lunes, 29 de abril de 2019

GRAHAM GREENE, UN CATÓLICO AMBIGUO

Traducción del artículo publicado por Luca Fumagalli en RADIO SPADA.
   
   
Henry Graham Greene (1904-1991), uno de los nombres más conocidos de la literatura “papista” inglesa de la segunda mitad del siglo XX, es una figura de indiscutible fascinación, enigmática y compleja, que encarna a la perfección el tipo de intelectual atormentado que del Concilio Vaticano II en adelante ha devenido tan tristemente común en el panorama cultural católico. Greene, que entre otros faltó por poco el premio Nobel, mostró siempre vivir la Fe con la típica actitud “líquida” de la posmodernidad: fue un hombre, en otras palabras, en cuya alma encontraron ciudadanía las más pavorosas contradicciones, en las cual la ortodoxia convivía sin solución de continuidad con la herejía, la doctrina con las libres opiniones, las certezas con las dudas.
  
Más allá de la rocambolesca parábola existencial –caracterizada por el abandono de la familia por seguir amores fugaces– también muchas novelas de Greene, aunque geniales del punto de vista literario, revelan una teología ecléctica y confusa que no dejó de suscitar constantes polémicas (célebre en tal sentido permanece la declaración de Evelyn Waugh que, luego de la publicación de Un caso acabado [en el inglés original, A burn-out case, N. del T.], admite que para un católico las obras de Greene eran del todo incomprensibles). También en el otoño de 1961, luego de que la cadena estadounidense CBS había transmitido un filme televisivo basado en el libro El poder y la gloria –cuyo protagonista es un sacerdote alcohólico, padre de un hijo ilegítimo– hubo protestas de no acabar, fomentadas por las externaciones filosoviéticas y antiisraelíes de Greene.
  
Del resto numerosos episodios y anécdotas biográficas bien describen la religiosidad ecléctica del escritor inglés.
  
En 1982, por ejemplo, Greene saludó el ingreso de Malcolm Muggeridge en la Iglesia de Roma con un boleto lacónico: «No sé si congratularme contigo o disgustarme por tu decisión, pero te deseo sinceramente buena fortuna y espero que tú puedas ser un católico mejor de lo que he sido yo».
  
Años antes, mientras se encontraba en Italia, tuvo precisamente la oportunidad de asistir a una misa celebrada por el Padre Pío, por el cual tenía un grandísimo respeto (tanto que enseguida tomó para conservar una estampa en el portafolio). Cuando, después de la ceremonia, fue invitado a un coloquio con el fraile, Greene declinó cortésmente la oferta: «No, gracias. No quiero cambiar mi vida encontrando un santo».
  
Sintomático de una creciente confusión fue su relación con el psicoanalista católico Eric Strauss: mientras Greene se alejaba de los sacramentos, Strauss devino para él en una suerte de subrogado del confesor, un custodio y una guía.
  
Pero es en dos entrevistas, fechadas respectivamente a 1979 y 1989, que un Greene ahora anciano intentó hacer una panorámica, la más completa posible, de su personalísimo catolicismo, fruto de una seleción de bricolaje de cuanto ofrecía el mercadillo de los dogmas “papistas” (en buena sustancia para él todas las enseñanzas de la Iglesia eran sacrosantas a excepción de aquellas que, siempre según su parecer, contradecían el Evangelio).
  
Además de negar la existencia del Infierno –una realidad que le resultaba demasiado espantosa y que por tanto era mejor suprimir– y de considerar de poca importancia la virginidad de María y la Trinidad, Greene liquidaba el pecado como un concepto fundamentalmente pueril. Del mismo modo reprochaba en Juan Pablo II el ser demasiado adverso a la anticoncepción, como después apoyarlo incondicionalmente al sostener el celibato eclesiástico.
  
Tanto para saborear su progresismo con algunas escamas de conservadurismo, Greene no perdía nunca ocasión para condenar a los teólogos ultraliberales, en particular Hans Küng y Edward Schillebeeckx: «Creo en la necesidad de un mínimo de dogmas, y ciertamente creo en la herejía, porque es la herejía quien crea los dogmas. En un cierto sentido la herejía tiene un gran valor». Incluso: «Encuentro desdecible que un evento histórico como la crucifixión venga reducido a un confuso símbolo».
   
Además, no obstante haber saludado con entusiasmo “el aggiornamento” promovido por el Concilio, Greene prefería a la “nueva misa” el rito tridentino: «Personalmente pienso que las reformas litúrgicas son irritantes. Estaba acostumbrado a ir a Londres a una pequeña iglesia donde la misa comenzó a ser celebrada en español, que no hablo. Con el viejo rito uno podía entender el latín, porque en el misalito había la tradución, así estuviera muy molesto por el hecho de no poder seguir una misa que era celebrada en una lengua que no era la mía». No sorprende, pues, descubrir el nombre de Greene entre los de los firmantes del apelo que, en 1971, llevó al denominado “indulto de Agatha Christie”.
  
No obstante las miríadas de contradicciones, las heterodoxias y las externaciones todo menos edificantes, al decir de Norman Sherry, autor de una monumental biografía de Greene en tres volúmenes, el escritor inglés permaneció católico hasta el fin de sus días. Fueron sus faltas, más que sus talentos los que lo tuvieron ligado a una Iglesia que amaba y odiaba al mismo tiempo. Greene, que convivía con un sí mismo oscuro que lo aterrorizaba pero del cual no se atrevía a liberarse, en el fondo era consciente, como San Pedro, que, a pesar de todo, no había otro lugar a donde ir, ningún otro puesto al que podía llamar casa.
   
Tal vez la más bella definición de la compleja personalidad religiosa de Greene es aquella forjada por Muggeridge, que describe al amigo como un santo que hacía de todo, en verdad sin mucho éxito, para parecerse a un pecador.

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