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domingo, 29 de octubre de 2017

SERMÓN DE LA FIESTA DE CRISTO REY

Tomado de RADIO CRISTIANDAD.
  
  
Es rey del mundo entero, y nada puede substraerse a su poder. Él mismo lo dijo antes de su Ascensión: “Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra” (Mt 28, 18).
  
Jesucristo delante de Pilatos afirmó por tres veces que es Rey, y negó que sea Rey en el sentido que lo entendían Pilatos y los judíos... y como lo entienden muchos de los católicos de hoy...
  
Es cierto que Jesucristo dijo: “Mi Reino no es de aquí”...
  
Pero no dijo: “Mi Reino no está aquí”...
  
Jesucristo afirmó delante de Pilatos que su Reino no es de este mundo (S. Juan 18, 36). Eso significa que su Realeza no es originaria de este mundo...: “Mi Reino no viene de este mundo”...
  
El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero está en este mundo; y su Realeza se ejerce sobre la tierra.
 
Jesucristo dijo “Mi Reino no viene de este mundo”, no viene de las potencias mundanas, de los soldados, de una elección ejercida por el pueblo o por los banqueros internacionales y las grandes potencias de las Altas Finanzas...
  
Sus Derechos vienen de su carácter propio, a causa de ser Aquél que es, es decir, el Hijo de Dios. Los hombres no le dieron sus Derechos, y los hombres no pueden retirárselo.
  
Jesucristo se negó a dejarse declarar Rey para disociar su Reino de las engañosas esperas mesiánicas de los judíos: liberación del yugo romano y soberanía mundial.
  
Dirigiéndose a un gobernador romano, indica que sus Derechos, esencialmente sobrenaturales, no amenazan al emperador; no compite con los derechos terrestres, de los cuales no tiene ni los límites, ni la fragilidad, ni las ambiciones mezquinas.
  
Pío XI enseña, en efecto, en la Encíclica Quas primas que el Reino del Cristo “es principalmente espiritual y se refiere antes que todo al orden espiritual”
  
Pero Pío XI prosigue:
“Sería un error grueso rechazar a Cristo Hombre la soberanía sobre las cosas temporales, cualesquiera que sean: tiene del Padre sobre las criaturas un derecho absoluto, permitiéndole disponer de él voluntariamente”
  
Nuestro Señor quiere en primer lugar salvar las almas, reinar en ellas por su gracia. Distinguió cuidadosamente la sociedad religiosa que fundaba (la santa Iglesia) de la sociedad civil. Les dejó el poder a los reyes de la tierra.
  
Pero los Derechos de Cristo existen, y las autoridades temporales tienen el deber de reconocerlos públicamente en cuanto tengan conocimiento.
  
Para los Jefes de Estado, el reconocimiento público de los Derechos de Cristo es un deber, en primer lugar, de justicia hacia Nuestro Señor; es también un deber hacia sus súbditos, a los que ayudan así a salvarse; es, por fin, un deber para con la Iglesia, a la que debe sostener en su misión.
 
Esto es lo que se denomina la Realeza Social de Jesucristo.
  
¿Por qué hacer tanto hincapié en la Realeza Social de Jesucristo? ¿No basta con ocuparse de la parte fundamental, su reino en las almas? ¡NO!
   
El hombre no es un puro espíritu. Pío XII enseña:
“De la forma otorgada a la sociedad, en armonía o no con las leyes divinas, depende y se infiltra el bien o el mal de las almas”
 
Dios quiso crear a una sociedad propiamente religiosa (la santa Iglesia), distinta de la sociedad civil. El hombre debe pues pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un único fin último. No puede ir en dos direcciones a la vez.
  
Ahora bien la vida temporal se le da para preparar la vida eterna. El Estado, cuyo ámbito propio es lo temporal, no puede, pues, organizarlo independientemente del fin último.
  
No se encomienda directamente al Estado la felicidad eterna, pero sí indirectamente. Si lo descuida, olvida la parte más importante del bien común.
  
Tal es la enseñanza de los Padres de la Iglesia, de Santo Tomás y de los Papas.
 
Después de la Revolución de 1789, cuando los poderes temporales dejaron de ejercer su función, los Papas debieron tratar detenida y explícitamente este punto.
  
Todos los Papas, hasta Pío XII, son unánimes; y Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey contra el “liberalismo”, que afirma la laicidad del Estado y niega los Derechos de Jesucristo.
  
La Iglesia y el Estado, ¿no deben estar separados? ¡NO!
  
La Iglesia y el Estado son dos sociedades distintas; pero su estricta separación es absurda y contra la naturaleza.
   
No se olvide que el hombre es un cristiano y un ciudadano. No debe ser cristiano solamente en su vida privada, sino también en todos los ámbitos de su vida.
  
Debe, pues, el Estado realizar una política cristiana, esforzándose en poner de acuerdo las leyes civiles con las leyes divinas.
  
Tomemos el ejemplo del hombre: es la unión de un cuerpo y de un alma. Si los separan, no hay más hombre: es la muerte.
  
El laicismo designa la separación de lo civil y de lo religioso; la separación de los poderes políticos y administrativos del Estado del poder religioso de la Iglesia.
  
El laicismo, la separación de la Iglesia y del Estado, fue condenado por varias Encíclicas y documentos romanos, incluidos Mirári Vos, Quánta Cura, Sýllabus, Veheménter, Gravíssimo Offício Múnere, Jamdúdum y Quas Primas.
  
Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey. Ahí aquí lo que escribió:
“Es Nuestra resolución proveer a las necesidades del tiempo presente, de aportar un remedio eficaz a la peste que corrompió a la sociedad humana. Lo hacemos prescribiendo al universo católico el culto de Cristo Rey. La peste de nuestro tiempo es el laicismo, con sus errores y sus empresas criminales.
 
Una fiesta celebrada cada año en todo el pueblo en honor de Cristo Rey será soberanamente eficaz para incriminar y reparar de alguna manera esta apostasía pública, tan desastrosa para la sociedad, que generó el laicismo.”
  
La Historia pone de manifiesto rápidamente que el “laicismo liberal”, que se pretende neutro frente a la religión, le es realmente profundamente hostil. Terminó por deificar al Estado y se organizó esto en un sistema filosófico monstruoso e idolátrico: la “estato-latría”...
  
El liberalismo generó el modernismo, la última herejía, que, más aún que las herejías anteriores, niega de una manera feroz y radical los Derechos de Cristo.
 
Releamos a Monseñor Marcel Lefebvre:
“Y bien veis que de eso estamos muriendo: en nombre de la libertad religiosa del Vaticano II que se han suprimido los Estados todavía católicos, se los ha laicizado, se ha borrado de las constituciones de dichos Estados el primer artículo que proclamaba la sumisión del Estado a Dios, su autor, o en el cual hacía profesión de la verdadera religión. Esto es precisamente lo que los masones no querían escuchar más (...) La libertad religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien; pues es eso lo que respondo a Roma, cada vez que quieren obligarme a aceptar globalmente el Concilio o especialmente la declaración sobre la libertad religiosa. Rechacé firmar ese acto conciliar el 7 de diciembre de 1965, y ahora, veinte años más tarde, las razones para no hacerlo no han hecho más que aumentar. ¡No se firma una apostasía!” (Lo destronaron, páginas 73 y 75).

¿Cuáles deben ser, por lo tanto, las relaciones entre la Iglesia y el Estado?
  
En el orden normal de las cosas, el Estado debe ser oficialmente católico. Debe pues adherirse a la religión católica y declararla religión de Estado, protegerla y favorecerla, hacer de sus fiestas días festivos y participar oficialmente, en la persona de los hombres políticos, en las celebraciones litúrgicas.
  
Debe velar para que los mandamientos de Dios encuentren su expresión en las leyes civiles, como, por ejemplo, el respeto del descanso dominical y la prohibición del divorcio, la contracepción y el aborto.
  
Debe, por otro lado, ayudar a las escuelas católicas y a los establecimientos caritativos.
  
Me dirán: eso es muy bueno, pero es un ideal y no una realidad. En nuestros días, en efecto, los que mandan son los masones.
  
Aquí se plantea una objeción lógica: “De hecho, Jesucristo no fue nunca el Rey del Mundo”.
  
Esta objeción corresponde a la pregunta irónica de Pilatos: “Entonces, ¿tú eres Rey?...”
  
Veía a Nuestro Señor en una situación bien poco compatible con cualquier derecho…
  
Mientras tanto, “no queremos que éste reine sobre nosotros”, gritaban los judíos fuera...
  
Esta objeción corresponde también a la situación actual...
  
Lo hemos dicho, hoy día Jesucristo no reina de verdad... Pero, como El mismo lo dijo, si los súbditos de un Rey se rebelan contra él, no deja, sin embargo, de ser su Rey; conserva el poder de castigarlos y de someterlos posteriormente. Si no tuviese este poder, no sería verdaderamente Rey.
 
La contraparte de la objeción y su refutación está, por lo tanto, en la respuesta de Cristo a Pilatos: “Mi Reino no viene de este mundo”.
  
Jesucristo declara aquí solemnemente, al final de su vida pública, sus Derechos ante un tribunal y a riesgo de su vida...
  
Y a esta declaración de sus Derechos, la proclama “dar testimonio de la Verdad”, y afirma que su Vida no tiene otro objetivo. Y eso le costó la vida...
  
Aparentemente han ganado los que decían: “No queremos que este reine sobre nosotros; no tenemos otro Rey que el César”...
  
Pero en la cumbre de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero escrito en tres lenguas, hebreo, griego y latín, donde se podía leer: “Jesús de Nazareth Rey de los Judíos”...
  
Y esta Cruz es la respuesta a los que, hoy en día, se escandalizan por la impotencia del Catolicismo ante la gran crisis espiritual y material que reina sobre la tierra.
  
Creen que la crisis actual es una gran desobediencia a Jesucristo y, por consiguiente, dudan que Cristo sea realmente Rey..., como dudó Pilatos, viéndolo atado e impotente...
  
Pero la crisis actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran insubordinación, es el castigo de una gran rebeldía y es la preparación de la gran restauración del Reino de Cristo.
  
El Hombre Moderno, que cayó en cinco rebeliones y cinco idolatrías, es castigado ahora y es purificado por cinco castigos y cinco penitencias:
  1. Incurrió en la Idolatría de la Ciencia, con que quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo...; y la ciencia actualmente está muy ocupada en construir aviones, bombas y cañones para destruir las ciudades y las casas...
  2. Cometió la Idolatría de la Libertad, con que quiso hacer de cada hombre un pequeño jefe caprichoso...; y el mundo hoy se llena de déspotas..., y los propios pueblos piden brazos fuertes para salir de la confusión que generó esta loca libertad...
  3. Cayó en la Idolatría del Progreso, con que los hombres creyeron poder restablecer en poco tiempo un nuevo Paraíso Terrenal...; y ahí tenemos que el Progreso es el Becerro de oro, que hunde a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira y la muerte...
  4. Reincidió en la Idolatría de la Carne, a la cual pidió el Paraíso y las delicias del Edén...; y la carne desnuda del hombre, exhibida y adorada, herida, se rasga, se pudre y se disuelve como un inmundo abono sobre los campos de batalla y en las clínicas especializadas para los abortos...
  5. Insistió en la Idolatría del Placer, con que quiere hacer del mundo un Carnaval perpetuo y transformar a los hombres en niños agitados e irresponsables...; y el placer creó un mundo de enfermedades, sufrimientos y tormentos que hacen desesperar a todas las autoridades de la medicina...
  
¡Sí!... Los males que sufrimos hoy tienen su origen en una última desobediencia; pero reconfortan, porque la guadaña ya está puesta en la raíz. Estamos al final de un proceso mórbido que dura desde hace ya siete siglos.
  
Sí, hoy en día Jesucristo no reina de verdad, pero no deja de ser Rey; conserva el poder de castigar y someter nuevamente a sus súbditos rebeldes.
  
Más allá del clamor de la batalla en la cual se destruye a los hombres, en medio de la confusión y la nube de mentiras y fraudes en la que vivimos, el corazón oprimido por las tribulaciones del mundo y por nuestras propias pruebas, la Iglesia Católica, imperecedero Reino de Cristo, está de pie como su divino Maestro para volver a dar testimonio de la Verdad y defenderla.

Más allá del tumulto y de la confusión, los ojos fijos en la Cruz, en su experiencia de veinte siglos, confiando en las profecías sobre su futuro, lista para soportar la lucha, con la certeza del triunfo, la Iglesia, por su sola presencia y su silencio, dice a todos los Caifás, a todos los Herodes y a todos los Pilatos del mundo que esta palabra de su Fundador divino no fue inútil: ¡Yo soy Rey!
 
Preparémonos para su Venida... y aceleremos su Venida por la oración y el sacrificio.
  
Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras vidas transitorias y pobres pueden unirse a algo grande, triunfal, absoluto.
  
Dejemos de lado el egoísmo, nuestros pequeños caprichos, las ambiciones y los objetivos personales.
  
El que puede practicar la caridad, que se sacrifique por su prójimo...
 
Aquél que puede hacer el apostolado, que confiese y predique a Cristo el Rey...
  
Aquél que puede enseñar, que enseñe...
  
Y el que puede quebrar la iniquidad, que la persiga y la requiebre, incluso a riesgo de su vida…
  
Para eso, purifiquemos nuestra vida de toda falta y de todo error.
  
Vayamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con su hijo Jesucristo, no sólo ofreciendo nuestras personas al trabajo, como dice San Ignacio, sino también comprometiéndonos con determinación en este combate por el Reino de Cristo contra las fuerzas del Mal...
  
Combate que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su Venida y su triunfo no están lejos, que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo...
 
Advéniat Regnum tuum... ¡Jesucristo, que venga tu Reino!
  
Ut advéniat Regnum tuum, advéniat Regnum Maríæ... ¡A fin de que venga tu Reino, que venga el Reino de María!

domingo, 29 de septiembre de 2013

SERMÓN SOBRE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde RADIO CRISTIANDAD

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial y Comandante de la Resistencia

San Miguel es uno de los siete Arcángeles, y figura, junto a San Gabriel y San Rafael, entre los tres cuyos nombres aparecen en la Sagrada Escritura.

La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los Arcángeles y le llama Príncipe de la Milicia Celestial, por eso se lo representa con el traje de Guerrero.

En el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios, y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.

La iconografía, como dijimos, lo representa como el Ángel guerrero, el vencedor de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

Ya la Iglesia primitiva veneraba a San Miguel como el Arcángel que derrotó a Satanás y a sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego.

Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.

El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad; en efecto, significa ¿Quién como Dios?

Satanás tiembla al escuchar su nombre, pues le recuerda el grito de noble protesta que este Arcángel profirió cuando se rebelaron los ángeles.

San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el Cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia.

Su fortaleza inspiró valentía en los demás Ángeles, quienes se unieron a su grito de nobleza ¿Quién como Dios?

Desde ese momento se le conoce como el Capitán de la Milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás Ángeles obedecen.

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En el Antiguo Testamento, San Miguel aparece como el guardián de la nación hebrea.

En el libro de Daniel, vemos que Dios le envía para asegurar al Profeta su protección.

Justamente se piensa que el mismo Arcángel San Miguel es el Ángel que el Señor había asignado a los israelitas en los días de Moisés, para guiarles a través del desierto.

Después de la muerte de Moisés, según la tradición, recogida por San Judas, San Miguel alterca con el diablo disputándose el cuerpo del Patriarca. En obediencia al mandato de Dios, San Miguel escondió la tumba de Moisés, ya que Satanás quería exponerla para llevar a los israelitas al pecado de idolatría.

San Miguel recibió de Dios el encargo de llevar a término sus designios de misericordia y de justicia para su pueblo escogido. Vemos como Judas Macabeo, antes de iniciar cualquier batalla en defensa de la Ley y del Templo, clamaba la ayuda de San Miguel y le confiaba su defensa.

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De igual modo, en el Nuevo Testamento, San Miguel ocupa un lugar prominente y continúa su poderosa defensa. Con sus Ángeles, libra la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales son arrojados al infierno:

Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero.

Es por eso venerado como guardián de la Iglesia.

Como lo testimonian los Padres de la Iglesia, el honor y la veneración a San Miguel ha sido parte esencial de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Se le han atribuido un sin número de beneficios espirituales y temporales.

El Emperador Constantino atribuyó a este Arcángel las victorias sobre sus enemigos, y por ello le construyó cerca de Constantinopla una magnifica iglesia en su honor. Esta se convirtió en lugar de peregrinación y muchos enfermos recibieron sanación gracias a la intercesión de San Miguel.

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No solo durante la vida terrenal San Miguel defiende y protege nuestras almas, Él nos asiste de manera especial a la hora de la muerte, ya que su oficio es recibir las almas de los elegidos al momento de separarse de su cuerpo. De este modo, San Miguel continúa su ministerio angélico en relación a los hombres hasta que nos lleva a la bienaventuranza eterna a través de las puertas celestiales.

En su Santa Liturgia, la Iglesia nos enseña que este Arcángel está puesto para custodiar el Paraíso y llevar a él a los elegidos.

A la hora de la muerte se libra una gran batalla, una agonía, ya que el demonio tiene muy poco tiempo para hacernos caer en tentación, o desesperación, o en falta de reconciliación con Dios.

Por esto es que en esos momentos se libra una gran batalla espiritual por nuestras almas. San Miguel está al lado del moribundo defendiéndole de las asechanzas del enemigo.

San Anselmo cuenta de un religioso piadoso que, a punto de morir, recibía grandes asaltos de demonio. El demonio se le apareció, acusándole de todos los pecados que había cometido antes de su tardío Bautismo. San Miguel se aparece y le responde que todos esos pecados quedaron borrados con el Bautismo. Entonces, Satanás le acusa de los pecados cometidos después del Bautismo. San Miguel le contesta que estos fueron perdonados en la confesión general que hizo antes de profesar. Satanás insiste, y le acusa de las ofensas y negligencias de su vida religiosa. San Miguel declara que esas han sido perdonadas por sus confesiones y por todos los buenos actos que hizo durante su vida religiosa, en especial la obediencia a su superior, y que lo que le quedaba por expiar lo había hecho a través del sufrimiento de su enfermedad vivido con resignación y paz.

San Alfonso María de Ligorio, por su parte, nos relata el caso de un hombre polaco, de la nobleza, que había vivido muchos años en pecado mortal y lejos de la vida de Dios. Se encontraba moribundo y estaba lleno de terror, torturado por los remordimientos, lleno de desesperación. Este hombre había sido devoto de San Miguel Arcángel, y Dios, en su misericordia, permitió que este Arcángel se le apareciera. San Miguel lo alentó al arrepentimiento, diciéndole que había orado por él y le había obtenido más tiempo de vida para que lograra la salvación. Al poco rato, llegan a la casa de este hombre dos sacerdotes dominicos, que dijeron se les había aparecido un extraño joven pidiéndoles que fueran a ver a este hombre moribundo. El hombre se confesó con lágrimas de arrepentimiento, recibió la Santa Comunión y en brazos de estos dos sacerdotes murió reconciliado con Dios.

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El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía.

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.

Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

El respondió: ¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.

También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa la oración que ahí él había escrito.

Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

¿Es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa? Huelga la respuesta…, aunque no para todos, lamentablemente…

Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos.

Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han desencadenado en el mundo moderno.

En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos revivir la devoción a San Miguel y con Él gritar: ¿Quién como Dios?

Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, escepticismo y de la infidelidad.

Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.

El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.

Estamos en gran batalla espiritual. Es nuestro deber usar todas las armas espirituales para batallar con fortaleza y prudencia.

La gran malicia de demonio, su astucia, sus mentiras, sus sugerencias, sus insinuaciones se dirigen a la mente y al corazón humano. Él trata de destruir toda obra buena. Toda la malicia que su mente es capaz de poseer quiere inyectarla en las almas.

Contra estos ataques, Dios da su admirable protección. El hombre tan sólo debe cooperar y corresponder. He aquí la importancia de la devoción a San Miguel Arcángel.

Si en tiempo de tentación tenemos el coraje de reprender al maligno y de clamar la asistencia de San Miguel, el enemigo por seguro saldrá huyendo.

Pero, si deseamos obtener su protección, debemos imitar sus virtudes, especialmente su humildad y su celo por la gloria de Dios.

San Miguel se presenta, pues, como nuestro protector y como nuestro modelo.

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Dos cualidades se requieren para cumplir bien con la misión de protector: el poder y la bondad. San Miguel posee estas prerrogativas en muy alto grado.

¿Quién no admira el poder de San Miguel? Arroja del Cielo a Lucifer con todos los ángeles rebeldes; cuando el Faraón persigue al pueblo de Dios, sumerge en el Mar Rojo al príncipe infiel con todo su ejército; y cuando Satanás intenta atraer a la idolatría al pueblo de Israel, con el pretexto de honrar el cuerpo de Moisés, se lo impide escondiendo este cuerpo en un lugar desconocido.

En San Miguel, la bondad iguala al poder. Primer ministro de la Providencia, es el protector de todos los fieles; bajo sus órdenes todos los Ángeles, participando de su poder y de su bondad, trabajan por la salvación de los hombres y combaten juntos al enemigo del género humano.

¡Qué felicidad es la nuestra, en tener tantos protectores!

San Miguel es nuestro modelo. Modelo de recogimiento y de unión con Dios. Esta celeste inteligencia, en medio de las diversas misiones que se le han confiado, no pierde jamás de vista la presencia de Dios. Sin cesar le ama, le adora, le suplica, le da gracias; mantiene con Dios un comercio santo, nunca interrumpido.

Modelo de inocencia y de pureza, no tiene sino pensamientos y deseos santos.

Modelo de humildad, confiesa que Dios lo es todo, y que toda criatura debe pisar el orgullo, la ambición, la vanidad.

Modelo de celo, sólo aspira a hacer amar a Dios y a Jesucristo su Hijo.

Modelo de religión, se abate ante la grandeza de Dios y exclama: ¿Quién como Dios?, es decir, ¿quién es tan justo, tan bueno, tan excelente como nuestro Dios?

Modelo de mansedumbre, procede en todas sus acciones con perfecta calma y nos muestra claramente que la modestia, la dulzura y la paciencia son las mejores armas contra nuestros enemigos.

Así es como San Miguel nos ofrece el modelo de todas las virtudes.

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Honremos, pues a San Miguel como al primer Ángel del Paraíso y Príncipe de la Ciudad Santa, siempre fiel a Dios, cuyas grandezas proclama con esta palabra que ha llegado a ser su nombre: Miguel, ¿Quién como Dios?

Honremos al mismo tiempo a todos los Santos Ángeles que imitaron a San Miguel y que, como él, cumplen para con nosotros la doble misión que han recibido de ser nuestros protectores y nuestros modelos.

Demos gracias a Dios por haberles dado tal misión, y no olvidemos saludar a la Reina de los Ángeles.

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL DEICIDIO COMETIDO Y PERPETUADO POR LOS JUDÍOS Y LA COMPLICIDAD DE LA IGLESIA CONCILIAR

«Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de vosotros”. Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”». (San Mateo, XXVII: 24-25)

San Alfonso María de Ligorio escribió sobre este pasaje de la Pasión de Cristo, comentando así desde el punto de vista religioso y espiritual (lejos de la carga racial e ideológica que le pretenden atribuir de épocas posteriores):
«Cuando un inocente es condenado, no hay límites al castigo; sino que lo dejan en manos de sus enemigos, para que puedan hacerlo sufrir y morir como les plazca. ¡Pobres judíos! Vosotros atrajisteis una terrible maldición sobre vuestras cabezas al decir: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, y esa maldición, raza miserable, la lleváis hasta el día de hoy, y al Final de los Tiempos recibiréis el castigo de esa sangre inocente. ¡Oh, Jesús mío! Ten misericordia de mí, que por mis pecados he sido también la causa de tu muerte. Yo no seré obstinado como los judíos; sino que lloraré el mal trato que Te he dado. ¡Yo te amaré, por siempre, por siempre, por siempre!» (La Pasión y Muerte de Jesucristo, Meditación octava, parte II: “El conciliábulo de los judíos y la traición de Judas”).
   
ADENDAEl Deicidio (Padre Juan Carlos Ceriani, RADIO CRISTIANDAD)

El Concilio, queriendo extender su idea ecuménica a todas las religiones, e incluso al judaísmo, ha rechazado toda la Tradición eclesiástica.

Pero para poder hacerlo, ha falsificado la Sagrada Escritura.
   
En lo referente a los judíos, la falsificación de la Revelación y el rechazo de la Tradición se refieren a tres puntos esenciales: la alianzael deicidio y el llamado antisemitismo.

Para poder comprender bien lo que se ha hecho, conviene ante todo hacer una distinción respecto al pueblo judío.

“Israel” puede entenderse en dos sentidos:
  1. el Israel Espiritual, pueblo de Dios del Antiguo Testamento hasta el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión era preparar la venida del Mesías, en quien hallaría su perfeccionamiento.

    De éste Israel, es continuación la Iglesia de Jesucristo, única heredera legítima y exclusiva de su patrimonio y misión sagrados.
       
  2. el Israel Carnal, que materializó, carnalizó, la promesa de Dios y la noción misma del Mesías y que, por lo tanto, prevaricó, rechazándolo en su primera Venida.
       
    En éste Israel carnal podemos distinguir, a su vez, otras dos realidades:
    a – El pueblo judío a partir de Cristo, pueblo llamado a la conversión, al bautismo, como todos los demás pueblos, pero con más urgencia y con una dilección particular a causa de su patrimonio único, y con mayor cuidado a causa de su rebelión y patrimonio actual.
    b – El judaísmo talmúdico: la religión actual de los judíos, aquella que no sólo ha rechazado al Mesías y cometido el deicidio, sino que persigue a su Cuerpo Místico, la Iglesia, como usurpadora de su patrimonio sagrado.
   
Los judíos talmúdicos siguen el Talmud: interpretación rabínica de la Ley Mosaica y código civil judío.
   
La Iglesia honra al Israel espiritual, puesto que le continúa y es su heredera.

La Iglesia ama al Israel carnal llamado a la conversión, busca a los hijos de ese pueblo como a sus hijos mayores, rebeldes pero aún amados.

La Iglesia defiende su propia razón de ser y sus derechos contra las pretensiones del judaísmo talmúdico, contra su odio y sus persecuciones.

El Concilio quiere a todo precio, reconciliar a la Iglesia con el judaísmo talmúdico. Para esto, camufló esta reconciliación asimilándola a la conversión del pueblo judío y fundamentándola sobre el reconocimiento de la herencia común con el Israel espiritual.
   
En otras palabras, el Concilio, sin hacer las debidas distinciones entre Israel espiritual e Israel carnal, y entre pueblo judío a convertir y judaísmo farisaico y talmúdico, identifica estos dos últimos y les atribuye los beneficios espirituales del pueblo elegido (Israel espiritual), heredados por la Iglesia Católica.
   
De este modo, busca la unidad sobre una base religiosa común que supone aun existente, pero que de hecho, debido a la prevaricación de Israel, ya no existe.
    
Para ello, debe desmentir, silenciar o condenar todo aquello que niegue o se oponga a tal pretendida base religiosa común.
   
Juan Pablo II en su visita del 13 de abril a la sinagoga de Roma, reafirmó esta intención: los tres puntos que quiso destacar, del n.4 del documento Nostra Ætáte, señalan la falsificación de la Revelación y el abandono de la Tradición respecto a la Alianza, al deicidio y al antisemitismo.

Allí dijo:
«La religión judía no nos es extrínseca, sino que en cierto modo es intrínseca a nuestra religión. Por lo tanto, sois nuestros hermanos predilectos, y en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores».
Más adelante:
«A los judíos, como pueblo, no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús…
   
Por lo tanto, resulta inconsistente toda pretendida justificación teológica de medidas discriminatorias o, peor todavía, persecutorias».
De donde se sigue como consecuencia:
«No es lícito decir que los judíos son réprobos o malditos…, sino que, más aun, hay que decir, citando a San Pablo, “que los judíos permanecen muy queridos por Dios, que los ha llamado a una vocación irrevocable”»
Lo que compromete todo este hermoso andamiaje del Concilio Vaticano II es la Cruz. Importuna, comprometedora Cruz de Cristo, escándalo para los judíos.
   
El Concilio ha trabajado mucho para evacuarla. En su prurito de amistad judaica, ha tratado de establecer la inocencia del judaísmo en este negocio.

La redacción de 1964 del documento Nostra Ætáte prohibía decir que los judíos son culpables de deicidio.

Las palabras fueron retiradas de la redacción definitiva.

Ahora bien, en virtud de la unión hipostática, Aquel que ha sido crucificado en su naturaleza humana, es una Persona divina.

Hubo por lo tanto deicidio.

Entonces, hay que demostrar que no fueron los judíos.

El Concilio los lava de esta acusación en tres movimientos:
  • Primero, sólo algunos de entre ellos estuvieron en el Gólgota.
  • Segundo, no lo hicieron expresamente ni perfectamente conscientes.
  • Tercero, son nuestros pecados, los pecados de todos los hombres, los que han causado la muerte de Cristo, y no los judíos.
La falsificación del evento y de su misterio es increíble.

Leamos lo que dice el mismo Concilio:
«Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras».
Juan Pablo II dijo:
«A los judíos como pueblo no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús… Ni indistintamente a los judíos de aquel tiempo, ni a los que han venido después, ni a los de ahora…».
«Ni indistintamente», es decir, no sin distinción.

Es claro que no se puede atribuir la muerte de Cristo indistintamente a todos los judíos.
   
Pero, ¿por qué el Concilio y el Papa no hacen las distinciones necesarias y señalan cuáles son los judíos culpables?

Por otra parte, el “indistintamente”, ¿recae también sobre los “judíos de hoy”?
   
Evidentemente que no. De haber querido decir eso el Concilio y Juan Pablo II tendrían que haberse expresado así: «… lo que en su pasión se hizo no puede ser indistintamente imputado ni a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy».

Entonces, para el Concilio y para Juan Pablo II los judíos de hoy no son para nada culpables del deicidio.

Ya veremos que no puede ser sostenida tal doctrina.
   
Una vez más, se rechaza toda la Escritura y la Tradición.

Juan Pablo II reafirmó esta mala doctrina en su discurso en la Sinagoga. Ellos lo quieren y así lo afirman; rechazan toda la enseñanza formal del Evangelio de San Juan y de las Actas de los Apóstoles.

La Sagrada Escritura atestigua bien el endurecimiento de todo este pueblo, que permanece solidario a sus autoridades que condenaron a Jesús y a la turba que aplaudía su muerte.
   
Lejos de arrepentirse, los judíos de ese tiempo, y todos los judíos de todos los tiempos, excepto los convertidos, han suscripto a este evento en la medida de su conocimiento.
   
He aquí la única distinción, ¡que el Concilio y Juan Pablo II no hacen!

Imputarles pues el deicidio, es confesar el hecho.

Veamos lo que nos dice el Evangelio de San Juan para que pueda servir como material de estudio en este tema: V, 15-18; VII, 1, 19, 25-26, 30, 44; VIII, 37, 39-40, 44, 59; X, 31-33, 39; XI, 49-50, 53; XII, 9-10; XVIII, 3, 12-14, 28, 31-32, 35; XIX, 6-7, 14-16.

Podemos ver también San Mateo XXVII, 20-26; San Lucas XXIII, 20-25; Act II, 22-23, 36; III, 13-15; IV, 8-12; V 28-32; VII, 51-53; XII, 26-29.

Leamos los textos más importantes:
  • Jn. XIX, 6-7: «Luego que los pontífices y sus ministros le vieron, alzaron el grito, diciendo: “Crucifícale, crucifícale”. Díceles Pilato: “Tomadle vosotros y crucificadle, pues yo no hallo en El crimen”. Respondiéronle los judíos: “Nosotros tenemos una ley, y según esta ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”».
  • Mt. XXVII, 20-26: «Entre tanto, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo a que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Volvió a preguntarles el presidente: “¿A quién de los dos queréis que suelte?”. Respondieron ellos: “A Barrabás”. Replicóles Pilato: “Pues, ¿qué mal ha hecho?”. Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: Sea crucificado. Al ver Pilato que nada adelantaba, antes bien que cada vez crecía el tumulto, mandó traer agua agua y se lavó las manos a la vista del pueblo, diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de éste justo; allá os lo veáis vosotros”. A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: “Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, le entregó en sus manos para que fuese crucificado».
  • Lc. XXII, 20-25: «Hablóles nuevamente Pilato, con deseo de libertar a Jesús. Pero ellos se pusieron a gritar, diciendo: “Crucifícale, crucifícale”. Él, no obstante, por tercera vez les dijo: “¿Pues qué mal ha hecho éste? Yo no hallo en Él delito ninguno de muerte; así que, después de castigarle, le daré por libre”. Más ellos insistían con grandes clamores pidiendo que fuese crucificado; y se aumentaba la gritería. Al fin Piloto se resolvió a acceder a su demanda. En consecuencia dio libertad, como ellos pedían, al que por causa de homicidio y sedición había sido encarcelado, y a Jesús le abandonó al arbitrio de ellos».
  • Jn. XIX, 14-16: «Era entonces la Preparación de Pascua, cerca de la hora sexta, y dijo a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos, empero, gritaban: “Quita, quítale de en medio, crucifícale”. Díceles Piloto: “¿A vuestro rey he de crucificar?”. Respondieron los pontífices: “No tenemos rey sino el César”. Entonces se los entregó para que le crucificasen. Apoderáronse, pues, de Jesús, y le sacaron fuera».
  • Act. II, 22-23, 36: «¡Oh hijos de Israel! Escuchadme ahora: A Jesús de Nazareth, hombre autorizado por Dios a vuestros ojos con los milagros, maravillas y prodigios que Dios por medio de Él ha hecho entre vosotros, como como todos sabéis, a este Jesús, dejado a vuestro arbitrio por una orden expresa de la voluntad de Dios y decreto de su presciencia, vosotros le habéis hecho morir, clavándole en la cruz por mano de los impíos… Persuádase, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a éste mismo Jesús al cual vosotros habéis crucificado».
 
La ignorancia no excusa a los judíos del deicidio. Santo Tomás de Aquino ya respondió a esta objeción hace más de 700 años (cfr. Suma Teológica, parte III, cuestión 47, art. 5, ad3)

Los judíos son deicidas, pero ¿qué judíos y en qué proporción?

En la exactitud y claridad con que sea resuelto este interrogante, se halla toda la verdad del tema que estamos analizando.

Justamente cuando se ha querido introducir el equívoco, es preciso iluminar el error con la verdad.
   
Para responder con precisión, hay que atender a la presencia y vinculación del pueblo de Israel con la causa condenatoria de Jesús.

En cuanto a la presencia, son responsables los jefes, los Pontífices, como instigadores morales, y el pueblo como nación, considerado no en cuanto a su totalidad numérica pero sí en su totalidad global y solidariamente comprometida en la iniquidad de sus jefes. (Jn. XVIII, 35, XIX, 15; Mt XXVII, 25).
   
Esas mismas frases indican, además, una solidaridad nacional no sólo entre el pueblo de Israel presente y actor de los hechos, sino también con el ausente y posterior a ellos. Entre uno y otro hay una relación de continuidad moral voluntariamente aceptada, cuyo vínculo de unión es la ley de Moisés.

En virtud de la obediencia y sujeción a la Ley, todo aquel pueblo judío de entonces, representado jurídicamente por sus autoridades, estuvo moralmente unido e implicado en la responsabilidad del deicidio.

Del mismo modo, todo el pueblo judío actual que se considera unido y formando un todo con aquel en virtud de la Ley, queda comprometido en idéntica responsabilidad moral: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir».

Para no caer bajo esa acusación y culpa, deben desligarse positivamente del vínculo de la Ley y repudiar lo que en virtud de ella hicieron sus mayores al condenar a muerte a Jesús.

Si el pueblo de Israel actual acata todavía esa ley (en virtud de la cual Cristo fue condenado a muerte como blasfemo), lógicamente tiene que admitir también su aplicación particular al caso de Nuestro Señor Jesucristo.

Con lo cual todos los que se consideran sujetos a la Ley son, en alguna manera, voluntariamente deicidas, aunque en muy diversa proporción (depende del conocimiento y del consentimiento).

Otra forma de ver esta vinculación nacional en el hecho del deicidio, es a través de la solidarización que se hace del pueblo judío en todo lo que puede contribuir a engrandecerle y magnificarle a los ojos del mundo. Si la revelación, la fe, la elección, la adopción, la gloria y las promesas se aplican y convienen al pueblo a quien Dios hizo la promesa, es preciso no olvidar que, por lo mismo que ha renegado de Cristo (objeto de la promesa), está sujeto a la maldición de la Ley (Gal III, 7-10) y a las maldiciones del mismo Jesús (Mt XI, 10-24; Mt XXIII, 1-36; Lc XI, 37-52).

Así como la bendición y la gloria corresponden al pueblo que se mantuvo fiel a la promesa, así la maldición y la condenación se aplican al que, todavía después de casi dos mil años, sigue aferrado a la perfidia de sus mayores.

De su error el Concilio concluye:
“Los judíos no deben ser presentados como reprobados por Dios y malditos, como si esto se siguiese de la Sagrada Escritura».
La Iglesia siempre ha recordado que ninguna persona es maldita o reprobada aquí abajo, sino que está llamada a convertirse y entrar en la Iglesia por el bautismo.
   
Pero aquello que el Concilio quiere sugerir y hacer creer como la justa interpretación de las Escrituras, es otra cosa: que el judaísmo oficial y colectivo, la nación judía, la Sinagoga, ha podido cometer el crimen de deicidio, ha podido condenar a muerte a su Mesías y Dios y, sin embargo, persistir a través de los siglos en ésta perfidia sin ser objeto de reprobación y maldición, sin ser culpable de deicidio.

Esto es confundir los términos y, en este caso, mentir.

Los judíos que, por la fe en la promesa, reconocen a Cristo como Mesías y Dios, siguen siendo herederos de Abraham y verdadero pueblo de Dios.

Pero los infieles y prevaricadores, los que positiva y obstinadamente lo rechazan, como sus padres lo rechazaron, esos no son ni serán “pueblo de Dios” mientras dure su infidelidad; y, mientras tanto, son réprobos y malditos, lo cual no implica que lo sean eternamente.

PADRE JUAN CARLOS CERIANI