viernes, 24 de julio de 2026

LA ERRADICACIÓN DEUTEROVATICANA DEL OFICIO DIVINO

Traducción del artículo publicado por Patricius Anthony en TRADITIO.
  
MÁS DEVASTACIÓN TRAS EL VATICANO II: LA ERRADICACIÓN DEL OFICIO DIVINO

Distribución del Salterio semanal en el Breviario Romano (Amberes, Imprenta de Plantin 1733).
Las Horas del Oficio Divino siempre han sido el centro de la liturgia de la Iglesia, de la cual la Santa Misa es solo una parte.
  
Aunque resulte difícil de imaginar, es totalmente posible que la creación de un culto sacrílego no apostólico no haya sido la acción más reprobable llevada a cabo por los bárbaros litúrgicos de Newchurch durante su reinado aparentemente interminable.

La sustitución de la Liturgia de las Horas por el sagrado Divinum Officium (Oficio Divino), la oración pública oficial de la Iglesia Católica, ha sido una parodia y abominación aún mayor que la promulgación de la inválida y protestantizada “Misa” del Novus Ordo.

Desde sus orígenes en la antigüedad, basándose en pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, venerables oraciones y sermones de los más ilustres Padres y Doctores de la Iglesia, biografías de mártires y santos, el Oficio Divino ha nutrido las almas de incontables religiosos, clérigos y laicos católicos, en el que un texto lo describe como «la obra del Espíritu Santo de unos 3000 años». Igualmente importante, el Oficio Divino ha sido la forma más eficaz para que las criaturas de Dios Todopoderoso adoren a su Creador, que, aunque el mundo moderno piense lo contrario, es el propósito último de la vida.

En su magnífico y conciso estudio, El sacrificio de la alabanza: una introducción al significado y uso del Oficio Divino, Vilma G. Little describe lo que realmente es el Oficio:
«Se trata de esa ronda diaria de oración pública vocal que la Iglesia ha ordenado recitar en su nombre por todos los clérigos de órdenes mayores, por todos aquellos que ostentan algún beneficio eclesiástico y por casi todos los religiosos y religiosas, hombres y mujeres, que han hecho votos solemnes».
Las oraciones del Oficio Divino se dividen en Horas canónicas y tienen su origen en la piadosa práctica del rey David de adorar a Dios Todopoderoso siete veces al día, como se registra en el Salmo 118: «Siete veces al día te alabo» y «A mitad de la noche me levanto para alabarte».

Las dos partes más antiguas del Oficio Divino, las laudes (Laudes), el canto de los salmos de alabanza al amanecer, y el encendido de las lámparas al anochecer, el lucernario (Vísperas), provienen de la práctica litúrgica del antiguo Templo. Estas dos Horas se originaron antes del comienzo de la antigüedad cristiana, como explica Little:
«En ellas [Laudes y Vísperas] encontramos un vínculo ininterrumpido con los videntes y profetas del Antiguo Testamento. Hay desarrollo, pero no ruptura, y el culto vocal cristiano se considera la continuación y el perfeccionamiento del culto del Templo, puesto que la Iglesia cristiana, mediante una transición necesaria y natural, es el cumplimiento de la Iglesia de la Promesa».
La siguiente adición, las matutinas (Maitines), una práctica que se había desarrollado a partir de un servicio de vigilia, fue consagrada por el emperador Justiniano en 530 y colocada antes de las Laudes. A medida que las tres grandes horas públicas (Laudes, Vísperas y Maitines) se formalizaron en la práctica eclesiástica, se produjo un desarrollo concomitante de “oraciones privadas” que con el tiempo se añadieron al Oficio. Derivadas de la antigua costumbre judía de rezar en el Templo durante la tercera (9 a. m.), la sexta (mediodía) y la novena (3 p. m.) horas, la Tercia, la Sexta y la Nona llegaron a conocerse como las “Horas Menores”.

Little habla de su transición de la devoción privada a formar parte del Oficio:
«Creciendo en silencio y al margen del culto público oficial, encontramos desde la época de los Apóstoles tres pequeñas “Horas”… Esta costumbre fue continuada por cristianos devotos que disfrutaban de tiempo libre, hombres y mujeres que habían consagrado sus vidas a Dios. Estos, conocidos como los célibes y las vírgenes, se reunían para orar a estas horas tradicionales entre semana, ya fuera en una casa particular o en una iglesia. Más tarde, cuando estos grupos se retiraron de las ciudades para formar los primeros centros monásticos, estas tres Horas se añadieron al curso diario de oración».
Así, Little resume acertadamente las horas principales y secundarias:
«Las seis “Horas” descritas anteriormente conforman un ciclo diario equilibrado de alabanza divina. Las Vísperas, Maitines y Laudes dedican el tiempo desde la puesta del sol hasta el amanecer, mientras que la Tercia, la Sexta y la Nona interrumpen las horas laborables del día. Todas estas “Horas”, las tres mayores y las tres menores, están vinculadas a la Misa del día mediante la Colecta».
Para finalizar el día, se realizan la hora prima (Prima), la segunda oración matutina, y las Completas (Completórium), la segunda oración vespertina. Ambas se regularizaron en el siglo VIII, registrándose la primera aparición de la Hora Prima en el monasterio de San Jerónimo en Belén, mientras que las Completas formaban parte del ritual nocturno de San Basilio en la época en que no existía el oficio de vigilia.
   
A diferencia de las devociones privadas, incluido incluso el Santísimo Rosario, el Oficio Divino es, con mucho, la oración más espiritualmente poderosa que las criaturas de Dios Todopoderoso pueden realizar en su honor. También está destinado a ser cantado y recitado para el “consumo público”, como escribe Little:
«El Oficio Divino, por su propia naturaleza, es un culto público y coral; incluso quienes participan en él en privado no deben ignorar las condiciones que rigen esta forma de oración. En efecto, el Oficio no es ni puede ser jamás una oración privada, sino que, independientemente de cómo se presente, sigue siendo la ofrenda social de alabanza a Dios que la Iglesia ofrece. Todos los que participan en él, ya sea públicamente en la iglesia, en la soledad de la celda de un ermitaño o en el lecho de un enfermo, se unen a él no solo como individuos, sino siempre como miembros del coro universal, en la cámara de audiencias del Dios Altísimo y en presencia de los ángeles».
A pesar de un breve resurgimiento de la participación laica en la Liturgia de las Naciones durante la década de 1950, especialmente en Estados Unidos, debido en gran parte al renovado énfasis en el canto por parte del gran San Pío X, se había producido un declive gradual en su recitación pública desde la época de la Revuelta Protestante. Varios factores contribuyeron a este declive, siendo el más evidente la trágica desintegración de la cristiandad y, a raíz de ella, el auge del Estado-nación secular y su adopción de la ahora sacrosanta doctrina de la “separación de la Iglesia y el Estado”. Tras un par de siglos, este principio rector ha tenido un éxito rotundo, superando su intención original y logrando lo que muchos de sus defensores habían anhelado desde el principio: la “separación del hombre de su Creador”.

Otra causa del declive del Oficio Divino ha sido la popularidad de las devociones privadas y, aún más preocupante, en los tiempos modernos, el excesivo énfasis en las apariciones, especialmente las de la Santísima Virgen. El fervor por eventos como Fátima ha eclipsado, lamentablemente, la devoción a la Misa y los Sacramentos, adquiriendo un carácter casi de culto. Incluso en los círculos tradicionales, el Santísimo Rosario se suele considerar la cumbre de la oración católica, mientras que el Oficio Divino rara vez se menciona. Cabe recordar que «cien oraciones privadas», como señaló San Alfonso María de Ligorio, «no tienen tanta eficacia como una sola petición ofrecida en el Oficio Divino».

Mediante la Encarnación, la Pasión, la Crucifixión, la Muerte y la Resurrección, la humanidad comprendió el verdadero propósito de la vida: alcanzar la salvación eterna. El Divino Redentor proveyó los medios para lograr este fin mediante la institución de los Sacramentos. Con el tiempo, la humanidad, especialmente la occidental, reconoció esto y creó sociedades donde la Misa, los Sacramentos y el Oficio se convirtieron en parte integral de la vida. El máximo esplendor del cristianismo se manifestó en suelo europeo, donde el Oficio y la Misa se escuchaban desde las magníficas catedrales hasta los monasterios más remotos, en las abarrotadas iglesias parroquiales y en las más humildes capillas que salpicaban el paisaje.

Trágicamente, sin embargo, el hombre ha olvidado el sacrificio supremo de su Redentor y la razón de su creación. Las grandes estructuras construidas para la gloria del Dios Todopoderoso son ahora, en su mayoría, museos, venerados no como lugares de culto divino, sino por su belleza estética. El hombre moderno construye, hedonistamente, como lo hicieron sus ancestros romanos paganos, estadios para juegos deportivos profanos.

Peor aún, la misma institución que era el conducto de la gracia santificante entre el Cielo y la tierra ha sido infiltrada por lo diabólico, que ha inspirado a sus actuales administradores corruptos a reemplazar la Misa, los Sacramentos y el Oficio Divino con sustitutos falsos, banales y artificiales. Que un verdadero católico siquiera considere hablar, y mucho menos negociar para reintegrarse, con algunos de los mismos individuos responsables del derrocamiento de la fe tradicional es sumamente inquietante.

Hace ya mucho tiempo que se debería reproducir el Oficio Divino, preferiblemente en su versión original anterior a 1945, libre de las horribles retraducciones del Salterio realizadas por los jesuitas bajo el pontificado de Pío XII, y ponerlo a disposición de todos, no solo de los religiosos sino también de los laicos. ¡Qué gran contribución podría hacer una editorial, no solo para la restauración de la fe sino también para la gloria de Dios, al emprender tal tarea!

El aforismo de San Agustín de que «cantar bien es rezar dos veces» [«Qui bene cantat, bis orat». La frase, sin embargo, no consta en ninguna de las obras de San Agustín, N. del T.] bien debería ser tenido en cuenta por el hombre moderno y, en particular, por la Iglesia conciliar, que sin duda tendrá que expiar las innumerables blasfemias, ofensas y crímenes que ha cometido contra la fe católica. El retorno del Oficio Divino a su legítimo lugar de prominencia sería un paso acertado, que bien podría mitigar parte de la venganza divina.

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