Por María Rabell García, corresponsal de EL DEBATE en Roma y el Vaticano.
En el otoño de 1942, ante la inminente liquidación del gueto de Cracovia, Hellen y Moses Hiller, padres del Shachne Hiller, tomaron la decisión de confiar a su hijo de apenas dos años a un matrimonio católico amigo, los Yachowitch, que vivían en la zona polaca de Dombrowa [Dąbrowa Górnicza]. Junto al niño, la madre entregó dos carteras; una contenía objetos de valor y la otra, tres cartas que marcarían el destino del pequeño.
Una iba dirigida a los propios Yachowitch, con la petición expresa de que el niño fuera educado como judío y devuelto a su comunidad si sus padres morían; otra estaba escrita para Shachne, explicándole sus orígenes y el amor que motivaba aquella separación forzada.
La tercera carta, redactada por su abuela Reizel Wurtzel, contenía un testamento dirigido a Jenny Berger, una cuñada en Washington y pedía que, en caso de no haber supervivientes, el niño fuera acogido y educado «rectamente»:
«Nuestro nieto Shachne Hiller, nacido el 18 del mes de Av (el penúltimo mes del calendario judío. Ndr), el 22 de agosto de 1940, ha sido confiado a personas valientes. Si ninguno de nosotros vuelve, te ruego que lo tengas contigo y le eduques rectamente. Estas son mis últimas voluntades».
Antes de despedirse, la madre entregó también los contactos de familiares Aaron y Berger en Montreal y Washington respectivamente, con la instrucción de enviar las cartas cuando terminara la guerra.
Promesas cumplidas años después
Las peores previsiones se cumplieron en marzo de 1943, cuando el gueto fue liquidado y los padres de Shachne fueron deportados a Auschwitz, de donde nunca volvieron. Tras el fin de la guerra, los Yachowitch, que se habían encariñado con el niño después de años de huidas y peligros constantes, desearon adoptarlo oficialmente.
En ese proceso, la madre 'adoptiva' quiso bautizar al pequeño y acudió a un joven sacerdote de su parroquia para revelarle la historia de Shachne y la identidad de sus padres biológicos. Aquel sacerdote escuchó el relato y formuló una pregunta: cuál había sido el deseo de los padres cuando le confiaron al niño.
Al conocer el contenido del testamento y la voluntad expresa de que Shachne creciera siendo judío, el sacerdote rechazó realizar el bautismo, respetando así la identidad del niño y el mandato de sus padres fallecidos. Ese joven clérigo era Karol Wojtyła, el futuro Juan Pablo II. Posteriormente, Shachne partió hacia Norteamérica para reunirse con sus parientes, un traslado que requirió incluso de un decreto especial firmado por el presidente Truman en 1950.
La verdad sobre este encuentro no salió a la luz para el protagonista hasta octubre de 1978. Fue entonces cuando la señora Yachowitch, manteniendo el contacto por carta con un Shachne ya adulto, judío observante y padre de familia, le reveló que aquel sacerdote que se había negado a bautizarlo acababa de ser elegido Papa.
COMENTARIO: Esta historia, como reportó la Agencia de Prensa Judía en el año 1987, fue presentada por el propio Hiller (criado en Estados Unidos como Stanley Berger) a la escritora Yaffa Eliach, compiladora del libro “Relatos jasídicos del Holocausto” (Avon Books, NY, 1982), y desde entonces reproducida por medios conciliares como Our Sunday Visitor, el macielista Zenit e incluso la Sociedad Británica del Sudario de Turín.
La propia Eliach refiere que, un año antes de escribir su libro, el rabino Yisrael Spira (gran rabino de Błażowa y expresidente del Consejo de Grandes Sabios de la Torá en de la organización jasídica Unión Religiosa de Israel de Estados Unidos) le comentó sobre tal historia que por ello fue que el galáj (en hebreo y yidís גַּלָּח, literalmente “el tonsurado”. Apelativo con que los judíos llaman despectivamente a los sacerdotes cristianos, y al sacerdocio lo llaman גַּלָּחוּת/galajút, “tonsurismo”) Wojtyła llegó donde llegó.
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