En la sección S-PuntiTeologici (Puntadas teológicas) del suplemento mensual “Mujeres, Iglesia, Mundo” del diario L’Osservatore Romano, la “biblista” y feminista Marinella Perroni, de 78 años, afirmó que «el diablo no existe».
En su artículo, titulado «Il serpente, la donna e il frutto. E Satana?» (La serpiente, la mujer y el fruto. ¿Y satanás?), Perroni (doctora en Teología del Pontificio Ateneo de San Anselmo –donde es profesora de Nuevo Testamento en sus facultades de Filosofía y Teología–; y fundadora de la Coordinadora de Teólogas Italianas, cuya presidenta fue entre 2003 y 2013) afirma que «en el relato del Génesis no hay diablo», diciendo simplemente que «la serpiente es simplemente el animal más astuto a los ojos de los nómadas del desierto».
Ella argumenta que la creencia en los espíritus malignos entró en la teología judía en el siglo VI antes de Cristo a través del contacto contaminante con otras religiones antiguas, que el diablo como figura distinta aparece solo en el Libro de la Sabiduría (apócrifo para los protestantes y cuya autoría salomónica niegan los sinoditas) y fuertemente helenizado, y que San Pablo y la Primera Carta a Timoteo vincularon «la serpiente, la mujer y el fruto» con «el diablo, las mujeres y el pecado», reforzando así una comprensión patriarcal de la diferencia sexual.
Silére non possum señala que Perroni (que dedicó su artículo a la representación del diablo en la película “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson) incurrió en falacia genética al reducir la creencia en el diablo a su origen histórico, como cuando se explica el origen de Papá Noel (Santa Claus, Viejo Pascuero, Santicló o como se dé a llamar). Y si fuera solo ella… toda la línea editorial en el suplemento lo hace: comienzan hablando de la descripción que Santa Teresa de Ávila y San Ignacio de Loyola hicieron de él, reduciéndolo a un subproducto cultural mediante categorías psicológicas (melancolía espiritual) y sociológicas (presión social).
«El diablo está en nosotros», así se titula la edición del suplemento de marras para este mes. Así es la conclusión a la que llega. No lo hace directamente, sino que va llevando a ello al lector (si es que lo hay, ya que L’Osservatore –desperdicio de la plata que sonsacan so pretexto de aranceles diocesanos y del “Óbolo de San Pedro”– no lo usan «ni para limpiar las ventanas» de las mismas oficinas vaticanas).
Además del hecho de ser una constante en todas las religiones a lo largo de la historia, la creencia católica en la existencia del diablo como entidad personal y actuante (dentro de los límites que Dios le impone, por supuesto) está apoyada en toda la Biblia y en la definición del Concilio IV de Letrán en su Profesión de fe contra los albigenses y demás herejes: «Diábolus enim et álii dǽmones a Deo quídem natúra creáti sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali. Homo vero diáboli suggestióne peccávit» (El diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos. El hombre, empero, pecó, por sugestión del diablo). Creencia de la cual se testifica en el ritual del sacramento del Bautismo, cuando se pregunta «¿Renuncias a satanás?» (interrogatorio que aún en el rito conciliar del bautismo se hace). Creencia que aun el modernista Pablo VI Montini resaltó en su Audiencia general del 15 de Noviembre de 1972: «El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y perversor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia», y a la cual Francisco Bergoglio volvió con una frecuencia que incluso ha molestado a la progresía teológica de la que Perrone, Linda Pocher y demás viejas desocupadas que escriben en ese suplemento “Mujeres, Iglesia, Mundo” son militantes.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Preferiblemente, los comentarios (y sus respuestas) deben guardar relación al contenido del artículo. De otro modo, su publicación dependerá de la pertinencia del contenido. La blasfemia está estrictamente prohibida. La administración del blog se reserva el derecho de publicación (sin que necesariamente signifique adhesión a su contenido), y renuncia expresa e irrevocablemente a TODA responsabilidad (civil, penal, administrativa, canónica, etc.) por comentarios que no sean de su autoría.