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miércoles, 21 de octubre de 2020

NOVENA EN HONOR A SAN ALONSO RODRÍGUEZ

Adaptación de la Novena publicada en el libro Vidas de los Santos de la Compañía de Jesús. Los Gozos, traducidos del catalán, son de la autoría del poeta Llorenç Moyà i Gilabert de la Portella.
      
NOVENA EN HONOR DE SAN ALONSO RODRÍGUEZ, DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
      
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Ofrézcoos, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonaréis, por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio hasta la muerte. Amén.
    
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Gloriosísimo y bienaventurado Alonso, que por vuestras grandes virtudes y méritos habéis conseguido tanta gloria en el cielo, donde reináis en compañía de los Ángeles y Santos; miradme á mí con ojos propicios, y alcanzadme del Señor la gracia de imitar vuestros heroicos ejemplos, y la que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y salvación de mi alma. Amén.
          
DÍA PRIMERO – 21 DE OCTUBRE
Dios y Señor mío, a quien nadie puede agradar sin fe; os adoro y venero con toda mi alma, y os doy gracias por la viva fe que concedisteis a vuestro siervo San Alonso, el cual se gobernó siempre por las máximas que ella nos prescribe, y suspiraba con las más vivas ansias por plantarla en el corazón de todos los hombres con sus palabras y ejemplos. Conozco, Señor, lo poco que me he aprovechado de don tan precioso; y os suplico por la intercesión de San Alonso me concedáis gracia para que mis obras correspondan a mi fe, y que sepa confesarla y defenderla con valor para gloria vuestra y bien de mis prójimos. Concededme también lo que particularmente os pido en esta Novena, si es de vuestro agrado y bien de mi alma. Amén.
    
Ahora se reza tres veces el Padre nuestro y Ave María en honor de la Santísima Trinidad, dándole gracias por los favores particulares que concedió a San Alonso.
       
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh amado protector mío San Alonso! Os doy mil enhorabuenas por el alto grado de gloria a que el Señor, justo remunerador de sus fieles siervos, os ha elevado, por haber sido modelo de todas las virtudes en los varios estados en que la Providencia os colocó, y particularmente en el de religioso, cuyas obligaciones con tanta exactitud desempeñasteis, procurando con todas vuestras fuerzas que el nombre de Jesús fuese de todos glorificado. Desde ese alto puesto que gozáis, dignaos inclinar la vista hacia mí, indigno devoto vuestro, que desde este destierro clamo a vos pidiendo vuestro amparo y patrocinio. Vos sabéis los muchos peligros que en este mundo nos rodean, y los grandes obstáculos que a cada paso encontramos en el camino de nuestra eterna salud. Interceded con el Señor, a fin de que imite yo vuestras virtudes, de tal manera, que por vuestra mediación logre ser participante de la bienaventuranza que vos gozáis, por los siglos de los siglos. Amén.
  
GOZOS
        
Ya que Dios os escogió
Y os marcaba un santo destino,
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
En Segovia nacisteis
Amante de la humildad,
Pero en la Isla de Mallorca crece la espiga
De vuestra santidad
Y aquí fue, noche y día,
Como un oráculo divino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
Como portero que la llave porta
Y abre y cierra el recibidor,
Si alguno tocaba a la puerta
Decíais: «Estoy aquí, Señor»,
Y abrís con alegría
Al caballero y al mezquino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
      
Sólo erais hermano y no padre,
Pobre y rapado de cabellos,
Pero la gente más preclara
Buscaba vuestros consejos
Si el alma les desfallecía
Y las lágrimas hacían su camino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
Llegando a Bellver, de azul
Mar que medio rodea el monte,
La Virgen Santa enjugaba
El sudor de vuestra frente,
El humilde sudor que os corría
Por la frente embalsamada de pino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
Y allá el alcalde y sus hijos
Veían cómo dentro del alto palacio,
Os rodeaban, sencillas,
Las palomas de la paz,
Con ramas de olivo piadoso
En su pico adamantino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
Nos fuisteis buen adjutor
Al decir a un padre cuaresmero
Que tendría purgatorio
Por predicar en forastero,
Solo por vana fantasía
Y desprecio del mallorquín.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
Cuando moristeis, oh desgracia,
Cuánta pena, cuánto espanto,
Pero a la Isla hicisteis gracia
De no olvidarla jamás,
Y el Gran Consejo, ¡loado sea!,
Os hizo protector y camino.
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
   
En la correntía
Que nos quiere engullir,
San Alfonso, sed guía
Del pueblo que os acogió.
    
Antífona: He aquí el hombre que despreció el mundo, y triunfando de las cosas terrenas, conquistó con sus obras y palabras las riquezas del Cielo.
℣. El Señor condujo al Justo por caminos rectos.
℟. Y le mostró el reino de Dios.
   
ORACIÓN
Oh Dios, fortaleza de los frágiles y elevación de los humildes, que quisiste iluminar la fama de tu siervo San Alonso por el anhelo del yugo de las mortificaciones y su eximia humildad, concédenos que, siguiendo su ejemplo, perseveremos en seguir fielmente a tu Hijo en la mortificación de la carne y la humildad de la Cruz, y obtengamos la gloria eterna. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.
      
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
      
DÍA SEGUNDO – 22 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
    
Omnipotente y misericordiosísimo Señor, cuya bondad infinita fue el apoyo de la firme esperanza de San Alonso, el cual, confiado en vuestro poder y divinas promesas, se entregó todo en vuestras manos, seguro de que jamás le faltarla vuestro favor, aun en los lances más arriesgados; yo me confundo al ver mi desconfianza, y que en las ocasiones que se me han presentado, no sólo no he sabido poner mi esperanza en vuestro poder y fidelidad, sino que, despreciándola neciamente, he llegado a poner mi confianza en mis débiles fuerzas, o en el favor humano. Vos lo habéis visto. Dios mío, con cuánta facilidad he caído por lo mismo en las tentaciones que me han asaltado, y cuál ha sido mi abatimiento en las desgracias que me han sobrevenido. Compadeceos de mí, y concededme por los méritos de vuestro amado San Alonso una filial confianza como la suya, para que reposando tranquilamente en el seno de vuestra amorosa Providencia, logre la paz de vuestros escogidos. Dadme igualmente el favor que os pido en esta Novena á mayor gloria vuestra. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO – 23 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
    
Amantísimo Dios y Señor mío, cuyo Corazón divino arde siempre en amor al hombre; os ofrezco aquel incendio de caridad que abraso el corazón de vuestro siervo San Alonso, y que le hacía vivir absorto y enajenado de las criaturas, para no pensar ni hablar sino de Vos, y para no hacer cosa alguna sino por agradaros. Recibid, Señor, aquel ardor con que os amaba, y deseaba que todos os amasen, en desagravio de las ingratitudes con que hasta ahora os he correspondido. Vos me amáis desde la eternidad, y yo os he ofendido antes de conoceros, y después que os conozco no os amo, ni acabo de entregaros mi corazón. Comunicadme Dios mío, alguna parte de aquel fuego divino que inflamó tanto a Alonso, para que comience, aunque tarde, a amaros con toda mi alma, y persevere siempre en vuestro santo amor. También espero me concedáis el favor particular que os pido en esta Novena, si ha de ser para vuestra mayor gloria. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO – 24 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
    
Amorosísimo Señor, que nos disteis tantos ejemplos de caridad, haciéndoos hombre y padeciendo por nuestra salvación eterna, y que llenasteis a vuestro siervo, San Alonso, de caridad tan encendida en favor del prójimo, que le hacia acudir con la mayor diligencia al socorro de las necesidades espirituales y temporales de sus hermanos; dignaos concederme a mí, por su intercesión, aquel espíritu de caridad que me haga mirar con compasión las necesidades ajenas, y socorrerlas con generosidad según mis fuerzas. No permitáis. Dios mío, que sea otro el motivo de mi amor al prójimo sino Vos, y la observancia de vuestra santa Ley; y haced que a imitación de San Alonso, con mi ejemplo y oraciones logre ganaros las almas que redimisteis con vuestra preciosa Sangre, y la petición que os hago en esta Novena, si es de vuestro agrado y para bien de mi alma. Amén.
       
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA QUINTO – 25 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
    
Soberano Señor, que con tanta bondad os comunicáis a vuestros siervos; os doy gracias por este beneficio, y por el singular don de oración que concedisteis a vuestro favorecido San Alonso. Vos le comunicábais vuestros secretos, y le manifestábais vuestra voluntad, y Alonso salía de la oración todo encendido en vuestro amor a hacer lo que era de vuestro agrado, llegando hasta vivir en una continuada oración, sin poder separarse jamás de vuestra vista y comunicación amorosa. ¡Qué confusión la mía, que apenas estoy nunca recogido! ¡Y qué poco fruto saco yo de la oración! Perdonadme, Dios mío, y concededme por intercesión de vuestro siervo todas las disposiciones necesarias para aprovecharme de la oración, y para que este santo ejercicio produzca en mi alma los abundantes frutos que produjo en la suya. Os pido también el favor particular que solicito en esta Novena a mayor gloria vuestra. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO – 26 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
   
Dios y Señor de las virtudes, que a vuestro siervo San Alonso concedisteis heroica paciencia en las adversidades de esta vida; os suplico me concedáis á mí aquella resignación con que toleró las varias pruebas a que estuvo expuesto, y aquella alegría que conservó en medio de las ocasiones más críticas y dolorosas. ¡Cuántos méritos podría yo haber adquirido imitando sus ejemplos! ¡Y qué desgracia no ha sido la mía en haberos ofendido por mi demasiada delicadeza! No me queda otro recurso que llorar estas pérdidas, y pediros incesantemente por los méritos de San Alonso, me concedáis una perfecta conformidad con vuestra voluntad santísima, para que recibiéndolo todo como de vuestra mano, no me separe un punto de vuestras adorables disposiciones. Concededme igualmente la gracia que pido en esta Novena, si ha de ser para gloria vuestra. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO – 27 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
   
Amantísimo Señor, que descendisteis del Cielo a la tierra para enseñarnos la humildad; ¡con qué fervor procuró imitaros el bienaventurado San  Alonso! Huyendo de toda sombra de honor vano, y dedicado enteramente a los oficios más bajos y despreciables, conservó siempre su corazón lejos de toda vanidad y soberbia, y guardó cuidadosamente el tesoro de la santa humildad. Os suplico que por sus méritos e intercesión me concedáis verdadero conocimiento de mi miseria y bajeza, para que siguiendo sus ejemplos me haga objeto de complacencia a vuestros divinos ojos, y logre el premio preparado para los humildes de corazón. Dadme también que consiga la gracia que pido en esta Novena a mayor gloria vuestra. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO – 28 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
   
Dios de mi alma, que os hicisteis obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz; os ofrezco los méritos del obedientísimo Alonso, siervo fiel, que imitando vuestro ejemplo se sujetó a la voluntad de todos los que le mandaban en vuestro nombre, obedeciendo con la mayor prontitud, aun en las cosas más difíciles y repugnantes, sin dificultad ni oposición alguna; y os suplico me concedáis gracia para que yo obedezca puntualmente vuestra santísima Ley, y también las órdenes de mis superiores, para poder de este modo alcanzar la victoria prometida a los obedientes. Concededme asimismo el favor que os pido en esta Novena, si es para gloria vuestra. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO – 29 DE OCTUBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
   
Dios y Señor mío, que os dignásteis haceros Hombre en las entrañas purísimas de María, y que al morir nos dejásteis a esta Señora por Madre. Vos que tanto apreciáis los obsequios hechos a esta Soberana Reina, y concedisteis a vuestro querido Alonso un amor tan tierno a María, que llegó a ser particularmente favorecido en muchas ocasiones, como hijo muy amado suyo, dignaos concederme a mí una devoción verdadera a tan dulce Madre, y confianza filial para recurrir A su patrocinio en todas mis necesidades, para que en la hora de mi muerte logre como San Alonso vuestros favores y los de María. Dadme, por último, que consiga el favor particular que os he pedido en esta Novena, y la santa perseverancia en vuestro amor. Amén.
   
La Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.

jueves, 1 de agosto de 2019

EXCUSAR LOS DEFECTOS PROPIOS ES FRUTO DE LA SOBERBIA

«Compara un santo [San Pedro Damiano] a los que se excusan al erizo, que cuando siente que le quieren tomar o tocar, encoge con grandísima velocidad la cabeza y los pies, y queda por todas partes rodeado de espinas, hecho una bola, que no le podréis tomar ni tocar, sin punzaros primero. De esta manera, dice este santo, son los que se excusan, que si los queréis tocar, y les decís la falta que hicieron, luego se defienden como el erizo. Y unas veces os punzarán a vos, dándoos a entender que también vos habéis menester aquello; otras diciéndoos que también hay regla que no reprenda uno a otro; otras diciendo que otros hacen mayores faltas y se disimulan. Llegaos a tocar al erizo y veréis si punza. 
   
Todo esto nace de la mucha soberbia que tenemos, que no querríamos que se supiesen nuestras faltas, ni ser tenidos por defectuosos, y más nos pesa de que se sepan y de la estima que por ello perdemos, que de haberlas hecho, y así las procuramos encubrir y excusar cuanto podemos.
   
Y hay algunos tan inmortificados en esto, que aun antes que les digan nada, ellos previenen y se excusan, y quieren dar razón de lo que  les pueden oponer; “si hice aquello fue por esto, y si hice lo otro, fue por esotro”. ¿Quién os pica ahora que así saltáis? El estímulo y aguijón de la soberbia que tienen allá dentro en las entrañas, eso les pica y les hace saltar con eso, aun antes de tiempo».
 
SAN ALONSO RODRÍGUEZ SJ, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, tomo II, tratado III, capítulo XXVIII, página 320.

lunes, 30 de octubre de 2017

SAN ALONSO RODRÍGUEZ, COADJUTOR JESUITA

Visión de San Alonso Rodríguez (Zurbarán)
  
Desaparecida su partida de bautismo, discuten los modernos biógrafos del Santo la fecha de su nacimiento, pareciendo casi seguro que éste tuvo lugar en Segovia el año 1533. Fue hijo de Diego Rodríguez y de María Gómez, dedicados al comercio de paños, y fue el segundo de los once hijos, siete varones y cuatro hembras, nacidos de este matrimonio. Cuando Alonso tenía doce años llegaron a Segovia dos de los primeros jesuitas, que se hospedaron en casa de Diego Rodríguez y, después de practicar su apostolado en la ciudad, se retiraron a una casa de campo. Durante todo el tiempo que estuvieron en Segovia tuvo el niño Alonso verdadera intimidad y trato con ellos, y los padres le enseñaron la doctrina cristiana, a rezar el rosario, a ayudar a misa y a confesarse.
 
Uno de estos padres era nada menos que el padre Fabro, y, aunque San Alonso olvidó sus nombres, recordó toda su vida y evocaba en su ancianidad estas enseñanzas recibidas en la niñez. Su padre envió a Alonso y a su hermano mayor a estudiar a Alcalá en el colegio de jesuitas allí fundado por el padre Francisco Villanueva, amigo de la familia, y a quien fueron encomendados los dos hermanos. No estuvo allí Alonso mas que un año, pues, fallecido su padre, la madre decidió que el primogénito continuase los estudios y Alonso regresase a Segovia para ponerse al frente del negocio paterno. Parece que el Santo no reunía grandes condiciones para el comercio, y el negocio iba cada día peor. Por consejo de su madre se casó con una joven montañesa llamada María Juárez, que poseía algunos bienes de fortuna. De este matrimonio nacieron dos hijos, pero la desgracia perseguía a Alonso, que perdió primeramente a uno de los hijos y a su mujer. Ya viudo, se murieron el otro hijo y la madre del Santo, que así quedó solo.
 
Se produce entonces en su alma una profunda crisis, decidiendo entregarse a una nueva vida, que inicia con una confesión general hecha con el padre Juan Bautista Martínez, predicador de la Compañía. Después pasó tres años de rigurosa penitencia con disciplinas cotidianas, cilicio, ayunos, cuatro horas y media diarias de oración y comunión cada ocho días. En una de sus memorias escrita en 1604 (Obras, tomo I, págs. 15-17) nos explica el Santo cómo en esta época fue ascendiendo de la oración vocal a la oración extraordinaria y sobrenatural, iniciándose ya las visitas de Jesucristo y la Virgen, tan constantes durante el resto de su vida. Después de seis años de esta vida hace en 1569 cesión a sus hermanas de sus bienes y se va a Valencia en busca de su confesor, el padre Luis Santander, rector del colegio de la Compañía en esta ciudad, y con el propósito de ingresar en la misma. Para esto se presentaron dificultades casi insuperables: su edad, su falta de estudios, su poca salud.
 
El padre Santander lo colocó primero en casa de un comerciante, después de ayo de un hijo de la marquesa de Terranova. Vistas las dificultades para ingresar en la Compañía, y obedeciendo a la sugestión de un conocido en quien el Santo creía ver después una influencia diabólica, formó el propósito de dedicarse a la vida eremítica. Se produce entonces una crisis decisiva para su futura vida espiritual, pues, cuando dió cuenta al padre Santander de su proyecto, éste le dijo: “Me temo, hijo, que os perdéis, porque veo que queréis hacer vuestra voluntad”. Ante estas palabras la conmoción de Alonso fue extraordinaria, haciendo allí mismo firme propósito de no realizar nunca su voluntad en los restantes dias de su vida. Esto explica una de las notas características de la espiritualidad del Santo: la obediencia ciega y absoluta.
    
Finalmente, todas las dificultades para el ingreso de Alonso en la Compañía fueron vencidas por la decisión del padre Antonio Cordeses, uno de los grandes espirituales jesuitas y provincial a la sazón, que dijo que “quería recibir a Alonso Rodríguez en la Compañía para que fuese en ella un santo y con sus oraciones y penitencias ayudase y sirviese a todos”. Fue admitido en 31 de enero de 1571. En este mismo año, el 10 de agosto, llegaron a Palma, enviados desde Valencia para ingresar en el colegio de Monte Sión, dos padres y un hermano. Era éste el hermano Alonso Rodríguez, que desde este momento residió en Monte Sión, desarrollándose allí todos los acontecimientos de su vida religiosa. En 5 de abril pronunció sus votos del bienio o votos simples. Doce años más tarde, en 1585. también en 5 de abril, hizo sus últimos votos de coadjutor.
 
En este lapso de tiempo entre los dos votos hay que situar el periodo más duro y doloroso de su vida espiritual: los siete años llenos de sufrimiento y de terribles tentaciones, que el Santo nos relata en sus escritos. A partir de 1572 se hizo cargo del puesto de portero, que desempeñó sin interrupción durante más de treinta años, hasta mediados de 1603. Según nos relata el padre Francisco Colín, habiendo pasado ya de los setenta y dos años, “consumida su salud con la lucha perpetua de su carne y espiritu, y quebrantadas las fuerzas..., advirtiendo los superiores que no tenia sujeto para tanto trabajo ni pies para tantos pasos, habiéndole eximido primero de subir escaleras y otras cargas pesadas del oficio, se lo hubieron finalmente de quitar todo y encomendaron otros más llevaderos... Y esto hasta el año 1610, que los siete restantes ni para esto estuvo”.
  
Un conjunto de enfermedades le obligó en el año 1617 a guardar cama, no levantándose ya más, falleciendo en medio de acerbos sufrimientos en 31 de octubre de 1617 con el nombre de su amado Jesus en los labios.
 
En la manuscrita Historia de Monte Sión se nos cuenta cómo desde 1635 se inició con limosnas la construcción de una capilla de traza y arquitectura “curiosa y magnífica” para, además de a otros servicios religiosos, destinarla a guardar en ella el cuerpo del venerable hermano Alonso Rodríguez. Esto no se realizó sino mucho después. Hasta 1760 no declaró Clemente XIII heroicas sus virtudes. La causa de beatificación del hermano Alonso fue interrumpida en razón de las vicisitudes sufridas en esta época por la Compañía con las persecuciones, que culminaron en la supresión, llevada a cabo por el papa Clemente XIV. El proceso se activó cuando en 1816 Pío VII restableció la Compañía y los padres volvieron al colegio de Palma en 1823. El 25 de mayo de 1825 León XII le proclamaba Beato y, finalmente, León XIII, en 15 de enero de 1888, canonizó al Beato Alonso Rodríguez al mismo tiempo que a su amado discípulo San Pedro Claver, el apóstol de los negros esclavos.
  
El conjunto de los opúsculos de San Alonso no obedece a un plan sistemático: pero pueden clasificarse en tres grupos, conforme a los fines para que fueron escritos: a) consejos espirituales, que el Santo daba por escrito, unas veces espontáneamente, otras atendiendo peticiones, y estos papeles fueron tan solicitados que los superiores llegaron a prohibir su salida del convento sin su autorización; b) notas en las que el Santo recogía sus inspiraciones para tenerlas presentes y conseguir su progreso espiritual, denominándolas Avisos para mucho medrar; c) la cuenta de conciencia, que, obedeciendo a sus superiores, debía dar periódicamente por escrito, de las gracias recibidas de Dios, de su espíritu, de sus sentimientos. Así se formó su Memorial o Autobiografía, que, empezada en mayo de 1604, llega hasta junio de 1616. El conjunto de los escritos reproducidos en la edición del padre Nonell está constituido por trece cartapacios en cuarto y cinco en octavo. Los elementos antes indicados están agrupados formando algunos trataditos. Por ejemplo: Tratadito de la oración, Tratado de la humildad..., Amor a Dios..., Contemplación y devoción a la Virgen, Avisos para imitar a Cristo, etc. Si a esto añadimos las cartas, tenemos el panorama de la producción literaria del Santo. La manera de escribir, que hemos indicado, dió ocasión a numerosas repeticiones de conceptos e ideas, como puede comprobarse en la copiosa edición del padre Jaime Nonell. Para remediar este inconveniente elaboró el padre Borrós su Tesoro ascético, donde en solas 183 páginas recoge lo fundamental de la producción del Santo. Finalmente, su doctrina ha sido plenamente sistematizada en la obra del padre José Tarragó.
  
San Alonso, que escribió por estricta obediencia sus confesiones más íntimas, nunca habla de sí, refiriéndose siempre a una cierta persona, cuyas vicisitudes espirituales se relatan. Dentro de la Compañía la obra de San Alonso puede ser considerada como el símbolo y modelo de la espiritualidad de los hermanos coadjutores, que, alcanzando la santidad con sus trabajos humildes y obscuros, representan una especial faceta del apostolado y espiritualidad del organismo a que pertenecen.
  
Aunque ningún aspecto de las etapas y manifestaciones de la vida espiritual dejan de tener su representación en el conjunto doctrinal de los escritos del Santo, creo que tres notas principales se destacan como las más caracteristicas y personales de esta espiritualidad: el ejercicio permanente para lograr la constante y auténtica familiaridad con Dios, la ciega obediencia y profunda abnegación de sí mismo, el amor y deseo de la tribulación, que el Santo consideraba el mayor bien que se puede recibir de Dios. Desde aquella promesa que hizo al confesarse en Valencia con el padre Santander, el Santo consideró la ciega obediencia como el primer deber. Él mismo, hablando de sí dice: “Lo que le pasa a esta persona con Dios sobre esta materia de la obediencia es que era tan cuidadosa en obedecer a ciegas que un padre le dijo que obedecía a lo asno”. Se cuentan de él sucedidos que recuerdan por su ingenua simplicidad los relatos referentes a los humildes compañeros de San Francisco de Asís. En una ocasión, hallándose enfermo, el enfermero le lleva la comida, ordenándole de parte del superior que coma todo el plato. Cuando regresa el enfermero le encuentra deshaciendo el plato y comiéndoselo pulverizado.
   
Los beneficios de la tribulación los expuso San Alonso en un encantador escrito titulado Juegos de Dios y el alma. Un breve texto nos explica las ganancias del alma beneficiándose con la tribulación:
“Y el juego es de esta manera: que juega Dios con el alma, su regalada y querida, y el alma con su Dios, al cual ama con amor verdedero, y juega con Él a la ganapierde. Y es que, perdiendo en esta vida, según el uso del mundo, gana ella; y es que permitiendo Dios que sea maltratada, perdiendo, gana, callando y sufriendo el mal tratamiento, no se vengando, como se venga el mundo
  
Pasa adelante el juego, y es que el alma va siempre perdiendo de su derecho, según su carne y el mundo le enseña; y así, perdiendo, gana, porque, si ganase según el mundo y la carne le enseña, quedaría perdida. ¡Oh juego enseñado por Dios al alma, cuan digno sois de ser ejercitado!”.
  
El Santo escribe en el sabroso castellano popular y corriente de la época y sin pretensiones literarias. A veces logra páginas de verdadera belleza, cuando expone doctrinas por las que siente apasionado entusiasmo: tal ocurre al explicar los frutos que se obtienen con el Ejercicio de la presencia de Dios:
“Pues así como todas las plantas y criaturas de la tierra, con la comunicación y presencía del sol reciben de él gran virtud y las causa que crezcan y den fruto, así las almas que andan siempre en la presencia de Dios reciben de este Señor gran virtud y es causa que crezcan y den gran fruto de virtudes y buenas obras, enseñándolas grandes cosas de perfección. Y si las flores, y rosas, y los árboles reciben de parte del sol con su presencia y comunicación tanta hermosura y lindeza, y si él les faltase pondrían luto, como si fuesen sensibles. Como se ve en algunos géneros de rosas o flores, que cuando el sol quiere salir dan muestra de alegría descubriendo su hermosura y belleza con la venida y presencia del sol, que parece que le salen a recibir alegres; y cuando el sol se va de su presencia parece que ponen luto, porque luego cubren su hermosura, que parece a nuestra tristeza, por su ausencia, hasta que vuelva y le salgan a recibir con su acostumbrada hermosura y alegría; así, ni más ni menos, el alma que no reside y anda delante de su Dios, ¿cómo vivirá con tanta tristeza? ¿Quién alegrará su corazón? ¿Quién dará luz a su entendimiento? ¿Quién la encenderá en el amor divino?” (Obras, tomo III, pág. 493).
  
Pero la verdadera influencia espiritual no la ejerció San Alonso Rodríguez con sus obras, que permanecieron inéditas hasta el siglo XIX. El humilde y santo portero de Monte Sión fue durante su vida un foco radiante de espiritualidad. Dentro del convento los superiores, so pretexto de poner a prueba su obediencia, le obligaban a pronunciar pláticas en el refectorio y a contestar a consultas sobre temas arduos de doctrina, que eran siempre esclarecidos por la luminosa experiencia de su vida espiritual. Mediante su correspondencia con personalidades de Palma y de España entera ejerció un verdadero magisterio: pero aún sería mas importante la lista de cuantos recibieron directamente su enseñanza, desde los padres superiores del colegio hasta los novicios que por él pasaban.
  
Representativa de esta influencia del humilde portero es la gran figura de San Pedro Claver. Cuando llegó como novicio tuvo San Alonso la revelación de que aquel joven había de ser santo por los merecimientos de su apostolado en las Indias. Es uno de los episodios más conmovedores de la historia de la espiritualidad española esta profunda y tierna intimidad entre los dos santos. Cuando el joven Pedro Claver partió de Monte Sión consiguió licencia para poder llevarse el cuadernito de avisos espirituales que le había dado el hermano portero Alonso. Estas hojas, que hoy se conservan piadosamente en el Archivo de Loyola, acompañaron al Santo en todas las tremendas vicisitudes de su vida. Su última gran alegría fue recibir en Cartagena de Indias, poco antes de su muerte, la Vida de San Alonso Rodríguez, publicada por el padre Colín. Paralítico y clavado en un sillón escuchaba la lectura de este libro, que evocaría en su mente recuerdos de su juventud en el colegio de Monte Sión, haciéndole sentir la nostalgia de aquellas tierras y de aquellos mares impregnados del recuerdo de Raimundo Lulio, que marcó a la cristiandad aquella ruta de apostolado heroico en cuya práctica consumió su vida abnegada el santo apóstol de los negros esclavos.
 
Finalmente San Alonso Rodríguez es uno de los grandes santos de la Compañía de Jesús. Hombre de pocas letras, aunque muy dado a piadosas lecturas, su doctrina no es producto de una cultura libresca, sino el resultado de una experiencia espiritual, que logró elevarse a las más altas cimas de la vida mística. Como hemos visto, por circunstancias que parecen providenciales, toda su formación estuvo vinculada desde la niñez a la Compañía de Jesús, viniendo a ser este humilde hermano portero una de las pruebas vivientes de que se equivocan los que sostienen que la espiritualidad jesuítica es casi exclusivamente ascética.
 
PEDRO SÁINZ RODRÍGUEZ. Año Cristiano, Tomo IV. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
Oh Dios, fortaleza de los frágiles y elevación de los humildes, que quisiste iluminar la fama de tu siervo Alonso por el anhelo del yugo de las mortificaciones y su eximia humildad, concédenos que, siguiendo su ejemplo, perseveremos en seguir fielmente a tu Hijo en la mortificación de la carne y la humildad de la Cruz, y obtengamos la gloria eterna. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

martes, 15 de agosto de 2017

VISIÓN EXTÁTICA DE SAN IGNACIO EN MANRESA

NOTA, Y APUNTE DE LO QUE NUESTRO PADRE SAN IGNACIO VIO Y ENTENDIÓ EN EL ÉXTASIS, O RAPTO DE OCHO DÍAS, QUE TUVO EN MANRESA
 
San Ignacio de Loyola haciendo penitencia en la Cueva de Manresa (Juan de Valdés Leal)
    
En el primer día tuvo una clara visión de toda su vida pasada, de los pecados cometidos y de los beneficios recibidos de Dios.
  
En el segundo día le fue revelado el modo que había de tener en adelante en su vida, las gracias y dones que le quería dar o comunicar Dios, y por cual había de ser llevado a la perfección.
  
En el tercero vio la alteza del instituto de la Compañía, que Dios quería fundar por él, y todo su progreso; y en esta ocasión se le dio a entender en particular, cómo la Compañía había de degenerar de su primer fervor por los muchos defectos, principalmente por la soberbia, doblez y espíritu político de muchos de ellos.
  
En el cuarto le fueron impresos altísimamente todos los misterios de la vida y pasión de Cristo, conforme aquello de San Pablo: Hoc enim sentíte in vobis, quod in Christo Jesu.
  
En el quinto día le fue dada una clarísima cognición de los ejercicios espirituales que en Manresa hizo, sacando los sentimientos que tuvo de la vida de Cristo.
  
En el sexto día le fue mostrada la forma que había de tener en tratar y comunicar con toda suerte de personas, Prelados, Príncipes, Magistrados, etc., acomodándose al genio de todos, como lo hizo Cristo.
  
En el séptimo le dio a ver la pérdida de todo el lustre de la Compañía y de todas las cosas dichas, a lo cual se resignó él con grandísima prontitud; y por esto en su Vida se dice: que si bien le sería molesta la ruina de la Compañía, pero que no perdería su paz [1].
  
En el octavo tuvo claro conocimiento de la orden que debía tener en sus acciones cotidianas, tanto para con Dios, como para consigo y con los próximos, Roma, etc.
 
En el tercer día de su rapto vio Nuestro Padre San Ignacio la gran caída que daría la Compañía por las causas siguientes:
  1. Por haberse introducido en ella un gobierno político;
  2. Por la mucha ambición;
  3. Por el mucho doblez en el trato;
  4. Por mucha soberbia, y otros varios defectos en muchos de sus hijos.
     
Hállase esta revelación en el Colegio de la ciudad de Termini en Sicilia en un papel manuscrito del P. Domenech, que fue secretario de Nuestro Padre San Ignacio.
 
El padre Flayva, varón ilustre (que floreció en el Brasil a principio de este siglo de 700) escribió una carta al padre provincial de Portugal, en que dice, que eran tres los motivos porque Dios castigaba a la Compañía en Portugal. Primero: la soberbia oculta, que sumamente desagradaba a los divinos ojos, comparándose la Compañía con preferencia a las demás religiones; y que por esta soberbia había de ser abatida más que nunca. Segundo: la falta y desatención al Culto Divino, principalmente en celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y en rezar el Oficio Divino, en lo que nos hacían ventaja las demás religiones en que había Coro; y que supuesto no le había en la Compañía, nos debíamos perfeccionar y esmerar en el Rezo Divino. Tercero: porque ya desdecía la Compañía de aquella obediencia ciega en que deseó vernos muy señaladamente Nuestro Padre San Ignacio. Últimamente dijo el padre Flayva que con este azote quería Dios castigar la Compañía, y restituirla a su primer espíritu y ardiente celo de la salvación de las almas; y que así no lo extrañasen, ni sintiesen, aun cuando se viesen despojados de sus propias haciendas.
Es copia del original, que de letra del Padre Procurador de Provincia Antonio Miranda, se halló en su aposento en el Colegio de Córdoba del Tucumán, entre los demás papeles recogidos después de la ejecución del Decreto. Buenos Aires, 12 de Septiembre de 1767. El Obispo de Buenos Aires.
    
PADRE JUAN DE MARIANA SJ. Discurso de las Enfermedades de la Compañía. Madrid, Imprenta de don Gabriel Ramírez, 1768. Págs 277-280.
  
NOTA
[1] San Ignacio dijo: Que la cosa más sensible que podía sucederle, sería ver extinguida su Compañía por declinar de su instituto; pero que con un cuarto de hora que Dios le concediese para resignar su voluntad en la divina, quedaría muy conforme y sin pesar. En estas palabras se descubren vestigios bastantemente claros de la revelación que se ha referido. El Padre Alonso Rodríguez en sus Ejercicios Espirituales tuvo aquellas expresiones por un acto heroico de su resignación, y no por una profecía; y pudo ser uno y otro.

viernes, 9 de septiembre de 2016

SAN PEDRO CLAVER, MISIONERO Y CONFESOR

San Pedro Claver
  
ESCENARIO DE HORROR
No hace aún doscientos años los periódicos de La Habana publicaron estos avisos en sitio destacado:
«Un mulato como de treinta años, buen cocinero, sano y con todas tachas, menos ladrón, se cambia por negro, mulas, caballos o volanta. En el almacén que era de don Juan Rincón darán razón» (Papel periódico, 18 enero de 1785).
 
«Buena ocasión. Se vende una mulata de dieciocho años de edad, recién venida del campo, sin vicios malos, muy dócil, 500 pesos. Otra mulata de veintiséis años, casada en la villa de Santiago, con su cría de cinco meses, en 300 pesos, alcabala y escritura y sin incluir la cría». -«Adelante, señores; 200 piastras vale esta linda negra, buena lavadora, 200 piastras, señores. Vedla: es joven aún». -«¿250 piastras dijo? Es suya…», y el dueño la empujó y siguió con ella; había comprado también un reloj de la sucesión de M. Reynoil y dos sillas (La escena sucede en Martinica, comienzos del XVIII).
Mercados parecidos tenían lugar en Portobelo, Jamaica, Lima, Veracruz, Cartagena. Es la esclavitud de la raza de color. La trata negrera. El negocio era bueno. Un esclavo, «una pieza de Indias», se compraba en África en 1683 por ocho francos y se vendía en Cartagena en 100 pesos. Se podían permitir los negreros el lujo «de que murieran en el camino las dos terceras partes del cargamento humano».
  
El sordo rumor de los encadenados, el ambiente fétido «de las calas de los veleros, el dolor de un presente y el temor de un futuro sin esperanzas», pensaban que les destinaban a morir y de su sangre teñir los navíos, dan una estampa de colores crudos. Jacques Aragó fue un viajero que vio esta escena en Río de Janeiro:
«Allá en un salón bajo y hediondo están clavados en el suelo y en las paredes bancos negros y sangrientos. En estos bancos y sobre este piso húmedo, se sientan desnudos, hombres, mujeres, niños y alguna vez ancianos que esperan al comprador. Apenas se presenta éste en la puerta, y a una señal del amo, todo el harén se levanta, gesticula, se agita, se contrae, muge canciones salvajes, prueba de que tiene pulmones y que ha comprendido perfectamente la esclavitud. ¡Infeliz del que no trata de distinguirse de sus compañeros!, el látigo está preparado para surcar su cuerpo y hacer volar por el aire los pedazos de carne negra.
 
Ahora, silencio: el negocio va a tratarse, y cerrarse la venta.
 
-¡Eh, pst, tú, aquí…!
“Cualquiera cosa” se levanta: esa cualquiera cosa es un ser que tiene dos ojos, una frente, sesos, un corazón como tú y como yo... ¡pero me engaño!, ese pecho no encierra un corazón; pero, por lo demás, está completo.
 
-Mirad “esto” (Es el amo). Camina.
Y “eso” se pone a caminar.
 
-Ahora corre.
Y “eso” corre. Alza la cabeza, agita los miembros, patea, grita, enseña los dientes.
 
-Vamos, bravo. ¿Cuánto vale?
-Seis cuádruplos.
-Doy cinco. Pero ahora que me acuerdo, ¿ha pasado ya la viruela?
-Ya la ha tenido; mirad bien.
 
En efecto, manchas amarillas y lucientes esparcidas sobre el cuerpo negro testifican el contacto de un pequeño hierro candente, cuya cicatriz ha dejado una señal que engaña al inexperto comprador.
 
-Está bien; he aquí vuestros cuádruplos.
-Cantad ahora vosotros.
 
La cascada cae mugiendo, los compradores salen, empujando delante de ellos a puntapiés su adquisición. El amo mete su oro en una bolsa de cuero, y se coloca en la puerta para detener otros parroquianos al paso: he aquí en miniatura un mercado de negros». (Jacques Aragó, Recuerdos de un ciego: Viajes alrededor del mundo - Traducción española. Madrid, Gaspar y Roig Editores, 1851, pág. 30).
  
Venta de esclavos (grabado inglés de principios del siglo XIX)
   
Estas escenas del realismo brutal ocurrían en el Nuevo Mundo y eran eco de la gran cacería africana.
 
Un día del siglo XV el portugués Alvise (Luis) de Cadamosto se encontró en la Costa de Oro con unos negros.
«Todos –dice– corrieron a verme como una gran maravilla…; los unos cogían mis manos y las frotaban con saliva para ver si mi blancura procedía de alguna pintura o tinte que tuviera sobre mi carne…»
Más tarde hay una fecha. El 12 de enero de 1510, segundo viaje de Colón. Su majestad manda a los oficiales de Indias emplear negros. Asientos de negros…, palabras que esconde la tragedia de catorce millones de seres desplazados de sus bohíos, de su tierra nativa, de sus familiares y lanzados a un mundo nuevo. Un millón llegó a Cartagena de Indias. Era uno de los tres puertos negreros autorizados por la Corona.
  
EL DORADO DIVINO
-«Padre Claver: ¿cuántos esclavos negros cree haber bautizado?».
-«Hermano Nicolás: según mi cuenta más de 300.000…».
Este diálogo seco tuvo lugar hace trescientos seis años en el colegio de los jesuitas de Cartagena de Indias. Al protagonista no le ha cubierto el polvo de tres siglos.
   
En voz baja los niños de hoy, blancos y negros, preguntan a sus padres: «¿De quién es esa calavera que va en esa urna dorada?» —«Es un santo, es San Pedro Claver, y agregan: se llamó el esclavo de los esclavos negros; les quería mucho; murió en Cartagena el 8 de septiembre de l654».
  
Tres siglos no han borrado su recuerdo. Y los niños blancos y negros unen sus rostros curiosos y se acercan al Santo que vive hoy como ayer. La figura de Claver se agiganta. Es el patrono de Colombia. No se piensa que ese hombre es el libertador de una raza oprimida.  
      
El padre Pedro Claver, cuando charlaba con el hermano Nicolás y se sometía a un verdadero reportaje, era un anciano de setenta años; le llamaban el Santo y sus ojos eran tristes.
«Era de mediana estatura, un poco inclinado, cabeza grande, rostro descarnado, color pálido obscuro, frente ancha y rugosa cruzada por dos profundas arrugas horizontales, ojos hundidos, tristes, barba poblada, boca grande».
El hermano Nicolás González, cuyo testimonio permite reconstruir algo de la vida del Santo, era un hermano coadjutor jesuita que le acompañó durante veintidós años. Fue su gran amigo y admirador: fue el testigo que dijo más cosas en el proceso de canonización. La personalidad de Claver le llenaba de estupor. En él no se realizaba la frase «No hay hombre grande para el ayuda de cámara».
 
Declaró con juramento, «por lo menos hacía un acto heroico diario». Esta palabra: «heroísmo», en aquel siglo XVII, tenía un sentido fuerte, sonaba a selva virgen y a sangre. Pedro Claver vivió una época brillante (1580-1651).
 
Habían pasado tres grandes sucesos: el Renacimiento, la Reforma y el descubrimiento de América. Era la etapa de la consolidación de fronteras, de forcejeo de fuerzas, de cimientos de imperios. Existía la magia fresca del Nuevo Mundo. El eco de las hazañas sonaba como clarín en los descendientes de Pizarro, Cortés, Quesada… El Dorado brillaba como una ilusión en los ojos ardientes de aquellos campesinos acostumbrados a domeñar una tierra gastada. El fabuloso nuevo mundo era el ideal de las almas selectas y de los cuerpos famélicos. América fue luz de conquista terrena y espiritual. El soldado soñaba con su espada y su misión. Era la tierra nueva para los conquistadores a lo humano y lo divino.
  
El 15 de abril de 1610 se embarcó en Sevilla en el galeón San Pedro en la madurez de los treinta años el silencioso Pedro Claver. Un conquistador más en su Dorado de esclavitud.
  
INFANCIA SIN HISTORIA
Verdú es un pueblo catalán del valle del Urgel. 2000 habitantes en tiempos del Santo. Célebre entonces y ahora por sus ferias de mulas y sus cántaros redondos que conservan el agua fresca. Paisaje de viñedos, olivos y cereales. El horizonte es amplio en la llanura. La silueta que se destaca desde la carretera de Lérida-Barcelona es simple en su simbolismo. La torre –Verdú era una villa amurallada, militar– del homenaje, que domina el castillo, gloria de los Cerveras antes, hoy depósito de cereales y una iglesia románica. Verdú fue durante mucho tiempo una ciudad levítica, de abadengo. Perteneció a la abadía de Poblet. Una sardana popular dice de la villa: «Brillas en primavera la púrpura con sus amapolas, en verano con el oro de tus trigales, en otoño con el rojo de los viñedos y el verde obscuro de los olivares». Verdú es gloria de dos grandes hombres: Juan Teres, que fue virrey de Cataluña, y Pedro Claver, el misionero de la Nueva Granada. Los amigos de la leyenda agregan un tercer personaje: Colom… Este apellido es frecuente entre los payeses, y un padrino de Claver calcetero se apellidaba Colom.
 
En la calle mayor de la villa, en una masía grande, nació el 26 de junio de 1580 Pedro Claver. Sus padres eran unos campesinos acomodados, tenían dieciocho fincas y un patronato con otras once: no pertenecían a la nobleza como se ha dicho. Los padrinos eran calceteros y canteros. Los padres del Santo se llamaban Pedro Claver y Juana Corberó. Tuvieron 6 hijos, de los cuales, Catalina y Catalina María murieron en la infancia, Jaime a los veintiún años. Quedaron tres: Juan Martín, el mayor; Isabel, la más pequeña, y el Santo, que era el penúltimo. El jefe de la familia no era muy instruido, apenas sabía firmar, pero era de juicio recto y singular bondad; figura como albacea en muchos testamentos y fue «jurat encap» en 1601 y 1605. La fe de bautismo que se conserva hoy día en el despacho parroquial de Verdú dice así:
«El 26 de junio de 1580 fue bautizado Juan Pedro, hijo de Pedro Claver, de la calle mayor, y Ana, mujer de aquél. Fueron padrinos Juan Borrel, cantero, y Magdalena, mujer de Flavian Colom, calcetero, todos de Verdú. Dios le haga buen cristiano».
Dios le hizo algo más: un gran santo.
 
Su infancia fue la de un campesino. No tiene historia. A los diecinueve años inició su vida eclesiástica. Más tarde entró en la Compañía de Jesús. En la maravillosa isla de Mallorca se encontró con un santo anciano, San Alonso Rodríguez. Era un místico, su figura de castellano viejo se parecía a un sarmiento retorcido por la penitencia, tenía fuego interior. Un día tuvo una visión que se refería a su amigo. Vio un trono en el cielo para Claver, «porque allá en las Indias tendría que padecer mucho».

San Alonso Rodríguez
  
«¡Ay!, Pedro, cuántos están ociosos en Europa mientras en América perecen tantas almas…, allá está tu misión». Pedro Claver sintió una luz en su camino y un gran ardor conquistador. Desde ese momento su alma grande soñó con el nuevo mundo. Tres ciudades de Colombia fueron el escenario de su vida:
  • Santa Fe de Bogotá, con sus casonas, sus patios, sus claustros viejos de San Bartolomé. Pedro Claver vivió en la capital dos años. Es el único santo canonizado que ha pisado estas calles y recorrido estos caminos.
  • Tunja, envuelta en su paisaje ascético y místico, dureza serena y elevación profunda. Es otra ciudad claveriana. Allí estuvo un año. 
  • Cartagena, la metrópoli cálida de la colonia, llena de luz y de contrastes, ciudad militar, mística y popular. Por sus calles y plazas el Santo de los esclavos anduvo treinta y ocho años.
El día 20 de marzo de 1616, Pedro Claver se ordena de sacerdote en la catedral de la ciudad heroica. Unos años más tarde, el 3 de abril de 1622, tuvo lugar una escena silenciosa pero trascendental. En un papel ordinario, vasto, con su letra clara un poco inclinada a la derecha y con trazos rectos, escribió las palabras que se han hecho inmortales:
Petrus Claver, æthiópum semper servus. «Pedro Claver, esclavo para siempre de los etíopes» (es decir, de los negros).
Desde este momento, la vida de este hombre no será sino una cadena de sacrificios, de entregas al hermano, que sufre abandonado. Olvidará todo lo brillante de la vida.
  
ATAÚDES FLOTANTES
La humanidad siempre ha sido cruel; hoy hay campos de concentración, ayer había barracones negreros.
 
Disposición general de un barco negrero

El padre Sandoval fue el primer apóstol de los negros que de una manera sistemática trabajó en Cartagena de Indias. Escribió un libro genial: De la salvación de los negros, que en su género es único por su valor sociológico y valiente. El galeón negrero se acerca al puerto. Ya las velas se recogen. Ha pasado el fuerte del Pastelillo y se puede oír el rumor del puerto. En el fondo del navío un terrible murmullo. Gritos de angustia, miradas ansiosas, los negreros muestran un rostro más benévolo. Ha llegado una tercera parte de su mercancía y hay interés en que dé buena impresión. «Rían, esclavos…, rían».
«Cautivos estos negros con la justicia que Dios sabe –dice Sandoval– los echan luego en prisiones asperísimas, de donde no salen hasta llegar a este puerto de Cartagena. A veces llegan doce o catorce navíos al año, hediondos, y les da tanta tristeza y melancolía por la idea que tienen que les traen para hacer aceite de ellos o comérselos, que mueren un tercio de la navegación. Vienen apretados, asquerosos y tan mal tratados que me certifican los que los traen que vienen de seis en seis con argollas en el cuello, con grillos en los pies de dos en dos, de modo que de los pies a la cabeza vienen aprisionados. Debajo de la cubierta, cerrados por fuera, donde no ven sol ni luna, que nadie puede atreverse a meterse allá sin marearse ni resistir una hora.
  
Comen cada veinticuatro horas, no más que una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo o millo crudo y con él un pequeño jarro de agua, y no otra cosa sino mucho palo, mucho azote y malas palabras.
 
Con este tratamiento llegan unos esqueletos, sacándolos luego a tierra en carnes vivas, pónenles en un gran patio corral, acuden luego a él innumerables gentes, unos llevados de la codicia, otros de curiosidad y otros de compasión; éstos son los misioneros, y aunque van corriendo siempre hallan algunos muertos».
Página terrible de un testigo del maestro y antecesor de San Pedro Claver. Él mismo confiesa que, ante esta humanidad repugnante, sentía espasmo y su naturaleza quería huir.
  
LA GRAN MANADA
Sólo se conserva un retazo de carta del 31 de marzo de 1617. De ella son estas líneas:
«Ayer saltaron a tierra un gran navío de negros de los Ríos de Guinea. Fuimos allá cargados de naranjas, limones, tabaco. Entramos en sus barracones, remeros de una y otra parte. Fuimos rompiendo hasta llegar a los enfermos, de que había gran manada echados en el suelo, muy húmedo y anegadizo. Echamos manteos fuera, terraplenamos el lugar, llevamos en brazos a los enfermos…».
La sociología de Claver no era complicada ni recargada de incisos. Tuvo un amor supremo: «Señor, te amo mucho, mucho…». Una voluntad de acero: cuando el cuerpo se rebelaba ante una llaga abierta, ante el horror de un leproso hecho pedazos, su rostro demacrado y amarillento como las olivas de su pueblo se encendía, sacaba una disciplina que termina en pequeños pedazos de hierro y allí mismo, ante el enfermo, desgarraba sus carnes magras. «Así, así, pues ya verás», y la tempestad pasaba. Su rostro, como el mar Caribe que lamía los muros de su cuarto, se volvía sereno y se inclinaba al enfermo, besaba una y otra vez sus llagas, «hasta dejarlas limpias con sus propios labios».
  
«Retírese, hermano». El hermano Nicolás, su compañero de veintidós años, dijo: «Yo le acompañé –declara en el proceso–, la enferma está en un cuarto obscuro, hacía un calor terrible y un hedor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y me caía por tierra. El padre me dijo: “Retírese, hermano mío”, y vi sus labios en las llagas de la pobre esclava negra». Una vez, una enferma no pudo soportar esta postración y gritó con angustia: «No, no, mí padre, no hagáis esto». Pocas veces la tierra ha visto a un hombre amar tanto a unos seres rotos y abandonados. como el padre Claver.
  
El capitán Barahonda testifica:
«Y los negros a su vez le amaban, pues les tenía mucho amor y siempre que lo veían iban a besarle la mano y se postraban arrodillados en su presencia».
Llega un buque negrero. Un día cualquiera de 1622 a 1654. La escena era muy conocida en el colegio de San Ignacio, situado junto a las murallas, a pocos pasos del desembarcadero de los esclavos. Un mensajero llegaba jadeante al cuarto de Claver. El Santo había prometido oraciones especiales al que diera la primera noticia. Gran don. Su cuarto era muy pobre: una silla desvencijada, una cama con una estera y allá, en el rincón –cosa singular– una despensa abastecida: naranjas, limones, tabaco, aguardiente o aguafuerte.
  
Al primer anuncio todo es movimiento. Los intérpretes negros «su brazo derecho»; uno, llamado Calapino, hablaba doce lenguas de África. ¿Sus nombres? Andrés Sacabuche, Aluanil, de Angola; Sofo y Yolofo, de Guinea; Viafara Manuel y Juan Moniolo… y con ellos el hermano Nicolás González, el viejo amigo. Al puerto, pronto. Cada uno con su carga. Decía Pedro Claver: «Navío de negros ha venido, es necesario anzuelo».
  
Su facha era singular: una bolsa de cuero amarrada al brazo izquierdo, en ella un revoltijo: un manual eclesiástico, los cirios, aceite santo, una cruz, tabaco, vestidos…
  
El padre Claver era melancólico en sus últimos años, pero su natural era colérico. Había sufrido mucho y visto mucha miseria. Allá se veían en la borda unas figuras negras, él saludaba con ansia. A veces no esperaba, tomaba la primera barquichuela que encontraba. El espectáculo era triste, en el ambiente fétido, mezcla de pez y desperdicios, un rebaño de seres desnudos; en su mirada, el recuerdo de un pasado de horror y terror indisimulado.
 
Pensaban que les iban a matar y por eso gritaban en su lengua aguda. ¿Habría llegado la hora de la matanza? «No temáis –gritaban los intérpretes–, es el padre Pedro; él os ama». Y Claver, en la imposibilidad de hacerse entender en todas las lenguas, les iba abrazando uno a uno, era el lenguaje común. Primero a los niños moribundos: «yo te bautizo», y allí mismo muchos volaban a la eternidad. Luego los enfermos. A veces un sorbo de aguafuerte les hacía volver en sí. Claver era muy humano para los demás, sólo para él reservaba el rigor. Su cuerpo estaba lleno de cilicios «desde los dedos del pie al cuello». El hermano Lomparte dijo un día:
-«¿Qué es eso, padre? Hasta cuándo ha de tener amarrado el borrico?»
-«Hasta la muerte, hermano», fue la respuesta.
El borrico era su propio cuerpo atormentado.
  
ESCLAVO, DE LOS ESCLAVOS
Y seguía la gran carrera de la caridad. La enseñanza del catecismo, maravillosa; cinco, ocho horas en lóbregos barracones. El bautismo, 300.000. La rudeza de los hospitales donde su cuerpo y su alma se entregaban. La idea fija de la liberación de sus «señores esclavos». Este fue Claver durante cuarenta años. El santo heroico. El maravilloso santo de Cartagena que hacía milagros con su Cristo de madera y sabía poner esperanzas en los que habían llegado de África sin ellas. Tuvo contradicciones. Le llamaron ignorante.
«El prefería a sus negros, y las señoras de Cartagena doña Isabel de Urbina y doña Mariana de Delgado debieron aguardar horas en la fila de esclavas que esperaban junto al confesionario del padre Claver».
Dice un intérprete:
«Tenía gran compasión de estas pobres negras que no tenían a nadie. Para las otras no faltaban confesores».
ABANDONADO
Misterios de la vida y de la ingratitud humana. El padre Claver cayó un día paralítico, «entró, después de una misión en Tolú, al colegio con el color del rostro más pálido, las facciones desencajadas, las fuerzas débiles». Estaba herido de muerte.
 
Cuatro años en este aposento que visitan hoy los turistas en Cartagena de Colombia, allí, junto al rumor del mar Caribe. El dinámico estaba inmóvil. El santo de la ciudad estaba abandonado. Todos habían huido y sólo el negro Manuel estaba a su lado. El negro Manuel, sin embargo, era esclavo nuevo. Le hizo sufrir mucho y no se quejó. Él mismo confesó luego que le dejaba sin pan ni ración. No quería vestirle, le gobernaba a empellones y sólo pudo notar que cuando bajaba a la cocina el anciano paralítico, con su mano temblorosa, tomaba una disciplina sobre sus carnes moribundas. «Más merecen mis culpas», solía decir. Era la suprema purificación del abandono y el olvido.
 
PAZ
Y llegó un día, 6 de septiembre de 1654, en que un murmullo potente se oyó en la ciudad. Despertaba de un sueño de olvido. ¿Qué sucedía? El Santo muere. El Santo muere. Y ante el moribundo empezó la apoteosis más gigantesca que los hombres hayan conocido. El 7 de septiembre perdió el habla y el día 8, entre
«la una y las dos de la mañana –dice el padre Arcos, su superior y testigo–, sin hacer acción ni movimiento alguno, con la misma paz, tranquilidad y quietud que había vivido, dio su alma a Dios».
El hermano Nicolás escribía sublimemente más tarde:
«Quedó con el mismo semblante que siempre tuvo, Y yo conocí que había muerto porque de repente se le mudó la cara pálida y muy macilenta en un esplendor y belleza extraordinarias; conocí que su alma gozaba de Dios separada del cuerpo. Me arrodillé, besé sus pies muertos, muy bellos y muy blancos y lo mismo hicieron los que estaban allí, sacerdotes, españoles, moros…».
Han pasado tres siglos desde aquel día memorable. San Pedro Claver no es para su ciudad, Cartagena, ni para el mundo un personaje muerto. Vive irradiando beneficios y amor. Sus reliquias van triunfales por los caminos de Colombia y en su santuario de Cartagena pasan todos los años más de 100.000 personas venidas de todo el mundo.
  
Urna con las reliquias de San Pedro Claver, en su santuario en Cartagena
 
Hoy se oye también la palabra maravillada: «el Santo, el Santo». Es el patrono de todas las misiones con negros, el patrono de los obreros de Colombia, en especial. Es una de las mayores figuras del mundo hispánico.
  • «El primer misionero del siglo XVII» (Antonio Astráin).
  • «Columna inexpugnable de la Iglesia» (Concilio Tarraconense de 1727).
  • «Su nombre queda grabado con letras de oro en la historia» (Ludwig von Pastor).
  • «La vida que mas nos ha impresionado después de la de Cristo» (León XIII).
 
RECONCILIACIÓN
Margarita era una esclava negra de Caboverde; su dueña era la gran señora cartagenera doña Isabel de Urbina, devotísima de Claver. La esclava era predilecta del Santo, pues le ayudaba a cocinar platos especiales para los leprosos de San Lázaro y en los últimos días ella preparaba, por mandato de su ama, algo nuevo para el moribundo. En la mañana del 8 de septiembre doña Isabel se acercó llorosa a la esclava. Leyó en sus ojos la noticia. El padre Pedro había muerto. «Margarita, –le dijo– desde hoy eres libre». Abrió sus grandes ojos y cayó en los brazos de la gran señora. Sintió dolor por su libertad. Era la reconciliación simbólica de dos razas sobre la tumba de Claver.
 
Esta es una de las mayores grandezas de este Santo. Fue el libertador de una raza, sobre todo porque supo infundir en aquellas almas desgarradas un ideal de esperanza. Les enseñó a reír de nuevo con esa risa fresca de la raza de color. En estos tiempos de inquietudes, de odios, de egoísmos, San Pedro Claver trae un mensaje.
  
ÁNGEL VALTIERRA SJ.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que para conducir a la negritud en servidumbre al conocimiento de tu Nombre, auxiliaste la caridad y corroboraste la paciencia del bienaventurado Pedro Claver: concédenos su intercesión para que; buscando a Jesucristo, amemos en obra y verdad a nuestros prójimos. Por J. C. N. S. Amén.