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jueves, 13 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOSÉPTIMO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 47.ª (OCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la pérdida de Jesús en el templo.
Refiere San Lucas (cap. II) que María y José iban todos los años a Jerusalén en el día de la Pascua, y llevaban consigo al niño Jesús. Era, pues, costumbre (segun el venerable Beda) entre los hebreos hacer este viaje al templo (a lo menos a la vuelta), yendo los varones separados de las mujeres; y los niños iban según les parecía en compañía o de los padres o de las madres. El Redentor, que tenía entonces doce años, se quedó en aquella solemnidad por tres días en Jerusalen, creyendo María que iba el Niño con José, y este que iba con María, existimántes illum esse in comitátu. Jesús empleó todo aquel tiempo en honrar a su eterno Padre con ayunos, vigilias y oraciones. Si tomó algún poco de comida, dice San Bernardo, debía procurarsela mendigando, y si tomó un poco de reposo no tuvo otro lecho que la desnuda tierra. Llegada la tarde, y reunidos José y María en su casa, no hallaron a Jesús, por lo que afligidos comenzaron a buscarlo entre los parientes y los amigos. Últimamente volviendo a Jerusalén, al tercer día le hallan en el templo que disputaba con los doctores; los cuales pasmados admiraban las preguntas y respuestas de aquel gran Niño. Al verlo María le dice: «Hijo, ¿por qué lo has hecho asi con nosotros? Mira cómo tu Padre y yo angustiados te buscábamos...». No hay en esta tierra pena semejante a la que experimenta un alma que ama a Jesús si teme que se haya alejado de Él por cualquier falta suya. Esta fue la pena que tanto afligió a María y José en aquellos días, temiendo acaso por su humildad, como dice el devoto Lanspergio, que se hubiesen hecho indignos de guardar un tan gran tesoro. De aquí fue que al verlo María, para darle a entender su dolor, le dice de aquella manera, y Jesús responde: «¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar?». Aprendamos de tal misterio dos documentos. El primero, que debemos dejar a todos, amigos y parientes, cuando se trata de procurar la gloria de Dios. El segundo, que Dios se hace hallar de quien le busca, conforme aquellas palabras de Jeremías: «Bueno es el Señor para el alma que le busca» (Lamentaciones III, 35).
     
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Oh María! Vos lloráis porque habéis perdido unos pocos días a vuestro Hijo. Él se ha alejado de vuestra vista, pero no de vuestro Corazón. ¿No conocéis, Señora, que aquel puro amor con el cual Le amáis Le tiene ciertamente unido y estrechado con Vos? ¿Y sabéis tambien que el que ama a Dios no puede dejar de ser amado del mismo, que dice «Yo amo a los que me aman»? ¿Qué teméis, pues? ¿Por qué lloráis? Dejad que llore yo, habiendo perdido a Dios tantas veces por mi culpa desechándolo de mi alma. ¡Ah Jesús mío! ¿Cómo he podido ofenderos a ojos abiertos, sabiendo que os perdía con el pecado? Pero Vos no queréis que desespere, sino que se alegre el corazon que os busca: «Lætétur cor quæréntium Dóminum» (Salmo CIV, 3). Si en el tiempo pasado os he dejado, amor mío, ahora os busco, ni quiero a otro que a Vos. Y para que posea vuestra gracia, renuncio todos los bienes y gustos de la tierra, renuncio también a mi vida. Vos habéis dicho que amáis a los que os aman. Yo os amo, pues; amadme Vos. Aprecio más vuestro amor que el ser dueño de todo el mundo. Jesús mío, yo no quiero perderos más, pero no puedo fiarme de mí, en Vos confío. Ea pues, estrechadme con Vos y no permitáis que me haya de separar más de Vos. ¡Oh María, Vos me habéis hecho hallar a Dios, a quien perdí algún tiempo, alcanzadme asimismo la santa perseverancia, para lo cual también os digo con San Buenaventura: «En ti, Señor, esperė, jamás seré confundido: In te, Dómine, sperávi, non confúndar in ætérnum».

miércoles, 12 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOSEXTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 46.ª (DÍA SÉPTIMO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la morada de Jesús en Nazaret.
El evangelista San Lucas hablando de la permanencia de Jesús en Nazaret dice: «Y Jesús crecía en sabiduría y en edad, y en gracia delante de Dios y de los hombres» (San Lucas II). Así como Jesús iba creciendo en edad, así crecía en sabiduría; no porque con los años fuese adquiriendo mayor conocimiento de las cosas como nos sucede a nosotros, pues que desde el primer momento de su vida Jesús estuvo lleno de toda la ciencia y sabiduría divina, «estando escondidos en Él todos los tesoros de la «sabiduría y de la ciencia», según San Pablo Pero se dice que crecía porque iba con la edad siempre manifestando más su sublime sabiduría. Del mismo modo se entiende también que Jesucristo crecía en gracia delante de Dios y de los hombres; pues en cuanto Dios, aunque todas sus acciones divinas no le hiciesen más santo ni le aumentasen mérito, estando desde el principio en su plenitud; no obstante las operaciones del Redentor eran por sí todas suficientes para acrecentarle la gracia y el mérito. Crecía además en la gracia delante los hombres, aumentándose su hermosura y amabilidad. ¡Oh, y cómo se mostraba siempre más precioso Jesús y más amable en su juventud, haciendo conocer de cada día más las bellas cualidades por las que debía ser amado! ¡Con qué alegría el santo jovencito obedecía a María y a José! ¡Con qué recogimiento de espíritu trabajaba! ¡Con qué parsimonia y modestia se alimentaba! ¡Con qué compostura hablaba!, ¡con qué dulzura y afabilidad conversaba con todos! ¡Con qué devoción oraba! En suma, toda acción, toda palabra, todo movimiento de Jesucristo enamoraba y hería el corazon de cuantos le contemplaban, y especialmente de María y de José que tuvieron la dicha de tenerle siempre al lado. ¡Oh, y cómo estaban los santos Esposos siempre atentos a contemplar y admirar todas las operaciones, las palabras y los gestos de aquel Hombre Dios!
     
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Creced, pues, amado Jesús, creced por mí. Creced para enseñarme con vuestros divinos ejemplos todas las virtudes. Creced para consumar el gran sacrificio sobre la Cruz, del cual depende mi salvación eterna. ¡Ah! Haced, oh mi Señor, que yo tambien crezca siempre en vuestro amor y en vuestra gracia. ¡Miserable de mí, que hasta aquí he crecido siempre en ingratitud hacia Vos, que tanto me habéis amado! En adelante haced que suceda todo lo contrario: Vos sabeis mi debilidad y habeis de darme luz y fuerza. Hacedme conocer las bellas prendas que tenéis para ser amado. Sois un Dios de infinita hermosura y bondad, que no habeis rehusado bajar a esta tierra y haceros hombre por nosotros, llevando una vida humilde y penosa, terminándola despues con una muerte cruel. Y ¿dónde podíamos encontrar un objeto más amable y más amante que Vos? ¡Insensato!, en el tiempo pasado no he querido conoceros, y por esto os he perdido. De ello os pido perdón, lo detesto con toda el alma, y resuelvo ser todo vuestro. Pero Vos ayudadme, recordadme siempre la vida trabajosa y la muerte amarga que habéis sufrido por mi amor. Dadme, pues, luz y dadme fuerza. Cuando el demonio me presente algún fruto vedado, hacedme fuerte para despreciarlo; no permitáis que por cualquier vil y momentáneo interés os pierda yo, bien infinito. Os amo, Jesús mío, muerto por mí: os amo, bondad infinita: os amo, enamorado de mi alma. María, Vos sois mi esperanza; por vuestra intercesión confío amar de hoy en adelante para siempre a mi Dios, y de no amar a otro que a Dios.

martes, 11 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOQUINTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 45.ª (DÍA SEXTO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la morada de Jesús en Nazaret.
Regresado que hubo San José a la Palestina, supo que Arquelao reinaba en la Judea en lugar de Herodes su padre; por lo que temió ir allá, y avisado en sueños marchó a Nazaret, y allí fijó su permanencia en una pobre casa. ¡Oh casita afortunada de Nazaret!, yo te saludo y te adoro. Vendrá un tiempo en que serás visitada de los primeros príncipes de la tierra; hallándose los peregrinos en tu recinto no se saciarán de derramar lágrimas de ternura, al pensar que dentro de tus pobres paredes pasó casi toda su vida el Rey del paraíso. En esta casa habitó el Verbo encarnado el resto de su niñez y de su juventud. ¿Y cómo vivió? Vivió pobre y despreciado de los hombres, haciendo el oficio de simple muchacho, y obedeciendo a María y José: et erat súbditus illis (San Lucas II). ¡Oh Dios, qué ternura causa el considerar que en aquella pobre casa el Hijo de Dios vive de sirviente! Ahora va a tomar agua, luego abre y cierra el taller, después se ocupa en los íntimos servicios de la limpieza y aseo del aposento, unas veces recoge los fragmentos de madera para el fuego, y otras trabaja ayudando a José en sus labores. ¡Oh pasmo ver a un Dios que obedece, un Dios que sirve de criado! ¡Oh pensamiento que debiera hacernos arder de un amor santo hacia un Redentor que se ha reducido a tal bajeza para hacerse amar de nosotros! Adoremos todas estas acciones serviles de Jesús, porque eran todas divinas. Adoremos, sobre todo, la vida escondida y despreciada que hizo Jesucristo en la casa de Nazaret. ¡Oh hombres soberbios!, ¿cómo podéis ambicionar el hacer figura y ser honrados en el mundo viendo a nuestro Dios que gasta treinta años de vida en un estado pobre, oscuro y desconocido, para enseñarnos el retiro y la vida humilde y oculta?
     
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Ah mi adorado Niño, yo os miro como ínfimo criado trabajar y sudar de fatiga en ese taller tan pobre! Comprendo ya que Vos servis y trabajais por mí. Pero así como Vos empleásteis toda vuestra vida por amor mío, haced que yo del mismo modo emplee la vida que me resta por amor vuestro. No miréis, Señor, mi vida pasada; aquella para mí y para Vos, ha sido vida de dolor y de llanto, vida desordenada, vida de pecados. Ea pues, permitidme que os acompañe en los días que me quedan a trabajar con Vos y padecer en el taller de Nazaret, y morir después con Vos en el Calvario abrazando aquella muerte que me tenéis destinada. Mi precioso Jesús, amor mío, no permitais que yo os deje más y os abandone, como he hecho hasta aquí. Vos, Dios mío, oculto, desconocido y despreciado, padeciendo en un taller con tanta pobreza, ¡y yo, gusano vil, he andado buscando honores y placeres; y por ellos, ¡oh Dios!, me he separado de Vos, sumo bien! No, Jesús mío, yo os amo, y porque os amo no quiero más verme separado de Vos. Renúnciolo todo por unirme a Vos, Redentor mío, escondido y olvidado. Más me llena vuestra amistad y gracia, que satisfacciones me han dado todos los gustos y vanidades de la tierra, por los que yo miserable os he dejado. ¡Padre eterno!, por los méritos de Jesucristo estrechadme con Vos por el don de vuestro santo amor. Vírgen Santísima, ¡feliz Vos que hecha compañera de vuestro Hijo en la vida pobre y oculta, supisteis haceros tan semejante a vuestro Jesús! Madre mía, haced que también yo al menos por este poco de vida que tendré me haga semejante a Vos y a mi Redentor.

lunes, 10 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOCUARTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 44.ª (DÍA QUINTO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la vuelta de Jesús de Egipto.
Muerto que fue Herodes, y después del destierro de siete años (según la opinion común de los Doctores), en los que habitó Jesús el Egipto, apareció de nuevo el Ángel a San José, y le mandó que tomase el santo Niño y la Madre y volviese a la Palestina. Consolado San José con este aviso, fue a participarlo a María. Mas antes que partiesen los santos Esposos, corteses como eran, se despidieron de los que en aquel país se habían honrado con su amistad. Después José recoge los pocos instrumentos de su oficio, María su atadito de pañales, y tomando de la mano al divino Niño emprenden el regreso, llevándolo en medio de los dos. Considera San Buenaventura que este viaje fue más fatigoso a Jesús que el de su huída; pues que ahora había ya crecido, y no podían llevarlo José y María en brazos a largos trechos. Por otra parte el santo Niño en aquella edad no era aún apto para andar grandes distancias, así que fue necesario en tal viaje que Jesús se parase a menudo y reposase por el cansancio. Pero José y María, bien anduviesen, bien descansasen, siempre tenían puestos los ojos y el pensamiento en el amado Niño que era todo el objeto de su amor. ¡Oh, cómo marcha recogida en esta vida aquella alma feliz que tiene delante de su vista el amor y los ejemplos de Jesucristo! Los santos viajeros interrumpen de cuando en cuando el silencio con algún santo razonamiento, pero ¿con quién hablan?, y ¿de qué hablan? No hablan sino con Jesús y de Jesús. Quien tiene a Jesús en el corazón, no habla más que con Jesús y de Jesús. Considera también la pena que debería padecer nuestro pequeñito Salvador en las noches de este viaje, en el cual no tuvo por lecho el regazo de María, como sucedió a la ida, sino la desnuda tierra; y por comida no tuvo ya la leche, sino un poco de pan demasiado duro a su tierna edad. Fue también visiblemente afligido de la sed en aquel desierto, en el cual los hebreos habían tenido tanta necesidad de agua que fue preciso un milagro para socorrerlos. Contemplemos, pues, y adoremos con amor todos estos padecimientos de Jesús niño.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Amado y adorado Niño, Vos volveis a vuestra patria, pero ¿a dónde?, ¡oh Dios!, ¿a dónde regresais? ¿A dónde venís? Venís a aquel lugar en el que vuestros paisanos os preparan desprecios en vida, y después azotes, espinas, ignominias y cruz en la muerte. Todo estaba ya presente, oh Jesús mío, a vuestros divinos ojos, y Vos venís voluntariamente a encontrar aquella Pasión que os predisponen los hombres. Pero, Redentor mío, si Vos no hubiéseis venido a morir por mí, no podría yo ir a amaros en el paraíso, debiendo estar para siempre alejado de Vos. Vuestra muerte ha sido mi salvación. Mas ¿cómo es que yo, aun después de vuestra muerte, despreciando la gracia que con ella me adquirísteis, me he condenado de nuevo al Infierno? ¡Ah!, conozco ser poco un infierno para mí. Pero Vos me habéis esperado para perdonarme, y ya arrepentido detesto todos los disgustos que os he dado. Ea pues, Señor, libradme de las penas eternas. ¡Ah!, ¡miserable de mí, si otra vez me condenase! ¡Qué tormento tan grande sería el remordimiento de haber considerado ya, y gustado en mi vida el amor que habeis tenido! No tanto el fuego del Infierno, cuanto el recuerdo de vuestro amor, ¡oh mi Jesús!, sería mi pena. Vos habéis venido al mundo a fin de encender el fuego de vuestro santo amor; de este fuego quiero ser abrasado, y no de aquel que me tendría para siempre separado de Vos. Repito, pues, Jesús mío, libradme del Infierno, porque en él no os puedo amar. Oh María, Madre mía, por todas partes oigo decir y predicar que aquellos que os aman y confían en Vos no se condenan si quieren enmendarse. Yo os amo, Señora mía, y en Vos confio, quiero enmendarme. ¡Oh María!, pensad en librarme del Infierno.

domingo, 9 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOTERCERO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 43.ª (DÍA CUARTO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la mansión de Jesús a Egipto.
Eligió Jesús la mansión de Egipto en la niñez por hacer una vida más dura y despreciada. Según San Anselmo y otros escritores, habitó la Sagrada Familia en Heliópolis. Vamos contemplando con San Buenaventura la vida que llevó Jesús en Egipto por el tiempo que allí estuvo. La casa era muy pobre, porque era muy escaso el alquiler que podía pagar San José: pobre es la cama; pobre es la comida; pobre es en suma su vida, mientras apenas allegan para el sustento diario con los trabajos de sus manos, viviendo además en un país donde son desconocidos, sin parientes, sin amigos y despreciados. Vive sí en gran pobreza esta familia; pero ¡oh, cuán bien ordenadas se hallan las ocupaciones de estos tres habitantes! El santo Niño no pronuncia palabra alguna, pero habla con el Corazón continuamente, ofreciendo a su Padre celestial todos los padecimientos y momentos de su vida por nuestra salvación. María tampoco habla, pero a vista de aquel precioso Infante, contempla el divino amor y la gracia que le ha hecho de haberle elegido por Madre suya. José trabaja en silencio, y a vista del divino Niño arde en afectos dándole gracias de haberle elegido por compañero y custodio de su vida. En esta casa María quita la leche a Jesús; antes lo alimentaba con el pecho, ahora lo alimenta con la mano. Lo tiene en su regazo, toma de horterilla un poco de pan deshecho con agua, y después lo lleva a la sagrada boca del Hijo. En esta casa prepara María el primer vestidillo al Niño, y llegado el tiempo deja las fajas y comienza a ponérselo. En la misma casa comienza Jesús a andar y hablar. ¡Ah!, adoremos aquellos primeros pasos que dio el Verbo encarnado, y las primeras palabras de vida eterna que profirió. ¡Oh pasos! ¡Oh palabras balbucientes! ¡Ah, pequeños servicios de Jesús, cuánto herís e inflamáis los corazones de los que le aman y os consideran! ¡Un Dios andar temblando y cayendo! ¡Un Dios balbuciendo! ¡Un Dios hecho tan débil que no puede emplearse en otro que en haciendas de la casa, que no puede levantar un palo, si su peso es superior a las fuerzas de un niño! Ah, fe santa, ilumínanos para amar a este buen Señor que por amor nuestro se ha reducido a tantas miserias. Dícese que al entrar Jesús en Egipto cayeron todos los ídolos de aquellas regiones. Roguemos, pues, a Dios que nos haga amar de corazón a Jesús, porque en aquella alma donde entra el amor al mismo, caen todos los ídolos de los afectos terrenos.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Oh santo Niño, que os estáis en ese país de bárbaros, pobre, desconocido y despreciado, yo os reconozco por mi Dios y Salvador, y os doy gracias de todas las humillaciones y padecimientos que sufrísteis en Egipto por mi amor. Con aquella vida me enseñasteis a vivir como peregrino en esta tierra, dándome a entender que no es esta mi patria, sí el paraíso que Vos vinisteis a adquirirme con vuestra muerte. ¡Ah, Jesús mío!, yo os he sido ingrato porque he pensado poco en lo que habéis hecho y padecido por mí. Cuando yo pienso que Vos, Hijo de Dios, habéis llevado una vida tan atribulada, pobre y descuidada, ¿cómo es posible que vaya buscando holguras y bienes de la tierra? Ea pues, Redentor mío, hacedme vuestro compañero, admitidme a vivir unido siempre con Vos en este mundo, para que despues vaya a amaros en el Cielo hecho vuestro compañero eterno. Dadme luz, aumentad mi fe. ¿Para qué riquezas? ¿Para que placeres? ¿Para qué dignidades? ¿Para qué honores? Todo es vanidad y locuras. La única riqueza, el único bien es poseeros a Vos, bien infinito. ¡Dichoso quien os ama! Yo os amo, pues, Jesús mío, y no busco a otro que a Vos. Me queréis, y yo os quiero también. Si tuviera mil reinos, todos los renunciaría por daros gusto. Si hasta aquí he andado tras las vanidades y placeres de este mundo, ahora los detesto y me duelo de ello. Mi amado Salvador, de hoy en adelante Vos habéis de ser mi único contento, el único amor, mi único tesoro. María santísima, rogad a Jesús por mí; rogadle que solo me haga rico de su santo amor, y nada deseo.

sábado, 8 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOSEGUNDO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 42.ª (DÍA TERCERO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la huida de Jesús a Egipto.
Aparece el Ángel a José en sueños, y le da a saber que Herodes andaba buscando a Jesús para quitarle la vida, por lo que le dice: «Levántate y toma el Niño y a su Madre, y huye a Egipto» (San Mateo II). He aquí, pues, que apenas ha nacido Jesús, y es perseguido ya de muerte. Herodes es figura de aquellos miserables pecadores, que tan luego como ven renacido en su alma a Jesucristo por el perdón, le persiguen de nuevo a muerte volviendo al pecado: «Buscan al Niño para perderle». José obedece prontamente a la voz del Ángel, y avisa de ello a la santa Esposa. Toma los pocos instrumentos de su oficio que podía llevar, y que habían de servirle para procurar en Egipto el sustento a su pobre familia. María a la vez reúne un pequeñito atado de pañales para el uso del santo Niño, y después se dirige al aposento, se arrodilla ante todas cosas delante de su tierno Infante, le besa los pies, y después con lágrimas de ternura le dice: «¡Hijo mío! Apenas habéis nacido y venido al mundo para salvar a los hombres, ya estos mismos os buscan para quitaros la vida». Dicho esto lo toma, y siguiendo ambos Esposos en llorar, cierran la puerta, y en la misma noche se ponen en camino. Ve considerando las ocupaciones de estos santos peregrinos en tal viaje. Todas las conversaciones son de su amado Jesús, de su paciencia y de su amor, aliviándose de esta manera en las penas e incomodidades de tan largo camino. ¡Oh, cuán dulce es padecer a vista de Jesús que padece! Acompáñate tambien tú, alma mía, dice San Buenaventura, con estos tres santos y pobres desterrados, y compadécelos en esta peregrinación que hacen tan fatigosa, larga y sin comodidad. Ruega a María que te conceda llevar en tu corazón a su Hijo divino. Considera cuánto debería padecer, especialmente en aquellas noches que había de pasar en el desierto de Egipto. La desnuda tierra les serviría de lecho al aire libre y frío. Llora el Niño por dolor. Lloran María y José por compasión. ¡Oh fe santa!, ¿y quién no llorará al ver un Hijo de Dios, que, hecho chiquito, pobre y abandonado, huye por un desierto para librarse de la muerte?
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Mi amado Jesús, Vos sois el Rey del Cielo, mas ahora os veo Niño, andando errante sobre la tierra; decidme ¿qué andáis buscando? Yo os compadezco cuando os miro tan pobre y humillado, pero más al veros tratado con tanta ingratitud por aquellos mismos a quienes habéis venido a salvar. Vos lloráis, pero lloro también yo por haber sido uno de tantos que en el tiempo pasado os han despreciado y perseguido. Pero sabed que ahora aprecio más vuestra gracia que todos los reinos del mundo; perdonadme, Jesús mío, todos los malos tratamientos que os he hecho, y permitid que así como María os llevaba en brazos cuando huía a Egipto, del mismo modo os lleve yo siempre en el corazón durante el viaje de mi vida presente a la eternidad. Amado Redentor mío, muchas veces os he desechado de mi alma, pero ahora espero que hayáis vuelto a poseerla. ¡Ah!, estrechadla, pues, a Vos con las dulces cadenas de vuestro amor. Yo no quiero apartaros más de mí, pero temo, ¡quién sabe, si tendré que abandonaros de nuevo, como lo he hecho anteriormente! ¡Oh mi Señor!, hacedme primero morir que yo haya de usar esta nueva y horrenda ingratitud. Os amo, bondad infinita, y así quiero siempre repetir yo os amo, yo os amo, yo os amo; y de esta manera diciendo siempre, espero también morir. ¡Ah Jesús mío! Vos sois muy bueno, muy digno de ser amado; haceos, pues, amar, haceos amar de tantos pecadores que os persiguen; dadles luz, hacedles conocer el amor que les habéis tenido y el amor que os merecéis, pues que andáis prófugo por la tierra, Niño tierno y pobre, llorando, temblando de frío y buscando almas que quieran amaros. ¡Oh María!, ¡oh santa Virgen! ¡Oh Madre amada y compañera de los padecimientos de Jesús!, ayudadme Vos a llevar y conservar siempre en mi corazón a vuestro Hijo en la vida y en la muerte.

viernes, 7 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMOPRIMERO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 41.ª (DÍA SEGUNDO INFRAOCTAVA DE LA EPIFANÍA): De la presentación de Jesús al templo.
Llegado el tiempo en que María, según la ley, había de ir a purificarse al templo, y presentar Jesús al divino Padre, ved que se dirige allá juntamente con José. Este toma las dos tortolillas que debían ofrecerle; y María toma su amado Niño, toma el divino Corderito para ir a sacrificarle, en señal de aquel gran sacrificio que un dia este mismo Hijo había de consumar sobre la cruz, Considerad cómo la santa Virgen entra ya en el templo: hace la oblación de Jesús por parte del género humano, y dice: «He aquí, oh eterno Padre, vuestro amado Unigénito, que es vuestro Hijo, y tambien mío; yo os le ofrezco como víctima de vuestra divina justicia para aplacaros con los pecadores. Aceptadla, oh Dios de misericordia, tened piedad de nuestras miserias; por amor de este Cordero inmaculado recibid en vuestra gracia a los hombres». Agrégase a la oblación de María la de José; y el santo Niño dice tambien: «Aquí me tenéis, Padre mío, a Vos consagro toda mi vida: me habéis enviado al mundo a para salvarlo con mi Sangre. Héla, y a mí todo; a Vos me ofrezco por el rescate del linaje humano». Se entregó a Sí mismo por nosotros, ofrenda y hostia a Dios (Efesios V, 2). Ningún sacrificio fue jamás tan acepto a Dios cuanto lo fue este que le hizo entonces su amado Hijo, víctima y sacerdote desde niño. Si todos los hombres y todos los Ángeles hubiesen ofrecido sus vidas, no hubiera sido ciertamente su oblación tan apreciable a Dios como lo fue esta de Jesucristo, pues que en este solo ofrecimiento al eterno Padre recibió un honor infinito y una satisfacción infinita. Habiendo, pues, Jesús ofrecido la vida al eterno Padre por nuestro amor, justo es que nosotros le ofrezcamos tambien la nuestra, y todo lo que somos. Esto es lo que Él mismo desea, como significó a la beata Ángela de Foligno diciéndole: «Yo me he ofrecido por ti, a fin de que tú te ofrezcas por Mí».
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Eterno Padre, yo miserable pecador, reo de mil infiernos, hoy me presento a Vos, Dios de infinita majestad, y os ofrezco mi pobre corazón; pero ¡oh Señor!, ¿qué corazón os ofrezco? Uno que no ha sabido amaros, antes bien os ha ofendido tanto y os ha hecho traición tantas veces; pero ahora os lo ofrezco arrepentido, y resuelto de volver a amaros a toda costa y obedeceros en todo. Perdonadme, y atraedme todo a vuestro amor. Yo no merezco ser escuchado, mas bien lo merece vuestro Hijo, quien aun niño se ofrece a Vos en sacrificio por mi salvación. Este Hijo y su sacrificio os ofrezco, y en él pongo todas mis esperanzas. Os doy gracias, Padre mío, porque Le habéis enviado a la tierra a sacrificarse por mí. Os doy gracias, oh Verbo encarnado, Cordero divino que os ofrecisteis a la muerte por mi alma. Os amo, carísimo Redentor, y solo a Vos quiero amar, ya que fuera de Vos no hallo quien por salvarme haya ofrecido y sacrificado su vida. Me hace llorar el ver que con los demás he sido agradecido, y solo con Vos he sido un ingrato; pero Vos no queréis mi muerte, sino que me convierta y viva. Sí, Jesús mío, a Vos vuelvo, y me arrepiento con todo el corazón de haberos ofendido, y de haber ofendido a un Dios que se ha sacrificado por mí. Dadme la vida; ella la emplearé en amaros a Vos, sumo bien: haced que os ame, y nada más os pido. María, Madre mía, Vos ofrecísteis entonces en el templo a este Hijo también por mí. Volvedle a ofrecer ahora, y rogad al eterno Padre que por el amor de Jesús me acepte por suyo. Y Vos, Reina mía, recibidme por Hijo vuestro y perpetuo siervo. Si yo soy vuestro siervo, lo seré igualmente de vuestro Hijo.

jueves, 6 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA CUADRAGÉSIMO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 40.ª (DÍA DE LA EPIFANÍA): De la adoración de los Magos.
Nace Jesús pobre en un establo; y si bien le reconocen los Ángeles del Cielo, los hombres de la tierra lo dejan abandonado. Solos unos pocos pastores vienen a visitarle. Mas el Redentor quiere comenzar ya a comunicar la gracia de su Redención, y por esto se manifiesta primero a los gentiles que le conocían menos. A este fin ilumina por medio de una estrella a los santos Magos, para que vengan a adorar a su Salvador. Este fue el principio y lo sumo de los favores hechos a nosotros, el llamamiento a la fe, al que siguió el de la gracia, de la cual los hombres estaban privados. Ved los Magos, que sin tardanza se ponen en viaje; la estrella los acompaña hasta la cueva en donde está el santo Niño. Llegado que hubieron, entran, y ¿qué hallan? Encuentran una pobre doncella y un pobre niño cubierto de míseros pañales, sin nadie que le corteje y asista. Pero ¡ah!, que al entrar en aquella gruta los santos viajeros, sienten un gozo nunca experimentado: sienten encadenarse el corazón hacia aquel amado Niño que ven: aquellas pajas, aquella pobreza, aquellos vagidos de su pequeñuelo Salvador, ¡oh, y qué saetas de amor! ¡Qué felices llamas son para los corazones iluminados! El Niño les muestra un rostro alegre, y esta es la señal del afecto con que los acepta entre las primeras prendas de la Redención. Miran después los santos Reyes a María, la cual no habla. Permanece en silencio; mas en su rostro bienaventurado que respira la dulzura del Paraíso los acoge expresiva, y les da las gracias de haber venido los primeros a reconocer a su Hijo, que era para ellos su soberano. Contemplad como ellos le adoran, aunque en silencio por reverencia, le honran como a su Dios al besarle los pies, y ofrecen sus dones de oro, de incienso y de mirra. Adoremos nosotros con los santos Magos a nuestro pequeñito Rey Jesús y ofrezcámosle todos nuestros corazones.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Amable Niño, aunque yo os mire en esa cueva reclinado sobre la paja, tan pobre y despreciado, la fe sin embargo me enseña que Vos sois mi Dios bajado del Cielo por mi salvación. Os reconozco, pues, y os confieso por mi supremo Señor y mi Salvador; pero no tengo qué ofreceros. No tengo oro de amor, habiendo amado a las criaturas y a mis caprichos, sin amaros a Vos, bien infinito. No tengo incienso de oración, porque he vivido miserablemente olvidado de Vos. No tengo mirra de mortificación, cuando por no privarme de mis placeres he disgustado tantas veces vuestra bondad infinita. ¿Qué cosa, pues, os ofreceré? Os ofrezco este mi corazón sucio y pobre cual es; aceptadlo y mudadlo. Vos a este fin habéis venido al mundo para lavar los manchados afectos de los humanos corazones, y así trocarlos de pecadores a santos. Dadme, pues, este oro, este incienso y esta mirra. Dadme el oro de vuestro santo amor; dadme el espíritu de la santa oración; dadme el deseo y la virtud de mortificarme en todas las cosas que os desagradan. Yo resuelvo obedeceros y amaros, pero Vos sabéis mi debilidad; dadme la gracia de seros fiel. Virgen santísima, Vos que acogisteis con tanto cariño y consolasteis a los santos Magos, acoged también, y consolad a mí, que vengo ahora a visitar, y a ofrecerme a vuestro Hijo. Madre mía, en vuestra intercesión confio muchísimo. Recomendadme a Jesús. A Vos entrego mi alma y mi voluntad. Ligadla por siempre al amor de Jesús.

miércoles, 5 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMONOVENO)

NOTA: Para la Vigilia de la Epifanía, San Alfonso María de Ligorio prescribe como Meditación 39.ª que se realice la Meditación correspondiente a la del día 5.º de Adviento.
   
MEDITACIÓN: Formam servi accípiens (Tomando forma de siervo. Filipenses II, 7).
Baja a la tierra el Verbo eterno para salvar al hombre; y ¿de dónde desciende? Del seno de su divino Padre, en el que desde la eternidad fue engendrado entre los resplandores de los Santos. Y ¿a dónde desciende? Al seno de una virgen, hija de Adán, que respecto al seno de Dios no es sino un lugar de horror; de donde canta la Iglesia: Non horruísti vírginis úterum. Sí, porque el Verbo, estando en el seno del Padre, es Dios como el Padre, inmenso, omnipotenre, felicísimo y supremo Señor, en todo igual al Padre. Mas en el seno de María es criatura, pequeñito, débil, afligido, siervo y menor que el Padre. Cuéntase por prodigio grande de humildad que un San Alejo, hijo de un señor romano, quiso vivir de criado en la casa de su padre; pero ¿qué tiene que hacer la humildad de un tal Santo con la de Jesucristo? Entre hijo y criado del padre de aquel, había alguna diferencia de condición; mas entre Dios y siervo de Dios, hay una diferencia infinita. Por otra parte este Hijo de Dios, habiéndose hecho siervo de su Padre, por obedecerle se hizo tambien siervo de sus criaturas, esto es, de María y de José; pues, como nos dice San Lucas, estaba sujeto a ellos (San Lucas II, 51). Además, se hizo siervo de Pilatos, que lo condenó a muerte, la cual aceptó obediente; se hizo finalmente siervo de los verdugos que quisieron azotarle, coronarle de espinas y crucificarle, obedeciendo Jesús humildemente a todos, someliéndose a sus manos. ¡Oh Dios! Y ¿nosotros rehusaremos después sujetarnos al servicio de este amable Salvador, que por redimirnos se ha sujetado a tantas servidumbres, tan penosas e indecorosas? Y por no ser siervos de este tan grande y tan amante Señor, ¿querrémos hacernos esclavos del demonio que no los ama, sí que los odia y los trata cual tirano, haciéndoles infelices y miserables en esta vida y en la otra? Pero, si hemos cometido esta gran locura, ¿por qué no salimos presto de esta infeliz esclavitud? Ea, pues, ya que hemos salido por la gracia de Jesucristo de la servidumbre del infierno, abracemos prontamente y estrechemos con amor aquellas dulces cadenas que nos bacen siervos y amantes de Jesucristo; las cuales nos obtendrán despues la corona del reino eterno entre los bienaventurados del paraíso.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Amado Jesús mío, Vos sois el monarca del cielo y de la tierra; mas por amor mío os habéis hecho súbdito hasta de los verdugos, que os han despedazado las carnes, traspasado la cabeza, y os han dejado finalmente enclavado sobre la cruz a morir de dolor. Yo os adoro por mi Dios y Señor, y me avergüenzo de comparecer en vuestra presencia, acordándome que tantas veces por cualquier mísero gusto he roto los santos vínculos, y os he dicho en vuestro rostro no querer serviros. Sí, justamente, pues Vos me echáis en cara: Rompiste mis ataduras, y dijiste no serviré (Jeremías II, 20) Pero me animan a esperar el perdón, ¡oh Salvador mío!, vuestros méritos y vuestra bondad, que no sabe despreciar un corazón que se arrepiente y humilla: Cor contrítum el humiliátum, Deus, nos despícies. Confieso, Jesús mío, que sin razón os he disgustado; confieso que merezco mil infiernos por las ofensas que os he hecho; castigadme como queréis, mas no me privéis de vuestra gracia y amor. Me pesa sobre todo mal de haberos despreciado. Os amo con toda mi alma. Propongo de hoy en adelante querer solamente servir y amar a Vos. ¡Ah! Por vuestros méritos ligadme con las cadenas de vuestro santo amor; no permitáis que yo me vea suelto de ellas. Os amo sobre todas las cosas. ¡Oh liberador mío! Yo estimo más ser vuestro siervo que dueño de todo el mundo. Y ¿de qué sirve todo el mundo a quien vive privado de vuestra gracia? Jesús dulcísimo, no permitáis que me separe de Vos. Esta gracia os pido, y esta gracia propongo buscar siempre; y os suplico que me concedáis hoy la de repetiros en toda mi vida: Jesús mío, no permitáis que yo me separe más de vuestro amor. Lo mismo os pido a Vos, ¡oh María! Madre mía, ayudadme con vuestra intercesión a no separarme más de mi Dios.

martes, 4 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOCTAVO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 38.ª (DÍA TERCERO DESPUÉS DE LA OCTAVA DE NAVIDAD): De la pobreza del Niño Jesús.
¡Oh Dios! ¿Quién no lo compadecería si viese un príncipe hijo de un monarca, nacido tan pobre que hubiese de albergarse en una cueva húmeda y fría, sin tener lecho ni criados, ni fuego, ni ropas bastantes para calentarlo? ¡Ah Jesús mío! Vos sois, pues, el Hijo del Señor del cielo y de la tierra, Vos sois el que en esta gruta no tenéis otra cosa que un pesebre por cuna, paja por lecho, y unos pobres pañales para cubriros. Los Ángeles están a vuestro rededor para alabaros, pero en nada socorren vuestra pobreza. Redentor mío, cuanto más pobre sois más amable os haceis, habiendo a este fin abrazado tanta pobreza. Si naciérais en una habitación regia, si tuviéseis una cuna de oro, si os asistiesen los primeros grandes de la tierra, os atraeríais de los hombres mayor respeto, pero menos amor. Mas ahora esta gruta en que os albergáis, estos viles pañales que os cubren, esta paja que os sirve de cama, este pesebre que es vuestra cuna, ¡oh, y cómo atraen a Vos nuestros corazones, siendo así que os habeis hecho tan pobre para haceros a nosotros más amable! «Cuanto por mí mas abatido, tanto para mí mas amado», dice San Bernardo. Os habeis hecho pobre, para enriquecernos con vuestra pobreza, según lo que nos enseña San Pablo: Egénus factus  est, ut illíus inópia vos dívites essétis (II Corintios VIII, 9). En efecto: la pobreza de Jesucristo fue para nosotros una gran riqueza; pues que ella nos mueve a adquirirnos los bienes del Cielo, despreciando los de la tierra. ¡Ah Jesús mío!, esta vuestra pobreza ciertamente ha llevado a muchos Santos a dejarlo todo, riquezas, honores y reinos para ser pobres con Vos. Ea pues, Salvador mío, desprendedme también del afecto a los bienes de la tierra, para que sea hecho digno de adquirir vuestro santo amor, y de esta manera poseer a Vos, bien infinito.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Oh! Pudiera deciros yo también, santo Niño, con vuestro amado San Francisco: «Dios mío y todas las cosas»; y con David: «¿Qué hay para mí en el cielo, y fuera de Ti que he querido sobre la tierra? Dios de mi corazon, y mi porción, Dios para siempre» (Salmo LXXI, 26) ¡Ojalá fuese que de hoy en adelante yo no codiciase otra riqueza que la de vuestro amor; y que este mi corazón no fuera ya dominado más de la vanidad del mundo, sí que Vos solo fuéseis su único Señor, pudiendo comenzar a decir: «Dios de mi corazón, mi porción, Dios para siempre!». ¡Miserable, hasta aquí he buscado los bienes terrenos, y no he hallado más que espinas y hiel! Mayor satisfacción me causa el hallarme ahora a vuestros pies, para daros gracias y amaros, que contento me han dado lodos mis pecados. Un solo temor me aflige, y es que quizá no me habréis aún perdonado; pero vuestras promesas de perdonar al que se arrepiente: el veros hecho tan pobre por mi amor: el sentirme llamado de Vos a amaros: las lágrimas, la Sangre que habéis derramado por mí: los dolores, las ignominias, la muerte amarga que por mí habeis sufrido, me consuelan, y me hacen esperar seguramente el perdón. Y si todavía no me habeis perdonado, decidme ¿qué he de hacer? ¿Queréis que me arrepienta? Yo me arrepiento, pues, con todo mi corazón de haberos despreciado, Jesús mío. ¿Queréis que os ame? Os amo más que a mí mismo. ¿Queréis que yo lo deje todo? Sí, todo lo dejo, y a Vos solo me entrego, y sé que Vos me aceptais; de otra manera yo no tendría ni arrepentimiento, ni amor, ni deseo de entregarme a Vos. Pues que me doy a Vos y me aceptáis, no permitáis que este amor entre Vos y yo haya jamás de disolverse. Madre mía, María, alcanzadme que yo ame siempre a Jesús, y sea amado siempre de Jesús.

lunes, 3 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOSÉPTIMO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 37.ª (DÍA SEGUNDO DESPUÉS DE LA OCTAVA DE NAVIDAD): De las ocupaciones del Niño Jesús en el establo de Belén.
Dos son las principales ocupaciones de un solitario, orar y hacer penitencia. Ved, pues, a Jesús, que en la cueva de Belén nos da ejemplo de ellas. En el pesebre, elegido por su oratorio en la tierra, no deja de rogar sin intermisión al eterno Padre. Allí hace continuamente actos de adoración y de amor y de súplicas. Antes de este tiempo la Majestad divina, si bien había sido adorada de los hombres y de los Ángeles, no obstante nunca había recibido de estas criaturas aquel honor que le dio Jesús aun niño al adorarla en el establo donde nació. ¡Cuán bellos, pues, y perfectos eran los actos de amor que el Verbo encarnado dirigía al Padre en su oración! El Señor había intimado a los hombres el precepto de amarle con todo el corazón y con todas las fuerzas; pero este mandato jamás había sido cumplido perfectamente por ningún hombre. Entre las mujeres, la primera en llenarlo fue María, y entre los varones el primero fue Jesucristo, que lo ejecutó de una manera inmensamente mayor que María. Fríis podian decirse los Serafines respecto del amor de este santo Niño. Aprendamos, pues, del mismo a amar a nuestro Dios como se debe, y supliquémosle que nos comunique una centella de aquel amor purísimo con el cual amaba a su divino Padre en el establo de Belén. ¡Oh!, ¡y qué bellos, perfectos y caros eran a Dios los ruegos del infante Jesús! Pedka en todo tiempo y momento al Padre, y sus peticiones todas se dirigían en nuestro favor, y por cada uno de nosotros. Las gracias que cualquiera ha recibido del Señor, como el ser llamado a la verdadera fe, esperado a penitencia, las luces, el dolor de los pecados, el perdón, los santos deseos, las victorias en las tentaciones, y todos los otros actos buenos que hemos hecho y haremos de confianza, de humildad, de acción de gracias, de ofrecimiento y de resignación, todo nos lo ha alcanzado Jesús, y todo ha sido efecto de las oraciones de Jesús. ¡Cuánto, pues, le debemos! ¡Cuántas gracias debemos por ello darle, y cuánto amarle!
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Amado Redentor mío, ¡cuánto os debo! Si Vos no hubiéseis pedido por mí, ¿en qué estado de ruina me hallaría? Os doy gracias, oh Jesús mío; vuestras súplicas son las que me han alcanzado el perdón de mis pecados, las mismas espero que me han de alcanzar la perseverancia hasta la muerte. Habéis rogado por mí, y os lo agradezco con todo el corazón; pero os pido que no dejéis de rogar. Yo sé que Vos seguís también en el Cielo siendo nuestro abogado, y sé que continuáis en rogar por nosotros. Seguid, pues, pidiendo, pero pedid más particularmente por mí, Jesús mío, que tengo más necesidad de vuestras súplicas. Yo espero que ya Dios me haya perdonado por vuestros méritos, mas así como tantas veces he caído, así puedo volver a caer. El Infierno no deja ni dejará de tentarme para hacerme perder nuevamente vuestra amistad. ¡Ah! Jesús mío, Vos sois mi esperanza, Vos me habeis de dar la fortaleza para resistir; a Vos la pido, y de Vos la espero. No me contento solo con la gracia de no recaer; quiero también la gracia de amaros muchísimo. Se acerca mi muerte, y si ahora yo muriese esperaría salvarme, sí, pero os amaría poco en el Paraíso, porque hasta ahora os he amado poco. Quiero, pues, amaros mucho en la vida que me resta para amaros mucho en la eternidad. ¡Oh María, Madre mía, rogad tambien por mí a Jesús: vuestras súplicas todo lo pueden para con este Hijo que tanto os ama. Vos teneis tanto deseo de verle amado; pedidle, pues, que me dé un grande amor hacia su bondad, y que este amor sea constante y eterno.

domingo, 2 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOSEXTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 36.ª (DÍA PRIMERO DESPUÉS DE LA OCTAVA DE NAVIDAD): De la soledad de Jesús en el establo.
Jesús, al nacer, quiso elegir para su retiro y oratorio el establo de Belén; y a este fin dispuso que su nacimiento fuese fuera de la ciudad, en una cueva solitaria, para insinuarnos su amor a la soledad y al silencio. Todo esto respira aquella gruta. Entremos en ella, y hallarémos a Jesús que calla recostado sobre la paja; a María y José, que Le adoran y contemplan en silencio. Fue revelado a Sor Margarita del Santísimo Sacramento, llamada la Esposa del Niño Jesús, que cuanto pasó en la gruta de Belén, aun la visita de los pastores y la adoración de los Santos Magos, fue sin hablar palabra. Esto que en los otros niños es impotencia, en Jesucristo fue virtud. No habla Jesús, pero ¡cuánto dice con su silencio! ¡Oh, dichoso el que se entretiene con Jesús, María y José en esta santa soledad del pesebre! Los pastores con solo haber sido admitidos allí un poco de tiempo, salieron todos inflamados de amor hacia Dios, pues que no hacían otro sino alabarle y bendecirle. ¡Oh! ¡Feliz aquella alma que se encierra en la soledad de Belén, a contemplar la divina misericordia, y el amor que Dios ha tenido y tiene a los hombres! La llevaré a la soledad, y hablaré a su corazón, le dice el Señor por Oseas (cap. II, 4). Allí el divino Infante no le hablará al oído, sí al corazón, invitándola a amar a su Dios, que tanto la ama. Al ver la pobreza de aquel solitario que se está en una cueva fría, sin fuego, sirviéndose de un pesebre por cuna, y de un poco de heno por lecho: al oír los vagidos, al mirar las lágrimas de este inocente Niño, y al considerar que Él es su Dios, ¿cómo es posible pensar en otro que en amarlo? ¡Oh, qué dulce retiro es para un alma que tiene fe el establo de Belén! Imitemos también a María y José, que inflamados de amor perseveran en contemplar al gran Hijo de Dios, vestido de carne, y sujeto a las miserias humanas: el sabio, reducido a un parvulito que no habla: el grande, hecho chiquito: el excelso, de tal modo abatido: el rico, hecho tan pobre: el omnipotente, débil; en suma, considerando la Majestad divina oculta bajo la forma de un pequeñito niño despreciado y abandonado del mundo, y que todo lo hace y padece para hacerse amable a los hombres, ruégale que te admita en este santo retiro. Enciérrate y permanece allí, y no te separes más de Él. ¡Oh soledad!, dice San Jerónimo. Oh hermosa soledad, en la que Dios habla y conversa con sus amadas almas, no como soberano, sino como amigo, hermano y esposo. ¡Oh! ¡Qué paraíso conversar de solo a solo con Jesús niño en la grutilla de Belén!
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Carísimo Salvador mío, Vos sois el Rey del Cielo, el Rey de los reyes, el Hijo de Dios; ¿cómo, pues, os veo en esta gruta abandonado de todos? Yo no hallo otros que os asistan, más que José y vuestra santa Madre. Deseo venir también y unirme con ellos para haceros compañía. No me despidáis. Aunque lo merezco, oigo, sin embargo, que Vos me invitáis con dulces voces al corazón. Sí, vengo, mi amado Niño, lo dejo todo por estarme a solas con Vos toda mi vida, único amor de mi alma. Insensato, en el tiempo pasado os he abandonado y dejado solo, Jesús mío, mendigando placeres miserables y envenenados de las criaturas; pero ahora, iluminado por vuestra gracia, no deseo otro que estarme solitario con Vos, que así quereis vivir en esta tierra. ¿Quién me dará alas como de paloma, y volaré y descansaré? ¡Ah!, ¡quién me diese el poder huir de este mundo, donde tantas veces he encontrado mi ruina, huir y estarme siempre con Vos, que sois el gozo del Paraíso, y el verdadero amante de mi alma! Ea, pues, Jesús mío, por los méritos de vuestra soledad en la cueva de Belén, dadme un continuo recogimiento interior, a fin de que mi alma venga a ser una celdilla solitaria, en la que yo no atienda más que a conversar con Vos, consulte con Vos todos mis pensamientos, todas las acciones; a Vos dedique todos los afectos; aquí siempre os ame, y suspire por salir de la cárcel de este cuerpo, para ir a amaros cara a cara en el Cielo. Os amo, bondad infinita, y espero siempre amaros en el tiempo y en la elernidad. ¡Oh María! Vos que todo lo podeis, rogadle que me encadene con su amor, y no permita que yo haya de perder jamás su gracia.

sábado, 1 de enero de 2022

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOQUINTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 35.ª (OCTAVA DE NAVIDAD): Del Nombre de Jesús.
El nombre de Jesús es nombre divino, anunciado a María de parte de Dios por el arcángel San Gabriel; y por esto dijo San Pablo que era nombre sobre todo nombre, en el que solamente se halla la salvación. Este nombre es comparado por el Espíritu Santo al aceite, por la razón, dice San Bernardo, de que así como el aceite es luz y comida, y tambien medicina; así el nombre de Jesús es luz para el entendimiento, alimento para  el corazón y medicina para el alma. Es luz para el entendimiento, pues con este nombre se convirtió el mundo, sacándole de las tinieblas de la idolatría a la luz de la fe. Nosotros que hemos nacido en estas regiones, donde antes de la venida de Jesucristo todos nuestros antepasados eran gentiles, seríamos aún tales si no hubiese venido el Mesías a iluminarlos. ¡Cuánto, pues, debemos agradecer a Jesucristo el don de la fe! ¿Y qué sería de nosotros en el África o en América, entre herejes o cismáticos? El que no cree, está perdido; y verosímilmente del mismo modo nos hubiésemos perdido nosotros. Es también el nombre de Jesús alimento que nutre nuestros corazones; porque él nos recuerda lo que Jesús ha hecho por salvarnos. De aquí es que nos consuela este nombre en las tribulaciones, nos da fuerza para andar por el camino de la salvación, nos anima en las desconfianzas, nos enciende para amar, recordando lo que ha padecido nuestro Redentor por salvarnos. Este nombre, finalmente, es medicina para el alma, haciéndola fuerte contra las tentaciones de nuestros enemigos. Tiembla el Infierno, y huye al invocar este santo Nombre, según aquello que dice el Apóstol: En el nombre de Jesús se dobla toda rodilla de los que están en el Cielo, en la tierra y en los Infiernos (Filipenses II, 10). El que es tentado y llama a Jesús, no cae, y quien siempre le invocare no caerá y será salvo, según la palabra del salmo: Invocaré al Señor alabándole: y seré salvo de mis enemigos (Salmo XVII, 4). Y ¿quién, que siendo tentado le ha invocado, se ha perdido jamás? Se pierde el que no le invoca en su ayuda, o quien persistiendo la tentacion deja de invocarle.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Oh, hubiese yo siempre invocado a Vos, Jesús mío; y nunca habría sido vencido por el demonio! He perdido miserablemente vuestra gracia, porque en las tentaciones me he descuidado de llamaros en mi ayuda. Ahora lo espero todo de vuestro santo Nombre. Escribid, pues, oh Salvador mío, grabad en mi pobre corazón vuestro poderosísimo Nombre, para que teniéndolo allí impreso juntamente con el amor a Vos, lo tenga siempre en la boca, pronunciándolo en todas las tentaciones que me prepara el Infierno, para volver a verme su esclavo y separado de Vos. En vuestro Nombre encontraré yo todo bien. Si fuere afligido, Él me consolará, pensando cuánto os habéis afligido por mi amor. Si me viese desconfiado por mis pecados, Él me dará valor, recordándome que habéis venido al mundo para salvar los pecadores: si fuese tentado, vuestro Nombre me dara fortaleza trayéndome a la memoria, que más podéis Vos ayudarme que abatirme el Infierno. Si, finalmente, me hallase frío en vuestro amor, Él me dará fervor, representándome cuánto Vos me habéis amado. Jesús mío, Vos sois y espero que siempre seréis el único amor mío. Os doy todo mi corazón, y a Vos solamente quiero amar, y quiero invocaros cuanto más a menudo podré. Quiero morir con vuestro nombre en la boca, nombre de esperanza, nombre de salvación, nombre de amor. ¡Oh María!, si me amáis, esta es la gracia que habéis de alcanzarme, hacedme invocar siempre vuestro nombre y el de vuestro Hijo; haced que ellos sean el respiro de mi alma, y que los repita siempre en vida para repetirlos en el último aliento que tendré en la hora de la muerte. Jesús y María, ayudadme: Jesús y María, yo os amo. Jesús y María, a Vos encomiendo mi alma.

viernes, 31 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOCUARTO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 34.ª (DÍA SÉPTIMO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): De Jesús que llora.
Las lágrimas del Niño Jesús fueron muy diferentes de los otros niños que nacen. Estos lloran por dolor, Jesús no, sí que llora por compasión de nosotros y por amor, según San Bernardo (Sermón III sobre la Natividad). Gran señal de amor es el llorar. Esto precisamente decían los judíos luego que vieron al Salvador llorar en la muerte de Lázaro: Ved cómo le amaba (San Juan XI). Lo mismo podían decir los Ángeles, mirando las lágrimas que derramaba Jesús niño: Ecce quómodo amat Vos. Ved cómo nuestro Dios ama a los hombres, cuando por amor de ellos le vemos hecho hombre y niño llorando. Lloraba Jesús, y ofrecía al Padre sus lágrimas, para alcanzarnos el perdón de los pecados. Aquellas lágrimas, dice San Ambrosio, lavaron mis delitos. Él con sus vagidos y lloros pedía piedad para nosotros condenados a muerte eterna, y así aplacaba la indignación de su Padre. ¡Oh, y cómo sabian las lágrimas de este Niño perorar en favor nuestro! ¡Oh! ¡Cuán preciosas fueron ellas para Dios! Entonces fue cuando el Padre hizo publicar por los Ángeles que Él ya hacía paz con los hombres, y los recibía en su gracia: Et in terra pax homínibus bonæ voluntátis. Lloró Jesús por amor, pero también por dolor, al ver que tantos pecadores, aun después de tantas lágrimas y Sangre derramadas por la salud de ellos, habían de seguir despreciando su Gracia. Ahora bien, pues, ¿quién será tan duro que viendo llorar a un Dios niño por nuestras culpas, no llore él también, y no deteste aquellos pecados que tanto han hecho llorar a este amante Señor? ¡Ah! No aumentemos más penas a este Niño inocente; consolémosle sí, uniendo nuestras lágrimas con las suyas; ofrezcamos a Dios las lágrimas de su Hijo, y roguémosle que por ellas nos perdone.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Niño mío amado, ¿con que mientras estábais llorando en la gruta de Belén pensábais en mí, considerando desde allí mis pecados que eran los que os hacían llorar? Y yo, Jesús mío, en vez de consolaros con mi amor y gratitud a vista de lo que habéis padecido por salvarme, ¿he aumentado vuestro dolor y la causa de vuestras lágrimas? Si menos hubiese yo pecado, menos habríais Vos padecido. Llorad, pues, llorad, que tenéis razón de llorar, viendo tanta ingratitud en los hombres a un amor tan grande. Mas ya que llorais, llorad aun por mí: vuestras lágrimas son mi esperanza. Lamento los disgustos que os he dado, Redentor mío, los odio, los detesto, me arrepiento de ellos con todo el corazón. Lloro por todos aquellos días infelices en que viví enemigo vuestro, y privado de vuestra hermosa gracia; pero mis lágrimas, oh Jesús mío, ¿para qué servirán sin las vuestras? Padre eterno, yo os ofrezco las lágrimas de Jesús, y por ellas os pido el perdón. Vos, Salvador mío, ofrecedle todas las lágrimas que por mí derramasteis en vuestra vida, y con ellas aplacadle por mí. Os ruego todavía, oh amor mío, que enternezcais con estas lágrimas mi corazón y le inflaméis de vuestro santo amor. ¡Ah! ¡Si pudiera yo de hoy en adelante consolaros con mi amor, tanto cuanto os he causado pena con mis ofensas! Concededme, pues, oh Señor, que estos días que me restan de vida no los haga servir para disgustaros más, sí solo para llorar el sentimiento que os he ocasionado, y para amaros con todos los afectos de mi alma. ¡Oh María!, os suplico por aquella tierna compasión que tantas veces tuvísteis viendo llorar a Jesús, me alcanceis un continuo dolor de las ofensas que yo ingrato os he hecho.

jueves, 30 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOTERCERO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 33.ª (DÍA SEXTO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): De Jesús que duerme.
Muy escasos y penosos eran los sueños del Niño Jesús. Un pesebre era su cuna, de paja el lecho, de paja también la almohada. Con lo que frecuentemente era interrumpido el sueño de Jesús, por la dureza de aquella tormentosa camilla, y por el rigor del frío que hacía en aquella gruta. No obstante, de cuando en cuando, vencida la naturaleza de la necesidad, se dormía el precioso Niño entre aquellas penalidades. Pero los sueños de Jesús se diferenciaban mucho de los de los otros niños, a quienes son útiles en cuanto a la conservación de la vida, mas no en cuanto a las operaciones del alma, porque esta, privada de los sentidos, no obra entonces. No fueron así los sueños de Jesucristo: Yo duermo, y mi Corazón vela, nos dice en los Cánticos (cap. V, 2). Descansaba el cuerpo, pero velaba el alma, estando a Jesús unida la persona del Verbo, que no podía dormir ni ser soporada por los sentidos. Dormía el santo Niño, y mientras tanto pensaba en todas las penas que debía padecer por amor nuestro en toda su vida y en su muerte. Pensaba en los trabajos que debía padecer, así en Egipto como en Nazaret, con una vida tan pobre y despreciada. Pensaba después particularmente en los azotes, en las espinas, en las ignominias, en las agonías y en aquella desolada muerte que había de padecer por fin sobre la cruz. Todo lo cual Jesús durmiendo lo ofrecía al eterno Padre, para alcanzarnos el perdón y la salvación. Así que nuestro Salvador en tal estado merecía para nosotros y aplacaba al eterno Padre, de quien nos alcanzaba las gracias. Roguémosle, pues, ahora, que por el mérito de sus bienaventurados sueños nos libre del mortífero de los pecadores, quienes duermen miserablemente en la muerte del pecado, olvidados de su Dios y de su amor. Pidámosle que en cambio nos dé el feliz sueño de la Esposa de los Cantares, acerca de la que nos advierte Él mismo: No levantéis ni hagáis despertar a la amada, hasta que ella quiera. Tal es aquel sueño que Dios concede a las almas que ama, el cual no es otro, como dice San Basilio, sino un olvido total de todas las cosas, que se consigue cuando el alma se aparta de todo lo terreno, por atender solo a Dios y lo que se dirige a Su Gloria.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Mi querido y santo Niño, Vos dormís, y ¡oh, cuánto me enamoran esos vuestros sueños! Para los demás son figura de muerte, mas en Vos son señal de vida eterna, pues que mientras descansáis, estáis mereciendo para mí la salvación eterna. Vos dormís, pero vuestro Corazón no duerme, sí que piensa en padecer y morir por mí. Durmiendo Vos, pedís por mí, y me estáis alcanzando de Dios el reposo eterno en el paraíso. Mas antes que me lleveis, como espero, a descansar con Vos en el Cielo, quiero que descanséis por siempre en mi alma. En otro tiempo, Dios mío, yo Os he desechado de mí, pero Vos, con tanto llamar a la puerta de mi corazón, ahora con temores, luego con luces, despues con voces de amor, confío que habréis entrado; porque siento una grande aversión de las ofensas que os he hecho, un arrepentimiento, que me causa un gran dolor, dolor de paz que me consuela, y me hace esperar habré sido perdonado por vuestra bondad. Os doy gracias, Jesús mío, y os ruego que no os separéis jamás de mi alma. Ya sé que no os apartaréis si yo no os despido, mas esta gracia os suplico, y os pido me ayudeis siempre a buscarla. No permitáis que vuelva a desecharos de mí. Haced que me olvide de todo, para pensar en Vos, que habeis pensado constantemente en mí y en mi bien. Haced que yo os ame siempre en esta vida, hasta que mi alma unida con Vos, expirando en vuestros brazos descanse eternamente en vuestro seno, sin temor de perderos más. Oh María, asistidme en vida, y asistidme en muerte, para que Jesús repose siempre en mí, y logre yo siempre descansar en Jesús.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOSEGUNDO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 32.ª (DÍA QUINTO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): De Jesús sobre la paja.
Nace Jesús en el establo de Belén. Allí la pobre Madre no tiene ni lana ni plumas para preparar lecho al tierno Niño. En tal situación, ¿qué hace María? Reúne un montoncito de paja dentro un pesebre, y sobre ella recostó al Hijo: Et reclinávit eum in præsépio. Pero ¡oh Dios!, que esta es cama muy dura y penosa para un infantillo recién pacido. Sus miembros son muy tiernos, y especialmente los de Jesús, formado con delicadeza especial por el Espíritu Santo, a fin de que fuese más sensible a las penas: motivo por el que se hizo muy dolorosa la de un lecho tan duro. Pena y oprobio; porque ¿hubo jamás hijo alguno, aun del hombre más plebeyo y olvidado, que fuese expuesto al nacer sobre la paja? Ella es el lecho propio de los animales, ¡y el Hijo de Dios no tiene otra sobre la tierra! San Francisco de Asís, estando sentado un día a la mesa, oyó leer las sobredichas palabras del Evangelio: Y le reclinó en un pesebre, y al momento dice: «¿Cómo? Mi Señor está sobre la paja , ¿y he de estar yo sentado?». Levantóse en seguida de su asiento, se echó en el suelo, y allí concluyó su pobre comida mezclándola con lágrimas de ternura, que derramaba al considerar lo que padecería el niño Jesús estando recostado sobre cama tan dura. Pero ¿por qué María, que tanto había deseado ver nacido a este Hijo, por qué la Señora que tanto le amaba, no le retenía entre sus brazos, en vez de ponerle a padecer sobre el pesebre? Misterio es esto, dice Santo Tomás de Villanueva: «Ni le hubiera colocado en tal lugar, si en ello no se obrase algún misterio». Muchos lo explican de diversos modos; pero más que todas agrada la explicacion de San Pedro Damián, que dice: «Quiso Jesús, apenas había nacido, ser puesto sobre la paja, para enseñarnos la mortificación de los sentidos». El mundo estaba perdido por los placeres sensuales. Por los mismos se había perdido Adán y tantos descendientes suyos hasta aquel momento. Vino el Verbo eterno del Cielo a enseñarnos el amor de padecer, y comenzó de niño a darnos lecciones, eligiendo para Sí los más ásperos padecimientos que pudo sufrir un recién nacido. De aquí, pues, fue que Él mismo inspiró a la Madre dejase de tenerlo sobre su regazo, y lo recostase en aquel duro lecho, a sentir en mayor grado el frío de aquella gruta, y las punzadas de aquellas toscas pajas.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Oh enamorado de las almas! `¡Oh amable Redentor mío! ¿Con que no os basta la Pasión dolorosa que os espera, la muerte amarga que os está preparada sobre la cruz, sino que desde el principio de vuestra vida, desde niño ya quereis comenzar a padecer? Sí, porque desde niño quereis Vos comenzar a ser mi Redentor, y satisfacer a la divina justicia por mis pecados. Elegís por cama la paja, para librarme del fuego del Infierno, en el que mil veces he merecido ser arrojado. Lloráis y dais vagidos producidos por el dolor que os causa tan penoso lecho, para alcanzarme con vuestras lágrimas el perdón de vuestro Padre. ¡Ah, que estas vuestras lágrimas me afligen y consuelan! Me afligen por la compasión viéndoos niño inocente padecer tanto por delitos que no son vuestros; pero me consuelan mientras reconozco en vuestros dolores mi salvación, y el amor inmenso que me teneis. Mas no quiero, Jesús mío, dejaros solo, a llorar y penar. Quiero también llorar yo, que únicamente debo hacerlo por los disgustos que os he dado. Yo que he merecido el Infierno, no rehúso cualquier pena por recobrar vuestra gracia. Oh mi Salvador, perdonadme, restituidme a vuestra amistad, haced que os ame, y después castigadme como queráis. Libradme de las penas eternas, y luego tratadme como os agrade. No os pido en esta vida placeres, porque no los merece quien ha tenido el atrevimiento de disgustaros a Vos, bondad infinita. Estoy contento de sufrir todas las cruces que Vos me enviaréis; pero, Jesús mío, quiero amaros. ¡Oh María! Vos que acompañásteis tan cumplidamente con vuestras penas las de Jesús, alcanzadme la virtud de sufrir las mías con paciencia. ¡Pobre de mí, si después de tantos pecados no padezco alguna cosa en esta vida! Y dichoso si tengo la suerte de acompañar, padeciendo, a Vos, Madre mía dolorosa, y a mi Jesús siempre afligido y crucificado por mi amor.

martes, 28 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMOPRIMERO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 31.ª (DÍA CUARTO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): De Jesús que toma leche.
Fajado que fue Jesús, buscó y tomó leche de los pechos de María. La Esposa de los Cantares deseaba ver a su hermanito que tomase leche de la madre: ¿Quién te me dará a ti, hermano mío, mamando los pechos de mi madre? (Cánticos VIII, 1). Esta Esposa lo deseó, pero no lo vio: nosotros sí que somos los que hemos tenido la suerte de ver al Hijo de Dios, hecho hombre y hermano nuestro, tomar leche del pecho de María. ¡Oh! ¡Y qué espectáculo era al paraíso ver al Verbo divino, hecho niño, pendiente del pecho de una Virgen criatura suya! ¡Aquel que da el alimento a todos los hombres y a los animales de la tierra, se ha hecho tan débil y tan pobre que tiene necesidad de un poco de leche humana para sustentar la vida! Sor Paula, camaldulense, contemplando una figurita de Jesús que tomaba el pecho, sentía de repente encenderse toda de un tierno y ardiente amor hacia Dios. Poca era la leche con que se alimentaba Jesús, pues según fue revelado a Sor Mariana, franciscana, solamente tres veces al día María le daba de mamar. ¡Oh leche preciosa para nosotros, que debiste convertirte en sangre en las venas de Jesucristo, para hacer despues de ella un baño de salud en el que fuesen lavadas nuestras culpas! Ponderemos que aunque Jesús tomaba esta leche, era para sostener aquel cuerpo que quería dejarnos por nuestro alimento en la santa Comunión. ¿Con que, mi pequeñito Redentor, mientras Vos mamábais pensábais en mí? ¿Pensábais cambiar esta leche en sangre, para derramarla después en vuestra muerte, y con tal precio rescatar mi alma, y aun alimentarla con el santísimo Sacramento, que es leche saludable con la cual el Señor nos conserva en la vida de la gracia, segun aquella sentencia de San Agustin, que dice: «La leche vuestra es Cristo»? ¡Oh Jesús mío!, permitid que yo también exclame con aquella mujer del Evangelio: Feliz el vientre que te trajo, y los pechos que mamaste. ¡Dichosa Vos, oh Madre divina, que tuvisteis la suerte de dar leche al Verbo encarnado! Ea, admitidme en unión de este grande Hijo a tomar de Vos la leche de una tierna y amorosa devoción a la infancia de Jesús, y a Vos, Madre mía amadísima. Os doy a Vos las gracias, oh divino Infante, que os habéis hecho necesitado de leche, para manifestarme el amor que me tenéis. Así lo dio el Señor a conocer a Santa María Magdalena de Pazzi, cuando la dijo que Él por esto se habia reducido a la necesidad de tomar leche, para dar a entender el amor que tiene a las almas redimidas.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Oh mi dulce y amabilísimo Niño, Vos sois el pan del Cielo que sustentais a los Ángeles; Vos proveéis de comida a todas las criaturas; ¿cómo, pues, os habeis reducido a mendigar un poco de leche de una doncellita, para conservar la vida? ¡Oh amor divino!, ¿cómo has podido hacer tan pobre a un Dios, que haya tenido necesidad de pedir un tan corto alimento? Mas ya os comprendo, Jesús mío: Vos tomáis leche de María en esa gruta, para ofrecerla después convertida en Sangre a Dios sobre la cruz, en sacrificio y satisfacción de nuestros pecados. Dad, pues, oh María, dad toda la leche que podais a ese Hijo, para que todos gocen del precioso líquido que ha de servir para lavar las culpas de mi alma, y para nutrirla después en la santa Comunión. ¡Oh Redentor mio!, y ¿cómo puede no amaros quien cree lo que habéis hecho y padecido por salvarnos? ¿Cómo he podido yo saber esto y seros ingrato? Pero vuestra bondad es mi esperanza. Esta me enseña que si yo quiero vuestra gracia, ella es mía. Me arrepiento, oh sumo Bien, de haberos ofendido, y os amo sobre todas las cosas. Diré mejor: yo nada amo sino a Vos, y a Vos solamente quiero amar. Vos sois y habéis de ser siempre mi único bien, el único amor mío. Mi amado Redentor, dadme, os ruego, una tierna devoción a vuestra santa infancia, como la habéis dado a tantas almas, que pensando en vuestra niñez se olvidan de todo lo demás, porque no saben pensar más que en amaros. Es verdad que ellas son inocentes, yo pecador; pero Vos os habéis hecho niño para haceros amar también de los pecadores. Yo he sido uno de ellos, mas ahora os amo con todo el corazón y no deseo otra cosa que vuestro amor. ¡Oh María!, dadme Vos un poco de aquella ternura con la que dábais de mamar al infante Jesús.

lunes, 27 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA TRIGÉSIMO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 30.ª (DÍA TERCERO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): De Jesús envuelto en fajas.
Figuraos de ver a María, que habiendo ya dado a luz al Hijo, lo toma con reverencia entre sus brazos y primeramente le adora como a su Dios; después le reprieta entre fajas: Le envolvió en pañales, dice San Lucas; y esto mismo canta la Iglesia cuando dice: Ata la Virgen Madre los miembros envueltos en pañales. He aquí Jesús niño, que obediente ofrece sus manecitas, ofrece los pies y y se deja fajar. Pondera como cada vez que el santo Infante permitía fajarse, pensaba en las cuerdas con que debía un día ser preso en el huerto, y las que debían atarle a la columna, y en los clavos que habían de fijarle en la cruz. Pensando de esta manera se ofrecía con la mayor voluntad a ser fajado, a fin de soltar nuestras almas de las cadenas del Infierno. Constreñido Jesús por aquellas fajas, dirigido a nosotros nos invita a estrecharnos con Él en los dulces lazos del amor; y vuelto al eterno Padre, le dice: «Padre mío, los hombres han abusado de su libertad, y  rebelándose contra Vos se han hecho esclavos del pecado; Yo para pagar su desobediencia quiero ser sujetado y estrechado por estas fajas. Desde estas ligaduras os ofrezco mi libertad a fin de que sea libertado el hombre de la esclavitud del demonio. Acepto estas fajas; ellas me son amadas, porque son semejanza de los cordeles con los que desde ahora me ofrezco a ser un día atado y conducido a la muerte por la salvación de los hombres. Sí, las ligaduras de Jesús fueron las fajas saludables para curar las llagas de nuestra alma: Víncula illíus, alligatúra salutáris (Eclesiástico VI, 31). Pues qué, ¡oh mi Jesús! Vos habeis querido ser estrechado entre las fajas por mi amor ? ¡Oh caridad, cuán grande es tu lazo, que pudo atar a Dios!, dice San Lorenzo Justiniano. ¡Oh amor divino, tú solo has podido hacer prisionero a mi Dios! Y yo, Señor, ¿rehusaré dejarme ligar de vuestro santo amor? Tendré en lo sucesivo valor de desatarme de vuestras amables y dulces cadenas? ¿Para qué? ¿Para hacerme esclavo del Infierno? Señor, Vos estais fajado en ese pesebre por mi amor; yo quiero estar para siempre ligado con Vos. Decía Santa María Magdalena de Pazzi, que la faja que nosotros debemos tomar es una firme resolución de estrecharnos con Dios por medio del amor, desasiéndonos al mismo tiempo del afecto a todo aquello que no es Dios. A este fin todavía parece que nuestro amante Jesús había querido dejarse, por decirlo así, ser atado y prisionero en el santísimo Sacramento del altar bajo las especies en que se oculta, a fin de ver sus amadas almas hechas prisioneras de su amor.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¿Y qué temor puedo yo jamás tener de vuestros castigos, oh amado Niño, cuando os veo sujeto entre las fajas privándoos, por decirlo así, de poder levantar la mano para castigarme? Vos en tal estado me dais a entender que no quereis afligirme si yo quiero soltarme de las cadenas de mis vicios у unirme con Vos. Sí, Jesús mío, quiero desatarme. Yo me arrepiento con toda el alma de haberme separado de Vos, sirviéndome malamente de aquella libertad que me habéis dado. Vos me ofrecísteis otra libertad más bella, libertad que suelta de las cadenas del demonio, y me coloca entre los hijos de Dios. Vos os habeis hecho aprisionar de estas fajas por amor mío; yo quiero ser tambien prisionero de vuestro grande amor. ¡Oh dichosas cadenas, oh hermosas insignias de salvación, que atais las almas con Dios! Ea, pues, estrechad vosotras mi pobre corazón, pero estrechadle tanto que no pueda en lo sucesivo separarse más del amor de este sumo bien, Jesús mío, yo os amo, a Vos me uno, a Vos doy todo mi corazón, toda mi voluntad. No, que no quiero dejaros ya, amado Señor mío. ¡Oh mi Salvador!, que por pagar mis deudas quisisteis no solo ser apretado entre las fajas por María, sí que permitísteis ser atado por los verdugos cual reo, y así atado andar por las calles de Jerusalén para ser llevado a la muerte cual corderillo inocente que va al matadero; Vos, que quisisteis ser enclavado en la cruz, y no la dejasteis sino después de haber dejado en ella la vida. ¡Ah!, no permitáis que yo haya de verme otra vez privado de vuestra gracia y de vuestro amor. ¡Oh María!, que sujetásteis un día entre las fajas a este Hijo inocente, sujetadme a mí también pecador. Atadme a Jesús, a fin de que no me aparte jamás de sus pies: a Él viva siempre unido, y unido muera, para que tenga después la dicha de entrar en aquella patria bienaventurada, donde nunca podré ni tendré temor de separarme de su santo amor.

domingo, 26 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA VIGESIMONOVENO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 29.ª (DÍA SEGUNDO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD): Jesús nació niño.
Considera cómo la primera señal que dio el Ángel a los pastores para hallar al Mesías recién nacido fue la de encontrarle en forma de niño: Inveniétis infántem pannis involútum (San Lucas II, 12). La pequeñez de los niños es un grande atractivo de amor, pero un atractivo mucho mayor debe ser para nosotros la pequeñez de Jesús, que siendo un Dios inmenso, se ha hecho chiquito por nuestro amor, como dice San Agustín (Tratado 22 sobre el Evangelio de San Juan). Adán compareció sobre la tierra en edad perfecta; mas el Verbo eterno quiso manifestarse infante, para atraerse de esta manera con mayor fuerza de amor nuestros corazones. Jesús no viene al mundo para infundir terror, sí para ser amado, y por eso en su primera aparicion quiere hacerse ver tierno y pobre niño. «Mi Señor es grande, y digno en gran manera de ser loado», decía San Bernardo (Sermón XLVII sobre los Cánticos); pero viéndole despues el Santo hecho pequeñito en el establo de Belen, añadía exclamando con ternura: «Chiquito es el Señor, y por ello muy digno de ser amado». ¡Ah!. y quien considere con fe a un Dios niño llorar y dar vagidos sobre la paja en una gruta, ¿cómo es posible que no le ame y no invite a todos a amarle, como invitaba San Francisco de Asis diciendo: «Amemos al Niño de Belén: amemos al Niño de Belen»? Él es infantito, no habla, sí que solo gime; pero ¡oh Dios!, que aquellos gemidos son voces todas de amor, con las que nos convida a amarle, y nos pide el corazón. Considera por otra parte que los niños se atraen los afectos también porque se reputan inocentes, aunque nazcan manchados de la culpa original. Mas Jesús nace niño inocente, santo, sin mancha alguna. Mi amado, decía la sagrada Esposa, es todo rubicundo por el amor, y cándido por la inocencia, puro de toda culpa, elegido entre miles: Diléctus meus cándidus et rubicúndus, eléctus ex míllibus (Cánticos V, 10). Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias porque, como dice San Gregorio, solamente en este no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del Cielo a comunicarnos esta su inocencia por medio de su Pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Eterno Padre, yo miserable pecador, reo del Infierno, no tengo qué ofreceros en satisfacción de mis pecados; os ofrezco, pues, las lágrimas, las penas, la Sangre, la muerte de este Niño que es vuestro Hijo, y por Él os suplico piedad. Si yo no tuviese este Hijo que ofreceros, sería perdido, no tendríais más que esperar de mí; pero Vos para esto me lo habeis dado, a fin de que ofreciéndoos los méritos suyos espere mi salvacion. ¡Señor!, grande ha sido mi ingratitud; pero es más grande vuestra misericordia. ¿Y qué mayor misericordia podía esperar, que tener de Vos en don a vuestro mismo Hijo, por mi Redentor y por víctima de mis pecados? Por amor, pues, de Jesucristo perdonadme todas las ofensas que os he hecho, de las cuales me arrepiento con todo el corazón por haber ofendido a Vos, bondad infinita. Y por amor de Jesucristo os pido la santa perseverancia. ¡Ah!, mi Dios, si yo os volviese a ofender después que me habéis esperado con tanta paciencia, me habéis socorrido con tantas luces, y me habéis perdonado con tanto amor, ¿no merecería un Infierno a propósito para mí? ¡Ah!, Padre mio, no me abandoneis. Yo tiemblo al pensar en las traiciones que os he hecho: ¿cuántas veces he prometido amaros, y después os he dado las espaldas? ¡Ah!, mi Creador, no permitáis que tenga yo que llorar la desgracia de verme nuevamente privado de vuestra amistad. No permitáis que me separe de Vos, no permitáis que me separe de Vos. Lo repito y quiero repetirlo hasta el último aliento de mi vida; y Vos dadme la gracia para siempre de repetiros esta misma súplica: Ne me permíttas separári a te. Jesús mío, mi amado Niño, encadenadme con vuestro amor. Os amo, y quiero siempre amaros. No permitáis que yo tenga que separarme más de vuestro amor. Amo tambien a Vos, Madre mía; amadme asimismo Vos. Y si me amais, esta es la gracia que me habéis de alcanzar, que ya no deje más de amar a Dios.

sábado, 25 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA VIGESIMOCTAVO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 28.ª (DÍA DE NAVIDAD): Del Nacimiento de Jesús.
El nacimiento de Jesucristo trajo una alegría general a todo el mundo. Él fue aquel Redentor deseado por tantos años y con tantos suspiros; que por esto fue llamado el Deseado de las gentes, y el deseo de los collados eternos. Héle; ya ha venido, y ha nacido en una pequeña cueva. Aquel gozo grande que el Ángel anunció a los pastores, hoy lo anuncia tambien a nosotros, y nos dice: Ecce evangelízo vobis gáudium magnum, gozo que será para todo el pueblo; porque hoy os es nacido el Salvador del mundo. ¡Qué gran fiesta se hace en un reino cuando nace al monarca su primogénito! Pues, mayor fiesta debemos hacer nosotros, viendo nacido al Hijo de Dios que ha venido del Cielo a visitarnos, movido de las entrañas de su misericordia. Nosotros estábamos perdidos, y he aquí que Él ha venido a salvarnos: el Pastor ha venido a salvar sus ovejuelas de la muerte, dando su vida por amor de ellas. El Cordero de Dios ha venido a sacrificarse por alcanzarnos la divina gracia, y para hacerse nuestro libertador, nuestra vida, nuestra luz, y aun nuestro alimento en el santísimo Sacramento. Dice San Agustín, que por esto Jesucristo al nacer quiso ser puesto en el pesebre donde hallaban pasto los animales; para darnos a entender que Él se hizo hombre a fin de hacerse Él mismo nuestra comida para la eternidad. Jesús, en efecto, nace todos los días en el Sacramento por medio del sacerdote y de la consagración. El altar es el pesebre, y allí vamos nosotros a alimentarnos de sus carnes. Alguno habrá que desee tener el santo Niño en los brazos, como le tuvo el santo viejo Simeón; pues cuando comulgamos nos enseña la fe que no solo en los brazos, sí que dentro de nuestro pecho está aquel mismo Jesús que estuvo en el pesebre de Belén; para esto Él ha nacido, para darse todo a nosotros: Párvulus natus est nobis, et Fílius datus est nobis.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Señor, yo soy la oveja que, por andar tras de mis placeres y caprichos, me he perdido miserablemente; mas Vos, oh Pastor y juntamente Cordero divino, sois aquel que habeis venido del Cielo a salvarme, sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados. Si yo, pues, quiero enmendarme, ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de Vos, mi Salvador, que habeis nacido de intento para salvarme? ¿Qué mayor señal de misericordia podíais darme, oh dulce Redentor mío, para inspirarme confianza, que daros Vos mismo? Yo os he hecho llorar en el establo de Belén; pero si Vos habeis venido a buscarme, yo me arrojo confiado a vuestros pies; y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre, reclinado sobre la paja, os reconozco por mi Rey y Soberano. Oigo ya esos vuestros dulces vagidos, que me convidan a amaros, y me piden el corazón. Aquí le tenéis, Jesús mío. Hoy lo presento a vuestros pies; mudadlo, inflamadlo Vos, que a este fin habéis venido al mundo, para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor. Oigo también que desde ese pesebre me decís: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y yo respondo: ¡Ah, Jesús mío!, y si no amo a Vos, que sois mi Dios y Señor, ¿a quién he de amar? No, amado Señor mío, yo todo me entrego a Vos, y os amo con todo el corazón. Yo os amo, yo os amo, yo os amo. ¡Oh sumo bien, oh único amor de mi alma! Ea, aceptadme por vuestro en este día, y no permitáis que haya de dejar de amaros. Reina mía, María, os pido por aquel consuelo que tuvísteis la primera vez que mirasteis nacido a vyestro Hijo, y le disteis los primeros abrazos, intercedáis con Él para que me acepte por hijo, y me encadene para siempre con el don de su santo amor.