martes, 31 de julio de 2012

SAN IGNACIO DE LOYOLA, CONFESOR, FUNDADOR Y SOLDADO DE CRISTO

“Haced todo a gloria de Dios”. (1 Corintios 10, 31)

San Ignacio de Loyola
   
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
   
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.
   
Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
   
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía:
“Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron”.
     
Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
  
Aparición de Nuestra Señora a San Ignacio (Sebastián Ricci)
  
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
  
Cueva de Manresa, donde San Ignacio hizo penitencia durante un año (allí nacieron los Ejercicios Espirituales)
     
“A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Se decidió a “escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo”... hasta lograr alcanzar su santidad.
   
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Diego Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
   
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.
     
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues “pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas”. Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino “amáre” se convertía en un simple pretexto para pensar: “Amo a Dios. Dios me ama”. Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
    
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
    
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.
    
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.
    
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Diego Laínez y Alfonso Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
 
Profesión de votos de San Ignacio y los siete primeros jesuitas
   
Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
  
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Pablo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de “jesuita”. Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta”, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: “Ego vobis Romæ propítius ero” (Os seré propicio en Roma).
 
Aparición en La Storta
   
Pablo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.
   
Aprobación de Pablo III a los estatutos de la Compañía de Jesús

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, “para que eso no distraiga de las obras de caridad a la que nos hemos consagrado”. No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
  
La primera de las obras de caridad consistiría en “enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios”. La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Pablo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
    
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: “Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado”. Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Luis Gonçalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.
  
El Papa Pablo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
     
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. “La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas” (cardenal Enrique Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt (Alemania), acerca de sus relaciones con los protestantes: “Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores”. El santo escribió en el mismo tono a los padres Pascasio Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.
    
Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.
  

Portada de la primera edición de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (Año 1548)
   
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: “A la Mayor Gloria de Dio”. A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: “Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?”. Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el “espíritu militar” de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
  
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos.
   
Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
   
Adaptado del trabajo de Alban Butler et al, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) pg.222-228.

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN IGNACIO
   
I. San Ignacio, en la soledad de Manresa, había trazado el plano del edificio espiritual que debía edificar durante toda su vida. Su libro de los Ejercicios espirituales es un resumen de lo que debe hacerse y de lo que él mismo hizo para llegar a la perfección. Comenzó por llorar sus pecados y expiarlos mediante ruda penitencia. Es el primer paso: lavar nuestros pecados con lágrimas. Así procedieron todos los santos; ¿los imitamos nosotros? Aunque no hubiésemos cometido sino un solo pecado mortal, seria suficiente para llorar hasta la muerte.
   
II. El segundo paso hacia la perfección, dice San Ignacio, es la imitación de Jesús que obra y sufre para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. San Ignacio ha seguido paso a paso a este Modelo de los predestinados: después de su conversión llevó primero una vida escondida como Él; después se consagró por entero a la salvación del prójimo, sufriendo a causa de esto injurias, calumnias y prisión. ¿Cómo imitamos nosotros la vida oculta de Jesús, sus trabajos y sus sufrimientos? Sigamos la divisa de San Ignacio: “Todo para la mayor gloria de Dios”.
  
III. El tercer paso hacia la perfección, que tan alto elevó la santidad de San Ignacio, es la unión perfecta con Dios. Para llegar a ella, hay que desasirse del temor de todo lo que no sea Dios, y darse enteramente a Él. Tenemos amor para las cosas de este mundo, y no lo tenemos para Dios. “¡Todo amamos, todo buscamos, sólo Dios nada vale ante nuestros ojos!” (Salviano).
   
El celo por la gloria de Dios. Orad por las órdenes religiosas.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que, para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced, que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 28 de julio de 2012

“EXORCISTA” ENDEMONIADO O EL ODIO A LA TRADICIÓN CATÓLICA

Este título suena fuerte y difícil de digerir, pero no tenemos mejor manera de señalar que la APOSTASÍA HA CALADO EN EL CLERO CONCILIAR. Nos referimos al padre José Antonio Fortea, "exorcista", quien en declaraciones recientes dijo "los hinduístas entrarán al Cielo antes que los lefebvristas (entiéndase TRADICIONALISTAS)".

Desde AMOR DE LA VERDAD
 
"Los budistas y los musulmanes os adelantarán en el Reino de los Cielos". (Padre Fortea)
Este extraña sentencia la dedica el exorcista, demonólogo y novelista P. Fortea a los, como él dice, “lefebvrianos” Vean el contexto de una entrada de su blog en donde expone sus juicios:

Padre José Antonio Fortea, "exorcista"

... [Una pintura para] hablar de los seguidores del arzobispo Marcel Lefevre, arzobispo excomulgado.Por eso me sorprendo cuando he escuchado a algunos articulistas, que no creo que los conozcan personalmente, afirmando que ellos pueden aportar mucho a la Iglesia. No sé lo que aportarán a la Iglesia, pero sí que conozco el mensaje que ellos traen por el mundo.

El más bello elogio a mi obra teológica más conocida, Summa Daemoniaca, lo recibí de mano de los censores lefevrianos. Se trata de una loa que, desde hace muchos años, guardo en mi corazoncito como la más entrañable que he recibido nunca. En ella se decía, que quedaba prohibido leer mi libro, porque en él se presentaba una visión excesivamente misericordiosa de Dios y una enfoque exageradamente optimista de la Salvación. Desde entonces, he tenido contacto más veces con fieles y sacerdotes de esa fraternidad, que buscan una Iglesia monárquica, uniforme y parecida a la estructura de un ejército.

No traen la Santa Tradición de la Iglesia, sino la Tradición entendida bajo una personal inflexibilidad decimonónica. No traen el rigor, sino el rigorismo.

No traen la obediencia a los cánones dentro de la ortodoxia, sino la desobediencia a los cánones con la excusa de la ortodoxia. No traen la belleza de la liturgia, sino la soberbia del non serviam.

Su espíritu no es el amplio, libre y amable patrimonio de la patrística, sino el espíritu puntilloso del fariseísmo mezclado con el mensaje de Cristo.

Pero volverán y les acogeremos. Y les acogeremos con la generosidad que nos enseñó el Gran Concilio Vaticano II. A ellos que tanto claman a favor de una férrea autoridad, cuando retornen, se les aplicará la autoridad bondadosa que nos enseñó el Espíritu Santo en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI.

Sí, retornarán. Y retornarán, porque en el fondo saben que no son las rúbricas y las prescripciones las que salvan. Se puede amar todo lo que uno quiera las rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan. El camino que nos enseñó Jesús, está plasmado en la Tradición, no en el tradicionalismo. No es el ritual de San Pío V, ni el Novus Ordo, los que nos salvan, es la misericordia de Dios. 

Ellos lo saben en lo más profundo de su alma, y también ellos escuchan en su corazón una Voz Divina que les advierte en lo más interno de su conciencia: los budistas y los musulmanes os adelantarán en el Reino de los Cielos.

 …nuestros primos los lefevrianos andan estos días algo divididos. Dicho de otro modo, que hay peligro de que se produzca un cisma dentro del cisma. Peligro para ellos, claro. Porque una vez que se salieron de la comunión de la Iglesia, a nosotros el asunto ni nos va ni nos viene. A nosotros plin. Como si los cuatro obispos rebeldes quieren prender fuego al seminario de Econe para asar castañas.

Es opinable si resulta preferible cerrar la red y decir: no se me ha escapado ni un cangrejo. O es mejor hacer una novena para el barco se hunda cuanto antes.

No me extraña que los (pocos) seminaristas de Econe se agarren con disimulo a los reposa brazos de sus asientos, cuando ven en la película Titanic que el barco se partió por la mitad.

Pues estos son los juicios, burlones, falseados e ignaros, de un exorcista cargados de inquina, no solo contra los “lefebvrianos”  sino contra la Santa Tradición- que él reduce ridículamente a las rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan- (y oponiendo a ella la Voz divina que nos advierte que los musulmanes y budistas se nos adelantarán en el reino de los cielos) [sin comentarios a una sentencia que el atribuye a la Voz divina y que en realidad nos habla de lo lejos que él está de la Fe católica, expuesta innumerables veces en la Escritura, la Tradición apostólica y patrística, el Magisterio secular [para quienes gusten decirlo el  Magisterio ex-cathedra, pero también el ordinario y universal].

Yo hace tiempo leí el libro que él llama mi obra teológica más conocida, Suma Demoníaca- y ahora lo tengo delante- y quedé algo sorprendido de que  el mismísimo Arcángel San Miguel viniera a decirnos -por boca de un poseso-  que el atentado de los trenes de Atocha,- sucedido un poco antes del exorcismo narrado- era obra de ETA. Más me sorprendió cuando dice que los niños muertos sin bautizar van al limbo sí pero no de una manera definitiva sino que "en seguida son iluminadas por los ángeles, y como nunca han sido malas  son iluminadas por la enseñanza angélica y una vez que hacen un acto de amor de Dios son conducidas al cielo”.

O sea Limbo sí pero por un pequeño rato.

De sus informaciones, obtenidas por su trato con demonios y posesos, halla que además de demonios y ángeles [que le dan información] hay “espíritus perdidos". Además de almas condenadas poseyendo a un poseso, habría “almas no condenadas”  que son espíritus que vagan por la tierra. Espíritus perdidos que siendo malos en vida y muriendo sin haber pedido perdón, no obstante no habían rechazado a Dios. Y esas almas tenían hasta el Juicio Final para encontrar la Luz.

Estos Espíritus pueden poseer al poseso pero no reaccionan ante el exorcismo sino agradecen oraciones,..pero pueden rezar, pueden pedir perdón del mal cometido… al final del [exorcismo] afirman que ven una luz…se  despiden del exorcista… Adiós, gracias voy hacia la Luz.

En el caso de Amelia (de Fátima) que según NªSª estará en el purgatorio hasta el fin del mundo. [dice que] no son sus pecados sino el estado de su alma que le lleva a a no pedir perdón.

O sea, que además de cielo, infierno y purgatorio hay un estado para las almas  que  ”no piden perdón por sus faltas, pero no rechazan a Dios, esas son las que se convierten en almas perdidas.   Esas almas vagan por la tierra en busca de la Luz.”

Este limbo de almas perdidas sería el lugar más bajo del Purgatorio.

Así hay cuatro lugares en el más allá: Cielo- Purgatorio común- Limbo de las  almas perdidas -cayeron al borde del infierno pero sin entrar en él- Infierno (para los que rechazan la presencia de Dios.

Los pecadores que mueren sin arrepentirse y pedir perdón  pero que no rechazan [formalmente]  a Dios van a a este limbo/purgatorio.  Siendo una morada de purificación  habrá los que  pidan perdón antes del Juicio final  y los que no lo pidan. La sentencia definitiva dependerá de esto: En el Juicio final, a más tardar, podrán salvarse unos o condenarse otros para siempre.

O sea hay un purgatorio en el que sus moradores no están salvos sino que su salvación dependerá de que pidan perdón, aunque pueden no pedirlo. La fecha tope para esto es el Juicio Final.
Me remito a la página 189, que resume lo dicho en páginas anteriores, de su Suma Demoniaca..(1ª ed. 2004, Editorial Dos Latidos)

Pues a la vista de todo esto comprendo  a los “lefebvrianos” que no hayan considerado la obra recomendable y además están apegados a la Tradición tal como nos viene desde los primeros tiempos (Padres etc..) hasta nuestros días. Y que no es en modo alguno una tradición- tradicionalismo como él dice-  inventada por Fortea para denostar a los “lefebvrianos“,  de  rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, [bueno] pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan…ni El camino que nos enseñó Jesús, que está plasmado en la Tradición, no en el tradicionalismo. No es el ritual de San Pío V, ni el Novus Ordo, los que nos salvan, es la misericordia de Dios.

[Sigue diciendo] traen una personal inflexibilidad decimonónica. ... No traen la belleza de la liturgia, sino la soberbia del non serviam..  el espíritu puntilloso del fariseísmo mezclado con el mensaje de Cristo.

Como alguien dice en un comentario (blog Ex-Orbe]

Ellos [los conciliares] ya no creen que exista una religión verdadera. Mucho menos que esa sea la Católica. Ergo, ya no creen en la verdad de las palabras de Jesucristo, quizás porque Él mismo nos advirtió contra estos “pastores”..


Hieden a la legua. Primero procedieron a la emasculación apostólica de la Santa Iglesia Romana, y luego, cuando ya no hay misiones ni apóstoles ni se pretende la conversión de nadie ni se le ofrece a nadie la VERDAD, entonces se rasgan las vestiduras, acongojados por las almas de todos esos pobres musulmanes y budistas. ¿Cómo, dicen, todos esos buenos hombres no van a entrar en el reino de los cielos? ¿Cómo, digo yo, no se os cae la cara de vergüenza, malditos falsarios, si tenéis un mandato claro y explícito del mismo Cristo que no queréis cumplir?

 ¿O acaso a fuerza diálogo y profundización os habéis vuelto imbéciles y ya no entendéis ni el significado literal de lo que se os dice? 
Alguien también asegura (aunque yo no puedo corroborarlo) :

Por cierto que en una entrevista, dijo que en una tenida carismática , se le “metió un espirítu” y comenzó a hablar en lenguas. Y que él conserva ese carisma. Me imagino que lo usa cuando viaja al extranjero. Vaya usted a saber. El demonio es muy tramposo, es capaz de engañar al más pintado.

Esto último me ha dado pie al título de este post y me viene a la mente aquéllo del “Alguacil alguacilado”.  Mira que si fuera verdad que se le ha metido algo dentro y necesita un exorcismo con urgencia. Sería así : El exorcista exorcizado.

De tanto parlotear con espíritus (algunos perdidos y errantes por la tierra), almas condenadas, demonios de todas las categorías, ángeles, arcángeles,  de tanto manejar” información privilegiada”  (así cualquiera) a ver si ha perdido las verdades de la Tradición, del Magisterio, y ahora la toma, como si fuera un Gerhard Müller cualquiera, con los pobres “lefebvrianos” y no sólo con ellos sino con quienes veneramos la Santa Tradición que no es la “Tradición viva” del Magno, ni la tradición corrompida por los devaneos modernistas del P. Fortea.

 "Los modernistas saben bien que su juego está en el fin y que Ecône (FSSPX) es superior, es por eso mismo que lo combate [...]ECÔNE TRIUNFARÁ." (Confesión dada por el demonio Judas Iscariote durante un exorismo, compilado en "Advertencias del más allá" por el Padre Arnold Renz)

martes, 24 de julio de 2012

EL PRIMER DERECHO DE DIOS/ LA PRIMERA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE

Desde LOS DERECHOS DE DIOS

 "Ante Mí, los "derechos humanos" que tanto predican los masones NO SON SINO PRETENSIONES. Uno sólo de los Derechos que Yo tengo desde la Eternidad valen más que todas las declaraciones que dé el mundo." (Yahveh Dios)

Es bien sabido que Dios, en cuanto al hombre, solo tiene derechos, y es consecuencia de esto que el hombre, en cuanto a Dios, solo tenga obligaciones....

¿Y esto, por que? ¡Porque el Creador es Dios, y los creados somos nosotros!

Luego entonces, Dios puede disponer segun su criterio de sus creaciones, y nosotros, sus creaturas, debemos todo (en justicia), hasta el mismo ser a Dios...
Ahora bien: Dios, como es Dios, ¿a que tiene derecho, en primer lugar, de parte de sus creaciones?

Dios tiene derecho, antes que nada, a ser a ser AMADO por sus creaturas POR LO QUE ES en si mismo, y por lo que representa para sus creaciones...

¿Y que es Dios en si mismo?

Dios es el ser que compendia y que es fuente de todos los bienes... ni más ni menos... Todo lo deseable (en cuanto a cosa buena para las finalidades propias del ser) nos viene de Dios, asi que somos DEUDORES totales a Dios...

¿Y que significa esto para nosotros (si, nosotros: yo, tú, el, la ciudad entera, el continente entero... y aunque no quiera, la humanidad entera)?

Significa que a Dios le debemos EN JUSTICIA Y POR LO MENOS, AMOR POR LO QUE ES Y POR HABERNOS DADO LO QUE SOMOS (el ser y la existencia).

Asi que, en resumidas cuentas, a Dios le corresponde el amor, y la obediencia incondicional de sus creaciones, y a las creaturas, nos toca el deber de ser cumplir al menos con lo justo.

Amar (obedecer, seguir, corresponder) a quien nos amó primero.

miércoles, 11 de julio de 2012

LA GRACIA Y LA PREDESTINACIÓN, SEGÚN SAN AGUSTÍN

A raíz de un comentario en nuestro artículo "LA SANGRE DE CRISTO, ¿"PRO MULTIS" O "PRO OMNES"?" (sobre las palabras del Canon de la Misa), comentario donde afirman que NO ESTAMOS EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (tildándonos indirectamente de Jansenistas), publicamos este artículo de nuestro aliado SURSUM CORDA sobre la definición que San Agustín (PADRE Y DOCTOR DE LA IGLESIA) presenta sobre la Predestinación, y de cómo esta es parte de la Doctrina Católica.

San Agustín, Doctor de la Gracia y la Predestinación
Recientemente estaba leyendo mucho material producido por teólogos de la Compañía de Jesús, no la actual modernista, sino la pre-conciliar, que también era modernista y antes de que se inventara el modernismo era laxista, algo de lo que jamás se desprendieron.

Si algo me ha sorprendido de los jesuitas es su constante ínsistencia en que todos los hombres pueden salvarse. En este blog hemos hablado ya del universalismo, es decir la creencia de que todos los hombres se salvarán. Esto los jesuitas de hoy lo dicen abiertamente, más los pre-conciliares habían elaborado un sistema muy cercano al semipelagianismo por el cual bastaba la voluntad del hombre para conseguir su salvación, siendo el gran arquitecto de ese sistema teológico el jesuita Molina que rechazaba la eseñanza católica de la predestinación y la gracia eficaz. Los jesuitas, herejes y calumniadores, cuando se les hechaba en cara su error tan cercano a la herejía respondían con ataques y acusaban a quienes exponían la verdad de calvinistas. Así, por ejemplo llegaron al extremo de hacer poner en duda nombres tan notables como los del Cardenal de Noris, famoso agustino italiano del Siglo XVIII.

El principal de los argumentos de los jesuitas (pre y post-conciliares) es el versículo de I Timoteo 2:4 "Dios quiere que todos los hombres se salven".

Sin embargo, muy pocas veces vemos que incluso entre los tradicionalistas más inteligentes haya un análisis de este versículo apelando a la enseñanza del gran Doctor de la Gracia San Agustín de Hipona.

¿Que nos dice el Maximo Doctor de la Iglesia? Para él las palabras del Apostol de los gentiles debe entenderse en el sentido de los elegidos, es decir de los predestinados. El principal argumento de San Agustín es la omnipotencia de Dios, es decir, Dios hace lo que él quiere y lo que él quiere debe cumplirse efectivamente. En efecto, en las Confesiones San Agustín, retomando a Platón señala que Dios está fuera de la Historia, es decir, al margen del tiempo, porque el tiempo fue creado por Dios y por lo tanto el devenir histórico no puede afectarlo, porque en caso contrario Dios no sería inmutable... los jesuitas con su teoría de la concausalidad niegan este dogma de fe.

Continuemos. Si Dios ha decidido que alguien debe salvarse, entonces esa persona no puede quebrar la voluntad de Dios, porque la misma existe efectivamente desde antes del nacimiento de esa persona y además porque lo que Dios quiere efectivamente se cumple. En caso contrario Dios no sería omnipotente. Para reforzar su argumento, San Agustín cita varios pasajes de las Sagradas Escrituras donde se muestra que los milagros no siempre convertían a todos, sino a unos pocos y además, en algunas oportunidades el Espíritu evitaba que los Apostoles visitaran y predicaran en determinados lugares, y mucho más Nuestro Señor como ocurre en Mt XI donde Cristo predica contra las ciudades incrédulas. Eso demuestra, según el Doctor que el sentido de "Dios quiere que todos los hombres se salven" se refiere a aquellos que Dios quiso "guardar" y no a todos los hombres en absoluto. EN efecto, aquellos que se salvan son guardados, preservados, ese es el sentido del "Don de perseverancia":
"Esta es la predestinación de los santos, - nada más, a saber, el conocimiento previo y la preparación de los dones de Dios, por el que se entrega con toda seguridad, sean quienes sean, que se entregan . Pero ¿dónde están el resto dejado por el justo juicio divino, excepto en la masa de la ruina, donde los tirios y sidonios quedaron? que, por otra parte, hubiera podido creer si habían visto maravillosos milagros de Cristo. Pero como no se les dio para pensar, de creer los medios también se les negó. [...] Pero, ¿Lo que dijo el Señor de los tirios y sidonios no puede acaso ser entendida de otra manera: que nadie, sin embargo viene a Cristo a menos que se le ha dado, y que es dado a aquellos que se escogió en él antes de la fundación el mundo, confiesa sin lugar a dudas el que oye la palabra divina. [...] "Para ti", dijo, «es dado saber el misterio del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado.'' (El don de la perseverancia 35)
 
Dios, si quisiera podría salvar efectivamente a todos los hombres, podría convertir a todos con solo desearlo desaparecería el pecado, la herejía, la apostasía y todos iríamos a Cristo. Todos si él lo deseara. Pero Dios no quiere eso... porque ha decidido salvar a unos para mostrar su misericordia, mientras que a otros, como enseñó San Agustín, los deja perder para mostrar su justicia.

Y nadie puede objetar la acción de Dios, porque nadie puede ser más justo ni más misiericordioso que el Señor.

viernes, 15 de junio de 2012

ACTO DE DESAGRAVIO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, COMPLETO Y OFICIAL

   
Esta oración de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús fue escrita por el Papa Pío XI en 1928 junto con la Encíclica “Miserentíssimus Redémptor”, y ordenó que esta consagración se rezase especialmente en la Misa del Sagrado Corazón de Jesús (que él elevó a Doble de 1.ª Clase con Octava). Traemos el original en Latín (como fuera publicada en las Actas de la Sede Apostólica en 1928), y su traducción, porque como Católicos Sedevacantistas que somos, hemos de asumir la Verdad totalmente y difundirla, como efectivamente hemos resuelto hacer.
   
LATÍN
ACTUS REPARATIÓNIS AD SACRATÍSSIMI CORDIS JESU
  
Jesu dulcíssime, cujus effúsa in hómines cáritas, tanta oblivióne, negligéntia, contemptióne, ingratíssime repénditur, en nos, ante altária tua (Extra ecclesiam vel oratorium, dicatur: ante conspéctum tuum) provolúti, tam nefáriam hóminum socórdiam injuriásque, quibus úndique amantíssimum Cor tuum affícitur, peculiári honóre resarcíre conténdimus.
  
Attamen, mémores tantæ nos quoque indignitátis non expértes aliquándo fuísse, índeque vehementíssimo dolóre commóti, tuam in primis misericórdiam nobis implorámus, paráti voluntária expiatióne compensáre flagítia non modo quæ ipsi patrávimus, sed etiam illórum, qui, longe a salútis via aberrántes, vel te pastórem ducémque sectári detréctant, in sua infidelitáte obstináti, vel, baptísmatis promíssa conculcántes, suavíssimum tuæ legis jugum excussérunt.
 
Quæ deploránda crímina, cum univérsa expiáre conténdimus, tum nobis síngula resarciénda propónimus: vitæ cultúsque immodéstiam atque turpitúdines, tot corruptélæ pédicas innocéntium ánimis instrúctas, dies festos violátos, exsecránda in te tuósque Sanctos jactáta maledícta atque in tuum Vicárium ordinémque sacerdotálem convícia irrogáta, ipsum dénique amóris divíni Sacraméntum vel negléctum vel horréndis sacrilégiis profanátum, pública postrémo natiónum delícta, quæ Ecclésiæ a te institútæ júribus magisterióque reluctántur.
  
Quæ útinam crímina sánguine ipsi nostro elúere possémus! Intérea ad violátum divínum honórem resarciéndum, quam Tu olim Patri in Cruce satisfactiónem obtulísti quamque cotídie in altáribus renováre pergis, hanc eándem nos tibi præstámus, cum Vírginis Matris, óminium Sanctórum, piórum quoque fidélium expiatiónibus conjúnctam, ex ánimo spondéntes, cum prætérita nostra aliorúmque peccáta ac tanti amóris incúriam firma fide, cándidis vitæ móribus, perfécta legis evangélicæ, caritátis potíssimum, observántia, quantum in nobis erit. grátia tua favénte, nos esse compensatúros, tum injúrias tibi inferéndas pro víribus prohibitúros, et quam plúrimos potuérimus ad tui sequélam convocatúros.
 
Excípias, quǽsumus, benigníssime Jesu, beáta Vírgine María Reparatríce intercedénte, voluntárium hujus expiatiónis obséquium nosque in offício tuique servítio fidíssimos ad mortem usque velis, magno illo perseverántiæ múnere, continére, ut ad illam tandem pátriam perveniámus omnes, ubi Tu cum Patre et Spíritu Sancto vivis et regnas in sǽcula sæculórum. Amen.
  
TRADUCCIÓN
ACTO DE REPARACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar (Fuera de la iglesia o el oratorio, decir: ante tu Presencia). Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
  
Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.
  
A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.
  
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento.
  
Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

El Papa Pío XI, en Audiencia concedida al Cardenal de la Sagrada Penitenciaría Apostólica el 1 de Junio de 1928, concedió 5 años de Indulgencia a cuantos rezaren devotamente esta oración. Indulgencia plenaria al mes, con las condiciones de rigor, cuando se rece durante un mes. También se obtiene la Indulgencia plenaria el día del Sagrado Corazón de Jesús, el Viernes después de la Octava de Corpus.

jueves, 14 de junio de 2012

ENCÍCLICA “Miserentíssimus Redémptor”, SOBRE LA DEBIDA EXPIACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

«He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, sin ahorrarse ninguna pena, consumiéndose por ellos en prueba de su amor. En vez de agradecérmelo, los hombres me pagan con la indiferencia, la irreverencia, el sacrilegio y la frialdad y desprecian el sacramento de mi amor» (4.ª aparición del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, 20 de Junio de 1675).

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, como fue revelada a Santa Margarita María de Alacoque, tiene consigo un llamado a ofrecer reparación por los pecados e ingratitudes hacia la Divina Majestad. En tal orden, el Papa Pío XI promulga la encíclica donde, además de elevar el rango litúrgico de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a Doble de 1.ª Clase con Octava, presenta una oración de desagravio para rezar especialmente en esta fiesta.

CARTA ENCÍCLICA “Miserentíssimus Redémptor” DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI, SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A los Venerables Hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en pazy comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

INTRODUCCIÓN
 
Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque
1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad» (Sab 8,1). Pero «no se encogió la mano del Señor» (Is 59,1) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia» (Col 2, 3).

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes» (Gén 2, 14), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como implacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En Él han de colocarse todas las esperanzas; en Él han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús
3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.

Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración
4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discípula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.

Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros» (Lc 19,14),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine (1 Cor 15,25). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran (Ef 1,10), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.

Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.

Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.

LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN
   
5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.

Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración [1], ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.

Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira» (Ef 2,3).

En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.

Expiación de Cristo

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí» (Heb 10,5.7)). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(Is 53, 4-5); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pe 2,24); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz» (Col 2,14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia» (1 Pe 2,24).

Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo
7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados» (Col 2,13); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»[2]; por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios» (Rom 12,1). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio»[3].

Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(2 Cor 4,10), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias (cf Gál 5,24), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia»(2 Pe 1,4), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús» (2 Cor 4,10), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados» (Heb 5,1).

Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar (Mal 1-2), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pe 2,9), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios» (Heb 5,1).

Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor» (Ef 4,15-16). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad» (Jn 17,23).

Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

Comunión Reparadora y Hora Santa
9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.

Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.

Consolar a Cristo
10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»[4].

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas»(Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21).

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia
11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín [5]: «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos» (Hech 91,1), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hech 5); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (1 Cor 12,27), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (Ibíd.).

Necesidad actual de expiación por tantos pecados
12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (1 Jn 5,19). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (2 Pe 2,2). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora» (2 Tes 2,4).

Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.

Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos» (Mt 24,12).

El ansia ardiente de expiar
13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.

Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.

Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Causa de muchos bienes
14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».

Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (Jn 19,37), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón» (Is 46,8); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo» (Mt 26,64), tarde y en vano lloren sobre El (cf. Ap 1,7).

Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?» (Sal 19,10); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia» (Lc 15,4).

Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.

La Virgen Reparadora
15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres»(Tim 2,3), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado. PÍO XI.
   
NOTAS
[1] Suma Teológica, parte II-IIæ  cuestión 81, art. 8c.
[2] Concilio de Trento, sesión 22, cap. 2.
[3] Epístola 63, n. 381.
[4] Tratado sobre el Evangelio de San Juan XXVI, 4.
[5] Comentario sobre el Salmo 86.

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LATÍN
ACTUS REPARATIÓNIS AD SACRATÍSSIMI CORDIS JESU
  
Jesu dulcíssime, cujus effúsa in hómines cáritas, tanta oblivióne, negligéntia, contemptióne, ingratíssime repénditur, en nos, ante altária tua (Extra ecclesiam vel oratorium, dicatur: ante conspéctum tuum) provolúti, tam nefáriam hóminum socórdiam injuriásque, quibus úndique amantíssimum Cor tuum affícitur, peculiári honóre resarcíre conténdimus.
  
Attamen, mémores tantæ nos quoque indignitátis non expértes aliquándo fuísse, índeque vehementíssimo dolóre commóti, tuam in primis misericórdiam nobis implorámus, paráti voluntária expiatióne compensáre flagítia non modo quæ ipsi patrávimus, sed etiam illórum, qui, longe a salútis via aberrántes, vel te pastórem ducémque sectári detréctant, in sua infidelitáte obstináti, vel, baptísmatis promíssa conculcántes, suavíssimum tuæ legis jugum excussérunt.
 
Quæ deploránda crímina, cum univérsa expiáre conténdimus, tum nobis síngula resarciénda propónimus: vitæ cultúsque immodéstiam atque turpitúdines, tot corruptélæ pédicas innocéntium ánimis instrúctas, dies festos violátos, exsecránda in te tuósque Sanctos jactáta maledícta atque in tuum Vicárium ordinémque sacerdotálem convícia irrogáta, ipsum dénique amóris divíni Sacraméntum vel negléctum vel horréndis sacrilégiis profanátum, pública postrémo natiónum delícta, quæ Ecclésiæ a te institútæ júribus magisterióque reluctántur.
  
Quæ útinam crímina sánguine ipsi nostro elúere possémus! Intérea ad violátum divínum honórem resarciéndum, quam Tu olim Patri in Cruce satisfactiónem obtulísti quamque cotídie in altáribus renováre pergis, hanc eándem nos tibi præstámus, cum Vírginis Matris, óminium Sanctórum, piórum quoque fidélium expiatiónibus conjúnctam, ex ánimo spondéntes, cum prætérita nostra aliorúmque peccáta ac tanti amóris incúriam firma fide, cándidis vitæ móribus, perfécta legis evangélicæ, caritátis potíssimum, observántia, quantum in nobis erit. grátia tua favénte, nos esse compensatúros, tum injúrias tibi inferéndas pro víribus prohibitúros, et quam plúrimos potuérimus ad tui sequélam convocatúros.
 
Excípias, quǽsumus, benigníssime Jesu, beáta Vírgine María Reparatríce intercedénte, voluntárium hujus expiatiónis obséquium nosque in offício tuique servítio fidíssimos ad mortem usque velis, magno illo perseverántiæ múnere, continére, ut ad illam tandem pátriam perveniámus omnes, ubi Tu cum Patre et Spíritu Sancto vivis et regnas in sǽcula sæculórum. Amen.
  
TRADUCCIÓN
ACTO DE REPARACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar (Fuera de la iglesia o el oratorio, decir: ante tu Presencia). Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
  
Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.
  
A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.
  
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento.
  
Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

El Papa Pío XI, en Audiencia concedida al Cardenal de la Sagrada Penitenciaría Apostólica el 1 de Junio de 1928, concedió 5 años de Indulgencia a cuantos rezaren devotamente esta oración. Indulgencia plenaria al mes, con las condiciones de rigor, cuando se rece durante un mes. También se obtiene la Indulgencia plenaria el día del Sagrado Corazón de Jesús, el Viernes después de la Octava de Corpus Christi.