran servicio en su tiempo al «advertir contra las adaptaciones apresuradas y superficiales» y «evitar que la Iglesia se hundiera en el mundo burgués-liberal… Pero los detalles para determinar su contenido se suspendieron posteriormente una vez que cumplieron su deber pastoral en un momento determinado» (L’Osservatore Romano, edición en inglés, 2 de julio de 1990, pág. 5). ¡Así que pasemos página y no hablemos más de ellas!
   
¿Véis cómo el cardenal se libró de la acusación de haberse extralimitado al llamar al Concilio Vaticano II un antisýllabus, oponiéndose a las decisiones papales y al Magisterio del pasado? ¡Encontró una salida! – «…el núcleo sigue siendo válido…» –¿qué núcleo? ¡Ni idea!– «…pero los detalles individuales influenciados por las circunstancias de la época pueden requerir una rectificación adicional…» – ¡Et voilà, se libró del problema!

Cómo quieren que se les tenga confianza a personas como éstas, que justifican la negación de Quánta Cura, de Pascéndi, de las decisiones de la Comisión Bíblica, etcétera…
  
SIERVOS DEL GLOBALISMO
En conclusión, o bien somos herederos de la Iglesia Católica, es decir, de Quánta Cura, de Pascéndi, con todos los Papas hasta el Concilio y con la gran mayoría de los obispos anteriores al Concilio, para el reinado de Nuestro Señor Jesucristo y para la salvación de las almas; o bien somos herederos de aquellos que se esfuerzan, incluso a costa de romper con la Iglesia Católica y su doctrina, por reconocer los principios de los Derechos Humanos, basados ​​en la apostasía, para obtener un puesto como servidores en el Gobierno Mundial Revolucionario. Eso es todo. Ellos lograrán obtener un puesto bastante bueno como servidores en el Gobierno Mundial Revolucionario porque, al afirmar estar a favor de los Derechos Humanos, la libertad religiosa, la democracia y la igualdad humana, merecen claramente ocupar un puesto como servidores en el Gobierno Mundial.
  
EL SEÑOR ES NUESTRA FORTALEZA
Creo que si os cuento estas cosas, es para situar nuestra lucha en su contexto histórico. Obviamente, no empezó con el Concilio Vaticano II. Se remonta mucho más atrás. Es una lucha dura y muy dolorosa; ¡se ha derramado sangre en ella, y en abundancia! Y luego las persecuciones, la separación de la Iglesia y el Estado, los religiosos y religiosas forzados al exilio, la confiscación de bienes de la Iglesia, etcétera, no solo en Francia sino también en Suiza, Alemania, Italia; la ocupación de los Estados Pontificios que obligó al Papa a regresar al Vaticano: ¡abominaciones espantosas contra el Papa!
   
Bueno, ¿estamos del lado de todos estos innovadores, en contra de la doctrina profesada por los Papas, en contra de sus voces alzadas en protesta para defender los derechos de la Iglesia, los derechos de Nuestro Señor, para defender las almas? Creo que realmente tenemos una fuerza y ​​un fundamento en el que apoyarnos que no proviene de nosotros, y esto es lo bueno: no es nuestra lucha, es la lucha de Nuestro Señor, que la Iglesia ha llevado adelante. Así que no podemos vacilar. O estamos a favor de la Iglesia, o estamos en contra de la Iglesia y a favor de la nueva Iglesia conciliar que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica, o que cada vez tiene menos que ver con ella. De hecho, cuando el Papa habló de derechos humanos, inicialmente también aludió a los deberes de los hombres, pero ya no. Ya no. Derechos humanos, y esta insistencia en todo para el hombre, todo por el hombre. ¡Verdaderamente espantoso!
  
LA FRATERNIDAD ESTÁ LUCHANDO
Quería compartir con vosotros algunas de estas reflexiones para que os fortalezcáis y seáis conscientes de la lucha que estáis librando. Con la gracia de Dios, porque es evidente que ya no estaríamos vivos si el Buen Señor no estuviera con nosotros. Esto es claro. Ha habido al menos cuatro o cinco ocasiones en que la Fraternidad San Pío X debería haber desaparecido. ¡Pues bien, aquí estamos de nuevo, gracias a Dios! Y por Dios, seguimos adelante. Deberíamos haber desaparecido especialmente en el momento de las Consagraciones en 1988. Eso fue lo que nos dijeron de antemano. Todos los profetas de la fatalidad, e incluso aquellos cercanos a nosotros, dijeron: «No, no, Su Excelencia, no lo haga, ese es el fin de la Fraternidad, puede estar seguro, se lo aseguramos, es el fin, todo habrá terminado, puede cerrar». ¡Y sin embargo sobrevivimos!
  
No, el Buen Señor no quiere que su lucha llegue a su fin, una lucha en la que ha habido muchos mártires, los mártires de la Revolución y todos aquellos que fueron mártires morales a causa de las persecuciones que sufrieron durante el siglo XIX. También en nuestro siglo, San Pío X fue mártir. Todos estos héroes de la fe, los obispos perseguidos, los conventos confiscados, las monjas exiliadas: ¿acaso todo esto ha sido en vano? ¿Acaso toda esa lucha ha sido una lucha inútil, una lucha en vano? ¿Una lucha que condena a sus víctimas? ¿Y a los mártires? Imposible. Así pues, nos encontramos atrapados en la misma corriente, en la continuación de la misma lucha, y damos gracias a Dios.
  
LA FRATERNIDAD ES PERSEGUIDA
Es obvio que somos perseguidos. ¿Cómo no serlo? Somos los únicos excomulgados. Nadie más lo es. Somos los únicos perseguidos, incluso en asu unntos materiales. Por ejemplo, nuestros compañeros suizos se ven obligados a hacer el servicio militar de nuevo. Esto es persecución por parte del gobierno suizo. En Francia, persiguen al Distrito Francés de la Fraternidad bloqueando la entrega de herencias al Distrito, en un intento de asfixiarnos privándonos de nuestros ingresos. Esto es persecución, de esas que abundan en la historia; simplemente continúa. Y Dios encuentra la manera de sortearla.
   
Normalmente, nuestro Distrito Francés debería haber sido asfixiado, y habríamos tenido que cerrar nuestras escuelas, clausurar todas las instituciones que nos costaban dinero. Pero esta situación se ha prolongado durante más de dos años, y la Providencia ha permitido que nuestros benefactores sean generosos y que los fondos fluyan, por lo que hemos podido continuar a pesar de esta persecución injusta. Injusta, porque la ley, el estado de derecho, está de nuestro lado. Pero hay una carta del Cardenal Aarón Lustiger al Ministro Francés pidiéndole que detenga nuestros legados, y esta carta no surgió de la nada; fue escrita bajo la influencia del obispo Camille Perl. Es él, el alma maldita. Es él. Estaba todo sonrisas cuando vino para la Visita Oficial de la Fraternidad en 1987, pero fue el genio maligno de esa Visita. ¡Creía que nos tenía bajo su control cuando cortó nuestra financiación!
   
Así que no debemos preocuparnos, porque al mirar atrás, vemos que aún no somos tan desafortunados como aquellos católicos desposeídos a principios de este siglo, que se encontraron en la calle sin nada. Esto podría sucedernos algún día, no lo deseo, pero cuanto más crezcamos, más despertaremos la envidia de quienes no nos aprecian. Pero debemos confiar en Dios, en su gracia.
  
NO HAY SOLUCIONES FÁCILES
¿Qué pasará? No lo sé. ¡Quizás la venida de Elías! Esta mañana leía en las Sagradas Escrituras: «Elías volverá y lo pondrá todo en su sitio». «Et ómnia restítuet», «y restaurará todas las cosas». ¡Por Dios Santísimo, que venga ya! No lo sé. Pero, humanamente hablando, por el momento no hay posibilidad de un acuerdo entre Roma y nosotros.
   
Alguien me dijo ayer: «¿Y si Roma aceptara sus Obispos y que usted estuviera completamente exento de la jurisdicción de los obispos…?». Pero, en primer lugar, están muy lejos de aceptar algo así ahora mismo, y en segundo lugar, ¡que nos hagan una oferta similar primero! Pero no creo que estén ni cerca de hacerlo. Porque la dificultad hasta ahora ha sido precisamente el hecho de darnos un obispo tradicionalista. No querían eso. Tenía que ser un obispo conforme al perfil establecido por la Santa Sede.
   
«El perfil». ¡Ved lo que eso significa! Imposible. Sabían perfectamente que al darnos un obispo tradicional, estarían estableciendo una fortaleza tradicionalista capaz de perdurar. No querían eso. Tampoco se lo dieron a los otros (la Fraternidad Sacerdotal San Pedro). Cuando los de San Pedro dicen que firmaron el mismo Protocolo que nosotros firmamos en mayo de 1988, eso no es cierto, porque nuestro Protocolo incluía un obispo y dos miembros de la Comisión Romana, cosas que su Protocolo no tenía. Así que no firmaron el mismo Protocolo que nosotros. Roma aprovechó la redacción de un nuevo Protocolo para eliminar esas dos concesiones. Querían evitarlo a toda costa. Así que tuvimos que hacer lo que hicimos el 30 de junio de 1988…
   
EL LADO POSITIVO 
En cualquier caso, me complace poder animaros y felicitaros por el trabajo que hacéis. Las quejas son raras hoy en día, y cuántas personas me escriben expresando su gratitud por la labor de los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Para ellos, la Fraternidad es su vida. Han redescubierto la vida que anhelaban, el camino de la fe, el espíritu familiar que necesitan, el deseo de una educación cristiana, todas estas escuelas, junto con todo lo que hacen nuestras hermanas y padres, y todos nuestros amigos que colaboran para continuar la Tradición. Todo esto es maravilloso en los tiempos que vivimos. La gente está verdaderamente agradecida, profundamente agradecida. Así que continuad con vuestro trabajo y organizaos. Espero que poco a poco nuestras diversas comunidades crezcan en número para brindarles un mayor apoyo mutuo a todos vosotros, tanto moral como físicamente, para que podais mantener vuestro fervor actual.

Deseo agradecer a todos los superiores su celo y devoción. Creo firmemente que Dios eligió la Fraternidad, la quiso. En noviembre celebraremos el vigésimo aniversario de la Fraternidad, y estoy profundamente convencido de que representa lo que Dios desea: continuar y mantener la Fe, preservar la verdad de la Iglesia, conservar lo que aún se puede salvar en ella. Esto es gracias a los obispos reunidos en torno al Superior General, quienes cumplen su indispensable papel como guardianes de la Fe, como predicadores de la Fe, otorgando la gracia del sacerdocio, la gracia de la Confirmación, dones insustituibles y absolutamente necesarios.
   
Todo esto resulta profundamente reconfortante. Creo que debemos agradecer a Dios y permitirle que siga su curso, para que algún día la gente se vea obligada a reconocer que, si bien la visita del cardenal Gagnon de 1987 dio pocos frutos, demostró nuestra presencia y la labor de la Fraternidad, aunque no quisieran expresarlo abiertamente fuera de nuestros círculos después de la Visita. Sin embargo, algún día se verán obligados a reconocer que la Fraternidad representa una fortaleza espiritual y una fe insustituibles, de las cuales, espero, tendrán la alegría y la satisfacción de beneficiarse, pero solo cuando hayan regresado a su fe tradicional.
  
Oremos a la Santísima Virgen y pidamos a Nuestra Señora de Fátima que interceda por todas nuestras intenciones en las peregrinaciones que realizamos a diversos países, para que nos ayude a la Fraternidad y así tenga numerosas vocaciones. Obviamente, nos gustaría tener más vocaciones. Nuestros seminarios no están llenos. Nos gustaría que lo estuvieran. Sin embargo, con la gracia de Dios, sucederá. Así que, una vez más, gracias, y por favor, orad por mí para que tenga una muerte buena y santa, ¡porque creo que es todo lo que me queda por hacer!

miércoles, 24 de junio de 2026

LA DIALÉCTICA HEGELIANA DE MONSEÑOR LEFEBVRE

Tomado de la revista “Fidelidad a la Santa Iglesia”, suplemento del número XV (Julio a Diciembre de 1981). Rescatado de CATÓLICOS ALERTA – SEGUNDA ÉPOCA.
LA DIALÉCTICA HEGELIANA DE MONSEÑOR LEFEBVRE

Desde las páginas de FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA, a través de diversos artículos y estudios, hemos procurado una clarificación doctrinaria sobre la situación que padece el catolicismo desde el Concilio Vaticano II.

Nuestra posición se encuentra resumida en la DECLARACIÓN suscripta el 8 de Diciembre de 1980 que contiene cuatro afirmaciones principales:
  1. El Concilio Vaticano II es heterodoxo;
  2. Las transformaciones de los ritos sacramentales habidas después del Vaticano II son contrarias a la Tradición Apostólica;
  3. Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II deben ser incluidos en la lista de los antipapas;
  4. Existen una nueva Iglesia y una nueva religión con las cuales nosotros no comulgamos.
En su momento emitimos aquella declaración ante la difusión de versiones periodísticas sobre la posibilidad de un “ACUERDO” entre Mons. Lefebvre y las actuales autoridades vaticanas sobre la base de una autorización de la “experiencia de la Tradición” y el ensayo de una “interpretación tradicional del Vaticano II”.

Desgraciadamente, durante los meses transcurridos desde entonces las causas que nos movieron a pronunciarnos no han desaparecido. Por el contrario, se han visto agravadas a raiz de un “COMUNICADO” firmado por Mons. Lefebvre y otros cinco religiosos que siguen su línea el 28 de Mayo del corriente año (Ver “Fideliter”, n.º 22).

En dicho “comunicado” se insiste una vez más en la proposición de defender la Tradición Católica permaneciendo en plena comunión con la Roma apóstata del Vaticano II y con el antipapa reinante en ella.

La reiteración tan solemne y formal de este error nos obliga a no callar más sobre una realidad de graves consecuencias y connotaciones. Si guardáramos un minuto más de silencio nos haríamos cómplices de una empresa heterodoxa que no estamos dispuestos a favorecer.

Con la mayor fuerza y energía de que somos capaces debemos advertir seriamente a todos los católicos que tengan el sincero deseo de permanecer fieles a la Tradición acerca de la DIALÉCTICA HEGELIANA que utiliza Mons. Lefebvre en sus pronunciamientos desde varios años a esta parte.

En efecto; desde hace ya varios años notamos con preocupación que en los medios nunca desmentidos como “lefebvristas” y en las propias manifestaciones públicas, sea verbales o escritas, de Mons. Lefebvre se percibe el manejo constante de una argumentación que, afirmando el valor de la Tradición, al mismo tiempo, intenta siempre dejar el margen necesario para hallar una línea de síntesis, absorción o coexistencia con respecto al modernismo instalado en Roma.

Algunos ejemplos bastarán para evidenciar lo que decimos.
  1. El centro de la lucha de Mons. Lefebvre parece ser la cuestión de la Misa. Él dice que el nuevo rito de Paulo VI es “peligroso para la Fe”, pero cuidadosamente suele añadir que “no puede decirse que sea inválido”. Uno no comprende cómo un rito “peligroso para la Fe” puede ser válido en la Iglesia; pero nótese que así se deja abierta la posibilidad para un acuerdo futuro que permita convivir al rito tradicional con el nuevo.
  2. Cualquier persona medianamente ilustrada advierte con facilidad que los principios religiosos y teológicos enseñados por Montini y Wojtyła son los mismos que enseñaba el modernismo formalmente condenado por San Pío X. No obstante, Mons. Lefebvre evita cuidadosamente decir que Montini y Wojtyła son modernistas, solamente los califica como “liberales” y se apresura a agregar que en ellos no puede hallarse “herejía formal”. De esta manera parece condenar sus errores pero deja el margen necesario para que el día de mañana todo pueda quedar olvidado, puesto que no hay “herejía formal” y entonces nada grave habría ocurrido.
  3. Mons. Lefebvre en diversas ocasiones ha sostenido que el Concilio Vaticano II contiene textos ambiguos o equívocos, pero jamás los ha calificado de heréticos, y pese a la cosmovisión ostensiblemente herética que de ellos dimana, más de una vez ha admitido la posibilidad de “reinterpretarlos a la luz de la Tradición” como medio para obtener un acuerdo con el Vaticano.
Estos ejemplos son suficientes para configurar cuál es el curioso método argumental que utiliza Mons. Lefebvre. Decimos “curioso” porque se trata de un método por completo ajeno al ámbito de la Fe: ES EL MÉTODO PROPIO DE LA DIALECTICA HEGELIANA.

Sobre la línea fija de aparente afirmación de la ortodoxia, a través de los matices y las modulaciones de las palabras, Mons. Lefebvre continuamente traza planos de posibles síntesis con respecto a las posiciones heterodoxas de la nueva religión postconciliar. Nada parece definitivo, absoluto, tajante, incontestable; todo es graduado, matizado, modulado, en un tránsito constante desde la afirmación de las tesis ortodoxas hacia la síntesis con las antítesis heterodoxas. Así, la nueva Misa “es peligrosa para la Fe”, pero “no puede decirse que sea inválida”, luego no siempre habrá de ser tan peligrosa para la Fe, etc. etc.

Sin duda este método dialéctico sólo es practicable en base a una conducta muy simple: evitar sistemáticamente toda condena formal, frontal, definitiva y absoluta del error. De allí que los verdaderos católicos tradicionalistas pueden y deben combatirlo eficazmente adoptando la conducta inversa.

Nadie  puede afirmar la verdad y el error al mismo tiempo, quien no afirma la verdad cae en el error y se desliza insensiblemente por la pendiente de la herejía. Y  la herejía debe ser llamada herejía.

El “comunicado” de Mons. Lefebvre que hemos mencionado se cierra con una sorprendente invocación a María como “Madre de la Iglesia”. Sabemos que este título mariano fue lanzado por Paulo VI y carece de todo antecedente en la Tradición, fue explicado por él como una Maternidad sobre el “Pueblo de Dios” en concordancia con la doctrina heterodoxa del Concilio sobre la naturaleza de la Iglesia, y luego, fue claramente explicitado por Juan Pablo II en un sentido nestoriano cuando dijo que «María es Madre de la Iglesia porque es Madre de la humanidad de Cristo» (Ver Fidelidad a la Santa Iglesia n.º XI).

Mons. Lefebvre y los religiosos que lo siguen en su pendiente hacia la herejía no ha tenido pudor de invocar a María Santísima por medio de este extraño título, precisamente en el año que se cumplen los mil quinientos años del Sagrado Concilio de Éfeso que proclamó, para toda la eternidad, a María como MADRE DE DIOS.

Buenos Aires, 11 de Octubre de 1981
   
ÁLVARO DANIEL RAMÍREZ ARANDIGOYEN
Director “Fidelidad a la Santa Iglesia”

domingo, 20 de abril de 2025

LA ÚLTIMA HOMILÍA PASCUAL DE MONS. LEFEBVRE

Traducción del artículo publicado en LA PORTE LATINE (Fraternidad Sacerdotal San Pío X - Distrito de Francia).
   
Queridísimos amigos,
queridísimos hermanos,

os invito a releer conmigo la oración de esta bella fiesta de Pascua, que dice: «Oh Dios, que en este día, por medio de tu Hijo Unigénito, nos has abierto de nuevo las puertas del Cielo…». Dios que por medio de su Hijo Unigénito nos has abierto de nuevo hoy las puertas del Cielo.
   
¿Tenemos suficiente visión del Cielo en nuestros pensamientos, en nuestras preocupaciones? Si hay un día en que es bueno, y en cierto sentido es fácil, subir a esas regiones que nos esperan, esas regiones que están hechas para nosotros.
   
Cada día tenemos, entre nuestros amigos, entre nuestros conocidos, personas que cruzan el límite de este mundo temporal, para entrar en este mundo eterno.
   
Si hay un día en que necesitamos meditar un poco sobre esta bendita eternidad, es en esta fiesta de Pascua, cuando Jesús, resucitando, nos muestra también físicamente, exteriormente, la belleza, la grandeza, la sublimidad y el esplendor de la eternidad.
   
En efecto, en este día, Jesús subiendo al Cielo con el Alma resplandeciente de luz y comunicando a su Cuerpo el esplendor de la eternidad, atrae consigo a todos aquellos que, desde Adán y Eva hasta el buen ladrón, fueron justos. Hasta entonces estaban esperando el Sacrificio de Nuestro Señor. Estaban esperando que Nuestro Señor abriera las puertas del Cielo. El cielo no estaba abierto. Desgraciadamente, debido a la desobediencia de nuestros primeros padres, el cielo quedó cerrado, cerrado para toda la humanidad. Fue necesaria la muerte, la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios mismo, para reabrir las puertas del Cielo.
   
Y así, estos justos pueblos se unieron a Nuestro Señor en esta bendita eternidad.
   
Nuestro Señor nos advirtió. Durante su docencia, durante sus tres años de vida pública. No dejó de enseñarnos que no sólo existen personas honestas, ay, ay.
   
Entre toda esta humanidad, vivida desde Adán y Eva, hasta el buen ladrón, hasta la Resurrección de Nuestro Señor, cuántas almas se han opuesto a la ley de Dios. 
   
Cuántas almas no han querido adherirse a las verdades que Dios ha puesto en nuestra mente, en nuestro corazón, ante toda esta Creación que nos rodea. Para nosotros era natural elevarnos al Creador, a Aquel que hizo todas las cosas, a Aquel que nos creó. Pero no, por desgracia, los hombres se han apegado a los bienes de este mundo, a los bienes transitorios, despreciando los bienes eternos. Así que sí, se separaron de Dios e incluso del pueblo elegido, de Israel.
   
¡Qué oposición a la venida del Mesías! Nuestro Señor mismo sufrió esta oposición, porque fueron los miembros del pueblo elegido, del pueblo que debía ir, en su conjunto, a la eternidad bienaventurada, fueron sus miembros quienes lo crucificaron, quienes se opusieron a Él de manera decidida, violenta, al rechazar el anuncio del Mesías, al rechazar las pruebas que Nuestro Señor había dado de su divinidad.
    
Es el Sumo Sacerdote, que rasga sus vestiduras y dice: «¿Qué más testimonio necesitamos? Acaba de blasfemar».

¿Pero cómo puede blasfemar? Blasfemar diciendo que era Dios. Blasfemar diciendo que él era el Mesías. Todos debieron haberse inclinado, arrodillado ante Nuestro Señor Jesucristo, diciendo: «Tú eres el Mesías. Tú eres el Camino. Eres tú quien abre las puertas del cielo. Queremos seguirte para entrar contigo al cielo. Eres tú El que fue prometido a Israel y a todas las naciones». Pero no, se opusieron a él, radicalmente. Y también en este día de la Resurrección. Aunque si hubo un acto que demostró la divinidad de Nuestro Señor, fue precisamente Su Resurrección. Podrían haberse convertido en ese momento, al menos haber tenido la sencillez, la humildad de decir: «Nos equivocamos. Cometimos deicidio. Debemos orar al Señor para que nos perdone este pecado. Reconocemos que Su Resurrección nos muestra claramente que Él es Dios».
  
Pero no sólo esto, sino que pagaron a los testigos de su resurrección para que dijeran que, mientras los guardias dormían, los apóstoles habían venido a llevarse el cuerpo de Nuestro Señor: mintiendo descaradamente, sabiendo, pues, que Nuestro Señor había resucitado, porque los guardias vinieron a decírselo.
   
Para que los guardias pudieran pagarles para que mintieran, los guardias tuvieron que decirles: «El Señor ha resucitado. Lo vimos en todo su esplendor. Él ascendió. Él nos dejó. Él está en el cielo».
   
Entonces difundieron el rumor de que los apóstoles habían venido para llevárselo mientras dormía. Y nos dice San Agustín –con cierta malicia, cierta sonrisa– en las lecturas que leemos estos días con ocasión de Maitines: «¿Pero cómo podían saber que los discípulos habían venido a buscar el Cuerpo de Nuestro Señor, puesto que estaban durmiendo?». ¡Y en efecto!
   
Pero la malicia de los hombres es tal que incluso los argumentos más impactantes, incluso los argumentos más convincentes, son rechazados. Y entonces ahora debemos preguntarnos: desde que nuestro Señor resucitó de entre los muertos, ¿qué ha hecho la humanidad? Reunir a los hombres en torno a Nuestro Señor para adorarlo y darle gracias, para pedirle sus gracias; ¿Convertirse a él? 
   
¡Ay, hermanos míos carísimos! Vosotros mismos sois testigos de ello. La división continúa; continúa en la humanidad.
   
Y si esta división fuera sólo temporal, si dijéramos: «sí, sabemos muy bien que durante esta vida terrena muchos hombres se alejan desgraciadamente de Nuestro Señor, se alejan de su Ley. Pero al menos, al morir, vuelven a encontrar la luz y se dan cuenta de sus errores y piden perdón a Dios y regresan al Cielo».
   
Pero ese no es el caso.  (Monseñor repite) No es así. 
   
Y nuestro Señor es nuestro testigo. Lo dijo una y otra vez: Hay un cielo y hay un infierno. No podemos negarlo; Sería negar lo que Nuestro Señor Jesucristo mismo afirmó solemnemente una y otra vez.
   
Así pues, por supuesto, los que están imbuidos de las ideas modernas dicen: «Sí, existe el infierno, pero no hay nadie en el infierno. Sí, pero la misericordia del buen Dios hará que los que estén en el infierno sean muy pocos. Quizás un día incluso se convertirán, incluso el diablo se convertirá y todos se reunirán en una dichosa eternidad». ¡Imaginacion y mentiras dañinas! Porque es precisamente el temor al infierno lo que impide a los hombres guardar los mandamientos de Dios. Porque, veréis, esto es lo esencial.
     
¿Qué permitió a Nuestro Señor reabrir las puertas del Cielo, [esas] puertas del Cielo que estaban cerradas, cerradas por qué? Por la desobediencia de nuestros primeros padres. Nuestros primeros padres desobedecieron abiertamente a Dios y nos cerraron las puertas del Cielo. 
   
Nuestro Señor volvió a abrir las puertas del Cielo con su obediencia: «Obœ́diens úsque ad mortem, mortem áutem Crucis» (Fil. 2, 8).
   
Obœ́diens: obediente hasta la muerte en la Cruz.
   
Y toda su vida fue un acto de obediencia, de sumisión a la voluntad de Dios.
   
En la primera antífona de Maitines de esta mañana de Pascua –una bella antífona– se dice: «Ego sum qui sum: Yo soy el que es». Dios afirma su poder omnipotente. Todos los elegidos deben ser, existir. Todos los seres que existen deben existir. Porque Él es la fuente del Ser: «Yo soy Él que es. Quien da el ser a todo, a todas las criaturas. Consílium meum, non est pax ímpiis (Isa. 48, 22): No estoy con los malvados. Con los que niegan a Dios, con los que me niegan a mí. Pero mi voluntad es la observancia de la Ley. En obediencia a la Ley está mi voluntad».
   
Veis algunas palabras cortas, ¡pero qué iluminación! Todo está ahí: Dios es Dios. No cambiaremos a Dios.
   
Dios nos creó para ser obedientes a Su Ley. Él nos dio una ley, un modo de utilizar los bienes que nos dio: nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, todo está regulado por la ley de Dios. Es normal, llegar a la meta que debe ser nuestra: la eternidad, bendita eternidad.
   
Se trata, pues, de obediencia a esta Ley, a esta voluntad del Buen Dios, como lo hizo la Santísima Virgen. ¡Qué bello modelo es la Virgen! «Fiat, Fiat secúndum verbum tuum: “Hágase según tu palabra”». Es toda la vida de la Santísima Virgen, esta obediencia a la voluntad de Dios.
   
Y éste es el espíritu católico. El espíritu católico es profundamente un espíritu de obediencia, una obediencia radical y total a la ley de Dios. El católico repite cada día, una y otra vez: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo». Y no que se haga mi voluntad. Pero hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Así pues, es con este espíritu que debemos –siguiendo a Nuestro Señor Jesucristo– vivir y alcanzar las puertas del Cielo que se abrirán para nosotros.
   
Y es precisamente por esto, queridos hermanos, que tenemos dificultades con Roma. Porque volviendo a este tema, me diréis, es un tema demasiado triste. ¡Pero no! Hay que estar en la verdad. Debemos saber lo que hacemos y lo hemos hecho y esperamos hacerlo en toda conciencia delante de Dios mismo y obedecer a Dios, permanecer en la obediencia precisamente. Porque el nuevo espíritu que está soplando en la Santa Iglesia es un espíritu de desobediencia, ¿ven? Y esto es a lo que nos oponemos. Estamos en contra de la desobediencia. La desobediencia es lo que ha perdido a los hombres y lo que nos ha cerrado las puertas del Cielo.
   
Ahora bien, todo el espíritu del Concilio es un espíritu que conduce a la desobediencia. ¿Por qué? Porque exaltamos la conciencia, la conciencia del hombre. El hombre tiene su conciencia y es su conciencia la que debe gobernar. ¡Pero para nada! El buen Dios ha dado a los hombres una conciencia para conocer la ley y obedecerla. Y no hagas lo que él quiere. Y no hacer su propia ley. Ahora estamos exaltando la conciencia, la responsabilidad. Los hombres son responsables. Entonces, como son responsables, hacen lo que quieren. 
   
Dicen: «tengo mi responsabilidad; tengo mi conciencia; yo sé lo que quiero; sé lo que estoy haciendo. Nadie tiene nada que ver con mi conciencia».
   
Dios ve tu conciencia. Dios te dio la ley. No tienes derecho a oponerte a la ley de Dios. Tú lo sabes.
  
Exaltan al hombre. El hombre se convierte en el centro del mundo. Como si Dios no fuera el centro de todas las cosas y aquel hacia el cual debemos dirigirnos.
   
Así exaltan los derechos humanos, la teología de la liberación: libertad, libertad. Liberación, independencia. Todas estas cosas son malas, intrínsecamente malas.
  
Son malvadas. Es el eco de las palabras de Satanás a Eva y Adán, y que perdieron a Eva y a nuestros primeros padres. Palabras como estas arrojan al pecado a millones de cristianos, católicos, sí, este espíritu maligno que sopla, de independencia del ámbito de la conciencia personal, de libertad personal, de liberación, hace caer en el pecado a millones de católicos. Así que no queremos seguir este movimiento; no queremos seguir este espíritu. 
  
No es el espíritu de Dios; no es el Espíritu Santo, es un espíritu de desobediencia, un espíritu de independencia.
   
Somos totalmente dependientes de Dios. Él nos creó. Él nos dio una ley y debemos seguirla. La ley del amor, la ley de la caridad, esto es lo que Él ha puesto en nuestros corazones: amar a Dios, amar al prójimo. Todo se reduce a esto. ¡Qué magnífica ley! ¿Puede haber ley más hermosa que amar a Dios y amar al prójimo por amor a Dios?
   
Y todo será amor en el cielo. Todo será caridad en el Cielo. Esta ley regirá en todas partes. Además, es la ley de Dios mismo. Dios es caridad. Así dice el Evangelio: Dios es caridad. Y es esta ley de caridad la que Dios ha puesto en nuestros corazones, en nuestras almas, en nuestras conciencias.
   
Y esta ley de caridad es muy severa. No debemos desviarnos de ello. Si nos desviamos de esta ley de caridad, caemos en oposición al Cielo y a la bienaventurada eternidad y luego está el infierno. Quedarán dos grupos. Existe el Purgatorio, pero el Purgatorio es un camino para ir al Cielo. Al final del mundo, cuando Dios decida que nazca el último de sus elegidos, el tiempo habrá terminado. Las estrellas se detendrán. Los ángeles vendrán, las trompetas sonarán y los cuerpos resucitarán. Los cuerpos de los que ahora están en el Cielo, y de los que también están, por desgracia, en el Infierno. Los cuerpos resucitarán y vendrá el juicio general, un juicio general que explica Santo Tomás: «A cada alma se le dará una luz particular para ver a través de las almas y de los cuerpos resucitados, todo lo que las personas, los hombres, han hecho durante su vida, y por este mismo hecho serán juzgados, según la ley de Dios, los que están en pecado y los que están en obediencia».
  
Será el juicio general. Y entonces los ángeles reunirán a los elegidos a la diestra del Señor y a los condenados a la izquierda del Señor. Y Nuestro Señor pronunciará las palabras que pronunció en el Evangelio: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que he preparado para vosotros».
  
«Iros, malditos, al fuego del infierno eterno». Sí, eso es. 
   
Esta es la historia de la humanidad. Así terminará nuestra historia. La historia en la que participaremos todos, cada uno personalmente. Todos estamos involucrados individualmente. No podemos salvarnos para nuestro prójimo. Y no será nuestro prójimo quien nos salvará. Nosotros, personalmente, tendremos que responder por nuestra vida, por nuestra alma. Por eso estamos sumamente preocupados.
   
Y esto es lo que nos recuerda la Resurrección de Nuestro Señor. Esta apertura a la eternidad, a la eternidad bendita.
   
¡Ah! Nos agradaría mucho, mis queridísimos hermanos, y estoy seguro de que compartís toda mi opinión, que de nuestros amigos que nos han dejado recientemente –pienso en el buen Padre Ludovic-Marie Barrielle que tanto amaba hablaros desde aquí, desde este púlpito, con su fe, con un coraje y un celo extraordinarios–, nos agradaría que también el Padre Joseph Le Boulch OSB, que nos dejó hace sólo algunos meses; el buen alcalde Roger Lovey, quisiéramos que vinieran aquí, en mi lugar, y vinieran a contarnos qué está pasando allá arriba, qué es la eternidad que ellos ven ahora.
   
Ellos lo hacen posible. Nos gustaría que vinieran.
Pero vosotros conocéis la palabra del Señor al hombre rico que está en el infierno y que ruega a Abraham que envíe a alguien del cielo. Que Lázaro que está en el cielo vaya y avise a sus hermanos: –«Si alguno viene del Cielo, se convertirá». – !Y Abraham responde: «No, si no escuchan la Ley y los Profetas, si no escuchan a los sacerdotes, no se convertirán aunque venga alguien del Cielo». No nos queda, pues, más que aceptar la ley de Dios, imitar a quienes son nuestros modelos, e imitar en particular –y pedir su intercesión– a nuestra buena Madre del Cielo, la Santísima Virgen, para poder seguirla en la eternidad.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

sábado, 31 de agosto de 2024

«VOS NO SERÉIS MÁS EL BUEN PASTOR»: CARTA DE Mons. LEFEBVRE Y Mons. DE CASTRO-MAYER A WOJTYLA EN 1985

En ocasión de la visita de Mons. Antonio de Castro-Mayer al seminario de Écône en 1985, él y el arzobispo Marcel Lefebvre escribieron una carta a Juan Pablo II Wojtyła, quien había convocado a un sínodo en conmemoración de los 20 años del Concilio Vaticano II.
   
En la misiva, que os presentamos a continuación, ellos resumen las causas de la situación de la Iglesia y le piden a Wojtyła que le ponga remedio. Por los hechos posteriores, y por el «non habémus Papam» que dijo Mons. De Castro-Mayer en la homilía de las consagraciones de 1988 (y que Lefebvre NUNCA LE OBJETÓ, ¿cierto o no, padre Schmidberger?), es visto que la situación fue y ha ido empeorando cada vez más hasta el punto que el grueso de la FSSPX y todos los de Campos se han hecho ciegos a ella y dando por bueno lo malo y malo lo bueno (del resto de modernistas, mejor ni hacerse –más– mala sangre), y que KAROL WOJTYŁA NUNCA FUE UN BUEN PASTOR:
Seminario San Pío X en Écône, 31 de Agosto de 1985
    
Santo Padre,
   
Quince días antes de la Fiesta de la Inmaculada Concepción, Vuestra Santidad había decidido reunir en Roma un Sínodo extraordinario, a fin que «el Concilio Vaticano II, concluido hace 20 años, devenga una realidad siempre más viviente».
    
Permitid que, en ocasión de este suceso, nosotros que fuimos parte activa del Concilio, Os hagamos respetuosamente partícipe de nuestras aprensiones y nuestros deseos, por el bien de la Iglesia y la salvación de las almas confiadas a nosotros.
   
De acuerdo a cuanto fue declarado por el Prefecto de la Sagrada Congregación para la Fe, durante los veinte años posteriores al Concilio se ha evidenciado una verdadera autodemolición de la Iglesia [Pablo VI Montini habló por primera vez de ello en su discurso al Pontificio Seminario Lombardo el 7 de Diciembre de 1968, N. del T.] en todo ambiente, a excepción de aquellos que han mantenido intacta la milenaria Tradición.
   
El cambio operado en la Iglesia en los años Sesenta se ha fraguado y afirmado en el Concilio con la “Declaración sobre la Libertad Religiosa” [Nostra Ætáte, N. del T.]: con ella se concede al hombre el derecho natural de estar exento de la coacción que le impone la ley divona de adherir a la Fe Católica para ser salvo, coacción que se traduce necesariamente en las leyes eclesiásticas y civiles sometidas a la autoridad legislativa de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta libertad de toda coacción ejercida por la ley divina y por las leyes humanas en materia religiosa, está inserta entre las libertades proclamadas en la “Declaración de los Derechos del Hombre”, declaración impía y sacrílega condenada por los Papas y en particular del Papa Púo VI en su Enciclica “Ádeo nota” del 23 de Abril de 1791 y en su Alocución al Consistorio del 17 de Junio de 1793.

Esta “Declaración sobre la Libertad Religiosa” proviene de una fuente envenenada:
  1. El indiferentismo religioso de los Estados, incluso los católicos, realizado desde hace veinte años también por obra la Santa Sede;
  2. El ecumenismo perseguido sin interrupción por Vos mismo y por el Vaticano, y siempre condenado por el Magisterio de la Iglesia, y en particular por la encíclica Mortálium Ánimos de Pío XI;
  3. Todas las reformas hechas desde hace veinte años en la Iglesia para complacer a los herejes, cismáticos, las falsas religiones y los enemigos declarados de la Iglesia, como son los judíos, los comunistas y los francmasones.
  4. Esta liberación de la coacción de la ley divina en materia religiosa alienta evidentemente a la liberación de la coacción de todas las leyes divinas y humanas, y demuele toda autoridad en todos los sectores, especialmente en el de la moral.
Nosotros no hemos cesado de protestar durante y después del Concilio contra el inconcebible escándalo de aquesta falsa libertad religiosa y lo hemos hecho tanto verbalmente como por escrito, en privado y en público, apoyándonos en los más solemnes documentos del Magisterio della Chiesa: inter ália, el Símbolo de San Atanasio, el IV Concilio de Letrán, el Sýllabus (n. 15), el Concilio Vaticano I (Denzinger-Schönmetzer 3008), y en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino concerniente a la Fe católica (Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestiones 8 a 16), enseñanzas de hace veinte siglos codificadas en la Iglesia y confirmadas por el Derecho y por sus aplicaciones.
    
Por estas razones, si el próximo Sínodo no regresase al Magisterio tradicional de la Iglesia en materia de libertad religiosa, sino que confirmase este grave error, fuente de herejía, nosotros tendremos el derecho de pensar que los miembros del Sínodo no profesan más la Fe católica.
    
De hecho, ellos actuarían contra los principios inmutables del Concilio Vaticano I, que afirma en el capítulo IV de su 4.ª sesión:
«No fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el Depósito de la Fe».
Por todas estas razones, nosotros no podremos sino perseverar en la santa Tradición de la Iglesia y tomar todas las decisiones necesarias a fin que la Iglesia conservas un clero fiel a la Fe católica, capaz de repetir con San Pablo: «Tráditi quod áccepi».
   
Santo Padre, Vuestra responsabilidad está gravemente comprometida en esta nueva y falsa concepción de la Iglesia, que arroja al clero y los fieles en la herejía y en elbcisma. Si el Sínodo, bajo Vuestra autoridad persevera en esta dirección, Vos no seréis más el Buen Pastor.
    
Nosotros, con el Rosario en mano, nos volcemos a nuestra Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la suplicamos comunicar su Espíritu de Sabiduría a Vos y a los miembros del Sínodo, para poner fin al dilagar del modernismo en la Iglesia.
    
Santo Padre, quered perdonar la franqueza de nuestra intervención, que no tiene otro fin más que rendir a nuestro Único Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, el honor que Le es debido, así como a Su Única Iglesia, y dignaos acoger nuestros sentimiento de hijos devotos en Jesús y María.
   
✠ Marcel Lefebvre
Arzobispo-Obispo emérito de Tulle
   
✠ Antonio de Castro Mayer
Obispo emérito de Campos

lunes, 25 de marzo de 2024

ÚLTIMA ENTREVISTA DE MONS. LEFEBVRE

Traducción del artículo publicado en LA PORTE LATINE (Fraternidad San Pío X - Distrito de Francia).
 
En ocasión del vigésimo aniversario de la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Monseñor Lefebvre quiso responder a las preguntas que nosotros le habíamos presentado. «No es solamente una cuestión de liturgia, aunque sea importante, que nos separa de Roma, sino una cuestión de Fe». Se resalta también cómo el prelado destruye las calumnias que fueron formuladas contra él a propósito de los documentos conciliares sobre la libertad religiosa y «la Iglesia en el mundo de hoy».
  
FIDELITER - Luego de las consagraciones no hubo más contactos con Roma; luego como usted había contado, el cardenal Silvio Oddi le llamó por teléfono diciendo: «Es necesario arreglar las cosas. Pida un pequeño perdón al Papa, y él está dispuesto a acogerlos». Entonces, ¿por qué no probar este último enfoqe y por qué le parece imposible?
Monseñor Lefebvre – Es absolutamente imposible en el clima actual de Roma, que se vuelve cada vez peor. No podemos hacernos ilusiones. Los principios que dirigen actualmente a la Iglesia conciliar son más y más abiertamente contrarios a la doctrina católica.
 
Ante la Comisión de los derechos humanos de las Naciones Unidas, el cardenal Casaroli declaró recientemente (20 de febrero de 1989): «quiero también detenerme un poco en un aspecto específico de la libertad fundamental de pensar y obrar según la propia conciencia: la libertad religiosa… La Iglesia católica y su Pastor Supremo, que ha hecho de los derechos del hombre uno de los grandes temas de su predicación, nunca ha dejado de recordar que, en un mundo hecho por el hombre y para el hombre, toda la organización de la sociedad no tiene sentido sino en la medida que ella hace de la dimensión humana una preocupación central». ¡Oír esto en la boca de un cardenal! ¡Él no habló de Dios!

Por su parte el cardenal Ratzinger, presentando un documento interminable sobre las relaciones entre el Magisterio y los teólogos (Instrucción Donum veritátis), afirma él «por primera vez con esta claridad» que «hay decisiones del Magisterio que no pueden ser una última palabra sobre la materia en cuanto tal» sino «una especie de disposición provisional… Su núcleo sigue siendo válido, pero los detalles particulares sobre los cuales han influido las circunstancias de los tiempos pueden necesitar rectificaciones ulteriores. A este respecto uno puede señalar las declaraciones de los papas del siglo pasado. Las decisiones antimodernistas han prestado un gran servicio, pero ahora están superadas» (Declaración del 27 de junio de 1990. En L’Osservatore Romano –edición semanal francesa–, 9 de julio de 1990, pág. 9). Et voila!, la página del modernismo fue pasada! Estas reflexiones son insensatas.
  
Finalmente, el Papa es más ecumenista que nunca. Todas las ideas falsas del Concilio continúan desenvolviéndose, se reafirman cada vez con más claridad. Se ocultan cada vez menos. Es por tanto absolutamente inconcebiblie que uno pueda aceptar colaborar con semejante jerarquía.
  
FIDELITER – ¿Piensa que la situación se deterioró más después de las conversaciones que usted –antes de las consagraciones– había tenido y terminaron con la redacción del protocolo del 5 de mayo de 1988?
Monseñor Lefebvre – ¡Ciertamente! Por ejemplo, el hecho de la Profesión de Fe, que ahora es exigida por el Cardenal Ratzinger desde comienzos del año 1989. Es un hecho muy grave. Pues pide, a todos los que se unieran o que podrían hacerlo, que hagan una Profesión de Fe en los documentos del Concilio y en las reformas postconciliares. Para nosotros es imposible.
   
Será necesario continuar esperando antes de prever una perspectiva de acuerdo. Por mi parte, creo que sólo el Buen Dios puede intervenir, visto que humanamente no se ve posibilidad de que Roma modifique el rumbo.

Durante quince años dialogamos para intentar devolver la Tradición a su lugar de honra, en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Nos chocamos con la continua negación. Lo que ahora Roma concede a favor de la Tradición es sólo un gesto puramente político, diplomático, para forzar las adhesiones. Pero no es una convicción en beneficio de la Tradición.
  
FIDELITER - Cuando uno ve que Dom Gérard Calvet OSB y la Fraternidad San Pedro han obtenido el conservar la liturgia y el catecismo, sin –dicen ellos– haber concedido nada, algunos que están en problemas de hallarse en una situación difícil con Roma, pueden ser tentados a la larga de alinearse a ellos por agotamiento. «Ellos llegaron bien, dicen, a entenderse con Roma sin haber dejado nada».
Monseñor Lefebvre – Cuando ellos dicen que no han dejado nada, es falso. Ellos dejaron la posibilidad de contrarrestar a Roma. Ellos no pueden decir nada. Ellos deberían callarse estando regalados los favores que les han sido concedidos. Ellos están imposibilitados ahora de denunciar los errores de la Iglesia conciliar. Todos adhirieron dulcemente, será por la profesión de fe que es demandada por el cardenal Ratzinger. Yo creo que Dom Gérard está para hacer publicar un pequeño libro redactado por uno de sus monjes sobre la libertad religiosa, y que va a intentar justificarla.
    
Desde el punto de vista de las ideas, ellos viraron tan dulcemente y acabaron admitiendo las ideas falsas del Concilio, porque Roma les concedió algunos favores para la Tradición. Es una situación muy peligrosa.
     
En el curso de la audiencia que le fue concedida a Dom Gérard y a una delegación de los monjes de Barroux, el Papa les expresó el deseo de verlos evolucionar siempre hacia adelante. Nada está oculto. El hecho de que se sometan aún más al arzobispo y que tomen posición de no hacer que las reformas conciliares sean subestimadas porque les ha concedido las excepciones a la regla litúrgica del Concilio. Deberían también hacer un esfuerzo por atraer a los que no están todavía en la obediencia al Santo Padre.
  
Estas son las invitaciones pressantes que les son hechas, y este es precisamente el fin de los privilegios que les han sido acordados.
    
Por esto es que Dom Gérard le escribió a la Madre Anne-Marie Simoulin [Priora de las Dominicas del Santo Nombre de Jesús], al Padre Innocent-Marie [en el siglo François Chassagne, de los Dominicos de Avrillé], a los Capuchinos de Morgon y a otras personas para intentar tocarme. A su regreso de Roma, él lanzó esta ofensiva para intentar convencer a todos ellos que no prestaran sus huellas y se alinearan con Roma.
      
Todo lo que se concedió a los que se adhirieron, sólo fue hecho con el objetivo de procurar que todos los que adhieren o están vinculados a la Fraternidad cambien y se sometan a Roma.
  
FIDELITER – Dom Gérard retomó también así el papel que le fue devuelto a Mons. Camille Perl.
Monseñor Lefebvre – Tuve la ocasión de ver al menos tres cartas que Mons. Perl envió en respuesta a las personas que le habían escrito. Son siempre la misma cosa. Él hizo absolutamente hacer un esfuerzo por aquellos que no han comprendido la necesidad de alinearse al Papa y al Concilio. Es una pena, escribió, constatar que no hayan más alineaciones.

FIDELITER - Usted dijo cuando señaló a Dom Gérard y a los demás: «Nos traicionáis. Ahora estáis dando la mano a los que están demoliendo la Iglesia, a los liberales, a los modernistas». ¿Eso no es un poco duro?
Monseñor Lefebvre – No. Ellos me llamaron hace quince años. No fui yo quien los buscó. Fueron ellos mismos los que vinieron a mí para pedirme apoyo, de hacer las ordenaciones, la amistad de nuestros sacerdotes en aquellos tiempos de la apertura de todos nuestros prioratos, para ayudarlos financieramente. Ellos todos se han servido de nosotros tanto como pudieron. Todo se hizo de buen corazón y generosamente. Estaba feliz de hacer esas ordenaciones, de abrir nuestras casas para que ellos pudieran beneficiarse de la generosidad de nuestros benefactores… Y después, de golpe, me telefonean que no necesitan más de nosotros, que todo se acabó. «Nosotros iremos al arzobispo de Aviñón. Ahora estamos de acuerdo con Roma. Hemos firmado un protocolo».
    
No fue con un corazón alegre que tuvimos dificultades con Roma, no fue por placer que tuvimos que luchar. Lo hicimos por principios, para mantener la fe católica. Y estuvieron de acuerdo con nosotros. Ellos colaboraron con nosotros. Y luego, de repente, abandonan la verdadera lucha para aliarse con los demoledores con el pretexto de que les conceden algunos privilegios. Esto es inaceptable.
     
Prácticamente han abandonado la lucha de la fe. Ya no pueden atacar Roma.
   
Esto también es lo que hizo el Padre Louis Marie de Blignières. Él cambió completamente. Él que había escrito un libro para condenar la libertad religiosa, escribe ahora en favor de la libertad religiosa. Esto no es serio. No se puede decir más sobre hombres como estos, que no han comprometido la cuestión doctrinal.
  
Pienso en todo caso que ellos cometen un grave error. Pecaron gravemente al actuar como han hecho, conscientemente con una desenvoltura inverosímil.
      
Había oído decir que los monjes tenían la intención de abandonar Le Barroux diciendo que no podían vivir más en una atmósfera de mentira. Me pregunto cómo pueden quedarse hasta el presente en esta atmósfera.
     
Lo mismo aquellos que están con Dom Augustin-Marie Joly [en el siglo Maurice Camille Francois Joly, fundador del monasterio benedictino de San José de Claraval en Martigny (Suiza) en 1972, trasladado en 1976 a Flavigny del Ozerain en la Costa de Oro francesa. Su monasterio, que combinaba la Regla de San Benito con la espiritualidad ignaciana, fue reconocido por el obispo de Dijón el 2 de Febrero de 1988, cuatro años después de abandonar a Mons. Lefebvre (a quien recurrió en 1982 para las ordenaciones sacerdotales). El 21 de Marzo de 1992, el monasterio fue elevado a abadía y Joly recibió la bendición abacial, renunciando en Diciembre del año siguiente. Murió en 2006. N. del T.]. Ellos eran incluso más tradicionalistas que nosotros, y al presente están vueltos al otro lado. Para todos los jóvenes que están allá, es espantoso pensar en tal reversa. Ellos entraron al monasterio para estar verdaderamente en la Tradición. Era la Tradición más segura, la más firme, inclusive más que la Fraternidad. Ellos pensaban estar protegidos para siempre. Y después retornaron completamente su vestido… y se quedaron. Esto es inexplicable.
  
FIDELITER - Prácticamente el Padre de Blignières, el Abbé de Nantes y Dom Gérard le han acusado de mentir cuando había asegurado que no había firmado dos documentos del Concilio: Dignitátis humánæ sobre la libertad religiosa, y Gáudium et Spes. La revista Sedes sapiéntiæ ha reproducido un documento sacado de los archivos del Vaticano donde figura su nombre escrito por su mano. ¿Qué pasó exactamente y qué es este documento?
Monseñor Lefebvre – Esta idea de interpretar las firmas significando una aprobación de los documentos conciliares ha nacido en el cerebro malintencionado del Padre de Blignières.
     
Las aprobaciones o rechazos de los documentos eran evidentemente realizados para cada documento en particular. El voto era secreto, realizado sobre fichas individuales, y había un lápiz especial que permitía el cálculo electrónico de los votos. Las fichas eran recogidas por los secretarios, de la mano de cada votante.
     
Las grandes hojas que circulaban de mano en mano entre los Padres del Concilio y donde cada uno ponía su firma no tenían ningún sentido de voto a favor o en contra, sino que significaban nuestra presencia en cada sesión de votos para los cuatro documentos.
  
Debería realmente tomar como veletas a los Padres que votaron contra los textos, haciendo creer que habrían aprobado lo que habían rechazado una media hora antes.
   
Vemos que hay poner atención a la imaginación de aquellos que son veletas y que adoran lo que habían quemado previamente, como el Padre de Blignières, Dom Gérard y la veleta por excelencia que es el Abbé de Nantes.
  
FIDELITER - Algunos fieles se sienten tentados a mantener buenas relaciones con los que se han unido, o incluso a asistir a la misa o a las ceremonias que celebran, ¿cree que hay algún peligro en ello?
Monseñor Lefebvre – Siempre he advertido a los fieles, por ejemplo, contra los sedevacantistas. También dicen: la misa está bien, nosotros vamos.
   
Sí, hay misa. Está bien, pero también está el sermón; está el ambiente, las conversaciones, los contactos antes y después, que nos permiten cambiar poco a poco nuestras ideas. Es, por tanto, un peligro y por eso, en términos generales, creo que es un todo. No sólo vamos a misa, frecuentamos un ambiente.
   
Evidentemente hay gente atraída por las hermosas ceremonias que también acude a Fontgombault, donde se ha reanudado la antigua misa. Se encuentran en un clima de ambigüedad que, en mi opinión, es peligroso. Una vez que nos encontramos en esta atmósfera, sujetos al Vaticano, sujetos en última instancia al Concilio, terminamos ecumenistas.
    
FIDELITER - El Papa es muy popular. Moviliza a las multitudes, quiere reunir a todos los cristianos en el ecumenismo, que según él es la piedra angular de su pontificado. A primera vista, puede parecer una idea noble querer reunir a todos los cristianos.
Monseñor Lefebvre – El Papa quiere crear unidad fuera de la fe. Es una comunión. ¿Una comunión para quién? ¿A que? ¿En que? Ya no es una unidad. Esto sólo puede hacerse en la unidad de la fe. Esto es lo que la Iglesia siempre ha enseñado. Por eso hubo misioneros, para convertir a la fe católica. Ahora ya no necesitas convertir. La Iglesia ya no es una sociedad jerárquica, es una comunión. Todo esta mal. Es la destrucción de la noción de Iglesia, del catolicismo. Esto es muy grave y explica por qué muchos católicos abandonan la fe.
     
Cuando sumamos a esto todas las declaraciones escandalosas que se hicieron con ocasión del sínodo sobre el sacerdocio, declaraciones como las de los cardenales [Albert] Decourtray y [Godfried] Danneels, nos preguntamos cómo puede haber todavía católicos.
     
Después de Asís y después de declaraciones similares, entendemos que hay mucha gente que acude a los mormones, a los testigos de Jehová o a otros lugares. Pierden la fe, eso es normal.
    
FIDELITER - A propósito del sínodo, el cardenal [Aloísio] Lorscheider, al anunciar que dos brasileños casados habían sido ordenados sacerdotes, pidió que se estudie la posibilidad de ordenar a hombres casados “de vida probada”.
Monseñor Lefebvre – Todo esto va dirigido contra el celibato de los sacerdotes. El Sínodo que se celebrará en África será probablemente un paso hacia la abolición del celibato sacerdotal, si el Buen Dios no interviene primero.
    
FIDELITER - Citamos como ejemplo el desarrollo del catolicismo y el aumento considerable del número de vocaciones en los países africanos, particularmente en Zaire, donde hay varios centenares de seminaristas.
Monseñor Lefebvre – Pero hay que ver cómo se les forma. En estos países del Tercer Mundo hay muchos niños y ser sacerdote es un avance social. Lamentablemente, esto no es un verdadero progreso para el catolicismo.
     
No digo que todo sea negativo. Pero todos son seminaristas conciliares, con la nueva misa, la introducción del tam-tam, la inculturación en la liturgia. ¿Qué religión tendrán? Ya no será la religión católica, sino una especie de sincretismo religioso con manifestaciones puramente externas. Es grave, porque es la demolición de todo el trabajo realizado por los misioneros.
     
FIDELITER - Más que una cuestión de liturgia, dice usted a menudo, es ahora una cuestión de fe la que nos opone a la Roma actual.
Monseñor Lefebvre – Ciertamente la cuestión de la liturgia y de los sacramentos es muy importante, pero no es la más importante. La cuestión más importante es la de la fe. Para nosotros está resuelta. Tenemos la fe de todos los tiempos, la del Concilio de Trento, del catecismo de San Pío X, de todos los concilios y de todos los papas anteriores al Vaticano II.
    
Durante años se intentó en Roma demostrar que todo en el Concilio estaba perfectamente conforme a la Tradición. Ahora se descubren. El cardenal Ratzinger nunca había hablado con tanta claridad. No hay Tradición. No hay más depósito para transmitir. La tradición en la Iglesia es lo que dice hoy el Papa. Deben someterse a lo que dicen hoy el Papa y los obispos. Para ellos ésta es la tradición, la famosa tradición viva, el único motivo de nuestra condena.
    
Ya no buscan demostrar que lo que dicen es coherente con lo que escribió Pío IX, con lo que promulgó el Concilio de Trento. No, todo eso ya pasó, está obsoleto, como dice el cardenal Ratzinger. Está claro y podrían haberlo dicho antes. No tenía sentido hacernos hablar o discutir. Ahora es la tiranía de la autoridad, porque ya no hay reglas. Ya no podemos referirnos al pasado.
   
En cierto sentido, las cosas se están volviendo más claras hoy. Siempre nos dan la razón. Estamos ante personas que tienen una filosofía distinta a la nuestra, otra manera de ver, que están influenciados por todos los filósofos modernos y subjetivistas. Para ellos no existe una verdad fija, no existe un dogma. Todo está evolucionando. Este es un concepto completamente masónico. Esta es verdaderamente la destrucción de la fe. ¡Afortunadamente seguimos confiando en la Tradición!
    
FIDELITER – Sí, pero está solo contra todos.
Monseñor Lefebvre – Sí, hay un gran misterio.

FIDELITER - En el último boletín “INTROIBO”, el padre André señala que aunque dicen la nueva misa, una decena de obispos dan esperanza. Son calificados de “obispos tradicionales” por el “directorio episcopal”.
Monseñor Lefebvre – Sí, pero todos son conciliares. Sólo Mons. de Castro Mayer y yo nos resistimos al Concilio y a sus solicitudes, mientras que durante el Concilio éramos 250 los que nos oponíamos a sus errores.
     
Me hice releer nuevamente la profecía de Nuestra Señora de Quito(1), donde a comienzo del siglo XVII, la Santísima Virgen María ha revelado a una santa religiosa la disolución de las costumbres y la crisis horrorosa que afecta actualmente a la Iglesia y su clero (2), anunciando también que un prelado se consagraría a la restauración del sacerdocio.
      
La Santísima Virgen ha anunciado esto para el siglo XX. Es un hecho. El Buen Dios ha previsto este momento en la Iglesia.
       
FIDELITER – Ha destacado que ha adquirido la convicción de que la obra que usted ha realizado es bendecida por el Buen Dios, porque en muchas ocasiones, ella habría podido desaparecer.
Monseñor Lefebvre – Sí, es cierto. Siempre hemos afrontado ataques, muy duros, muy dolorosos. Sé de personas que habían trabajado con nosotros, que fueron nuestros amigos y se han vuelto contra nosotros y verdaderamente se han convertido en enemigos. Esto es muy doloroso, pero no hay nada que hacer. Después de un tiempo nos damos cuenta de que aquellos que están enojados con nosotros y que intentan destruirnos, se están hundiendo y que continuamos, todavía debemos creer que la línea de fe y la Tradición tal como la hemos adoptado, tal como la seguimos, es imperecedera, porque esta es la Iglesia, y que Dios no puede dejar perecer a su Iglesia.
    
FIDELITER – ¿Qué puede decir a los fieles que esperan siempre en la posibilidad de un acuerdo con Roma?
Monseñor Lefebvre – Nuestros verdaderos fieles, los que comprendieron el problema y que justamente nos han ayudado a seguir la línea recta y firme de la Tradición y de la fe, temían las negociaciones que yo hice en Roma. Me decían que era peligroso y que perdía el tiempo. Sí, claro, yo esperé hasta el último minuto que en Roma me testimoniasen un poco de lealtad. No me pueden reclamar por no haber hecho lo máximo que podía. Por eso, ahora, a los que vienen a decirme: «Es necesario que usted se entienda con Roma», creo que puedo decirles que fui lo más lejos que podría haber ido.

FIDELITER – Usted responde: no tenéis que temer, porque nosotros estamos con la Tradición, con los concilios anteriores al Vaticano II, con todo lo que los papas anteriores a este han declarado…
Monseñor Lefebvre – Sí, es evidente, si inventáramos algo podríamos temer que nuestro invento no sobreviviera. Pero no estamos haciendo nada nuevo.
No hace mucho vi a un obispo, un amigo mío con quien trabajamos durante el Concilio y que en ese momento estuvo completamente de acuerdo conmigo. Y me dijo: «Es una lástima que esté en dificultades con Roma».

Respondí, «¿Cómo, usted, que luchó en el Concilio por las mismas razones que yo, puede sorprenderse ahora? Hemos tenido reuniones continuas juntos y con otros para tratar de mantener la línea de la Tradición en el Concilio. Y ahora ha abandonado todo eso. ¿Estaba mal lo que estábamos haciendo?

Vea los resultados del Concilio. ¿Puede darme algunos que sean buenos, que sean positivos? ¿Dónde y en qué área el Concilio y las reformas que trajo trajeron una renovación extraordinaria a la Iglesia?».

No pudo responder. No hay nada. Todo es negativo.

FIDELITER – ¿Y el carismatismo?
Monseñor Lefebvre – Es todavía negativo. Es el diablo, pues los carismáticos vienen a nosotros pidiendo exorcizarlos. Les hace creer que están poseídos por el diablo.
 
Ellos llaman al Espíritu. ¿Cuál espíritu? Hay algunos entre ellos que están de buena fe, sin duda, que se esfuerzan por orar, por hacer la adoración, sin duda, pero el demonio es maligno. Él suelta de un lado, del otro lo recupera.
  
No hemos terminado de luchar. Desapareceré, pero mis sucesores aún tendrán que combatir.
  
Pero el Buen Dios puede todo. En el plano político, era difícil de prever en uno o dos años lo que pasa actualmente. Uno no imaginaba que el telón de hierro caería, que la Alemania se reunificaría. Ahora se dice que la caída del imperio soviético está cerca.
    
Recibí una carta de un obispo ucraniano que quería tener contacto con nosotros, para que le ayude a editar un catecismo, porque ellos no tienen nada. Junto a otros pasó más de quince años en la cárcel soviética. Algunos de ellos están ahora libres.
     
Él encontró su diócesis en un estado espantoso, porque todo pertenece hoy en día a la Iglesia ortodoxa. Ellos lo han tomado todo. Luego, intentó recuperar lo que pudo, pero contra él está el Vaticano que está envenenado para este asunto. El regreso de estos obispos y de estos sacerdotes que quieren hacer revivir la Iglesia Católica en Ucrania molesta al Vaticano, que no quiere tener problemas con el Kremlin y con los ortodoxos. Esta renovación católica en Ucrania les molesta. Esto es lo que me escribió este obispo: «Hay verdaderamente un misterio que se cierne sobre nosotros respecto de la actitud de Roma».

¡Para nosotros no hay misterio!
  
FIDELITER – ¿Qué balance podemos hacer de la Fraternidad después de veinte años de existencia?
Monseñor Lefebvre – El Buen Dios quiso la Tradición. Estoy profundamente convencido de que la Fraternidad representa el medio que el Buen Dios quiso para conservar y mantener la fe, la verdad de la Iglesia y lo que aún se puede salvar en la Iglesia. Gracias también a los obispos que rodean al Superior general de la Fraternidad, que cumplen su papel indispensable de mantenedores de la fe, de predicadores de la fe y que comunican las gracias del sacerdocio y de la confirmación, la Tradición permanece inalterada y siempre es fuente fecunda. de la vida divina.
Todo esto es realmente muy consolador y creo que debemos dar gracias al Buen Dios y seguir custodiando fielmente los tesoros de la Iglesia, esperando que un día estos tesoros ocupen el lugar que les corresponde en Roma y que nunca debieron perderse.

Comentarios recogidos por André CAGNON

Fuente: Fideliter n.º 79 (Enero-Febrero de 1991).

NOTAS
«Finalmente, nuestro sacerdote encargado del priorato de Bogotá, en Colombia, me ha enviado un libro hecho sobre las apariciones de Bon Successo —del Buen Suceso— en una iglesia, una gran iglesia en Ecuador, en Quito, capital del Ecuador y de las apariciones que tuvieron lugar a una religiosa de un convento de Quito poco tiempo después del Concilio de Trento. Hace muchos siglos, como veis. Pues bien, la Santísima Virgen le dijo a esta religiosa —esto fue consignado, esta aparición ha sido reconocida por Roma, por las autoridades eclesiásticas puesto que han construido una magnífica iglesia para la Virgen donde, además, dicen los historiadores, el rostro de la Virgen habría sido terminado, el escultor estaba en plan de terminar el rostro de la Virgen cuando encontró que el rostro de la Virgen fue hecho milagrosamente, esta Virgen milagrosa desde entonces ha sido honrada con  mucha devoción por los fieles del Ecuador— y esta Virgen ha profetizado para el siglo XX, y ella dijo explícitamente: “A finales del siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, los errores se propagarán más y más fuertemente en la Santa Iglesia, poniendo a la Iglesia en una situación de catástrofe absoluta, de catástrofe, y las costumbres se corromperán, y la Fe desaparecerá”. Parece que no podemos constatarlo y, me excuso de continuar hablando de esta aparición, pero ella habla de un prelado que se opondrá absolutamente a esta vague de impiedad preservando el sacerdocio, y haciendo buenos sacerdotes. Vosotros haréis la aplicación si quereis; yo no lo veré hacer, no puedo. Había estado estupefacto al leer estas líneas, no puedo negarlo, así como está, fue escrito, impreso, consignado en los archivos de esta aparición».
(2) Cf. FIDELITER n.º 66 (Noviembre-Diciembre de 1988).