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lunes, 6 de julio de 2026

BULA “Sævis Agitáta”, DE CANONIZACIÓN DE SAN JUAN FISHER Y SANTO TOMÁS MORO


BULA “Sævis Agitáta”, DE CANONIZACIÓN DE SAN JUAN FISHER Y SANTO TOMÁS MORO
  
Pío XI, Obispo, Siervo de los siervos de Dios, Para su perpetua memoria.

Sacudida por las olas embravecidas, la barca de Pedro, que representa a la Iglesia, no puede ser sacudida por el miedo ni quebrada por ninguna tormenta: pues es nuestro Señor Jesucristo mismo quien, por medio de su Vicario en la tierra, la dirige y la guía a salvo a puerto, aunque a veces Cristo, a los ojos de los discípulos de poca fe, parezca adormecerse. En verdad, quizás nunca antes se había alzado contra la Iglesia Católica de Cristo una tormenta comparable a la que la azotó con tanta ferocidad en el siglo XVI . Inglaterra, hasta entonces tan devota de la Sede Apostólica, que tan acertadamente había sido llamada la dote de María y el patrimonio de San Pedro, se vio entonces perturbada a su vez por esta admirable unidad de doctrina y gobierno de la Iglesia Católica, una unidad que es, en realidad, la mayor prueba visible de nuestra fe. Sin embargo, incluso en este grave cisma, nuestro Señor Jesucristo no permitió que se rasgara su túnica sin fisuras sin dar a su Inmaculada Esposa la firme esperanza de una gloriosa restauración. En efecto, en aquel entonces, muchos hombres y mujeres valientes no dudaron en arriesgar sus vidas, en derramar su sangre en defensa enérgica de la fe católica y de la suprema primacía de la Iglesia romana, con la cual, debido a su alta preeminencia, toda la Iglesia debe estar de acuerdo, como afirma San Ireneo.

Entre estos mártires, dos ilustres hijos de la nación inglesa, tan queridos para Nosotros, merecen un lugar de honor: uno fue el honor y la gloria de los ministros sagrados, el otro de los laicos. Juan Fisher, Cardenal de la Santa Iglesia Romana y Obispo de Rochester, y luego Tomás Moro, Alto Canciller de Inglaterra, brillan como dos estrellas en el firmamento de la historia inglesa, proclamando incesantemente las verdaderas glorias ancestrales de la patria, implorando ahora y con fervor a Dios el anhelado retorno de los fieles extraviados a la unidad de la fe y a la casa del Padre. Precisamente en su infinita bondad, Dios nos ha concedido el privilegio de otorgar a estos bienaventurados mártires, en virtud del oficio apostólico que ejercemos, los supremos honores reservados a los santos, y de proponerlos a los cristianos como modelos de piedad, fortaleza y amor por esta Sede Apostólica. Llenos de alegría por la Iglesia universal y la nobilísima nación inglesa, deseamos consagrar de buen grado, mediante nuestras presentes Cartas Decretales, la memoria de estos mártires para siempre.

Por lo tanto, hablaremos brevemente, según la costumbre, de la vida de estos dos atletas de Cristo, de su glorioso martirio, así como de todos los actos que, de acuerdo con la ley, precedieron a su actual canonización.

John Fisher nació en Beverly, Inglaterra, en 1469, hijo de Robert y Agnes, comerciantes bastante adinerados. Con apenas siete años, perdió a su padre; recibió diligentemente la educación y el cuidado de su madre y su padrastro. Su primer tutor fue un sacerdote, y ya superaba a otros niños de su edad en inteligencia y diligencia. Posteriormente, asistió a la Universidad de Cambridge, donde estudió con éxito literatura, dialéctica, filosofía y todas las artes liberales. En 1487, obtuvo su licenciatura en Artes y, tres años después, su maestría. En 1491, por méritos académicos, fue uno de los dos duunviros, o procuradores, de su colegio. Ordenado sacerdote, se dedicó con tal empeño y éxito a los estudios teológicos que fue considerado el primero en toda la Universidad de Cambridge: el 5 de julio de 1501, recibió el título de Doctor y Maestro.

Destacado por su erudición y virtud, fue rector del colegio de Michael Housc, donde enriqueció con maestría la mente de sus alumnos no solo con conocimientos científicos, sino también con los principios de la vida cristiana. Posteriormente, fue profesor en la Universidad de Cambridge, donde fue elegido vicerrector por unanimidad de sus colegas, cargo que desempeñó con sumo cuidado hasta 1503, ganándose la gratitud y el reconocimiento público de todos.

Sin embargo, la reputación de piedad y erudición de Jean Fisher se había extendido ampliamente, incluso más allá de los círculos académicos. La reina Margarita, madre del rey Enrique VII, lo eligió como su director espiritual y el de su familia. Por este motivo, Jean renunció a los diversos cargos y puestos que ocupaba en la Universidad. Durante varios años, se dedicó por completo a las prácticas y deberes de la piedad, y especialmente a las obligaciones de su cargo, sin duda honorable, pero también muy exigente: la familia real fue la que más se benefició. El rey Enrique VII, tras mostrarle a este virtuoso sacerdote frecuentes muestras de estima, lo nombró miembro del Consejo Real. En aquel entonces, cuando el estudio de las ciencias sagradas parecía estar decayendo en Inglaterra, John sugirió a la reina madre, con el fin de brindar instrucción religiosa seria también a los laicos, la fundación en Cambridge de dos magníficos colegios: uno dedicado a Cristo Salvador (Christ's College) y el otro a San Juan Evangelista (St. John's College). Él mismo fundó dos cátedras de teología, una en Cambridge y otra en Oxford, así como varias cátedras de griego y latín. Restauró la Universidad de Cambridge; tras haber sido nombrado rector anualmente desde 1504, diez años después recibió el título de rector vitalicio.

Dotado de una profunda erudición en las ciencias humanas y divinas, notable por sus eminentes virtudes, ardiente de celo por la salvación de las almas, lleno de ardor para predicar la palabra divina, particularmente querido por todos los obispos de Inglaterra, John Fisher fue nombrado por el rey Enrique VII, en 1504, obispo de Rochester y confirmado en este nombramiento por las Cartas Apostólicas de Julio II, nuestro predecesor.

Cumpliendo con sus deberes pastorales con la mayor prudencia y vigilancia, el nuevo obispo se preocupó por proteger al rebaño que le había sido confiado de los errores luteranos que entonces se propagaban. Con este fin, visitó cada parroquia de su diócesis en varias ocasiones, desempeñó diligentemente sus demás funciones episcopales y, sobre todo, combatió enérgicamente esta perniciosa herejía tanto en sus discursos como en sus escritos. Incluso en su avanzada edad, a pesar de su mala salud y su frágil constitución, perseveró diligentemente en esta labor. Constantemente ocupado en el trabajo o la oración, disciplinó su cuerpo mediante la abstinencia, el ayuno, el uso de un cilicio, la autodisciplina y otras penitencias. ¡Con qué ardiente caridad ardía hacia su prójimo! Su bondad hacia los pobres y los enfermos da fe de ello: a menudo los visitaba en sus casas, distribuía comida y limosnas, por lo que con razón se le consideraba el médico de los que sufrían, el protector de los cojos, el defensor de la viuda, el guardián del huérfano, el anfitrión acogedor de los viajeros extranjeros.

Intenso era el amor que ardía en su corazón por Dios. Al celebrar la Misa, a menudo se le veían las mejillas humedecidas por las lágrimas; tanto en sus oraciones como en su conversación cotidiana, pronunciaba el nombre de Jesús con dulzura. Disfrutaba conversando sobre las Sagradas Escrituras y asuntos divinos. Con frecuencia reflexionaba y meditaba sobre la muerte, y, por temor a perder la memoria, deseaba tener ante sus ojos, tanto en el altar donde celebraba la Misa como en su casa, una calavera, repitiendo con cariño que la idea de la muerte jamás le había preocupado. Su conversación era afable, tranquila y modesta; pero en asuntos relacionados con Dios y la Iglesia, que por aquel entonces comenzaban a verse gravemente amenazados por ciertos hombres, se mostraba, contrariamente a su costumbre, severo, intrépido y fuerte hasta el punto del heroísmo.

Este valor y magnanimidad se manifestaron de manera notable, primero, en su oposición a la anulación del matrimonio que el rey Enrique VIII, consumido por un amor culpable y apasionado hacia Ana Bolena, comenzaba a invocar contra Catalina de Aragón, su esposa legítima, y luego en su afirmación y defensa de la primacía de la Iglesia Católica Romana. De hecho, mientras que casi todos los nobles del reino, desde el principio, cedieron a los deseos del rey, John Fisher, ante todo, resistió los inicuos designios del monarca, y ningún artificio pudo impedir que este valiente defensor de las leyes matrimoniales apoyara la justa causa de Catalina. Tras la declaración de rebeldía de la reina por una injusta sentencia judicial, Juan, arriesgándose enormemente para su vida, declaró valientemente el 28 de junio de 1529, en presencia de los legados papales y del rey, que, para evitar la condenación de su alma y permanecer fiel a la soberana, y tras sopesar cuidadosamente todos los argumentos, se veía obligado a afirmar y demostrar que el matrimonio de Enrique y Catalina no podía disolverse por ningún poder divino ni humano. Añadió que un discípulo de Cristo debía seguir los pasos de Juan el Bautista, quien no dudó en desafiar a la muerte para defender las sagradas leyes del matrimonio. Estas palabras enfurecieron al rey, quien se vio así comparado abiertamente con Herodes; la respuesta real fue ciertamente insultante, pero carente de valor probatorio. El odio del rey creció aún más cuando el valiente obispo, en virtud de su cargo, se esforzó por oponerse a las leyes hostiles a la religión católica que el poder real estaba promulgando gradualmente.

En octubre de 1530, Enrique VIII encarceló por primera vez al obispo de Rochester, junto con otros dos obispos, por rechazar la Ley de Beneficios Eclesiásticos por considerarla injusta y por apelar al Papa al respecto. Posteriormente, debido a que, en una reunión del clero inglés, el prelado fue el único que se opuso firmemente al voto cobarde de todos sus colegas a favor de las dos leyes de divorcio, fue puesto bajo la supervisión del obispo de Winchester desde el 5 de abril de 1533 hasta el 13 de junio del año siguiente, fecha en que, tras recuperar su libertad, regresó con sus queridos feligreses. Poco después, fue acusado de traición y, en su ausencia, condenado a prisión y a la confiscación de sus bienes. El propio rey conmutó la pena por una multa debido a la fragilidad de la acusación, y el obispo recuperó su libertad. Sin embargo, desde ese momento, Ana Bolena, coronada reina el 1 de junio de ese mismo año, siguió albergando un odio feroz hacia el piadoso prelado, quien se mantuvo firme en su lealtad a la causa de la reina Catalina, a los derechos de la Iglesia y, sobre todo, a la suprema autoridad del Romano Pontífice; no le dio tregua. Por lo tanto, el arzobispo cismático de Canterbury convocó a John Fisher a Londres para que prestara el sacrílego juramento prescrito por la ley. El obispo, con gran valentía, se negó a reconocer la legitimidad de la unión del rey con Ana Bolena y del hijo nacido de ella, así como el título de Supremo Jefe Espiritual de la Iglesia de Inglaterra e Irlanda que el rey había asumido con tanta imprudencia y audacia. En consecuencia, ese mismo día fue encarcelado en la Torre de Londres. Allí, el valiente guerrero de Cristo, al igual que Tomás Moro, aguardaba la batalla decisiva.

En noviembre de 1534, se promulgó solemnemente en Inglaterra la ley relativa a la supremacía real en asuntos espirituales, una supremacía que Enrique VIII ya se había arrogado, como ya hemos mencionado. La ley estipulaba la pena de muerte. En aquel momento, el rey envió a varios obispos y laicos de alto rango para intentar doblegar al prisionero ante su indomable resistencia; todos los intentos fueron en vano. Entre ellos se encontraba la falsa e insolente afirmación de que el propio Tomás Moro había decidido prestar el juramento requerido. En represalia, el 2 de enero de 1535, la diócesis de Rochester fue declarada vacante y su obispo despojado de todos sus privilegios episcopales. El 7 de mayo, tras otro interrogatorio traicionero, Juan declaró con valentía que el rey no era en absoluto la cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra. Esta declaración había sido arrancada al prisionero por hombres traicioneros en presencia de un único testigo. Sin embargo, el rey aún no se atrevió a condenar al obispo. Nuestro predecesor, el Papa Pablo III, deseando honrar la inquebrantable firmeza de Jean Fisher y su fidelidad a la Santa Sede, lo había creado cardenal presbítero con el título de San Vitale en el Consistorio celebrado el 20 de mayo. Enfurecido aún más, el rey prohibió al prisionero recibir el capelo cardenalicio que le habían enviado; además, por orden suya, la Santa Sede fue insultada en las iglesias; incluso se dice que afirmó que se las arreglaría para despojar a Jean de la cabeza sobre la que debía descansar el capelo, o, según otros, que enviaría la cabeza del prelado a Roma para que recibiera allí el capelo.

Extenuado por numerosas penurias y privaciones, afligido por la enfermedad y privado de recibir los sacramentos debido a una cruel prohibición, el mártir de Cristo fue llevado ante el tribunal el 17 de junio, acusado de traición por negarle al rey la suprema autoridad espiritual que corresponde exclusivamente al Romano Pontífice. Dado que el obispo continuó afirmando y defendiendo con vehemencia los derechos de Dios y de la Iglesia, fue condenado a la infame muerte de los traidores; posteriormente, el monarca conmutó esta sentencia por la decapitación. Al salir del tribunal, el prisionero parecía rebosar de alegría, como si acabara de regresar de un banquete; mientras lo conducían de vuelta a la mazmorra, un gran número de fieles llorosos lo acompañaban, implorando su bendición.

Tras cuatro días, que el siervo de Dios pasó en perfecta paz interior y dedicado a la oración ferviente, amaneció finalmente la luz suprema del día triunfante. El 22 de junio, fiesta de San Albano, el primer mártir de Inglaterra, el gobernador de la prisión informó al prisionero temprano por la mañana que la hora de su ejecución se acercaba. Con palabras algo vacilantes, lo exhortó a no soportar la idea de ser privado de la vida ese día antes del mediodía, por decreto real, ya que era un anciano y, como tal, no podía vivir mucho más. El anciano respondió serenamente que con gusto daba gracias al rey que, mediante una sentencia capital, lo había librado de esa existencia menguante y angustiosa. Pidió que se le permitiera descansar un poco más. Después de dos horas o más, vinieron a despertarlo. Como si fuera a una boda, quiso ponerse sus mejores ropas y salió de la prisión alrededor de las 9:00 a. m. Luego, abriendo el Santo Evangelio que tenía en sus manos, leyó estos versículos de San Juan (17:3-5): «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra, completando la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tenía contigo antes de que el mundo existiera». Profundamente reconfortado por estas palabras, fue llevado al lugar de la ejecución. Cuando estuvo en el cadalso, se dirigió a la multitud reunida con voz firme y valiente: «Hermanos cristianos, he venido a este lugar a morir por la fe de la Iglesia Católica». Pero doy gracias a Dios; con su apoyo, hasta ahora he mantenido la compostura, sin experimentar temblor ni sentir horror ante la muerte. Por lo tanto, les pido a todos que me ayuden, mediante sus oraciones a Dios, a permanecer firme y fiel a la fe católica en la hora de mi muerte. Ruego fervientemente al Dios inmortal que, en su infinita bondad y misericordia, se digne mantener al Rey sano y salvo y a su reino intacto: que en todo, inspire y sugiera al Rey designios justos y beneficiosos”. Estas palabras y otras semejantes fueron pronunciadas con gran fervor, con una gravedad tan distinguida como venerable, con voz firme y vibrante, y con un corazón gozoso y feliz. De rodillas, el obispo ofreció más oraciones a Dios, incluyendo el himno Te Deum y el salmo In te, Domine, speravi.Entonces, con los ojos y las manos alzados al cielo, este santo e inocente hombre apoyó su cuello en el tajo y ofreció su cabeza al verdugo, quien la cortó fácilmente de un solo hachazo. La cabeza fue exhibida inmediatamente en el Puente de Londres, donde ya yacían las cabezas de varios monjes cartujos, que también habían sido ejecutados pocos días antes por la fe católica y la primacía del Pontífice de Roma. Catorce días después, fue arrojada impíamente al Támesis. Así, el invencible héroe de la fe, Juan Fisher, revestido dos veces con el esplendor de la púrpura, con razón comparado con San Juan Bautista, el Precursor, obtuvo la palma del martirio.

Quince días después, tras la misma tortura y por la misma noble causa, la corona del martirio adornaría la frente de Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra. Su santa vida y su gloriosa muerte merecen también ser recordadas brevemente.

Thomas More nació en Londres en 1478; su padre, John, era abogado y su madre, Agnes Graunger. Recibió una educación estricta y atenta de sus padres, a la que respondió con mansedumbre, demostrando ser obediente y amable a medida que crecía. Desde joven, se distinguió por su aguda inteligencia y, siendo apenas un adolescente, fue admitido en el círculo íntimo de John Morton, cardenal arzobispo de Canterbury y canciller del Reino de Inglaterra. El cardenal lo tenía en tan alta estima que solía decir que preveía cosas extraordinarias en aquel joven. Poco después, lo envió a Oxford a estudiar humanidades en esa renombrada universidad. Allí, bajo la tutela de Thomas Linacre y William Grocyn, dos maestros excepcionales, Thomas More progresó notablemente, sobre todo en el latín, idioma que más tarde llegó a hablar con tanta fluidez como su lengua materna y que escribía con elegancia. También estudió griego y francés con gran diligencia, además de historia, geometría, matemáticas y música. Pero su padre, jurista y abogado, deseaba que su hijo siguiera la misma trayectoria profesional. Por ello, al cabo de unos años, lo llevó de vuelta a Londres para estudiar jurisprudencia y obtener su título de abogado. En aquella época, Thomas More impartió una serie de conferencias en la iglesia de San Lorenzo, en Londres, sobre * De Civitate Dei* de San Agustín , donde demostró su notable talento como orador, filósofo, historiador y poeta. Mientras estudiaba humanidades y derecho, perfeccionó su conocimiento de la religión católica y se dedicó con ahínco a la práctica de la piedad y otras virtudes: en su profesión de abogado, se mostró verdaderamente desinteresado, ajeno a cualquier atisbo de avaricia, y se esforzó por conciliar armoniosamente los derechos de la justicia más estricta con los de la caridad más bondadosa.

Siendo aún joven, consideró ingresar en la Orden Franciscana y, posteriormente, ordenarse sacerdote. Pasó unos cuatro años con los cartujos en Londres, participando regularmente en sus vigilias, austeridades y ejercicios religiosos. Luego, se vistió con un cilicio, que usó en ciertos días o en momentos específicos durante el resto de su vida. También practicó una rigurosa autodisciplina. Grande fue su piedad hacia Dios, su caridad hacia el prójimo, su templanza, su frugalidad y su mortificación. Así, vivió en el mundo con sobriedad, justicia y devoción a Dios. Siguiendo el consejo de su confesor, a los 27 años se casó con Jeanne Colt, con quien tuvo cuatro hijos: Margaret, Cecilia, Elizabeth y John. Seis años después, su esposa falleció. Deseando brindarles a sus hijos el cuidado que necesitaban, se casó con una viuda, Alice Middleton, con quien siempre vivió en admirable armonía.

Hacia 1524, se instaló cerca de Londres, en la colina llamada Chelsea, a orillas del Támesis. Vivía en una casa grande y hermosa que contenía una capilla privada y una biblioteca. Allí, en compañía de su familia y amigos íntimos, Moro dedicó sus días al estudio de las artes y las letras y a la práctica de la piedad. Nacido y hecho para la amistad, recibía a sus amigos con la mayor cordialidad; así, su casa fue llamada muy acertadamente la morada de las musas, el hogar de todas las virtudes y todas las formas de caridad. Su principal preocupación era inculcar en sus hijos y nietos no solo el conocimiento de las letras, sino aún más el de la religión; mañana y tarde, nunca dejaba de rezar junto con toda su familia. Durante las comidas, hacía leer libros de espiritualidad, como es costumbre en los monasterios, y a veces explicaba el significado oculto de lo que se leía; en los días festivos, pisoteando todo respeto humano, no se avergonzaba de asistir a las ceremonias litúrgicas con su familia, contribuyendo a ellas; En resumen, no había virtud digna de un cristiano de profunda piedad en la que él no sobresaliera.

Como ya hemos mencionado, estaba profundamente entregado al estudio de las artes liberales y poseía un amplio conocimiento de los textos sagrados y la literatura profana. Compuso varias obras para defender la verdad e inspirar devoción. Escribió numerosas cartas en las que, verdaderamente problemático para los herejes, como le gustaba llamarse a sí mismo, defendía sin temor la fe y la religión contra los errores de los reformadores. Gracias a su notable erudición y brillantes virtudes, se ganó la más alta estima de todos, incluso del rey Enrique VIII; por consiguiente, comenzó a ser consultado sobre asuntos de orden público y negociaciones. Inicialmente miembro del Parlamento, formó parte de una embajada enviada a Flandes en 1515; dos años después, se encontraba en Francia en una misión oficial. En 1518, fue miembro del Consejo Privado del Rey, luego Presidente de la Cámara de los Comunes, Canciller del Ducado de Lancaster y, finalmente, en octubre de 1529, para gran satisfacción de todo el reino, fue nombrado Alto Canciller de Inglaterra. En el desempeño de sus diversos cargos, se distinguió por su extraordinaria lealtad y diligencia. Cuanto mayor era su dignidad, autoridad u honor, más se mostraba, de manera admirable, superior a todos los demás por su modestia, la integridad de su carácter, su paciencia y sus siempre humanitarios sentimientos, teniendo un único objetivo: servir al Rey y al pueblo lo mejor que pudiera, pero sobre todo, al Rey de Reyes.

Todo parecía transcurrir sin problemas hasta que Enrique VIII, cegado por su intenso amor por Ana Bolena, deseó fervientemente que su matrimonio con la reina Catalina fuera declarado ilegítimo. Por ello, interrogó repetidamente a Tomás Moro sobre este divorcio. Sin dudar jamás de la validez e indisolubilidad del matrimonio que el rey había contraído con Catalina, el canciller nunca aprobó el plan del monarca. Su postura no fue diferente cuando, para obedecer su conciencia, trabajó con ahínco, junto con el obispo de Winchester, Stephen Gardiner, para que la Cámara de los Lores rechazara la injusta ley sobre la sumisión del clero. Actuó de manera similar cuando Enrique VIII buscó el reconocimiento de sus súbditos como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, exigiendo que se le otorgara dicho título. Cuando se dio cuenta de que el rey, en su obstinación, quería casarse con Ana Bolena y obtener opiniones favorables de las Universidades y la Cámara de los Lores para este asunto, para no verse obligado a actuar en contra de las leyes de Dios y de la Iglesia, Thomas, el 16 de mayo de 1532, renunció espontáneamente, para gran pesar de todos los buenos ciudadanos, a su cargo de Canciller, dignidad inmediatamente posterior a la real. A partir de entonces, llevó una vida tranquila cerca de su familia, dedicándose habitualmente a ejercicios piadosos, conversaciones espirituales y lecturas edificantes; preparó asiduamente su alma para afrontar la batalla final que preveía. En efecto, dos años después, en febrero, fue citado a comparecer ante el tribunal. Se le acusó de haber publicado una obra en contra del divorcio del rey. Se defendió de tal manera que, profesando abiertamente su fe católica, logró refutar por completo esta calumniosa acusación. Sin embargo, la ira del rey hacia él se volvió cada vez más violenta. Se recurrió a las amenazas para obligarlo a aceptar el segundo matrimonio real como legítimo. Él se negó rotundamente. Cuando el duque de Norfolk le recordó las conocidas palabras: «La ira del príncipe es la muerte», respondió con tanta prontitud como firmeza: «¿Acaso hay algo más, mi señor?... Entre usted y yo solo existe esta diferencia: que yo puedo morir hoy, mientras que usted puede morir mañana».

Mientras tanto, ese mismo año, el 4 de abril, Sábado Santo, llegó a Londres la noticia del dictamen del Papa Clemente VII que ratificaba la validez del matrimonio del rey Enrique VIII con la reina Catalina. El 13 de abril, Thomas More compareció ante los jueces o comisionados reales para prestar juramento sobre la ley de sucesión real en Inglaterra. Este juramento (en su preámbulo) también contenía una negación de la autoridad suprema del Romano Pontífice. El excanciller declaró que, de hecho, estaba dispuesto a reconocer lo establecido respecto al orden de sucesión real, pero de ninguna manera lo que afirmaba la inexistencia de la autoridad papal en Inglaterra. Pocos días después, el 17 de abril, fue encarcelado en la Torre de Londres, donde permaneció hasta su muerte el 6 de julio del año siguiente (1535).

Ni las tentaciones de ningún tipo, combinadas con los intereses humanos —especialmente las lágrimas de su familia, el tierno afecto de su hija Margarita, sus lágrimas y lamentos, ni la subasta de todas sus posesiones, ni las discusiones de sus amigos y conciudadanos más eminentes, ni las afrentas y amenazas de sus adversarios, ni la inmundicia y dureza de la mazmorra, ni el hambre, la persecución, ni el peligro de una muerte inminente— pudieron perturbarlo ni cambiar la resolución de su alma. Al contrario, se mantuvo lleno de alegría, llegando incluso a componer una breve obra titulada: «No hay que temer morir por la fe»; de modo que su cautiverio fue considerado una continua profesión de fe e incluso un verdadero martirio. Mientras tanto, se había promulgado la ley que mencionamos anteriormente, relativa a la supremacía espiritual del rey: se imponía la pena de muerte a quienes se negaban a reconocer dicha supremacía. Ana Bolena continuó incitando al rey contra Tomás Moro con más ferocidad que nunca. Por lo tanto, Enrique insistió en que el prisionero prestara el juramento prescrito por la ley, a lo que Thomas se negó categóricamente. El 1 de julio de 1535 , compareció ante el tribunal. Allí, fue acusado de alta traición por los siguientes motivos: se negó a someterse a la ley sacrílega relativa a la supremacía espiritual del rey en Inglaterra; escribió una carta a John Fisher instándolo a guardar silencio; y finalmente, dijo que esta ley sobre la traición era como una espada de doble filo: quien la suscribía perdía su alma, y quien la rechazaba se arriesgaba a ser privado de su vida física. Aunque Thomas se defendió muy hábilmente de estas acusaciones, fue condenado a la muerte más atroz para los traidores. Esta sentencia fue posteriormente conmutada por el rey a la decapitación. Después de que se pronunciara la sentencia, Thomas, para liberar su conciencia, expresó libre y claramente sus pensamientos sobre esta ley, y dirigiéndose a los jueces, pronunció un magnífico discurso; En ella, habló con tanta elocuencia sobre la violación de los derechos de Dios y de la Iglesia, sobre la primacía espiritual del Romano Pontífice sobre el mundo cristiano, que se podría decir con toda verdad: «Fue el Espíritu Santo quien lo inspiró a proclamar lo que proclamó». Concluyó esta profesión de fe deseando a sus jueces injustos el mismo destino que a San Esteban y San Pablo; así como Pablo, otrora perseguidor de Esteban, es ahora su compañero en la gloria celestial, así también él y sus jueces, ahora enfrentados en esta tierra, puedan estar en completa armonía en la vida venidera y compartir los mismos sentimientos en perfecta caridad.

De vuelta en prisión, Thomas More dedicó los últimos días de su vida a meditar sobre asuntos celestiales, a la oración y a las penitencias corporales. El 5 de julio, envió a su hija Margaret su cilicio y su disciplina, junto con una carta escrita a carbón. En ella, expresaba su más profundo afecto por su familia y amigos, y al mismo tiempo, hablaba de su alegría por morir por una causa tan noble, demostrando que su mente estaba completamente absorta en Dios, que ahora solo experimentaba lo celestial y que su alma estaba en completa paz. Al día siguiente, víspera de la fiesta de Santo Tomás de Canterbury y octava de la festividad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, como había deseado ardientemente, le informaron muy temprano por la mañana que, por orden del rey, la sentencia de muerte se ejecutaría antes de las 9:00 a. m. Se mostró agradecido al monarca. Continuando con su meditación sobre la Pasión de Cristo, salió de prisión apresuradamente, como si fuera a una fiesta, llevando una cruz roja en la mano. Conducido al lugar de la ejecución, dirigió unas palabras a la multitud allí reunida, pidiéndoles que fueran testigos de que moría, como dijo, en la Iglesia y por la fe de la Iglesia Católica, fiel servidor del rey, pero sobre todo de Dios Todopoderoso. Agradeció al verdugo y lo abrazó, pidiendo a todos los presentes que oraran a Dios por él y por su rey. Luego se arrodilló y recitó devotamente el Miserere . Habiendo terminado, radiante de alegría, ofreció con gozo su cabeza al verdugo. Así, como John Fisher unos días antes, Tomás Moro murió a su vez mártir por la causa de la santidad del matrimonio cristiano y la supremacía espiritual, prerrogativa que solo posee el Romano Pontífice. Por orden del rey, la cabeza del mártir fue exhibida en una estaca en el Puente de Londres; aproximadamente un mes después iba a ser arrojada al río, cuando la hija mayor de Tomás Moro, Margarita, la obtuvo del verdugo a cambio de un precio. El cuerpo fue enterrado en la capilla de San Pedro en Tower Hill: allí habían reposado los restos del obispo de Rochester, a quien Thomas tuvo el privilegio de tener como amigo en vida y como un nobilísimo compañero al obtener la palma del martirio.

Tan pronto como los acontecimientos de los que hemos hablado hasta ahora, aunque de forma demasiado sucinta, se dieron a conocer en el mundo católico, no es de extrañar que John Fisher y Thomas More fueran considerados, inmediatamente después de sus muertes, con toda razón, entre los mártires cristianos, no solo por la notable santidad de sus vidas, sino mucho más porque en sus gloriosas muertes derramaron su sangre por la fe católica. Esto también fue cierto para muchos otros cristianos ingleses que, en aquel entonces y por la misma causa, afrontaron valientemente la muerte. Muy poco después de su fallecimiento, el 26 de julio de 1535, en Cartas dirigidas al emperador Carlos V y al cristianísimo rey Francisco I , nuestro predecesor Pablo III no dudó en escribir lo siguiente: «De repente, el rey Enrique, y esto lo contamos con el más profundo pesar, ha sometido públicamente al obispo de Rochester, ilustre por su virtud, renombrado por su erudición y venerable por su edad, a esto». El clero, elevado, glorioso y distinguido, del reino de Inglaterra, así como de otras naciones, fue ejecutado por la mano del verdugo, el castigo máximo reservado para los malhechores y criminales. Todo esto es, en verdad, sumamente deplorable, pero la causa de la muerte lo es aún más. Fue por Dios, por la religión católica, por la justicia, por la verdad, que este santísimo hombre fue ejecutado, pues defendió no solo, como Tomás, arzobispo de Canterbury, los derechos de un individuo, sino también los de la Iglesia universal. Por la misma razón, Enrique ha infligido, o sin duda infligirá, el mismo castigo a un gran número de otros clérigos y religiosos. Entre estas víctimas se encontraba Tomás Moro. No era clérigo, es cierto, sino un simple laico; sin embargo, sobresalía en el conocimiento de las ciencias sagradas y la literatura, y no temía afirmar públicamente la verdad.

Nuestros predecesores Gregorio XIII, en las Cartas Apostólicas Quoniam divinae bonitati del 23 de abril de 1579; Sixto V, en la Constitución Apostólica Afflictae et crudeliter del 3 de septiembre de 1586; y Urbano VIII, en las Cartas Apostólicas Non semper terrena felicitas del 30 de marzo de 1626 , hablaron con el mayor elogio de estos mismos mártires, así como de muchos otros que fueron ejecutados en aquel tiempo por la fe ortodoxa. En su inestimable obra sobre la beatificación de los Siervos de Dios y la canonización de los beatos, Benedicto XIV ofrece ejemplos de un gran número de fieles que perecieron por orden del rey Enrique VIII y la reina Isabel de Inglaterra: los escritores eclesiásticos los llaman mártires, aunque las causas de su martirio nunca fueron presentadas ante la Congregación de Ritos. El mismo Papa también habla en términos excelentes de nuestros dos atletas de Cristo. Esto es lo que escribe sobre John Fisher: Todos saben ya que, a través de las obras que publicó, iluminó la piedad de los católicos; refutó en un libro notable las doctrinas perversas de los herejes, principalmente las de Martín Lutero; finalmente, encarcelado al mismo tiempo que Tomás Moro, por orden de Enrique VIII, rey de Inglaterra, quien, después de haber sido un hombre y un rey de gran mérito, se había transformado en una bestia feroz y un monstruo, presentó su cabeza sin temblar al hacha del verdugo, negándose a dar su consentimiento a la ley por la cual este mismo príncipe se declaraba cabeza suprema de la Iglesia y deseaba ser considerado como tal. Respecto a Tomás Moro, Benedicto XIV escribe esto: Si es lícito mezclar hechos recientes con acontecimientos antiguos, el ejemplo del mártir Tomás Moro parece útil, aunque aún no ha sido reconocido por la Iglesia. El Senado inglés había aprobado un decreto que reconocía al rey como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Tomás no podía aprobar tal ley. Debido a esto y a otras acusaciones en su contra, el juez concluyó que Thomas estaba luchando contra una ley del reino, rechazando la autoridad real, y que era culpable del delito de traición. El canciller que había sucedido a More y el duque de Norfolk apelaron a él, prometiéndole el perdón del rey si, como decían, Thomas recapacitaba y abandonaba su obstinación. Pero él respondió a esta propuesta: «Agradezco sinceramente a Sus Señorías la amabilidad que me muestran; sin embargo, ruego fervientemente a Dios Todopoderoso que me conceda una firme confirmación en los sentimientos ortodoxos en los que me encuentro, para poder perseverar en ellos hasta la muerte».

Estos intrépidos heraldos y defensores de la fe y la supremacía de la Iglesia Católica Romana no solo fueron considerados y designados como verdaderos mártires de Cristo por sus contemporáneos y por quienes vivieron después de ellos —entre los que se encontraban numerosas figuras ilustres, notables por su vida santa y su erudición, astutos políticos, historiadores, humanistas, teólogos e incluso varios adversarios de la religión—, sino que también fueron rodeados de muestras de veneración. El papa Gregorio XIII, mencionado anteriormente, dio el ejemplo; autorizó diversas prácticas propias del culto público y eclesiástico en honor de estos confesores de la fe. Además, permitió el uso de las reliquias de estos mártires en la consagración de altares en ausencia de reliquias de los santos mártires anteriores. Fue él quien también encargó los frescos de la iglesia de San Esteban el Redondo, en el monte Celio de Roma, que representan las pasiones o torturas de los mártires cristianos. Con su permiso, y a expensas de un tal George Gilbert, el pintor Nicolas Circignagno reprodujo, en magníficas pinturas destinadas a la iglesia del Colegio Inglés en Roma —una iglesia dedicada a la Santísima Trinidad bajo el patrocinio de Santo Tomás de Canterbury—, a todas las figuras inglesas que, desde el comienzo de la conversión de Inglaterra hasta nuestros días, habían sufrido la muerte por la fe católica. Este acontecimiento está registrado en los anales del Colegio en la fecha correspondiente. A finales del siglo XVIII , estas pinturas fueron completamente destruidas por manos enemigas. Pero, con la aprobación del mismo Pontífice, se realizaron reproducciones mediante grabados en cobre en Roma en 1584. La vigésimo séptima lámina reproduce el martirio de John Fisher y Thomas More, y su elogio está redactado de la siguiente manera:

John Fisher, obispo de Rochester en Inglaterra, nombrado cardenal, de conducta y doctrina intachables y de gran renombre, fue condenado a muerte por Enrique VIII por defender la autoridad papal. Thomas More, un caballero ejemplar que había ostentado el cargo más alto del reino, notable por su prudencia, erudición, pureza moral y gentileza, fue decapitado por orden del propio rey por la misma razón. Ambos son la gloria de la nación inglesa; el primero, el honor del clero; el segundo, el honor de los laicos.

Dado que todos estos acontecimientos tuvieron lugar en una iglesia romana abierta a todos y bajo la atenta mirada de los pontífices romanos, son prueba fehaciente de la veneración pública que se les profesaba a estos mártires. Esta veneración ha continuado, con mayor o menor intensidad, pero de forma constante, hasta nuestros días. Con razón, debido a los indultos especiales de los Romanos Pontífices sobre los primeros mártires ingleses que, de 1535 a 1583, murieron por la fe católica y por la supremacía del Papa sobre toda la Iglesia, y cuyos sufrimientos fueron representados en frescos pintados antiguamente, por orden de Gregorio XIII, en la Iglesia de la Santísima Trinidad del Colegio Inglés en Roma, y posteriormente grabados en cobre en la misma ciudad en 1584, con la autorización privilegiada de ese mismo Pontífice, León XIII, Nuestro predecesor de ilustre memoria, declaró solemnemente, por decreto de la Congregación de los Sagrados Ritos, el 29 de diciembre de 1886, la fiesta de Santo Tomás de Canterbury, cuya fe y constancia los mártires mencionados imitaron tan valientemente, que la existencia de un indulto eclesiástico público era cierta, es decir, que el caso excepcional (beatificación equivalente), previsto por los decretos del Papa Urbano VIII de bendita memoria, fue verificado. En consecuencia, los cincuenta y cuatro mártires cuyos nombres se citan en el decreto, entre los que destacan John Fisher y Thomas More, fueron elevados a los honores de beatos. En cuanto a Nosotros, mediante las Cartas Apostólicas Atrocissima tormenta, de fecha 15 de diciembre de 1929, beatificamos solemnemente a otros ciento treinta y seis atletas de Cristo, todos ellos ejecutados de la manera más cruel, entre 1541 y 1680, por la fe católica, apostólica y romana y por la primacía espiritual de los sucesores del apóstol San Pedro. Luego, mediante las Cartas Pro tuenda, del 22 de diciembre de 1929, también conferimos el título de beato a John Ogilvie, martirizado en Escocia por la misma causa.

Pero, al acercarse el cuarto centenario de la gloriosa muerte de los beatos Juan Fisher y Tomás Moro, el cardenal Francisco Bourne, arzobispo de Canterbury, un ilustre prelado recientemente fallecido, y de acuerdo con él, muchas personas de eminente dignidad, los cardenales de la Santa Iglesia Romana, todos los arzobispos y obispos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, cada uno con su clero y pueblo, y en el mundo católico, la mayor cantidad de prelados, universidades, colegios, seminarios, institutos religiosos y, finalmente, una multitud de otras personas, quizás doscientas mil o más, entre las que había algunos no católicos bien conocidos, nos dirigieron peticiones rogándonos encarecidamente que confiriéramos los honores de la canonización a estos dos eminentes y bienaventurados mártires.

Aceptamos con gran alegría estas peticiones. En consecuencia, instruimos a la Sagrada Congregación de Ritos para que, en primer lugar, sometiera los actos del martirio de estos bienaventurados a un examen muy riguroso, pues al tratarse la causa de confirmación de su culto, esta cuestión en particular no se examinó, ya que el derecho canónico de la época no lo requería. La Sección Histórica de la Congregación de Ritos, en particular, reconoció la evidencia del martirio de estos dos héroes, tanto desde el punto de vista de los hechos materiales como de su formalidad intrínseca, es decir, tanto con respecto a las dos víctimas como al príncipe perseguidor. Por lo tanto, el 29 de enero de este año (1935), se celebró la Congregación General en Nuestra presencia. Nuestro querido hijo Rafael-Carlos Rossi, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, relator de la Causa, presentó la siguiente cuestión para su debate: si, en el caso y con respecto al efecto en cuestión, consideraba el martirio del beato Juan Fisher, Cardenal, y de Tomás Moro, la razón de este martirio y los prodigios o milagros ocurridos desde que se autorizó la veneración de estos mismos Beatos. Después de que cada uno de los presentes —cardenales, oficiales, prelados y consultores— expresara su opinión, decidimos esperar hasta el día 10 del mes siguiente para dar a conocer nuestra decisión, deseando mientras tanto buscar, en un asunto de tanta importancia, una comprensión más profunda. En el día señalado (10 de febrero), convocamos a Nuestra presencia a Nuestros amados Hijos Cardenal Camillo Laurenti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, y al mencionado Cardenal Relator de la Causa, así como a Nuestros amados Hijos el Secretario de la Congregación de Ritos, Alfonso Carinci, y el Promotor General de la Fe, Salvador Natucci. Después de celebrar devotamente la Santa Misa, declaramos solemnemente: Es tan evidente por el martirio y la causa del martirio del Beato Juan Fisher, Cardenal, y Tomás Moro, que, concediéndose dispensas por prodigios o milagros y todas las demás dispensas oportunas y necesarias, la Causa puede avanzar a nuevas etapas.

Habiendo observado las mismas formalidades, decretamos el 3 de marzo que la canonización de estos mismos Beatos podía proceder sin peligro. Sin embargo, para seguir el procedimiento legal establecido por Nuestros predecesores en un asunto tan importante, convocamos primero a Nuestros venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana en un Consistorio secreto el 1 de abril en el Palacio Apostólico del Vaticano. Dirigiéndonos a los presentes , explicamos de inmediato el propósito de esta reunión: solicitar su opinión sobre este asunto, a saber, si era apropiado otorgar los honores reservados a los santos o canonizar a los Beatos Mártires Juan Fisher, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, Obispo de Rochester, y Tomás Moro, Alto Canciller de Inglaterra. Después de Nuestro discurso, Nuestro querido Hijo, el Cardenal Camille Laurenti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, pronunció un elocuente discurso sobre la vida y el martirio de cada uno de estos Beatos y relató cuidadosamente todos los actos que la Sagrada Congregación de Ritos, tras un examen serio, había admitido y aprobado en su Causa de canonización. Luego, solicitamos personalmente la opinión de cada uno de los cardenales. Habiendo recibido y acogido con agrado dichas opiniones, decidimos celebrar un Consistorio público el cuarto día de este mismo mes, donde se haría una solemne petición a favor de la Causa de canonización de estos Beatos.

Esta súplica fue hecha en este Consistorio, y de manera notable, por Nuestro amado Hijo Auguste Milani, Decano del Colegio de Abogados Consistoriales. Respondimos que estábamos muy deseosos de otorgar a estos Beatos los más altos honores, tanto más porque no solo la Iglesia Militante recibiría de esta cabeza un nuevo adorno y gloria, sino también porque estos Beatos, intercesores y protectores ante Dios, enseñarían a todos los fieles, y ante todo a sus compatriotas, a ser firmes en la defensa, si fuera necesario incluso hasta la muerte, de la religión católica, a despreciar esta vida perecedera y a comportarse como cristianos perfectos. Además, obtendrían de Dios que la poderosa nación inglesa volviera a dar, a la vanguardia y con brillantez, el ejemplo de la profesión de la fe romana, que es la única que se nutre de la verdad inmutable, establecida inquebrantablemente en la Cátedra de San Pedro; Y también que esta nación, conmovida por este nuevo y luminoso destello de santidad, dirija sus pensamientos hacia aquel centro del catolicismo del que recibió con tanto entusiasmo, bajo los auspicios del Papa Gregorio Magno, la doctrina de Cristo y el culto cristiano. Hemos dicho que esperamos este resultado no solo porque estos bienaventurados mártires ofrecen a Dios sus súplicas, sino también porque sus vidas han sido dadas a conocer al mundo entero.

Sin embargo, para que todo se llevara a cabo correctamente según la tradición de la Sede Apostólica, declaramos que no deseábamos dar a conocer nuestra opinión, que se esperaba y se deseaba que fuera motivo de alegría, antes de haber recabado y considerado, en un Consistorio semipúblico, los votos de los cardenales, patriarcas y demás obispos reunidos para tal fin. Mientras tanto, exhortamos a todos los presentes a que ofrecieran sus oraciones a Dios, para que obtuvieran para nuestro entendimiento la luz del Espíritu Santo y así pudiéramos tomar la decisión apropiada sobre un asunto de tanta importancia. Este Consistorio semipúblico fue fijado por Nosotros para el 9 de mayo siguiente. Cartas que dirigimos a los obispos, no solo a los más cercanos a Nosotros, sino también a los más lejanos, les informaban de este grave asunto para que, si les era posible, vinieran a Nosotros y nos dieran su opinión. Ordenamos que se enviara a cada uno de ellos un resumen de la vida y los hechos de la Causa de canonización del Beato Juan Fisher, Cardenal, y de Tomás Moro, para que, tras estudiar y examinar detenidamente el asunto, cada uno pudiera darnos a conocer su opinión. El día indicado, nos dirigimos primero a Nuestros Venerables Hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, así como a todos los obispos presentes, reunidos en el Consistorio del Palacio Apostólico; luego les preguntamos qué opinaban de la Causa en cuestión, pidiéndoles a cada uno que nos la comunicara individualmente. Recibimos la aprobación de todos los presentes. Todos coincidieron con Nuestro pensamiento y lo expresaron con gran entusiasmo. Experimentamos una inmensa alegría por ello y, tras este acuerdo unánime, decidimos concluir esta Causa mediante los solemnes ritos de canonización. La fecha para esta celebración final en la Basílica de San Pedro se fijó para el 19 de mayo. Confiábamos en que este acontecimiento, recibido con alegría por el pueblo inglés y en todo el mundo católico, traería considerable gloria y beneficios a la Iglesia. Además, exhortamos a todos los presentes a que unieran nuestras súplicas a sus más fervientes oraciones, para que Dios, autor y proveedor de toda santidad, se dignara iluminar y guiar nuestras mentes. Según la costumbre, se instruyó a los protonotarios apostólicos presentes para que redactaran las actas oficiales de estos acontecimientos.

Cuando llegó el día que habíamos señalado, las Órdenes del clero secular y regular en gran número, los prelados y oficiales de la Curia Romana, junto con Nuestros venerables Hermanos los cardenales de la Santa Iglesia Romana, y los patriarcas, arzobispos, obispos y abades, acudieron a la Basílica Vaticana, espléndidamente decorada y ya repleta de fieles. Mientras nos precedían en una piadosa y solemne procesión, hicimos Nuestra entrada en la Basílica. Después de adorar devotamente el Santísimo Sacramento, nos dirigimos a Nuestro trono para tomar nuestro lugar. Entonces, Nuestro querido Hermano Cardenal Camillo Laurenti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y encargado de esta Causa de Canonización, nos pidió, por medio de Nuestro querido Hijo Auguste Milani, Decano del Colegio de Abogados Consistoriales, que, según la costumbre, inscribiéramos a estos dos mártires en el catálogo de los santos. Una petición similar se formuló una segunda y una tercera vez, es decir, con mayor urgencia, y luego con suma urgencia. Dos veces, con todos los presentes y con el mayor fervor, imploramos la luz divina, elevando mentes y corazones en oración a los nuevos santos. A estos últimos, con fervientes súplicas, les imploramos especialmente esta gracia: que los pueblos que se han dividido, y en particular aquellos que hoy reciben un nuevo honor, regresen felizmente al seno de su Madre, la Santa Iglesia, donde la verdadera fe jamás puede errar, donde la caridad divina jamás se enfría, donde el resplandor de la santidad siempre brillará. Finalmente, desde la altura de esta Cátedra de la Verdad, donde el Beato Pedro vive y preside en su propio asiento, pronunciamos esta sentencia definitiva:

En honor de la Santísima Trinidad, para la exaltación de la fe católica y la extensión de la religión cristiana, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y por la Nuestra, tras una madura deliberación, después de haber implorado frecuentemente la ayuda divina, y por consejo de Nuestros venerables Hermanos los cardenales de la Santa Iglesia Romana y de los patriarcas, arzobispos y obispos residentes en Roma, decidimos y declaramos santos al bienaventurado Juan Fisher, cardenal de la Santa Iglesia Romana, y al bienaventurado Tomás Moro, laico, y los inscribimos en el catálogo de santos; decretando que su memoria sea honrada piadosamente y devotamente como santos mártires, por la Iglesia universal, cada año, en el día de su nacimiento al cielo, es decir, para Juan Fisher el 22 de junio, para Tomás Moro el 6 de julio. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Luego, accediendo a la petición presentada por el mencionado decano de los abogados consistoriales en nombre del mismo cardenal, dispusimos que estas Cartas Decretales fueran enviadas con el sello de plomo, y ordenamos a los protonotarios apostólicos que redactaran el documento oficial para preservar eternamente la memoria de esta canonización. Además, dimos gracias al Todopoderoso por tan gran bendición. Después de haber implorado la intercesión de los nuevos santos mártires ante Dios, concedimos indulgencia plenaria a todos los fieles presentes. Entonces, comenzamos a ofrecer, según el rito solemne, el Santo Sacrificio de la Misa. Después de la lectura del Evangelio, dirigiendo una homilía al clero y al pueblo, pronunciamos un breve elogio de estos santos mártires y exhortamos fervientemente no solo a los presentes, que allí se encontraban en actitud de profunda devoción, sino también a todos aquellos en el mundo que son Nuestros hijos en Cristo, a dirigir sus mentes y corazones a imitar las virtudes de estos santos e implorar su intercesión para sí mismos y para la Iglesia. Esto es lo que predijimos favorablemente: mediante fervientes súplicas, los fieles se esforzarán sobre todo por obtener de Dios, por la intercesión de estos dos protectores celestiales, que la nación inglesa, considerando el resultado de sus vidas, imite su fe y, por ello, regrese a Nosotros «en la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios». Dijimos que aquellos que aún están separados de Nosotros pueden ser llamados a Él. Consideren atentamente las antiguas glorias de su Iglesia, que reflejan y realzan al máximo los gloriosos esplendores de esta Iglesia romana; que consideren también, como fervientemente deseamos, que esta Sede Apostólica los ha esperado largamente para recibirlos a todos cuando finalmente regresen, no a una morada extranjera, sino a su propia casa. Después de la lectura de esta homilía, hemos concluido, si Dios quiere, la solemne Misa.

Habiendo considerado cuidadosamente todo lo que debía tenerse en cuenta, con pleno conocimiento de los hechos, en virtud de la plenitud de Nuestra autoridad apostólica, confirmamos y corroboramos, y nuevamente establecemos, decretamos y damos a conocer a la Iglesia universal cada una de las cosas antes mencionadas. Además, queremos que las copias, incluso impresas, de estas Cartas Decretales, siempre que lleven la firma y el sello manuscritos de un notario apostólico, tengan exactamente la misma autoridad que las presentes Cartas si se presentaran o mostraran. Si alguien se atreviera a violar lo que hemos decretado, inscrito, mandado, establecido y querido por medio de estas Cartas, o fuera tan imprudente como para oponerse a ello, sepa que incurriría en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, cerca de San Pedro; el 19 de mayo, cuarto domingo después de Pascua, del año 1935, de nuestro decimocuarto Pontificado.

Yo, Pío, Obispo de la Iglesia Católica.

(A continuación se incluyen las firmas de diecisiete cardenales).

P. Thomas-Pie, OP, card. Boggiani, Canciller de la SER Camille card. Laurenti, Prefecto de la S. Congregación de los Ritos. Joseph Wilpert, decano del Colegio del Protonato apostólico.

Fuente: Actas de SS Pío XI , vol. XIII, pág. 49, The Good Press – AAS, vol. XXVIII, 1936, pág. 185.

miércoles, 22 de abril de 2026

PRÉVOST EN MARCHA PACIFISTA DE LOS COMUNISTAS ITALIANOS

Traducción de la noticia publicada en LIFE SITE NEWS.
   
FOTOGRAFÍA DE 1983 MUESTRA AL FUTURO “PAPA LEÓN” MARCHANDO EN MANIFESTACIÓN POR LA PAZ ORGANIZADA POR LOS COMUNISTAS EN ROMA
El activista de izquierda italiano Luca Casarini publicó la imagen del entonces P. Prévost en 1983 en una marcha respaldada por los comunistas, sugiriendo que el nuevo Papa no ha “cambiado de dirección” en su ideología.
   
Gaetano Masciullo
Lunes 20 de abril de 2026 - 1:41 p.m. (hora del Este de EE. UU.).
   
El padre Robert Prévost (derecha) se une a una protesta pacífica liderada por el partido comunista en Roma (Italia) en 1983.
 
(LifeSiteNews) — Una fotografía recientemente descubierta, tomada en Roma en 1983, muestra a un joven Roberto Francisco Prévost, ahora Papa León XIV, participando en una manifestación masiva de tendencia izquierdista contra el despliegue de misiles de la OTAN.
   
El 14 de abril, Luca Casarini, activista italiano de izquierda conocido por su papel en el movimiento “no-global” y, más recientemente, por su labor en operaciones de rescate de migrantes en el Mediterráneo, publicó en su perfil de Facebook una imagen del joven padre Roberto Prévost durante una marcha por la paz. Desde entonces, varios medios de comunicación se han hecho eco de la noticia.
  
«Has recorrido un largo camino, hermano Roberto. Pero no has cambiado de rumbo», comentó Casarini en su publicación.
  
El 22 de octubre de 1983, durante una gran marcha por la paz celebrada en Roma contra la instalación de misiles de crucero de la OTAN en Comiso (Sicilia) y en toda Europa, un joven Prévost —recién ordenado sacerdote y dedicado a los estudios de derecho canónico— fue fotografiado entre un grupo de miembros de la orden agustina que portaban un cartel que decía: «Giovani agostiniani per la pace» («Jóvenes agustinos por la paz»).
  
La protesta, que congregó a cerca de un millón de participantes, tuvo lugar en medio de la creciente tensión de la Guerra Fría y una movilización generalizada por el desarme nuclear, y fue organizada por una amplia coalición de grupos pacifistas y organizaciones políticas, entre las que se incluyen el Partido Comunista Italiano (PCI), la Federación Italiana de la Juventud Comunista (FGCI) y comités de paz activos en las bases de la OTAN.
  
La imagen en blanco y negro, que recientemente ha circulado ampliamente en las redes sociales, muestra a Prévost en la primera fila de los manifestantes. Según algunas fuentesla fotografía fue tomada por Gianni Novelli, un sacerdote estigmatino conocido por su participación en las Comunidades Cristianas de Base y por su liderazgo en Cipax, el Centro Interconfesional para la Paz.
  
Novelli desempeñó un papel destacado en redes eclesiales vinculadas al activismo por la paz y la no violencia, y se convirtió en una figura clave de la llamada iniciativa de la “disidencia católica” tras el Concilio Vaticano II. Tras abandonar su orden religiosa, se dedicó al pacifismo en un sentido ecuménico.
   
Las Comunidades Cristianas de Base, surgidas en las décadas de 1960 y 1970 en Italia y Latinoamérica, desempeñaron un papel fundamental en el fomento de la participación ciudadana en temas sociales y políticos de izquierda. Posteriormente, el Papa Francisco mostró un interés particular en estas comunidades.
  
La imagen, que fue desenterrada, se publicó por primera vez una década después, en 1993, en la revista italiana Mosaico di pace, dentro de un reportaje dedicado al compromiso cristiano con la no violencia. En aquel entonces, la fotografía se presentó como parte de una reflexión más amplia sobre la participación de grupos católicos en movimientos por la paz durante la Guerra Fría.
  
Décadas después de haber sido tomada, la fotografía volvió a captar la atención del público. Según las mismas mismas fuentes, en noviembre de 2025, el arzobispo Giovanni Ricchiuti, presidente nacional de Pax Christi, presentó una copia de la imagen al papa León XIV durante una reunión oficial.
  
La manifestación en la que participó Prévost formó parte de un movimiento más amplio que se oponía al despliegue de euromisiles en Europa a finales de los años 70 y durante los 80. La instalación de misiles de crucero en la base aérea italiana de Comiso se había convertido en un punto neurálgico de la protesta internacional, movilizando a activistas, líderes religiosos y grupos políticos en acciones coordinadas. La concentración de Roma representó una de las mayores movilizaciones de este tipo en Italia y en el mundo durante ese período.
  
Sin embargo, la movilización mundial contra los misiles formaba parte de un panorama internacional más amplio de oposición a la Guerra Fría, a menudo alentado por la URSS, que incluía propaganda a favor de la paz destinada a socavar la estrategia nuclear estadounidense dirigida contra Rusia.
  
Es perfectamente posible que Prévost participara más por la paz y el desarme nuclear que por los organizadores: los comunistas. Sin embargo, su actitud sigue pareciendo ingenua, sobre todo porque los organizadores formaban parte del Partido Comunista Italiano (conocido por ser una célula de la URSS, financiada directamente con fondos del Kremlin).
  
En particular, el Partido Comunista Italiano funcionó —como ahora reconocen ampliamente los historiadores como un puesto avanzado de propaganda soviética. El pacifismo promovido por los rusos también sirvió para desestabilizar el sistema interno y frenar los esfuerzos de disuasión del bloque de la OTAN.
  
La fotografía también figura entre las imágenes conservadas en el archivo histórico del Partido Comunista Italiano. Junto a los agustinos (véase aquí), miembros de otras órdenes religiosas, como franciscanos y jesuitas, también participaron en el evento. La manifestación, que en aquellos días se celebró también en otras importantes ciudades europeas como Londres, París, Ámsterdam y Bonn, congregó a personas de todas las religiones y orientaciones políticas, si bien su clara orientación era anti-OTAN.
  
El Magisterio de la Iglesia Católica enseña que el socialismo en todas sus formas, incluido el comunismo, está infaliblemente condenado. Como afirmó el Papa Pío XI en su encíclica Divíni Redemptóris de 1937:
«El comunismo es intrínsecamente malo, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen al establecimiento del comunismo en sus propios países, serán los primeros en pagar el castigo de su error; y cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista».
  
Luca Casarini fue invitado personalmente por el Papa Francisco a participar en el Sínodo sobre la Sinodalidad, celebrado en el Vaticano del 4 al 29 de octubre de 2023, como uno de los invitados laicos con derecho a intervenir pero sin voto. Su presencia fue a la vez muy simbólica y controvertida.

domingo, 26 de octubre de 2025

ENCÍCLICA “Ubi arcáno Dei consílio”


El cardenal Achille Ratti Galli había sido elegido Papa Pío XI el 6 de Febrero de 1922, en un momento de suma gravedad: Al pasar la Gran Guerra, muchas regiones habían sido devastadas en ambos bandos, y naciones enteras desaparecieron (el Imperio Austro-Húngaro, el II Reich Alemán, el Imperio Otomano y la Rusia zarista), el Tratado de Versalles mostraba su punto de quiebre, porque la Alemania de Weimar no podía cumplir las exigencias del mismo (en especial las impagables indemnizaciones de la revanchista Francia, que invadiría la región del Ruhr en 1923 para exigir el pago, causando el fallido Golpe de la cervecería en Múnich liderado por cierto exmilitar y político en ciernes llamado Adolfo Hitler), y la Sociedad de las Naciones (creada por el expresidente estadounidense Woodrow Wilson, aunque irónicamente el Senado no aprobó el tratado) hallaba dificultades para salvaguardar la paz internacional (lo cual se evidenció por ejemplo en la guerra polaco-lituana, el incidente de Corfú, la invasión de Manchuria y la Guerra Civil Española). Por otra parte, el comunismo se hallaba en expansión después de la Revolución bolchevique, y los conflictos sociales y de clase eran habituales en muchos países a causa de las privaciones de la guerra.
   
Pío XI, de gran erudición y con experiencia en la Curia Romana y en la diplomacia de la Santa Sede, reflexionó sobre estos males públicos y llegó a la conclusión que estos hallan su causa en que el mundo ha vuelto las espaldas a Dios y su Ley (reflejo de esto fue que imbuidos del odio masónico, los vencedores de la Guerra excluyeron al Papa Benedicto XV de las discusiones sobre la paz). Y por tanto, el remedio para los males públicos y privados es volver a la Paz de Cristo en el Reino de Cristo, Pax Christi in regno Christi, que la Iglesia Católica tiene la potestad y el deber de establecer, en independencia y libertad de los poderes seglares. Tal es el resumen de la encíclica “Ubi arcáno Dei consílio”, tal el programa del pontificado que había empezado, en continuidad al llamado de su predecesor San Pío X de restaurar en Cristo todas las cosas. Y lo refrendó tres años después con Quas Primas, la encíclica que estableció la fiesta de Cristo Rey.

ENCÍCLICA “Ubi arcáno Dei consílio”, SOBRE LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO 


PÍO, por la Providencia de Dios, Papa XI, a todos los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

I. INTRODUCCIÓN

1. Ascensión al trono pontificio. Preocupaciones y dolores.
Desde el momento en que por inescrutable designio de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta Cátedra de verdad y caridad, fue Nuestro ánimo, Venerables Hermanos, dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra palabra, y con vosotros a todos Nuestros amados hijos confiados directamente a vuestros cuidados. Un indicio de esta voluntad Nos parece haber dado cuando, apenas elegidos, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y en presencia de una grandísima muchedumbre, dimos la bendición a la urbe y al orbe; bendición que todos vosotros, con el Sagrado Colegio de Cardenales al frente, recibisteis con tan grata alegría que para Nos, en el imponente momento de echar sobre Nuestros hombros casi de improviso el peso de este cargo, fue muy oportuno, y después de la confianza en el auxilio divino, muy grande consuelo y alivio. Ahora, por fin, al llegar al Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y al comienzo del nuevo año, Nuestra boca se abre para vosotros (2.ª Cor. 11, 28); y sea Nuestra palabra como solemne regalo que el padre envía a sus hijos para felicitarles.

El hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas causas. Lo primero, fue preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada día llegaban innumerables cartas para dar con expresiones de la más ardiente devoción al nuevo sucesor de San Pedro. Luego comenzamos al punto a experimentar lo que el Apóstol llama los cuidados que urgen cada día, la solicitud de todas las Iglesias (2.ª Cor. 11, 28); y a cuidados ordinarios de Nuestro Oficio se juntaron otros, como el de proseguir los gravísimos negocios que encontramos ya incoados, respecto a la Tierra Santa y al estado de aquellos cristianos y de aquellas Iglesias que son de las más ilustres; el defender, según demanda Nuestro oficio, la causa de la caridad junto con la de la justicia en las conferencias de las naciones vencedoras, en las que se trataba la suerte de las otras naciones, exhortando especialmente a que se tuviera la debida cuenta con los intereses espirituales, que no son de menor, antes de más valer que los otros; el procurar con todo empeño el socorro de inmensas muchedumbres de gentes lejanas consumidas por el hambre y por todo género de calamidades, lo cual hemos llevado a cabo mandando el mayor subsidio que Nos fue posible en las actuales estrecheces implorando socorros de todo el mundo el trabajar por componer en el mismo pueblo en que habíamos nacido, y en medio del cual Dios colocó la Sede de Pedro, las luchas violentas que desde largo tiempo y con frecuencia ocurrían y que parecían poner en inminente peligro la suerte de la nación para Nos tan querida.

Gozos y consuelos. 
No faltaron, sin embargo, en el mismo tiempo acontecimientos que Nos llenaron de gozo. A la verdad, tanto en los días del XXVI Congreso Eucarístico internacional, como en los del III Centenario de Propaganda Fide, Nos experimentamos tanta abundancia de consuelos celestiales cuanta difícilmente habríamos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado. Tuvimos ocasión de hablar con casi todos y cada uno de Nuestros amados hijos, los Cardenales, lo mismo con los Venerables Hermanos, los Obispos, en tanto número, cuantos difícilmente habríamos podido ver en muchos años. Pudimos también dar audiencia a grandes muchedumbres de fieles, como a otras porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos había confiado, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, según se lee en el Apocalipsis (cap. 5, 9), y dirigirles, como vivamente lo deseamos, Nuestra paternal palabra.

Congreso Eucarístico Internacional de Roma. 
En aquellas ocasiones Nos parecía asistir a espectáculos divinos: cuando Nuestro Redentor Jesucristo bajo los velos eucarísticos era llevado en triunfo por las calles de Roma, seguido de un innumerable y apiñado acompañamiento de devotos, venidos de todos los países, y parecía haber vuelto a granjearse el amor que se le debe como a Rey de los hombres y de las naciones; cuando los sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos hubiera de nuevo descendido el Espíritu Santo, se mostraban inflamados del espíritu de oración y del fuego del apostolado y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de muchas almas, otra vez en tiempos pasados se manifestaba a la faz del universo mundo.

Devoción a María. 
Entre tanto la Virgen María, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los Santuarios de Częstochowa y de Ostra Brama, en la gruta milagrosa de Lourdes y sobre todo en Milán desde la aérea cúspide del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, pareció aceptar el homenaje de Nuestra piedad, cuando en el santísimo santuario de Loreto, después de restaurados los destrozos causados por el incendio, quisimos que se repusiese su venerable imagen, que junto a Nos había sido rehecha con toda perfección y por Nuestra propias manos había sido consagrada y coronada. Fue éste un magnifico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el Vaticano hasta Loreto, dondequiera que pasó la santa imagen, fue honrada por la religiosidad de los pueblos con una no interrumpida serie de obsequios, hechos por gentes de toda clase que en gran número salían a recibirla y con vivísimas expresiones mostraban su devoción a María y al Vicario de Cristo.

Objetivo de la Encíclica y del Pontificado: la pacificación del mundo. 
Con el aviso de estos sucesos, tristes y alegres, cuya memoria queremos quede aquí consignada para la posteridad, se iba poco a poco haciendo para Nos cada vez más claro qué es lo que debíamos llevar más en el alma durante Nuestro Pontificado, y aquello de que debíamos hablar en la primera Encíclica.

Nadie hay que ignore que ni para los hombres en particular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de la guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquilidad activa y fructuosa que todos desean. Pero de este mal es preciso ante todo examinar la grandeza y gravedad, e indagar después las causas y las raíces, si se quiere, como Nos queremos, poner el oportuno remedio. Y esto es lo que por deber de Nuestro Apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta Encíclica, y esto lo que nunca después cesaremos de procurar. Es decir, que así como las condiciones de los presentes tiempos son las mismas que tanto preocuparon a Benedicto XV, Nuestro llorado Predecesor, en todo el tiempo de su Pontificado, es lógico que los mismos pensamientos y cuidados que él tuvo, Nos mismo los hagamos Nuestros. Y es de desear que todos los buenos tengan un mismo sentir y querer con Nos, y que con Nos trabajen para impetrar de Dios en favor de los hombres una reconciliación de verdad y duradera.

II. LOS MALES PRESENTES

2. La falta de paz.
Admirablemente cuadran a nuestra Edad aquellas palabras de los Profetas: «Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la curación, y he aquí el terror (Jer. 8, 15); el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados (Jer. 14, 19). Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas…; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros (Is. 59, 9, 11)». Pues aunque hace tiempo en Europa se han depuesto las armas, sin embargo sabéis cómo en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras, y allí mismo, en una región inmensa como hemos antes dicho, todo está lleno de horrores y miserias, y todos los días una ingente muchedumbre de infelices, sobre todo de ancianos, mujeres y niños, mueren de hambre, de peste y por los saqueos; y donde quiera que hubo guerra no están todavía apagadas las viejas rivalidades, que se dan a conocer: o con disimulo en los asuntos políticos, o de una manera encubierta en la variedad de los cambios monetarios, o sin rebozo en las páginas de los diarios y periódicos; y hasta invaden los confines de aquellas cosas que por su naturaleza deben permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son los estudios de las artes y de las letras.

3. Falta la paz internacional.
De ahí que los odios y las mutuas ofensas entre los diversos Estados no den tregua a los pueblos. ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y vencedores, sino entre las mismas naciones vencedoras, ya que las menores se quejan de ser oprimidas y explotadas por las mayores, y las mayores se lamentan de ser el blanco de los odios y de las insidias de las menores. Y los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores ciertamente los vencidos, y no pequeños los mismos que no tomaron parte alguna en la guerra. Y los dichos males van cada día agravándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de cosas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y con eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor de la raza, y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

4. Falta la paz social y política.
Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamiento sociales, sino la misma trabazón de la sociedad.

Debe contarse en primer lugar la “lucha de clases”, que, inveterada ya como llaga mortal en el mismo seno de las naciones, inficiona las obras todas, las artes, el comercio, la agricultura; en una palabra, todo lo que contribuye a la prosperidad pública y privada; y este mal se base cada vez más pernicioso por la codicia de bienes materiales de una parte, y de la otra por la tenacidad en conservarlos, y en ambas por el ansia de riquezas y de mando. De aquí las frecuentes huelgas, voluntarias y forzosas; de aquí los tumultos públicos y las consiguientes represiones, con descontento y daño de todos.

Añádanse las luchas de partido para el gobierno de la cosa pública, en la que las partes contendientes suelen de ordinario hostilizarse con la mira puesta, no sinceramente, según las varias opiniones, en el bien público, sino el logro del propio provecho con daño del bien común. Y así vemos cómo van en aumento las conjuras, cómo se originan insidias, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos ministros de la autoridad; cómo se acude al terror, a las amenazas, a las francas rebeliones y a otros desórdenes semejantes, tanto más perjudiciales cuanto mayor es la parte que en el gobierno tiene el pueblo, cual sucede con las modernas formas representativas. Estas formas de gobierno, si bien no están condenadas por la doctrina de la Iglesia (como no está condenada forma alguna de régimen justo y razonable), sin embargo, conocido es de todos cuán fácilmente se prestan a la maldad de las facciones.

5. Falta la paz doméstica.
Y es verdaderamente doloroso ver cómo un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta en las familias, cuya disgregación base tiempo iniciada ha sido como muy favorecida por el terrible azote de la guerra, merced al alejamiento del techo doméstico de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentada. Así se ve muchas veces olvidado el honor en que debe tenerse la autoridad paterna; desatendidos los vínculos de la sangre: los amos y criados se miran como adversarios; se viola con demasiada frecuencia la misma fe conyugal, y son conculcados los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante la sociedad.

Falta la paz del individuo.
De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente hace que también los otros miembros, aun los más pequeños, sufran, así también es natural que las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos. Vemos, en efecto, cuán extendida se halla entre los hombres de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo que les hace exigentes y díscolos, y cómo se ha hecho ya costumbre el desprecio de la obediencia y la impaciencia en el trabajo. Observamos también cómo ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres y de las niñas, especialmente en el vestir y en el bailar, con tanto lujo y refinamiento, que exacerba las iras de los menesterosos. Vemos, en fin, cómo aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden.

Resumen de males. 
En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdaderamente cristiana, de modo que no solamente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie.

6. Falta la paz religiosa. Daños espirituales.
Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1.ª Cor. 2, 14), pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los daños causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales daños, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. Porque fuera de tan extendido olvido de los deberes cristianos, arriba recordado, cuán grandes penas Nos causa, Venerables Hermanos, lo mismo que a vosotros, el ver que de tantas Iglesias destinadas por la guerra a usos profanos, no pocas están todavía sin abrirse al culto divino; que muchos seminarios, cerrados entonces, y tan necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, no pueden todavía abrirse; que en todas partes haya disminuido tanto el número de sacerdotes, arrebatados unos por la guerra mientras se ocupaban en el ministerio, extraviados otros de su santa vocación por la extraordinaria gravedad de los peligros, y que por lo mismo en muchos sitios se vea reducida al silencio la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del cuerpo místico de Cristo (Efe. 4, 12).
 
Efectos en las Misiones y en la Patria. Daño en aquéllas; aprecio del sacerdote en ésta. 
¿Y qué decir al recordar cómo desde los últimos confines de la tierra y del centro mismo de las regiones en que reina la barbarie, nuestros misioneros, llamados frecuentemente a la patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debieron abandonar los campos fertilísimos, donde con tanto fruto vertían sus sudores por la causa de la Religión y de la civilización, y cuán pocos de ellos pudieron volver incólumes? Es cierto que estos daños los vemos compensados también en alguna parte con excelentes frutos, por que apareció entonces más en el corazón del Clero el amor a la patria y la conciencia de todos sus deberes, de modo que muchas almas, a las puertas mismas de la muerte, admirando en el trato cotidiano los hermosos ejemplos de magnanimidad y de trabajo del Clero, se llegaron de nuevo al sacerdocio y a la Iglesia. Pero en esto hemos de admirar la bondad de Dios, que aun del mal sabe sacar bien.

III. CAUSAS DE ESTOS MALES

Hasta aquí hemos hablado de los males de estos tiempos. Indaguemos ahora sus causas más detenidamente, si bien ya, sin poderlo evitar, algo hemos indicado.

Y ante todo, parécenos oír de nuevo al divino Consolador y Médico de las humanas enfermedades repetir aquellas palabras: Todos estos males proceden del interior (Marc. 7, 23).

7. El olvido de la caridad.
Firmóse, sí, la paz solemnemente entre beligerantes, pero quedóse escrita en los documentos públicos, mas no grabada en los corazones; vivo está todavía en esto, el espíritu bélico y de él brotan cada día los mayores daños a la sociedad. Porque el  derecho de la fuerza paseóse mucho tiempo triunfante por todas partes, y poco a poco fue apagando en los hombres los sentimientos de benevolencia y compasión que, recibidos de la naturaleza, son por la ley cristiana perfeccionados, y hasta la fecha no han vuelto a renacer ni con la reconciliación de una paz hecha más en apariencia que en realidad. De aquí que el odio, al que se han habituado los hombres por largo tiempo, se haya hecho en muchos una segunda naturaleza, y que predomine aquella ley ciega que el Apóstol lamen taba sentir en sus miembros, guerreando contra la ley del espíritu (Rom. 7, 22), Y así sucede con frecuencia que el hombre no parece ya, como debería considerarse según el mandamiento de Cristo, hermano de los demás, sino extraño y enemigo; que perdido el sentimiento de la dignidad personal y de la misma naturaleza humana, sólo se tiene cuenta con la fuerza y con el número, y que procuran los unos oprimir a los otros por el solo fin de gozar cuanto puedan de los bienes de esta vida.

8. El ansia inmoderada de los bienes de la tierra.
Nada más ordinario entre los hombres que desdeñar los bienes eternos que Jesucristo propone a todos continuamente por medio de su Iglesia y apetecer insaciables la consecución de los bienes terrenos y caducos. Ahora bien: los bienes materiales, por la misma naturaleza, son de tal condición, que en buscarlos desordenadamente se halla la raíz de todos los males, y en especial del descontento y de la degradación moral, de las luchas y las discordias. En efecto, por una parte esos bienes, viles y finitos como son, no pueden saciar las nobles aspiraciones del corazón humano que, criado por Dios y para Dios, se halla necesariamente inquieto mientras no descanse en Dios. Por otra parte, como los bienes del espíritu, comunicados con otros, a todos enriquecen, sin padecer mengua, así, por el contrario, los bienes materiales, limitados como son, cuanto más se re parten tanto menos toca a cada uno. De donde resulta que los bienes terrenos incapaces de contentar a todos por igual, ni de saciar plenamente a ninguno, son causas de divisiones y de tristeza, verdadera vanidad de vanidades y aflicción del espíritu (Ecl. 1, 2. 14), como las llamó el sabio Salomón, después de bien experimentado. Y esto que acaece a los individuos acaece lo mismo a la sociedad. ¿De dónde nacen las guerras y contiendas entre nosotros?, pregunta Santiago Apóstol, ¿No es verdad que de vuestras pasiones? (Santiago 4, 1).

9. Las tres concupiscencias.
Porque la concupiscencia de la carne, o sea el deseo de placeres, es la peste más funesta que se puede pensar para perturbar las familias y la misma sociedad: de la concupiscencia de los ojos, o sea de la codicia de poseer, nacen las despiadadas luchas de las clases sociales, atento cada cual en demasía a sus propios intereses; y la soberbia de vida es decir, el ansia de mandar a los demás, ha llevado a los partidos políticos a contiendas tan encarnizadas, que no se detienen ni ante la rebelión, ni ante el crimen de lesa majestad, ni ante el parricidio mismo de la patria.

Y a esta intemperancia de las pasiones, cuando se cubre con el especioso manto de bien público y del amor a la patria, es a quien hay que atribuir las enemistades internacionales. Pues aun este amor patrio, que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, es también fuente de muchas injusticias cuando pasados los justos límites se convierte en amor patrio desmesurado. Los que de este amor se dejan llevar olvidan no sólo que los pueblos todos están unidos entre sí con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que las otras naciones tienen derecho a vivir y a prosperar, sino también que no es licito ni conveniente el separar lo útil de lo honesto. Porque la justicia eleva las gentes y el pecado hace miserables a los pueblos (Prov. 14. 34). Y si el obtener ventajas para la propia familia, ciudad o nación con daño de los demás puede parecer a los hombres una obra gloriosa y magnífica, no hay que olvidar, como nos advierte San Agustín, que ni será duradera, ni se verá libre del amor de la ruina: vítrea lætítia fragíliter spléndida, cui timeátur horribílius ne repénte frangátur, «Una vidriosa alegría, frágilmente espléndida de la cual se teme, de un modo terrible, el repentino rompimiento» [1].

10. El olvido de Dios, causa de la inestabilidad.
Pero el que se haya ausentado la paz, y que después de haberse remediado tantos males toda vía se le eche de menos, tiene que tener causa más honda que la que hasta ahora hemos visto. Porque ya mucho antes que estallara la guerra europea venía preparándose por culpa de los hombres y de las sociedades la principal causa engendradora de tan grandes calamidades, causa que debía haber desaparecido con la misma espantosa grandeza del conflicto si los hombres hubieran entendido las significación de tan grandes acontecimientos. ¿Quién no sabe aquello de la Escritura: Los que abandonaron al Señor serán consumidos (Isa. 1, 28)?; ni son menos conocidas aquellas gravísimas palabras del Redentor y Maestro de los hombres Jesucristo: Sin mí nada podéis hacer (Joann. 15, 5), y aquellas otras: El que no allega conmigo, dispersa (Luc. 11, 23).

Sentencias éstas de Dios que en todo tiempo se han verificado y ahora sobre todo las vemos realizarse ante Nuestros mismos ojos. Alejáronse en mala hora los hombres de Dios y de Jesucristo, y por eso precisamente de aquel estado feliz han venido a caer en este torbellino de males y por la misma razón se ven frustradas y sin efecto la mayor parte de las veces las tentativas para reparar los daños y para conservar lo que se ha salvado de tanta ruina. Y así, arrojados Dios y Jesucristo de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que, además de quitar a las leyes verdaderas y sólidas sanciones y los primeros principios de la justicia, que aun los mismos filósofos paganos, como Cicerón, comprendieron que no podían tener su apoyo sino en la ley eterna de Dios, han sido arrancados los fundamentos mismos de la autoridad, una vez desaparecida la razón principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. Y he ahí las violentas agitaciones de toda la sociedad, falta de todo apoyo y defensa por alcanzar el poder atentos a los propios intereses y no a los de la patria.

Es también ya cosa decidida que ni Dios ni Jesucristo han de presidir el origen de la familia, reducido a mero contrato civil el matrimonio, que Jesucristo había hecho un sacramento grande (Efes. 5, 32), y había querido que fuese una figura, santa y santificante, del vinculo indisoluble con que él se halla unido a su Iglesia. Y debido a esto hemos visto frecuentemente cómo en el pueblo se hallan oscurecidas las ideas y amortiguados los sentimientos religiosos con que la Iglesia había rodeado ese germen de la sociedad que se llama familia: vemos perturbados el orden doméstico y la paz doméstica; cada día más insegura la unión y estabilidad de la familia; con tanta frecuencia profanada la santidad conyugal por el ardor de sórdidas pasiones y por el ansia mortífera de las más viles utilidades, hasta quedar inficionadas las fuentes mismas de la vida, tanto de las familias como de los pueblos.

Educación laica y antirreligiosa. 
Finalmente, se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud; pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente combatida y que los niños se llegasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio. Pero así excluidos de la enseñanza Dios y su ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco cómo puedan irse formando para la familia y para la sociedad hombres morigerados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad.

La guerra es el producto de todo ello. Desatendidos, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no nos debe admirar que las semillas de discordias sembradas por doquiera en terreno bien dispuesto viniesen por fin a producir aquélla tan desastrosa guerra, que lejos de apagar con el cansancio los odios entre las diversas clases sociales, los encendió mucho más con la violencia y la sangre.

IV. REMEDIOS DE ESTOS MALES

Ya hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que afligen a la sociedad; veamos los remedios aptos para sanarla, sugeridos por la naturaleza misma del mal.

12. La paz de Cristo.
Y ante todo es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco valdría una exterior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo; y la paz de Cristo triunfe en nuestros corazones (Col. 3, 15); ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos (Joann. 14, 17), ya que siendo Dios, ve los corazones (1.º Reg. 16, 7), y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: Todos vosotros sois hermanos (Matth. 21, 23), y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado (Juan 15, 12): soportad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Gál. 6, 2).

13. La paz de Cristo, garantía del derecho y fruto de la caridad.
Síguese de ahí claramente que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia (Psal. 9, 5), ya porque la paz es obra de la justicia (Isa. 32, 17); pero no debe constar tan sólo de la dura e inflexible justicia. sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar los hombres con los hombres. Esta es la paz que Jesucristo conquistó para los hombres; más aún, según la expresión enérgica de San Pablo, El mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de su carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo…, haciendo la paz (Efes. 2, 14), y reconcilió en sí a todos (2.ª Cor. 5, 18; Eph. 2, 16) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera San Pablo tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la caridad: Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo (2.ª Cor. 5, 18); de tal manera amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito (Joann. 3, 6). Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el Doctor Angélico que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños, pero la paz es un acto propio y peculiar de la caridad [2]. 

El reino de la paz está en nuestro interior.
Por tanto, a la paz de Cristo, que, nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma, se acomoda muy bien a lo que San Pablo dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: no consiste el reino de Dios en comer y beber (Rom. 14, 17); es decir, que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventaja el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues por eso dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? o ¿qué cosa dará el hombre en cambio te su alma? (Matth. 16, 26). Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: ni temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, sino temed a los que puedan arrojar el alma y el cuerpo en el infierno (Matth. 10, 28).

Los frutos de la paz. 
No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Matth. 6, 33; Luc. 12, 31). Pero: la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento (Phillip. 4, 7), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer,
   
Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, seguiráse como fruto espontáneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad le las costumbres y el ennoblecimiento de la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la Sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en esta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la gloria divina.

Fortalece el orden y la autoridad. 
Y ya que arriba hemos demostrado que una de las principales causas de la con fusión en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del derecho y el respeto a los que mandan –por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y gobernador del mundo–, también a este desorden pondrá remedio la paz cristiana, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: Conservad en paz la disciplina (Eccli. 41, 17), Gran paz para aquellos que aman tu ley, Señor (Psal. 118, 165), El que teme el precepto, se hallará en paz (Prov. 13, 13), y nuestro Señor Jesucristo, no sólo dijo aquello de: Dad al César lo que es del César (Matth. 22, 21), sino que declaró respetar en el mismo Pilato el poder que le había sido dado de lo alto (Joann. 19, 11), de la misma manera que había mandado a los discípulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra de Moisés (Matth. 23, 2). Y es cosa admirable la estima que hizo de la autoridad paterna en la vida de familia, viviendo para dar ejemplo, sumiso y obediente a José y María. Y de Él es también aquella ley promulgada por sus Apóstoles: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios (Rom. 13, 1).

14. La Iglesia depositaria de esta paz.
Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entregó a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.

Porque, instituida por Dios única intérprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el verdadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos daños en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cristiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filosofía; también para unir entre sí las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada benevolencia y con cierta fraternidad [3], y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres públicas y privadas, y más conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones (3.º Reg. 16, 7), y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el ánimo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los organismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos (Col. 3, 11).

Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz. 
Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.

Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.

15. La Iglesia sola tiene la autoridad de imponerla.
Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque muchas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mismo derecho permanecía siempre en vigor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas. 
   
Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma  que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.

16. La paz de Cristo en el Reino de Cristo. Extensión y carácter de este reino.
Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret. Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas –pues cada una en su orden es legítima–, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.

De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.

El programa papal. 
Cuando, pues, el Papa Pío X se esforzaba por «restaurar todas las cosas en Cristo», como si obrara inspirado por Dios, estaba preparando la obra de pacificación, que fue después el programa de Benedicto XV.

Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros Predecesores, procuraremos también con todas Nuestras fuerzas lograr «la paz de Cristo en el reino de Cristo», plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia.
   
17. Medios especiales: Misión de los obispos y su cooperación.
Esperando que todos los buenos han de concurrir con su apoyo a esta obra, Nos dirigimos en primer lugar a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes nuestro mismo Jefe y Cabeza, Jesucristo, que a Nos confió el cuidado de toda su grey, llamó: a una parte y la más excelente en Nuestra solicitud; a vosotros, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Act. 20, 26); a vosotros honrados de manera principal con el ministerio de la reconciliación, y corno embajadores en nombre de Cristo (2.ª Cor. 5, 18. 20), hechos participen de su mismo magisterio divino y dispensadores de los misterios de Dios (1.ª Cor. 4, 1) y por lo mismo llamados sal de la tierra y luz del mundo (Matth. 5, 14), doctores y padres de los pueblos cristianos, verdaderos dechados de la grey (1.ª Pe. 5, 3), destina dos a ser llamados grandes en el reino de los cielos (Matth. 5, 19); a vosotros todos, en fin, que sois corno los miembros principales y corno los lazos de oro con que se levanta compacto y bien unido todo el cuerpo de Cristo (Eph. 4, 15), que es la Iglesia fundada en la solidez de la Piedra.

Insinuación de la Reapertura del Concilio Vaticano. 
Una nueva y reciente prueba de vuestra insigne diligencia y actividad la tuvimos cuando con la ocasión al principio mencionada, del Congreso Eucarístico de Roma y de las fiestas centenarias de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, vinisteis muchísimos de todas las partes del mundo a esta santa ciudad al sepulcro de los Apóstoles. Aquella reunión de Pastores, dignísima por su concurso y autoridad, Nos sugirió la idea de convocar a su tiempo en esta misma ciudad, Cabeza del orbe católico, una solemne asamblea de la misma clase para hallar reparo oportuno a las ruinas causadas en tan grande convulsión de la sociedad, y se aumenta la dulce esperanza de esta reunión con la proximidad de las alegres solemnidades del Año Santo.

No por eso, sin embargo, Nos atrevemos por ahora a emprender la reapertura de aquel Concilio Ecuménico, que en Nuestra juventud dio comienzo la Santidad de Pío IX, pero que no pudo llevarse a efecto sino en parte, aunque era muy importante. Y la razón a que también Nos, como el célebre caudillo de Israel, estamos como pendientes de la oración, esperando que la bondad y misericordia de nuestro Dios Nos de a conocer más claramente los designios de su voluntad.

18. Obra insigne del clero. Exhortación a superarse.
Mientras tanto, aun que sabemos muy bien que no hay necesidad de estimular vuestro celo y actividad, antes que son dignos de los mayores elogios, sin embargo, la conciencia del cargo apostólico y de Nuestros deberes de padre para con todos, Nos advierte y casi Nos fuerza a infla mar con Nuestros ardores el ya encendido celo de todos vosotros, de manera que venga a suceder que cada uno de vosotros ponga cada día mayor afán y empeño en el cultivo de aquella parte de la grey del Señor que le cupo en suerte apacentar.

Y a la verdad cuántas cosas y cuán excelentes y cuán oportunas hayan sido sabiamente proyectadas, y felizmente iniciadas, y con gran provecho llevadas a cabo, y cuanto las circunstancias lo permitían gloriosamente terminadas, entre el Clero y el pueblo fiel, por iniciativa y a impulso de Nuestros Predecesores y vuestro, lo sabemos por la fama pública propagada por la prensa y confirmada por otros documentos y por las noticias a Nos llegadas, bien de vosotros, bien de otros muchos; y de ello damos cuantas gracias podemos a Dios.

El cuadro de las actividades pastorales. 
Entre estas obras admiramos especialmente las muchas y muy providenciales instituciones para instruir a los hombres con sanas doctrinas y para imbuirlos en la virtud y en santidad; lo mismo las asociaciones de clérigos y seglares, o las llamadas pías uniones, con el fin de sostener y llevar adelante las misiones entre infieles, de propagar el reino de Cristo Dios, y procurar a los pueblos bárbaros la salvación temporal y eterna; ya también las congregaciones de jóvenes, que han crecido en número y en devoción singular a la Santísima Virgen, y especialmente la Sagrada Eucaristía, junto con una fe, una pureza y un amor fraterno muy acrisolados. Añádanse las asociaciones, tanto las de hombres como las de mujeres, particularmente las eucarísticas, que procuran honrar el augusto Sacramento con cultos más frecuentes y solemnes y con muy magnificas procesiones por las calles de las ciudades; y también con la reunión de Congresos muy concurridos, regionales, nacionales e internacionales, con representantes de casi todos los pueblos, donde todos se muestran admirablemente unidos en la misma fe, en el mismo culto, oración y participación de los bienes celestiales.

Apostolado, caridad y Acción Católica. 
A esta piedad atribuimos el espíritu de sagrado apostolado, mucho más extendido que antes, es decir, aquel celo ardentísimo de procurar, primero con la oración frecuente y con el buen ejemplo, luego con la propaganda de palabra y por escrito, y también con las obras y socorros de la caridad, que de nuevo se tributen al Corazón divino de Cristo Rey, lo mismo que en los corazones de los individuos que en la familia  y en la sociedad, el amor, el culto y el imperio que le son debidos.

A eso se encamina también el buen certamen diríamos pro aris et focis, «por los altares y los hogares», que se ha de emprender, y la batalla que se ha de trabar en muchos frentes en favor de los derechos de la sociedad religiosa y doméstica, de la Iglesia y de la familia, derivados de Dios y de la naturaleza, sobre la educación de los hijos. A esto, finalmente, se dirige también todo ese conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada.

Todo eso es deber pastoral necesario y principal. 
Pues bien: todas estas cosas y otras muchas semejantes, que se ría muy largo referir, no sólo se han de conservar firmemente, sino que se las ha de llevar adelante cada día con más empeño y acrecentar con nuevos aumentos según lo exige la condición de las cosas y de las personas. Y si parecen cosa ardua y llena de trabajo para los pastores y para los fieles, empero son, sin duda, necesarias, y se han de contar entre los principales deberes del oficio pastoral y de la vida cristiana. Por las mimas razones aparece claro –tanto que estaría de más todo esclarecimiento– cuán relacionadas se hallan entre sí todas estas obras, y cuán estrechamente unidas con la deseada restauración del reino de Cristo y con la pacificación cristiana, propia tan sólo de este reino: Pax Christi in regno Christi, «La Paz de Cristo en el Reino de Cristo».

Aprecio del Papa y estímulo a mayor unión con Roma. 
Y sería Nuestro deseo que digáis a vuestros sacerdotes, Venerables Hermanos, que Nos, testigo y compañero en otro tiempo y partícipe de los trabajos denodadamente tomados en pro de la grey de Cristo, siempre tu vimos y tenemos en grande estima su magnanimidad en soportar los trabajos, y su industria en hallar siempre nuevos medios de subvenir a las nuevas necesidades que consigo trae el cambio de los tiempos, y que ellos estarán unidos a Nos con vínculo más estrecho de unidad y Nos a ellos con el de la paternal benevolencia, cuanto con adhesión más pronta y apretada, mediante una vida santa y una obediencia perfecta, se unan como al mismo Cristo a sus pastores, que son sus guías y maestros.

Papel del clero regular. 
No hay para qué extenderse en declarar, Venerables Hermanos, cuánto es lo que esperamos del Clero regular para poner por obra Nuestras ideas y proyectos, siendo cosa clara cuánto es lo que contribuye a esclarecer el reino de Cristo dentro y a dilatarle fuera. Pues siendo propio de los religiosos el guardar y practicar, no sólo los preceptos, sino también los consejos de Cristo, lo mismo cuando dentro del claustro se dedican a las cosas espirituales, que cuando salen a trabajar a campo abierto, por ser en su vida modelo de perfección cristiana y por renunciar, consagrados por entero al bien común, a los bienes y comodidades terrenas, para más abundante mente conseguir los bienes espirituales, son para los fieles un constante ejemplo que los incita a aspirar a cosas mayores; y felizmente lo consiguen merced también a las insignes obras de beneficencia cristiana con que atienden a las enfermedades todas del cuerpo y del alma. Y a tanto han llegado en este punto, a impulsos de la caridad divina, según lo atestigua la historia eclesiástica, que en la predicación del Evangelio dieron su vida por la salvación de sus almas, y con su muerte ensancharon los límites del reino de Cristo en la propagación de la unidad de fe y de la fraternidad cristiana.

19. Exhortación a los fieles. Misión de los seglares.
Recordad también a los fieles que, cuando tomando por guías a vosotros y a vuestro Clero, trabajan en público y en privado porque se conozca y ame a Jesucristo, entonces es cuando sobre todo merecen que se les llame linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista (1.ª Pe. 2, 9); que entonces es cuando, estrechamente unidos a Nos y a Cristo, al propagar y restaurar con su celo y diligencia el reino de Cristo, presta los más excelentes servicios para establecer la paz entre los hombres. Porque en el reino de Cristo está en vigor, florece una cierta igualdad de derechos, por la que distinguidos todos con la misma, nobleza, todos se hallan condecorados con la misma preciosa Sangre de Cristo, y los que parecen presidir los demás, siguiendo el ejemplo dado por el mismo Cristo nuestro Señor, con  razón, se llaman, y lo son, administradores de los bienes comunes, y, por ende, siervos de todos los siervos, especialmente de los más pequeños y del todo desvalidos.

Peligros sociales. 
Pero los cambios sociales que trajeron la necesidad, o la aumentaron, de tales colaboradores para llevar adelante la obra divina, han creado también a los poco peritos peligros nuevos, ni pocos ni ligeros. Pues apenas terminada la desastrosa guerra perturbados los Estados con la agitación de los partidos políticos, se enseñorearon de la mente y del corazón de los hombres, pasiones tan desenfrenadas e ideas tan perversas, que ya es de temer que aun los mejores de entre los fieles y aun de los sacerdotes, atraídos por la falsa apariencia de la verdad y del bien, se inficionen con el deplorable contagio del error.

Precave contra el modernismo moral, jurídico y social. 
Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al derecho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obispos, o finalmente a los mismos derechos de nuestro Creador, Redentor y Señor Jesucristo sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? y sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda su manera de proceder no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso.

En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático.

Hay, pues, que traer a la memoria las doctrinas y preceptos que hemos dicho; hay que avivar en todos el mismo ardor de la fe y de la caridad divina, que es el único que puede abrir la inteligencia de aquellas y urgir la observancia de éstos. Lo cual queremos que se lleve a cabo sobre todo en la educación de la juventud cristiana, y todavía más en especial en aquella que se está formando para el sacerdocio; no sea que en este tan gran trastorno de cosas y tanta confusión de ideas, ande fluctuando, como dice el Apóstol, y se deje llevar de aquí para elle de todos los vientos de opiniones por la malicia de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error (Eph. 4, 14). 

20. Atraer a los que están fuera de la Iglesia.
Y mirando Nos en derredor desde esta como atalaya y a manera de alcázar de la Sede Apostólica, ofrécense todavía a Nuestra vista, Venerables Hermanos, muchos en demasía que, o por desconocer del todo a Cristo, o por no conservar íntegra y pura la doctrina o la unidad requerida, no son todavía de este redil, al cual, sin embargo, están destinados por Dios. Por lo cual el que hace las veces de Pastor eterno no puede menos que, inflamado en los mismos sentimientos, echar mano de las mismas expresiones, muy breves ciertamente, pero llenas de amor y de la más tierna compasión: Debo recoger también aquellas ovejas (Joann. 10, 16); y traiga a la memoria con la mayor alegría aquel vaticinio del mismo Cristo: y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo pastor (Ibid.). Dios quiera, Venerables Hermanos, que lo que Nos con vosotros, y con la porción de la Iglesia a vosotros encomendada, con un mismo corazón imploramos en Nuestras oraciones, veamos con el resultado más satisfactorio realizada cuanto antes esta tan consola dora y cierta profecía del divino Corazón.

Aprecio universal con que se distingue hoy a la Santa Sede. 
Un como feliz augurio de esta unidad religiosa pareció haber brillado en el hecho memorable de estos últimos tiempos, por vos otros sin duda advertido, para todos inesperado, para algunos tal vez desagradable; para Nos y para vosotros ciertamente gratísimo, de que la mayor parte de los personajes principales y los gobernantes de casi todas las naciones, como si obedecieran a un mismo impulso y deseo de la paz, han querido como a porfía, o restablecer las antiguas relaciones con esta Sede Apostólica, o hacer con ella por primera vez pactos de concordia. Lo cual con razón Nos llena de gozo, no solamente por lo que se acrecienta la autoridad de la Iglesia, sino también por el esplendor que cobra su beneficencia y la experiencia a todos ofrecida del poder en ver dad admirable que sólo posee esta Iglesia de Dios, para procurar a la sociedad todo linaje de prosperidades, incluso la civil y terrena. 

Relación del poder eclesiástico con el civil. 
Porque, aunque ella por ordenación divina entiende directamente en los bienes espirituales e imperecederos, sin embargo, por la estrecha conexión que reina en todas las cosas, es tanto lo que ayuda a la prosperidad aun terrena, lo mismo de los individuos que de la sociedad, que más no ayudaría si para fomentarla hubiera sido primaria mente instituida.

Y si la Iglesia mira como cosa veda da el inmiscuirse sin razón en el arreglo de estos negocios tenemos y meramente políticos, sin embargo, con todo derecho se esfuerza para que el poder civil no tome de ahí pretexto; o para oponer se de cualquier manera a aquellos bienes más elevados de que depende la salvación eterna de los hombres, o para intentar su daño y perdición con leyes y decretos inicuos, o para poner en peligro la constitución divina de la Iglesia, o finalmente, para conculcar los sagrados derechos del mismo Dios en la sociedad civil.

Intangibilidad de los derechos de la Iglesia. 
Así que enteramente con el mismo propósito, y valiéndonos también de las mismas palabras que usó el muy llorado Predecesor Nuestro, Benedicto XV, a quien tantas veces Nos hemos referido, en su última alocución de 21 de noviembre del año pasado (1921), que versó sobre las relaciones mutuas entre la Iglesia y el Estado, Nos también declaramos, como él santamente declaró, y de nuevo confirmamos: «que jamás Nos consentiremos que en tales convenios se introduzca nada que desdiga de la dignidad y libertad de la Iglesia,. la cual que quede a salvo e incólume es de suma importancia, sobre todo en este tiempo aun para la misma prosperidad de la sociedad civil» [4].

La “Cuestión Romana” y los Estados pontificios usurpados. 
Y siendo esto así, no hay para qué decir con qué dolor vemos que entre tantas naciones que viven en relaciones amistosas con esta Sede Apostólica falte Italia; Italia, Nuestra patria querida, escogida por el mismo Dios, que con su providencia dirige el curso y orden de todas las cosas y tiempos, para colocar en ella la Sede de su Vicario en la tierra, para que esta santa ciudad, asiento un tiempo de un imperio muy extendido, pero al fin limitado a ciertos términos, llegase un día a ser cabeza de todo el orbe de la tierra. Puesto que, como Sede de un Principado divino, que por su naturaleza trasciende los fines de todas las gentes y naciones, abarca las naciones y los pueblos todos. Pero tanto el origen y la naturaleza divina de este principado, como el sagrado derecho de los fieles todos que habitan en toda la tierra, exige que este sagrado Principado no parezca hallarse sujeto a ningún poder humano, a ninguna ley (aunque éste prometa, mediante ciertas defensas o garantías, proteger la libertad del Romano Pontífice), sino que debe ser y aparecer bien clara y completamente independiente y soberano.

Pero aquellas defensas de la libertad, con que la divina Providencia, señora y árbitro de los acontecimientos huma nos había protegido la autoridad del Romano Pontífice, no sólo sin detrimento de Italia, sino con grande pro hecho suyo; aquellas defensas que por tantos siglos se habían mostrado muy a propósito para el designio divino de asegurar la dicha libertad, y para cuya sustitución ni la divina Providencia ha indicado nada a propósito hasta el presente, ni los hombres han hallado entre sus proyectos nada semejante; aquellas defensas fueron echadas por tierra por fuerza enemiga y siguen hasta ahora violadas, y con eso se han creado al Romano Pontífice condiciones de vida tan extrañas que tienen perpetuamente llenos de tristeza los corazones de los fieles todos esparcidos por todo el mundo. Nos, pues, herederos, lo mismo de los pensamientos que de los deberes de Nuestros Predecesores, investidos de la misma autoridad, a quien únicamente corresponde decidir en materia de tamaña importancia, movidos no ciertamente por una vana ambición de reino temporal (pues sería un motivo cuyo menor influjo Nos avergonzaría grande mente), sino que, puesto el pensamiento en la hora de Nuestra muerte, acordándonos de la rigurosa cuenta que hemos de dar al divino Juez, renovamos desde este lugar, según lo pide la santidad de Nuestro cargo, las protestas que hicieron Nuestros dichos Predecesores en defensa de los derechos y de la dignidad de la Sede Apostólica.

21. Deseos de pacífico arreglo de la Cuestión Romana y pacificación universal.
Por lo demás, jamás Italia tendrá que temer daño alguno de esta Sede Apostólica; pues el Romano Pontífice, séalo el que lo fuere, siempre podrá decir con toda verdad aquello del Profeta: Yo tengo pensamiento de paz y no de aflicción (Jer, 29, 11), de paz verdadera digo, y por lo mismo inseparable de la justicia; de modo que pueda añadirse: la justicia y la paz se dieron ósculo (Psal. 84, 11). A Dios, omnipotente y misericordioso, toca el hacer que llegue por fin a alborear día tan alegre, que será muy fecundo en toda clase de bienes, ya para la restauración del reino de Cristo, ya para el arreglo de los asuntos de Italia y del mundo entero; y para que no quede frustrado, trabajen diligentemente todos los hombres de recto sentir.

Oración por la paz en Navidad. 
Y para que cuanto antes se otorguen a los hombres los regalados dones de la paz, encarecidamente exhortamos a todos los fieles que a una con Nos insten con santas oraciones, especialmente en estos días del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Rey Pacífico, en cuya venida a este mundo por primera vez cantaron las huestes angélicas: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz a los hombres de buena voluntad (Luc. 2, 14).

Bendición Apostólica. 
Finalmente, como una prenda de esta paz, queremos Venerables Hermanos, que sea Nuestra Apostólica Bendición la que presagian do a cada uno del clero y del pueblo fiel y también a los mismos Estados y familias cristianas, toda suerte de dichas, lleve la prosperidad a los vivos y a los difuntos descanso y felicidad eterna; bendición que como testimonio de Nuestra benevolencia damos de todo corazón a vosotros y a vuestro clero y pueblo.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 23 de diciembre de 1922, de Nuestro Pontificado el año primero. PÍO PAPA XI.
   
NOTAS
[1] San Agustín, Ciudad de Dios, 1, 4, c. 5.
[2] Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 29, art. 3.º, respuesta a la objeción 3.ª.
[3] San Agustín. De las costumbres de la Iglesia Católica, 1, 30. 
[4] Alocución “In hac quídem renováta lætítia”, pronunciada en el Consistorio Secreto del 21 de Noviembre de 1921; en Acta Apostólicæ Sedis 13 (1921), pág. 522.