Siguiendo la línea del diálogo interreligioso iniciada con la declaración “Nostra Ætáte” del Vaticano II y reforzada desde los tiempos de Juan Pablo II Wojtyła (que empezó esa práctica del mensaje a los budistas el 6 de Mayo de 1984), el Vaticano publicó el mensaje anual que enviara el cardenal curial indio Mar George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, con motivo de la fiesta budista del Vesak, que conmemora el nacimiento, iluminación y muerte de Siddharta Gautama.
El mensaje, que combina citas del Evangelio con textos budistas, pone el acento en conceptos como la fraternidad universal, la reconciliación y la colaboración entre religiones frente a los conflictos del mundo contemporáneo; y propone a budistas y cristianos trabajar juntos por una paz “desarmada y desarmante”.
BUDISTAS Y CRISTIANOS POR UNA PAZ “DESARMADA Y DESARMANTE”Queridos amigos Budistas,Como en años anteriores, nos complace extender nuestros más sinceros saludos y buenos deseos en la gozosa celebración de Vesak. Esta solemne Fiesta, que conmemora el nacimiento, la iluminación y el tránsito de Buda, es una invitación a renovar el camino de la sabiduría, la compasión y la paz.La paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino un don que busca habitar en el corazón humano: una presencia silenciosa pero poderosa que ilumina y transforma. De hecho, como señaló elPapaLeón XIV, «La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”» (Mensaje para la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026). Incluso cuando parece frágil, como una pequeña llama amenazada por las tormentas de odio y miedo, la paz debe ser protegida y cultivada. Esta es la paz a la que estamos llamados: una paz desarmada y desarmante, que no se basa en la fuerza, sino que brota de la verdad, la compasión y la confianza mutua.Sin embargo, en nuestro tiempo no podemos ignorar las sombras que pesan sobre el mundo. Las guerras, la violencia, el creciente nacionalismo etnorreligioso y la instrumentalización de la religión siguen hiriendo nuestra humanidad común. En un mundo que parece cada vez más frágil y a veces marcado por una preocupante sensación de regresión, el llamado a la paz se vuelve cada vez más urgente. Es aquí donde nuestras tradiciones espirituales pueden ofrecer una contribución vital. La bondad es realmente desarmante; rompe el ciclo de sospechas y abre caminos donde no parecía posible. En su expresión más auténtica, nuestras tradiciones nos invitan a purificar nuestros corazones de la hostilidad, a traspasar las fronteras y a reconocernos como miembros de una única familia humana.Desde este punto de vista, las enseñanzas del Buda ofrecen un camino iluminador. Buda enseña: «Porque el odio no es vencido por el odio: el odio es vencido por el amor. Esta es una ley eterna» (Dhammapada 5). Y de nuevo: «Que nadie engañe ni desprecie a nadie […] Que nadie le desee ningún daño a nadie, Ya sea con ira o al reaccionar con odio» (Sutta Nipata 1.8 – Metta Sutta). Para los cristianos, Jesús llama a sus discípulos a «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan» (Mateo 5,44) y proclama: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mateo 5,9). Ambas tradiciones convergen en señalar hacia una paz que se vive, una que desarma los corazones antes que las manos.Un camino así requiere algo más que simples palabras; exige un cambio de actitud y un compromiso con acciones concretas. Los responsables religiosos están llamados a ser auténticos interlocutores en el diálogo y verdaderos artífices de la reconciliación. Junto con todos los creyentes, estamos invitados a convertirnos en artífices de la paz: no como observadores pasivos, sino como testigos valientes capaces de facilitar el encuentro, sanar las heridas y reconstruir la confianza.Como ciudadanos y creyentes, compartimos la responsabilidad de promover la paz, hacer frente a la injusticia e instar a quienes ejercen el poder a que no alimenten las divisiones, sino que busquen el diálogo en lugar del enfrentamiento. Asimismo, debemos evitar convertirnos en cómplices por silencio o por miedo. Cada comunidad está, por tanto, llamada a crecer como un lugar donde la hostilidad se supere mediante el encuentro, donde se practique la justicia y se custodie el perdón como un tesoro.Cultivar una paz desarmada y desarmante significa también alimentar sus fuentes más profundas: la oración, la contemplación y la transformación interior. Es una paz que se vive a diario: en los gestos de amabilidad, en la paciencia, en el rechazo del odio y de la venganza, y en el valor de tener esperanza. Porque la paz no es una ilusión ni un ideal lejano; es una posibilidad real, ya a nuestro alcance, que espera ser acogida y compartida.Con este espíritu, renovamos nuestra esperanza de que, gracias a nuestro compromiso común, budistas y cristianos puedan convertirse cada vez más en testigos de esta paz desarmante, una paz que cura las heridas, sana las relaciones y abre nuevos horizontes para la humanidad.Que vuestra celebración del Vesak esté llena de serenidad y alegría, y que nos inspire a todos a recorrer juntos este camino.¡Os deseamos una celebración del Vesak rica en bendiciones y fructífera!Vaticano, 1 de mayo de 2026George Jacob Card. KoovakadPrefectoMons. Indunil Janakaratne Kodithuwakku KankanamalageSecretario
San Pedro no habría mandado nunca un mensaje felicitando a los sacerdotes de Zeus y Afrodita por la fiesta cívico-religiosa de las Apaturias (“Engaño” o “Del parentesco común” en griego) que tenían lugar del 11 al 13 de Pianepsión (Octubre/Noviembre) o a los seguidores de los misterios de Isis por las fiestas Isia en Noviembre, como tampoco al Sumo Sacerdote judío por la Pascua o el Yom Kipur. Pero por estos actos relativistas y relativizantes, se puede ver claramente que la del Vaticano II NO ES LA IGLESIA CATÓLICA, sino una institución impostora, apóstata y apostatizante.

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