Dispuesto por el padre Diego Álvarez de la Paz SJ, reimpreso en Madrid en 1830.
MES EUCARÍSTICO, ESTO ES, PREPARACIONES, ASPIRACIONES Y ACCIÓN DE GRACIAS PARA ANTES Y DESPUÉS DE LA SAGRADA COMUNIÓN
DÍA SEGUNDO
PREPARACIÓN
I. ¿Quién viene a mí en este Sacramento? Cristo, aquel Señor que impone a sus siervos el yugo suave y la carga ligera de sus santos mandamientos, y el que por unos breves servicios promete la gloria eterna (San Mateo 11, 30).
II.. ¿A quién viene? A su siervo contumaz, que desde el principio del uso de razón rompió el yugo de su ley, rompió sus ataduras, y dijo con descaro: no serviré (Jeremías 2, 20).
III. ¿A qué viene? A llevarlo para Sí en los lazos de Adán con las cadenas de su caridad, y una vez libre del yugo pasado de las pasiones, reducirlo a su santa servidumbre, más feliz que todo mando (Oseas 11, 4).
Aspiración: ¿Y de dónde a mí, que mi Señor y el Hijo de mi Dios venga a esta humilde morada? (San Lucas 1, 43). ¿Quién soy yo para hospedar a tan gran Señor? ¿Yo pecador, abismo de maldad, ejemplo de ingratitud, pensaré siquiera en ponerme a tu vista? ¿No sabéis, Señor, el mal uso que hice de mi libertad apenas tuve razón? Sin razón Te ofendí, y por lo mismo parece que Vos sin causa ni razón me queréis beneficiar. Sin embargo, aunque yo nunca la pude tener para ofenderos, Vos la tenéis para beneficiarme; pues la misma razón que hubo para amarme desde la misma eternidad en caridad perpetua (Jeremías 31, 3) subsiste hoy. De tu propia voluntad me hiciste objeto de tu amor; y como sin algún mérito precedente llamaste a los Apóstoles, sin embargo de saber que en el duro lance de la Pasión unos Te habían de desamparar, cual vender y cual negar; del mismo modo me llamaste a mí, con todo que sabías huiría de tu lado al tiempo de convidarme con tu cruz, que te negaría por un vil interés, y Te vendería por un deleite momentáneo. Verdaderamente que tus misericordias no tienen número. Multiplicadlas sobre mí, para que crezca en vuestro amor: así el yugo de vuestra ley será suave para mí, os obedeceré con perfecto corazón, Vos vendréis a ser Sacramentado, y de esta manera será una misma cosa con Vos. Tu misericordia no me desampare.
ACCIÓN DE GRACIAS
I. Considera, alma mía, con viva fe a Jesucristo en medio de tu corazón, como a tu legítimo Señor, que con precio muy subido te ha comprado; y a ti como a siervo fugitivo, que de nuevo te quieres volver a Él con toda el alma (1.ª Corintios 6, 20).
II. Ámalo de corazón, encendiéndote tanto en llamas de su caridad, que llegues a ser como uno de aquellos que decían: ninguno de nosotros vive para sí, porque si vivimos, para el Señor vivimos; ni para sí ninguno muere, porque si morimos, para el Señor morimos (Romanos 14, v. 7 y 8).
III. Pide te conceda el don de temor a Dios, para huir de todo pecado por leve que sea, y temer á solo Dios con afecto puro. El temor del Señor ahuyenta el pecado (Eclesiástico 1, 27). Al que lo teme sucederá bien en la hora de la muerte (Ibid., 13).
Aspiración: Echa, Señor, a mis pies los grillos de tu temor, y ata mi cerviz con el collar de tu ley (Eclesiástico 6, 25); porque los que se alejaren de Ti sin duda perecerán (Salmo 72, 26). Bueno es a mí estar unido con Vos, mediante este Sacramento, porque el que así se une, un espíritu con Vos se hace (1.ª Corintios 6, 17). ¡Oh sumo, oh estupendo y admirable comercio! El Criador del linaje humano tomando cuerpo y alma se dignó nacer de Virgen, y saliendo verdadero hombre sin concurso de varón, con inaudita largueza nos dio en este Sacramento su divinidad. Solo Vos, Señor, que sois igualmente poderoso que bueno, pudierais haber obrado a favor de vuestras criaturas fineza tan desmedida; pero es una verdad eterna, que Vos mismo la decís: así como vivo yo de la misma vida que el Padre que me envió, de igual modo el que me come vivirá por mí. Os he recibido bajo de estos humildes accidentes, y sé muy cierto que este es el Pan que del Cielo descendió, no como el que comieron mis Padres en el desierto, que como no les podía dar vida, murieron: el que comiere este Pan, eternamente vivirá (San Juan 6, 58 y 59). ¡Oh vida, verdadera vida, y cuán poco deseada eres de las criaturas! ¿En qué entendimiento humano ni angélico pudiera caber, que todo un Dios tomara carne humana, para darse en calidad de manjar a sus criaturas; y en este mismo punto darlas su propia vida? Pero así lo quisisteis, amor santo, y después de lo infinito que os humillasteis en la Encarnación, ningún rastro de duda nos puede quedar. Sí, Padre mío; sobradamente creíbles se han hecho vuestros testimonios (Salmo 92, 5): solo falta inclinéis mi corazón a creerlos; según deseáis. Apártame de todo error, asegúrame en tus caminos, y venga sobre mí tu misericordia, porque siempre fié en tus palabras (Salmo 118, v. 36, 37, 41 y 42). Gracias infinitas Os doy, pues así Os portáis con quien nada merecía.
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