Con ocasión de la fiesta de las Sagradas Reliquias de los Santos, traemos la traducción del tratado Contra Vigilancio, de San Jerónimo.
Vigilancio era un sacerdote que, en medio de la controversia entre San Jerónimo con el obispo San Juan II de Jerusalén y Rufino de Aquileya (donde tomó el partido de estos acusando a San Jerónimo de origenista), criticó el culto a las reliquias de los santos, el uso de cirios en la liturgia, la celebración de vigilias antes de las fiestas, y el celibato clerical y monástico so pretexto de los abusos que se presentaban en su tiempo (por lo que, como señala el historiador protestante Philipp Schaff, se anticipó, junto con Joviniano, Aerio de Sebaste y Helvidio, a Lutero y otros herejes protestantes).
A pedido de Ripario, que le informó por medio de Sisinio que Vigilancio estaba difundiendo esos errores en la Galia bajo el apoyo del obispo Exuperio de Tolosa, San Jerónimo redacta en una sola noche este escrito, quizá el más cáustico de todos (recuérdese que él era de carácter colérico), en defensa del culto a las reliquias y la vida monástica, que fue. Aún así, los abusos en estas cuestiones, no menos que los errores de Vigilancio, permanecieron incluso hasta el siglo XVI, cuando fueron finalmente abordados y combatidos por el Concilio de Trento.
EUSEBIO JERÓNIMO, PRESBÍTERO DE ESTRIDÓN, CONTRA VIGILANCIO
1. El mundo ha dado a luz a muchos monstruos. Leemos sobre centauros y sirenas, búhos y onocrotalos en Isaías (caps. XIII y XXXV). Job describe a Leviatán y Behemot en lenguaje místico (caps. III y XL). Las fábulas de los poetas narran sobre Cerbero y las aves estinfálidas, el jabalí de Erimanto, el león de Nemea, la quimera y la hidra de muchas cabezas. Virgilio describe a Caco (Eneida, libro VIII). España produjo al triforme Gerión. Solo Galia no tuvo monstruos, sino que siempre abundó en hombres valientes y elocuentes. Surgió de repente Vigilancio, o más bien Dormitancio, que con espíritu impuro lucha contra el espíritu de Cristo, y niega que se deban venerar las tumbas de los Mártires; dice que las vigilias deben ser condenadas: que el Aleluya solo debe cantarse en Pascua: que la continencia es herejía; que la castidad es semillero de lujuria. Y así como se dice que Euforbo renació en Pitágoras, así en este se levantó la mente perversa de Joviniano: para que tanto en aquél como en éste nos veamos obligados a responder a las insidias del diablo. A quien con justicia se le dice: «Descendencia de malhechores, preparad a vuestros hijos para la matanza a causa de los pecados de vuestro padre» (Isa. XIV, 21). Aquel, condenado por la autoridad de la Iglesia Romana, entre faisanes y carnes de cerdo, no tanto exhaló el espíritu como eructó. Este tabernero de Calahorra, y mudo Quintiliano por el nombre del pueblo [1], mezcla agua con vino: y de su antiguo oficio, intenta unir los venenos de su perfidia a la fe católica, atacar la virginidad, odiar la castidad, proclamar en el banquete de los seculares contra los ayunos de los santos: mientras filosofa entre copas, y lamiendo pasteles, se deleita con la modulación de los salmos: para que solo entre banquetes se digne escuchar los cánticos de David, Iditún, Asaf y los hijos de Coré. Estas cosas las he derramado más con ánimo doliente que risueño, mientras no puedo contenerme, y no puedo pasar con oído sordo la injuria a los apóstoles y mártires.
2. ¡Oh, qué atrocidad! Se dice que tiene obispos cómplices de su crimen: si es que deben llamarse obispos, que no ordenan diáconos, a menos que primero se hayan casado: no confiando en la castidad de ningún célibe, sino mostrando cuán santamente viven, quienes sospechan mal de todos: y a menos que vean a las esposas de los clérigos embarazadas, y a los infantes llorando en los brazos de sus madres, no otorgan los sacramentos de Cristo. ¿Qué harán las Iglesias de Oriente? ¿Qué harán Egipto y la Sede Apostólica, que reciben clérigos o vírgenes, o continentes: o si tienen esposas, dejan de ser maridos? Esto enseñó Dormitancio, permitiendo rienda suelta a la lujuria, y duplicando con sus exhortaciones el ardor natural de la carne, que en la juventud suele hervir; más bien extinguiéndolo con el coito de las mujeres: para que no haya nada que nos distinga de los cerdos, que nos diferencie de los animales brutos, que de los caballos, de los cuales está escrito: «Caballos enloquecidos en las hembras se han hecho para mí: cada uno relinchaba tras la mujer de su prójimo» (Jerem. V, 8). Esto es lo que el Espíritu Santo habla por David: «No os hagáis como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento» (Sal. XXXI, 9). Y de nuevo sobre Dormitancio y sus socios: «Con bozal y freno constriñe sus mandíbulas, que no se acercan a ti».
3. Pero ya es tiempo de que, poniendo sus propias palabras, intentemos responder a cada una. Pues puede suceder que de nuevo un intérprete maligno diga que he inventado el tema, al que respondo con una declamación retórica: como aquella que escribí a las Galias, de una madre y una hija discordantes entre sí. Los autores de esta pequeña disertación mía son los santos presbíteros Ripario y Desiderio, que escriben que sus parroquias están manchadas por la vecindad de éste y enviaron, a través del hermano Sisinio, los libros que entre la borrachera vomitó. Y afirman que se han encontrado algunos que, favoreciendo sus vicios, consienten en sus blasfemias. Dormitancio es ciertamente ignorante, tanto en palabras como en ciencia, y de discurso desordenado; ni siquiera puede defender la verdad: pero por los hombres del mundo y las mujercillas cargadas de pecados, siempre aprendiendo y nunca llegando al conocimiento de la verdad, responderé con una pequeña vigilia a sus tonterías, para no parecer que he rechazado las cartas de los santos varones que me rogaron que hiciera esto.
4. Sin duda responde a su linaje, como quien nació de la estirpe de ladrones y convenos (a quienes Cneo Pompeyo, después de someter Hispania, y apresurándose a regresar para el triunfo, bajó de las cumbres de los Pirineos, y los congregó en una sola ciudad: de donde la ciudad de los Convenos tomó su nombre) hasta ahora se dedica al latrocinio contra la Iglesia de Dios, y descendiendo de los vectones, arrebacos y celtíberos, ataca las iglesias [=diócesis] de las Galias, y no lleva el estandarte de la cruz, sino el emblema del diablo. Pompeyo hizo lo mismo también en las partes de Oriente: para que, después de vencer a los piratas y ladrones de Cilicia e Isauria, fundara una ciudad de su nombre entre Cilicia e Isauria [2]. Pero esta ciudad hoy guarda las leyes de sus mayores, y no ha nacido en ella Dormitancio. Las Galias soportan a un enemigo nativo, y ven a un hombre de cabeza perturbada, que debería estar atado con las cadenas de Hipócrates, sentado en la Iglesia: y entre otras palabras de blasfemia, también diciendo estas: «¿Qué necesidad hay de honrar con tanto honor, por no decir adoración, a ese no sé qué, sea lo que sea, que en un pequeño vaso veneras al trasladarlo?» Y de nuevo en el mismo libro: «¿Por qué besáis y adoráis un poco de polvo, una vil ceniza envuelta en un trapo?». Y en lo siguiente: «Vemos casi un rito de los gentiles introducido bajo el pretexto de religión en las Iglesias: encender grandes cantidades de cirios mientras el sol aún brilla, y dondequiera que besan adorando un polvo no sé qué, envuelto en un lienzo precioso en un pequeño vaso. Gran honor rinden estos hombres a los bienaventurados mártires, que piensan que deben ser iluminados por vilísimos cirios; a quienes el Cordero, que está en medio del trono, ilumina con todo el resplandor de su majestad».
5. ¿Quién, ¡oh cabeza loca!, ha adorado alguna vez a los mártires? ¿Quién ha pensado que un hombre es Dios? ¿No es cierto que Pablo y Bernabé (Act. XIV) cuando los licaonios los tomaron por Júpiter y Mercurio, y quisieron ofrecerles sacrificios, rasgaron sus vestiduras y dijeron que eran hombres? No porque no fueran mejores que los hombres muertos Júpiter y Mercurio: sino porque bajo el error de la gentilidad, se les rendía un honor debido a Dios. Lo mismo leemos de Pedro, quien levantó con la mano a Cornelio que quería adorarlo, y le dijo: «Levántate: porque yo también soy hombre» (Ibid. X, 26). ¿Y te atreves a decir: «Eso no sé qué que veneras al trasladarlo en un pequeño vaso»? ¿Qué es «eso no sé qué» del que tú hablas?, deseo saber. Expónlo más claramente, para que puedas blasfemar con toda libertad: «un polvo no sé qué en un pequeño vaso envuelto en un lienzo precioso». Le duele que las reliquias de los mártires estén cubiertas con un velo precioso: y no envueltas en trapos, o cilicio, o arrojadas al estercolero; para que solo Vigilancio, borracho y dormido, sea adorado. ¿Somos entonces sacrílegos cuando entramos en las basílicas de los Apóstoles? ¿Fue sacrílego el emperador Constancio I, que trasladó las santas reliquias de Andrés, Lucas y Timoteo a Constantinopla, ante las cuales los demonios rugen, y los demonios habitantes de Vigilancio confiesan sentir su presencia? ¿Debe llamarse sacrílego también al actual Augusto Arcadio, que trasladó los huesos del bienaventurado Samuel mucho tiempo después de Judea a Tracia? ¿Deben ser juzgados todos los obispos no solo sacrílegos, sino también insensatos, que llevaron una cosa vilísima, polvo y cenizas disueltas, en seda y en un vaso de oro? ¿Insensatos todos los pueblos de las Iglesias, que acudieron a las santas reliquias: y las recibieron con tanta alegría, como si vieran al profeta presente y vivo: de modo que desde Palestina hasta Calcedonia se unieran multitudes de pueblos: y resonaran con una sola voz en alabanzas a Cristo? Evidentemente adoraban a Samuel, y no a Cristo, de quien Samuel fue levita y profeta. Crees que está muerto, y por eso blasfemas. Lee el Evangelio: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob: no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mat. XXII, 23). Si viven, no están encerrados en una cárcel honorable como dices tú.
6. Dices que las almas de los apóstoles y mártires se han sentado ya sea en el seno de Abrahán, o en un lugar de refrigerio, o debajo del altar de Dios, y que no pueden estar presentes donde quieran. Son de dignidad senatorial, y no están encerrados en la más horrible cárcel entre homicidas, sino en una custodia libre y honesta en las Islas Afortunadas y en los Campos Elíseos [3]. ¿Tú pondrás leyes a Dios? ¿Tú impondrás cadenas a los apóstoles; para que hasta el día del juicio sean retenidos en custodia, y no estén con su Señor, de quienes está escrito: «Siguen al Cordero dondequiera que va» (Apoc. XIV, 4). Si el Cordero está en todas partes, por lo tanto, también aquellos que están con el Cordero deben ser creídos estar en todas partes. Y cuando el diablo y los demonios vagan por todo el mundo, y están presentes en todas partes con gran celeridad, ¿los mártires después de la efusión de su sangre estarán encerrados en un arca y no podrán salir de allí? Dices en tu libelo que «Mientras vivimos podemos orar unos por otros, pero después de nuestra muerte no son oídas las oraciones que se hacen por otro: los mismos mártires piden sin conseguirlo que Jesucristo vengue su sangre (Apoc. VI, 9)». Si los apóstoles y mártires aún en el cuerpo pueden orar por los demás, cuando deben estar aún preocupados por sí mismos: ¿cuánto más después de las coronas, victorias y triunfos? Un solo hombre, Moisés, obtiene el perdón de Dios para seiscientos mil hombres armados (Éx. XXXII, ) y Esteban, imitador de su Señor, y protomártir en Cristo, intercede por el perdón de los perseguidores (Act. VII, 59-60), y después de que comiencen a estar con Cristo, ¿valdrán menos? El apóstol Pablo dice que se le concedieron doscientas setenta y seis almas en el barco (Act. XXVII, 31), y después de que comience a estar con Cristo, ¿cerrará entonces su boca: y no podrá decir una sola palabra por aquellos que en todo el mundo creyeron en su Evangelio? ¿Será mejor Vigilancio, un perro vivo, que aquel león muerto (Ecles. IX)? Propondría esto correctamente de Eclesiastés, si confesara que Pablo está muerto en espíritu. Finalmente, los santos no son llamados muertos, sino durmientes. De donde también Lázaro, que iba a resucitar, se dice que durmió (Jn. XI, 11). Y el Apóstol prohíbe a los Tesalonicenses (1.ª Tes. IV, 13) entristecerse por los que duermen. Tú, vigilante, duermes, y durmiendo escribes: y me propones un libro apócrifo, que bajo el nombre de Esdras es leído por ti y por los tuyos: donde está escrito que después de la muerte nadie se atreva a interceder por otros: libro que yo nunca he leído. ¿Qué necesidad hay de tomar en manos lo que la Iglesia no recibe? A menos que tal vez me presentes Balsamo y Barbelo, y el Tesoro de Maniqueo, y el ridículo nombre de Leusibora [4]; y porque habitas a los pies de los Pirineos, y eres vecino de Iberia, sigues los increíbles portentos de Basílides, el más antiguo hereje y de ciencia ignorante, y propones lo que es condenado por la autoridad de todo el mundo. Pues en tu pequeño comentario, como si hicieras un favor a ti mismo, tomas testimonio de Salomón, que Salomón no escribió en absoluto: para que tengas otro Esdras, tengas también otro Salomón: y si te place, lee las revelaciones ficticias de todos los patriarcas y profetas: y cuando las hayas aprendido, cántalas entre los telares de las mujeres, o más bien propónlas para ser leídas en tus tabernas: para que más fácilmente provoques al vulgo indocto a beber con estas tonterías.
7. No encendemos cirios a plena luz, como calumnias en vano: sino para mitigar las tinieblas de la noche con este consuelo; y vigilemos a la luz, para no dormir en las tinieblas contigo. Pero si algunos por ignorancia, y simplicidad de hombres seculares, o ciertamente de mujeres religiosas, de quienes verdaderamente podemos decir: «Confieso que tienen celo de Dios, pero no según ciencia» (Rom. X, 2), hacen esto en honor de los Mártires, ¿qué pierdes con eso? Los apóstoles se quejaron una vez de que se desperdiciaba el perfume de nardo, pero fueron corregidos por la voz del Señor (Mt. XXVI, ; Mc. XIV,). Pues Cristo no necesitaba el perfume, ni los mártires la luz de los cirios: y sin embargo, aquella mujer lo hizo en honor de Cristo, y su devoción fue aceptada. Y cualquiera que enciende cirios, según su fe tiene recompensa, dice el Apóstol: «Cada uno abunde en su propio sentido» (Rom. XIV, 5). ¿Llamas idólatras a tales hombres? No lo niego, todos nosotros que creemos en Cristo venimos del error de la idolatría. Pues no nacemos, sino que renacemos cristianos. Y porque en otro tiempo adoramos ídolos, ¿ahora no debemos adorar a Dios; para no parecer que lo veneramos con un honor similar al de los ídolos? Aquello se hacía a los ídolos, y por eso es detestable: esto se hace a los mártires, y por eso es aceptable. Pues incluso sin las reliquias de los mártires, en todas las Iglesias de Oriente, cuando se va a leer el Evangelio, se encienden luminarias, ya brillando el sol: no para ahuyentar las tinieblas: sino para mostrar un signo de alegría. De donde también aquellas vírgenes evangélicas siempre tienen encendidas sus lámparas (Mt. XXV, 1). Y se dice a los apóstoles: «Estén ceñidos vuestros lomos, y las lámparas encendidas en vuestras manos» (Luc. XII, 35). Y de Juan Bautista: «Él era lámpara ardiente y luminosa» (Jn. V, 35): para que bajo el símbolo de la luz corporal se muestre aquella luz de la que leemos en el Salterio: «Lámpara es a mis pies tu palabra, Señor, y luz para mis caminos (Sal. CXVIII, 105).
8. ¿Hace mal entonces Obispo de Roma, que sobre los venerables huesos, como llamamos nosotros (pero según tú, polvo vil), de los difuntos Pedro y Pablo, ofrece sacrificios al Señor, y considera sus tumbas como altares de Cristo? ¿Y no solo los obispos de una ciudad, sino de todo el mundo están errados, que despreciando al tabernero Vigilancio, entran en las basílicas de los muertos, en las que yace «un polvo vilísimo y ceniza, no sé qué, envuelta en un lienzo: que es impura mancha a los que se acercan». Y según tú, aquellos edificios «se asemejan a los sepulcros blanqueados de los fariseos, que por dentro no eran más que polvo y corrupción?». Y después de esto, vomitando desde el abismo de su pecho su inmundicia fangosa, ¿osa decir: «Entonces almas de los mártires todavía deben amar sus cenizas; probablemente giran alrededor de ellas, no sea que si viene algún pecador, no puedan oírle estando ausentes»? ¡Oh prodigio que debe ser llevado a las tierras más lejanas! Te burlas de las reliquias de los mártires, y con el autor de esta herejía, Eunomio, construyes una calumnia contra las Iglesias de Cristo: ¿y no te asusta tal sociedad, para que hables contra nosotros lo mismo que él habla contra la Iglesia? Porque todos sus seguidores no entran en las basílicas de los apóstoles y mártires, para que no adoren al muerto Eunomio, cuyos libros consideran de mayor autoridad que los Evangelios; y creen que en él está la luz de la verdad: así como otras herejías afirman que el Paráclito vino en Montano, y dicen que el mismo Maniqueo es el Paráclito. Tertuliano, un hombre muy erudito, escribe un volumen notable contra tu herejía, que surgió hace tiempo contra la Iglesia (para que no te gloríes en esto como inventor de un nuevo crimen), al que llama Scorpiaco con el nombre más correcto: porque con una herida arqueada difunde veneno en el cuerpo de la Iglesia, que antes se llamaba la herejía de Caín: y habiendo dormido o estado sepultada por mucho tiempo, ahora ha sido resucitada por Dormitancio. Me sorprende que no digas que no debe haber martirios, pues Dios, que no busca la sangre de cabras y toros, mucho menos busca la de los hombres. Lo cual, aunque lo digas; incluso si no lo dices, se te considera como si lo hubieras dicho. Porque quien afirma que las reliquias de los mártires deben ser pisoteadas, prohíbe que se derrame sangre, que no es digna de ningún honor.
9. Sobre las vigilias y pernoctaciones en las basílicas de los mártires que se celebran a menudo, respondí brevemente en otra carta que escribí hace casi dos años al santo presbítero Ripario. Si por eso las consideras rechazables, para que no parezca que celebramos la Pascua con frecuencia, y no ejercemos vigilias solemnes después de un año: entonces tampoco deben ofrecerse sacrificios a Cristo en el día del Señor, para que no celebremos con frecuencia la Pascua de la resurrección del Señor: y comencemos a tener no una Pascua, sino muchas. Sin embargo, el error y la culpa de los jóvenes y mujeres inmorales, que a menudo se descubre durante la noche, no debe imputarse a las personas religiosas: porque también en las vigilias de Pascua se demuestra que ocurre algo así con frecuencia, y sin embargo la culpa de unos pocos no prejuzga la religión; quienes incluso sin vigilias pueden errar ya sea en sus propias casas o en las ajenas. La traición de Judas no destruyó la fe de los apóstoles. Y por lo tanto, nuestras vigilias no serán destruidas por las malas vigilias de otros: más bien, aquellos que duermen en la lujuria se verán obligados a vigilar por la castidad. Porque lo que una vez fue bueno no puede ser malo si se hace con frecuencia: o si alguna culpa debe evitarse, no es porque se haga a menudo, sino porque a veces es culpable. No vigilemos, por lo tanto, en los días de Pascua, para que no se cumplan los deseos largamente esperados de los adúlteros; para que la esposa no encuentre ocasión de pecar, para que no pueda ser encerrada con la llave marital [5]. Se desea más ardientemente lo que es más raro.
10. No puedo recorrer todo lo que las cartas de los santos presbíteros comprenden, de sus libelos presentaré algunos. Argumenta contra las señales y virtudes que se realizan en las basílicas de los mártires, y dice que benefician a los incrédulos, no a los creyentes, como si ahora se buscara a quién benefician, y no con qué poder se realizan. Supongamos que las señales son para los infieles, que como no quisieron creer en la palabra y la doctrina, son llevados a la fe por las señales, y el Señor hacía señales para los incrédulos, y sin embargo no por eso deben ser denigradas las señales del Señor, porque ellos eran infieles, sino que eran de mayor admiración, porque fueron de tal poder que incluso las mentes más duras fueron domadas y llevadas a la fe. Por lo tanto, no quiero que me digas que las señales son de los infieles; sino que me respondas cómo en el polvo más vil, y en la ceniza, no sé qué, hay tanta presencia de señales y virtudes. Siento y veo, ¡el más infeliz de los mortales!, lo que te duele, lo que temes. Este espíritu inmundo que te hace escribir esto, a menudo ha sido torturado por este polvo vilísimo, es más, hoy también es torturado, y el que en ti disimula las heridas, en los demás las confiesa. A menos que tal vez, a la manera de los gentiles e impíos Porfirio y Eunomio, finjas que estas son ilusiones de demonios, y no que los demonios claman verdaderamente; sino que simulan sus tormentos. Te doy un consejo: entra en las basílicas de los mártires, y alguna vez serás purgado; encontrarás allí muchos de tus compañeros, y no serás quemado por las velas de los mártires, que te desagradan, sino por llamas invisibles, y entonces confesarás lo que ahora niegas, y proclamarás libremente tu nombre, que hablas en Vigilancio, que eres o Mercurio por la codicia de dinero, o Nocturno, según el Anfitrión de Plauto, donde, mientras dormía, Júpiter se unió en adulterio con Alcmena durante dos noches, para que naciera Hércules de gran fortaleza; o ciertamente el padre Liber (Baco) por la embriaguez y la copa colgando de los hombros, y siempre con la cara ruborizada, y los labios espumosos, y con insultos desenfrenados.
11. De donde también en esta provincia, cuando un repentino terremoto, en medio de la noche, despertó a todos del sueño; ¡tú, el más prudente y sabio de los mortales!, orabas desnudo, y nos recordabas a Adán y Eva del paraíso: y ellos, con los ojos abiertos, se avergonzaron al ver que estaban desnudos, y cubrieron sus partes vergonzosas con hojas de árboles: tú, desnudo de túnica y de fe, y aterrorizado por un miedo repentino, y teniendo algo de embriaguez nocturna, mostrabas la parte obscena de tu cuerpo a los ojos de los santos, para indicar tu prudencia. Tales adversarios tiene la Iglesia: estos líderes luchan contra la sangre de los mártires: tales oradores truenan contra los apóstoles, más bien, perros tan rabiosos ladran contra los discípulos de Cristo.
12. Confieso mi temor, no sea que descienda de la superstición. Cuando estoy enojado y he pensado algo malo en mi mente, y un fantasma nocturno me ha engañado, no me atrevo a entrar en las basílicas de los mártires: así todo mi cuerpo y mi alma tiemblan. Tal vez te rías, y te burles de los delirios de las mujeres. No me avergüenzo de su fe, que fueron las primeras en ver al Señor resucitado, que son enviadas a los apóstoles, que en la madre de nuestro Señor y Salvador, son encomendadas a los santos apóstoles. Tú eructa con los hombres del mundo, yo ayunaré con las mujeres, más bien con los hombres religiosos, que muestran la castidad en su rostro, y llevando rostros pálidos por la continua continencia, muestran la modestia de Cristo.
13. Me parece que te duele también otra cosa, no sea que si la continencia y la sobriedad y el ayuno se arraigan entre los galos, tus tabernas no tengan ganancias, y no puedas ejercer las vigilias del diablo y los banquetes embriagadores, toda la noche. Además, me ha sido relatado en las mismas cartas, que contra la autoridad del apóstol Pablo, más bien de Pedro, Juan y Santiago, que dieron la mano derecha a Pablo y Bernabé en comunión, y les ordenaron que recordaran a los pobres, tú prohíbes que se envíen a Jerusalén algunos auxilios de gastos para los santos. Evidentemente, si respondo a esto, inmediatamente ladrarás que estoy defendiendo mi causa, que has donado a todos con tanta generosidad, que si no hubieras venido a Jerusalén, y no hubieras derramado tu dinero o el de tus patrones, todos habríamos perecido de hambre. Yo hablo de lo que el bienaventurado apóstol Pablo habla en casi todas sus cartas, y ordena a las Iglesias de los gentiles que en el primer día de la semana, es decir, el día del Señor, todos deben contribuir, lo cual se envía a Jerusalén para el alivio de los santos, y ya sea por sus discípulos, o por quienes ellos aprueben: y si es digno, él mismo o envía, o lleva lo que se ha recolectado. En los Hechos de los Apóstoles, hablando a Félix el gobernador, dice: «Después de muchos años, vine a Jerusalén para hacer limosnas a mi pueblo, y ofrendas y votos en los que me encontraron purificado en el templo (Act. XXIV, 17-18). ¿Acaso en otra parte del mundo, y en las Iglesias que nacían y eran instruidas por su fe, no podía distribuir lo que había recibido de otros? Pero deseaba dar a los pobres de los lugares santos, que dejando sus bienes por Cristo, se habían convertido con toda su mente al servicio del Señor. Sería largo ahora si quisiera revisar todos los testimonios de sus cartas, en las que se esfuerza y se apresura con toda su mente, para que se envíen dinero a Jerusalén y a los lugares santos para los creyentes: no para la avaricia, sino para el alivio, no para acumular riquezas, sino para sostener la debilidad del cuerpo, y evitar el frío y el hambre. Esta costumbre persevera hasta hoy en Judea, no solo entre nosotros, sino también entre los hebreos, para que quienes meditan en la ley del Señor día y noche, y no tienen padre en la tierra, sino solo a Dios, sean sostenidos por los ministerios de las sinagogas y de todo el mundo (Salmo I, Deuteronomio XVIII); con igualdad, no para que haya alivio para unos y tribulación para otros: sino para que la abundancia de unos sostenga la necesidad de otros (2.ª Cor. VIII, 14).
14. Responderás que cada uno puede hacer esto en su propia patria: y que no faltarán pobres que deban ser sostenidos por los recursos de la Iglesia. No negamos que a todos los pobres, incluso a los judíos y samaritanos, si hay tanta generosidad, se les deben dar limosnas. Pero el Apóstol enseña que se debe hacer limosna a todos, pero especialmente a los domésticos de la fe (Gál. VI, 10). De los cuales también el Salvador hablaba en el Evangelio: «Haced amigos con las riquezas de iniquidad, para que os reciban en las moradas eternas» (Luc. XVI, 9). ¿Acaso estos pobres, entre cuyos harapos y suciedad del cuerpo domina la lujuria ardiente, pueden tener moradas eternas, siendo que no poseen ni las presentes, ni las futuras? Porque no simplemente los pobres, sino los pobres de espíritu son llamados bienaventurados, de los cuales está escrito: «Bienaventurado el que entiende sobre el necesitado y el pobre: en el día malo el Señor lo librará» (Salmo XL, 1). En el sustento de los pobres del vulgo no se necesita entendimiento, sino limosna. En los santos pobres hay bienaventuranza de entendimiento, para que dé a quien se avergüenza de recibir y cuando ha recibido, se duele cosechando lo carnal, y sembrando lo espiritual. Pero lo que afirma que hacen mejor aquellos que usan sus bienes, y poco a poco dividen los frutos de sus posesiones entre los pobres, que aquellos que vendiendo sus posesiones, una vez lo dan todo, no se le responderá a él [o a ellos], sino al
Señor: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres: y ven y sígueme» (Mt. XIX, 20). Habla a aquel que quiere ser perfecto, que con los apóstoles deja al padre, la barca y correctamente. Este que tú alabas, es el segundo o tercer grado, que también nosotros recibimos, siempre que sepamos que lo primero debe ser preferido a lo segundo y tercero.
15. Ni deben ser disuadidos de su propósito los monjes por ti con lengua viperina y mordedura muy cruel, de los cuales argumentas, y dices: «Si todos se encierran, y están en soledad, ¿quién celebrará las Iglesias? ¿Quién ganará a los hombres del mundo? ¿Quién podrá exhortar a los pecadores a las virtudes?». De este modo, si todos fueran insensatos contigo, ¿quién podría ser sabio? Y la virginidad no será aprobada. Porque si todos fueran vírgenes, no habría matrimonios: la raza humana perecería: los niños no llorarían en las cunas; las parteras mendigarían sin salarios: y Dormitancio, suelto y encogido por el frío más grave, vigilaría en su lecho. La virtud es rara y no es apetecida por muchos. Y ojalá todos fueran lo que pocos son, de los cuales se dice: «Muchos son llamados, pocos elegidos (Mat. XX, 16 y XXII, 14), las cárceles estarían vacías. Pero el monje no tiene el oficio de doctor, sino de llorar: que llore por sí mismo, o por el mundo, y espere con temor la venida del Señor: que sabiendo su debilidad, y el frágil vaso que lleva, teme tropezar, no sea que tropiece, y caiga y se rompa. Por eso evita la mirada de las mujeres, especialmente de las jóvenes, y es tan castigador de sí mismo, que incluso teme lo que es seguro.
16. Dirás: «¿Por qué vas al desierto?». Evidentemente para no escucharte, no verte: para no ser movido por tu furia; para no sufrir tus guerras: para que no me atrape el ojo de la prostituta; para que la forma más hermosa no me lleve a abrazos ilícitos. Responderás: «Esto no es luchar, sino huir. Permanece en la batalla, resiste armado a los adversarios: para que después de vencer, seas coronado». Confieso mi debilidad. No quiero luchar con la esperanza de la victoria, no sea que pierda alguna vez la victoria. Si huyo, he evitado la espada: si permanezco, o debo vencer, o caer. ¿Qué necesidad hay de dejar lo cierto, y buscar lo incierto? O con el escudo, o con los pies, la muerte debe ser evitada. Tú que luchas, puedes ser vencido, y vencer. Yo cuando huya, no venzo en lo que huyo: sino que huyo para no ser vencido. No hay seguridad en dormir cerca de una serpiente. Puede ser que no me muerda, sin embargo, puede ser que alguna vez me muerda. Llamamos madres a hermanas e hijas, y no nos avergonzamos de nuestros vicios al usar nombres de piedad. ¿Qué hace un monje en las celdas de las mujeres? ¿Qué significan las conversaciones solas y privadas, y los ojos que huyen de los testigos? El amor santo no tiene impaciencia. Lo que hemos dicho de la lujuria, lo referimos a la avaricia, y a todos los vicios que se evitan en la soledad. Y por eso evitamos las multitudes de las ciudades, para no ser obligados a hacer lo que no nos obliga tanto la naturaleza a hacer, como la voluntad.
17. Esto, como dije, a petición de los santos presbíteros, lo dicté en una noche de vigilia, con el hermano Sisinio apresurándose mucho, y preparándose para ir a Egipto por el alivio de los Santos: de lo contrario, el mismo tema tenía una blasfemia abierta, que exigía más la indignación del escritor, que la multitud de testimonios. Pero si Dormitancio vigila nuevamente en mis maldiciones, y con la misma boca blasfema, con la que lacera a los apóstoles y mártires, piensa también que debe difamarme, no le responderé con una breve lucubración, sino que vigilaré toda la noche, y a sus compañeros, más bien a sus discípulos o maestros, que si no ven los vientres hinchados de las mujeres, consideran a sus maridos indignos del ministerio de Cristo.
NOTAS
[1] San Jerónimo equipara por su retórica a Vigilancio, con el pedagogo hispano Marco Fabio Quintiliano. Pero a diferencia de este (oriundo de Calahorra de España), Vigilancio nació en Calahorra (actual San Martirio), un asentamiento en medio del camino romano de Tolosa a Lugduno de los Convenos (actual San Bertrán de Cominges) en la Galia, como el mismo San Jerónimo señalará posteriormente en su escrito.
[2] Luego de derrotar a los piratas, Pompeyo refundó la ciudad cilicia de Solos llamándola Pompeyópolis al igual que sus fundaciones en Paflagonia (actual Tasköprü), Ponto (antigua Ámisos, actualmente Samsun), España (Pamplona), y Crimea (actual Eupatoria).
[3] En la mitología griega, las Islas Afortunadas o Islas de los Bienaventurados (en griego Μακάρων Νῆσοι, Makáron nisoi), de las cuales los Campos Elíseos fueron una evolución, era la morada eterna de las almas de los justos y virtuosos, y de los soldados muertos en combate, en contraposición al Tártaro. Su ubicación estaba junto a las costas de África, en la región de Macaronesia (los archipiélagos portugueses de Azores, Madeira e Islas Salvajes, las Islas Canarias y la República de Cabo Verde).
[4] Balsamo (derivado de Baal shamim –en arameo imperial ܒܳܥܶܠ ܫܡܰܝܳܢܳܐ, en fenicio 𐤁𐤏𐤋 𐤔𐤌𐤌, y en hebreo בַּעַל שָׁמַיִם–, “Señor de los cielos”, deidad suprema de los sirofenicios), Barbelo (en griego Βαρβηλώ) y Leusíbora son entidades que entre los gnósticos eran tenidos como eones (emanación de la divinidad). San Jerónimo los menciona también en su Epístola 75 (a Lucinio), cap. III, y en su comentario sobre Isaías LXVI, 4 y Amós III, 9, asociándolos a la “herejía hispana” de Prisciliano.
[5] Alude a la potestad que tenía el marido de mandar a prisión a su esposa adúltera.
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