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miércoles, 1 de septiembre de 2021

BEATO GHEBRA MIGUEL, PROTOMÁRTIR CATÓLICO DE ETIOPÍA

   
Poco tiempo después de que el beato Justino de Jacobis llegara a Etiopía, en 1839, conoció a Abba Ghebra Miguel [en Geʽez ገብረ፡ ሚካኤል, Siervo de San Miguel] monje de la disidente Iglesia de Etiopía, hombre de unos cincuenta años, que gozaba de gran renombre por su santidad y saber, pero que era mal visto por los otros monjes, ya que había manifestado una decidida inclinación hacia el catolicismo, lo cual se condenaba como un estigma, al considerarse como abertura hacia el arrianismo. Miguel no era sacerdote, pero había estudiado teología tan profundamente como se lo permitían las condiciones en su Iglesia, dedicado a la enseñanza y al estudio de los distintos monasterios. Las actividades de la delegación etíope a Egipto y Roma, de la que fue miembro Ghebra Miguel así como el beato Justino, fueron descritas en el artículo dedicado a éste. Después de aquellas experiencias y de sus largas conversaciones con el padre Justino (en una ocasión le preguntaron él y los otros delegados etíopes «si en Jesucristo, después de la unión, quedaban dos naturalezas». A la afirmativa del misionero católico, los tres objetaron: «Nuestros padres dicen que la naturaleza no puede estar sin la persona, ni la persona sin la naturaleza; en consecuencia, vos estáis obligado a admitir dos personas en Jesucristo». Naturalmente Justino replicó: «Si tal es vuestra enseñanza, ¿cómo en la Trinidad pueden ser tres personas en una sola naturaleza?», a lo cual quedaron los etíopes en silencio sin poder responder), Ghebra Miguel regresó convertido en miembro de la Iglesia católica a mediados de 1844.
 
El culto abisinio fue un auxiliar muy valioso para el padre de Jacobis, especialmente en lo que se refiere a la enseñanza de los naturales del país que aspiraban al sacerdocio. Juntos, redactaron un catecismo de la doctrina adaptado a las necesidades locales, tradujeron una obra de teología moral al amárico y establecieron un colegio del que se hizo cargo Ghebra Miguel. Esto sirvió de pretexto al abuna Salama III, jefe de la iglesia disidente, para atizar los sentimientos contra los “francos”. La campaña culminó con un decreto del gobierno para desterrar a los dos jefes, que se refugiaron en la isla de Massawa. Allí fue donde Mons. Guillermo Massaia consagró obispo al padre de Jacobis. Este se las arregló para retornar ocultamente al territorio de su misión y su primer acto episcopal fue la ordenación sacerdotal de Ghebra Miguel, en 1851. Siguió un período de sorprendentes éxitos en el trabajo de conversión de los disidentes. Pero entonces estalló la rebelión del caudillo Kassa Hailé Giyorgis [en Geʽez ካሳ፡ ኃይሉ፡ ጊዮርጊስ, Restitución del poder de San Jorge] que se apoderó de la colonia y ocupó el trono con el nombre de Teodoro II, inmediatamente se desató la persecución contra la Iglesia.
 
Ghebra Miguel y cuatro compatriotas suyos fueron arrojados en prisión y amenazados con la tortura para que renegaran de su religión. Desde un principio se negaron y, durante un período de nueve meses, a intervalos regulares eran llevados desde su inmunda celda a presencia de Teodoro II y su metropolitano Salama para ser interrogados y amenazados de nuevo. Cada vez que demostraban su firmeza, eran brutalmente azotados con unos látigos hechos con rabos de jirafa (las cerdas de los rabos de las jirafas son como alambres de acero) y se los sometía a otros tormentos. «En cuestiones de la fe», decía Ghebra Miguel al metropolitano Salama, «yo tengo que estar en el campo opuesto al tuyo, pero en lo que concierne a la caridad cristiana, creo que sólo te he hecho el bien». Por cierto que, gracias a la intervención de Ghebra Miguel, pocos años antes, se desterró a Salama en vez de ejecutarlo. En marzo de 1855, Teodoro II emprendió una expedición contra el gobernador de Shoa y no quiso dejar atrás a Ghebra Miguel que, encadenado, se fue en la comitiva del rey usurpador. El 31 de marzo, se hizo un último intento para que se sometiera y renegara de su fe. En la sala del tribunal se negó y fue condenado a muerte. El cónsul inglés, Walter Chichele Plowden, quien había apoyado la usurpación de Teodoro, se hallaba presente en el juicio e interpuso una suspensión de sentencia en favor de Ghebra Miguel, que fue aceptada: se cambió su condena a muerte, por la de prisión perpetua. Por intermedio de un amigo, envió un mensaje conmovedor a los otros prisioneros en Gondar, con estas palabras: «Permaneced firmes para morir en vuestra fe. No tengo esperanzas de volver a veros en esta tierra. Si me matan, moriré por dar el testimonio de mi  fe; si me  dejan con vida, no cesaré de predicarla». Decrépito por su avanzada edad, agotado por los sufrimientos y los malos tratos, Ghebra Mikael cargado de cadenas, fue arrastrado de un lugar a otro, en la comitiva del rey; jamás se quejaba; siempre demostraba su serenidad y su abnegación, hasta el punto de renunciar a la ración alimenticia que le correspondía, para darla a otros presos que padecían tanto como él; así se conquistó la estimación de todos los que le conocieron, incluso de los guardias. Contrajo el cólera, pero se recuperó; hasta que por fin, al cabo de 3 meses de semejante existencia, el 28 de agosto de 1855 se tendió a un lado del camino para morir… Sus guardias se apresuraron a  quitarle los grilletes y lo sepultaron. Ghebra Miguel, considerado siempre como un mártir, fue beatificado el 3 de octubre de 1926.
 
Hay una biografía en francés sobre este mártir, escrita por Jean-Baptiste Coulbeaux CM (Ghebra Michael: un martyr abyssin, 1902) y otra en italiano, por Ernesto Cassinari CM (Il beato Ghebre-Michael, prete abissinio della Congregazione della Missione, 1926). Véase también el estudio de Georges Goyau en The Golden legend overseas (Londres, 1931) y el Book of Eastern Saints (Milwaukee, 1938) por Donald. Attwater, pp. 1 36-147. Cf. la bibliografía del Beato Justino de Jacobis.
   
ORACIÓN (De la Orden de San Vicente de Paúl).
Oh Dios, que misericordiosamente condujiste a tu bienaventurado Mártir Ghebra Miguel al conocimiento de la fe verdadera, concédenos por sus méritos y oraciones, que todos los pueblos te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a quien Tú enviaste, Jesucristo Nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 4 de septiembre de 2020

BEATO JUSTINO DE JACOBIS, VICARIO APOSTÓLICO DE ETIOPÍA

   
La vida de Justino de Jacobis es una apología de la vida interior. Su vida mística tiene auténticas raíces en la abnegación de sí mismo por la humildad y la mortificación y se vierte entera en obras de caridad y apostolado. Hasta los treinta y nueve años es el misionero más popular del reino de Nápoles, con fama de santo y taumaturgo. Después es el apóstol de la unidad en Etiopía, donde llega a incorporar a la Iglesia romana a doce mil cismáticos, según los cálculos sobrios del breviario romano. Su muerte en el campo, como la de San Francisco Javier, corona gloriosamente su vida. Con su vida se confunde en parte la de Ghebra Miguel, monje y sacerdote, mártir de la unidad en su patria de Abisinia.
   
Jacobis había nacido en San Fele del reino de Nápoles el 9 de octubre de 1800. Su madre, Josefina Muccia, pone especial interés en su formación religiosa. Un día su padre Giovanni Battista comprueba: «nuestro Justino es un ángel». A los dieciocho años ingresa en la Congregación de la Misión, en la famosa casa Dei Vergini, centro de la espiritualidad napolitana en el momento. Allí se enseña aún la tribuna donde más tarde es fama que pasó una noche entera en éxtasis. A los treinta y nueve años la Santa Sede le nombra «vicario apostólico de Abisinia, Alta Etiopía y regiones limítrofes, sin límites al occidente ni al mediodía». Abisinia es un país de altas mesetas –entre dos y tres mil metros de altura–, separadas por valles profundos y montañas altísimas. Gracias a su geografía conservó su cristianismo en medio de la pleamar musulmana. Cerrada al catolicismo desde 1640, vive ahora un momento medieval en su organización política y social. Sobre el terreno, los tres misioneros hacen el plan y se dividen el país como los apóstoles. El padre Giuseppe Sapeto ocupa el reino de Choa; el padre Luigi Montuori, el de Amhara y el vicario apostólico se queda en el Tigré para mantener el contacto con Europa. El Ras Ubié (Wube Haile Maryam), rey del Tigré, le autoriza para residir en Adua y el misionero prepara la toma de contacto, desnudándose de europeo y vistiéndose de abisinio. Tal fue su acomodación que a Mons. Guillermo Massaia OFM Cap. le costó trabajo distinguirle de los abisinios. Su apostolado en aquel momento es el único posible, el apostolado del testimonio. Reza, estudia, planea, visita a los enfermos, saluda cordialmente a las gentes y reparte la Medalla Milagrosa recientemente acuñada, ocupando con ella el terreno común entre cismáticos y católicos.
     
Justino de Jacobis se da cuenta de que el cisma en Etiopía persiste principalmente por el aislamiento. Un día dice a un grupo de sacerdotes y de monjes: «Yo quisiera llevaros a todos a Roma para que la vierais». Y he aquí que el príncipe Ubié, ganado por el trato evangélico del misionero, le pone al frente de una embajada, que se dirige a El Cairo en busca de un obispo para toda Etiopía. Jacobis insinuó la conveniencia de pedir el obispo al Papa, pero el príncipe no se decidió. En cambio, le daba permiso para llevar hasta Roma a los embajadores con una carta suya de cortesía para el Papa.
   
Este viaje es decisivo en el apostolado de Jacobis. A su vuelta de Roma estos abisinios –nobles, sacerdotes y monjes– sin convertir aún, harán a lo largo y a lo ancho del imperio la mejor apología de la Iglesia católica y la propaganda de la santidad de Justino de Jacobis.
   
En este momento se cruza en su vida Ghebra Miguel, que andando el tiempo será su mejor colaborador.
   
Ghebra Miguel es el doctor más famoso de todo el imperio y representa en la embajada a los monjes de Gondar. Culmina su vida en la madurez de los cincuenta y tres años. Nacido en Kidane Mehret en 1788, a orillas del Nilo Azul, había estudiado con los monjes mientras éstos tuvieron algo que enseñarle. A los veinticinco años profesa la vida monacal. Después peregrina con sus discípulos de convento en convento con el único afán de consultar sus libros. Hecho maestro en Gondar, la escuela más famosa del país, descubre la inconsistencia de la teología copta, y por primera vez sospecha que su Iglesia no está en posesión de la verdad. Incluido en la embajada, sólo piensa en la oportunidad de aclarar sus ideas en El Cairo y en Jerusalén.
   
Su encuentro con Jacobis no fue simpático. Jacobis era europeo y católico. La obligación era tolerarle, no más. Pero Ghebra era sincero, objetivo y justo y la conducta de Jacobis a pleno Evangelio le conmovió.
   
Su ascensión hacia la luz va jalonada de fracasos en sus mejores planes de reforma religiosa. En la sede patriarcal de El Cairo no encuentra más que ignorancia y mala fe, que él mismo palpa por su propia mano. La visita a Roma y la familiaridad con Jacobis alumbran otra ruta en su alma.
    
Con todo, a su vuelta de Roma y Jerusalén arranca al viejo patriarca un decreto favorable a las dos naturalezas de Cristo y, soñando aún con la unidad doctrinal de todo el país, llega a Gondar, pero el Abuna Salama III se apodera del documento y se niega a publicarlo. Fue el golpe definitivo.
   
Poco después llama a las puertas de la misión católica de Adua, donde Mons. Jacobis le recibe con alegría inmensa. Más tarde será ordenado de sacerdote y meses antes de su martirio pide la entrada en la Congregación de la Misión.
   
Desde este momento Ghebra Miguel toma parte en todas las obras de la misión. Enseña en el seminario y colabora en la composición de los libros necesarios para los seminaristas y en las obras de apologética destinadas a los cismáticos.
   
Mientras tanto, el espíritu de Dios soplaba sobre las almas en Abisinia y no había día en que no llamasen a sus puertas nuevos convertidos. Justino de Jacobis se multiplicaba en todas las direcciones, pero al mismo tiempo planeaba con sabiduría. Pensaba en la persistencia de su obra por medio del clero nativo y en su propio rito copto. Por eso el seminario era su obra más querida. Con un método paternal de contacto inmediato con los seminaristas, llegó a ordenar a unos treinta sacerdotes. Casi todos hicieron una labor hermosa en la misión y muchos confesaron a Cristo en el tormento.
   
Jacobis no tomaba parte permanente en las tareas escolares: pero era el alma del seminario. Más bien se reservaba para la expansión misionera. Viajaba sin cesar en todas las direcciones. Precedido de la fama de su santidad, abríansele todas las puertas. Los jefes de tribu poníanse a su disposición y los monasterios le recibían con alegría y admiración. Entre los monjes charla familiarmente con ellos, plantea con naturalidad el problema religioso y resuelve las dificultades. Y en todas partes incorpora nuevos adeptos a la Iglesia católica. En estos viajes Ghebra Miguel era a su lado la mejor apología del catolicismo. El gran maestro conocía por sí mismo los enredos de las dificultades y en sus manos se sueltan solas. Con frecuencia Jacobis se hace acompañar de un grupo de alumnos al estilo de los doctores del país y hace una figura conmovedora aprovechando los descansos obligados para las lecciones y los actos de piedad.
   
Un momento llegaron a soñar en una conversión masiva de Etiopía; pero el enemigo no descansaba. Los protestantes sembraban la confusión y no siempre jugaron limpio. El Abuna Salama –único obispo en todo el imperio– no le perdonaba que Jacobis fuese también el Abuna Yakob y no perdía ocasión de perseguirle en su persona, en las casas de la misión o en las personas de los convertidos. Hubo momentos de persecución general. A esto se añadió en algunos momentos la calumnia y la desconfianza de los superiores.
     
En la persecución del emperador Teodoro II es encarcelado con un grupo de cristianos; pero esta vez sólo Ghebra Miguel es seleccionado para el holocausto. Trece meses duró su cautiverio sin que pudieran doblegar su espíritu ni promesas, ni amenazas, ni el terrible ghenz –cepo abisinio– que agarrotó sus piernas durante la mayor parte de este tiempo. Golpeado por orden del tirano en el único ojo sano que tenía, apareció más luminoso que nunca después del tormento, cuando todos pensaban verle ciego. Murió en el campamento del tirano, donde unos soldados semibárbaros ya le veneraban como santo.
   
Al maestro le sorprendió la muerte cinco años después también en el campo, en el camino de Hallay, en medio de sus discípulos. Tres horas antes comprendió que se moría. Se confesó y luego fue dando el último consejo y la última bendición. A los monjes les recordó cómo había pensado agruparles en comunidad y cómo no había tenido tiempo de realizar la empresa. A los seminaristas les dijo: «Caminad siempre y con diligencia por el camino del bien».
   
Por fin, recibida la extremaunción, a la sombra de una mimosa, con una piedra por almohada, rindió su alma al Señor.

Justino de Jacobis fue beatificado por Pío XII el 25 de Junio de 1939.
   
EMILIO CID CM. Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que para la evangelización de los etíopes decoraste admirablemente a tu bienaventurado Confesor y Pontífice Justino con virtudes apostólicas: concédenos por su intercesión, que quienes ya creemos en la fe verdadera, tengamos también sus costumbres y su vida. Por J. C. N. S. Amén.