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jueves, 6 de noviembre de 2025

LA INVASIÓN BÁRBARA, ¿DESGRACIA PARA LA VIRTUD CRISTIANA?

   
LA INVASIÓN BÁRBARA, ¿DESGRACIA PARA LA VIRTUD CRISTIANA?
«Durante más de quinientos años, la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».
   
Saqueo de Roma por Alarico (grabado anónimo).
   
Los pueblos han ido y venido a lo largo de los siglos. Esto ha sucedido de modos muy azarosos, desde las grandes migraciones prehistóricas, pasando por las del mundo antiguo, hasta fenómenos recientes como las migraciones de posguerra española o las masas de orientales que construyeron el ferrocarril en Estados Unidos. En esa sucesión de pueblos, las verdades perduran, la realidad se altera, pero en tantas direcciones que en ocasiones los relatos de la caída de Roma parecen análogos a los del antiguo Egipto o al caso estadounidense actual —con sus últimos coletazos de tiranía para salvaguardar el imperio, pero con unas masas anárquicas y unos señores oclócratas y rapaces del bien común—.

Pero, ¿es el hombre para la nación? No, es el hombre para Dios y así, la teología tradicional puede darnos respuestas a las inquietudes de los tiempos actuales:
Ad secúndum sic procéditur. Vidétur quod beatitúdo ætérna non sit objéctum próprium spei. Illud enim homo non sperat quod omnem ánimi sui motum excédit, cum spei actus sit quídam ánimi motus. Sed beatitúdo ætérna excédit omnem humáni ánimi motum, dicit enim Apóstolus (I ad Cor. II), quod in cor hóminis non ascéndit. Ergo beatitúdo non est próprium objéctum spei [En cuanto al segundo supuesto procedimiento, parece que la felicidad eterna no es el objeto propio de la esperanza. Pues el hombre no espera aquello que excede todo movimiento de su mente, ya que el acto de esperar es un cierto movimiento de la mente. Pero la felicidad eterna excede todo movimiento de la mente humana, pues el Apóstol dice (1.ª Cor. 2) que no asciende al corazón del hombre. Por lo tanto, la felicidad no es el objeto propio de la esperanza]» Santo Tomás (Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 17, art. 2.º, respuesta a la objeción 2.ª).
La esperanza, así, no es instrumento egoísta, cuanto teocéntrico, y sólo ahí puede hallar su razón de ser y así sólo acerca al hombre a los trascendentales que su alma busca de forma natural. Pero, así mismo, por oposición, vemos los errores de los herejes… de antaño y de ahora: «El error de los jansenistas y quietistas al afirmar que el obrar por la esperanza es inmoral o imperfecto, estriba en imaginarse que con ello deseamos a Dios como un bien para nosotros, subordinando a Dios a nuestra propia felicidad». (Antonio Royo Marín OP, Teología de la Perfección Cristiana, lib. II, cap. 2: 251).

El pensar la realidad política del hombre —arte supremo de la caridad— como supeditada a una felicidad individual, terrena e inmediata, y por ello sometida toda virtud y don del Espíritu y el Creador al hombre, conduce ante todo a verdaderas monstruosidades. Es el caso aquí de ciertas elucubraciones étnicas que la Hispanidad sufre por doquier: desde los indigenismos —negrismo, rousseanismo, alienigenismo, celtiberismo, etc.—, los regionalismos —catalanismo, vasquismo, lombardismo, prusianismo, etc.—, las aculturaciones —el globalismo americano, la hispanidad como castización, europeización, etc.—, las invasiones heréticas incentivadas desde los alto gobiernos —Venezuela, Cuba, EE.UU., España, Italia etc.—

Y, hecho este pórtico, queremos ceder la palabra a un viejo canónigo, de esos que ya muertos sabemos que las almas las gana para Dios y no para ellos mismos y sus sectas. Hacemos notar, en general, que es una obra saludable para el interesado en la sana doctrina católica en tres tomos de ligerísima lectura en forma de quǽstio y respóndeo
Fuente: ESTEVE BLANES, Francisco (Canónigo). Objeciones contra la Religión, Tomo I. Mallorca, 1938. Pp.: 28-9: Nos amenaza la invasión de la raza amarilla. ¿No arrollaran sus sectas el catolicismo? ¿No lo devastarán las hordas comunistas?
R.— Supongamos que los invasores lograran apoderarse de todos los países más civilizados, y dominarlos; el furor vandálico pasaría; y entonces, amansados y sosegados con su presa y más reflexivos, ¿no serían paso a paso cautivados por la cultura superior de los vencidos, que les mostraría ideales más delicados, nobles y excelsos que el simplista y rastrero materialismo?
   
Cuando los pueblos germánicos se echaron sobre el imperio romano y lo ocuparon, la Iglesia fue la educadora de las nuevas razas, transformándolas e imponiéndoles sus ideales.
  
«Durante más de quinientos años, dice Taine (Les origines de la France contemporaine, L’ancien régime), la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».
   
¿No haría lo mismo la Iglesia con los nuevos bárbaros, inculcándoles pacientemente, guiada por la Providencia, lo que unos ignoran y otros olvidan: el respeto al hombre en cuanto hombre, la dignidad de la conciencia, el sentimiento del deber, la excelencia de la vida interior, la verdadera libertad frente a la tiranía de los gobiernos, la alteza de la mujer defendida por el matrimonio-sacramento, el respeto al derecho y a la justicia, el aprecio del trabajo, la moral pública, la suavidad de costumbres, la verdadera solidaridad de todos los hombres, el valor de la vida futura, y tantos otros bienes que forman la más alta civilización del mundo, que es la cristiana?
  
Artur Jaume Llinares Pacia, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

lunes, 26 de julio de 2021

REACCIONES DISTINTAS A “Traditiónis Custódes”

1.º CARTA DEL PADRE DAVIDE PAGLIARANI, SUPERIOR GENERAL DE LA FSSPX (Fuente: ACTUALITÉS FSSPX).
ESTA MISA, NUESTRA MISA, DEBE SER REALMENTE PARA NOSOTROS COMO LA PERLA DEL EVANGELIO POR LA QUE RENUNCIAMOS A TODO, POR LA QUE ESTAMOS DISPUESTOS A VENDERLO TODO. 
    
Queridos miembros y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X:
    
El motu proprio Traditionis custodes y la carta que lo acompaña causaron gran revuelo en el llamado ámbito tradicionalista. Puede observarse, con toda lógica, que la era de la hermenéutica de la continuidad, con sus ambigüedades, ilusiones y esfuerzos imposibles, ha terminado drásticamente, barrida de un revés. Estas medidas tan claras y directas no afectan directamente a la Fraternidad San Pío X, pero deben ser para nosotros la ocasión de una profunda reflexión. Para ello, hemos de elevarnos a los principios y plantearnos una cuestión a la vez antigua y nueva: ¿Por qué la Misa Tridentina sigue siendo la manzana de la discordia después de cincuenta años?
    
Ante todo, debemos recordar que la Santa Misa es la continuación, en el tiempo, de la lucha más encarnizada que jamás haya existido: la batalla entre el reino de Dios y el reino de Satanás, esa guerra que alcanzó su punto culminante en el Calvario, por el triunfo de Nuestro Señor. Para esta lucha y para esta victoria se encarnó. Y puesto que la victoria de Nuestro Señor tuvo lugar a través de la cruz y de su sangre, es comprensible que su perpetuación también se realice a través de luchas y contradicciones. Todo cristiano está llamado a esta lucha: Nuestro Señor nos lo recuerda cuando dice que vino «a traer la espada a la tierra» (Mt 10, 34). No es de extrañar que la Misa eterna, que expresa perfectamente la victoria final de Nuestro Señor sobre el pecado a través de su sacrificio expiatorio, sea en sí misma un signo de contradicción.
    
Pero ¿por qué esta Misa se ha convertido en un signo de contradicción dentro de la misma Iglesia? La respuesta es simple y cada vez más clara. Después de cincuenta años, los elementos de respuesta son evidentes para todos los cristianos de buena voluntad: la Misa tridentina expresa y transmite una concepción de la vida cristiana y, por consiguiente, una concepción de la Iglesia, absolutamente incompatible con la eclesiología salida del Concilio Vaticano II. El problema no es simplemente litúrgico o estético, ni puramente formal. El problema es a la vez doctrinal, moral, espiritual, eclesiológico y litúrgico. En definitiva, es un problema que afecta a todos los aspectos de la vida de la Iglesia sin excepción: es una cuestión de fe.
    
De un lado está la Misa de siempre, estandarte de una Iglesia que desafía al mundo y que está segura de la victoria, porque su batalla no es otra que la continuación de la que llevó Nuestro Señor para destruir el pecado y el reino de Satanás. Es por la Misa y a través de la Misa como Nuestro Señor alista a las almas cristianas en su propia lucha, haciéndolas partícipes tanto de su cruz como de su victoria. De todo esto se deriva una concepción de la vida cristiana profundamente militante. Dos notas la caracterizan: el espíritu de sacrificio y una esperanza inquebrantable.
    
Del otro lado está la Misa de Pablo VI, expresión auténtica de una Iglesia que quiere estar en armonía con el mundo, que presta oídos a los reclamos del mundo; una Iglesia que, en definitiva, ya no tiene que luchar contra el mundo, porque ya no tiene nada que reprocharle; una Iglesia que ya no tiene nada que enseñar, porque está a la escucha de los poderes de este mundo; una Iglesia que ya no necesita el sacrificio de Nuestro Señor, porque, habiendo perdido la noción del pecado, ya no tiene nada que expiar; una Iglesia que ya no tiene la misión de restaurar la realeza universal de Nuestro Señor, puesto que quiere contribuir al desarrollo de un mundo mejor, más libre, más igualitario, más eco-responsable; y todo esto con medios puramente humanos. A esta misión humanista que los hombres de Iglesia se han adjudicado debe corresponder necesariamente una liturgia igualmente humanista y profanada.
    
La batalla de estos últimos cincuenta años, que el 16 de julio acaba de experimentar un momento ciertamente significativo, no es la guerra entre dos ritos: es de hecho la guerra entre dos concepciones diferentes y opuestas de la Iglesia y de la vida cristiana, absolutamente irreductibles e incompatibles entre sí. Parafraseando a San Agustín, podríamos decir que dos Misas construyen dos ciudades: la Misa antigua ha construido la ciudad cristiana, y la Misa Nueva pretende construir la ciudad humanista y secular.
    
Si Dios permite todo esto, lo hace ciertamente por un bien mayor. Ante todo para nosotros mismos, que tenemos la oportunidad inmerecida de conocer y beneficiarnos de la Misa Tridentina; estamos en posesión de un tesoro del que no siempre medimos todo su valor, y que tal vez guardamos demasiado por costumbre. Alcanzamos a medir mejor todo el valor de algo precioso justamente cuando se ve atacado o despreciado. Que este «choque» provocado por la dureza de los textos oficiales del 16 de julio sirva para que se renueve, profundice y redescubra nuestro aprecio y nuestra fidelidad a la Misa Tridentina; esta Misa, nuestra Misa, debe ser realmente para nosotros como la perla del Evangelio por la que renunciamos a todo, por la que estamos dispuestos a venderlo todo. Quien no esté dispuesto a derramar su sangre por esta Misa, no es digno de celebrarla. Quien no esté dispuesto a renunciar a todo por conservarla, no es digno de asistir a ella.
    
Esta debería ser nuestra primera reacción ante los acontecimientos que acaban de sacudir a la Iglesia. Que nuestra propia reacción de sacerdotes y de fieles católicos, por su profundidad y su firmeza, vaya mucho más allá de los comentarios de toda clase, inquietos y a veces desesperanzados.
    
Dios ciertamente tiene otro objetivo en vista al permitir este nuevo ataque a la Misa Tridentina. Nadie puede dudar que, durante estos últimos años, muchos sacerdotes y muchos fieles han descubierto esta Misa, y que a través de ella se han acercado a un nuevo horizonte espiritual y moral, que les ha abierto el camino de la santificación de sus almas. Las últimas medidas que se acaban de tomar contra la Misa obligarán a estas almas a sacar todas las consecuencias de lo que han descubierto: les toca ahora elegir –con los elementos de discernimiento que están a su disposición– lo que se impone a toda conciencia católica bien esclarecida. Muchas almas van a enfrentarse a una elección importante respecto de la fe, porque –repitámoslo– la Misa es la expresión suprema de un universo doctrinal y moral. Se trata, pues, de elegir la fe católica en su totalidad, y por ella a Nuestro Señor Jesucristo, su cruz, su sacrificio y su realeza. Se trata de elegir su Sangre, de imitar al Crucificado y de seguirlo hasta el fin con total, radical y constante fidelidad.
    
La Fraternidad San Pío X tiene el deber de ayudar a todas aquellas almas que se encuentran actualmente consternadas y desanimadas. Ante todo, tenemos el deber de ofrecerles, por los hechos mismos, la certeza de que la Misa Tridentina nunca podrá desaparecer de la faz de la tierra: es un signo de esperanza sumamente necesario.
    
Además, cada uno de nosotros, sacerdote o fiel, debe tenderles una mano amiga, porque quien no tiene el deseo de compartir los bienes de que se beneficia se hace en realidad indigno de esos bienes. Sólo así amaremos verdaderamente a las almas y a la Iglesia; porque cada alma que ganemos para la cruz de Nuestro Señor, y para el inmenso amor que El manifestó por su Sacrificio, será un alma verdaderamente ganada para su Iglesia, para la caridad que la anima y que debe ser la nuestra, especialmente en este momento.
    
Estas intenciones las confiamos a la Madre de los Dolores, a Ella le dirigimos nuestras oraciones, ya que nadie ha penetrado mejor que Ella el misterio del sacrificio de Nuestro Señor y de su victoria en la Cruz, por cuanto nadie ha estado tan íntimamente asociado como Ella a su sufrimiento y a su triunfo. En sus manos ha puesto Nuestro Señor toda la Iglesia; y por eso mismo, a Ella le ha sido confiado lo que la Iglesia tiene de más precioso: el testamento de Nuestro Señor, el santo sacrificio la misa.
    
Menzingen, 22 de julio de 2021,
fiesta de Santa María Magdalena,
Don Davide Pagliarani, Superior General
   
2.º NOTA DE MONS. DOM TOMÁS DE AQUINO OSB (Fuente: NON POSSUMUS).
UN CAMINO YA RECORRIDO
Nota sobre el Motu Proprio Traditionis Custodes
   
Tres papas, en el pasado reciente, han legislado canónicamente sobre la Santa Misa a través de un Motu Proprio: S.S. Juan Pablo II, S.S. Benedicto XVI y S.S. Francisco.
    
Los tres pontífices exaltaron la Nueva Misa. Juan Pablo II exigió que se aceptara la Misa Nueva para tener derecho a decir la Misa de Siempre. Benedicto XVI dio a la Nueva Misa el título de “Rito Ordinario” y exigió que los sacerdotes la rezaran al menos en el Triduo Pascual. Francisco exige a quienes se benefician del Motu Proprio que no excluyan la validez y legitimidad de la reforma litúrgica, así como las doctrinas emanadas del Concilio Vaticano II y del magisterio de los papas conciliares.
   
Los tres Motu Proprios tienen en común la aceptación de la nueva religión. Todos los que están vinculados a Roma por algún acuerdo sienten ahora el peso de la mano del Soberano Pontífice que les obliga a aceptar esta nueva religión.
    
Una vez más, podemos ver la posición correcta de Dom Marcel Lefebvre, quien nunca usó un Motu Proprio para legitimar su acción, pero conservó la Misa de Siempre porque es la Misa de la Tradición, una Misa que San Pío V canonizó, dando a todo sacerdote el derecho a rezarla para siempre, de forma inderogable.
    
Que Santa María, que venció todas las herejías, nos haga seguir el camino trazado por Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer, acelerando el esperado triunfo de la Iglesia, que llegará a nosotros precisamente por intercesión de Ella, que es la Mediadora de todos las gracias.
    
S. Exc. Rev. Dom Tomás de Aquino
  
COMENTARIO: Tanto la FSSPX de Fellay-Pagliarani como la “Resistencia” de Williamson cojean del mismo pie: por lo general, ambas siguen la “Misa de 1962” y ofician “una cum Papa Francísco”. Pero el caso de la Frater es más lamentable, toda vez que perdieron la independencia. Prueba de ello es que el padre Pagliarani en ningún momento menciona a Jorge Mario Bergoglio Sívori, en arte “Papa Francisco I” por obvias razones:
  • Francisco Bergoglio los toleró cuando era arzobispón de Buenos Aires, mientras que con los demás “semitradis” era inflexible.
  • Francisco Bergoglio les “otorgó” jurisdicción para confesar, mediante la bula “Misericórdia et Mísera”.
  • Francisco Bergoglio les “otorgó” (a medias) jurisdicción para los matrimonios.
  • Francisco Bergoglio les reconoce como jueces de primera instancia en causas canónicas.
  • Vitus Huonder (antiguo obispón de Coira, Suiza, y amigo personal de Francisco Bergoglio) vive y oficia en un priorato de ellos en Suiza sin que (hasta donde tengamos conocimiento) haya recibido aunque sea sub conditióne las órdenes sagradas (Huonder fue “instalado” presbítero el 29 de Septiembre de 1971 por Johannes Vonderach y obispón el 8 de Septiembre de 2007 por Amédée Antoine-Marie Grab OSB, ambas con el inválido rito montini-bugniniano).
   
Si la Frater tuvo una oportunidad (y quizá la última) para rectificar sus errores y distanciarse de esa Roma Modernista en que su fundador Marcel Lefebvre veía la Sede del Anticristo, era esta. Y la perdieron por las razones anteriormente señaladas. En una palabra, las perdieron POR EL RESPETO HUMANO, esperando una “Prelatura personal” que no llegará.
   
¡FRATÉRNITAS, FRATÉRNITAS, CONVERTÉRE AD DÓMINUM DEUM TUUM!

sábado, 4 de julio de 2020

NUEVAS DECLARACIONES DE MONS. VIGANÒ (AHORA APOYADO POR LA “RESISTENCIA” WILLIAMSONISTA)

El 27 de Junio de 2020, fue publicado el Comentario Eléison DCLXXVI (676) de Mons. Richard Williamson. Un Eléison distinto a los demás, no sólo por el apoyo a un Mons. Viganò que repudió en su carta del 9 de Junio el Concilio Vaticano II y la “Hermenéutica de la Continuidad” esgrimida por Ratzinger como programa de gobierno (¿quizá Viganò está tendiendo hacia el sedevacantismo?)
9 de junio de 2020
San Efrén
 
He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.
 
El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.
 
El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Natúram éxpellas furca, tamen úsque recúrret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.
 
Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.
 
La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamento en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessióne veræ sempitérnæque Deitatis, et in Persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in majestáte adorétur æquálitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.
 
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la tradítio instrumentórum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacraméntum Órdinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentábili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quánta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitátis Humánæ.
 
Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la tradítio instrumentórum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.
 
Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.
 
También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.
 
Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.
 
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.
 
Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Líttera enim óccidit, spíritus áutem vivíficat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsístit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclésia Christi subsístit in Ecclésia Cathólica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.
 
Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creátor para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filióque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.
 
Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitátis Humánæ. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Ætáte. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amóris Lætítia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.
 
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.
 
Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.
   
En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.
 
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et lóquela tua maniféstum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.
 
Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.
   
Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.
 
Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.
 
La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritáte, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.
 
El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Sýmbolum Athanasiánum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicúmque vult salvus esse, ante ómnia opus est ut teneat Cathólicam fidem; quam nisi quísque íntegram inviolátamque serváverit, ábsque dúbio in ætérnum períbit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.
 
+ Carlo Maria Viganò
Sino porque se fue publicado como una carta conjunta de los cuatro obispos de la “Resistencia” (Mons. Williamson, Mons. Jean-Michel Faure, Mons. Tomás de Aquino OSB y Mons. Gerardo Zendejas).
  
A continuación, el Comentario-Carta:
COMENTARIO ELEISON DCLXXVI (676)
27-6-2020
   
Quiera Dios que muchos Obispos amigos de Viganò
Tomen la espada de él para luchar por la Iglesia
    
Su Excelencia, Arzobispo Viganò:
   
Hace varios días, uno de los cuatro obispos que se esfuerzan dentro de la Iglesia por mantener la defensa de la Fe de acuerdo con el ejemplo puesto por Monseñor Lefebvre, le escribió una carta de felicitación y apoyo a su carta del 9 de junio, en la que usted remite al Concilio Vaticano II (1962–1965) la actual crisis de la Iglesia. Con esta nueva carta para usted, los cuatro obispos desean expresarle públicamente las mismas felicitaciones y apoyo en sus difíciles circunstancias actuales. Esencialmente repetimos lo que le escribió Mons. Tomás, sólo un poco abreviado:
Es un deber de conciencia frente a toda la Iglesia que esta carta venga a darle apoyo público en su reciente denuncia de la crisis que atraviesa la Iglesia y de sus orígenes en el Concilio Vaticano II. Santo Tomás de Aquino enseña que no hay obligación de confesar la Fe en todo momento, pero cuando la Fe está en peligro, entonces hay un grave deber de confesarla, incluso a riesgo de la vida.
    
¿Puede alguien hoy negar la crisis sin precedentes de la Iglesia, que golpea profundamente al sacerdocio católico? Sin embargo, los sacerdotes verdaderamente católicos son absolutamente necesarios para el Santo Sacrificio de la Misa y para la preservación de la santa doctrina. Cuando las autoridades legítimas de la Iglesia se niegan a actuar de acuerdo con la mente de la Iglesia, ningún obispo puede simplemente resistir en la Fe, como lo puede hacer un laico. Ante Dios, de quien recibimos nuestro episcopado, declaramos por nuestra consagración con la plenitud del Orden Sagrado que en la presente crisis no sólo es lícito, sino que es nuestro imperioso deber usar estos poderes para el bien de las almas.
    
En su carta del 6 de junio, con una claridad y sinceridad admirables, Su Excelencia reconoce cómo el clero y los fieles católicos fueron engañados cuando el Concilio introdujo nuevos rumbos originados en la conspiración anticristiana. Es doloroso observar la lamentable ceguera de tantos colegas en el episcopado y en el sacerdocio que no ven o no quieren ver la crisis actual y la necesidad de resistir al modernismo que ahora reina de modo supremo, y a la secta conciliar atrincherada en los niveles más altos de la Iglesia. Esta resistencia es totalmente legítima y acorde a la voluntad de la Iglesia perenne. Un obispo debe, en efecto, cumplir la misión que se le ha encomendado: transmitir todo lo que puede y debe ser transmitido por la plenitud de sus Órdenes para la conservación de la Fe: “Tradidi quod et accepi”.
   
Por su antiliberalismo y antimodernismo, en junio de 1988 el arzobispo Marcel Lefebvre y el obispo Antonio de Castro Mayer, para salvar el tesoro de la Tradición Católica del modernismo, y de la Nueva Misa y las reformas del Concilio, procedieron a consagrar cuatro obispos en la llamada “Operación de Supervivencia”, garantizando así que la gracia y la doctrina inmutable seguirían siendo transmitidas. Como sus herederos, queremos expresar nuestra sincera adhesión a la posición de Su Excelencia, dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los tiempos. Con ello no queremos hacer otra cosa que beber de la misma fuente, que es la Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana, fuera de la cual no hay salvación.
   
Y si alguien nos pregunta cuándo habrá un acuerdo con las autoridades de Roma, nuestra respuesta es simple: cuando Roma vuelva a Nuestro Señor. El día en que los oficiales romanos reconozcan una vez más a Nuestro Señor como el Rey de todos los pueblos y naciones, ese día no seremos nosotros los que regresemos a la Iglesia, sino aquellos que intentaron derribar a la Iglesia Católica, de la que nunca salimos. Mientras tanto juzgamos que al oponernos abiertamente y resistir a los errores del Concilio y a aquellos que los promueven, estamos prestando el más necesario servicio a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo.
   
Que la Santísima Virgen, Nuestra Señora, que en Fátima nos advirtió de la gravedad de la hora actual, conceda al Papa y a los obispos del mundo entero las gracias necesarias para que se realice la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, y para que se difunda por todas partes la devoción reparadora de los cinco primeros sábados, a fin de que se abandone el modernismo y las almas vuelvan a la Fe Católica, entera e inviolada, sin la cual es imposible agradar a Dios.
   
Que Dios bendiga a Su Excelencia Monseñor Carlo María Viganò,
  
Mons. Jean-Michel Faure
Mons. Tomás de Aquino
Mons. Richard Williamson
Mons. Gerardo Zendejas.
  
Nos sorprende que la “Resistencia” esté apoyando a Viganò, habida cuenta que ellos (en el fuero externo) rechazan al Sedevacantismo hasta el punto de equipararlo con el modernismo. Pero valga al menos que contrario a Viganò, la Frater acoge (aunque mitigadamente) el Vaticano II y sus herejías. Preguntámonos: Si Mons. Salvador Lazo Lazo (el primer obispo novusordiano en convertirse a la Tradición) o Mons. John Bosco Chuabsamai Manat (que se convirtió ante el ejemplo de Mons. Lazo) se hubiesen convertido en estos días, ¿también lo pasarían de agache?
  
Oremos por Mons. Carlo Maria Viganó para que Dios nuestro Señor le conceda llegar a buen término a la Verdad.
   
JORGE RONDÓN SANTOS
4 de Julio de 2020
Día VI Infraoctava de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Fiesta de San Ulrico de Augsburgo, Obispo y Confesor; fiesta de los Santos Profetas Oseas y Ageo; fiesta de Santa Berta, Abadesa; y Traslación de las reliquias y dedicación de la Basílica de San Martín de Tours, Obispo y Confesor.

domingo, 20 de marzo de 2016

NOTICIAS DE LA "RESISTENCIA" DE WILLY: OBISPO NUEVO Y CRISIS VIEJA

Ayer, día de San José, fue consagrado en el Monasterio de la Santa Cruz en Nova Friburgo (Brasil), Dom Tomás de Aquino, OSB, por Mons. Richard Williamson, asistiendo como co-consagrador Mons. Jean Michel Faure, USML. Algunas fotos del antes, durante y después de la ceremonia (Cortesía de NON POSSUMUS y de VALE DO AÇO: VALE DE LÁGRIMAS):
 
  
La consagración como tal se da en medio de una crisis doctrinal en la "Resistencia Flácida" (que si bien se agrupó en torno de Willy, no fue fundada por él), crisis doctrinal causada por él mismo, al afirmar en varias ocasiones la validez del Novus Ordo Missae, la catolicidad de la Iglesia Conciliar y su deseo de recibir la jurisdicción ordinaria de manos de Bergoglio. Sumado a ello, otras situaciones que se presentan dentro de la USML, que la dejan muy mal parada ante Fellay (que estará riéndose justo ahora) y los inconformes dentro de la FSSPX. 
  
Hay una carta reciente del Padre Altamira (tomada de CATÓLICOS ALERTA), que expone detalladamente la problemática actual de la Resistencia: 
LA SITUACIÓN DE LA RESISTENCIA
 
Queridos hijos:
 
Les escribo esta carta para que podamos ser conscientes sobre “¿Cuál es la situación de la así llamada Resistencia?”.
  
[1] Frente al estado de cosas en que nos encontramos (el imperio de la confusión, el daño a los feligreses, todos los sacerdotes peleados entre sí): El responsable de todo ello es Monseñor Williamson. Yo hablo objetivamente; la culpabilidad será juzgada por Dios.
 
Somos el hazmerreír de todo el mundo. Hasta Monseñor Fellay y su grupo “se mueren de risa de nosotros”. Nada mejor le podría haber ocurrido a él, pues al ser nosotros tan ridículos y farsantes (por los problemas que tenemos), ningún sacerdote de la Fraternidad San Pío X (de los que están pensando en romper con Mons. Fellay) querrá venir con nosotros.
  
Frente a lo causado por Monseñor Williamson, tenemos que: En el caso de Monseñor Faure, del futuro Monseñor Dom Tomás, del Padre Trincado con su sitio Non possumus, y de otros padres, por defender “el interés de grupo” (el interés “de partido”… político), por obsecuencia, o por lo que sea, se defiende y se justifica a toda costa a Mons. Williamson, las cosas que él ha dicho y las cosas que él ha hecho. Si Mons. Fellay hubiera dicho o hecho las mismas cosas, los nombrados estarían “comiéndolo vivo”. ¡Pero el que lo dijo fue Mons. Williamson!, “ah, entonces no diremos nada, y lo defenderemos públicamente”.
 
No somos honestos ni con nosotros mismos, ni con nuestros fieles.
 
[2] En julio del año pasado, julio 2015, yo recibí desde Europa información sobre Mons. Williamson. Allí se habla, entre otras cosas, sobre el tema de los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X a los cuales Mons. Williamson habría dicho que no se salieran de ella. “No, padre. Es imposible que Mons. Williamson esté diciendo eso”. ¿Es eso imposible? Respondamos: Yo no puedo expresarme sobre esos casos, pues no conozco a esos sacerdotes. Pero yo sí conozco un caso fuera de ellos: “El caso del Padre Altamira, Padre Trincado y Monseñor Faure”.
 
En octubre del año 2012, Mons. Williamson fue expulsado de la Fraternidad San Pío X. Para entonces, Mons. Williamson me escribió “en una semana me expulsan de la Fraternidad San Pío X”. Yo le respondí con copia al Padre Trincado y con copia al Padre Faure: Monseñor, cuando a usted lo expulsen, yo me declararé públicamente bajo sus órdenes y haremos algo aquí. El Padre Trincado respondió desde Argentina: Yo también. Monseñor Faure respondió: Yo también. ¿Y quién nos frenó para que no lo hiciéramos? La respuesta es: El que nos frenó fue Mons. Williamson. Así y todo, un año después, yo di el paso. Aún tenía esperanzas en Monseñor Williamson. ¡Tonto de mí!
 
En septiembre del año pasado (año 2015), yo escribí una carta conjunta a Monseñor Faure, al Padre Pierre Marie (el Superior de los dominicos de Francia) y al Padre Bruno (encargado de los sacerdotes de Francia), diciéndoles que si estas cosas del informe sobre Mons. Williamson eran verdad, ¡algo teníamos que hacer! Esta carta va aquí adjuntada.
  
En esta carta yo decía a ellos tres:
“Si es verdad que existen estos problemas o que ocurrieron estas cosas, algo debemos hacer(!): Los neonazis; el P. Bruewieler (Hannover, Alemania); el P. Jacqmin; el P. Weber y el P. González; los padres Weinzierl, Zaby y Trauner; la situación del P. XX; el P. Ramón Anglés (¿?); lo ocurrido con la misa moderna en Canadá (además de USA); la situación de los fieles de Inglaterra (Londres); etc.”.
En otra carta más reciente, yo escribí a los padres de la así llamada Resistencia, y les decía: “Si solamente la mitad de todos estos hechos [del informe] es cierta y verdadera, el problema [con Mons. Williamson] es más grave de lo que pensamos”.
 
[3] Toda esta información es conocida por Monseñor Faure y él la tiene. La tiene el futuro Monseñor Dom Tomás (Brasil). La tiene el Padre Trincado (con su sitio Non possumus), y casi todos los padres de la así llamada Resistencia. Por eso es inadmisible que sigan defendiendo públicamente a Mons. Williamson. En algunos momentos, nos explicaremos un poco más.
 
Todo esto muestra lo mal que estamos en la Resistencia. No somos serios. Somos el hazmerreír de todos.
 
Aquí hay que responder una objeción y rechazar una posible tentación: Es cierto que en la Resistencia estamos muy mal, pero también es cierto que la solución no es Mons. Fellay y su camino hacia el Modernismo, y su camino hacia la Iglesia Conciliar.
 
[4] Ante todos estos hechos, estaría mal –y creo que sería un pecado- quedarse callado. Pero uno podría decir ad hóminem: “Ya que usted [Monseñor Faure, Monseñor Tomás, Padre Trincado] no quiere decir los errores de Mons. Williamson, por lo menos quédese callado y no lo defienda públicamente; esto sería menos indigno”.
 
Me explico más.
 
Sobre Mons. Williamson tenemos:
  • Sus muchísimas manifestaciones tramposa y ocultamente a favor de la falsa Iglesia Conciliar y de la Religión del Concilio Vaticano II
  • Sus manifestaciones sobre seguir yendo a la falsa Roma
  • Sus manifestaciones sobre hacer un acuerdo (un status jurídico, una regularización canónica, “es algo muy deseable”). 
  • Sus manifestaciones tramposamente a favor de la validez del rito del episcopado modernista, a favor de los obispos modernistas (cuando en realidad hay serias dudas sobre la validez). 
  • Sus manifestaciones escandalosas diciendo que él necesita que Francisco lo nombre como autoridad de la Resistencia (Comentario Eleison 420). 
  • Sus manifestaciones diciendo que él necesita permiso de Francisco para fundar una Congregación Religiosa
  • Sus manifestaciones en pro de la misa moderna (ir a ella; los milagros de la misa moderna; los frutos de la misa moderna: el santuario de Polonia… para la falsa Religión del Concilio Vaticano II… y para hacer ecumenismo dentro de dicho santuario –según lo que se ha publicado-). 
  • Su Aparicionismo, las visionarias de Mons. Williamson, sus mensajes: María Valtorta (que tiene condenas del Santo Oficio), la señora de Estados Unidos, las apariciones de Akita, etc. 
  • Sus elogios hacia Putin (¡falta de sentido común total!: Putin, junto con Obama, son los dos mejores gerentes o empleados del Demonio, aquí en la tierra, para hacer el Gobierno Mundial). 
  • En fin: La lista sería interminable.
Ya lo anterior, descalifica totalmente a Mons. Williamson, y no admite su defensa pública, sino al revés.
 
Todo esto es demasiado grave, y estas actitudes son demasiado escandalosas e incoherentes como para seguir callado y no decir nada. “Pero ¡debemos defender el interés de grupo!, el interés de partido debe prevalecer. Y sepan que los padres que se nos oponen [que ya somos casi la mitad], se quedarán solos, serán puestos de lado, serán aislados, marginalizados; no tendrán obispo; sus seminaristas no serán ordenados”.
 
[5] ¿Cuál es, en esta lucha, la tragedia que vivimos? Todo este esfuerzo que hacemos es tan difícil de realizar. Es un esfuerzo en el que todo, a nosotros: sacerdotes y fieles, nos cuesta muchísimo (y no nos referimos a lo económico, sino al esfuerzo que implica esta lucha).
 
Entonces, hacer todo esto ¡para nada!, para caer en lo mismo que Mons. Fellay, para que Mons. Williamson nos lleve a lo mismo. Atención: En realidad estamos peor que Mons. Fellay.
 
Con todo esto de la defensa de la misa moderna y de los “milagros” de Mons. Williamson, hagamos un argumento ad absurdum, un argumento ad ridículum:
 
Supongamos que en la conferencia de USA (¿también de Canadá?), supongamos además que en tres o cuatro Comentarios Eleison, Monseñor Williamson hubiera dicho que “no puede haber milagros en la misa moderna”. El Padre Trincado con su sitio Non possumus, Mons. Faure con sus textos y sermones, el futuro Mons. Dom Tomás, ¿estarían escribiendo artículos para justificar los milagros de la misa moderna?, ¿estarían escribiendo para defender la validez de la misa moderna?, ¿estarían escribiendo para justificar que Mons. Williamson haya dicho de ir a la misa moderna?, ¿estarían en toda esta pelea contra otros padres que se oponen?
 
No; no podemos callar; algo debemos hacer. Quiera ayudarnos el Buen Dios a salir de este atolladero, en donde nos han puesto los que tendrían que haber sido luz, y sólo han sido y sembrado tinieblas.
  
Les doy mi bendición sacerdotal. En María Santísima.

Padre F. Altamira
(13 marzo 2016)
ADJUNTO: CARTA A MONSEÑOR FAURE, AL PADRE PIERRE-MARIE Y AL PADRE BRUNO
 
Mons. Faure,
P. Pierre-Marie,
P. Bruno (coordinador de Francia).
 
Estimado Monseñor, estimados padres:
 
Les escribo por una información que tiene que ver con Mons. Williamson, información que recibí hace algo más de un mes, antes de enviarles mi otra carta.
 
Aclaro desde el principio que escribo realmente sin mal espíritu, sino con espíritu “constructivo”. Lo hago porque creo que tenemos un problema entre manos, y si no le damos una solución, esta cosa minúscula que somos (lo que algunos llaman La Resistencia) terminará por desaparecer y morir.
 
Si es verdad que existen estos problemas o que ocurrieron estas cosas, algo debemos hacer (!): Los neonazis: el P. Bruewieler (Hannover, Alemania); el P. Jacqmin; el P. Weber y el P. González; los padres Weinzierl, Zaby y Trauner; la situación del P. XX; el P. Ramón Anglés (¿?); lo ocurrido con la misa moderna en Canadá (además de USA); la situación de los fieles de Inglaterra (Londres); etc.
 
Alguna vez oí de un sacerdote algo así: En la FSSPX muchos superiores no hacían nada y dejaban que las cosas siguieran avanzando, y entonces terminaran peor por no haber… Pienso que no debemos arriesgarnos a caer en lo mismo, y esto incluso para ayudar a Monseñor.
  
Yo decía en la otra carta: Los problemas ya son tantos que la única actitud “constructiva” no está en negarlos ni excusarlos, sino en solucionarlos. Tal vez son las últimas oportunidades que la Providencia nos da para ello. Corremos el riesgo de no ser honestos ni con nosotros mismos ni con nuestros fieles.
  
Nuestros compañeros de la FSSPX (sacerdotes, hermanos) no vienen con nosotros, “no dan el paso”, porque ellos ven los problemas que tenemos y entonces no se les presenta ni razonable ni sensato venir hacia nosotros. No sé si se puede decir que tal vez esto también ocurra con los Benedictinos de Bellaigue o con los capuchinos de Morgon; ustedes –allí en Francia- saben más sobre ellos.
  
Tengo la impresión, con todas estas cosas, que Mons. Fellay “se muere de risa” de nosotros.
 
Queridos cofrades, por favor, solucionemos estos problemas.
 
Les envío cordialmente mis saludos.
   
En María Santísima.
  
Padre F. Altamira
(domingo 6 sept 2015, Solemnidad de San Pío X)

domingo, 21 de febrero de 2016

OTRA CONSAGRACIÓN DE OBISPO EN LA "RESISTENCIA" WILLIAMSONISTA

Fue confirmado el pasado 21 de Febrero por los medios oficiales de la USML (la Resistencia capitaneada por Mons. Richard Williamson), que el próximo 19 de Marzo, día de San José, Dom Tomás de Aquino OSB (en el siglo Miguel Ferreira da Costa) será consagrado obispo.
  
Así se pronunció Williamson en el Eléison del día anterior:
"Un tercer obispo para la “Resistencia” está planeado, como el año pasado para el 19 de Marzo en el Monasterio cerca de Nova Friburgo en Brasil. Es su Prior, el Padre Tomás de Aquino, fiel guerrero y veterano de la guerra post-conciliar por la Fe".
  
Dom Tomás de Aquino OSB, Prior del Monasterio de la Santa Cruz en Nova Friburgo (Brasil), estuvo asociado con Mons. Antônio de Castro-Mayer, quien rechazó la introducción del Novus Ordo Missae en la diócesis brasileña de Campos. A diferencia de Mons. Marcel Lefebvre, Mons. de Castro-Mayer NO FUE EXCOMULGADO por los antipapas conciliares, debido al temor que tenían hacia él y a su férrea defensa del Catolicismo (no en vano lo llamaban "el león de Campos"). Dom Tomás es veterano y sobreviviente de guerra, pues se salvó de las intentonas de los falsos tradicionalistas para encausar al movimiento encabezado por Mons. Lefebvre en la secta deuterovaticana:
  • La defección de la Abadía benedictina de Santa María Magdalena en Le Barroux (Francia): Cuando se publicó el indulto "Quáttuor abhinc annos" en 1984, Dom Gerard Calvet OSB inició diálogos con la Roma Apóstata, cortando todo vínculo con Mons. Lefebvre en 1988, para ser reconocido como abad de su monasterio por el Vaticano.
  • La traición de los "Padres de Campos" a Mons. de Castro-Mayer después de su muerte: Al morir Mons. de Castro-Mayer en 1991, Licínio Rangel asumió el liderato sobre la Unión Sacerdotal San Juan María Vianney y fue consagrado obispo por Mons. Bernard Tissier de Mallerais (uno de los cuatro obispos consagrados en la Operación "Supervivencia de la Tradición" de 1988). Luego, en el año 2001, capituló ante Juan Pablo II sometiéndose a la iglesia conciliar (previamente fue a Roma en el Jubileo 2000, donde dialogó con el Cardenal Castrillón, jefe de los Ecclésia Dei), recibiendo a cambio la diócesis titular de Zarna y el reconocimiento de la USJMV como Administración Apostólica Personal en Campos.
  • Los actuales diálogos entre Bernard Fellay y Francisco Bergoglio para que la Neo-FSSPX sea reconocida como parte de la secta conciliar, diálogos que salieron a la luz pública en 2012. Actualmente, en virtud del "Año bergogliano de la Misericordia", a la Neo-FSSPX se le reconoce jurisdicción para confesar. ¿Qué será después? ¿Ordinariato personal o Prelatura? Esperar...
  
Francamente, no diremos mucho al respecto, ya que nuestra posición frente al williamsonismo es conocida y radical.
  
ACTUALIZACIÓN (a 13 de Marzo de 2016)
NON POSSUMUS y SYLLABUS han presentado las armas episcopales de Mons. Tomás de Aquino. Desconocemos quién es el heraldista que trabaja para ellos, pero la escritura y descripción del diseño son de principiante. Bueno, nosotros no somos expertos en ese arte, pero sí nos permitimos hacer unas correcciones en sendos aspectos:
  
Escudo episcopal de Mons. Tomás de Aquino, OSB: "En campo de azur, el anverso de la Medalla Milagrosa de Nuestra Señora de las Gracias (una letra M entrelazada con una cruz puesta sobre una barra, y los Sagrados Corazones de Jesús y de María; rodeado por 12 estrellas de cinco puntas dispuestas en orden 2:2:2:2:2:2), todo en oro, encerrado en una orla de oro. El escudo está acolado con una Cruz procesional episcopal de oro, timbrado por capelo de sínople (verde) con seis borlas dispuestas en tres órdenes a cada lado (2x6 borlas de sínople, 1, 2, 3). En su base, una cinta con el lema VERITATEM DILEXISTI (Amaste la Verdad), escrito en mayúsculas en sable".
  
Aclaramos también que las estrellas de la medalla de la Virgen son de cinco puntas, no de ocho; y que el único que llevaba capelo verde con forro rojo era el Arzobispo de Udine, en razón de ser heredero del extinto Patriarcado de Aquilea. Personalmente, hubiéramos preferido que acolara sus armas con las de la Orden de San Benito, pero como dicen, "De gústibus et colóribus non est disputándum":