domingo, 1 de diciembre de 2019

LORENZO MILANI, EL CLÉRIGO MENTOR DE LA CRISIS EDUCATIVA ACTUAL

Además del destronamiento que se ha hecho de Dios en la sociedad, las leyes y la Iglesia, también se le ha destronado de la educación, para entronizar en cambio a la contestación de los valores y el libertinaje. Esta subversión no comenzó en 1968, sino que se hizo visible ese año, siendo varios los antecedentes: Juan Amós Comenio Chlemov, Jean-Jacques Rousseau Bernard, Joseph Lancaster, Simón Carreño Rodríguez “Samuel Robinsón”, Johann Pestalozzi Hotz, Friedrich Fröber Hoffmann, Nadezhda Krúspkaya Kristova. A estos corruptores se suma el sacerdote italiano Lorenzo Milani Comparetti Weiss, conocido como “el cura rojo”, a quien Bergoglio homenajeara el 28 de Junio de 2017 en su visita a su tumba en Barbiana (Florencia), proponiéndolo como modelo de sacerdote y educador, cuando en realidad no era ni lo uno ni lo otro.

A este fin, presentamos la traducción del artículo publicado por Cristina Siccardi para CORRISPONDENZA ROMANA el 28 de Junio de 2017 (vía RADIO SPADA). Buena lectura.
  
EL VERDADERO ROSTRO DE DON LORENZO MILANI

  
«Me gustaría», ha declarado el Papa Francisco a los participantes en la presentación de la Ópera ómnia del padre Lorenzo Milani en la Feria de la Editoria italiana de Milán el pasado Abril, «que lo recordásemos sobre todo como creyente, enamorado de la Iglesia incluso herido, y educador apasionado con una visión de la escuela que me parece una respuesta a la exigencia del corazón y de la inteligencia de nuestros niños y de los jóvenes».
   
Las laudes de Bergoglio a este sacerdote («Siervo ejemplar del Evangelio, lo digo como Papa» y «Doy gracias al Señor por habernos dado sacerdotes como don Milani»), sobre cuya tumba de Barbiana (Florencia) oró el pasado 20 de Junio, han creado malhumores no precisamente infundados. ¿Quién era don Milani? Como frecuentemente sucede con los revolucionarios de impronta marxista, también el intelectual y políticamente comprometido don Lorenzo Milani Comparetti (27 de Mayo de 1923 - 26 de Junio de 1967) nació y creció en una rica familia judía.
   
Su padre Albano era un químico con fuertes intereses literarios, que se ocupó de sus muchas propiedades en torno a Montespertoli, él era hijo de Luigi Adriano Milani, arqueólogo y numismático, conyugado con Laura Comparetti, hija del filólogo Domenico y de la pedagogista Elena Raffalovich, judía ucraniano-francesa, fundadora en Italia de los jardines de infancia del pedagogista alemán August Fröbel. Pieza central de la Raffalovich era la aconfesionalidad y laicidad de las escuelas. Ella, que dejó al marido, el senador Domenico Comparetti, importante filólogo, helenista y latinista, para seguir los cursos y las escuelas froebelianas activas en Alemania, estaba convencida que las mujeres del pueblo habrían conducido una lucha de progreso para la necesidad práctica y dinámica de la educación de sus propios hijos, a diferencia de las mujeres burguesas, que ella consideraba atadas a «falsas ideologías preconcebidas» (Cfr. correspondencia con Adolfo Pick).

Después de la muerte en 1927 del senador, la familia Milani adquirió el cognome. El abuelo materno, Emilio Weiss, descendía de una familia judía bohemia que se transfirió a Trieste, donde trabajó como commerciante, cultivando sus pasiones literarias y la amistad con Italo Svevo. Precisamente en Trieste nace Alice, que fue alumna del amigo de la familia James Joyce y, contemporáneamente, estaba fascinada por las nuevas teorías del judío Sigmund Freud. Agnósticos y anticlericales, los padres de Lorenzo se casaron en el 1919 con el solo rito civil. La familia vivía entre Florencia, sus propiedades y la residencia de Castiglioncello, luego de amenas e intelectuales vacaciones; entre sus frecuentaciones: las familias Olschki, Valori, Pavolini, Castelnuovo Tedesco y Spadolini. A causa de las posiciones areligiosas de la familia, las escuelas frecuentadas en Milán por el secundogénito Lorenzo, el hermano Adriano y la hermana Elena les creaban descontento y por tal razón los padres decidieron casarse con rito religioso el 29 de Junio de 1933.

Lorenzo, después de las escuelas de los Barnabitas, frecuentó el liceo clásico milanés Berchet. Estudiante de de bajo nivek, tejió relaciones de amistad con los compañeros de clase Oreste Del Buono, Saverio Tutino y Enrico Baj. En desacuerdo con su padre, no se inscribe en la Universidad y frecuenta, en Florencia, el estudio del pintor Hans Joachim Staude, sensible a la cultura oriental y al budismo. Fue en este período que Lorenzo hace las investigaciones sobre el sentido de los ritos litúrgicos, estudiándolos con el ojo del pintor y del filólogo: él mismo destruirá los cartones de los diseños y los manuscritos inherentes a tales intereses.

Fue en el 1943 que decide convertirse al catolicismo. El 12 de Junio de aquel año recibió la confirmación por el Arzobispo de Florencia, el cardenal Elia Dalla Costa, el cual abrió en las instancias del catolicismo social de Giorgio La Pira. El 9 de Noviembre entró al Seminario arzobispal florentino de Cestello, sancionando su elección con la renuncia a su cuota de la herencia familiar. Todavía el rebelde Milani ve mal en el Seminario, que definirá como «una inmensa estafa» (carta a Bruno Brandani, en N. Fallaci, La vita del prete Lorenzo Milani. Dalla parte dell’ultimo, Milán 2005, pág. 86): en seguida manifestó su indisponibilidad a acoger enseñanzas y ritualidad de la Iglesia: «se tiene siempre la impresión de estar en un manicomio […] no hay ningún indicio que pueda hacer pensar en qué siglo estamos, ni en qué país. De hecho estamos callados en latín» (Cartas a la madre, editadas por A. Milani Comparetti, Milán 1973, n. 2).

La subjetividad imperaba en su religiosidad social: los actos rituales exteriores le eran enemigos; era la interioridad protestantizante que debía prevalecer sobre la forma católica, escribía de hecho a su madre, que fue siempre su fiel confidente: «que cada uno piense por sí para rectificar su intención y que si también, por casualidad se acostase sin haberse hecho la señal de la cruz, puede darse que la cruz que tiene dentro sea más austera y más grande y más humillante que aquella que se ha olvidado trazar por el aire» (ibidem). En ocasión del referéndum institucional del 1946, no obstante la posición filomonárquica del cardenal Dalla Costa, el padre Milani expresaba su favor por la República junto con don Raffaele Bensi (1896-1985), sacerdote que fue guía suya, desde la conversión hasta la muerte. Pero Bensi fue confesor y consejero también de Giorgio La Pira, David Maria Turoldo, Ernesto Balducci y Nicola Pistelli.
   
Este formador de más generaciones de liberales y comunistas amamantados de religiosidad católica, definirá el prior de Barbiana: «la imagen más heroica del cristiano y del sacerdote» por él conocida, y destruirá, después de la muerte de Milani, toda la correspondencia intercambiada con él Ordenado sacerdote el 13 de Julio de 1947, fue enviado el 8 de Octubre como capellán en la parroquia de San Donato en Calenzano (Prato), habitada por cerca de 1200 personas, gente prevalentemente pobre. 
   
Casi desde el principio no compartía la religiosidad de los parroquianos, la consideraba acción pasiva, artificial, costumbre necesaria para ser reconocidos en la comunidad. Esta es la clásica arrogancia de los progresistas: considerar a los otros como imbéciles en las manos del poder. El pensamiento comunista era parte integrante de sus fibras y el credo era para él confesióne política: teología de la liberación [nota de RS: la “teología de la liberación”, sudamericanamente entendida, nacerá poco después]. Las suyas no eran catequesis, sino toma de conciencia social. Sobre todo debía imperar la dignidad humana, aquella que será exaltada del Concilio Vaticano II en adelante.
   
Instrumento de dignidad era la capacidad de expresión lingüística, presupuesto de libertad. La cultura habría restituido dignidad al pobre. Fundó su escuela como alternativa a aquello que consideraba proselitismo de las parroquias y alternativa a las secciones comunistas. Para Milani, la escuela era el bien de la clase obrera, la recreación era en cambio su ruina. Su objetivo era el dr hacer descubrir a los jóvenes las alegrías de la cultura y del pensamiento y desprecia «hacer la corte a los jóvenes que no venían. No perdía también ocasión de humillarlos y ofenderlos» (Experiencias pastorales, págs. 128 s.). 
   
El buenista don Lorenzo Milani no era bueno, ni como hombre, ni mucho menos como sacerdote. Abandonó con desprecio el catecismo tradicional: él, el revolucionario, indoctrinaba con autoridad el cristianismo a través del historicismo y el Evangelio personalmente interpretado. La doctrina de la Iglesia y sus ritos eran fábulas para ingenuos y tontos. Veía la escuela como la palestra del rescate de los pobres y no como lugar confesional (en la misma forma que su pariente Elena Raffalovich), por eso los símbolos cristianos y las imágenes sagradas debían ser quitadas y también el crucifijo podía legítimamente desaparecer de las aulas, al modo del Abate Ferrante Aporti Isalberti cien años antes, desenmascarado por el pedagogo por excelencia, San Juan Bosco. Los estudnates no eran por Milani considerados como escolares, aunque iguales a los otros y, por tanto, debían confrontase con los intelectuales. No por casualidad la concepción milaniana será tomada como modelo del pensamiento sesentaiochesco: cada semana el sacerdote clasista invitaba a tener conferencias con oradores como los magistrados Gian Paolo Meucci y Marco Ramat, el director del Giornale del mattino Ettore Bernabei, y el historiador Gaetano Arfé. Don Milani fue transferido después a Barbiana, una parroquia en vía de supresión en cercanías de Vicchio en el Mugello, en las faldas del Monte Giovi, donde llega el 6 de Diciembre de 1954. Habitaban allí cerca de 100 personas. Se trataba, por tanto, de un castigo.

Con su lenguaje directo y de calle, el párroco escribe que había recibido el nuevo encargo «no obstante fuese claro a cualquiera que era confinado como un maricón y demagogo heretizante y quizá también confeso visto que no había respondido» (Cartas a la madre 1973, n. 84). En sus correspondencias,no son raras las referencias a la homosexualidad y precisamente a la pedofilia.
   
Don Lorenzo Milani no puede ser llevado como modelo no sólo en la educación cristiana, ni siquiera en la laica, a menos que la laica asuma, como está sucediendo gracias a las políticas homosexualistas actuales, las teorías LGBT. Alberto Melloni, director de la ópera ómnia del prior de Barbiana (conservada, en el Fondo Lorenzo Milani, custodiado por la madre y después confiado en 1974 al Instituto para las ciencias religiosas Juan XXIII en Bolonia), busca defender a don Milani de las acusaciones de pedofilia (por otro lado, es el mismo autor que habla de su atracción física por sus muchachos, por ejemplo, en aquella terrible carta del 10 de Noviembre de 1959 que dirigió a Giorgio Pecorini, periodista de «L’Europeo» y que circula desde algún tiempo también en la web [en dicha carta don Milani decía: «...que si un riesgo corre por mi alma no es precisamente el de haber amado poco, sino más que todo de amar demasiado (esto es, ¡de llevármelos también al lecho!...)», N. del T.], mas no de homosexualidad. 
   
Llega el tiempo del libro disruptor que quiere dirigir pensando sobre todo en los sacerdotes. Quería hacer golpes y lo logra. Predispone con cuidado la publicación a partir de 1955, buscando apoyos fuera de la diócesis del Arzobispo Ermenegildo Florit, que lo contrastaba, y se apoyó en Dalla Costa, del cual obtiene el nihil obstat. Para la introducción al texto estuvo en primer lugar co-involucrado, por medio de don Bensi, el Arzobispo de Milán Giovanni Battista Montini, que declinó la invitación; la petición en cambio fue acogida por el Arzobispo de Camerino Giuseppe D’Avack. Salió así, después de las elecciones políticas del 25 de Mayo de 1958, Experiencias pastorales por los tipos de la Libreria Editrice Fiorentina. Se trata de su obra principal, en la cual emerge en plenitud pensamiento y acción. Polémico y crítico frente a la predicación, «el fruto de la estupidez del seis y el setecientos» (pág. 84), Milani examina la relación, tanto de los fieles como de los no creyentes, con la liturgia, deformando y profanando el significado. Era necesaria para Milani una educación finalizada a transmitir los instrumentos para decidir si subvertir el modelo de los valores de la civilización en vía de desarrollo y no de progreso, idea en la cual se rehará más tarde el depravado intelectual Pier Paolo Pasolini.
   
Con Experiencias pastorales el prior de Barbiana se encontró en el centro de un acalorado debate nacional, respaldado por La Pira y por Primo Mazzolari, pero contrastado por La Civiltà cattolica (20 de Septiembre de 1958), donde Angelo Perego comentó en términos negativos la obra, considerada cargada de obsesiones y de contradicciones. La Congregación del Santo Oficio ordenó el 10 de Diciembre de 1958 el retiro del texto, prohibiendo reimpresiones y traducciones. David Maria Turoldo, que había discutido con el amigo del libro en curso de obra, hizo en seguida referencia a las heréticas cuestiones teológicas puestas por Experiencias pastorales, sosteniendo que el autor: «era de origen judío […], si bien fuese iluminado gracias a la grande cultura suya personal y de la familia de la que provenía […] pero en el fondo era un convertido con raíces ancestrales judaicas. Aquel tanto de Nuevo Testamento que aparece en el libro ha quedado fuera de nuestras discusiones» (D.M. Turoldo, Il mio amico don Milani, Bergamo 1997, pág. 53).
   
Interesante señalar cómo desde antes el cardenal Roncalli fue crítico ante las Experiencias pastorales [Roncalli decía de Milani que «es un loco escapado del manicomio», N. del T.], pero una vez electo Papa muchas de aquellas reflexiones se convirtieron en el sendero del espíritu del Concilio Vaticano II, contribuyendo al éxito mediático de la escuela de Barbiana y del «cura rojo» (Lo Specchio, 21 de Marzo de 1965). Acogida por el Avvenire d’Italia como una obra «más semejante a un escopetazo que a un ensayo» (11 de Junio de 1967), la famosa Carta a una profesora tuvo amplio eco en los años de la revolución cultural, tanto como para devenir en manifiesto de la contestación estudiantil. Más de veinte millones de copias fueron vendidas en el mundo, y la salida positiva fue ligada a la renovación de la escuela en Europa. En los últimos años, sin embargo, se está invirtiendo el orden de los factores: frente a una crisis educativa y escolástica de impresionantes proporciones, las críticas son dirigidas también a don Milani, políticamente implicable en la responsabilidad de la actual situación pedagógica (Cfr. R. Berardi, Carta a una profesora. Un mito de los años Sesenta, s.l. 1992); mientras que La Civiltà cattolica (Octubre del 2007) ha recuperado la figura del padre de Barbiana.
  
De sí mismo escribía: «yo a mi pueblo le he quitado la paz. No he sembrado sino contrastes, discusiones, bandos contrapuestos de pensamiento. Siempre he confrontado a las almas y las situaciones con la dureza indigna del maestro. No he tenido ni educación, ni consideración ni tacto […] habré sembrado cizaña, pero enseno también a quienes me darán fuego» (Experiencias pastorales, pág. 146).
   
Hombre atribulado y sacerdote no realizado, este maestro eversivo, en sus 44 años de vida, no tuvo nunca paz y nunca la transmitió.

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