Carta del padre Nöel Barbara, publicada en la revista Fortes in Fide, n. 12 (Primer trimestre de 1993).
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CARTA ABIERTA AL PADRE FRANZ SCHMIDBERGER, SUPERIOR GENERAL, A SUS EXCELENCIAS BERNARD TISSIER DE MALLERAIS, RICHARD WILLIAMSON, ALFONSO DE GALARRETA, BERNARD FELLAY, LICINIO RANGEL Y A TODOS LOS MIEMBROS DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X
Vuestra Sociedad, conocida como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y vuestros seguidores suponen un grave problema para la conciencia católica.
Deseaba organizar una conferencia para que pudiéramos debatir estos temas en privado, en lugar de hacerlo en público. Si bien no creía que resolveríamos todos los problemas, sostenía y sigo sosteniendo que los sacerdotes católicos de buena voluntad deberían ser capaces de llegar a algún tipo de acuerdo, al menos respecto a las razones que justifican nuestra resistencia a los papas del Concilio Vaticano II. Mi convicción se basa en el sólido fundamento de la fe. Una Iglesia que no ofrece una respuesta clara y certera a un asunto del que depende la salvación eterna de sus hijos no puede ser la Iglesia de Cristo.
¿Quiénes participarían en dicha reunión? Por parte de la Fraternidad San Pío X, aquellos que designaran los superiores; por mi parte, ya había indicado a dos o tres asociados que me acompañarían.
Desde principios de 1988, no he dejado de presionar a sus superiores para que fijen una hora por escrito o por teléfono.
En el momento de las consagraciones episcopales, corría el rumor de que monseñor Lefebvre dudaba en seguir adelante. Por lo tanto, escribí al padre Lorans y le pedí que concertara una reunión conmigo para el arzobispo, con el fin de explicarle las razones que justificaban las consagraciones. Desconozco si su colega organizó dicha reunión, pues ni siquiera se molestó en acusar recibo de mi carta.
El 27 de junio de 1988, siguiendo el consejo del padre Aulagnier, con quien había contactado telefónicamente, escribí directamente a monseñor Lefebvre por fax. Lo animé a proceder con las consagraciones después de que declarara públicamente que se había separado del “anticristo” Juan Pablo II.
Como bien sabéis, el Arzobispo no tomó en cuenta mi sugerencia y tampoco acusó recibo de mi carta.[2]
Posteriormente supe que no era el único que presionaba al Arzobispo para que rompiera con Juan Pablo II. Mons. Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos (Brasil), compartía esta postura y expresó abiertamente su opinión a su fundador. Pero el Arzobispo se negó a escuchar razones. Esto, sin embargo, no impidió que el prelado brasileño declarara en voz alta, mientras caminaba entre la multitud de fieles el día de las consagraciones: «¡No tenemos papa! ¡No tenemos papa!». Esto me lo confirmaron dos personas de confianza.
La primera confirmación me llegó en Steffeshausen (Bélgica). Durante una conferencia que impartía sobre la crisis en la Iglesia en casa del padre Paul Schoonbroodt, uno de los asistentes, sorprendido al oírme declarar que, al carecer de autoridad, Juan Pablo II no podía ser un verdadero papa, se puso de pie y dijo: «Seguro que sabe, reverendo padre, que monseñor Lefebvre ha dicho exactamente lo contrario». El padre Paul Schoonbroodt no me dio oportunidad de responder. Poniéndose de pie, declaró: «El reverendo padre solo está diciendo en voz alta lo que monseñor Lefebvre piensa pero no dice». Añadió: «El día de las consagraciones, después de la ceremonia, fui a ver a monseñor Lefebvre. “Su Excelencia”, le dije, “en mi nombre y en nombre de los fieles de habla alemana que me han acompañado a estas consagraciones, he venido a expresarle nuestra sorpresa y nuestra decepción. Esperábamos una declaración franca y abierta de su ruptura con Juan Pablo II. Su compañero, el obispo Antonio de Castro Mayer, no dudó en decir a quien quisiera escuchar: ¡No tenemos papa!”. “Sí, en efecto”, respondió el arzobispo, “algunos sacerdotes de Campos me pidieron que lo hiciera. Pero tal declaración alejaría a demasiados fieles de nosotros”».
La segunda confirmación también provino de Bélgica. Un joven me envió una declaración firmada. Aquí está: «Con motivo de una conferencia impartida en Bruselas por Mons. Lefebvre, tuve la oportunidad de encontrarme con un sacerdote que me conocía y que compartió conmigo el contenido de una conversación que había mantenido con el Arzobispo. El sacerdote le había dicho a Mons. Lefebvre: “Conozco a un joven que piensa que Juan Pablo II no es un verdadero papa”. El Arzobispo respondió: “Creo que este joven tiene razón, pero no puedo decirlo porque causaría daño en mis prioratos y seminarios”».
Tras las consagraciones y la deserción de quienes se separaron para fundar la Fraternidad de San Pedro, el ambiente de la Compañía pareció cambiar. Aproveché esta situación para insistir en la celebración de una reunión para debatir cuestiones doctrinales. En un momento dado, creí que tal proyecto podría concretarse, pues el padre Aulagnier me escribió expresando su conformidad con la idea.
Hice todo lo posible por reunirme con su Superior General. Le envié una carta personal solicitando una reunión e insistí en que el Padre Aulagnier apoyara mi petición. Al principio, el Padre Schmidberger aceptó, pero, como tenía que ausentarse varias semanas, me pidió que esperara su regreso. Dos meses después, al no recibir más noticias, le escribí de nuevo para recordarle su promesa. El 23 de diciembre me envió una nota que decía: «No deseo entablar las conversaciones que usted solicita».
Sin desanimarme, seguí manteniendo contacto con aquellos en la Sociedad con quienes podía hacerlo discretamente.[3]
Continuando con mis esfuerzos por convocar una conferencia doctrinal, publiqué un estudio original[4] a principios de 1991, en el que explicité el problema que los papas del Concilio Vaticano II planteaban a la conciencia católica. Además, especifiqué la respuesta que exigía la fe y enumeré las diversas posibilidades que los teólogos podían proponer para explicar la anomalía conciliar. Creí que esta distinción podría fomentar la unidad entre todos aquellos que se oponen a los papas del Vaticano II. En efecto, por un lado, reduce la cuestión de la vacante de la Santa Sede al ámbito de la opinión personal y, por otro, deja claro que los papas del Vaticano II a quienes nos oponemos carecen de toda autoridad pontificia.
Envié un ejemplar de este número de «Forts dans la Foi» a todos los miembros de la Sociedad cuya dirección tenía (más de 100). Quince días después, les escribí a cada uno una carta más, destacando la importancia de este número. Para fomentar el diálogo, concluí mi carta con varias preguntas muy sencillas.[5] Ninguno de ellos tuvo la cortesía de responder.
A pesar de la descortesía de este silencio, volví a escribir el dos de agosto. No escribí a todos, sino solo a aquellos que, a mi parecer, poseían mayor integridad, competencia y espíritu sacerdotal. Entre ellos incluí a los cuatro obispos, junto con los padres Paul Aulagnier, Alain Lorans y Michel Simoulin. Únicamente el obispo Tissier de Mallerais tuvo la decencia de responder, con la siguiente precisión que recuerdo bien: «para no ser grosero con usted».
Como se imaginará, esta carta me produjo una gran satisfacción. Era posible entablar un diálogo. Lamentablemente, solo intercambiamos dos cartas. Sigo esperando respuesta a mi carta del 1 de octubre de 1991. Quizás el obispo teme ser demasiado directo y prefiere permanecer entre los demás “groseros”.
Así pues, tras tres años de esfuerzos infructuosos, debo afrontar la realidad. En toda su organización, incluyendo a su fundador y a su Superior General, no he podido encontrar un solo sacerdote con un corazón verdaderamente sacerdotal semejante al de nuestro divino Maestro. ¿Quién de ustedes ha estado dispuesto a involucrarse personalmente para aliviar, o siquiera comprender, el sufrimiento de nuestros fieles católicos? No he encontrado entre ustedes más que una arrogante indiferencia hacia todo aquello que no esté relacionado con la Sociedad de San Pío X.
He aquí un ejemplo de esta lamentable forma de comportarse. Uno de sus líderes, el obispo Tissier de Mallerais, tuvo la honestidad de decirme claramente en una carta enviada el 17 de agosto de 1991: «No cambiaremos nuestra postura. Son ustedes quienes deben aceptar la nuestra».
Al no ver ya la posibilidad de tratar estos asuntos con discreción, voy a hacer públicas declaraciones que no se escucharían en la intimidad de una reunión sacerdotal. De este modo, aliviaré mi conciencia y aclararé las cosas para mis lectores.
Comenzaré recordándoles la razón fundamental de todos nuestros desacuerdos: la persona que actualmente ocupa la Santa Sede.
A continuación, les diré lo que los fieles católicos tenían derecho a esperar del arzobispo Lefebvre y de su Sociedad. Veremos cómo el arzobispo eludió el testimonio que debía haber dado y cómo Écône continúa traicionando la resistencia católica. Para concluir, citaré las razones que me permiten albergar serias dudas sobre la salvación eterna de su fundador, razones que también comprometen seriamente la vuestra.
I - LA RAZÓN FUNDAMENTAL DE NUESTRO DESACUERDO
Vosotros os negáis a admitir que la negativa pública y obstinada a obedecer las órdenes del papa reinante constituye un problema de fe y, como tal, afecta nuestra salvación eterna.
I - LA RAZÓN FUNDAMENTAL DE NUESTRO DESACUERDO
Vosotros os negáis a admitir que la negativa pública y obstinada a obedecer las órdenes del papa reinante constituye un problema de fe y, como tal, afecta nuestra salvación eterna.
Presionados por la necesidad, continuáis actuando sin tener en cuenta que os habéis puesto en una situación moralmente inaceptable.
Si este asunto solo os afectara a vosotros, puesto que habéis rechazado obstinadamente todo intento de corrección fraterna, sería legítimo dejaros seguir vuestro propio camino.[6] Pero no es así. Pues hay otras almas a las que incitáis e involucráis en esta conducta anticatólica, y sobre todo está la resistencia católica a la que traicionáis al engañarla deliberadamente de manera muy grave. Y en todo esto, la responsabilidad de vuestro fundador es tan grande que, vista desde la perspectiva de la fe, es lícito plantear interrogantes sobre su salvación eterna.
Antes de abordar estos delicados asuntos, permitidnos recordaros una vez más que sois vosotros quienes me habéis obligado a plantear estas cuestiones en público debido a su persistente negativa a tratarlas discretamente en privado.
1) VUESTRO COMPORTAMIENTO NO ES MORAL
1) VUESTRO COMPORTAMIENTO NO ES MORAL
Consultad a cualquier autor católico que queráis. Siempre encontraréis, sobre todo cuando se trata de un asunto que atenta contra el bien ajeno, que es inmoral actuar sin tener la conciencia tranquila y segura de que se está actuando con justicia.
Habéis ignorado este principio fundamental de la ley natural. Y como un hábito se convierte en algo natural, esta forma de comportaros se ha vuelto tan habitual para vosotros que resulta obvio que no requiere más justificación que un principio fundamental.
No creáis que exagero. El 23 de diciembre de 1988, vuestro Superior General, el padre Franz Schmidberger, me escribió, probablemente sin ser consciente de la gravedad de su declaración: «Nuestra resistencia a la autoridad suprema no tiene otro motivo que la fe católica abandonada por esta autoridad, la cual debemos preservar a toda costa, sin necesidad alguna de juzgar la situación canónica con respecto al papado». (Mayúsculas del padre Bárbara)
Así pues, para vuestro Superior General y para vosotros, aunque esta autoridad suprema haya abandonado la fe católica, el Papa conserva su Autoridad, es decir, sigue siendo la regla próxima de fe, sin que tengáis necesidad alguna de juzgar su estatus canónico.
Para vosotros y vuestro Superior General, el hecho de que antes Pablo VI, y hoy Juan Pablo II, sea o no el papa es tan secundario e incidental, y de tan poca importancia, que os negáis a involucraros en el asunto. Es como si hubiérais decidido deliberadamente ignorarlo por considerarlo un asunto de interés menor que solo puede distraeros de lo esencial.
Lo esencial para vosotros es “preservar la fe católica a cualquier precio”.
Obviamente, no soy yo quien os reprochará vuestro deseo de «defender la fe católica». Pero no debéis hacerlo «a cualquier precio». Al menos no en el sentido que le dais a esta expresión: que es irrelevante si Juan Pablo II es o no papa canónicamente. De hecho, no se puede defender la fe transgrediéndola. Como dijo el apóstol Pablo: «Nefaciamus mala ut veniant bona, No hagamos el mal con la esperanza de lograr algún bien» (Rom. III, 8). ¡No! Incluso cuando uno pretende defender la fe, no puede hacer algo que «atraiga el desagrado de Dios» sobre quienes la defienden.
Si el papa reinante es el Vicario de Cristo, y para vosotros lo es, puesto que, a pesar de vuestros obispos, vuestros seminarios y vuestra universidad, afirman ser incapaces de demostrar lo contrario, no podéis resistiros a él como lo hacéis abiertamente sin ofender gravemente a Cristo (cf. Lucas 10, 16) y sin pecar mortalmente.
Y aún peor, vuestra sistemática negativa y oposición a cualquier estudio del problema permite dudar seriamente de vuestra buena fe.[7] Sabéis muy bien que, una vez planteado este problema, estáis obligados a resolverlo. Es comprensible que temáis hacerlo. Estáis tan seguros de que los papas del Concilio Vaticano II son verdaderos papas. Si lo son, están verdaderamente investidos con la Autoridad de Cristo. Con las falsas ideas que os han inculcado sobre la infalibilidad del magisterio, descubrir la verdadera doctrina sobre la obediencia os obligaría a someteros a las directrices de estos papas, y Pablo VI os ordenó cesar inmediatamente todas vuestras actividades.
Intuís que no podríais continuar con vuestras actividades a menos que fuerais capaces de afirmar y demostrar que estos papas no eran realmente tales, que ya no estaban investidos de autoridad. Ahora sois incapaces de hacerlo. Sois incapaces de hacerlo debido a la enseñanza doctrinal sobre el papa que os inculcaron en Écône. También sois incapaces de hacerlo debido a la humillación que recaería sobre vosotros por reconocer vuestro error en este asunto.
Para comprender esta exigencia de fe teológica, basta con leer a San Pablo y creer en la palabra de Dios: «Sométase toda persona a las autoridades superiores, pues ninguna autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, se opone a lo que Dios ha establecido; y quienes se oponen, se acarrean condenación». (Romanos 13:1-2)
Entre “todas las autoridades instituidas por Dios”, no puedo entender por qué persistís en excluir, en toda vuestra Fraternidad, a la del Papa.
Si las palabras tienen algún significado, y si el Apóstol no hablaba solo por hablar, es evidente que al resistir la autoridad de los papas, es a Dios mismo a quien os resistís y que sobre vosotros mismos y sobre quienes os siguen recae el desagrado de Dios.
Para evitar que nos dejáramos engañar en este punto por opiniones personales (es decir, por la libre interpretación de las Escrituras), Dios, en su misericordia, quiso que los papas anteriores al Concilio Vaticano II nos recordaran que la obediencia al Papa es una verdad de la fe divina indispensable para la salvación. Basta con citar dos ejemplos al respecto.
La primera, tomada de Bonifacio VIII: "Declaramos, afirmamos, definimos y proclamamos que es absolutamente necesario para la salvación de todo ser humano someterse al soberano Pontífice."[8]
La segunda, de Pío XI: «Nadie puede vivir, nadie puede perseverar en la única Iglesia de Cristo, si no reconoce y acepta la necesidad de OBEDIENCIA A LA AUTORIDAD y al PODER de Pedro y sus legítimos sucesores.[9]
2) ¿CÓMO ES QUE ESTE PROBLEMA CON RESPECTO A LA FE HA PASADO DESAPERCIBIDO PARA VOSOTROS?
Solo veo una explicación.[10] Vosotros teméis las consecuencias de tal estudio y aún no habéis comprendido que este temor es infantil y sin fundamento alguno. Proviene de todas las ideas falsas que tenéis con respecto al magisterio. Parece que ignoráis la misma razón de ser del papa en la Iglesia, el alcance de su autoridad así como el de su infalibilidad. Vosotros sostenéis ideas que no son católicas.
2) ¿CÓMO ES QUE ESTE PROBLEMA CON RESPECTO A LA FE HA PASADO DESAPERCIBIDO PARA VOSOTROS?
Solo veo una explicación.[10] Vosotros teméis las consecuencias de tal estudio y aún no habéis comprendido que este temor es infantil y sin fundamento alguno. Proviene de todas las ideas falsas que tenéis con respecto al magisterio. Parece que ignoráis la misma razón de ser del papa en la Iglesia, el alcance de su autoridad así como el de su infalibilidad. Vosotros sostenéis ideas que no son católicas.
Sea o no esta la verdadera razón, los hechos permanecen inalterables. Mientras sigáis actuando sin resolver este problema, seguiréis oponiéndoos a la palabra de Dios tal como la enseñó San Pablo.
En efecto, por mucho que intentéis evitar este problema, vuestro comportamiento seguirá siendo cismático y vuestras razones heréticas. La única forma de libraros de esta vergüenza es adhiriéndoos a la verdad. «Veritas liberabit vos». (Juan VIII, 32)
En la práctica, os habéis metido en un falso dilema. Para vosotros, estos papas, habiendo sido elegidos de manera normal, son necesariamente papas verdaderos que poseen realmente la Autoridad de Pedro, esencial para el papado.[11] En consecuencia, ya sea que los obedezcáis como mandó San Pablo o os opongáis a ellos como exige la fe, inevitablemente termináis en un absurdo blasfemo.
En ambas situaciones, ponéis a Dios en una posición de contradicción. En la primera, al ordenaros que os sometáis, es decir, que aceptéis las innovaciones, Dios os obliga a predicar lo contrario a la fe. En la segunda, os ordena que os opongáis a la persona a quien al mismo tiempo os ordena obedecer, so pena de incurrir en su desagrado.
Ante este dilema irresoluble, en lugar de reexaminar vuestras razones para resolver el embrollo en que os habéis metido, habéis preferido comportaros como avestruz. Como esta criatura estúpida —este animal es estúpido por naturaleza, mientras que vosotros lo sois por libre elección—, habéis decidido que no hay peligro mientras uno no abra los ojos. De esta manera, os lanzáis ciegamente a la acción, indiferentes a la moral porque, según vuestra teoría, no podéis transgredirla mientras defiendan la fe.
Sería muy fácil para vosotros liberaros de este conflicto. ¿Cómo? Mediante vuestra humilde sumisión, en el espíritu de la fe, a la enseñanza más certera de la Iglesia sobre el Papa. Todo lo que se requiere es que la estudiéis y tengáis el valor que la fe os da para ponerla en práctica. Tened paciencia un poco más y repasaré algunos puntos de la doctrina católica que simplemente debemos conocer para resolver el asunto que nos divide.
3) REPASO DE ALGUNOS PUNTOS PERTINENTES DE LA DOCTRINA CATÓLICA.
3) REPASO DE ALGUNOS PUNTOS PERTINENTES DE LA DOCTRINA CATÓLICA.
LA FE
La fe nos enseña que debemos adherirnos a la palabra de Dios. Bajo la influencia de esta virtud teologal, la voluntad inclina nuestra inteligencia a aceptar el testimonio de Dios y a considerarlo verdadero e infalible, a pesar de cualquier apariencia contraria que pudiera disuadirnos de adherirnos a él.
La fe nos enseña que debemos adherirnos a la palabra de Dios. Bajo la influencia de esta virtud teologal, la voluntad inclina nuestra inteligencia a aceptar el testimonio de Dios y a considerarlo verdadero e infalible, a pesar de cualquier apariencia contraria que pudiera disuadirnos de adherirnos a él.
Esta virtud, «raíz y fundamento de la justificación», se pierde por un solo pecado contra ella. Recordemos el caso de Himeneo y Fileto, quienes naufragaron en la fe, y cómo fueron culpables de negar un solo dogma (1 Timoteo 1, 19-20 y 2 Timoteo 2, 17-18). El Papa León XIII lo explicó:
«Tal es la naturaleza de la fe que nada es más imposible que creer una cosa y rechazar otra... Quien, aun en un solo punto, se niega a aceptar verdades divinamente reveladas, niega, por ese mismo hecho, toda la fe». («Satis Cognitum»)
Como ya he señalado, la fe es el fundamento y la raíz de la justificación. El pecado contra la fe, al destruir esta raíz y fundamento, separa al pecador tan profundamente de Cristo que lo excluye de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. A diferencia de los demás pecados, que conllevan la pérdida del manto nupcial pero permiten al pecador permanecer en la fiesta, el pecado contra la fe conlleva su expulsión.
Una vez perdida la fe, las más santas acciones, como fundar seminarios y universidades, construir iglesias y escuelas, consagrar obispos y ordenar sacerdotes según los ritos tradicionales, abrir centros de misa de San Pío V y recorrer el mundo entero para ofrecer los sacramentos a los fieles o, si se preferís ejemplos de las Escrituras, profetizar, expulsar demonios y realizar numerosos milagros en nombre de Jesús (Mateo 7, 22), todo ello es inútil a los ojos de Dios si quienes lo hacen han traicionado la fe en un solo punto.
Consideremos el Evangelio. Aquellos a quienes el Maestro nos dio como ejemplo eran creyentes sinceros. Además, como resultado de todas sus maravillosas obras —profetizando, expulsando demonios en su nombre y, siempre en su nombre, realizando numerosos milagros—, tenían motivos para sentirse seguros. Sin duda, creían que tendrían un lugar privilegiado en el cielo. Imaginar su asombro al oír al Juez Soberano decirles sin rodeos: «Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de iniquidad» (Mateo 7:23).
No cabe duda de que el Buen Pastor conoce a sus ovejas (Juan 10, 14 y 27). Aquellos a quienes les dijo: «Nunca os conocí», ciertamente no son de su redil, a pesar de las apariencias.
Permitidme recalcar esto. Se pueden hacer obras maravillosas en nombre de Jesús sin pertenecer al redil de Cristo. Acabamos de escuchar esto del propio Maestro.
El redil de Cristo es la casa de la fe (Gál. 6, 10). Para entrar en ella, es necesario tener fe. Aquellos desafortunados individuos descritos en las Escrituras, embriagados por brillantes logros, éxitos fáciles y la admiración de seguidores ingenuos, olvidaron que un solo pecado contra esta virtud de la fe les haría perderlo todo. Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11, 6).
AUTORIDAD
La autoridad es algo que Dios delega a sus criaturas. Quienes reciben esta delegación son investidos con la autoridad del mismo Dios. Por eso, el Espíritu Santo nos advierte que resistir la autoridad establecida, sea cual sea su naturaleza, es resistir a Dios, quien ha establecido dicha autoridad en todas sus formas.
LOS LÍMITES DE LA AUTORIDAD - Aparte de Cristo, que recibió del Padre "toda autoridad sobre el cielo y la tierra" (Mt. XXVIII, 18), el alcance de toda autoridad constituida es limitado.
En primer lugar, está limitada por la naturaleza y el propósito de la sociedad para la cual fue designado el jefe que ejerce esta autoridad.
En lo que respecta a este límite, es necesario definir de manera apropiada la naturaleza y el fin de cualquier autoridad, así como los medios necesarios para preservar dicha naturaleza y alcanzar dicho fin.
En toda sociedad, el líder es el principal siervo; nunca es el señor. Por esta razón, Dios le ha otorgado autoridad: para que sirva a la sociedad, preserve su verdadera naturaleza e inspire a sus súbditos en pos del fin que los une y que cada uno debe promover.
El líder no tiene derechos ni poder alguno sobre la naturaleza y el propósito de la sociedad que dirige; no tiene autoridad para modificarlos en modo alguno. Ha recibido la autoridad que posee para impedir que cualquier individuo altere la naturaleza de dicha sociedad o se desvíe de los fines para los que fue creada, y también para asegurar que todos los miembros persigan los fines establecidos sin desfallecer en sus esfuerzos.
Por otro lado, siempre que se salvaguarden la naturaleza y el propósito de la sociedad en cuestión, el jefe tiene plena libertad, autoridad y poder absoluto para elegir los medios que considere apropiados para preservar su naturaleza y alcanzar sus fines. Esta es la razón por la que fue nombrado jefe.
Los medios que no comprometen la naturaleza y los fines de la sociedad son múltiples.[12] La elección de uno sobre otro es libre. Como ocurre con todo lo que no se impone de manera absoluta, la adopción o el rechazo de cualquier medio siempre tiene ventajas y desventajas. ¿Quién desconoce el antiguo adagio «Quot homines, tot sententiae» (Hay tantas opiniones diferentes como hombres)? En tales circunstancias, ¿quién elegirá los medios necesarios para asegurar la unidad del grupo y, al mismo tiempo, promover su fin? Obviamente, el jefe. Su función es decidir, entre los diversos medios que se le ofrecen, aquellos que, a su juicio, mejor garantizan la naturaleza específica de la sociedad y aseguran los medios más eficaces para alcanzar su fin. Cabe señalar también que, al actuar de esta manera, el jefe asegura la unidad del grupo. En efecto, una vez que ha tomado una decisión, todos los que están bajo su autoridad están obligados a hacerla suya, incluso si anteriormente tenían una opinión diferente.
La autoridad también está limitada por el ámbito o territorio para el cual fueron investidos quienes la ostentan.
También existe un límite de tiempo. Un jefe posee la autoridad desde el momento de su investidura y la conserva hasta que expire el plazo establecido. La pierde por fallecimiento, por incapacidad mental, o cuando renuncia a ella o cuando una autoridad superior se la retira.
AUTORIDAD PONTIFICIA
El propósito de la Iglesia fue claramente establecido por Cristo. «Y Jesús, acercándose, les habló, diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. XXVIII, 18-20; Mc. XVI, 15). El propósito para el cual se estableció la Iglesia es, por lo tanto, la preservación, la interpretación y la transmisión integral de todo lo que el Maestro nos reveló para que pudiéramos creerlo y practicarlo; esto es lo que san Pablo llamó el «buen depósito»[13] (II Tim. I, 14).
La autoridad del Papa fue definida por el Maestro. La primera vez que lo hizo fue cuando le prometió a Simón que lo convertiría en Pedro: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo; y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo» (Mateo 16, 18-19). Lo hizo una segunda vez cuando estableció a Pedro como Pastor de todos. Dirigiéndose a Simón Pedro, Jesús dijo: «Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas» (Juan 12, 15-17).
Según las palabras de nuestro Maestro, la autoridad del Papa se extiende sobre toda la Iglesia; sobre los pastores y sobre los fieles. En cuanto a la naturaleza y los fines últimos de la Iglesia, es decir, dentro de los límites de la ortodoxia, la autoridad del Papa es ilimitada.
Sinceramente, no entiendo cómo alguien puede limitar su autoridad cuando Cristo mismo se la otorgó sin límites. Todo lo que ates, todo lo que desates, todo será sancionado en el cielo.
No hay motivo para temer tal afirmación. No se debe concluir que, como resultado de esta autoridad TOTAL, el Papa tenga derecho a cambiar lo que quiera en la Iglesia. Nada más alejado de la verdad ni más absurdo que tal proposición.
Este poder ilimitado le fue otorgado a su Vicario por Cristo, la Sabiduría de Dios, de la manera que he explicado, es decir, dentro de los límites de la naturaleza de la Iglesia y los fines para los que Él la estableció. Esto significa que el Papa tiene pleno poder y autoridad para preservar intacto y transmitir fielmente el buen depósito y velar por que este se enseñe fielmente a todas las personas, para que puedan creer y practicar todo lo que el Maestro mandó. Pero no tiene absolutamente ningún poder, derecho ni autoridad para cambiar, ni permitir que otros cambien, ni siquiera mínimamente, la naturaleza de la Iglesia ni los fines para los que fue establecida.
Por otro lado, el Papa tiene plena potestad sobre los medios necesarios para cumplir con su cometido, para elegirlos e imponerlos a todos. Esto se enmarca dentro de su ámbito legítimo —la disciplina forma parte de él— y, dentro de estos límites, la autoridad del Papa es ilimitada. Oponerse a él, incluso en cuestiones disciplinarias, es atraer sobre uno mismo el desagrado de Dios.[14]
SUMISIÓN Y OBEDIENCIA
Someterse a una autoridad no es otra cosa que reconocer el ámbito de esa autoridad.
La sinceridad de esta sumisión se traduce inevitablemente en la obediencia que los súbditos dan a las órdenes que emanan de dicha autoridad.
Siempre que la autoridad se ejerce dentro de los límites apropiados de su ámbito, la obediencia de los súbditos a dicha autoridad de manera absoluta e incondicional es la consecuencia inevitable. Nuestro Señor nos lo dice en San Lucas: «¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6, 46). Fillion añade una nota a este pasaje bíblico: «Cuando los hombres son sinceros, la boca y el corazón actúan en consonancia; de lo contrario, a veces la boca expresa lo que el corazón no siente».
Cuando surge la cuestión de resistirse a un Papa en el ejercicio de su cargo, solo hay una hipótesis que puede concebirse para justificar que los fieles rechacen sus órdenes: la situación en la que el Papa da órdenes en un ámbito en el que no tiene autoridad.
Pero, podríais objetar, ¿qué ocurre si el Papa ordena hacer algo malo, como algo contrario a la Tradición? En tales circunstancias, ¿no se debería desobedecer? San Pablo lo hizo con San Pedro, y Pedro mismo no excluyó al Papa cuando declaró, junto con los demás apóstoles, que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5, 29).
¡Absolutamente no! Un católico ni siquiera puede concebir tal suposición, pues es contraria a la fe. El Vicario de Cristo, en su función de Papa, investido con la autoridad de su Maestro, es incapaz de ordenar nada que conduzca a la Iglesia al pecado o que provoque una ruptura con la Tradición. Al invocar la declaración de San Pedro ante el Sanedrín y la conducta de San Pablo en Antioquía para justificar vuestro comportamiento con respecto a los papas del Concilio Vaticano II, demostráis vuestra ignorancia o vuestra mala fe, así como vuestro desprecio por los fieles que han depositado su confianza en vosotros, una confianza de la que os aprovecháis.
Ciertamente, la enseñanza de los Apóstoles —obedecer a Dios antes que a los hombres— también se aplica al Papa, pero solo en circunstancias especiales, como cuando da una orden pecaminosa actuando a título personal o como jefe temporal de la Ciudad del Vaticano. En tales circunstancias, es mejor obedecer a Dios que a los hombres, incluso si se trata del Papa. Sin embargo, el mandato de los Apóstoles no involucra en absoluto al Vicario de Cristo, pues Cristo le ha prometido asistirlo en todo momento para que no falle en su función como Pedro.
El incidente de Antioquía (Gálatas 2, 11-14) tiene mayor trascendencia de la que vuestra ignorancia o mala fe sugieren. De hecho, San Pablo no desobedeció a San Pedro, puesto que este último no le dio ninguna orden.
Cuando escribe: «Cuando Cefas llegó a Antioquía, me enfrenté a él cara a cara», esto no debe entenderse en el sentido en que lo hace vuestra Fraternidad cuando se opone a las órdenes formales de los papas del Concilio Vaticano II. En esta situación, el Apóstol de los Gentiles solo quería decir que se benefició de la visita de Pedro a Antioquía para decirle algunas verdades sencillas cara a cara. Ante los judaizantes, «Cefas [es decir, Pedro] disimulaba» con respecto a las observancias judías, mientras seguía habitualmente la decisión que había tomado en Jerusalén y que había comunicado a los hermanos en Antioquía (cf. Hechos XV, 23), a saber, que él mismo vivía a la manera de los gentiles. Pablo, que no creía que debiera pedirle a Pedro autorización para poner a prueba la Tradición, aprovechó este encuentro para reprocharle públicamente su disimulo.
LA INFALIBILIDAD PONTIFICIA
Sobre todo, es porque teméis la infalibilidad papal que os negáis a reconocer lo que el Señor quiere de nosotros.[15]
Le tenéis miedo porque os habéis enfrascado en un sofisma.
Es evidente que, para un católico, un documento doctrinal o un rito litúrgico amparado por el carisma de la infalibilidad pontificia debe ser aceptado. Tales cosas deben aceptarse sin reservas, pues nuestra fe nos asegura que no contienen ningún error ni ponen en peligro nuestra fe.
Lamentablemente, es un hecho, y Santo Tomás de Aquino nos lo asegura, que ningún principio puede sostenerse ante hechos contrarios. La nueva “Misa” tiene un carácter francamente luterano. Pone en peligro la fe y hace que la celebración eucarística sea sumamente dudosa, por no decir totalmente inválida.
Ahora bien, respecto a este asunto, si profesarais la fe católica, comprenderíais que un rito que se aparta de manera tan notoria de la teología de la Misa definida por el Concilio de Trento y que pone en peligro la fe, demuestra claramente que quien lo promulga no es un verdadero Papa. El Papa es necesariamente infalible en tal situación. Lamentablemente, vuestra fe en la infalibilidad del magisterio no es católica. Por eso habéis recurrido a un razonamiento confuso. Os habéis dicho a vosotros mismos: «Este nuevo rito debe rechazarse porque pone en peligro la fe. Pero no debemos escandalizarnos por ello, ya que la promulgación de ritos litúrgicos no está amparada por el carisma de la infalibilidad». Vuestro fundador incluso ha declarado desconocer la identidad del autor de este rito. Con argumentos tan engañosos, pensasteis que podríais, sin comprometeros, rechazar los edictos del Papa sin dejar de reconocer su autoridad.
En consonancia con esto, todos vuestros esfuerzos se extienden no a defender la doctrina de la infalibilidad pontificia (que está muy maltratada y dañada por los modernistas y muchos tradicionalistas), sino más bien a limitarla tanto como sea posible.[17]
Os pido que reconsideréis este privilegio otorgado por nuestro Señor y que os convirtáis al catolicismo con respecto a esta enseñanza fundamental.
Cuando Jesús le reveló a Simón, hijo de Juan, que iba a ser convertido en Pedro, hizo especial hincapié en que deseaba que así fuera y, de hecho, que lo había hecho inquebrantable.
¿Inquebrantable con respecto a qué? Con respecto a la fe.
Esto es tan cierto que también le reveló que Él, "Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 16, 16), había orado especialmente por él "para que su fe no desfalleciera" (Lucas 22, 32).
Debéis saber que la santa Iglesia, fundada por Cristo, se fundamenta, literalmente, en la fe. ¿Acaso no es la fe «la raíz y el fundamento de la justificación»? Sin la fe no habría fieles y, por consiguiente, no habría Iglesia.
La Iglesia es esencialmente la casa de la fe (Gál. VI, 10). También es «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. III, 15).
El Maestro ha brindado una ayuda inquebrantable a esta «casa de la fe» y «pilar de la verdad». Deseó que la Iglesia se estableciera sobre una roca para que perdurara por siempre. Por eso la fundó sobre el Papa: «Y sobre esta roca, Pedro, edificaré mi Iglesia» (Mateo 16, 18).
Sin un fundamento inquebrantable, es decir, sin la infalibilidad, la Iglesia inevitablemente se desintegraría en un número infinito de sectas. La infalibilidad del Papa es, por lo tanto, un elemento esencial para Pedro.
En la Iglesia que Cristo fundó, no existe un papa que, en su papel de Pedro, no sea inquebrantable e infalible. Si, como sostenéis, Pedro solo fue inquebrantable en contadas ocasiones, una o dos veces por siglo, y aparte de eso fue vacilante, incierto y dudoso en su enseñanza cotidiana, la Iglesia edificada sobre él habría sido —no digo que rápidamente y peligrosamente sacudida— sino más bien totalmente destruida hace mucho tiempo.
Pero vosotros habéis distorsionado este dogma de tal manera que, para vosotros, este garantiza la infalibilidad del Papa solo cuando acierta, mientras que sostenéis que puede estar equivocado el resto del tiempo. Y por eso reconocéis a cada uno de los papas del Concilio Vaticano II, a quienes con razón habéis llamado “anticristos”, como verdaderos vicarios de Cristo, a pesar de que han profesado pública y oficialmente los peores errores posibles durante más de veinte años. Y aún más, como resultado de esta distorsión, no dudáis en estar en comunión con estos papas en asuntos relacionados con la fe, hasta el punto de expulsar de vuestra Sociedad a cualquiera que no celebre la santa Misa «una cum famulo tuo Papa NOSTRO Joanne Paulo».
Por el bien de aquellos de vosotros que aún conservan un “sensus Ecclésiae” y que aceptan el principio de que «una vez que Roma ha hablado, el asunto está resuelto» («Roma locúta est, cáusa finíta»), concluiré mi análisis de este punto doctrinal citando dos fuentes romanas:
- «Por tanto, cada vez que se declara, con la autoridad de esta enseñanza [el Magisterio], que esto o aquello está contenido en el depósito de la revelación divina, todos deben creerlo como verdadero.[19] Si de alguna manera pudiera ser falso, se seguiría una evidente contradicción; pues entonces Dios mismo sería el autor del error en el hombre» (León XIII, “Satis Cógnitum”).
- «El Magisterio de la Iglesia, establecido aquí abajo por designio de Dios para mantener perpetuamente intacto el depósito de las verdades reveladas y asegurar su conocimiento entre los hombres, es ejercido CADA DÍA POR EL ROMANO PONTÍFICE y los obispos en comunión con él» (Pío XI, “Mortálium Ánimos”).
Boulenger resume esta doctrina clásica en su “Manual de Apologética” en los siguientes términos (página 399): «El magisterio ordinario y universal es el modo de enseñanza utilizado por el papa y sus obispos EN TODO MOMENTO y en todo lugar. Cuando nuestro Señor dijo a sus apóstoles: “Id y enseñad a todas las naciones”, no limitó sus facultades a ningún tiempo ni lugar determinados. Por lo tanto, el papa y los obispos deben ejercer su función como doctores, NO SOLO EN RAROS INTERVALOS Y BAJO CIRCUNSTANCIAS SOLEMNES, SINO EN TODAS PARTES Y SIEMPRE» [20].
Esto es lo que los papas tienen que decir sobre esta doctrina católica:
LA POSIBILIDAD DE QUE UN PAPA CAIGA EN EL PECADO DE HEREJÍA O CISMA.
Aunque sea el Vicario de Cristo, aunque esté investido de Su autoridad, el Papa no es un robot. Dios respeta su libertad. Conserva su personalidad y sigue siendo un hombre que, como tal, es pecador.[21] A pesar de la sublimidad de sus funciones y la grandeza de sus privilegios, no está permanentemente establecido en estado de gracia. Como todos nosotros, debe obrar su salvación con temor y temblor (Fil. II, 12). Como vosotros y yo, lleva el tesoro de sus gracias y privilegios en un vaso de barro (II Cor. IV, 7). Todo esto quiere decir que, aunque sea Pedro, y aunque sea responsable en su función de Papa, el hombre que sigue siendo puede, en privado, caer en cualquier pecado, sin excluir siquiera aquellos pecados que ofenden la fe o la unidad.
LA POSIBILIDAD DE QUE UN PAPA CAIGA EN EL PECADO DE HEREJÍA O CISMA.
Aunque sea el Vicario de Cristo, aunque esté investido de Su autoridad, el Papa no es un robot. Dios respeta su libertad. Conserva su personalidad y sigue siendo un hombre que, como tal, es pecador.[21] A pesar de la sublimidad de sus funciones y la grandeza de sus privilegios, no está permanentemente establecido en estado de gracia. Como todos nosotros, debe obrar su salvación con temor y temblor (Fil. II, 12). Como vosotros y yo, lleva el tesoro de sus gracias y privilegios en un vaso de barro (II Cor. IV, 7). Todo esto quiere decir que, aunque sea Pedro, y aunque sea responsable en su función de Papa, el hombre que sigue siendo puede, en privado, caer en cualquier pecado, sin excluir siquiera aquellos pecados que ofenden la fe o la unidad.
Esta creencia en la capacidad del Papa para pecar siempre ha sido admitida por la Iglesia. Consideremos la Letanía de los Santos. El hecho de que imploremos a Dios que preserve al Prelado Apostólico en la santa fe es prueba fehaciente de que, para la Iglesia, el Papa no está exento de apartarse de la fe.
Para el Papa, como para los sacerdotes comunes, ni siquiera los pecados más graves lo obligan a abandonar la Iglesia ni impiden de ninguna manera su ministerio.[22] Sin embargo, si peca contra la fe, se aparta de la Iglesia como cualquier otro hereje.
Si está separado del Cuerpo Místico de Cristo, si ya no es miembro de este Cuerpo, es imposible que sea la cabeza de este Cuerpo.
Debido a su pecado, se separa de Cristo y, como consecuencia, Cristo le retira su autoridad y su ayuda. A partir de ese momento, lo único que conserva del papado es el hecho de ocupar la Santa Sede. Permanece en este cargo hasta que la Iglesia declare su caída.
Recordemos que el Papa solo puede caer en herejía a título personal; nunca en su enseñanza oficial. ¿Cómo podemos saber, cuando enseña, si aún pertenece a la Iglesia? ¿Cómo podemos saber si el error que profesa es solo una equivocación y no el pecado formal de herejía? ¿Cómo podemos saber si sigue siendo un verdadero Papa o si solo lo es de nombre y título?
En general, aparte de la admisión espontánea de culpabilidad o la intervención de una autoridad superior que le obligue a confesar sus creencias erróneas, no se puede saber si una persona que profesa un error es un hereje formal o no.
¿Existe alguna posible excepción a esta regla? Sí, la hay, y ese es el Papa.
Como sabéis, en este mundo no hay autoridad superior a la del Papa. El Papa, que solo responde ante Dios, no puede ser juzgado por ningún ser humano. Siendo así, cabría pensar que, si ocurriera tal desgracia (es decir, si el Papa fuera un hereje declarado), no habría remedio. Pero no es el caso. La fe es demasiado importante como para que Dios haya descuidado proveer un remedio eficaz contra semejante desastre.
Para el Papa, como para cualquier persona, la herejía es ante todo un “acto interno”. Solo después de expresarla públicamente se da a conocer. Pero en realidad, el desafortunado hereje se separa de Dios desde el momento en que se niega a creer una sola verdad de la fe. Por consiguiente, en el caso de un Papa, deja de serlo. Al estar separado de Cristo, Cristo le retira su autoridad y su ayuda.
Todo esto ocurre en secreto, en lo más profundo de su ser. Mientras no haga pública su fechoría, nadie podrá saberlo. No hay mayor tragedia para la Iglesia que estar, sin saberlo, bajo el liderazgo de un papa que, en realidad, ya no lo es.
Afortunadamente, la fe nos reconforta. Nos recuerda quién es la verdadera cabeza de la Iglesia. Quien ha sido la cabeza desde el principio y nunca ha dejado de guiarla es Jesucristo mismo: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 18, 20).
Aunque oculto, el pecado de su Vicario no le pasa desapercibido. ¿Qué medidas tomó para que los fieles fueran advertidos y supieran con certeza que un papa ya no era su Vicario y que ya no estaba investido de su autoridad?
Cuando surge una situación de este tipo, se pueden plantear dos hipótesis.
PRIMERA HIPÓTESIS: A menos que se trate de un modernista que oculte por completo su propósito para permanecer dentro de la Iglesia y fomentar su “evolución”, un hereje generalmente, al menos al principio, está convencido de que la verdad que niega no es una verdad revelada. De esto se deduce que, especialmente si ocupa un puesto elevado que le confiere gran autoridad, no dudará en imponer sus nuevas ideas y tomar las medidas que estén a su alcance para preparar a la gente a aceptar su punto de vista. En tal situación, su enseñanza se volverá rápidamente, si no abiertamente herética, al menos más o menos dudosa. La Iglesia, es decir, los fieles junto con el clero, siempre tiene derecho a interrogar al Papa para comprender claramente la naturaleza de su enseñanza dudosa. Aunque no existe una autoridad superior capaz de juzgar al Papa, cualquier miembro de la Iglesia tiene pleno derecho a interrogarlo. Cristo instituyó al Papa en su función para “confirmar en la fe a sus hermanos”. Y cuando se le pregunta, el Papa está obligado a responder. Debe profesar claramente la verdadera doctrina y condenar con franqueza los errores que se oponen a ella.
Si el Papa se niega a responder y algunos fieles de la Iglesia comienzan a cuestionar su ortodoxia, se le considera, como mínimo, sospechoso de herejía y, debido a su silencio culpable, se convierte en un papa dudoso. La Iglesia creyente, que no tiene poder sobre el Papa, una vez que tiene certeza de que se trata de un papa dudoso, puede llegar incluso a juzgarlo y deponerlo.
Es evidente que, en la Iglesia creyente, la función de la jerarquía fiel, los cardenales, patriarcas y obispos titulares, es interrogar al Papa e iniciar un procedimiento para juzgar a un papa dudoso.
SEGUNDA HIPÓTESIS: La herejía del Papa está oculta y, debido a diversas circunstancias, la Iglesia lo desconoce. En ese caso, según la perspectiva mundial, la Iglesia estaría condenada al fracaso. Esto, claro está, pero no según la fe.
Nuestro Señor dijo: «Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin de los tiempos». Por consiguiente, cuando la tragedia de un papa herético se produjo en el Concilio Vaticano II, en una cristiandad anestesiada por el laicismo, el liberalismo, el naturalismo y una falsa concepción de la caridad, nuestro Señor Jesucristo, verdadero Cabeza de la Iglesia, incapaz de abandonar a su Esposa, no dejó de acudir en su auxilio. En lugar de ayudar y proteger a ESTE papa, que ya no era su Vicario, de todo error, lo cegó. A raíz de esto, Pablo VI promulgó solemnemente, entre otras cosas, la nueva doctrina sobre la libertad religiosa, que contradecía la enseñanza de la fe sobre este mismo tema.[23]
De este modo, Cristo permitió que incluso los más miopes, siempre que fueran de buena voluntad, vieran claramente que su Vicario había perdido su autoridad.
II - LO QUE LOS CATÓLICOS FIELES ESPERABAN Y SIGUEN ESPERANDO DE VOSOTROS
Es evidente que aquellos fieles para quienes la religión no es más que un conjunto de prácticas os exigen, como a nosotros, únicamente la Misa, los Sacramentos y la instrucción doctrinal. Pero aquellos católicos que viven su fe con inteligencia exigen mucho más. También exigen justificaciones doctrinales de nuestra postura, una conducta coherente y, sobre todo, una confesión de fe en los puntos más controvertidos.[24]
FUNDAMENTOS DOCTRINALES CATÓLICOS DE NUESTROS DERECHOS
Ya lo he explicado. Sin justificación doctrinal católica, estaréis llevando a los fieles que os siguen a vuestra propia inmoralidad y, tarde o temprano, tendréis que rendir cuentas a Dios por tales actos.
No cabe duda de que, como la mayoría de los editores de revistas y boletines tradicionales, vosotros destacáis por denunciar los escándalos, errores y herejías de los papas y obispos del Concilio Vaticano II. Sin embargo, al analizar los repetidos actos y escándalos contra la fe, ni una sola vez os habéis atrevido a concluir que la fe nos impone algo. Para citar un ejemplo típico de vuestras publicaciones, considerad el libro «“Pedro, ¿me amas?”. Es un claro ejemplo de vuestra forma de actuar.[25]
Otro hecho, y que no podemos afirmar sin lamentarlo, es que a pesar de vuestros seminarios, vuestros conventos y vuestra universidad en París, a pesar de los cientos de sacerdotes y los cinco obispos que forman parte de vuestra organización, nunca habéis demostrado ser capaces de producir una sola obra doctrinal seria que confunda a los protagonistas de la nueva Iglesia y sus herejías formales y justifique nuestra resistencia.
Esta falta de justificación es un asunto muy serio: pretendéis reconocer la autoridad del papa reinante y de sus obispos en las diócesis donde estáis establecidos; incluso llegáis a excluir de vuestra Fraternidad a quienes se niegan a reconocerlos (Declaración del 8 de noviembre de 1979) y, al mismo tiempo, ejercéis vuestro ministerio en contra de la voluntad expresa de estos obispos y del papa. ¿Es esta una forma lógica de actuar?
Y lo que es peor, en un intento por justificar vuestro comportamiento irracional, que se opone radicalmente a vuestras reiteradas declaraciones de lealtad a las autoridades del Concilio Vaticano II, intentáis convencer a quienes se escandalizan por tal conducta de que está en conformidad con la práctica católica. Si uno cree en lo que decís, los Doctores y Santos de la Iglesia ya han actuado de esta manera, e incluso han llegado a recomendarla como apropiada.
Para respaldar estas afirmaciones, no dudáis en tergiversar algunos textos para que os convengan. Lo he demostrado anteriormente con respecto al incidente de Antioquía y las palabras de Pedro.
En el número 3-4 de «“Cahiers de Cassiciacum”», el padre Bernard Lucien publicó un estudio sobre un pasaje de «“De Románo Pontífice”» (L. II, cap. 29) de San Roberto Belarmino, que es vuestro texto favorito. Jacques Ogliastro lo citó nuevamente en el número de diciembre de 1991 de “Le Chardonnet”. Leed el estudio del padre Lucien y comprenderéis cuán deshonesto es que sigáis recurriendo a la autoridad de San Roberto Belarmino para intentar justificar vuestro comportamiento anticatólico.[27]
Es obvio que ninguno de los teólogos y santos cuya autoridad invocáis se enfrentó jamás a un problema semejante. ¿Cómo es posible, entonces, que uséis su conducta como justificación para la vuestra?
¡Imposible! Ni Santo Tomás de Aquino ni San Roberto Belarmino, ni San Bernardo, ni Cayetano, ni Suárez, ni Journet, ni ningún otro autor católico que deséeis citar, PUEDEN PROPORCIONAROS UN SOLO TEXTO QUE AUTORICE A LOS FIELES A RESISTIRSE A LAS ÓRDENES FORMALES DEL MAGISTERIO INFALIBLE.[28]
Y ES PRECISAMENTE ESTE ASUNTO EL QUE SE ENCUENTRA EN EL CENTRO DE LA CRISIS ACTUAL.
Consideremos las declaraciones conciliares “Unitátis Redintegrátio” sobre el ecumenismo, “Dignitátis Humánae” sobre la libertad religiosa, la Constitución “Sacrosánctum Concílium” sobre la liturgia, o el “Missále Románum” que promulgó la nueva misa. Su promulgación oficial por Pablo VI las convierte en parte del Magisterio infalible.[29] Y en tales asuntos es imposible para la fe católica siquiera imaginar la posibilidad de resistirse a ellas, suponiendo que un verdadero papa las promulgue. Por lo tanto, es deshonesto pretender que algunos santos hayan aconsejado, o incluso practicado, tales cosas. Como he explicado anteriormente al hablar de la naturaleza y los verdaderos fines de la Iglesia, dentro de los límites de la ortodoxia, la Autoridad del Papa en la Iglesia es ilimitada y es absolutamente necesario —nuestra salvación depende de ello— que nos sometamos a él.
Si, a pesar de todo, continuáis creyendo de buena fe que os está permitido desobedecer las órdenes formales de un papa reinante porque [creéis] que los santos lo hicieron antes que vosotros, quisiera llamar vuestra atención sobre lo siguiente:
- el juicio expreso de los Papas Bonifacio VIII y Pío XI con respecto a este tema, citado en la página 58.
- la regla de conducta dada por Pío XII para que sepamos cómo actuar con respecto a asuntos hasta entonces controvertidos: «Si los Sumos Pontífices en sus actos, después de la debida consideración, expresan una opinión sobre un asunto hasta entonces controvertido, es claro para todos que este asunto, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede considerarse una cuestión para la libre discusión entre teólogos» (Denziger 2313).
¡De ninguna manera! Releed estos pasajes con atención. Claramente, en asuntos como estos, un católico no tiene permitido oponerse a un verdadero papa, y es deshonesto afirmar que los santos actuaron de esa manera.
Todo lo contrario. Si, como ocurre desde el Concilio Vaticano II, la fe, o mejor dicho, la palabra de Dios a la que nos adherimos por virtud de la fe, nos ordena oponernos al papa reinante, nos asegura al mismo tiempo —pues Dios no puede contradecirse— que este “papa” al que la fe nos ordena oponernos no es un verdadero papa y no está investido de la autoridad de Cristo. En resumen, que no es el vicario de Cristo en la tierra.[30]
UNA FORMA DE COMPORTAMIENTO COHERENTE Y CONSISTENTE
Vuestro comportamiento no solo es escandaloso, sino que además fomenta la subversión. ¿Cómo es posible que no os deis cuenta de que estáis apoyando a quienes pretenden destruir la Iglesia?
Nada de lo que digáis o escribáis sobre los líderes de la falsa Iglesia restringe en modo alguno sus actividades. Al contrario, conociendo la doctrina católica mejor de lo que creéis, estos líderes solo temen una cosa: que, como señaló el padre Calmel, se descubra que carecen de autoridad.
Temen esto aún más porque, desde el momento en que la Iglesia creyente se dé cuenta de que los papas del Vaticano II ya no poseen la Autoridad de Cristo, su “falsa iglesia”, para volver a la explicación del Padre Calmel, "se desmoronará en polvo porque su principal fuerza es el resultado de que su error intrínseco se toma por la verdad, y aún no ha sido repudiado desde lo alto".[31]
Entre las numerosas declaraciones de vuestro fundador, quisiera que recordárais un fragmento de una carta escrita el 6 de octubre de 1978, justo antes del cónclave que siguió a la muerte de Juan Pablo I, y dirigida a unos cuarenta cardenales, entre ellos el cardenal Wojtyla, entonces arzobispo de Cracovia. En ella se evidencia claramente la escandalosa incoherencia de vuestra conducta: «Un papa digno de tal nombre y verdadero sucesor de Pedro no puede declarar que se dedicará a la aplicación del Concilio y sus reformas. Al hacerlo, deja claro que ha roto con todos sus predecesores[32] y especialmente con el Concilio de Trento».[33]
¿Os habéis detenido a considerar seriamente esta afirmación? ¿No os dais cuenta de lo ridículo que os veis desde la elección de Wojtyla? Él, al menos, no ha ocultado sus intenciones. Al menos actúa de acuerdo con sus convicciones.
Desde su primera encíclica, dejó claro que pretendía aplicar íntegramente las decisiones del Concilio Vaticano II, “sin dejarse limitar por los dichos documentos”.
Y desde entonces no ha cesado de repetir incansablemente su creencia de que, debido a que "durante el Concilio la Iglesia tomó mayor conciencia de su verdadera naturaleza y su verdadera misión" (8 de Diciembre de 1978), porque hemos visto "una nueva fase en la autorrealización de la Iglesia de acuerdo con los tiempos en que nos ha sido dado vivir" (“Dives in Misericórdia”, VIII, 15), y como el Espíritu Santo ha hablado por boca de los Padres, "nos proponemos como nuestra principal tarea llevar a cabo la enseñanza de este Gran Concilio" (OcI, 1).
Más allá de esto, Juan Pablo II declaró en su “Redémptor Hóminis” que "Juan XXIII y Pablo VI constituyen una etapa sobre la cual deseo basarme como punto de partida desde el cual, si se me permite expresarlo así, deseo continuar, junto con Juan Pablo I, hacia el futuro". (II,3)
No pretendo generar dudas sobre las intenciones de Monseñor Lefebvre. Pero ¿cómo explicar que no llegara a las conclusiones obvias que las reiteradas declaraciones del individuo elegido le imponían? Sin embargo, es un hecho que no llegó a las conclusiones adecuadas. ¿Estaba realmente convencido de lo que había escrito a los Cardenales?
El Papa es el órgano infalible de la Tradición. Al romper con todos sus predecesores [anteriores al Concilio Vaticano II], Juan Pablo II manifestó claramente al arzobispo Lefebvre que había abandonado la Iglesia y se había establecido en el cisma. ¿Es temerario dudar de la sinceridad de quien, a sabiendas, siguió pidiendo favores a un cismático materialmente establecido en la Cátedra de Pedro?
Después de todas las declaraciones directas de Juan Pablo II, ¿cómo es posible que su fundador no se diera cuenta de que este “papa”, a pesar de su elección, no era ni podía ser “un verdadero sucesor de Pedro”?
Lo cierto es que monseñor Lefebvre no llegó a las conclusiones que el honor y la fe le exigían. Y esta calculada abstención por su parte da pie a ciertas dudas sobre él.
Y no hace falta decir que el Arzobispo no solo no sacó las conclusiones apropiadas que las circunstancias le impusieron, sino que, contra toda justicia, expulsó de su Fraternidad a aquellos de sus hijos de los que era responsable, que creían que su superior era sincero y que habían concluido, a partir de su carta a los Cardenales, que Juan Pablo II no era un verdadero papa.[34]
Considerando todo esto, ¿cómo es que no os da vergüenza? ¿Cómo es que quienes persisten en comportarse de una manera que socava la resistencia católica no se sonrojan? Si tuvieran un mínimo de sentido común, se darían cuenta de que son traidores a la causa de la Iglesia, que actúan de una manera que solo beneficia a quienes abiertamente buscan su destrucción. Debe ser que carecen de todo juicio si no ven que afirmar e insistir por doquier en la legitimidad de los papas del Concilio Vaticano II es hacerle el juego al enemigo.
Ante los ojos del mundo y ante los ojos de los cristianos, vosotros reconocéis que tienen una autoridad que en realidad no poseen.
Vosotros desacreditáis a los verdaderos resistentes, a aquellos cuyo comportamiento es coherente, a quienes se someten a todos los requisitos de la fe católica, y los presentáis como “extremistas”.
¿Y a quién beneficia tal actitud? Para vuestra vergüenza, lo repito. Solo beneficia a aquel individuo a quien vuestro fundador, en un momento de lucidez, vio con claridad con los ojos de la fe, reconoció y declaró que no podía ser “un verdadero papa”, y en otro momento de lucidez, con toda razón, calificó de “anticristo”.
Si el ridículo matara, vuestra Sociedad habría desaparecido hace mucho tiempo. Pero no, el ridículo no destruye. En una era donde reina el Príncipe de este mundo, sus sirvientes gozan de una larga vida.
Y así llegamos a la confesión de la fe y a la terrible responsabilidad de Mons. Lefebvre y de todos ustedes con respecto a este asunto.[35]
LA CONFESIÓN DE FE
Tenemos una gran deuda con Dios. Como dijo el apóstol: «¿Quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7).
Tenemos una gran deuda con Dios. Como dijo el apóstol: «¿Quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7).
¿Os habéis preguntado por qué Dios nos ha preservado de adherirnos a las novedades del Concilio Vaticano II, por qué Dios nos ha llevado a resistir a estos “papas”?
La última vez que vuestro fundador vino a mi capilla en Tours para confirmar a los niños fue el 21 de abril de 1979. En aquella ocasión le recordé por qué Dios lo había elegido. Le dije: «Le agradecemos, Monseñor, que haya venido a confirmar a los niños y que nos haya dado sacerdotes, lo que permite que el culto católico continúe después de nosotros. Pero Dios no lo eligió solo por eso. Dios lo eligió especialmente para confesar la fe».
También me atreví a decirle que veía la mano de Dios en la elección de su persona: lo había elegido para que la acción divina se manifestara con mayor claridad en la resistencia católica.
En efecto, gracias a las funciones que había desempeñado, vuestro fundador era tan conocido en la curia romana como entre la jerarquía francófona. Todos conocían su lealtad a la Santa Sede y su carácter afable. Al verlo oponerse al papa y al Concilio, quienes lo observaban comprendían, a través de sus acciones, las razones por las que Dios lo había llamado y por las que seguía sosteniéndolo.
EL OBJETO DE NUESTRO TESTIMONIO
Durante todas las grandes crisis que la Iglesia ha afrontado, Dios siempre ha suscitado personas que se han alzado y han dado testimonio contra los innovadores. Respondiendo a la confianza que Dios depositó en ellos, estos confesores han rechazado todas las novedades y han desconcertado a sus autores proclamando la fe. Sabían que esta virtud es el escudo contra el cual se apagan todos los dardos de fuego del maligno (Ef. 6, 16).
Dios suscitó a Monseñor Lefebvre, como nos ha suscitado a nosotros, para repeler la herejía imperante proclamando claramente la fe que esta ataca.
¿Cuál es, entonces, la herejía dominante que amenaza con abrumarnos tras el Concilio Vaticano II?
Jean Madiran designó la naturaleza de esta herejía desde la primera línea de la introducción de su libro “La herejía del siglo XX”, afirmando que “de los obispos”. Rápidamente aclara esto añadiendo: «No es que sean sus inventores, sino que son sus agentes».[36]
¿En qué consiste esta herejía?
En el hecho de que la Iglesia Romana ya no es considerada la Madre y Maestra de todas las iglesias (“Mater et Magístra ómnium ecclesiárum”), sino solo una iglesia entre las demás iglesias.
La llamada teología romana se consideraba cada vez más una escuela teológica más, y de ninguna manera la mejor, pues era una escuela anticuada, basada en la escolástica e impregnada de una mentalidad jurídica. Las encíclicas se consideraban un producto parroquial de esta escuela teológica en particular y, como tales, estaban sujetas a debate. En esto, los obispos y doctores de la Iglesia se han infringido a sí mismos, han violado sus juramentos solemnes al sostener que la Iglesia de Roma no es «la madre y maestra de todas las iglesias» (op. cit., página 16)
No hubo que esperar mucho para ver las consecuencias de tal actitud. Ya no existía comunión entre los obispos y la Santa Sede. En los últimos años, especialmente después de 1950, los obispos sentían que la Santa Sede había roto esa comunión, convertida en prisionera de una escuela teológica con una perspectiva jurídica particular que había quedado obsoleta por la historia. Consideraban que era imperativo que la Santa Sede restableciera la comunión con el episcopado.
«Todo el Concilio Ecuménico Vaticano II fue dirigido por obispos que compartían este punto de vista» (Oc, p. 19).
Desde el Concilio de nuestro siglo, la situación es aún peor. Los pontífices del Vaticano II también han dejado claro que, incluso en lo que respecta a cuestiones sobre las que la Iglesia se ha pronunciado de manera irreformable, ya no están en comunión con la “Madre y Maestra” que existía antes del Vaticano II.
Y así es como Dios nos ha elegido para que seamos testigos de la verdad de su palabra a favor de la Iglesia de Pedro y en contra de la herejía del siglo XX.
III. - MONSEÑOR LEFEBVRE Y EL TESTIMONIO DE LA FE
Si durante el reinado de Pablo VI, del que muy poco agradaba y al que casi todo se podía objetar, era fácil resistir, la situación se ha vuelto más difícil tras la elección de Wojtyla.
Tan pronto como esta persona fue elegida para la Santa Sede, se restableció el diálogo entre Roma y Écône. A partir de entonces, el arzobispo prefirió recurrir a la diplomacia en lugar de apoyar la humilde pero valiente profesión de fe.
En lugar de adoptar la valiente actitud de San Pablo en Antioquía, en lugar de «resistirle cara a cara porque era reprochable» al continuar la obra de sus predecesores inmediatos, en lugar de exigirle que confirmara a la Iglesia en la fe (Lucas 12, 32), Mons. Lefebvre prefirió pedir permiso para practicar lo que nadie, «ni siquiera un apóstol o un ángel del cielo», puede prohibirnos: la fidelidad a la Tradición (Gálatas 1, 8).
«Santísimo Padre, permítanos, por favor, darle una oportunidad a la Tradición» se convirtió en el leitmotiv de todas sus peticiones.
Al hacerlo, el Arzobispo comenzó a transitar por el camino que conducía al abandono de la causa por la que estábamos dispuestos a luchar y para la cual Dios lo había elegido.
¿Cómo es posible que este obispo católico no se diera cuenta de que se deshonraba a sí mismo al ponerse en la posición de rogarle a la persona que estaba destruyendo la fe que le diera autorización para ser fiel a las promesas de su bautismo, su confirmación, su ordenación y su consagración?
LA RESISTENCIA CATÓLICA
Parece que vosotros ignoráis el hecho de que la resistencia de los católicos al Concilio Vaticano II no fue obra de Mons. Lefebvre. Se estableció sin él. Cuando el Arzobispo entró en escena, la batalla ya estaba librada. Ya se había organizado, especialmente en Francia, Alemania y México. Incluso habíamos creado una secretaría internacional en Roma llamada PERC [37].
¿Dónde estaba el Arzobispo cuando, junto con el Padre Coache, encabezamos la Marcha a Roma y cuando pasamos la noche en vela rezando bajo las ventanas de Pablo VI en la Plaza de San Pedro? Estaba entre los observadores.
¿Quiénes fueron los que, por primera vez, llenaron el gran Salón de la Mutualidad en París para dar a conocer al mundo la existencia de oposición al Concilio Vaticano II y demostrar que nuestras demandas católicas estaban bien fundadas? No fue monseñor Lefebvre. Si bien es cierto que nos apoyó con su presencia, lo hizo únicamente como oyente, sin atreverse a manifestarse abiertamente por temor a comprometerse con sus compañeros.
Incluso aquel famoso día en que pronunció su discurso en Lille fue organizado por nosotros. Vuestro fundador no deseaba participar. Cuando el Sr. Paul Lietar de Tourcoing le informó de que el arzobispo tenía la intención de celebrar una misa tradicional privada para su familia y algunos amigos, fui yo quien intervino e insistió en que nos permitiera organizar una gran concentración en Lille. Como de costumbre, solo accedió cuando no le quedó más remedio. Y si en menos de 15 días logramos reunir a la multitud que lo aclamó e hizo temblar a la gente del Vaticano, fue únicamente porque contábamos con una organización internacional capaz de hacerlo.
El arzobispo no se unió a la resistencia hasta que esta estuvo suficientemente organizada y desarrollada, y ya constituía una fuerza significativa. En ese momento, aprovechando su condición de obispo, decidió asumir el liderazgo del movimiento para su propio beneficio o, si se prefiere, para el beneficio de su labor y la de la Sociedad.
Jesús nos advirtió: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el reino de Dios!» (Lucas XVIII, 24).
Mientras el arzobispo nos necesitó a nosotros y a nuestra organización, fui bienvenido en Écône y los seminaristas suscritos a “Forts dans le Foi” no tenían que leer mi reseña a escondidas. Desafortunadamente, esto cambió con la entrada en Écône de un gran número de miembros de la MJCF[38]. A partir de entonces, los liberales se convirtieron rápidamente en mayoría y el corazón de su fundador comenzó a inclinarse hacia ellos. Después de eso, quienes se mantuvieron firmes se vieron obligados a ser cautelosos cada vez que me encontraban o leían mi reseña. Podéis preguntarle, entre otros, al Padre Philippe Laguérie si exagero al afirmar esto.
Aparte de las conclusiones a las que llegué respecto a la invalidez total de la nueva misa y la manera absoluta en que prohibí a los fieles asistir a ella, el arzobispo Lefebvre, si bien no respaldó mi postura, tampoco se opuso a mi análisis del nuevo rito ni a mi demostración de la herejía, el cisma y la apostasía de Pablo VI.
Fue en su presencia, durante una reunión sacerdotal en la Casa Lacordaire de Flavigny, presidida por él, cuando hice públicos mis dos análisis.
Tras la primera presentación, el padre Coache declaró ante todos los presentes que no podía aceptar las conclusiones que lógicamente se derivaban de mi análisis: que una misa celebrada con el nuevo rito de Pablo VI no era ni podía ser válida. Cuando le pregunté al arzobispo su opinión, respondió de inmediato: «Su estudio es un trabajo serio. Si yo fuera usted, lo enviaría al Santo Oficio para que emitieran una resolución adecuada».
«En cuanto a mí —respondió el padre Guérard des Lauriers—, le daría un consejo diferente. Conozco al secretario del Santo Oficio que recibirá su estudio. Lo tirará inmediatamente a la basura. Si desea que Roma lo tome en serio, debería publicarlo».
«El buen padre probablemente tenga razón —comentó el arzobispo con una sonrisa.
Presenté mi segundo análisis, que concluía con la herejía y el cisma de Pablo VI, en el Seminario de Écône. Anuncié que enviaría este estudio a todos los cardenales y patriarcas de la Santa Iglesia y que tenía la intención de hacerlo público en una rueda de prensa en Roma. Una vez más, el arzobispo no hizo ningún comentario y me aseguró sus oraciones.
La rueda de prensa se celebró, tal como estaba previsto, en Roma el 19 de noviembre de 1976. Estuvieron representados más de 19 diarios italianos, y posteriormente el arzobispo siguió mostrándome una actitud amistosa y me recibía con los brazos abiertos en sus reuniones. (Cf. “Fortes in Fide”, n.º 8, págs. 24-25)
EL CAMBIO DE RUMBO DEL ARZOBISPO
Poco antes de su famosa declaración del 8 de noviembre de 1979, las cosas empezaron a cambiar y su fundador se distanció de mí y de todos los que participábamos en la verdadera resistencia. ¿Qué había sucedido para justificar su nueva forma de actuar y su declaración fratricida?
Desde el momento en que decidió volver a negociar con los líderes de la nueva Iglesia, monseñor Lefebvre, plenamente consciente de mi postura sobre la legitimidad de nuestra resistencia católica, tuvo cuidado de no revelarme nada. Me enteré de esto por rumores públicos.
En 1979, la fiesta de San Pío X cayó en domingo. Aproveché la ocasión para tranquilizar a los fieles de mi capilla sobre las intenciones del Arzobispo. Posteriormente publiqué esta homilía en la revista para beneficio de mis lectores, pero también para recordarle a su Superior que «quien cena con el diablo, mejor que use una cuchara larga».
Lamentablemente, la cuchara que usó su fundador era demasiado corta. Como resultado, no obtuvo nada y se convirtió en cómplice de la subversión.
Es fácil de entender. Nuestro Señor nos advirtió sobre esto cuando dijo: «Los hijos de este mundo son más sabios en su generación que los hijos de la luz» (Lucas 16, 8).
Dado que el Arzobispo pidió que se le permitiera realizar una prueba de la Tradición, es evidente que no estaba seguro de sus derechos para continuar haciéndolo. Dado que hizo la solicitud a estas personas, es evidente que reconoció su autoridad. En este contexto, es evidente que uno de los primeros requisitos previos que nunca se pudo discutir con aquellos a quienes se dirigió fue el reconocimiento de
- la legitimidad del papa reinante,
- la validez del nuevo rito para la celebración pública de la Misa promulgado por su predecesor Pablo VI,
- y la aceptación del Concilio Vaticano II.
El Arzobispo pudo asegurar a sus interrogadores sin mentir que nunca había dicho que el papa fuera un hereje, que siempre había sostenido que una misa celebrada con el nuevo rito de Pablo VI, si se celebraba con dignidad, era válida, y que dentro de su Compañía ningún sacerdote estaba autorizado a celebrar el santo Sacrificio que no fuera "una cum famulo tuo papa NOSTRO Joanne Paulo".
Por lo tanto, era natural que la jerarquía posconciliar exigiera, como prueba de su sinceridad, que su fundador se distanciara públicamente de quienes no compartían estas posturas. Esto explica por qué, sin previo aviso, el arzobispo hizo su declaración fratricida el 8 de noviembre de 1979 y apuñaló por la espalda a la resistencia católica.[39]
Elegido por Dios para confesar la fe en un punto que era negado con mucha frecuencia, el arzobispo Lefebvre huyó del campo de batalla.
Recordemos la pregunta que Dios le hizo al Arzobispo a través de los labios del Cardenal Šeper, una pregunta que tenía como objetivo facilitar la confesión de fe que Él esperaba de él: «¿Es posible que un rito, especialmente el de la Misa, promulgado por un Sumo Pontífice, ponga en peligro la fe de los fieles?».
La respuesta del arzobispo fue tan cuidadosamente formulada que el cardenal no se sintió obligado a insistir. Acababa de ponerlo a prueba, y era evidente que el “nuevo Atanasio” era más una molestia que un peligro. Bastaba con dejar que las cosas siguieran su curso. Era solo cuestión de tiempo.[40]
IV - LA TRAICIÓN DE ECONE A LA RESISTENCIA CATÓLICA
Como ya he mencionado, el arzobispo Lefebvre, al igual que nosotros, fue elegido por Dios para dar testimonio de la verdad de su palabra en defensa de la Iglesia de Pedro, con la gracia y la autoridad que le confiere su episcopado. Dios deseaba que un obispo alzara la voz para combatir la herejía del siglo XX, y fue al arzobispo Lefebvre a quien eligió para tal fin.
Porque es precisamente este testimonio lo que Dios nos exige. Lo espera antes que nada. Y es este testimonio el que vuestro fundador se negó a dar, y que vosotros, siguiendo sus pasos, también os negáis a dar.
Al igual que él, vosotros no queréis afirmar claramente que Dios Padre concedió la petición de Cristo de que la fe de Pedro no desfalleciera (Cf. Juan XI, 41-42).
Al igual que él, vosotros os negáis a declarar que estos papas que durante más de veinte años han enseñado oficialmente doctrinas heréticas no son ni pueden ser verdaderos vicarios de Cristo.
Al igual que él, carecéis del valor de la fe para declarar que estos papas han aportado ellos mismos la prueba de que no están investidos de autoridad pontificia.
Al igual que él, no os atrevéis a declarar que Dios, al ordenarnos resistirlos, deja claro que no los ha aceptado como vicarios de su Hijo.
No pienses que intento defender una opinión personal. Bastaría con que reflexionárais con serenidad ante Dios, quien os juzgará como ya juzgó al arzobispo Lefebvre, para que os deis cuenta de que lo que digo es cierto.
De todos los errores del Concilio Vaticano II, ¿cuál predomina? ¿Acaso no veis que es precisamente el que he señalado? Ya sea la cuestión de la libertad religiosa, la inversión total de la enseñanza de la Iglesia sobre la liturgia, el Cuerpo Místico de Cristo, el ecumenismo, el comunismo o un sinfín de otras novedades, la condena de cada uno de estos errores se encuentra en documentos pontificios preexistentes.[41]
Pero estos documentos no tienen autoridad si uno no admite que derivan su autoridad DE LA MADRE Y MAESTRA DE TODAS LAS IGLESIAS.
Aquí es donde entra en juego la herejía del siglo XX. Ya no se desea aceptar este dogma. Se rechaza esta enseñanza por lo que es: la regla inmediata de la fe.
Este es el error predominante, el mayor crimen de los papas del Concilio Vaticano II. Habiendo sucumbido a la herejía del siglo XX, ellos, al igual que los obispos, han perjurado. Y, como ellos, los papas del Vaticano I ya no están en comunión con sus predecesores.
¿Acaso vuestra Compañía no está también contaminada por esta misma herejía? ¿Aceptáis, como hijos fieles de la Iglesia, la infalibilidad del Magisterio ordinario? Escuchad las palabras de Pío XII:
«El magisterio de la Iglesia (se refiere a la enseñanza que entra en la categoría de “ordinario”) DEBERÍA SER LA NORMA DE FE PRÓXIMA Y UNIVERSAL para todo teólogo en materia de fe y moral, porque Cristo el Señor le confió todo el depósito de la fe, a saber, las Sagradas Escrituras y la divina Tradición, para que las guardara, conservara e interpretara; no debe pensarse que lo que se expone en las Cartas Encíclicas no exige asentimiento en sí mismo, porque en esto los papas no ejercen el poder supremo de su magisterio. PORQUE ESTOS ASUNTOS SON ENSEÑADOS POR EL MAGISTERIO ORDINARIO, SOBRE EL CUAL ES PERTINENTE LO SIGUIENTE: “EL QUE OS ESCUCHA A VOSOTROS, A MÍ ME ESCUCHA”» [42].
CONCLUSIÓN: ¿PUSO EL ARZOBISPO LEFEBVRE EN RIESGO SU PROPIA SALVACIÓN ETERNA?
Disculpad que plantee esta pregunta de forma tan directa ante lectores ajenos a vuestra Fraternidad. Como podréis comprobar, no se trata de mera curiosidad. Antes de responder, permitidme hacer algunas observaciones.
PRIMER COMENTARIO. Como todos los mortales, el arzobispo Lefebvre ha comparecido ante el Tribunal de Dios para ser juzgado por Aquel que es tanto fuente de Justicia infinita como de Misericordia infinita.
SEGUNDO COMENTARIO. Su estatus eterno está irrevocablemente determinado. Todo lo que se recuerde, ya sean los pecados más graves en su conducta y acciones, o los mayores elogios y la esperada canonización por parte de quienes lo consideran santo, no puede cambiar el juicio de Dios que ya ha sido emitido. «Homo enim videt ea quae parent, Dóminus áutem intúetur cor.»[41]
TERCER COMENTARIO. Dado que la suerte está echada, ¿para qué plantear la cuestión? Algunos preguntarán si he olvidado la recomendación de los antiguos de que «de mórtuis nisi bene»?[44].
Este aforismo es un dicho pagano inspirado por el miedo. Algunos temían que los muertos se vengaran de quienes hablaban mal de ellos.
No me complace criticar al arzobispo Lefebvre. Mi intención es recordar lo que, en cuanto a la fe, pudo haber comprometido la salvación de su alma. De este modo, quienes hayan caído en sus errores se iluminarán y podrán reconsiderar su postura antes de que sea demasiado tarde. No olvidemos jamás la afirmación del apóstol de que nadie se burla de Dios (Gál. 6, 7).
CUARTO COMENTARIO. Respecto a la salvación eterna del arzobispo, aun cuando rechazara conscientemente el llamado de Dios a confesar la fe, aun cuando pensara y actuara de manera reprochable ante los ojos de Dios, solo mediante la revelación divina mediada por la Iglesia se puede saber. Nadie puede saber qué ocurría en lo más profundo de su corazón antes de entregar su alma a Dios.
Por eso la Iglesia, que sabe bien que el juicio pertenece solo a Dios, siempre se ha abstenido de pronunciarse sobre la condenación de ningún individuo, ni siquiera de sus perseguidores más crueles.
Por otro lado, nunca ha dudado en denunciar los errores, sin importar quién los afirme, si la persona está viva o muerta, si la sostienen sus hijos o no, y si es digna de elogio en otros ámbitos. Siempre ha deseado que quienes tengan conocimiento de tales errores lleguen a un juicio sensato, guiado por la fe, y que de esta manera salvaguarden su salvación eterna.
Debe entenderse perfectamente en todo lo que voy a decir que se trata únicamente de lo que podría haber puesto en riesgo su salvación eterna, y no de determinar el juicio que Dios ha emitido con respecto a él.
QUINTO COMENTARIO. Como Dios es mi testigo, espero fervientemente que Dios, en su gran misericordia, haya recibido el alma de su Fundador, y desde su muerte he orado precisamente por eso.
Estas precisiones son importantes para la discusión.
LAS RAZONES QUE PERMITEN PREOCUPARSE POR LA SALVACIÓN ETERNA DEL ALMA DEL ARZOBISPO LEFEBVRE
LA PRIMERA RAZÓN: SU NEGATIVA A CONFESAR LA FE.
Si la negativa a confesar la fe es consciente, constituye un pecado grave contra la virtud de la fe. Ahora bien, bien sabéis que la fe teológica se pierde con un solo pecado mortal contra la fe. Pues, como enseñó León XIII, la naturaleza de la fe es tal que nada es más imposible que creer una cosa y rechazar otra. Por consiguiente, añade: «Quien, aun en un solo punto, se niega a asentir a una verdad divinamente revelada, en realidad las rechaza todas» (“Satis Cógnitum”).
También se puede negar una verdad revelada de forma indirecta, incluso sin dudar de ella. Quien afirma un error de buena fe sin ser consciente de que su afirmación niega indirectamente una verdad revelada, queda eximido del pecado de herejía. Pero, como bien sabéis, la ignorancia invencible no exime de culpa.
- cuando el asunto en cuestión atañe a los deberes propios del estado de vida. El conocimiento de la doctrina es una de las obligaciones de la vocación sacerdotal, y con mayor razón lo es para un obispo, un profesor de teología y un superior religioso.
- Si uno es ignorante como resultado de ser negligente al informarse sobre el asunto, “a fortióri” cuando se niega a ser corregido cuando se le señala su error.
Como ya he señalado, hemos sido elegidos no solo para oponernos a las herejías de épocas anteriores, herejías condenadas hace mucho tiempo, sino también para oponernos a las convulsiones provocadas por el Concilio Vaticano II y la herejía del siglo XX.
Cuando Satanás ha recibido la autorización de Dios para “tamizar” la Iglesia de su Hijo como trigo (Lucas XXII, 31), para «insertarse incluso en los lugares más altos» (La Salette),
Cuando Roma haya perdido la fe y se haya convertido en la sede del anticristo (La Salette),
Cuando casi toda la jerarquía ha dejado de estar en comunión con la Iglesia de Roma y Pedro, cuando han tomado nuevos amos y cuando enseñan nuevas doctrinas como las que nuestros padres nunca conocieron,
Cuando la abominación de la desolación se instala en el lugar santo[45] y todo el patrimonio de la Iglesia ha sido derrocado,
Dios desea que demos testimonio de su palabra apoyando a la Iglesia de Roma y a la de Pedro. Dios desea que defendamos nuestra fe ante el mundo entero.
Esta Iglesia, y solo esta Iglesia, jamás ha fallado ni fallará. Esta Iglesia, y solo esta Iglesia, tiene garantizada la protección contra todo error (Lucas 22, 32), pues, en la mente del Maestro, ella es la Madre y Maestra de todas las Iglesias. Es a su enseñanza, a su doctrina y a su forma de culto a las que debemos adherirnos si deseamos que Él nos reconozca como suyos.
ESTA ES LA VOLUNTAD DE DIOS PARA NOSOTROS. ESTE ES EL TESTIMONIO QUE DEBEMOS DAR. ESTE ES EL TESTIMONIO QUE EL ARZOBISPO LEFEBVRE SE NEGÓ A DAR CON OBSTANCIA.
Y para evitar responder a la voluntad de Dios para con él, no dudó en incurrir en las contradicciones más escandalosas y en las innovaciones doctrinales más flagrantes, y se refugió en un silencio de lo más culpable.
Permitid recordároslo
- de su cambio radical tras la carta a los Cardenales del 6 de octubre de 1978, y tras la elección y las declaraciones de Juan Pablo II,
- de su predilección por un papa tipo Jano que un día es el “anticristo” y al día siguiente el “Vicario de Cristo”,
- del principio del “libre examen” impuesto a todos los fieles a quienes obligaba a juzgar personalmente qué en la enseñanza del papa era y no era compatible con la Tradición,
- de su negación en el orden práctico de la infalibilidad del magisterio ordinario y universal de la Iglesia,
- de la posibilidad de que la Iglesia proporcionara a los fieles un rito que supusiera un peligro para su fe,
- de su teoría que implica que Cristo presta su apoyo a la destrucción de Su Iglesia, al preservar en su condición de Su Vicario y al ser [una persona jerárquica] con el individuo que es
- un partidario de ese ecumenismo que niega una de las doctrinas más sólidas de nuestra fe, en el sentido de que «fuera de la fe católica nadie puede salvarse».
- responsable del espectáculo blasfemo y sacrílego de Asís,
- el instigador de la visita amistosa a los líderes de la Sinagoga de Roma, hombres que persisten en sostener que Nuestro Señor Jesucristo es «un blasfemo, digno de muerte». (Mateo XXVI, 65-66)
El arzobispo Lefebvre no solo se negó a dar el testimonio para el que Dios lo había elegido, sino que, con gran afrenta a la justicia y la caridad, expulsó de su Compañía a todos aquellos —sus hijos— que sí lo habían dado. Además, se distanció públicamente de los verdaderos resistentes, haciendo todo lo posible por desacreditarlos con calificativos tan peyorativos como “desobedientes”, “extremistas”, “cismáticos” y “sectarios movidos por un celo acérrimo”.
Para dejar aún más claro que no quería tener nada que ver con nosotros, llegó al extremo de permitirles intentar destruir nuestros centros de misa vaciándolos de fieles.[47]
Y finalmente, en el momento de las consagraciones, prohibió al obispo Antonio de Castro Mayer declarar públicamente en Écône que la Santa Sede carecía de un verdadero papa, un papa investido con la autoridad de Pedro.
En lo que a mí respecta, en cuanto a dar testimonio de la fe, no dudo en decir, y me encantaría que me demostraran lo contrario, que APARTE DE PABLO VI, QUE DESTRUYÓ TODO EN LA IGLESIA, Y APARTE DE SUS SUCESORES, QUE CODIFICARON SU “REVOLUCIÓN DE OCTUBRE”, NADIE HA HECHO MÁS DAÑO A LA IGLESIA QUE EL ARZOBISPO LEFEBVRE AL DIVIDIR, LIBERALIZAR Y ESTERILIZAR LA RESISTENCIA CATÓLICA.
Obviamente, soy consciente de que destruir el patrimonio de la Iglesia es una acusación gravísima. Pero consentir esto, dividir la resistencia a esta subversión, neutralizar esta resistencia liberalizándola, atacar a quienes se atreven a confesar que los destructores de la fe católica no pueden ser verdaderos papas, es algo aún más grave. Es, de hecho, ser cómplice activo de estos destructores.[48]
UNA SEGUNDA RAZÓN PARA ESTAR PREOCUPADO: SU DESPRECIO POR AQUELLOS QUE DISCREPABAN DE SU FORMA DE PENSAR.
Este era uno de los rasgos principales de su carácter. Bien podría ser la causa fundamental de su fracaso al dar testimonio de la fe. El arzobispo Lefebvre nunca aceptó el consejo de quienes no pensaban como él. Nunca toleró ni escuchó las objeciones de quienes discrepaban con él, ni siquiera cuando se trataba de los asuntos más serios. Ya en 1970, cuando organicé la primera conferencia para el estudio de problemas doctrinales en Tours, anunció que no participaría si invitaba al padre Raymond Dulac. Esta misma mentalidad sectaria rigió su comportamiento con respecto a quienes abandonaron su Fraternidad: «Ya no quiero tener nada que ver con ellos, todo ha terminado». Estoy seguro de que conocéis la historia de la Vulgata de Sixto V. Este papa había creado una comisión de especialistas para revisar la traducción de la Biblia. Como papa, creía poseer mayor sabiduría que sus consejeros. Por ello, impuso su punto de vista en la traducción de cada pasaje oscuro sin tolerar ninguna contradicción. El resultado fue el esperado: sus consejeros aprobaron todo sin objeciones. Su traducción resultó estar plagada de errores, hasta el punto de que su sucesor no veía la hora de quemarla. Este ejemplo nos recuerda que ni siquiera un papa está exento de la obligación de escuchar a quienes piensan diferente. Aclara las consecuencias de la peculiar forma de actuar del arzobispo Lefebvre.
Este era uno de los rasgos principales de su carácter. Bien podría ser la causa fundamental de su fracaso al dar testimonio de la fe. El arzobispo Lefebvre nunca aceptó el consejo de quienes no pensaban como él. Nunca toleró ni escuchó las objeciones de quienes discrepaban con él, ni siquiera cuando se trataba de los asuntos más serios. Ya en 1970, cuando organicé la primera conferencia para el estudio de problemas doctrinales en Tours, anunció que no participaría si invitaba al padre Raymond Dulac. Esta misma mentalidad sectaria rigió su comportamiento con respecto a quienes abandonaron su Fraternidad: «Ya no quiero tener nada que ver con ellos, todo ha terminado». Estoy seguro de que conocéis la historia de la Vulgata de Sixto V. Este papa había creado una comisión de especialistas para revisar la traducción de la Biblia. Como papa, creía poseer mayor sabiduría que sus consejeros. Por ello, impuso su punto de vista en la traducción de cada pasaje oscuro sin tolerar ninguna contradicción. El resultado fue el esperado: sus consejeros aprobaron todo sin objeciones. Su traducción resultó estar plagada de errores, hasta el punto de que su sucesor no veía la hora de quemarla. Este ejemplo nos recuerda que ni siquiera un papa está exento de la obligación de escuchar a quienes piensan diferente. Aclara las consecuencias de la peculiar forma de actuar del arzobispo Lefebvre.
Él también solo escogía a sus asesores de entre sus admiradores: no soportaba que lo contradijeran. ¿Quién, entonces, puede sorprenderse de lo sucedido, de que el resultado final no sea católico?
Y, sin embargo, no faltaron las advertencias suficientes para impedir que se desviara del camino. Sin mencionar a otros que le brindaron la misma caridad, ya sabéis cuántas veces le cité el pasaje de Ezequiel 3:17-21 sobre la obligación que tenía de advertirle en la medida en que creía que estaba equivocado. Jamás, ni una sola vez, me hizo caso.
UNA TERCERA RAZÓN DE PREOCUPACIÓN: SU FALTA DE CARIDAD.
Estaba convencido de que yo estaba equivocado, y se lo señalé repetidamente. Ahora bien, un error en cuestiones de fe no podía sino poner en riesgo mi salvación eterna. Por lo tanto, tenía la obligación de corregirme, más aún puesto que yo se lo pedí. Para persuadirlo de que lo hiciera, le recordé repetidamente el pasaje de Ezequiel. Jamás tuvo la caridad de discutirlo conmigo.
Estaba convencido de que yo estaba equivocado, y se lo señalé repetidamente. Ahora bien, un error en cuestiones de fe no podía sino poner en riesgo mi salvación eterna. Por lo tanto, tenía la obligación de corregirme, más aún puesto que yo se lo pedí. Para persuadirlo de que lo hiciera, le recordé repetidamente el pasaje de Ezequiel. Jamás tuvo la caridad de discutirlo conmigo.
No fui, ni mucho menos, el único excluido de su caridad. Los fieles que habían sido engañados por la nueva iglesia también quedaron excluidos. Vosotros conocéis mejor que yo las constantes peticiones que él le hacía a su “papa”. ¿Con qué fin? No para que prohibiera los nuevos ritos que exponían a los fieles al peligro de perder la fe, sino simplemente para obtener el privilegio de conservar las antiguas costumbres para su Fraternidad.
¿Cómo podía él aceptar el uso de estos nuevos ritos, que representaban un peligro para la fe de otros católicos? ¿Acaso había recibido alguna dispensa de Dios que le permitiera no amar a quienes estaban fuera de su Compañía?
San Juan es muy claro. La forma más segura de comprobar la sinceridad de nuestro amor a Dios es amando al prójimo. «El que finge amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien sí ve, es un mentiroso» (1 Juan 4, 20). Y San Pablo nos asegura que nuestras obras más brillantes, nuestras pruebas y nuestras virtudes, todo ello es inútil para nuestra salvación si carecemos de caridad (1 Corintios 13).
UNA CUARTA RAZÓN DE PREOCUPACIÓN: SU DESCUIDODE LA PALABRA DE DIOS.
Reconocer a los papas del Concilio Vaticano II es reconocer que Cristo los ha hecho sus vicarios y los ha investido con su autoridad.
Reconocer a los papas del Concilio Vaticano II es reconocer que Cristo los ha hecho sus vicarios y los ha investido con su autoridad.
Al mismo tiempo, a pesar del mandato y la amenaza del Espíritu Santo, según relata San Pablo (Rom. XIII, 1-2), resistirse públicamente con obstinación a las órdenes claras y específicas de estos papas, negarse a obedecer sus mandatos expresos y ostensiblemente ignorar sus sanciones, aun cuando estén legalmente promulgadas, no es otra cosa que ignorar la Palabra de Dios, atraer sobre uno mismo sus maldiciones y comprometer seriamente la propia salvación eterna.
* * *
Podría recordar aún más motivos de preocupación, pero prefiero no hacerlo.
Como ya he dicho, espero fervientemente que vuestro fundador haya podido enmendar todos sus errores antes de entregar su alma a Dios. ¿Lo hizo? Lo sabremos en el Día del Juicio. Hasta entonces, ese conocimiento permanecerá oculto en manos de Dios.
Por otro lado, podemos y DEBEMOS orar para que el Arzobispo lo haya hecho. Como bien sabéis, nunca es tarde para elevar oraciones a Dios.
Concluiré esta carta, que me habéis obligado a escribir públicamente para ti, con una doble advertencia.
PRIMERO: Al seguir cometiendo los mismos errores que vuestro fundador, al intentar justificar lo injustificable, solo podéis aumentar su responsabilidad ante Dios sin disminuir en absoluto la vuestra. Además, en nombre del deber filial que tenéis para con él, os pido que reflexionéis sobre lo siguiente:
Tenéis la fe y creéis que, para la salvación de su alma, Dios podría haber tomado en cuenta las oraciones y los sacrificios que ofreceríais “después de su muerte”. En estas circunstancias, ¿no creéis que tenéis la obligación adicional de considerar lo que he escrito en mi carta?
A menos que seáis capaces de refutar doctrinalmente los argumentos basados en la fe que fundamentan nuestra preocupación, ¿no creéis que vuestro deber filial os obliga a superar su reticencia a reconocer que, al igual que él, os habéis equivocado? Hacerlo no implica faltar al deber filial. Reconocer los errores paternos expresa mucho mejor dicho deber que aferrarse a ellos.
SEGUNDO - Si el destino de vuestro fundador está irremediablemente sellado, el vuestro y el mío aún no están determinados. Ahora bien, con respecto a nuestra salvación, nuestras diferencias de opinión no son divergencias, sino contradicciones directas. Dicho claramente, si estáis en el camino correcto hacia la salvación, yo no lo estoy. Y si yo estoy en lo cierto, vosotros vais camino al infierno. Volviendo al pasaje de Ezequiel (III, 17-21), tenéis para conmigo, como yo para vosotros, una grave obligación de caridad fraterna que debéis ejercer.
Al escribiros una carta pública, creo haber cumplido con creces este acto de caridad. ¿Tendréis vosotros valor de hacer lo mismo conmigo? En efecto, no se puede creer en la sinceridad de vuestras convicciones si no creéis que estoy necesariamente en camino a la condenación. Escuchad lo que Dios dice por medio de su profeta: «Sanguinem vero ejus de manu tua requiram» (Ez. III, 20)[50]
Ruego al dulce e inmaculado Corazón de María, al gran San José, padre virginal de Jesús y principal Patrono de la Iglesia, que os obtenga de nuestro Señor Jesucristo la gracia de impedir que os engañéis sobre vuestro fácil éxito (meditad en Mateo 7, 22-23), para que no os sintáis cómodos en vuestra incoherencia, para que entendáis que Dios, que ha permitido vuestros errores para que vuestra conversión sea más gloriosa para Él y más provechosa para la salvación eterna de vuestro Fundador.
Padre Nöel Barbara
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CARTA AL PADRE COACHE, EDITOR DE “COMBAT DE LA FOI”
Estimado Padre,
Estimado Padre,
A principios de 1988, informé públicamente a los suscriptores de “Forts dans la Foi” sobre su actitud fraternalmente caritativa hacia mí en mi difícil momento, cuando me enfrentaba a una terrible prueba. Desde entonces, fiel a mi amistad, me he abstenido de mencionar en mi reseña el ataque que Vd. lanzó contra los verdaderos defensores de la fe. No es que me faltaran ocasiones para hacerlo; Vd. me las brindó en numerosas ocasiones en su revista “Combat de la Foi”.
Su número de diciembre de 1991 llegó cuando mi “Carta pública a los miembros de la Fraternidad de San Pío X” estaba en imprenta. ¡Esta vez se ha excedido! De hecho, como bien saben, me encuentro entre aquellos a quienes Vd., en su afán de caridad, suele calificar de “extremistas”, y que comparan esta época con “los fariseos puestos en su lugar por Jesús”.
He intentado convencerme de que no es consciente del daño que causa con su comportamiento. Sea lo que sea —solo Dios y su confesor lo saben— no puedo seguir callado sin sentirme culpable de cobardía hacia aquellos a quienes victimiza y de ser un traidor a Nuestro Señor. Por lo tanto, añado esta posdata especialmente para Vd. y ruego a Dios que tenga el valor de leerla, meditar en ella y sacar provecho de ella.
Padre, Vd. sabe que siempre he trabajado por la unidad de quienes defienden la fe. Me conoce lo suficiente como para saber que me preocupa no actuar jamás sin una justificación doctrinal. Recuerde, por ejemplo, la primera reunión sacerdotal que organicé en Tours al comienzo de nuestra actividad. En aquel entonces usted aún se encontraba en Montjavoult. Estuvo presente, junto con el arzobispo Lefebvre y muchos otros. ¿Qué buscábamos? Sin duda, la justificación doctrinal de nuestra resistencia.
Como bien saben, ninguna unión es posible, a pesar de las mejores intenciones, sin un acuerdo previo sobre las razones que la motivarían.
Una vez más, en un intento por alcanzar dicha unidad, intercambiamos varias cartas en 1988. En cada una de sus respuestas, usted cambió el tema en cuestión para evitar asuntos que le resultaban incómodos. Incluso le hice ver esto al comienzo de mi carta del 21 de noviembre. Permítame citarle:
Disculpe mi franqueza, pero tiene el don de exasperarme, pues me da la impresión de que haría cualquier cosa por evitar el problema real y así no tener que enfrentarlo. Tenga la amabilidad de decirme cuál es el punto de nuestra reunión propuesta que le resulta tan difícil. ¿Se trata acaso de establecer las razones teológicas que justifican y, de hecho, exigen nuestra resistencia?
He tenido mucho cuidado en señalar que, cuando se trata de tratar con la máxima autoridad religiosa del mundo, a saber, el Vicario de Cristo, para tener una conciencia absolutamente limpia, debemos poder justificar nuestra resistencia mediante una doctrina absolutamente cierta, y no simplemente seguir la opinión de algún teólogo, incluso si dicha opinión está bien fundamentada y es muy probable que se apruebe.
Desde hace tiempo, le reprocho amistosamente que se aferre obstinadamente a considerar como opiniones todos los argumentos esgrimidos por quienes rechazan la autoridad de los papas del Concilio Vaticano II.
Luego hice dos viajes a Moulin du Pin. Más allá del placer que anticipaba al visitar su hermosa finca, deseaba, sobre todo —usted lo sabía perfectamente, ya que se lo había comentado en mis cartas—, hablar con usted sobre la cuestión del papa.
¿Debo recordárselo? En ambas ocasiones evitó la discusión. Para Vd., nuestras divisiones no son tanto el resultado de diferentes opiniones teológicas, sino del deseo de cada grupo de imponer su opinión a los demás, alegando siempre que dichas opiniones son de fe. Según Vd., lo único que se requiere para acabar con las divisiones es que todos se adhieran a la teología tradicional.
Como diría el señor de La Palice, si esta postura “a prióri” no fuera errónea, sería justa. Desafortunadamente, lo es.
En primer lugar, ¿podría indicar qué temas han tratado o siquiera abordado los teólogos tradicionales sobre el problema que nos plantea el Concilio Vaticano II?
Ciertamente, mientras uno evite la precisión, es fácil recurrir a la teología tradicional para resolver nuestros problemas. Pero, ¿es capaz de dar siquiera una sola referencia pertinente?
Aunque se escudriñe con atención a los Padres de la Iglesia, no se encontrará nada que ayude. La cuestión jamás se planteó en los siglos pasados. Ni siquiera las discusiones sobre la posibilidad de un papa herético o cismático abordan realmente el problema planteado por los papas del Concilio Vaticano II. Ni entre los autores tradicionales ni entre ningún otro se ha considerado el caso de una Iglesia sometida durante más de un cuarto de siglo a un papa modernista. Me refiero a un papa que es a la vez hereje, cismático y apóstata de la fe católica; un papa que ha fomentado la colocación de un ídolo en un sagrario fijado a un altar en una iglesia consagrada para que los adeptos sectarios pudieran rezar por la paz. ¿Acaso no fue esto lo que ocurrió en Asís? A lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia, ¿qué teólogo ha reflexionado siquiera sobre semejante problema y puede ser llamado para aclararnos estas cuestiones?
De ello se deduce, querido hermano, que se equivoca. No solo estamos divididos en opiniones, sino también, y sobre todo, en artículos de fe. Y le ruego que no crea que puede confiar en los procedimientos tan apreciados por el arzobispo Lefebvre, por los miembros de la Compañía y por todos esos liberales que agobian a la resistencia con frases como «es inútil hablar con ellos porque son orgullosos y siempre quieren tener razón». Permítame afirmar sin dudarlo que esta afirmación es una mentira unida a la cobardía, que nuestro ilustre Jean de La Fontaine inmortalizó en sus fábulas. Recuerda al zorro, molesto por no poder alcanzar las uvas: «Están demasiado verdes y solo sirven para los extremistas».
Para ser lo más breve posible, me limitaré a plantearle públicamente varias preguntas específicas. Ruego a Dios que le dé la fuerza y la luz para que pueda responderlas con honestidad, justificando sus argumentos con textos del Magisterio y no con afirmaciones gratuitas, citas falsificadas o irrelevantes para el tema. Lea la nota 27 anterior. Al escribirla, evité nombrarlo. Su último artículo me obliga a informar a mis lectores que esta nota le concierne tanto a usted como a Ogliastro-Laguérie, ya que, lo lamento decir, está acostumbrado a comportarse de esta manera.
LA PRIMERA PREGUNTA - PARA USAR SUS PROPIAS PALABRAS, TRATA SOBRE "ESTE ARGUMENTO RIDÍCULO SOBRE “UNA CUM”".
Personalmente, desde el momento de mi ordenación hasta el momento en que tuve conocimiento de la caída de Pablo VI, siempre he rezado el “Te ígitur”, manteniendo el sentido que me enseñaron en el seminario. Con esta oración pretendo pedirle a Dios, por la Santa Iglesia Católica, para la cual el Santo Sacrificio se ofrece principalmente, “in primis”, "que se digne darle la paz, protegerla y gobernarla en toda la tierra en unidad con tu siervo nuestro Papa X... y nuestro Obispo Y... y con todos los que profesan la fe ortodoxa, católica y apostólica".
LA PRIMERA PREGUNTA - PARA USAR SUS PROPIAS PALABRAS, TRATA SOBRE "ESTE ARGUMENTO RIDÍCULO SOBRE “UNA CUM”".
Personalmente, desde el momento de mi ordenación hasta el momento en que tuve conocimiento de la caída de Pablo VI, siempre he rezado el “Te ígitur”, manteniendo el sentido que me enseñaron en el seminario. Con esta oración pretendo pedirle a Dios, por la Santa Iglesia Católica, para la cual el Santo Sacrificio se ofrece principalmente, “in primis”, "que se digne darle la paz, protegerla y gobernarla en toda la tierra en unidad con tu siervo nuestro Papa X... y nuestro Obispo Y... y con todos los que profesan la fe ortodoxa, católica y apostólica".
Desde que me di cuenta de que estos papas que traicionaron a Cristo no pueden ser verdaderos papas, he adoptado las directrices que da el Misal Romano para la situación en la que la Santa Sede y la Sede Episcopal están vacantes, y simplemente omito las partes del pasaje que están en cursiva.
La justificación de mi decisión es muy sencilla. Con la gracia de Dios, no deseo bajo ninguna circunstancia profanar el sacrificio que ofrezco a Dios nombrando en esta oración solemne al individuo que es el principal adversario de Cristo, el principal “anticristo”, como lo ha llamado el arzobispo Lefebvre, el principal destructor de «la fe ortodoxa, católica y apostólica».
Considerando la importancia del tema de “una cum”, una importancia que parece escapársele por completo, intentaré ofrecerle una comparación que tal vez le aclare el motivo. Sé que una comparación no es una razón, pero, para las personas de buena voluntad, una comparación puede ayudar a comprender la razón.
Cualquiera que sea el significado que le dé a la frase “una cum”[53], imagine, querido Padre, a un sacerdote, un “buen” sacerdote, pero uno que es un poco extraño. Celebra su Misa piadosamente usando el rito de Pío V, pero deseando orar por su conversión, celebra su Misa “una cum” Atenágoras (o Nicodemo, o Roger Schutz de Taizé, o Hasán de Marruecos).
Usted puede, al menos espero, comprender sin dificultad que la “buena Misa” de este “santo sacerdote”, celebrada en el rito tradicional e indudablemente válido, pero ofrecida a Dios “una cum” por el principal cismático (o con los luteranos de Taizé, o los discípulos de Mahoma) está ciertamente manchada con una impureza sacrílega, aparte del sentido que el celebrante le da a la frase “una cum”.
¿Puedes seguir encontrando ridícula la disputa sobre “una cum” con respecto a este sacerdote bastante peculiar cuya manera de celebrar la Misa no puede dejar de causar cierta repulsión, incluso entre aquellos que se adhieren a la “teología tradicional”?
Y así, querido Padre, ¿entiende ahora nuestro verdadero problema? Aquí reside. En cuanto al catolicismo ortodoxo, ¿qué diferencia ve entre la fe de un cismático, un hereje, un musulmán, el Dalái Lama o Juan Pablo II? Personalmente, veo varias, pero todas son puramente accidentales. Por otro lado, en cuanto a la esencia de su fe, ninguno de ellos, y Juan Pablo II aún menos que los demás, puede decirse, sin mentir al Espíritu Santo, que pertenece a la categoría de «omnibus orthodoxis atque catholicae et apostolicae fidei CULTORIBUS».
Por supuesto, este asunto puede parecer ridículo, pero —perdónenme que lo diga en voz baja— solo para aquellos que han perdido todo sentido de la santidad de la Misa católica. Desde el día de nuestra ordenación, al hacernos sacerdotes y confiarnos el poder de ofrecer el Santo Sacrificio, la Iglesia nos ha encomendado la obligación perpetua de custodiar siempre, siguiendo la pertinente expresión del Padre Guerard des Lauriers, la “Oblátio munda” o Sacrificio puro.
Si me equivoco al explicarle la importancia de esta “pregunta ridícula”, cuento con su caridad fraterna y sacerdotal para que me ilumine con alguna fuente católica basada en la teología tradicional y me muestre a aquellos que Cristo consideraría “fariseos que necesitan ser puestos en su lugar”.
LA SEGUNDA PREGUNTA: LA NUEVA MISA
Nunca he negado, y siempre he creído y enseñado que las auténticas palabras de la doble consagración son esenciales y suficientes para asegurar la validez del Santo Sacrificio CUANDO SE USA EN UN RITO CATÓLICO. Por lo tanto, es inútil volver a tratar este tema una y otra vez. Hacerlo no resuelve ninguna de nuestras dificultades y, de hecho, nos distrae del verdadero problema, que es el de la nueva misa. Aquí, una vez más, da la impresión de que no entiende. Permítame recordarle nuevamente, para su beneficio, que:
Los nuevos ritos de Pablo VI fueron compilados a partir de diversas fuentes con una clara intención ecuménica. Con este propósito, sus autores quisieron suprimir todo aquello del rito tradicional que significara inequívocamente doctrinas católicas repugnantes para la mayoría de los protestantes, dogmas tales como, por mencionar solo algunos de los considerados esenciales, la PRESENCIA REAL del Cuerpo de Cristo después de la consagración, el CARÁCTER PROPICIATORIO DEL SACRIFICIO y la NECESIDAD DE UN SACERDOTE VÁLIDAMENTE ORDENADO PARA CELEBRAR.
LA SEGUNDA PREGUNTA: LA NUEVA MISA
Nunca he negado, y siempre he creído y enseñado que las auténticas palabras de la doble consagración son esenciales y suficientes para asegurar la validez del Santo Sacrificio CUANDO SE USA EN UN RITO CATÓLICO. Por lo tanto, es inútil volver a tratar este tema una y otra vez. Hacerlo no resuelve ninguna de nuestras dificultades y, de hecho, nos distrae del verdadero problema, que es el de la nueva misa. Aquí, una vez más, da la impresión de que no entiende. Permítame recordarle nuevamente, para su beneficio, que:
Los nuevos ritos de Pablo VI fueron compilados a partir de diversas fuentes con una clara intención ecuménica. Con este propósito, sus autores quisieron suprimir todo aquello del rito tradicional que significara inequívocamente doctrinas católicas repugnantes para la mayoría de los protestantes, dogmas tales como, por mencionar solo algunos de los considerados esenciales, la PRESENCIA REAL del Cuerpo de Cristo después de la consagración, el CARÁCTER PROPICIATORIO DEL SACRIFICIO y la NECESIDAD DE UN SACERDOTE VÁLIDAMENTE ORDENADO PARA CELEBRAR.
Se obtuvo el resultado deseado. Como bien sabe, el Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo en Alsacia y Lorena no dudó en comunicarlo a todos desde el momento en que se promulgó el nuevo rito. Y desde entonces, los protestantes se sienten libres de usar estas «nuevas oraciones eucarísticas con las que se sienten cómodos». Incluso han admitido las razones por las que las consideran aceptables: «la Iglesia Romana ha abandonado la noción de sacrificio».
Con respecto a la nueva misa, aquí está mi pregunta: ¿CON QUÉ AUTORIDAD APOYA SU AFIRMACIÓN DE QUE UN SACRAMENTO (el de la Eucaristía en este caso), CONFECCIONADO EN UN RITO CREADO ESPECÍFICAMENTE PARA NO EXPRESAR YA DE MANERA INEQUÍVOCA LAS REALIDADES QUE DEBERÍA PRODUCIR (nuestros dogmas eucarísticos), NO ESTÁ SUJETO POR ESTE MISMO HECHO A NINGUNA INFLUENCIA PERNICIOSA EN CUANTO A SU VALIDEZ?
Este es el tema central de la Misa de Pablo VI, y nada más. Y usted lo ha afirmado desde su publicación [es decir, que el rito no influye en la consagración del sacramento]. Este es precisamente el tema que nos ha dividido.
Usted cree que, siempre que el ministro sea un sacerdote ordenado y pronuncie las palabras esenciales, independientemente de que el rito exprese una intención contraria, su misa es necesariamente válida. En otras palabras, para usted la Eucaristía, perfeccionada según el nuevo rito, es siempre un sacramento, pero un sacramento que produce lo que ya no significa en el nuevo rito.
¿Quién de nosotros, Padre, ha abandonado la teología católica tradicional?
LA TERCERA PREGUNTA: LOS PAPAS DEL VATICANO II ¿Son o no son los Vicarios de Cristo? ¿Están o no investidos con la Autoridad Pontificia esencial para su función? ¿Sí o no?
LA TERCERA PREGUNTA: LOS PAPAS DEL VATICANO II ¿Son o no son los Vicarios de Cristo? ¿Están o no investidos con la Autoridad Pontificia esencial para su función? ¿Sí o no?
En el Evangelio, Nuestro Señor distinguió muy claramente entre PASTORES PECADORES y FALSOS.
En cuanto a un pastor pecador, recordemos que Jesús nos enseñó que, por más pecador que sea, sigue siendo pastor. Permanece sentado en la cátedra de Moisés —ahora diríamos la cátedra de Pedro— y está investido con la autoridad de Cristo.
Aunque pecaminoso, Cristo lo asiste para que no envenene a los fieles con falsas doctrinas. La conclusión que se impone, y Jesús lo dejó suficientemente claro como para que no sea posible mayor discusión, es que DEBEMOS ESCUCHARLO. Al escucharlo, escuchamos a Cristo. Desafortunadamente —el Maestro también dijo algo más con igual claridad— NO DEBEMOS IMITARLO. Si bien su enseñanza es buena, su conducta no lo es.
En caso de encontrarnos con un mal pastor, no tenemos por qué preocuparnos. El Maestro nos ha dado una forma de conducta católica muy clara. Solo tenemos que recordar sus palabras y ponerlas en práctica. «Escuchadlos pero no los imitéis, porque dicen y no hacen» (Mateo 23:2-3).
El FALSO PASTOR, sin embargo, es otra cosa. El FALSO PASTOR, EL MERCENARIO O EL EXTRAÑO es aquel a quien las ovejas no pertenecen porque el dueño de las ovejas no se las ha confiado.
En lo que a él respecta, si no queremos ser engañados, debemos seguir también el consejo del Maestro. Al igual que en el caso anterior, es claro y directo.
En primer lugar, debemos entender que UN FALSO PASTOR NO ES UN PASTOR EN ABSOLUTO. Una vez más, es Jesús quien nos enseña esto. Solo aparenta ser pastor porque está cubierto con pieles de oveja. De esta manera, puede entrar al redil, pero allí —y el Maestro nos lo asegura— solo está para robar, matar y destruir.
A diferencia del pastor pecador, el falso pastor hace precisamente eso. Y Jesús no nos dio el mismo consejo respecto a esta situación. Lo que nos dijo que hiciéramos con respecto a un falso pastor no es ni más complicado ni menos efectivo que lo que nos dijo respecto a las faltas de un pastor pecador.
Jesús habló de los falsos pastores en dos ocasiones. En San Juan, se limitó a recordar la reacción habitual de las ovejas de su redil: no siguen a un extraño, sino que huyen de él. ¿Por qué hacen esto? El Maestro se preocupó mucho en señalarlo: porque no reconocen la voz de los extraños (Juan 10, 5). Es así, por la voz, es decir, por la enseñanza que transmite, que las ovejas de Cristo reconocen a un falso pastor.
También pueden reconocer a los falsos pastores por otro medio: POR LOS DAÑOS QUE INVINTABLEMENTE CAUSAN. La única razón por la que entran al redil es para robar, matar y destruir. Una vez más, es Jesús quien nos advierte (Mateo 7:15-16). Y esta segunda enseñanza es tan clara y eficaz como la primera: «Por sus frutos los conoceréis».
Tras estas explicaciones indispensables, aquí va mi pregunta con respecto a los Papas del Vaticano II. ¿Los clasifica entre pastores pecadores o entre pastores falsos?
¿En su opinión, deberían ser clasificados entre papas como Alejandro Borgia VI, a quien se podía escuchar incluso con respecto a los mandamientos VI y IX de Dios, pero a quien no se debería imitar porque, lamentablemente, en este y en muchos otros ámbitos DIJO PERO NO HIZO?
En la página 8 de su “Combat de la Foi”, USTED CLASIFICA A LOS PAPAS QUE ENSEÑAN HEREJÍA ENTRE PASTORES PECADORES. Dado que este es el caso de los papas del Concilio Vaticano II, me siento con derecho a pensar que usted los incluye en esta categoría. Si es así, continúan ocupando la Cátedra de Pedro. A menos que usted crea que Jesús se equivoca, debería apresurarse, junto con todos aquellos que le siguen con confianza, a escuchar a estos papas y obedecerlos aceptando la nueva misa, el ecumenismo, la nueva eclesiología, etc., etc., pues dan ejemplo con sus acciones.
Además, en la medida en que Jesús continúa ayudando a un pastor pecador cuando enseña, debe concluir que es a Él a quien escucha cuando lee “Catechési Tradéndae”, “Redémptor Hóminis”, “Dignitátis Humánae”, etc.
Que Dios me perdone por haberme atrevido siquiera a considerar semejante suposición blasfema. Solo lo he hecho para adaptarme a la situación actual y ser “todo para todos”.
Sin embargo, si usted clasifica a los papas del Concilio Vaticano II entre los falsos pastores, aquellos que solo aparentan serlo porque están cubiertos con pieles de oveja, ¿en virtud de qué teología tradicional tiene derecho a no pronunciarse con voz alta y clara y hacerle saber al mundo entero que estos papas son papas solo de nombre, y que, vestidos con pieles de oveja, solo han entrado en el redil, es decir, en la Santa Iglesia Romana, con el propósito de robar, masacrar y destruir?
Padre, creo haber sido claro y caritativo. Espero tu respuesta con confianza.
Nöel Barbara
***************
El apéndice propiamente dicho consta de numerosas cartas cuyo propósito es documentar el texto de la “Carta abierta del Padre Barbara a la Fraternidad San Pío X”. Con el permiso del padre Bárbara, no he traducido estas cartas. Quienes estén interesados pueden obtenerlas a través de “Forts dans le Foi”. Sin embargo, el padre Bárbara solicitó que la siguiente carta fuera traducida e incluida al final de su “Carta abierta”.
Esta carta fue enviada a todos los sacerdotes de la Sociedad de San Pío X poco después de que recibieran el undécimo número de “Forts dans la Foi”«». Tanto este número como la carta fueron traducidos a sus respectivos idiomas. Quienes residían en países de habla hispana e inglesa también la recibieron en su lengua materna.
* * *
FORTS DANS LA FOI Tours, 23 de febrero de 1991
CARTA A TODOS LOS SACERDOTES DE LA SOCIEDAD DE SAN PÍO X
Estimado Padre:
Ya le envié el número 11 de «Forts dans la Foi».[54] Espero que lo haya recibido y que le haya parecido interesante. Le escribo ahora en relación con los temas que plantea. Le ruego que tenga la amabilidad de leer mi carta y responderle. Le aseguro que, por escrito, no pretendo avergonzarle de ninguna manera.
Como podrá observar, el aspecto importante del punto número 8 reside en la distinción que se hace en la página 45. Creo no equivocarme al afirmar que las divisiones que socavan la labor de la resistencia católica y escandalizan tanto a los fieles como a los miembros de la nueva Iglesia provienen, sobre todo, de las confusiones que deberían haberse aclarado, pero que nunca se han resuelto.
Si se detienen a reflexionar sobre ello, verán que esta distinción es fundamental. Puede poner fin a nuestras divisiones y permitir un acuerdo doctrinal entre nosotros basado en los requisitos mínimos que impone la fe (lo he resumido en la conclusión de la página 15). Además, proporcionará a la resistencia la fuerza efectiva que busca.
Respecto a este acuerdo, permítanme citar la recomendación de San Pablo a los Corintios. Lo que dice, a mi parecer, nos concierne a todos de manera especial: «Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos hablen lo mismo y que no haya divisiones entre ustedes» (1 Corintios 1, 10).
¿Cómo podemos llegar a hablar todos de la misma manera? ¿Cómo podemos evitar que surjan divisiones entre nosotros? Solo veo una solución: un acuerdo común y armonioso que se guíe por la enseñanza definida de la Iglesia.
Cuando la LICRA[55] presentó una falsa acusación contra el arzobispo Lefebvre, Jean Madiran escribió: (cito de memoria) «Los gobiernos totalitarios han sustituido el consenso por la represión». Esto siempre ocurre cuando quienes ostentan el poder se ven incapaces de justificar sus decisiones.
Si queremos evitar semejante reproche arbitrario, debemos llegar a un acuerdo común. Mi carta no tiene otro propósito que lograrlo.
Al enviarle el número 8 de nuestra reseña, le he compartido mis reflexiones de la manera más clara posible. A cambio, espero que usted comparta conmigo sus opiniones sobre los siguientes temas con la misma franqueza:
1: EL PROBLEMA que subyace a nuestra resistencia. ¿Está usted de acuerdo con mi forma de plantear este problema (página 8)? Si no, ¿cuál es su opinión?
2. LA SOLUCIÓN que nos brinda la fe. ¿Aceptas el argumento que he presentado basándome en el texto de San Pablo a los Romanos (págs. 10-12)? Si no, ¿en qué me he equivocado?
3. RESPUESTA a las objeciones habituales (páginas 13-14). ¿Le parece satisfactoria esta respuesta? Si no, ¿en qué se basaría para intentar resolver la objeción?
4. RESPECTO A UN ACUERDO COMÚN. ¿Estarían dispuestos a celebrar una reunión sacerdotal para tratar estos problemas? ¿Qué opinan de esta idea?
Quisiera concluir mi carta con una anécdota instructiva. Me he reunido con frecuencia con obispos en ejercicio. Las dos reuniones más recientes fueron con el arzobispo Honoré de Tours y el obispo Hardy de Senlis. Conversé con cada uno de ellos durante dos horas. Al final de estas conversaciones, les pregunté a cada uno: «Excelentísimo Señor, usted sabe que soy partidario de la Tradición. Una de las doctrinas más tradicionales que defiendo es la de la sumisión filial al Sumo Pontífice. Si, plenamente consciente de esta obligación, me resisto a las órdenes formales de los papas del Concilio Vaticano II, debe comprender que, especialmente a mi edad, debo tener muy buenas razones, basadas en la fe, para hacerlo. Dado que usted es miembro del cuerpo episcopal, ¿no podría persuadir a sus colegas para que designen a dos o tres de sus miembros, o de sus teólogos, para que examinen mis razones a la luz de la enseñanza más certera de la Iglesia? Es posible que estemos equivocados, y, Excelentísimo Señor Señor, si estas dudas no se pueden resolver, debería unirse a nosotros en nuestra lucha. Considerando que tenemos un alma que salvar, mi petición y esperanza es que ustedes, como pastores, no sean indiferentes ante nuestro problema». Los dos obispos estuvieron de acuerdo, pero después de más de un año, y tras una carta de seguimiento, la conferencia episcopal temió responder a mi solicitud. Esta negativa a llegar a un acuerdo entre quienes proclaman constantemente su creencia en el diálogo nos permite juzgar su buena fe, si no su fe en sí mismos.
Le ruego, querido Padre, que me disculpe por haberle ocupado tanto tiempo. Me imploro su caridad y espíritu sacerdotal. Mientras tanto, le envío mis más sinceros saludos en el nombre de Nuestro Señor y Nuestra Señora.
Padre N. Bárbara
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"Carta abierta" NOTAS FINALES:
[1] Aunque esta carta no está dirigida específicamente al editor de "Combat de la Foi", también le concierne, como explicaré en la sección añadida, página 98.
[2] El padre Aulagnier, en una posdata a una carta que me escribió el 11.8, dijo: "Aprovecho esta oportunidad para agradecerle las cartas de apoyo que dirigió a Mons. Lefebvre con respecto al acontecimiento histórico, las consagraciones".
[2] El padre Aulagnier, en una posdata a una carta que me escribió el 11.8, dijo: "Aprovecho esta oportunidad para agradecerle las cartas de apoyo que dirigió a Mons. Lefebvre con respecto al acontecimiento histórico, las consagraciones".
[3] Con el fin de animaros a aceptar la idea de una reunión para el estudio doctrinal con el propósito de resolver los problemas entre nosotros fuera del debate público, intenté ponerme en contacto con los dominicos de Fanjeaux. Pensé que si lograba convencerlos de la gravedad de la situación en la que el Arzobispo los había colocado, podrían interceder ante él e inducirlo a aceptar mi propuesta.
Desafortunadamente, sus seguidores son más sectarios que ustedes. Con el pretexto de "no perturbar el recuerdo de nuestras hermanas", la Madre Anne-Marie Simoulin, priora general, se negó a recibirme, aunque solo fuera para escuchar lo que deseaba preguntarle, "consciente del hecho de que sería incapaz de brindarnos ayuda alguna".
[4] En "Fortes in Fide", n.° 8. Este número fue traducido al español y al neerlandés.
[5] Una copia de esta carta se encontrará al final de esta carta abierta en el Apéndice, pág. 107.
[6] Nota del traductor: es decir, habiendo intentado mostrarles su error, no existiría ninguna responsabilidad adicional de debatir con ellos.
[7] La buena fe es una cualidad de una persona que actúa con la certeza de que está en lo correcto. La prueba más clara de la buena fe de una persona es la disposición habitual a justificar sus razones. La negativa sistemática a proporcionar tal justificación permite dudar de la buena fe y la honestidad de quienes persisten en esta negativa.
[8] «Unam Sanctam», 18 de noviembre de 1302, Denzinger n.º 469.
[9] «Mortalium Animos», 6 de enero de 1928. Traducción disponible en numerosas fuentes, entre ellas «Las encíclicas papales», ed. Carlen, Consortium Books.
[10] También está la posible explicación que me proporcionó el padre Francis Laisney, antiguo superior del distrito estadounidense de su Sociedad: «la distinción entre sumisión y obediencia». Según él, los subordinados pueden desobedecer incluso sometiéndose al papa. Lo que se le escapa a mi erudito corresponsal no es solo que su tesis se asemeja a un círculo cuadrado, sino que su distinción es puramente imaginaria. Además, esto presupone la legitimidad del libre examen en el caso de los papas del Concilio Vaticano II. En efecto, sostiene que incluso cuando estos papas actúan dentro de su dominio legítimo, los fieles deben juzgar sus decisiones para saber si son ortodoxas o no, y así decidir si obedecerlas o resistirlas.
[11] «Creemos firmemente, tanto antes como después, que Juan Pablo II es el verdadero y legítimo papa por quien oramos uniformemente en el Canon de la Misa. Todos los miembros de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X están obligados a estar de acuerdo con esto». (Carta del Padre Schmidberger, Superior General de la Sociedad, publicada en la revista Gerinan «Einsicht», julio de 1991).
[12] Los medios que afectan la naturaleza o los fines de una sociedad no son medios gratuitos. El líder tiene la obligación de dejar de lado o adoptar medios según alteren o favorezcan la naturaleza y los fines de la sociedad en cuestión. Rechazar un medio necesario es rechazar salvaguardar la naturaleza inviolable de la sociedad o perseguir los fines para los que fue establecida.
[13] Llamado "cosa buena" en la versión Douay-Rheims actualmente disponible, pero "buen depósito" en la traducción original de 1582.
[14] Admitir que los súbditos tienen derecho a elegir entre las órdenes que reciben equivale a destruir la esencia misma de la obediencia. Si esto ocurre, el súbdito no se somete a la voluntad del superior en cuanto este es representante de Dios, sino a su propia voluntad. De hecho, solo hace lo que le place, lo que considera bueno y oportuno. La obediencia condicional no es otra cosa que insubordinación practicada sistemáticamente.
[4] En "Fortes in Fide", n.° 8. Este número fue traducido al español y al neerlandés.
[5] Una copia de esta carta se encontrará al final de esta carta abierta en el Apéndice, pág. 107.
[6] Nota del traductor: es decir, habiendo intentado mostrarles su error, no existiría ninguna responsabilidad adicional de debatir con ellos.
[7] La buena fe es una cualidad de una persona que actúa con la certeza de que está en lo correcto. La prueba más clara de la buena fe de una persona es la disposición habitual a justificar sus razones. La negativa sistemática a proporcionar tal justificación permite dudar de la buena fe y la honestidad de quienes persisten en esta negativa.
[8] «Unam Sanctam», 18 de noviembre de 1302, Denzinger n.º 469.
[9] «Mortalium Animos», 6 de enero de 1928. Traducción disponible en numerosas fuentes, entre ellas «Las encíclicas papales», ed. Carlen, Consortium Books.
[10] También está la posible explicación que me proporcionó el padre Francis Laisney, antiguo superior del distrito estadounidense de su Sociedad: «la distinción entre sumisión y obediencia». Según él, los subordinados pueden desobedecer incluso sometiéndose al papa. Lo que se le escapa a mi erudito corresponsal no es solo que su tesis se asemeja a un círculo cuadrado, sino que su distinción es puramente imaginaria. Además, esto presupone la legitimidad del libre examen en el caso de los papas del Concilio Vaticano II. En efecto, sostiene que incluso cuando estos papas actúan dentro de su dominio legítimo, los fieles deben juzgar sus decisiones para saber si son ortodoxas o no, y así decidir si obedecerlas o resistirlas.
[11] «Creemos firmemente, tanto antes como después, que Juan Pablo II es el verdadero y legítimo papa por quien oramos uniformemente en el Canon de la Misa. Todos los miembros de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X están obligados a estar de acuerdo con esto». (Carta del Padre Schmidberger, Superior General de la Sociedad, publicada en la revista Gerinan «Einsicht», julio de 1991).
[12] Los medios que afectan la naturaleza o los fines de una sociedad no son medios gratuitos. El líder tiene la obligación de dejar de lado o adoptar medios según alteren o favorezcan la naturaleza y los fines de la sociedad en cuestión. Rechazar un medio necesario es rechazar salvaguardar la naturaleza inviolable de la sociedad o perseguir los fines para los que fue establecida.
[13] Llamado "cosa buena" en la versión Douay-Rheims actualmente disponible, pero "buen depósito" en la traducción original de 1582.
[14] Admitir que los súbditos tienen derecho a elegir entre las órdenes que reciben equivale a destruir la esencia misma de la obediencia. Si esto ocurre, el súbdito no se somete a la voluntad del superior en cuanto este es representante de Dios, sino a su propia voluntad. De hecho, solo hace lo que le place, lo que considera bueno y oportuno. La obediencia condicional no es otra cosa que insubordinación practicada sistemáticamente.
Respecto a la necesidad de obediencia en la Iglesia militante, se remite al lector a «Fortes in Fide», n.º 4, p. 9.
[15] Lejos de temer la infalibilidad papal, debemos agradecer a Dios que haya deseado su definición antes de que surgiera la crisis actual. En lo que respecta a la fe, este dogma es literalmente un «salvavidas» al que uno puede aferrarse para no ahogarse. De hecho, una iglesia que pudiera haber estado tan gravemente equivocada como para requerir la actualización del Concilio Vaticano II jamás podría ser divina. Solo podría ser de origen humano, pues «Así dijo el Señor: Maldito el hombre que confía en el hombre» (Jer. XVII, 5). Pero nuestra fe nos asegura que la santa Iglesia católica es divina. Es infalible. Mediante este dogma, y solo mediante este dogma, podemos desenmascarar a los impostores del Concilio Vaticano II.
[16] Una excelente traducción de este importante documento, realizada por el padre Anthony Cekada, está disponible en Tan Books and Publishers (Rockford, Il., 61105) bajo el título de «La Intervención Ottaviani».
[17] En sus publicaciones, usted ha planteado y propagado todas las objeciones formuladas contra este dogma por quienes se opusieron a su definición en el Concilio Vaticano I.
[18] Al igual que su fundador, usted pretende sentenciosamente estar en comunión con el «Juan Pablo II católico» y no con «Juan Pablo II el anticristo». ¿Puede mostrarnos a este «Juan Pablo II católico» con quien está en comunión? ¿No es acaso la misma persona que es, al mismo tiempo, el autor responsable de todos los actos oficiales de la Santa Sede, de la reunión en Asís, de la visita a la sinagoga de Roma y de todas las demás acciones y declaraciones escandalosas de su pontificado? ¿Con qué fundamento puede distinguir entre «Juan Pablo II el anticristo» y «Juan Pablo II, el Vicario de Cristo»? Como dijo el Maestro: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mateo 12:30).
[15] Lejos de temer la infalibilidad papal, debemos agradecer a Dios que haya deseado su definición antes de que surgiera la crisis actual. En lo que respecta a la fe, este dogma es literalmente un «salvavidas» al que uno puede aferrarse para no ahogarse. De hecho, una iglesia que pudiera haber estado tan gravemente equivocada como para requerir la actualización del Concilio Vaticano II jamás podría ser divina. Solo podría ser de origen humano, pues «Así dijo el Señor: Maldito el hombre que confía en el hombre» (Jer. XVII, 5). Pero nuestra fe nos asegura que la santa Iglesia católica es divina. Es infalible. Mediante este dogma, y solo mediante este dogma, podemos desenmascarar a los impostores del Concilio Vaticano II.
[16] Una excelente traducción de este importante documento, realizada por el padre Anthony Cekada, está disponible en Tan Books and Publishers (Rockford, Il., 61105) bajo el título de «La Intervención Ottaviani».
[17] En sus publicaciones, usted ha planteado y propagado todas las objeciones formuladas contra este dogma por quienes se opusieron a su definición en el Concilio Vaticano I.
[18] Al igual que su fundador, usted pretende sentenciosamente estar en comunión con el «Juan Pablo II católico» y no con «Juan Pablo II el anticristo». ¿Puede mostrarnos a este «Juan Pablo II católico» con quien está en comunión? ¿No es acaso la misma persona que es, al mismo tiempo, el autor responsable de todos los actos oficiales de la Santa Sede, de la reunión en Asís, de la visita a la sinagoga de Roma y de todas las demás acciones y declaraciones escandalosas de su pontificado? ¿Con qué fundamento puede distinguir entre «Juan Pablo II el anticristo» y «Juan Pablo II, el Vicario de Cristo»? Como dijo el Maestro: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mateo 12:30).
No pienses que puedes eludir el problema con las soluciones fáciles que ofreces a tus seguidores: «Cada vez que está de acuerdo con la Tradición, es el Papa. Cuando no lo está, es el anticristo». Este principio de «libre examen» no resuelve, sino que agrava la dificultad. Porque, en efecto, ¿quién os ha hecho jueces de esta conformidad? ¿Acaso no es el Papa infalible precisamente para mantener a lo largo de todas las épocas («tradere», transmitir) el precioso depósito sin error? ¿Nunca has oído la expresión atribuida a Pío IX: «La Tradition, c'est moi.»? Si te detienes a considerar este ingenioso dicho, encontrarás en él una gran verdad. ¿Acaso no es el Papa reinante el continuador de la Tradición sin interrupción alguna?
[19] Normalmente, cuando un Papa habla a los fieles, no lo hace solo para oír su propia voz. Si lo hace, es porque pretende exponerles la enseñanza divinamente revelada para que crean. Y la única razón por la que los fieles lo escuchan es porque lo toman en serio. Esto se debe a que creen en la función del Papa y están convencidos de que cuando lo escuchan, escuchan al mismo Cristo. (Lea Lucas X, 16)
[20] El padre Bárbara es responsable de las mayúsculas de énfasis.
[21] Por eso un papa se confiesa periódicamente.
[22] En última instancia, el Papa es solo un ministro en manos de Dios, un instrumento dotado de libertad. Como sucede con un simple sacerdote, es siempre el Hombre-Dios quien produce los efectos sobrenaturales de su ministerio, y por eso, con respecto a estos efectos, el estado de su alma carece de importancia.
[23] Digo «entre otras cosas», porque Pablo VI se puso en contradicción con la enseñanza de la Iglesia no solo con respecto a la libertad religiosa, sino también con respecto a la salvación de los que están fuera de la Iglesia, a la identidad de la Iglesia Católica con el Cuerpo Místico de Cristo, y a la enseñanza sobre la naturaleza de la Misa tal como se definió en el Concilio de Trento, etc.
[24] Es nuestro deber, como deseaba san Pedro, recordar a los fieles que no nos piden más que esto es necesario. «Estad siempre preparados para responder en vuestra defensa a cualquiera que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pedro, III, 15).
[25] En vuestra publicación oficial, «Lettre aux Amis et Bienfaiteurs», vuestro Superior General, el padre Schmidberger, ha perfeccionado esta técnica, expresándose en términos tan fáciles como estériles. Ante el tribunal de Dios, tales jeremiadas manifestarán vuestra culpabilidad.
[26] Admitir la buena fe de quienes ocupan puestos clave en la nueva iglesia (papa, cardenales, patriarcas y obispos), a pesar de que durante más de 20 años han dejado muy claro que han roto con la fe católica, no es sino reconocer que las puertas del infierno pueden prevalecer contra la Iglesia.
[27] Acabo de recibir el número de enero de 1992 de «Le Chardonnet» (una publicación que apoya la postura de la Sociedad de Pío X). Leí en la página 2 las citas recopiladas por Jacques Ogliastro sobre la obediencia. No conozco a esta persona, pero conozco al padre Philippe Laguerie y sé que el artículo del Sr. Ogliastro se publicó bajo su supervisión y con su aprobación. Lamento tener que señalar una vez más que el procedimiento empleado aquí no es honesto. No se debe citar un texto que no sea relevante para el tema en discusión. No se debe citar para demostrar lo contrario de lo que pretendía el autor de la cita. ¿Qué se puede pensar cuando las citas que se utilizan se acortan de tal manera que parecen decir lo contrario de lo que pretendía su autor?
[19] Normalmente, cuando un Papa habla a los fieles, no lo hace solo para oír su propia voz. Si lo hace, es porque pretende exponerles la enseñanza divinamente revelada para que crean. Y la única razón por la que los fieles lo escuchan es porque lo toman en serio. Esto se debe a que creen en la función del Papa y están convencidos de que cuando lo escuchan, escuchan al mismo Cristo. (Lea Lucas X, 16)
[20] El padre Bárbara es responsable de las mayúsculas de énfasis.
[21] Por eso un papa se confiesa periódicamente.
[22] En última instancia, el Papa es solo un ministro en manos de Dios, un instrumento dotado de libertad. Como sucede con un simple sacerdote, es siempre el Hombre-Dios quien produce los efectos sobrenaturales de su ministerio, y por eso, con respecto a estos efectos, el estado de su alma carece de importancia.
[23] Digo «entre otras cosas», porque Pablo VI se puso en contradicción con la enseñanza de la Iglesia no solo con respecto a la libertad religiosa, sino también con respecto a la salvación de los que están fuera de la Iglesia, a la identidad de la Iglesia Católica con el Cuerpo Místico de Cristo, y a la enseñanza sobre la naturaleza de la Misa tal como se definió en el Concilio de Trento, etc.
[24] Es nuestro deber, como deseaba san Pedro, recordar a los fieles que no nos piden más que esto es necesario. «Estad siempre preparados para responder en vuestra defensa a cualquiera que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pedro, III, 15).
[25] En vuestra publicación oficial, «Lettre aux Amis et Bienfaiteurs», vuestro Superior General, el padre Schmidberger, ha perfeccionado esta técnica, expresándose en términos tan fáciles como estériles. Ante el tribunal de Dios, tales jeremiadas manifestarán vuestra culpabilidad.
[26] Admitir la buena fe de quienes ocupan puestos clave en la nueva iglesia (papa, cardenales, patriarcas y obispos), a pesar de que durante más de 20 años han dejado muy claro que han roto con la fe católica, no es sino reconocer que las puertas del infierno pueden prevalecer contra la Iglesia.
[27] Acabo de recibir el número de enero de 1992 de «Le Chardonnet» (una publicación que apoya la postura de la Sociedad de Pío X). Leí en la página 2 las citas recopiladas por Jacques Ogliastro sobre la obediencia. No conozco a esta persona, pero conozco al padre Philippe Laguerie y sé que el artículo del Sr. Ogliastro se publicó bajo su supervisión y con su aprobación. Lamento tener que señalar una vez más que el procedimiento empleado aquí no es honesto. No se debe citar un texto que no sea relevante para el tema en discusión. No se debe citar para demostrar lo contrario de lo que pretendía el autor de la cita. ¿Qué se puede pensar cuando las citas que se utilizan se acortan de tal manera que parecen decir lo contrario de lo que pretendía su autor?
J. Ogliastro comienza esta vez citando la encíclica "Diuturnum Illud" de León XIII. En este texto, el Papa reconoce "una sola razón válida para negarse a obedecer; y esta es cuando el mandato es contrario a la ley natural o divina". Da un ejemplo que lo justifica: "porque un príncipe cuya voluntad se opone a la voluntad y las leyes de Dios..."
¿De qué tipo de príncipes habla León XIII? Habla específicamente de príncipes temporales. De hecho, toda la encíclica, como indica su título, trata sobre el origen de los poderes civiles ("De potestatis civilis origine"), algo que Ogliastro se cuidó de no señalar. Eso no le supone ningún problema. Para conseguir que el papa dijera lo que él quería, Ogliastro añadió una cláusula que fue enteramente de su invención. Y los lectores de "Le Chardonnet", que han depositado su confianza en una publicación bajo la supervisión del padre Laguerie, leen: "Para los príncipes (QUE SIN DUDA INCLUYE A LOS PRÍNCIPES DE LA IGLESIA) cuya voluntad..."
A continuación, se cita al Cardenal Journet. En el texto que cita, Ogliastro señala una frase que expresa una postura contraria a la que pretendía transmitir. Esto no le preocupa. Simplemente borra la frase en cuestión y, una vez más, los lectores de «Le Chardonnet» quedan en la ignorancia.
Permítanme citar el pasaje reconstruido del Cardenal Journet, con los pasajes pertinentes que omitió entre corchetes y en negrita.
"Independientemente de si la cuestión es teológica o moral, la obediencia nunca debe ser ciega. Siempre debe ser una cuestión de conciencia y siempre debe estar guiada por la prudencia. Pero el fin que la prudencia tiene en mente no siempre es el mismo. [EN EL CASO DE AQUELLAS VERDADES QUE ESTÁN INFALIBLEMENTE GARANTIZADAS COMO ABSOLUTAS E IRREVOCABLES, Y EN EL CASO DE LAS LEYES GENERALES QUE ESTÁN INFALIBLEMENTE GARANTIZADAS COMO PRUDENTES, LA PRUDENCIA NO TIENE PAPEL ALGUNO RESPECTO AL VALOR DE DICHAS DIRECTRICES EN SÍ MISMAS: ¿CÓMO PUEDE DELIBERAR SOBRE LA JUSTICIA DE DIRECTRICES QUE ESTÁN INFALIBLEMENTE GARANTIZADAS? LA PRUDENCIA SOLO SE REFIERE AL VALOR QUE ESTAS DIRECTRICES TIENEN PARA MÍ; DE QUÉ MANERA DEBO GUIARME PERSONALMENTE EN CÓMO DEBO APLICARLAS" "ET NUNC" (AQUÍ Y AHORA) EN MI VIDA COTIDIANA CONCRETA. PERO] en el caso de directivas garantizadas solo de manera falible, el margen de prudencia es muy amplio, incluso en lo que respecta al valor de esas directivas en sí mismas. Ciertamente, esto no significa que debamos debatir con los poderes legítimos sobre la legitimidad de su misión o intentar negar dicha autoridad: eso sería una locura. Pero cuando existen razones serias para hacerlo, con el fin de asegurar la credibilidad "hic et nunc" de dicha autoridad, y especialmente cuando esta está en duda."
Ogliastro y el padre Laguerie no parecen haber comprendido la cita que tomaron del cardenal Journet. Por lo tanto, es a ellos a quienes me dirijo particularmente en este punto.
Como he explicado a menudo, y como volví a hacerlo en este artículo, el problema que los papas del Concilio Vaticano II plantean a la conciencia católica no tiene precedentes. Ataca el corazón mismo de la fe. Consiste en que, para mantener la fe, debemos resistir a estos papas en lo que respecta a verdades infaliblemente garantizadas como absolutas e irrevocables, y también en lo que respecta a las leyes generales infaliblemente garantizadas como prudentes. Sería absolutamente imposible para un católico concebir tal situación con un verdadero papa, un papa investido con la Autoridad de Pedro. Para citar una vez más al Cardenal, ¿cómo es posible debatir sobre la justicia de directrices que están infaliblemente garantizadas?
Iré más allá. Supongamos, como lo hace su Sociedad sin poder probarlo, que las decisiones a las que se oponen "solo fueron garantizadas de manera falible".
Entonces, como dice Journet, "EL ÁMBITO DE LA PRUDENCIA ES MUY AMPLIO, INCLUSO EN LO QUE RESPECTA AL VALOR DE ESAS DIRECTIVAS EN SÍ MISMAS". "PERO", señala, "NO CONFLICTAR CON LOS PODERES LEGÍTIMOS SOBRE LA LEGITIMIDAD DE SU MISIÓN NI INTENTAR NEGAR DICHA AUTORIDAD: ESO SERÍA UNA LOCURA".
Contrariamente a lo que intentas insinuar en «Le Chardonnet», este texto no tiene nada que ver con la defensa de nuestra posición. El Cardenal, que conocía la teología católica mejor que los profesores de Écone, jamás imaginó que un papa pudiera enseñar el error en un ámbito en el que era infalible. Lo que dice, si lees su texto con atención, es que sería una locura siquiera pensar en tal contradicción. Al contrario, ESTE TEXTO CONDENA LA CONDUCTA DE VUESTRA SOCIEDAD, pues no solo cuestionáis el valor de las directivas que os negáis a obedecer, sino que cometéis la insensatez de disputar con el mismo poder que reclamáis legítimo sobre la legitimidad de su misión y, al negaros a someternos a sus órdenes formales, negáis su autoridad. Hacerlo es una locura, y no solo porque el Cardenal Journet lo haya dicho.
Finalmente, en una sección que sigue a la citada anteriormente, Journet deja claro que "en el plano donde la asistencia divina que sustenta a estas autoridades se vuelve falible, y en los puntos donde Dios puede permitirles caer en el error si así lo desean, la conciencia católica se desgarra dolorosamente; pero si permanece católica, tal angustia puede ser beneficiosa...".
¿Cuáles son los "puntos en los que Dios puede permitir que estas autoridades se equivoquen si así lo desean" y dónde "la conciencia católica puede verse dolorosamente desgarrada"? El Cardenal señala algunos de ellos al pie de la página 933 ("Iglesia del Verbo Encarnado", T. II) y usted evitó cuidadosamente mencionarlos.
Usted, Padre Laguerie, también debería avergonzarse de dar a entender a los lectores de su reseña que los casos que se consideran en estas citas son los mismos que los de los papas del Concilio Vaticano II, pues es usted quien tiene la responsabilidad de haber permitido que el Sr. Ogliastro actuara de esta manera con respecto a ellos.
[28] Nota del traductor: Un verdadero papa es el portavoz del Magisterio infalible, o más precisamente, cuando habla «ex cathedra», es decir, dentro de su propia esfera y función como papa, expresa el Magisterio infalible.
[29] Cada uno de estos documentos conciliares lleva, antes de las firmas de los Padres del concilio que los autenticó, la siguiente declaración:
[28] Nota del traductor: Un verdadero papa es el portavoz del Magisterio infalible, o más precisamente, cuando habla «ex cathedra», es decir, dentro de su propia esfera y función como papa, expresa el Magisterio infalible.
[29] Cada uno de estos documentos conciliares lleva, antes de las firmas de los Padres del concilio que los autenticó, la siguiente declaración:
«Todo esto y cada una de las cosas que se exponen en esta Declaración (Constitución, Decreto) ha agradado a los Padres del Sagrado Concilio. Y Nosotros, por el poder apostólico que Cristo nos ha confiado, junto con los Venerables Padres, en el Espíritu Santo, las aprobamos, decretamos y establecemos, y ordenamos que lo que ha sido establecido sinodalmente sea promulgado para la gloria de Dios. En Roma, en San Pedro, el día… Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica.» («Constituciones del Concilio Ecuménico Vaticano II», Vatican Polyglot Press, 1966).
«Todo y cada una de las cosas que se han promulgado en esta Declaración (Decreto, Constitución) ha complacido a los Padres del Concilio. Y nosotros, en virtud de nuestro poder apostólico que recibimos de Jesucristo, EN UNIÓN CON LOS VENERABLES PADRES, las aprobamos, establecemos y decretamos en el Espíritu Santo, y ordenamos que para la gloria de Dios se promulgue lo que se ha establecido de manera conciliar. Roma, cerca de San Pedro... Yo mismo, PABLO, obispo de la Iglesia Católica.» (Documentos del Vaticano II, Edición San Agustín, Saint-Maurice, Suiza, 1967)
[30] Así es como explico esta doctrina a los fieles sencillos que asisten a nuestras capillas.
[30] Así es como explico esta doctrina a los fieles sencillos que asisten a nuestras capillas.
Les digo: Imaginen dos hostias, una consagrada y otra no; no se puede distinguir cuál es el Cuerpo de Cristo. A pesar de esto, hay una diferencia sustancial entre ambas, ya que una es el Cuerpo de Cristo y la otra no. Si se pudiera ver esta «presencia», sería fácil distinguirlas. Pero, lamentablemente, no es posible ver la Presencia Real [con los ojos físicos]. Ahora bien (esto es solo a modo de comparación), imaginen dos papas, de los cuales solo uno es verdadera y realmente papa. Elegido y aceptado debidamente por Cristo como su Vicario, ha sido investido con su Autoridad. El otro, por alguna razón que se nos escapa, aunque fue elegido debidamente, no fue aceptado por Cristo como su Vicario y no ha sido investido con su Autoridad. No se puede ver la Autoridad de Cristo investida en la persona a quien ha aceptado como su Vicario, del mismo modo que no se puede ver la Presencia Real en la hostia consagrada. Solo Dios, a quien todas las cosas le son conocidas, puede ver la presencia de su Hijo en la hostia consagrada y la investidura con autoridad de su Vicario escogido. Puesto que Dios ve qué papa está investido con la autoridad de su Hijo y qué «papa» no lo está, si nos ordena resistir al falso papa, nos asegura que, a pesar de todas las apariencias en contrario, ese individuo no es un verdadero papa, que no posee la autoridad de Cristo y que no ha sido aceptado como su Vicario.
[31] Padre Calmel, OP, «Itinerarios», n.º 173, mayo de 1973, pp. 79-80.
[32] El uso de la palabra «todos» es inexacto, pues no rompió con todos sus predecesores, sino solo con sus predecesores anteriores al Concilio Vaticano II.
[33] Aquel que es elegido en un cónclave, y «que, a pesar de su elección, no es un verdadero sucesor de Pedro», es, para usar una expresión de Guerard des Lauriers, solo un «papa material». Es irónico que monseñor Lefebvre fuera «Guerardien» sin sospecharlo.
[34] Agrego la siguiente nota por el bien del padre Franz Schmidberger. También debería recordar, reverendo superior general, lo que escribió su predecesor en sus momentos de lucidez:
[31] Padre Calmel, OP, «Itinerarios», n.º 173, mayo de 1973, pp. 79-80.
[32] El uso de la palabra «todos» es inexacto, pues no rompió con todos sus predecesores, sino solo con sus predecesores anteriores al Concilio Vaticano II.
[33] Aquel que es elegido en un cónclave, y «que, a pesar de su elección, no es un verdadero sucesor de Pedro», es, para usar una expresión de Guerard des Lauriers, solo un «papa material». Es irónico que monseñor Lefebvre fuera «Guerardien» sin sospecharlo.
[34] Agrego la siguiente nota por el bien del padre Franz Schmidberger. También debería recordar, reverendo superior general, lo que escribió su predecesor en sus momentos de lucidez:
Si resulta imposible, como afirman los progresistas y quienes siguen ciegamente a Pablo VI, que el Papa Pablo VI sea verdaderamente papa y al mismo tiempo favorezca la herejía, y, en consecuencia, si parece que, contrariamente a las promesas de nuestro Señor Jesucristo, un papa puede ser profundamente liberal, entonces parece que hay que adoptar la primera hipótesis (es decir, la postura «sedevacantista»). Pero esto no parece ser el caso.
Después del escándalo de Asís, después del escándalo ocurrido en la sinagoga de Roma, después de todos esos escándalos relatados en el libro titulado «Pedro, ¿me amas?», si todo esto no les aclara el asunto, discúlpenme si lo digo sin rodeos, pero no veo otra explicación para su ceguera que el rumor bien fundado que circula dentro de la Sociedad sobre ustedes, en el sentido de que se han infiltrado en el movimiento tradicional para llevar a Écone a la nueva iglesia.
[35] Solo una ignorancia invencible podría eximir a algunos de ustedes de responsabilidad. Pero cuando se trata de las obligaciones propias de la posición social (el estudio de la doctrina forma parte de los deberes de un sacerdote), o del respeto debido a los derechos ajenos (específicamente, los derechos del papa reinante), no se puede invocar esta excusa. Esto es aún más cierto cuando uno se muestra obstinadamente indiferente ante opiniones contrarias a las propias.
[35] Solo una ignorancia invencible podría eximir a algunos de ustedes de responsabilidad. Pero cuando se trata de las obligaciones propias de la posición social (el estudio de la doctrina forma parte de los deberes de un sacerdote), o del respeto debido a los derechos ajenos (específicamente, los derechos del papa reinante), no se puede invocar esta excusa. Esto es aún más cierto cuando uno se muestra obstinadamente indiferente ante opiniones contrarias a las propias.
En cuanto a los fieles que se han dejado arrastrar por tus caminos equivocados, su responsabilidad es indudablemente menor. Pero tampoco están exentos de culpa. Aparte de aquellos que en teología moral se denominan «groseros» porque no tienen la capacidad de comprender la crisis, la mayoría de los fieles que han elegido seguirte son capaces de discernir mejor. ¿Hasta qué punto la naturaleza escandalosa de tu comportamiento excusará su pecado? Como nosotros, lo descubrirán el Día del Juicio.
[36] «L'Heresie du XXe Siècle», Nouvelles Editions Latines, 1, rue Palatine, 75006 París. No disponible en inglés.
[37] Pro Ecclesia Romana Catholica.
[38] Mouvement de la Jeunesse Catholique Française (Movimiento Juvenil Católico Francés). Uno de los dos fundadores de este movimiento fue ordenado sacerdote y actualmente es el Prior del Convento de La Haye aux Bonshommes en Avrille, Francia. Durante una huelga ferroviaria que lo obligó a permanecer en Tours durante cuatro horas, tuve la oportunidad de reunirme con él. En el transcurso de este encuentro, me dijo «inocentemente»: «Si le he entendido bien, ¡el tema del papa es para usted una cuestión de fe!». ¡Me quedé completamente atónito! Lo sorprendente de todo esto es que este «buen padre Inocencio» es el director espiritual de numerosas monjas dominicas. Oremos, por el bien de quienes él guía, para que antes de morir, antes de que sea demasiado tarde, considere seriamente el consejo de Nuestro Señor que se encuentra en Mateo XV, 14.
[39] Poco después de la publicación de esta Declaración, la Unión para la Fidelidad envió un folleto a los suscriptores de «Forts dans la Foi». El primer párrafo de este suplemento afirmaba: «El clima de convergencia (compromiso) creado tras la elección de Juan Pablo II nos presentó una nueva situación, pero esta se transformó en crisis cuando el arzobispo Lefebvre adoptó públicamente la postura de que Juan Pablo II era un papa legítimo y que el nuevo Novus Ordo, cuando se recitaba correctamente, era incuestionablemente válido, insistiendo en que ambas doctrinas eran obligatorias para los miembros de la Sociedad de San Pío X. (Fideliter, n.º 13) Esta postura pública fue comentada y agravada por Dom Gerard, prior benedictino de Bedoin, y utilizada por Monseñor Ducaud-Bourget en sus sermones cada vez más violentos contra los “extremistas”. Desde entonces, se ha desatado una verdadera “caza de brujas”. Llegan noticias alarmantes de los seminarios, conventos y escuelas católicas. Cualquiera que se atreva a plantear dudas sobre Juan Pablo II es inmediatamente considerado cismático y tratado como un paria.
[40] Es su deseo de ser reconocido por la nueva iglesia lo que explica el nombramiento del Padre Franz Schmidberger al cargo de Superior General de su Sociedad.
[36] «L'Heresie du XXe Siècle», Nouvelles Editions Latines, 1, rue Palatine, 75006 París. No disponible en inglés.
[37] Pro Ecclesia Romana Catholica.
[38] Mouvement de la Jeunesse Catholique Française (Movimiento Juvenil Católico Francés). Uno de los dos fundadores de este movimiento fue ordenado sacerdote y actualmente es el Prior del Convento de La Haye aux Bonshommes en Avrille, Francia. Durante una huelga ferroviaria que lo obligó a permanecer en Tours durante cuatro horas, tuve la oportunidad de reunirme con él. En el transcurso de este encuentro, me dijo «inocentemente»: «Si le he entendido bien, ¡el tema del papa es para usted una cuestión de fe!». ¡Me quedé completamente atónito! Lo sorprendente de todo esto es que este «buen padre Inocencio» es el director espiritual de numerosas monjas dominicas. Oremos, por el bien de quienes él guía, para que antes de morir, antes de que sea demasiado tarde, considere seriamente el consejo de Nuestro Señor que se encuentra en Mateo XV, 14.
[39] Poco después de la publicación de esta Declaración, la Unión para la Fidelidad envió un folleto a los suscriptores de «Forts dans la Foi». El primer párrafo de este suplemento afirmaba: «El clima de convergencia (compromiso) creado tras la elección de Juan Pablo II nos presentó una nueva situación, pero esta se transformó en crisis cuando el arzobispo Lefebvre adoptó públicamente la postura de que Juan Pablo II era un papa legítimo y que el nuevo Novus Ordo, cuando se recitaba correctamente, era incuestionablemente válido, insistiendo en que ambas doctrinas eran obligatorias para los miembros de la Sociedad de San Pío X. (Fideliter, n.º 13) Esta postura pública fue comentada y agravada por Dom Gerard, prior benedictino de Bedoin, y utilizada por Monseñor Ducaud-Bourget en sus sermones cada vez más violentos contra los “extremistas”. Desde entonces, se ha desatado una verdadera “caza de brujas”. Llegan noticias alarmantes de los seminarios, conventos y escuelas católicas. Cualquiera que se atreva a plantear dudas sobre Juan Pablo II es inmediatamente considerado cismático y tratado como un paria.
[40] Es su deseo de ser reconocido por la nueva iglesia lo que explica el nombramiento del Padre Franz Schmidberger al cargo de Superior General de su Sociedad.
Todos pensaban que el fundador designaría al padre Paul Aulagnier. Su larga trayectoria de dedicación a la causa, su devoción y afecto filial hacia el arzobispo, así como su espíritu emprendedor y su capacidad organizativa, lo convertían en la opción natural. Su nombramiento no habría sorprendido a nadie.
¿Por qué motivo se desvió la elección de Monseñor Lefebvre hacia el Padre Schmidberger?
El único motivo era su deseo de que su Compañía fuera aceptada por Roma. El director del seminario alemán de la Compañía en Weissbad le pareció un regalo providencial.
Esta persona era quien podía llevar el diálogo con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe a una conclusión fructífera.
Es un hecho que tanto el padre Schmidberger como el cardenal Ratzinger son alemanes. Ambos tienden a pensar de forma similar. La Iglesia moderna dista mucho de ser tomista; el padre Schmidberger, sin exagerar, comparte ideas parecidas. Como saben, durante su época de seminarista en Écône, fue dispensado del curso de filosofía. Este antiguo alumno del profesor Lauth tenía una formación filosófica bastante idealista. Tal formación le facilitaría la comprensión del cardenal. Finalmente, cuando Ratzinger era arzobispo de Múnich, el padre Schmidberger se ganó su favor a costa de un miembro de la Compañía de Jesús.
En aquel entonces, el padre Wodsack era el superior del distrito de Alemania y vivía en Múnich. Cuando Ratzinger fue nombrado arzobispo, el padre Wodsack recopiló una colección de frases heréticas extraídas de las obras de Ratzinger y distribuyó folletos por toda la ciudad con tanta profusión que incluso los periódicos se hicieron eco de ello.
El padre Schmidberger, que por aquel entonces era director del seminario alemán de Weissbad, pensó que se había extralimitado. Por su cuenta, sin consultar con su superior, el padre Wodsack, acudió al arzobispo Ratzinger, quien lo recibió y le pidió disculpas por los panfletos.
Finalmente, el 19 de marzo siguiente a su nombramiento como Superior General, el Padre Schmidberger aprovechó la festividad de su santo patrón para enviar flores al Cardenal Ratzinger, quien se había convertido en Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en Roma.
[41] Para citar algunos ejemplos: la libertad religiosa fue condenada por Gregorio XVI en "Mirari Vos" y por Pío IX en "Quanta Cura"; el ecumenismo por una Carta Apostólica de Pío VIII, por la Encíclica "Summo Jugiter" de Gregorio XVI y por Pío XI en "Mortalium Animos"; la nueva eclesiología fue condenada por Pío XII en "Mystici Corporis Christi", etc., etc.
[42] Encíclica "Humani Generis", Denzinger 2313. El énfasis en negrita es del Padre Bárbara.
[43] "El hombre ve lo obvio, pero Dios escudriña el corazón". (1 Reyes, XVI, 7)
[44] Solo di cosas buenas de los muertos.
[45] "Por la abominación de la desolación se puede comprender la corrupción de la doctrina cuando la vemos establecida en el lugar santo, es decir, la Iglesia." (Breviario Romano, Homilía de San Jerónimo, último domingo después de Pentecostés).
[47] ¿Por qué otra razón abriste un centro de Misa liberal en un lugar donde ya había un floreciente centro de verdadera resistencia católica al Concilio Vaticano II, como por ejemplo en Tours y Nantes, por nombrar solo dos de muchos? ¿Fue esto motivado por un celo por la gloria de Dios? ¿O tal vez para dar un mejor testimonio de la fe católica? ¿O fue para atraer la buena voluntad de aquellos a quienes solicitabas permiso para hacer una prueba de la Tradición?
[48] Le atribuyo la responsabilidad de haber llevado al Padre Agustín, Dom Gerard y su comunidad, al Padre Bising y a todos los que se unieron a la Fraternidad de San Pedro al campo del enemigo.
[49] Las oraciones y los sacrificios que ofrecemos a Dios tras la muerte de un ser querido no tienen el poder de cambiar el juicio que Dios ya ha dictado. El juicio particular que sigue a la muerte de cada persona es definitivo. Pero Dios conoce tanto el futuro como el presente. Él puede tomar en cuenta las oraciones y los sacrificios que se le ofrecerán en beneficio de una persona y, gracias a ellos, en el último momento, concederle a este moribundo la gracia de la conversión que no tendría sin estas oraciones y sacrificios.
[50] En verdad, pediré su sangre de vuestras manos.
[52] "In primis, quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica: quam pacificare, custodire, adunare, et regere digneris toto orbe terrarum: una cum famulo tuo Papa nostro N... et Antistite nostro N... et omnibus orthodoxis, atque catholicae et apostolicae fide cultoribus."
[53] Si lo prefiere, considere la nota 28. Verá que Pablo VI cerró cada uno de los documentos oficiales del Concilio Vaticano II utilizando la expresión UNA CUM, en su sentido más obvio. Las Ediciones Saint Augustine lo han traducido con la expresión más apropiada: EN UNIÓN CON.
[54] El texto del número 11 de «Forts dans la Foi» corresponde al número 8 de «Fortes in Fide».
[55] Sigla de la Ligue Internationale Contre le Racisme et l'Antisemitisme.
[41] Para citar algunos ejemplos: la libertad religiosa fue condenada por Gregorio XVI en "Mirari Vos" y por Pío IX en "Quanta Cura"; el ecumenismo por una Carta Apostólica de Pío VIII, por la Encíclica "Summo Jugiter" de Gregorio XVI y por Pío XI en "Mortalium Animos"; la nueva eclesiología fue condenada por Pío XII en "Mystici Corporis Christi", etc., etc.
[42] Encíclica "Humani Generis", Denzinger 2313. El énfasis en negrita es del Padre Bárbara.
[43] "El hombre ve lo obvio, pero Dios escudriña el corazón". (1 Reyes, XVI, 7)
[44] Solo di cosas buenas de los muertos.
[45] "Por la abominación de la desolación se puede comprender la corrupción de la doctrina cuando la vemos establecida en el lugar santo, es decir, la Iglesia." (Breviario Romano, Homilía de San Jerónimo, último domingo después de Pentecostés).
[47] ¿Por qué otra razón abriste un centro de Misa liberal en un lugar donde ya había un floreciente centro de verdadera resistencia católica al Concilio Vaticano II, como por ejemplo en Tours y Nantes, por nombrar solo dos de muchos? ¿Fue esto motivado por un celo por la gloria de Dios? ¿O tal vez para dar un mejor testimonio de la fe católica? ¿O fue para atraer la buena voluntad de aquellos a quienes solicitabas permiso para hacer una prueba de la Tradición?
[48] Le atribuyo la responsabilidad de haber llevado al Padre Agustín, Dom Gerard y su comunidad, al Padre Bising y a todos los que se unieron a la Fraternidad de San Pedro al campo del enemigo.
[49] Las oraciones y los sacrificios que ofrecemos a Dios tras la muerte de un ser querido no tienen el poder de cambiar el juicio que Dios ya ha dictado. El juicio particular que sigue a la muerte de cada persona es definitivo. Pero Dios conoce tanto el futuro como el presente. Él puede tomar en cuenta las oraciones y los sacrificios que se le ofrecerán en beneficio de una persona y, gracias a ellos, en el último momento, concederle a este moribundo la gracia de la conversión que no tendría sin estas oraciones y sacrificios.
[50] En verdad, pediré su sangre de vuestras manos.
[52] "In primis, quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica: quam pacificare, custodire, adunare, et regere digneris toto orbe terrarum: una cum famulo tuo Papa nostro N... et Antistite nostro N... et omnibus orthodoxis, atque catholicae et apostolicae fide cultoribus."
[53] Si lo prefiere, considere la nota 28. Verá que Pablo VI cerró cada uno de los documentos oficiales del Concilio Vaticano II utilizando la expresión UNA CUM, en su sentido más obvio. Las Ediciones Saint Augustine lo han traducido con la expresión más apropiada: EN UNIÓN CON.
[54] El texto del número 11 de «Forts dans la Foi» corresponde al número 8 de «Fortes in Fide».
[55] Sigla de la Ligue Internationale Contre le Racisme et l'Antisemitisme.
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