lunes, 10 de junio de 2019

ALOCUCIÓN “Singulári Quádam”, CONDENANDO EL RACIONALISMO Y EL INDIFERENTISMO

Al día siguiente de proclamar el Dogma de la Inmaculada Concepción (8 de Diciembre de 1854), el Papa Pío IX dirigió esta alocución a los Cardenales reunidos en consistorio, donde condena el racionalismo y el indiferentismo que había infectado a muchos católicos, hasta el punto de cuestionar (contra la ya sostenida doctrina de la Iglesia) sobre si hay salvación fuera de la Iglesia. Y en vista de los peligros que representan los errores modernos, es necesario que los Obispos velen para que los Sacerdotes desde su formación reciban doctrina sólida para apacentar a los fieles y combatir el error.
  
Hoy, en medio de la debacle que representa la Apostasía casi generalizada en ocasión y como consecuencia del Vaticano II, recordemos que la Iglesia no es una institución humana, sino el Cuerpo místico de Cristo que no puede ser vencido jamás; y oremos para que el Espíritu Santo, Divino Esposo de la Bienaventurada Virgen María, inspire y corrobore a los Obispos y Sacerdotes legítimos, y que los fieles permanezcamos firmes en la Verdad.

ALOCUCIÓN “Singulári Quádam”, CONDENANDO EL RACIONALISMO Y EL INDIFERENTISMO
  
Llenos de extraordinaria alegría, Nos exultamos en el Señor, Venerables Hermanos, al ver que en este día asistís con tal frecuencia a Nuestro lado Vosotros que, con buen derecho, podemos llamar Nuestro gozo y Nuestra Corona. Vosotros hacéis parte de aquellos con los cuales tenemos en común las fatigas y las solicitudes de apacentar la universal grey del Señor confiado a Nuestra poquedad, del defender los derechos de la religión Católica y de agregarle nuevos seguidores que con fe sincera rinden culto y homenaje al Dios de justicia y de verdad. Por tanto, lo que Cristo Nuestro Señor dijo al Príncipe de los Apóstoles: «Tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos», Nos, que por divina bondad hemos sido, aunque inméritos, llamados a sucederle, creemos deber cumplir en esta ocasión con Vosotros, Venerables Hermanos: a Vosotros dirigimos Nuestra palabra no ya para advertiros de Vuestros deberes, o para excitar a los languidecientes, aunque bien sabemos cuál celo os inflama en la propagación de la gloria del divino Nombre, sino a fin que, reconfortados y animados como por la voz misma del beatísimo Pedro, el cual vive y vivirá en sus Sucesores, retomad como nuevo esfuerzo el buscar la salud de las ovejas confiadas a vosotros, a sostener con coraje y fortaleza, en los tiempos tan ásperos que corren, la causa de la Iglesia.
  
Y no hubo necesidad de deliberar qué patrón especialmente debemos interponer entre el celestial Padre de las luces, para poder con su ayuda hablar a Vosotros proficuamente; porque, estando Vosotros reunidos en torno a Nos a fin de unir concordemente los estudios y los cuidados Nuestros para ampliar la gloria de la augusta Madre de Dios Santa María, a la misma Virgen Santísima, que por la Iglesia es llamada Trono de la Sabiduría, Nos hemos vuelto suplicándola con reiteradas preces nos impetre un rayo de celestial sabiduría, a fin de que, iluminados por él, podamos deciros cosas que consigan suma ventaja para la salvación y la prosperidad de la Iglesia de Dios. Ahora bien, observando Nos desde esta roca, por decirlo así, de la religión, los monstruos del error que en estos tiempos dificilícimos van amenazando estragos en el mundo católico, nada Nos ha parecido más oportuno que indcaros, Venerables Hermanos, los cuales sois Vosotros los guardias y centinelas dispuestos en la casa de Israel, a fin de que dirijáis vuestras fuerzas en debelarlos.
  
Y es cosa bien dolorosa que ahora también se encuentre una impía casa de infieles, los cuales querrían exterminar, si fuese posible, todo culto de religión, y entre eestos deben citarse en primer lugar los miembros de las sociedades secretas, que, obligados precisamente por nefandos pactos, ejecutan todo arte para turbar y derribar con la violación de todo derecho la Religión y el Estado; a ellos se dirigen aquellas palabras del divino Redentor: «Vosotros sois hijos del diablo; queréis cumplir las obras de vuestro padre» [Juan 8, 44]. Pero, excluidos estos, no se puede negar que la mayor parte de los hombres de nuestra edad tienen en horror la impiedad de los incrédulos, y muestran una propensión en favor de la religión y de la fe. Porque sea por la atrocidad de los delitos, cometidos sobre todo en el siglo pasado, que son de atribuir a los incrédulos y que el ánimo rehúye de recordar, sea por el temor de sediciones y tumultos por los cuales las naciones y los reinos son en modo deplorable azotados y afligidos, o sea finalmente por obra del divino Espíritu, que sopla donde le place, el hecho manifiesto es que disminuido el número de aquellos hombres perdidos que golpean alardeando su incredulidad, y al contrario oímos recomendarse tal vez la honestidad de la vida y de las costumbres, y sabemos además haberse despertado en los ánimos de los hombres un gran sentido de admiración por la Religión Católica, la cual por demás, como la luz del sol, resplandece a los ojos de todos
  
Y no es poco bien, Venerables Hermanos, siendo como un primer paso a la verdad, pero hay muchas más cosas aún que obstaculiza y retienen a los hombres de abrazarla plenamente.
  
De hecho hay muchos entre los rectores de las cosas públicas que se venden como favorecedores y defensores de la religión; la alaban altamente y la predican por adecuadísima y utilísima a la sociedad humana, y no menos pretenden regular la disciplina, gobernar los sacros ministros, inmiscuirse en la administración de las cosas sagradas y, en una palabra, se esfuerzan en confinar a la Iglesia entre los límites del Estado e imponer dominio a aquellos que por su naturaleza es independiente, y que por querer divino no debe ser contenido por los confines de ningún imperio, sino más bien dilatarse hasta las últimas regiones y abrazar a todas las gentes y todos los pueblos para mostrarles y conducirles al camino de la eterna beatitud.
  
¡Ay!, en el mismo momento en que Nos decimos esto, Venerables Hermanos, en el Estado del Piamonte fue propuesta una ley con la cual se abolen los institutos regulares y eclesiásticos, y los derechos de la Iglesia son enteramente pisoteados, y si fuera posible, aniquilados. Pero de este asunto tan grave trataremos otra vez en este mismo lugar. Mas, si conocieran por una vez estos adversarios de la libertad de la Religión Católica, cuánto ha contribuido al bien del Estado, esa que a cada ciudadano propone e inculca, según la doctrina que ha recibido del cielo, la observancia de los propios deberes, y se persuadieran finalmente de lo que un día escribiera al emperador Zenón Nuestro Predecesor San Félix III: «Nada resulta más útil a los Príncipes que dejar a la Iglesia el libre uso de sus leyes, estando en esto sustentada su salvación, donde se trata de las causas de Dios, se preocupen no ya de imponer, sino de someter la regia voluntad a los sacerdotes de Cristo» [Carta I].
   
Hay, además, Venerables Hermanos, varones distinguidos por su erudición que confiesan ser con mucho la religión el don más excelente hecho por Dios a los hombres, pero que tienen en tanta estima la razón humana, la exaltan en tanto grado, que piensan muy neciamente ha de ser equiparada con la religión misma. De ahí que, según su vana opinión, las disciplinas teológicas habrían de ser tratadas de la misma manera que las filosóficas, siendo así que aquéllas se apoyan en los dogmas de la fe, a los que nada supera en firmeza, nada en estabilidad; y éstas se explican e ilustran por la razón humana, lo más incierto que pueda darse, como quiera que es varia según la variedad de los ingenios y está expuesta a innumerables falacias e ilusiones. Y así, rechazada la autoridad de la Iglesia, quedó abierto campo anchísimo a todas las más difíciles y recónditas cuestiones, y la razón humana, confiada en sus débiles fuerzas, corriendo con demasiada licencia, resbaló en torpísimos errores que no tenemos ni tiempo ni ganas de referir aquí, mas que os son bien conocidos y averiguados, y que han redundado en daño, y daño grandísimo, para la religión y el estado. Por lo cual es menester mostrar a esos hombres que exaltan más de lo justo las fuerzas de la razón humana, que ello es llanamente contrario a aquella verdaderísima sentencia del Doctor de las gentes: «Si alguno piensa que sabe algo, no sabiendo nada, a sí mismo se engaña» [Gálatas 6, 3]. Hay que demostrarles cuánta arrogancia sea investigar hasta el fondo misterios que el Dios clementísimo se ha dignado revelarnos, y atreverse a alcanzarlos y abarcarlos con la flaqueza y estrecheces de la mente humana, cuando ellos exceden con larguísima distancia las fuerzas de nuestro entendimiento que, conforme al dicho del mismo Apóstol, debe ser cautivado en obsequio de la fe [cf. 2 Corintios 10, 5].

Y estos seguidores o, por decir mejor, adoradores de la razón humana, que se la proponen como maestra cierta y que por ella guiados se prometen toda clase de prosperidades, han olvidado ciertamente cuán grave y dolorosa herida fue infligida a la naturaleza humana por la culpa del primer padre, como que las tinieblas se difundieron en la mente, y la voluntad quedó inclinada al mal. De ahí que los más célebres filósofos de la más remota antigüedad, si bien escribieron muchas cosas de modo preclaro; contaminaron, sin embargo, sus doctrinas con gravísimos errores. De ahí aquella continua lucha que experimentamos en nosotros, de que habla el Apóstol: «Siento en mis miembros una ley que combate contra la ley de mi mente» [Romanos 7, 23].

Ahora bien, cuando consta que la luz de la razón está extenuada por la culpa de origen propagada a todos los descendientes de Adán, y cuando el género humano ha caído misérrimamente de su primitivo estado de justicia e inocencia, ¿quién tendrá la razón por suficiente para alcanzar la verdad? ¿Quién, entre tan grandes peligros y tan grande flaqueza de fuerzas para resbalar y caer, negará serle necesarios para la salvación los auxilios de la religión divina y de la gracia celeste? Auxilios que ciertamente concede Dios con gran benignidad a aquellos que con humilde oración se los piden, como quiera que está escrito: «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» [Santiago 4, 6]. Por eso, volviéndose antaño Cristo Señor al Padre, afirmó que los altísimos arcanos de las verdades no fueron manifiestos a los prudentes y sabios de este siglo que se engríen de su talento y doctrina y se niegan a prestar obediencia a la fe, sino a los hombres humildes y sencillos que se apoyan en el oráculo de la fe divina y a él dan su asentimiento [cf. Mateo 11, 25; Lucas 10, 21].

Este saludable documento es menester que lo inculquéis en los ánimos de aquellos que hasta punto tal exageran las fuerzas de la razón humana, que se atreven con ayuda de ella a escudriñar y explicar los misterios mismos. Nada más inepto, nada más insensato. Esforzaos en apartarlos de tamaña perversión de mente, exponiéndoles para ello que nada más excelente ha sido dado por Dios a los hombres que la autoridad de la fe divina; que ésta es para nosotros como una antorcha en las tinieblas, ésta el guía que hemos de seguir para la vida, ésta nos es necesaria absolutamente para la salvación, pues que sin la fe... es imposible agradar a Dios [Hebreos 11, 6] y: «El que no creyere se condenará» [Marcos 16, 16].
 
Otro error y no menos pernicioso hemos sabido, y no sin tristeza, que ha invadido algunas partes del orbe católico y que se ha asentado en los ánimos de muchos católicos que piensan ha de tenerse buena esperanza de la salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo [v. 1717]. Por eso suelen con frecuencia preguntar cuál haya de ser la suerte y condición futura, después de la muerte, de aquellos que de ninguna manera están unidos a la fe católica y, aduciendo razones de todo punto vanas, esperan la respuesta que favorece a esta perversa sentencia. Lejos de nosotros, Venerables Hermanos, atrevernos a poner limites a la misericordia divina, que es infinita; lejos de nosotros querer escudriñar los ocultos consejos y juicios de Dios que son abismo grande [Salmo 35, 7] y no pueden ser penetrados por humano pensamiento. Pero, por lo que a nuestro apostólico cargo toca, queremos excitar vuestra solicitud y vigilancia pastoral, para que, con cuanto esfuerzo podáis, arrojéis de la mente de los hombres aquella a par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la eterna salvación. Demostrad, con aquella diligencia y doctrina en que os aventajáis, a los pueblos encomendados a vuestro cuidado cómo los dogmas de la fe católica no se oponen en modo alguno a la misericordia y justicia divinas.
  
En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna. Ahora bien, ¿quién será tan arrogante que sea capaz de señalar los limites de esta ignorancia, conforme a la razón y variedad de pueblos, regiones, caracteres y de tantas otras y tan numerosas circunstancias? A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos a Dios tal como es [1 Juan 3, 2], entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo [Efesios 4, 5]: Pasar más allá en nuestra inquisición, es ilícito.

Por lo demás, conforme lo pide la razón de la caridad, hagamos asiduas súplicas para que todas las naciones de la tierra se conviertan a Cristo; trabajemos, según nuestras fuerzas, por la común salvación de los hombres, «pues no se ha acortado la mano del Señor» [Isaías 59, 1] y en modo alguno han de faltar los dones de la gracia celeste a aquellos que con ánimo sincero quieran y pidan ser recreados por esta luz. Estas verdades hay que fijarlas profundamente en las mentes de los fieles, a fin de que no puedan ser corrompidos por doctrinas que tienden a fomentar la indiferencia de la religión, que para ruina de las almas vemos se infiltra y robustece con demasiada amplitud.
 
A los principales errores hasta quí expuestos, que sobre todo en estos tiempos hacen guerra a la Iglesia, Vosotros habéis de oponerle, Venerables Hermanos, vuestro valor y constancia; para combatirlos y destruirlos plenamente hay necesidad de Eclesiásticos que os sean compañía y de ayuda en las fatigas. Verdaderamente Nos gozamos con inmortal gozo de que el Clero Católico no escatimen, por ningún disagio rehuya cumplir celosamente su oficio y su deber. Además, ni los ásperos y largos viajes, ni temor alguno de travajos los retardan mínimamente de penetrar a regiones remotas, más lejanas tierrras y lejanos mares, para educar salutíferamente a los pueblos bárbaros en la humanidad y en la disciplina de la ley cristiana. Igualmente nos alegramos que el mismísimo Clero, afrontando por tantos países y tantas ciudades populosísimas el flagelo de fierísima peste, hay cumplido con tan grande alacridad todos los oficios de caridad hasta reputarse en vella y gloriosa ventura el entregar la vida por la salvación de los prójimos. Lo que llevará ciertamente a afirmar siempre más que en la Iglesia Católica, la cual sola es verdadera, arde inextinguible aquel bellísimo fuego de caridad que Cristo vino a traer a la tierra para que resplandezca. Y de hecho hemos visto mujeres religiosas concurrir con el Clero para socorrer a los enfermos sin que las aterrorice el aspecto de la muerte, la cual la mayor parte de ellos con fortísimo ánimo afrontó: ejemplo de inusitada fortaleza que deja atónitos por maravilla incluso a aquellos que disienten de la Fe Católica.
  
Esto da a Nos, Venerables Hermanos, justo motivo de alegría, pero por otra parte Nuestro ánimo est tocado de grave y acerba preocupación porque no faltan en ciertos lugares algunos del Clero que no se comportan siempre como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios divinos. Luego sucede que falta al pueblo cristiano el alimento de la divina palabra para sustento de vida, y que sea raro el uso de los sacramentos, los cuales tienen sin embargo tanta eficacia para adquirir y conservar la gracia de Dios. Estos deben ser amonestados, Venerables Hermanos, y excitados con más fervor a cumplir bien y fielmente los deberes del sacro ministero. Sean iluminados sobre la gravedad de la culpa de los que se vuelven reos recusando fatigarse en el campo del Señor, dado que la mies es copiosa. Se deben exhortar a explicar sabiamente a los fieles cómo sea grande el valor de la Hostia divina para aplacar a Dios y apartar los castigos de las culpas, a fin de que los mismos fieles procuren asistir religiosamente al saludable sacrificio de la Misa para obtener copiosos frutos. Cierto es que los fieles en cualquier lugar estarán más prontos a practicar los actos de piedad si recibiesen del Clero más fuertes estímulos y socorros. De aquí que Vosotros bien veis, Venerables Hermanos, cuánto sea necesario y oportuno, para bien formar idóneos ministros de Cristo, el tener Seminarios, en el gobierno de los cuales deben emplearse la solicitud y la industria no tanto del poder civil, sino solo de los Obispos. Obrad con diligencia para formar en la piedad y en la doctrina a los jóvenes allí reunidos, que son las esperanzas crecientes de la religión, a fin de que armados como de doble espada devengan un día soldados valerosos para combatir las batallas del Señor. Y a fin que no se embeban de ninguna opinión menos conforme a la doctrina católica, dadles en las manos tanto para las disciplinas teológicas, como también para las filosóficas, autores de fe experimentada.

En tal guisa Vosotros habéis provisto por vuestra parte, Venerables Hermanos, al bienestar y al incremento de la Iglesia. Pero a fin de que las solicitudes emprendidas para ello consigan felicísimo suceso, se necesitan una suma concordia y consenso de ánimos, y mandar lejos toda suerte de disensos, los cuales rompen el vínculo de la caridad: disensos que el sagacísimo enemigo del género humano suele fomentar como aquellas cosas que resultan oportunísimas a su intento de dañar. Necesita recordarse que aquellos antiguos defensores de la Fe Católica triunfaron de las más pertinaces herejías precisamente porque, estrechamente unidos entre sí y con la Sede Apostólica, cuales soldados con su capitán, descendieron con ánimo firme y valeroso al combate.
  
Estas son, Venerables Hermanos, las cosas que Nos, premurosos de satisfacer al Ministerio Apostólico impuesto por la clemencia y por la bondad divina a Nuestra debilidad, hemos juzgado significaros. Nos conforta en primer lugar y regocija la esperanza del celestial socorro; en medio de tantas dificultades, Nos prometemos una grande ayuda para vuestro bien conocido celo de la religión y de la piedad. Dios asistirá a su Iglesia, escuchará nuestros votos comunes, y los escuchará sobre todo cuando por nosotros interceda la Santísima Virgem Madre de Dios Santa María, cuya exención de la mancha de la culpa original, con grande júbilo Nuestro, estando Vosotros presentes y plaudentes, Nos con el auxilio del Divino Espíritu, habíamos definido. Singular privilegio en verdad y convenientísimo a la Madre de Dios, de ser preservada salva e inmune en la universal catástrofe de nuestra muerte. La grandeza de este privilegio valdrá muchísimo también para confutar a aquellos, los cuales niegan que la naturaleza humana está tan corrompida por la primera culpa, y amplifican las fuerzas de la razón a fin de negar o de disminuir el beneficio de la revelación. En fin, la Virgen Beatísima, la cual confunde y destruye a todas las herejías, actúe en modo que se arranque de raíz y se destruya también este perniciosísimo error del racionalismo, el cual en estos tiempos infelicísimos tanto aflige y atormenta no solo a la sociedad civil, sino también a la Iglesia.
  
Permaneced ahora, Venerables Hermanos, que así como con gran júbilo de Nuestro ánimo Nostro os habíamos visto recorrer con suma prontitud de regiones también lejanas a esta Sede Apostolica, propugnáculo de la fe, maestra de verdad y centro firmísimo de la unidad Católica, con altrettanto ardor de caridad, antes de que Vosotros regreséis a vuestras sedes, Os auguramos toda felicidad y salud. Que Dios, Autor y Árbitro soberano de todas las cosas y de todos los bienes, os conceda el Espíritu de sabiduría y de entendimiento, a fin de que podáis preservar vuestras ovejas de las insidias ocultas, las cuales lo asedian por todas partes, y benigo y propicio confirme con su brazo omnipotente cuanto hayáis emprendido, o estéis por emprender en beneficio de vuestras Iglesias; y a los fieles confiados a vuestro cuidado inspire tales sentimientos que nunca se plieguen a alejarse del lado de su pastor, sino que en cambio escuchen siempre su voz, y acudan a dondequiera que él los llame. Asístaos la Virgen Santísima, Inmaculada desde su origen; Ella os sea fiel consejera en las dudas, alivio en las angustias, y socorro en las adversidades.

Finalmente, elevando Nuestras manos al Cielo, os bendecimos y a vuestra grey con el íntimo afecto del corazón. El don de esta Apostólica Bendición sea siempre una segurísima prenda de Nuestro amor por vosotros, y como el augurio certísimo de aquella beatísima y eterna vida, que para Vosotros y para vuestra grey deseamos y rogamos al Pastor Supremo de las almas, Jesucristo, que con el Padre y con el Espíritu Santo sean honor y alabanza y gracia por toda la eternidad.
  
PAPA PÍO IX
9 de Diciembre de 1854

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