lunes, 9 de febrero de 2026

DEL TITÁN AL TITANIC

Tomado de PERIÓDICO LA ESPERANZA.

Cuando el hombre se cree salvado por sus propias obras, la historia suele responder con hielo.
   

En 1898, catorce años antes del hundimiento del Titanic, un escritor casi desconocido publicó una novela que apenas llamó la atención. No escandalizó, no vendió millones, no inauguró ninguna escuela literaria. Pero hoy produce una inquietud difícil de explicar. Se titulaba Futility, or the Wreck of the Titan (Futilidad, o El naufragio del Titán), su autor era Morgan Robertson y el barco ficticio se llamaba “Titán”. El resto parece una broma pesada de la historia. En aquella novela aparecía el mayor transatlántico jamás construido: el barco más grande del mundo, el más rápido del Atlántico, el más lujoso de su tiempo y considerado prácticamente insumergible. En su viaje inaugural, en abril, cruzando el Atlántico Norte, chocaba contra un iceberg. Llevaba demasiado pocos botes salvavidas. La tragedia era colosal. Catorce años después, la realidad decidió copiar la ficción. El barco real se llamó “Titanic”. Y el mundo moderno descubrió que el progreso también sabe escribir tragedias.

La pregunta importante no es si Robertson fue profeta. La pregunta importante es por qué la civilización moderna construyó exactamente el barco que él imaginó. Porque el Titan y el Titanic nacen del mismo lugar espiritual: la fe moderna en la técnica. A comienzos del siglo XX, Occidente vivía embriagado de optimismo. Electricidad, acero, motores, ingeniería, velocidad. El progreso parecía imparable. El Titanic no era solo un barco: era una catedral flotante dedicada a la nueva religión del hombre moderno, una demostración de que la técnica había conquistado definitivamente a la naturaleza. Se atribuye al capitán Edward Smith una frase que resume la mentalidad de la época: «Ni Dios podría hundir este barco». No importa si la pronunció exactamente así; lo importante es que todo el mundo creyó que podía haber sido dicha. Porque ese era el clima espiritual del momento. Y entonces llegó el iceberg. Siempre llega el iceberg.

El Titanic no se hundió por falta de tecnología. Se hundió por exceso de confianza en ella. Navegaba demasiado rápido en zona de hielo, ignoró advertencias, redujo botes salvavidas para preservar el lujo, confundió potencia con invulnerabilidad. Fue derrotado por un pecado muy antiguo: la soberbia. Más de un siglo después, la civilización vuelve a construir su gran barco insumergible. Esta vez no flota en el Atlántico: se ejecuta en servidores. Se llama Inteligencia Artificial. El discurso es inquietantemente familiar: cambiará el mundo, resolverá los problemas humanos, superará nuestras limitaciones, es inevitable, no hay vuelta atrás. La palabra clave vuelve a aparecer: inevitable. Así hablaban del progreso industrial en 1912.

Y, sin embargo, empiezan a aparecer grietas. No hablamos solo de hipótesis filosóficas. Empiezan a aparecer hechos. Sistemas de reconocimiento facial han sido incapaces de identificar correctamente a figuras mundialmente conocidas como Michelle Obama, Oprah Winfrey o Serena Williams, mostrando errores especialmente graves cuando se trata de personas no blancas. No es un fallo anecdótico: es una señal de que la supuesta objetividad de la máquina depende radicalmente de los datos humanos con los que ha sido entrenada. La promesa de neutralidad se resquebraja cuando la realidad muestra sesgos sistemáticos.

Las grietas llegan incluso a los tribunales. En los últimos años se han detectado centenares de procedimientos judiciales en los que abogados presentaron demandas con jurisprudencia inexistente generada por IA. Cientos de citas legales inventadas, sentencias que jamás existieron, precedentes ficticios. No fue mala fe: fue confianza ciega en una herramienta que predice texto con apariencia de verdad. La escena es difícil de ignorar: el sistema judicial, símbolo máximo de la búsqueda de la verdad, enfrentándose a leyes imaginarias creadas por máquinas.

La IA no entiende la verdad: predice probabilidades. No comprende el bien: optimiza objetivos. No posee sabiduría: acumula datos. No tiene responsabilidad moral: ejecuta procesos. La civilización ha construido una herramienta poderosa, pero empieza a tratarla como un oráculo, como si el cálculo sustituyera al juicio, la estadística a la prudencia, la máquina al hombre. Es el mismo error del Titanic: confundir potencia con invulnerabilidad.

La Inteligencia Artificial se presenta como infalible, objetiva, neutral, superior, pero cada semana aparecen sesgos, errores grotescos, decisiones absurdas, dependencia creciente y pérdida de criterio humano. La IA no está fracasando porque funcione mal; está fracasando porque se le pide lo que no puede dar. Se le pide verdad, sentido, moral, sabiduría. Y la IA solo puede ofrecer predicción. Es como pedirle al Titanic que venza al hielo con elegancia.

La historia tecnológica suele repetirse con una precisión inquietante: surge una innovación revolucionaria, se absolutiza su poder, se desprecia la prudencia, se ignoran advertencias, llega el iceberg y el mundo proclama sorpresa. Después vienen los memoriales. La novela de 1898 no fue una profecía, fue una advertencia. El Titanic no fue solo un accidente, fue una lección. La IA no será una catástrofe: será probablemente un desengaño. Y el desengaño siempre llega cuando la civilización intenta construir algo «insumergible», porque nada humano lo es.

El Titanic descansa en el fondo del Atlántico como una homilía de acero y nos recuerda algo muy simple: la tecnología amplifica al hombre, pero no lo sustituye, no lo redime, no lo salva. Cuando el hombre se cree salvado por sus propias obras, la historia suele responder con hielo. El Titan fue ficción, el Titanic fue realidad y la fe ciega en la IA podría ser el tercer acto. Y el Atlántico, paciente, sigue lleno de icebergs.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza.

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