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lunes, 21 de agosto de 2023
viernes, 21 de agosto de 2020
SANTA JUANA FRANCISCA DE CHANTAL, FUNDADORA DE LAS MONJAS SALESAS
«Bendito sea Dios, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones». (2 Corintios, 1, 3-4).
Santa Juana Francisca Frémyot de Chantal
Santa Juana, durante su matrimonio, se dedicó al ejercicio de todas las virtudes: enseñaba en persona la religión a sus hijos y servidores, los formaba en la piedad, y les daba ejemplo de una caridad sin limites. Jamás rehusaba una limosna pedida en nombre de Jesucristo. Después de la muerte de su marido, hizo voto de castidad, y, para permanecer fiel, inscribió en su pecho con un hierro candente el nombre de Jesús. Resuelta a romper todo lazo con el mundo, se sometió a la dirección espiritual de San Francisco de Sales, y estableció con él la Orden de la Visitación. Afligida, al final de su vida, por espantosas penas interiores, soportó esta prueba con tanta resignación, que Dios la recompensó con un aumento de consolaciones. Murió el 13 de diciembre de 1641, casi a los setenta años de edad.
MEDITACIÓN SOBRE LAS CONSOLACIONES DIVINAS
I. Dios ha consolado a los mártires y a los penitentes en medio de sus suplicios y austeridades. Ha querido con ello hacerles gustar, ya desde esta vida, una partícula de los gozos que les preparaba en el cielo. Si tuviste tú la dicha de gozar de estas consolaciones alguna vez, reconocerás la verdad de estas palabras de San Agustín: «Las lágrimas que se derraman en la oración aventajan sobremanera al gozo de los espectáculos profanos».
II. Si nunca experimentaste cuán dulce es el Señor para con aquellos que desprecian los placeres del mundo, haz la prueba. Pero recuerda siempre que, para gustar el placer que hay en pertenecer a Dios, es preciso renunciar a las vanas satisfacciones del mundo. No te puedes regocijar con el mundo y con Dios, hay que renunciar a uno o a otro.
III. Si después de haberte dado a Dios enteramente, no experimentas consuelos sensibles, que Él da o retira a su voluntad, no te aflijas. Dios te ha concedido esas dulcedumbres para atraerte a su servicio: Él te las retira porque te has hecho indigno de ellas por tu vanidad o por tu negligencia en sacar provecho de sus gracias. «Por tu bien Jesús te consuela, también por tu bien te retira sus consuelos. Viene a ti y se retira; viene para tu consuelo, se retira por tu interés, no sea que la grandeza de las consolaciones te enorgullezca». (San Bernardo).
La resignación. Orad por las almas afligidas.
ORACIÓN
Oh Dios omnipotente y misericordioso, que, después de haber abrasado con vuestro amor a la bienaventurada Juana Francisca, la habéis dotado de admirable fortaleza para recorrer la vida por el sendero de la perfección, y habéis querido, por su intermedio, enriquecer a la Iglesia con una nueva familia, haced, por sus méritos e intercesión, que, convencidos de nuestra debilidad y confiados en vuestro poder, lleguemos, con vuestra gracia a vencer todos los obstáculos que se oponen a nuestra salvación. Por J. C. N. S. Amén.
miércoles, 12 de agosto de 2020
NOVENA EN HONOR A SANTA JUANA DE CHANTAL
Novena publicada en 1823 por la imprenta de Mateo Repullés en Madrid, con las debidas licencias.
VIVA JESÚS.
Uno de los principales obsequios que debemos tributar a los Santos, y medio para conseguir su patrocinio, es consagrar especialmente a su veneración y culto nueve días, ya sean los que preceden, ya los que siguen a su festividad; en ellos no debe contentarse el cristiano con leer aquellas oraciones o máximas que están distribuidas para cada día, sino que debe emplearse con más esmero en el desempeño de las obligaciones que le impone su dignidad de cristiano, proponiéndose por modelo el Santo a quien consagra su devoción. De aqui es que las hijas de Santa Juana Francisca que se dedicasen a este culto de su Santa Madre, deben en sus nueve días poner mayor cuidado en la exactitud y puntualidad con que cumplan las obligaciones que su estado las impone, según lo que las dejó escrito para su instrucción, y practicó para su enseñanza; a fin de no desmentir la dignidad de hijas de tal Madre, con la diferencia de vida y prácticas.
NOVENA DE SANTA JUANA FRANCISCA FRÉMIOT DE CHANTAL, FUNDADORA DEL ORDEN DE LA VISITACIÓN DE SANTA MARÍA
Puestos
delante de alguna imagen de Santa Juana Francisca levantarán el corazón
a Dios, y se harán presentes a la Santísima Trinidad, a la Santísima
Virgen, y a toda la Corte Celestial; harán la señal de la Cruz; y dirán
el siguiente acto de Contrición.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠
Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu
Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Con
todo mi corazón te amo, Dios mío, porque eres mi último fin; pésame de
haberte ofendido, propongo, con tu divina gracia, antes morir que pecar,
y espero me has da perdonar. Amén.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Gloriosísima Santa Juana Francisca, perfectísimo modelo de espíritus perfectos, si es para gloria de Dios que yo consiga lo que deseo en esta Novena, alcanzadme esta gracia de Jesús, vuestro divino Esposo; y si no conviene, dirigid mi petición, y pedidle para mí lo que fuere de su mayor agrado, honor vuestro, y bien de mi alma. Amén.
DÍA PRIMERO – 12 DE AGOSTO
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Eterno
Dios, trino y uno: pues sois tan admirable en vuestros siervos, y
especialmente lo fuisteis en vuestra escogida sierva Santa Juana
Francisca, a quien fortalecisteis con una fe tan clara y resplandeciente
de los misterios, que los creía más ciertamente que si los viese con
los ojos del cuerpo, y que hicisteis que esta fe, con que fue
tan ilustrada, la sirviese de lucida antorcha para caminar segura en medio
de las tentaciones que sobre esta virtud sufrió; suplícoos, Jesús mío,
me concedais por la fe de vuestra sierva una fe que me ilumine para
creer cuanto me enseña la Santa Iglesia, y que me dirija en los pasos
interiores de mi espíritu, y me alcance la gracia que os pido en esta
Novena. Amén.
Después
se rezarán tres Padres nuestros, Ave Marías y Gloria Patri a la
Santísima Trinidad, en obsequio del favor que la Santa recibió con los
tres pobres; y se hará la peticion del favor que se desea.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Gloriosísima
Santa Juana Francisca, Ángel en la pureza; Arcángel en la solicitud del
bien de las almas; Principado excelentísimo en la direccion espiritual y
perfecta de innumerables almas; Potestad admirable en refrenar los
sentidos y las pasiones, que son los demonios que más daños nos hacen;
Virtud prodigiosa en muchedumbre de milagros; Dominación sagrada en
formar de criaturas terrestres, angélicos espíritus; Trono donde
descansó el celestial Esposo; Querubín luminoso que alumbráis las
acciones de vuestro instituto con vuestros escritos; Serafín fogosísimo
en cuyo pecho imprimió el amor el Santo nombre de Jesús; yo, Santa mía
amadísima, me gozo de los singulares dones con que vuestro dulcísimo
Esposo enriqueció vuestra alma, y confiado en vuestra benignísima
caridad imploro vuestra clemencia, para que me alcancéis del Señor que
os imite esta vida, y después os acompañe en la gloria. Amén.
PRÁCTICA: Este día se hacen tres actos de fe.
Antífona. Tenía Santa Juana Francisca muy grande reputación entre todos, porque temía mucho al Señor, y no había quien hablase de ella una mala palabra.
℣. Supo complacer al Señor.
℞. Y el Señor se agradó de su modo de proceder.
ORACIÓN
Omnipotente y misericordioso Dios, que a la Bienaventurada Juana Francisca, abrasada en vuestro amor, la concedisteis una admirable fortaleza de espíritu para caminar en la perfección por todas las sendas de la vida espiritual, y quisisteis, por su medio, ilustrar a la Iglesia con una nueva familia; concédenos por sus méritos y ruegos, que así como conociendo nuestra flaqueza, confiamos en vuestra virtud, así con el auxilio de la divina gracia venzamos todo lo adverso, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Omnipotente y misericordioso Dios, que a la Bienaventurada Juana Francisca, abrasada en vuestro amor, la concedisteis una admirable fortaleza de espíritu para caminar en la perfección por todas las sendas de la vida espiritual, y quisisteis, por su medio, ilustrar a la Iglesia con una nueva familia; concédenos por sus méritos y ruegos, que así como conociendo nuestra flaqueza, confiamos en vuestra virtud, así con el auxilio de la divina gracia venzamos todo lo adverso, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu
Santo. Amén.
DÍA SEGUNDO – 13 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Jesús mío, dulce Esposo divino de Santa Juana Francisca, a quien fortalecisteis con una esperanza tan
segura, que intentó y consiguió obras, al parecer humano, imposibles,
fundó muchos Monasterios, y algunos con las rentas de la Providencia;
esperó los sucesos prósperos cuando el mundo perseguía sus designios; y
contra los recelos y temores de los hombres más doctos, siguió los
caminos elevados de su espíritu, firme siempre en vuestras promesas:
suplícoos, Jesús mío, me concedáis, por la esperanza firmísima de
vuestra sierva, una constante esperanza de salvarme, y de ejecutar
cuanto conduce a vuestra gloria sin temor de los respetos humanos, y la
gracia que os pido en esta Novena. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de esperanza.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA TERCERO – 14 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Jesús
mío, dulce consuelo de Santa Juana Francisca, a quien inflamó vuestro
amor de suerte que se imprimió en su pecho tu dulce y santo nombre, para
que sellado con tal sello fuese conocido a quien pertenecía, a
cualquiera parte que fuese: suplícos, Dios mío, me concedáis por el
tierno y fuerte amor que os tuvo vuestra sierva, un ardentísimo amor a
vuestra Majestad, y que logre la dicha de morir en un acto de amor vuestro. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de amor de Dios.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA CUARTO – 15 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh
mi Dios!, dulce pastor de Santa Juana Francisca, a quien comunicasteis
el celo de la salvación de las almas, como lo muestran tantas conducidas
a la perfección y a la gloria con tan inmensos trabajos de su santa
vida, y tantos conventos de Religiosas que han convertido las casas en
jardines del celestial Esposo: suplícoos, Jesus mío, que por el abrasado
celo de vuestra sierva me concedáis un amor perfecto a mis prójimos, y
que guíe a todos con mis ejemplos a la gloria eterna. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de deseos, pidiendo por la salvación de las almas.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA QUINTO – 16 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh
bien mío y fortaleza de mi alma, y muy particularmente de Santa Juana
Francisca!, a quien fortalecisteis con un espíritu heroicamente
varonil, para que padeciese por Vos inmensos trabajos, y la disteis una
paciencia invicta en todos ellos, por lo cual puso la gloria de esta
vida en padecer, repitiendo con amante y dilatado corazón, «esta vida se
nos ha dado para padecer, y la eternidad para gozar»: suplícoos, Jesús
mío, me concedais por la invicta paciencia de vuestra sierva, una
paciencia perfecta que sea mi consuelo y gloria en los trabajos de esta
vida, asegurando la eterna, y me incline eficazmente a vivir padeciendo,
y crucificado con Vos en la Cruz merezca la gracia que os pido en esta Novena. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de vencimiento del genio.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA SEXTO – 17 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Dios
eterno, que disteis a vuestra escogida sierva una magnánima humildad,
tan sólida y profunda que pudiese mantener lo celestial y asombroso de
su santidad, y las singulares gracias y perfectas virtudes en los
aplausos que se seguían a sus heroicas obras: suplícoos, Jesús mío, me
concedais por la humildad profunda de vuestra sierva una humildad sólida
y verdadera que me dé a conocer mis pecados, alumbre las tinieblas de
mi entendimiento, aparte de mi alma el aire contagioso de la vanidad, y disponga mi corazón a conseguir la la
gracia que os pido en esta Novena. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de humildad.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA SÉPTIMO – 18 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Jesús
mío, padre amorosísimo de Santa Juana Francisca, a quien favorecisteis
con tan alto grado de oración que la colocasteis entre los Serafines, y
la hicisteis iluminada maestra en esta ciencia de los santos para que
diese reglas seguras a sus Hijas: suplícoos, Jesús mío, me concedáis por
la elevada oración de vuestra sierva, ser discípulo suyo, y me deis
gracia de aprovecharme en el ejercicio de una oración atenta y sólida
que tenga por fruto la observancia perfecta de vuestra santa ley y
consejos evangélicos; y que me concedáis lo que os pido en esta Novena. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres preparaciones para la oración.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA OCTAVO – 19 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Amorosísimo
Jesús y Dios eterno, que fortalecisteis con un espíritu de
mortificación a vuestra escogida sierva Santa Juana Francisca, quedecia,
revestida del espíritu de fervor, la oración y la mortificación son los
principales ejercicios de la Religión, habiéndose ejercitado en estas
dos virtudes con mucha particularidad: suplícoos, mi buen Jesús, me concedais por vuestra escogida sierva, que mortifique todas mis acciones, palabras y pensamientos, y así merezca la
gracia que os pido en esta Novena. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de mortificación interior.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
DÍA NOVENO – 20 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh
asombro de perseverancia todas las virtudes! Santa Juana Francisca, que
persuadida a que la verdadera devoción no puede estar sin la
perseverancia, os acogisteis a la protección de María Santísima, a quien
escogisteis por madre desde vuestra más tierna edad, y por cuyo
patrocinio os librasteis de los lazos que toda vuestra vida os armó el
enemigo, manteniéndoos firme y constante bajo la proteccion de la
Santísima Virgen hasta el último suspiro de vuestra vida: suplícoos que
por esta vuestra filial y afectuosa devoción me alcancéis del dulcísimo
Jesús la gracia de tener por madre a su misma y Santísima Madre, para
que siendo en esta vida verdadero hijo suyo, logre alabarla en vuestra
compañía en la gloria. Amén.
PRÁCTICA: Este día se harán tres actos de profunda humildad en obsequio de la Santísima Virgen.
Rezar tres Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri. Las demás Oraciones se rezarán todos los días.
martes, 29 de enero de 2019
SAN FRANCISCO DE SALES, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas». (San Mateo 11, 29).
San Francisco de Sales, celebérrimo
por su piedad y por su celo, apóstol de estos últimos tiempos, uno de
los más bellos ornamentos de la dignidad episcopal, nació en el castillo
y casa solariega de Sales, del ducado de Saboya y diócesis de Ginebra,
el 21 de Agosto de 1567. Fueron sus padres Francisco, señor de Sales, de
una de las casas más antiguas y nobles de Saboya, y Francisca de
Sionas, de la ilustre casa de Charansonay.
Su virtuosa madre le consagró a Dios antes de que naciera, y nació a los siete meses de ser concebido, por lo que se crió de niño con gran cuidado. Apenas pronunció palabras, dijo éstas: «Dios y mi madre me quieren mucho». Las buenas disposiciones de su espíritu hicieron eficaces la piadosa educación que recibió de sus padres. Y así, desde sus más tiernos años dio muestra de gran piedad y modestia, y de caridad excelente con los pobres, hasta el punto de que, según el P. Luis de la Riviére, uno de sus panegiristas, se asemejaba a un ángel.
Sus padres le encomendaron al cuidado de un sacerdote ilustrado y virtuoso, llamado Juan Déage; e hizo Francisco los primeros estudios en el colegio de la Boche, pasando después a continuarlos en el de Annecy; y tal impresión causaban las virtudes del joven Francisco entre sus condiscípulos que, al verle llegar adonde ellos estaban, suspendían sus juegos y decían con respeto: «Seamos juiciosos, que viene el Santo». Si alguno, en momento de cólera, decía alguna palabra fea, Francisco le rogaba con dulzura que se moderara en el lenguaje, y conseguía con esto la enmienda. Su caridad era tan grande, que un primo suyo cometió un día una falta por la que debía ser azotado, y Francisco se ofreció en su lugar para sufrir el castigo.
A los diez años, después de haber hecho la primera Comunión en la iglesia de los dominicos de Annecy, fue enviado a París para proseguir sus estudios. La ciencia, o mejor, la sabiduría de Francisco de Sales, fue el resultado del asiduo estudio de buenos libros en que casi toda su vida se ejercitó su talento fecundo, claro y feliz. En París estudió las humanidades y la filosofía con los padres jesuitas; y la teología, parte con estos Padres y parte en la Universidad de la Sorbona, entonces muy floreciente, teniendo por maestros al sabio P. Juan de Maldonado en teología, y al célebre Gilberto Genebrardo en griego y hebreo, a cuyo estudio se dedicó principalmente para poder comprender bien las Sagradas Escrituras, que eran su lectura ordinaria y su mejor delicia humana. Para librarse de los peligros de malas compañías, no salía de casa como no fuese para la iglesia o para la universidad.
Aunque adelantaba mucho en las letras sagradas y humanas, eran mayores los progresos que hacía en todas las virtudes, siendo de notar su ardiente devoción a la Santísima Virgen, ante cuya imagen pasaba horas enteras en oración. Comulgaba cada ocho días; tres en la semana traía cilicio, y, queriendo consagrarse a más perfectamente, hizo voto de perpetua castidad delante de una imagen de la Santísima Virgen en la iglesia de San Esteban de los griegos, que se halla hoy en la capilla de las Hermanas de Santo Tomás de Villanueva, en la calle de Sèvres, con la advocación de Nuestra Señora de la Buena Liberación.
No podía sufrir el enemigo común tanta inocencia y tanto fervor en un joven de tan tierna edad, y le acometió con una tentación, que era la más capaz de trastornarle. Entre diciembre de 1586 y enero de 1587, sugirióle con la mayor viveza que en vano se fatigaba, puesto que era del número de los réprobos; y que así, por mucho que hiciese, infaliblemente se condenaría. El horror del Infierno, el considerarse en el infeliz estado de los réprobos, el espanto y la turbación que esto le causó le llenó de melancolía tan profunda, que poco a poco le iba consumiendo; hasta que, fijando un día los ojos en una imagen de la Santísima Virgen, le dijo con extraordinario fervor y ternura: «Señora y Madre mía, si es tanta mi desdicha que he de ser condenado, y he de estar en la desgracia de mi Dios después de mi muerte, a lo menos quiero tener el consuelo de amarle con todo mi corazón por todos los días de mi vida». Esta oración tan devota y tan ajena de los sentimientos que suele tener un alma réproba, disipó las nubes, confundió al demonio y restituyó la tranquilidad a su corazón.
Habiendo acabado sus estudios en París, pasó de orden de sus padres a la ciudad de Padua a estudiar en aquella célebre Universidad la jurisprudencia, bajo el magisterio del famoso Guido Pancirolo. Escogió luego por director de su conciencia al P. Antonio Possevino; y conociendo este insigne jesuita en aquel joven un corazón según el de Dios, se aplicó con el mayor empeño a disponerle y habilitarle para las grandes empresas a que concibió tenía Dios destinada aquella alma verdaderamente grande.
Este virtuoso padre, además de guiarle por el camino de la perfección cristiana le explicó la Summa de Santo Tomás y las Controversias del cardenal Belarmino. Buscaba Francisco siempre lo mejor, lo más puro y perfecto, así en amigos como en libros y maestros, y, aun peregrinando y de viaje, nunca abandonaba la Biblia, la Moral de Valerio Reginaldo y la Suma de Santo Tomás.
Envidiosos los demás condiscípulos suyos de la universal estimación que se había adquirido Francisco por su singular virtud, armaron a su pureza un terrible lazo. Con pretexto que fingieron de visitar a una pobre indigente, le llevaron a presencia de una mujer impúdica, que a los principios se fingió muy virtuosa y muy devota, y le dejaron solo con ella. Lidió algún tiempo contra sus artificios y contra su desenvoltura, y fue tan violento el combate, que al fin no tuvo otro medio para salir del peligro que tirarle a la cara un tizón que encontró a mano y tomar la escalera con precipitada fuga. Hízole más circunspecto esta victoria; y renunciando desde luego las malas compañías de la gente joven, redobló sus penitencias.
Tomó precauciones contra semejantes peligros, y, reflexionando que la rebelión de la carne es el medio de que se valen los enemigos exteriores, redujo su cuerpo a tal grado de debilidad, y fueron tantas sus austeridades, que, junto con el estudio incesante, le acarrearon poco después una grave enfermedad que puso en grave riesgo su vida, llegando a disponer que su cuerpo, en siendo cadáver, se entregase a los alumnos de la clase de Anatomía con el fin de que, ya que durante su vida de nada útil había servido, sirviera de algo, después de muerto, a sus semejantes. Dios no permitió que se cumplieran los pronósticos de los médicos, y, restablecido de aquella enfermedad, prosiguió sus estudios, tomando la borla de doctor en aquella Universidad. Al salir de Padua para volverse a su casa, le aconsejó su director espiritual el P. Possevino que no se afanase tanto en aprender el derecho romano como en hacerse buen teólogo para gobernar una diócesis, pues tenía el presentimiento que había de ser obispo de Ginebra. Pasó por Roma, donde visitó el sepulcro de los Santos Apóstoles. De Roma fue a Loreto, donde veneró la Santa Casa de la Virgen; allí renovó el voto de castidad que había hecho en París, y sintió deseo de abrazar el estado eclesiástico. En Ancona quiso tomar pasaje en un barco para su patria; pero la Divina Providencia hizo que no se le admitiese para que no pereciera, porque, casi sin salir del puerto, aquel barco se fue a fondo con todos los pasajeros y tripulantes.
Después de descansar Francisco en su casa de Sales, adonde llegó con felicidad, su padre, al ver en su hijo un joven tan completo, formó dos proyectos para colocarle con brillo en el siglo. Le envió a Chambéry para que se inscribiese como abogado en el Senado de aquella ciudad. Obedeció Francisco, y, en el camino, el caballo que montaba, y que iba al paso, resbaló y cayó tres veces, haciendo en cada una que la espada de Francisco saliera de su vaina, formando con ésta una cruz. Tomó éste aquel prodigio como manifestación de Dios, que le quería para Sí, y resolvió cumplir el deseo que le venía el Señor inspirando de ser sacerdote. Pero aun había que vencer otra dificultad. Su padre acariciaba el proyecto de casarle con Francisca, la hija de Juan de Suchet, señor de Végy, rica y virtuosa.
De todos los obstáculos supo triunfar Francisco, confiado en Dios y en la Santísima Virgen. Manifestó a su padre el voto de castidad que había hecho y su evidente vocación al sacerdocio. Se conformó su padre, y en seguida se preparó Francisco a recibir con fervor las sagradas Ordenes, redoblando sus mortificaciones y penitencias; y el acto de su ordenación sacerdotal, que fue conmovedor, se verificó en Annecy el 18 de Diciembre de 1593.
Era obispo de aquella iglesia Claudio Granier, que amaba tiernamente a Francisco, y le miraba ya como a su sucesor. Mandóle que predicase; y lo hizo con tanta eficacia, que logró por fruto de su primer sermón trescientas conversiones grandes y ruidosas. No es ponderable el gusto con que le oían, ni el fervor y la eficacia con que predicaba. No había obstinación tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su elocuencia en el pulpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza en choza, instruyendo a innumerables pobres rústicos que vivían en el Cristianismo casi sin conocerle; y sus primeras excursiones apostólicas ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como el duque de Saboya le hicieron misionero del Chablais, dominada por el protestantismo, no dudando que había de ser su apóstol.
Luego que Francisco recibió su misión, marchó a buscar al enemigo, sin más compañero que su pariente Luis de Sales, canónigo de Ginebra, y, sin acobardarle trabajos ni peligros, fue a atacar a la herejía calvinista en sus mismas trincheras. A vista de las iglesias arruinadas, de los monasterios asolados y de las cruces echadas por tierra, se llenó de dolor y se dobló el aliento de su celo. Lleno de aquella santa intrepidez y de aquella confianza, que hacen el carácter de los héroes cristianos, entró por Thonon, capital de la provincia, despreciando generosamente las befas, las irrisiones y los insultos de los protestantes. La paciencia, la modestia y la dulzura fueron las únicas armas de que se valió para resistir a los escarnios y a la malignidad de aquel furioso pueblo. Con esta moderación, y con los ejemplos de su vivísima virtud, se fueron domesticando aquellos ánimos feroces y aquellos corazones apostatas: habla, convence, mueve; óyenle, y se convierten. Se agita toda la secta protestante, y resuelven los ministros deshacerse de él. Avisado Francisco de sus intentos, no por eso se acobardó; antes bien se mostró mucho más celoso, y con sola su presencia desarmó a los asesinos que iban a matarle. Cerráronle las posadas, y se fue a dormir al campo. A las violencias sucedieron las calumnias: divulgaron de él que era mago, hechicero y brujo; adelantando que le habían visto en las juntas nocturnas que se dice celebran éstos en el sábado, danzando alrededor del demonio; pero nuestro Santo desarmó a todo el Infierno con su confianza en Dios y con su paciencia.
Teniendo noticia el barón de Hermance de las conspiraciones que se fraguaban contra su vida, quiso darle una escolta para su defensa; pero Francisco no la admitió, diciendo que había entrado en el Chablais como misionero, y como tal se había de mantener en él. A sus elocuentes predicaciones unía una caridad sin límites. Atravesó por un estrecho pontón todo cubierto de hielo, por ir a socorrer a unos pobres paisanos recién convertidos, que estaban de la otra parte de un arroyo bastante profundo, con grande admiración de todos, que se vieron obligados a confesar que sólo pudo atravesar Francisco sin sucumbir por especial milagro de Dios. Ningún peligro le detiene, ningún riesgo le acobarda; todos los arrostra por la salvación de aquel obstinado pueblo: de esta manera fueron excesivos sus trabajos, pero también fueron inmensas sus conquistas. Volvieron a entrar en el seno de la Iglesia los bailiajes de Ger, de Ternier y de Gaillard; todo el Chablais se convirtió, porque no había resistencia ni a la fuerza de sus discursos, ni a la virtud de sus ejemplos; y, por un milagro evidente, aquel cordero rodeado de lobos, en manifiesto peligro de ser despedazado por ellos, con su prudencia, con su mansedumbre y con su piedad convirtió á los mismos lobos en corderos. Siete católicos había en Thonon cuando llegó Francisco de Sales, y a los tres años de predicación pasaban de seis mil los convertidos en dicha ciudad, y de sesenta y dos mil en el resto de la comarca.
Tuvo varias controversias; ocho o diez veces ofreció disputar o conferenciar con los ministros protestantes sobre los puntos contestados; pero estuvieron tan lejos de aceptar la conferencia, que buscaron nuevos asesinos para quitarle la vida.
Extendióse por todas las cortes la fama de estas maravillas. El papa Clemente VIII le escribió un Breve laudatorio, en el que, después de haberse congratulado con él por los felices sucesos que lograba, le daba orden que pasase a Ginebra a disputar con Teodoro Beza, que recibió al apóstol Francisco con grandes muestras de atención; le oyó, con gusto al parecer, se confesó convencido, hasta derramar lágrimas; pero no se convirtió, porque dilató demasiado el convertirse, y, después de haber dado a nuestro Santo las más bellas palabras, al cabo murió apóstata en Ginebra.
Ciertamente, apenas se puede comprender cómo un hombre solo, y en tan poco tiempo, pudo hacer tantas maravillas y no rendirse al peso de tantos trabajos. Predicaba muchas veces al día, daba instrucciones particulares, tenía conferencias públicas, visitaba a los enfermos; buscaba a la gente más pobre y más desamparada en sus cabañas y en sus chozas; oía confesiones hasta muy entrada la noche; administraba los Sacramentos a los moribundos; asistía a los entierros. En fin, a ningún oficio perdonaba su cuidado, a todo se extendía su celo, y medía su caridad con las necesidades y no con la calidad de las personas, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.
Para asegurar el triunfo obtenido en el Chablais, fundó en Thonon una especie de universidad, con el título de la Santa Casa, destinada a la enseñanza de diferentes oficios manuales, y aun de las ciencias, juntamente con una sólida instrucción moral y religiosa.
La conversión de este país calvinista fue acompañada de milagros, uno de los cuales fue el siguiente: Una mujer calvinista, convencida, por los sermones de Francisco, del error en que estaba, difería su conversión y dejó que muriera sin el bautismo un hijo suyo. Al llevarle al cementerio, vio a nuestro Santo: se arrojó a sus pies la infeliz mujer, con el cadáver de su hijo en brazos, y exclamó entre sollozos: «¡Devolvedme mi hijo, Padre mío, siquiera el tiempo suficiente para ser bautizado!». Enternecido Francisco, se puso también de rodillas y pidió al Señor que despachase favorablemente la súplica de aquella madre. Oraba todavía el Santo, y el niño abrió los ojos y dio suspiros. Volvió a la vida, fue bautizado y vivió aún dos días más, con gran admiración de todos, sobre todo del médico que certificó de la muerte del niño.
La santa empresa que en tres años llevó Francisco de Sales a feliz término, habiéndose tenido durante medio siglo por punto menos que imposible, extendió la fama de este santo apóstol por todas partes. Entre los que más le admiraban era el cardenal Santiago de Perron, que, hablando de Francisco, decía que, si no le pidiesen más que convencer a los hugonotes, no tendría inconveniente en hacerlo; mas, para convertirlos, sería necesario enviar a Francisco de Sales.
No es, pues, de extrañar que el obispo de Ginebra le eligiera para su coadjutor, no sin tener que vencer la resistencia de la humildad de Francisco. Para ser preconizado y dar cuenta al Papa de los resultados de su misión en el Chablais, fue a Roma, donde fue recibido con grande cariño por Clemente VIII, ante quien sufrió un examen teológico tan brillante, que el Papa declaró que ninguno de los examinados hasta entonces le había satisfecho por completo como Francisco de Sales. Le abrazó y le dijo después estas palabras de los Proverbios (cap. V, versículos 15 y 16): Bebe, hijo mío, de las aguas de tu cisterna y de la fuente de tu pozo. Haz que la abundancia de tus aguas se derrame por todas las plazas públicas, para que todos puedan beber y saciar su sed. Fue preconizado en 1599 obispo de Nicópolis in pártibus infidélium, y auxiliar o coadjutor del de Ginebra.
Apenas volvió Francisco a Saboya, cuando los negocios de la religión le precisaron a pasar a París. Allí fue recibido de Enrique IV y de toda la corte con respeto y veneración. La estimación y la confianza con que el rey le trató, y los públicos testimonios que dio de ella, fueron ocasión de que le levantasen una calumnia. Pretendieron hacerle sospechoso con el rey; pero presto se justificó plenamente, y la malignidad de los envidiosos sólo sirvió para que creciese el amor y el concepto que ya tenía aquel monarca de Francisco de Sales. Ofrecióle el rey beneficios y pensiones; llegó a brindarle con el obispado de París, pero todo lo agradeció cortesanamente y todo lo renunció con noble desinterés. Esta generosa prenda, su piedad, su dulzura y sus gratísimos modales encantaron a toda la corte. Predicó delante de ella; pero ¡con qué felicidad, con qué éxito! Las maravillosas conversiones que logró fueron fruto de los asombrosos ejemplos que dio en todo. Consiguió decreto del rey para que se volviese a establecer la religión católica en el bailiaje de Ger, cuya solicitud había sido el principal motivo de su viaje a la corte.
Durante su viaje de regreso a Ginebra recibió la noticia de la defunción de Claudio Granier, obispo de aquella diócesis. Como estaba ya designado Francisco para sucederle desde que fue preconizado obispo auxiliar, se preparó luego para tomar sobre sus hombros tan grave carga con oración y retiro. Consagrado obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1603, visitó en seguida toda la diócesis a pie y sin ostentación alguna, consiguiendo numerosas conversiones y reforma en las costumbres.
Como ángel de paz, ajustó las disensiones que había entre el archiduque y el clero del Franco Condado; como legado de la Santa Sede, reformó las abadías de Talloires, de Abondance, de Puitdorbe, de Santa Catalina y de Six; como buen pastor, apacentó sus ovejas con el pan de la divina palabra, y expuso cien y cien veces su vida por su salvación, mereciendo mil bendiciones del Cielo para toda su diócesis.
Crecía por instantes su fama. Los príncipes se competían unos a otros en darle los más ilustres testimonios de su alta estimación. No quiso admitir muchas ricas abadías con que le brindó Enrique IV, y renunció el capelo de cardenal que le ofreció el papa León XI. Sus relaciones con San Pedro Canisio, el Venerable cardenal César Baronio, el de Perron, San Roberto Belarmino, Lessio y otros hombres célebres hicieron que el papa Paulo V le consultase sobre la cuestión famosa De auxíliis, y que la decisión que tomó el Papa lo fuese por consejo de San Francisco de Sales. No es extraño, pues, que se le compare con los antiguos doctores de la Iglesia. De todas partes le consultaban como a oráculo de su siglo; y lo que parecía increíble, si la experiencia no hubiera mostrado lo contrario, esta multitud de tantas y tan graves ocupaciones no le estorbaron predicar muchas Cuaresmas en Annecy, en Grenoble, en Chambéry, ni retirarse todos los años a ejercicios espirituales al Colegio de la Compañía.
Al mismo tiempo que el Santo obispo comunicaba a todas partes los ardores de su celo, supo que le habían acusado ante Su Santidad de poco vigilante en desterrar de su obispado los libros heréticos o de doctrina sospechosa. Y el Santo, que siempre había manejado las armas de la invicta paciencia para rebatir los golpes de la calumnia, mostró en esta ocasión, por la vivacidad vigorosa con que se justificó, el horror con que miraba tan perniciosa negligencia.
No se contentó Francisco con que su celo fuese inmenso; quiso en cierta manera hacerle perpetuo componiendo aquel excelente libro de la Introducción a la vida devota, que él solo vale por cuantos libros espirituales se han escrito. Apenas salió a luz esta admirable obra, cuando cierto predicador indiscreto comenzó a declamar furiosamente contra ella, calificándola de perniciosa y de relajada, y llegó a quemar un ejemplar públicamente en el púlpito. Contaron al Santo este suceso, y todo su resentimiento se redujo a decir: que deseaba tan abrasado en el fuego del amor de Dios el corazón de aquel Padre, como su libro lo había sido de las llamas.
Pero ninguna empresa fue más digna de aquella grande alma, ninguna pudo ser más útil a toda la Iglesia, que la fundación de la Orden de la Visitación, uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia.
El día 6 de Junio del año 1610, en que se celebraba la fiesta de la Santísima Trinidad, la célebre Santa Juana Francisca Frémiot, baronesa viuda de Chantal; Jacqueline, la hija de Francisco Fabre, presidente del Senado de Saboya; y Juana Carlota, la noble doncella de la casa de Bréchard de Nivernois, dieron principio a este nuevo instituto bajo la dirección de San Francisco de Sales, que había ido a predicar a Dijon la santa cuaresma. Después que el santo fundador confesó y dio la comunión a aquéllas sus nuevas hijas, les dio también unas reglas llenas de dulzura, de discreción y de prudencia, en las cuales viene a comprenderse como reducida a arte toda la perfección cristiana, siendo fruto de una vida dulce, tranquila y nada austera. Esta Orden religiosa es aquella grande obra de nuestro Santo, que con tanto esplendor está difundida por todo el Universo, y después de casi tres siglos conserva todo el fervor de su primitivo espíritu, contándose más de seis mil seiscientas esposas de Jesucristo que edifican a la Iglesia con sus ejemplos, y son digno objeto de la admiración de los pueblos con sus religiosas virtudes.
De esta Orden de la Visitación solía decir más tarde su santo fundador con santo gracejo: «Me llaman fundador de una Orden, y, sin embargo, hice lo que no he querido, y no he hecho lo que quería». Esto se explica sabiendo que el proyecto de Francisco era fundar una congregación de señoras, cuya vida, menos austera que la de los demás conventos, permitiera recibir en ella a viudas y señoras de edad e impedidas, sin clausura, para que salieran a visitar a los enfermos. De aquí su nombre de Visitadoras, y Visitación el de la Orden. Pero hubo obstáculos a este proyecto; y las consideraciones del cardenal arzobispo de Lyon le obligaron a desistir de él y a adoptar la forma que hoy tiene con aprobación del papa Paulo V.
Poco tiempo después compuso el admirable libro de la Práctica del amor de Dios, que el papa Alejandro VII llamaba libro de oro; del cual han hecho elevadísimos elogios los más ilustres prelados. En la Introducción a la Vida Devota (dice el célebre obispo de Vence, el señor Godeau), Francisco es un ángel que guía a los Tobías pequeñuelos por el camino y por la peregrinación de esta vida; en el tratado del Amor de Dios es un abrasado serafín que pega el fuego del amor celestial al corazón de los perfectos. Este enseña a volar; aquél, a caminar por las sendas del Evangelio con modo sencillo, pero sólido y seguro: el uno da el pan de los fuertes a las almas fuertes; el otro nutre con suavísima leche a los que no son capaces de alimento más robusto.
Otras muchas obras devotas dio a luz San Francisco de Sales, llenas todas de igual solidez, y de aquella divina unción que sólo el Espíritu Santo es capaz de derramar. Por eso el papa Alejandro VII, en la bula de su canonización, declara que los saludables escritos de este Santo son hachas brillantes y encendidas que introducen la luz y pegan fuego a todos los miembros del cuerpo místico de la Iglesia.
El año de 1622 recibió Francisco orden de su soberano, el duque de Saboya, para pasar a Aviñón a recibir al príncipe y a la princesa del Piamonte. Desde Aviñón pasó a Lyon, de Francia, donde a la sazón se hallaba el rey cristianísimo Luis XIII con toda la corte, de quien recibió singulares honras y especiales demostraciones de aprecio y de veneración. Por su parte correspondió también con nuevas pruebas de celo y de respeto. Aunque se hallaba con la salud bastante quebrantada, predicó en la iglesia del colegio de la Compañía, y se dedicó a todo género de ministerios, hallándole pronto cuantos le buscaban para su consuelo y para su alivio en las necesidades espirituales.
El día de Navidad dio el hábito de la Visitación a dos doncellas, predicó sobre el misterio del día, y le pasó todo en tiernas y piadosísimas conferencias con toda la comunidad. Al amanecer del día de San Juan sintió que se le debilitaba la vista y se le iban disminuyendo las fuerzas, mas no por eso dejó de celebrar aquel día. Luego que dio gracias fue a visitar al duque de Nemours para interceder por aquellos mismos ministros del ducado de Ginebra que tanto le habían dado en qué merecer, y no se retiró hasta que les consiguió el perdón. Por la noche cayó en una especie de delirio, que pronto se declaró en apoplejía.
Apenas se divulgó en la ciudad su peligro, cuando todos concurrieron a visitarle. Los primeros que llegaron fueron los jesuitas del Colegio de San José; y luego que los vio el Santo les dijo con el mayor agrado: Padres míos, ya ven que, en él estado en que me hallo, sólo tengo necesidad de la misericordia de mi Dios; implórenla por mí y para mi, que yo todo lo espero de su bondad. Mucho tiempo ha que tengo hecho al Señor sacrificio de mi vida. En fin, el día 28 de Diciembre del año 1622, este insigne prelado, reverenciado de los pueblos, honrado de los príncipes, amado de los vicarios de Jesucristo, y, lo que es más admirable, respetado hasta de los mismos herejes, de quienes era el mayor azote, rindió a Dios su espíritu inocente y puro con aquella misma tranquilidad con que había vivido. Murió a las ocho de la noche, en el cuarto del hortelano del convento de la Visitación, a los cincuenta y seis años de su edad, y a los veinte de su pontificado.
Su virtuosa madre le consagró a Dios antes de que naciera, y nació a los siete meses de ser concebido, por lo que se crió de niño con gran cuidado. Apenas pronunció palabras, dijo éstas: «Dios y mi madre me quieren mucho». Las buenas disposiciones de su espíritu hicieron eficaces la piadosa educación que recibió de sus padres. Y así, desde sus más tiernos años dio muestra de gran piedad y modestia, y de caridad excelente con los pobres, hasta el punto de que, según el P. Luis de la Riviére, uno de sus panegiristas, se asemejaba a un ángel.
Sus padres le encomendaron al cuidado de un sacerdote ilustrado y virtuoso, llamado Juan Déage; e hizo Francisco los primeros estudios en el colegio de la Boche, pasando después a continuarlos en el de Annecy; y tal impresión causaban las virtudes del joven Francisco entre sus condiscípulos que, al verle llegar adonde ellos estaban, suspendían sus juegos y decían con respeto: «Seamos juiciosos, que viene el Santo». Si alguno, en momento de cólera, decía alguna palabra fea, Francisco le rogaba con dulzura que se moderara en el lenguaje, y conseguía con esto la enmienda. Su caridad era tan grande, que un primo suyo cometió un día una falta por la que debía ser azotado, y Francisco se ofreció en su lugar para sufrir el castigo.
A los diez años, después de haber hecho la primera Comunión en la iglesia de los dominicos de Annecy, fue enviado a París para proseguir sus estudios. La ciencia, o mejor, la sabiduría de Francisco de Sales, fue el resultado del asiduo estudio de buenos libros en que casi toda su vida se ejercitó su talento fecundo, claro y feliz. En París estudió las humanidades y la filosofía con los padres jesuitas; y la teología, parte con estos Padres y parte en la Universidad de la Sorbona, entonces muy floreciente, teniendo por maestros al sabio P. Juan de Maldonado en teología, y al célebre Gilberto Genebrardo en griego y hebreo, a cuyo estudio se dedicó principalmente para poder comprender bien las Sagradas Escrituras, que eran su lectura ordinaria y su mejor delicia humana. Para librarse de los peligros de malas compañías, no salía de casa como no fuese para la iglesia o para la universidad.
Aunque adelantaba mucho en las letras sagradas y humanas, eran mayores los progresos que hacía en todas las virtudes, siendo de notar su ardiente devoción a la Santísima Virgen, ante cuya imagen pasaba horas enteras en oración. Comulgaba cada ocho días; tres en la semana traía cilicio, y, queriendo consagrarse a más perfectamente, hizo voto de perpetua castidad delante de una imagen de la Santísima Virgen en la iglesia de San Esteban de los griegos, que se halla hoy en la capilla de las Hermanas de Santo Tomás de Villanueva, en la calle de Sèvres, con la advocación de Nuestra Señora de la Buena Liberación.
Imagen de Nuestra Señora de la Buena Liberación (Notre Dame de la Bonne Déliverance), ante la que San Francisco de Sales oró e hizo voto de castidad
No podía sufrir el enemigo común tanta inocencia y tanto fervor en un joven de tan tierna edad, y le acometió con una tentación, que era la más capaz de trastornarle. Entre diciembre de 1586 y enero de 1587, sugirióle con la mayor viveza que en vano se fatigaba, puesto que era del número de los réprobos; y que así, por mucho que hiciese, infaliblemente se condenaría. El horror del Infierno, el considerarse en el infeliz estado de los réprobos, el espanto y la turbación que esto le causó le llenó de melancolía tan profunda, que poco a poco le iba consumiendo; hasta que, fijando un día los ojos en una imagen de la Santísima Virgen, le dijo con extraordinario fervor y ternura: «Señora y Madre mía, si es tanta mi desdicha que he de ser condenado, y he de estar en la desgracia de mi Dios después de mi muerte, a lo menos quiero tener el consuelo de amarle con todo mi corazón por todos los días de mi vida». Esta oración tan devota y tan ajena de los sentimientos que suele tener un alma réproba, disipó las nubes, confundió al demonio y restituyó la tranquilidad a su corazón.
Habiendo acabado sus estudios en París, pasó de orden de sus padres a la ciudad de Padua a estudiar en aquella célebre Universidad la jurisprudencia, bajo el magisterio del famoso Guido Pancirolo. Escogió luego por director de su conciencia al P. Antonio Possevino; y conociendo este insigne jesuita en aquel joven un corazón según el de Dios, se aplicó con el mayor empeño a disponerle y habilitarle para las grandes empresas a que concibió tenía Dios destinada aquella alma verdaderamente grande.
Este virtuoso padre, además de guiarle por el camino de la perfección cristiana le explicó la Summa de Santo Tomás y las Controversias del cardenal Belarmino. Buscaba Francisco siempre lo mejor, lo más puro y perfecto, así en amigos como en libros y maestros, y, aun peregrinando y de viaje, nunca abandonaba la Biblia, la Moral de Valerio Reginaldo y la Suma de Santo Tomás.
Envidiosos los demás condiscípulos suyos de la universal estimación que se había adquirido Francisco por su singular virtud, armaron a su pureza un terrible lazo. Con pretexto que fingieron de visitar a una pobre indigente, le llevaron a presencia de una mujer impúdica, que a los principios se fingió muy virtuosa y muy devota, y le dejaron solo con ella. Lidió algún tiempo contra sus artificios y contra su desenvoltura, y fue tan violento el combate, que al fin no tuvo otro medio para salir del peligro que tirarle a la cara un tizón que encontró a mano y tomar la escalera con precipitada fuga. Hízole más circunspecto esta victoria; y renunciando desde luego las malas compañías de la gente joven, redobló sus penitencias.
Tomó precauciones contra semejantes peligros, y, reflexionando que la rebelión de la carne es el medio de que se valen los enemigos exteriores, redujo su cuerpo a tal grado de debilidad, y fueron tantas sus austeridades, que, junto con el estudio incesante, le acarrearon poco después una grave enfermedad que puso en grave riesgo su vida, llegando a disponer que su cuerpo, en siendo cadáver, se entregase a los alumnos de la clase de Anatomía con el fin de que, ya que durante su vida de nada útil había servido, sirviera de algo, después de muerto, a sus semejantes. Dios no permitió que se cumplieran los pronósticos de los médicos, y, restablecido de aquella enfermedad, prosiguió sus estudios, tomando la borla de doctor en aquella Universidad. Al salir de Padua para volverse a su casa, le aconsejó su director espiritual el P. Possevino que no se afanase tanto en aprender el derecho romano como en hacerse buen teólogo para gobernar una diócesis, pues tenía el presentimiento que había de ser obispo de Ginebra. Pasó por Roma, donde visitó el sepulcro de los Santos Apóstoles. De Roma fue a Loreto, donde veneró la Santa Casa de la Virgen; allí renovó el voto de castidad que había hecho en París, y sintió deseo de abrazar el estado eclesiástico. En Ancona quiso tomar pasaje en un barco para su patria; pero la Divina Providencia hizo que no se le admitiese para que no pereciera, porque, casi sin salir del puerto, aquel barco se fue a fondo con todos los pasajeros y tripulantes.
Después de descansar Francisco en su casa de Sales, adonde llegó con felicidad, su padre, al ver en su hijo un joven tan completo, formó dos proyectos para colocarle con brillo en el siglo. Le envió a Chambéry para que se inscribiese como abogado en el Senado de aquella ciudad. Obedeció Francisco, y, en el camino, el caballo que montaba, y que iba al paso, resbaló y cayó tres veces, haciendo en cada una que la espada de Francisco saliera de su vaina, formando con ésta una cruz. Tomó éste aquel prodigio como manifestación de Dios, que le quería para Sí, y resolvió cumplir el deseo que le venía el Señor inspirando de ser sacerdote. Pero aun había que vencer otra dificultad. Su padre acariciaba el proyecto de casarle con Francisca, la hija de Juan de Suchet, señor de Végy, rica y virtuosa.
De todos los obstáculos supo triunfar Francisco, confiado en Dios y en la Santísima Virgen. Manifestó a su padre el voto de castidad que había hecho y su evidente vocación al sacerdocio. Se conformó su padre, y en seguida se preparó Francisco a recibir con fervor las sagradas Ordenes, redoblando sus mortificaciones y penitencias; y el acto de su ordenación sacerdotal, que fue conmovedor, se verificó en Annecy el 18 de Diciembre de 1593.
Era obispo de aquella iglesia Claudio Granier, que amaba tiernamente a Francisco, y le miraba ya como a su sucesor. Mandóle que predicase; y lo hizo con tanta eficacia, que logró por fruto de su primer sermón trescientas conversiones grandes y ruidosas. No es ponderable el gusto con que le oían, ni el fervor y la eficacia con que predicaba. No había obstinación tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su elocuencia en el pulpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza en choza, instruyendo a innumerables pobres rústicos que vivían en el Cristianismo casi sin conocerle; y sus primeras excursiones apostólicas ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como el duque de Saboya le hicieron misionero del Chablais, dominada por el protestantismo, no dudando que había de ser su apóstol.
Luego que Francisco recibió su misión, marchó a buscar al enemigo, sin más compañero que su pariente Luis de Sales, canónigo de Ginebra, y, sin acobardarle trabajos ni peligros, fue a atacar a la herejía calvinista en sus mismas trincheras. A vista de las iglesias arruinadas, de los monasterios asolados y de las cruces echadas por tierra, se llenó de dolor y se dobló el aliento de su celo. Lleno de aquella santa intrepidez y de aquella confianza, que hacen el carácter de los héroes cristianos, entró por Thonon, capital de la provincia, despreciando generosamente las befas, las irrisiones y los insultos de los protestantes. La paciencia, la modestia y la dulzura fueron las únicas armas de que se valió para resistir a los escarnios y a la malignidad de aquel furioso pueblo. Con esta moderación, y con los ejemplos de su vivísima virtud, se fueron domesticando aquellos ánimos feroces y aquellos corazones apostatas: habla, convence, mueve; óyenle, y se convierten. Se agita toda la secta protestante, y resuelven los ministros deshacerse de él. Avisado Francisco de sus intentos, no por eso se acobardó; antes bien se mostró mucho más celoso, y con sola su presencia desarmó a los asesinos que iban a matarle. Cerráronle las posadas, y se fue a dormir al campo. A las violencias sucedieron las calumnias: divulgaron de él que era mago, hechicero y brujo; adelantando que le habían visto en las juntas nocturnas que se dice celebran éstos en el sábado, danzando alrededor del demonio; pero nuestro Santo desarmó a todo el Infierno con su confianza en Dios y con su paciencia.
Teniendo noticia el barón de Hermance de las conspiraciones que se fraguaban contra su vida, quiso darle una escolta para su defensa; pero Francisco no la admitió, diciendo que había entrado en el Chablais como misionero, y como tal se había de mantener en él. A sus elocuentes predicaciones unía una caridad sin límites. Atravesó por un estrecho pontón todo cubierto de hielo, por ir a socorrer a unos pobres paisanos recién convertidos, que estaban de la otra parte de un arroyo bastante profundo, con grande admiración de todos, que se vieron obligados a confesar que sólo pudo atravesar Francisco sin sucumbir por especial milagro de Dios. Ningún peligro le detiene, ningún riesgo le acobarda; todos los arrostra por la salvación de aquel obstinado pueblo: de esta manera fueron excesivos sus trabajos, pero también fueron inmensas sus conquistas. Volvieron a entrar en el seno de la Iglesia los bailiajes de Ger, de Ternier y de Gaillard; todo el Chablais se convirtió, porque no había resistencia ni a la fuerza de sus discursos, ni a la virtud de sus ejemplos; y, por un milagro evidente, aquel cordero rodeado de lobos, en manifiesto peligro de ser despedazado por ellos, con su prudencia, con su mansedumbre y con su piedad convirtió á los mismos lobos en corderos. Siete católicos había en Thonon cuando llegó Francisco de Sales, y a los tres años de predicación pasaban de seis mil los convertidos en dicha ciudad, y de sesenta y dos mil en el resto de la comarca.
Tuvo varias controversias; ocho o diez veces ofreció disputar o conferenciar con los ministros protestantes sobre los puntos contestados; pero estuvieron tan lejos de aceptar la conferencia, que buscaron nuevos asesinos para quitarle la vida.
Extendióse por todas las cortes la fama de estas maravillas. El papa Clemente VIII le escribió un Breve laudatorio, en el que, después de haberse congratulado con él por los felices sucesos que lograba, le daba orden que pasase a Ginebra a disputar con Teodoro Beza, que recibió al apóstol Francisco con grandes muestras de atención; le oyó, con gusto al parecer, se confesó convencido, hasta derramar lágrimas; pero no se convirtió, porque dilató demasiado el convertirse, y, después de haber dado a nuestro Santo las más bellas palabras, al cabo murió apóstata en Ginebra.
Ciertamente, apenas se puede comprender cómo un hombre solo, y en tan poco tiempo, pudo hacer tantas maravillas y no rendirse al peso de tantos trabajos. Predicaba muchas veces al día, daba instrucciones particulares, tenía conferencias públicas, visitaba a los enfermos; buscaba a la gente más pobre y más desamparada en sus cabañas y en sus chozas; oía confesiones hasta muy entrada la noche; administraba los Sacramentos a los moribundos; asistía a los entierros. En fin, a ningún oficio perdonaba su cuidado, a todo se extendía su celo, y medía su caridad con las necesidades y no con la calidad de las personas, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.
Para asegurar el triunfo obtenido en el Chablais, fundó en Thonon una especie de universidad, con el título de la Santa Casa, destinada a la enseñanza de diferentes oficios manuales, y aun de las ciencias, juntamente con una sólida instrucción moral y religiosa.
La conversión de este país calvinista fue acompañada de milagros, uno de los cuales fue el siguiente: Una mujer calvinista, convencida, por los sermones de Francisco, del error en que estaba, difería su conversión y dejó que muriera sin el bautismo un hijo suyo. Al llevarle al cementerio, vio a nuestro Santo: se arrojó a sus pies la infeliz mujer, con el cadáver de su hijo en brazos, y exclamó entre sollozos: «¡Devolvedme mi hijo, Padre mío, siquiera el tiempo suficiente para ser bautizado!». Enternecido Francisco, se puso también de rodillas y pidió al Señor que despachase favorablemente la súplica de aquella madre. Oraba todavía el Santo, y el niño abrió los ojos y dio suspiros. Volvió a la vida, fue bautizado y vivió aún dos días más, con gran admiración de todos, sobre todo del médico que certificó de la muerte del niño.
La santa empresa que en tres años llevó Francisco de Sales a feliz término, habiéndose tenido durante medio siglo por punto menos que imposible, extendió la fama de este santo apóstol por todas partes. Entre los que más le admiraban era el cardenal Santiago de Perron, que, hablando de Francisco, decía que, si no le pidiesen más que convencer a los hugonotes, no tendría inconveniente en hacerlo; mas, para convertirlos, sería necesario enviar a Francisco de Sales.
No es, pues, de extrañar que el obispo de Ginebra le eligiera para su coadjutor, no sin tener que vencer la resistencia de la humildad de Francisco. Para ser preconizado y dar cuenta al Papa de los resultados de su misión en el Chablais, fue a Roma, donde fue recibido con grande cariño por Clemente VIII, ante quien sufrió un examen teológico tan brillante, que el Papa declaró que ninguno de los examinados hasta entonces le había satisfecho por completo como Francisco de Sales. Le abrazó y le dijo después estas palabras de los Proverbios (cap. V, versículos 15 y 16): Bebe, hijo mío, de las aguas de tu cisterna y de la fuente de tu pozo. Haz que la abundancia de tus aguas se derrame por todas las plazas públicas, para que todos puedan beber y saciar su sed. Fue preconizado en 1599 obispo de Nicópolis in pártibus infidélium, y auxiliar o coadjutor del de Ginebra.
Armas episcopales de San Francisco de Sales: En campo de azur, dos barras gemelas de oro, cargadas cada una de una divisa de gulés, acompañadas de una luna creciente de oro en jefe y de dos estrellas de seis rayos de oro en el abismo y en la punta (armas de la Casa de Sales). Su lema era NON EXCÍDET (No decaerá).
Apenas volvió Francisco a Saboya, cuando los negocios de la religión le precisaron a pasar a París. Allí fue recibido de Enrique IV y de toda la corte con respeto y veneración. La estimación y la confianza con que el rey le trató, y los públicos testimonios que dio de ella, fueron ocasión de que le levantasen una calumnia. Pretendieron hacerle sospechoso con el rey; pero presto se justificó plenamente, y la malignidad de los envidiosos sólo sirvió para que creciese el amor y el concepto que ya tenía aquel monarca de Francisco de Sales. Ofrecióle el rey beneficios y pensiones; llegó a brindarle con el obispado de París, pero todo lo agradeció cortesanamente y todo lo renunció con noble desinterés. Esta generosa prenda, su piedad, su dulzura y sus gratísimos modales encantaron a toda la corte. Predicó delante de ella; pero ¡con qué felicidad, con qué éxito! Las maravillosas conversiones que logró fueron fruto de los asombrosos ejemplos que dio en todo. Consiguió decreto del rey para que se volviese a establecer la religión católica en el bailiaje de Ger, cuya solicitud había sido el principal motivo de su viaje a la corte.
San Francisco de Sales confesando a un noble (Valentín Metzinger)
Durante su viaje de regreso a Ginebra recibió la noticia de la defunción de Claudio Granier, obispo de aquella diócesis. Como estaba ya designado Francisco para sucederle desde que fue preconizado obispo auxiliar, se preparó luego para tomar sobre sus hombros tan grave carga con oración y retiro. Consagrado obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1603, visitó en seguida toda la diócesis a pie y sin ostentación alguna, consiguiendo numerosas conversiones y reforma en las costumbres.
Como ángel de paz, ajustó las disensiones que había entre el archiduque y el clero del Franco Condado; como legado de la Santa Sede, reformó las abadías de Talloires, de Abondance, de Puitdorbe, de Santa Catalina y de Six; como buen pastor, apacentó sus ovejas con el pan de la divina palabra, y expuso cien y cien veces su vida por su salvación, mereciendo mil bendiciones del Cielo para toda su diócesis.
Crecía por instantes su fama. Los príncipes se competían unos a otros en darle los más ilustres testimonios de su alta estimación. No quiso admitir muchas ricas abadías con que le brindó Enrique IV, y renunció el capelo de cardenal que le ofreció el papa León XI. Sus relaciones con San Pedro Canisio, el Venerable cardenal César Baronio, el de Perron, San Roberto Belarmino, Lessio y otros hombres célebres hicieron que el papa Paulo V le consultase sobre la cuestión famosa De auxíliis, y que la decisión que tomó el Papa lo fuese por consejo de San Francisco de Sales. No es extraño, pues, que se le compare con los antiguos doctores de la Iglesia. De todas partes le consultaban como a oráculo de su siglo; y lo que parecía increíble, si la experiencia no hubiera mostrado lo contrario, esta multitud de tantas y tan graves ocupaciones no le estorbaron predicar muchas Cuaresmas en Annecy, en Grenoble, en Chambéry, ni retirarse todos los años a ejercicios espirituales al Colegio de la Compañía.
Al mismo tiempo que el Santo obispo comunicaba a todas partes los ardores de su celo, supo que le habían acusado ante Su Santidad de poco vigilante en desterrar de su obispado los libros heréticos o de doctrina sospechosa. Y el Santo, que siempre había manejado las armas de la invicta paciencia para rebatir los golpes de la calumnia, mostró en esta ocasión, por la vivacidad vigorosa con que se justificó, el horror con que miraba tan perniciosa negligencia.
No se contentó Francisco con que su celo fuese inmenso; quiso en cierta manera hacerle perpetuo componiendo aquel excelente libro de la Introducción a la vida devota, que él solo vale por cuantos libros espirituales se han escrito. Apenas salió a luz esta admirable obra, cuando cierto predicador indiscreto comenzó a declamar furiosamente contra ella, calificándola de perniciosa y de relajada, y llegó a quemar un ejemplar públicamente en el púlpito. Contaron al Santo este suceso, y todo su resentimiento se redujo a decir: que deseaba tan abrasado en el fuego del amor de Dios el corazón de aquel Padre, como su libro lo había sido de las llamas.
Pero ninguna empresa fue más digna de aquella grande alma, ninguna pudo ser más útil a toda la Iglesia, que la fundación de la Orden de la Visitación, uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia.
El día 6 de Junio del año 1610, en que se celebraba la fiesta de la Santísima Trinidad, la célebre Santa Juana Francisca Frémiot, baronesa viuda de Chantal; Jacqueline, la hija de Francisco Fabre, presidente del Senado de Saboya; y Juana Carlota, la noble doncella de la casa de Bréchard de Nivernois, dieron principio a este nuevo instituto bajo la dirección de San Francisco de Sales, que había ido a predicar a Dijon la santa cuaresma. Después que el santo fundador confesó y dio la comunión a aquéllas sus nuevas hijas, les dio también unas reglas llenas de dulzura, de discreción y de prudencia, en las cuales viene a comprenderse como reducida a arte toda la perfección cristiana, siendo fruto de una vida dulce, tranquila y nada austera. Esta Orden religiosa es aquella grande obra de nuestro Santo, que con tanto esplendor está difundida por todo el Universo, y después de casi tres siglos conserva todo el fervor de su primitivo espíritu, contándose más de seis mil seiscientas esposas de Jesucristo que edifican a la Iglesia con sus ejemplos, y son digno objeto de la admiración de los pueblos con sus religiosas virtudes.
San Francisco de Sales entrega las Constituciones de la Orden de la Visitación a Santa Juana de Chantal (Valentín Metzinger).
De esta Orden de la Visitación solía decir más tarde su santo fundador con santo gracejo: «Me llaman fundador de una Orden, y, sin embargo, hice lo que no he querido, y no he hecho lo que quería». Esto se explica sabiendo que el proyecto de Francisco era fundar una congregación de señoras, cuya vida, menos austera que la de los demás conventos, permitiera recibir en ella a viudas y señoras de edad e impedidas, sin clausura, para que salieran a visitar a los enfermos. De aquí su nombre de Visitadoras, y Visitación el de la Orden. Pero hubo obstáculos a este proyecto; y las consideraciones del cardenal arzobispo de Lyon le obligaron a desistir de él y a adoptar la forma que hoy tiene con aprobación del papa Paulo V.
Poco tiempo después compuso el admirable libro de la Práctica del amor de Dios, que el papa Alejandro VII llamaba libro de oro; del cual han hecho elevadísimos elogios los más ilustres prelados. En la Introducción a la Vida Devota (dice el célebre obispo de Vence, el señor Godeau), Francisco es un ángel que guía a los Tobías pequeñuelos por el camino y por la peregrinación de esta vida; en el tratado del Amor de Dios es un abrasado serafín que pega el fuego del amor celestial al corazón de los perfectos. Este enseña a volar; aquél, a caminar por las sendas del Evangelio con modo sencillo, pero sólido y seguro: el uno da el pan de los fuertes a las almas fuertes; el otro nutre con suavísima leche a los que no son capaces de alimento más robusto.
Otras muchas obras devotas dio a luz San Francisco de Sales, llenas todas de igual solidez, y de aquella divina unción que sólo el Espíritu Santo es capaz de derramar. Por eso el papa Alejandro VII, en la bula de su canonización, declara que los saludables escritos de este Santo son hachas brillantes y encendidas que introducen la luz y pegan fuego a todos los miembros del cuerpo místico de la Iglesia.
El año de 1622 recibió Francisco orden de su soberano, el duque de Saboya, para pasar a Aviñón a recibir al príncipe y a la princesa del Piamonte. Desde Aviñón pasó a Lyon, de Francia, donde a la sazón se hallaba el rey cristianísimo Luis XIII con toda la corte, de quien recibió singulares honras y especiales demostraciones de aprecio y de veneración. Por su parte correspondió también con nuevas pruebas de celo y de respeto. Aunque se hallaba con la salud bastante quebrantada, predicó en la iglesia del colegio de la Compañía, y se dedicó a todo género de ministerios, hallándole pronto cuantos le buscaban para su consuelo y para su alivio en las necesidades espirituales.
El día de Navidad dio el hábito de la Visitación a dos doncellas, predicó sobre el misterio del día, y le pasó todo en tiernas y piadosísimas conferencias con toda la comunidad. Al amanecer del día de San Juan sintió que se le debilitaba la vista y se le iban disminuyendo las fuerzas, mas no por eso dejó de celebrar aquel día. Luego que dio gracias fue a visitar al duque de Nemours para interceder por aquellos mismos ministros del ducado de Ginebra que tanto le habían dado en qué merecer, y no se retiró hasta que les consiguió el perdón. Por la noche cayó en una especie de delirio, que pronto se declaró en apoplejía.
Apenas se divulgó en la ciudad su peligro, cuando todos concurrieron a visitarle. Los primeros que llegaron fueron los jesuitas del Colegio de San José; y luego que los vio el Santo les dijo con el mayor agrado: Padres míos, ya ven que, en él estado en que me hallo, sólo tengo necesidad de la misericordia de mi Dios; implórenla por mí y para mi, que yo todo lo espero de su bondad. Mucho tiempo ha que tengo hecho al Señor sacrificio de mi vida. En fin, el día 28 de Diciembre del año 1622, este insigne prelado, reverenciado de los pueblos, honrado de los príncipes, amado de los vicarios de Jesucristo, y, lo que es más admirable, respetado hasta de los mismos herejes, de quienes era el mayor azote, rindió a Dios su espíritu inocente y puro con aquella misma tranquilidad con que había vivido. Murió a las ocho de la noche, en el cuarto del hortelano del convento de la Visitación, a los cincuenta y seis años de su edad, y a los veinte de su pontificado.
Abrieron
el santo cuerpo para embalsamarle, y con esta ocasión se reconoció que
aquella grande dulzura, que tanto admiraron todos, no era natural a su
genio, pues que se le encontró la vesícula biliar endurecida y
petrificada, dividida en muchos y muy consistentes pedacillos, por la
continua violencia que se había hecho para reprimir la cólera a que
naturalmente estaba sujeto.
Luego que se extendió la noticia de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el pueblo. Condújose el santo cadáver a Annecy, con pompa digna de su mérito y correspondiente a la celosa veneración con que todos le miraban. Diósele sepultura en la iglesia del primer convento de la Visitación; y su corazón, que hoy día se venera entero, engastado entre dos corazones de oro, se quedó en Lyon de Francia, en el convento de la Visitación que está en Bellecour, y fue fundación del mismo Santo y de la ilustre Santa Madre Chantal el año de 1615, poco tiempo después que se fundó el de Annecy, disponiendo la Divina Providencia que después de muerto se quedase su corazón con aquellas hijas a quienes había tenido más dentro de él cuando vivo.
Hallándose en Lyon el rey Luis XIII el año 1630, habiendo caído malo, deseó Su Majestad ver el corazón de San Francisco de Sales. Trájosele su confesor; y, habiendo recobrado al punto la salud, contribuyó mucho para que creciese la devoción que ya se tenía al Santo. Agradecido el piadoso monarca, mandó hacer, en testimonio de su reconocimiento, una urna de oro donde se reservase aquella preciosa reliquia. Algunos años antes de su canonización recibió por medio de ella semejante favor el duque de Mercurio; y su madre, la duquesa de Vandome, mandó fabricar otra grande caja de oro, donde estuviese cerrado todo el relicario.
Fue canonizado por Alejandro VII en 1666. El papa Beato Pío IX, por su breve Dives in misericórdia, de 16 de Noviembre de 1877, le declaró doctor de la Iglesia, y, por último, León XIII le ha declarado recientemente patrono de la prensa católica.
La edición completa de las obras de San Francisco de Sales se publicó en 1892 por las religiosas del primer monasterio de la Visitación de Annecy, en ocho grupos, a saber: 1º Las controversias. 2º Defensa del estandarte de la Santa Cruz. 3º Introducción a la vida devota. 4º Tratado del amor de Dios. 5º Coloquios. 6º Sermones. 7º Cartas; y 8º Opúsculos.
Luego que se extendió la noticia de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el pueblo. Condújose el santo cadáver a Annecy, con pompa digna de su mérito y correspondiente a la celosa veneración con que todos le miraban. Diósele sepultura en la iglesia del primer convento de la Visitación; y su corazón, que hoy día se venera entero, engastado entre dos corazones de oro, se quedó en Lyon de Francia, en el convento de la Visitación que está en Bellecour, y fue fundación del mismo Santo y de la ilustre Santa Madre Chantal el año de 1615, poco tiempo después que se fundó el de Annecy, disponiendo la Divina Providencia que después de muerto se quedase su corazón con aquellas hijas a quienes había tenido más dentro de él cuando vivo.
Hallándose en Lyon el rey Luis XIII el año 1630, habiendo caído malo, deseó Su Majestad ver el corazón de San Francisco de Sales. Trájosele su confesor; y, habiendo recobrado al punto la salud, contribuyó mucho para que creciese la devoción que ya se tenía al Santo. Agradecido el piadoso monarca, mandó hacer, en testimonio de su reconocimiento, una urna de oro donde se reservase aquella preciosa reliquia. Algunos años antes de su canonización recibió por medio de ella semejante favor el duque de Mercurio; y su madre, la duquesa de Vandome, mandó fabricar otra grande caja de oro, donde estuviese cerrado todo el relicario.
Fue canonizado por Alejandro VII en 1666. El papa Beato Pío IX, por su breve Dives in misericórdia, de 16 de Noviembre de 1877, le declaró doctor de la Iglesia, y, por último, León XIII le ha declarado recientemente patrono de la prensa católica.
La edición completa de las obras de San Francisco de Sales se publicó en 1892 por las religiosas del primer monasterio de la Visitación de Annecy, en ocho grupos, a saber: 1º Las controversias. 2º Defensa del estandarte de la Santa Cruz. 3º Introducción a la vida devota. 4º Tratado del amor de Dios. 5º Coloquios. 6º Sermones. 7º Cartas; y 8º Opúsculos.
JEAN CROISSET SJ. Año Cristiano, tomo I.
MEDITACIÓN SOBRE EL CORAZÓN DE SAN FRANCISCO DE SALES
I. El corazón de San Francisco de Sales ardía con el fuego del amor divino. Este amor le hizo emprender todo lo que juzgó apto para contribuir a la gloria de Dios y a la salvación del prójimo. Sus predicaciones, sus pláticas, sus libros, son pruebas de esta verdad. ¡Ah! si amases a Dios como él, te burlarías de las riquezas, de los placeres, de los honores, y no dejarías perder las ocasiones de incitar a los demás a amar al Señor. ¡Oh Dios que sois tan amable! ¿por qué sois tan poco amado? ¡Oh fuego que siempre ardéis, fuego que nunca os extinguís, abrasad mi corazón!
II. El corazón del Santo sólo tenía dulzura y ternura para el prójimo; después de su muerte no se le encontró hiel en el cuerpo. Consolaba a los enfermos, daba limosna a los pobres, instruía a los ignorantes, y con su afabilidad trataba de que se le allegasen los pecadores, a fin de conducirlos enseguida al redil de Jesucristo.
III. Ese corazón, en fin, que era todo amor para Dios y toda dulzura para el prójimo, trataba a su cuerpo como a enemigo; para domar sus pasiones no retrocedía ante mortificación alguna, ante sacrificio alguno. Examina la causa de tus penas, Y verás que provienen de las pasiones que no supiste domeñar. Aquél que ha vencido a sus pasiones adquirió una paz duradera.
I. El corazón de San Francisco de Sales ardía con el fuego del amor divino. Este amor le hizo emprender todo lo que juzgó apto para contribuir a la gloria de Dios y a la salvación del prójimo. Sus predicaciones, sus pláticas, sus libros, son pruebas de esta verdad. ¡Ah! si amases a Dios como él, te burlarías de las riquezas, de los placeres, de los honores, y no dejarías perder las ocasiones de incitar a los demás a amar al Señor. ¡Oh Dios que sois tan amable! ¿por qué sois tan poco amado? ¡Oh fuego que siempre ardéis, fuego que nunca os extinguís, abrasad mi corazón!
II. El corazón del Santo sólo tenía dulzura y ternura para el prójimo; después de su muerte no se le encontró hiel en el cuerpo. Consolaba a los enfermos, daba limosna a los pobres, instruía a los ignorantes, y con su afabilidad trataba de que se le allegasen los pecadores, a fin de conducirlos enseguida al redil de Jesucristo.
III. Ese corazón, en fin, que era todo amor para Dios y toda dulzura para el prójimo, trataba a su cuerpo como a enemigo; para domar sus pasiones no retrocedía ante mortificación alguna, ante sacrificio alguno. Examina la causa de tus penas, Y verás que provienen de las pasiones que no supiste domeñar. Aquél que ha vencido a sus pasiones adquirió una paz duradera.
La dulzura. Rogad por la orden de la Visitación.
ORACIÓN
Oh Dios, que has querido que el bienaventurado San Francisco de Sales, tu confesor y pontífice, fuese todo para todos para salvar a las almas, difunde en nosotros la dulzura de tu caridad, y haz que, dirigidos por sus consejos y asistidos por sus méritos, lleguemos al gozo eterno. Por J. C. N. S. Amén.
Oh Dios, que has querido que el bienaventurado San Francisco de Sales, tu confesor y pontífice, fuese todo para todos para salvar a las almas, difunde en nosotros la dulzura de tu caridad, y haz que, dirigidos por sus consejos y asistidos por sus méritos, lleguemos al gozo eterno. Por J. C. N. S. Amén.
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