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domingo, 23 de noviembre de 2025

ORACIÓN A SAN ATANASIO POR LA IGLESIA Y LA CONSERVACIÓN DE LA FE


¡Oh Atanasio!, te sentaste en la sede de San Marcos en Alejandría. Él salió de Roma para ir a fundar la segunda sede patriarcal: y tres siglos más tarde tú llegabas a Roma, sucesor de San Marcos, para obtener del sucesor de San Pedro que la injusticia y la herejía no prevalecieran contra esa silla augusta. Nuestro Occidente te admiró héroe sublime de la fe; te recibió en su seno; veneró en ti al noble desterrado, al confesor valeroso; y tu estancia en nuestras regiones quedó entre sus más caros y gloriosos recuerdos. 
  
Sé el abogado de las regiones en que otro tiempo se extendió tu jurisdicción de Patriarca y acuérdate también del apoyo y hospitalidad que te ofreció Occidente. Roma te protegió, tomó a pecho tu causa, promulgó la sentencia en que te declaraba inocente y te restituía tus derechos; desde las alturas de los cielos devuélvela cuanto hizo por ti; sostén y alienta a su Pontífice, sucesor del Papa Julio I, que te ayudó hace ya diez y seis siglos. Una terrible tempestad se ha desencadenado contra la roca que sostiene a todas las iglesias y el iris de paz no brilla aún en las nubes. Ruega, oh Atanasio, para que estos tristes días sean abreviados y que la silla de Pedro deje de ser el blanco de los ataques de mentira y de la violencia que a la vez son objeto de escándalo pará los pueblos.
   
Tus trabajos, oh gran doctor, ahogaron el arrianismo; pero esta odiosa herejía ha levantado la cabeza en estos días. Extiende sus estragos a favor de esa caricatura de ciencia que se une al orgullo y que ha llegado a ser el gran peligro de los tiempos presentes. El Hijo eterno de Dios, consubstancial al Padre, es blasfemado por los adeptos de una filosofía perniciosa que no tiene inconveniente en ver en Él al primero de todos los hermanos, con tal de afirmar que sólo fue hombre. En vano la razón y la experiencia demuestran que todo es sobrenatural en Jesús; ellos se obstinan en cerrar los ojos, y llenos de mala fe, a un lenguaje de admiración hipócrita mezclan el desprecio por la fe cristiana que reconoce en el Hijo de María al Verbo eterno, encarnado para la salvación de los hombres. Confunde a los nuevos arríanos, pón al descubierto su soberbia debilidad y sus artificios; disipa ilusión de sus desgraciados adeptos; que al fin sea reconocido que esos pretendidos sabios que se atreven a blasfemar de la divinidad de Cristo, van a perderse en los vergonzosos abismos del panteísmo, o en el caos del escepticismo, en cuyo seno desaparece toda moral y toda inteligencia se apaga.
  
Conserva en nosotros, por tus méritos y oraciones, el don precioso de la fe que el Señor se dignó confiarnos; alcánzanos que confesemos y adoremos siempre a Jesucristo como a nuestro Dios eterno e infinito, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, que se dignó tomar carne de María por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Revélanos sus grandezas hasta el día en que podamos contemplarlas contigo en la gloria. Entretanto conversaremos con Él por la fe sobre esta tierra testigo de los esplendores de su resurrección.
 
Amaste a este Hijo de Dios, Creador y Salvador nuestro. Su amor fué el alma de tu vida, el móvil de tu consagración heroica a su servicio. Ese amor te sostuvo en las luchas en que el mundo entero parecía conspirado contra ti; te hizo más fuerte que todas las tribulaciones; alcanza para nosotros ese amor que nada teme porque es fiel, ese amor que debemos a Jesús, que siendo el esplendor eterno del Padre, su sabiduría infinita, se dignó humillarse hasta tomar la forma de esclavo, y hacerse por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Filip. II, 8). ¡Cómo pagaríamos su entrega por nosotros sino dándole todo nuestro amor a ejemplo tuyo, y celebrando tanto más sus grandezas, cuanto más Él se humilló por nosotros!

DOM PROSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico, tomo III (Traducción Española). Editorial Aldecoa, Burgos 1956, págs. 764-766.

miércoles, 20 de agosto de 2025

ORACIÓN A SAN BERNARDO POR LA ASUNCIÓN DE MARÍA

Aparición de la Virgen a San Bernardo (Bartolomé Esteban Murillo. Madrid, Museo del Prado).
   
Era muy apropiado que el heraldo de la Madre de Dios siguiera de cerca su carro triunfal; entrando al Cielo durante su brillante Octava, os deleitasteis en perderos en la gloria de aquella cuya grandeza proclamásteis en la tierra. Sed nuestro protector en su corte; atraed sus ojos maternales hacia el Císter; en su nombre salvad a la Iglesia una vez más, y proteged al Vicario de Cristo.
   
Pero hoy, en vez de rogar a vos, vos nos invitáis a cantar a María y rogar a ella con vos; y el homenaje más agradable a vos, ¡oh Bernardo!, es que debamos aprovechar por vuestros escritos sublimes y admirar a la Virgen que, «hoy, ascendiendo gloriosa al Cielo, puso el toque final a la felicidad de los ciudadanos celestiales. Resplandeciente como era ya, el Cielo se hizo refulgente con nuevo brillo por por la luz de la antorcha virginal. La acción de gracias y la alabanza resuenan en lo alto. ¿Y no deberíamos nosotros en este exilio participar del gozo de nuestra patria? No teniendo aquí una morada definitiva, buscamos la ciudad donde la Santísima Virgen ha arribado a esta misma hora. Ciudadanos de Jerusalén, es justo que desde las orillas de este río de Babilonia, debemos pensar con dilatados corazones del desbordante río de gozo, del cual algunas gotas son asperjadas hoy en la tierra. Nuestra Reina partió antes que nosotros; la recepción que la dieron nos alienta a nosotros que somos sus seguidores y sirvientes. Nuestra caravana será bien tratada con respecto a la salvación, porque ella es precedida por la Madre de misericordia como abogada ante el Juez su Hijo» [1].
  
«Si alguno recuerda haberos invocado en vano alguna vez en sus necesidades, ¡oh Virgen Bienaventurada!, sea silente sobre vuestra misericordia. En cuanto a nosotros, vuestros ínfimos siervos, alabamos vuestras otras virtudes, pero por esta nos congratulamos. Alabamos vuestra virginidad y admiramos vuestra humildad, pero vuestra misericordia es la más dulce para los desdichados, porque la abrazamos más amorosamente, más frecuentemente pensamos en ella, y la invocamos incesantemente. ¿Quién puede narrar lo largo y lo ancho, lo alto y lo profundo en Vos, ¡oh Bienaventurada!? Su largo, porque se extiende hasta el último día; su ancho, porque cubre toda la tierra; su altura y profundidad porque ha llenado el Cielo y vaciado el infierno. Vos sois tan poderosa como misericordiosa; y habiéndoos ahora reunido con vuestro Hijo, manifestad al mundo la gracia que habéis hallado ante Dios: obtened el perdón para los pecadores, la salud a los enfermos, fortaleza para los débiles, la consolación para los afligidos, y el auxilio y la liberación para los que están en cualquier peligro» [2], ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! [3].
   
DOM PRÓSPERO GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico (edición inglesa), tomo XIV (Tiempo después de Pentecostés, parte IV). Londres, Burns & Oates, 1901 págs. 487-489.
   
NOTAS
[1] Sermón 1.º de la Asunción de la Virgen.
[2] Sermón 4.º de la Asunción de la Virgen.
[3] Una tradición de la catedral de Espira atribuye a San Bernardo la adición de este triple grito del corazón a la Salve Regína.

miércoles, 16 de julio de 2025

PLEGARIA POR LA ORDEN CARMELITA


Reina del Carmelo, recibe hoy los votos de la Iglesia terrestre. Fuiste la única esperanza del mundo cuando gemía en una angustiosa espera sin fin. Impotente para penetrar aún tus grandezas, quiso a pesar de eso, adornarte con los más preciosos símbolos bajo este mundo de figuras; el reconocimiento anticipado mezclado de admiración, sirvió para crearte como una aureola sobrehumana de todas perfecciones de belleza, de fuerza y gracia que sugiere la vista de los lugares tan encantadores, de campiñas en flor, de cumbres pobladas de árboles, de valles fértiles, de este Carmelo principalmente que significa jardín de Dios. En su cumbre nuestros padres, que sabían que la Sabiduría tiene su trono en la nube adelantaron sus ardientes deseos al signo salvador; y allí, debido a sus plegarias, se les dió lo que la Escritura llama ciencia perfecta y que designa como el conocimiento de los grandes caminos de las nubes. Y cuando Aquel que hace su carroza y su palacio de la oscuridad de la nube, se manifestó por ella en un recuerdo no lejano a la vista penetrante del Padre de los Profetas, se vió unirse a los más altos personajes de la humanidad en un grupo selecto en las soledades de la montaña bendita, como antiguamente Israel en el desierto, para observar los menores movimientos de la nube misteriosa, recibir de ella la única dirección en las veredas de esta vida, su única luz en la larga noche de esperas.

Oh María, que desde entonces presides las velas de los soldados de Cristo y nunca les has faltado un solo día desde que Dios descendió verdaderamente por ti, no sólo cubres la región de Judea sino a toda la tierra con una nube cargada de un sinnúmero de bendiciones. Los hijos de los profetas lo experimentaron cuando la tierra de los profetas se hizo infiel, y tuvieron que llevar un día a otros lugares sus costumbres y tradiciones; comprobaron que el rocío fecundador de la nube del Carmelo llegaría hasta Occidente, que su protección se dejaría sentir en todas partes. Esta fiesta, oh Madre divina, es el momento auténtico de su reconocimiento, acrecentado después con nuevas bendiciones, cuya munificencia acompañó a este otro éxodo de los últimos restos de Israel. Y nosotros los hijos de la vieja Europa con razón transmitimos el eco de su piadosa alegría; porque desde que las tiendas fueron levantadas alrededor de las colinas donde la nueva Sión fué edificada sobre Pedro, se ha esparcido por todas partes su lluvia llena de bendiciones, lanzando al abismo las llamas eternas, y apagando los ardores del lugar de la expiación.

Oh Madre de la divina gracia, dígnate pagar a esta Orden la deuda de nuestro agradecimiento puesto que estamos unidos en el mutuo agradecimiento hacia ti. Protégela y consérvala en estos desgraciados tiempos. Que no sólo el viejo tronco mantenga la savia escondida en sus profundas raices, sino que también las vetustas ramas vean gozosas el advenimiento de las nuevas que llevan en sí las flores y los frutos como los llevaron sus antecesores. Conserva en sus hijos el espíritu de soledad y contemplación que tuvieron sus padres a la sombra de la nube; haz que sus hijos sean también fieles a las tradiciones de sus predecesores en todos los lugares que el Espíritu Santo les ha esparcido para conjurar al huracán y atraer las bendiciones de la nube misteriosa. Ojalá los austeros perfumes de la montaña santa continúen purificando a su alrededor el aire corrompido por tantas miasmas; y por fin que el Carmelo ofrezca a su Esposo sus almas virginales, sus corazones puros, sus bellas flores que tiene la satisfacción de plantar en el jardín del Señor.
  
DOM PROSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico, tomo IV (Traducción Española). Editorial Aldecoa, Burgos 1956, Págs. 592-595.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

LAS TÉMPORAS DE ADVIENTO, ANTÍDOTO CONTRA LA FALSA NAVIDAD MUNDANA

Traducción del artículo publicado en WM REVIEW.
   
El mundo anticipa despiadamente su falsa Navidad a lo largo de Diciembre, insistiendo que participemos en ella, y el ayuno de las Témporas de Adviento ofrece un antídoto.
    
Las Témporas de Adviento nos ofrecen el antídoto a la despiadada anticipación de la Navidad en el mundo moderno.

Se supone que el Adviento sea un peíodo grave de oración, penitencia y preparación. Pero entre el ajetreo de las compras navideñas y las reuniones familiares, y la insistencia de todos en que comencemos a celebrar la Navidad temprano, puede ser una verdadera lucha pasar el Adviento con algún tipo de recogimiento.

En Adviento, estos tres días caen en el miércoles, viernes y sábado después de la fiesta de Santa Lucía (13 de Diciembre), y nos ofrece la oportunidad para restablecer nuestro enfoque hacia la temporada de preparación, que puede haberse relajado en medio de tanto caos.

También pueden servir como testimonio católico contra la invasión de la Navidad secular en la santa temporada de Adviento. Como suelen caer alrededor del 17 de Diciembre (y el comienzo de las Antífonas de la Oh), podemos usar las Témporas como un momento para centrarnos nuevamente en la verdadera cuenta regresiva hacia la Navidad y la venida de Cristo.

Pero ¿de dónde surgen los Días de las Témporas y qué significan?
  
Historia y analogías de los días de las Témporas
La liturgia romana conmemora las Témporas con ayuno y penitencia cuatro veces al año, en cada estación o trimestre.
  
Los judíos también observaban algo similar: ayunaban en el cuarto, quinto, séptimo y décimo mes (Tamuz, Av, Tishri y Tevet; en julio, agosto, octubre y enero respectivamente). Estos ayunos marcaban los siguientes acontecimientos:
  • Shivá Asar BeTamuz (שִבְעָה עָשָׂר בְּתַמּוּז, el 17 de Tamuz): la ruptura de las tablas de la Ley por parte de Moisés y la ruptura de los muros de Jerusalén por parte de Roma y Babilonia (aparentemente en la misma fecha del calendario).
  • Tisha b’Av (תִּשְׁעָה בְּאָב, el 9 de Av): Destrucción del Templo por Nabucodonosor (Nabucodonosor) y por Tito, así como el decreto de Dios de que la generación de israelitas en el desierto no entraría en la Tierra Prometida (porque se resistieron al relato de los espías de Josué). Al parecer fue también la fecha de la derrota del pseudomesías Simón bar Kojba, y de varias otras dificultades para el pueblo judío (como su expulsión de Inglaterra en 1290 y de España en 1492).
  • Tsom Guedaliá (צוֹם גְּדָלִיָּה, el 3 ó 4 de Tishrei, el día después de Rosh Hashaná): La muerte del gobernador Gedalías y la dispersión de los judíos restantes en la Tierra Santa mientras la mayoría estaban en el exilio en Babilonia.
  • Asará b’Tevet (עֲשָׂרָה בְּטֵבֵת, el 10 de Tevet): Los cautivos con Ezequiel al enterarse de la destrucción del Templo [1], así como la traducción de la Septuaginta (lamentada por algunos rabinos) y la muerte de Esdras el escriba.
Sin embargo, por más interesantes que sean estos paralelismos, la Iglesia —y particularmente la Iglesia romana— celebra las Témporas en diferentes momentos del año y por diferentes razones.

Las estaciones y la agricultura
Esto se puede deducir de su nombre. El inglés “Ember” es una corrupción del latín témpora (tiempos) y los ayunos se denominan “Quáttuor Témpora” en latín, que significa “los cuatro tiempos”. Están vinculados a las cuatro estaciones:
  • Adviento (Invierno, para sembrar)
  • Cuaresma (primavera)
  • Pentecostés (Verano, para la cosecha)
  • Septiembre (Otoño, para la cosecha del vino)
Más precisamente, caen los miércoles, viernes y sábados…
  • Tras la fiesta de Santa Lucía (13 de diciembre)
  • En la primera semana de Cuaresma [2]
  • En la Octava de Pentecostés
  • Después de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) [3].
Estas fechas se resumen en dos pintorescas rimas folclóricas:
«Lent, Penty, Crucy, Lucie».
O más dramáticamente:
«Días de ayuno y de reposo durante
la Cuaresma, Pentecostés, Santa Cruz y Santa Lucía».
(Junto con estas rimas, he incluido algo más de folclore sobre los Días de Témporas al final de esta pieza).

El propósito inmediato e histórico de las Témporas puede haber sido implorar la bendición de Dios sobre el ciclo agrícola, mediante la observancia del ayuno y la penitencia. La Enciclopedia Católica ofrece la siguiente posible explicación:
«El fin de su introducción, además del general que toda oración y ayuno pretende, fue agradecer a Dios por los dones de la naturaleza, enseñar a los hombres a utilizarlos con moderación y ayudar a los necesitados.

La causa inmediata fue la práctica de los paganos de Roma. Los romanos se dedicaron originalmente a la agricultura y sus dioses nativos pertenecían a la misma clase.

Al principio de la época de la siembra y la cosecha se celebraban ceremonias religiosas para implorar la ayuda de sus deidades: en junio para una cosecha abundante, en septiembre para una vendimia rica y en diciembre para la siembra; de ahí sus fériæ sementívæ, fériæ messis y fériæ vindimiáles.
  
La Iglesia, al convertir a las naciones paganas, siempre ha tratado de santificar cualquier práctica que pudiera utilizarse para un buen propósito» [4].
Como sugiere esta sección, la celebración de estos ayunos es una práctica muy particularmente romana.

Románitas de los Días de Témpora
Antes de Gelasio (492-496) las témporas sólo se conocían en Roma, pero después de su época su observancia se extendió.
   
Fueron traídas a Inglaterra por San Agustín; a la Galia y Alemania por los carolingios. España las adoptó con la liturgia romana en el siglo XI. Fueron introducidas en Milán por San Carlos Borromeo. La Iglesia Oriental no las conoce [5] (esta mención de San Agustín de Canterbury debería recordar a los ingleses que las Témporas fueron parte de la vida de nuestra nación desde sus inicios).

El Liber Pontificális (siglo IX) los atribuye al Papa Calixto (217-222), pero Merhsman afirma que probablemente sean anteriores [6].

Sin embargo, aunque su observancia es esencialmente romana, varias autoridades importantes sostienen que en realidad son de origen apostólico. Dom Próspero Guéranger OSB escribe:
«Su introducción en la Iglesia cristiana parece haber tenido lugar en los tiempos apostólicos; tal es, al menos, la opinión de San León, de San Isidoro de Sevilla, de Rábano Mauro y de varios otros escritores cristianos antiguos» [7].
Dada su naturaleza romana, presumiblemente se refiere a San Pedro en particular. Pero, ya sea que hayan sido instituidas por los Apóstoles, sean antiguas costumbres del pueblo romano que han sido santificadas por la Iglesia, o ambas cosas, la observancia de las Témporas es un privilegio particular de los católicos romanos, del rito latino.

Es una gran vergüenza que la observancia de estos antiguos días de ayuno haya llegado a ser vista como una debilidad o irrelevancia hoy en día, incluso por algunos tradicionalistas.

Lo mismo podría aplicarse al tiempo de Cuaresma y a las vigilias de las fiestas principales, que (junto con las Témporas) Santo Tomás señala como los tres períodos de ayuno para la Iglesia romana.

El ayuno de las Témporas como ayuda para revisar nuestras vidas
Un punto central del Adviento es la venida de Cristo en gloria para juzgar a todos los hombres al final del mundo. Un corolario de esto es que Cristo juzgará a cada uno de nosotros individualmente en el momento de nuestra muerte. El ayuno es una preparación crucial para ese momento, tanto en términos de expiación y reparación por nuestros pecados, como en términos de una creciente conciencia de nuestro estado.

Por eso el ayuno es un mandamiento de la ley natural y la Iglesia lo codifica a través de la ley eclesiástica positiva. Josef Pieper escribe:
«Leemos en Santo Tomás de Aquino, “maestro universal” de la Iglesia, que el ayuno es un mandamiento de la ley natural, destinado específicamente al cristiano medio.

En este punto es importante recordar que para Santo Tomás la “ley natural” es la fuente fundamental de la obligación. La ley moral natural es el “deber” último, dado y establecido directamente en la naturaleza de la realidad creada, y como tal dotada de supremo poder vinculante.
    
Por tanto, las normas del ayuno se remontan a esta obligación fundamental y constituyen sólo una forma más precisa definida, modificada según las circunstancias temporales y las costumbres predominantes» [8].
El ayuno es bueno para nosotros en muchos sentidos. Pieper añade que sin el ayuno, nadie que no sea ya perfecto es incapaz de preservar «ese orden interior en virtud del cual se mantiene bajo control la turbulencia de la sensualidad y se libera el espíritu para que pueda elevarse hacia la zona de su adecuada realización y satisfacción» [9].
  
Un objetivo fundamental de este ayuno es poder ver con claridad; en concreto, poder ver la realidad, el orden de la razón y las cosas como realmente son. Es un lugar común que todas las formas de intemperancia nos impiden ver con claridad y nos ciegan a la realidad y a la razón. El ayuno es parte del intento de deshacer este efecto nocivo.
  
Pero además de santificar las estaciones y el año agrícola, las Témporas nos dan la oportunidad de reflexionar sobre el pasado, es decir, sobre los últimos tres meses.

Son nuestra oportunidad de hacer alguna penitencia por los pecados que hemos cometido durante la temporada anterior, y también de hacer alguna penitencia en acción de gracias por las diversas bendiciones de estos meses.

Los Días de Témporas son también una oportunidad para pensar en el presente y dónde estamos ahora.

También nos dan la oportunidad de pensar en el futuro y en los próximos tres meses. ¿Qué queremos lograr en este tiempo y dónde queremos estar? ¿Qué pecados no queremos expiar la próxima vez que lleguen los ayunos?

Estos tres días son quizás un buen momento para hacer el primer y segundo ejercicio de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, y colocarnos al pie de la cruz con las siguientes preguntas:
  • ¿Qué he hecho por Cristo?
  • ¿Qué estoy haciendo por Cristo?
  • ¿Qué debo hacer por Cristo?
El Papa San León Magno en las Témporas
La propia Liturgia Romana nos ofrece los siguientes textos del Papa San León Magno, particularmente para las Témporas de Adviento, aunque sus palabras se aplican a cada una de las cuatro estaciones:
«Queridos hermanos, con el cuidado que nos corresponde como pastores de vuestras almas, os exhortamos a la estricta observancia de este ayuno de diciembre. El mes de diciembre ha llegado de nuevo, y con él esta devota costumbre de la Iglesia.

Ya hemos recogido todos los frutos del año que está por terminar, y es muy oportuno ofrecer a Dios nuestra abstinencia como sacrificio de acción de gracias. ¿Y qué puede ser más útil que el ayuno, ese ejercicio mediante el cual nos acercamos a Dios, nos oponemos al diablo y vencemos las tentaciones más suaves del pecado?

El ayuno ha sido siempre el pan de la fortaleza. De la abstinencia proceden los pensamientos puros, los deseos razonables y los consejos sanos. Por las mortificaciones voluntarias la carne muere a la concupiscencia y el alma se renueva en fuerza. Pero como el ayuno no es el único medio por el que obtenemos salud para nuestras almas, añadamos a nuestro ayuno obras de misericordia. Gastemos en buenas obras lo que tomamos de las indulgencias. Que nuestro ayuno sea el banquete de los pobres.

Defendamos a la viuda y sirvamos al huérfano; confortemos al afligido y reconciliemos al alejado; acojamos al errante y socorramos al oprimido; vistamos al desnudo y acariciemos al enfermo. ¡Y que cada uno de nosotros que ofrezca al Dios de toda bondad este sacrificio de Adviento de ayuno y limosna sea por Él apto para recibir una recompensa eterna en su reino celestial!

Ayunamos el miércoles y el viernes, y el sábado tenemos vigilia en la iglesia de San Pedro, para que, por sus buenas oraciones, obtengamos más eficazmente lo que pedimos, por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por los siglos de los siglos. Amén» [10].
Al predicar en las Témporas de Otoño, el mismo santo Pontífice subrayó la importancia de la penitencia corporativa y comunitaria:
«Aunque sea lícito a cada uno de nosotros castigar su cuerpo con castigos autoimpuestos y reprimir con mayor o menor severidad las concupiscencias de la carne que batallan contra el espíritu, es necesario, sin embargo, que en ciertos días se celebre un ayuno general por todos.

La devoción es tanto más eficaz y santa cuanto toda la Iglesia se dedica a las obras de piedad con un solo espíritu y una sola alma. En efecto, todo lo que es de carácter público es preferible a lo privado, y es evidente que tanto mayor es el interés en juego cuanto más se comprometen todos.

En cuanto a los esfuerzos individuales, que cada uno mantenga su fervor en ellos; que cada uno, implorando la ayuda de la protección divina, tome para sí la armadura celestial, con la que resistir las trampas puestas por los espíritus de maldad; pero, el soldado de la Iglesia, (el soldado que tiene el espíritu de la Iglesia, ecclesiásticus miles), aunque pueda actuar valientemente en sus propios combates privados (speciálibus prœ́liis), sin embargo luchará, con mayor seguridad y con mayor éxito, cuando se enfrente al enemigo en un combate público; porque en ese combate público, no solo tiene su propio valor en el que confiar, sino que, bajo el liderazgo de un Rey que nunca puede ser conquistado, está en la batalla peleada por todos sus compañeros soldados, y, al estar en su compañía y filas, tiene una comunidad de ayuda mutua» [11].
Otro año, predicó en la misma ocasión:
«El pueblo de Dios nunca es tan poderoso como cuando los corazones de todos los fieles se unen en la unidad de la santa obediencia, y cuando, en el campamento cristiano, hay una misma preparación hecha por todos y un mismo baluarte que nos cubre a todos. […]

Elevemos nuestros corazones, retirémonos de las ocupaciones mundanas y robemos algún tiempo para fomentar nuestros bienes eternos. […]

La remisión más plena del pecado se obtiene cuando toda la Iglesia está en la misma oración y en la misma confesión; porque si el Señor promete que cuando dos o tres, con una santa y piadosa unanimidad, se pongan de acuerdo para pedirle cualquier cosa, les será concedida (Mt. 18, 19-20), ¿qué hay que se le pueda negar a un pueblo de muchos miles, que están todos igualmente comprometidos en observar una misma práctica de religión, y están, con un común acuerdo, orando con un mismo espíritu?

A los ojos de Dios, mis amados, es un espectáculo grande y precioso cuando todo el pueblo de Cristo se dedica seriamente a los mismos oficios y, sin distinción alguna, hombres y mujeres de todo grado y orden trabajan todos juntos con un solo corazón. 

Apartarse del mal y hacer el bien (Sal. 33, 15), esa es la única y misma determinación de todos. Todos dan gloria a Dios por las obras que realiza en sus siervos. Todos se unen para dar gracias de corazón al Dador amoroso de todas las bendiciones. Los hambrientos son alimentados; los desnudos son vestidos; los enfermos son visitados; y nadie busca su propio beneficio, sino el de los demás. […]

Abracemos, pues, esta bendita solidez de la santa unidad, y con un solo acuerdo de la misma buena voluntad, entremos en este solemne ayuno» [12].

Este aspecto de la penitencia comunitaria como medio para obtener el bien común nos señala un elemento final de las Témporas más allá de la consagración de las estaciones y los ciclos agrícolas.

Ese elemento, tan relevante en nuestro tiempo, es la concesión del Orden Sagrado.
  
Conclusión: Las Témporas, el Orden Sagrado, las Vocaciones y los Sacramentos Válidos
Toda la conversación sobre agricultura debería dirigir nuestra mente a la cosecha espiritual, por la cual Cristo nos dice que oremos para que Dios envíe obreros.

Santo Tomás de Aquino escribe:
«Además, es costumbre en la Iglesia que las órdenes sagradas se confieran cada trimestre del año […] y entonces tanto el ordenante como los candidatos a la ordenación, e incluso todo el pueblo, para cuyo bien son ordenados, necesitan ayunar para prepararse para la ordenación.

Por eso se refiere (Luc. 6, 12) que antes de escoger a sus discípulos, nuestro Señor “se fue al monte a orar"; y Ambrosio, comentando estas palabras, dice: “¿Qué debes hacer cuando deseas emprender alguna obra piadosa, ya que Cristo oró antes de enviar a sus apóstoles?"» [13].

Se pueden ver vestigios de este vínculo con las ordenaciones en las liturgias del Sábado de Témpora, en las que se confería un orden determinado entre las lecturas. Guéranger sugiere que durante mucho tiempo, diciembre fue el único momento en que se impartían las Órdenes Sagradas en Roma, el Sábado de Témpora de Adviento, el único sábado de Témpora que tiene siete lecturas en lugar de seis.

Como hemos visto más arriba, el Papa San León decía que la oración y la penitencia que ofrece toda la Iglesia en las Témporas y otros días semejantes son especialmente eficaces ante Dios.

En este tiempo que vivimos, no hay duda de que necesitamos orar para que el Señor envíe obreros a la mies y pastores a las ovejas.

Debemos orar para que nos envíe sacerdotes, muchos sacerdotes y muchos sacerdotes santos. Como dice la oración:
Oh Señor, concédenos sacerdotes
Oh Señor, concédenos sacerdotes santos
Oh Señor, concédenos muchos sacerdotes santos
Oh Señor, concédenos muchas y santas vocaciones religiosas.
San Pío X, ruega por nosotros.

Desgraciadamente, en esta fase de crisis de la Iglesia, parece necesario también que le pidamos que nos envíe sacerdotes válidamente ordenados, cuyas órdenes no dependan en absoluto de los nuevos ritos (en el mejor de los casos) dudosamente válidos de Pablo VI.

También debemos orar y hacer penitencia por los sacerdotes que tenemos y que ofrecen sus vidas por nuestra enseñanza y santificación.

Por último, algunas palabras para los jóvenes católicos de mente sana y de buena salud física y moral.

Dejemos de lado la introspección propia del discernimiento vocacional moderno y la espera de que aparezca una voz interior. Es perder el tiempo.

Muchos de nosotros hemos conocido a personas que pasan años en la “cultura del discernimiento público” y se han convertido en protagonistas de su propia telenovela dramática. A veces, incluso tienen un interés romántico a cuestas. Nada de esto conduce a nada en absoluto.

En todo caso, la vocación se discierne fundamentalmente en el seminario (o en el monasterio) y no fuera de él. Sin duda, incluso encontrar una institución adecuada puede resultar difícil en nuestra situación actual; pero si perseveramos en la oración, entonces estoy seguro de que Dios proveerá.

Procura obtener una copia del libro La vocación religiosa: un misterio innecesario del padre Richard Butler (o algo similar) y, si las condiciones lo permiten, toma medidas concretas para ingresar en el seminario. Lo mismo se aplica a los hombres y a las mujeres en lo que respecta a la vida religiosa.

Contrariamente a lo que te hayan podido decir, no hay vergüenza en dejar el seminario o el monasterio si se decide que no tienes vocación.

También, contrariamente a lo que quizás le hayan dicho, el matrimonio no es en modo alguno una vida de ocio ni una forma de evitar el sacrificio. No hay forma de evitar el sacrificio en esta vida.

Así que, si podéis probar una vocación, entonces —por amor a Dios y a su santa Iglesia— ¡hacedlo!

Y mientras tanto, escuchemos nuevamente las palabras de Pieper sobre el ayuno, y apliquémoslas a la observancia de las Témporas de este Adviento:
«Hiláritas mentis – alegría de corazón».
El dogma cristiano relaciona esta noción más estrechamente con la forma primitiva de ascetismo, el ayuno. Esta conexión se basa en el Nuevo Testamento, en la advertencia del Señor, proclamada por la Iglesia todos los años al comienzo de la Cuaresma: «Cuando ayunéis, no os mostréis con semblante triste» (Mt 6, 16) […].

Sin embargo, la alegría de corazón es la marca del altruismo. Con esta señal y sello uno puede reconocer con seguridad que se ha acabado con la hipocresía y con todo tipo de egocentrismo tenso [14].

***

Folklore divertido sobre los días de las Témporas
Con un agradecimiento a Tim Goodwin de Almanac.com, las siguientes máximas y supersticiones se encuentran en Beliefs and Superstitions of the Pennsylvania Germans de Edwin Miller Fogel:
11 – Las personas nacidas en días de las Témporas pueden ver fantasmas.
571 – Si te lavas el miércoles más cercano a un día de las Témporas y te enfermas, nunca te pondrás bien.
950 – El grano tendrá un precio alto si los días de las Témporas llegan tarde en el mes.
1195 – La lluvia en un día de las Témporas es seguida por tres semanas de lluvia.
1196 – El clima tres días antes del día de las Témporas predice el clima para el siguiente trimestre.
1305 – No debes descuartizar carne en un día de las Témporas, pero puedes cortarla.
1306 – Lavar en un día de las Témporas es de mala suerte.
1307 – Nunca cures carne en un día de las Témporas.
1308 – Nunca sacrifiques ganado en un día de las Témporas.
1309 – Te enfermarás si lavas en un día de las Témporas.
1310 – Si te lavas en un día de las Témporas, una cabeza de ganado morirá.
1311 – Si lavas un día de Témporas, ninguno de tus ganados morirá hasta el siguiente día de Témporas.
1312 – Morirán durante el año tantas reses como las que se sacrifiquen en cualquier día de Témporas.

NOTAS
[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 147, art. 5.
[2] En un principio, parece que sólo había tres grupos de Témporas, en verano, otoño e invierno, y que la cuarta ya estaba en vigor a más tardar en el siglo V. En cualquier caso, las Témporas de primavera se encuentran ya en el período de ayuno de la Cuaresma, como explica Dom Prosper Guéranger:
«Debemos recordar que en primavera, estas Jornadas caen siempre en la primera semana de Cuaresma, período ya consagrado al más riguroso ayuno y abstinencia, y que, por consiguiente, nada podrían añadir a los ejercicios penitenciales de esa parte del año» [Dom Prosper Guéranger, El Año Litúrgico, para el Miércoles de Témporas, Adviento.
[3] Ahora, tras una reforma del calendario llevada a cabo por Juan XXIII, existe cierta confusión sobre cómo se debe calcular este dato. A veces, los cambios de Juan XXIII colocan las Témporas de otoño una semana después de lo que hubieran sido antes. Es interesante que incluso el Vaticano moderno, al instituir el calendario para los Ordinariatos Anglicanos, haya vuelto al antiguo método de calcular la fecha de las Témporas de otoño.
[4] Mershman, F. (1909). Voz “Ember Days”. En The Catholic Encyclopedia. Nueva York: Robert Appleton Company.  http://www.newadvent.org/cathen/05399b.htm
[5] Ibídem.
[6] Ibídem.
[7] Guéranger, Témporas, Adviento.
[8] Pieper, Las cuatro virtudes cardinales, págs. 180-181.
[9] Ibíd., 181.
[10] Lecciones IV-VI, Tercer Domingo de Adviento
[11] Guéranger, Témporas de septiembre.
[12] San León Magno, Sermón III, Del ayuno del mes séptimo. Ibíd.
[13] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 147, art. 5.
[14] Op. Cit., págs. 184-185.

martes, 2 de julio de 2024

SECUENCIA “Veni præcélsa Dómina” DE LA VISITACIÓN DE MARÍA


La fiesta de la Visitación de María, que existía en el calendario franciscano, fue instituida en 1389 por el Papa Urbano VI de Roma a pedido del arzobispo de Praga Juan de Jenštejn para pedir por la solución del Cisma Occidental, y es uno de los pocos casos en que, sin ser una Misa votiva, fue incorporada al Misal y el Calendario Romano después que Pío IX regresara de su exilio en 1849.

En misales como el de Utrecht, el propio de la Misa incluía la secuencia “Veni præcélsa Dómina”, de la cual comenta Dom Prosper Guéranger OSB en su magna obra El Año Litúrgico (edición inglesa), Vol. 12, pág. 417:
«Los siglos XIV y XV han celebrado, con agradables composiciones, el misterio de este día. El siguiente himno, por sus fervorosas expresiones de tierna piedad hacia la Madre de Dios, excitó particularmente sobremanera la cólera de los pretendidos reformadores. Lo que especialmente despertó su ira fue el llamado a la unidad que dirige a los errantes […] María es invocada en forma similar, en otras fórmulas de este período y propios de la misma fiesta, como la luz que disipa las nubes, y la que pone fin a los cismas».

LATÍN
Veni præcélsa Dómina,
María tu nos vísita
Ægras mentes illúmina
Per sacræ vitæ múnia.

Veni salvátrix sǽculi,
Sordes áufer piáculi,
In visitándo pópulum,
Pœnæ tollas perículum. 

Veni regína géntium,
Dele flammas reátuum,
Rege quemcúmque dévium,
Da vitam innocéntium.

Veni et ægros vísites,
María, vires róbores
Virtúte sacri ímpetus,
Ne fluctuétur ánimus.

Veni stella, lux márium,
Infúnde pacis rádium:
Exsúltet cor in gáudium
Joánnis ante Dóminum.

Veni virga regálium,
Reduc fluctus errántium
Ad unitátem fídei
In qua salvántur cǽlici.

Veni, depósce Spíritus
Sancti dona propénsius,
Ut dirigámur réctius
In hujus vitæ áctibus.

Veni, laudémus Fílium,
Laudémus Sanctum Spíritum,
Laudémus Patrem únicum,
Qui nobis det auxílium.
Amen. Allelúja.

TRADUCCIÓN
Ven, soberana Señora,
Oh María, ven a visitarnos,
Por los deberes de tu vida sagrada
Ilumina nuestras almas enfermas.
  
Ven, oh Salvadora del mundo,
Aleja la inmundicia del pecado,
Y visitando a tu pueblo,
Remueve el peligro del castigo.
   
Ven, oh Reina de las naciones,
Extingue las llamas de la culpa,
Dirige lo que esté desviado,
Danos una vida inocente.
  
Ven y visita a los enfermos,
Oh María, confirma a los fuertes
Con el poder del santo ímpetu,
Para que no decaiga su ánimo.
   
Ven, ¡oh estrella, luz de los mares!,
Infúndenos los rayos de paz; 
Que el corazón de Juan exulte
De gozo ante el Señor.
   
Ven, oh regia vara, 
Conduce de vuelta a los errantes
A la unidad de la fe
En la cual son salvos los habitantes del Cielo.
   
Ven, e implora benigna
Por los dones del Espíritu Santo,
Para que seamos dirigidos rectamente
En las acciones de esta vida.
   
Ven, y alabemos al Hijo,
Alabemos al Espíritu Santo,
Y alabemos al Padre, un solo Dios,
Que te dio como nuestro socorro.
Amén. Aleluya.

domingo, 17 de marzo de 2024

EL ENDURECIMIENTO DE LOS JUDÍOS


Continuación del santo Evangelio Según S. Juan (cap. VIII, 46-59):
«En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos: “¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Pero vosotros no las oís, porque no sois de Dios”. Respondieron entonces los judíos, y dijéronle: “¿No decimos con razón que eres un samaritano, y que tienes el demonio?”. Respondió Jesús: “Yo no tengo el demonio, sino que glorifico a mi Padre, y vosotros le deshonráis. Pero yo no busco mi gloria: hay quien la busque, y la juzgue. En verdad, en verdad os digo: Si alguien observare mis palabras, no morirá eternamente”. Dijéronle entonces los judíos: “Ahora conocemos que tienes el demonio. Abraham murió, y también los Profetas: y tú dices: ‘Si alguien observare mis palabras, no morirá eternamente’. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y los profetas también murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?”. Respondió Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada: es mi Padre quien me glorifica, el que vosotros llamáis Dios vuestro, y no le habéis conocido: pero yo le he conocido: y, si dijera que no le he conocido, sería semejante a vosotros, mentiroso. Pero yo le conozco, y observo sus palabras. Abraham, vuestro Padre, anheló ver mi día: viólo, y se alegró”. Dijéronle entonces los judíos: “¿Aun no tienes cincuenta años, y viste a Abraham?”. Díjoles Jesús: “En verdad, en verdad os digo: Antes de que Abraham existiera, Yo soy”. Tomaron entonces piedras, para lanzarlas contra Él: pero Jesús se escondió, y salió del templo».
El furor de los judíos ha llegado al colmo, y Jesús se ve obligado a huir ante ellos. Pronto le matarán; mas ¡qué diferente es su suerte de la suya! Por obediencia a los decretos de su Padre celestial, por amor a los hombres, se entregará en sus manos, y le darán muerte, pero saldrá victorioso del sepulcro; subirá a los cielos, e irá a sentarse a la diestra de su Padre. Ellos, por el contrario, después de saciar su furor dormirán sin remordimientos hasta el terrible despertar que les está preparado. Se palpa que la reprobación de estos hombres será eterna. Ved con qué severidad les habla el Salvador: «Vosotros no escucháis la palabra de Dios porque no sois de Dios». No obstante esto hubo un tiempo en que fueron de Dios: porque el Señor da a todos su gracia; pero ellos han hecho estéril esta gracia; se agitan en las tinieblas y ya no verán la luz que han rechazado.
   
«Decís que Dios es vuestro Padre; pero no le conocéis». A fuerza de desconocer al Mesías, la Sinagoga ha llegado a no conocer también al mismo Dios único y soberano, cuyo culto la enorgullece; en efecto, si conociese al Padre, no rechazaría al Hijo. Moisés, los Salmos, los Profetas, son para ella letra muerta, y estos libros divinos pasarán muy pronto entre las manos de los pueblos, que sabrán leerlos y comprenderlos. «Si yo dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros». Por la dureza del lenguaje de Jesús se adivina ya la cólera del juez que bajará el último día para estrellar contra la tierra la cabeza de los pecadores. Jerusalén no conoció el tiempo de su visita; el Hijo de Dios salió a su encuentro y tiene ella la desvergüenza de decirle que «está poseído del demonio». Echa en cara al Hijo de Dios al Verbo eterno, que prueba su origen por los prodigios más evidentes, que «Abrahán y los Profetas son mayores que Él». ¡Extraña ceguera que procede del orgullo y de la dureza de corazón! La Pascua está próxima; estos hombres comerán religiosamente el cordero simbólico; saben que este cordero es una figura que debe realizarse. El cordero verdadero será inmolado por sus manos sacrilegas y no lo reconocerán. La sangre derramada por ellos no les salvará. Su desgracia nos lleva a pensar en tantos pecadores endurecidos para los cuales la Pascua de este año será tan estéril de conversión como los años precedentes; redoblemos nuestras oraciones por ellos, y pidamos que la sangre divina que pisan con los pies no clame contra ellos delante del trono del Padre celestial.
   
DOM PROSPER GUÉRANGER OSB. El Año litúrgico, Tiempo de Pasión y Semana Santa. Misa del Domingo de Pasión.

viernes, 12 de enero de 2024

BERGOGLIO Y TUCHO, ENSALZADORES DE IMPUREZA

Traducción del artículo publicado por el Dr. Thomas A. Droleskey en CHRIST OR CHAOS.
   
BERGOGLIO Y FERNÁNDEZ: HOMBRES QUE ENSALZAN Y HABILITAN A LOS IMPUROS
    

Entre los muchos puntos que he señalado consistentemente en los casi veinte años que este sitio web ha existido como continuación de la publicación homónima de la misma época es que, a pesar de la mitología que Karol Josef Wojtyła/Juan Pablo II y Joseph Alois Ratzinger/Benedicto XVI eran “defensores del matrimonio”, la falsa enseñanza de la revolución conciliar sobre el Santo Matrimonio se basa en una inversión de los fines propios de este sacramento. Esta inversión, contraria a la vez a las Leyes Divinas y Naturales, debía conducir, dada la teleología del error, a la separación total entre el uso del don propio sólo del hombre y de la mujer unidos en Santo Matrimonio y el uso de este don. fin primario, la procreación y educación de los hijos, y el bien mutuo de los cónyuges. El hedonismo absoluto puede ser el único resultado a largo plazo de anteponer el bien de los cónyuges al de la procreación y educación de los hijos.

Como siempre soy consciente del hecho de que muchas personas tienen períodos de atención breves y no retienen mucho, si es que retienen algo, de sustancia de los numerosos artículos o noticias que pueden leer en una semana determinada, creo que, por redundante que sea, sea, para señalar la enseñanza inmutable de la Iglesia Católica sobre los fines propios del Santo Matrimonio y luego demostrar cómo los revolucionarios conciliares desafiaron esa enseñanza, resultando en una contaminación de la santidad propia del estado matrimonial.

La falsa iglesia del conciliarismo ha invertido los fines propios del Sacramento del Matrimonio y ha respaldado lo que es, en esencia, una forma católica de anticoncepción “natural”, y ha consagrado esta inversión en su corrupto Código de Derecho Canónico de 1983. Esta inversión es clara y absolutamente innegable:
«Canon 856. El objeto primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole; el propósito secundario es la asistencia mutua y el remedio de la concupiscencia» (Esto se puede encontrar en la página 205 del siguiente enlace, que es el Código de Derecho Canónico de 1917 en inglés: 1917 Pio-Benedictine Code of Canon Law.)
«Canon 1055 §1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (Canon 1055.1, Código Conciliar de Derecho Canónico de 1983. Por cierto, Padre Viganò, su amado Karol Josef Wojtyła/Juan Pablo II propagó el llamado Código de Derecho Canónico de 1983. Ni siquiera un verdadero Papa puede cambiar algo que existe en el mismo naturaleza de las cosas. ¿Por qué ninguna crítica a “San Juan Pablo II”?)
Todo el tejido de la falsa enseñanza de la iglesia del conciliarismo sobre el Sacramento del Santo Matrimonio, incluido su respaldo a la falsedad de la “planificación familiar natural”, está construido sobre el tejido de la inversión de los fines del matrimonio que fue condenado personalmente por el Papa. Pío XII el 29 de Marzo de 1944, condena que citó y reiteró en los términos más enérgicos posibles en su ya citado Discurso a las obstétricas italianas sobre la naturaleza de su profesión:
«Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.
    
En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.
    
En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.
   
Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Eminentísimos y Reverendísimos Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de Marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda “Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes”, decretaron debía responderse: Negativamente» (Cf. Enrique Denzinger, Enchírdion Symbolórum, 13.ª Edición, traducida al inglés por Roy Deferrari y publicada en 1955 como The Sources of Catholic Dogma–referred to as “Denzinger”, por B. Herder Book Company de San Luis, Misuri y Londres, Inglaterra, No. 2295, págs. 624-625).
Los revolucionarios conciliares han antepuesto la seguridad del cuerpo a la santificación y salvación de las almas, mientras deificaban el entorno natural y se aliaban muy formalmente con un nogoodnik [del ruso него́дник, que significa “sinvergüenza, granuja, inútil, réprobo, bueno para nada”, N. del T.] antipoblacional, proabortista y proanticonceptivo y sus organizaciones dedicadas a la propagación del comunismo. propaganda globalista y estatista que empodera al Estado civil, priva a los hombres de sus libertades legítimas, destruye industrias, impone fuertes impuestos a los ciudadanos y hace de la soberanía nacional una reliquia que pertenece a la misma categoría que la Misa Inmemorial de la Tradición y el inmutable Depósito Sagrado de la Fe. El naturalismo y el panteísmo, no el catolicismo, guían a los ideólogos conciliares que están rígidamente comprometidos con la propagación de la ciencia basura mientras ofenden a Dios por medio de sus horribles liturgias, falsas doctrinas, falsas enseñanzas sobre teología moral y falsa teología pastoral que guían a los hombres por el camino de la ruina eterna. (Ver La banda de mafiosos teológicos de Jorge legitima a Paul Ehrlich).

De la defensa del santo matrimonio por parte del Papa Pío XI a la perversión del santo matrimonio por parte de Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI
    
La Santa Madre Iglesia, ansiosa por advertir a sus hijos sobre los peligros morales que enfrentaban en un mundo de naturalismo y materialismo, respondió a la propaganda a favor de la anticoncepción con gran tenacidad en la década de 1920, a medida que los esfuerzos de la Liga de Control de la Natalidad de Margaret Sanger y organizaciones relacionadas en todo el mundo comenzó a ganar influencia. El Papa Pío XI estaba específicamente alarmado por el hecho de que los “obispos” de la secta anglicana herética y cismática votaron en su Conferencia de Lambeth de 1930 para respaldar el uso “limitado” de anticonceptivos para las parejas casadas que se encontraban con una «obligación moral claramente sentida de limitar o evitar la paternidad». Aquí está el texto completo de la Resolución Quince de aquella Conferencia de Lambeth de 1930:
Resolución 15 - La vida y el testimonio de la comunidad cristiana: matrimonio y sexo
Cuando se siente claramente la obligación moral de limitar o evitar la paternidad, el método debe decidirse sobre la base de principios cristianos. El método principal y obvio es la abstinencia total de las relaciones sexuales (en la medida que sea necesario) en una vida de disciplina y autocontrol vivida en el poder del Espíritu Santo. Sin embargo, en aquellos casos en los que existe una obligación moral claramente sentida de limitar o evitar la paternidad, y en los que existe una razón moralmente sólida para evitar la abstinencia total, la Conferencia acuerda que se pueden utilizar otros métodos, siempre que se haga a la luz de de los mismos principios cristianos. La Conferencia deja constancia de su enérgica condena del uso de cualquier método de control de la concepción por motivos de egoísmo, lujo o mera conveniencia (Resolución 15 - La vida y el testimonio de la comunidad cristiana - El matrimonio).
El respaldo de la secta anglicana a la anticoncepción no fue, por supuesto, más que un resultado lógico de lo que les sucede a los herejes cuando se arrojan fuera del seno de la Santa Madre Iglesia. Meras criaturas que no son más que seres contingentes con cuerpos que están destinados un día a la corrupción de la tumba hasta la Resurrección General en el Último Día se convierten en sus propios papas y papisas individuales, creyendo que pueden “determinar” por sí mismos las cosas que son parte del Orden de la Naturaleza (Criatura) y han sido enseñados por la Santa Madre Iglesia, única maestra de lo contenido en el Orden de la Redención (Gracia) y intérprete autorizada de todo lo contenido en la Ley Natural.
    
La creencia enunciada por el Consejo Federal de Iglesias de América en 1931 de que el uso de anticonceptivos fue objeto de burla en un editorial aparecido en The Washington Post el 22 de Marzo de 1931, que he citado varias veces en este sitio. Vale la pena volver a hacerlo:
«El Consejo Federal de Iglesias de América nombró hace algún tiempo un comité sobre “el matrimonio y el hogar”, que ahora ha presentado un informe a favor de un uso “cuidadoso y restrictivo” de los dispositivos anticonceptivos para regular el tamaño de las familias. El comité parece tener una seria lucha consigo mismo para adherirse a la doctrina cristiana y, al mismo tiempo, permitirse excursiones de aficionados en el campo de la economía, la legislación, la medicina y la sociología. El informe resultante es una mezcla de oscurantismo religioso y materialismo modernista que se aparta de los antiguos estándares de la religión y, sin embargo, no logra abrir un camino hacia algo mejor.
    
El daño que resultaría de un intento de poner el sello de la aprobación de la Iglesia en cualquier plan para “regular el tamaño de las familias” está evidentemente más allá de la comprensión de este comité pseudocientífico. Es imposible conciliar la doctrina de la institución divina del matrimonio con cualquier plan modernista para la regulación mecánica del nacimiento humano. La iglesia debe rechazar las sencillas enseñanzas de la Biblia o rechazar los planes para la producción “científica” de almas humanas. Llevado a su conclusión lógica, el informe del comité, si se lleva a cabo, conduciría a la muerte del matrimonio como institución sagrada, al establecer prácticas degradantes que alentarían la inmoralidad indiscriminada. La sugerencia de que el uso de anticonceptivos legalizados sería “cuidadoso y restringido” es absurda. Si las iglesias han de convertirse en organizaciones de propaganda política y “científica”, deberían ser honestas y rechazar la Biblia, burlarse de Cristo como un maestro obsoleto y acientífico, y atacar con valentía como campeones de la política y la ciencia como sustitutos de la añeja religión» (“Olvidando la religión”, Editorial, The Washington Post, 22 de Marzo de 1931).
Esta es una declaración muy importante a la que volveré en breve, ya que podemos ver claramente ahora que la perversión de los fines propios del Santo Matrimonio por parte de la secta conciliar ha llevado a personas como Jorge Mario Bergoglio, Víctor Manuel Fernández, James Martin, Timothy Radcliffe, Blase Cupich, John Stowe, Joseph Tobin y la mayoría de los “obispos” alemanes a creer que los pecados de impureza no son materia grave y que, por el contrario, cualquier expresión del don conyugal, ya sea dentro o fuera del matrimonio, natural o antinatural, es “agradable” a Dios, quien, sostienen blasfemamente, sólo se preocupa por el puro placer carnal, sin importar el contexto de cómo se realiza este placer.
  
Ahora bien, los católicos no viven en el vacío. Han sido objeto de un ataque tras otro contra su sensus Catholicus desde los albores de la Revolución Protestante, tal vez nunca más que en el siglo pasado debido a los rápidos avances en los medios de comunicación de masas modernos. Para frenar el avance de la propaganda a favor de la “familia pequeña” y, por tanto, la inversión de los fines del matrimonio, el Papa Pío XI emitió  Casti Connubii , el 31 de diciembre de 1930, para reafirmar la prohibición de la Iglesia Católica contra cualquier interferencia directa en el concepción de un hijo y para recordar a todos en el mundo que el fin primario del matrimonio sigue siendo el que será hasta el fin de los tiempos: la propagación y educación de los hijos:
«Todo lo cual, porque ya en otra ocasión tratamos copiosamente de la cristiana educación [Encíclica “Divíni illíus Magístri”, 31 de Diciembre de 1929] de la juventud, encerraremos en las citadas palabras de San Agustín: “En orden a la prole se requiere que se la reciba con amor y se la eduque religiosamente” [Comentario literal al Génesis, libro IX, cap. VII, 12], y lo mismo dice con frase enérgica el Código de derecho canónico: “El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole” (Canon 1013, § 1).
   
Por último, no se debe omitir que, por ser de tanta dignidad y de tan capital importancia esta doble función encomendada a los padres para el bien de los hijos, todo honesto ejercicio de la facultad dada por Dios en orden a la procreación de nuevas vidas, por prescripción del mismo Creador y de la ley natural, es derecho y prerrogativa exclusivos del matrimonio y debe absolutamente encerrarse en el santuario de la vida conyugal» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
El Papa Pío XI dejó claro que el fin secundario del matrimonio, el bien mutuo de los cónyuges, estaba subordinado al fin primario, reiterando la verdad de que los privilegios del estado matrimonial pertenecen por derecho a cada cónyuge, ninguno de los cuales puede negar el matrimonio. derecho al otro arbitrariamente y ambos pueden ejercer este derecho, o abstenerse de su ejercicio, sin interferir con su fin natural, la concepción de un niño:
«El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad, que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio. […]

Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge. Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios —verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia—, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Esto no fue un respaldo a lo que hoy se llama “planificación familiar natural”, sino sólo una reiteración de la pura verdad de que el derecho matrimonial, subordinado a su fin primario, no puede ser negado arbitrariamente por un cónyuge al otro y que es permisible para todos. las parejas casadas utilicen ese derecho cuando no pueda nacer una nueva vida. Aquí no se habló en absoluto de “planificación familiar”, y tampoco existía ninguna en la mente del Papa Pío XI.
     
De hecho, el Papa Pío XI explicó que los confesores tuvieron que hacer todo lo posible para aconsejar a los penitentes que no se rindieran a la propaganda a favor de la anticoncepción y a la mentalidad anticonceptiva a la que estaban expuestos casi constantemente:
«Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.
  
Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestigüen con cuánto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces con la pena de muerte, como recuerda San Agustín: “Porque ilícita e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judá, por lo cual Dios le quitó la vida” [San Agustín, De las uniones adúlteras, 2, 12; cf. Gén. 38, 8-10; Sagrada Penitenciaría, decretos del 3 de Abril y 3 de Junio de 1916].
     
Habiéndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, enseñada desde el principio y transmitida en todo tiempo sin interrupción, y habiendo pretendido públicamente proclamar otra doctrina, la Iglesia Católica, a quien el mismo Dios ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y honestidad de costumbres, colocada, en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan ignominiosa mancha la castidad de la unión nupcial, en señal de su divina legación, eleva solemne su voz por Nuestros labios y una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.
   
Por consiguiente, según pide Nuestra suprema autoridad y el cuidado de la salvación de todas las almas, encargamos a los confesores y a todos los que tienen cura de las mismas que no consientan en los fieles encomendados a su cuidado error alguno acerca de esta gravísima ley de Dios, y mucho más que se conserven —ellos mismos— inmunes de estas falsas opiniones y que no contemporicen en modo alguno con ellas. Y si algún confesor o pastor de almas, lo que Dios no permita, indujera a los fieles, que le han sido confiados, a estos errores, o al menos les confirmara en los mismos con su aprobación o doloso silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez supremo por haber faltado a su deber, y aplíquese aquellas palabras de Cristo: “Ellos son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la hoya” [San Mateo 15, 14; Decreto del Santo Oficio, 22 de Noviembre de 1922]» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
¿Alguien querría argumentar que la propaganda a favor de algún tipo de “planificación familiar” ha disminuido en los últimos ochenta y un años? Por supuesto que no. Sabemos que incluso los jóvenes católicos de mentalidad tradicional se ven influidos por esta propaganda, creyendo que les es “imposible” tener una familia numerosa, y a veces se les aconseja que crean que se les debe “informar” sobre los medios naturales con los que podrían evitar concebir un hijo para que no tenga la tentación de utilizar anticonceptivos artificiales.

Sin embargo, es una interpretación totalmente errónea del Discurso a las parteras sobre la naturaleza de su profesión del Papa Pío XII del 29 de Octubre de 1951 afirmar que respaldaba lo que hoy se llama “planificación natural familiar”.

No lo hizo.

Nuestro último verdadero Santo Padre enumeró una serie de condiciones específicas en las que era permisible, aunque nunca obligatorio, que las parejas casadas limitaran el uso del don propio del estado matrimonial a los períodos mensuales de infertilidad de la mujer. No apoyó el uso indiscriminado del método rítmico y mucho menos “ordenó” su enseñanza. Él mismo se refirió a esas condiciones en un discurso posterior, pronunciado pocas semanas antes de su muerte el 9 de Octubre de 1958, como “excepcionales”. Algo que es excepcional nunca puede considerarse la norma.
    
Lamentablemente, hubo teólogos jesuitas en la década de 1950, especialmente los padres John C. Ford y Gerald Kelly, que comenzaron a ir más allá a favor de la “limitación familiar”, un eufemismo no tan sutil para la frase “paternidad planificada”. Este impulso llegó a los procedimientos del Concilio Vaticano “Segundo”, lo que llevó al Cardenal Alfredo Ottaviani a responder de la siguiente manera:
«No me agrada la afirmación del texto de que los matrimonios pueden determinar el número de hijos que van a tener. Nunca se ha oído hablar de esto en la Iglesia. Mi padre era trabajador, y el temor de tener muchos hijos nunca entró en mis padres, porque confiaban en la Providencia. [Estoy asombrado] de que ayer en el Concilio se hubiera dicho que había dudas sobre si hasta ahora se había adoptado una posición correcta sobre los principios que rigen el matrimonio. ¿No significa esto que se pondrá en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿O no fue el Espíritu Santo con Su Iglesia en los siglos pasados ​​para iluminar las mentes sobre este punto de doctrina?» (Como se encuentra en Peter W. Miller, Substituting the Exception for the Rule; The Rhine Flows into the Tiber, del padre Ralph Wiltgen, The Rhine Flows Into the Tiber, Tan Books and Publishers, 1967, se cita como fuente de esta cita.)
En otras palabras, el cardenal Ottaviani, que había defendido la inmutabilidad de la condena de la Iglesia católica al concepto moderno de libertad religiosa y de separación de la Iglesia y el Estado en una serie de comentarios no tan indirectos sobre la promoción de estas falsedades por el padre John Courtney Murray SJ, en la década de 1950, reconoció la inerrancia misma de la Santa Madre Iglesia que estaba en juego mediante la promoción del control de la natalidad bajo una forma u otra en el Concilio Vaticano “Segundo”.

Sin embargo, sin inmutarse, el supuesto oponente de la anticoncepción, Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, socavó los fines propios del matrimonio y abrió el camino a lo que se conoció como “planificación familiar natural” y, en última instancia, a una avalancha de solicitudes de la nulidad matrimonial ya que, habiendo antepuesto lo que se llamaba el “fin unitivo” a la procreación y educación de los hijos, el enfermo sodomita modernista abre el camino para que el placer conyugal prevalezca sobre todo lo demás. Los seres humanos caídos son propensos al egoísmo, no al altruismo, y las personas casadas que no quieren entregarse desinteresadamente los unos a los otros y a los hijos en obediencia a Dios y para Su mayor honor y gloria, llegarán a pensar que su matrimonio es “infeliz”. porque buscan el placer personal y la realización personal por encima de todo.
   
Humánæ Vitæ no es, sin embargo, una declaración ortodoxa de la fe católica. Es, como todo lo demás en el falso “pontificado” de Pablo VI (al que un antiguo amigo de larga data en las estructuras conciliares se refiere como “Pablo el Enfermo” –gran frase, Padre, una de tantas suyas–), un revolucionario documento que invirtió los fines propios del matrimonio, ya que la fenomenología del filósofo Dietrich von Hildebrand y la teología del padre Herbert Doms sirvieron para afirmar que el fin “unitivo” del matrimonio era primario.
    
La Humánæ Vitæ fue también un documento revolucionario en el sentido de que continuaba la aceptación de Pablo VI de una “crisis demográfica” inexistente como base para ampliar las condiciones para utilizar métodos “naturales” para evitar concebir hijos. El horrible falso “pontífice”, que nombró y promovió a todo tipo de sujetos lavanda como “obispos” en todas las estructuras conciliares, escribió lo siguiente en Populórum Progressio (26 de Marzo de 1967), que sentó las bases para una mayor inversión de los fines del matrimonio. que se encuentra en Humánæ Vitæ mediante una visión más amplia de las razones por las que las parejas casadas podían evitar tener hijos que la proporcionada en el Discurso del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión en ese maravilloso año de 1951:
«37. Es cierto que muchas veces un crecimiento demográfico acelerado añade sus dificultades a los problemas del desarrollo; el volumen de la población crece con más rapidez que los recursos disponibles y nos encontramos, aparentemente, encerrados en un callejón sin salida. Es, pues, grande la tentación de frenar el crecimiento demográfico con medidas radicales. Es cierto que los poderes públicos, dentro de los límites de su competencia, pueden intervenir, llevando a cabo una información apropiada y adoptando las medidas convenientes, con tal de que estén de acuerdo con las exigencias de la ley moral y respeten la justa libertad de los esposos. Sin derecho inalienable al matrimonio y a la procreación, no hay dignidad humana. Al fin y al cabo, es a los padres a los que les toca decidir, con pleno conocimiento de causa, el número de sus hijos, aceptando sus responsabilidades ante Dios, ante los hijos que ya han traído al mundo y ante la comunidad a la que pertenecen, siguiendo las exigencias de su conciencia, instruida por la ley de Dios auténticamente interpretada y sostenida por la confianza en Él [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 50-51 (y nota 14), Documentation catholique, tomo 62 (París, 1965) col. 1070-1073; y n.º 87, loc. cit. 1110]» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Populórum progréssio”, 26 de Marzo de 1967).
Giovanni Battista Enrico Antonio MariaMontini/Pablo VI era un simpatizante marxista, si no un marxista él mismo. De hecho, el padre Michael Roach, que enseñaba Historia de la Iglesia en el Seminario Mount Saint Mary en Emmitsburg (Maryland), dijo en una conferencia en el otoño de 1981 que había estado con el entonces rector del seminario, monseñor Harry Flynn, quien más tarde denunciaría al padre Paul Marx OSB como “antisemita” (ver Desconexiones), en su calidad de “arzobispo” conciliar de San Pablo y Mineápolis (Minesota), en el momento de la muerte de Montini/Pablo VI el 6 de Agosto de 1978. Según el padre Roach, el entonces monseñor Flynn, sacerdote de la diócesis de Albany (Nueva York), dijo: «Ah, sí, Pablo VI. Un hombre maravilloso. Un marxista, pero un hombre maravilloso al fin y al cabo».

El punto es este: Giovanni Battista Enrico Antonio MariaMontini/Pablo VI, quien traicionó la identidad de los sacerdotes católicos detrás de la Cortina de Hierro cuando sirvió en la Secretaría de Estado del Vaticano bajo el Papa Pío XII, aceptó el mito maltusiano de la “superpoblación” y los “recursos agotados” para afirmar que son los padres quienes deciden cuántos niños van a recibir en el mundo. Equivocado. Dios decide esto, no los padres. Dios puede velar por que los niños sean concebidos a pesar de las “precauciones” más cuidadosas que se toman contra su concepción, algo que se aplica tanto al uso de lo que hoy se llama “planificación familiar natural” como a la anticoncepción artificial. Dios decide este asunto. Nadie más. Sólo Dios es el Soberano de la santidad y la fecundidad del matrimonio. Nadie más.
  
Como se señaló al comienzo de este ensayo, el Papa Pío XI, escribiendo en  Casti Connubii , el 31 de diciembre de 1930, afirmó esto de manera muy explícita:
«Comenzando ahora a exponer, Venerables Hermanos, cuáles y cuán grandes sean los bienes concedidos por Dios al verdadero matrimonio, se Nos ocurren las palabras de aquel preclarísimo Doctor de la Iglesia a quien recientemente ensalzamos en Nuestra encíclica Ad salútem [20 de Abril de 1930], dada con ocasión del XV centenario de su muerte. Estos, dice San Agustín, son los bienes por los cuales son buenas las nupcias: prole, fidelidad, sacramento [La bondad del matrimonio, cap. XXIV, 32]. De qué modo estos tres capítulos contengan con razón un síntesis fecunda de toda la doctrina del matrimonio cristiano, lo declara expresamente el mismo santo Doctor, cuando dice: “En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se unan con otro o con otra; en la prole, a que ésta se reciba con amor, se críe con benignidad y se eduque religiosamente; en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva, y a que el repudiado o repudiada no se una a otro ni aun por razón de la prole. Esta es la ley del matrimonio: no sólo ennoblece la fecundidad de la naturaleza, sino que reprime la perversidad de la incontinencia” [San Agustín, Comentario literal al Génesis, libro IX, cap. VII, 12].
     
La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio. Y por cierto que el mismo Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra” [Gén. 1, 28].
  
Lo cual también bellamente deduce San Agustín de las palabras del apóstol San Pablo a Timoteo [1. Tim. 5, 14], cuando dice: “Que se celebre el matrimonio con el fin de engendrar, lo testifica así el Apóstol: ‘Quiero —dice— que los jóvenes se casen’. Y como se le preguntara: ‘¿Con qué fin?’, añade en seguida: ‘Para que procreen hijos, para que sean madres de familia’” [San Agustín, De la bondad del matrimonio, cap. XXIV, 32].
  
Cuán grande sea este beneficio de Dios y bien del matrimonio se deduce de la dignidad y altísimo fin del hombre. Porque el hombre, en virtud de la preeminencia de su naturaleza racional, supera a todas las restantes criaturas visibles. Dios, además, quiere que sean engendrados los hombres no solamente para que vivan y llenen la tierra, sino muy principalmente para que sean adoradores suyos, le conozcan y le amen, y finalmente le gocen para siempre en el Cielo; fin que, por la admirable elevación del hombre, hecha por Dios al orden sobrenatural, supera a cuanto el ojo vio y el oído oyó y pudo entrar en el corazón del hombre [cf. 1. Cor. 2, 9]. De donde fácilmente aparece cuán grande don de la divina bondad y cuán egregio fruto del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la cooperación de los esposos.
  
Tengan, por lo tanto, en cuenta los padres cristianos que no están destinados únicamente a propagar y conservar el género humano en la tierra, más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del Dios verdadero, sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear ciudadanos de los Santos y familiares de Dios [cf. Eph. 2, 19], a fin de que cada día crezca más el pueblo dedicado al culto de nuestro Dios y Salvador. Y con ser cierto que los cónyuges cristianos, aun cuando ellos estén justificados, no pueden transmitir la justificación a sus hijos, sino que, por lo contrario, la natural generación de la vida es camino de muerte, por el que se comunica a la prole el pecado original; con todo, en alguna manera, participan de aquel primitivo matrimonio del paraíso terrenal, pues a ellos toca ofrecer a la Iglesia sus propios hijos, a fin de que esta fecundísima madre de los hijos de Dios los regenere a la justicia sobrenatural por el agua del Bautismo, y se hagan miembros vivos de Cristo, partícipes de la vida inmortal y herederos, en fin, de la gloria eterna, que todos de corazón anhelamos.
  
Considerando estas cosas la madre cristiana entenderá, sin duda, que de ella, en un sentido más profundo y consolador, dijo nuestro Redentor: “La mujer…, una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda de su angustia, por su gozo de haber dado un hombre al mundo” [Joann. 16, 21], y superando todas las angustias, cuidados y cargas maternales, mucho más justa y santamente que aquella matrona romana, la madre de los Gracos, se gloriará en el Señor de la floridísima corona de sus hijos. Y ambos esposos, recibiendo de la mano de Dios estos hijos con buen ánimo y gratitud, los considerarán como un tesoro que Dios les ha encomendado, no para que lo empleen exclusivamente en utilidad propia o de la sociedad humana, sino para que lo restituyan al Señor, con provecho, en el día de la cuenta final» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Dios decide cuántos o cuántos hijos tendrá un matrimonio católico. Nadie más. Los hombres pueden intentar frustrar el fin natural del matrimonio. Es posible que puedan tener “éxito”, tal como consideran el “éxito”, tal vez incluso en la mayoría de los casos. Ningún medio humano para frustrar deliberadamente el fin natural del matrimonio es infalible, y ningún uso cuidadosamente planeado del regalo propio del estado matrimonial en esos momentos durante un mes en que una mujer tiene más probabilidades de ser infértil que otras evitará la concepción de un nuevo niño en todos los casos. Dios es el Soberano de la fecundidad del matrimonio.
    
Como modernista y socialista que, como se señaló anteriormente, simpatizaba al menos con el marxismo, Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, sin embargo, pensaba y hablaba en términos naturalistas teñidos de secuelas vestigiales de la Santa Fe. Aceptó los mitos de “progreso” y “paz mundial” representados por la Organización de Naciones Masónicas Unidas (acerca de la cual el Papa Pío XII, aunque al principio apoyó a la organización, comenzó a amargarse en la década de 1950) y aceptó los mitos de la “sobrepoblación”. Fue por ello que continuó los trabajos de la mencionada “Comisión Pontificia para el estudio sobre la Población, los Matrimonios y los Nacimientos” para que sus miembros estudiaran el funcionamiento biológico de la “píldora anticonceptiva” para determinar si podía usarse moralmente para impedir la concepción de niños, especialmente en zonas de pobreza endémica. Se dice que un miembro de esa comisión, el arzobispo Albino Luciani de Venecia (Italia), el futuro “Juan Pablo I”, votó a favor de respaldar “la píldora” (que, aparte de negar la Soberanía de Dios sobre la santidad y fecundidad del matrimonio, es un abortivo químico), por su preocupación por “los pobres”.
   
Montini/Pablo VI se mostró abierto a “la píldora” para hacer frente al inexistente problema de la superpoblación. Sin embargo, incapaz de respaldar su uso, utilizó Humánæ Vitæ para ampliar las condiciones descritas por el Papa Pío XII en su Alocución a las parteras sobre la naturaleza de su profesión en 1951 para invertir los fines del matrimonio, una inversión que sería institucionalizada más tarde por el “fenomenologista personalista” llamado Karol Wojtyła/Juan Pablo II y la espantosamente repugnante “teología del cuerpo” que explicó a lo largo de años en sus charlas para “audiencias generales” a principios de los años 1980 (charlas que estaba dando en el momento en que fue disparado por Mehmet Ali Ağca el miércoles 13 de Mayo de 1981, por cierto), allanando así el camino para la propagación y aceptación de la industria artesanal que llegó a ser conocida como “planificación familiar natural” como la norma esperada para las parejas casadas, que deben ser “educadas” en asuntos que violan la modestia de expresión y restan valor a la santidad del Sacramento del Santo Matrimonio: 
    
Montini/Pablo VI antepuso  las condiciones ampliadas de Humánæ Vitæ para el uso de los períodos infértiles de la mujer como base para evitar la concepción de niños con otra referencia más al mito de la superpoblación:
«1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias. 
    
En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres. 
     
2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.
     
Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación con este amor.

Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida. 
     
3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armonía entre los esposos y a su mutua fidelidad, ¿no sería indicado revisar las normas éticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos? 
    
Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado “principio de totalidad”, ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos? Es decir, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad
   
4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Humánæ Vitæ”, 25 de Julio de 1968).
Sobre estas premisas falsas, el odioso amigo del colectivo lavanda, del que muy bien pudo haber sido miembro fundador, entregó al diablo a tantas parejas católicas para que se sumergieran en consideraciones físicas que nunca antes habían tenido. lugar en la enseñanza católica. Aunque Montini/Pablo VI reafirmó la enseñanza inmutable de la Iglesia sobre la engendración de los hijos, esto fue parte del juego de “engaña pichanga”, ya que utilizó su propio texto para colocar lo que llamó el fin “unitivo” antes que el de procreación:
«Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres” [Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n. 50].
    
10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de “paternidad responsable” sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí. 

En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana [Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I-IIæ, cuestión 94, art. 2].

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad. 
    
En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido
    
La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores. 
   
En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 50-51].
    
11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos” [Cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral “Gáudium et spes”, n.º 49, párrafo 2.º], y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quílibet matrimónii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida [Cfr. Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, AAS 22 (1930), pág. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), pág. 843].
   
12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
    
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental» (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini/Pablo VI, “Humánæ Vitæ”, 25 de Julio de 1968).
¿Quién había estado pidiendo una “paternidad responsable” durante cinco décadas antes de su muerte el 6 de septiembre de 1966?
   
La ninfómana, racista y eugenista llamada Margaret Sanger, la fundadora de la Liga de Control de la Natalidad que llegó a ser conocida como Planned Parenthood, esa es quién. Sus seguidores continúan defendiendo este eslogan gastado que llegó al texto de una supuesta encíclica “papal”. La aceptación por parte de Montini/Pablo VI del lema de “paternidad responsable” de Margaret Sanger y sus diabólicos secuaces, junto con la inversión de los fines del matrimonio propagada por Dietrich von Hildebrand, constituye una revolución contra los fines del matrimonio que han “bautizado”, si se quiere, una forma supuestamente “natural” de anticoncepción que debe usarse como una cuestión de rutina, no en casos verdaderamente extraordinarios, donde sólo es legal, es decir, permisible y nunca obligatoria.
   
La inclusión de razones “psicológicas” para abstenerse de concebir hijos mediante el uso de “conocer” la fisicalidad del cuerpo de una mujer se ha interpretado de manera bastante amplia, digamos. En términos sencillos: el uso de razones “psicológicas” para abstenerse de concebir hijos se ha utilizado para reafirmar las “conciencias” de quienes “no están preparados” para tener hijos. Esto no es diferente de aquellos que han elegido el uso de medios artificiales para impedir la concepción de niños porque “no están preparados” para tenerlos. Tienen carreras. Tienen malas finanzas. Tienen padres ancianos a quienes cuidar. Tienen “planes”. Tienen que terminar la escuela. Y así sucesivamente. Todo el mundo tiene una “razón seria”. Estas no son más que excusas y racionalizaciones que consideran el matrimonio en términos puramente naturalistas y materialistas, si no utilitarios, sin ningún verdadero amor de Dios y, por lo tanto, sin confianza en que Él enviará a las parejas casadas toda la ayuda sobrenatural y temporal que necesitan brindar. para los hijos que Dios considere oportuno enviarles.

La “enseñanza” que condujo a lo que hoy se llama “planificación familiar natural” no se encuentra en el Discurso a las parteras sobre la naturaleza de su profesión del 29 de Octubre de 1951 del Papa Pío XII. Se encuentra en la Humánæ Vitæ de Pablo VI, dedicada al eslogan de “paternidad responsable” de Planned Parenthood, las Naciones Unidas y los grupos ecologistas.

La paternidad católica verdaderamente responsable se basa en el amor por la Santa Voluntad de Dios y en la formación de muchos o pocos niños en las verdades de la fe católica, que exige que los padres eviten la mundanalidad y los armen con los medios sobrenaturales y naturales para vivir en una “cultura popular” dedicada a la glorificación de aquello mismo que hizo sufrir a Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo en Su Sagrada Humanidad durante Su Pasión y Muerte y que causó que aquellas Siete Espadas Dolorosas fueran traspasadas a través del Doloroso e Inmaculado Corazón de María, es decir, el pecado. Ésa es una paternidad católica verdaderamente responsable. No la representada por “Pablo el Enfermo” y  la Humánæ Vitæ.
   
Cómo el adversario utilizó la Humánæ Vitæ para promover aún más la anticoncepción con la ayuda de los católicos creyentes
    
Como ha sucedido en el ámbito de la política civil, el diablo utilizó “falsos opositores” para dividir y conquistar a los católicos creyentes como resultado de la emisión de la Humánæ Vitæ hace casi cuarenta y tres años, de varias maneras. Permitidme unas breves palabras de explicación.

Había una serie de revolucionarios ultraprogresistas que estaban dispuestos a oponerse a Humánæ Vitæ incluso antes de su publicación el 25 de julio de 1968. Liderados por el padre Charles Curran, un sacerdote de la Diócesis de Rochester (Nueva York), que entonces estaba bajo la autoridad de su obispo diocesano, un hombre llamado Fulton J. Sheen, y estaba enseñando en la Universidad Católica de América en Washington (Distrito de Columbia), varios católicos “disidentes”, financiados por Planned Parenthood y organizaciones relacionadas, pudieron tomar una decisión importante anuncio en The New York Times para expresar su “leal oposición” a  la reafirmación de Humánæ Vitæ sobre la naturaleza prohibida de los métodos anticonceptivos artificiales. El cardenal Patrick O’Boyle, arzobispo de Washington, intentó despedir a Curran. Fue anulado por los otros cardenales que constituían la junta directiva de la Universidad Católica de América. Montini/Pablo VI no disciplinó a Curran. Tampoco el obispo Sheen, quien podría haber llamado a Curran su hogar en Rochester en ese mismo momento.
    
El ascenso de la “leal oposición” planteada por el padre Charles Curran y sus compañeros firmantes “disidentes” hizo que la aceptación de la Humánæ Vitæ fuera una piedra de toque de lo que se consideraba la “ortodoxia” católica en los círculos católicos “conservadores”. Estos católicos “conservadores” “se unieron en torno al ‘papa’”, abrazando la Humánæ Vitæ sin siquiera considerarla como un documento verdaderamente revolucionario que ayudó a lanzar e institucionalizar una forma “natural” de anticoncepción que se ha convertido en la norma esperada en los círculos conciliares (e incluso en algunos recintos sedevacantistas). El síndrome del “papa pobre y sufriente” que aflige a los católicos “conservadores” y de mentalidad tradicional en las estructuras conciliares hasta el día de hoy comenzó con la publicación de la Humánæ Vitæ y la oposición que engendró por parte de los “ultraprogresistas”.
    
Fue para proteger al “papa” pobre y sufriente que muchos católicos “conservadores”, aunque incómodos con el servicio protestante y masónico del Novus Ordo cuando fue promulgado el 3 de Abril de 1969 e implementado el domingo 30 de Noviembre de 1969, aceptaron la “reforma litúrgica” y se convirtieron en firmes defensores de la misma, ya que de lo contrario sería situarse en el mismo campo que los “ultraprogresistas”. Este fue un punto que me había señalado primero el presbítero conciliar que se había referido a Montini de manera bastante consistente como “Pablo el Enfermo”. Fue un buen punto, correcto, ya que estaba unos diez años por delante de mí en cuanto al daño del  Novus Ordo.

Convertida así en piedra de toque de la “ortodoxia doctrinal” y de la “lealtad al papa”, la Humánæ Vitæ lanzó la industria artesanal de la “planificación familiar natural” (existe algo llamado “Instituto Papa Pablo VI para el estudio de la reproducción humana” en Omaha, Nebraska) que fue defendida por católicos creyentes como el padre Paul Marx OSB, que había desacreditado el mito de la superpoblación y que era odiado por sus superiores benedictinos por su crítica a la negativa de los “obispos” conciliares a oponerse a la anticoncepción “artificial”, y el Padre John A. Hardon SJ, quien fue igualmente odiado por sus propios superiores en la Compañía de Jesús por su defensa de la Fe lo mejor que pudo en circunstancias difíciles (no me sorprendería que monseñor George Kelly también se convirtiera en un entusiasta de la “planificación familiar natural” por lealtad al “Papa”). Y luego estaba la sincretista Madre Teresa de Calcuta, que ayudó a defender la causa del “Papa” a este respecto. Desafortunadamente, la causa fue la de un falso “papa”, un verdadero revolucionario que fue más allá de todo lo que alguna vez se pretendió en Casti Connúbii del Papa Pío XI  y en la Alocución del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión.

Montini/Pablo VI ayudó a allanar el camino como un perverso “Juan el Bautista” para las interminables tonterías “personalistas” de Karol Wojtyła/Juan Pablo II que hacían discutir temas que nunca saldrían de los labios de los católicos en ninguna época anterior a esta parte muy informal de la industria artesanal relacionada llamada “la teología del cuerpo”. Esta industria artesanal ha enriquecido a personas como Christopher West y otros que están obsesionados con lo físico y, por lo tanto, con la inmodestia y la indecencia en el discurso, ya que lo que se opone a la enseñanza católica se presenta como parte del Sagrado Depósito de la Fe en “lealtad” al “beato” Juan Pablo II. (Para un breve esbozo del camino desde Dietrich von Hildebrand, quien, irónicamente, se oponía al  servicio del Novus Ordo y se lo dijo a Pablo VI en su cara, hasta Christopher West, véase La fenomenología de Dietrich von Hildebrand y su nueva enseñanza sobre el matrimonio, de la señora Randy Engel).

El Papa Pío XII condenó la visión personalista del matrimonio que dio origen a la Humánæ Vitæ y la planificación familiar natural

El discurso del Papa Pío XII a las parteras sobre la naturaleza de su profesión, que algunos en los círculos sedevacantistas están tratando como un mandato positivo para enseñar y practicar la “planificación familiar natural”, contenía un rechazo total de la visión “personalista” del matrimonio defendida por Dietrich von Hildebrand, Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini/Pablo VI, Albino Luciani/Juan Pablo I, Karol Wojtyła/Juan Pablo II y Joseph Ratzinger/Benedicto XVI:
«Los “valores de la persona” y la necesidad de respetarlos es un tema que desde hace dos decenios ocupa cada vez más a los escritores. En muchas de sus lucubraciones, hasta el acto específicamente sexual tiene su puesto asignado para hacerlo servir a la persona de los cónyuges. El sentido propio y más profundo del ejercicio del derecho conyugal debería consistir en que la unión de los cuerpos es la expresión y la actuación de la unión personal y afectiva.
    
Artículos, capítulos, libros enteros, conferencias, especialmente sobre la “técnica del amor”, están dedicados a difundir estas ideas, a ilustrarlas con advertencias a los recién casados como guía del matrimonio para que no dejen pasar por tontería o por mal entendido pudor o por infundado escrúpulo lo que Dios, que ha creado también las inclinaciones naturales, les ofrece. Si de este completo don recíproco de los cónyuges surge una vida nueva, ésta es un resultado que queda fuera, o cuando más como en la periferia de los “valores de la persona”; resultado que no se niega, pero que no se quiere que esté en el centro de las relaciones conyugales.
     
Según estas teorías, vuestra consagración para el bien de la vida todavía oculta en el seno materno, o para favorecer su nacimiento feliz, no tendría sino una influencia menor y pasaría a segunda línea.
    
Ahora bien, si esta apreciación relativa no hiciese sino poner el acento sobre el valor de la persona de los esposos más que sobre el de la prole, se podría en rigor dejar de examinar tal problema; pero se trata, en cambio, de una grave inversión del orden de los valores y de los fines puestos por el mismo Creador. Nos encontramos frente a la propagación de un complejo de ideas y de afectos, directamente opuesto a la claridad, a la profundidad y a la seriedad del pensamiento cristiano. Y he aquí que de nuevo tiene que intervenir vuestro apostolado. Podrá, en efecto, ocurriros que seáis las confidentes de la madre y esposa y os interroguen sobre los más secretos deseos y sobre las intimidades de la vida conyugal. ¿Pero cómo podréis entonces, conscientes de vuestra misión, hacer valer la verdad y el recto orden en las apreciaciones y en la acción de los cónyuges si no tuvieseis vosotras mismas un exacto conocimiento y estuvieseis dotadas de la firmeza de carácter necesario para sostener lo que sabéis que es verdadero y justo?
   
El fin primario del matrimonio
La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida. Los otros fines, aunque también los haga la Naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados. Esto vale para todo matrimonio, aunque sea infecundo; como de todo ojo se puede decir que está destinado y formado para ver, aunque en casos anormales, por especiales condiciones internas y externas, no llegue nunca a estar en situación de conducir a la percepción visual.
    
Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de Marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1). Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (Sagrada Congregación del Santo Oficio, 1 de Abril de 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103).
    
¿Se quiere acaso con esto negar o disminuir cuanto hay de bueno y de justo en los valores personales resultantes del matrimonio y de su práctica? No, ciertamente, porque a la procreación de la nueva vida ha destinado el Creador en el matrimonio seres humanos, hechos de carne y de sangre, dotados de espíritu y de corazón, y éstos están llamados en cuanto hombres, y no como animales irracionales, a ser los autores de su descendencia. A este fin, el Señor quiere la unión de los esposos. Efectivamente, de Dios dice la Sagrada Escritura que creó al hombre a su imagen y le creó varón y hembra (Gn 1,27), y ha querido —como repetidamente afirma en los libros sagrados— que “el hombre abandone a su padre y a su madre y se una a su mujer y formen una carne sola” (Gn 2, 24; Mt 19,5; Ef 5, 31).
    
Todo esto es, pues verdadero y querido por Dios, pero no debe separarse de la función primaria del matrimonio; esto es del servicio a una vida nueva. No sólo actividad común de la vida externa, sino también todo el enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto por la voluntad de la naturaleza y del Creador al servicio de la descendencia. Por su naturaleza, la vida conyugal perfecta significa también la entrega total de los padres en beneficio de los hijos, y el amor conyugal, con su fuerza y con su ternura, es el mismo un postulado del más sincero cuidado de la prole y la garantía de su actuación (cf. Suma teológica, 3 p., cuestión 29, art. 2., corpus; Suplemento, cuestión 49, art. 2, respuesta a la objeción 1).
     
Reducir la cohabitación de los cónyuges y el acto conyugal a una pura función orgánica para la transmisión de los gametos, sería sólo convertir el hogar doméstico, santuario de la familia, en un simple laboratorio biológico. Por eso, en nuestra Alocución del 29 de septiembre de 1949 al Congreso Internacional de los Médicos Católicos, excluimos formalmente del matrimonio la fecundación artificial. El acto conyugal, en su estructura natural, es una acción personal, una cooperación simultánea e inmediata de los cónyuges que, por la naturaleza misma de los agentes y la propiedad del acto, es la expresión del don recíproco que, según la palabra de la Escritura, efectúa la unión “en una carne sola”.
    
Esto es mucho más que la unión de dos gametos, que puede efectuarse también artificialmente, es decir, sin la acción natural de los cónyuges. El acto conyugal, ordenado y querido por la Naturaleza, es una cooperación personal a la que los esposos, al contraer matrimonio, se otorgan mutuamente el derecho.
     
Por eso, cuando esta prestación en su forma natural y desde el comienzo es permanentemente imposible, el objeto de contrato matrimonial se encuentra afectado por un vicio esencial. Es lo que entonces dijimos: “No se olvide: sólo la procreación de una nueva vida según la voluntad y el designio del Creador lleva consigo, en un grado estupendo de perfección, la realización de los fines intentados. Esta es, al mismo tiempo, conforme a la naturaleza corporal y espiritual y a la dignidad de los esposos, y al desarrollo normal y feliz del niño” (AAS, vol. 41, 1949, página 560).
    
Decid, pues, a la novia o la recién casada que viniere a hablaros de los valores personales, que tanto en la esfera del cuerpo o de los sentidos, como en la espiritual, son realmente genuinos, pero que el Creador los ha puesto en la escala de los valores, no en el primero, sino en el segundo grado» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
Esta es una condena contundente de los fundamentos filosóficos y teológicos de la enseñanza y práctica indiscriminada e institucionalizada de la “planificación familiar natural” en las vidas de las parejas casadas católicas. También es otra condena papal a la visión del matrimonio del conciliarismo.
    
No se puede dejar de enfatizar la importancia de la condena por parte del Papa Pío XII de la ideología muy personalista que está en la raíz de lo que hoy se llama “planificación familiar natural”, apenas poco más de siete años y medio después de que el Santo Oficio condenara la obra, idéntica a la de Dietrich von Hildebrand, del padre Herbert Doms, que había invertido el fin del matrimonio. La condena de la obra del Padre Doms fue aludida en un pasaje del discurso del 29 de octubre de 1951, recién citado anteriormente. Aquí está una vez más para enfatizar:
«Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de Marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1). Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (Sagrada Congregación del Santo Oficio, 1 de Abril de 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103)» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
Los católicos que buscan comentar sobre los fundamentos de la ideología de la “planificación familiar natural” deben comprender la conexión entre el trabajo de personas como Dietrich von Hildebrand y el padre Hebert Doms y otros que sirvieron como base revolucionaria para la Humánæ Vitæ y, por tanto, de “planificación familiar natural” y la “teología del cuerpo”. También es muy importante que uno se familiarice y se familiarice con la condena del Papa Pío XII de estas presuposiciones falsas que son el corazón mismo de la “PFN” tal como se enseña y practica sobre una base institucionalizada, especialmente en lugares como el “Instituto Pablo VI para el estudio de la reproducción humana”.
    
El fundamento del verdadero amor conyugal: el amor de Dios por encima de todo
    
Más alto que cualquier amor humano es el amor que cada uno de nosotros debe tener por el Dios que nos creó, el Dios que nos redimió, el Dios que nos santifica. El amor a Dios y a su Santa Fe viene antes que el amor que ofrecemos a cualquier simple criatura, incluidos nuestros cónyuges y nuestros hijos. El amor mutuo de un esposo y una esposa no es auténtico y, por lo tanto, es perjudicial para su salvación eterna si cualquiera de ellos ama al cónyuge (o, peor aún, a sí mismo y a su propio deseo desordenado de ser el centro del universo del otro) más que el verdadero Dios de la Divina Revelación como Él nos ha revelado exclusivamente a Su verdadera Iglesia. No se puede decir que ningún cónyuge sea un buen esposo o una buena esposa si se queja de que aquel con quien está casado en Cristo Rey ama a Dios más que a sí mismo. Así es el narcisismo. Es egoísmo. Estamos llamados a amar a Dios sobre todas las criaturas y así amar a todas las criaturas por amor a Él, es decir, que deseamos su bien, cuya máxima expresión es la salvación de sus almas inmortales como miembros de la Iglesia Católica, fuera de la cual no hay salvación y sin la cual no puede haber verdadero orden social.
   
Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo nos ha enseñado cuán sincero debe ser nuestro amor por Él:
  • «[36] Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa. [37] Quien ama al padre o a la madre más que a Mí, no merece ser Mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a Mí, tampoco merece ser Mío. [38] Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. [39] Quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; quien perdiere su vida por amor Mío, la volverá a hallar. [40] Quien a vosotros recibe, a Mí me recibe; y quien a Mí me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado a Mí» (San Mateo 10, 36-40).
  • «[26] Si alguno de los que me siguen, no aborrece, o no ama menos que a Mí, a su padre y madre, y a la mujer, y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. [27] Y el que no carga con su cruz, y no me sigue, tampoco puede ser mí discípulo» (San Lucas 14, 26-27).
El comentario del obispo Richard Challoner sobre la Biblia de Douay-Rheims explica el significado de Lucas 14:26:
«[26] “No odiéis”… La ley de Cristo no nos permite odiar ni siquiera a nuestros enemigos, mucho menos a nuestros padres: pero el significado del texto es, que debemos estar en esa disposición de alma, como para ser dispuestos a renunciar y separarnos de todo, por cercano o querido que sea para nosotros, que nos impida seguir a Cristo».
Los maridos y las esposas deben amarse tanto por amor a la Santísima Trinidad que estén dispuestos a renunciar incluso a los privilegios del estado matrimonial si existen circunstancias que les obliguen a considerar hacerlo. Muchos santos lo han hecho, entre ellos San Enrique Emperador y su esposa, Santa Cunegunda, por motivos puramente sobrenaturales. Con Dios nada es imposible. Nada.
   
Teniendo esto en cuenta, debemos considerar estas palabras del Papa Pío XI cuando se habla del acuerdo mutuo entre marido y mujer de abstenerse de los privilegios del estado matrimonial en circunstancias excepcionales:
«Viniendo ahora a tratar, Venerables Hermanos, de cada uno de los aspectos que se oponen a los bienes del matrimonio, hemos de hablar, en primer lugar, de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, y ello, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal. Criminal licencia ésta, que algunos se arrogan tan sólo porque, aborreciendo la prole, no pretenden sino satisfacer su voluptuosidad, pero sin ninguna carga; otros, en cambio, alegan como excusa propia el que no pueden, en modo alguno, admitir más hijos a causa de sus propias necesidades, de las de la madre o de las económicas de la familia.
     
Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta. […]
   
También nos llenan de amarga pena los gemidos de aquellos esposos que, oprimidos por dura pobreza, encuentran gravísima dificultad para procurar el alimento de sus hijos.
   
Pero se ha de evitar en absoluto que las deplorables condiciones de orden económico den ocasión a un error mucho más funesto todavía. Ninguna dificultad puede presentarse que valga para derogar la obligación impuesta por los mandamientos de Dios, los cuales prohíben todas las acciones que son malas por su íntima naturaleza; cualesquiera que sean las circunstancias, pueden siempre los esposos, robustecidos por la gracia divina, desempeñar sus deberes con fidelidad y conservar la castidad limpia de mancha tan vergonzosa, pues está firme la verdad de la doctrina cristiana, expresada por el magisterio del Concilio Tridentino: “Nadie debe emplear aquella frase temeraria y por los Padres anatematizada de que los preceptos de Dios son imposibles de cumplir al hombre redimido. Dios no manda imposibles, sino que con sus preceptos te amonesta a que hagas cuanto puedas y pidas lo que no puedas, y Él te dará su ayuda para que puedas” [Concilio de Trento, sesión 6, cap. XI]. La misma doctrina ha sido solemnemente reiterada y confirmada por la Iglesia al condenar la herejía jansenista, que contra la bondad de Dios osó blasfemar de esta manera: “Hay algunos preceptos de Dios que los hombres justos, aun queriendo y poniendo empeño, no los pueden cumplir, atendidas las fuerzas de que actualmente disponen: fáltales asimismo la gracia con cuyo medio lo puedan hacer” [Constitución apostólica “Cum occasióne”, 31 de Mayo de 1653, proposición 1]» (Papa Pío XI, Encíclica “Casti Connúbii”, 31 de Diciembre de 1930).
Hay cierto mérito en profundizar en estos puntos, aunque sea por un breve momento o dos.
    
Aunque algunos de “Los Nueve” que fueron expulsados ​​de la Fraternidad San Pío X en 1983 han demostrado una desafortunada tendencia a “golpear las ovejas” cuando se atreven a presentarles sus legítimas preocupaciones pastorales y a obligarlas a aceptar posturas y prácticas pastorales que no han sido enunciadas por la Santa Madre Iglesia, tenían razón en muchas cosas, incluida su declaración firme e inequívoca contra la alegre aceptación por parte del Arzobispo Lefebvre de los decretos de nulidad emitidos por los “tribunales matrimoniales” conciliares. “Los Nueve” se alzaron en defensa de la integridad del Sacramento del Santo Matrimonio, exhibiendo el coraje de San Juan Bautista al hacerlo.
    
Esto significa, por supuesto, que “Los Nueve” —y aquellos a quienes han formado— sostienen la correcta opinión de quienes, a veces bajo la dirección de las propias autoridades conciliares y no pocas veces con “casos” reales y legítimos (como ratum et non consummátum, algo reservado a un propio papa para decidir), recibieron un decreto de “nulidad” de las autoridades conciliares debían vivir en matrimonios josefitas hasta la muerte de aquel con quien habían desposado en la iglesia conciliar.

Esto no es duro.

Esto no es “difícil”.

Esto no es imposible.
    
Quienes aman a Dios por encima de todo reconocen que Él envía todas las gracias a través de las manos amorosas de Nuestra Señora, quien es la Mediadora de Todas las Gracias, la necesaria para llevar cualquier cruz que se nos pida que carguemos en cada momento de nuestras vidas. Y esto no es diferente de lo que las parejas casadas que se encuentran en casos realmente extraordinarios de amenazas físicas muy raras a la vida de una mujer o de graves dificultades económicas pueden ciertamente considerarse llamados a hacer: llevar la cruz con amor y gratitud mientras abandonan de común acuerdo, sin que sea ocasión de pecado para ninguno de los cónyuges, por el tiempo que sea necesario y mediante mutuo consentimiento y consulta con un director espiritual, dentro o fuera del confesionario, lo que es propio del estado matrimonial.
    
El Papa Pío XI lo había señalado en Casti Connúbii. Lo mismo hizo el Papa Pío XII en su Discurso a las obstétricas sobre la naturaleza de su profesión el 29 de Octubre de 1951:
«Ahora bien, acaso insistáis, observando que en el ejercicio de vuestra profesión os encontráis a veces ante casos muy delicados en que no es posible exigir que se corra el riesgo de la maternidad, lo cual tiene que ser absolutamente evitado, y en los que, por otra parte, la observancia de los períodos agenésicos o no da suficiente seguridad o debe ser descartada por otros motivos. Y entonces preguntáis cómo se puede todavía hablar de un apostolado al servicio de la maternidad. Si, según vuestro seguro y experimentado juicio, las condiciones requieren absolutamente un “no”; es decir, la exclusión de la maternidad, sería un error y una injusticia imponer o aconsejar un “sí”. Se trata aquí verdaderamente de hechos concretos y, por lo tanto, de una cuestión no teológica, sino médica; ésa es, por lo tanto, competencia vuestra. Pero en tales casos los cónyuges no piden de vosotras una respuesta médica necesariamente negativa, sin la aprobación de una “técnica” de la actividad conyugal, asegurada contra el riesgo de la maternidad. Y he aquí que con esto sois llamadas de nuevo a ejercitar vuestro apostolado en cuanto que no tenéis que dejar ninguna duda sobre que, hasta en estos casos extremos, toda maniobra preventiva y todo atentado directo a la vida y al desarrollo del germen está prohibido y excluido en conciencia y que sólo un camino permanece abierto: es decir, el de la abstinencia de toda actuación completa de la facultad natural. Aquí vuestro apostolado os obliga a tener un juicio claro y seguro y una tranquila firmeza.
   
Pero se objetará que tal abstinencia es imposible, que tal heroísmo es impracticable. Esta objeción la oiréis vosotras, la leeréis con frecuencia hasta por parte de quienes, por deber y por competencia, deberían estar en situación de juzgar de modo muy distinto. Y como prueba se aduce el siguiente argumento: “Nadie está obligado a lo imposible, y ningún legislador razonable se presume que quiera obligar con su ley también a lo imposible. Pero para los cónyuges la abstinencia durante un largo periodo es imposible. Luego no están obligados a la abstinencia. La ley divina no puede tener este sentido”.
    
De este modo, de premisas parciales verdaderas se deduce una consecuencia falsa. Para convencerse de ello basta invertir los términos del argumento: “Dios no obliga a lo imposible. Pero Dios obliga a los cónyuges a la abstinencia si su unión no puede ser llevada a cabo según las normas de la Naturaleza. Luego en estos casos la abstinencia es posible”. Como confirmación de tal argumento, tenemos la doctrina del Concilio de Trento, que en el capítulo sobre la observancia necesaria y posible de los mandamientos, enseña, refiriéndose a un pasaje de San Agustín: “Dios no manda cosas imposibles, pero cuando manda advierte que hagas lo que puedes y que pidas lo que no puedes, y Él ayuda para que puedas” (Concilio de Trento, sesión 6, cap. II; en Denzinger, n.º 804; San Agustín, De la naturaleza y de la gracia, cap. 43, n.º 50; en Migne, Patrología Latína 44, col. 271).
     
Por eso no os dejéis confundir en la práctica de vuestra profesión y en vuestro apostolado por tanto hablar de imposibilidad, ni en lo que toca a vuestro juicio interno, ni en lo que se refiere a vuestra conducta externa. No os prestéis jamás a nada que sea contrario a la ley de Dios y a vuestra conciencia cristiana! Es hacer una injuria a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo estimarles incapaces de un continuado heroísmo. Hoy, por muchísimos motivos —acaso bajo la presión de la dura necesidad y a veces hasta al servicio de la injusticia—, se ejercita el heroísmo en un grado y con una extensión que en los tiempos pasados se habría creído imposible. ¿Por qué, pues, este heroísmo, si verdaderamente lo exigen las circunstancias, tendría que detenerse en los confines señalados por las pasiones y por las inclinaciones de la Naturaleza? Es claro, el que no quiere dominarse a sí mismo, tampoco lo podrá; y quien crea dominarse contando solamente con sus propias fuerzas, sin buscar sinceramente y con perseverancia la ayuda divina, se engañará miserablemente.
    
He aquí lo que concierne a vuestro apostolado para ganar a los cónyuges al servicio de la maternidad, no en el sentido de una ciega esclavitud bajo los impulsos de la Naturaleza, sino de un ejercicio de los derechos y de los deberes conyugales regulados por los principios de la razón y de la fe» (Papa Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de Octubre de 1951).
   
Bergoglio y Fernández: hombres que ensalzan y habilitan a los impuros

Sin embargo, en lo que respecta a Jorge Mario Bergoglio y Víctor Manuel Fernández, Dios sí ordena lo imposible, ya que no creen que las gracias inefables para nosotros de Su Divino Hijo Coigual y Coeterno, Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo. , durante Su Pasión y Muerte en el madero de la Santa Cruz el Viernes Santo y que fluyen hacia nuestros corazones y almas a través del Corazón Doloroso e Inmaculado de María son suficientes para guardar perfectamente cualquiera de los Diez Mandamientos, y, en particular, creen que la castidad es imposible de mantener y que, por el contrario, es virtuoso expresar “amor” de cualquier manera, dentro o fuera del Santo Matrimonio, natural o antinatural, como quiera que el “amor” es de Dios.
    
Aunque no descenderé a las escabrosas y blasfemamente heréticas afirmaciones formuladas por Víctor Manuel Fernández contenidas en un libro que publicó en 1998 y que ha salido a la luz por cortesía de LifeSite News (no proporcionaré un enlace al artículo porque es repugnante más allá de toda imaginación, pero, debo agregar, los horribles argumentos de Fernández, que no son otra cosa que la racionalización y glorificación de los pecados de impureza, guardan un gran parecido con los escritos del deshonrado, venal y financieramente corrupto padre Marcel Maciel Degollado, el fundador de los Legionarios de Cristo que leí a instancias de Alphonse J. Matt, Jr, el editor de The Wanderer, quien murió en 2019, después de que alguien asociado con los Legionarios le entregara una copia), basta decir que los recientes esfuerzos del Apóstata argentino y su protegido, Víctor Manuel Fernández, para ordenar la “bendición” de las “parejas” homosexuales no se basan en ningún tipo de respeto por la doctrina de la Iglesia Católica sobre el Santo Matrimonio, sino en una aceptación completa y acogedora del pecado de Sodoma y sus vicios afines como expresiones de “amor” que, pese a todas sus protestas gratuitas en sentido contrario, sólo pueden ser suprimidas y condenadas en detrimento de la “felicidad” de quienes están en el camino llano y recto que conduce directamente a los portales del infierno.

Es un camino recto desde la aceptación de la anticoncepción hace un siglo hasta el aumento del divorcio, las familias rotas, la feminización de la pobreza, generaciones de niños que nunca han conocido el amor estable y abnegado de un padre y una madre y, por tanto, que han estado perdidos, confundidos y enojados a lo largo de sus vidas, el asesinato quirúrgico de los inocentes no nacidos y, en última instancia, la aceptación del autoabuso, la fornicación, la sodomía en todas sus formas malignas, así como la mutilación química y quirúrgica de los cuerpos en un esfuerzo por lograr el objetivo biológica y ontológicamente imposible de cambiar el género con el que nacieron, y Jorge Mario Bergoglio, quien una vez elogió a una verdadera asesina de bebés, Emma Bonino, miembro del Grupo Bilderberg y asociada de George Soros, conocida como la “Margaret Sanger de Italia”, y Víctor Manuel Fernández han brindado su apoyo y comprensión a estos males de una forma u otra.

Fidúcia Súpplicans es resultado directo del derrocamiento por parte de la secta conciliar de los fines propios del Santo Matrimonio y su aval de lo que se ha dado en llamar “planificación familiar natural”, por lo que es bueno repasar una vez más las palabras de aquel editorial del Washington Post de hace noventa y un años:
«El Consejo Federal de Iglesias de América nombró hace algún tiempo un comité sobre “el matrimonio y el hogar”, que ahora ha presentado un informe a favor de un uso “cuidadoso y restrictivo” de los dispositivos anticonceptivos para regular el tamaño de las familias. El comité parece tener una seria lucha consigo mismo para adherirse a la doctrina cristiana y, al mismo tiempo, permitirse excursiones de aficionados en el campo de la economía, la legislación, la medicina y la sociología. El informe resultante es una mezcla de oscurantismo religioso y materialismo modernista que se aparta de los antiguos estándares de la religión y, sin embargo, no logra abrir un camino hacia algo mejor.
    
El daño que resultaría de un intento de poner el sello de la aprobación de la Iglesia en cualquier plan para “regular el tamaño de las familias” está evidentemente más allá de la comprensión de este comité pseudocientífico. Es imposible conciliar la doctrina de la institución divina del matrimonio con cualquier plan modernista para la regulación mecánica del nacimiento humano. La iglesia debe rechazar las sencillas enseñanzas de la Biblia o rechazar los planes para la producción “científica” de almas humanas. Llevado a su conclusión lógica, el informe del comité, si se lleva a cabo, conduciría a la muerte del matrimonio como institución sagrada, al establecer prácticas degradantes que alentarían la inmoralidad indiscriminada. La sugerencia de que el uso de anticonceptivos legalizados sería “cuidadoso y restringido” es absurda. Si las iglesias han de convertirse en organizaciones de propaganda política y “científica”, deberían ser honestas y rechazar la Biblia, burlarse de Cristo como un maestro obsoleto y acientífico, y atacar con valentía como campeones de la política y la ciencia como sustitutos de la añeja religión» (“Olvidando la religión”, Editorial, The Washington Post, 22 de Marzo de 1931).
La predicción hecha hace noventa años en The Washington Post se está cumpliendo nuevamente con las “innovaciones” teológicas de personas como Jorge Mario Bergoglio y Víctor Manuel Fernández, quienes demostraron su lealtad al adversario al condenar a quienes se mantienen firmes en nombre de la enseñanza católica. y al dar todas las señales a las fuerzas del infierno de que están de su lado, que están cumpliendo sus órdenes, es decir, los activistas homosexuales reconocen a Fiducia Supplicans por lo que es y debe ser: un respaldo del Vaticano y un sello de aprobación a sus perversidades:
«(LifeSiteNews) — Grupos e individuos “católicos” LGBT están elogiando Fidúcia Súpplicans como un respaldo no tan tácito a las relaciones homosexuales, si no un paso hacia los “matrimonios” homosexuales sacramentales, por parte de la Santa Sede, mientras reprenden a los prelados y sacerdotes que reconocen la declaración como un ataque directo a la verdad, socavando la autoridad de las Escrituras y el magisterio de la Iglesia.
     
“Esta declaración del Vaticano es una reversión dramática de un documento emitido hace aproximadamente dos años y medio que declaraba que no se podían ofrecer bendiciones a las parejas del mismo sexo”, dijo Marianne Duddy-Burke, directora ejecutiva de DignityUSA, una organización para católicos que se identifican como LGBTQ.
    
Un comunicado de prensa reciente de la organización señaló que “DignityUSA ha bendecido las relaciones entre personas del mismo sexo desde la década de 1970 y ha pedido igualdad de acceso al matrimonio para las personas LGBTQIA+ durante más de 25 años”.
    
“Este es un reconocimiento importante de que la negación de bendiciones causó un gran daño pastoral a muchos y demuestra la voluntad de repensar la teología discriminatoria y deshumanizante”, dijo Duddy-Burke. “También se siente como una reivindicación del trabajo que tantos católicos LGBTQIA+ y aliados han estado haciendo durante décadas para transmitir nuestra profunda convicción de que nuestra sexualidad e identidades de género son bendiciones de Dios y totalmente consistentes con ser católicos fieles”.
    
Al decir lo que los partidarios del Papa Francisco se niegan a reconocer, Duddy-Burke dijo que Fidúcia Súpplicans es un paso hacia la plena igualdad y la afirmación de las relaciones entre personas del mismo sexo.
   
“De esta declaración se desprende claramente que el reconocimiento sacramental de las relaciones entre personas del mismo sexo aún no está sobre la mesa”, dijo. “Sin embargo, el Papa ha expresado su apoyo a las uniones civiles y a la protección legal de las parejas del mismo sexo y de nuestras familias. Quizás aún más importante es el hecho de que mayorías significativas de católicos en muchos países ya creen que las relaciones de parejas del mismo sexo son santas, benditas y equivalentes al matrimonio. Puede que lleve tiempo, pero esperamos que la iglesia oficial también logre este reconocimiento”.
   
“Alentamos a los párrocos de todo el país y de todo el mundo a aprovechar este nuevo permiso para otorgar bendiciones a las parejas del mismo sexo que soliciten este signo de afirmación”, añadió.
   
Escribiendo para Outreach, un recurso en línea dirigido por jesuitas para católicos LGBTQ, el p. James Martin escribió que Fidúcia Súpplicans es un “gran paso adelante para los católicos LGBTQ”, en parte porque “continúa el acercamiento continuo del Papa Francisco a las personas LGBTQ”.
   
Martín explicó:
“[D]urante el mes de Octubre, el Papa Francisco se reunió con representantes LGBTQ tres veces. Unos días antes del inicio del Sínodo, se reunió conmigo en una audiencia privada en la Casa Santa Marta; a mitad del Sínodo, se reunió con Jeannine Gramick SL, junto con su equipo del Ministerio New Ways; y finalmente, durante una audiencia general a finales de mes, se reunió con Marianne Duddy-Burke y otros representantes de la Red Global de Católicos Arcoíris (GNRC), un grupo que agrupa a los grupos católicos LGBTQ en todo el mundo”.
“Hablando de paraguas, el día de esa reunión final con la GNRC, apareció un inmenso arco iris sobre la Basílica de San Pedro”, añadió Martin.
   
“[Fidúcia Súpplicans] se refiere a las bendiciones de las parejas. No dice individuos separados”, dijo Paul Riofski, un homosexual de 66 años, según un informe del Bay Area Reporter.
    
Riofski, quien durante décadas ha sido miembro del grupo LGBTQ “Dignity” de San Francisco, una organización para católicos que se identifican como LGBTQ, estaba comentando una directiva sobre Fidúcia Súpplicans dada por el Arzobispo de San Francisco Salvatore Cordileone a los sacerdotes de su diócesis sobre la bendición de parejas homosexuales.
    
El memorando privado de Cordileone decía que “cualquier sacerdote tiene derecho a negar tales bendiciones si, a su juicio, hacerlo sería fuente de escándalo de alguna manera”.
     
“Creemos que nuestras relaciones y nuestro amor están bendecidos por Dios y están en consonancia con el amor de Dios”, continuó Riofski. “Lo mejor que él [Cordileone] dijo públicamente fue decirle a la gente que leyera el documento completo. Y si lees los documentos de la iglesia, lo lees en su totalidad y observas lo que se promueve y pide”.
    
“Está muy claro que el propósito de este documento es abrir las cosas y ser más inclusivo y señalar una manera de alentar a las personas en sus vidas a crecer en el amor y la adhesión al evangelio”, dijo Riofski. “A veces tenemos diferentes interpretaciones de lo que exige el evangelio”.
    
“Las instrucciones del Vaticano para bendecir a parejas del mismo sexo ofrecieron un conjunto claro de parámetros sobre cómo, cuándo y qué se supone que deben hacer los sacerdotes cuando la gente solicita tales bendiciones”, dijo Francis DeBernardo, director ejecutivo del Ministerio New Ways, un grupo que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) declaró en 2010 “no tiene aprobación ni reconocimiento por parte de la Iglesia Católica para hablar sobre la cuestión LGBT.
    
“Las instrucciones fueron muy claras y detalladas, por lo que parece que los comentarios adicionales del arzobispo Cordileone, incluida una advertencia sobre el escándalo, fueron innecesarios”, dijo DeBernardo. “La advertencia del arzobispo puede hacer que los sacerdotes se muestren reacios a dar tales bendiciones cuando se las pidan y también puede hacer que algunas parejas sean cautelosas a la hora de pedirlas”.
    
El memorando del arzobispo Cordileone proporcionó “una excusa fácil para negarse a proporcionar catequesis”, dijo Stan Jr. Zerkowski, director ejecutivo de otro grupo “católico” de afinidad LGBTQ, Fortunate Families.
    
“La resistencia a invocar una bendición sobre una pareja del mismo sexo y achacarla al ‘escándalo’ parece ser una excusa fácil para negarse a impartir catequesis, lo que puede ser un desafío en este sentido para algunos, y parece falta de misericordia, bienvenida, así como sensibilidad pastoral”, dijo Zerkowski» (Los grupos ‘católicos’ LGBT celebran Fiducia Supplicans como un respaldo a las relaciones homosexuales ).
Son, por supuesto, personas como Jorge Mario Bergoglio, Víctor Manuel Fernández, James Martin, etc., quienes carecen de misericordia al negarse a exhortar a los pecadores empedernidos a reformar sus vidas. Por otra parte, aquellos que no creen que la sodomía es inherentemente mala y que quienes cometen pecados de Sodoma están en el camino de la perdición eterna, no menos que los que afirman que es imposible guardar los mandamientos y que expresar “amor” de manera contraria a las leyes de Dios y de la naturaleza es loable, no condenable.
    
Mientras continuamos adorando a Cristo Rey durante la octava de la Epifanía
     
Que todo esto es tan contrario a la Luz del Mundo, Cristo Rey, Quien se manifestó a los tres Reyes Gentiles, que es trágico que tan pocas personas quieran reconocer el hecho de que nada de esto puede provenir de Su inmaculada y virginal esposa mística, la Santa Iglesia Católica, ella que jamás podrá dar a sus hijos nada venenoso, erróneo o impuro. Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo vino para redimirnos del pecado y así hacer posible escalar las alturas de la santidad, no sumergirnos en una cloaca de impureza e iniquidad. Ningún verdadero Papa, a pesar de sus propias impurezas e iniquidades, ha tocado jamás la pureza de la Santa Fe, y ningún verdadero Papa lo hará jamás.
    
Como sabemos, por supuesto, todo esto ocurre dentro de la Providencia de Dios para Su mayor honor y gloria y para nuestra propia santificación y salvación, y es para promover esa santificación y salvación que apartamos nuestra atención de los males del mundo de la Modernidad que ha hecho de la fecha de la Epifanía de Nuestro Señor una causa de división política y de los males del mundo del Modernismo a las alegrías de la manifestación de Nuestro Señor de Sí mismo como la Luz de los Gentiles, la Luz del Mundo, el Rey de Reyes.
   
Dom Prosper Gueranger lo recordó en su reflexión del 9 de enero, cuarto día de la octava de la Epifanía:
«Habiendo surgido en Oriente la Estrella predicha por Balaam, los tres Magos, cuyos corazones estaban llenos de la espera del Redentor prometido, se inflaman inmediatamente con el deseo de ir en su busca. El anuncio de la alegre venida del Rey de los judíos se hace a estos santos Reyes de manera misteriosa y silenciosa; y en esto difiere del hecho a los Pastores de Belén, quienes fueron invitados al pesebre de Jesús por la voz de un ángel. Pero el lenguaje mudo de la Estrella les fue explicado por Dios mismo, porque les reveló a Su Hijo; y esto hacía que su Vocación fuera superior en dignidad a la de los Pastores judíos, quienes, según la dispensación de la Ley Antigua, nada podían conocer sino por el ministerio de los Ángeles.

La gracia divina, que hablaba, directa y por sí misma, a las almas de los Magos, encontró una correspondencia fiel y sin vacilaciones. San Lucas dice de los Pastores que vinieron apresuradamente a Belén (San Lucas II, 16); y los Magos muestran su afán sencillo y ferviente con las palabras que dirigieron a Herodes: Hemos visto su estrella en Oriente, dicen, y hemos venido a adorarlo (San Mateo II, 2).

Cuando Abraham recibió el mandato de Dios de salir de la tierra de Caldea, que era la tierra de sus padres y parientes, e ir a un país extraño, obedeció con tal prontitud fiel, que mereció ser hecho Padre de todos. los que creen (Rom. IV, 11): así, igualmente, los Magos, por su fe igualmente dócil y admirable, han sido juzgados dignos de ser llamados Padres de la Iglesia gentil.

Ellos también, o al menos uno o más de ellos, salieron de Caldea, si hemos de creer a San Justino y Tertuliano. Varios de los Padres, entre los cuales se encuentran los dos recién mencionados, afirman que uno, si no dos, de estos santos Reyes era de Arabia. Una tradición popular, admitida desde hace siglos en el arte cristiano, nos dice que uno de los tres era de Etiopía; y ciertamente, con respecto a esta última opinión, tenemos a David y otros profetas diciéndonos que los habitantes de color de las orillas del Nilo serían objeto de la misericordia especial de Dios.

El término Magos implica que se entregaron al estudio de los cuerpos celestes, y también con la especial intención de encontrar esa estrella gloriosa, cuya salida había sido profetizada. Eran del grupo de aquellos gentiles que, como el centurión Cornelio, temían a Dios, no se habían contaminado con el culto a los ídolos y mantenían, a pesar de toda la ignorancia que los rodeaba, las sagradas tradiciones de la religión que practicaban. por Abraham y los Patriarcas.

El Evangelio no dice que fueran Reyes; pero la Iglesia les aplica aquellos versículos del Salmo, donde David habla de los reyes de Arabia y Saba, que en adelante vendrían al Mesías trayendo sus ofrendas de oro. La tradición de que sean Reyes se basa en el testimonio de San Hilario de Poitiers, de San Jerónimo, del Poeta Juvencio, de San León y de varios otros; y sería imposible rebatirlo con argumentos bien fundamentados. Por supuesto, no debemos suponer que fueran monarcas cuyos reinos fueran tan grandes como los del Imperio Romano; pero sabemos que la Escritura aplica con frecuencia este nombre de Rey a los pequeños príncipes, e incluso a los simples gobernadores de provincias. Los Magos, por tanto, serían llamados Reyes, si ejercieran autoridad sobre un número considerable de personas; y de que eran personas de gran importancia, tenemos una prueba contundente en la consideración y atención que les mostró Herodes, en cuyo palacio entran, diciéndole que han venido a rendir homenaje al recién nacido Rey de los judíos. . La ciudad de Jerusalén se ve sumida en un estado de excitación por su llegada, lo que difícilmente habría ocurrido si los tres extranjeros, que vinieron con un propósito que pocos prestaron atención, no hubieran estado acompañados por un numeroso séquito o no hubieran llamado la atención con sus imponentes apariencia.

Estos Reyes, entonces, dóciles a la inspiración divina, dejan de repente su patria, sus riquezas, su tranquilidad, para seguir una Estrella: el poder de aquel Dios que los había llamado, los une en el mismo camino, como estaban. , ya, uno en la fe. La Estrella avanza delante de ellos, señalándoles el camino que debían seguir: los peligros de tal viaje, las fatigas de una peregrinación que podría durar semanas o meses, el miedo a despertar sospechas en el Imperio Romano hacia el que evidentemente se dirigían. cuidar – todo esto no era nada para ellos; les dijeron que se fueran y fueron.

Su primera estancia es en Jerusalén, porque allí se detiene la Estrella. Ellos, los gentiles, vienen a esta Ciudad Santa (que pronto tendrá la maldición de Dios sobre ella) y vienen a anunciar que Jesucristo ha venido. Con toda la valentía sencilla y toda la convicción tranquila de los Apóstoles y Mártires, declaran su firme resolución de acudir a Él y adorarlo. Sus serias investigaciones obligan a Israel, que era el guardián de las profecías divinas, a confesar una de las principales marcas del Mesías: su nacimiento en Belén. El sacerdocio judío cumple, aunque con pecaminosa ignorancia, su sagrado ministerio, y Herodes se sienta inquieto en su trono, planeando un asesinato. Los Reyes Magos abandonan la Ciudad infiel, que ha convertido la presencia de los Reyes Magos en una señal de su propia reprobación. La Estrella reaparece en el cielo y los invita a retomar su viaje. Dentro de unas horas estarán en Belén, a los pies del Rey que buscan.

¡Oh querido Jesús! nosotros también te seguimos; caminamos en Tu luz, porque Tú has dicho, en la Profecía de Tu amado Discípulo: Yo soy la Estrella brillante de la mañana (Apoc. XXII, 16). ¡El meteoro que guía a los Magos no es más que Tu símbolo, oh Estrella divina! Tú eres la estrella de la mañana; porque Tu Nacimiento proclama que la oscuridad del error y el pecado ha llegado a su fin. Tú eres la estrella de la mañana; porque, después de someterte a la muerte y al sepulcro, repentinamente te levantarás de aquella noche de humillación a la luminosa mañana de tu gloriosa Resurrección. Tú eres la estrella de la mañana; porque, por Tu Nacimiento y los Misterios que seguirán, Tú nos anuncias el día sin nubes de la eternidad. ¡Que tu luz brille siempre sobre nosotros! ¡Que nosotros, como los Magos, seamos obedientes a su guía y estemos dispuestos a dejarlo todo para seguirla! Estábamos sentados en la oscuridad cuando nos llamaste a tu gracia, haciendo que tu luz brillara sobre nosotros. ¡Nos gustaba nuestra oscuridad y Tú nos diste amor por la Luz! ¡Querido Jesús!, mantén este amor dentro de nosotros. No dejes que el pecado, que es oscuridad, se nos acerque jamás. Presérvanos del engaño de una conciencia falsa. Apartad de nosotros esa ceguera en que cayeron la ciudad de Jerusalén y su rey, y que les impidió ver la Estrella. ¡Que Tu Estrella nos guíe por la vida y nos lleve a Ti, nuestro Rey, nuestra Paz, nuestro Amor!

¡Te saludamos también, oh María, Estrella del Mar, que brillas sobre las aguas de esta vida, dando calma y protección a tus hijos sacudidos por la tempestad que te invocan! Oraste por los Magos mientras atravesaban el desierto; guía también nuestros pasos, y llévanos a Aquel que es Tu Hijo y Tu Luz eterna. Amén» (Dom Prosper Gueranger OSB, El Año Litúrgico, Cuarto Día de la Octava de la Epifanía).
Siempre debemos acudir a la Virgen, Ella que es nuestra Vida, nuestra Dulzura y nuestra Esperanza, para implorar a través de su Santísimo Rosario la gracia de la perseverancia final en este valle pasajero y mortal de lágrimas, y la restauración de la verdadera papa en el Trono de San Pedro mientras nos esforzamos por las gracias que ella nos envía a permanecer puros frente a quienes ensalzan el vicio en el mundo y dentro de la falsa iglesia del conciliarismo y a adorar a su Divino Hijo con la humildad con la que los reyes de Oriente le adoraban.
    
Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
San José, rogad por nosotros.
Sanos Pedro y Pablo, rogad por nosotros.
San Juan Bautista, rogad por nosotros.
San Juan Evangelista, rogad por nosotros.
San Miguel Arcángel, rogad por nosotros.
San Gabriel Arcángel, rogad por nosotros.
San Rafael Arcángel, rogad por nosotros.
Santos Joaquín y Ana, rogad por nosotros.
Santos Gaspar, Melchor y Baltasar, rogad por nosotros.