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miércoles, 9 de agosto de 2023

¿NUEVA FOTOGRAFÍA DE SAN JUAN VIANNEY

Traducción de la noticia publicada en FRANCE.INFO.
  

En Ain habrían sido encontradas en 2013 nuevas fotografías del Cura de Ars. Hasta ahora, no han sido autentificadas. Por ahora solo existe uma fotografía auténtica de San Juan María Vianney. Una fotografía post-mortem.

Los nuevos estereotipos, uno mostrando al clérigo de frente y el otro de perfil, provienen de un legado. Estos retratos únicos, difíciles de identificar, datarían de 1840 a 1855. Baja estatura, rostro macilento, cabellera… ¿se trata del Cura de Ars o de un eclesiástico que se le parecía? Se plantea el interrogante.
  
La única fotografía auténtica del Cura de Ars, en su lecho de muerte… fue tomada el 4 de Agosto de 1859.

sábado, 31 de diciembre de 2022

CONSEJO DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY PARA EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO

Única fotografía de San Juan María Vianney

«Muchos cristianos no trabajan más que para satisfacer este cadáver [al cuerpo siempre lo llamaba “cadáver”] que pronto se pudrirá en la tierra; y, sin embargo, no piensan en su pobre alma, que debe ser eternamente feliz o infeliz. Carecen de espíritu y de buen sentido: ¡esto hace temblar! Veis, hijos, hay que pensar que tenemos un alma que salvar y una eternidad que nos espera. El mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán, el cielo y el infierno no pasarán nunca. ¡Tengamos cuidado!».

miércoles, 28 de abril de 2021

EL DIABLO EN UN BAILE

Un día, una mujer joven, antes de entrar en la vida religiosa, fue a ver al Santo Cura de Ars, quien, durante la conversación, le preguntó:

“¿Recuerdas, hija mía, un baile en la noche, dónde estabas? Allí había un joven desconocido, muy guapo, distinguido, admirado, y todas las chicas querían bailar con él ".

Ella dijo: "Sí, y recuerdo que cuando no me pidió que bailara, me puse triste porque todas las otras chicas tuvieron el privilegio de bailar con él". 

"Te gustaría haber bailado con él, ¿no?",

Ella dijo: "Si." 

“¿Recuerdas que cuando ese joven salía del salón de baile, viste dos llamas azules debajo de sus pies? ¿Y qué pensaste que era una ilusión de tus ojos? 

¡Pues bien, cuando viste a ese joven salir del salón de baile, viste fuego bajo sus pies! No fue una ilusión de tus ojos, hija mía. Ese hombre era un demonio, y si no vino a ti y te pidió que bailaras, fue por una razón: estabas usando el escapulario de Nuestra Señora del Carmen ".

viernes, 31 de julio de 2020

NOVENA EN HONOR A SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Traducción y adaptación de la Novena publicada en The life of the Blessed John B. Marie Vianney, Curé of Ars, compilado por Joseph Schaefer en Nueva York, año 1911. Nihil Obstat por el censor archidiocesano Dr. Thomas B. Cother, e Imprimátur por Mons. John M. Farley, Arzobispo de Nueva York, el 22 de Octubre de 1910.
 
ADVERTENCIA
Si se comulga frecuentemente, es bueno recibir la Sagrada Comunión al comienzo de la Novena y también al final. Mejor, si se puede recibir todos los días.
 
NOVENA EN HONOR DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY, CELOSO TRABAJADOR DE LA VIÑA DEL SEÑOR
 
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA PRIMERO – 31 DE JULIO
FE
En este primer día de la Novena consideraremos la fe de este santo varón. Una fe viva es necesaria a fin de agradar a Dios. Creamos cada palabra que Dios ha hablado por su Santa Iglesia. Debemos practicar esta fe también con las obras. La fe sin obras está muerta. Sin las obras será solamente una declaración vacía de lo que creemos. En una fe firme e inquebrantable, San Juan María Vianney vivió y murió, y se hizo santo.
    
ORACIÓN POR LA FE
Derrama en mi alma, oh Dios, por la intercesión de San Juan María Vianney, pastor de Ars, una fe viva y cordial. Esa fe será mi salvación, como fue la salvación de todos los santos que están en el Cielo. Amén.
       
ORACIÓN A SAN JUAN MARÍA VIANNEY
Te doy gracias, Dios mío, por la gracia de esta novena a tu bienaventurado siervo, San Juan María Vianney. Te suplico, primeramente, que me enseñes las singulares virtudes de este hombre santo: su piedad, mortificación, pobreza y amor a Dios y a nuestro prójimo. Que me convierta, de esta forma, en un miembro útil de la familia humana. He pedido, Señor, por tu siervo San Juan María Vianney, para que pueda rogar por mí y por mi intención (Mencionar aquí la intención).
 
Se ha sabido que muchas gracias han sido concedidas a aquellos que han orado con este espíritu. Incluso has obrado milagros, oh Dios, en aprobación de esta devoción. Alentado por los méritos de la vida de San Juan María Vianney, te suplico, oh Señor, obtenerme la gracia y el favor de esta novena, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
  
LETANÍA EN HONOR A SAN JUAN MARÍA VIANNEY, CURA DE ARS (Para devoción privada)

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
  
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
 
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Trinidad Santa, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
 
Santa María, ruega por nosotros.
San Juan María, ruega por nosotros.
San Juan María, revestido con gracia desde tu infancia, ruega por nosotros.
San Juan María, modelo de piedad filial, ruega por nosotros.
San Juan María, siervo devoto del Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros.
San Juan María, lirio inmarcesible de pureza, ruega por nosotros.
San Juan María, fiel imitador de los sufrimientos de Cristo, ruega por nosotros.
San Juan María, abismo de humildad, ruega por nosotros.
San Juan María, Serafín en la oración, ruega por nosotros.
San Juan María, fiel adorador del Santísimo Sacramento, ruega por nosotros.
San Juan María, ardiente amante de la santa pobreza, ruega por nosotros.
San Juan María, tierno amigo de los pobres, ruega por nosotros.
San Juan María, penetrado con el temor del Juicio de Dios, ruega por nosotros.
San Juan María, fortificado con visiones divinas, ruega por nosotros.
San Juan María, que fuiste atormentado por el espíritu maligno, ruega por nosotros.
San Juan María, perfecto modelo de virtud sacerdotal, ruega por nosotros.
San Juan María, pastor firme y prudente, ruega por nosotros.
San Juan María, inflamado por el celo, ruega por nosotros.
San Juan María, fiel asistente de los enfermos, ruega por nosotros.
San Juan María, catequista infatigable, ruega por nosotros.
San Juan María, que predicaste con palabras de fuego, ruega por nosotros.
San Juan María, sabio director de las almas, ruega por nosotros.
San Juan María, especialmente agraciado con el espíritu de consejo, ruega por nosotros.
San Juan María, iluminado por luz celestial, ruega por nosotros.
San Juan María, formidable a satanás, ruega por nosotros.
San Juan María, compasivo con toda miseria, ruega por nosotros.
San Juan María, providencia de los huérfanos, ruega por nosotros.
San Juan María, favorecido con el don de milagros, ruega por nosotros.
San Juan María, que reconciliaste a muchos pecadores con Dios, ruega por nosotros.
San Juan María, que confirmaste a muchos justos en el camino de la virtud, ruega por nosotros.
San Juan María, que gustaste las dulzuras de la muerte, ruega por nosotros.
San Juan María, que ahora te regocijas en la gloria del Cielo, ruega por nosotros.
San Juan María, auxiliador de todos los que te invocan, ruega por nosotros.
San Juan María, patrono del clero, ruega por nosotros.
 
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros, Señor.
  
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
  
℣. Ruega por nosotros, San Juan María.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Dios omnipotente y misericordioso, que hiciste admirable a San Juan María en su celo pastoral y en su constante amor a la penitencia, concédenos te suplicamos, la gracia de ganar para Cristo, por su ejemplo e intercesión, las almas de nuestros hermanos y alcanzar con ellos la gloria eterna.

Oh San Juan María, incomparable trabajador en el campo confiado a ti, obtén para la Iglesia la realización del deseo de Jesús. La mies es abundante, pero los obreros pocos. Ruega al dueño de la mies que envíe trabajadores a su viña. Oh San Juan María, intercede por el clero. Que tu patrocinio y tu oración multipliquen las verdaderas vocaciones sacerdotales. Que el Espíritu Santo te conceda emuladores; ¡que Él nos de santos! Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

DÍA SEGUNDO – 1 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
ESPERANZA CRISTIANA
Considera las bendiciones de la esperanza cristiana. Es una confianza en Dios, en Su Providencia, una sumisión viva, filial y confiada a la voluntad de Dios, sabiendo que Dios ordenaá las cosas a su mayor gloria y a nuestro provecho espiritual. ¡Qué consolación se encuentra en la esperanza cristiana! ¡Cuán dulce es! No podemos ser decepcionados si confiamos en Dios, que no puede engañar. La esperanza es nuestra vida espiritual y el principio de nuestra perseverancia activa en ella. ¡Cuán horrible es el mundo sin esperanza! ¡Cuán gloriosa vida comienza con la esperanza! Dios pone la esperanza en nuestros corazones.
    
ORACIÓN POR LA ESPERANZA
Dame, oh Señor, esa esperanza que elevó el espíritu de San Juan María Vianney, esa esperanza que le dio paciencia en el largo de su sufrimiento. Él lo hizo todo con la esperanza que tu gloria sea aumentada. Infunde en mi corazón el deseo de hacer buenas obras en tu nombre. Amén.
  
La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA TERCERO – 2 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
AMOR A DIOS
En el tercer día debemos considerar el amor de Dios. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas, vivir en este amor, y continuar amándolo hasta el final. Ama al Hijo de Dios, Jesucristo, ama a la Iglesia, la Esposa de nuestro Señor. El amor de Dios nos llevará al Cielo. Dios nos dará todo si lo amamos a Él. Es tan razonable amar a Dios; de hecho, el hombre si no ama a Dios, es un tonto. Es nuestra religión, nuestra felicidad y nuestra bendición suprema. Es nuestro mismo Cielo aquí sobre la tierra. La felicidad del Cielo, comenzada en este mundo aun imperfectamente, si perseveramos hasta el fin, continuará por toda la eternidad.
    
ORACIÓN POR EL AMOR A DIOS
Oh Dios mío, te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas porque Tú, oh Dios, eres el Sumo Bien, y porque tus propias perfecciones infinitas son dignísimas de todo amor. Amén.
   
La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO – 3 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
AMOR AL PRÓJIMO
Este día será dado a la consideración del amor que debemos tener a nuestro prójimo. Que el amor al prójimo se imprima profundamente en nuestra mente. Esto es muy importante. Es el segundo sólo al amor de Dios. No puedes hacer nada agradable a Dios a menos que lo hagas por un motivo, sea por amor a Dios o por nuestro prójimo. Estos han sido los mayores seres humanos que han amado a Dios sobre todas las cosas y a sus prójimos como a sí mismos.
    
ORACIÓN PARA OBTENER EL AMOR A NUESTRO PRÓJIMO
Querido Jesús mío, amador de todos los hombres, enséñame a amar a mi prójimo como Tú amaste incluso a tus enemigos. San Juan María Vianney fue tu fiel seguidor en la práctica de esta virtud. Él amó a las almas. Que me consuma también, por una devoción a él, el mismo amor por las almas. Amén.

La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA QUINTO – 4 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
HUMILDAD
La gran virtud de nuestro santo es la humildad. Tratemos de imitar y entender esta virtud. Hallaremos algunas buenas almas que nunca piensan mucho de sí mismas. Ellas quieren siempre estar en el último lugar. Ellas no quieren ser consideradas en lo absoluto. Sin embargo, siempre están haciendo el bien. Ellas son preciosas a la vista de Dios.
    
ORACIÓN POR LA HUMILDAD
Oh dulce y humilde Jesús, dame también la preciosa virtud de la humildad, la cual diste tan abundantemente a tu siervo San Juan María Vianney, para que también pueda ser agradable a tu vista y agradable ante los hombres. Nunguna virtud es tan atrayente como la humildad. Tú, oh Señor, exaltas a los humildes. Ser grande ante tu vista y aprobado por Ti es el objeto de mi deseo. Amén.

La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA SEXTO – 5 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
AMOR DE LA POBREZA
El amor de la pobreza es un amor sincero y activo. La falta de posesiones, el deseo de no tener nada, dar a los pobres lo que tenemos, o lo que no necesitamos, es pobreza. Practica la autonegación. Ahorra para dar a los pobres, para construir hospitales, asilos para huérfanos o iglesias. Haz decir misas por las pobres ánimas sufrientes en el Purgatorio.
    
ORACIÓN POR LA POBREZA
Señor, Tú has dicho: “Bienaventurado el que piensa en los pobres”. Que yo tenga ese conocimiento, que es el camino práctico para mostrar mi amor al prójimo en dificultad. Que, como Tú, sea también un buen samaritano haciendo el bien y socorriendo a quien lo necesite. No sólo debo ser pobre en el espíritu, sino qu también debo amar ser pobre en realidad, porque los pobres son los hermanos de Cristo. Amén.

La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA SÉPTIMO – 6 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
MORTIFICACIÓN
Este día debe ser dedicado a la virtud de la mortificación. Aparta las comodidades de comer y beber, la extravagancia de la vida y los lujos personales. Vive sencillamente y como un hombre pobre. Sé simple en los vestidos, pero está bien vestido. Sé abstemio en tu mesa. Especialmente guárdate de toda indulgencia en el beber. La abstinencia en el beber es una virtud muy recomendable. Niégate muchas cosas que son innecesarias. No cedas a todas las incitaciones del apetito. Sé templado.
    
ORACIÓN PARA OBTENER LA GRACIA DE LA MORTIFICACIÓN
Tú, Señor, desde el comienzo has mandado la mortificación de la carne. Desde el comienzo, los deseos de la carne han sido el bane de una vida piadosa. Cuando consiga tu gracia, oh Señor, inspírame con al gún grado de esta firmeza y fiel adhesión a Ti. No sufras que mi corazón sea vencido por esa inconstancia que es tan natural a él, ni permitas que mi vida sea una perpetua sucesión de malas prácticas e infidelidades. Concédeme que mi corazón sea todo tuyo, todo el tiempo y para siempre. Y que por la mortificación pueda merecer la bienaventuranza eterna. Amén.

La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA OCTAVO – 7 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
ORACIÓN
Debemos orar en todo tiempo. Cada acto debe ser una oración. El espíritu de oración debe estar en toda nuestra vida cristiana. Debemos orar si queremos hacer algo grande en la vida espiritual. Una vida sin oración es un período mayormente improductivo. La oración es la conversación íntima con Dios. Nuestro Santo siempre estuvo íntimamente unido a Dios en la oración. San Juan María Vianney nunca dejó de orar.
    
ORACIÓN POR UN VERDADERO ESPÍRITU DE DEVOCIÓN
Cuán dulce, oh Señor, respirar solamente tu amor y decirte con todo mi corazón: ¡Mi Dios y mi todo! ¡Concédeme que esas palabras puedan entrar en mi alma! Haz pues, imprimirlas en tal modo sobre mi mente y mi corazón, para que pueda entenderlas y practicarlas. Que yo sea devoto a la oración. Haz que mi delectación sea conversar contigo, que ore por todo lo que necesite y ante toda empresa, para que con la oración pueda empezar toda obra y sea felizmente concluida con la oración. Tú eres mi Salvador. Que yo te posea en la oración aquí en la tierra, y que seas Tú mi porción por toda la eternidad en el Cielo. Amén.

La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA NOVENO – 8 DE AGOSTO
Por la señal,…
Acto de contrición.
      
DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA
En el último día de la novena debemos intentar aprender y comenzar a cultivar una devoción, que apela al corazón de cada católico, esto es, la devoción a la Madre de Dios. ¡Qué es la vida católica sin el amor a Santa María! ¡Cuán oscura y horrible es una vida sin la consolación espiritual de la Comunión de los Santos! En resumen, ten una gran devoción a María. Ora a ella con confianza como uno que tiene el derecho a ser escuchado y el derecho de dirigirse a ella. Ama a María con el más sincero afecto. Que no pase un día sin haberle dicho una oración. Reza el Rosario cada día. Viste en su honor el escapulario. Acude a la Confesión y a la Santa Comunión en sus fiestas. Realiza muchos pequeños actos de religión por motivo del amor a la Santísima Virgen.
       
ORACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA
Mi querido Salvador, Jesucristo, Hijo de la Virgen María, concédeme la gracia de amar a tu Madre. Esta gracia es tal distinción, tal gracia de salvación, que debo tenerla por todos los medios. Dios te salve, Santa Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva. A Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Vuelve, graciosísima abogada, tus ojos de misericordia hacia nosotros, y después de este destierro muéstranos el fruto bendito de tu vientre. Oh amantísima, piadosísima y dulcísima Virgen María. Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
 
La Letanía y la Oración se rezarán todos los días.

domingo, 29 de marzo de 2020

ORACIÓN PARA CUANDO NO SE PUEDE IR A MISA EN DOMINGO O DÍA DE PRECEPTO

Si estás en casa, es fácil saber la hora en que comienza la Misa mayor; si estás en los campos o de viaje, puedes conocer la hora con la vista del sol. Comienza a transportarte en espíritu a la iglesia de tu parroquia*, únete en intención a las oraciones y al Sacrificio de la Misa que se estén atendiendo, y comienza por la oración siguiente:
  
Dios mío, puesto que vuestra Providencia puso el día de hoy obstáculos al deseo que tengo de asistir al santo sacrificio de la Misa, dignaos llenar mi espíritu de santos pensamientos y fijar mi corazón hacia Vos durante esta augusta ceremonia. Dignaos también aceptar favorablemente la pena que siento de no poder asistir el día de hoy a la Santa Misa.
  
Dios mío, me humillo profundamente y me uno en intención al sacerdote que me representa al pie de vuestro altar. Os confieso nuevamente todas las faltas y los pecados que he cometido durante todos los días de mi vida. Dignaos purificar mi corazón por un arrepentimiento sincero, para que pueda participar de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que va a renovar el sacrificio de la cruz, para hacernos agradables a vuestra majestad infinita.
  
Padre eterno, uno al sacrificio de vuestro divino Hijo mis pensamientos, mis penas, mis sufrimientos, y os pido los aceptéis en expiación de mis faltas, que son tan numerosas.
  
Salvador mío Jesús, haced que mi imaginación se llene del recuerdo de los sufrimientos que habéis afrontado por mi salvación, que todo esto que golpea mis miradas en este momento tenga lugar en mi espíritu, para representarme las diferentes circunstancias de vuestra pasión, el huerto de los Olivos, la montaña del Calvario, el árbol de la cruz.
   
Mi divino Jesús, que mi corazón no sea más duro que las rocas que fueron divididas en el momento cuando entregasteis vuestro último suspiro, y que pruebe un poco de este dolor profundo que inundó el corazón de vuestra santa Madre, al pie de la cruz, cuando ella os vio expirar para la salud del mundo.
  
Ángeles del cielo, mi santo Ángel guardián, mi Santo patrono, uníos a mí, para que pueda con el pensamiento asistir al Sacrificio de la Misa, y merecer por mis ardientes deseos participar de las gracias que tantos otros más dichosos que yo, reciben en este momento al pie de los altares. Amén.
  
Recita enseguida las oraciones de la Misa con tanta piedad y devoción como si estuvieras en la iglesia; piensa que los Ángeles asisten invisiblemente al Santo Sacrificio y se acercan al altar con el más profundo respeto.
  
(Extracto de Délices des pèlerins de Lalouvesc ou Exercices de Dévotion qui se font à Lalouvesc, et des réflexions spirituelles de Jean Marie Baptiste Vianney, Curé d’Ars – Delicias de los peregrinos de Lalouvesc o Ejercicios que se hacen en la Lalouvesc, y reflexiones espirituales de Juan María Bautista Vianney, Cura de Ars. Lyon, Librería de A. Mothon, 1857).
   
* Al estar actualmente en Sede Vacante, y sin jurisdicción ordinaria, por iglesia parroquial debemos entender capilla, oratorio o centro de Misa de una sociedad religiosa tradicionalista o de un sacerdote tradicionalista independiente (N. del T.)

viernes, 9 de agosto de 2019

DE NADA APROVECHA EL TRABAJAR EN DOMINGO

El santo Cura de Ars decía: «yo conozco dos medios seguros para llegar a ser pobres: 1º Trabajar en día Domingo, día del Señor y 2º Robar».
«Ustedes trabajan y trabajan, pero lo que ganan es la ruina del cuerpo y del alma. Si se le preguntara a quien viene de trabajar el domingo, podría decir: “Yo vengo de vender mi alma al diablo, de crucificar a Nuestro Señor y de renunciar a mi Bautismo”».
  
LA LUCHA CONTRA EL TRABAJO REALIZADO LOS DOMINGOS, LE TOMÓ 8 AÑOS
  
Hubo cuatro cosas fundamentales contra las que dirigió sus ataques: el trabajo dominical, los bailes, las blasfemias y las tabernas.
«Cómo se equivoca en sus cálculos aquel que trabaja en domingo con el pensamiento de ganar más dinero o hacer más trabajo. ¿Es que dos o tres francos podrán jamás compensar el error cometido violando la ley de Dios? Ustedes creen que todo depende del trabajo, pero puede venir una enfermedad, un accidente o una tormenta, una helada. El buen Dios tiene todo en sus manos... Él ha mandado trabajar, pero también descansar... El hombre no es sólo una bestia de carga, sino un espíritu, creado a imagen de Dios, que tiene necesidades materiales y espirituales. El hombre no vive solamente de pan, sino también de oraciones, de fe, de adoración y de amor» (P. ALFRED MONNIN SJ, Le Curé dArs: Vie de S. Jean-Baptiste-Marie Vianney, tomo 1, págs. 166-167).
  
La guerra contra el trabajo de los domingos le costó ocho largos años, pero al final lo consiguió. De esta manera, en Ars el domingo llegó a ser el día del Señor.
   
P. ÁNGEL PEÑA BENITO OAR, Vida y Anécdotas del Cura de Ars, cap. X “Lucha contra los vicios. – Nihil Obstat: P. Ignacio Reinares OAR, Vicario Provincial del Perú. Imprimátur: Mons. José Carmelo Martínez, Obispo de Cajamarca (Perú).

viernes, 2 de agosto de 2019

QUIEN IGNORA LA RELIGIÓN ES PORQUE QUIERE

«¡Ah desdichado [católico]! Si viviste en la ignorancia [de tu religión], fue sencillamente porque no quisiste instruirte, porque no quisiste aprovecharte de las instrucciones o huiste de ellas ¡Vete, desgraciado, vete! Tus excusas solo sirven para hacerte aun más digno aún de maldición! Vete, hijo maldito, al Infierno, a arder en él con tu ignorancia».
 
SAN JUAN MARÍA VIANNEY.

sábado, 11 de agosto de 2018

LETANÍA DE SANTA FILOMENA

  
Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten misericordia de nosotros.
  
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
  
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Trinidad santa, que eres un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
  
Santa María, Reina de las Vírgenes, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, llena de abundantes gracias desde tu nacimiento, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, fiel imitadora de María, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, modelo de Vírgenes, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, templo de la más perfecta humildad, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, inflamada con el celo por la gloria de Dios, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, víctima de amor por Jesús, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, ejemplo de fortaleza y perseverancia, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, invencible campeona de la castidad,Ruega por nosotros.
Santa Filomena, espejo de las más heroicas virtudes, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, firme e intrépida frente a los tormentos, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, azotada como tu Divino Esposo, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, traspasada por una lluvia de flechas, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, consolada por la madre de Dios, cuando estabas encadenada, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, milagrosamente curada en la prisión, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, confortada por ángeles en tus tormentos, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que preferiste los tormentos y la muerte a los esplendores de un trono, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que convertiste a los testigos de tu martirio, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que terminaste con la furia de tus ejecutores, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, protectora de los inocentes, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, patrona de la juventud, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, refugio de los infortunados, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, salud delos débiles y enfermos, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, nueva luz de la Iglesia militante, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que confundes la impiedad del mundo, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que estimulas la fe y el coraje de los fieles, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, cuyo nombre es glorificado en el Cielo y temido en el Infierno, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, famosa por los más extraordinarios milagros, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, todopoderosa con Dios, Ruega por nosotros.
Santa Filomena, que reinas en la Gloria. Ruega por nosotros.
 
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Escúchanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Ten misericordia de nosotros.
  
℣. Ruega por nosotros, Santa Filomena.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
 
ORACIÓN
Te imploramos, ¡oh Señor!, que por intercesión de Santa Filomena, Virgen y Mártir, a quien siempre miraste con complacencia  por su gran pureza y práctica de todas las virtudes, perdones nuestro peados y concédenos todas las gracias que necesitamos especialmente (aquí se pide la gracia especial que deseamos recibir). Amén.
 
Letanía compuesta por San Juan María Vianney, gran propagador de la devoción a Santa Filomena.

jueves, 9 de agosto de 2018

ANTE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO, CERREMOS LOS OJOS Y ABRAMOS EL CORAZÓN

  
«Cada vez que estemos ante el Santísimo Sacramento, en lugar de mirar a nuestro alrededor, cerremos nuestros ojos y abramos nuestro corazón; el Buen Dios abrirá su seno. Iremos a Él, Él vendrá a nosotros, el uno para preguntar, el otro para recibir: esto será como una conversación de uno al otro. ¡Qué dulzuras no encontraremos al olvidarnos a nosotros para buscar a Dios!
  
Es como en los primeros tiempos cuando me encontraba en Ars. Había un hombre (Luis Chaffangeon) que jamás pasaba ante la iglesia sin entrar. En la mañana cuando iba al trabajo, en la tarde cuando regresaba, él dejaba en la puerta sus aperos, y permanecía largo tiempo en adoración ante el Santísimo Sacramento. Me encantaba eso. Yo le pregunté una vez qué le decía a Nuestro Señor durante estas largas visitas que él Le hacía. ¿Sabéis qué me respondió? “Señor cura, yo no Le digo nada: yo Lo miro y Él me mira”. ¡Qué belleza!».
 
Anécdota de San Juan María Vianney, recogida por el P. Alfred Monnin SJ en El Espíritu del Cura de Ars en sus catecismos, sus sermones y sus conversaciones. Editorial religiosa Pierre Téqui, París 1975, pág. 96).

lunes, 5 de marzo de 2018

DEL INFIERNO DE LOS CRISTIANOS, POR SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Tomado de SERMONES DEL SANTO CURA DE ARS
 
«Ibi erit fletus et stridor déntium». (S. Matth. VIII, 12)
 
Nosotros leemos en el Evangelio que, cuando el Salvador entró en Cafarnaum, un Centurión vino a su encuentro, diciéndole: «Señor, mi siervo esta enfermo en mi casa, de una parálisis que lo hace sufrir mucho». «¡Y bien!, le dice el buen Salvador, iré y yo lo curaré». «¡Ah! Mi Señor, le dice el Centurión, no soy digno de que entres en mi casa; pero di sólo una palabra, y mi siervo será curado. Puesto que yo soy un hombre sujeto a las ordenes de mis superiores, sin embargo, tengo soldados bajo mi mando que hacen todo por mí, digo a uno: ve allí, y va; a otro: ven aquí, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace». Jesús, habiéndole escuchado así quedó lleno de admiración, y les dice a aquellos que le seguían: «En verdad les digo que no he encontrado una fe más grande en todo Israel. Por ello les dice que muchos vendrán de Oriente y Occidente y se colocarán junto con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los cielos, mientras que los hijos de este reino serán lanzados a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes».
 
Quién será de nosotros, hijos míos, aquel que, queriendo tomarse la molestia de penetrar el sentido de estas palabras, no se sentirá convencido y llegará con espanto casi a la desesperación pensando que verdaderamente son los malos cristianos quienes son estos desgraciados, que serán expulsados del Reino de los cielos y arrojados a las tinieblas exteriores, es decir, hijos míos, en el Infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes: mientras que a los idólatras y paganos, que nunca han tenido la felicidad de conocer a Jesucristo, se les abrirán los ojos del alma, abandonarán el camino de la perdición, vendrán para entrar en el seno de la Iglesia y ocuparán el sitio que estos malos cristianos perdieron por el desprecio de las gracias que recibieron. Pero no es todavía bastante, hijos míos, los cristianos condenados sufrirán en efecto de tormentos infinitamente más rigurosos que los infieles. La razón es que estos extranjeros serán condenados en parte porque nunca han oído hablar de Jesucristo y de su religión; que vivieron y que murieron en la ignorancia: mientras que los cristianos vieron, a la edad de la razón, la antorcha de la fe brillar delante de ellos como un bello sol y recibieron luces más que suficientes para conocer lo que ellos mismos debían a Dios, al prójimo y a ellos mismos. ¡Oh infierno del cristiano, que tú serás terrible y riguroso! Pero voy a decir, hijos míos, ¿y podréis vosotros oírlo sin temblar? que tanto, el Cielo es alejado de la tierra, tanto el Infierno de los infieles será alejado de aquél del cristiano. Si vosotros queréis saber la razón, hijos míos, he aquí. Si Dios es justo, como nosotros no podemos dudar, debe castigar a una alma al Infierno en proporción de las gracias que recibió y despreció, del conocimiento que tenía para servir a Dios. Después de eso, pues es muy justo que un cristiano condenado sufra infinitamente más que un infiel en el Infierno, porque las gracias, los medios para salvarse eran infinitamente más grandes. Para haceros sentir, hijos míos, la necesidad de aprovechar las gracias que recibimos en nuestra santa religión, quisiera destacar que un cristiano condenado será más atormentado que un infiel.
 
Para daros a entender, hijos míos, la magnitud de los tormentos que están reservados a los malos cristianos, habría que ser Dios mismo, porque sólo el que le comprenda, y los condenados le sienten, puesto que Dios es infinito en sus castigos como en sus recompensas. Cuando el buen Dios me daría el poder de arrastrar aquí, en mi lugar, un infame Judas que ha cometido un horrible sacrilegio en comulgar indignamente y vendiendo a su divino Maestro, lo que hacen tan a menudo los malos cristianos por sus confesiones y sus comuniones indignas, su solo grito sería decirme: «¡Oh! ¡yo sufro!» ¡Lenguaje triste que no puede expresar ni la grandeza, ni la magnitud de sus sufrimientos! ¡Oh Infierno de los cristianos, que serás terrible! Ya que Jesucristo parece agotar su potencia, su cólera y su furor para hacer sufrir a estos malos cristianos. ¡Oh mi Dios, como podemos pensar bien en eso, y sentirse de este número, y vivir tranquilos! Mi Dios, ¿que desgracia es comparable a la de estos cristianos! Pero, dígaseme, según esto parecería que hay varios Infiernos. ¡Pues bien! hijos míos, yo, les diré que, si los sufrimientos y los tormentos de los condenados fueran los mismos, Dios no sería justo.
 
Digo además, que hay tantos infiernos como condenados, y que sus sufrimientos son grandes en proporción de la magnitud y del número de los pecados que cometieron y gracias que despreciaron. Dios, que es todopoderoso, nos hace sensibles a nuestra desgracia en proporción del mal que hicimos. Hay grados de los condenados como los santos. Éstos son totalmente felices, es verdad; sin embargo, hay unos que son más elevados en gloria, y esto, según las penitencias y otras buenas obras que hicieron durante su vida. Lo mismo ocurre con los condenados: son totalmente desgraciados, totalmente privados de la vista de Dios, lo que es la más grande de todas las desgracias; porque si un condenado tuviera la felicidad de ver al buen Dios, una vez cada mil años, y esto durante cinco minutos, su infierno dejaría de ser un infierno. Sí, hijos míos, el buen Dios nos hará sensibles a esta privación y a otros tormentos, según el número, el tamaño y la malicia de los pecados que hayamos cometido. Díganme, hijos míos, ¿podemos oír, sin estremecernos, el lenguaje de estos impíos que les dicen que les gusta ser condenados tanto por mucho como por poco?
 
¡Lamentablemente! desgraciado, pues ¿no pensó jamás que cuanto más sus pecados fuesen multiplicados, y más fuesen cometidos con malicia, más sufriría en el Infierno? Más allá concluyo, hijos míos, que los cristianos que pecaron con más conocimiento, que se vieron obligados tantas veces a hacerse violencia para reprimir los remordimientos de su conciencia, que despreciaron las santas inspiraciones y todos los deseos buenos que Dios les daba, son tanto más culpables; pues es muy justo, digo, que la justicia de Dios se haga sentir más rigurosamente sobre ellos que sobre estos pobres infieles que pecaron, en parte, sin conocer el mal que hacían, y sin conocer al que ellos ultrajaban, sin conocer la bondad y el amor de un Dios por sus criaturas. Si los idólatras, nos dicen a los santos, son condenados por haber transgredido las leyes de Dios que no conocían, leyes que no conocieron (Romanos 2), ¿que será pues el castigo de los cristianos que saben tan bien el mal que hacen, los deberes que tienen que cumplir?, que comprenden cuánto ultrajan a Dios, que saben los dolores que se preparan para la eternidad; y que, a pesar de todo eso, ¿no dejan de pecar? No, no, hijos míos, la potencia y la cólera de Dios parecen no ser bastante grandes ni la eternidad bastante larga para castigar a estos desafortunados. Sí, hijos míos, me parece ver estas llamas encendidas por la justicia de Dios negarse a hacer sufrir estas penas a los idolatras y volverse con un furor espantoso sobre estos desgraciados cristianos reprobados. En efecto, hijos míos, ¿quién no sería tocado por compasión viendo brillar estas naciones extranjeras? ¡Ah!, deben exclamar en medio de las llamas que los devoran: «Dios mío, ¿por qué nos echaste en estos abismos de fuego? No sabíamos lo que había que hacer para amarte. Si te ultrajamos, es porque no te conocíamos. ¡Ah! Señor, si se nos hubiera dicho, como a los cristianos, todo lo que habías hecho por nosotros, cuánto nos querías, ¡ah! no, jamás habríamos tenido la desgracia de ofenderte». ¡Lamentablemente! me parece que veo a Jesucristo que se tapa los oídos para no oír los gritos de estos pobres desgraciados. No, hijos míos, Jesucristo es demasiado bueno para no dejarse conmover. Si no nos hubiera dicho que, sin el bautismo y fuera de la Iglesia, no podíamos esperar el cielo, ¿podríamos creer bien que estas pobres almas estén condenadas sin haber sabido lo que había que hacer para salvarse? No, hijos míos, me parece que Jesucristo no puede fijar los ojos en estos pobres infortunados sin ser tocado por compasión. Pero que se consuelen en sus desgracias: los dolores que van a aguantar infinitamente serán menos rigurosos que aquellos de los cristianos. ¡Mi Dios! ¿podrá decir cada uno de ellos «por qué me echó en este fuego»?
 
Pero, por otra parte, hijos míos, escuchad los gritos, los aullidos de los cristianos condenados: «¡Ay de mi! ¡Yo sufro! No veo, no toco, no siento y sólo soy difunto. ¡Ah! si estoy condenado es por mi culpa; sabía bien todo lo que había que hacer para salvarme, y tenía todos los medios más que suficientes para esto. ¡Por desgracia! ¡Pecando, sabía muy bien que perdía a mi Dios, mi alma y el Cielo, y que me condenaba por siempre para arder en los infiernos! ¡Ah! Soy bien castigado porque lo quise. El buen Dios que, tantas veces, me ofreció mi perdón y todas las gracias que hacían falta para esto, el buen Dios me perseguía sin cesar con remordimientos de conciencia que me devoraban y que parecían forzarme a salir del pecado, y no quise, ¡y estoy condenado! Me serví de todas las luces que sólo esta bella religión me proporcionaba, para pecar con más malicia». «Sí, mi Dios, dirá este cristiano durante la eternidad, castigadme, es muy justo, porque, si te encarnaste, si padeciste tantas humillaciones, tantos tormentos, una muerte tan dolorosa y tan vergonzosa, era sólo para llevarme a operar la salvación de mi alma. Toda esta bella religión que has fundado, y derramas con tanta abundancia tus gracias para los pecadores, son sólo para mi salvación; sí, mi Dios, yo sabía todo esto».
  
Sí, hijos míos, un cristiano condenado tendrá, durante toda la eternidad, ante los ojos, todos los buenos pensamientos, todos los buenos deseos, todas las buenas obras que hubiera podido hacer y que no hizo, todos los sacramentos que no recibió y que hubiera podido recibir, todas las oraciones perdidas, todas las misas que oyó mal y que hubiera podido oír muy bien como es debido, lo que le hubiera ayudado mucho a salvar su alma. Sí, hijos míos, este mal cristiano recordará todas las instrucciones que se perdió o que despreciaba, y por las que hubiera podido conocer tan bien sus deber. ¡Ah! Digamos mejor, hijos míos, todos estos recuerdos serán como verdugos que lo devorarán.
 
¡Pues bien! hijos míos, de todo esto, el buen Dios no tendrá que criticarles nada a los pobres idólatras. No, hijos míos, no sabían lo que era pensar en el buen Dios, de agradarle, ni los medios que había que emplear para ir al Cielo; lo que ha hecho comentar a varios santos que todo lo que el buen Dios podía inventar para hacer sufrir a los cristianos condenados no será demasiado riguroso para ellos, ya que conocían tan bien lo que había que hacer para ir al Cielo y agradar a Dios. Veis, hijos míos, si no es justo que suframos en la otra vida más que los paganos. Escuchad con que malicia el cristiano peca sobre la tierra, con cuanta audacia se rebela contra Dios. «Sí, Señor, le dice, sé que tú eres mi Dios, mi creador, que sufriste, que moriste por mí, que me amaste más que a ti mismo, que no dejas de llamarme a ti por tu gracia, por los remordimientos de mi conciencia y por la voz de mis pastores; ¡pues bien! me burlo de ti y de todas tus gracias. Me diste mandamientos para observarlos bajo pena de los castigos más rigurosos: me burlo de ti, de tus mandamientos y de tus amenazas. Tu me diste las luces necesarias para comprender toda la belleza de nuestra santa religión y la felicidad que nos proporciona; ¡pues bien! haré todo lo contrario de lo que me mandas. Tu me amenazas que si me quedo en el pecado pereceré allí, precisamente es para esto que no quiero salir de eso. Sé muy bien que tú instituiste los Sacramentos por los cuales podemos salir tan bien de tu tiranía: y no sólo no quiero sacar provecho de eso, sino que todavía quiero despreciar y burlarme de los que recurrirán a eso, para llevarles a actuar como yo. Sé que tú estas realmente presente en el Sacramento adorable de la Eucaristía, lo que debería llevarme a aparecer delante de ti sólo con un gran respeto y un santo temblor, sobre todo siendo tan pecador como soy: a pesar de eso, quiero ir a tus iglesias y al pie de tus altares sólo para despreciarte y burlarme de ti con mi poco respeto y modestia». «Sí, dirá esta muchacha mundana y perdida, quiero por mis adornos y por mi aire que seduce encantarles con mi forma de tratarlos: tomaré todos los medios posibles para encantar los corazones; trataré de encender en los corazones, con mis maneras infernales, los fuegos impuros que los harán un objeto de horror. ¿Quieren amarme? Haré todo lo que pueda para despreciarlos. Tú me dices que seré feliz, si quiero, durante la eternidad, si te sirvo escrupulosamente; pero que, si hago lo contrario, tú me echarás en los abismos, donde Tú me harás sufrir los dolores infinitos: me burlo del uno y del otro».
  
«Pero, piénsese, no decimos esto pecando; pecamos, es verdad, pero no tenemos este lenguaje». Mi amigo, tus acciones lo dicen, cada vez que pecas, conociendo el dolor que causas. ¿Se nos fía de eso, hijo mío? Dime, cuando trabajas el santo día del Domingo, o cuando comes carne los días que prohíbe la iglesia, cuando juras, o cuando dices palabras sucias, sabes muy bien que ultrajas al buen Dios, que pierdes tu alma y el Cielo, y que te preparas un Infierno. Sabes bien que estando en el pecado, si no recurres al Sacramento de la Penitencia, jamás serás salvado. Vaya, viejos pecadores endurecidos, vaya, cenagal de iniquidad, las naciones extranjeras le esperan para mostrarle que, si hizo daño, lo sabía muy bien. Según esto, hijo mío, pues es muy justo que un cristiano que peca con tanto conocimiento y malicia, sea castigado más rigurosamente en la otra vida que un infiel que pecó, por decirlo así, sin saber que hacía daño. Dime, hijo mío, ¿Cuentan para nada totalmente estos beneficios de los que el buen Dios te favoreció preferentemente a los paganos, y los que tú desprecias?
 
¡Ah¡, hijos míos, ¡que los tormentos que el buen Dios les prepara a los malos cristianos son horribles! Podremos oír sin estremecernos lo que nos dice San Agustín, que «hay unos cristianos que, sólo, en el Infierno, sufrirán más que naciones enteras de paganos, porque, dice, hay unos cristianos que recibieron más gracias que naciones enteras de idólatras». No, mis niños, nos dice San Juan Crisóstomo, «los pecados de los cristianos no son más pecados, pero sacrilegios y de los más horribles, en comparación de los pecados de los idólatras. No, no, malos cristianos, no es más cuestión de pecados en vuestro caso, sino los sacrilegios más horribles».
 
¡Pero, piénsese, es muy duro!, hijos míos, ¿queréis la prueba? Hela aquí: ¿qué es este sacrilegio? Es, dígaseme, la profanación de una cosa santa, dedicada a Dios, como son nuestras iglesias que son destinadas sólo a la oración; es una profanación, cuando asistimos sin respeto, sin modestia, que conversamos allí, nos reímos o dormimos. Es, dígaseme, la profanación de un copón que esta destinado a contener a Jesucristo bajo las especies del pan, o todavía del cáliz, que es santificado por el toque del Cuerpo adorable de Jesucristo y de su Sangre preciosa. ¡Pues bien!, nos dice San Juan Crisóstomo, nuestros cuerpos son todo esto por el santo bautismo. El Espíritu Santo hace su templo de la santa comunión; nuestros corazones son como un copón que contiene a Jesucristo: «¿nuestros miembros no son los miembros de Jesucristo?» (I Cor. VI, 15). ¿ La carne de Jesucristo no se mezcla con la nuestra? ¿Su sangre adorable no fluye por nuestras venas? ¡Ah! desgraciados que somos, ¿nunca hicimos estas reflexiones, que, cada vez que pecamos, hacemos una profanación y un sacrilegio horrible? No, no, hijos míos, jamás detenemos nuestro pensamiento sobre eso, y si antes de pecar estuviéramos convencidos de eso, nos sería imposible pecar. ¡Por desgracia mi Dios, ¡que el cristiano conoce poco lo que hace pecando!
  
Pero, me diréis, si todos estos pecados que son tan comunes en el mundo, son unas profanaciones y sacrilegios tan injuriosos al buen Dios, ¿cuál es el nombre que damos a lo que llamamos sacrilegio, y lo que cometemos cuando escondemos nuestro pecados o los disfrazamos por temor o por vergüenza confesándonos? ¡Ah, hijos míos!, ¡Como podemos fijarnos bien, sin morir de horror, en el pensamiento de tal crimen, que arroja la desolación en el cielo y la tierra! ¡Ah, hijos míos! ¿Un cristiano puede llevar su furor hasta tal exceso, contra su Dios y su Salvador? Un cristiano, hijos míos, que ha cometido un solo sacrilegio en su vida, ¿todavía podría vivir? ¡Ah! no, hijos míos: no hay más términos, ni expresiones para describir el tamaño, la negrura y la horribilidad de tal monstruo cristiano, digo, que, al tribunal de la penitencia, donde un Dios mostró la grandeza de su misericordia más allá de lo que los ángeles jamás podrán comprender: ¡Ah! qué digo, un cristiano que, tantas veces ha experimentado el amor de su Dios, ¿podría ser culpable de tal atrocidad contra un Dios tan bueno? Un cristiano, digo, en la mesa santa, tendrá el corazón, el coraje de arrancar a su Dios de las manos del sacerdote para arrastrarlo al demonio? ¡Ah, desgracia espantosa! ¡Ah, desgracia incomprensible! ¡Un cristiano tendrá el bárbaro coraje de degollar a su Dios, su Salvador, y su Padre más amable! ¡Oh! ¡No, no, el Infierno, en todo su furor, jamás pudo inventar nada semejante! ¡Oh Ángeles del Cielo, venid, acudid en ayuda a vuestro Dios, que es magullado y degollado por sus propios hijos! ¡Oh, no, no! ¡El Infierno jamás pudo llevar su furor a tal exceso! ¡Ah, Padre eterno!, ¿cómo puedes sufrir tales horrores contra vuestro divino Hijo, que nos quiso tanto, y que perdió voluntariamente su vida para reparar la gloria que el pecado nos había quitado?
 
Un cristiano que sería culpable de tal pecado, ¿podría andar, sin pensar que la tierra, en cada instante, va a abrirse bajo sus pies para engullirlo en los Infiernos? ¡Ah! hijos míos, si el pensamiento de tal crimen no les hace estremecerse de horror y no hiela la sangre en sus venas, ¡lamentablemente! ¡vosotros estaríais perdidos! ¡Ah no, no más Cielo para vosotros, el Cielo os rechazó! No, no, hijos míos, ¡no tiene allí castigo bastante grande para castigar tal crimen, que asombra a los demonios mismos! «Venid, desgraciados, venid, viejos infames, nos dice san Bernardo, venid, verdugos de Jesucristo. ¡Qué, desgraciados! ¡Vosotros habéis cometido un sacrilegio, que es derramar la Sangre adorable de Jesucristo en el tribunal de la penitencia! ¡Desgraciados, vosotros escondisteis vuestros pecados, cometisteis la barbarie de ir a sentaros a la mesa santa para recibir allí a vuestro Dios! ¡Basta! ¡basta! ¡ah! monstruo de iniquidad, ¡Ah! de gracia, ¡salva a tu Dios!»
 
¡Oh no, no!, el Infierno jamás puede llevar su furor hasta tal exceso. ¡Ah hijos míos!, si las naciones extranjeras ya sufren tormentos tan horribles en el Infierno, ¿qué será pues la magnitud de los tormentos de los cristianos y de las cristianas que, tantas veces durante su vida, cometieron sacrilegios? ¡Ah no, no, hijos míos!, el Infierno jamás será bastante riguroso, ni la eternidad bastante larga para castigar a estos monstruos de crueldad. «¡Ah! ¡qué espectáculo, nos dice el gran Salviano, de ver a cristianos en el Infierno! ¡Por desgracia! nos dice, ¿que se hicieron esas luces brillantes y todas esas bellas calidades que parecían hacer a los cristianos casi semejantes a los ángeles? ¡Oh mi Dios, pues puede diseñar algo más aterrador! ¡Un cristiano en el infierno! ¡Un bautizado entre los demonios! ¡Un miembro de Jesucristo en las llamas! ¡Devorado por los espíritus infernales! ¡Un hijo de Dios entre los dientes de Lucifer!».
 
Venid, naciones extranjeras, venid, pueblos desgraciados, que no conocisteis nunca al que ofendisteis y que os arrojó en las llamas, venid; ¡es justo que seáis los verdugos de estos falsos cristianos, que tenían tantos medios de amar a Dios, de gustarle y de ganar el Cielo, y que pasaron su vida sólo haciendo sufrir a Jesucristo, que tanto deseó salvarlos! Venid para escuchar a Jesucristo mismo, que nos dice que en el juicio final, los Ninivitas que eran una nación infiel, sí, nos dice, los Ninivitas se levantarán contra estos pueblos ingratos y los condenarán. Estos Ninivitas, a la sola predicación de Jonás, que les era desconocido, hacen penitencia y dejan el pecado (S. Matth. XII, 41); y los cristianos a los que esta palabra santa ha sido prodigada tantas veces; sí, esta palabra divina, que no dejó de resonar en sus orejas, pero, ¡por desgracia! que no golpeó su corazón endurecido, estos cristianos no se convirtieron. ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡si tantas gracias, tantas instrucciones, tantos sacramentos habrían sido dados a los pobres idólatras, que de santos, que de penitentes, que habrían poblado el cielo! mientras que todos estos bienes servirán sólo para endurecerles más en el crimen.
  
¡Ah! ¡momento terrible cuando Jesucristo va a decidir los diferentes grados de sufrimiento que padeceremos en los infiernos! ¡Por desgracia! hijos míos, esto se hará a proporción de las gracias que recibimos y despreciamos. Sí, tantas gracias recibidas y despreciadas y tantos grados más profundos en el infierno. ¡Sí, hijos míos, una sola gracia habría bastado a un cristiano para salvarlo, si hubiera querido sacar provecho de eso, y habrá recibido y despreciado los miles y los miles! ¡ Por desgracia! hijos míos, si cada gracia despreciada será un infierno para un cristiano, ¡Ah! mi Dios, ¡que desgracia eterna para estos malos cristianos! ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡habría que poder oír a estos malos cristianos del medio de las llamas donde la justicia de Dios los precipitó! «¡Ah! ¡Si por lo menos, dicen, jamás hubiéramos sido cristianos, aunque fuéramos condenados como estos infieles, por lo menos podríamos consolarnos, porque no habríamos sabido lo que había que hacer para salvarnos! Que de gracias por lo menos habríamos recibido y que no habríamos despreciado. Pero, desgraciados que somos, fuimos cristianos, rodeados de luces e inundados de gracias para comportarnos y ayudarnos a salvarnos». «¡Lamentablemente, dirá a cada uno de ellos, estos tristes cuadros estarán sin cesar delante de mí durante la eternidad! Yo, cuyo nombre ha sido escrito en el libro de los Santos, yo que fui al bautismo totalmente regado con la Sangre preciosa de Jesucristo, yo que podía a cada instante salir del pecado y asegurarme el cielo, yo a quien tantas veces se dejó oír la magnitud de la justicia de Dios para los pecadores y sobre todo para los malos cristianos. ¡Ah! si por lo menos, se me hubiera quitado la vida antes de nacer, jamás hubiera estado en el cielo, es verdad; pero, por lo menos no sufriría tanto en el infierno. ¡Ah! Si Dios no hubiera sido tan bueno y que me hubiera castigado desde mi primer pecado, estaría en el infierno, es verdad; pero allí sería menos profundo y mis tormentos serían menos rigurosos. ¡Ay de mí! bien reconozco ahora que toda mi desgracia viene sólo de mí». Sí, hijos míos, cada réprobo y cada nación tendrá su cuadro delante de los ojos, y esto durante toda la eternidad, sin poder jamás librarse de eso, ni apartar la vista.

¡Por desgracia! estas pobres naciones idólatras verán durante toda la eternidad que su ignorancia fue causa en parte de su pérdida. ¡Ah! se dirán unos a otros, «!Ah! ¡si el buen Dios nos hubiera dado tantas gracias y tantas luces como a estos cristianos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido la felicidad de ser instruidos como ellos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido pastores para aprender a conocer y a querer al buen Dios que nos quiso tanto y qué sufrió tanto por nosotros! ¡Ah! si nos hubieran dicho cuánto el pecado ultraja a Jesucristo y cuánto la virtud tiene gran precio ante los ojos de Dios, ¿habríamos podido cometer el pecado, habríamos podido despreciar a un Dios tan bueno? ¿Mil veces no habríamos preferido morir que desagradarle? Pero, ¡Lamentablemente! no teníamos la felicidad de conocerlo; si somos condenados, ¡por desgracia! el caso es que no sabíamos lo que había que hacer para salvarnos. Sí, tuvimos la desgracia de nacer, de vivir y de morir en la idolatría. ¡Ah! si hubiéramos tenido la felicidad de tener parientes cristianos que nos hubieran hecho conocer la religión verdadera, ¿habríamos podido abstenernos de querer al buen Dios? Si, como los cristianos, hubiéramos sido testigos de tantos prodigios que Él obró durante su vida mortal y que Él continuará haciendo hasta el final de los siglos, Él que, muriendo, les dejó tantos medios de levantarse de sus caídas cuando tenían la desgracia de haber pecado; ¡si hubiéramos tenido la sangre adorable de Jesucristo qué fluía cada día sobre su altar, para pedir gracia para ellos! ¡ Oh! ¡estos cristianos felices a los que tantas veces se les manifestó la misericordia de Dios, que es infinita! ¡Oh! Señor, ¿por qué nos arrojaste al infierno? De gracia, para tu justicia, mi Dios, si te ofendimos, es porque no te conocíamos».
 
Decidme, hijos míos, ¿podemos no ser conmovidos por los tormentos de estos pobres idólatras? Pobres desgraciados, es verdad que sufrís y que estáis separados de Dios, que habría hecho toda vuestra felicidad; pero consolaos de todo, vuestros tormentos serán infinitamente menos rigurosos que aquellos de los cristianos. Pero, hijos míos, ¿qué van a pensar y a hacer estos cristianos considerando su cuadro donde serán marcadas todas las gracias que habían recibido y despreciado? ¡Por desgracia! que digo, cristianos que se verán enrojecer y ennegrecer de tantos crímenes y sacrilegios: ¡ah! es bastante para servir a ellos de infierno. Querrán poder desviar su cara a otro lado para ser menos devorados por el pesar; pero Jesucristo los forzará para siempre, de modo que esta sola vista bastaría para servir a ellos de infierno y de verdugo. ¿Que le podrán decir para excusarse y suavizar un poco sus tormentos? ¡Por desgracia! hijos míos, nada en absoluto; al contrario, todo contribuirá a aumentar su desesperación; verán que ni las gracias ni otros medios de salvación les faltaron, que al contrario, todo les ha sido prodigado; y ellos verán todos estos bienes, que habrían salvado a tantos pobres salvajes, sirvieron sólo para condenarlos. «¡Ah! se dirán, si por lo menos nos hubiéramos quedado en la nada. ¡Ah! ¡qué desgracia para nosotros de haber sido cristianos!». No, hijos míos, no podemos pensar en lo que llegó a estos pobres egipcios sin ser tocados por compasión. Perecieron pasando el Mar Rojo, rebosaron el agua por la boca y fueron totalmente engullidos; este mar que, tantas veces, los había apoyado en sus aguas con navegaciones tan felices, este mar se hizo el medio mismo de su suplicio y los expuso a la risa de sus enemigos, a quienes acababa de abrir un paso libre para salvarlos de sus manos.
 
Pero, ¡lamentablemente! hijos míos, el espectáculo que nos presenta un mal cristiano es mucho más desconsolador. Durante toda la eternidad, veremos a estos cristianos condenados, los veremos devolver por la boca todas las gracias que recibieron y despreciaron durante toda su vida. ¡Por desgracia! hijos míos, veremos salir de estos corazones sacrílegos estos torrentes de la Sangre divina que recibieron y horriblemente profanaron. «Pero, todavía nos dice san Bernardo, lo que les dará todavía un nuevo grado de tormentos a estos cristianos condenados, es que, durante toda la eternidad, tendrán delante de los ojos todo lo que Jesucristo sufrió para salvarlos, y reflexionan que a pesar de eso se condenaron». Sí, nos dice, tendrán delante de los ojos todas las lágrimas que este divino Salvador derramó, todas las penitencias que hizo, todos sus pasos y todos sus suspiros, y todo esto para hacernos mejores. Verán a Jesucristo, tal como era en el pesebre cuando nació, y cuando ha sido acostado sobre un puñado de paja; tal, como era en el huerto de los Olivos, donde lloró tanto nuestros pecados, y hasta con lágrimas de sangre. Él se mostrará como en su agonía, y cuando se le arrastraba por las calles de Jerusalén. Ellos creen oírlo clavado sobre la Cruz, pedir misericordia para ellos: y ahí, Él les mostrará qué cara le costó nuestra salvación, y cuánto sufrió para merecerles el Cielo, que ellos perdieron con tanta alegría de corazón y hasta de malicia. ¡Ah! hijos míos, ¡qué pesares! ¡por desgracia! ¡qué desesperación para estos malos cristianos! «¡Ah!, gritarán del fondo de las llamas, ¡adiós, bello cielo, es para nosotros que has sido creado, y jamás le veremos! ¡Adiós, bella ciudad qué debías ser nuestra morada eterna y hacer toda nuestra felicidad! ¡Ah! si le perdimos, es por nuestra falta y nuestra malicia».
 
Sí, hijos míos, esta es la triste meditación de un cristiano durante toda la eternidad en los infiernos. No, hijos míos, los paganos no tendrán que reprocharse casi nada de todo eso; no tendrán que lamentar el cielo ya que no lo conocían; no han negado y despreciado los medios que se les presentaban para salvarse, ya que ignoraban lo que había que hacer para llegar a esta felicidad. ¡Pero esos cristianos, que no se les dejó de instruir, de urgir y de solicitarles no perderse, y a los que se les presentó tantas veces todos los medios más fáciles para llegar a la vida feliz para la cual fueron creados! Sí, hijos míos, un cristiano dirá al perder la eternidad: «¿Quién es el que me arrojó en el infierno? ¿Es Dios? ¡Ah! No, no. No es Jesucristo; al contrario, Él quería a toda costa salvarme. ¿Es el demonio? Ah no, no, bien podía no obedecerle, como tantos otros hicieron. ¿Son pues mis inclinaciones? ¡Ah! no, no, no son mis inclinaciones; Jesucristo me había dado el imperio sobre ellas, podía amaestrarles con la gracia de Dios que nunca me había abandonado. ¿De donde puede provenir mi pérdida y mi desgracia? ¡Ay de mí! todo esto viene sólo de mí mismo, y no de Dios, ni del demonio, ni de mis inclinaciones. Sí, soy yo quien se atrajo todas estas desgracias; sí, soy yo quien se perdió y reprobó por propia voluntad; si hubiera querido, me habría salvado. ¡Pero estoy condenado! más recursos y esperanza; sí, es mi malicia, mi impiedad y mi libertinaje, que me lanzaron a estos torrentes de fuego de donde jamás saldré».
 
Sí, hijos míos, si la palabra de Dios merece alguna creencia, os ruego pensar seriamente, esta verdad que convirtió tantas almas. ¿Y por qué no produciría los mismos efectos sobre nosotros? ¿Por qué no se convertiría en nuestra felicidad en lugar de nuestra desgracia, si queremos sacar provecho de eso? Sí, hijos míos, o cambiemos de vida, o seremos condenados: porque sabemos muy bien que nuestra manera de vivir no puede conducirnos al cielo. ¡Lamentablemente! hijos míos, nos pasará como al pobre Joab, que, para evitar la la muerte, huyó hacia el templo y abrazó el altar en la esperanza que se le respetaría su vida, porque en otro tiempo había sido el favorito de David; sin embargo fue por orden suya que fue asesinado. El que fue encargado de matarle le gritó: «¡Sal de ahí!». «¡No!, responde el pobre Joab; si hay que morir, prefiero morir aquí». El soldado, viendo que no podía arrancarle del altar, arrojó su puñal, se lo clavó en el pecho, y este pobre Joab besando el altar, recibió el golpe de la muerte y cayó al pie del tabernáculo, que había tomado para su defensa y su asilo. He aquí, hijos míos, precisamente lo que nos llegará un día, si no aprovechamos, o más bien, si continuamos despreciando las gracias de salvación que tanto nos son prodigadas. Ahora somos como Joab, que era el favorito y el amigo de David. No pasaba ni un solo día, sin que recibiera algún nuevo beneficio por parte del príncipe. Fue preferido sobre todos los demás habitantes del reino; pero tuvo la desgracia de no saber sacar provecho de eso y fue castigado sin misericordia por el mismo que lo había colmado de tantos beneficios. Sí, hijo míos, será lo mismo para nosotros que hemos sido preferidos sobre tantas naciones infieles que viven en las tinieblas y que jamás tuvieron la felicidad de conocer la verdad, es decir la religión verdadera, y que perecen en este estado triste y desgraciado. Pero también, hijos míos, qué castigo no esperamos por parte de uno que tanto amaba y colmó de tantos beneficios, si, como Joab, nosotros tuvimos la desgracia de mojar nuestras manos en la sangre de Abner, es decir, de Jesucristo, lo que hacemos cada vez que pecamos; pero mucho más horriblemente cuando somos bastante desgraciados al profanar los sacramentos. Oh mi Dios, ¿podemos pensar en eso y no morir de espanto? Oh mi Dios, cómo puede ser que un cristiano se atreva a llevar tan lejos su crueldad y su ingratitud?
 
«¡Ah! infeliz, dice san Agustín, ¡vas de crimen en crimen, siempre con la esperanza de que te detendrás! ¿Pero no temerás poner el sello en tu desgracia?» ¡Oh! ¡los últimos sacramentos y todos los socorros de la Iglesia sirven poco para estos pecadores qué vivieron despreciando las gracias que nos proporciona nuestra santa religión! Sí, llegará el momento cuando quizás recibirás los últimos sacramentos con mejores disposiciones a los ojos del mundo; pero recibiéndolos, te pasará como a Joab. Jesucristo, que es nuestro príncipe y nuestro Señor, pronunciará tu sentencia de condenación. En lugar de servirte de viático para el cielo, la comunión no será para ti otra cosa que una masa de plomo para precipitarte con mayor rapidez a los abismos; tendrás como Joab el altar, serás como él, todo cubierto de la sangre adorable de Jesucristo; con eso caerás en el infierno.
 
¡Ah! hijos míos, si pudiéramos comprender una vez lo que es un cristiano condenado y los tormentos que padece, ¿podríamos vivir bien en el pecado, en este estado que nos expone sin cesar a todas estas desgracias? No, no, hijos míos, nuestra vida no es de ninguna manera la vida que debe llevar un cristiano que quiere evitar estos suplicios. ¡Eh qué! hijos míos, por un lado, un cristiano que nació en el seno de la Iglesia, que se crió en la escuela del mismo Jesucristo, quien tomó a un Dios crucificado por su padre y su modelo; un cristiano, tantas veces alimentado con su Cuerpo adorable y abrevado con su preciosa Sangre, que debería pasar su vida como un ángel del cielo en acción de gracias: por otra parte, un Dios que desciende del cielo para enseñarle cómo ser feliz en el amor en la tierra; un cristiano que está dotado de tantas cualidades hermosas y de tanto conocimiento sobre la grandeza de su destino; y un Dios, digo, que lo amaba más que a Sí mismo; ¡un Dios que parece haber agotado su amor y su sabiduría y todas sus riquezas para comunicárselos, y que, por su muerte, le evita una muerte eterna! ¡Ah! ¡hijos míos, un cristiano por el que Dios hizo tanto milagros, por el que Dios sufrió tanto, verse arder en el Infierno entre los demonios que van a arrastrarle durante toda la eternidad entre las llamas! ¡Oh horror!... ¡Oh desgracia espantosa!... ¡Oh! ¡el espectáculo horroroso de ver así a un cristiano que esta totalmente cubierto con la Sangre adorable de Jesucristo!
  
¡Por desgracia! hijos míos, ¿quién podría pensar en esto sin estremecerse? Sin embargo, he aquí la división de un número infinito de cristianos que se burlan de los sacramentos y que desprecian todo lo que Jesucristo hizo por ellos; ¡y muy desgraciados somos, si no queremos sacar provecho de tantos medios como tenemos de asegurarnos el cielo! Las naciones extranjeras abrirán los ojos del alma a la luz de la fe, y vendrán para tomar el sitio que perdemos.
    
¡Lamentablemente! hijos míos, tenemos razones para temer que Dios, en castigo del desprecio que hacemos a lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, nos quite la fe de nuestro corazón, y nos deje caer en la ceguera y perecer! ¡Oh mi Dios, que desgracia para los cristianos que saben muy bien lo que hay que hacer para salvarse, que, incluso aquí abajo, al no hacerlo, pueden ser muy desgraciados por los remordimientos que les da su conciencia! ¡Ah! hijos míos, ¡que desesperación durante la eternidad para un cristiano a quien nada faltó para evitar todos estos tormentos que padece! «¡Ah! se dirá, yo al que se dijo tantas veces que, si lo quería, podía amar al buen Dios y salvar mi alma y me haría feliz durante la eternidad; ¡yo a quien se le ofrecieron todas las gracias para salir del pecado! ¡Ah! Si por lo menos, no hubiera sido cristiano. ¡Ah! ¿dice menos si nunca me habían hablado del servicio de Dios y de su religión? Pero no, nada me faltó, lo tenía todo y no supe sacar provecho de nada. Todo debía girar a mi felicidad, y, por el desprecio que hice, todo giró a mi desgracia: ¡adiós, bello cielo! ¡adiós, eternidad de delicias! ¡adiós, habitantes felices del cielo!.., ¡todo está acabado para mí!... ¡Más de Dios, más de cielo, más de felicidad!... ¡Oh! ¡que de lágrimas voy a derramar! ¡Oh! ¡que de gritos voy a dar en estas llamas!...» ¡Pero más esperanza! ¡Oh! ¡Pensamiento triste que desgarrará a un cristiano durante la eternidad! ¡Ah! No perdamos un momento para evitar esta desgracia.
 
Es la felicidad que os deseo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

ORACIÓN A SAN JUAN MARÍA VIANNEY

«Sencillo, extremadamente pobre y desprendido de las cosas mundanas, cuanto intelectualmente parecía sin grandes riquezas, otro tanto Juan María Vianney era sin embargo rico en fe y celo, tanto que devino en el ideal y el modelo de los buenos párrocos: en una sola palabra el Santo Cura de Ars». (Card. Alfredo Ildefonso Schuster OSB, Liber Sacramentorum, Turín, Marietti eds., 1932, tomo. VIII, pág. 156)

Pasaron ya, ¡oh San Juan María Vianney! los primeros años de tu ministerio de los que decías: “Esperaba de un momento a otro ser suspendido y condenado a terminar mis días en las prisiones. En aquel tiempo se olvidaban de comentar el Evangelio en los púlpitos y se predicaba sobre el pobre cura de Ars. ¡Oh, cuánta cruz debía yo sobrellevar!... ¡Me abrumaba tanto que casi no lo podía soportar! Comencé a pedir el amor de las cruces; entonces fui feliz”.
  
Para ti ha terminado ya el trabajo; mas desde el seno de tu reposo escucha a los obreros de la salvación implorar tu patrocinio; sosténles en tu misión cada día más ingrata, más llena de amarguras. A aquellos a quienes la paciencia amenaza doblegarse ante la persecución y las calumnias, repíteles las palabras que tu decías a uno de tus predecesores: “Amigo mío, haz como yo. Me enfadaría si Dios fuese ofendido; más por otra parte, me alegro en el Señor de todo aquello que él permite se diga contra mí, porque las condenaciones del mundo son bendiciones de Dios. Las contradiciones nos colocan al pie de las cruces y las cruces a la puerta del cielo. ¿Acaso el que huye de la cruz, no huye de Aquel que quiso ser clavado en ella y morir por nosotros? ¡Qué la cruz haga perder la paz! Es ella la que ha dado la paz al mundo, y la que debe llevarla a nuestros corazones”.

Elevado a la Silla apóstolica en el día aniversario de tu entrada en la gloria, San Pío X que te insertó en el código de los Bienaventurados, escogió precisamente ese mismo día 4 de Agosto para dirigir al clero católico la exhortación solemne que inspiraban a su corazón de Pontífice nuestros tiempos malvados y repletos de peligros. Ayuda con tus súplicas ante el pie del trono del Señor las recomendaciones que el sucesor de Pedro sacaba de vuestro ejemplo, cuando decía a los sacerdotes: “Sola la santidad puede hacer de nosotros lo que exige nuestra divina vocación, a saber, hombres crucificados al mundo y en los cuales esté crucificado el mismo mundo (Gálatas 6, 14), que no miran hacia el cielo más que en lo que les concierne, y no perdonan esfuerzos para llevar a los demás”. Hombres de Dios (I Timoteo 6, 2) ¿es necesario que se muestren únicamente aquellos que son la luz del mundo (San Mateo 5, 14) la sal de la tierra (San Mateo 5, 13) los embajadores (II Corintios 5, 20) de Aquel que se digna llamarles sus amigos (San Juan 15, 15) que les hace dispensadores de sus dones (I Corintios 4, 1)? No serán ellos fuente de santidad como tienen que serlo para los demás, si en primer lugar no son ellos mismos santos en el secreto de la faz del Señor; en la medida en que ellos se den a Dios, Dios se dará por su medio al pueblo.

¡Oh Juan María! Ojalá puedan decirse a sí mismos y decir a los demás contigo: “Fuera de Dios, no hay nada que sea sólido. La vida pasa; la fortuna se derrumba; la salud se destruye, la reputación es atacada. Nosotros caminamos como el viento. El paraíso, el infierno y el purgatorio tienen un gusto anticipado desde esta vida. El paraíso reside en el corazón de los perfectos que están muy unidos con nuestro Señor; el infierno está en el de los impíos; y el purgatorio en las almas que no están muertas a ellas mismas. El hombre ha sido creado para el amor: por eso está tan dispuesto para amar; por otra parte es tan grande que nada puede contenerle sobre la tierra. No está contento más que cuando se dirige hacia el cielo”.
  
DOM PROSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico, tomo IV (Traducción Española). Editorial Aldecoa, Burgos 1956, Págs. 759-761.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN ES NECESARIA PARA CONSERVAR LA CASTIDAD

  
“Debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar esta hermosa virtud; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, sí consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes […]. San Ambrosio llama a la Santísima Virgen «Señora de la castidad»; San Epifanio la llama «Princesa de la castidad»; y San Gregorio, «Reina de la castidad»”. (San Juan María Vianney, Sermón sobre la pureza).

domingo, 9 de agosto de 2015

EL CURA DE ARS Y SU DEVOCIÓN A SANTA FILOMENA

San Juan Vianney, devoto y propagador de la devoción a Santa Filomena

¡LA NUEVA LUZ DE LA IGLESIA MILITANTE! Este título le ha sido conferido a Santa Filomena por San Juan María Vianney (el Santo Cura de Ars), heroico confesor y patrono de todos los párrocos y curas de almas.
 
La pequeña ciudad de Ars, Francia, ha llegado a ser famosa a través de la santa vida y de las obras de este santo. Su alma especialmente escogida, escondía bajo las pobres vestimentas de humilde sacerdote, al apóstol más estupendo del siglo XIX. El quizás más que cualquier otro, atrajo la atención del mundo al poder de su Santa favorita entre todos los santos: Santa Filomena.
  
Pauline Jaricot, la fundadora de la Sociedad para la Propagación de la Fe y del Rosario Viviente, en 1835, por intercesión de Santa Filomena había sido milagrosamente curada de un desesperante mal. A través de ella, conoció el Santo Cura el poder de la Santa. La Señorita Jaricot, le ofreció parte de una preciosa reliquia de Santa Filomena que ella había obtenido del relicario de Mugnano y el Cura de Ars la recibió como una valiosísima joya. Inmediatamente se puso a trabajar para erigir una capilla en Ars donde colocó estas reliquias, que muy pronto dieron lugar a innumerables curaciones, conversiones y milagros.
 
Lleno de un intenso amor por esta pequeña santa, la eligió a ella como su especial patrona celestial y se comprometió a ella por voto. Siempre hablaba de la santa, le pedía todo tipo de favores, y decía de ella que era “el milagro próximo” por los extraordinarios prodigios que ella obraba. Santa Filomena solucionó sus problemas financieros, ella convirtió pecadores; curó enfermedades gravísimas; y obró innumerables milagros en respuesta a sus simples oraciones. Muchos de ellos están registrados en la biografía del santo, pero los milagros no registrados, estos solos, podrían llenar un volumen. Recomendaba que le hicieran Novenas por incontables intenciones de todo tipo que las personas le referían. Advertía seriamente a los enfermos que rezaran a Santa Filomena y los bendecía e instruía para que rezaran la Novena y siempre se impresionaba por todas las curaciones de esta pequeña santa, a la cual, después de Dios, le estaba totalmente agradecido. Miles de personas vinieron a la capilla de Ars en peregrinación, con el propósito de invocar el auxilio de Santa Filomena en sus necesidades y pruebas. Evidencias tangibles de favores obtenidos, los milagros obrados, las conversiones realizadas, las oraciones escuchadas son la respuesta de Santa Filomena.
  
Debido al fervor de la devoción del Cura de Ars a Santa Filomena, y las numerosas curaciones y favores obtenidos por su intercesión, toda Francia pronto invocó su nombre. Cada diócesis tenía altares y muchas capillas e iglesias se dedicaron a ella. Pero la devoción a la santa no sólo fue en Francia. Los reyes, las reinas, los cardenales, los obispos, los sacerdotes, y muchos religiosos y fieles a través del mundo la aclaman como su patrona celestial.
  
Solamente Dios puede contar la cantidad de milagros hechos por Santa Filomena al pueblo de Ars. A todos los que le imploraban su ayuda, el santo cura siempre les respondía que debían ir y hablar con Santa Filomena. Era venerada en el altar más hermoso de su iglesia. Este sacerdote santo estableció con ella una amistad sencilla y mística y una familiaridad agradable y profunda. La llamaba su "intemediaria", su "chargée d'affaires" (encargada de los negocios), su "cónsul con Dios", y su "Santita" el título por el cual hoy es conocida.
  
Un día, con ingenuidad santa, se le escuchó decir "Basta ya, mi santita. ¡Estás haciendo demasiados milagros! ¡Muchas personas piensan que se deben a mis oraciones!"
  
El mismo Santo Cura fue objeto de un gran milagro. Enfermó gravemente, su feligresía se estaba llena de consternación. Los peregrinos, preocupados de su salud, llegaban a Ars de las más remotas regiones de Francia. Para tener a raya a la muchedumbre que se reunía, debió intervenir la policía. Cuando todo parecía perdido y se esperaba su muerte de un momento a otro, recurrieron a Santa Filomena, y Dios, mostrando su grandeza, por la poderosa intercesión de nuestra Santita, cuando las esperanzas estaban ya perdidas, se les concedió la gracia que pedían y su santo cura sanó y regresó a su parroquia, es decir, a Francia en general.
   
En cierta ocasión, una persona se acercó al Cura de Ars y le preguntó: “¿es verdad, Padre que Santa Filomena le obedece?”. A lo cual contestó el sacerdote santo,“¿y porqué no?, si Dios mismo me obedece en el Altar” (este “obedece” se refiere a que por obra de Dios a través del sacerdocio en la Misa se realiza milagrosamente la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es decir, Jesús “obedece” por amor al sacerdote en este caso). Él sentía constantemente la proximidad de su presencia y se dirigía a ella con nombres más familiares y no ahorró ningún esfuerzo en inducir a otros a que invocaran su intercesión en sus necesidades de cuerpo y alma. Él decía a menudo: “Hijos míos, Santa Filomena tienen gran poder con Dios, y ella tiene, por otra parte, un corazón buenísimo; roguemos a ella con confianza. Su virginidad y generosidad en el abrazo de su martirio heroico la han hecho tan agradable a Dios que Él nunca rechazará cualquier cosa que ella le pida para nosotros”. Se decía que el Cura de Ars hacía todo por ella y Santa Filomena hacía todo por él.
   
Muchos años más tarde, después de su muerte, la gente de Ars construyó un monumento en su honor y lo colocó sobre una colina desde donde una vez más, señala el altar de Santa Filomena como si dijera: "Recurre a ella y serás consolado".
   
El 8 de enero de 1905 el Santo Papa Pío X beatificó el humilde Cura de Ars, poniéndolo como modelo de todos los pastores de almas. Cuando se enteró de las criticas al culto a Santa Filomena, afirmó que el argumento más fuerte en favor de la devoción a Santa Filomena era el Cura de Ars.
 
El 31 de mayo de 1925, el Papa Pío XI, canonizó al "Sencillo Cura de Ars" y durante su jubileo sacerdotal promovió por todo el mundo el patrocinio celestial de San Juan María Vianney para "fomentar en todo el mundo el bien espiritual de todos los sacerdotes".