lunes, 30 de octubre de 2017

LÍDERES ISRAELÍES APELAN A LA VIOLACIÓN (Y los media sionistas no lo publican)

Traducción del artículo publicado por Michael Hoffman en ON THE CONTRARY.
  
Los medios masivos manufacturan noticias falsas no solamente por comisión (trasmitiendo o imprimiendo mentiras), sino también por omisión (sembrando ignorancia y creando falsas impresiones al suprimir hechos noticiosos que el público tiene derecho a conocer)”. (Michael Hoffman)
   
Dos de los más egregios casos de este tipo de falsas noticias involucran al célebre “cotidiano de mayor tirada” del sionismo de izquierda, el New York Times, que ha rechazado informar que el profesor israelí Mordechai Kedar de la Universidad Bar-Ilan [1] y el Gran Rabino militar israelí Eyal Karim (también pronunciado “Qarim”) exhortan a violar mujeres árabes.
   
Mordechai Kedar y Eyal Moshe Karim
  
El NY Times considera indignos de ser informados los inconcebibles pronunciamientos del Rabino jefe y el profesor universitario israelí.
  
Las opiniones del rabino Karim y el profesor Kedar subvierten la narrativa de los medios mainstream, toda vez que destruyen radicalmente la imagen falsa que éstos han difundido de la religión rabínica como supremo pilar ético y humano de la civilización occidental.
  
Para proteger esta desinformación incesantemente propagada, el NYTimes suprime el hecho de que el llamado a la violación se deriva de la ley rabínica. El rabino Moisés Maimónides, la suprema autoridad jaláquica entre los asquenazíes, definió que un soldado judío puede violar una Yefas To’ar (יְפַת־ תֹּ֑אַר, mujer goy cautiva) cuando no esté luchando activamente en batalla (cf. Hilchos Melachim 8, 3).
  
Además, según el estudioso judaico Dov Solomon Zakheim (en Meorot vol. 6, número 1, pág. 5), “Es objeto de consenso de muchos decisores jaláquicos (jueces en ley rabínica) que las yefat to’ar pueden ser sujetos de relaciones sexuales no consentidas...”. El rabino jefe militar israelí coincide.
  
“Las guerras de Israel […] son guerras mitzvá (bendecidas por Dios), las cuales difieren del resto de las guerras que las naciones (goyim) mueven entre sí. Puesto que, esencialmente, la guerra no es un asunto individual, sino que las naciones hacen la guerra como un todo, hay casos en que la personalidad individual es “borrada” para beneficio del grupo. Y viceversa: a veces arriesgas una gran unidad para salvar a un individuo, cuando es esencial para propósitos morales. Uno de los valores más importantes y críticos durante la guerra es mantener la capacidad de lucha del ejército […]
  
Como en la guerra la prohibición contra arriesgar tu vida se supera para beneficio de los demás, así también las prohibiciones contra la inmoralidad y relativas al kashrut (kosher). El vino tocado por gentiles, cuyo consumo es prohibido en tiempos de paz, es permitido en la guerra, para mantener la moral de los guerreros. Consumir alimentos prohibidos es permitido en la guerra (y algunos dicen, incluso cuando hay disponible comida kosher), para mantener la aptitud de los soldados, incluso aunque esté prohibido en tiempos de paz.
  
Así, la guerra remueve algunas de las prohibiciones sobre relaciones sexuales (גִּלּוּי עֲרָיוֹת‏, gilúi arayot), e incluso aunque fraternizar con una mujer gentil es un asunto muy serio, era permitido durante el tiempo de guerra (bajo términos específicos) fuera de lo que se entiende por las dificultades afrontadas por los soldados. Y puesto que el éxito completo en la guerra es nuestro objetivo, la Torá permite al individuo satisfacer las malas inclinaciones (יֵצֶר הַרַע, yetzer hará), bajo las condiciones mencionadas, con el propósito del éxito de la totalidad”.
   
Las palabras del rabino Karim serían ultrajantes incluso si no fuera el principal maestro y consejero espiritual del ejército, armada y fuerza aerea israelíes que mantienen en sus garras a la casi indefensa población cautiva de Palestina.
  
El ejercicio de este poder y autoridad por el Gran Rabino militar llamando a la violación de mujeres no judías, y que esta doctrina monstruosa sea ocultada tras un velo de silencio por el aclamado “cotidiano de mayor tirada” en los Estados Unidos, y por casi todos los medios del Establecimiento, es una grave acusación contra el periodismo corporativo en los Estados Unidos.
   
Nuestra indignación aumenta en vista del hecho de que el menor indicio de una ideología o praxis de violación en cualquier lugar de la vida estadounidense (en especial si proviene de un alto cargo gubernamental), incita (casi justamente) el horror y la protesta furiosa. Mientras, los activistas del Título IX (prohibición del discrimen por razón de sexo) y las feministas del Partido Demócrata han estado extrañamente indiferentes en relación a los millardos de dólares de los contribuyentes estadounidenses que son enviados a una nación que tiene como Gran Rabino militar a un malhechor que justifica el violar mujeres que no son judías.
   
NOTA
[1] Mientras el llamado de Kedar a la violación no apareció nunca en la sección de noticias del NY Times, o en ninguna sección de su edición estadounidense (que es la más ampliamente leída), exactamente una oración fue dedicada al apelo de Kedar a la violación en una columna editorial publicada solamente en ultramar, en el “International New York Times”. En contraste, en relación a una simple denuncia de violación en las preparatorias Hobart y William Smith del norte de Nueva York, el NY Times, que se considera un líder periodístico en su campaña contra la violación, publicó una gran exposición, comenzando por la portada de su edición estadounidense del 13 de Julio de 2014.
   
Cuando una violación es endilgada a un goyim, el NY Times está en la primera línea para reportarla.
   
Cuando la ley judaica y los líderes religiosos y seglares israelíes son implicados en la institucionalización de la violación en la sociedad y el ejército israelí, el New York Times es culpable por perpetrar falsas noticias omitiendo reportar esos hechos; y por tanto, escudando la reputación de la religión rabínica y sus exponentes.
   
Los medios neocones de la derecha sionista y los republicanos “conservadores” en los Estados Unidos son igualmente culpables por haber suprimido desgraciadamente estas verdades por el mismo motivo manipulador: negarle al pueblo estadounidense noticias factuales sobre el judaísmo ortodoxo, el aparato militar israelí y la sociedad israelí como un todo.

SAN ALONSO RODRÍGUEZ, COADJUTOR JESUITA

Visión de San Alonso Rodríguez (Zurbarán)
  
Desaparecida su partida de bautismo, discuten los modernos biógrafos del Santo la fecha de su nacimiento, pareciendo casi seguro que éste tuvo lugar en Segovia el año 1533. Fue hijo de Diego Rodríguez y de María Gómez, dedicados al comercio de paños, y fue el segundo de los once hijos, siete varones y cuatro hembras, nacidos de este matrimonio. Cuando Alonso tenía doce años llegaron a Segovia dos de los primeros jesuitas, que se hospedaron en casa de Diego Rodríguez y, después de practicar su apostolado en la ciudad, se retiraron a una casa de campo. Durante todo el tiempo que estuvieron en Segovia tuvo el niño Alonso verdadera intimidad y trato con ellos, y los padres le enseñaron la doctrina cristiana, a rezar el rosario, a ayudar a misa y a confesarse.
 
Uno de estos padres era nada menos que el padre Fabro, y, aunque San Alonso olvidó sus nombres, recordó toda su vida y evocaba en su ancianidad estas enseñanzas recibidas en la niñez. Su padre envió a Alonso y a su hermano mayor a estudiar a Alcalá en el colegio de jesuitas allí fundado por el padre Francisco Villanueva, amigo de la familia, y a quien fueron encomendados los dos hermanos. No estuvo allí Alonso mas que un año, pues, fallecido su padre, la madre decidió que el primogénito continuase los estudios y Alonso regresase a Segovia para ponerse al frente del negocio paterno. Parece que el Santo no reunía grandes condiciones para el comercio, y el negocio iba cada día peor. Por consejo de su madre se casó con una joven montañesa llamada María Juárez, que poseía algunos bienes de fortuna. De este matrimonio nacieron dos hijos, pero la desgracia perseguía a Alonso, que perdió primeramente a uno de los hijos y a su mujer. Ya viudo, se murieron el otro hijo y la madre del Santo, que así quedó solo.
 
Se produce entonces en su alma una profunda crisis, decidiendo entregarse a una nueva vida, que inicia con una confesión general hecha con el padre Juan Bautista Martínez, predicador de la Compañía. Después pasó tres años de rigurosa penitencia con disciplinas cotidianas, cilicio, ayunos, cuatro horas y media diarias de oración y comunión cada ocho días. En una de sus memorias escrita en 1604 (Obras, tomo I, págs. 15-17) nos explica el Santo cómo en esta época fue ascendiendo de la oración vocal a la oración extraordinaria y sobrenatural, iniciándose ya las visitas de Jesucristo y la Virgen, tan constantes durante el resto de su vida. Después de seis años de esta vida hace en 1569 cesión a sus hermanas de sus bienes y se va a Valencia en busca de su confesor, el padre Luis Santander, rector del colegio de la Compañía en esta ciudad, y con el propósito de ingresar en la misma. Para esto se presentaron dificultades casi insuperables: su edad, su falta de estudios, su poca salud.
 
El padre Santander lo colocó primero en casa de un comerciante, después de ayo de un hijo de la marquesa de Terranova. Vistas las dificultades para ingresar en la Compañía, y obedeciendo a la sugestión de un conocido en quien el Santo creía ver después una influencia diabólica, formó el propósito de dedicarse a la vida eremítica. Se produce entonces una crisis decisiva para su futura vida espiritual, pues, cuando dió cuenta al padre Santander de su proyecto, éste le dijo: “Me temo, hijo, que os perdéis, porque veo que queréis hacer vuestra voluntad”. Ante estas palabras la conmoción de Alonso fue extraordinaria, haciendo allí mismo firme propósito de no realizar nunca su voluntad en los restantes dias de su vida. Esto explica una de las notas características de la espiritualidad del Santo: la obediencia ciega y absoluta.
    
Finalmente, todas las dificultades para el ingreso de Alonso en la Compañía fueron vencidas por la decisión del padre Antonio Cordeses, uno de los grandes espirituales jesuitas y provincial a la sazón, que dijo que “quería recibir a Alonso Rodríguez en la Compañía para que fuese en ella un santo y con sus oraciones y penitencias ayudase y sirviese a todos”. Fue admitido en 31 de enero de 1571. En este mismo año, el 10 de agosto, llegaron a Palma, enviados desde Valencia para ingresar en el colegio de Monte Sión, dos padres y un hermano. Era éste el hermano Alonso Rodríguez, que desde este momento residió en Monte Sión, desarrollándose allí todos los acontecimientos de su vida religiosa. En 5 de abril pronunció sus votos del bienio o votos simples. Doce años más tarde, en 1585. también en 5 de abril, hizo sus últimos votos de coadjutor.
 
En este lapso de tiempo entre los dos votos hay que situar el periodo más duro y doloroso de su vida espiritual: los siete años llenos de sufrimiento y de terribles tentaciones, que el Santo nos relata en sus escritos. A partir de 1572 se hizo cargo del puesto de portero, que desempeñó sin interrupción durante más de treinta años, hasta mediados de 1603. Según nos relata el padre Francisco Colín, habiendo pasado ya de los setenta y dos años, “consumida su salud con la lucha perpetua de su carne y espiritu, y quebrantadas las fuerzas..., advirtiendo los superiores que no tenia sujeto para tanto trabajo ni pies para tantos pasos, habiéndole eximido primero de subir escaleras y otras cargas pesadas del oficio, se lo hubieron finalmente de quitar todo y encomendaron otros más llevaderos... Y esto hasta el año 1610, que los siete restantes ni para esto estuvo”.
  
Un conjunto de enfermedades le obligó en el año 1617 a guardar cama, no levantándose ya más, falleciendo en medio de acerbos sufrimientos en 31 de octubre de 1617 con el nombre de su amado Jesus en los labios.
 
En la manuscrita Historia de Monte Sión se nos cuenta cómo desde 1635 se inició con limosnas la construcción de una capilla de traza y arquitectura “curiosa y magnífica” para, además de a otros servicios religiosos, destinarla a guardar en ella el cuerpo del venerable hermano Alonso Rodríguez. Esto no se realizó sino mucho después. Hasta 1760 no declaró Clemente XIII heroicas sus virtudes. La causa de beatificación del hermano Alonso fue interrumpida en razón de las vicisitudes sufridas en esta época por la Compañía con las persecuciones, que culminaron en la supresión, llevada a cabo por el papa Clemente XIV. El proceso se activó cuando en 1816 Pío VII restableció la Compañía y los padres volvieron al colegio de Palma en 1823. El 25 de mayo de 1825 León XII le proclamaba Beato y, finalmente, León XIII, en 15 de enero de 1888, canonizó al Beato Alonso Rodríguez al mismo tiempo que a su amado discípulo San Pedro Claver, el apóstol de los negros esclavos.
  
El conjunto de los opúsculos de San Alonso no obedece a un plan sistemático: pero pueden clasificarse en tres grupos, conforme a los fines para que fueron escritos: a) consejos espirituales, que el Santo daba por escrito, unas veces espontáneamente, otras atendiendo peticiones, y estos papeles fueron tan solicitados que los superiores llegaron a prohibir su salida del convento sin su autorización; b) notas en las que el Santo recogía sus inspiraciones para tenerlas presentes y conseguir su progreso espiritual, denominándolas Avisos para mucho medrar; c) la cuenta de conciencia, que, obedeciendo a sus superiores, debía dar periódicamente por escrito, de las gracias recibidas de Dios, de su espíritu, de sus sentimientos. Así se formó su Memorial o Autobiografía, que, empezada en mayo de 1604, llega hasta junio de 1616. El conjunto de los escritos reproducidos en la edición del padre Nonell está constituido por trece cartapacios en cuarto y cinco en octavo. Los elementos antes indicados están agrupados formando algunos trataditos. Por ejemplo: Tratadito de la oración, Tratado de la humildad..., Amor a Dios..., Contemplación y devoción a la Virgen, Avisos para imitar a Cristo, etc. Si a esto añadimos las cartas, tenemos el panorama de la producción literaria del Santo. La manera de escribir, que hemos indicado, dió ocasión a numerosas repeticiones de conceptos e ideas, como puede comprobarse en la copiosa edición del padre Jaime Nonell. Para remediar este inconveniente elaboró el padre Borrós su Tesoro ascético, donde en solas 183 páginas recoge lo fundamental de la producción del Santo. Finalmente, su doctrina ha sido plenamente sistematizada en la obra del padre José Tarragó.
  
San Alonso, que escribió por estricta obediencia sus confesiones más íntimas, nunca habla de sí, refiriéndose siempre a una cierta persona, cuyas vicisitudes espirituales se relatan. Dentro de la Compañía la obra de San Alonso puede ser considerada como el símbolo y modelo de la espiritualidad de los hermanos coadjutores, que, alcanzando la santidad con sus trabajos humildes y obscuros, representan una especial faceta del apostolado y espiritualidad del organismo a que pertenecen.
  
Aunque ningún aspecto de las etapas y manifestaciones de la vida espiritual dejan de tener su representación en el conjunto doctrinal de los escritos del Santo, creo que tres notas principales se destacan como las más caracteristicas y personales de esta espiritualidad: el ejercicio permanente para lograr la constante y auténtica familiaridad con Dios, la ciega obediencia y profunda abnegación de sí mismo, el amor y deseo de la tribulación, que el Santo consideraba el mayor bien que se puede recibir de Dios. Desde aquella promesa que hizo al confesarse en Valencia con el padre Santander, el Santo consideró la ciega obediencia como el primer deber. Él mismo, hablando de sí dice: “Lo que le pasa a esta persona con Dios sobre esta materia de la obediencia es que era tan cuidadosa en obedecer a ciegas que un padre le dijo que obedecía a lo asno”. Se cuentan de él sucedidos que recuerdan por su ingenua simplicidad los relatos referentes a los humildes compañeros de San Francisco de Asís. En una ocasión, hallándose enfermo, el enfermero le lleva la comida, ordenándole de parte del superior que coma todo el plato. Cuando regresa el enfermero le encuentra deshaciendo el plato y comiéndoselo pulverizado.
   
Los beneficios de la tribulación los expuso San Alonso en un encantador escrito titulado Juegos de Dios y el alma. Un breve texto nos explica las ganancias del alma beneficiándose con la tribulación:
“Y el juego es de esta manera: que juega Dios con el alma, su regalada y querida, y el alma con su Dios, al cual ama con amor verdedero, y juega con Él a la ganapierde. Y es que, perdiendo en esta vida, según el uso del mundo, gana ella; y es que permitiendo Dios que sea maltratada, perdiendo, gana, callando y sufriendo el mal tratamiento, no se vengando, como se venga el mundo
  
Pasa adelante el juego, y es que el alma va siempre perdiendo de su derecho, según su carne y el mundo le enseña; y así, perdiendo, gana, porque, si ganase según el mundo y la carne le enseña, quedaría perdida. ¡Oh juego enseñado por Dios al alma, cuan digno sois de ser ejercitado!”.
  
El Santo escribe en el sabroso castellano popular y corriente de la época y sin pretensiones literarias. A veces logra páginas de verdadera belleza, cuando expone doctrinas por las que siente apasionado entusiasmo: tal ocurre al explicar los frutos que se obtienen con el Ejercicio de la presencia de Dios:
“Pues así como todas las plantas y criaturas de la tierra, con la comunicación y presencía del sol reciben de él gran virtud y las causa que crezcan y den fruto, así las almas que andan siempre en la presencia de Dios reciben de este Señor gran virtud y es causa que crezcan y den gran fruto de virtudes y buenas obras, enseñándolas grandes cosas de perfección. Y si las flores, y rosas, y los árboles reciben de parte del sol con su presencia y comunicación tanta hermosura y lindeza, y si él les faltase pondrían luto, como si fuesen sensibles. Como se ve en algunos géneros de rosas o flores, que cuando el sol quiere salir dan muestra de alegría descubriendo su hermosura y belleza con la venida y presencia del sol, que parece que le salen a recibir alegres; y cuando el sol se va de su presencia parece que ponen luto, porque luego cubren su hermosura, que parece a nuestra tristeza, por su ausencia, hasta que vuelva y le salgan a recibir con su acostumbrada hermosura y alegría; así, ni más ni menos, el alma que no reside y anda delante de su Dios, ¿cómo vivirá con tanta tristeza? ¿Quién alegrará su corazón? ¿Quién dará luz a su entendimiento? ¿Quién la encenderá en el amor divino?” (Obras, tomo III, pág. 493).
  
Pero la verdadera influencia espiritual no la ejerció San Alonso Rodríguez con sus obras, que permanecieron inéditas hasta el siglo XIX. El humilde y santo portero de Monte Sión fue durante su vida un foco radiante de espiritualidad. Dentro del convento los superiores, so pretexto de poner a prueba su obediencia, le obligaban a pronunciar pláticas en el refectorio y a contestar a consultas sobre temas arduos de doctrina, que eran siempre esclarecidos por la luminosa experiencia de su vida espiritual. Mediante su correspondencia con personalidades de Palma y de España entera ejerció un verdadero magisterio: pero aún sería mas importante la lista de cuantos recibieron directamente su enseñanza, desde los padres superiores del colegio hasta los novicios que por él pasaban.
  
Representativa de esta influencia del humilde portero es la gran figura de San Pedro Claver. Cuando llegó como novicio tuvo San Alonso la revelación de que aquel joven había de ser santo por los merecimientos de su apostolado en las Indias. Es uno de los episodios más conmovedores de la historia de la espiritualidad española esta profunda y tierna intimidad entre los dos santos. Cuando el joven Pedro Claver partió de Monte Sión consiguió licencia para poder llevarse el cuadernito de avisos espirituales que le había dado el hermano portero Alonso. Estas hojas, que hoy se conservan piadosamente en el Archivo de Loyola, acompañaron al Santo en todas las tremendas vicisitudes de su vida. Su última gran alegría fue recibir en Cartagena de Indias, poco antes de su muerte, la Vida de San Alonso Rodríguez, publicada por el padre Colín. Paralítico y clavado en un sillón escuchaba la lectura de este libro, que evocaría en su mente recuerdos de su juventud en el colegio de Monte Sión, haciéndole sentir la nostalgia de aquellas tierras y de aquellos mares impregnados del recuerdo de Raimundo Lulio, que marcó a la cristiandad aquella ruta de apostolado heroico en cuya práctica consumió su vida abnegada el santo apóstol de los negros esclavos.
 
Finalmente San Alonso Rodríguez es uno de los grandes santos de la Compañía de Jesús. Hombre de pocas letras, aunque muy dado a piadosas lecturas, su doctrina no es producto de una cultura libresca, sino el resultado de una experiencia espiritual, que logró elevarse a las más altas cimas de la vida mística. Como hemos visto, por circunstancias que parecen providenciales, toda su formación estuvo vinculada desde la niñez a la Compañía de Jesús, viniendo a ser este humilde hermano portero una de las pruebas vivientes de que se equivocan los que sostienen que la espiritualidad jesuítica es casi exclusivamente ascética.
 
PEDRO SÁINZ RODRÍGUEZ. Año Cristiano, Tomo IV. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
Oh Dios, fortaleza de los frágiles y elevación de los humildes, que quisiste iluminar la fama de tu siervo Alonso por el anhelo del yugo de las mortificaciones y su eximia humildad, concédenos que, siguiendo su ejemplo, perseveremos en seguir fielmente a tu Hijo en la mortificación de la carne y la humildad de la Cruz, y obtengamos la gloria eterna. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

domingo, 29 de octubre de 2017

SERMÓN DE LA FIESTA DE CRISTO REY

Tomado de RADIO CRISTIANDAD.
  
  
Es rey del mundo entero, y nada puede substraerse a su poder. Él mismo lo dijo antes de su Ascensión: “Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra” (Mt 28, 18).
  
Jesucristo delante de Pilatos afirmó por tres veces que es Rey, y negó que sea Rey en el sentido que lo entendían Pilatos y los judíos... y como lo entienden muchos de los católicos de hoy...
  
Es cierto que Jesucristo dijo: “Mi Reino no es de aquí”...
  
Pero no dijo: “Mi Reino no está aquí”...
  
Jesucristo afirmó delante de Pilatos que su Reino no es de este mundo (S. Juan 18, 36). Eso significa que su Realeza no es originaria de este mundo...: “Mi Reino no viene de este mundo”...
  
El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero está en este mundo; y su Realeza se ejerce sobre la tierra.
 
Jesucristo dijo “Mi Reino no viene de este mundo”, no viene de las potencias mundanas, de los soldados, de una elección ejercida por el pueblo o por los banqueros internacionales y las grandes potencias de las Altas Finanzas...
  
Sus Derechos vienen de su carácter propio, a causa de ser Aquél que es, es decir, el Hijo de Dios. Los hombres no le dieron sus Derechos, y los hombres no pueden retirárselo.
  
Jesucristo se negó a dejarse declarar Rey para disociar su Reino de las engañosas esperas mesiánicas de los judíos: liberación del yugo romano y soberanía mundial.
  
Dirigiéndose a un gobernador romano, indica que sus Derechos, esencialmente sobrenaturales, no amenazan al emperador; no compite con los derechos terrestres, de los cuales no tiene ni los límites, ni la fragilidad, ni las ambiciones mezquinas.
  
Pío XI enseña, en efecto, en la Encíclica Quas primas que el Reino del Cristo “es principalmente espiritual y se refiere antes que todo al orden espiritual”
  
Pero Pío XI prosigue:
“Sería un error grueso rechazar a Cristo Hombre la soberanía sobre las cosas temporales, cualesquiera que sean: tiene del Padre sobre las criaturas un derecho absoluto, permitiéndole disponer de él voluntariamente”
  
Nuestro Señor quiere en primer lugar salvar las almas, reinar en ellas por su gracia. Distinguió cuidadosamente la sociedad religiosa que fundaba (la santa Iglesia) de la sociedad civil. Les dejó el poder a los reyes de la tierra.
  
Pero los Derechos de Cristo existen, y las autoridades temporales tienen el deber de reconocerlos públicamente en cuanto tengan conocimiento.
  
Para los Jefes de Estado, el reconocimiento público de los Derechos de Cristo es un deber, en primer lugar, de justicia hacia Nuestro Señor; es también un deber hacia sus súbditos, a los que ayudan así a salvarse; es, por fin, un deber para con la Iglesia, a la que debe sostener en su misión.
 
Esto es lo que se denomina la Realeza Social de Jesucristo.
  
¿Por qué hacer tanto hincapié en la Realeza Social de Jesucristo? ¿No basta con ocuparse de la parte fundamental, su reino en las almas? ¡NO!
   
El hombre no es un puro espíritu. Pío XII enseña:
“De la forma otorgada a la sociedad, en armonía o no con las leyes divinas, depende y se infiltra el bien o el mal de las almas”
 
Dios quiso crear a una sociedad propiamente religiosa (la santa Iglesia), distinta de la sociedad civil. El hombre debe pues pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un único fin último. No puede ir en dos direcciones a la vez.
  
Ahora bien la vida temporal se le da para preparar la vida eterna. El Estado, cuyo ámbito propio es lo temporal, no puede, pues, organizarlo independientemente del fin último.
  
No se encomienda directamente al Estado la felicidad eterna, pero sí indirectamente. Si lo descuida, olvida la parte más importante del bien común.
  
Tal es la enseñanza de los Padres de la Iglesia, de Santo Tomás y de los Papas.
 
Después de la Revolución de 1789, cuando los poderes temporales dejaron de ejercer su función, los Papas debieron tratar detenida y explícitamente este punto.
  
Todos los Papas, hasta Pío XII, son unánimes; y Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey contra el “liberalismo”, que afirma la laicidad del Estado y niega los Derechos de Jesucristo.
  
La Iglesia y el Estado, ¿no deben estar separados? ¡NO!
  
La Iglesia y el Estado son dos sociedades distintas; pero su estricta separación es absurda y contra la naturaleza.
   
No se olvide que el hombre es un cristiano y un ciudadano. No debe ser cristiano solamente en su vida privada, sino también en todos los ámbitos de su vida.
  
Debe, pues, el Estado realizar una política cristiana, esforzándose en poner de acuerdo las leyes civiles con las leyes divinas.
  
Tomemos el ejemplo del hombre: es la unión de un cuerpo y de un alma. Si los separan, no hay más hombre: es la muerte.
  
El laicismo designa la separación de lo civil y de lo religioso; la separación de los poderes políticos y administrativos del Estado del poder religioso de la Iglesia.
  
El laicismo, la separación de la Iglesia y del Estado, fue condenado por varias Encíclicas y documentos romanos, incluidos Mirári Vos, Quánta Cura, Sýllabus, Veheménter, Gravíssimo Offício Múnere, Jamdúdum y Quas Primas.
  
Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey. Ahí aquí lo que escribió:
“Es Nuestra resolución proveer a las necesidades del tiempo presente, de aportar un remedio eficaz a la peste que corrompió a la sociedad humana. Lo hacemos prescribiendo al universo católico el culto de Cristo Rey. La peste de nuestro tiempo es el laicismo, con sus errores y sus empresas criminales.
 
Una fiesta celebrada cada año en todo el pueblo en honor de Cristo Rey será soberanamente eficaz para incriminar y reparar de alguna manera esta apostasía pública, tan desastrosa para la sociedad, que generó el laicismo.”
  
La Historia pone de manifiesto rápidamente que el “laicismo liberal”, que se pretende neutro frente a la religión, le es realmente profundamente hostil. Terminó por deificar al Estado y se organizó esto en un sistema filosófico monstruoso e idolátrico: la “estato-latría”...
  
El liberalismo generó el modernismo, la última herejía, que, más aún que las herejías anteriores, niega de una manera feroz y radical los Derechos de Cristo.
 
Releamos a Monseñor Marcel Lefebvre:
“Y bien veis que de eso estamos muriendo: en nombre de la libertad religiosa del Vaticano II que se han suprimido los Estados todavía católicos, se los ha laicizado, se ha borrado de las constituciones de dichos Estados el primer artículo que proclamaba la sumisión del Estado a Dios, su autor, o en el cual hacía profesión de la verdadera religión. Esto es precisamente lo que los masones no querían escuchar más (...) La libertad religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien; pues es eso lo que respondo a Roma, cada vez que quieren obligarme a aceptar globalmente el Concilio o especialmente la declaración sobre la libertad religiosa. Rechacé firmar ese acto conciliar el 7 de diciembre de 1965, y ahora, veinte años más tarde, las razones para no hacerlo no han hecho más que aumentar. ¡No se firma una apostasía!” (Lo destronaron, páginas 73 y 75).

¿Cuáles deben ser, por lo tanto, las relaciones entre la Iglesia y el Estado?
  
En el orden normal de las cosas, el Estado debe ser oficialmente católico. Debe pues adherirse a la religión católica y declararla religión de Estado, protegerla y favorecerla, hacer de sus fiestas días festivos y participar oficialmente, en la persona de los hombres políticos, en las celebraciones litúrgicas.
  
Debe velar para que los mandamientos de Dios encuentren su expresión en las leyes civiles, como, por ejemplo, el respeto del descanso dominical y la prohibición del divorcio, la contracepción y el aborto.
  
Debe, por otro lado, ayudar a las escuelas católicas y a los establecimientos caritativos.
  
Me dirán: eso es muy bueno, pero es un ideal y no una realidad. En nuestros días, en efecto, los que mandan son los masones.
  
Aquí se plantea una objeción lógica: “De hecho, Jesucristo no fue nunca el Rey del Mundo”.
  
Esta objeción corresponde a la pregunta irónica de Pilatos: “Entonces, ¿tú eres Rey?...”
  
Veía a Nuestro Señor en una situación bien poco compatible con cualquier derecho…
  
Mientras tanto, “no queremos que éste reine sobre nosotros”, gritaban los judíos fuera...
  
Esta objeción corresponde también a la situación actual...
  
Lo hemos dicho, hoy día Jesucristo no reina de verdad... Pero, como El mismo lo dijo, si los súbditos de un Rey se rebelan contra él, no deja, sin embargo, de ser su Rey; conserva el poder de castigarlos y de someterlos posteriormente. Si no tuviese este poder, no sería verdaderamente Rey.
 
La contraparte de la objeción y su refutación está, por lo tanto, en la respuesta de Cristo a Pilatos: “Mi Reino no viene de este mundo”.
  
Jesucristo declara aquí solemnemente, al final de su vida pública, sus Derechos ante un tribunal y a riesgo de su vida...
  
Y a esta declaración de sus Derechos, la proclama “dar testimonio de la Verdad”, y afirma que su Vida no tiene otro objetivo. Y eso le costó la vida...
  
Aparentemente han ganado los que decían: “No queremos que este reine sobre nosotros; no tenemos otro Rey que el César”...
  
Pero en la cumbre de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero escrito en tres lenguas, hebreo, griego y latín, donde se podía leer: “Jesús de Nazareth Rey de los Judíos”...
  
Y esta Cruz es la respuesta a los que, hoy en día, se escandalizan por la impotencia del Catolicismo ante la gran crisis espiritual y material que reina sobre la tierra.
  
Creen que la crisis actual es una gran desobediencia a Jesucristo y, por consiguiente, dudan que Cristo sea realmente Rey..., como dudó Pilatos, viéndolo atado e impotente...
  
Pero la crisis actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran insubordinación, es el castigo de una gran rebeldía y es la preparación de la gran restauración del Reino de Cristo.
  
El Hombre Moderno, que cayó en cinco rebeliones y cinco idolatrías, es castigado ahora y es purificado por cinco castigos y cinco penitencias:
  1. Incurrió en la Idolatría de la Ciencia, con que quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo...; y la ciencia actualmente está muy ocupada en construir aviones, bombas y cañones para destruir las ciudades y las casas...
  2. Cometió la Idolatría de la Libertad, con que quiso hacer de cada hombre un pequeño jefe caprichoso...; y el mundo hoy se llena de déspotas..., y los propios pueblos piden brazos fuertes para salir de la confusión que generó esta loca libertad...
  3. Cayó en la Idolatría del Progreso, con que los hombres creyeron poder restablecer en poco tiempo un nuevo Paraíso Terrenal...; y ahí tenemos que el Progreso es el Becerro de oro, que hunde a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira y la muerte...
  4. Reincidió en la Idolatría de la Carne, a la cual pidió el Paraíso y las delicias del Edén...; y la carne desnuda del hombre, exhibida y adorada, herida, se rasga, se pudre y se disuelve como un inmundo abono sobre los campos de batalla y en las clínicas especializadas para los abortos...
  5. Insistió en la Idolatría del Placer, con que quiere hacer del mundo un Carnaval perpetuo y transformar a los hombres en niños agitados e irresponsables...; y el placer creó un mundo de enfermedades, sufrimientos y tormentos que hacen desesperar a todas las autoridades de la medicina...
  
¡Sí!... Los males que sufrimos hoy tienen su origen en una última desobediencia; pero reconfortan, porque la guadaña ya está puesta en la raíz. Estamos al final de un proceso mórbido que dura desde hace ya siete siglos.
  
Sí, hoy en día Jesucristo no reina de verdad, pero no deja de ser Rey; conserva el poder de castigar y someter nuevamente a sus súbditos rebeldes.
  
Más allá del clamor de la batalla en la cual se destruye a los hombres, en medio de la confusión y la nube de mentiras y fraudes en la que vivimos, el corazón oprimido por las tribulaciones del mundo y por nuestras propias pruebas, la Iglesia Católica, imperecedero Reino de Cristo, está de pie como su divino Maestro para volver a dar testimonio de la Verdad y defenderla.

Más allá del tumulto y de la confusión, los ojos fijos en la Cruz, en su experiencia de veinte siglos, confiando en las profecías sobre su futuro, lista para soportar la lucha, con la certeza del triunfo, la Iglesia, por su sola presencia y su silencio, dice a todos los Caifás, a todos los Herodes y a todos los Pilatos del mundo que esta palabra de su Fundador divino no fue inútil: ¡Yo soy Rey!
 
Preparémonos para su Venida... y aceleremos su Venida por la oración y el sacrificio.
  
Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras vidas transitorias y pobres pueden unirse a algo grande, triunfal, absoluto.
  
Dejemos de lado el egoísmo, nuestros pequeños caprichos, las ambiciones y los objetivos personales.
  
El que puede practicar la caridad, que se sacrifique por su prójimo...
 
Aquél que puede hacer el apostolado, que confiese y predique a Cristo el Rey...
  
Aquél que puede enseñar, que enseñe...
  
Y el que puede quebrar la iniquidad, que la persiga y la requiebre, incluso a riesgo de su vida…
  
Para eso, purifiquemos nuestra vida de toda falta y de todo error.
  
Vayamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con su hijo Jesucristo, no sólo ofreciendo nuestras personas al trabajo, como dice San Ignacio, sino también comprometiéndonos con determinación en este combate por el Reino de Cristo contra las fuerzas del Mal...
  
Combate que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su Venida y su triunfo no están lejos, que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo...
 
Advéniat Regnum tuum... ¡Jesucristo, que venga tu Reino!
  
Ut advéniat Regnum tuum, advéniat Regnum Maríæ... ¡A fin de que venga tu Reino, que venga el Reino de María!

sábado, 28 de octubre de 2017

IMPRESIÓN DE UN EXPROTESTANTE SOBRE LA IGLESIA CONCILIAR: “ES PEOR QUE LOS PROTESTANTES”

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
¿Este es un servicio deuterovaticano o protestante? Después de la Nueva Misa de 1969 es imposible decir (que sea protestante).
Nuestro lector ex protestante sostiene que la iglesia conciliar es ahora, sin dudar, peor que las sectas protestantes.
Si la Nueva Iglesia tuviera algo de sentido, ellos abjurarían de su herejía y retornarían a la verdadera Iglesia Católica.
Pero esta vez, los cerebros conciliares están tan agitados por el sacrilegio, la blasfemia, la idolatría y la herejía que ellos están casi en pérdida total.
 
Queridos Padres de TRADITIO:
  
Vosotros decís a menudo que la Roma modernista, la “Nueva Misa” y los conciliares todos son nada más que protestantes. Como ex-protestante, que finalmente se convirtió al Catolicismo tradicional por la gracia de Dios, debo objetar. Las sectas protestantes, al menos aquellas a las cuales pertenecía, son actualmente mejores que la secta Novus Ordo, esto es, la iglesia del Nuevo Orden.
  
Habiendo sido protestante por unos cuantos años más que los que ahora tengo como Católico tradicional, puedo decir sin duda alguna que la Roma modernista no es como las sectas protestantes donde había estado. Por ejemplo, las sectas protestantes a las que pertenecía:
  1. Nunca creyeron que todas las religiones son iguales. Por el contrario, tenías que ser Cristiano para poder ser salvo.
  2. Nunca vi a los ministros protestantes ponerse queso en sus cabezas, pasear en patineta dentro de la iglesia, realizar sus servicios con un sable láser, tener danzas de brujas durante el servicio, o hacer cualquiera de las otras blasfemias y sacrilegios que están plasmadas en el departamento de Galería fotográfica de Servicios Novus Ordo administrada por TRADITIO Network.
  3. Nunca rechazaron la noción de que satanás o el Infierno es real.
  4. Nunca creyeron que la Resurreción jamás sucedió, o que, si sucedió, fue solamente en el aspecto espiritual y no en forma corpórea (como propuso el Conciliábulo).
  5. Nunca permitieron la entrada a la iglesia a laicos en pantalones cortos, bikinis, camisetas deportivas, chancletas, o las modas con las cuales los laicos deuterovaticanos irrespetan al Señor con su apariencia en los templos.
  6. Nunca predicaron desde el púlpito que convertir a la gente al Cristianismo no era necesario para su salvación, como el antipapa marxista Francisco Bergoglio lo hace.
Esos son solo algunos ejemplos de cómo la iglesia del Nuevo Orden suspende el examen de ser incluso seriamente protestante, tan herética como es. Mientras que Dios me ha revelado que la Iglesia Católica tradicional es la verdadera Iglesia, también puedo decir ciertamente que si la neo-iglesia está lejos de la Iglesia Católica, está aún más lejos de las sectas protestantes. De hecho, muchos protestantes que conozco rechazan lo que la pseudoiglesia está predicando.
  
Así pues, ¿a quién intenta apelar Francisco Bergoglio? Como las cifras de su propia iglesia lo reflejan claramente, la asistencia a sus servicios inválidos está en un agudo declinar. Por supuesto, los protestantes están rechazando a la iglesia montiniana. Sólo mirar cómo las obispas luteranas le hicieron el feo a Bergoglio en el cónclave de Martín Lutero en Suecia. Si la Nueva Iglesia tuviera algo de sentido, ellos abjurarían de su herejía y retornarían a la verdadera Iglesia Católica. Pero por esta vez, supongo, los cerebros conciliares están tan agitados por el sacrilegio, la blasfemia, la idolatría y la herejía que ellos están casi en pérdida total. (Cory).
 
Respuesta de los Padres de TRADITIO.
Estás en lo cierto, y hemos dicho lo mismo muchas veces en nuestros Comentarios diarios: la Iglesia Conciliar es peor que las sectas protestantes. Quisiéramos, con todo, hacer una distinción tajante entre los protestantes. Hay, si quieres, al menos algunos protestantes de base bíblica entre las principales sectas (Anglicanos, Luteranos, Presbiterianos, Metodistas, Bautistas, et cǽtera).
  
Sin embargo, hay otras sectas que pretenden ser protestantes, pero en realidad son secularistas, predicando un “Evangelio de la Prosperidad” o un “Evangelio Social”. Tales fraudes son representados por los símiles del loco Joel Osteen, que sirve con pala su pábulo Bible-free a su audiencia despistada –incluyendo al antipapa marxista Francisco Bergoglio–, a quien alabó públicamente, en lugar de denunciarlo como un hereje peor que él. Siempre habla quien menos puede.

viernes, 27 de octubre de 2017

EL PADRE CALVO A LOS POLICÍAS Y GUARDIAS CIVILES DESTINADOS EN CATALUÑA: “DIOS OS BENDICE POR EMPLEAROS DURAMENTE CONTRA LOS SEPARATISTAS”

Noticia tomada de ALERTA DIGITAL.
    
 
La de Cataluña es una lucha encarnizada entre el Bien y el Mal, entre Dios y Mammon”. Eso al menos cree el sacerdote leonés Jesús Calvo, para el que está en juego nada menos que la supervivencia de la civilización cristiana si los “separatistas catalanes logran imponer su voluntad al resto de los españoles”.
 
Para el Padre Calvo, los separatistas cuentan con importantes complicidades internacionales que habrían impedido hasta ahora su derrota. La más importante sería la prensa sionista, a su juicio encargada de trasladar al mundo las imágenes represivas que buscan los catalanes para explotar su “histórico victimismo”. “Cuando el general Yagüe entró en Barcelona no existía tanta melindrosidad y ya se sabe cómo cientos de miles de catalanes salieron a las calles a saludar a las tropas nacionales. Por eso me indigna cuando comparan a Tejero con Puigdemont. Pues no señor. Cuando las cosas se pusieron mal, el teniente coronel Tejero asumió toda la responsabilidad, exoneró a sus hombres y cumplió 30 años de cárcel. El otro organiza un golpe de estado, no firma ni un papel ni pega un tiro y pretende que los responsables sean los chicos que tiene en la oficina”, manifestó.
  
“Los dueños sionistas de esos medios y las autoridades rebeldes catalanas han acordado trasladar el conflicto a las calles y venderle al mundo un relato falso, como hicieron el 1 de octubre”, indicó. Entre los medios informativos más encarnizadamente contrarios a la unidad de España, el Padre Calvo citó a la CNN y New Yortk Times. “No nos perdonan que les expulsáramos en 1492”, enfatizó.
  
El sacerdote leonés sostuvo asimismo que no le preocupa la suerte que corran los separatistas, aunque sí la de los agentes tanto de la Policía Nacional como de la Guardia Civil. A ellos les dice: “Cuando la autoridad no actúa, la legítima defensa está justificada. Que cumplan con su deber prescindiendo de las normas que les frenen de sus obligaciones como custodios del orden y la unidad de España. Dios os bendice por emplearos duramente contra los separatistas”. Y apostilló: “Emplearos con firmeza y coraje. Los secesionistas no son vuestros hermanos, son enemigos de Dios y de nuestra Patria. Sin Patria y sin Dios, representáis la virtud que os obliga a buscar la justicia social, la gratitud a la Patria y el respeto a la memoria de nuestros antepasados”.

martes, 24 de octubre de 2017

LA DEUTEROVATICANIDAD Y LOS SEPARATISTAS CATALANES

COMENTARIO PREVIO: Uno de los objetivos de la Iglesia Conciliar dentro del Nuevo Orden Mundial es la destrucción de los Estados nacionales (máxime si tales Estados nacionales fueron tradicionalmente católicos) a fin de facilitar un Gobierno único. Y de ello es prueba España, como reseñamos en nuestro artículo Vaticano II, el Concilio antiespañol o la venganza de los republiquetos.
  
Ahora bien, con los sucesos en torno al 1-O, en el que los independentistas catalanes pretenden secesionarse de España, cabe apuntar con más razón el dedo acusador contra la falsa iglesia porque ésta, con sus acciones y omisiones, ha fomentado el adoctrinamiento político en las escuelas y los medios, el silencio frente a los desmanes contra las fuerzas de seguridad españolas y los catalanes que no apoyan el órdago separatista, la financiación de la sediciosa y autodenominada Conferencia Episcopal Tarraconense, izamiento de la Estelada (bandera separatista) en algunos campanarios, etc.

Sin más, el artículo del abogado Oriol Trillas publicado en el diario EL MUNDO de España. En dicha columna editorial, el autor describe el rol de parte de la iglesia catalana en apoyar el proceso separatista y el referéndum ilegal. Apoyo que brindan muy a despecho que durante la II República y la Guerra Civil los independentistas apoyaban el expolio de los templos y el asesinato de sacerdotes, monjas y laicos (que es lo que algunos clérigos locales temen se repita de seguir adelante la intentona de un Carles Puigdemont Casamajó cuyo abuelo, Francisco Puigdemont Pedrosa, tuvo que huir a la Zona Nacional con el apoyo de su cuñado el cura Juan Oliveras Galcerán).
  
JORGE RONDÓN SANTOS
24 de Octubre de 2017 (Año Mariano)
Fiesta de San Rafael Arcángel
   
IGLESIA Y PROCESO SOBERANISTA
Oriol Trillas*. (Diario EL MUNDO, 23 de Octubre de 2017)
  
Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y el presidente de la Generalidad de Cataluña, Carles Puigdemont
  
Así como Stalin se preguntaba, con intención sarcástica, cuántas divisiones tenía el Papa, no podemos dudar de que el independentismo catalán posee sus divisiones eclesiales. Unas divisiones eclesiales en las que se incluyen los batallones más preciados: las escuelas. Ahí donde se adoctrina a los niños desde su más tierna edad. Esas escuelas cristianas han sido colaboradores eficacísimos de la logística del referéndum del 1-O. Ellas y unas parroquias, capitidisminuidas en su feligresía, pero que todavía conservan un cierto aura de respetabilidad. Siempre ha querido contar el nacionalismo catalán con una pátina eclesial. Aunque ahora aparezca impregnado de laicismo, bebe sus fuentes de un cristianismo bastante primario e infantil, pero jamás puede ocultar esa procedencia, en la que se apoya siempre cuando vienen momentos complicados.
   
Para el referéndum ilegal del 1-O, el Gobierno de la Generalitat había decidido que los locales electorales se establecerían en los centros de educación públicos. Hete aquí, por eso, que el número de colegios de primaria e institutos en Barcelona y algunas otras grandes poblaciones no eran suficientes para garantizar la asistencia de votantes en todos los barrios. En Barcelona existieron 89 centros de educación públicos, cuando en cualquier convocatoria se habilitan 264 colegios electorales. ¿Quién acudió a solucionar el contratiempo? ¿Cuál es la force de frappe que ha venido coadyuvando a la absorción del independentismo? No podían ser otros que los colegios religiosos, representados por la Fundación de Escuelas Cristianas de Cataluña.
  
La Fundación es un lobby que engloba el 60% de los colegios privados de Cataluña, con 264.000 alumnos y 434 centros; en sus diversas ramas de preescolar, infantil, primaria, ESO, bachillerato y formación profesional. La fundación está dirigida por el jesuita Enric Puig. Este miembro de la Compañía de Jesús fue director general de Juventud de la Generalitat desde 1980 a 1989. Sí, parece mentira, pero un cura era director general de los primeros gobiernos de Pujol. Un sacerdote fue designado por Pujol para cuidarse de la política juvenil. Ese director general pasaría con el tiempo a dirigir la escuela concertada cristiana en Cataluña. Y su número dos, hasta hace casi un año, fue Carles Armengol Siscares. Un pedagogo barcelonés, cuya carrera se desarrolló a la sombra del jesuita. Cuando este fue designado director general de Juventud de la Generalitat en el primer Gobierno convergente, Armengol fue nombrado, con 22 años, jefe de la sección de Comunicación, Relaciones y Estudios. Tras el largo paso de Puig por aquella dirección general (1980-1989), fue designado director de la Escola de l’Esplai del Arzobispado de Barcelona y después director de la Fundación Pere Tarrés y secretario general adjunto de la Fundación de Escuelas Cristianas y vicepresidente de la Fundación de Escuelas Parroquiales. Hoy en día, Armengol es el promotor del grupo Cristians per la Independència, que organizó una velada de oración a favor de la independencia en el Santuario de Pompeya el pasado 28 de septiembre, utilizando la nave central del templo para rezar por el éxito del referéndum.
   
Tan presto acudió el lobby del padre Puig a solucionar el apuro logístico del 1-O que aportó, en la ciudad de Barcelona, una veintena de colegios religiosos. Y ahí estuvieron las dominicas de Horta, los jesuitas de Caspe, San Gervasi y el Clot; los escolapios de San Antonio; las Vedrunas de Gracia, el Corazón de María de Nou Barris, el Padre Mañanet de Les Corts, los colegios maristas y los de La Salle.
  
A nadie se le escapa que, sin el adoctrinamiento de estos colegios religiosos, no se habría alcanzado jamás el delirio independentista del que participan casi la mitad de los habitantes de Cataluña. A nadie se le escapa que, sin la inmersión lingüística y sin la imposición del catalán, jamás se habría dado lugar al discurso del odio que anida en una parte de nuestra población. A nadie se les escapa que, sin la tergiversación de la Historia que se enseña en estos centros, jamás habría podido fructificar ese ánimo anti-español que ha hecho mella en una parte de nuestra juventud. Llevan más de 30 años educando de la misma manera. Son varias generaciones las que han pasado por ellos. De profesores y de alumnos. Profesores que ya se han olvidado, incluso, de escribir en castellano. El problema que tendrían si el artículo 155 se aplicase en el mundo de la educación: hallarían serios problemas en encontrar maestros que tan siquiera supiesen hablar con corrección el español.
  
La Fundación de la Escola Cristiana ha realizado una verdadera labor de ingeniería cultural, pasando de cristianizar alumnos a convertirlos en militantes del secesionismo. Una política siempre arropada por el poder establecido. Ese pacto que se alcanzó en los primeros años del pujolismo: yo os cubro económicamente y respeto vuestras inmensas propiedades a cambio de que contribuyáis a «la construcción del país». Y debe afirmarse que se han aplicado con esmero. Ahí están esos jesuitas del Clot que explicaron a sus párvulos un cuento en el que moría el rey y los policías malos. A niños de 5 años. Desde esa tierna edad inculcados en el odio y en la división entre catalanes buenos y españoles malos. Esa es la escuela cristiana en Cataluña.
  
Mucho se ha hablado de la parroquia de Vilarodona (Tarragona) donde se contaron votos mientras el cura cantaba el Virolai, revestido con alba y estola. Una parroquia a la que van cuatro gatos, pero que en ese domingo se reunió la mitad del pueblo, amparados por el párroco Francesc Manresa. Pero no se ha hablado mucho de que hubo urnas que se escondieron en templos y locales parroquiales. Eran los sitios de máxima seguridad y fiabilidad para el independentismo. Y uno de los puntos más estratégicos que no podían fallar era Sant Julià de Ramis, donde se había anunciado que votaría Puigdemont. Allí contaron con la complicidad total del párroco, Sebastià Aupí Escarrà, que además es el delegado episcopal de Pastoral de la Salud del Obispado de Gerona. Lógicamente el sacerdote guardó perfectamente el secreto y las urnas salieron de su parroquia el 1 de octubre con destino al colegio electoral donde tenía que votar Puigdemont.
  
O la iglesia de Sant Pere i Sant Pau de Canet de Mar (diócesis de Gerona), que no sólo guardó las urnas sino que sacó sus bancos a la calle como barricada para evitar la intervención policial, facilitados, con todas las bendiciones, por el párroco Felip Hereu Pla, después de administrar la Eucaristía. O la de Les Planes d’Hostoles o Pineda de Mar (curiosamente también en la diócesis de Gerona), donde se celebraron las votaciones en los locales parroquiales.
   
Mientras tanto, los obispos han mirado hacia otro lado y cuando ha arreciado la polémica, como en el caso de Vilarodona, ha tenido que salir el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, a sacar una inane nota pidiendo que no se utilicen los lugares sagrados para cuestiones políticas. Pero ni una medida disciplinaria. Han permitido las esteladas en las torres de las iglesias; carteles de democracia y apoyo al referéndum en los atrios; homilías groseramente independentistas de sus curas; incluso cantos políticos en sus celebraciones.
  
Por el contrario, al padre Custodio Ballester se le impuso por el cardenal Omella un año sabático y se le cesó como párroco de la iglesia de la Inmaculada Concepción de Hospitalet de Llobregat por participar en una manifestación españolista con el Cristo de la Legión. Él que no había utilizado lugares sagrados para cuestiones políticas, sino que simplemente había acudido a una manifestación, después de haber sufrido una campaña de acoso y derribo iniciada desde el Ayuntamiento de la segunda población catalana por haber dejado participar a la Legión en una procesión de Jueves Santo. La doble vara de medir de la Iglesia en Cataluña.
  
*Oriol Trillas es abogado de Barcelona experto en asuntos eclesiásticos.

lunes, 23 de octubre de 2017

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, OBISPO, CONFESOR Y FUNDADOR

San Antonio María Claret
 
No sería difícil encontrar quien, ignorando la vida portentosa del Santo que conmemora hoy la Iglesia, se sintiera asaltado por la duda de si Antonio Claret, a quien se oye llamar de mil modos, suficiente cada uno para encarnar y cincelar toda una personalidad maciza y exuberante, existió en realidad o fue una fantasía. El modelo de obreros, el misionero apostólico, el taumaturgo, el escritor inagotable, el gran director de almas, el fundador, el organizador genial, el intuitivo «precursor de la Acción Católica, tal como es hoy» (Pío XI), el catequista célebre, el prudente confesor real, el abanderado de la infalibilidad pontificia y primer santo del concilio Vaticano, el sagrario viviente, el apóstol cordimariano de los tiempos modernos, el gran apóstol del siglo XIX, y también el gran calumniado, existió y fue San Antonio María Claret.
  
Nació en Sallent (Barcelona) el día 23 de diciembre de 1807, de padres auténticamente cristianos, que, al día siguiente, le llevaron al bautismo. «Me pusieron por nombre –nos dirá en su autobiografía– Antonio Adjutorio Juan: pero yo, después, añadí el dulcísimo nombre de María, porque María Santísima es mi Madre, mi Madrina, mi Maestra y mi todo, después de Jesús».
  
A los cinco años de edad aparecieron ya en la precoz inteligencia y en el corazón naturalmente compasivo del niño Antonio las primeras señales y gérmenes de su vocación al apostolado:
«Las primeras ideas de mi niñez de que yo tengo memoria son que, cuando tenía unos cinco años de edad, estando en la cama, en vez de dormir, pues siempre he sido poco dormilón, pensaba en los bienes del cielo y en las penas eternas del infierno, es decir, pensaba en aquel “siempre” que no tiene fin: me figuraba distancias enormes: a éstas añadía otras y otras, y, no alcanzando el fin de ellas, me estremecía por la desgracia de aquellos que tendrán que padecer penas eternas...: esta idea quedó tan grabada en mí que, sea por lo temprano que empezó, sea por las muchas veces que en ella he pensado, lo cierto es que nada tengo más presente».
Son éstos los primeros aleteos del misionero en ciernes: «Esta idea de la eternidad desgraciada es la que me ha hecho, hace y hará trabajar, mientras viva, en la conversión de los pobres pecadores, procurándola en el púlpito, en el confesionario, por medio de libros, estampas, hojas volantes, conversaciones, etc.». Ha brotado la semilla del apóstol, del misionero que, en un siglo calamitoso para la Patria, luchará con su espíritu magníficamente universal, abierto, eminentemente apostólico y práctico. Su programa de vida y actuación quedó escrito de su puño y letra: «Trabajando constantemente y aprovechando todas las circunstancias para dar gloria a Dios y atender a la salvación de las almas, valiéndome de todos los medios». El programa, en su ambiciosa sencillez, debía ser una obra perenne, por, que, casi con las mismas palabras, se lo dejó en las constituciones a la codicia apostólica de sus misioneros.
  
La infancia de Antonio transcurre apacible entre la escuela, su casa, los juegos y la iglesia. Los tiempos eran malos y revueltos, y las circunstancias de la familia no consentían los gastos de pensión en el Seminario. El muchacho hubo de incorporarse de lleno a los trabajos del telar paterno, en espera de tiempos mejores. Golpe duro y definitivo, al parecer, para las ilusiones de Claret. Acató resueltamente y con todo amor la orden de su padre, pasando por todas las ocupaciones y labores de la fábrica de tejidos, propiedad de su familia, y trabajando como el que más en cantidad y calidad. Así, hasta que llega un momento en que el trabajo de la fábrica paterna no tiene ya dificultades ni secretos para él. Por eso,
«deseoso de adelantar, dije a mi padre que me llevase a Barcelona. Se extendió por aquélla ciudad la fama de la habilidad que el Señor me había dado para la fabricación. De aquí que algunos señores quisieran formar compañía con mi padre. Me excusé... Y, a la verdad, fue esto providencial. Yo nunca me había opuesto a los designios de mi padre. fue ésta la primera vez, y fue porque la voluntad de Dios quería de mí otra cosa. Me quería eclesiástico. El continuo pensar en máquinas y talleres me tenía absorto. Era un delirio lo que tenía por la fabricación. En medio de esto me acordé de aquellas palabras del Evangelio que leí de muy niño: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si finalmente pierde su alma?” Esta sentencia me causó profunda impresión. Fue una saeta que me hirió en el corazón. Pensaba y discurría qué haría». 
Hay en su alma una inquietud que no le deja sosegar y que va aumentando su tensión con varios episodios sucedidos en pocos meses, a propósito para desengañarle del mundo y avivar el interés por los negocios del alma. Fueron los siguientes: «Un día que fui a la Mar Vieja, que llaman, hallándome en la orilla, se alborotó de repente el mar y una grande ola se me llevó y, de improviso, me vi mar adentro. Después de haber invocado a María Santísima me hallé en la orilla, sin saber nadar y sin haber entrado en mi boca ni una sola gota de agua».
 
Un amigo le llenó de amarguras el alma. Había condescendido a tener con él compañía de intereses; pero, cediendo este desventurado a los atractivos del juego, le estafó muchos miles de pesetas y se complicó después en otras acciones delictivas, hasta parar en un presidio. Antonio, aunque libre de toda complicidad, sintió hondamente el percance.
  
«Iba alguna vez a visitar a un compatricio mío. Un día la dueña de la casa, que era una señora joven, me dijo que le esperase, que estaba para llegar. Luego conocí la pasión de aquélla señora, que se manifestó con palabras y acciones. Habiendo invocado a María Santísima, y forcejeando con todas mis fuerzas, me escapé de entre sus brazos».
   
Tenía veintidós años. Llevaba cuatro en Barcelona. Durante ellos había llenado el ideal que pudiera proponerse, aun en nuestros días, cualquier trabajador especializado: aptitud para la fabricación, perito en dibujo, en el que consiguió repetidos premios; conocedor del francés y del inglés, que hablaba con soltura; diestro en el manejo de las matemáticas; hábil en la técnica textil, que no tenía secretos para él; propuesto con insistencia para director de fábricas, y, en medio de todo, piadoso, honrado, de bello porte y de un carácter tan amable y alegre que era las delicias de sus compañeros, de sus superiores y de sus subalternos. La vida le sonríe cuando abandona la esperanzas de un porvenir brillante y decide ingresar en la Cartuja. Pero, cuando se encamina al cenobio de Montealegre, una deshecha tempestad puso a prueba la poca robustez de sus pulmones, fatigados por la marcha y heridos por el trabajo, hasta expeler sangre. Por lo visto, Dios no lo quería así. Una vez restablecidas sus fuerzas marcha a sentarse entre los niños en el banco de un Seminario. Es lo que hoy se llama -con frase no tan inexacta- una vocación tardía.
  
Y pasan los años. Estudia filosofía y teología en el viejo pero glorioso caserón del Seminario de Vich, con Balmes de compañero, y, por fin, el día 13 de junio de 1835 se ordena sacerdote, después de un mes de ejercicios.
    
Ahora ya es mosén Claret. Tiene veintisiete años cumplidos. Se conserva su retrato de esta época. Bajo de estatura; un tinte amarillento colorea su rostro; ojos grandes y tiernos, que tienden a cerrarse bajo unos párpados carnosos, que naturalmente le inclinan a la modestia; pero cuando miran la lejanía y las multitudes desde la altura del púlpito se abren claros, animados por el alma fogosa de un apóstol, y le brillan como dos brasas.
   
La parroquia de Sallent fue testigo de los primeros ardores de su celo sacerdotal, de la ejemplaridad intachable de su vida, de sus virtudes y de sus milagros. Pero este campo era demasiado reducido para el corazón grande de mosén Antón. Buscando horizontes más amplios para su celo se encamina a Roma, con el fin de ingresar en el Colegio de Propaganda Fide. Los oficiales encargados no pueden decretar la admisión sin la aprobación del cardenal prefecto, que, por aquellos días, disfrutaba las clásicas vacaciones romanas de la Ottobrata. Frente a este conjunto de dificultades decide Claret hacer los ejercicios espirituales en una casa profesa de la Compañía de Jesús, en espera de que las Congregaciones pontificias reanudaran sus trabajos. El mismo religioso que le dirigió los ejercicios, viendo en él cualidades no comunes, le propuso e insistió que ingresase en la Compañía. Tanto le animaron y tan fácilmente se solucionaron todas las dificultades, que, como él mismo nos dice, «de la noche a la mañana me hallé jesuita. Cuando me contemplaba vestido de la santa sotana de la Compañía casi no acertaba a creer lo que veía, me parecía un sueño».
  
Pero los designios de Dios son muy distintos: «Me hallaba muy contento en el noviciado cuando he aquí que un día me vino un dolor tan grande en la pierna derecha que no podía caminar. Se temieron que quedaría tullido. El padre rector me dijo: “Esto no es natural. Me hace pensar que Dios quiere otra cosa de usted; consultaremos al padre general”. Este, después de haberme oído, me dijo sin titubear, con toda resolución: “Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto a España. No tenga miedo. Ánimo”». El padre Roothan tenía razón.
   
Regresa a España y, al desembarcar en Barcelona, Claret deja de ser el mosén Antón que partió a Roma para convertirse en el misionero padre Claret. Exonerado de todo cargo parroquial, sus superiores le envían «como nube ligera que, empujada por el soplo del Espíritu Santo, llevase la lluvia bienhechora de la palabra divina a regiones secas y estériles».
   
El ambiente político no es nada propicio. Hace poco que ha concluido la primera guerra carlista, guerra civil tenacísima y dura, que se ha prolongado siete años, y precisamente Cataluña ha sido uno de los principales teatros de la contienda. Esto no arredra al padre Claret. Más de cien páginas de su autobiografía nos narran sus correrías apostólicas y los estímulos que le movían a predicar incansablemente: «Siempre a pie de una población a otra, por muy apartadas que estuviesen, a través de nieves o de calores abrasadores, sin un céntimo siempre, pues nunca cobraba nada», predicando seis y ocho horas diarias y, el restante tiempo, confesando a miles de personas y, por las noches, en lugar de descansar, la oración, las disciplinas, el escribir libros y hojas volanderas, y sin comer apenas, lo que tenía maravilladas a las gentes. Era un milagro del Señor el que sostenía aquélla naturaleza. Las muchedumbres se agolpaban para oírle y el fruto era enorme. El demonio, por su parte, le hacía una guerra sin cuartel: en esta iglesia era una piedra que se desprendía del techo; en aquel pueblo, un violento fuego que se declaraba mientras predicaba el misionero. Pero éste descubría todas las astucias del enemigo. «Si era grande la persecución que me hacía el infierno, era muchísimo mayor la protección del cielo. Conocía visiblemente -dice él mismo- la protección de la Santísima Virgen. Ella y sus ángeles me guiaron por caminos desconocidos, me libraron de ladrones y asesinos y me llevaron a puerto seguro sin saber cómo. Muchas veces corría la voz de que me habían asesinado. Yo, en medio de estas alternativas, pasaba de todo: tenía ratos muy buenos, otros muy amargos. Habitualmente no rehusaba las penas, al contrario, las amaba y deseaba morir por Cristo; yo no me ponía, temerariamente en los peligros, pero sí me gustaba que el superior me enviase a lugares peligrosos, para poder tener la dicha de morir asesinado, por Jesucristo».
  
Puede decirse que recorre todas las capitales y pueblos del nordeste de España. Su fama es grande; su predicación produce auténticas manifestaciones de entusiasmo. El fruto es cierto y copioso. Son muchas las conversiones sinceras. Menudean los milagros. El padre Claret, incansable, tiene constantemente a flor de labios esta oración: «¡Oh Corazón de María, fragua e instrumento del amor, enciéndeme en el amor de Dios y del prójimo!».
   
De este modo pasaron siete años, hasta que, en 1848, fue enviado a Canarias para misionar en aquellas islas. Allí todavía más que en la Península, las multitudes se desbordan, las iglesias son insuficientes para contener a los que quieren escuchar la palabra del Padrito Santo, como cariñosamente le llaman, y el misionero se ve obligado a predicar bajo la bóveda azul del firmamento, en las plazas públicas o a las orillas del mar.
   
El padre Claret acarició toda su vida, como un bello ideal, la fundación de una Congregación de sacerdotes que se dedicasen a la evangelización, según él la comprendía y practicaba. Mas, por oposición de la política y de las guerras, parecía todo un sueño que nunca habría de tener realidad. A mediados de 1849 regresó a España. El ambiente nacional había evolucionado mucho; los cielos de la política se serenaban; la persecución ahogaba en la lejanía sus últimos rugidos. A favor de todo esto las ilusiones claretianas volvieron a reverdecer. El santo misionero adivinó llegada la hora y, después de vencer no pocas dificultades, el día 16 de julio de este mismo año reúne a seis jóvenes sacerdotes en el Seminario de Vich y queda echada la semilla de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón de María.
  
Poco tiempo, sin embargo, pudo vivir con aquélla incipiente comunidad. «El día 4 de agosto -nos dice-, al bajar del púlpito, me mandan ir a Palacio. Y, al llegar allí, el señor obispo me da el nombramiento para arzobispo de Santiago de Cuba. Quedé muerto con tal noticia. Dije que de ninguna manera aceptaba. Espantado del nombramiento, no quise aceptar, por considerarme indigno y por no abandonar la Congregación que acababa de nacer. Entonces el nuncio de Su Santidad y el ministro de Gracia y Justicia se valieron de mi prelado, a quien tenía la más ciega obediencia. Este me mandó formalmente que aceptara».
   
Mientras que se tramitaba su consagración y preparaba el viaje a América el celo del padre Claret continúa incansable y devorador; sigue sus correrías apostólicas; escribe libros; funda la Librería Religiosa, interviniendo personalmente en el montaje de las máquinas. Recibida la consagración episcopal, nada cambió de su método de vida: el mismo trato sencillo y humilde, el mismo vestido, la misma comida pobre y escasa, y, sobre todo, el mismo celo apostólico. Es su pasión. El gran fuego que le arde en las entrañas. Ninguna frase mejor que la escogida por él para su sello episcopal: Cáritas Christi urget nos. Como otras muchas páginas de la autobiografía que nos dejó escrita, esta que transcribirnos puede darnos una idea de su actividad misionera y apostólica:
«Arreglados mis negocios en Madrid, me volví a Cataluña. Al llegar a Igualada prediqué. Al día siguiente fui a Montserrat, en que también prediqué. Luego pasé a Manresa, en que se hacía el novenario de ánimas: por la noche les prediqué y, al día siguiente, di la sagrada comunión. Por la tarde pasé a Sallent, mi patria, y todos me salieron a recibir; por la noche les prediqué desde un balcón de la plaza, porque en la iglesia no hubieran cabido; al día siguiente celebramos una misa solemne y, por la tarde, salí para Sanmartí, donde prediqué. Al día siguiente por la mañana pasé a la ermita de Fusimaña, a la que había tenido tanta devoción desde pequeño, y en aquel santuario celebré y prediqué de la devoción a la Virgen Santísima. De allí pasé a Artés, en que también prediqué; luego a Calders, y también prediqué, y fui a comer a Moyá, y por la noche prediqué. Al día siguiente pasé por Collsuspina, y también prediqué, y después fuí a Vich, y también prediqué. Pasé a Barcelona, y prediqué todos los días en diferentes iglesias y conventos, hasta el día en que nos embarcamos».
   
Armas arzobispales de San Antonio María Claret
   
En Cuba se mantiene el mismo ritmo misionero: persecuciones, puñales, incendios, calumnias, que las fuerzas del mal desencadenaron contra el arzobispo; pero éste siguió manteniéndose intrépido en la misma línea. Con celo infatigable recorrió a caballo cuatro veces, en visita pastoral, toda su diócesis, que era aproximadamente de 60.000 kilómetros cuadrados. Las conversiones fueron innumerables. Los terremotos, la peste y el cólera que azotaron la isla sirvieron al arzobispo para arrancar infinitas almas al diablo, arreglar innumerables matrimonios de amancebados, más de 10.000, y hasta para calmar las revueltas populares. Durante su pontificado los americanos del Norte sirviéndose de elementos revolucionarios, hicieron tres tentativas contra la isla y las tres las desbarató el arzobispo con sólo predicar el amor y el perdón. Los enemigos de España llegaron a pensar muy en serio quitar la vida al que les hacía más daño que todo el ejército. Muchos intentos fallaron. Por fin, uno acertó. El día 1 de febrero de 1856 el arzobispo era herido gravemente en Holguín. «Cuando salimos de la iglesia—es el propio padre Claret quien nos lo cuenta—se me acercó un hombre, como si quisiera besarme el anillo; pero, al instante, alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con todas sus fuerzas...». Lo que menos importó al herido fue la gravedad de aquellos momentos; a pesar de su presencia de ánimo, estaba muy lejos de su cuerpo: «No puedo explicar el placer, el gozo que sentía mi alma, al ver que había logrado lo que tanto deseaba: derramar mi sangre por Jesús y María».
     
Restablecido milagrosamente, consiguió el indulto para su desgraciado verdugo y todavía le pagó el viaje para que pudiese regresar a su patria.
   
También para el Santo había llegado la hora de retornar a España, y con ella el periodo que constituye la plenitud de su vida. El día 13 de marzo de 1857, estando predicando en una misión, recibió un comunicado de la reina de España, Isabel II, que le llamaba a Madrid, sin expresarle el motivo. El arzobispo termina apresuradamente las obras de mayor envergadura que tenía iniciadas, como la Granja Agrícola de Puerto Príncipe y el recién fundado Instituto Apostólico de María Inmaculada para la Enseñanza. Llega a Madrid y se entera en la primera entrevista con Isabel de que ésta le había llamado para hacerle su confesor. El padre Claret, siempre reacio a aceptar dignidades y grandezas humanas, no otorgó su consentimiento sino después de haber consultado a varios prelados y, aun entonces, con la expresa condición de no vivir en Palacio y de quedar libre para dedicarse al ministerio. Ahora iba a ser apóstol de España entera. Efectivamente, no tiene explicación humana lo que hizo en los diez años que fue confesor real: misionó por todas las capitales y provincias de España, aprovechando los viajes de los reyes: las tandas de ejercicios al clero, religiosos y seglares fueron ininterrumpidas; predica incansable: en una sola jornada llega hasta doce sermones; en el confesionario emplea diariamente unas cinco horas; recibe por término medio una correspondencia diaria de cien cartas, a las cuales responde personalmente: publica libros y opúsculos; es presidente de El Escorial, que restaura y donde funda un Seminario modelo: da vida fecunda a la Academia de San Miguel, anticipo de la Acción Católica de hoy. Todo esto sin contar su asistencia obligatoria a los actos oficiales de Palacio y el trabajo que tenía como protector del hospital e iglesia de Montserrat. Una labor, como se ve, capaz de abrumar las fuerzas de muchos hombres.
  
Además, estaba al corriente del movimiento teológico, filosófico y cultural de Europa. Es ridícula la afirmación de los que presentan al padre Claret como “un hombre que sólo sabía rezar y hablar sin grandes pretensiones; hasta su aire era popular, por no decir pueblerino...”. La historia demuestra lo contrario y Pío XII ha podido afirmar del padre Claret que era “un hombre singular, nacido para ensamblar contrastes”. Ya desde los primeros años, en la escuela y en la Lonja de Barcelona, y posteriormente en el Seminario, sus calificaciones fueron siempre máximas. A pesar de su vida de actlvidad sorprendente y extensisima, es un lector empedernido. Quedan datos y muestras en su biblioteca particular, que constaba de más de 5.000 volúmenes de última hora, y que es una de las mejores y más completas de su tiempo. Voz corriente en los sectores eclesiásticos contemporáneos era que la ciencia del padre Claret parecía infusa. Tal vez, pero él mismo nos levanta un poco el velo cuando escribe: «A mí me consta que lo poco que sabe ese sujeto (Claret) lo debe a muchos años y muchas noches pasadas en el estudio». Lo que pasaba es que su vocación al ministerio activo no le pedía ni el escribir como científico ni el dedicar horas y horas a investigaciones eruditas, aunque se haya encontrado entre sus papeles alguna lucubración sobre la posibilidad de los vuelos dirigidos. Su misión providencial era de más importancia y trascendencia.
  
Tiene Claret casi cincuenta años. Durante los diez que estuvo en la corte la actualidad religiosa de España quedó centrada en la persona del santo arzobispo. Su equilibrio humano se manifiesta ante las delicadas circunstancias personales de su regia penitente. La prudencia sobrenatural le mantiene alejado de todos los manejos políticos. Claret tiene una influencia decisiva para el catolicismo español de toda una época. Se ha dicho que su residencia en Madrid fue “una verdadera catástrofe para el movimiento revolucionario español”, influencia tan decisiva precisamente porque Claret no hizo nunca política. Ante los frutos que reportaba la obra del confesor real no podía Satanás dejar de ensañarse contra él, tratando de inutilizar su ministerio por todos los medios. La persecución se desencadena de manera metódica y perfectamente calculada: periódicos, libros, teatros; hasta en tarjetas y cajas de fósforos se le calumnió de la manera más baja y soez; se escribieron biografías que no eran sino noveluchos indecentes, se falsificaron escandalosamente algunos de sus libros más importantes, publicándolos con su nombre. Todo se ensayó, con el fin de inutilizar su celo. Pero también todo resultó inútil, pues el Señor tomó por su cuenta defender a su enviado e hizo redundasen en bien de las almas los mismos medios que los sicarios ponían en juego para impedirlo. Hasta doce veces intentaron asesinarle y, en no pocas de estas ocasiones, los mismos iniciadores del crimen eran los primeros en experimentar, por una sincera conversión, la benéfica influencia de las virtudes y santidad del calumniado arzobispo.
   
La conducta del santo padre Claret no puede juzgarse como la de un estoico presuntuoso, sino como venida del don divino de la fortaleza. Se irguió sereno, imperturbable ante la calumnia. No quiso defenderse. Tuvo escrita una defensa sobria, verídica; pero se arrodilló ante el crucifijo y prefirió callar, recordando las palabras del Evangelio: Jesus autem tacébat: “Jesús, empero, se mantenía callado” (Mt. 26,63). Es que desaparece el hombre para dejar paso al santo, a quien se exigió el sacrificio de su reputación y de su buen nombre, no sólo durante su vida, sino por largos años posteriores, tantos que, todavía en 1934, cuando Pío XI le beatifica, hay una pluma famosa en las letras patrias que, en son de arrepentimiento, escribe: «Existen dos Claret: uno el forjado por la calumnia, otro el real y efectivo. Aquél es totalmente inexistente. Este, Antonio María Claret, es, sencillamente, un santo de la traza y pergeño de los activos, infatigables, emprendedores».
   
En esta época de su estancia en Madrid, cuando el trabajo ministerial acapara todas sus horas, es precisamente cuando el padre Claret llega a la cumbre de su vida espiritual, a la unión mayor que se puede dar: la transformación total. Humildemente nos lo refiere el Santo: «El día 26 de agosto, hallándome en oración en la iglesia del Rosario, de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia de la conservación de las especies sacramentales y así tener siempre día y noche al Santísimo Sacramento en el pecho».
  
¡Admirable consumación de amor, expresión manifiesta de la unión íntima, transformante de un alma con el Divino Verbo! La revolución de septiembre, que él había profetizado muchas veces, destronó a la reina y arrojó a ella y a su confesor a un país extraño. Desterrado de la madre patria, por la que tanto había trabajado, anciano, cansado, consumido y enfermo, pero indomable, marcha a Francia y, poco después, a Roma, para asistir al concilio Vaticano. Cuando se discute la candente cuestión de la infalibilidad pontificia habla con palabras que conmueven a toda la asamblea. Insinúa proféticamente algunas escisiones en la Iglesia, por causa de esta cuestión, que tuvieron exacto cumplimiento, y, después, señalando las cicatrices que el atentado de Holguín dejó en su rostro y repitiendo la frase del Apóstol: «Traigo en mi ,cuerpo los estigmas de mi Señor Jesucristo» (Gál. 6,7), declara que está dispuesto a morir en confirmación de esta gran verdad: «Creo que el Suma Pontífice romano es infalible».
  
Es la última llamarada de una lámpara que se extingue. Vuelve a Francia y, camino de París, se detiene, casi moribundo, en Fontfroide, una recoleta y tranquila abadía cisterciense, cerca de Carcasona.
   
Ni en su agonía le dejan tranquilo las fuerzas del mal. Sólo la muerte le libró de nuevas persecuciones y pesquisas policíacas. Su cuerpo se desmoronaba: pero él, con el pie en las playas de la patria eterna, escribía con pulso a un tiempo inseguro y vigoroso, esta definitiva y para él obsesionante afirmación: «Quiero verme libre de estas ataduras y estar con Cristo (Fil. 1,23), como María Santísima, mi dulce Madre».
  
Así fue, el día 24 de octubre de 1870. Después, sus funerales, entre el rumor del canto de los monjes y el revoloteo de un misterioso pajarillo sobre el féretro arzobispal, colocado en la severa iglesia cisterciense. Sobre su tumba escribieron las palabras de San Gregorio Magno: “Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso muero en el destierro”. Bajo aquella losa descansaron los restos del padre Claret durante veintisiete años, hasta que los Misioneros los trasladaron, con afecto filial, a su iglesia de Vich (Barcelona). El cerebro y el corazón habían resistido la acción devoradora de la humedad y de la cal.
    
El 25 de febrero del año 1934 el papa Pío XI le declaraba Beato y el 7 de mayo de 1950 Pío XII le elevaba al supremo honor de los altares. Su mejor semblanza, la que de él hizo Su Santidad Pío XII en unas palabras pronunciadas horas después de la canonización:
«Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes; pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capaz de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior: calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Divina Madre».
  
ARTURO TABERA ARAOZ CMF.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que glorificaste a tu confesor y pontífice el bienaventurado San Antonio María por su virtud apostólica, y por medio de él estableciste en tu Iglesia nuevas familias de clérigos y vírgenes: concédenos, te suplicamos, que, siendo dirigidos por sus consejos y sus sufragios, podamos aplicarnos celosamente a la salvación de nuestras almas. Por J. C. N. S. Amén.