jueves, 7 de mayo de 2026

PERITO DEL VATICANO II: «EL NOVUS ORDO ES UN ABORTO DEL CONCILIO».

Artículo tomado de GLORIA NEWS, ampliado en algunos puntos. Comentario propio.
   

Citas seleccionadas del libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Una vista más amplia del Vaticano II: Memorias y análisis de un consultor del Concilio) por el archimandrita Bonifaas (en el siglo Johannes Jozef) Luykx Vanheukelom O. Præm., reeditado en inglés por Angelico Press (Brooklyn, NY) 2025.

Bonifaas Luykx (1915-2004) fue un canónigo regular premonstratense belga, profesor y erudito litúrgico. En las décadas de 1940 y 1950 fue una de las principales figuras del movimiento litúrgico (conoció y tuvo amistad, entre otros, con dom Lambert Beauduin OSB, fundador del monasterio de la Santa Cruz de Chevetogne) y enseñó durante muchos años en la Escuela de Verano de Liturgia de la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos. De 1960 a 1971 sirvió como misionero en África, donde fundó el Monasterio de la Asunción y enseñó en la Universidad Lovanium en Kinshasa, Zaire (ahora República Democrática del Congo). A partir de 1959, fue miembro de la Comisión Preparatoria para la Liturgia y más tarde sirvió como consultor litúrgico y experto (perito) del arzobispo de Kinshasa Joseph-Albert Malula Bolumbu († 1989) en el Concilio Vaticano II, así como uno de los autores de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (Sacrosanctum Concilium).
  
Después del Concilio, se convirtió en miembro del Consílium ad exsequéndam Constitutiónem de sacra Litúrgia (Consejo para la Aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia). Como institución paralela a la Sagrada Congregación de Ritos, el Consílium ejerció su mandato de forma autónoma hasta 1969. Informó directamente al Papa Pablo VI y, bajo la dirección del padre Aníbal Bugnini, fue responsable de la redacción de nuevos textos litúrgicos.
   
Después del Concilio, el archimandrita Bonifacio Luykx pasó muchos años luchando contra las distorsiones y las interpretaciones erróneas de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. De 1972 a 2000, sirvió como abad fundador del monasterio de la Santa Transfiguración (Monte Tabor) en el norte de California, que pertenece a la Iglesia greco-católica ucraniana. En 1988 se le concedió el título honorífico de Archimandrita, que en las Iglesias Orientales denota el padre espiritual de uno o más monasterios.
   
Luykx escribió estas memorias y ensayos analíticos entre 1995 y 1997. El 11 de Abril de 2004, domingo de Pascua, murió en el monasterio premonstratense de Postel (Bélgica).
   
Citas clave:
  • «La abadía de Maria Laach… fue el centro indiscutible del Movimiento Litúrgico y un foco de renovación espiritual para toda Europa Occidental. Un domingo cualquiera, ochenta autobuses repletos de buscadores espirituales visitaban Maria Laach, magnífica tanto por su entorno como por su culto. La liturgia se celebraba allí con una belleza inimaginable: impecable pero a la vez profundamente reverente, en medio de un amor fraternal digno y sincero. ¡Cuántas veces oí decir a los visitantes: “Esto es el paraíso en la tierra; no podría ser más hermoso”!
       
    Sin embargo, años después, un grupo de liturgistas alemanes, en su mayoría sacerdotes seculares, llegó a considerar que la orientación de Maria Laach no era suficientemente pastoral. Liderados por el activista monseñor Johannes Wagner, proclamaron con vehemencia que “la liturgia debe ser dirigida por el sacerdote; por lo tanto, los sacerdotes, no los monjes, deben liderar el movimiento”. Con el apoyo de algunos obispos alemanes, fundaron en la ciudad de Tréveris el Liturgisches Institut (Instituto Litúrgico), principalmente una escuela de enseñanza litúrgica superior, que se convirtió en un centro de actividad más que de oración y contemplación.

    Desde el principio existió una dolorosa rivalidad entre Tréveris y Maria Laach, debido en gran parte al mal carácter del líder del Instituto. Resultó especialmente angustioso que el Instituto hiciera declaraciones públicas contra Maria Laach, el padre Pius Parsch y otros, incluyéndome a mí, pues una hermosa característica de la renovación era la amistad, el apoyo mutuo y el respeto entre sus miembros, que esta envidia ridiculizó o destruyó (Monseñor Wagner se convirtió más tarde en una figura clave del Novus Ordo y fue quizás el modernista más elocuente de la comisión litúrgica tras el Concilio)» (págs. 26-27).
  • «El grave error de nuestros días es un excesivo énfasis en la participación exterior a la exclusión del interior. Este malentendido de la verdadera naturaleza de la “participación activa” ha resultado en la virtual eliminación de una actitud de oración y reverencia dentro del culto católico, en gran detrimento de los fieles» (pág. 35).
  • «El padre Annibale Bugnini, editor de la revista Ephemérides Litúrgicæ y profesor en varios institutos romanos, fue nuestro secretario [de la Comisión Preparatoria para la Liturgia previa al Concilio Vaticano II]. Era un hombre muy capaz y un político hábil, con un carisma especial para unir a las personas y superar las diferencias. Como veremos en las páginas siguientes, ejerció una fuerte (y a menudo problemática) influencia en la evolución litúrgica durante y después del Concilio» (págs. 45–46).
  • «Hubo una perfecta continuidad entre el período preconciliar y el Concilio mismo, pero después del Concilio esta continuidad crucial fue rota por las comisiones postconciliares» (pág. 80).
  • «La tendencia a alejarse de la adhesión a la CSL se extendió hasta la cúpula, llegando al secretario Annibale Bugnini. A lo largo del Movimiento Litúrgico, la Comisión Preparatoria para la Liturgia y el Consilium del Papa Juan XXIII (aquí se refiere a un organismo anterior, de 1962-63), el padre Bugnini había sido fiel a la Tradición y al Magisterio. Pero después del Concilio cambió. Basándome en mi amistad personal con él, creo que este cambio no surgió de una malicia deliberada, sino más bien de debilidad. Me parecía muy influenciable: si alguien lo empujaba en una dirección, iba en esa; si lo empujaban en la otra, iba en la otra.
       
    Pero el padre Bugnini también era político y ambicionaba el poder. Para conseguirlo, debía aparentar éxito, así que se aliaba con los más elocuentes y aparentemente poderosos. Estaba muy influenciado por los modernistas que se apartaron de la fidelidad a la CSL, entre los que destacaba Johannes Wagner, del Instituto de Tréveris en Alemania. Al poco tiempo, Bugnini dejó de invitar a las reuniones a aquellos miembros «reaccionarios» que se atrevían a adherirse al texto de la CSL o a los sólidos principios de la antropología religiosa. Lo sé con certeza, porque el obispo Malula y yo fuimos de los que caímos en desgracia ante él.
       
    ¿Qué papel desempeñamos el obispo Malula y yo en medio de esta creciente tensión y polarización? Al poco tiempo, el obispo Malula perdió todo deseo de participar en las subcomisiones. El grupo de académicos revolucionarios lo hacía sentir inútil; lo trataban como a un ignorante e incluso lo insultaban. Además, todo el trabajo de las subcomisiones iba en contra de la CSL y era inútil para los países de misión, especialmente los de África. El obispo Malula le hizo saber esto al secretario Bugnini en más de una ocasión. En tales ocasiones, Bugnini respondió al buen obispo con comentarios tan atroces que quedaron grabados para siempre en mi memoria:
    Bugnini: “Si no podéis poneros de acuerdo, cread vuestra propia comisión en África”.
    Malula: “¿De dónde sacará nuestra Iglesia, pobre como un mendigo, los fondos para hacer tal cosa, mientras ustedes aquí se valen del dinero de todo el rico Occidente?”
    Bugnini: “N’importe [no importa]. Aquí partimos de la premisa de que el hombre occidental moderno es el hombre por excelencia, el modelo de toda verdadera humanidad, para todos los países y culturas, y para todas las generaciones venideras.”
       
    Esa fue la gota que colmó el vaso. Furioso por semejante insulto arrogante y absurdo, el obispo Malula juró no volver jamás. Me autorizó a sustituirlo y me dio las instrucciones pertinentes. Supongo que el padre Bugnini y su gente se alegraron de librarse de un “enemigo”, según la nueva política de exclusión de los fieles a la Iglesia de San Luis.
       
    Volveremos más adelante a la reveladora respuesta del padre Bugnini al obispo Malula, pues quedó claro que su opinión sobre la supremacía y el valor normativo del hombre occidental moderno formaba parte de su agenda y, por consiguiente, de la agenda de las subcomisiones del Consílium que él supervisaba.
       
    Llegados a este punto, cabe plantearse la pregunta obvia y seria: ¿de dónde obtiene un hombre [el padre Bugnini], o un grupo, el derecho a imponer su forma de rezar o celebrar a toda la Iglesia occidental? Esta pregunta atañe a la dudosa validez, o al menos a la licitud, de gran parte del trabajo de las subcomisiones del Consílium, pues a menudo actuaron en contra de la CSL, la única norma autorizada dada por el Concilio» (págs 86–87).
  • «El Novus Ordo no es fiel a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (CSL), pero va sustancialmente más allá de los parámetros que CSL estableció para la reforma del rito de la Misa» (pág. 98).
  • «Una de las preguntas que el Papa Pablo VI hizo a estos protestantes [invitados como consultores al Consilium] fue si el rito de la Misa previsto, el Novus Ordo, acercaría o no a la Iglesia Católica a sus hermanos protestantes. Se afirma que el “sí” unánime de los protestantes inclinó la balanza hacia su introducción final. Personalmente, pregunté al Padre Louis Bouyer, cercano a Pablo VI, qué influyó en la decisión del Papa de elegir el Novus Ordo. Me dijo, en esencia, que los disidentes de las subcomisiones le habían instruido y convencido de que la Iglesia, y los protestantes, deseaban esta Misa. Así pues, el Papa dijo, en esencia: “Si es así, cedo”. El Novus Ordo, en efecto era ciertamente favorable a los esfuerzos ecuménicos con los protestantes, pero dañó gravemente esos esfuerzos con las Iglesias Orientales, contrariamente a la intención del Concilio» (pág. 99).
  • «Para muchos, la lengua vernácula fue la gran “salvadora” que eclipsó y justificó todos los demás cambios; sin embargo, lamentablemente, se convirtió en una especie de narcótico que los eximió del pensamiento crítico» (pág. 100).
  • «Tras el Concilio Vaticano II, la apisonadora del horizontalismo centrado en el hombre (en oposición al verticalismo centrado en Dios) ha aplastado todas las formas litúrgicas, pero su principal víctima es el Novus Ordo. Sus creadores cometieron un grave error al impulsar un “retorno a la sencillez” hasta el punto de empobrecer el ritual y destruir el sentido de celebración y misterio. En el pensamiento y la práctica occidentales modernos, la dimensión horizontal de la celebración parece excluir la dimensión vertical de la reverencia. Sin embargo, la verdadera liturgia y la verdadera celebración son precisamente la reconciliación de ambas: la participación activa de los fieles que comparten su ascenso a Dios y la integración del descenso de Dios a los hombres en la fe.

    El elemento de la verdadera celebración se ha perdido esencialmente en el Novus Ordo. La principal razón de esta separación del alma de la Misa, centrada en lo literario (y locuaz), es lo que Norbert Höslinger acertadamente denominó “el hombre poniéndose a sí mismo como motor principal en lugar de Dios”. El principal perjudicado en este proceso es el misterio, que debería ser, por el contrario, el objeto y contenido principal de la celebración. Nuestra actitud primordial ante el misterio debe ser la reverencia y el asombro, su entorno apropiado. Cuando estos faltan, la celebración, o lo que queda de ella, se precipita hacia su propia destrucción.

    Solo en un ambiente reverente y con tiempo suficiente, el fiel puede penetrar gradualmente en el significado oculto del misterio, mediante la aceptación religiosa y no solo la comprensión intelectual. Ignorando por completo este hecho, los autores del Novus Ordo, que no tenían ningún interés en la antropología religiosa, despojaron a la nueva Misa, en la medida de lo posible, de todo patrón antropológico propio del verdadero ritual. Aparentemente, consideraban los rituales actividades gratuitas e inútiles por carecer de utilidad y productividad» (pág. 104).
  • «Otro grave error de las subcomisiones del Consílium fue su enfoque histórico limitado y sesgado. ¡Debo ser muy valiente para atreverme a discrepar con sus prestigiosos historiadores y sus invenciones en los documentos posconciliares! Sin embargo, estoy capacitado para opinar sobre algunos de estos temas, pues me especialicé en ellos y dediqué mi vida al estudio de las fuentes litúrgicas originales, bajo la tutela de grandes eruditos, en los centros académicos europeos más distinguidos…

    Sin embargo, las subcomisiones, al privilegiar a testigos primitivos como Justino e Hipólito, pasaron por alto un hecho fundamental. Estos autores de los siglos II y III describen un rito muy esquemático y rudimentario, celebrado para un pequeño grupo de personas en un espacio reducido (principalmente las catacumbas), durante o bajo la amenaza de persecución. Estas circunstancias redujeron drásticamente el elemento celebratorio de la liturgia, es decir, a un marco austero; ejemplos de ello son la descripción esquemática de la Eucaristía por Justino y la Anáfora de Hipólito [atribución aún sostenida en la década de 1990, cuando Luykx escribió el libro, N. del T.] (el segundo canon de la liturgia romana actual). Ninguno de estos textos estaba pensado para una celebración completa, ni resulta adecuado para tal celebración en nuestros días. Sin embargo, los expertos litúrgicos tomaron estos textos abreviados como modelo para el nuevo rito de la Misa romana.

    Un error aún más grave es el siguiente: al limitarse a este rudimentario modelo inicial, las subcomisiones excluyeron la consideración de todo el desarrollo y crecimiento posterior de este núcleo primitivo, desde las catacumbas hasta su estilo monumental, adecuado para las basílicas. Descartaron especialmente la madurez carolingia posterior: una liturgia plena y madura. Sin embargo, fue esta liturgia madura —y no el primitivo modelo romano de la Iglesia primitiva— la que constituyó la base de la liturgia romana hasta Trento y más allá» (pág. 106).
  • «El altar orientado hacia el pueblo, sin embargo, es quizás el defecto más grave y la expresión del enfoque incorrecto del verdadero culto tan común en los cambios posteriores al Concilio… Un defecto teológico subyace a este cambio y a toda la nueva liturgia: la idea de que la liturgia es la “obra del pueblo” y, por lo tanto, horizontal (…) el verdadero significado de la palabra griega leitourgía es una “obra para el pueblo” vertical, un significado completamente distinto). En esta concepción, la celebración es una reunión horizontal del pueblo alrededor del altar; por lo tanto, el “contacto visual” entre el sacerdote y los fieles es esencial. La oración a Dios y una actitud de total orientación hacia Él en adoración y alabanza se consideran anticuadas y aburridas. Este debilitamiento o incluso la destrucción de la dimensión vertical se ha convertido quizás en la falsificación básica de la nueva liturgia, así como la destrucción de la verdadera Iglesia. Se podría decir que ahí radica el pecado original de la nueva liturgia y la corrupción de lo que el Concilio había pretendido. El gran liturgista alemán, monseñor Klaus Gamber, ha mostrado claramente lo que he experimentado y escrito aquí: el Novus Ordo es manifiestamente contrario a la intención de la CSL y no habría sido aprobado por los Padres del Concilio. Más bien, se vio obligado a la Iglesia Occidental por orden del Papa Pablo VI, para asegurar la buena voluntad de nuestros hermanos protestantes. Como escribió Gamber: “Mucho más radical que cualquier cambio litúrgico introducido por Lutero… fue la reorganización de nuestra propia liturgia, sobre todo los cambios fundamentales que se hicieron en la liturgia de la Misa. También demostró mucha menos comprensión de los lazos emocionales que los fieles tenían con el rito litúrgico tradicional”» (págs. 111-112).
  • «¿Cuál es la solución a este problema masivo? Sugiero que la pluriformidad, es decir, la coexistencia de diferentes formas de celebración litúrgica mientras se mantiene el núcleo esencial, podría ser una gran ayuda para la Iglesia occidental. […] El Papa Juan Pablo II adoptó de hecho el principio de la pluriformidad cuando restauró la Misa Tridentina en 1988» (pág. 113).
  • «La decisión del Papa no fue una concesión cuestionable a la presión de los tradicionalistas, sino una sabia decisión que se ajusta perfectamente a la tradición litúrgica romana y a las necesidades reales de la Iglesia… El cardenal Ratzinger también ha dado su apoyo, declarando que la antigua Misa es una parte viva y, de hecho, “integral” del culto y la tradición católica, y prediciendo que hará “su propia contribución característica a la renovación litúrgica llamada por el Concilio Vaticano II”» (pág. 115).
  • «La necesidad de reverencia explica el éxito fenomenal de las grabaciones de canto gregoriano, como la de Santo Domingo de Silos en 1991, en la que millones de personas en todo el mundo, especialmente jóvenes, redescubrieron al Dios de la belleza que aún cantaba en sus corazones. El canto gregoriano es la expresión musical de lo ancestral que se eleva hacia lo trascendente…

    El anhelo por la Misa Tridentina y el canto gregoriano demuestra la gran necesidad de buena música para una buena liturgia. Sin embargo, en nuestros días, innumerables celebrantes, directores musicales y comisiones litúrgicas siguen imponiendo música banal y de baja calidad a los fieles domingo tras domingo. La celebración occidental típica ha abandonado tan profundamente la reverencia y la belleza que la mayoría del clero y los laicos ya ni siquiera se dan cuenta de lo que se pierden» (pág. 118).
  • «La destrucción de lo sagrado es el asalto más profundo a la dignidad del hombre en su pensamiento y en su vida… Las consecuencias de este asalto son enormes y penetrantes. Por ejemplo, impone al hombre, que está hecho para el Más Allá, la naturalización de lo sobrenatural y la sobrenaturalización de lo natural, haciendo del hombre de este mundo la norma de todos los valores. Con esto viene el relativismo total de estos valores, que está en la base de nuestra inextricable crisis moderna» (pág. 119).
  • «Cuando la reverencia se ha ido, toda adoración se convierte solo en entretenimiento horizontal, una fiesta social. Aquí también los pobres, los pequeños, son las víctimas, ya que la obvia realidad de la vida que fluye de Dios en la adoración les es arrebatada por los “expertos” y los disidentes» (pág. 120).
  • «Los disidentes se alinearon con un ataque frontal contra la espiritualidad cristiana, lo que, por supuesto, resultó en la pérdida de la oración y la adoración devocional. Atacaron el espíritu de las Bienaventuranzas y el Magníficat y, de hecho, todos los acontecimientos en los que Dios irrumpe verticalmente en la conducta horizontal y egocéntrica del hombre» (pág. 128).
  • «Erróneos fundamentos teológicos de la nueva liturgia. […] Detrás de estas exageraciones revolucionarias se escondían tres principios típicamente occidentales pero falsos: (1) el concepto (à la Bugnini) de la superioridad y valor normativo del hombre moderno occidental y de su cultura para todas las demás culturas; (2) la ley inevitable y tiránica del cambio constante que algunos teólogos aplicaban a la liturgia, a la enseñanza de la Iglesia, a la exégesis y a la teología; y (3) la primacía de lo horizontal» (pág. 131).
  • «Los disidentes proclamaban que la única certeza que tenemos es “cómo nos sentimos en medio de todos estos cambios”, ya que para ellos los sentimientos humanos son normativos para la verdad y la vida. Su enfoque de la vida y, por ende, inevitablemente, del culto, era totalmente antropocéntrico. Creían que el culto debía captar la atención de la gente mediante el cambio constante y estar moldeado por sus sentimientos. Aquí entra en juego la ley antropológica de Jean Cazeneuve. Esta ley observa correctamente que uno de los requisitos fundamentales para un culto bueno y verdadero es su continuidad inmutable, su familiaridad. Los fieles necesitan saber qué esperar y no deben verse sometidos a sorpresas inesperadas. Si se viola esta ley, el culto se verá perjudicado, al igual que la vida espiritual de los creyentes» (pág. 133).
  • «La ley de Cazeneuve se fundamenta en la ley antropológica más profunda de continuidad y discontinuidad. En todas las culturas, el verdadero culto, como expresión de lo sagrado, reside esencialmente en la discontinuidad con lo profano (es decir, lo secular o no consagrado). Por eso, los fieles sienten profundamente la necesidad de que el sacerdote vista vestiduras litúrgicas y utilice un lenguaje y gestos dignos» (pág. 134).
  • «Lo profano se santifica mediante su sacramentalización: por ejemplo, el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo, transformado de lo profano más común en la más elevada Realidad divina. Al otorgar esta dimensión divina a lo profano, el culto es, en sí mismo, creador de belleza. Esto explica por qué la tendencia interna de la nueva liturgia, a pesar de que afirma lo contrario, es en realidad la destrucción de la belleza divina que la Santa Tradición había acumulado en el culto de la Iglesia, y por qué las correcciones cosméticas no pueden resolver el problema de la nueva liturgia. El padre Bugnini y los defensores del cambio creían que el primer y verdadero fundamento del «buen culto» era su dimensión horizontal (es decir, centrada en el hombre), y que su dimensión vertical (centrada en Dios) era secundaria, derivada de la primera… Esta es quizás la causa principal de la demolición de la liturgia romana posconciliar. La primacía de lo horizontal es el principio básico de la agenda de la segunda fase posconciliar. En este principio, la primera dimensión de la liturgia es horizontal, como una acción social del pueblo para crear una participación terrenal entre los participantes. El resultado de la horizontalización del culto es la dimensión casi totalmente socializada y centrada en el hombre de la liturgia que se encuentra ahora en la mayoría de las parroquias. Pero esto destruye el significado más básico de toda adoración. Es una trágica desacralización del culto cristiano, donde el hombre, no Dios, es central, y la liturgia se convierte en un asunto de hogar, un espectáculo civil destinado a hacer que todos se sientan felices, como en algunos grupos protestantes» (pág. 135).
  • «El objetivo principal de la liturgia no es la reunión horizontal de personas, y ciertamente no su encuentro social; para eso existen otras ocasiones. El objetivo de la liturgia es nuestro acercamiento (vertical) a Dios en homenaje y súplica, y el acercamiento (igualmente vertical) de Dios a nosotros en forma de su Palabra y sus Misterios. En otras palabras, el culto es esencialmente nuestro ascenso vertical a Dios y el descenso igualmente vertical de Dios hacia nosotros; ambas acciones se producen en formas sacramentales, es decir, ontológicamente» (págs. 136–137).
  • «¿Por qué es la reacción cristiana, especialmente la de los obispos, tan débil y cobarde frente a esta venta al por mayor de la cultura cristiana? Es porque estamos siendo testigos, sobre todo, de una crisis de la gracia. […] El eje central de nuestra crisis poscristiana reside, pues, en la destrucción de este fundamento litúrgico de la vida humana. He aquí la clave: dado que la liturgia es la primera víctima de la crisis, restaurar el verdadero culto debe ser una de las primeras tareas en cualquier esfuerzo por superarla y recuperar la cultura auténtica; y este trabajo producirá los primeros beneficios. Si se comprende este hecho, se entenderá la importancia del análisis exhaustivo que realizo en este libro sobre la crisis litúrgica posconciliar. 
     
    El sacrificio y la oración —especialmente la contemplación y el misticismo— son elementos olvidados en la “nueva iglesia” y en el nuevo mundo postconciliares… Todo esto requiere una verdadera conversión. La conversión comprende dos movimientos: un alejamiento y un acercamiento. Debemos apartarnos de toda forma de vanidad y egocentrismo que han desnaturalizado la verdadera adoración y la verdadera Santa Tradición, incluyendo la visión de la Iglesia como una institución y la liturgia como su entretenimiento… Debemos priorizar la oración, la santidad y la reverencia en la liturgia, para entrar, en cuerpo y alma, en el misterio vivificante que se celebra.
    “La nueva liturgia amenaza con frustrar el encuentro con Cristo, pues desalienta la reverencia ante el misterio, excluye el asombro y prácticamente extingue el sentido de lo sagrado. Lo que realmente importa, sin duda, no es si los fieles se sienten cómodos en la Misa, sino si se ven atraídos de su vida cotidiana al mundo de Cristo; si su actitud es la respuesta de la máxima reverencia, si se imbuyen de la realidad de Cristo” [citando a Dietrich con Hildebrand en “El viñedo devastado”]» (págs. 144-145).
  • «El horizontalismo egocéntrico ha sido quizás el principio seminal de la crisis postconciliar. Este horizontalismo ha mermado gradualmente la vitalidad del cristianismo, como una trágica venganza por la altiva reprimenda del padre Bugnini al obispo Malula. Una vez arraigado este antropocentrismo, fue fácil excluir a Dios por completo. En este vacío se trasladó el relativismo igualitario del feminismo estridente; luego llegó la inculturación pagana que adaptó todo a la medida del hombre, no de Dios. Finalmente, irrumpió la Nueva Era, como la nueva religión en la que el hombre se convierte en su propio dios» (págs. 148-149).
  • «Esta imagen horizontal del hombre abraza la actitud de que el modelo para el hombre es el hombre científico que el padre Bugnini tenía en mente: el ser humano que se mantiene totalmente libre de toda dimensión de profundidad, de toda religión, historia y tradición, y que está más bien orientado totalmente hacia la realidad presente» (pág. 150).
  • «El culto es el vehículo objetivo y la expresión de los Misterios de la revelación y la salvación. Si el culto se despoja de su simbolismo y belleza, y especialmente de su continuidad con la Sagrada Tradición, los canales de la revelación y la salvación se bloquean. Esto ha ocurrido con frecuencia en la nueva liturgia, donde el elemento de fe se debilita o se destruye por el secularismo. La nueva liturgia a menudo se reduce a un esqueleto que pierde no solo su alimento ritual, sino también su atractivo para la fe tanto del ministro como de los fieles. Una liturgia tan empobrecida encaja perfectamente en un contexto secular, pero no en la continuidad de la Tradición cristiana» (págs. 152–153).
  • «Desde la primera publicación de las Anáforas alternativas (Plegarias Eucarísticas) tras el Concilio, he defendido la tesis, aparentemente lefebvrista, de que nadie tiene derecho a “componer” nuevas Anáforas. Estas oraciones pertenecen a los documentos patrísticos más importantes de la Iglesia primitiva como testes Traditiónis (testigos de la Tradición), una cualidad que ningún autor posterior puede apropiarse. Adaptar los cánones existentes puede ser permisible, pero componer otros nuevos no lo es» (pág. 161).
  • «Si, en cierto momento, especialmente bajo la presión de un “cambio de paradigma”, la alienación irrumpe en el culto y, en particular, en su lenguaje sagrado, no solo se ven gravemente comprometidos el culto y las Sagradas Escrituras, sino que también se rompe irreparablemente la continuidad creativa de una cultura que emana de sus misteriosas fuentes antropológicas… Los disidentes afirman que el hombre moderno necesita un cambio —un cambio constante y absoluto— y que debemos destruir todo lo que representa el retorno, la conservación y el mantenimiento de la tradición. Consideran que los Padres de la Iglesia representan lo opuesto a las necesidades del hombre moderno y de la Iglesia; por lo tanto, rechazan a los Padres y a la Sagrada Tradición como núcleo de toda cultura y, por ende, de toda inculturación» (págs. 162-163).
  • «El gran mensaje de nuestro tiempo es que Cristo es la única solución, y por lo tanto el cristianismo es la única valiosa contracultura. La adoración es el elemento más activo de la contracultura, como el principal portador, expresión y garantía del evangelio y la Santa Tradición. Por consiguiente, el culto de la Iglesia no puede ser el jardín experimental de teólogos, liturgistas y clérigos desorientados. Este es, por supuesto, precisamente el mensaje de todo este libro y, me atrevo a afirmar, la enseñanza misma de la Iglesia y de la Santa Tradición… La verdadera inculturación presupone la presencia de una cultura valiosa ya establecida, una cultura en viva continuidad con el mensaje que el cristianismo quiere transmitir. En el Occidente moderno, tal cultura ya no existe: tenemos una cultura de la muerte en lugar de una cultura de la vida, un horizontalismo centrado en el hombre en lugar de la verticalidad centrada en Dios de la oración y el evangelio, y el “tener” en lugar del “ser”» (pág. 168).
  • «La renovación litúrgica después del Vaticano II se ha vuelto como un aborto espontáneo o un bebé nacido muerto [El oratoriano francés Louis Bouyer se refirió en sus Memorias a la reforma litúrgica como l’avorton que nous produisîmes, “el aborto que trajimos”], a causa de la impaciencia antropocéntrica de los encargados de llevarla a su justa madurez. Creen únicamente en el “aquí y ahora” porque creen únicamente en sí mismos. Han rechazado las normas objetivas de la Sagrada Tradición y el poder creador del Espíritu Santo que en ella une el pasado con el presente, crea el futuro y, por lo tanto, es el alma de la verdadera cultura. La única creatividad de esta rebelión consiste en arrastrar lo sagrado (y con él, la verdadera cultura) al nivel de la calle» (pág. 169).
  • «La liturgia se ha convertido en un juguete en manos de estos movimientos destructivos, y los pobres y humildes se han convertido en víctimas de su juego pernicioso. Como ya mencioné, los disidentes reconocen la primacía y la necesidad supremas de la liturgia; por eso la utilizan como campo de batalla… Por lo tanto, imponer a nuestros pobres una liturgia totalmente horizontal (en un espacio profano, con música de mal gusto y lenguaje no teológico) es obligarlos a vivir en un mundo estéril de mentiras donde la Santa Tradición y el Espíritu de Dios se ahogan y la verdadera vida espiritual no puede florecer. No estoy diciendo que la reforma litúrgica abortada sea parte de este mundo de mentiras, sino que es más bien su víctima» (pág. 173).
  • «Las novedades modernas ocultan el misterio por su antropocentrismo, impidiendo así que este dé a luz su realidad mística en los participantes. La falsa libertad actual de improvisar la celebración es precisamente lo opuesto al espíritu litúrgico oriental… Un sacerdote oriental que celebra la liturgia… parece totalmente libre en su celebración, pero se guía por un sinfín de normas libremente aceptadas. Por lo tanto, la liturgia no es improvisada por él (aunque se entregue por completo a ella), sino que la recibe de la Sagrada Tradición, su amorosa maestra que lo hace verdaderamente libre ante Dios, los ángeles y la comunidad litúrgica» (págs. 181, 183).
  • «Ningún jerarca, desde un simple obispo hasta el Papa, puede inventar nada. Cada jerarca es un sucesor de los apóstoles, lo que significa que es ante todo un guardián y servidor de la Santa Tradición, un garante de la continuidad en la enseñanza, el culto, los sacramentos y la oración» (pág. 188).

COMENTARIO: Dejando de lado su optimismo por el motu “Ecclésia Dei”, su postura de “réspice Byzántium”, sus ataques por igual a la Nueva liturgia y a la antigua, y su propuesta de una Liturgia antigua en lengua vernácula, los comentarios de Luykx son de especial importancia como quiera que él fue no solo contemporáneo del Vaticano II, sino también parte del mismo (Luykx fue perito del arzobispo Malula en el Concilio, y lo ayudó a crear el “Rito zaireño”), por lo que su crítica es de peso en la cuestión y aporta más luces al estudio de la demolición litúrgica en y posterior al Concilio Ladrón.

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