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miércoles, 5 de febrero de 2025

ORACIÓN “Ánima Christi”


“Ánima Christi” (en español “Alma de Cristo”) es una de las oraciones tradicionales de acción de gracias después de la Misa que aparecen en el Misal y Breviario tradicionales. A menudo se la ha atribuido a San Ignacio de Loyola (de hecho, hasta la edición de 1951 en el Misal Romano tradicional aparece como “Aspiraciones de San Ignacio al Santísimo Redentor”), pues era una de sus favoritas y aparece recomendada en sus Ejercicios Espirituales, pero en una veintena de manuscritos se halla una versión más antigua, como es el caso del Manuscrito Harley 2253, folleto IV, fol. 54verso col. B de la Biblioteca Británica (c. 1314-1320), en tiempos del Papa Juan XXII, quien le había otorgado 3.000 días de indulgencia. Otros la han atribuido al Beato Bernardino de Feltre, a Santo Tomás de Aquino [1] o incluso a San Patricio o a un anónimo irlandés del siglo VII (aunque no hay conocimiento hasta el momento de ninguna copia tan antigua).

Como fuere, San Ignacio, que había conocido esta oración en los devocionarios y libros de horas de la España de su tiempo [2], la recomendaba en varias meditaciones de sus Ejercicios espirituales, y desde la edición del Colegio Romano de 1576 (en tiempos de Everardo Mercuriano, 4.º Prepósito General de la Compañía) se incluyó el texto publicado en el devocionario Hórtulus Ánimæ (fines del siglo XV) tan difundido en Alemania, Francia y Polonia (no así en España), para facilitar su rezo por los ejercitantes, lo que contribuyó a su popularidad, y es la versión que hoy conocemos.

El Papa Pío IX, mediante decreto del 9 de Enero de 1854, concedió a esta oración Indulgencia de 7 años una vez al día si se reza después de la Misa; 300 días de indulgencia cada vez, y Plenaria una vez al mes si se reza diariamente, con las condiciones acostumbradas, añadiendo la visita a cualquier iglesia u oratorio. La traducción española es tomada del Breviario Romano traducido por Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB.
  
LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis meæ voca me.
Et jube me veníre ad te,
Ut cum Sanctis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de mi muerte, llámame.
Y ayúdame para que yo vaya a ti,
Y te alabe con tus Santos,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
NOTAS
[1] La versión atribuida a Santo Tomás de Aquino, presente en el Misal de la Orden de Predicadores y en el Ordo Missæ secúndum usum Sanctæ Románæ Ecclésiæ compilado por Juan Burchardo, obispo de Civita Castellana y ceremoniero de los Papas Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III y Julio II.
   
LATÍN
Ánima Christi sanctíssima, sanctífica me.
Corpus Christi sacratíssimum, salva me.
Sanguis Christi pretiotíssime, inébria me.
Áqua láteris Christi puríssima, munda me.
Sudor vultus Christi virtuosíssime, sana me.
Pássio Christi piíssima, confórta me. 
O bone Jesu, custódi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Jube me veníre ad te, et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis et Archángelis tuis láudem te,
Per infiníta sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma santísima de Cristo, santifícame. 
Cuerpo sacratísimo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Sudor virtuosísimo de la Faz de Cristo, sáname.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, guárdame.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Ayúdame para que yo vaya a ti, y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles y Arcángeles,
Por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

[2] En el friso superior de la Sala de la Galera del Alcázar de Segovia, encargado en 1412 por Catalina de Lancáster, madre y regente del rey Juan II de Castilla, siguiendo el del friso de la antigua capilla (hoy Salón del Techo de Carlos V) en el Real Alcázar de Sevilla comisionado por el rey Pedro I de Castilla en 1364. Como curiosidad, presentamos el texto, recogido por la Crónica de la provincia de Segovia y presentado por Pedro de Leturia Mendía SJ, “Libros de horas, Ánima Christi y Ejercicios Espirituales de S. Ignacio”, en Archívium Históricum Societátis Jesu, vol. 17 (1948), págs 3-50, speciáliter pág. 41 [el original, corregido por Earl Jeffrey Richard, “The prayer Anima Christi and Dominican popular devotion: late medieval examples of the interface between high ecclesiastical culture and popular piety”, en Poverty and Devotion in Mendicant Cultures 1200-1450 (Constant J. Mews y Anna Welch, eds.), Routledge, Taylor & Francis 2016, nota al pie 48) es de un latín muy hispanizado copiado por mudéjares (musulmanes que permanecían en reinos cristianos)]:
  
ORIGINAL
Anima Xpi santificame / Corpus Xpi salvame / Sanguis Xpi inebriame / [A] ca l [ater] is Xpi lavame / Pasio Xpi confortame / O bone Iesu exaudime / Et ne permitas me separari a te / Ab hoste maligno defende me / In hora mortis voca me / Et pone me iuxta te / Et cum angelis tuis laudem te / In secula seculorum. Amen

LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Et ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
¿Esta pudo ser la versión que usaba San Ignacio?
Quizá, a juzgar por la visión trinitaria que tuvo en la capilla de La Storta, cerca de Roma, en Noviembre de 1537.

lunes, 3 de febrero de 2025

LA HUMILDAD: GRADOS (Prédica 5)

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo Don Fernando Altamira, superior de la Sociedad de Santa María, durante la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora (domingo 2 de Febreto de 2025, conmemoración del IV Domingo después de la Epifanía).
  
Para seguir el orden:
  1. LA HUMILDAD (Prédica 1): Domingo 27 de Diciembre de 2024, Domingo infraoctava de la Natividad.
  2. LA HUMILDAD: FUNDAMENTO Y EXCELENCIA (Prédica 2): Miércoles 1 de Enero de 2025, Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo y Octava de la Natividad.
  3. LA HUMILDAD: SU PRÁCTICA (Prédica 3): Domingo 5 de Enero de 2025, Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús.
  4. LA HUMILDAD: CONSEJOS PRÁCTICOS (Prédica 4): Domingo 26 de Enero de 2025, III Domingo después de la Epifanía.

 
LA HUMILDAD (Prédica V)

TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO

Queridos hijos:
 
Hoy es la Fiesta de la Candelaria, el último hito del Ciclo de Navidad, las fiestas por el nacimiento de Dios Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra. 

El mismo día de la Navidad, sobre la Humildad, habíamos insistido en que nadie tan humilde como Dios Nuestro Señor, y por la importancia de dicha virtud para nuestra Salvación Eterna, habíamos querido dedicarle una serie de prédicas. En ésta, la número 5, queríamos seguir dando consejos prácticos para –valga la redundancia– practicar la Humildad, la cual nos gana el beneplácito de Dios (y así la Salvación), y ella hace que Él nos cobije. 
   
Nos basaremos principalmente en las enseñanzas de dos santos, San Benito y San Ignacio de Loyola; veamos entonces:
   
[1] En un primero punto, hemos tomado extractos de: “Los doce grados de Humildad de San Benito” († 547).
Ya el famoso Juan Cassiano († 435) había distinguido 10 grados de Humildad; San Benito agregó dos, quedando así 12 grados, 7 interiores y 5 exteriores. Escogeremos algunos.
   
Dentro de los 7 actos o grados interiores de Humildad, los cuatro primeros son alrededor de la OBEDIENCIA, pues el que es humilde obedece, obediencia a Dios, y obediencia a los superiores porque representan a Dios.
  • El 1er grado o acto interior de Humildad es: EL TEMOR DE DIOS. Para ser humildes, debemos comenzar por respetar a Dios, tener el máximo respeto hacia Él, y esto nos debe mover y mostrarse en el cumplimiento de los Mandamientos, “si yo respeto a Dios, si yo tengo el temor de Dios: cumplo los Mandamientos, sí, cumplo los Mandamientos, de lo contrario lo mío se convierte en una mentira”; el que es humilde: cumple la Ley de Dios, cumple los Mandamientos; y el que no los cumple es soberbio, “hace pecado”, el pecado es soberbia [1]. En la Sagrada Escritura hay expresiones y enseñanzas muy hermosas sobre el temor de Dios: “timor Dómini sanctus: el temor de Dios es santo” (Ps 18,10). “El temor del Señor es el principio de la sabiduría”, así en Proverbios 9:10: “Princípium sapiéntiæ timor Domini”, y en Provérbia 1:7: “Timor Dómini princípium sapiéntiæ: el temor del Señor es el principio de la sabiduría; sapiéntiam átque doctrínam stulti despíciunt: los estúpidos desprecian la sabiduría y la doctrina”; podemos agregar: los soberbios desprecian la sabiduría, y la única sabiduría verdadera es la de Dios y su Catolicismo.
  • El 2° grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A DIOS. La obediencia a Dios es consecuencia y continuación de la anterior, pues si verdaderamente tuviésemos temor de Dios, haríamos en todo su voluntad, y: es Humildad manifestar obediencia, sumisión y dependencia de Dios.
  • El 3er grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A LOS SUPERIORES POR MOTIVO DE DIOS. Obviamente que esto es clave, y nunca seremos humildes (y hasta tal vez nos condenaremos) si no obedecemos a nuestros Superiores (obedecer al papá y a la mamá en una familia; obedecer al Superior en una Comunidad Religiosa; al jefe en un trabajo, etc); todo lo que me mande un Superior, cualquier Superior, si no es algo malo, si no es un pecado, en realidad no es dicho del Superior, sino Dios usando dicho Superior, ¡hay que entender de una vez esto!; el límite es el pecado: si lo que me están mandando no tiene nada de malo, ¡hay que hacerlo, caramba!, porque no es el Superior sino Dios quien me lo ordena: “Monseñor, soy un orgulloso (u orgullosa) y no se me va la soberbia”, “por supuesto que no se le va, si usted es un (o una) desobediente”; el desobediente nunca será humilde y tiene riesgo de Condenación.
  • El 4° grado o acto de Humildad es otra vez la obediencia: LA OBEDIENCIA PACIENTE. La obediencia paciente es la que sufriendo injurias de parte del que manda, no se queja, y obedece la orden mandada, es la que acepta una humillación detrás de la obediencia, así la enseñanza de San Benito [2].
Los anteriores grados interiores se deben manifestar por actos o grados exteriores. Ya hemos enseñado que, aunque lo más importante es siempre lo interior, estos actos o grados exteriores, su ejercitación, ayudan sin duda para tener Humildad en lo interior, para influenciar lo interior, y de allí la importancia de tratar de realizar muchos de estos actos externos. San Benito, él enumera 5 grados o actos externos de Humildad; ellos son:
  • El 1er grado o acto exterior de Humildad es: EVITAR LA SINGULARIDAD, no querer singularizarse o llamar la atención, no querer hacer cosas extraordinarias, sino contentarse con lo que manda la Regla, cumplir la Regla o Reglamento con sencillez y ya. Lo anterior es para una Comunidad Religiosa, para las Hermanas o para los seminaristas, pero para un laico el equivalente sería cumplir sencillamente lo que me mandan mis padres, o en mi trabajo, o en mi institución, mis jefes o superiores al mando, y no querer llamar la atención.
       
    Atención: Lo anterior no significa que uno haga mal o en forma mediocre sus obligaciones; uno debe cumplir bien con su deber porque Dios exige eso, pero simplemente sin querer llamar la atención.
       
    [Contra el Naturalismo] Dicho sea de paso, en el cumplimiento del deber y en todas nuestras acciones, en cuanto al móvil de por qué hacerlas y hacerlas bien, dicho móvil no puede ser el Naturalismo (“el hombre”, el ser humano, la Humanidad, “la capacidad del ser humano”, la cabalidad y honestidad del ser humano). El móvil de toda acción humana, y de todo acto, el hacer bien y el ayudar al prójimo, etc, el hacerlo con virtud, en ello –decíamos– el móvil es y debe ser Dios Nuestro Señor Jesucristo, el fundamento de todas mis acciones deber ser Dios. Y si el fundamento de mis acciones no es Dios, sino el Humanismo o el Naturalismo, dichas acciones no sirven para la Salvación Eterna. Un masón, por Naturalismo y Humanismo, puede querer ser virtuoso, o querer dar ayuda a los pobres, pero eso será filantropía o altruismo, y no Caridad o acción basada en Dios, y el realizar por esos móviles nuestras acciones no sirve para la Vida Eterna.
  • El 2° grado o acto exterior de Humildad es: EL SILENCIO; sí, el silencio, así lo pone San Benito; pues en el silencio, en el ser silencioso o silenciosa hay humildad; y las personas ruidosas –peor si son almas consagradas– expresan lo contrario, expresan en algún grado soberbia y orgullo. Esto es importantísimo, más para el religioso o religiosa –como decíamos–:pero sirve en proporción para los laicos, no hay que ser un parlanchín, ni una persona que hace bullicio o ruido, ser ruidoso o ruidosa, sino personas “si-len-cio-sas”.
       
    Sobre el religioso, o la religiosa, la enseñanza de San Benito, para la Humildad, agrega que han de saber que tienen que ser personas silenciosas y no hablar (o no hablar mucho), han de saber callar cuando no fueran preguntados, o cuando no hay razón para hablar (pero sentido común: si el superior, o para un laico: el papá o la mamá en una familia, “deben” saber algo grave, yo debo hablar; puro sentido común).
      
    Otro consejo en esto del silencio: Dejar siempre que los demás hablen, no querer tomar la palabra (salvo necesidad o utilidad del prójimo).
  • El 3er grado o acto exterior de Humildad, enseña San Benito que es: EL RECATO EN EL REÍR. S. Benito no condena la risa en cuanto manifestación de gozo espiritual, pero sí la risa grosera, la risa burlona, el reír ruidosamente, lo cual implica poca presencia de Dios y por lo mismo poca Humildad.
  • El 4° grado o acto exterior de Humildad, en la enseñanza de San Benito, es: EL RECATO EN EL HABLAR. Cuando se ha de hablar, que ello sea poco, ser personas de pocas palabras, no ser –como decíamos recién– parlanchines (o “parlanchinas”), hablar mansa y humildemente, nunca a gritos, sino con la gravedad y sobriedad del sabio, sin grandes estridencias, sopesando las palabras.
  • El 5° grado o acto exterior de Humildad, dice San Benito que es: LA MODESTIA O RECATO EN EL PORTE EXTERIOR. Que nuestro porte exterior sea siempre humildes, al caminar, estar sentado, estar de pie, moverse, hacer todo eso siempre con modestia; los ojos, el mirar, hacerlo también con modestia, etc. Y al monje se le recomienda estar con la cabeza ligeramente baja.
  
[2] En un segundo punto, o ejemplos y prácticas de Humildad veamos: Los tres grados de Humildad de San Ignacio de Loyola († 1556).
   
San Ignacio los explica en sus “Ejercicios Espirituales”; y están hacia el fin de la Segunda Semana, antes de las reglas para la elección de estado.
  • Primer grado de Humildad abarca el cumplimiento de la Ley de Dios y MORIR ANTES DE HACER UN PECADO MORTAL: Dice San Ignacio que consiste en “que [yo] así me baje y así me humille, quanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios Nuestro Señor; de tal suerte, que aunque me hiciesen señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, [yo] no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, quier divino, quier humano, que me obligue a pecado mortal”; grado esencial para la Salvación Eterna, y para evitar la Condenación al Infierno.
  • Segundo grado de Humildad abarca, entre otras cosas, MORIR ANTES DE HACER UN PECADO VENIAL (agregamos: venial deliberado): Dice San Ignacio que este segundo grado “es, a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero, ni me afecto, más a tener riqueza que pobreza; a querer honor que deshonor; a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios Nuestro Señor y salud de mi alma: y con esto, que por todo lo criado, ni porque la vida me quitasen, [yo] no sea en deliberar de hacer un pecado venial”; este grado es mucho más perfecto que el primero y pocas almas llegan a él.
       
    Aclaremos que se refiere a un pecado venial “deliberado”, ese pecado venial que se hace con plena consciencia de que estoy obrando mal y no me importa, sigo adelante; estos pecados son bien feos y tienen una malicia bien fea, suelen terminar llevando al pecado mortal.
  • Tercer grado de Humildad: “La tercera es humildad perfectísima; es a saber: quando, incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la Divina Majestad, por imitar y parecer más actualmente a Christo Nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre, que riqueza; oprobios con Christo lleno dellos, que honores; y desear ser más estimado por vano y loco por Christo, que primero fue tenido por tal, que [ser estimado] por sabio ni prudente en este mundo”; es el grado de los santos, éste es el amor de la Cruz y el amor de los desprecios, en unión con Jesucristo y por amor suyo.
   
[3] Veamos un punto más, que nos ayude a ser humildes: MIS PECADOS, sí, mis pecados.
  
La realidad de mis pecados me tiene que ayudar a ser humilde; entender –¡caramba!– que somos pecadores, entender que “he pecado”. El hecho de los pecados que he cometido, ya que eso es la peor parte de los seres humanos, me tiene que ayudar a ser humilde y colocarme en mi lugar, sin soberbia, sin altanería, sin vanagloria, sin la auto-estima desordenada. Y mientras peores hayan sido, o sean, mis pecados propios, ¡con mayor razón eso me debería hacer humilde! Mientras más espantosos hayan sido, ¡más aun, más aun: ser humilde, ser humilde!
   
Pero no; el ser humano tiene la capacidad de hacer las peores barbaridades, y dos minutos después volvemos a ser “la octava maravilla del mundo”: es increíble como somos. Mientras más feos hayan sido, o sean, mis pecados, más humilde yo debería ser. ¡Caramba: los peores pecados que hayamos cometido, siempre nos tendrían que poner en la Humildad!
   
Decirse mil veces: “he pecado, he pecado, yo hice eso, y eso, y eso, ¿por qué mi soberbia; cómo puedo ser soberbio? Un pecado venial vale los peores castigos, por la majestad de Dios despreciada por mi mala acción; ¡uno venial! Ni hablemos si he cometido pecados mortales que valen la eternidad del Infierno, ¡cómo podemos ser soberbios!; con cuánta facilidad nos olvidados las cosas –tal vez espantosas– que hemos hecho, qué amor propio sin límites, sin límites. 
   
Y porque así somos de pecadores, debemos procurar el desprecio de nosotros mismos y que los demás nos desprecien, en vez de quejarnos de los problemas que tenemos, de las humillaciones que sufrimos, de los malos tratos, calumnias, difamaciones, insultos, murmuraciones; si al fin hemos merecido también el Infierno, y sólo por la bondad de Dios no estamos ya muertos y condenados.
   
“Cometí pecado mortal o pecados mortales”: merezco el Infierno, y si tuve la gracia de confesarme y hacer la paz con Dios, para expiar esos pecados debo estar dispuesto a aceptar y desear todas las humillaciones y daños contra mí, y los cuales siempre serán menos de lo que merece un pecado mortal al ofender la majestad de Dios, y habiéndole ofendido tantas veces (muchos pecados mortales), cuál no ha de ser mi conformidad con la Voluntad Divina cuando pueda o tenga que sufrir cosas y recibir oprobios, para pagar en algo la ofensa, y máxime considerando que en esta vida esos males siempre “duran poco”.
   
Todos mis pecados, sean veniales, sean mortales: Aunque pasemos todo el resto de nuestra vida en la práctica de la humildad, nunca podremos devolver a Dios (Él es infinito) la gloria que le hemos robado y negado haciendo pecados, un pecado venial, peor el venial deliberado, y mucho peor aun el pecado mortal. 
    
Si estos conceptos parecen demasiado, pensemos en las penitencias enormes que hicieron los santos que sólo cometieron pecados veniales, y que nunca creyeron hicieron bastante para purificar su alma y reparar ante Dios.
  
Y para ser humildes pensemos, finalmente, en los castigos, específicos, que Dios va dando, castigos progresivos, a los que son soberbios: recuerden las primeras prédicas sobre este tema.
Por eso, para ser humildes, más de una vez, casi una vez al mes, nos tendríamos que quedar tranquilos aquí en la Capilla, pensando en todos los pecados graves, mortales, que hemos hecho en nuestra vida; haciendo una especie de meditación o examen de los pecados más graves que hemos cometido en nuestras vidas, para tener más presente lo que somos, porque tan fácilmente olvidamos las cosas que ya hemos hecho; y esto, considerar los pecados quehemos cometido, nos ayudará más a saber lo que realmente somos, y a ser humildes.
   
Pequeño paréntesis: En cuanto a eso de recordar los pecados cometidos para ser humilde, si alguien ha cometido pecados de impureza o de lujuria, el consejo que dan los autores espirituales es recordarlos solamente en forma difusa y genérica: simplemente sabiendo que se hizo eso y ya; sin el recuerdo endetalle, porque en esos pecados el detalle se puede convertir en nueva tentación; cuidado.
    
[Un apartado final] A modo de conclusión, una última consideración, y una súplica a la Virgen: Reina de la Humildad.
  
La consideración última, para ayudarme en la Humildad, es ver que, ¡a todos: a-todos!, no nos salen las cosas, “sí, no nos salen las cosas”, y hemos de aceptar esto por Humildad y para la Humildad.
  
Tenemos mil proyectos, mil anhelos, mil deseos, mil planes, y la mayoría de las cosas no se pueden cumplir, y no se nos dan, “no nos salen las cosas”; cosas que no tenemos ni alcanzamos aunque las deseamos mucho, cosas que no alcanzamos: esperanzas, sueños, planes para nuestras vidas. Ése es el día a día de cualquier ser humano. Y aquí hay también un misterio de Dios para que podamos alcanzar la Salvación:
  • (a) Si nos salieran todas las cosas, si en todo tuviésemos éxito, creo que seríamos unos soberbios insoportables, con vanagloria, etc. 
  • (b) Además, si no nos salen las cosas, nuestros planes: en ello también puede entrar una cuota de castigo, por nuestra soberbia, y debemos saber aceptarlo. 
  • (c) “Pero yo quiero que me salgan mis cosas, cosas buenas, qué tiene de malo, aunque sea lo mínimo que necesito”. Por supuesto que, en sí, no tiene nada de malo; pero por motivos misteriosos, que no podemos saber y que sólo Dios conoce, no me salen las cosas, sea por mis pecados del pasado que ya he hecho y para pagar por ellos, sea porque tengo una actitud soberbia ante Dios (y eso es insoportable), sea para mi santificación por medio de la Cruz y tribulaciones: Debemos ser capaces de aceptar ello con Humildad, aunque no lo entendamos, no podemos pretender que Dios nos rinda cuentas: ¡por favor!
  • (d) “Si las cosas son así, entonces, yo me enojo, y le digo cosas a Dios, y me pongo a pelear con Dios, y me alejo de la Religión, y no practico más, y no voy más a Misa, y no me confieso, y no rezo más el Rosario, etc, etc, etc”: Pues eso es otra vez soberbia, y “terminará mal y peor”; recordemos los castigos progresivos que Dios va dando a los soberbios y que pueden terminar –si no cambio– en la condenación eterna. 
  • (e) Tengo que ser capaz de aceptar, con Humildad, todo lo que me pasa, todo lo que me ocurre, porque los seres humanos, en última instancia, merecemos todo: to-do; por mis pecados, por un solo pecado venial, ni hablemos si hemos cometido pecados mortales. Y por otro lado, si algo no recomendamos, es el estar peleando con Dios, con Dios no se juega, sino que se lo respeta con Humildad; y obviamente que si peleamos con Dios podemos salir “un poquito mal heridos”.
   
Respetemos a Dios, aceptemos las cosas que nos ocurren, y debemos desear mucho la Humildad. Así pedimos a la más santa de todas las creaturas, así pedimos a la más santa y sublime, a la Santísima Virgen María, Reina de la Humildad, Regina Humilitatis; quiera Ella darnos “algo”.
   
AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] El temor de Dios ha de ser primero: temor al castigo, después ha de ser temor reverencial (temer y respetar a Dios por la majestad de Él), y finalmente ha de acabar en la adoración y amor o temor filial (donde hay respeto, pero por amor a Él).
[2] Los otros grados interiores: 5) La declaración al Superior de las faltas secretas fuera de la Confesión Sacramental, incluso las de pensamiento, y esto es un freno muy poderoso al pecado; peroposteriormente la Iglesia, con el canon 530, limita esto, diciendo que los Superiores Religiosos no deben llevar a sus inferiores a que les manifiesten su conciencia, pero es bueno que los inferiores hablen con confianza con su superior. 6) Aceptar de corazón todas las privaciones y oficios viles. 7) Tenerse sinceramente por el último de todos los hombres; grado que difícilmente se alcanza; los santos llegan a él considerando que si otros hombres hubieran recibido tantas gracias como ellos, serían mejores.

sábado, 26 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA VIGESIMOSEXTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA VIGÉSIMOSEXTO – ALEGRÍA DE LOS ÁNGELES POR LA CONVERSIÓN DE UN PECADOR
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que la gloria de Dios brilla singularmente en las naturalezas intelectuales por su misericordia y su justicia; su providencia, su inmensidad, su omnipotencia, se manifiestan en las criaturas inanimadas; pero sólo los seres inteligentes pueden sentir los efectos de su misericordia y su justicia, estos dos atributos son los que establecen su gloria y su remado sobre las naturalezas racionales. Es por la misericordia y la justicia, por lo que los Ángeles y los hombres están sujetos a Dios; la misericordia reina sobre los buenos, la justicia sobre los malos: una por la comunicación de sus dones, la otra por la severidad de sus leyes; la una por la dulzura, y la otra por la fuerza; una se hace amar, y la otra se hace temer; una atrae, y la otra repele; una recompensa la fidelidad, y la otra castiga la rebelión. La misericordia y la justicia son como las dos manos de Dios, de las cuales la una da y la otra corrige; son como las dos columnas que sostienen la majestad de su reino: una eleva a los inocentes y la otra abate a los criminales. Si todos los caminos del Señor, como dice el Profeta, son misericordia y justicia, atributos que hacen brillar magníficamente su gloria y su reinado: he aquí por qué la conversión del pecador llena de inmensa alegría a los santos Ángeles, pues admiran la misericordia en el perdón de los pecados y la justicia en los gemidos y lágrimas del pecador, y aunque sean embriagados con el torrente de las eternas delicias; sin embargo, sienten aumentar su regocijo cuando nosotros somos renovados por la penitencia. El Evangelio claramente lo expresa cuando dice: «Los Ángeles se regocijan más con la conversión de un pecador que con la perseverancia de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia».
    
JACULATORIAConsidera que los justos de que habla el Evangelio en el pasaje citado no son otros que los mismos Ángeles, pues solo de estos puede decirse con verdad que no necesitan de penitencia, porque habiendo pecado todos los hombres en Adán, sería una temeridad asegurar que no tienen necesidad del remedio de la penitencia, y con mayor razón cuando el Discípulo amado ha dicho refiriéndose a los hombres: «Si alguno dice que no peca, se engaña y no hay verdad en él». ¿En dónde encontraremos pues, esa inocencia tan pura, tan perfecta que no tiene necesidad de penitencia? Sin duda que solo puede hallarse entre los Ángeles que, detestando la rebelión y audacia de satanás, permanecieron firmes en el bien en que Dios los había establecido desde su origen; ellos se alegran, por consiguiente, más de la conversión del pecador que de la perseverancia aún de sí mismos, porque no pueden menos que reconocer la misericordia de Dios en toda su grandeza, en toda su plenitud, y celebrarla con los más vivos trasportes de júbilo, puesto que la justificación del pecador es una obra más grande aún que la creación de mil mundos; la acción divina al sacar los seres de la nada no encuentra ninguna oposición; pero al convertir al pecador ha tenido que vencer la oposición de la voluntad. Cuando Dios creó el cielo y la tierra, nada se opuso a su voluntad; cuando Dios convierte a los pecadores, es necesario que venza su resistencia, y que combata, por decirlo así, a su propia justicia arrancándole sus víctimas; esta bondad que resiste tantos obstáculos es sin duda más poderosa, más abundante que aquella que no encuentra impedimentos en las comunicaciones de su gracia y de su gloria en los Ángeles bienaventurados. Siendo, pues, la conversión del pecador la obra maestra de la misericordia divina, no puede menos que ser celebrada por los Ángeles con inmensa alegría. Si por desgracia no nos hemos convertido totalmente a Dios, procuremos hacerlo hoy de todo corazón, así aumentaremos siquiera sea accidentalmente, la dicha de esos espíritus felices que nos aman ardientemente y desean que reparemos las ruinas que satanás y sus cómplices dejaron en el Empíreo, ocupando nosotros las sillas que quedaron vacías por su soberbia y perfidia.
    
JACULATORIA
Ángeles dichosos, que celebráis la conversión de los pecadores, alcanzadme la gracia de que me convierta verdaderamente a Dios.
    
PRÁCTICA
Como la verdadera conversión es una confesión bien hecha, no dejéis de hacerla al menos una vez al mes, para que de este modo alegréis a los Ángeles del Cielo. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Espíritus soberanos, que contempláis como un espectáculo digno de vuestra alegría la penitencia de los pecadores, porque admiráis en ella la misericordia de Dios y veis cumplidos los sentimientos de amor y de ternura que abrigáis hacia nosotros; os rogamos, con toda la efusión de nuestras almas, que nos alcancéis de la Clemencia infinita los divinos auxilios para convertirnos totalmente a nuestro amable Redentor, derramando abundantes lágrimas de contrición por nuestras culpas, hasta merecer el perdón y la gracia en esta vida y la eterna gloria en la otra. Amén.
 
EJEMPLO
En el tiempo en que San Ignacio de Loyola escribía las constituciones de la Compañía de Jesús, de esa sociedad que había de ser semillero fecundo de santos misioneros que, con sus ejemplos y palabras, habían de convertir innumerables infieles y pecadores, en ese tiempo, digo, recibió extraordinarios favores del Cielo, sin duda alguna, felices nuncios de los frutos que obtendrían sus ilustres hijos. «Muchas veces oía aún con los sentidos exteriores, músicas suavísimas de los Ángeles, y una armonía inexplicable, que le hacía deshacerse en lágrimas: principalmente en la Misa le regalaba Dios por medio de los espíritus celestiales, los cuales enviaban del Cielo para que le diesen a gustar del contento y alegría que hay en la gloria, y no se haya en esta vida; y así, puestos en coro encima del altar donde decía Misa, todo el tiempo que duraba, entonaban celestiales canciones y con suavísima armonía le daban música al bendito Padre; y esto no fue una sino muchas veces». ¿Qué otra cosa eran esa alegría, música y cantos de los Ángeles, si no demostraciones de júbilo por las conversiones que habían de obrar sus hijos los misioneros, y la recompensa debida a los deseos del santo que prefería la vida al martirio sólo por convertir almas? (Vida de San Ignacio por el P. Juan Eusebio de Nieremberg).
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

viernes, 25 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA VIGESIMOQUINTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA VIGÉSIMOQUINTO – ASISTENCIA DEL ÁNGEL CUSTODIO EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que si en todo el tiempo de nuestra vida tenemos necesidad de los auxilios del Ángel de la guarda; sobre todo en la hora de nuestra muerte se hace más imperiosa esta necesidad, porque entonces crecen asombrosamente los peligros del alma. Desde nuestro nacimiento ha venido sosteniendo nuestro Ángel custodio una lucha encarnizada con el ángel malo; y el éxito de esta lucha tiene que decidirse en los últimos momentos de la vida. El demonio, agota todos los recursos que su rabia le inspira para llevar al lugar de los tormentos eternos a un alma que no pudo perder quizá durante la vida, porque sabe que pocos instantes le quedan; pero el Ángel del Cielo está allí a nuestro lado defendiéndonos de las iras de satanás y desbaratando todas sus astucias y artificios malignos. El furor del demonio en esa hora, no puede ser más poderoso que el celo de nuestro Ángel; y basta sólo la voluntad y buena disposición de nuestra parte como la docilidad a sus santas inspiraciones, para que el enviado de Dios salga en la lucha vencedor. Verdad es que el demonio nos combate por el lado más flaco, porque conoce nuestras debilidades; y así nos pone las tentaciones más horrendas del vicio a que sabe hemos si lo más inclinados; acrecienta a nuestros ojos la malicia del pecado, la ingratitud a los beneficios recibidos, la tibieza en el uso de los Sacramentos, el desprecio a las obras de piedad; nos pinta, en una palabra, con los más vivos colores, la vida pasada, hace aparecer sin límites la severidad de la justicia divina y oculta la misericordia para que se pierda la esperanza cayendo en desesperación, amortigua la fe y casi extingue la caridad. La influencia satánica se extiende hasta en la enfermedad misma, si Dios lo permite, ya privándonos del juicio o del uso de los sentidos para inutilizar los buenos actos y todo medio de conversión y penitencia; y halagando con vanas apariencias a los médicos, a los deudos, a los amigos, para dar tregua a la administración de los sacramentos, y, si es posible, privar del todo al pobre moribundo de los últimos consuelos de la religión. Todo esto no es tan raro como se cree, son frecuentes los casos, nadie se exime de luchar más o menos con el demonio en la hora terrible de la muerte, y San Agustín afirma que nadie sale de esta vida sin verse cara a cara con el demonio.
    
PUNTO 2º. Considera, que, si son tan terribles las acometidas de satanás en los momentos de la muerte, serian aún más horrorosas si el Ángel de nuestra guarda no desplegara allí todo su poder y todo su celo en favor nuestro, pues él ahuyenta a los demonios y los tiene como atados para que no puedan hacernos daño; nos da fuerza contra las tentaciones, comunicándonos auxilios divinos. Nos muestra la justicia divina, pero no como satanás para desesperarnos, sino para infundirnos un saludable temor; nos descubre los tesoros de la divina misericordia para aumentar nuestra confianza. No nos oculta la fealdad de los pecados, pero aviva nuestra fe, la cual nos asegura de que un solo acto de arrepentimiento basta para borrarlos todos. Por último, nos pone delante de los ojos en toda su hermosura los méritos de Jesucristo, la ternura maternal de María, las buenas obras que durante la vida hicimos en obsequio suyo, y nos hace sentir más vivamente su presencia; todo esto para endulzar y suavizar el más amargo de los trances de la vida humana. Mas no se limitan los cuidados de nuestro Ángel a esto únicamente, sino que inspira a las personas ausentes que nos visiten para que nos hablen del peligro que corre nuestra alma, o nos traigan un sacerdote a la cabecera para que nos imparta los últimos auxilios de la religión, y lo iluminen sugiriéndole los consejos que ha de darnos más aptos para convertirnos y consolarnos. San Felipe Neri refiere que Dios le hizo ver en cierta ocasión a los Ángeles sugiriendo al oído de dos hermanos suyos, las palabras que decían a dos moribundos que estaban asistiendo. No puede dudarse que esto mismo pase con todos los que auxilian a los agonizantes; pero no siempre ha de haber almas como la de San Felipe que claramente lo vean. Pidamos, pidamos, pues, a nuestro Ángel nos imparta sus auxilios en esa terrible hora y no cesemos de dirigirle desde hoy nuestras oraciones para aquel trance.
    
JACULATORIA
Santo Ángel de mi guarda, defendedme de las asechanzas de satanás en la hora de mi muerte.
    
PRÁCTICA
Practicad con frecuencia el ejercicio de la buena muerte, que se halla en muchos libros de devoción y tiene concedidas numerosas indulgencias y ofrecedlo al Sagrado Corazón de Jesús por manos de vuestro santo Ángel custodio. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Amabilísimo Ángel de mi guarda, tierno protector mío, que habéis de acompañarme hasta la hora en que mi alma sea arrancada de mi cuerpo; vos conocéis mejor que nadie los peligros a que seré expuesto en ese terrible trance, por eso desde hoy os suplico me dispenséis en esa hora vuestros poderosos auxilios; sí, os ruego que deis entonces fuerza a mis trémulas y torpes manos para estrechar contra mi pecho el crucifijo y no en el lecho del dolor; que prestéis luz a mis apagados y amortecidos ojos para que fijen en él sus miradas lánguidas y moribundas; que a mis labios fríos y balbucientes, les deis poder de pronunciar el santo nombre de Jesús; que a mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones humanas, les comuniquéis virtud de abrirse para oír de los divinos labios la sentencia irrevocable de mi eterna suerte, que alejéis de mí los espíritus infernales; y, finalmente, que recojáis las últimas lágrimas de penitencia que derrame, ofreciéndolas al Dios de las misericordias, como un sacrificio de expiación, para que mi alma sea recibida en su seno amo amoroso, donde sea feliz eternamente en vuestra compañía. Amén.
 
EJEMPLO
Estando San Ignacio de Loyola en el monte Casino, queriendo rogar a Dios por la salud del devoto P. Diego de Hazes, que conoció estaba enfermo, vio de repente el alma de dicho Padre, que fue el primero que murió de la Compañía, llena de resplandores de gloria, que la llevaban al Cielo muchos Ángeles: lo cual sucedió en el mismo lugar que a San Benito aconteció otra revelación semejante en la muerte de San Germán, Obispo de Capúa. Estando enfermo el P. Juan Coduri, uno de los compañeros de San Ignacio, fue a decir misa por él su santo Padre a la Iglesia de San Pedro de Monte Áureo; más en el camino levantando los ojos al Cielo, vio el alma ele dicho P. Coduri muy resplandeciente, entre coros de Ángeles que la subían al Cielo; y vuelto San Ignacio a su compañero, le dijo: «Tornemos a casa, que ya ha muerto el maestro Juan Coduri» (Vida de San Ignacio por el P. Juan Eusebio de Nieremberg).
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

viernes, 23 de agosto de 2024

SAN IGNACIO DE LOYOLA, EL GRAN COMBATIENTE DE DIOS NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Sermón pronunciado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, en la misión de Santiago de Cali (Colombia) el 31 de Julio de 2024.
   

domingo, 10 de diciembre de 2023

DIEZ DE MES EN HONOR A SAN FRANCISCO DE BORJA

Dispuesto por un sacerdote de la Compañía de Jesús, y reimpreso en Méjico por la Imprenta de la Biblioteca Menicana, del Lic. D. José de Jauregui, en 1774.
   
PRÓLOGO DEL AUTOR
El gran valimiento que tiene para con Dios su querido Siervo San Francisco de Borja, y los continuos beneficios que así en el Alma como en el Cuerpo experimentan los que se valen de su intercesión, es lo que ha movido a proponer la práctica de esta devoción, que espero será muy agradable al Santo y provecho de los que la abrazaren.
   
Cuánta sea la beneficencia con que San Francisco de Borja, así cuando vivía como después de muerto, acudía a los que lo invocan, lo publican los demonios arrojados de los cuerpos, o con la oración del Santo, o con que hiciera sobre ello la señal de la Cruz, o con solo el imperio de su voz, a que sin poder resistir, se rendían luego. Lo manifiestan también los que se han librado de muy feas y molestas tentaciones con la protección del Santo; y sin acordar las ciudades y reinosnque padeciendo frecuentes y espantosos terremotos, jurándolo por su Patrón, no experimentan ya este azote de la Divina justicia; ni haciendo mención de las milagrosas saludes que ha dado a innumerables, que desahuciados ya de los médicos, aplicando alguna Imagen o Reliquia del Santo, e invocando solamente su Nombre con humildad y confianza, la han conseguido cuando menos esperanzas daba lo rebelde de las dolencias, especialmente las tercianas y cuartanas, que con mandarlas el Santo cuando vivo, o mandarles después de su muerte otro en su Nombre, que se quitasen, se han quitado al punto no pocas veces. Lo único que insinuaré es, que tiene tanta voluntad y deseo de favorecer d sus devotos, que a más de beneficiarlos algunas veces, sin acordarse de él, es tanta su prontitud en acudir con el remedio a los que lo invocan, que no tarda más tiempo en conceder el Santo lo que les piden, que lo que ellos tardan en pedirlo.

Baste por otros casos, que podía traer en prueba de esto, el que sucedió en la ciudad de Recanate con una religiosa, que contando ya cinco meses de padecer sin el menor alivio en una cama los imponderables dolores que le causaba el tener del todo encogida una pierna, y todos los miembros de su cuerpo, como muertos, sin poder levantarse si no era ayudada de cuatro monjas. Una noche le crecieron tanto sus dolores, que no esperando ya remedio en lo humano, se acordó por dicha de las muchas y milagrosas saludes que Dios había concedido por la intercesión de San Francisco de Borja, cuya vida había leído poco antes, y de quien había quedado desde entonces muy afecta. Con esta confianza imploró su favor, y al punto cesaron los dolores y percibió una voz que le decía: «Levántate, y ve al coro, donde están aguardando las otras monjas, para cantar Maitines». Sorprendida al oír esto, no sabía qué hacerse hasta que oyó segunda vez que le decían: «¿Cómo no te levantas, que ya estás sana?». Extendió la mano al lugar de la hinchazón, y no halló rastro de ella: probó a extender la pierna, y lo hizo sin dificultad. Con esto le levantó por sí sola, y sin que otra la ayudase, se vistió y fue al coro, donde estaban las otras religiosas, que dudando al principio si era ella, por fin oyendo el milagro y viéndola totalmente sana, alabaron a Dios, le dieron al Santo las gracias, y se resolvieron todas a venerar, obsequiar y valerse de un Santo, que tan liberal y milagroso se muestra con fus devotos.
   
Lo mismo me persuado que les sucederá a todos los que deseosos de merecer su protección, le hicieren entre otros el obsequio de celebrar en honra suya el día diez de cada mes, que es el que tiene señalado la Iglesia para su Festividad cada año el mes de octubre.
   
El dicho día será bien confesar, comulgar, dar alguna limosna, y ayunar el día o víspera quien pudiere. En fin, decir con toda devoción las Oraciones siguientes.
  
DÍA DIEZ DE CADA MES EN HONRA DE SAN FRANCISCO DE BORJA, ANTES DUQUE CUARTO DE GANDÍA Y DESPUÉS TERCERO GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
   

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN
Mi Dios, mi Criador, mi Redentor, y mi Padre, en quien creo, en quien espero, y a quien amo sobre todas las cosas, a mí me pesa de todo mi corazón y me arrepiento de haberte ofendido, por ser Tú quién eres tan bueno, tan santo y tan digno de ser amado, y no ofendido. Quisiera primero haber muerto, que haber cometido la más pequeña culpa contra ti. Pero ya señor, fiado en tu divina gracia, propongo firmemente la enmienda en lo adelante; apartándome de todas las ocasiones de pecar, me confesaré enteramente de todos mis pecados, cumpliré la penitencia que me fuere impuesta por ellos, esperando de tu misericordia infinita que me has de perdonar, y me has de conservar en tu santo servicio hasta la muerte. Acuérdate, Señor, de la multitud y grandeza de tus misericordias, y olvidándote de mis ingratitudes, perdóname por los méritos de tu Santísima Pasión y Muerte, y por la intercesión de tu gran Siervo y querido Patrón mío San Francisco de Borja. Pequé, Señor, ten misericordia de mí. Pecamos, de que nos pesa, tened misericordia de nosotros. Amén. 

ORACIÓN A SAN FRANCISCO DE BORJA
Gloriosísimo Santo y amantísimo Protector mío, San Francisco de Borja, en cuyas manos ha puesto Dios todos los tesoros de su Omnipotencia, de que usando tú con tanta liberalidad, favoreces sin cesar a los que te invocan en sus necesidades; animado yo con esta confianza, humildemente te pido, que, interponiendo tu valimiento con su Majestad, me alcances el favor que te suplico, si ha de ser del agrado de Dios y provecho de mi Alma, Amén.
Aquí se rezan tres Padrenuestros, y tres Ave Marías con tres Gloria Patri, y se hace al Santo con todo fervor la petición de lo que se necesita y se desea.
    
ORACIÓN A SAN IGNACIO DE LOYOLA, PARA DAR MÁS EFICACIA A NUESTROS RUEGOS
Esclarecido Padre y Fundador Glorioso de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, a quien quiso favorecer el Cielo con darte un hijo como San Francisco de Borja, no menos digno de la veneración, por la nobleza de su Nacimiento, y de sus empleos, que por lo singular de sus virtudes y milagros; concédeme, Santo mío, que juntándose con su intercesión la tuya, alcance yo de la Divina Bondad, que empleándome en el servicio de Su Majestad, en los obsequios del Santo y en la imitación de sus ejemplos, alcance por su medio y por el tuyo, con la abundancia de todos los bienes, y remedio de todos los males, una santa vida, en que con el ejercicio de todas las virtudes asegure una buena muerte y después de ella una eterna Gloria. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

sábado, 5 de agosto de 2023

SENTIR RECTAMENTE CON LA IGLESIA: REGLAS


Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, se guardan las reglas siguientes:
  • La primera, depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera Esposa de Cristo Nuestro Señor, que es Nuestra santa Madre Iglesia jerárquica.
  • La segunda, alabar el confesar con Sacerdote, y el recibir del Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas.
  • La tercera, alabar el oír misa a menudo; asimismo cantos, salmos y largas oraciones en la Iglesia y fuera de ella. Asimismo horas ordenadas a tiempo destinado para todo Oficio divino, y para toda oración, y todas horas Canónicas.
  • La cuarta, alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de estas.
  • La quinta, alabar votos de Religión, de obediencia, de pobreza, de castidad, y de otras perfecciones de supererogación; y es de advertir que como el voto sea acerca de las cosas que se allegan a la perfección Evangélica, en las cosas que se alejan de ella no se debe hacer voto, así como de ser mercader, o ser casado, etc.
  • La sexta, alabar reliquias de Santos haciendo veneración a ellas y oración a ellos; alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las Iglesias.
  • La séptima, alabar Constituciones acerca de ayunos y abstinencias, así como de cuaresma, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábado: asimismo penitencias, no solamente internas, mas aun externas.
  • La octava, alabar ornamentos y edificios de Iglesias, asimismo imágenes, y venerarlas según que representan.
  • La novenna, alabar finalmente todos los preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo pronto para buscar razones en su defensa, y en ninguna manera en su ofensa.
  • La décima, debemos ser más prontos para abonar y alabar así Constituciones, comendaciones, como costumbres de nuestros mayores: porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablar contra ellas sea predicando en público, sea platicando delante del pueblo menudo, engendrarían más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, sea temporales, sea espirituales. De manera que, así como hace daño el hablar mal en ausencia de los mayores a la gente menuda; así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas.
  • La undécima, alabar la doctrina positiva y escolástica; porque así como es más propio de los Doctores positivos, así como de San Jerónimo, San Agustín y de San Gregorio, etc., el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios Nuestro Señor; así es más propio de los Escolásticos, así como de Santo Tomás, San Buenaventura, y del Maestro de las Sentencias (Pedro Lombardo), etc. el definir o declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna: y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias, porque los Doctores Escolásticos como sean más modernos, no solamente se aprovechan de la verdadera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los positivos y santos Doctores; mas aun siendo ellos iluminados y esclarecidos de la virtud Divina, se ayudan de los Concilios, Cánones y Constituciones de nuestra santa Madre Iglesia.
  • La duodécima, debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados, que no poco se yerra en esto; es a saber: en decir «este sabe más que San Agustín»; «es otro o más que San Francisco»; «es otro San Pablo en bondad, santidad», etc.
  • La décimatercia, debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo Nuestro Señor esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas; porque por el mismo Espíritu y Señor Nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada Nuestra santa Madre Iglesia.
  • La décimacuarta, dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia: es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar de todas ellas.
  • La décimaquinta, no debemos hablar mucho de la predestinación por via de costumbre: mas si en alguna manera, y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: «si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado; y por mí bien hacer o mal, no puede ser ya otra cosa»; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánimas.
  • La décimasexta, de la misma forma es de advertir, que por mucho hablar de la fe y con mucha intención, sin alguna distinción y declaración, no se dé ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso, sea antes de la fe formada en claridad, o después.
  • La decimaséptima, asimismo no debemos hablar tan largo instando tanto en la gracia, que se engendre veneno para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puedenhablar cuanto sea posible mediante el auxilio Divino para mayor alabanza de la Divina Majestad: mas no por tal suerte, ni por tales modos, mayormente en nuestros tiempos tan peligrosos, que las obras y libre arbitrio reciban detrimento alguno, o por nada se tengan.
  • La décimaoctava, dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios Nuestro Señor por puro amor; debemos mucho alabar el temor de su Divina Majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, mas aun el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal, y salido fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios Nuestro Señor, por estar en uno con el amor Divino. Fin.

SAN IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales. Manresa, imprenta de Pablo Roca, 1867, págs. 146-151.

domingo, 31 de julio de 2022

CARTA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA AL EMPERADOR CLAUDIO DE ETIOPÍA, EN DEFENSA DEL PRIMADO PAPAL

Cuando la Compañía de Jesús era “subsídium militántis Ecclésiæ” (auxilio de la Iglesia militante) y no lo que se volvió después, esta desplegó formidable celo en la defensa de la Fe Católica no solo ante los herejes protestantes, sino también ante los cismáticos.
   
Sucedió que el emperador Claudio (en geʽez ገላውዴዎስ/Gälawdewos; reinó entre 1540 y 1559 con el nombre አጽናፍ ፡ ሰገድ/Asnaf Sagad, “Ante el que se inclina el horizonte”, o “Al que se someten las naciones”) de Etiopía había desterrado al sur del país al sacerdote portugués João Bermudes, que después de regresar de una misión diplomática ante la Corona de Portugal en nombre de su padre David II (en geʽez ዳዊት/Dāwīt, nacido Lebna Dengel/ልብነ ፡ ድንግል, “Incienso de la Virgen”; reinó entre 1507 y 1540 con el nombre አንበሳ ፡ ሰገድ/Anbassā Sagad, “Ante quien se inclinan los leones”), se presentó como Patriarca de Alejandría (y en Europa como Patriarca del Preste Juan –Preste Juan era un rey cristiano en quien los europeos veían un aliado contra los musulmanes. Originalmente se le atribuía esta identidad al rey de Tartaria, y posterior a la expedición portuguesa Pedro da Covilhã y Alfonso de Paiva, se le identificó con el rey de Etiopía–), y que el rey Juan III “El Piadoso” de Portugal le dijera a su homólogo el 13 de Marzo de 1546:
«Lo que ha hecho allá João Bermudes, quien el Rey tu padre me envió como su embajador, lo desapruebo grandemente, porque son cosas muy contrarias al servicio de Nuestro Señor, y por razón de ellas es claro que no se le puede dar ninguna ayuda o asistencia, ni sé más de él que ser él un simple sacerdote. De los poderes que dice el Santo Padre le otorgó, no sé nada; de las cartas de Su Santidad tú sabrás mejor lo que ha pasado sobre la materia; aunque por esto él merezca muy severo castigo, paréceme que no deberías infligírselo, excepto en tal manera que, siendo salvada su vida, pueda ser castigado según sus errores».
El rey luso prometió enviar a Etiopía sacerdotes más dignos, lo que hizo con las misiones jesuitas de Febrero de 1555 (con los padres Diego Dias y Gonzalo Rodrigues, y el hermano lego Fulgencio Freire) y Marzo de 1557 (encabezada por João Nunes Barreto, Andrés González de Oviedo –este último autor de un tratado De la Primacía de la Iglesia Romana en lengua etíope– y Melchor Miguel Carneiro Leitão –conocido en chino como 賈耐勞/Jiǎ Nài Lào, portugalizado Canelao y administrador apostólico de Macao– que fueron debidamente nombrados Patriarcas latinos de Etiopía), según recoge el padre Luis de Guzmán SJ en el primer tomo de la Historia de las Misiones de la Compañía de Jesús, Alcalá, Imprenta de la viuda de Juan Gracián, 1601. Fue en el marco de la primera misión que San Ignacio de Loyola escribió la carta el 23 de Febrero, traducida al italiano por el padre Nicolás de Lagua en 1790 y vertida al español en las Obras Completas de San Ignacio de Loyola. De una y otra tomamos las notas, a fin de ilustrar mejor el texto.
 
CARTA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA A CLAUDIO, EMPERADOR DE ETIOPÍA Y REY DE LOS ABISINIOS
  
Mi señor en el Señor nuestro Jesucristo. La suma gracia y amor eterno de Cristo N. S. salude y visite a V. A. con sus santísimos dones y gracias espirituales.
  
El serenísimo rey de Portugal, con el gran celo que le ha dado Dios nuestro Criador y Señor de la gloria de su santo nombre, y de la salvación de las ánimas, redimidas con la preciosa Sangre y vida de su unigénito Hijo, me ha escrito diversas veces, mostrando sería mucho servicio que de los religiosos de nuestra mínima Compañía, llamada de Jesús [1], señalase doce, entre los cuales S. A. escogiese uno para patriarca, y dos para coadjutores y sucesores de él, para suplicar al sumo vicario de Cristo N. S. los diese la autoridad conveniente, y poderlos enviar con los demás sacerdotes a los reinos de V. A.
 
Yo, por la grande observancia, devoción y obligación muy es- pecial que tiene toda nuestra Compañía, entre los príncipes cris- tianos, al serenísimo rey de Portugal, hice lo que me mandaba, deputando sin el patriarca doce sacerdotes, como de nuevo se me escribió, todos de nuestros hermanos, por devoción del número que representan de Cristo N. S. y los doce apóstoles, para que fuesen a poner sus personas en todos trabajos y peligros, que menester fuere para el bien de las ánimas de los reinos súbditos a V. A.; y yo lo hice tanto con más voluntad, por la particular afección, que Dios N. S. me da a mí y a toda nuestra Compañía de servir a V. A. como si a quien en medio de tantos infieles, enemigos de nuestra santa fe, trabaja, siguiendo las pisadas de sus predecesores, por conservar y llevar adelante la religión y gloria de Cristo nuestro Dios y Señor. Y tanto más era razón desear que tuviese V. A. la ayuda de padres espirituales, que tuviesen autoridad y potestad verdadera de esta santa Sede Apostólica y doctrina sincera de la fe cristiana, que son aquellas llaves del reino de los cielos, que Cristo N. S. prometió y después dio a San Pablo y a los que habían de suceder en su silla. Prometiólas a él solamente cuando le dijo (como refiere el evangelista Mateo): “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, quedará atado en los cielos, y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos” [Matth. 16, 18-19]. Y diolas cumplimiento su promesa, al mismo San Pedro, después que resuscitó antes de subir al cielo, diciéndole tres veces, como cuenta el evangelista San Juan: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” [Joann. 21, 15]. Y después de la respuesta: “Apacienta mis ovejas” [Joann. 21, 17]; y dándole cargo, no de una parte, sino de todas sus ovejas, le dio toda la plenitud de la potestad suficiente para mantener en el pasto de la vida y religión cristiana todos los fieles, y conduciéndolos al pasto de la eterna felicidad en el reino del cielo.
   
A los demás apóstoles suyos les dio autoridad Cristo N. S. como delegada; a San Pedro y sus sucesores, como ordinaria y plena, para que de ella se comunicase a todos los otros pastores la que hubiesen menester; que de este sumo pastor la deben tomar y reconocer; en figura del cual dice Dios N. S. en Isaías hablando de Eliacim, sumo pontífice: Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; cuando abra, no existirá quien cierre, y cuando cierre, no existirá quien abra” [Isa. 22, 22]. El figurado es San Pedro y sus sucesores, que tienen la potestad entera que por las llaves se significa, que suelen darse en señal de dominio real y cumplido. Así que debe V. A. dar gracias a Dios N. S. que en sus tiempos haya hecho tan grande misericordia a sus reinos, de enviarles verdaderos pastores de sus ánimas, que tengan unión con el sumo pastor y vicario que dejó en la tierra Jesucristo N. S., y de Él tomen la autoridad muy amplia que llevan.
 
Y no sin causa el padre y abuelo de V. A. [2] no querían se tomase patriarca de Alejandría; porque como el miembro diviso del cuerpo no rescibe influjo de vida, movimiento y sentido de su cabeza, así el patriarca que está en Alejandría o en el Cairo, siendo cismático y diviso desta santa Sede Apostólica, y del Sumo Pontífice, que es cabeza de todo el cuerpo de la Iglesia, él no rescibe para sí vida de gracia ni auctoridad, ni la puede dar a otro algún patriarca legítimamente. La Iglesia católica no es sino una en todo el mundo, y no puede ser que una sea debajo del pontífice romano, y otra debajo del alejandrino. Como Cristo, su esposo, es uno, así la Iglesia, su esposa, no es más de una, de la cual dice en los Cánticos Salomón en nombre de Cristo N. S.: Una es mi paloma [Cánt. 6, 8]; y el profeta Oseas: y se congregarán los hijos de Judá y los hijos de Israel a una y nombrarán sobre sí un solo jefe [Oseas 1, 11] Conforme a lo cual después dél dijo San Juan: Vendrá a ser un solo rebaño, un solo pastor [Joann. 10, 16]
    
Una era el arca de Noé (como leemos en el Génesis), fuera de la cual no había manera de salvarse; uno el tabernáculo que hizo Moisés; uno el templo que en Jerusalén hizo Salomón, adonde convenía sacrificar y adorar; una era la sinagoga, a cuyo juicio se había de estar; todo en figura de la Iglesia, que es una, y fuera de ella no hay bien ninguno; porque quien no estuviere unido con el cuerpo della no rescibirá de Cristo N. S., que es su cabeza, el influjo de la gracia que vivifique su ánima y la disponga para la bienaventuranza. Por declarar esta unidad de la Iglesia contra algunos herejes, en el Símbolo canta la Iglesia: Creo en una, santa y católica y apostólica iglesia. Y es error condenado en los concilios que haya iglesias particulares, como la alejandrina o constantinopolitana, o semejantes, que no estén sujetas a una universal cabeza, que es el Pontífice romano, donde con continua sucesión desde San Pedro, que eligió por mandato de Cristo N. S., según narra San Marcelo mártir, esta silla, y la confirmó con su muerte, han perseverado los pontífices romanos, reconocidos por vicarios de Cristo por tantos doctores santos, latinos y griegos, y de todas naciones, reverenciados de los santos anacoretas y pontífices, y otros confesores, confirmados con tantos milagros, y con la sangre de tantos mártires que en esta fe y unión de esta santa Iglesia romana murieron [3].
    
Y así en el concilio calcedonense fue aclamado con voz co- mún de los obispos congregados el papa León: Santísimo, apostólico, universal [4], y en el concilio constanciense [5] fue condenado el error de los que negaban el primado del Pontífice Romano sobre todas las particulares iglesias; y en el florentino, en tiempo de Eugenio IV, donde se hallaron aun los griegos, armenios y jacobitas, fue determinado (conforme a los concilios pasados) en estas palabras: Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano tienen el primado en todo el orbe y que es sucesor de San Pedro y verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y doctor de todos los cristianos, y que Nuestro Señor Jesucristo le ha concedido en la persona de San Pedro el poder de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal [6].
   
Y así el serenísimo rey David, padre de V. A., de clara memoria, movido del Espíritu Santo, envió su embajador a reconocer esta santa Sede, y a dar obediencia al sumo Pontífice romano; y entre las muchas y muy loables hazañas, así de él como de V. A., éstas serán dignas de perpetua memoria y de ser celebradas en todos sus reinos para siempre, haciendo gracias a Dios N. S., y autor de todo bien, de tan alto beneficio como les ha hecho por la diligencia y cuidado, y mucha virtud de VV. AA., rindiendo el padre el primero de todos su obediencia al vicario de Cristo N. S., y el hijo haciendo venir a sus reinos el primero patriarca verdadero y hijo legítimo de esta santa Sede Apostólica.
    
Porque si es beneficio singular ser unidos al cuerpo místico de la Iglesia católica, vivificado y regido por el Espíritu Santo, que, como dice el evangelista [Joann. 16, 13], la enseña toda verdad; si es gran don ser ilustrado de la luz de la doctrina y establecidos en la firmeza de la Iglesia, de quien dice San Pablo a Timoteo: Que es la casa de Dios, columna y sostén de la verdad [1. Tim. 3, 15]; y a la cual promete Cristo N. S. su asistencia, diciendo: Estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos, según el evangelista San Mateo [cap. 28, 20]; es razón que siempre se den muchas gracias en todos esos reinos a Dios nuestro Criador y Señor, cuya provi- dencia por medio de V. A. y del clarísimo padre suyo les ha hecho tanto bien; y tanto más, que espero en la infinita y suma bondad suya que con esta unión y conformidad con la santa Iglesia católica romana ha de venir a los reinos de V. A. juntamente la prosperidad espiritual, y aumento de la temporal, y grande exaltación de su real Estado, y abatimiento de sus enemigos, cuanto será conveniente para mayor servicio y gloria de Cristo Nuestro Señor.
    
Los sacerdotes todos, que a V. A. se envían, especialmente el patriarca y sus dos coadjutores y sucesores, han sido muy conocidos y probados en nuestra Compañía y ejercitados en obras de mucha caridad; y por el grande ejemplo de su virtud, y por la mucha y muy sana doctrina suya, se han escogido para esta obra de tanta importancia. Y ellos van muy animados y consolados, con esperar de emplear sus trabajos y vidas en mucho servicio divino y de V. A., en ayuda de las ánimas de sus subditos, de- seando en alguna parte imitar la caridad de Cristo N. S., que puso la sangre y vida suya por redimirlas de la eterna miseria, el cual dice por el evangelista San Juan: Yo soy el buen pastor. El buen pastor expone su vida por las ovejas [Joann. 10, 11]. Y así el patriarca y los demás van aparejados para dar, no solamente doctrina y consejo y ayuda espiritual a las ánimas, pero, si es menester, poner la vida por ellas. Vuestra Alteza, cuanto más familiarmente y más intrínsecamente los conversare, espero rescibirá más contentamiento y consolación espiritual en el Señor nuestro. Y en lo demás que toca a la doctrina y a dar crédito a lo que enseñaren, como sabe V. A. que ellos, y especialmente el patriarca, llevan la autoridad mesma del Sumo Pontífice, y el creer a ellos es creer a la Iglesia católica, cuyo sentido han de interpretar.
 
Y como sea necesario todos fieles creer y obedecer a la Iglesia en lo que ordenare, y recurrir a ella en sus dificultades, no dudo de la grande cristiandad y bondad de V. A., que mandará que en sus reinos crean y obedezcan y recurran al patriarca y los que él en su lugar pusiere, pues tienen el lugar y autoridad del Sumo Pontífice, que es la de Cristo N. S., comunicada a su Vicario en la tierra. Vese en el Deuteronomio [cap. 17, 8-13], los que tenían dificultades o dudas se remitían a la sinagoga en figura de la Iglesia, y así dice Cristo Nuestro Señor: Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos. Así, pues, todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas [Matt. 23, 2-3]. De la mesma Iglesia enciende en los Proverbios el sabio Salomón cuando dice : No desprecies la enseñanza de tu madre [Prov. 1, 8], que es la Iglesia. Y en otra parte: No eches atrás el hito antiguo que tus padres pusieron [Prov. 22, 28], que son los perlados de ella.
 
Tanto es el crédito que quiere Cristo N. S. que se dé a su Iglesia, que dice por el evangelista San Lucas: El que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha [cap. 10, 16]; y por San Mateo: Si tampoco a la Iglesia diere oídos, míralo como al gentil y al publicano [cap. 18, 17]. Y contra lo que se oyere de los que interpretan la inteligencia de la Iglesia católica, no se debe dar crédito a ninguno, acordándose de lo que dice San Pablo a los Gálatas: Si algún ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema [cap. 1, 8]. Y esto es lo que con ejemplo y palabras nos enseñan los santos doctores y lo determinado en los concilios y comprobado con el común consenso de todos los fieles siervos de Cristo Nuestro Señor.
   
Es verdad que así el patriarca como los demás tendrán siempre muy grande respecto y reverencia a V. A., y procurarán de servirle y darle todo el contentamiento que les será posible a gloria de Dios Nuestro Señor.
   
A los que acá quedamos de nuestra mínima Compañía, nos tenga V. A. por muy aficionados a todo su servicio en el mismo Señor nuestro, y en nuestras oraciones y sacrificios suplicaremos siempre (como lo hemos comenzado) a su Divina Majestad conserve a V. A. y a su real y grande estado en su santo servicio, y de tal manera le dé prosperidad en la tierra, que consiga la verdadera felicidad en el cielo.
   
Él nos dé a todos su gracia cumplida, para que su santísima voluntad siempre sintamos, y aquélla enteramente la cumplamos.
   
De Roma, 23 de febrero de 1555.
  
NOTAS
[1] Para la época, el nombre “Compañía de Jesús” era motivo de controversia en la Facultad de Teología de la Universidad de París, que consideraba nuevo e insólito dicho nombre. De ahí que San Ignacio usa en esta carta “mínima Compañía, llamada de Jesús”. Aunque el padre Martín Olave, de la misma universidad hizo una apología del nombre de la Compañía calmando la situación, a los jesuitas no se les dio entrada en París hasta cuarenta años después.
 
[2] Como varios de sus antecesores, David, padre del emperador Claudio, a quien San Ignacio escribía, cuando todavía era de menor edad y estaba bajo la tutela de su abuela Elena, dejó de reconocer al patriarca copto de Alejandría. Más aún, movido por la fama de la prosperidad que se notaba en la India con la llegada de los portugueses, comisionó a varios proceres para que iniciaran negociaciones con Alfonso de Alburquerque, gobernador de la India portuguesa. Este fue el comienzo del acercamiento de Etiopía al Occidente católico. 
   
[3] San Marcelo I reinó entre el 18 de Mayo del 308 hasta el 16 de Enero 310, cuando murió mártir a manos del tirano Majencio, que lo puso a cuidar el establo imperial luego que los lapsi (renegados) se opusieran a un decreto que les exigía hacer penitencia antes de ser reintegrados a la comunión de la Iglesia. Aquí San Ignacio se refiere al pasaje
Ejus (Petri) sedes primitus apud vos fuit, quæ póstea, jubénte Dómino, Romána transláta est, cui, adminículante grátia divína, hodiérna præsidémus die
de la Carta a los Obispos de la Provincia de Antioquía, que le había sido atribuida a este Papa junto a la Carta a Majencio, con duda de Baronio. San Roberto Belarmino también la cita en De Románo Pontífice, libro IV, cap. IV.
 
[4] «Sanctíssimus, apostólicus, universális». Esta aclamación es recogida en las Actas del Concilio de Calcedonia, en las que se dice de los legados «locum tenéntes beáti et apostólici viri tótius Ecclésiæ papæ». El apelativo de Apostólico se usó antes de San León Magno, y continuó usándose algún tiempo después: el emperador Máximo escribió al Papa Siricio: «Apostólico viro Sirício» (Patrología Latína 15, col. 591A). y en la Colléctio Avellana: Corpus Scriptórum Ecclesiasticórum Latinórum 35 (Viena, 1895) p. 223. se lee «Apostólico Patri patrum Gelásio»; en p. 614, 18, «Apostólico Patri Hormísdæ». Cf. también p. 644,5.
  
[5] Concilio de Constanza, sesiones VIII (condena de los errores de Juan Wiclef) y XV (condena de los errores de Juan Hus).
  
[6] «Diffinímus Sanctam Apostólicam Sedem et Pontíficem Románum, in univérsum orbem tenére primátum, ac successórem esse Petri, et verum Christi vicárium totiúsque Ecclésiæ caput, et ómnium christianórum patrem et doctórem existéntem, et ipsi in beáto Petro, pascéndi, regéndi, gubernándi universálem Ecclésiam, a Dómino Jesu Christo potestátem plenam esse tráditam» [Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones] (Concilio de Florencia, sesión 24, 24 de Marzo de 1439. En Mansi, vol. 51, 1051).
Durante este Concilio se promulgó una Profesión de fe para los Abisinios, que Eugenio IV hizo enviar al emperador Constantino (en geʽez ቈስታንቲኖስ/Kwestantinos, nacido Zar’a Ya’qob/ዘርዐ፡ያዕቆብ, “Semilla de Jacob”; reinó entre 1434 y 1468) el 4 de Febrero de 1441 por medio de Nicodemo, abad etíope de Jerusalén y Juan, abad del monasterio de San Antonio en Egipto. A la sazón, la iglesia de Etiopía (que seguía el miafisismo copto) estaba dividida por una centenaria lucha en la observancia dominical, que según el monje Eustacio (en geʽez ኤዎስጣቴዎስ/ʾĒwōsṭātēwōs, nacido Māʿiqāba ʾIgzi/ማዕቃበ፡እግዚ, “Confianza de Dios”) comenzaba desde el sábado en vez de abarcar solo el domingo, como se usa en Alejandría, además de los seguidores del herético monje Esteban de Gwendagwende (que antecedió por setenta años a Lutero, el monje maldito).

EL AGUA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

El agua de San Ignacio de Loyola es un sacramental empleado principalmente para prevenir enfermedades en quienes la beben devotamente, como se ha presenciado en muchos casos.
  
Históricamente, han habido dos fórmulas, que fueron publicadas en un artículo por el padre Édouard Terwecoren SJ, y traducido al italiano por Raffaele Mencacci en 1864. La fórmula actual contenida en el Ritual Romano tradicional para bendecir el agua de San Ignacio se basa en la que fue transmitida por el padre Jan Philipp Roothaan ter Horst SJ, 21.º Prepósito General de la Compañía, y aprobada por Pío IX el 31 de Agosto de 1866.
 
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini (Nuestro auxilio es el nombre del Señor).
℟. Qui fecit cœlum et terram (Que hizo el cielo y la tierra).
℣. Sit nomen Dómini benedíctum (Sea bendito el nombre del Señor).
℟. Ex hoc nunc et úsque in sǽculum (Desde ahora y por los siglos).
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam (Señor, escucha mi oración).
℟. Et clamor meus ad te véniat (Y mi clamor llegue hasta Ti).
℣. Dóminus vobíscum (El Señor esté con vosotros).
℟. Et cum spíritu tuo (Y con tu espíritu).
       
ORATIO
Dómine Sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus, qui benedictiónis tuæ grátiam ægris infundéndo corpóribus, factúram tuam multíplici pietáte custódis, ad invocatiónem nominis tui benígnus assiste; ut intercedénte beáto Ignátio confessóre tuo, fámulos tuos ab ægritúdine liberátos et sanitáte donátos, déxtera tua érigas, virtúte confírmes, potestáte tueáris, átque Ecclésiæ tuæ sanctæ cum omni prosperitáte restítuas. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum [Señor Santo, Padre omnipotente y eterno Dios, el cual, infundiendo las bendiciones de vuestra gracia sobre los cuerpos enfermos, custodiáis con múltiple piedad las obras de vuestras manos, dignaos escuchar benignamente la invocación de vuestro nombre, y por la intercesión del bienaventurado San Ignacio, vuestro Confesor, librad a vuestros siervos enfermos de sus enfermedades, y levantadlos curados con el poder de vuestra diestra, fortalecedlos, protegedlos y restituidlos llenos de toda prosperidad a vuestra santa Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos]. Amen.

Se sumerge en el agua la medalla, o reliquia, de San Ignacio, y se tiene sumergida hasta el fin de la siguiente oración:
Béne ✠ dic, Dómine, hanc áquam, ut sit remédium salutáre géneri humáno; et per intercessiónem beáti Ignátii, cujus numísma (vel relíquiæ) in eam immérgitur, præsta, ut quicúmque ex illa súmpserint, córporis sanitátem et ánimæ tutélam percípiant. Per Christum Dóminum nostrum [Bendecid, oh Señor, esta agua, a fin que sea un remedio salvífico para el género humano; y conceded, por la intercesión de San Ignacio, cuya medalla (o reliquia) fue sumergida en ella, que cuantos la beban reciban la salud del cuerpo y la protección del alma. Por Jesucristo nuestro Señor]. Amén.
  
Se saca del agua la medalla o reliquia.
  
ORATIO
Deus, qui ad majórem tui nóminis glóriam propagándam, novo per beátum Ignátium subsídio militántem Ecclésiam roborásti: concéde; ut ejus auxílio et imitatióne certántes in terris, coronári cum ipso mereámur in cœlis. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum [Oh Dios, que para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el Cielo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos]. Amen.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

ORACIÓN A SAN ROBERTO BELARMINO

Tomada del COLLECTIF SAINT ROBERT BELLARMINE (Francia). Traducción propia.
   
  
ORACIÓN A SAN IGNACIO DE LOYOLA CONTRA LA MASONERÍA
Oh San Ignacio, mi amado Patrón, tú has tomado a Jesús por Cabeza en la guerra que has librado contra el Infierno, ardiendo con el deseo de asegurar el reino de Dios en todas partes. Ahora, he aquí que una sociedad impía, que se enorgullece de tener al príncipe de las tinieblas por cabeza, extiende sus estragos por toda la tierra y hace una guerra a muerte contra Jesucristo y contra las almas.

Ella juró exterminar a la Iglesia de Dios, destruyendo el poder temporal y espiritual del Vicario de Jesucristo, secando la fuente de vocaciones sacerdotales y religiosas, derrocando la fe mediante la corrupción de las costumbres y preparando generaciones sin Dios, a través de la educación impía de la niñez y la juventud.

¡Oh valiente Soldado de Jesucristo y de su Iglesia, depende de ti elevar el estandarte de la guerra contra el diablo y contra sus secuaces criminales! ¡Depende de ti suplicar a la Virgen Inmaculada que aplaste la cabeza de la serpiente infernal y haga resplandecer la gloria de su inmaculada Concepción!

Oh buen Padre, tú que eres tan poderoso contra los demonios, reprime su audacia y arrójalos al abismo; humilla y quebranta a los enemigos de Dios; salva de sus manos las almas que han seducido; pero sobre todo, oh gran Santo, ten piedad de los jóvenes, sálvalos de la pérdida de la fe. Así sea.

ORACIÓN DE LA MISA 
Oh Dios, que para hacer retroceder las trampas del error y defender los derechos de la Sede Apostólica has dotado a tu Pontífice y Doctor el Bienaventurado San Roberto, de una ciencia y una virtud admirables: haz que por sus méritos y su intercesión, crezcamos en el amor de la verdad y que los corazones de los perdidos vuelvan a la unidad de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

LETANÍA
Sagrado Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan, ten piedad de nosotros.
  
Oh María, terrible como un ejército en orden de batalla, ayúdanos.

Nuestra Señora de La Salette y Fátima, ayúdanos.

San José, Terror de los demonios y Protector de la santa Iglesia, ayúdanos.

San Miguel Arcángel, abanderado de la Santísima Trinidad y nuestro auxilio en todas nuestras adversidades, ayúdanos.

San Pedro y San Pablo que intercedeis sin cesar por la santa Iglesia, ayúdanos.

San Ignacio de Loyola y San Roberto Belarmino, flagelos de herejías y poderosos refuerzos de la Iglesia militante, ayudadnos.

Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, pilares de la Iglesia y defensores de la fe que aplasta las herejías, ayudadnos.

San Remigio, Santa Genoveva, Santa Clotilde, San Luis, Santa Juana de Arco, San Vicente de Paúl y todos los santos de Francia, ayudadnos.

Todos los Santos y Ángeles, ayudadnos en la lucha.