Santa Pudenciana y su hermana gemela, Santa Práxedes, eran hijas de San Pudente, noble romano, discípulo del Papa San Pío I (reinó entre el 140 y el 155), que se distinguió en este tiempo por su entereza cristiana y la defensa de su fe frente a las impugnaciones paganas.
Ambas pertenecen a los primeros casos, conocidos en la historia de la Iglesia, de vírgenes cristianas consagradas a Dios. En efecto, sabemos que, movidas del amor a Cristo, heredado de su padre Pudente, le consagraron su virginidad y convirtieron su casa en un santuario, adonde acudían incluso los papas a celebrar los misterios divinos y administrar los sacramentos y ocultarse cuando amenazaba algún peligro. Sabemos igualmente que ambas hermanas recibían y trataban a todos sus hermanos con la mayor caridad, y personalmente les servían, haciendo todos estos oficios con predilección a los más pobres. En esta forma se presentan a la antigüedad cristiana como insignes ejemplos de virginidad y de caridad a sus semejantes y amor sacrificado a los pobres. La muerte de Santa Pudenciana es señalada el año 160, en tiempo del emperador Antonino Pío (138-161).
El nombre de Pudenciana está vinculado a una de las iglesias titulares más célebres de Roma. Está construida sobre el Palacio del senador San Pudencio, su padre, quien a la muerte de su esposa renunció a todos sus bienes en favor de los pobres, e incluso a su propia casa, con el objeto de que, habiendo morado en ella y ejercido su ministerio el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, fuera transformada en iglesia. Pío XII declaró a Santa Pudenciana patrona secundaria de las Filipinas, y su basílica es la iglesia nacional de este país.
ORACIÓN
Oh Dios, que habéis suscitado a vuestra bienaventurada Virgen Santa Pudenciana, enriquecida por el estudio de la humildad y el amor de la justicia, para soportar las pruebas de la vida según Vuestra voluntad, y que la habéis glorificado para socorrer a las necesidades de los pobres por Amor vuestro, concedednos, os suplicamos, que, tocados por la divina inspiración, podamos evitar los placeres dañosos; y, al renunciar a sus seducciones, merezcamos ser siempre alimentados de la dulzura espiritual. Por J. C. N. S. Amén.

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